«Linguae Vasconum Primitiae», de Bernard Dechepare

La expresión literaria escrita del vascuence es muy tardía: tenemos que esperar hasta el año 1545 para que un escritor, el bajonavarro Bernat Etxepare o Bernard Dechepare[1] (nacido en Eiheralarre, St. Michel le Vieux, en Garazi), nos ofrezca la primera obra publicada en lengua vasca, Linguae Vasconum Primitiae (Burdeos, 1545), que pese a su título latino contiene poesías en vascuence —en dialecto bajonavarro— pertenecientes a diversos géneros y de temas también varios (religioso, amoroso, autobiográfico, patriótico, etc.).

Portada de Linguae VasconumPrimitiae

Indica Fernando González Ollé que

Los tiempos modernos se inician para las letras navarras con una obra, escrita en lengua vasca, que ofrece la particularidad de ser el primer libro impreso en dicha lengua. Coincidencia meramente cronológica, pues esa obra, bajo cualquier aspecto que se la considere, salvo la actitud lingüística por ella sustentada, resulta ajena al espíritu y a las formas renacentistas. De otorgarle una adscripción literaria, tarea de incierto éxito, habría que vincularla con preferencia a la época medieval[2].

El único ejemplar conservado consta de veintiocho folios sin numerar y contiene diversas poesías (dos composiciones de tema religioso, diez amorosas, una que canta la libertad y dos de exaltación de la lengua vasca), que van precedidas por una dedicatoria en prosa a un mecenas, Bernard Lehete. En esas palabras preliminares, Dechepare muestra su extrañeza de que la lengua vasca no se haya puesto por escrito y explica su propósito de mostrar que es igual de idónea que otras («zeren ladin publika mundu guzietara berze lengoagiak bezala hain eskribatzeko on dela», «a fin de que fuera notorio a todo el mundo que es tan apta como las demás para ser escrita»). González Ollé recuerda que Dechepare ha sido considerado por la crítica escritor correcto, con un buen dominio del verso y capaz de manifestar sus sentimientos en forma sencilla, aunque su producción no logra alcanzar «grandes cumbres líricas»:

Su poesía se presenta con un inconfundible aire popular, a veces rudo, que llega fácilmente al lector. Queda patente la influencia de determinados himnos litúrgicos en algunas de las composiciones de contenido devoto, que exponen verdades de fe y recomendaciones piadosas, mientras que las de tema amoroso aparecen transidas a veces por un aire desenfadado. En estas se reflejan motivos literarios universales, tal el debate en defensa de las mujeres, las quejas del enamorado, el amante celoso, etc. [3]

Por su parte, Ángel Irigaray se sitúa con los críticos que atribuyen a sus poesías «indudable belleza y garra» Destaca que incluso hoy, después de más de cuatro siglos, se leen «bastante fácilmente y con sentida emoción»[4].

Los poemas de que consta el libro, traducidos sus títulos, son: «Doctrina cristiana» (450 versos), «Desengaño de amantes» (145 versos), «En defensa de las mujeres» (66 versos), «Coplas de casados» (40 versos), «El amante secreto» (28 versos), «Separación de amantes» (30 versos), «El amante celoso» (32 versos), «Petición de beso» (23 versos), «Requerimiento de amor» (48 versos), «Disputa de enamorados» (74 versos), «Vete de aquí en mala hora» (4 versos), «Desdén de la amada cruel» (56 versos), «La canción de Mosén Bernat Etxepare» (102 versos), «Contrapás» (40 versos) y «Saltarel» (19 versos). En el colofón se indica como desideratum: «Que este modesto principio tenga más feliz continuación». Estos son algunos versos pertenecientes a «Doctrina cristiana»:

Munduian den gizon orok behar luke pensatu
Jangoikoak nola duien batbedera formatu,
bere irudi propiara gure arima kreatu,
memoriaz, borondatez, endelguiaz goarnitu.

Todo hombre en este mundo debería pensar
que Dios ha formado a cada uno de nosotros,
ha creado nuestra alma a su propia imagen
y la ha dotado de memoria, entendimiento y voluntad.

Y estos otros pertenecen al famoso «Contrapás»:

Heuskara,
jalgi adi kanpora.

Garazi herria
benedika dadila,
heuskarari eman dio
behar duien thornuia.

Heuskara,
jalgi adi plazara.

¡Euskara,
sal fuera!

El país de Garazi,
¡bendito sea!,
él ha dado a la lengua vasca
el rango que le corresponde.

¡Euskara,
sal a la plaza!

Como escribe González Ollé,

Extremadamente alborozado se muestra Echepare al cerrar su obra con un panegírico del vascuence, al que pone —son sus palabras— por encima de todas las lenguas, ahora que, habiendo salido a la calle, gracias a la imprenta, va a disfrutar de días florecientes. Esta exaltación de la propia lengua materna permite atribuir a Echepare un rasgo netamente renacentista[5].

Hay algunas ediciones modernas de esta obra: por ejemplo, El primer libro impreso en euskera (año 1545). Reproducción facsímil del único ejemplar que se conoce de la edición príncipe, hoy en la Biblioteca Nacional de París. Con una introducción bio-bibliográfica de Nicolás de Alzola Guerediaga y la primera edición castellana debida a Lino de Aquesolo y Olivares (Bilbao, la Gran Enciclopedia Vasca, 1966); y Linguae vasconum primitiae (1545-1995) (Bilbao, Real Academia de la Lengua Vasca-Euskaltzaindia, 1995).


[1] Son muchas las formas en que se escribe su nombre: Bernat (Bernard, Beñat) Etxepare, Bernard Dechepare (Echepare), Bernat Detxepare, Bernardum Dechepare en latín, Bernard Detchepare según la actual ortografía francesa, etc.

[2] Fernando González Ollé, Introducción a la historia literaria de Navarra, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dirección General de Cultura-Institución «Príncipe de Viana»), 1989, p. 79.

[3] González Ollé, Introducción a la historia literaria de Navarra, p. 80.

[4] Ángel Irigaray, Escritores navarros en «euskara», Pamplona, Diputación Foral de Navarra (Dirección de Educación), 1980, p. 8.

[5] González Ollé, Introducción a la historia literaria de Navarra, p. 80.

Literatura hebraica en Navarra: Yehudah ha-Levi

(Dedico la entrada de hoy a Shai Cohen, doctorando del GRISO promotor y mantenedor de esta red de blogs que forman la GRISOSFERA.)

