«Nochebuena», de Luciano Durán Böger

(La Virgen sueña caminos,
está a la espera;
la Virgen sabe que el Niño
está muy cerca.)

Estamos en el cuarto domingo de Adviento, y la Navidad está ya a la vuelta de la esquina… Así pues, continuaremos la serie de poesía navideña —y, al mismo tiempo, la de breves semblanzas de escritores bolivianos— con el poema «Nochebuena», de Luciano Durán Böger (1904-1996). Nacido en 1904 en Santa Ana, capital de la provincia de Yacuma, en el departamento del Beni, fue escritor (poeta, cuentista y novelista), crítico de arte y también pintor autodidacta. La mayor parte de su producción poética quedó recogida en su antología Geografía de la sangre (1963). En el terreno de la narrativa aportó obras como Sequía (1960), Inundación (1965) —subtitulada Novela para un continente en lucha—, En las tierras de Enín (1967), que está considerada una de las mejores novelas bolivianas, y Sangre en La Esmeralda (1972), cuyo título se cita a veces equivocadamente como Sangre de Esmeralda. Es autor también del ensayo Poetas del Beni (1963). Durán Böger fallecería en La Paz  en 1996. De él ha escrito Juan Quirós que es

Dueño de una copiosa producción en verso donde existen muchas composiciones fáciles en demasía, junto a otras con aciertos que no son causales. Cuando se olvida del partido político que profesa [fue fundador y militante del Partido Comunista de Bolivia], Durán Böger afirma el paso y camina con seguridad. Nada fía entonces a la improvisación, deja de ser incoherente y aparece el poeta que hay en él[1].

Natività, de Carlo Maratta

Su poema «Nochebuena» canta con versos sencillos la belleza de la Virgen María y el nacimiento del Niño-Dios para, en la parte final —los dos últimos versos—, dar un quiebro que introduce la preocupación del autor por la problemática social («no tengo arbolitos, / ni zapatitos, ni cena», expresa la voz lírica). La composición reza así:

Bella
estaba la Madre
del amor
que besa el Aire,
del amor
que arrulla Luz,
del amor
que mima el Agua.

Sin una perla de llanto,
juega sobre el planeta
con lunas y con pañales.

¡Hijo del Hombre!
Niño de carne y de sangre
nació como nace el verso
del corazón del Poeta.

Esta noche es Nochebuena
—y yo no tengo arbolitos,
ni zapatitos, ni cena[2].


[1] Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, La Paz, Librería Juventud, 1964, p. 179.

[2] Tomo el texto de Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, pp. 180-181.

«Navidad», de Octavio Campero Echazú

(De Nazaret a Belén
hay una senda;
por ella van los que creen
en las promesas.)

Estando ya en el tercer domingo de Adviento, no estará de más ir dando entrada ya en el blog a alguna ídem de tema navideño. Este año, comenzaremos la serie de poesía navideña con el poema titulado precisamente «Navidad», del escritor boliviano Octavio Campero Echazú (Tarija, 1900-Cochabamba, 1970). En el texto, además del ritmo tradicional (octosílabos con rima de romance, pero con versos de pie quebrado rematando la tercera y cuarta cuartetas), cabe destacar la introducción de un elemento andino (quenas) que proporciona particularidad geográfica al tema universal del nacimiento del Niño Dios, así como la bella metáfora aposicional «mies de luz sobre la vega» aplicada al recién nacido.

Belén andino

Este es el texto completo del poema:

Pastora, la contradanza
que tejes sobre la tierra
con los pies desnudos, huele
a pastos de Nochebuena.

Te enlazan dos zagalones,
y entre sus manos labriegas
—arbolito de diciembre—
tu talle se balancea.

Detrás vienen seis pastores
con tres zagalas cimbreñas,
como siguiendo el aroma
de tus huellas.

Y cantan un villancico
—son crecido entre las hierbas—
iniciado por el viento
de las quenas.

Desde el portal de sus voces,
la tuya, como una estrella,
los encamina hacia un verde
retablo de Nochebuena…

Ya los gallos campaneros
dan las doce; y es la tierra,
bajo el viento de los astros,
cuna que se balancea…

¡El Niño Dios ha nacido!
—mies de luz sobre la vega—,
y tus canciones, pastora,
se tiñen de un alba nueva[1].


[1] Cito por Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, La Paz, Librería Juventud, 1964, pp. 153-154, con algún ligero retoque en la puntuación.

«El borriquillo», de Óscar Alfaro (1921-1963)

BorricoProbablemente el rucio de Sancho Panza y Platero de Juan Ramón Jiménez (que, por cierto, está de centenario este año) sean los burros más famosos de la literatura española. Tampoco conviene olvidar, entre los clásicos latinos, una obra como El Asno de Oro de Apuleyo. Sea como sea, son muchos más los burros, asnos y borriquillos que «protagonizan» o, al menos, aparecen en numerosas obras literarias, en distintos géneros y de distintos países.

