Semblanza de Jorge Ramón Sarasa, con «La oración del torero»

(Dedico la entrada de hoy a Gonzalo Santonja, que me dice que leerá mi blog «aunque no escribas de toros»…)

Jorge Ramón Sarasa Juanto nació en Pamplona el 20 de abril de 1936 y murió el 2 de septiembre de 2008. Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología (especialidad en Psicología Social) por la Universidad Pontificia de Salamanca, ejerció profesionalmente como sociólogo. Su tesis doctoral estuvo dedicada a El culto al tsaddiq entre las comunidades judías históricas de Marruecos, pero también abordó otros temas de investigación variados como las capitulaciones matrimoniales en el Derecho foral navarro o la tauromaquia considerada desde los cambios sociales y tecnológicos, entre otros. Formó parte de la Junta de Gobierno del Colegio de Sociólogos y Politólogos de Navarra.

Fue el primer locutor y jefe de programación de Radio Popular (COPE) de Pamplona; presidió la Real Sociedad de Amigos del País de Pamplona, y fundó después el Instituto Navarro-Israelí de Intercambios Culturales. Piloto privado, tomó parte en campeonatos nacionales de aterrizajes de precisión, y fue presidente del Real Aero Club de Navarra y vicepresidente del Real Aero Club de España.

Igualmente, desde muy joven se hizo notar en el mundo taurino, y así presentó una Escuela de Capacitación Taurina e impartió numerosas conferencias sobre estos temas: «La mujer española en los toros» (por Radio Barbastro, el 27 de mayo de 1952) o «El encierro, espectáculo taurino» (el 3 de julio de 1954 en el Olimpia de Pamplona). El 22 de diciembre de 1955 disertó en el Club Taurino de Pamplona sobre cinco temas: la ganadería por dentro, cría del toro de lidia, capeas y peso de los toros, el toro en la plaza y «Chamaco, ¿es un cuento taurino?». En fechas más recientes cabe destacar su participación en el V Congreso Mundial de Criadores de Toros de Lidia, en Aguascalientes (México), donde presentó, el 2 de noviembre de 2007, su ponencia «Sociología del toro de lidia: tesis cultural de la bravura».

Hay que destacar asimismo su importante vinculación con las fiestas de San Fermín, pues impulsó la celebración de las corridas vasco-landesas y de los concursos de recortadores. Estuvo casado con María del Carmen Rosales Lacuey (1935-2005), hija del ex picador Antonio Rosales Pinazo Carrilero. Fue el primer apoderado del rejoneador Pablo Hermoso de Mendoza (el propio Sarasa participó como jinete en concursos de doma clásica), creador del premio «Carriquiri» al toro más bravo de San Fermín (que luego pasó a conceder la Casa de Misericordia) y moderador de las tertulias taurinas sanfermineras en el Hotel Maisonnave, como recuerda Ignacio Murillo en la necrológica que le dedicó en su blog:

http://diariodesanfermin.diariodenavarra.es/2008/09/muri-jorge-ramn-sarasa.html

Puede verse también esta otra necrológica aparecida en Diario de Navarra:

http://www.diariodenavarra.es/20080903/culturaysociedad/fallece-experto-taurino-sociologo-escritor-jorge-ramon-sarasa.html?not=2008090301125955&dia=20

Y el lector interesado encontrará más datos y anécdotas sobre este gran taurófilo en la semblanza «Un pamplonés abigarrado y activo» que le dedicó en el mismo periódico Fernando Pérez Ollo, de la cual he extraído varios de los datos aquí mencionados:

http://www.diariodenavarra.es/20080903/culturaysociedad/un-pamplones-abigarrado-activo.html?not=2008090301125729&idnot=2008090301125729&dia=20080903&seccion=culturaysociedad&seccion2=navarra&chnl=40

Como escritor (y esta es la faceta que a mí más me interesa), hay que recordar que Jorge Ramón Sarasa presentó una muestra de temas taurinos bajo el título Caracol desparramado en Poemas de Guk (publicación conjunta hecha en 1975 por el grupo navarro Guk al que pertenecía, ya desaparecido). Además, la mejor parte de su producción poética está recogida en el volumen Fragua de sonetos (Pamplona, Medialuna Ediciones, 1994), que se presenta con prólogo de Carlos Baos Galán. En esta antología, el mundo hebreo, por un lado, y el mundo del toreo y la equitación, por otro, constituyen dos de sus temas literarios predilectos y son, por tanto, bien representativos de su producción poética. Por hoy me limitaré a reproducir su hermoso soneto «La oración del torero»:

No es tu nada, Señor, la que me espanta,
pues mi yo en esa nada se cobija.
Es mi vida escanciada en tu vasija
la congoja total de mi garganta.

No me dejes, Señor, en hierofanta
soledad de una losa sin rendija.
No me robes tu luz de mi valija.
Yo te imploro, Señor, en esta santa

indigencia de lápida y olvido,
estameña sayal de mi mortaja.
Yo te pido, Señor, desde el tendido

—opulencia de sedas y alamares—,
pues me jugué la vida a la baraja,
estoquees mis dudas y pesares.

P. S. para el susodicho Gonzalo Santonja: Podrías argumentar, amigo Gonzalo, que en esta entrada y en este poema se habla más bien de toreros que de toros. Es cierto, a fe mía, pero demos tiempo al tiempo y todo se andará, y ya verás cómo aparecen recorriendo esta Ínsula de Palabras los toros (y las vacas), que el tema taurino, como muy bien sabes, ha dado mucho juego en la literatura de distintas épocas y latitudes… Vale.

Pablo Antoñana por Miguel Sánchez-Ostiz

Recientemente se ha publicado en la Revista Internacional de los Estudios Vascos, 57,1, enero-junio de 2012, pp. 208-211 una reseña mía de este libro: Miguel Sánchez-Ostiz, Lectura de Pablo Antoñana, Pamplona, Pamiela, 2010 (ISBN: 978-84-7681-645-5). Ofrezco aquí una versión algo más amplia de ese mismo texto, el cual hube de acortar para ajustarme a la extensión solicitada para su publicación en la revista.

Al comienzo del libro señala su autor su deseo de que «estas páginas, además de ser un homenaje a Pablo Antoñana, sirvan para acercar su obra a lectores nuevos, que es para lo mejor que pueden servir unas páginas escritas por un escritor sobre otro escritor» (p. 13). Idea que reitera hacia el final: «Me daría por satisfecho si alguien que no conozca la obra de ese escritor que hizo frente a la adversidad vital escribiendo, se acerca a alguna de sus páginas y siente la emoción que procura el asomarse a un mundo nuevo» (p. 178). Indica Sánchez-Ostiz que esta es su «particular, parcial y subjetiva lectura de la obra de Pablo Antoñana, escrita en homenaje a una persona que estimé y a un escritor a quien admiré» (p. 178); aclara que va a ser el suyo un trabajo «hagiográfico» (pp. 14 y 16) e insiste en que «este no es un libro académico ni imparcial» (p. 175), en que está redactado sin «pretensión académica alguna» (p. 195; de hecho, abundan en estas páginas los improperios contra la crítica universitaria): «Esta es por tanto una lectura de la obra de Antoñana por completo subjetiva, parcial, arbitraria y banderiza, y en consecuencia carece de sistema, método y metodología. No es un estudio exhaustivo. Hablo de lo que a mí me sugiere hoy la obra de Antoñana» (p. 16).

El objetivo no es escribir un análisis filológico, estilístico o temático de la producción literaria de Antoñana, sino convertirse en valedor suyo y de su literatura: pretende que sus páginas sirvan para dilatar la «segunda muerte» del escritor (la del olvido), pero no hacer una disección minuciosa de sus escritos, ni desnudar sin piedad a un escritor que supo crear un mundo literario sólido y atractivo, y no tan negro y tenebroso como a veces se piensa. No estamos, por tanto, ni ante una biografía del novelista de Viana, ni ante un análisis literario en profundidad de su obra. Sí ante una semblanza escrita con pasión, con admiración, «con tristeza también porque considero que el esfuerzo vital y creativo de Antoñana mereció mejor suerte» (p. 16); escrita igualmente desde un recuerdo afectuoso, dice el autor, y añadiría desde cierta simpatía (en el sentido etimológico de la palabra) o comunidad espiritual. En este sentido, el título del libro, Lectura de Pablo Antoñana, resulta muy acertado: Sánchez-Ostiz no lleva a cabo tanto un estudio de su corpus periodístico-literario, sino que traza un retrato del escritor y del hombre, poniendo de relieve su etopeya, los rasgos principales de su personalidad y su pensamiento.