La ciudad de Tudela, y en concreto su judería (la más importante de Navarra), fue el lugar de nacimiento de tres navarros ilustres y universales: Yehudah ha-Levi, Abraham ibn Ezra y Benjamín de Tudela. Hemos de tener presente que la cultura hispano-judía alcanzará un gran desarrollo en torno al reino de taifa de los Banu Hud en Zaragoza y que Tudela sería una prolongación de la taifa zaragozana hasta el año 1119 en que es incorporada a la Cristiandad por Alfonso I el Batallador. «Tudela, la Tutila de al-Andalus —escribe José María Corella—, florón sobresaliente del reino taifa de Zaragoza de los Banu Hud, es la cuna de la literatura de nuestra tierra y hasta el presente, considerándose en bloque la trayectoria histórica de la literatura en Navarra, nadie puede discutirle la capitalidad de las letras navarras»[1].

En los tres judíos tudelanos mencionados vamos a encontrar representados, respectivamente, los campos de la poesía, la ciencia y la literatura de viajes. En conjunto, sus obras constituyen una singular aportación al mundo cultural de ese momento. Los tres escritores nacieron en Tudela en una franja temporal de unos cincuenta años, en un momento que los estudiosos califican como de verdadera Edad de Oro para la comunidad judía. Sin embargo, los tres personajes, inteligentes y cultivados, verdaderos ilustrados para la época, emigraron a centros culturales de otros lugares y fueron embajadores del acervo de la comunidad hispana en toda Europa. Hoy me aproximaré brevemente al primero de ellos, quedando para futuras entradas el examen de las figuras de Abraham ibn Ezra y Benjamín de Tudela.

Monumento a Yehudah ha-Levi

Yehudah ha-Levi (Yehudah ben Samuel ha-Levi, cuyo nombre se transcribe también con otras grafías: Yehudah Halevi, Yehudá ha-Leví, Judah Halevi…), nacido en Tudela hacia el año 1070, fue llamado por Menéndez Pelayo «príncipe de los poetas hebraico-hispanos»; también en opinión de Fernando González Ollé es «el mejor poeta hispanohebreo». Se le ha conocido con el sobrenombre de «El castellano», porque durante cierto tiempo se le creyó natural de Toledo (la confusión tiene su origen en el parecido de las grafías árabes de Toledo y Tudela). Cultivador de temas religiosos y profanos, sus composiciones se clasifican en diversas categorías: poesías báquicas, amorosas, florales, festivas, enigmáticas, de amistad, latréuticas (de glorificación al Creador), del mar, epitalámicas… Del conjunto de su producción cabe destacar las Siónidas (poesía sagrada) y el Qesudá o Himno de la Creación, composición que sigue el Salmo 104. «En ella canta a Dios y a los reinos de la creación con una gran densidad de conceptos bíblicos, hallándose estructurada en series rítmicas pareadas», escribe Corella[2], para quien esta obra, la más famosa y universalmente conocida de Yehudah ha-Levi, es también «lo mejor de toda la literatura hebraicoespañola».

Retrato de Yehudah ha-Levi

Merece la pena transcribir aquí un par de textos poéticos de Yehudá ha-Leví. En primer lugar, una poesía amorosa (son poemas que suelen centrarse en la descripción de la belleza o el recuerdo de la amada, equiparada muchas veces a una cierva o gacela):

La cierva lava sus vestidos en las aguas
de mis lágrimas y los tiende al sol de su esplendor.
No precisa agua de manantiales, pues tiene mis ojos,
ni sol, con la belleza de su figura.

 El segundo texto es un poema báquico, que canta al vino:

Las copas sin vino son pesadas,
son arcilla como las vajillas de barro,
mas al llenarlas de vino se hacen leves
lo mismo que los cuerpos con las almas.

Estos poemas, que reproduzco en traducción española, los compuso Yehudah ha-Levi en hebreo. Pero también se le recuerda como autor de varias cancioncillas o jarchas. Las jarchas son la primera muestra de una manifestación literaria en lengua romance peninsular (son asimismo el testimonio más antiguo de poesía lírica en una lengua románica). Las jarchas han llegado hasta nosotros en escritura hebrea o árabe. No son composiciones autónomas, sino estrofas que cierran a modo de estribillo o finida los poemas llamados muwassahas o moaxajas, cuya composición inició Muqqadam ibn Muafa, el Ciego de Cabra. He aquí tres jarchas de Yehudah ha-Levi, con su correspondiente versión en castellano actual:

Des kuand mieu Cidiello vénid,
tan buona albixara!,
com’rayo de sol éxid
en Wadalachyara.

Cuando mi Cidiello llega,
¡qué buenas albricias!,
como rayo de sol sale
de Guadalajara.

Bayse meu qorazón de mib.
¡Ya Rabb, si se me tornarad!
¡Tan mal me dóled li-l-habib!
Enfermo yed: kuand sanarad?

Vase mi corazón de mí.
¡Ay, Señor, si se me volverá!
¡Tanto dolor por el amigo!
Enfermo está: ¿cuándo sanará?

Garid bos, ay, yermanellas,
kom kontener he mew male.
Sin el-habib non bibreyo:
ad ob l’irey demandare?

Decid vos, ay, hermanitas,
cómo contendré mi mal.
No viviré sin mi amigo,
¿adónde le iré a buscar?

Con estas palabras valora José María Corella la aportación lírica del poeta judeo-navarro:

Todo en la poesía y en la obra de Yehudá ha-Leví […] nos habla de un carácter amable, cortés y suave, fácil a los encantos con que le brinda la naturaleza, la juventud, los amigos con cuyo trato se deleita. Conforme los años discurren y la mayor parte de los amigos de su juventud van desfilando bajo las sombras de la muerte, un acento de mayor gravedad se delinea en sus escritos. Es el alma de un poeta, herida por dolores y recuerdos, por experiencias y nostalgias, que madura en sazón sublime de aromas y sentidos sentimientos. El espectáculo de la triste situación de su pueblo (ese pueblo que fue elegido de Dios y tomó en depósito los más altos destinos), sujeto a continuos desmanes y atropellos fuera del oasis que los reinos del norte brindaban, llena de dolor el corazón de este navarro judío y poeta. Pero no encontramos en él ningún atisbo de desaliento. Yehudá es cantor excelso de la esperanza, una esperanza que reside en la nobleza del alma curtida en la afirmación de la más depurada espiritualidad bíblica. Por eso encontramos en su poesía la contraposición de la perenne belleza del alma con la caducidad de las cosas mundanas. Su poesía, ante todo y sobre todo, es una poesía moral entonada a través de la más cálida emoción bíblica y que huye de cualquier tópico de corte moralista y estoico[3].