Óscar AlfaroExiste, pues, todo un subgénero de «literatura asnal»[1], y como una pequeña muestra de poesía borriquil traigo hoy al blog el poema «El borriquillo», del boliviano Óscar Alfaro. Óscar González Alfaro (San Lorenzo, Tarija, 1921-La Paz, 1963) es autor que cultivó especialmente la literatura infantil y juvenil, que firmó con el nombre de Óscar Alfaro. En La Paz, donde se desempeñó como docente en varios colegios e institutos, perteneció a la segunda generación del grupo literario Gesta Bárbara. Fue Militante del Partido Comunista de Bolivia. Publicó los libros Canciones de lluvia y tierra (1948), Bajo el sol de Tarija (1949), Cajita de música (1949), Alfabeto de estrellas (1950), Cien poemas para niños (1955), Cuentos infantiles (1962) y La escuela de fiesta (1963), títulos a los que se sumarían muchos otros de forma póstuma, publicados por su viuda, Fanny Mendizábal.

Juan Quirós comenta que Óscar Alfaro recreó a los niños

con composiciones fáciles y sentidas, no limpias siempre porque a menudo enseñaba consignas políticas a los pequeños. Los romances que escribió llevan el sello de la gracia y de la espontaneidad. Hay en los mismos una indisimulada influencia de Campero Echazú[2].

Este es el texto, de rimo sencillo y cantarín, de su poema «El borriquillo»:

El borriquillo del cerro
cruza sembrando canciones
con su canoro cencerro
por calles y callejones.

Y con ritmo cantarino
los sellos de sus herrajes
van dibujando tatuajes
sobre la piel del camino.

En el paisaje de estío
tocan su líquida orquesta
las ranas que están de fiesta
bajo las aguas del río.

Y por el dulce sendero
que cruza los olivares
sigue regando cantares
el borriquillo coplero.

Sobre su lomo de seda
descienden los ruiseñores
como una lluvia de flores
desde la fresca arboleda.

Y el borriquillo paciente,
cubierto de aves y trinos,
es un concierto viviente
que viaja por los caminos…[3]


[1] Ver Carlos Mata Induráin «Notas sobre “literatura asnal”. Un curioso libro de Primo Feliciano Martínez», Pregón Siglo XXI, núm. 22, 2003, pp. 82-88 y núm. 23, 2004, pp. 82-83. Asunto relacionado, aunque distinto, es la existencia en diversos países (Colombia, Etiopía, etc.) de las burrotecas: el esfuerzo de tan humildes y sufridos animales equinos permite llevar libros y disfrutar de la lectura a personas que viven en lugares apartados y poco accesibles.

[2] Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, La Paz, Librería Juventud, 1964, p. 269.

[3] Tomo el texto de Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, p. 271.

Los «Sonetos de humildad» de Héctor Cossío Salinas

Héctor Cossío SalinasAdemás de su faceta como literato, el abogado Héctor Cossío Salinas (Cochabamba, Bolivia, 1929-1972) llegó a ser diputado nacional y más tarde alcalde de su ciudad natal. Impulsó la revista Canata, fue miembro del grupo «Gesta Bárbara» y presidente de la Unión Nacional de Poetas y Escritores de Bolivia. Igualmente, fue asesor editorial y codirector de la Enciclopedia Boliviana de «Los Amigos del Libro». Con su libro Posada de los sueños  (1964) obtuvo el Premio Nacional de Poesía en 1963. Fue compilador de las antologías La tradición en Cochabamba (1969) y La poesía en Cochabamba (1972).

Juan Quirós señala que Cossío Salinas «Es ante todo un sonetista», y añade:

Como motivos permanentes de sus versos podemos señalar el amor y la tierra. No tanto el paisaje como fluido plástico —valga la frase— sino la tierra en explosión de vida. Ha tenido una sólida educación adquirida pacientemente en el conocimiento de los poetas clásicos españoles, tanto antiguos como modernos[1].

Un notable ejemplo de su buen hacer como sonetista (sencillez temática y acertado manejo del ritmo del endecasílabo) lo constituyen sus «Sonetos de humildad»:

Eres el pan presente cada día…
Eres el pan abierto de blancura
que en su interior creciente me asegura
la humilde devoción de la alegría.

Eres la espiga tierna que podría
retenerme en su cáliz de ternura
y conducirme al sueño que clausura
esta vida recóndita y vacía.

Eres el pan perenne y verdadero:
infancia rubia, dulce levadura
presentida de amor y de tibieza.

Y eres el pan moreno que yo quiero,
inmerso en el dolor que me inaugura
para otra forma de eternal pureza.

                    * * *

¿Dónde está la sustancia verdadera
que hizo del trigo pan; del amor, beso;
de los sedientos labios, embeleso,
y del sueño una eterna primavera?

Vecina de la muerte y de la espera,
¿esconderá la noche —lirio preso,
recóndito albedrío, amor confeso—
tu presencia purísima y ligera?

Compadéceme, amor, porque mi sueño
se acercó demasiado a lo imposible
del pretérito signo florecido.

Compadéceme, amor, que no soy dueño
de mi propia existencia en la terrible
serenidad de tu postrer olvido…

                    * * *

Trigo maduro y amarillo, trigo
ofrecido en la tarde jubilosa
desde la humilde mano silenciosa
serenamente próvido de abrigo.

