Algunas notas sobre Cervantes y Navarra

El objetivo de esta entrada[1] es rastrear la presencia de Navarra en la vida y en la obra de Cervantes. Las huellas estrictamente biográficas apenas existen, pues sus andanzas no lo trajeron a tierras navarras, aunque sí hay, como veremos, algunos navarros que se cruzaron en su vida. Por lo que toca a las huellas literarias, tampoco las menciones de temas y personajes navarros en la obra cervantina son importantes, pero sí debemos poner en relación a Cervantes con algunos escritores como Jerónimo Arbolanche, Julián de Medrano o Juan Huarte de San Juan.

Seguramente fueron más los navarros con los que se topó Cervantes a lo largo de su intensa vida (en la milicia y en su largo deambular por las tierras españolas), pero hay dos que desempeñaron un papel de cierta consideración en sendos momentos de su peripecia vital: me refiero al jardinero Juan y al noble Ezpeleta. En efecto, en el segundo intento de fuga de Argel (septiembre de 1577) le ayudó un jardinero llamado Juan, natural de Navarra, que era cautivo del renegado griego Hazán: durante cinco meses mantuvo ocultos a Cervantes y catorce cristianos más en una gruta del jardín del alcaide de Argel pero, traicionados por un renegado de Melilla conocido como el Dorador, serían descubiertos el 30 de septiembre; el esclavo navarro pagaría con su vida el intento de ayudar a Cervantes a recuperar su libertad (moriría ahorcado, en medio de grandes tormentos, el 3 de octubre).

Si damos un salto hasta 1605, nos encontramos con el “asunto Ezpeleta”. La Primera Parte del Quijote, recién publicada, está alcanzando una enorme popularidad, pero el éxito literario se ve empañado por la amarga experiencia de un nuevo paso por prisión: Cervantes sufre un breve encarcelamiento (del 29 de junio al 1 de julio) como consecuencia de un crimen cometido a la puerta de su casa en Valladolid: allí quedó malherido el caballero navarro don Gaspar de Ezpeleta; el verdadero culpable era, al parecer, un alguacil de Corte, y la justicia miró hacia otro lado para permitir que escapara impune: se emborronó todo el proceso y se ordenó encarcelar a todos los inquilinos de la casa (el proceso judicial, por cierto, nos brinda noticias interesantes sobre el escritor y su familia).

A continuación consideraré la relación de Cervantes con tres escritores navarros del momento: Arbolanche, Medrano y Huarte de San Juan. Jerónimo Arbolanche (h. 1546-1572) es autor de Las Abidas (Zaragoza, en casa de Juan Millán, 1566), una obra ambiciosa —pero fallida— en la que se mezclan elementos pastoriles, bizantinos, caballerescos, mitológicos, rasgos épicos, líricos, alegóricos, digresiones eruditas y geográficas, etc. En cierto sentido, Arbolanche fue un precursor de Cervantes en la mezcla de géneros literarios, aunque sin su genio, de ahí que no lograra la armoniosa integración de todos esos materiales, de los distintos géneros y estilos narrativos de la época (ese intento lo culminaría felicísimamente en 1605 el ingenio complutense). Sin embargo, Las Abidas es una obra cargada de tanta vanidad literaria como erudición, y seguramente por esta razón Cervantes presenta a Arbolanche en el Viaje del Parnaso (1614) como adalid de las huestes de los malos poetas que asaltan el monte: “El fiero general de la atrevida / gente, que trae un cuervo en su estandarte, / es Arbolánchez, muso por la vida” (VII, vv. 91-93). Además, el hecho de que hubiera fallecido varias décadas atrás evitaba el problema de una posible réplica.

Retrato de Jerónimo Arbolanche

En 1583 aparecía en París La silva curiosa de Julián de Medrano, quien se presenta como caballero navarro. Esta obra asimilable a las misceláneas renacentistas volvió a publicarse en París en 1608, “corregida en esta nueva edición, y reducida a mejor lectura por Cesar Oudin”, con la novedad ahora de la inclusión al final de la Novela del curioso impertinente de Cervantes, sin ningún tipo de indicación respecto a la autoría. Fijándose únicamente en el año de la primera edición, el abate Pedro Estala atribuyó el Curioso a Medrano (en el Correo de Madrid, o de los ciegos, del 3 de noviembre de 1787), error que pronto fue corregido por el académico Tomás Antonio Sánchez.

Portada de La silva curiosa de Julián de Medrano

En fin, se ha estudiado la influencia del Examen de ingenios para las ciencias (1575) de Juan Huarte de San Juan en el Quijote: su lectura pudo guiar a Cervantes a la hora de trazar el carácter de su cuerdo-loco hidalgo manchego. Fue Rafael Salillas, en un libro de 1905, quien más insistió en las deudas contraídas por el alcalaíno con el tratado del navarro de Ultrapuertos.

Portada de Examen de ingenios para las ciencias

Por lo demás, queda todavía materia para una próxima entrada: las obras de Cervantes y Navarra, y también las huellas cervantinas en la producción de distintos escritores navarros, hasta nuestros días.


[1] Sintetizo aquí algunos aspectos de mi ponencia «Cervantes y Navarra: huellas vitales y literarias», leída en el Congreso Internacional «El Quijote en Buenos Aires», Asociación de Cervantistas-Universidad de Buenos Aires (Instituto de Filología Dr. Amado Alonso), Buenos Aires, Biblioteca Nacional de Argentina, 20-23 de septiembre de 2005.

«La Galatea», novela pastoril de Cervantes

La producción narrativa de Miguel de Cervantes está formada por La Galatea (1585), el Quijote (1605 y 1615), las Novelas ejemplares (1613) y el Persiles (1617, obra póstuma), corpus que iremos repasando en sucesivas entradas del blog. Hoy ofrezco unas simples notas aproximativas a La Galatea, novela pastoril, primera en el haber narrativo del ingenio complutense.

La primera novela cervantina, impresa en 1585, es La Galatea (en realidad, se trata de su Primera parte; Cervantes anunció varias veces una continuación, que no llegó a salir nunca[1]). De los géneros en boga durante el siglo XVI (novela de caballerías como el Amadís, novela morisca como el Abencerraje, novela picaresca como el Lazarillo…), elige para su primer trabajo literario de fuste el modelo pastoril, cuyos representantes más conocidos eran las Dianas de Jorge de Montemayor y Gaspar Gil Polo, escritas a su vez sobre el molde italiano de la Arcadia de Sannazaro.

Arcadia, de Sannazaro

La Galatea, que apareció con el subtítulo de égloga, se divide externamente en seis libros. Su argumento puede resumirse brevemente así: Elicio, pastor del Tajo, está enamorado de la pastora Galatea, pero el padre de ella, Aurelio, quiere casarla con el rico pastor lusitano Erastro. Elicio envía a sus amigos en embajada al padre de Galatea para que no la mande a Portugal, desterrando «de aquellos prados la sin par hermosura suya». Esta historia sentimental constituye el núcleo central de la novela, al que se añaden multitud de acciones secundarias que forman una compleja maraña de amoríos, celos, equívocos, encuentros, etc. entre los distintos pastores. Todas esas historias secundarias sirven al autor para el análisis de diversos matices del sentimiento amoroso, de los variados estados anímicos de los amantes: esperanza, ingratitud, tristeza, desesperación, locura… La concepción del amor que se maneja está sumamente idealizada, de acuerdo con el modelo genérico pastoril: se trata de un amor espiritual que responde a las teorías neoplatónicas (se ha puesto de relieve la influencia de los Diálogos de amor, de León Hebreo), un amor condenado al dolor y el sufrimiento más que a la dicha. Los personajes de la novela, aunque se esconden bajo el disfraz pastoril, no son en realidad rústicos pastores, sino trasuntos de los enamorados cortesanos que se expresan en un lenguaje culto y estilizado, altamente poético, cargado de metáforas e imágenes petrarquistas y neoplatónicas. Se trata, en efecto, de una novela «en clave», que da entrada a diversos amigos literatos de Cervantes ocultos tras la máscara pastoril.

Además, como era habitual en el género pastoril, la prosa se mezcla con el verso: Cervantes incluye en La Galatea unas ochenta composiciones poéticas (sonetos, canciones, octavas…), entre ellas el extenso Canto de Calíope, que le sirve como vehículo para introducir sus juicios de valor sobre distintos poetas contemporáneos.

Este idealizado mundo pastoril será retomado por Cervantes en el Quijote, en el episodio de Marcela y Grisóstomo y en la historia de Leandra (Primera parte) o en los episodios de las bodas de Camacho y la fingida Arcadia, sin olvidar la posibilidad que se le ofrece a don Quijote de convertirse en el pastor Quijotiz (Segunda parte). La mayoría de las veces, esta reaparición de lo pastoril presentará un tono paródico, que debemos relacionar con las bromas de Berganza contra el género bucólico en El coloquio de los perros: el modelo pastoril está gastado y ya no le sirve, de ahí que jamás Cervantes escribiera su anunciada Segunda parte.

