Navarro Villoslada y el carlismo

El triunfo de la Revolución de septiembre de 1868 provocó el acercamiento de Francisco Navarro Villoslada[1] y los denominados neocatólicos (Nocedal, Aparisi y Guijarro, Canga Argüelles, Tejado…) al carlismo. En efecto, tras el destronamiento de Isabel II la legitimidad estará representada para ellos por don Carlos María de Borbón y Austria-Este (Carlos VII), y se unen a él por ser su partido el que mejor podía defender, en aquel determinado momento, los intereses católicos por los que venían luchando.

Don Carlos de Borbón y Austria-Este

En 1869 Navarro Villoslada es detenido y ha de pasar mes y medio en la prisión del Saladero de Madrid por haber publicado, antes de que lo hiciera la prensa oficial, una nota en la que avisaba de la intención del gobierno de incautarse todos los bienes eclesiásticos. Tras salir de la cárcel, se exilia para evitar nuevas persecuciones.

En París se pone a las órdenes del pretendiente, al que acompaña por Centro Europa, y prepara algunos folletos de propaganda carlista, siendo especialmente famoso el artículo titulado «El hombre que se necesita», en el que presentaba a don Carlos a los españoles como el único candidato al trono capaz de acabar con la anarquía reinante en España. Según dijo Aparisi, con este escrito ganó para su causa a millares de partidarios. Desde finales de 1869 pasa a ser secretario personal del duque de Madrid pero, estando en Viena, el 25 de enero de 1870 se rompe una pierna y ha de permanecer cinco meses en cama, teniendo que abandonar el cargo. Esta es la razón de que no se encuentre presente en la famosa Junta de Notables de Vevey.

En 1871 es elegido senador por Barcelona, y la inmunidad parlamentaria le permite volver a España; ejercerá el cargo de secretario de la minoría carlista en el Senado. Se opone con Aparisi y otros a las medidas liberalizantes propuestas por el general Cabrera y discute con don Carlos, empeñado en seguir los consejos «cesaristas» de su nuevo secretario, Arjona. Se muestra igualmente contrario a que toda la prensa carlista esté bajo la dirección de una sola persona, Cándido Nocedal. Al final, para no seguir oponiéndose en público a su rey, renuncia a la dirección de El Pensamiento Español y, desengañado, se retira de la política activa.


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995; «Francisco Navarro Villoslada (1818-1895). Político, periodista, literato», Príncipe de Viana, Anejo 17, 1996, pp. 259-267; y «Navarro Villoslada, periodista. Una aproximación», Príncipe de Viana, año LX, núm. 217, mayo-agosto de 1999, pp. 597-619. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Navarro Villoslada y los neocatólicos

Durante todos estos años, se va destacando dentro de las filas moderadas el grupo denominado neocatólico, formado por donosianos y nocedalinos. Portavoz destacado de esa corriente será el periódico El Pensamiento Español, fundado por Francisco Navarro Villoslada[1] y otros socios a finales de 1859, en el que el de Viana pondría durante más de diez años toda su alma y todo su corazón.

Cabecera de El Pensamiento Español

«Católico a machamartillo», desde sus columnas defenderá las ideas tradicionalistas y al Papa Pío IX al suscitarse la «cuestión romana», batiéndose en formidables polémicas con toda la prensa liberal.

En 1865 y 1867, Navarro Villoslada es elegido diputado para dos nuevas legislaturas, siempre por Navarra (aunque ahora por Pamplona, en las dos ocasiones).


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995; «Francisco Navarro Villoslada (1818-1895). Político, periodista, literato», Príncipe de Viana, Anejo 17, 1996, pp. 259-267; y «Navarro Villoslada, periodista. Una aproximación», Príncipe de Viana, año LX, núm. 217, mayo-agosto de 1999, pp. 597-619. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Navarro Villoslada, escritor, periodista y político

Como otros escritores de su época, Francisco Navarro Villoslada[1] distribuirá su tiempo y sus preferencias entre la literatura, el periodismo y la política. En 1846 conoce a una joven vitoriana llamada Teresa de Luna, con la que contrae matrimonio tras un breve noviazgo. Por el delicado estado de su esposa, trasladan su residencia a Vitoria, donde Navarro Villoslada tendrá el cargo de secretario del Gobernador Civil de Álava. Por estas fechas, su nombre empieza a sonar en los círculos literarios por la publicación de sus dos primeras novelas históricas, Doña Blanca de Navarra (1847) y Doña Urraca de Castilla (1849), y lo mismo en los de la vida política, asociado al de otros personajes del partido moderado.