Fruto lleno de paz, fruto mendigo
del necesario amor de cada cosa.
Al incluirme en tu alma luminosa
de blancura recóndita, te digo

mi palabra de canto y alabanza,
porque has llegado a mí con la esperanza
de una vida de eternas claridades.

Trigo maduro, de tu lado vengo
y en las manos abiertas sólo tengo
la serena emoción de otras edades[2].


[1] Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, La Paz, Librería Juventud, 1964, p. 353.

[2] Tomo los textos de Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, pp. 353-354. En el tercer soneto, suprimo el punto que figura al final del verso octavo, tras digo.

El poema «Alma del suelo» de Olga Bruzzone (1909-1996)

Olga BruzzoneOlga Bruzzone, nacida en La Paz (Bolivia), en 1909, fallecería en 1996 en Canadá. Dirigió la revista femenina Superación y fue vocera de la Confederación Nacional de Instituciones Femeninas (CONIF). Ganadora de varios premios literarios, es autora del poemario Hondo, muy hondo (1960) y de las novelas Tras la cortina de incienso (1974) y Torbellino de horas, que obtuvo el Segundo Premio «Erich Guttentag» en 1984. En su Índice de la poesía boliviana contemporánea, Juan Quirós nos ofrece esta valoración de su obra poética:

Desentraña las propias emociones con palabras vigorosas y vibrantes. Por sobre todas las cosas es una poetisa maternal. Ningún matiz que se roce con el tema de la madre falta a sus versos, desde el diseño leve hasta el grito encrespado, disconforme y bronco. Olga Bruzzone de Bloch es autora de Hondo, muy hondo, 1960[1].

Copiaré su composición «Alma del suelo», que este mismo crítico incluye entre los cien mejores poemas bolivianos. Se construye, en esencia, como una serie de metáforas aposicionales a la palabra inicial, Indio. Cabe aclarar que el pututu mencionado hacia el final del poema es un instrumento de viento andino, que originariamente se fabricaba con una caracola marina:

Indio: recio vocablo,
indómito y sonoro.

Canción del pajonal libre del hierro.

Luz replegada en ardientes lavas.

Petrificada audacia de los Andes.

Adjetivo del Sol.

Bronce de eco distante
enraizado en la paja brava.

Polen del páramo.

Vendaval retenido en el surco, en la huella.

Oteador de la Aurora.

Dios de ti mismo.

Conoces el lenguaje de la estrella,
el idioma del agua,
la voz de las tormentas.

Autóctono. Telúrico.
Fecundado en la tierra por el viento.

Agresivo,
desafiante,
audaz, tímido,
desconfiado,
huidizo.

Huanacu y Cóndor.

Inmersión de la altura en el abismo.

Vivificada piedra.

Alma del suelo.

Trasmutación estática del tiempo.

Rastreador de milenios.

Zampoña del dolor, amante quena.
Rebelión encerrada en el pututu.

Enturbiado caudal,
remanso claro.

Tienes los ojos nuevos
y aunque en el día leas la cartilla,
lees en la noche las estrellas[2].


[1] Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, La Paz, Librería Juventud, 1964, p. 199.

[2] Cito por Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, pp. 202-203.

La «Elegía a Rubén Darío» de Claudio Peñaranda

Claudio PeñarandaClaudio Peñaranda nació en Sucre (Bolivia), en 1883. Fue profesor de literatura y retórica en el Colegio Junín y en la Escuela Normal de su ciudad natal. En 1916-1919 fue Diputado Nacional. En octubre de 1917 resultó laureado en los Juegos Florales de La Paz por su poema «Oración por la paz». Trabajó también como periodista y dirigió La Prensa y El Diario. Fallecería en 1921.

Como poeta cuenta en su haber con los poemarios Líricas (1907), Cancionero vivido (1919) y Ofrenda (1921). Su aportación poética la valora Juan Quirós con estas palabras:

Poeta a la manera modernista, mas del modernismo se le quedaron solo las palabras, lo epidérmico y circunstancial. El fervor que empleó en la causa se le deslíe en fácil música de mandolinata, cuyos sones, hay que reconocerlo, eran pegadizos al oído. Cuando se olvidaba de pierrots y duquesitas, desaparecía el poeta declamador y vocinglero, y daba paso a otro, trémulo, de nervios crispados, capaz de producir estrofas como las que llevan por título «De una pesadilla», las mejores del repertorio de Peñaranda. Hay otra composición suya popularizada por diarios y revistas. Es la «Oración por la paz». Una oración con timbales, extensa y enfática. En su celebrada elegía para la muerte de Darío, amén de pensamientos levantados y generosos, aparecen otros materiales puestos ahí por fuerza del sonsonete o porque así lo requería el consonante. El mérito de Claudio Peñaranda consistió en que fue una especie de embajador de Rubén Darío en el país[1].

Es precisamente esta composición, la «Elegía a Rubén Darío», homenaje al poeta nicaragüense, la que traigo hoy a las páginas del blog. Dice así:

Padre y Maestro mágico, liróforo celeste
que al instrumento olímpico y a la siringa agreste
diste tu acento encantador:
Panida! Pan tú mismo, que coros condujiste
hacia el propíleo sacro que amaba tu alma triste,
al son del sistro y del tambor.