El estilo de La Galatea es artificioso y retórico, y en ocasiones nos brinda algunos pasajes con un lenguaje de subida belleza, tanto en la prosa como en el verso. Cabe destacar que, como sucede en otras ocasiones, Cervantes sabe ir más allá de los modelos imitados y añadir elementos novedosos: por ejemplo, aunque sus personajes no dejan de ser tipos convencionales, su caracterización psicológica se hace más compleja y variada al introducirse elementos trágicos en algunas de las historias. Así, es capaz de ofrecernos el asesinato de Carino por Lisandro (más tarde Lisandro narra su historia, salpicada de crímenes horrendos, con extremos de crueldad y sadismo), y este hecho, presentar un crimen en medio del idealizado ambiente pastoril, es una novedad absoluta que dinamita los cánones del género. En general, los protagonistas de esta novela son pastores vivos, de carne y hueso, con pulsiones humanas, cercanos a la experiencia del dolor y la muerte, no entelequias o abstracciones a la manera tradicional, y esto supone un primer paso en la humanización del personaje literario del pastor bucólico.

En cualquier caso, pese a esta original renovación del género, que no está reñida con el aprovechamiento brillante de los lugares comunes de la tradición, no parece que La Galatea tuviera mucho éxito, si nos atenemos a las escasas ediciones que alcanzó.


[1] Cervantes prometió varias veces la Segunda parte: en Quijote, I, 6; en la dedicatoria de las Ocho comedias, en el prólogo de la Segunda parte del Quijote y en la dedicatoria del Persiles (redactada cuatro días antes de su muerte). Pueden consultarse, entre otras ediciones, la de Juan Bautista Avalle-Arce, Madrid, Espasa Calpe, 1968 (2.ª ed.), 2 vols; la de Florencio Sevilla Arroyo y Antonio Rey Hazas, Alcalá de Henares, Centro de Estudios Cervantinos, 1995; o la de Francisco López Estrada y María Teresa López García-Berdoy, Madrid, Cátedra, 1995. Ver también, entre otras aproximaciones, Francisco López Estrada, La «Galatea» de Cervantes: estudio crítico, La Laguna (Tenerife), Universidad de La Laguna, 1948; y Juan Bautista Avalle-Arce (ed.), «La Galatea» de Cervantes cuatrocientos años después (Cervantes y lo pastoril), Newark (Delaware), Juan de la Cuesta, 1985.

Arauco en la literatura española del Siglo de Oro

Ahora que se acerca el 18 de septiembre, Fiestas Patrias en Chile, es un buen momento para que el Gobernador de esta Ínsula, chileno consorte, empiece a dedicar algunas entradas a autores y obras de la literatura chilena, o bien a la presencia de Chile y de temas chilenos en la literatura española. Comenzaremos hoy con esto último, ofreciendo algunas notas sobre la presencia de las guerras de Arauco en la literatura áurea, tema al que vengo prestando cierta atención en los últimos años.

La considerable presencia del tema de América en la literatura española del Siglo de Oro es un aspecto que ha sido estudiado, especialmente en lo que concierne a algunos autores mayores como Lope o Tirso de Molina[1]. Si nos ceñimos al tema de las guerras de Arauco, encontramos el tratamiento literario de esa materia en géneros muy diversos, que van desde las crónicas hasta el teatro, pasando por la poesía épica. De entre los cronistas, historiadores y autores de relaciones, habría que recordar los nombres de Jerónimo de Vivar, Juan de Cárdenas, Alonso de Góngora Marmolejo, Pedro de Valdivia, Pedro Mariño de Lobera, Alonso de Ovalle, Diego de Rosales, Alonso González de Nájera o Francisco Núñez de Pineda y Bascuñán, entre otros; en el territorio de la épica, las dos obras fundamentales son La Araucana de Alonso de Ercilla y Zúñiga y El Arauco domado de Pedro de Oña, pero no hay que olvidar otros títulos como El Purén indómito de Diego Arias de Saavedra o Las guerras de Chile, atribuido a Juan de Mendoza y Monteagudo.

En lo que respecta al teatro, aparece plasmada esa materia de Arauco, además de en el auto sacramental que nos ocupa, en las comedias La belígera española (1616), de Ricardo de Turia (seudónimo de Pedro Juan Rejaule y Toledo); Algunas hazañas de las muchas de don García Hurtado de Mendoza, Marqués de Cañete (1622), de nueve ingenios; Arauco domado (1625), de Lope de Vega; El gobernador prudente (1663), de Gaspar de Ávila, y Los españoles en Chile (1665), de Francisco González de Bustos. A estos títulos cabría añadir El nuevo rey Gallinato, de Andrés de Claramonte, cuya acción no está ambientada en Arauco, pero sí en un imaginario reino situado entre Perú y Chile[2]. Se trata de un volumen de obras muy considerable —sobre todo, en proporción con el conjunto global de piezas de asunto americano en el teatro áureo español[3]—, y esa abundancia se explica, en buena medida, por la existencia de dos prestigiosos modelos épicos que popularizaron en España los temas, personajes y motivos de aquel «Flandes indiano»: las obras ya mencionadas de La Araucana de Ercilla y El Arauco domado de Oña. Esa es, precisamente, una de las razones que apuntaba Dille para justificar tan crecida producción:

El número desproporcionado de comedias sobre Chile se debe a, por lo menos, tres factores: primero, precisamente porque no era un país rico, no se podía culpar a los españoles de estar allí por motivos indignos. Segundo, es la admiración por la heroica resistencia de sus pocos habitantes. A diferencia de México y del Perú, Arauco era muy pequeño, pero presentaba la máxima dificultad a los esfuerzos españoles para incorporarlo dentro del imperio. […] Tercero, las expediciones a esta lejana parte del imperio tuvieron la suerte de ser inmortalizadas por Alonso de Ercilla y por Pedro de Oña en obras del género de máximo prestigio —la epopeya. Así los escritores del siglo XVII podían inspirarse directamente en dos famosas obras literarias. Además, parece que la influencia de Ercilla era también indirecta porque aparentemente Algunas hazañas y El Arauco domado se escribieron para halagar al hijo del marqués de Cañete, que quedó resentido porque Ercilla no hizo mucho caso de su padre en la famosa Araucana[4].

Es esta una cuestión sobre la que existe abundante bibliografía, pero ya volveremos sobre ella en otra ocasión. En cuanto a las recreaciones del personaje de Caupolicán, sabido es que ha inspirado distintas obras literarias, desde la propia Araucana de Ercilla hasta el famoso soneto de Rubén Darío, pasando por romances, novelas históricas y otros destacados hitos textuales, a los que no puedo referirme ahora. También de estas recreaciones del cacique araucano se hablará en futuras entradas.


[1] Pueden verse, entre otros, los trabajos de Ignacio Arellano (ed.), Las Indias (América) en la literatura del Siglo de Oro. Homenaje a Jesús Cañedo, Kassel, Reichenberger / Gobierno de Navarra, 1992; Ysla Campbell(coord.), Relaciones literarias entre España y América en los siglos XVI y XVII, Ciudad Juárez, Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, 1992; Valentín de Pedro, América en las letras españolas del Siglo de Oro, Buenos Aires, Sudamericana, 1954; Glen F. Dille, «El descubrimiento y la conquista de América en la comedia del Siglo de Oro», Hispania. A Journal Devoted to the Teaching of Spanish and Portuguese (Los Angeles, California), vol. 71, núm. 3, September 1988, pp. 492-502; Ángel Franco, El tema de América en los autores españoles del Siglo de Oro, Madrid, Nueva Imprenta Radio, 1954; Teresa J. Kirschner, «La evocación de las Indias en el teatro de Lope de Vega: una estrategia de inclusión», en Agustín de la Granja y José Antonio Martínez Berbel (eds.), Mira de Amescua en candelero. Actas del Congreso Internacional sobre Mira de Amescua y el teatro español del siglo XVII (Granada, 27-30 octubre de 1994), Granada, Universidad de Granada, 1996, vol. II, pp. 279-290; Marcos A. Moríñigo, América en el teatro de Lope de Vega, Buenos Aires, Universidad de Buenos Aires-Instituto de Filología Amado Alonso, 1946; Concepción Reverte Bernal y Mercedes de los Reyes Peña (eds.), América y el teatro español del Siglo de Oro, Cádiz, Universidad de Cádiz, 1998; Francisco Ruiz Ramón, América en el teatro clásico español. Estudio y textos, Pamplona, Eunsa, 1993, o Miguel Zugasti, «Notas para un repertorio de comedias indianas del Siglo de Oro», en Studia Aurea. Actas del III Congreso de la AISO (Toulouse, 1993), ed. I. Arellano, M. C. Pinillos, F. Serralta y M. Vitse, vol. II, Teatro, Pamplona / Toulouse, GRISO / LEMSO, 1996, pp. 429-442; también el número especial de Teatro, 15, 2001, titulado América en el teatro español del Siglo de Oro, o el volumen La imagen del indio en la Europa moderna, Sevilla, CSIC, 1984. El lector interesado encontrará una bibliografía mucho más detallada en Moisés R. Castillo, Indios en escena: la representación del amerindio en el teatro del Siglo de Oro, West Lafayette (IN), Purdue University Press, 2009.