El libro se divide en doce capítulos, a los que se añaden como apéndices dos textos recientes de Antoñana («1512-2012, Conquista de Navarra» y «Pablo Antoñana, corresponsal de guerra»). También se recoge al final una útil «Bibliografía de Pablo Antoñana» y un «Agradecimiento» a Antonio Muro Jurío, cuya tesis doctoral sobre el escritor, inédita, ha constituido una valiosa fuente de datos. En las páginas del volumen se intercalan numerosas fotografías de Antoñana y otras ilustraciones (cartas y documentos, cubiertas de libros, artículos de prensa…), complemento gráfico de gran interés documental que viene a enriquecer el trabajo.

Lectura de Pablo Antoñana no presenta una estructura rigurosa ni sigue un estricto orden temático o cronológico (alude el autor en alguna ocasión al «desorden de mis notas», p. 73), pero sí que cada capítulo (o tranco, como se denomina a uno de ellos en la p. 99) agavilla un conjunto de reflexiones y comentarios en torno a algún aspecto de la personalidad de Antoñana, de su trayectoria literaria o de sus temas que lo dota de cierta unidad. Así, el primero, «Silueta de jinete solitario», parte de la comparación que hiciera Javier Eder de Antoñana con uno de esos jinetes que cabalgan solitarios en las películas de John Ford, que a Sánchez-Ostiz le parece muy acertada para explicar la proyección de la imagen pública del de Viana (comparación que empleó en distintas ocasiones, también en la necrológica que le dedicara, «Estela de Pablo Antoñana»). En efecto, jinete solitario, andasolo, outsider, Robinsón… son metáforas o apelativos válidos para identificar a un escritor solitario e independiente, cargado de pesimismo, con una visión nihilista y desesperanzada de la vida, creador de un mundo literario sombrío y oscuro, pero del que no están ausentes las notas líricas, delicadas y tiernas, una mirada cariñosa a la gente humilde y humillada, a los perdedores, a los más desvalidos y desfavorecidos de la sociedad («Para comprobarlo basta leerlo con atención. No todo en él es tenebroso ni mucho menos», p. 12). Defiende Sánchez-Ostiz la necesidad de centrar la atención en su obra escrita, y no en la leyenda o personaje que a veces se crea en torno a un autor. La de Antoñana fue una personalidad a la vez rebelde y sencilla, tímida y orgullosa, triste y afectuosa…, y él, alguien que quiso ser «escritor o nada», que se mantuvo alejado siempre de la bronquedad propia de una tierra, Navarra, plagada de odios y banderías (leitmotiv de Sánchez-Ostiz muy repetido a lo largo del libro). Al mismo tiempo, el autor reconoce su deuda literaria, el magisterio lejano o el ejemplo, más bien, de Antoñana: «Mi literatura no se parece en nada a la suya, pero su mundo literario está en el origen de mi afición por la literatura e incluso de mi más juvenil decisión de dedicarme a este oficio» (p. 17).

«Reconocimiento de deuda» insiste en ese papel de modelo, para él y tantos otros, que desempeñó Antoñana, en especial por su sección dominical mantenida en Diario de Navarra durante años, «Las tierras y los hombres», larga serie de colaboraciones en las que sacó de la nada a los personajes invisibles del mundo rural, dando voz a los perdedores, al tiempo que mostraba otra forma de mirar al pasado: «Antoñana representaba para nosotros lo que podía ser una vida dedicada por completo a la literatura» (p. 19). Lo caracteriza como escritor maldito, raro, pero no lo suficiente como para tener su espacio en el ámbito de la cultura oficial (ese mundolacultura contra el que continuamente arremete Sánchez-Ostiz). La evocación de los orígenes literarios de Antoñana y de la vida cultural de Pamplona (la revista y editorial Pamiela, etc.) se funde con otros recuerdos de encuentros personales con él.

En «El caso Antoñana» se explica que el suyo constituye uno bien raro en la literatura española del siglo XX: un escritor «solitario, insatisfecho, arriesgado, a contra corriente, testigo atormentado» de su sociedad (p. 36), sincero y coherente con sus ideas, inconformista, un disidente (pero con una obra no subversiva o agresiva); un escritor poco dado a la vida social, pero además incomprendido, olvidado, marginado por resultar molesto al poder y al establishment oficial; un escritor «poco y mal leído», al margen de los circuitos comerciales, que ha recibido una escasa atención por parte del mundo académico, «pese a escribir como un forzado una obra exigente, original, sugerente, intensa» (p. 39); un escritor entregado por completo a la creación literaria, que no se rindió ante ese escaso reconocimiento y siguió escribiendo y publicando hasta el final: «Si hay que creerle, la escritura le salvó del naufragio vital. A él en concreto, escribir le salvaba de otras zozobras. Le hacía sentirse vivo. Lo dijo a menudo» (p. 33). La literatura fue para él una pasión, una dedicación obsesiva, con la que supo crear un mundo literario propio, muy sólido, con un estilo también propio, y una sintaxis y un léxico muy ricos. Señala que su mundo literario está «impregnado de violencia, tensiones sociales, injusticia y explotación, un mundo duro, dominado por la fatalidad» (p. 40); la suya es «obra de solitarios, de vencidos, de perdedores, de desesperados y alucinados, de fantasmas, de sueños y vidas rotas» (p. 47). La mala acogida que tuvo se entiende mal, porque su estilo es muy legible, no rancio o experimental: «Antoñana veía su propia obra literaria como unos largos años de oscuridad y silencio» (p. 49). Poco conocido hasta 1984, año en que Pamiela empieza a editar o reeditar sus obras, luego llegó a convertirse en un referente obligado de la cultura vasca. Frente a los paralelismos que suelen señalarse con Benet, Kafka, Faulkner o Baroja, entre otros, Sánchez-Ostiz defiende que «la literatura de Antoñana es valiosa, por sí misma» (p. 49). Fue además un escritor que no tuvo suerte («Su ausencia de suerte fue un rasgo que creo le identifica», p. 38), pero que a la larga no fracasó: «Un mundo literario propio, un estilo, una prosa, un lenguaje, originales, ricos, hondos. Ese es el verdadero éxito del escritor. Y ahí no hay fracaso que valga» (p. 49).

«“Una casa solariega y blasonada”» evoca el nacimiento y los años de infancia en la casa de los Navarro Villoslada en Viana. Ahí entra en contacto con el mundo de amos y siervos que tantas veces reflejará en sus obras, siempre desde la perspectiva de los más humildes; y también con el pasado: de muy temprano arranca el gusto por los objetos antiguos, que iría reuniendo a lo largo de su vida: muebles, libros, mapas, grabados, papeles viejos, etc., que son para Antoñana verdaderos «tiradores de la memoria», objetos con gran poder de evocación que potencian su imaginación y a los que es capaz de arrancar las infinitas historias que guardan escondidas. Antoñana será testigo y cronista de ese mundo rural abocado a la desaparición, y merced a su escritura logrará salvar algunos restos de ese naufragio. En esa casa escuchó a su madre las historias familiares (noticias del padre en Guinea Ecuatorial, de los abuelos en Cuba y Filipinas, relatos de las guerras carlistas…) y en ella se hizo escritor, y poco a poco escribir se iría haciendo una enfermedad incurable para él. Las casas que aparecen en sus novelas y relatos, ya como refugio, ya como laberinto o trampa del que los personajes intentan escapar, son en buena medida trasunto literario de aquella casa donde pasó su infancia y juventud.