                                I

Así rezaste un día, con hondo desconsuelo,
cuando el divino sátiro quiso llevar al cielo
su pobre pierna de hospital;
cuando su última lágrima, tornada en una nube
hecha de los pecados de un alma de querube,
fue todo el Bien y todo el Mal.

Así rezaste un día… Fue cuando Sor Quimera
era tu hermana monja, cuando la Primavera
querida fue del Rey Rubén;
cuando todo era Azul…; cuando tristes campanas
lloraban con los sones de las Prosas Profanas
la santa muerte de Verlaine.

El abuelo sublime de la pierna anquilótica,
el de cara de diablo y de niña clorótica
te dio de herencia pena y sol;
esa pena risueña que es florida cadena,
ese sol de alegría que hace negra la pena,
y un dulce ensueño con alcohol.

Y el ladino veneno no mató tu energía,
y la mísera vida no robó tu alegría,
serena como un Partenón,
porque siempre te diste y el que da nada espera,
y cada rima nueva es la rima primera,
y luz, consuelo y oración.

Eras bueno, eras noble, ¡Padre y Maestro Darío!
Eras como si un águila, en pleno bosque umbrío
de oculta y torva ingratitud,
extendiera las alas que besara la aurora
y rizaran espumas de brava mar sonora
sobre un nidal de juventud.

Por eso sonreías con inmensa amargura
(amargura, vinagre de un vino de ternura)
ante el injusto frenesí…
Y mirabas sin odio cómo las cien portadas,
hechas para tus hijos caían, profanadas,
caían todas sobre ti…

¿Qué importa esa tristeza? Es la sombra del genio.
Es la fea tramoya del glorioso proscenio.
¡Velar la estrella con un tul!…
(Era un aire suave… Y un rumor de violines.
Una escena grotesca: centauros y arlequines…
Y un torpe insulto: «El indio azul».)

                                II

Yo quisiera cantarte, a la sorda sordina,
ahogando en un sollozo, cual una golondrina
que en vano busca el nido fiel…
Yo quisiera llorarte con fervor infinito…
Y siento que se aduerme la intención de mi grito
en una sombra de laurel.

¿Te acuerdas, Padre y Maestro, de aquella Margarita
deshojando los pétalos de la primera cita
que nunca, nunca volverá?
¿Te acuerdas de los pinos, como frailes ancianos,
hermanos por la gracia, por la tristeza hermanos?
¿Y el cruel pensar del más allá?

¿Te acuerdas del coraje de la Marcha triunfal
que cual mágica tromba de tonante raudal
enciende llamas de valor?
¿Y aquel rojo leproso a quien el caballero
Rodrigo de Vivar —a falta de dinero—
le da su mano, lis de amor?

¿Te acuerdas que has cantado las risas y las bocas,
las lindas risas rosas, las guindas bocas locas,
la carne blanca del placer?
Después, como el abuelo, también sentiste el frío
del asco de las copas, el bostezo de hastío
y el ansia rota del deber.

Y perdido ya el rumbo de tu voluble aguja,
anhelaste la calma de fúnebre cartuja
cual un humilde hermano Asís…
Y tus sueños de fiebre —alas, besos y aromas—
revolares de blondas y arrullo de palomas
fueron nostalgia de París…

Y así como termina un claro curso de agua,
llevaste tus dolores y amor a Nicaragua,
con ansias de apagar tu luz…
……………………………………………………………..
(El sátiro contempla sobre un lejano monte
una cruz que se eleva cubriendo el horizonte
¡y un resplandor sobre la cruz!)[2]


[1] Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, La Paz, Librería Juventud, 1964, pp. 83-85. En el v. 16 edito pena (el texto trae peña) y en el último verso añado el paréntesis de cierre, que falta.

[2] Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, pp. 83-85. En el v. 16 edito «pena» (el texto trae aquí «peña», que considero lectura errónea, atraída por «risueña»; la enmienda viene sugerida por la construcción del pasaje: «te dio … pena y sol; / esa pena … / ese sol…»); por otra parte, en el último verso añado el paréntesis de cierre, que falta.

‎«Canción de la primavera» de Ricardo Jaimes Freyre

Ricardo Jaimes FreyreEl escritor, historiador y diplomático boliviano Ricardo Jaimes Freyre es uno de los representantes más destacados del Modernismo en Hispanoamérica y ha sido calificado como el «príncipe de los poetas bolivianos». Curiosamente, su nacimiento tuvo lugar en Tacna, Perú (donde su padre, Julio Lucas Jaimes, desempeñaba el cargo de cónsul de Bolivia), el 12 de mayo de 1868. Fallecería en Buenos Aires el 8 de noviembre de 1933, pero sus restos mortales serían trasladados a Potosí, en cuya catedral reposan.