[2] Pieza peculiar dentro de este corpus, que ha generado bastante interés crítico en los últimos años.

[3] Ver por ejemplo Fausta Antonucci, «El indio americano y la conquista de América en las comedias impresas de tema araucano (1616-1665)», en Ysla Campbell(coord.), Relaciones literarias entre España y América en los siglos XVI y XVII, Ciudad Juárez, Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, 1992, pp. 21-46 (especialmente pp. 21 y 44-45).

[4] Dille, «El descubrimiento y la conquista de América en la comedia del Siglo de Oro», p. 493.

José de Sarabia y su «Canción real a una mudanza»

La cima poética del siglo XVII está representada en Navarra por José de Sarabia (Pamplona, 1594-Martorell, 1641), conocido con el seudónimo académico de «el Trevijano», autor que constituye un buen ejemplo de soldado-poeta. Sarabia es famoso por una sola composición, la «Canción real a una mudanza», incluida en el Cancionero de 1628, que durante cierto tiempo fue atribuida a Mira de Amescua. En sus siete estancias desarrolla el tema barroco de la volubilidad de la Fortuna (desengaño, vanitas vanitatum, fugacidad de la belleza). En una nota que publicó en 1957[1], José Manuel Blecua vino a aclarar que la canción que se copia bajo el nombre del Trevijano no podía ser de Mira de Amescua. En el manuscrito Span. 56 de la Houghton Library de la Universidad de Harvard, fols. 152-155, se encuentra la solución, porque allí aparece la «Canción» con este encabezamiento: «Canción de don Joseph de Saravia, Secretario del Duque de Medina Sidonia, con nombre impuesto de Trevijano».

González Ollé ha recapitulado sus datos biográficos[2]. Fue vecino y natural de Pamplona (su padre, el capitán Pedro Sarabia de la Riva), caballero de Santiago, señor de la villa de Eransus, secretario del duque de Medina Sidonia, don Manuel Alonso Pérez de Guzmán, y montero de cámara de Su Majestad. En 1628 se le concedió un hábito. Blecua opinaba que debió de nacer hacia 1583-1584, pero González Ollé retrasa la fecha a 1593-1594. Este investigador destaca el hecho de que Sarabia sí resulta un personaje bien conocido por su intervención activa en diversos acontecimientos públicos de importancia de su época. Cabe la posibilidad de que participara en las campañas de Flandes e Italia, pues en septiembre de 1639 ostenta el grado de teniente de maestre de campo en la jornada de Fuenterrabía. Moriría en otro lance bélico, el combate de Martorell de 21 de enero de 1641, en el que las tropas realistas vencieron a los sublevados catalanes.

Por su parte, Alicia de Colombí Monguió[3] ha estudiado los tópicos, las fuentes literarias y emblemáticas y las huellas que la «Canción real a una mudanza» dejó en América:

Desengaños, muertes y tormentos, la próspera fortuna siempre al fin astrosa, la fragilidad de la vida y de todo lo humano, estrofa a estrofa, símbolo a símbolo, verso a verso, la «Canción» de Joseph de Sarabia, engarzando herencia ya secular desde las visiones de Petrarca, engarzará sus mudanzas a un mundo que las fijará en otras, al encontrar en la palabra y la figura de lo cambiante una de las constantes más perennes de nuestra lírica[4].

González Ollé estima a Sarabia como «el príncipe de los poetas navarros» por la perfección expresiva de su composición, con la que Gracián ejemplificó dos pasajes de su Agudeza y arte de ingenio, calificándola de «celebrada canción». Escribe el mencionado crítico:

La poesía de Sarabia está formada por siete estancias de diecinueve versos cada una, a las que sirve de remate una estrofa de envío con la siguiente estructura: 7a 11a 7b 11b 7c 11c. Los once primeros versos de cada estancia ofrecen sucesivas imágenes de seres animados o inanimados (jilguerillo, cordero, garza, militar, dama, navío, pensamiento), radiantes de inocencia, poderío, belleza, cuya tradicionalidad poética les confiere un patente carácter simbólico. Los ocho versos restantes, encabezados en cada estancia por el sintagma anafórico Mas, ¡ay!, describen la fatal destrucción, la completa aniquilación de tales realidades captadas en un momento pletórico de sus excelencias, y afectadas, un instante después, por la muerte, la derrota, la enfermedad, el naufragio. En varias estancias, por medio del pareado que las cierra, el poeta se hace presente para lamentar que la desventura expuesta no es sino imagen de la suya propia[5].

Copio a continuación el principio de la canción, su primera estancia:

Ufano, alegre, altivo, enamorado,
rompiendo el aire el pardo jilguerillo,
se sentó en los pimpollos de una haya
y con su pico de marfil nevado
de su pechuelo blanco y amarillo
la pluma concertó pajiza y baya;
y celoso se ensaya
a discantar en alto contrapunto
sus celos y amor junto,
y al ramillo, y al prado, y a las flores
libre y ufano cuenta sus amores.
Mas, ¡ay!, que en este estado
el cazador cruel, de astucia armado,
escondido le acecha
y al tierno corazón aguda flecha
tira con mano esquiva
y envuelto en sangre en tierra lo derriba.
¡Ay, vida mal lograda,
retrato de mi suerte desdichada!

Tras el del jilguerillo vienen otros símiles: el corderillo devorado por el lobo, la garza que remonta su vuelo hasta el cielo y es abatida por el águila, el capitán bisoño que pierde la batalla que tenía ganada y la vida, la bella dama que por una enfermedad ve malograrse toda su hermosura, el bajel del mercader que se hunde con todos sus tesoros cuando estaba a punto de llegar a puerto. Tras la indicación de que su pensamiento de amor por una señora se elevó «ufano, alegre, altivo, enamorado» (retoma Sarabia el verso inicial), la voz lírica se identifica con todas las imágenes anteriores:

Mi pensamiento con ligero vuelo
ufano, alegre, altivo, enamorado,
sin conocer temores la memoria,
se remontó, señora, hasta tu cielo,
y, contrastando tu desdén airado,
triunfó mi amor, cantó mi fe victoria;
y en la sublime gloria
de esa beldad se contempló mi alma,
y el mar de amor sin calma
mi navecilla con su viento en popa
llevaba navegando a toda ropa.
Mas, ¡ay!, que mi contento
fue el pajarillo y corderillo exento,
fue la garza altanera,
fue el capitán que la victoria espera,
fue la Venus del mundo,
fue la nave del piélago profundo;
pues por diversos modos
todos los males padecí de todos.

Canción, ve a la coluna
que sustentó mi próspera fortuna,
y verás que si entonces
te pareció de mármoles y bronces,
hoy es mujer, y en suma,
breve bien, fácil viento, leve espuma.

Este verso final es uno de esos enunciados trimembres con los que Sarabia, al decir de González Ollé, consigue «versos de rotunda belleza». En esta composición, seleccionada por Menéndez Pelayo entre las cien mejores poesías de la lengua castellana, se aprecian influencias de una elegía del año 1611 de Quevedo a Luis Carrillo y Sotomayor y de los Emblemas morales (1610) de Covarrubias. También se le han señalado concomitancias con una canción anónima que comienza «Creció dichosa en fértil primavera…». No obstante, Sarabia elabora esas influencias y los motivos de la tradición clásica y nos los devuelve transformados en una muy bella y emotiva expresión.


[1] José Manuel Blecua, «El autor de la canción “Ufano, alegre, altivo, enamorado…”», Nueva Revista de Filología Hispánica, 1957, 11, pp. 64-65.

[2] Fernando González Ollé, «Biografía de José de Sarabia, presunto autor de la “Canción real a una mudanza”», Revista de Filología Española, 46, enero-junio de 1963, pp. 1-30.

[3] Alicia de Colombí Monguió, «La “Canción real a una mudanza”: textos y contextos imitativos», Revista Hispánica Moderna, 40, núms. 3-4, 1978-1979, pp. 113-125.

[4] Colombí Monguió, «La “Canción real a una mudanza”: textos y contextos imitativos», p. 123.

[5] Fernando González Ollé, Introducción a la historia literaria de Navarra, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dirección General de Cultura-Institución «Príncipe de Viana»), 1989, p. 109.