Yehudah ha-Levi es autor también de una obra filosófica, el tratado titulado Kuzari o Libro de la prueba y del fundamento sobre la defensa de la religión despreciada, de enorme importancia en la apologética judaica, y que ejerció poderosa influencia en títulos concretos de don Juan Manuel y de Raimundo Lulio. Corella (y con sus palabras cerraré mis comentarios) nos ofrece un resumen de su contenido:

Obra apologética, moldeada sobre un cañamazo de clásica estirpe oriental, tenía el prestigio de un hecho histórico: un rey —el de los Kuzares—, lleno de buena fe en sus obras, pero envuelto en la ignorancia del paganismo, siente la necesidad de remontarse a la verdadera religión. A tal efecto, procura ser instruido en la de los cristianos, en la de los musulmanes después, y, por fin, viendo la base bíblica en que descansan ambas, acude a un sabio judío, quien le conquista para su religión y le instruye en la misma, solventándole las dificultades de toda índole que asaltan al regio neófito»[4].


[1] José María Corella, La literatura y los escritores hebraicos en Navarra, Pamplona, Diputación Foral de Navarra (Dirección de Educación), 1980, p. 12.

[2] Corella, La literatura y los escritores hebraicos en Navarra, p. 12.

[3] Corella, La literatura y los escritores hebraicos en Navarra, p. 13.

[4] Corella, La literatura y los escritores hebraicos en Navarra, p. 15.

Semblanza de Ignacio Arellano, corellano ilustre y universal

Hoy 29 de septiembre, día de San Miguel, entregaban al Prof. Ignacio Arellano el premio como Corellano del Año 2012 (Corella, ciudad de la Ribera de Navarra, es su localidad natal), y con tal motivo me pidieron que escribiera unas líneas acerca de él. Como fácilmente se comprenderá, no deja de ser un compromiso, y además grande, trazar una semblanza de quien es tu jefe: en primer lugar, porque se corre el riesgo de no acertar; y también, entre otras razones más, porque nunca faltará algún malpensado que, al leer la tal semblanza (donde a la fuerza habré de echarle algunas flores), quiera ver en ello un intento manifiesto y no nada sutil de hacerle la pelota… Y es que, al hablar de Ignacio, los elogios son forzosamente necesarios, pero no por ello espero ver aumentada mi nómina al final de mes… Con estas necesarias advertencias preliminares, paso a reproducir el texto escrito para la ocasión, incluido en el programa de fiestas de la Peña «El Tonel», y que es como sigue:

La verdad es que me ponen en un compromiso cuando me piden que escriba una semblanza de Ignacio Arellano en la que plasme «algún recuerdo que te haya contado de su localidad, de su familia, de su experiencia como profesor, algo entrañable que quieras destacar». Ciertamente, no me causaría demasiado problema trazar el perfil académico del profesor Arellano, Catedrático de Literatura Española, Director del Grupo de Investigación Siglo de Oro (GRISO) de la Universidad de Navarra, profesor visitante en numerosas universidades de todo el mundo, autor de unos ciento sesenta libros sobre literatura española y de más de trescientos artículos en revistas científicas, miembro de las Academias de la Lengua española de Chile y Bolivia, etc. Eso sería bastante fácil, pero no es eso exactamente lo que se me pide, sino una semblanza más personal, pensada para un público corellano, y eso resulta ya un poco más complicado.

La personalidad de Ignacio Arellano, como el teatro del Siglo de Oro que él tan bien conoce, presenta muchas facetas: está, por supuesto, la figura académica de profesor e investigador, siempre rodeado de libros que se leen por gusto o por obligación (a veces por ambas razones a la vez), y siempre escribiendo sobre aquello que se ha leído (también en su perfil de Facebook o en su blog personal, «El jardín de los clásicos»). Muy ligada a la anterior va la faceta del viajero/aventurero que continuamente se desplaza a los más variados puntos del globo terrestre. No hay que olvidar tampoco su calidad de poeta, aspecto este quizá desconocido para muchos: no es que se prodigue demasiado en este terreno, ni por supuesto él va por la vida ejerciendo de poeta, pero burla burlando ahí están sus tres poemarios ya publicados: Vivir es caminar breve jornada (1991), Canto solo para Lisi (1997) y Los blues del cocodrilo (2006), en los que es fácilmente detectable la influencia de los clásicos. Y luego está, en fin, el aspecto más íntimo del hombre en su entorno familiar y de amistades. Así pues, a la fuerza ha de ser esta la semblanza de un hombre con múltiples perfiles: profesor e investigador infatigable, lector empedernido, viajero y aventurero, poeta, bloguero… y también hombre de su casa y de su familia. Y es que Ignacio Arellano abarca mucho y, contradiciendo el refrán, aprieta también mucho en todo lo que abarca.

De su actividad académica no diré mucho. A sus alumnos de la Universidad puede transmitir quizá la imagen de un profesor serio y reservado. Sin embargo, cuando lo has tratado de cerca, esa impresión cambia por completo. Podría decirse que Arellano gana en las distancias cortas y así, cuando hay confianza, aparece enseguida el hombre cercano, buen amigo de sus amigos, preocupado siempre por los demás, que hace gala de buen humor y de una fina ironía muy quevediana (una tesis doctoral sobre el satírico autor barroco imprime carácter…). Rasgos destacados de su personalidad son su brillante inteligencia, su inagotable capacidad de trabajo (es un verdadero currela del Siglo de Oro), su visión siempre clara y atinada a la hora de analizar las cosas. También eso que ahora llaman capacidad de liderazgo, y que toda la vida se ha dicho saber mandar: en efecto, el profesor Arellano manda, y manda mucho, pero es que para mandar hay que saber hacerlo. Él es, sin duda alguna, el motor central que pone en marcha la compleja maquinaria del GRISO… Pero no me quiero extender más en esto, para que no se diga que la semblanza se sale de unos límites razonables y pasa al terreno del panegírico.

Es Arellano lector insaciable, y con una prodigiosa y envidiable memoria: no es solo que haya leído muchísimo, sin descanso; es que recuerda con detalle los personajes, temas, datos y circunstancias de todas sus lecturas. En las conversaciones de sobremesa, no le gusta hablar de las oposiciones ni de otras batallitas académicas al uso, sino de aquello que verdaderamente le apasiona: los libros, las películas, la música, los viajes, la vida…; y de los libros, no solo los clásicos, sino también la novela negra o el género de la ciencia ficción. En cierta ocasión le preguntaron en una entrevista para Nuestro tiempo: «¿Vd. no sale de casa sin…?», y su sabia respuesta fue: «Sin un libro, por lo que pueda pasar…».