El capítulo «La ruleta del casino literario» sigue evocando los orígenes de Antoñana en la literatura (el ambiente cultural en la universitaria ciudad de Zaragoza, sus primeros escritos y publicaciones…), así como el retorno, tras acabar sus estudios, a la vida insufrible en el pueblo (primero como maestro en Ablitas, después como secretario de ayuntamiento en Sansol, El Busto y Desojo): «se iniciaba una vida de aislamiento brutal» (p. 73), una existencia apartada que fue una condena a la soledad, pero que le dejó tiempo para dedicarse a leer y escribir, sin desertar nunca de sus sueños literarios. Se evocan los años favorables de 1961 y 1962, cuando ganó el premio Sésamo con No estamos solos y La cuerda rota quedó finalista del Nadal, al tiempo que empezaban sus colaboraciones semanales en Diario de Navarra, que seguirían hasta 1977, un total de 593 artículos que convierten a Antoñana en «viajero de sueños y memorias» (p. 83). Pero cuando en 1964 Planeta edita El sumario, se detiene para él la rueda de la fortuna literaria.

El apartado «Escritor o nada» repasa las opiniones de Antoñana sobre el oficio, que para él fue, más que una vocación, una enfermedad incurable, una condena o fatalidad: «practicó la escritura con la misma dedicación e intensidad que si fuera un oficio artesano, buscando más la perfección que el éxito inmediato» (p. 85). Escritura también como dolor y sufrimiento, supuración de una enfermedad del alma, como una forma de dejar constancia de su paso por la vida, con la inseguridad constante sobre el valor de lo que estaba escribiendo; la de un creador que trabaja en soledad y apartamiento, entregado a la literatura con toda su alma, que nunca escribió al dictado de las modas sino comprometido con el aquí y ahora de su sociedad, testigo y cronista del difícil tiempo que le había tocado vivir («diríamos que Antoñana propone un escritor salvaje, en permanente pie de guerra», p. 90). Se ahonda en la relación del escritor con la tierra y el entorno, del que nunca pudo escaparse: exiliado interior o desterrado en su propia tierra, destaca Sánchez-Ostiz su «porfía en hablar del mundo en torno y de sus habitantes, en hurgar en su memoria y en dar sentido a los recuerdos que han ido grabándose en ella, paladín de una injusticia de clase inmemorial» (p. 89).

«República de Ioar» se refiere a ese territorio mítico que toma su nombre de un monte en la sierra de Codés, convertido por Antoñana en «territorio de tinta y papel», además de evocarse otras geografías míticas, brumosas, soñadas (Filipinas, Cuba, Guinea, Gustavia…) que aparecen en sus «crónicas de viajero inmóvil» escritas desde su gabinete-biblioteca y que lo convierten en «corresponsal de sueños y destinos ajenos» (p. 108). Se afirma que «pocos autores en lengua castellana han llevado con tanta eficacia como Pablo Antoñana la propia tierra a sus papeles de invención literaria» (p. 112). Fue efectivamente un escritor enraizado en su tierra, pero que no hace casticismo provinciano: «Pablo Antoñana pagó con creces el precio de haberse quedado recluido en la que fue su tierra. Es cierto que de ella sacó sus personajes, sus paisajes y sus historias concretas con las que nutrió su obra literaria, pero precisamente por ese motivo fue tachado de localista y olvidado por vivir apartado» (p. 115).

En «Pablo Antoñana en el espejo de papel» se repasan distintos pasajes en los que Antoñana habla de sí mismo: «La escritura fue para él un salvavidas en momentos de zozobra» (p. 121); «escritor, persona doliente, testigo lejano del espanto» (p. 123), con una fe inagotable en sí mismo, tuvo una voluntad creadora inquebrantable. Recuerda sus propias definiciones como «un campesino ilustrado que además escribe» o «un campesino ilustrado que lee y a veces le publican lo que escribe», y concluye que fue la suya una personalidad compleja: sinceridad y autenticidad, franqueza, sencillez y veracidad, dolor, inseguridad ante su obra, desesperanza, pesimismo, tristeza y depresión… serían algunos de los rasgos más destacados de su personalidad profunda. Se insiste en la identidad de vida y obra: un hombre en continua búsqueda de sí mismo, que tuvo la necesidad de explicarse a sí mismo, «descreído radical de verdades eternas» (p. 128), que creía en cambio en valores como la honestidad y la sinceridad, acompañado siempre de la adversidad, pero que supo «defender su destino de escritor con uñas y dientes, porque es lo único que tenía» (p. 127).

En «Los perdedores de la Causa» se detiene Sánchez-Ostiz en uno de los momentos narrativos recurrentes en la obra de Antoñana, la guerra carlista de 1872-1876. Efectivamente, varias novelas y muchos de sus artículos, relatos y estampas tienen las guerras carlistas como tema directo o indirecto, y a ellos hay que sumar varias conferencias y su estudio Noticias de la segunda guerra carlista. En todos estos trabajos, literarios o de investigación histórica, Antoñana ofrece una visión nada convencional, desmitificadora y desencantada, trágica y sombría, del carlismo: frente al tratamiento épico-romántico que otros autores han dado a las guerras carlistas, él presenta, no a los cruzados de la Causa (generales, nobles, etc.) sino a los de abajo, los voluntarios, los rebeldes y miserables, los perdedores y vencidos, que no siempre se guiaban por las ideas de Dios, patria, rey y fueros: «Antoñana rescata a los carlistas de a pie del limbo épico en el que sus manipuladores y escritores les había condenado» (p. 141). Da protagonismo a personajes que son carne de cañón y execra la guerra: no la exalta, sino que la retrata en toda su crueldad, barbarie, locura y fanatismo. «La de Antoñana es la visión de un perdedor que habla de perdedores, en un tiempo sin tiempo, en un pasado hecho presente continuo» (p. 141). En torno a la guerra construye un mundo mítico, en el que el narrador «asume la voz de los que no la tuvieron» (p. 141).

Con «“Una llaga en la memoria”» nos adentramos en otro tema obsesivo para Antoñana, sobre el que vuelve una y otra vez a lo largo de su vida: la guerra civil de 1936-1939, que veía «como una herida de imposible sutura» (p. 152), y los años posteriores de dictadura, llenos de represión, horrores, censura, etc. Dice Sánchez-Ostiz que Antoñana no llegó a escribir la gran novela de la guerra civil, como tampoco la novela por excelencia de las guerras carlistas. Su mirada está de nuevo con los perdedores, con la gente vencida; de nuevo quiere recordar a los sin nombre, ser su voz y su memoria, años antes de la ley de Memoria Histórica. Desde una postura decididamente antimilitarista y pacifista, Antoñana lanza su alegato contra las guerras y contra los que las arman.

En el siguiente capítulo, «La guerra del Norte», recuerda Sánchez-Ostiz que Antoñana usó este sintagma, de origen y sabor decimonónicos, para referirse al terrorismo de ETA y la lucha contraterrorista. Afirma que, en la última etapa de su vida, un Antoñana más que desencantado habló de los temas candentes de la sociedad «desde su toma de posesión con los perdedores siempre» (p. 167). Asuntos como el cercano centenario de la conquista de Navarra en 1512 por los castellanos dan pie para reflexiones sobre el nacionalismo vasco y español y la presentación de Navarra como tierra de banderías y trincheras, junto con una serie de andanadas —de Sánchez-Ostiz, no de Antoñana— contra la «Navarra oficial».

Por último, «Oficio de Tinieblas» evoca algunas de las necrológicas y homenajes a raíz de la muerte del escritor de Viana, ocurrida el 14 de agosto de 2009. El capítulo viene a ser un resumen de la semblanza que se ha venido trazando: la de un hombre con una actitud ejemplar ante la vida y la literatura, «escritor casi secreto» (p. 171), que hizo su obra en soledad y apartamiento, al margen de la cultura y el mecenazgo oficiales, fuera también de los circuitos comerciales nacionales, independiente, inconformista, con muy poca complacencia con los poderosos, convertido en símbolo y referencia para muchos por su instinto de rebeldía, insumisión y resistencia. Un personaje triste y con fama de cascarrabias, pero añorado y recordado con cariño: «Qué extraño escritor sin lectores y sin éxito fue Pablo Antoñana que consiguió ser tan querido» (p. 174).