El conde de Villamediana, poeta de amor y carne de leyenda

(A Felipe B. Pedraza,
de quien tomo prestada para el título de esta entrada
la expresión «carne de leyenda» aplicada a Villamediana)

Resulta difícil, al acercarse a la figura y a la obra de Juan de Tassis y Peralta (Lisboa, h. 1582-Madrid, 1622), escapar al poderoso influjo de su leyenda[1], que lo ha convertido en prototipo de enamorados, en un nuevo Macías, patrón de todo idealismo amoroso. Por otra parte, hay que evitar los tentadores paralelismos que pueden establecerse entre sus versos y sus circunstancias vitales: Villamediana es el cantor del «alto atrevimiento» (¿el de haber puesto los ojos y el pensamiento en la reina de España, doña Isabel de Borbón?) que conduce a una «muerte buscada» (y, efectivamente, el Conde moriría violentamente asesinado en las calles de Madrid). En Villamediana, vida, leyenda y poesía parecen querer darse la mano a cada instante[2].

De hecho, la obra del Conde no ha recibido tanta atención crítica como su personalidad, su circunstancia vital y su leyenda: así, su supuesto amor por la esposa de Felipe IV, su rivalidad política con el conde-duque de Olivares y su violenta muerte han eclipsado parte del interés que debería haber despertado su producción literaria, la cual tuvo en su época un éxito muy considerable (la edición príncipe de sus obras fue la de Zaragoza, 1629; hasta 1648 alcanzó seis ediciones). Luego quedó relegado al olvido: el desprestigio de la crítica por el culteranismo arrastró de rechazo a toda la poesía de Villamediana, discípulo privilegiado de Góngora. Sin embargo, en las últimas décadas su obra se ha revalorizado, y hoy contamos con ediciones de su corpus lírico completo[3]. Ya en 1886 Emilio Cotarelo —en uno de los trabajos pioneros sobre Villamediana— ponía de relieve la importancia de sus sonetos[4]; Luis Rosales, en 1969, le otorgaba el primer puesto entre nuestros poetas de amor:

Villamediana no tiene lápida ni epitafio digno en ese cementerio que ha conseguido ser, en sus mejores instantes, nuestra sufrida historia literaria. Es, sin embargo, nuestro primer poeta de amor. Este es su puesto. En su lírica amorosa, continúa la expresión delicada, profunda, traslúcida de Garcilaso: la tradición de su espiritualidad. Su verso no parece escrito: está dicho en voz baja. No se elabora artísticamente, ni se apoya en imágenes que se refieran al mundo natural. Sólo está sostenido por el dolor: es el camino del aire. ¡Tan leve, tan irreparable, tan fundida al espíritu es su expresión![5]

También en fechas recientes han aportado importantes contribuciones a su estudio Rozas, Pedraza y Ruiz Casanova[6].

Hay que señalar que la poesía amorosa del conde de Villamediana presenta los más variados registros, que van, en palabras de Felipe B. Pedraza, «de la obscenidad prostibularia al más encendido neoplatonismo»[7]. Pues bien, en futuras entradas ofreceré el comentario de algunos de sus mejores sonetos amorosos de tono neoplatónico, y también presentaré el tratamiento que ha recibido, convertido en personaje de ficción, en varias novelas históricas contemporáneas. En fin, se volverá a hablar aquí de Villamediana, poeta de amor y carne de leyenda.


[1] «Villamediana, carne de leyenda» titula Felipe B. Pedraza uno de los apartados de su prólogo a la edición de sus Obras (Facsímil de la edición príncipe, Zaragoza, 1629), Aranjuez, Editorial Ara Iovis, 1986, en el que escribe: «Al leer la lírica amorosa de Villamediana es difícil sustraerse al influjo de su leyenda y de su biografía. En sus versos aparecen constantemente temas y motivos en los que adivinamos el trágico destino que le acechaba. Versos que anuncian muertes y desdichas, voluntad de ascender y caídas vertiginosas. La tradición petrarquesca alimentaba con sus tópicos este concepto fatalista del amor, siempre abrazado a la muerte» (p. XXIV). Además, el conde de Villamediana ha sido convertido con frecuencia en personaje literario, protagonista de diversas novelas históricas: así, Villamediana, de Carolina-Dafne Alonso Cortés; Decidnos, quién mató al conde, de Néstor Luján; o Capa y espada, de Fernando Fernán-Gómez, entre otras.

[2] ¿Serían los suyos versos platónicos para cantar un amor platónico? Ni lo sabemos, ni nos interesa especialmente el saberlo. Avanzar por ese camino del posible autobiografismo de los textos —la identificación de poeta y voz lírica, del escritor como persona histórica real y del emisor interno del poema— siempre resulta demasiado peligroso y, por lo general, no aporta nada fundamental al estudio de los textos literarios.

[3] Ver las ediciones debidas a José Francisco Ruiz Casanova (Poesía impresa completa, Madrid, Cátedra, 1990 y Poesía inédita completa, Madrid,  Cátedra, 1994) y Juan Manuel Rozas (Obras, Madrid, Castalia, 1969; 2.ª ed., 1980). Sobre la edición de la Poesía impresa completa de Ruiz Casanova, ver M. Carmen Pinillos, «Escolios a la poesía impresa de Villamediana», Criticón, 63, 1995, pp. 29-46.

[4] «Lo mejor de las obras serias del Conde son, a no dudar, sus sonetos, de los que compuso como unos doscientos o pocos más. En todos ellos aparece una entonación robusta, estilo grave y sentencioso, versificación en general buena; pensamientos filosóficos y profundos; pocas veces hace uso de los peregrinos giros culteranos: pueden sacarse de la colección como unos cuarenta o cincuenta dignos de un poeta superior a su fama» (Emilio Cotarelo y Mori, El conde de Villamediana. Estudio biográfico-crítico con varias poesías inéditas del mismo, Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, 1886, p. 219; hay reed. moderna, Madrid, Visor Libros, 2003).

[5] Luis Rosales, Pasión y muerte del conde de Villamediana, Madrid, Gredos, 1969, p. 158.

[6] Felipe B. Pedraza, en su prólogo a Obras, p. XII, ha visto en él «un poeta de excepción». Además de los ya citados de Cotarelo, Pedraza y Rosales, los trabajos de conjunto más importantes para el estudio de la figura y obra de Villamediana son los siguientes: Narciso Alonso Cortés, La muerte del conde de Villamediana, Valladolid, Imprenta del Colegio de Santiago, 1928; Juan Eugenio Hartzenbusch, Discursos leídos ante la Real Academia en la recepción pública de don Francisco Cutanda, el 17 de marzo de 1861, Madrid, Rivadeneyra, 1861, pp. 39-90; Luis Martínez de Merlo (ed.), El grupo poético de 1610. Villamediana y otros autores, Madrid, S. A. de Promoción y Ediciones / Club Internacional del Libro, 1986; Juan Manuel Rozas, El conde de Villamediana. Bibliografía y contribución al estudio de sus textos, Madrid, CSIC, 1964 y prólogo a Obras, Madrid, Castalia, 1969, pp. 7-72; y José Francisco Ruiz Casanova, introducción a Poesía impresa completa, Madrid, Cátedra, 1990, pp. 7-68.

[7] Felipe B. Pedraza, prólogo a Obras, p. XI. Y añade: «El neoplatonismo, el endiosamiento de la amada […] contrasta con sus aficiones prostibularias y donjuanescas. […] Quizá el neoplatonismo de su lírica grave no sea más que el contrapeso que hacía oscilar violentamente la balanza de un siquismo desequilibrado. En toda su vida, Villamediana no logró dar con la serenidad y la satisfacción que le permitieran reconciliarse consigo mismo y con la sociedad» (pp. XXIV-XXV).

Tres feas del «Quijote»: Maritornes, la Torralba y la campesina toboseña

Sabemos que Dulcinea del Toboso y Aldonza constituyen en el Quijote la cara y la cruz de la descriptio puellae, la idealizada y la ridícula, y algo ya quedó dicho sobre ellas en una entrada anterior del blog. Repasaré ahora las descripciones de otras mujeres de la inmortal novela cervantina en las que se acumulan los rasgos de fealdad grotesca (recordemos que en el Siglo de Oro rige el concepto de turpitudo et deformitas ‘torpeza y fealdad’ a la hora de provocar la risa). Así, al comienzo del capítulo I, 16 se ofrece la siguiente descripción de Maritornes:

Servía en la venta asimesmo una moza asturiana, ancha de cara, llana de cogote, de nariz roma, del un ojo tuerta y del otro no muy sana. Verdad es que la gallardía del cuerpo suplía las demás faltas: no tenía siete palmos de los pies a la cabeza, y las espaldas, que algún tanto le cargaban, la hacían mirar al suelo más de lo que ella quisiera (pp. 167-168)[1].