Hablar de aspectos familiares, y sobre todo de su relación con Corella, es más complicado para mí, pero saldré del paso recurriendo a su propio testimonio recogido en un poema dedicado a su amigo Javier Peñas, donde enumera una serie de materiales para elaborar una composición poética, los cuales son recuerdos y vivencias personales: «las campanas de fiesta, el camino del río»; «mi padre, que cantaba la misa de Perossi (yo empujando el fuelle del órgano en el coro)»; «una trilla nocturna, lejana, con mi abuelo Esteban»; «paisaje con mi caballo en el Ontinal, un gran álamo blanco riberas del Alhama»; «los cerezos en flor, sin hojas, con abejas, el pino de la huerta repleto de pájaros, la hierba quemada, aquel olor»; «la trombosis de mi madre, el invierno, las botas coloradas de mi padre, de media caña, de cuero fino». Son instantáneas de la memoria íntima o, como se indica en el propio poema, «una especie de mosaico de motivos, más o menos articulados por la nostalgia». Hombre preocupado por la familia (esposa, cinco hijos…), así lo constata el final de esa misma composición, que se entrevera con un eco quevediano: «y la belleza mortal de tu perfil / y la estatura creciente de nuestros hijos / y las azadas del momento y de la hora / y mi temerosa y frágil felicidad, / etc.».

Recordaré que Ignacio siempre comenta que la India, el país que más le ha atrapado, le gusta tanto porque le recuerda su infancia rural en Corella: la labranza y la cosecha, los aperos y trabajos del campo, los viejos oficios artesanos… No en balde inició la carrera de ingeniero agrónomo, y ahora su huerta en Belascoáin constituye uno de sus lugares predilectos de descanso y desconexión del trabajo, un verdadero locus amoneus. Hombre de gustos sencillos (nada de refinados manjares; de postre, siempre fruta…), su vieja cartera de cuero (la última que fabricó el Cabecilla, el último guarnicionero que hubo en Corella) le ha acompañado, repleta de libros, en sus innumerables viajes, que le han llevado desde Pelechuco o las selvas del Madidi en Bolivia hasta el interior de Senegal, pasando por Cúcuta, Cuzco, Fez o Arunachal Pradesh, entre otros muchos destinos. En todos esos sitios la gente se ha enterado de algunas noticias sobre el Siglo de Oro, y de que el profesor Arellano venía de Corella, una ciudad española en la Ribera de Navarra.

Las líneas precedentes constituyen una de las muchas semblanzas posibles de Ignacio Arellano; alguien que la escribiese desde Corella habría podido aportar un enfoque diferente (más topónimos y apodos, viejas anécdotas de sabor local…). Sea como sea, el profesor Arellano, Ignacio, es sin lugar a dudas un corellano ilustre y universal, y aunque sus viajes lo llevan con frecuencia muy lejos de su ciudad natal, estoy seguro de que, esté donde esté, lleva siempre a Corella en su corazón.

Algunas notas sobre Cervantes y Navarra

El objetivo de esta entrada[1] es rastrear la presencia de Navarra en la vida y en la obra de Cervantes. Las huellas estrictamente biográficas apenas existen, pues sus andanzas no lo trajeron a tierras navarras, aunque sí hay, como veremos, algunos navarros que se cruzaron en su vida. Por lo que toca a las huellas literarias, tampoco las menciones de temas y personajes navarros en la obra cervantina son importantes, pero sí debemos poner en relación a Cervantes con algunos escritores como Jerónimo Arbolanche, Julián de Medrano o Juan Huarte de San Juan.

Seguramente fueron más los navarros con los que se topó Cervantes a lo largo de su intensa vida (en la milicia y en su largo deambular por las tierras españolas), pero hay dos que desempeñaron un papel de cierta consideración en sendos momentos de su peripecia vital: me refiero al jardinero Juan y al noble Ezpeleta. En efecto, en el segundo intento de fuga de Argel (septiembre de 1577) le ayudó un jardinero llamado Juan, natural de Navarra, que era cautivo del renegado griego Hazán: durante cinco meses mantuvo ocultos a Cervantes y catorce cristianos más en una gruta del jardín del alcaide de Argel pero, traicionados por un renegado de Melilla conocido como el Dorador, serían descubiertos el 30 de septiembre; el esclavo navarro pagaría con su vida el intento de ayudar a Cervantes a recuperar su libertad (moriría ahorcado, en medio de grandes tormentos, el 3 de octubre).

Si damos un salto hasta 1605, nos encontramos con el “asunto Ezpeleta”. La Primera Parte del Quijote, recién publicada, está alcanzando una enorme popularidad, pero el éxito literario se ve empañado por la amarga experiencia de un nuevo paso por prisión: Cervantes sufre un breve encarcelamiento (del 29 de junio al 1 de julio) como consecuencia de un crimen cometido a la puerta de su casa en Valladolid: allí quedó malherido el caballero navarro don Gaspar de Ezpeleta; el verdadero culpable era, al parecer, un alguacil de Corte, y la justicia miró hacia otro lado para permitir que escapara impune: se emborronó todo el proceso y se ordenó encarcelar a todos los inquilinos de la casa (el proceso judicial, por cierto, nos brinda noticias interesantes sobre el escritor y su familia).

A continuación consideraré la relación de Cervantes con tres escritores navarros del momento: Arbolanche, Medrano y Huarte de San Juan. Jerónimo Arbolanche (h. 1546-1572) es autor de Las Abidas (Zaragoza, en casa de Juan Millán, 1566), una obra ambiciosa —pero fallida— en la que se mezclan elementos pastoriles, bizantinos, caballerescos, mitológicos, rasgos épicos, líricos, alegóricos, digresiones eruditas y geográficas, etc. En cierto sentido, Arbolanche fue un precursor de Cervantes en la mezcla de géneros literarios, aunque sin su genio, de ahí que no lograra la armoniosa integración de todos esos materiales, de los distintos géneros y estilos narrativos de la época (ese intento lo culminaría felicísimamente en 1605 el ingenio complutense). Sin embargo, Las Abidas es una obra cargada de tanta vanidad literaria como erudición, y seguramente por esta razón Cervantes presenta a Arbolanche en el Viaje del Parnaso (1614) como adalid de las huestes de los malos poetas que asaltan el monte: “El fiero general de la atrevida / gente, que trae un cuervo en su estandarte, / es Arbolánchez, muso por la vida” (VII, vv. 91-93). Además, el hecho de que hubiera fallecido varias décadas atrás evitaba el problema de una posible réplica.

Retrato de Jerónimo Arbolanche

En 1583 aparecía en París La silva curiosa de Julián de Medrano, quien se presenta como caballero navarro. Esta obra asimilable a las misceláneas renacentistas volvió a publicarse en París en 1608, “corregida en esta nueva edición, y reducida a mejor lectura por Cesar Oudin”, con la novedad ahora de la inclusión al final de la Novela del curioso impertinente de Cervantes, sin ningún tipo de indicación respecto a la autoría. Fijándose únicamente en el año de la primera edición, el abate Pedro Estala atribuyó el Curioso a Medrano (en el Correo de Madrid, o de los ciegos, del 3 de noviembre de 1787), error que pronto fue corregido por el académico Tomás Antonio Sánchez.