Escribía el autor al comienzo de su libro que «Hoy, la obra de Pablo Antoñana es para mí una invitación y un pretexto para reflexionar acerca de algunos asuntos que a él le inquietaban» (p. 12). Y, efectivamente, así sucede en muchas de las páginas de este libro en las que, al hilo de ideas del de Viana, se suceden las andanadas y exabruptos de Sánchez-Ostiz contra esto y aquello. Sea como sea, este libro, de estilo ameno y fácil lectura, cumple con creces su objetivo de acercar a los lectores la figura de Pablo Antoñana, uno de los mejores escritores navarros, pero también de los menos conocidos. Y aunque el autor de esta semblanza insiste por activa y por pasiva en que el suyo no es un estudio académico, no por ello deja de ser un trabajo bien documentado, redactado a partir del conocimiento personal del propio escritor estudiado y de una atenta lectura de su obra. Las 278 notas que se añaden al final dan buena fe de que estamos ante un libro escrito con rigor y con conocimiento de causa. Un libro, en suma, en el que encontramos una subjetiva —y sugestiva— lectura de Pablo Antoñana, de su persona y de su obra, tamizadas ambas por la apasionada y «hagiográfica» interpretación de Miguel Sánchez-Ostiz.

Siniestro Caravinagre, de Jesús Carlos Gómez Martínez

Este año, el kiliki Caravinagre de Pamplona se ha hecho universalmente famoso porque ha protagonizado el cartel de las fiestas de San Fermín, «que son en el mundo entero / unas fiestas sin igual». ¡Riau, riau!

Aquí tienen ustedes a Caravinagre en una foto correspondiente a estas fiestas del 2012, y podrán comprobar que ni siquiera tan honrosa distinción ha logrado dulcificar la expresión de su cara:

Por mi parte, he tenido el placer de prologar el nuevo libro del escritor navarro Jesús Carlos Gómez Martínez, Siniestro Caravinagre (Pamplona, Ediciones Eunate, 2012), una divertida novela en la que el autor nos desvela todos los delitos y maldades del odioso personaje que se oculta bajo la personalidad del tal kiliki.

Reproduzco a continuación ese prólogo, que en el libro se presenta bajo el título «Gómez Martínez versus Caravinagre»:

El despiadado enfrentamiento entre el autor de este libro, Jesús Carlos Gómez Martínez, y el famoso Caravinagre viene de tiempo atrás y, a tenor de esta nueva entrega literaria, su lucha va camino de convertirse en un combate con tintes épicos.

Todo se remonta al año 1997, cuando nuestro amigo Jesús Carlos nos puso sobre aviso. En una columna periodística calificó a este personaje de “plaga”, y atribuyó su rictus a su alimentación (rica en bombillas, clavos, tuercas y alfileres) y a sus antecedentes criminales y carcelarios.

Más tarde, en 2001, Jesús Carlos se atrevió a contarnos La verdadera historia de los kilikis de Pamplona. En ese libro, hoy agotado, a través de seis breves e ingeniosísimas semblanzas, nos revelaba la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad acerca, no solamente de Caravinagre, sino también de Barbas, Patata, Napoleón, Verrugas y Coletas, bajo cuyas deformes cabezotas se ocultan seis desalmados canallas.

De todos estos facinerosos, Caravinagre es, sin el menor asomo de duda, el más avieso y peligroso, un gánster sin escrúpulos, la auténtica bestia negra de Jesús Carlos, que ha dedicado las últimas décadas al cultivo de la literatura y, especialmente, a la investigación sobre la desbordante actividad criminal de este “kiliki”.

Con la publicación de Siniestro Caravinagre, Jesús Carlos Gómez Martínez nos demuestra que durante este tiempo ha seguido jugándose la vida en pos de la verdad y nos brinda pruebas irrefutables y testimonios únicos y sorprendentes que desenmascaran definitivamente al odioso Caravinagre y que convencerán a todos aquellos que todavía pudieran tener alguna duda sobre la auténtica personalidad de este sujeto.

Hoy Jesús Carlos nos ofrece de nuevo la cruda realidad, y con ello pone de relieve que nos hallamos ante un escritor comprometido, todo un héroe, sin duda; un escritor al servicio de la verdad, que no se arruga ante nada ni ante nadie, tampoco frente a Caravinagre, siempre rodeado de adláteres y sicarios de la peor ralea, que sigue dándole gusto al gatillo de su metralleta y haciendo correr ríos de sangre, y al que le molesta de veras (atención) que lo llamen “feo”.

En este nuevo libro, como en otros anteriores del autor, vuelven a enlazarse varios elementos claves en su producción literaria, a saber: la fantasía, la ironía, el suspense y —de manera indirecta, en esta ocasión— el tema sanferminero. Eso sí, la acción del relato no ocurre solo en Pamplona; sucede también en el Nueva York de 1927 —en plena «ley seca»—, donde «el asesino de la micción», nuestro Caravinagre, impone su ley.

El humor está muy presente a lo largo del libro, en la propia concepción hiperbólica y grotesca de los personajes y de la acción, en los disparatados sucesos que se nos presentan (por ejemplo, los gánsters que se entretienen jugando al parchís y con otras diversiones infantiles), y también por medio de algunos guiños navarrizantes (así, el camión que transporta rabos de boinas en plena ciudad de Nueva York) o, en el plano estilístico, a través de juegos de palabras consistentes en la deformación de frases hechas.

Gómez Martínez tiene algunas otras novelas ya escritas, también comprometidas, que pronto verán la luz. Eso, claro, si no le alcanza antes la venganza de Caravinagre. Porque, a día de hoy, nuestro amigo Jesús Carlos sigue siendo un escritor perseguido; un escritor que investiga, narra y huye. Con su enemigo al acecho, no le queda otro remedio…

Jerónimo Arbolanche, un poeta navarro que exasperó a Cervantes

Jerónimo Arbolanche[1] (Tudela, h. 1546-1572) es uno de los malos poetas que Miguel de Cervantes, en su célebre Viaje del Parnaso, presenta encabezando los ejércitos que luchan contra los buenos literatos:

El fiero general de la atrevida
gente, que trae un cuervo en su estandarte,
es Arbolánchez, muso por la vida (VII, vv. 91-93).

Y poco después el autor del Quijote se refiere a la única obra conocida del navarro, Las Abidas (Zaragoza, en casa de Juan de Millán, 1566), con estas significativas palabras:

En esto, del tamaño de un breviario,
volando un libro por el aire vino,
de prosa y verso, que arrojó el contrario.

De verso y prosa el puro desatino
nos dio a entender que de Arbolanches eran
Las Abidas, pesadas de contino (VII, vv. 178-183).

De hecho, si el nombre de Jerónimo Arbolanche resulta conocido, ello se debe en buena medida a esta doble alusión cervantina. Su obra apenas ha merecido atención por parte de la crítica, con una notable excepción: me refiero a la edición facsímil de Las Abidas preparada por Fernando González Ollé[2], que publicó acompañada de un exhaustivo estudio que se completaba con un vocabulario y la pertinente anotación. Puede afirmarse que el trabajo de González Ollé sirvió para recuperar la figura de este olvidado escritor para el panorama literario navarro y español.

Tal vez merezca la pena detenerse brevemente en el comentario de las mencionadas críticas cervantinas. El ingenio complutense hace de Arbolanche el caudillo de los poetastros que asaltan el Parnaso agrupados bajo un estandarte que ostenta un negro cuervo, que es ave de mal agüero cuya ronca voz se opone además al suave y armonioso canto del cisne[3]. Siguiendo a Menéndez Pelayo[4], la crítica —que, en realidad, se reduce prácticamente a los comentaristas y anotadores del Viaje del Parnaso— ha señalado como errores de Cervantes sus indicaciones con respecto al tamaño del libro de Arbolanche (Rodríguez Marín apunta que no abultan demasiado las 184 páginas de Las Abidas) y a su condición de obra en prosa y verso. Respecto a los sintagmas «de prosa y verso» y «de verso y prosa», el mismo Rodríguez Marín aventuraba que Cervantes quizá escribió de prosiverso y de versiprosa, porque «a la verdad, los versos de Arbolanche, y especialmente sus endecasílabos sueltos o blancos, parecen prosa por la ausencia absoluta de espíritu poético, y aun son prosa muchas veces por falta de medida y de cadencia»[5].