Por la noche, como sabemos, la moza acude a solazarse con el arriero, «en camisa y descalza, cogidos los cabellos en una albanega de fustán» (p. 173). Don Quijote, pese a encontrarse molido, la aferra de la muñeca y la sienta a su lado en el lecho, imaginando que viene a requerirle de amores a él:

Tentóle luego la camisa, y, aunque ella era de arpillera, a él le pareció ser de finísimo y delgado cendal. Traía en las muñecas unas cuentas de vidro, pero a él le dieron vislumbres de preciosas perlas orientales. Los cabellos, que en alguna manera tiraban a crines, él los marcó por hebras de lucidísimo oro de Arabia, cuyo resplandor al del mesmo sol escurecía; y el aliento, que sin duda alguna olía a ensalada fiambre y trasnochada, a él le pareció que arrojaba de su boca un olor suave y aromático; y, finalmente, él la pintó en su imaginación, de la misma traza y modo, lo que había leído en sus libros de la otra princesa que vino a ver el malferido caballero vencida de sus amores, con todos los adornos que aquí van puestos. Y era tanta la ceguedad del pobre hidalgo, que el tacto ni el aliento ni otras cosas que traía en sí la buena doncella no le desengañaban, las cuales pudieran hacer vomitar a otro que no fuera arriero; antes le parecía que tenía entre sus brazos a la diosa de la hermosura (pp. 173-174).

Quiero llamar la atención sobre ese «él la pintó en su imaginación», que recuerda el «píntola en mi imaginación como la deseo» de I, 25 (p. 285)[2].

Por otra parte, podemos recordar, asimismo, la descriptio de la Torralba, verdadera mujer hombruna, inserta en el relato popular de Sancho en I, 20. Dice de esa pastora el buen escudero que «era una moza rolliza, zahareña, y tiraba algo a hombruna, porque tenía unos pocos de bigotes, que parece que ahora la veo» (p. 213). De nuevo, pues, una mujer varonil (como Aldonza), y además muy poco agraciada físicamente, con una caracterización muy lejana de lo que marcaba el canon literario de las etéreas bellezas femeninas.

Igualmente fea es la campesina del Toboso[3] que Sancho va a transformar en Dulcinea en II, 10, ardid que será la base del encantamiento de la amada de don Quijote, motivo con gran desarrollo en toda esta Segunda Parte:

A esta sazón ya se había puesto don Quijote de hinojos junto a Sancho y miraba con ojos desencajados y vista turbada a la que Sancho llamaba reina y señora; y como no descubría en ella sino una moza aldeana, y no de muy buen rostro, porque era carirredonda y chata, estaba suspenso y admirado, sin osar desplegar los labios (p. 706).

Tras las palabras de don Quijote en las que explica que la transformación de Dulcinea ha sido obra de encantadores, la parodia de la descriptio femenina sigue en boca de Sancho, quien se lamenta así, refiriéndose a los responsables de tal mutación:

—¡Oh canalla! […] Bastaros debiera, bellacos, haber mudado las perlas de los ojos de mi señora en agallas alcornoqueñas, y sus cabellos de oro purísimo en cerdas de cola de buey bermejo, y, finalmente, todas sus faciones de buenas en malas, sin que le tocárades en el olor, que por él siquiera sacáramos lo que estaba encubierto debajo de aquella fea corteza; aunque, para decir verdad, nunca yo vi su fealdad, sino su hermosura, a la cual subía de punto y quilates un lunar que tenía sobre el labio derecho, a manera de bigote, con siete o ocho cabellos rubios como hebras de oro y largos de más de un palmo (pp. 709-710).

Don Quijote replica que, según eso, la mujer debería tener otro lunar correspondiente en la tabla del muslo, aunque objeta que «muy luengos para lunares son pelos de la grandeza que has significado» (p. 710). En el capítulo siguiente, el II, 11, don Quijote se sigue doliendo de que él no haya podido ver a Dulcinea —a diferencia de lo sucedido con Sancho— «en la entereza cabal de su hermosura, que el encanto no se extendió a turbarte la vista ni a encubrirte su belleza». Pero don Quijote apunta un reparo:

—Mas, con todo esto, he caído, Sancho, en una cosa, y es que me pintaste mal su hermosura: porque, si mal no me acuerdo, dijiste que tenía los ojos de perlas, y los ojos que parecen de perlas antes son de besugo que de dama; y, a lo que yo creo, los de Dulcinea deben ser de verdes esmeraldas, rasgados, con dos celestiales arcos que les sirven de cejas; y esas perlas quítalas de los ojos y pásalas a los dientes, que sin duda te trocaste, Sancho, tomando los ojos por los dientes.

—Todo puede ser —respondió Sancho—, porque también me turbó a mí su hermosura como a vuesa merced su fealdad (p. 712)[4].

Más adelante, en II, 16, don Quijote insistirá en señalar que la hermosura de su Dulcinea se ha ocultado «en la fealdad y bajeza de una zafia labradora, con cataratas en los ojos y con mal olor en la boca» (p. 750). Un caso contrario, por cierto, es el de Quiteria, que —en el episodio de las bodas de Camacho— de labradora pasa a ser garrida palaciega, en palabras de Sancho Panza:

—A buena fe que no viene vestida de labradora, sino de garrida palaciega. ¡Pardiez que según deviso, que las patenas que había de traer son ricos corales, y la palmilla verde de Cuenca es terciopelo de treinta pelos! ¡Y montas que la guarnición es de tiras de lienzo blanco! ¡Voto a mí que es de raso! Pues ¡tomadme las manos, adornadas con sortijas de azabache! No medre yo si no son anillos de oro, y muy de oro, y empedrados con perlas blancas como una cuajada, que cada una debe de valer un ojo de la cara. ¡Oh, hideputa, y qué cabellos, que, si no son postizos, no los he visto más luengos ni más rubios en toda mi vida! ¡No, sino ponedla tacha en el brío y en el talle, y no la comparéis a una palma que se mueve cargada de racimos de dátiles, que lo mismo parecen los dijes que trae pendientes de los cabellos y de la garganta! Juro en mi ánima que ella es una chapada moza, y que puede pasar por los bancos de Flandes (pp. 801-802).

Todavía podríamos examinar más retratos femeninos grotescos presentes en el Quijote, pero baste por hoy con esta tripe dosis de fealdad y quedan esperando las demás feas para hacer entrada en la Ínsula en una futura ídem del blog.


[1] Todas las citas son por Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, ed. del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Instituto Cervantes-Editorial Crítica, 1998.

[2] Y, pasando del retrato físico a lo moral, no olvidemos el carácter caritativo de Maritornes, que se pone de manifiesto cuando paga de su bolsillo el vino para atender a Sancho después de su manteamiento.

[3] Ver Gregorio Palacín Iglesias, «Dulcinea en la vida de don Quijote», en En torno al «Quijote», Madrid, Leira, 1965, pp. 176-180.

[4] Ver Alicia de Colombí Monguió, «Los “ojos de perla” de Dulcinea (Quijote, II, 10 y 11). El antipetrarquismo de Sancho (y de otros)», Nueva Revista de Filología Hispánica, 32, 1983, pp. 389-402.

Un consejo de Lope: «Multum legendum, sed non multa»

La entrada de hoy es un elogio de Lope de Vega, en forma de soneto incluido en La Filomela, de los libros y la lectura, del «estudio liberal, discreto amigo»; y, al mismo tiempo, un consejo sobre qué se debe leer, condensado en la expresión latina del título, que procede de Plinio el Joven: «Multum legendum, sed non multa», ‘hay que leer mucho, pero no muchas cosas; es mejor frecuentar unos pocos libros, pero buenos, los de los clásicos, que no muchos, pero malos’[1]. Es idea parecida a la que expresa Quevedo en un verso de su soneto «Desde la Torre»: «con pocos pero doctos libros juntos».

El poema de Lope dice así:

Multum legendum, sed non multa (Plin. Iun., lib. 6)

Libros, quien os conoce y os entiende,
¿cómo puede llamarse desdichado?
Si bien la protección que le ha faltado,
el templo de la fama le defiende.

Aquí su libertad el alma extiende
y el ingenio se alienta dilatado,
que, de profano vulgo retirado,
en solo amor de la virtud se enciende.

Ame, pretenda, viva el que prefiere
el gusto, el oro, el ocio al bien que sigo,
pues todo muere, si el sujeto muere.

¡Oh, estudio liberal, discreto amigo,
que solo hablas lo que un hombre quiere,
por ti he vivido, moriré contigo!

No sabemos si Lope nos da este consejo a fuer de viejo, que diría Machado, pero sí que lo hace a fuer de Fénix… Así que, por supuesto, lo damos por bueno (¡es de Lope!) y lo hacemos nuestro.


[1] Víctor-José Herrero Llorente, en su Diccionario de expresiones y frases latinas, 3.ª ed. muy corregida y aumentada, Madrid, Gredos, 1992, p. 272a, recoge la expresión bajo el número 4944: «Multum legendum esse, non multa: “Se debe leer muchas veces lo mismo, pero no muchas cosas” (Plin., Ep. 7, 9, 15)». Y como número 4945 la variante: «Multum legere potius quam multa: “Leer el mismo libro muchas veces, mejor que muchos libros una sola vez”».