Portada de La silva curiosa de Julián de Medrano

En fin, se ha estudiado la influencia del Examen de ingenios para las ciencias (1575) de Juan Huarte de San Juan en el Quijote: su lectura pudo guiar a Cervantes a la hora de trazar el carácter de su cuerdo-loco hidalgo manchego. Fue Rafael Salillas, en un libro de 1905, quien más insistió en las deudas contraídas por el alcalaíno con el tratado del navarro de Ultrapuertos.

Portada de Examen de ingenios para las ciencias

Por lo demás, queda todavía materia para una próxima entrada: las obras de Cervantes y Navarra, y también las huellas cervantinas en la producción de distintos escritores navarros, hasta nuestros días.


[1] Sintetizo aquí algunos aspectos de mi ponencia «Cervantes y Navarra: huellas vitales y literarias», leída en el Congreso Internacional «El Quijote en Buenos Aires», Asociación de Cervantistas-Universidad de Buenos Aires (Instituto de Filología Dr. Amado Alonso), Buenos Aires, Biblioteca Nacional de Argentina, 20-23 de septiembre de 2005.

Miguel de Dicastillo, poeta cartujo tafallés del siglo XVII

Comenta José María Romera que el siglo XVII en Navarra no es demasiado abundante en escritores, por lo menos si se compara con la exuberancia que conoce en este momento el conjunto de la literatura española. Sin embargo, ha puesto de relieve también que las escasas muestras del Barroco literario en Navarra «alcanzan una muy estimable calidad, de modo particular en la poesía»[1], terreno en el que brillan con luz propia las figuras de José de Sarabia (autor de la «Canción real a una mudanza», al que ya dediqué una entrada anterior) y Miguel de Dicastillo, cartujo tafallés que cultiva la poesía religiosa. En efecto, estos son los dos poetas principales que podemos encontrar en nuestro recorrido por la historia de la poesía en Navarra en el siglo XVII, si bien todavía podremos añadir (en próximas entradas) algunos nombres más.

El P. Miguel de Dicastillo (Tafalla, 1599-Cartuja de El Paular, 1649), religioso cartujo, es autor de Aula de Dios, cartuja real de Zaragoza (Zaragoza, por Diego Dormer, 1637), poema con forma didáctico-descriptiva, en silvas, del que ya hablara elogiosamente Ticknor. Zalba conjeturaba que tal vez antes de ser religioso Dicastillo pudo escribir otro tipo de versos[2], que él llamó profanos, pues se arrepiente de ellos en su Aula de Dios: «y lloro renovando la memoria / de cuando yo algún día / cantar versos solía / de finezas humanas». Sin embargo, esta indicación podría responder igualmente a un mero tópico literario.

Portada de Aula de Dios

Pertenece Aula de Dios al género barroco del poema descriptivo, y cabe destacar que Dicastillo se anticipa en algunos años a la obra más característica del corpus, el Paraíso cerrado (1652) de Soto de Rojas. Su tema nuclear es el del desengaño barroco, pues en lo esencial se trata de una invitación del yo lírico a un destinatario interno del poema para que este abandone el ajetreo de la vida mundana y se retire al claustro para llevar una vida libre de preocupaciones y plenamente gozosa, en contacto permanente con la naturaleza y con su Creador.

En los versos de Dicastillo se aprecia cierta influencia gongorina (González Ollé la detecta «tanto en sintaxis y léxico como en motivos concretos»[3]), aunque limitada. Otros rasgos estilísticos que deben ser mencionados son su erudición y conocimiento de la cultura de la Antigüedad, la presencia de situaciones y motivos contemporáneos vueltos a lo divino y el acertado tono poético, mantenido —con algunos altibajos— a lo largo del poema, que hacen de este olvidado poeta navarro un escritor digno de mayor atención.

Afirma González Ollé que «queda asimismo patente la calidad poética de esta obra, pese a seguir los convencionalismos propios de un género que los tiene muy estrictos», y concluye: «A mi juicio, Aula de Dios ha de inscribirse en el parnaso navarro como la obra de más prolongado y sostenido aliento poético, con las inevitables desigualdades debidas a su extensión»[4].

Existe una edición facsímil de Aula de Dios, cartuxa real de Zaragoza (Zaragoza, Pórtico, 1978), con un estudio preliminar de Aurora Egido, donde se pueden encontrar más detalles sobre Dicastillo, su poema y su contexto genérico. Por mi parte, he dedicado un par de trabajos al cartujo navarro, donde el lector interesado podrá encontrar un análisis más detenido de su poema y su estilo, al que he aplicado la etiqueta de «culteranismo cartujo»[5]. Ahora, como mínimo ejemplo de ese estilo poético de Miguel de Dicastillo (empleo de términos cultistas, versos bimembres…), recordaré únicamente esta descripción poética del amanecer:

Despierto, pues, con las cantoras aves,
cuando con dulces voces y süaves,
después de haber templado en los jazmines
los picos amorosos, los clarines,
que celebren de Febo
el primer rosicler, el rayo nuevo…


[1] José María Romera Gutiérrez, «Literatura», en AA. VV., Navarra, Madrid, Editorial Mediterráneo, 1993, p. 179b.

[2] Ver José Zalba, «Páginas de la historia literaria de Navarra», Euskalerriaren Alde, XIV, 1924, p. 354.

[3] Fernando González Ollé, Introducción a la historia literaria de Navarra, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dirección General de Cultura-Institución «Príncipe de Viana»), 1989, p. 122.

[4] González Ollé, Introducción a la historia literaria de Navarra, p. 122.

[5] Ver Carlos Mata Induráin, «El “culteranismo cartujo” de Aula de Dios (1637), de Miguel de Dicastillo», Río Arga, núm. 103, tercer trimestre de 2002, pp. 20-26; y «“De flores intrincado laberinto”: el jardín poético de Aula de Dios (Zaragoza, 1637) de Miguel de Dicastillo», en María Luisa Lobato y Francisco Domínguez Matito (eds.), Memoria de la palabra. Actas del VI Congreso de la Asociación Internacional Siglo de Oro, Burgos-La Rioja, 15-19 de julio de 2002, Madrid / Frankfurt, Iberoamericana / Vervuert, 2004, vol. II, pp. 1303-1315.

La producción narrativa de Manuel Iribarren

En una entrada anterior trazaba una semblanza general del escritor navarro Manuel Iribarren (Pamplona, 1902-1973), en la que recordaba los principales datos de su vida y los relativos a su obra no narrativa. Quedaría, para completar el panorama de su producción, ofrecer un breve comentario de sus novelas.