Junto con Rubén Darío, Ricardo Jaimes Freyre fundó en 1899 en Buenos Aires la prestigiosa Revista de América. Fue amigo también de Leopoldo Lugones. Entre 1901 y 1921 vivió en Tucumán: trabajó como docente en el Colegio Nacional de Tucumán y más tarde en la Universidad Nacional de Tucumán, de la que fue cofundador. Entre 1904 y 1907 dirigió la vanguardista Revista de Letras y Ciencias Sociales. Miembro de la Academia Argentina de Letras y de la Sociedad Sarmiento, en 1916 se le concedería la ciudadanía argentina. En 1921, con Bautista Saavedra en la presidencia de Bolivia, Jaimes Freyre sería nombrado Ministro de Instrucción Pública, Agricultura y Guerra, y a partir de entonces desempeñaría diversos cargos políticos y diplomáticos representando a Bolivia (en Estados Unidos, Brasil, Suiza, etc.). Más tarde sería nombrado ministro de Relaciones Exteriores.

Dejando de lado su producción teatral y sus escritos históricos y sus ensayos sobre literatura, la obra poética de Jaimes Freyre está formada por Castalia bárbara (libro publicado en 1899 en Buenos Aires, con prólogo de Leopoldo Lugones), Los sueños son vida (Buenos Aires, 1917), País de sueño. País de sombra. Castalia bárbara (La Paz, 1918), Poesías completas (Buenos Aires, 1944, compiladas por Eduardo Joubín Colombres), otra edición de Poesías completas (La Paz, 1957, con prólogo de Fernando Díez de Medina) y Poemas. Leyes de la versificación castellana (México, 1974, con prólogo y notas de Antonio Castro Leal).

Como valoración general de su poesía, transcribiré las palabras que le dedica Juan Quirós:

Adolfo Costa du Rels lo llama «el condestable de nuestras letras». Por derecho propio, es uno de los tres vértices del modernismo, con Darío y Lugones. Abanderado del versolibrismo, lo insufló en el mundo de habla española a través de sus Leyes de la versificación castellana, 1912, que contienen una teoría métrica del verso —«la única verdaderamente científica que existe», al decir de Julio Cejador. Sus libros Castalia bárbara, 1899, y Los sueños son vida, 1917, constituyen dos obras maestras en la lírica del continente. En ellos el poeta avanza con elegancia suprema, armonioso y exacto, las pupilas pobladas de visiones. Guillermo Francovich distingue tres dimensiones en esta poesía: «Un exotismo y un paganismo voluntarios que están en la superficie de la obra; un conjunto de confidencias no muy variadas pero que fisonomizan el temperamento meditativo y desolado del poeta; y una serie de vivencias en que luchan obsesiones de guerra y de sangre con visiones sedantes del agua en sus múltiples formas». A Jaimes Freyre le reprochan su exotismo, su paganismo y su evasión a países extraños, aquellos que piensan que sólo lo circunscrito al ámbito inmediato del poeta tiene validez en poesía, sin tener en cuenta que cuando quiso volvió de su ostracismo estético y geográfico, para cantar con timbres de exaltación la victoria del Cristianismo sobre todas las teogonías así como las glorias de la estirpe y de la patria. Jaimes Freyre es el poeta por excelencia de Bolivia, el más puro, el más límpido, el más acendrado[1].

Si sus Leyes de la versificación castellana le valieron la denominación de «teórico del Modernismo», su propia poesía lo inserta de pleno derecho en los orígenes y desarrollo de ese movimiento poético. Un poema representativo del modernismo de Jaimes Freyre es «Canción de la primavera», correspondiente al apartado «País de sueño» de Castalia bárbara, en el que destaca la marcada construcción paralelística (algunos versos se van repitiendo con la técnica de leixaprén), el empleo de elementos de la mitología (las Ninfas, el Fauno, Eros) o el uso de un léxico (rosas, oro, mármol, sangre, sol…) que forma parte del imaginario más típicamente modernista, el cual se ve reforzado por una adjetivación brillante, colorista y sensual:

Sangre de las venas de las rosas rosas
baña las mejillas, purpura los labios…
En las fugitivas horas voluptuosas
hay fuego en las venas de las rosas rosas.
Hay fuego en las venas de las rosas rosas
y el Fauno contempla, desde la espesura,
las primaverales luchas amorosas,
la sangre en las Ninfas de las rosas rosas.

En el oro crespo de las cabelleras
ríe el sol y enreda sus rayos de oro,
y hay huellas de vagas caricias ligeras
en el oro crespo de las cabelleras.

‎En el oro crespo de sus cabelleras
se adornan las Ninfas con hojas y flores,
heraldos triunfales de las Primaveras
en el oro crespo de las cabelleras.

‎En la fría y suave marmórea blancura
Eros labra el nido con risas y besos,
y hay rojos rubores y fuego y ternura
en la fría y suave marmórea blancura.
La fría y süave marmórea blancura
se tiñe con sangre de las rosas rosas,
y el Fauno contempla, desde la espesura,
la fría y süave marmórea blancura…[2]


[1] Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, La Paz, Librería Juventud, 1964, p. 23.

[2] Cito por Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, pp. 32-33, con la única modificación de editar en mayúscula el inicio del verso tercero. El texto puede leerse también en Ricardo Jaimes Freyre, Obra poética y narrativa, ed. preparada por Mauricio Souza Crespo, La Paz, Plural Editores, 2005, pp. 119-120; se anota ahí que el poema presenta algunas variantes en sendas publicaciones anteriores de 1895 y 1896, donde las tres estrofas van además numeradas del I al III.