Jerónimo Arbolanche, un poeta navarro que exasperó a Cervantes

Jerónimo Arbolanche[1] (Tudela, h. 1546-1572) es uno de los malos poetas que Miguel de Cervantes, en su célebre Viaje del Parnaso, presenta encabezando los ejércitos que luchan contra los buenos literatos:

El fiero general de la atrevida
gente, que trae un cuervo en su estandarte,
es Arbolánchez, muso por la vida (VII, vv. 91-93).

Y poco después el autor del Quijote se refiere a la única obra conocida del navarro, Las Abidas (Zaragoza, en casa de Juan de Millán, 1566), con estas significativas palabras:

En esto, del tamaño de un breviario,
volando un libro por el aire vino,
de prosa y verso, que arrojó el contrario.

De verso y prosa el puro desatino
nos dio a entender que de Arbolanches eran
Las Abidas, pesadas de contino (VII, vv. 178-183).

De hecho, si el nombre de Jerónimo Arbolanche resulta conocido, ello se debe en buena medida a esta doble alusión cervantina. Su obra apenas ha merecido atención por parte de la crítica, con una notable excepción: me refiero a la edición facsímil de Las Abidas preparada por Fernando González Ollé[2], que publicó acompañada de un exhaustivo estudio que se completaba con un vocabulario y la pertinente anotación. Puede afirmarse que el trabajo de González Ollé sirvió para recuperar la figura de este olvidado escritor para el panorama literario navarro y español.

Tal vez merezca la pena detenerse brevemente en el comentario de las mencionadas críticas cervantinas. El ingenio complutense hace de Arbolanche el caudillo de los poetastros que asaltan el Parnaso agrupados bajo un estandarte que ostenta un negro cuervo, que es ave de mal agüero cuya ronca voz se opone además al suave y armonioso canto del cisne[3]. Siguiendo a Menéndez Pelayo[4], la crítica —que, en realidad, se reduce prácticamente a los comentaristas y anotadores del Viaje del Parnaso— ha señalado como errores de Cervantes sus indicaciones con respecto al tamaño del libro de Arbolanche (Rodríguez Marín apunta que no abultan demasiado las 184 páginas de Las Abidas) y a su condición de obra en prosa y verso. Respecto a los sintagmas «de prosa y verso» y «de verso y prosa», el mismo Rodríguez Marín aventuraba que Cervantes quizá escribió de prosiverso y de versiprosa, porque «a la verdad, los versos de Arbolanche, y especialmente sus endecasílabos sueltos o blancos, parecen prosa por la ausencia absoluta de espíritu poético, y aun son prosa muchas veces por falta de medida y de cadencia»[5].

Por lo que toca a la creación muso por la vida, no cabe duda de que debemos interpretarla como una alusión despectiva que significaría algo así como ‘ruin poetastro de por vida, mal poeta durante toda la vida’. Pero la cuestión es algo más compleja, como sugirió González Ollé, quien en un trabajo de 1963 explica que en esa expresión se dan simultáneamente dos valores, el temporal y el causal: «Pero en la vida, Cervantes ha jugado intencionalmente con la aglutinación fónica, no gráfica, del artículo al sustantivo, de modo que puede interpretarse como l’avida, la Avida»[6]. Entonces, si se acepta esta dilogía de la vida, «el verso en cuestión encierra una dualidad de sentido: Arbolanche, muso durante toda su vida y a causa de su obra literaria»[7], a causa de Las Abidas.

A continuación González Ollé comentaba el significado y posibles orígenes de la extraña palabra muso. La crítica había señalado que se trataba de una creación jocosa a partir de musa, porque un recurso cómico bien conocido consiste en hacer despectiva una palabra cambiando su género, y existen ejemplos similares en la obra cervantina: «ni vi monte ni monta» (en el propio Viaje del Parnaso, VIII, v. 245), «ínsulos ni ínsulas» (Quijote, I, 26), «ya no hay Triste Figura: el figuro sea el de los Leones» (Quijote, II, 30). Sin descartar en absoluto la interpretación muso ‘mal poeta’, González Ollé documenta otro valor para esa palabra, el de ‘apocado, tímido, cobarde’, por un lado, y también el de ‘hipócrita, ladino, mátalas callando’, y señala: «Pues bien, la segunda de estas dos acepciones no sólo cuadra perfectamente a Arbolanche, sino que la inquina de Cervantes contra él bien pudiera estar suscitada a causa de su condición de tal»[8]. Y argumenta esta hipótesis recordando que en la epístola preliminar de Arbolanche en respuesta a su maestro Melchor Enrico, puesta al frente de Las Abidas, el navarro pasa revista a diversos autores griegos, latinos, italianos y españoles:

Es un alarde de vana erudición y claro cinismo, pues las continuas protestas de modestia personal se dirigen a patentizar los defectos que él encuentra en los demás escritores. […] Con monótona insistencia repite Arbolanche juicios […] a propósito de muchos y muy diversos autores. Se comprenderá, pues, fácilmente, que no faltaba motivo a Cervantes para tachar de hipócrita, maldiciente, etc. a Arbolanche, como bastantes años antes lo habían hecho ya otros escritores, a raíz de la publicación de Las Havidas[9].

En efecto, el canónigo sevillano Francisco Pacheco, en su Sátira apologética en defensa del divino Dueñas, lo había mencionado como modelo de desconsideración respecto a obras meritorias:

¡Oh, bárbara maldad! ¡Que al grave Sánchez
aún no le hayan bastado sus Comentos
más que si fuera un Tulio a un Arbolánchez! […]
¡Y espántase que el cielo landres llueve,
que Avidas, Caroleas y Dianas,
y otros monstruos la tierra estéril lleve!

También encontramos la acusación de calumnia e hipocresía en fray Tomás de Quixada, en una poesía preliminar a la obra de Bartolomé de Villalba y Estaña, El Pelegrino curioso y grandezas de España:

Quiero dejar los supremos poetas
que Arbolanche los haya disfamado,
que por vías calladas e indiretas
sus errores o culpas ha sacado,
y en sus Avidas, simples, mal perfetas,
a todos uno a uno ha bien cachado.

A la vista de estas acusaciones, encaja perfectamente la interpretación de muso no como sustantivo (femenino jocoso a partir de musa), sino como adjetivo ‘hipócrita, maldiciente, difamador’, sobre todo si se tiene en cuenta la sugerida dilogía de la vida / l’Avida. «En conclusión —apostilla González Ollé—, el verso discutido puede interpretarse […] del modo siguiente: Arbolanche, maldiciente (y poetastro) durante toda su vida (a causa de Las Havidas)»[10].

Cuestión distinta, aunque íntimamente relacionada con la anterior, sería la de intentar dilucidar las razones que pudo tener Cervantes para tan feroz ataque contra el navarro. Esta es la opinión de Herrero García:

En 1566 apareció impreso en Zaragoza el libro del poeta tudelano Jerónimo Arbolanche. Es de presumir que tuviese veinte años. Tendría, pues, en las fechas en que Cervantes escribía su Viaje, unos sesenta y siete años, o más. Vivía desde luego, según el intento cervantino de no nombrar poetas fallecidos. Era, por la cuenta, coetáneo de Cervantes. Ahora bien, ¿qué le movió a mostrarse tan severo, o mejor dicho, despiadado con el poeta navarro? Algo, quizás, ajeno a la poesía y al mérito del libro de Arbolanche. Los eruditos han notado que Cervantes no conocía el poema que tan ferozmente reprueba. Podemos explicar los hechos así. Colocado el autor del Viaje en la necesidad de buscar un nombre para corifeo de los malos poetas, dio con el de Arboleda por reminiscencias de lecturas anteriores. Él recordaba que Pacheco en su Sátira contra la poesía había enumerado las Abidas entre los monstruos que la estéril tierra lleva. También tenía la especie de que Barahona de Soto había censurado, refiriéndose al autor de las Abidas, a los vates que se retratan coronados de laurel al principio de sus obras. Tratábase, además, de un poeta alejado de la corte, que hacía muchos años había dejado el trato con las musas, que se había malquistado con el genus irritabile por sus nada respetuosos conceptos acerca de los poetas, estampados en la carta dedicatoria de su obra. Por todo lo cual, Cervantes creyó de perlas semejante sujeto para su propósito, y echó mano de él, equivocándose dos veces [en] el nombre (Arbolánchez y Arbolanches), equivocándose en el tamaño del libro y en el estilo de su contenido[11].

Asimismo, González Ollé se refiere a los motivos que llevaron a Cervantes a convertir a Arbolanche en el «fiero capitán de la atrevida gente»:

A Cervantes, tan indulgente en sus juicios sobre los ingenios contemporáneos, tenía que desagradarle la actitud de Arbolanche, atento únicamente a descubrir defectos y plagios. En cierto modo, el Viaje del Parnaso, escrito medio siglo después de Las Havidas, constituye una antítesis del criticismo malintencionado de Arbolanche. Como, por otra parte, en contraste con su petulancia inicial, la calidad poética de su obra resulta muy deficiente, creo que estas dos razones (crítica altanera y maliciosa de las obras ajenas; escaso valor de la propia) son las determinantes de que Arbolanche aparezca como jefe de los malos poetas en su lucha con los buenos. Lo dicho permite también comprender la «desusada indignación», que Menéndez y Pelayo no podía explicarse, con que Cervantes procedió en el caso de Arbolanche[12].