La primera que publicó Manuel Iribarren fue Retorno (Madrid, Espasa Calpe, 1932). Melchor Fernández Almagro vio en esta obra «la vuelta de la novela española hacia el realismo tradicional». La acción coincide con la peripecia vital del protagonista, Ignacio Quintana Azpiri, a quien las circunstancias (su relación con los poderosos Pumariño) obligaron a escapar de su pueblo. Tras una azarosa vida en América, parece alcanzar la dicha en su matrimonio con María, pero al tiempo, y ya de vuelta en España, destroza esa felicidad familiar al caer en una vida de degradación y vicio. La enfermedad y muerte de su hijo Santiago será el revulsivo que despierte su conciencia y le haga regresar al hogar y a la fe religiosa que había perdido (a esto alude el título). La crítica ha puesto de relieve el tono costumbrista de la novela, aspecto en el que cabe destacar la descripción de las fiestas de San Fermín en el Pamplona del año 1931. Retorno tuvo una segunda edición (Barcelona, Lauro, 1946) en la que el autor retocó algunos pasajes demasiado crudos del texto de 1932.

La segunda novela, La ciudad (Santander, 1939), fue calificada de «verdadera epopeya moderna» y conoció pronto los honores de la traducción. Narra la peripecia vital de Elena, mujer por la que se interesan tres hombres, Fernando, Germán y Pablo, que representan tres tipos distintos de amor. Fechada en los años 1935-1936, tiene como escenario el Madrid de la guerra civil. Más adelante el autor rehízo la novela en Encrucijadas (Madrid, Aguilar, 1952): se aprovechan aquí varios personajes y parte de la acción, si bien la peripecia sentimental de Elena se completa ahora a través de su relación con José María Lizarraga, un navarro al que la guerra le ha arrebatado a su novia Nieves. En fin, se ve que el personaje de Elena interesó grandemente a su autor, porque existe una continuación, El tributo de los días (Madrid, Editora Nacional, 1968), en la que Elena rehace su vida al casar con Agustín y trasladarse a vivir a un pueblo navarro a orillas del Ebro (de hecho, en un borrador que se conserva la novela figura bajo el epígrafe de La tierra, el amor y el río).

Cubierta de El tributo de los días

El mismo año de 1939 publicó Iribarren en la colección «La novela del sábado» Símbolo, un relato breve amplificado después en Pugna de almas (1944), novela que simboliza la partición de España durante la guerra civil en el enfrentamiento de dos hermanos, Miguel y Lorenzo, opuestos en sus ideas políticas y rivales además por el amor de María. La madre de los jóvenes (que significativamente se llama Dolores) es símbolo de una España dividida en dos mitades antagónicas que se enfrentan en cruel contienda, hermanos contra hermanos.

En mi opinión, la mejor novela de Manuel Iribarren es San Hombre (Madrid, Editora Nacional, 1943). Como reza su subtítulo, la obra analiza el Itinerario espiritual de Martín Vidaurre, un hombre corriente (un artesano de una pequeña ciudad, Pamplona) perseguido por la desgracia, una persona a la que la vida ha zarandeado duramente: de sus tres hijos, el varón ha muerto fusilado en la guerra civil, mientras que, de las dos hijas, una se ha alejado de la familia para vivir los difíciles tiempos de la guerra en Barcelona y la otra está afectada por una grave enfermedad. A pesar de todas estas desgracias y contrariedades, Martín se mantiene siempre fiel a sus creencias tradicionales, dando prueba de su entereza moral y su confianza en Dios. Antonio Marichalar la definió como «la novela de Pamplona», y también en ella encontramos algunas animadas escenas sanfermineras.

La novela que cierra el ciclo narrativo de Iribarren (dejando aparte sus cuentos, como alguno que publicó en Pregón) es Las paredes ven (Valencia, Prometeo, 1970). Se centra en el personaje de José Javier Almándoz, en torno al cual aparecen otras historias y otros personajes: su exnovia Ana Mari, el triángulo amoroso formado por Andresa, Lázaro y Susana, etc. La obra tiene cierto tono policiaco en tanto en cuanto se abre con la muerte de la citada Andresa, y parte de la intriga consistirá en aclarar si se trató de un suicidio o de un crimen pasional.

Cubierta de Las paredes ven

Además, Manuel Iribarren dejó inédita[1] otra novela, El miedo al mañana, que es una relaboración ampliada de un texto titulado El egoísta.

Características generales de las novelas de Manuel Iribarren son el empleo de una técnica que puede definirse en líneas generales como realista, cierta tendencia al costumbrismo (sus novelas están ambientadas preferentemente en Navarra, aunque algunas acciones suceden también en Madrid, donde el autor vivió varias temporadas) y el análisis introspectivo de personajes a los que se les plantean graves casos de conciencia. Esta última circunstancia hace que, en muchas ocasiones, la novela se convierta en instrumento para la transmisión de una enseñanza moral, acorde con las ideas conservadoras y tradicionales del autor, en especial con sus sentimientos cristianos. En suma, la obra de Manuel Iribarren es bastante extensa y rica y merece, indudablemente, un estudio monográfico de conjunto, que hasta la fecha no existe.


[1] Agradezco a la familia de Manuel Iribarren, en especial a su viuda doña M.ª Ángeles Santesteban Iribarren y a su hijo, Santiago Iribarren Santesteban, su generosa amabilidad al facilitarme el acceso a los numerosos y muy interesantes inéditos literarios que se conservan en el archivo del escritor.

Vida y obras de fray Diego de Estella (1524-1578)

La prosa ascético-mística está representada, en el caso de los escritores navarros, por fray Diego de Estella, Pedro Malón de Echaide y Leonor de Ayanz. A estos tres autores en castellano se les sumará, ya en el siglo XVII, Pedro de Axular, cuyo idioma de expresión es el vascuence. No sin cierta exageración escribía José Zalba que

Junto a los nombres de los Luises de Granada y de León, de Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz y Fr. Juan de los Ángeles, que tanto sublimaron la mística y la ascética, tenemos en Navarra dos que no desmerecen de aquéllos: son el franciscano Fr. Diego de Estella y el agustino Fr. Pedro Malón de Echaide[1].

Hoy repasaré la vida y obras del primero de ellos, fray Diego de Estella.

Fray Diego de Estella

La situación que conoció Estella en el siglo XVI, tras las guerras civiles y episodios bélicos de la centuria anterior en Navarra, era de bonanza. Existía en la ciudad un estudio de Gramática y funcionaba una imprenta instalada a instancias de Miguel de Eguía. Tal sería el lugar de nacimiento del franciscano fray Diego de Estella (Estella, 1524-Salamanca, 1578), conocido especialmente como autor del Libro de la vanidad del mundo. Su nombre en el siglo era Diego de San Cristóbal-Ballesteros y Cruzat de Ortiz Eguía y Jaso. Estudió en la Universidad de Toulouse, cuyas aulas frecuentaban muchos estudiantes navarros, y Teología en Salamanca, donde coincidió con fray Luis de León y Francisco de Vitoria. Teólogo de Felipe II, se incorpora a su Corte entre 1565 y 1569 y en ella fue predicador y consultor. Más tarde se distanció del monarca por el dispendio que suponían las obras de El Escorial.