«Don Francisco de Quevedo», soneto de Armando Soriano Badani

Armando Soriano BadaniNacido en Cochabamba el año 1923, Armando Soriano Badani es un destacado literato boliviano contemporáneo (poeta, novelista, cuentista…). Licenciado en Derecho y Ciencias Políticas y en Filosofía y Letras (en la Universidad Mayor de San Andrés), más tarde cursó en París Altos Estudios Sociales. Perteneció al grupo «Gesta Bárbara» (1944). Fue director del suplemento literario del periódico Hoy y miembro del Consejo Nacional de Cultura de Bolivia. Ha trabajado como abogado y catedrático universitario. Como diplomático, ha sido embajador de Bolivia ante la OEA en Washington. Académico de número de la Academia Boliviana de la Lengua, actualmente reside y trabaja en La Paz. Entre otras importantes distinciones, Soriano Badani cuenta en su haber con el Premio de Literatura Pro-Arte, el Premio a la Cultura del Club de La Paz y el Premio de Cultura de la Fundación Manuel Vicente Ballivián.

Armando Soriano Badani es autor de obras ensayísticas y de investigación como El cuento boliviano, 1900-1937 (1964), El cuento boliviano, 1938-1967 (1969), Antología del cuento boliviano (1972 y 1992), El Illimani en la literatura (1976), Poesía boliviana (1977), Pintores bolivianos contemporáneos (1994) o Ensayos sobre cultura boliviana (2007).

Como creador literario, ha escrito tres libros de cuentos, a saber Rumbo de la fatalidad (1989), Visiones de vida (1998) y Unos pasos por el cielo (2003). En el año 2004 publicó su primera novela, titulada Escondida en mis sueños. En cuanto a su trayectoria poética, hasta el año 2000, Raúl Alcázar Velasco la ha resumido con estas palabras:

La caudalosa inspiración de Armando Soriano Badani, el poeta ilustrado y sentimental, se ha cristalizado en siete poemarios, publicados desde 1969 hasta el 2000.

En los cuatro primeros: Alba rota, Perfil del atardecer, Agonía de las viñas y Perennidad de los [en]sueños, los temas y su tratamiento son diversos, con predominio de la poesía amatoria, mientras que en los tres últimos el poeta especifica el motivo y elige la forma. Así, en La huella transparente el núcleo es Bolivia, los poemas históricos y patrióticos; en Rebelión de los anhelos presenta sesenta Décimas al amor y a la ausencia y en Caleidoscopio, treinta sonetos de amor[1].

En la contracubierta del volumen leemos este somero resumen de los temas que abordan los poemas aquí recopilados:

Los seis libros de poesía[2] reunidos en este volumen rescatan treinta años de la prolífica e inspirada consagración de Armando Soriano Badani a la expresión del amor en todas sus manifestaciones: el que profesa por la mujer amada, el que evoca la memoria histórica de su Patria, el que descubre la belleza del paisaje, el que extrae de la música y la pintura alimento para el espíritu. Sus versos, labrados en el rigor de las formas clásicas, son una fervorosa exaltación de la condición humana y un tributo a la sencilla dignidad de la poesía.

Con posterioridad a la recopilación de su Obra poética 1969-2000 (2001), Soriano Badani ha publicado nuevos títulos poéticos, como Fuego incesante (2002) o Lumbre de invierno (2005).

Pues bien, de entre su producción poética, quiero destacar hoy un soneto suyo dedicado a «Don Francisco de Quevedo», que constituye una somera semblanza del genial satírico madrileño, con evocación de su estilo y el recuerdo de alguna de sus obras clave, como El buscón.

Quevedo

Este es el texto de ese poema dedicado a Francisco de Quevedo:

El corrosivo genio de su pluma
trasciende en la nobleza de su estilo
desde el distante ayer color de bruma
hasta el presente diáfano intranquilo.

Atrevido lenguaje cruel exhuma
la picaresca con festivo filo
y su numen satírico es la suma
de invectiva social de refocilo.

Intacta está su imagen, prez y altura,
vivo el retrato del Buscón Don Pablos
vagamundo travieso en la aventura.

Y la gracia picante de vocablos,
brilla en sus ojos de inmortal bravura
que hieren fieros como dos venablos[3].


[1] Ver para más detalles de cada poemario Raúl Alcázar Velasco, «La poesía de Armando Soriano Badani», estudio preliminar a Obra poética 1969-2000, La Paz, Plural Editores, 2001, pp. 7-14. La cita corresponde a la p. 7.

[2] En realidad son siete: Alba rota (1969), Perfil del atardecer (1976), Agonía de las viñas (1985), Perennidad de los ensueños (1991), La huella transparente (1997), Rebelión de los anhelos (1997) y Caleidoscopio (2000).

[3] Tomo el texto de Armando Soriano Badani, Obra poética 1969-2000, La Paz, Plural Editores, 2001, p. 110. Mantengo la puntuación y el uso de las mayúsculas del original.