Con independencia de la dureza del ataque cervantino y sus razones (en otra ocasión se podría volver sobre ello), no puede negarse que Las Abidas resulta una obra curiosa y, cuando menos, interesante. «Un “raro” busca la fama» titulaba González Ollé el capítulo que en 1989 dedicaba a Arbolanche en su Introducción a la historia literaria de Navarra. Fue el del poeta tudelano un intento —fallido, ciertamente— en el camino de integración de los distintos géneros y estilos narrativos de la época, intento que felicísimamente culminaría en 1605 el ingenio complutense en su inmortal Quijote. Arbolanche no logró la armoniosa integración de todos sus materiales, pero se adelantó cuatro décadas a Cervantes en el empeño. En el mismo sentido se ha expresado Romera:

Salvando las necesarias distancias, el empeño de Arbolanche se asemeja (y se anticipa) al de Cervantes en cuanto que ambos intentaron con distinta fortuna integrar los principales géneros de ficción vigentes en la época. Pero en el caso de Las Abidas, escrita por Arbolanche a los veinte años de edad, el resultado es farragoso, desequilibrado, abrumadoramente erudito y cargado de elementos superfluos. Es admirable, no obstante, la exhibición de conocimientos humanísticos y literarios del autor tudelano, empañada por una vanidad sin freno que subordina la intención poética al alarde ornamental[13].


[1] Su apellido se cita en ocasiones con variantes: Arbolancha, Arbolanches, de Arbolancha, de Arbolanche, de Arbolanches, etc. Sobre el autor, véanse sobre todo los trabajos de F. González Ollé: «Lengua y estilo en Las Abidas de Jerónimo Arbolanche», Príncipe de Viana, 106-107, 1967, pp. 21-60; su edición, estudio, vocabulario y notas a Jerónimo Arbolanche, Las Abidas, Madrid, CSIC, 1969-1972, dos vols.; y su Introducción a la historia literaria de Navarra, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1989, pp. 87-101. También los de L. del Campo Jesús, Jeronimo de Arbolancha. Su vida y su obra, prólogo de Leopoldo Cortejoso, Pamplona, La Acción Social, 1964 y Jerónimo de Arbolancha, Pamplona, Diputación Foral de Navarra, 1975, col. «Navarra. Temas de Cultura Popular», núm. 230; J. R. Castro, Autores e impresos tudelanos. Siglos XV-XX, Madrid-Pamplona, CSIC-Institución «Príncipe de Viana», 1964, pp. 40-47; y F. Salinas Quijada, Navarros universales: Sancho el Fuerte, Bartolomé de Carranza, Martín de Azpilcueta y Francisco de Javier, Jerónimo de Arbolancha,Pamplona, ed. del autor con colaboración del Gobierno de Navarra, 1991, pp. 163-216. En la actualidad, María Francisca Pascual Fernández realiza su tesis doctoral sobre Arbolanche en la Universidad de Navarra, bajo mi dirección.

[2] Jerónimo Arbolanche, Las Abidas, edición, estudio, vocabulario y notas de Fernando González Ollé, Madrid, CSIC, 1969-1972. En este trabajo citaré por este facsímil, pero modernizando las grafías.

[3] Miguel de Cervantes Saavedra, Viaje del Parnaso, ed. y comentarios de Miguel Herrero García, Madrid, CSIC, 1983, p. 802.

[4] «Ni Las Avidas tienen el tamaño de un breviario, pues son un librito en octavo de poco más de veinte pliegos, ni están escritos en prosa y verso, a no ser que Cervantes entendiera por prosa los versos sueltos de Arbolanches, que, en efecto, suelen confundirse con ella» (Menéndez Pelayo, 1943, p. 165).

[5] Rodríguez Marín, en su ed. del Viaje del Parnaso, 1935, p. 357 (Miguel de Cervantes Saavedra, Viaje del Parnaso, ed. crítica y anotada dispuesta por Francisco Rodríguez Marín, Madrid, C. Bermejo Impresor, 1935).

[6] González Ollé, «Observaciones filológicas al texto del Viaje del Parnaso», Miscellanea di Studi Ispanici, 6, 1963, p. 101.

[7] González Ollé, 1963, p. 102.

[8] González Ollé, 1963, p. 103.

[9] González Ollé, 1963, p. 103.

[10] González Ollé, 1963, p. 105; y más adelante concluye así: «Independientemente del origen de la palabra, muso, en el Viaje del Parnaso, puede equivaler a ‘maldiciente’, ‘hipócrita’, etc., según el significado que probablemente tenía en la lengua de su tiempo. Más conjetural resulta, para mí, la creación artificiosa, con fines burlescos, de muso, a partir de Musa, aunque para la conciencia lingüística actual, al desconocer aquel primer significado, se presenta más inmediata tal intención satírica. En mi opinión, que concilia ambas posibilidades, Cervantes utiliza muso como ‘maldiciente’, ‘hipócrita’, etc., pero dada la rareza de esta palabra, inexistente, según parece, en otros textos contemporáneos, no le pasaría inadvertido, y aprovecharía, el efecto cómico que, por asociación con Musa, despierta» (pp. 108-109).

[11] Miguel de Cervantes Saavedra, Viaje del Parnaso, ed. y comentarios de Miguel Herrero García, Madrid, CSIC, 1983, p. 803.

[12] González Ollé, 1963, pp. 105-106. Ver también Castro, 1963, p. 42b; Salinas Quijada, 1991, pp. 205-206; y J. Zalba, «Páginas de la historia literaria de Navarra», Euskalerriaren Alde, 14, 1924, p. 350.

[13] José María Romera Gutiérrez, «Literatura», en AA. VV., Navarra, Madrid, Editorial Mediterráneo, 1993, pp. 169-200 (cita en la p. 178a).

Quevedo, personaje de ficción

En este blog ya han ido apareciendo autores del Siglo de Oro como Lope y Cervantes, incluso algunos dramaturgos como Cáncer, Moreto y Matos Fragoso, y antes de que don Francisco de Quevedo frunza el ceño y se enfade por el olvido que se hace de su persona, quiero traerlo a él también a la Ínsula. Pero no voy a comentar ahora ningún aspecto de su vida o su obra, sino que voy a tratar de «Quevedo, personaje de ficción».

En efecto, ya desde fechas muy tempranas, todavía en vida, nuestro autor comenzó a convertirse en una especie de personaje popular y legendario. Él mismo contribuyó a ello al transmitir, por medio de romances y poemas festivos, algunos retratos grotescos suyos, alimentando así la imagen popular de un Quevedo chocarrero, vulgar, procaz, etc., que se ha mantenido durante mucho tiempo, hasta la actualidad …

Como sucede con otros autores de nuestro espléndido Siglo de Oro (Garcilaso, Calderón, Lope, Góngora, Villamediana…), Quevedo ha pasado a convertirse en personaje de ficción protagonista de diversas obras literarias. No me refiero ahora a que sus obras hayan dado lugar a imitaciones, continuaciones, segundas partes, etc. (eso, también), sino a la conversión del escritor de carne y hueso en protagonista de ficción. En futuras entradas iré examinando de forma panorámica las principales obras literarias que nos presentan a estos «Quevedos de la ficción», desde el siglo XVIII hasta nuestros días, en los que el satírico madrileño sigue gozando de muy buena salud ficcional. En este recorrido, dejaré de lado el siglo XVII, en el que no me consta que existan obras en las que Quevedo aparezca convertido en personaje de ficción. Hay, sí, libelos, obras de ataque contra él (El Tribunal de la justa venganza), y podríamos recordar incluso la propia biografía de Tarsia (que contiene numerosos elementos fantasiosos), pero no se trata específicamente de obras de ficción.

La consideración de Quevedo como personaje literario constituye una materia muy amplia, que ha sido abordada, por ejemplo, por Alberto Sánchez en su trabajo «Quevedo, figura literaria»[1], que es una buena aproximación de conjunto al tema. Nos recuerda Sánchez en primer lugar, al hablar de la «Personalidad enigmática de Quevedo», que

La difícil personalidad de Quevedo, transformada en mito popular del humor satírico e incluso grotesco y escatológico, se desfleca en irisaciones legendarias[2].

Y añade que

Desde la primera biografía de Quevedo, compuesta por el abad don Pablo Antonio de Tarsia (Madrid, 1663), se mezclan y confunden los perfiles auténticos con las leyendas y episodios de capa y espada[3].