Sus obras escritas en castellano son Tratado de la vida, loores y excelencias del glorioso Apóstol y bienaventurado Evangelista San Juan (Lisboa, 1554), Libro de la vanidad del mundo (Toledo, 1562; Salamanca, 1574 y Salamanca, 1576) y Meditaciones devotísimas del amor de Dios (Salamanca, 1576); mientras que entre sus títulos latinos se cuentan In Sacrosanctum Jesu Christi Domini Nostri Evangelium secundum Lucam Enarrationes (Salamanca, 1574-1575); Modus concionandi et explanatio in Psalmum centesimum trigesimum sextum (Super Flumina) (Salamanca, 1576).

En su Libro de la vanidad del mundo, que fray Diego dedica a doña Juana, infanta de las Españas y princesa de Portugal, reflexiona el franciscano sobre las frivolidades mundanas, que son «vanidad de vanidades». La obra consta de tres partes, de cien capítulos cada una. Cien son también las Meditaciones devotísimas del amor de Dios, que Menéndez y Pelayo, «tan adverso de ordinario a los escritores navarros» en opinión de Zalba[2], elogia indicando que son «un braserillo de encendidos afectos». A juicio de su editor moderno, se trata de «uno de los libros más hondos, más regalados y elocuentes que se han escrito en castellano»[3]. Ricardo León ha destacado, en efecto, su alegría vehemente y su impulso lírico, frente al «seco y prolijo tratado» de «amarga sabiduría» que es el Libro de la vanidad del mundo, obra sin embargo de fray Diego mucho más popular y difundida:

Las Meditaciones devotísimas —opina— constituyen un florilegio teológico, una filosofía del Amor, pero no en forma abstracta, según los procedimientos de la Escuela, sino al modo espontáneo, artístico y familiar, henchido de emoción, extasiado en el sentimiento de la naturaleza, lleno de imágenes sensibles, con que gustan expresar sus amartelados pensamientos los discípulos del Santo de Asís. Obra a la vez de ciencia y de arte, de poesía y de piedad, es un breviario para todas las almas, lo mismo para aquellas que siguen caminos de perfección como para esotras avezadas a los aires del siglo y que han menester para probar tales manjares, para asimilar tan altas doctrinas, el exquisito aderezo, la culta elegancia de una sabrosa conversación. Cada una de estas cien Meditaciones ofrece un tema espiritual enunciado con candorosa sencillez y desenvuelto libremente como al través de una amorosa plática, de una tierna divagación, a los pies del Amado celestial. Charlando así, con todos los donaires, los requiebros, las copiosas figuras, las exclamaciones ardientes, las mil felices comparanzas de esta lengua española que parece inventada por los ángeles para el amor de Dios y de los hombres, va Fray Diego de Estella engarzando en los puntos de su pluma los más finos diamantes, los más sutiles conceptos de esa eterna Filosofía de la voluntad en que el genio español se anticipó en los siglos a las más agudas aspiraciones del presente[4].

Llama la atención también sobre su actualidad y la riqueza de su contenido. En suma, a lo largo de las cien meditaciones, desde la primera («Cómo todo lo criado nos convida al amor del Criador») hasta la última («De la gloria que alcanzarán los que aman a Dios»), fray Diego pondera los beneficios del amor a Dios y de sus recompensas, en una prosa natural y elegante.

Zalba elogiaba la prosa de fray Diego afirmando tajante que aventaja a la de fray Luis de León «en precisión y variedad de la frase, y en estas cualidades, así como en la claridad y facilidad, a ninguno reconoce ventaja»[5]. Pero no es el único crítico en mostrarse tan entusiasta: «Todas las obras del P. Estella son notabilísimas por la alteza de sus conceptos y la hermosura de su expresión literaria, de tal modo que no hallo reparo cierto en poner a su autor a la par de los más insignes místicos de su época», ha escrito Catalina García. Y, por su parte, E. Ochoa refiere:

El estilo de este ascético no brilla por la pompa ni por la elegancia, sino por la pureza y corrección. Tal vez peca de monótono, defecto común de nuestros autores místicos; mas, como quiera, es entre ellos uno de los más justamente apreciados, no sólo por su erudición y alta doctrina, sino también por la excelencia de su lenguaje[6].


[1] José Zalba, «Páginas de la historia literaria de Navarra», Euskalerriaren Alde, XIV, 1924, p. 350.

[2] Zalba, «Páginas de la historia literaria de Navarra», p. 351.

[3] Ricardo León, «Prólogo» a Meditaciones devotísimas del Amor de Dios hechas por fray Diego de Estella de la orden de San Francisco y ahora nuevamente impresas, Madrid, Imprenta de Miguel Albero-Renacimiento, 1920, p. IX.

[4] León, «Prólogo» a Meditaciones devotísimas, pp. XI-XII.

[5] Zalba, «Páginas de la historia literaria de Navarra», p. 351.

[6] Hay una edición moderna de las Meditaciones devotísimas (1920), por Ricardo León, y otras del Modo de predicar y Modus Concionandi (1951) y del Libro de la vanidad del mundo (1980), debidas estas dos últimas a Pío Sagüés Azcona, con interesantes estudios preliminares. En 2002 Iñaki Pérez Ibáñez preparó un Florilegio de las Meditaciones y la Vanidad del mundo (Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2002), con un prólogo titulado «Fray Diego de Estella, un franciscano predicador, místico y asceta». Ver además Carlos Mata Induráin, «Un acercamiento a fray Diego de Estella (1524-1578)», Pregón Siglo XXI, núm. 26, Invierno de 2005, pp. 29-32.

Semblanza literaria de Manuel Iribarren

De entre los escritores navarros de la primera posguerra, merece la pena destacar de forma especial la figura de Manuel Iribarren Paternáin (Pamplona, 1902-1973), cuya producción narrativa arranca en realidad de los años 30. La vocación literaria despertó muy pronto en él, manifestándose en el doble terreno del periodismo y la literatura. Su aprendizaje literario fue el de un autodidacta y él mismo escribió que se había formado «independientemente en los libros y en la vida». Como periodista colaboró en importantes diarios y revistas del panorama nacional, con artículos que «destacan por la plenitud de su estilo y la agudeza de su visión» y que le valieron, entre otros galardones, el premio «Domund» del año 1953. A la arena literaria saltó en el año 1932 con una primera novela, Retorno, que obtuvo un gran éxito de crítica: columnistas de reconocido prestigio como Enrique Díez-Canedo, Benjamín Jarnés, J. López Prudencio, Melchor Fernández Almagro, José María Salaverría o Roberto Castrovido reseñaron la obra dedicándole encendidos elogios y saludando la aparición de un auténtico novelista. Su carrera teatral la inauguró en 1936 con el estreno de La otra Eva, que obtuvo también una gran acogida por parte del público y de la crítica; esta habló del descubrimiento en Manuel Iribarren de un «indudable valor dramático». Formó parte del grupo de literatos que se reunió en Pamplona en torno a la revista Jerarquía (Pemán, Yzurdiaga, d’Ors, Pascual…) y más tarde fue colaborador asiduo de Pregón. Durante un tiempo ejerció el cargo de director de la revista Príncipe de Viana y después trabajó como empleado en la Diputación de Navarra.