En 1851 muere su mujer: aunque era todavía joven, y le dejaba con dos hijas pequeñas, el escritor de Viana no volvió a casarse. Decide entonces regresar a Madrid. Entre 1853 y 1869 retorna a la actividad periodística, relegando a un segundo plano su faceta como literato (solo publica y estrena algunas piezas de teatro), y comienza a figurar también en la política con cargos públicos. Durante el bienio progresista (1854-1856) colabora en el periódico satírico El Padre Cobos, junto a González Pedroso, Garrido, López de Ayala, Selgas y Suárez Bravo.

El Padre Cobos

En 1856 entra en el Ministerio de la Gobernación; será sucesivamente oficial de los terceros, de los segundos y de los primeros. Al año siguiente es elegido diputado por el distrito de Estella. Es nombrado además director de la Gaceta de Madrid y de la administración de la Imprenta Nacional. Comisionado por el gobierno, realiza en 1857-1858 un viaje para estudiar el estado de las imprentas nacionales en Francia y Austria.


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995; «Francisco Navarro Villoslada (1818-1895). Político, periodista, literato», Príncipe de Viana, Anejo 17, 1996, pp. 259-267; y «Navarro Villoslada, periodista. Una aproximación», Príncipe de Viana, año LX, núm. 217, mayo-agosto de 1999, pp. 597-619. Y para el contexto de la novela histórica romántica, remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Francisco Navarro Villoslada: estudios y primeros trabajos

Francisco Navarro Villoslada nació en Viana (Navarra), el 9 de octubre de 1818, y allí permaneció hasta 1829, educándose en el seno de una familia de firmes creencias religiosas[1]. Desde muy joven se aficiona a la lectura; además, el entorno medieval de Viana cala hondo en la mente del inquieto joven, que empieza a sentir curiosidad por los tiempos pasados y a emborronar sus primeras cuartillas con versos y otros escritos.

Entre 1829 y 1836 vive en Santiago de Compostela con sus tíos canónigos; cursa Filosofía y Teología y prosigue con sus escarceos literarios. A partir de 1836, debido al recrudecimiento de la primera guerra carlista, permanece de nuevo en su ciudad natal. En noviembre de 1835 había muerto en una emboscada de los carlistas su tío Nazario, que escoltaba el correo de Viana a Logroño, hecho que le afectó profundamente: desde entonces, el tema de la guerra civil aparecerá con frecuencia en sus escritos. Tímidamente liberal —por tradición familiar— en estos años mozos, ingresa en la Milicia Nacional, y hasta dedica algunas poesías al general Espartero.

Baldomero Espartero

En 1839 entra como alumno de la Escuela de Telégrafos de Logroño, pero al año siguiente se traslada a Madrid para estudiar Leyes. A fin de costearse sus gastos sin resultar oneroso a su familia comienza a colaborar en varios periódicos, y de tal forma destaca en el mundillo de la capital que a la altura de 1846 es director, simultáneamente, de cuatro importantes publicaciones: el Semanario Pintoresco Español, el Siglo Pintoresco, El Español y su Revista Literaria. Demuestra ser un trabajador infatigable: después de pasar diez o doce horas en las distintas redacciones, todavía robaba horas al sueño para dedicarse a sus producciones literarias. Su salud comienza a resentirse con estos excesos de trabajo.