Dos poemas de Yolanda Bedregal: «Sed» y «Nocturno en Dios»

Yolanda BedregalYolanda Bedregal de Conitzer (La Paz, 1913-La Paz, 1999), célebre poeta y novelista boliviana, también conocida como Yolanda de Bolivia, constituye una de las figuras más destacadas del postmodernismo hispanoamericano. Es hija de Juan Francisco Bedregal, notable representante del Modernismo en Bolivia. Cursó estudios superiores en la Escuela de Bellas Artes de La Paz, y más tarde estudió estética en la Universidad de Columbia (Nueva York). De regreso en Bolivia, enseñó en el Conservatorio de Música, la Escuela Superior de Bellas Artes y la Universidad Mayor de San Andrés de La Paz y en la Academia Benavides de Sucre; trabajó también en el Consejo Nacional de Cultura y en la Municipalidad de La Paz, de la que fue Oficial Mayor de Cultura. Fue miembro de número de la Academia Boliviana de la Lengua, y correspondiente de la Real Academia Española y de la Academia Argentina de Letras. Como diplomática, ejerció el cargo de embajadora de Bolivia en España. En homenaje y reconocimiento a su figura, el Estado boliviano creó en el año 2000 el Premio Nacional de Poesía «Yolanda Bedregal», que se convoca y entrega anualmente.

Su producción literaria incluye libros de poesía, de narrativa y algunas antologías (así, la Antología de la poesía boliviana preparada para la Universidad de Buenos Aires y para la Enciclopedia Boliviana, de la editorial Los Amigos del Libro), además de ensayos, obras divulgativas y literatura infantil. Entre sus principales títulos poéticos se cuentan los libros Poemar (1937), Ecos (1940, en colaboración con su esposo, Gert Conitzer, autor de las traducciones de los poemas al alemán), Almadía (1942), Nadir (1950), Del mar y la ceniza (1957) o Convocatorias (1994). De entre su obra en prosa destacan, especialmente, Naufragio (1936) y Bajo el oscuro sol (1971).

Sobre ella ha escrito Juan Quirós:

Es la más representativa figura de mujer que ha producido la poesía boliviana. Ha recorrido todas las gamas. Su voz desvelada le viene desde las zonas más recónditas del ser. Desde la ternura tenue hasta la rebeldía que modera el buen gusto, vibran en su plectro las más diversas tonalidades[1].

Como ejemplo de su poesía de tonalidad religiosa, la que prevalece en su última etapa de creación lírica, copiaré aquí dos poemas que reflejan la sed de eternidad del yo lírico, los titulados precisamente «Sed» y «Nocturno en Dios». El texto del primero es así:

No quiero
agua
ni sangre
ni vino
para mi sed.

Quiero
lo que ha sido
y nunca más será.

Lo que pudo ser
y no fue.
Lo que pasó,
lo que será.

Tengo sed
de Eternidad
en la copa de vidrio
de un instante fugaz[2].

El segundo, «Nocturno en Dios», es como sigue:

Señor, cuando oscurezca, te necesito mucho;
cuando las hojas tiemblan para caer del árbol,
parece que un lamento contenido se acerca.

Señor, cuando sea Otoño y la flor no esté firme,
quiero que me acompañes a ver el desnudarse
del mundo.
Caerá mi primavera en un volar de estambres.
¿He de pisar acaso mi propia alma caída?

Llévame de la mano adonde nada piense,
donde en ti me cobije sin que se mueva el tiempo.
Tú eres inmarcesible, y yo quiero agostarme
como hierba en tu pecho, que no me lleve el viento.
Tengo miedo al crujido que hace el pie en el otoño[3].


[1] Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, La Paz, Librería Juventud, 1964, p. 251. Para más detalles sobre su vida, su figura y su obra, con diversos estudios bibliográficos, remito a la web creada con motivo del centenario de su nacimiento, celebrado en 2013: <http://www.yolandabedregal.com/>.

[2] Cito por Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, pp. 252-253.

[3] Recogido en Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, p. 258.

Una evocación del Fénix: «Casa de Lope», poema de Óscar Cerruto

Óscar CerrutoÓscar Cerruto (La Paz, 1912-La Paz, 1981) es uno de los grandes escritores bolivianos del siglo XX. Fue también periodista y diplomático (embajador de Bolivia en Uruguay). Su producción escrita incluye novelas, cuentos y poesía, además de trabajos ensayísticos, piezas de crítica literaria y artículos periodísticos. De entre su producción narrativa destacan sobre todo su novela social Aluvión de fuego (1935) y su magnífico libro de relatos Cerco de penumbras (1958). Publicaciones póstumas son La muerte mágica (1988) y De las profundas barrancas suben los sueños (1996). Entre sus libros de poesía se cuentan Cifra de las rosas y siete cantares (1957), Patria de sal cautiva (1958), Estrella segregada (1975), Reverso de la transparencia (1975), Cántico traspasado. Obra poética (1975) y Poesía (1985).