Por lo que toca a la creación muso por la vida, no cabe duda de que debemos interpretarla como una alusión despectiva que significaría algo así como ‘ruin poetastro de por vida, mal poeta durante toda la vida’. Pero la cuestión es algo más compleja, como sugirió González Ollé, quien en un trabajo de 1963 explica que en esa expresión se dan simultáneamente dos valores, el temporal y el causal: «Pero en la vida, Cervantes ha jugado intencionalmente con la aglutinación fónica, no gráfica, del artículo al sustantivo, de modo que puede interpretarse como l’avida, la Avida»[6]. Entonces, si se acepta esta dilogía de la vida, «el verso en cuestión encierra una dualidad de sentido: Arbolanche, muso durante toda su vida y a causa de su obra literaria»[7], a causa de Las Abidas.

A continuación González Ollé comentaba el significado y posibles orígenes de la extraña palabra muso. La crítica había señalado que se trataba de una creación jocosa a partir de musa, porque un recurso cómico bien conocido consiste en hacer despectiva una palabra cambiando su género, y existen ejemplos similares en la obra cervantina: «ni vi monte ni monta» (en el propio Viaje del Parnaso, VIII, v. 245), «ínsulos ni ínsulas» (Quijote, I, 26), «ya no hay Triste Figura: el figuro sea el de los Leones» (Quijote, II, 30). Sin descartar en absoluto la interpretación muso ‘mal poeta’, González Ollé documenta otro valor para esa palabra, el de ‘apocado, tímido, cobarde’, por un lado, y también el de ‘hipócrita, ladino, mátalas callando’, y señala: «Pues bien, la segunda de estas dos acepciones no sólo cuadra perfectamente a Arbolanche, sino que la inquina de Cervantes contra él bien pudiera estar suscitada a causa de su condición de tal»[8]. Y argumenta esta hipótesis recordando que en la epístola preliminar de Arbolanche en respuesta a su maestro Melchor Enrico, puesta al frente de Las Abidas, el navarro pasa revista a diversos autores griegos, latinos, italianos y españoles:

Es un alarde de vana erudición y claro cinismo, pues las continuas protestas de modestia personal se dirigen a patentizar los defectos que él encuentra en los demás escritores. […] Con monótona insistencia repite Arbolanche juicios […] a propósito de muchos y muy diversos autores. Se comprenderá, pues, fácilmente, que no faltaba motivo a Cervantes para tachar de hipócrita, maldiciente, etc. a Arbolanche, como bastantes años antes lo habían hecho ya otros escritores, a raíz de la publicación de Las Havidas[9].

En efecto, el canónigo sevillano Francisco Pacheco, en su Sátira apologética en defensa del divino Dueñas, lo había mencionado como modelo de desconsideración respecto a obras meritorias:

¡Oh, bárbara maldad! ¡Que al grave Sánchez
aún no le hayan bastado sus Comentos
más que si fuera un Tulio a un Arbolánchez! […]
¡Y espántase que el cielo landres llueve,
que Avidas, Caroleas y Dianas,
y otros monstruos la tierra estéril lleve!

También encontramos la acusación de calumnia e hipocresía en fray Tomás de Quixada, en una poesía preliminar a la obra de Bartolomé de Villalba y Estaña, El Pelegrino curioso y grandezas de España:

Quiero dejar los supremos poetas
que Arbolanche los haya disfamado,
que por vías calladas e indiretas
sus errores o culpas ha sacado,
y en sus Avidas, simples, mal perfetas,
a todos uno a uno ha bien cachado.

A la vista de estas acusaciones, encaja perfectamente la interpretación de muso no como sustantivo (femenino jocoso a partir de musa), sino como adjetivo ‘hipócrita, maldiciente, difamador’, sobre todo si se tiene en cuenta la sugerida dilogía de la vida / l’Avida. «En conclusión —apostilla González Ollé—, el verso discutido puede interpretarse […] del modo siguiente: Arbolanche, maldiciente (y poetastro) durante toda su vida (a causa de Las Havidas)»[10].

Cuestión distinta, aunque íntimamente relacionada con la anterior, sería la de intentar dilucidar las razones que pudo tener Cervantes para tan feroz ataque contra el navarro. Esta es la opinión de Herrero García:

En 1566 apareció impreso en Zaragoza el libro del poeta tudelano Jerónimo Arbolanche. Es de presumir que tuviese veinte años. Tendría, pues, en las fechas en que Cervantes escribía su Viaje, unos sesenta y siete años, o más. Vivía desde luego, según el intento cervantino de no nombrar poetas fallecidos. Era, por la cuenta, coetáneo de Cervantes. Ahora bien, ¿qué le movió a mostrarse tan severo, o mejor dicho, despiadado con el poeta navarro? Algo, quizás, ajeno a la poesía y al mérito del libro de Arbolanche. Los eruditos han notado que Cervantes no conocía el poema que tan ferozmente reprueba. Podemos explicar los hechos así. Colocado el autor del Viaje en la necesidad de buscar un nombre para corifeo de los malos poetas, dio con el de Arboleda por reminiscencias de lecturas anteriores. Él recordaba que Pacheco en su Sátira contra la poesía había enumerado las Abidas entre los monstruos que la estéril tierra lleva. También tenía la especie de que Barahona de Soto había censurado, refiriéndose al autor de las Abidas, a los vates que se retratan coronados de laurel al principio de sus obras. Tratábase, además, de un poeta alejado de la corte, que hacía muchos años había dejado el trato con las musas, que se había malquistado con el genus irritabile por sus nada respetuosos conceptos acerca de los poetas, estampados en la carta dedicatoria de su obra. Por todo lo cual, Cervantes creyó de perlas semejante sujeto para su propósito, y echó mano de él, equivocándose dos veces [en] el nombre (Arbolánchez y Arbolanches), equivocándose en el tamaño del libro y en el estilo de su contenido[11].

Asimismo, González Ollé se refiere a los motivos que llevaron a Cervantes a convertir a Arbolanche en el «fiero capitán de la atrevida gente»:

A Cervantes, tan indulgente en sus juicios sobre los ingenios contemporáneos, tenía que desagradarle la actitud de Arbolanche, atento únicamente a descubrir defectos y plagios. En cierto modo, el Viaje del Parnaso, escrito medio siglo después de Las Havidas, constituye una antítesis del criticismo malintencionado de Arbolanche. Como, por otra parte, en contraste con su petulancia inicial, la calidad poética de su obra resulta muy deficiente, creo que estas dos razones (crítica altanera y maliciosa de las obras ajenas; escaso valor de la propia) son las determinantes de que Arbolanche aparezca como jefe de los malos poetas en su lucha con los buenos. Lo dicho permite también comprender la «desusada indignación», que Menéndez y Pelayo no podía explicarse, con que Cervantes procedió en el caso de Arbolanche[12].

Con independencia de la dureza del ataque cervantino y sus razones (en otra ocasión se podría volver sobre ello), no puede negarse que Las Abidas resulta una obra curiosa y, cuando menos, interesante. «Un “raro” busca la fama» titulaba González Ollé el capítulo que en 1989 dedicaba a Arbolanche en su Introducción a la historia literaria de Navarra. Fue el del poeta tudelano un intento —fallido, ciertamente— en el camino de integración de los distintos géneros y estilos narrativos de la época, intento que felicísimamente culminaría en 1605 el ingenio complutense en su inmortal Quijote. Arbolanche no logró la armoniosa integración de todos sus materiales, pero se adelantó cuatro décadas a Cervantes en el empeño. En el mismo sentido se ha expresado Romera:

Salvando las necesarias distancias, el empeño de Arbolanche se asemeja (y se anticipa) al de Cervantes en cuanto que ambos intentaron con distinta fortuna integrar los principales géneros de ficción vigentes en la época. Pero en el caso de Las Abidas, escrita por Arbolanche a los veinte años de edad, el resultado es farragoso, desequilibrado, abrumadoramente erudito y cargado de elementos superfluos. Es admirable, no obstante, la exhibición de conocimientos humanísticos y literarios del autor tudelano, empañada por una vanidad sin freno que subordina la intención poética al alarde ornamental[13].