Con su vida turbulenta, sus tres prisiones, sus variadas pendencias, etc., sigue argumentando Sánchez, no debe extrañarnos que la figura del escritor se haya convertido «en señuelo de libelos y loas, fábulas y cuentos, donde la historia y la poesía se entrecruzan y confunden»[4]. En fin, el genial satírico del Siglo de Oro ha dado lugar a «distintos avatares literarios» en dramas y novelas de los siglos XIX y XX:

La personalidad enigmática de Quevedo se transfigura en personaje literario de variados matices. Vida y creación literaria se intercambian y difunden. Se ha dicho que la mejor novela histórica es la historia misma. Pero en el caso de Quevedo resulta hoy en extremo difícil distinguir los elementos de una y otra, separar lo auténtico de lo imaginado y fabuloso[5].

Tendríamos que distinguir, por tanto, una triple dimensión, al hablar del escritor: el Quevedo histórico / el Quevedo legendario / el Quevedo literario. Por su parte, Felipe Pedraza, en su estudio preliminar a la edición facsímil de la biografía de Tarsia[6], ha escrito que Quevedo

se proyectó hacia el exterior como personaje, se instaló en su doble máscara y a través de ella ha vivido durante siglos. Quevedo, hombre de Dios, filósofo estoico, y Quevedo, hombre del diablo, criatura desvergonzada, han aparecido en poemas líricos y narrativos, en comedias, en dramas históricos, en novelones de capa y espada… desde el siglo XVII a nuestros días. Los autores han llegado a él, como la mariposa del tópico petrarquista, atraídos por las luces y las sombras del personaje, por la máscara de Jano que él mismo forjó con su palabra[7].

A su vez, Celsa Carmen García Valdés[8] señala:

Alrededor de la compleja personalidad de Francisco de Quevedo formó la leyenda un velo que ha oscurecido su verdadera figura a la posteridad. Pero fue gracias a esa leyenda como el gran satírico llegó a ser uno de los personajes preferidos de novelistas y dramaturgos posteriores.
Desde El retraído (1635) de Juan de Jáuregui hasta los actuales bestsellers de Arturo Pérez-Reverte, pasando por El caballero de las espuelas de oro, de Alejandro Casona, son numerosas las obras que tratan distintos aspectos de la vida de Quevedo[9].

Y afirma también lo siguiente:

Quevedo se convirtió pronto en un personaje folclórico a quien se atribuyeron todo tipo de chistes picantes y escatológicos e ingeniosas procacidades que circulaban de boca en boca […] la leyenda popular enseguida hizo a Quevedo protagonista de lances y aventuras caballerescas en las que brilla por su valentía, destreza en las armas y gallardía. […] Esta segunda faceta de las formaciones legendarias creadas alrededor de la personalidad quevediana fue la que interesó a los dramaturgos, especialmente a los dramaturgos románticos, que en algún caso le han tomado como el personaje folclórico popular chocarrero y deslenguado. Y es que la vida de Quevedo o lo que nos ha llegado de ella no carece de aspectos atractivos para un poeta romántico[10].

Estas características que señala García Valdés son las que vamos a encontrar, por ejemplo, en las obras del XIX, todas ellas traspasadas de romanticismo, en dos géneros fundamentales, el drama histórico y la novela histórica.

Pero esta entrada ya se va alargando demasiado, y la materia anunciada habrá de quedar pendiente para una próxima ocasión…


[1] Alberto Sánchez, «Quevedo, figura literaria», en Homenaje a Luis Morales Oliver, Madrid, Fundación Universitaria Española, 1986, pp. 563-585. Ver también Narciso Alonso Cortés, «Quevedo en el teatro», Revista de la Biblioteca, Archivo y Museo, año VI, enero de 1929, núm. 21, pp. 1-22. Reproducido en Quevedo en el teatro y otras cosas, Valladolid, Imprenta del Colegio Santiago, 1930, pp. 5-43.

[2] Sánchez, «Quevedo, figura literaria», p. 563.

[3] Sánchez, «Quevedo, figura literaria», p. 564.

[4] Sánchez, «Quevedo, figura literaria», p. 564.

[5] Sánchez, «Quevedo, figura literaria», p. 564.

[6] Felipe B. Pedraza Jiménez, «Prólogo» a Pablo Antonio de Tarsia, Vida de don Francisco de Quevedo y Villegas (Facsímil de la edición príncipe, Madrid, 1663), reproducción facsimilar cuidada por Melquíades Prieto Santiago, Cuenca, Universidad de Castilla-La Mancha, 1997, pp. VII-XXXIII.

[7] Pedraza, «Prólogo», pp. X-XI.

[8] Celsa Carmen García Valdés, «Con otra mirada: Quevedo personaje dramático», La Perinola, 8, 2004, pp. 171-185.

[9] García Valdés, «Con otra mirada: Quevedo personaje dramático», p. 171.

[10] García Valdés, «Con otra mirada: Quevedo personaje dramático», pp. 171-172.

«La adúltera penitente», comedia hagiográfica de Cáncer, Moreto y Matos Fragoso

La adúltera penitente, Santa Teodora, de tres ingenios, Jerónimo de Cáncer, Agustín Moreto y Juan de Matos Fragoso, se publicó en la Parte nona de comedias escogidas de los mejores ingenios de España (Madrid, Gregorio Rodríguez por Mateo de la Bastida, 1657). No es el único caso de colaboración entre estos tres dramaturgos, que juntos compusieron también otras obras como Caer para levantar (1662) o El bruto de Babilonia (1668)[1].

La acción de esta comedia hagiográfica sucede en Alejandría. Filipo ama a Teodora, que se ha casado —por presiones familiares— con el rico Natalio. La dama vive triste porque una sombra lasciva la acosa todas las noches incitándola a que premie el amor constante de su galán, Filipo, que dos años después todavía sigue pretendiéndola. Esa visión la envía el Demonio, que quiere perder las almas de Teodora y Filipo. Una industria urdida por el criado Morondo para sacar a Natalio de casa y la ayuda del propio Demonio —que ahuyenta a unos ladrones que pretendían escalar la casa— proporcionan a Filipo la ocasión para gozar, con violencia, de Teodora. Una vez satisfecho su deseo, deja abandonada a la mujer, retirándose a vivir como bandido en el monte. Teodora huye de casa y marcha a un convento, donde, vistiendo el hábito varonil y acompañada por el gracioso Morondo, se hace pasar por fray Teodoro.

Por su parte, el deshonrado Natalio busca a su esposa para, matándola, satisfacer su venganza. Teodora-fray Teodoro hace varios milagros (amansa a un león, consigue que los árboles la ayuden a cantar cuando es expulsada del coro del convento…). El Demonio, mientras tanto, la sigue asediando, pero todas sus asechanzas chocan con la firme virtud de la penitente, que recibe ayuda del Cielo siempre que la solicita, y al final ha de reconocerse vencido por ella. Teodora y un Filipo ya arrepentido de sus pasados errores siguen vistiendo el hábito religioso y llevan una vida de dura penitencia hasta que la protagonista alcanza una muerte santa, como anuncia al final un ángel. Natalio, al ver los prodigios que obra el Cielo, considera lo sucedido «dichosa venganza» de su agravio.

Como podemos apreciar por este apretado resumen argumental, esta pieza hagiográfica maneja —como es habitual en el género[2]técnicas y recursos propios de la comedia de capa y espada: amores, galanteos y enredos varios, honor conyugal en peligro, deseos de venganza del marido ultrajado, disfraz varonil de la protagonista, humor del gracioso (Morondo, el criado de Filipo), etc.

Para quien desee más detalles, he analizado la construcción de esta pieza en mi trabajo «La adúltera penitente, comedia hagiográfica de Cáncer, Moreto y Matos Fragoso», en Marc Vitse (ed.), Homenaje a Henri Guerreiro. La hagiografía entre historia y literatura en la España de la Edad Media y del Siglo de Oro, Madrid / Frankfurt, Iberoamericana / Vervuert, 2005, pp. 827-846, centrando mi análisis en tres apartados: el elemento religioso, el elemento sobrenatural y su espectacularidad y el elemento profano, según el esquema propuesto por Elma Dassbach en su estudio sobre la comedia hagiográfica[3].


[1] Cáncer se acercó en otra ocasión al género de la comedia de santos, con El mejor representante, San Ginés (1668), comedia hagiográfica escrita con Pedro Rosete Niño y Antonio Martínez de Meneses.

[2] Ver Javier Aparicio Maydeu, «A propósito de la comedia hagiográfica barroca», en Estado actual de los estudios sobre el Siglo de Oro, Salamanca, Universidad de Salamanca, 1993, vol. I, pp. 141-152.

[3] Ver Elma Dassbach, La comedia hagiográfica del Siglo de Oro español: Lope de Vega, Tirso de Molina y Calderón de la Barca, New York, Peter Lang, 1997, donde el lector interesado encontrará más bibliografía sobre el subgénero hagiográfico. La historia de Santa Teodora se incluye en la Leyenda dorada de Jacobo de la Vorágine.