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995. Y para el contexto de la novela histórica romántica, remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

La Navidad de los poetas navarros: Navarro Villoslada

La literatura de Navarra es una literatura, por lo general, muy costumbrista (aunque siempre hay excepciones, por supuesto). En efecto, si revisamos algunos de los temas concretos en que se han inspirado con preferencia los literatos de nuestra tierra, descubriremos por ejemplo que uno de los más fecundos es la descripción de nuestras celebraciones religiosas: un tema casi obligado para muchos autores es el de las fiestas de San Fermín. De la misma forma, también otras festividades religiosas, como la Navidad y la Epifanía o la Semana Santa, han dejado una huella muy clara, en especial en el género de la lírica. Esos tres conceptos —historia, costumbrismo y religiosidad— conforman una visión muy tradicional de nuestra historia literaria. Y siendo esto así, siendo la literatura en Navarra tan tradicional, tan costumbrista y tan religiosa, nada tiene de extraño el hecho de que los autores navarros —navarros por nacimiento, por adopción, por decisión personal, etc.— hayan reflejado con frecuencia las fiestas más señaladas de nuestro calendario, sabiendo captar desde una perspectiva literaria sus diversos aspectos folclóricos, etnográficos, culturales, anecdóticos…

En lo que se refiere a la Navidad, si acudimos al siglo XVII, podemos mencionar entre los títulos que forman la producción escrita del venerable Juan de Palafox y Mendoza un tratado de ascética que se presenta bajo el título El Pastor de Nochebuena. Práctica breve de las virtudes, conocimiento fácil de los vicios. Por lo que toca a otros poetas navarros del Siglo de Oro, no encuentro el tema concreto de la Navidad. Muchos de ellos son religiosos (Pedro Malón de Echaide, Leonor de la Misericordia, Juan de Amiax, Miguel de Dicastillo, José de Sierra y Vélez, Ana de San Joaquín), y de hecho la poesía ascético-mística abunda entre sus escritos, pero sus temas se centran más bien en otros aspectos religiosos, como la Pasión y Muerte de Cristo, la paráfrasis de salmos bíblicos, etc.

En cuanto al siglo XVIII, ya sabemos que es una época poco dada a las expansiones líricas que escapen del ámbito de la poesía anacreóntica, a lo Villegas y Meléndez Valdés, y tampoco he documentado el tema entre los escasos vates navarros del momento. Por tanto, tenemos que dar un salto hasta el siglo XIX.

Adoracion de los pastores

En esta centuria, no puedo olvidarme de Francisco Navarro Villoslada[1], autor de un villancico «Al Niño Jesús», enunciado por una voz femenina. La muchacha va a ofrecer como regalo al recién nacido unas coplas, pero se queda ronca y no puede cantarle; luego quiere llevarle unos bollos, pero se los come antes de llegar al portal; piensa después en darle la rosa que adorna su cabello, mas se la acaba entregando a su amigo Andrés. Desesperada por no poder entregar nada al Niño-Dios, su madre la consuela diciendo que le ofrezca su llanto, su amor y su fe, regalos que agradarán sobremanera al Señor:

Al Niño donoso
nacido en Belén
unos llevan leche
y otros llevan miel.
Yo que nada bueno
tengo que ofrecer,
madre, la mi madre,
¿qué le llevaré?
Hilando en la vela
de mi tía Inés,
unos villancicos
hube de aprender.
Al Niño esta noche
festejar pensé,
cantando las coplas
al son del rabel.
Con otros mancebos
allí estaba Andrés,
aquel zagalillo
que baila tan bien.
De mi voz prendado
quedó al parecer;
me miró, mirele,
suspiró, y se fue.
Ayer todo el día,
¡que día el de ayer!,
del alba a la noche
cantando pasé.
Andrés me escuchaba
con tanto placer,
que por darle gusto
ronca me quedé.
Ya no puedo cantos
al Niño ofrecer:
madre, la mi madre,
¿qué le llevaré?
En un canastillo
con arte junté
seis bollos, dos tortas
y medio pastel.
Ufana con ellos
echeme a correr…
Como un corderillo
seguíame Andrés.
Husmea los bollos,
levanta el mantel,
los toma, los deja,
los vuelve a coger.
Una de las tortas
me comí con él,
luego un bollo, y otro,
y aun otro después.
Cuando tres quedaron
yo me acongojé:
vergüenza me daba
llevar solo tres.
Seguimos comiendo,
¿que había de hacer?
Yo comer, comía,
¡pero bien lloré!…
Sin tortas el Niño
se queda por él:
madre, la mi madre,
¿qué le llevaré?
La cándida rosa
que adorna mi sien,
después del fracaso
llevarle pensé.
Cata que el goloso
me asalta otra vez,
la rosa pidiendo
que llevo a Belén.
Le ofrezco mil otras
de nuestro vergel,
pero Andrés se empeña
en que esa ha de ser.
Con ceño le miro,
me llama cruel,
y adentro, en el alma,
sentí no sé qué.
Temblaba el mancebo,
temblé yo también,
y mano a mis trenzas
eché sin saber.
¡Ay, madre del alma!,
creerlo podéis:
la flor a sus manos
cayó… sin querer.
Por él soy al Niño
tres veces infiel:
madre, la mi madre,
¿qué le llevaré?