[1] Su apellido se cita en ocasiones con variantes: Arbolancha, Arbolanches, de Arbolancha, de Arbolanche, de Arbolanches, etc. Sobre el autor, véanse sobre todo los trabajos de F. González Ollé: «Lengua y estilo en Las Abidas de Jerónimo Arbolanche», Príncipe de Viana, 106-107, 1967, pp. 21-60; su edición, estudio, vocabulario y notas a Jerónimo Arbolanche, Las Abidas, Madrid, CSIC, 1969-1972, dos vols.; y su Introducción a la historia literaria de Navarra, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1989, pp. 87-101. También los de L. del Campo Jesús, Jeronimo de Arbolancha. Su vida y su obra, prólogo de Leopoldo Cortejoso, Pamplona, La Acción Social, 1964 y Jerónimo de Arbolancha, Pamplona, Diputación Foral de Navarra, 1975, col. «Navarra. Temas de Cultura Popular», núm. 230; J. R. Castro, Autores e impresos tudelanos. Siglos XV-XX, Madrid-Pamplona, CSIC-Institución «Príncipe de Viana», 1964, pp. 40-47; y F. Salinas Quijada, Navarros universales: Sancho el Fuerte, Bartolomé de Carranza, Martín de Azpilcueta y Francisco de Javier, Jerónimo de Arbolancha,Pamplona, ed. del autor con colaboración del Gobierno de Navarra, 1991, pp. 163-216. En la actualidad, María Francisca Pascual Fernández realiza su tesis doctoral sobre Arbolanche en la Universidad de Navarra, bajo mi dirección.

[2] Jerónimo Arbolanche, Las Abidas, edición, estudio, vocabulario y notas de Fernando González Ollé, Madrid, CSIC, 1969-1972. En este trabajo citaré por este facsímil, pero modernizando las grafías.

[3] Miguel de Cervantes Saavedra, Viaje del Parnaso, ed. y comentarios de Miguel Herrero García, Madrid, CSIC, 1983, p. 802.

[4] «Ni Las Avidas tienen el tamaño de un breviario, pues son un librito en octavo de poco más de veinte pliegos, ni están escritos en prosa y verso, a no ser que Cervantes entendiera por prosa los versos sueltos de Arbolanches, que, en efecto, suelen confundirse con ella» (Menéndez Pelayo, 1943, p. 165).

[5] Rodríguez Marín, en su ed. del Viaje del Parnaso, 1935, p. 357 (Miguel de Cervantes Saavedra, Viaje del Parnaso, ed. crítica y anotada dispuesta por Francisco Rodríguez Marín, Madrid, C. Bermejo Impresor, 1935).

[6] González Ollé, «Observaciones filológicas al texto del Viaje del Parnaso», Miscellanea di Studi Ispanici, 6, 1963, p. 101.

[7] González Ollé, 1963, p. 102.

[8] González Ollé, 1963, p. 103.

[9] González Ollé, 1963, p. 103.

[10] González Ollé, 1963, p. 105; y más adelante concluye así: «Independientemente del origen de la palabra, muso, en el Viaje del Parnaso, puede equivaler a ‘maldiciente’, ‘hipócrita’, etc., según el significado que probablemente tenía en la lengua de su tiempo. Más conjetural resulta, para mí, la creación artificiosa, con fines burlescos, de muso, a partir de Musa, aunque para la conciencia lingüística actual, al desconocer aquel primer significado, se presenta más inmediata tal intención satírica. En mi opinión, que concilia ambas posibilidades, Cervantes utiliza muso como ‘maldiciente’, ‘hipócrita’, etc., pero dada la rareza de esta palabra, inexistente, según parece, en otros textos contemporáneos, no le pasaría inadvertido, y aprovecharía, el efecto cómico que, por asociación con Musa, despierta» (pp. 108-109).

[11] Miguel de Cervantes Saavedra, Viaje del Parnaso, ed. y comentarios de Miguel Herrero García, Madrid, CSIC, 1983, p. 803.

[12] González Ollé, 1963, pp. 105-106. Ver también Castro, 1963, p. 42b; Salinas Quijada, 1991, pp. 205-206; y J. Zalba, «Páginas de la historia literaria de Navarra», Euskalerriaren Alde, 14, 1924, p. 350.

[13] José María Romera Gutiérrez, «Literatura», en AA. VV., Navarra, Madrid, Editorial Mediterráneo, 1993, pp. 169-200 (cita en la p. 178a).

Sobre la Historia literaria de Navarra

Tradicionalmente se ha venido repitiendo un tópico que hablaba de la poco significativa aportación de Navarra al mundo de las letras, tópico falso, porque han sido muy numerosos los escritores navarros que —como tendrá oportunidad de comprobar quien siga este blog— en distintas épocas y lenguas nos han legado una obra literaria extensa y, en ocasiones, de muy considerable calidad. La reiteración de este tópico quizá responda a cierto complejo de inferioridad que a veces apunta en el carácter de los navarros. O tal vez haya tenido que ver en ello el desprecio con que en ocasiones se han mirado los estudios de ámbito local (recuérdese, por ejemplo, las connotaciones negativas de que siempre ha estado teñido al adjetivo provinciano), especialmente por parte de aquellos que ignoran que también desde una perspectiva local (no necesariamente localista) puede uno elevarse y entroncar con los valores superiores de lo universal.

En este sentido, una de las razones de peso que propiciaban la circulación de esa idea equivocada era la inexistencia de una Historia de la literatura en Navarra, rigurosa y completa, que abordase el estudio exhaustivo de los distintos géneros, épocas, autores y obras. Esa era precisamente la laguna que ha pretendido llenar el proyecto de investigación titulado Historia literaria de Navarra. Desde los orígenes hasta nuestros días, que durante varios años hemos desarrollado en la Universidad de Navarra el Dr. Ángel Raimundo Fernández González (†) y quien esto escribe, por medio de los trabajos del Equipo HILINA (Historia Literaria de Navarra).

En efecto, hasta fechas bastante recientes eran muy pocos los trabajos que se habían dedicado al estudio panorámico de la historia literaria de Navarra (son más numerosas, por supuesto, las aportaciones específicas sobre determinados autores y obras). Entre los más destacados, podemos mencionar como pionero el artículo del erudito José Zalba titulado «Páginas de la historia literaria de Navarra», que se publicó en la revista Euskalerriaren Alde, XIV, 1924, pp. 345-355 y 368-374.

Este trabajo ofrece una serie de breves apuntes sobre diversos escritores navarros, desde los orígenes medievales hasta los primeros años del siglo XX: «De otros autores más modernos —escribía atinadamente Zalba— pudiéramos hablar, pero siguiendo la costumbre de dejar que el tiempo pese un poco los juicios críticos, ponemos punto final a estos apuntes».

Un segundo intento serio lo constituyó el libro de Manuel Iribarren Escritores navarros de ayer y de hoy (Pamplona, Editorial Gómez, 1970), que presenta el formato de diccionario, con breves entradas para cada autor recogidas por orden alfabético.

Manuel Iribaren

Pese a sus limitaciones, esta obra permite la consulta rápida de los datos esenciales acerca de diversos literatos navarros.

Sin embargo, el gran mérito de fijar una primera historia literaria de nuestra tierra le corresponde a José María Corella Iráizoz, con su trabajo Historia de la literatura navarra. Ensayo para una obra literaria del viejo Reino (Pamplona, Ediciones Pregón, 1973), que se completa además con una pequeña antología de textos, una bibliografía y sendos índices onomástico y toponímico. Otras aportaciones posteriores se deben a Fernando González Ollé, a través de sus rigurosos y eruditos trabajos monográficos y, en especial, con su acertada síntesis Introducción a la historia literaria de Navarra (Pamplona, Gobierno de Navarra, 1989), que por desgracia alcanza solo hasta finales del siglo XIX.

Ambos investigadores, Corella Iráizoz y González Ollé, sumaron esfuerzos para ofrecer una «Introducción literaria» en las pp. 93-127 del libro Tierras de España. Navarra (Barcelona-Madrid, Noguer / Publicaciones de la Fundación Juan March, 1988); González Ollé se encargó del apartado titulado «De la Edad Media al siglo XIX» y Corella Iráizoz resumió lo relativo a «El siglo XX».

Por su parte, José Luis Martín Nogales contribuyó con su monografía Cincuenta años de novela española (1936-1986): escritores navarros, Barcelona, PPU, 1989. Otro estudioso, Félix Maraña, debe ser recordado por su trabajo «Pamplona y otros relatos. Del paisaje literario de un territorio del norte (1900-1994)», recogido en las pp. 244-259 del libro colectivo Pamplona-Iruña (San Sebastián, Sendoa, 1996), un panorama bastante completo, aunque limitado al siglo XX.