Acerca de su creación poética Juan Quirós había dejado escritas, ya a la altura de 1964, estas palabras:

Consagrado por la crítica del continente, Óscar Cerruto es poeta sutil, refinado y arduo que horada la imagen y se apodera de sus símbolos. Gracia, primor, raíz profunda, voz de la sangre, entraña de la tierra, signo y alquimia, mesura y sobre todo técnica, son los motivos y la realización de sus dos volúmenes de poemas: Cifra de las rosas, 1957; y Patria de sal cautiva, 1958. Óscar Cerruto constituye el exponente máximo de la poesía boliviana actual y uno de los nombres más conocidos —es también novelista y cuentista— de la literatura patria más allá de nuestras fronteras[1].

Casa de Lope en MadridComentaré hoy la composición de Cerruto titulada «Casa de Lope». Las palabras que este poema lleva como lema son las de la inscripción que figuraba a la entrada de la casa que Lope de Vega compró en la madrileña calle de Francos (hoy de Cervantes) para instalarse con su familia legítima a la altura de 1610: «Parva propria magna. / Magna aliena parva» («Que propio albergue es mucho, aun siendo poco, / y mucho albergue es poco, siendo ajeno», traduciría Calderón esa máxima latina en La viña del Señor). La casa le costó al Fénix 9.000 reales, esto es, el equivalente a los beneficios obtenidos por la venta de dieciocho de sus comedias, valoradas en 500 reales cada una. En esa casa de su propiedad, Lope reúne sus modestas posesiones, se entretiene cuidando su pequeño jardín y vive un ideal de aurea mediocritas, de dorada medianía. Durante veinticinco años, hasta su muerte en 1635, esta casa de la calle de Francos fue su refugio y atalaya.

El nombre de Antonia Clara, mencionado en la quinta estrofa, corresponde al de la única hija fruto de la sacrílega relación de Lope, ya sacerdote, con Marta de Nevares, que nació el 12 de agosto de 1617. En la estrofa siguiente, la mención de las Trinitarias puede remitir a dos sucesos en la vida del dramaturgo: hay que recordar, por un lado, que el 24 de enero de 1610 Lope había ingresado en la Congregación del Oratorio de las Trinitarias Descalzas. Pero aquí la alusión parece referirse más bien a otro suceso: años después, el 12 de febrero de 1622, su hija Marcela profesaría como religiosa, ingresando en el convento de las Trinitarias Descalzas con el nombre de Sor Marcela de San Félix.

Y es que, en efecto, el poema nos presenta a un Lope viejo y cansado (la voz lírica corresponde al propio escritor barroco): lágrimas, dolor, soledad, olvido, tristes presagios, afanes de muerte, miedo… En la parte final del poema, en las dos últimas estrofas, apreciamos además la inclusión motivos propios del desengaño barroco: la nada que es el hombre, con todas sus vanidades (los «Artificios del mundo», la fama que «a cumbres de fulgor» lo exalta…) frente a la grandeza y trascendencia de la divinidad («mientras Dios, que es sustancia, permanece»). Este es el texto del poema[2]:

Parva propria magna,
magna aliena parva.

¿No he pisado antes este suelo?
¿No he sido yo el que ha plantado
junto al brocal del pozo esa aspidistra?

Cuántas edades tiene si fue mano
la de él quien le dio vida, la formó
como obra de su aliento.

Calle de los Francos, todavía
salobre de mis lágrimas;
piedras de mis entrañas, dolidas
por diligencia del agravio.

Ah vosotros fantasmas
más vivos que la vida, sostenidos
por su amor que os permite
bullir en aposentos y braseros.

Qué solo estoy, Antonia Clara,
qué amargo rey con mis memorias
y este dolor por ti humillados
de espinas y de olvido.

Los cuervos de la tarde
graznan ya en las torres
de las Trinitarias. Campanadas
que la hora tiñe de presagios.

Afanes de muerte me consumen,
clamo, el eco me responde y con
mi propia voz me desengaña.
No sangre, miedo por mis venas sangra.

Ya es noche; noche larga.
Artificios del mundo, ingratitudes,
menos sois que soflama de pavesa,
mientras Dios, que es sustancia, permanece.

El hombre es nada,
hombre solamente,
aunque la fama a cumbres de fulgor lo exalte,
si el vejamen
del vivir todo lo iguala.


[1] Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, La Paz, Librería Juventud, 1964, p. 205.

[2] Lo copio tal como figura en Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, pp. 224-225. Puede leerse también en Óscar Cerruto, Estrella segregada, Buenos Aires, Losada, 1973, pp. 43-45 (corresponde a la sección «Moradas»), donde varía ligeramente la distribución de los versos; y también en Óscar Cerruto, Obra poética, recopilación, introducción y notas de Mónica Velásquez Guzmán, La Paz, Plural Editores, 2007, pp. 171-172. Un comentario del poema se encuentra en Mary Carmen Molina Ergueta, «Soledad y lenguaje. Los matices. Una lectura de Estrella segregada de Óscar Cerruto», en Montserrat Fernández Murillo, Mary Carmen Molina Ergueta, Mauricio Murillo Aliaga, Mónica Velásquez Guzmán y Farit Rojas Tudela, La crítica y el poeta: Óscar Cerruto, La Paz, UMSA-Carrera de Literatura / Plural Editores, 2011, pp. 65-66.