La madre.

—Hija arrepentida,
ven conmigo, ven;
cuando al Niño veas,
póstrate a sus pies.
Llora, que tu llanto,
tu amor y tu fe
le saben más dulce
que leche con miel.
Su bendita Madre,
si llorar te ve,
te alzará en sus brazos,
llorando también.

Es un villancico que tiene toda la gracia de la poesía popular, de la que toma el verso repetido «madre, la mi madre». Su sencilla versificación (se trata de un romancillo con rima aguda en –é) da al conjunto un aire de suma ligereza, de alegría casi infantil.


[1] Sobre el autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995; y Francisco Navarro Villoslada (1818-1895). Literatura, periodismo y política, New York, Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA), 2018.

Breve semblanza de Francisco Navarro Villoslada (1818-1895)

Francisco Navarro Villoslada[1] (nacido y muerto en Viana, Navarra, 1818-1895) fue un destacado literato, político y periodista español del siglo XIX. Fue tres veces diputado (resultó elegido por Estella en 1857 y por Pamplona en 1865 y 1867), salió senador por Barcelona en las elecciones de 1871 y ejerció durante un tiempo, entre finales de 1869 y principios de 1870, el cargo de secretario personal del duque de Madrid, don Carlos de Borbón y Austria-Este (Carlos VII en la nomenclatura carlista). Fue uno de los más destacados publicistas de la causa carlista.

También dejó notar su presencia activa en el periodismo, ya que fue colaborador, redactor, fundador o director (y hasta propietario, en algún caso) de numerosas publicaciones como El Correo NacionalEl Arpa del Creyente, el Semanario Pintoresco EspañolEl Siglo PintorescoEl Español y su Revista LiterariaLa EspañaEl Padre Cobos y El Pensamiento Español, por citar solo las más importantes. En ambos terrenos, la política y el periodismo, defendió siempre Navarro Villoslada las ideas tradicionalistas, que son la piedra angular en la construcción de su pensamiento.

Dentro ya del terreno de la literatura, Navarro Villoslada suele ser recordado fundamentalmente como un romántico rezagado que se sumó a la moda de la novela histórica a la manera de Walter Scott. Publicó Doña Blanca de Navarra, en 1847, y Doña Urraca de Castilla, en 1849; después, tras un paréntesis de casi treinta años en los que se vio envuelto en el torbellino de la política y el periodismo, apareció su obra más famosa, Amaya o los vascos en el siglo VIII (1879).

Pero Navarro Villoslada también produjo obras pertenecientes a otros géneros literarios: fue novelista de folletín, poeta (épico y lírico), dramaturgo, autor costumbrista, cuentista… Novelas no históricas son Las dos hermanasEl Antecristo o Historia de muchos Pepes; de sus artículos costumbristas destacan los titulados «El canónigo», «El arriero» y «La mujer de Navarra»; «La luna de enero», «Aventuras de un filarmónico» y «Mi vecina» son algunos divertidos cuentos, mientras que «La muerte de César Borja» y «El castillo de Marcilla» pertenecen al género de la leyenda histórica. Como autor dramático, se dedicó tanto a la comedia de asunto serio (La prensa libre) o de tono humorístico (Los encantos de la voz), sin desdeñar tampoco el drama histórico (Echarse en brazos de Dios) e incluso cierta incursión en la zarzuela (escribió el libreto de La dama del rey, al que puso música otro navarro, Emilio Arrieta). A todo ello habría que añadir sus poesías y otras obras menores, biografías y traducciones.

Navarro Villoslada fue el autor al que dediqué mi tesis doctoral, defendida allá por el lejano año de 1994, y con toda seguridad volverá a aparecer en otras entradas de este blog…


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995. Y para el contexto de la novela histórica romántica, remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.