A su vez, José María Romera Gutiérrez es autor de la entrada «Literatura» de la Gran Enciclopedia Navarra (Pamplona, Caja de Ahorros de Navarra, 1990), vol. II, pp. 80-83, y de otro panorama de igual título incluido en las pp. 169-200 del libro de varios autores Navarra (Madrid, Editorial Mediterráneo, 1993). Emilio Echavarren y Tomás Yerro dieron a las prensas dos tomos antológicos de Escritores navarros actuales (Pamplona, Gobierno de Navarra / Ayuntamiento de Pamplona, 1990), valiosos por reunir numerosos textos de varios autores contemporáneos con sus correspondientes fichas bio-bibliográficas.

José María Larrea Muxica y Periko Díez de Ultzurrun se han aproximado a los escritores navarros en vascuence con su trabajo en dos volúmenes Nafarroako euskal idazleak (Pamplona, Pamiela, 1987 y 1994). En fin, dejando aparte otras aportaciones modernas (entre ellas las de nuestro propio Equipo HILINA), quiero destacar una monografía más reciente debida a Iñaki Iriarte López: Tramas de identidad. Literatura y regionalismo en Navarra (1870-1960), Madrid, Biblioteca Nueva, 2000.

Algunos de estos investigadores ya habían puesto de manifiesto en sus páginas el olvido del estudio de la literatura escrita en Navarra. Por ejemplo, se lamentaba Zalba en 1924:

Como si un hado funesto persiguiera la suerte de Navarra, si poco se conoce de su historia externa, política y religiosa, es muchísimo más lo que se ignora de su cultura. Si para los mismos navarros son desconocidos los nombres de sus escritores, ¿qué mucho que en las historias de la literatura española no pocas veces se les arranque del suelo nativo para trasplantarlos a otro? Cierto que nuestro pueblo más se ha distinguido en ejecutar grandes proezas, acometer arriesgadas empresas y correr extrañas aventuras, pero tampoco lo es menos que ha influido tanto en el terreno científico como en el literario, al lado de los demás de la península, como quedará consignado en estos brevísimos apuntes.

Corella Iráizoz, por su parte, escribía en 1973:

Creo que no está de más indicar aquí que entre nosotros, en Navarra, la literatura no ha sido muy bien estimada. Véase, si no, la casi total despreocupación que entre los navarros ha habido por conocer, estudiar y airear nuestros valores literarios.

Pues bien, paliar en la medida de lo posible las consecuencias negativas de ese olvido ha sido uno de los objetivos prioritarios del Equipo HILINA. Pensábamos que un cambio significativo podría conseguirse por medio de investigaciones y publicaciones que persiguieran como objetivos ineludibles el rigor, la exhaustividad y, en definitiva, la máxima calidad científica, tanto a través de estudios teóricos de carácter monográfico como con ediciones cuidadas de los textos literarios más interesantes y representativos de los autores navarros. Creemos que una completa Historia literaria de Navarra —todavía en fase de elaboración— servirá para dar a conocer el patrimonio literario de Navarra y, al mismo tiempo, constituirá una rigurosa obra de referencia (con datos, bibliografía, estados de la cuestión sobre cada autor o género literario, etc.) y un importante punto de partida para ulteriores investigaciones monográficas. Al mismo tiempo hemos pretendido recuperar con ediciones o reediciones la producción literaria de aquellos autores navarros interesantes, pero relegados al olvido por distintas circunstancias (inexistencia en el mercado de sus textos, razones extraliterarias…).

De todo ello (semblanzas de los autores navarros y comentarios de sus obras, glosas de las investigaciones más recientes acerca de ellos, etc.) se irá dando puntual noticia en este blog.

Breve semblanza de Francisco Navarro Villoslada (1818-1895)

Francisco Navarro Villoslada[1] (nacido y muerto en Viana, Navarra, 1818-1895) fue un destacado literato, político y periodista español del siglo XIX. Fue tres veces diputado (resultó elegido por Estella en 1857 y por Pamplona en 1865 y 1867), salió senador por Barcelona en las elecciones de 1871 y ejerció durante un tiempo, entre finales de 1869 y principios de 1870, el cargo de secretario personal del duque de Madrid, don Carlos de Borbón y Austria-Este (Carlos VII en la nomenclatura carlista). Fue uno de los más destacados publicistas de la causa carlista.

También dejó notar su presencia activa en el periodismo, ya que fue colaborador, redactor, fundador o director (y hasta propietario, en algún caso) de numerosas publicaciones como El Correo NacionalEl Arpa del Creyente, el Semanario Pintoresco EspañolEl Siglo PintorescoEl Español y su Revista LiterariaLa EspañaEl Padre Cobos y El Pensamiento Español, por citar solo las más importantes. En ambos terrenos, la política y el periodismo, defendió siempre Navarro Villoslada las ideas tradicionalistas, que son la piedra angular en la construcción de su pensamiento.

Dentro ya del terreno de la literatura, Navarro Villoslada suele ser recordado fundamentalmente como un romántico rezagado que se sumó a la moda de la novela histórica a la manera de Walter Scott. Publicó Doña Blanca de Navarra, en 1847, y Doña Urraca de Castilla, en 1849; después, tras un paréntesis de casi treinta años en los que se vio envuelto en el torbellino de la política y el periodismo, apareció su obra más famosa, Amaya o los vascos en el siglo VIII (1879).

Pero Navarro Villoslada también produjo obras pertenecientes a otros géneros literarios: fue novelista de folletín, poeta (épico y lírico), dramaturgo, autor costumbrista, cuentista… Novelas no históricas son Las dos hermanasEl Antecristo o Historia de muchos Pepes; de sus artículos costumbristas destacan los titulados «El canónigo», «El arriero» y «La mujer de Navarra»; «La luna de enero», «Aventuras de un filarmónico» y «Mi vecina» son algunos divertidos cuentos, mientras que «La muerte de César Borja» y «El castillo de Marcilla» pertenecen al género de la leyenda histórica. Como autor dramático, se dedicó tanto a la comedia de asunto serio (La prensa libre) o de tono humorístico (Los encantos de la voz), sin desdeñar tampoco el drama histórico (Echarse en brazos de Dios) e incluso cierta incursión en la zarzuela (escribió el libreto de La dama del rey, al que puso música otro navarro, Emilio Arrieta). A todo ello habría que añadir sus poesías y otras obras menores, biografías y traducciones.

Navarro Villoslada fue el autor al que dediqué mi tesis doctoral, defendida allá por el lejano año de 1994, y con toda seguridad volverá a aparecer en otras entradas de este blog…


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995. Y para el contexto de la novela histórica romántica, remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Semblanza de Ezequiel Endériz (1889-1951)

El navarro Ezequiel Endériz Olaverri (Tudela, Navarra, 1889-Curbevoie, Francia, 1951) es autor de obras diversas en distintos géneros literarios: poesía, reportaje, ensayo, estampa, novela, teatro… Algo de atención por parte de la crítica ha generado la faceta pública de Ezequiel Endériz, que tuvo una notable actividad, sobre todo como periodista de ideas progresistas (y también como político y sindicalista).

EzequielEnderiz

Cursó Endériz sus primeros estudios en el colegio San Francisco Javier de Tudela y más tarde los continuó en la Universidad de Barcelona. Desde muy joven se interesó por la literatura, el periodismo y el teatro: así, ya en 1907 colaboraba en el periódico canalejista El Demócrata Navarro, de Pamplona. Trasladado a Barcelona, contó con el padrinazgo de Alejandro Lerroux. Ejerció como crítico taurino en las páginas de El Liberal con el seudónimo de Goro Faroles. Tradujo del portugués al escritor y político Júlio Dantas y publicó en Los poetas, revista fundada por Víctor Gabirondo. Colaboró igualmente en Nuevo Mundo, Cosmópolis y Grecia. Publicó decenas de artículos en el periódico liberal pamplonés El Pueblo Navarro, y dio a las prensas un libro sobre La Revolución rusa: sus hechos y sus hombres (escrito en 1917), prologado por Luis Araquistáin.

A partir de septiembre de 1918 dirigió en Madrid Las Izquierdas, que buscaba impulsar la colaboración entre republicanos y socialistas desde una perspectiva radical y revolucionaria. Asimismo pasó a colaborar en el efímero El Soviet. Periódico revolucionario; se mostró firme defensor de los bolcheviques, e incluso se declaró amigo de Trotski. Endériz fue, por tanto, uno de los republicanos de extrema izquierda que se adhirió a la vía revolucionaria seguida en Rusia con el objetivo de implantar en España una república sustentada en las masas obreras.

En 1919 intervino en la creación del primer Sindicato Español de Periodistas y Empleados Administrativos, adherido a la UGT, del que resultó elegido presidente. Endériz y otros compañeros de El Liberal fundaron, bajo el patrocinio de Santiago Alba, La Libertad, publicación que se caracterizaría por su republicanismo izquierdista. Apartado de la dirección del sindicato, empezó a vincularse con los dirigentes anarcosindicalistas (Pestaña, Piera, Seguí, Bajatierra, Samblancat y otros)[1].

Más tarde entró en la redacción de La Tierra, donde publicó un artículo, «La infancia de Manolito», en el que descalificaba a Manuel Azaña. Al enterarse del incendio de iglesias y conventos en mayo de 1931, Endériz protestó porque, en su opinión, tales actos solo podían favorecer a los enemigos de la República. A comienzos de 1933 suscribió el manifiesto de la Asociación de Amigos de la URSS. Al mismo tiempo, Endériz cambió de actitud respecto a Azaña y en su folleto titulado El Pueblo con Azaña glosó las excelencias del futuro presidente de la República. Presumiblemente Endériz se afilió a Unión Republicana, pero durante la Guerra Civil se mantuvo vinculado a sus antiguos compañeros anarcosindicalistas, pues publicó, entre otros periódicos, en Solidaridad Obrera, CNT, Umbral y Nuestra lucha.

Una vez terminada la contienda bélica, se instaló por algún tiempo en Toulouse. Después se trasladó a París, donde ­colaboró en algunos periódicos. Intervino también junto al padre Olaso en las emisiones en castellano de Radio París, popularizando el seudónimo «Tirso de Tudela», en un espacio titulado «La rebotica» en el que hablaba de política, arte, literatura, folklore y costumbrismo. Como escribe Sánchez-Ostiz:

Durante su exilio parisino mantuvo una estrecha amistad con César González-Ruano, quien lo retrató como un «navarro de vida agresiva y valiente, bastante desgarrada…» y lo calificó como «poeta hondo y natural, espontáneo» que «logró la máxima popularidad que puede tener un poeta de lo popular: la pérdida de su propio nombre en la boca del pueblo», refiriéndose a la faceta de Endériz de autor de jotas[2].

También participó en la creación de la revista I.B.E.R.O., de Ignacio Barrado, en la que escribió varios artículos poco antes de su muerte, ocurrida en 1951.

Si la faceta de Endériz como periodista ha sido estudiada, no sucede lo mismo con la de literato. Como escritor, el tudelano es autor de obras pertenecientes a muy diversos géneros; mencionaré los títulos más destacados: Abril, poesía (Barcelona, 1911); Lluvia de luz, poesía (Barcelona, 1912); Vengadoras, novela (Barcelona, 1912); Belmonte. El torero trágico (Madrid, s. a.); La Revolución rusa: sus hechos y sus hombres, con prólogo de Luis Araquistain (Madrid, s. a.); El mariscal Foch. Biografía (Madrid, 1918); La travesía del desierto y otros poemas, con prólogo de Enrique Gómez Carrillo (Madrid, 1920); Yo, asesino, novela (1922); Siete viajes por Europa (París, 1924); Guerra de autores (Madrid, 1935); Teruel (Barcelona, 1938); Fiesta en España (Toulouse, 1949); y El cautivo de Argel (Toulouse, 1949). Entre sus piezas teatrales (varias de las cuales fueron estrenadas en Barcelona, Madrid, París, Buenos Aires y México) se cuentan las tituladas La guitarra de Fígaro, comedia lírica con música de Pablo Sorozábal; Madamme Butterfly, drama en tres actos escrito en colaboración con Víctor Gabirondo; o la zarzuela Noche de guerra, en colaboración con Joaquín Roa y música de Rafael Millán. José María Corella Iraizoz valora el conjunto de su obra señalando que Endériz «es escritor de rica descriptiva y en su obra se aúnan felizmente la prosa y el verso»[3].

De toda esa producción literaria cabe destacar un par de títulos, Fiesta en España y El cautivo de Argel. Bajo el primer epígrafe se incluyen una serie de estampas costumbristas sobre las fiestas, músicas y bailes de España: «La corrida de toros», «La tonadilla», «Moros y cristianos», «La Verbena de San Antonio», «La Feria de Abril», «Corpus Christi», «La Romería», «Las Fiestas de San Fermín», «La saeta», «La habanera», «La sardana», «La guitarra», «Las Fallas», «El zortzico», «Las castañuelas», «El organillo», «La jota» y «La Noche de San Juan». Manuel Iribarren comenta que es «su mejor obra, donde se dan, en prosa y verso, estampas de las regiones, descripciones de fiestas profanas y religiosas, canciones y bailes, folklore en suma»[4].

En cuanto a El cautivo de Argel, es una novela corta sobre el cautiverio de Cervantes en los famosos baños de Argel: allí el cuerpo del ingenio complutense yace prisionero, pero disfruta de una libertad de pensamiento que en España —se indica— quizá no tendría, porque «la poesía desencadena y hace libres los espíritus, consuela los dolores y eleva el alma; puede, en fin, más que el más bárbaro verdugo y la más dura prisión» (p. 17b). El deseo de libertad y el canto a la amistad (a través del personaje del jardinero navarro Juan) constituyen los dos temas más destacados de la novelita. Ciertamente, no se trata de una novela de excepcional calidad literaria que evoque narrativamente el cautiverio de Cervantes en Argel. Sí ante una pieza curiosa e interesante, sin mayores pretensiones literarias, en la que lo esencial es la caracterización de Cervantes, como escritor y como cautivo anheloso de libertad. O, mejor: la identificación personal e íntima que se adivina —aunque no se explicita— entre el protagonista del relato, Cervantes, el cautivo de Argel, y el autor, Ezequiel Endériz, republicano español exiliado en Francia[5].


[1] «Amigo y colaborador de Blasco Ibáñez. Endériz fue un hombre de ideas progresistas y correligionario de Ángel Pestaña y del Noi del Sucre», escribe Miguel Sánchez-Ostiz, «Endériz Olaverri, Ezequiel», Gran Enciclopedia Navarra, Pamplona, Caja de Ahorros de Navarra, 1990, vol. IV, p. 290. Ver también Ángel García-Sanz Marcotegui, «E. Endériz (1889-1951) y V. Gabirondo (1884-1939). Dos exponentes del periodismo de la República y la Guerra Civil», en Manuel Tuñón de Lara (coord.), Comunicación, cultura y política durante la II República y la Guerra Civil. II Encuentro de Historia de la Prensa, Vitoria, Universidad del País Vasco-Servicio de Publicaciones, 1990, vol. 1, pp. 268-281; y Jesús Arana Palacios, «Más noticias sobre Ezequiel Endériz», Príncipe de Viana, año 54, núm. 199, mayo-agosto de 1993, pp. 483-499.

[2] Sánchez-Ostiz, «Endériz Olaverri, Ezequiel», p. 290. Recuerda también que «Fue el autor de varias coplas de jotas que más asiduamente cantaba Raimundo Lanas».

[3] José María Corella Iraizoz, Historia de la literatura navarra (Ensayo para una historia literaria del Viejo Reyno), Pamplona, Ediciones Pregón, 1973, p. 226.

[4] Manuel Iribarren, Escritores navarros de ayer y de hoy, Pamplona, Gómez, 1970, p. 81.

[5] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «El cautivo de Argel, de Ezequiel Endériz o de cómo “la poesía desencadena y hace libres los espíritus, consuela los dolores y eleva el alma”», en Emilio Martínez Mata y María Fernández Ferreiro (eds.), Comentarios a Cervantes. Actas selectas del VIII Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas. Oviedo, 11-15 de junio de 2012, Madrid, Fundación M.ª Cristina Masaveu Peterson, 2014, pp. 288-299.