Manuel Iribarren Paternáin

Manuel Iribarren fue ganador de numerosos premios, que jalonan su carrera literaria y nos hablan del reconocimiento que obtuvo en su momento: su Romance sobre la guerra civil fue premiado en un certamen convocado en Barcelona en 1943; los sonetos «A mi madre» alcanzaron el triunfo en los Juegos Florales de Cataluña en 1945; El capitán de sí mismo le valió el primer premio en el certamen nacional organizado con motivo del IV Centenario de la aprobación del libro de Ejercicios de San Ignacio de Loyola; fue Premio Nacional de Teatro en 1952 por La otra Eva y con el Misterio de San Guillén y Santa Felicia ganó el Premio Nacional de Literatura de 1965; en fin, quedó finalista del Premio Vicente Blasco Ibáñez con la novela Las paredes ven. Igualmente, su ensayo Escritores navarros de ayer y de hoy resultó ganador en los III Juegos Florales de Sangüesa.

La copiosa obra de Manuel Iribarren puede repartirse en cuatro apartados: novela, ensayo, teatro y poesía, si bien la producción narrativa constituye el bloque más interesante de su caudal literario. Dentro de la producción ensayística de Manuel Iribarren cabe recordar los siguientes títulos: Una perspectiva histórica de la guerra en España, 1936-1939 (Madrid, Editorial García Enciso, 1941); El Príncipe de Viana. Un destino frustrado (Madrid, Espasa Calpe, 1948); Los grandes hombres ante la muerte (Barcelona, Montaner y Simón, 1951, con una segunda edición en 1966); Navarra. Ensayo de biografía (Madrid, Editora Nacional, 1956, en la colección «Las tierras de España»); y Pequeños hombres ante la vida (Barcelona, Montaner y Simón, 1966, obra pensionada por la Fundación March). Además es autor de algunos de los folletos de la serie «Navarra. Temas de Cultura Popular» publicados en los años 60-70 por la Diputación Foral de Navarra: El paisaje (núm. 16); Príncipe de Viana (núm. 58); Mosén Pierres de Peralta (núm. 94) y En la órbita francesa (núm. 170). Una mención especial merece en este apartado su obra Escritores navarros de ayer y de hoy (Pamplona, Gómez, 1970), valioso repertorio de los literatos de nuestra región.

La obra poética de Manuel Iribarren incluye un Romance (1943) sobre la guerra civil, dividido en tres partes, «El alzamiento», «La lucha» y «La victoria»; unos sonetos «A mi madre» (1945), publicados en Pregón, y varias composiciones más (hasta un total de ochenta y ocho) que reunió para su publicación bajo el epígrafe de Antología imposible, libro que no alcanzó a ser editado y en cuyo prólogo se definió como «francotirador de la poesía». Entre sus obras inéditas quedó también otra, que llegó a anunciarse en preparación, titulada Invierno (Diario lírico en cuatro estaciones).

Sus piezas dramáticas son La otra Eva, comedia en un prólogo y tres actos (estrenada en el Teatro Español de Madrid el 19 de mayo de 1936 y publicada en Madrid, Ediciones Alfil, 1956); La advenediza, drama en tres actos estrenado en el Teatro Principal de Burgos el 9 de mayo de 1938; El capitán de sí mismo. Retablo escénico (Pamplona, Gómez, 1950), que evoca la vida de San Ignacio de Loyola y su conversión de capitán de milicias a soldado de Cristo al frente de la Compañía de Jesús. El Misterio de San Guillén y Santa Felicia (Pamplona, Morea, 1964, con una reedición moderna de 1994) fue el texto literario que fijó para ser representado anualmente en Obanos, como así se hizo entre 1965 y 1977, de forma ininterrumpida. Fue Manuel Iribarren hombre interesado por el mundo del teatro, como prueban las numerosas piezas inéditas, comedias y tragedias, conservadas por su familia, por ejemplo Sol de invierno, La gran mascarada, Santa diablesa, Entre mendigos, Hoy como ayer, A gusto de todos, Buscando una mujer, Cuando la comedia terminó…, El huésped, La ilusa admirable o Una aventura en la noche.

En fin, su producción narrativa está formada por Retorno (1932, con una 2.ª ed. revisada de 1946), La ciudad (1939), Encrucijadas (1952), El tributo de los días (1968), Símbolo (1939), San Hombre (1943), Pugna de almas (1944) y Las paredes ven (1970). Son novelas interesantes pero, para no prolongar excesivamente esta entrada, dejaremos pendientes su análisis para una próxima ocasión.

Mester de juglaría en Navarra: el «Roncesvalles navarro»

El siglo XIII supone una transformación de los principios de la sociedad feudal y trae el desarrollo de la poesía en las distintas lenguas vernáculas. En el caso de Navarra, no debemos olvidar la importancia del Camino Francés o de Santiago como vía de introducción de nuevas ideas y corrientes artísticas y literarias. Por este camino —al que se ha llamado también «la calle Mayor de Europa»— iban y venían los juglares, personajes que recitaban las poesías compuestas por los trovadores, aunque a veces en la misma persona se unían el trovador y el juglar, esto es, compositor y recitante. José María Romera ha señalado que existe constancia documental de que la juglaría estaba bastante extendida en Navarra, aunque los testimonios literarios de esta actividad son más bien escasos:

Habría sido interesante conocer en qué medida la épica popular difundida en Navarra participaba de las características de la castellana o recibía influencia francesa, teniendo en cuenta la terminante diferenciación establecida entre ambas por los investigadores, o incluso saber si, además de los ciclos temáticos conocidos, Navarra aportaba otros nuevos que su agitada historia y su condición de tierra fronteriza estaban en condiciones de ofrecer[1].

Al decir de José María Corella, «los juglares influyeron decisivamente en el campo de la lírica, y Navarra los acogió con los brazos abiertos»[2]. Sin embargo, es poco lo que se sabe a ciencia cierta, aunque podemos recordar algunos nombres: Juan de Navarra, juglar de problemática existencia, Sancho (o Ancho) de Echalecu, Arnant Guillén de Ursúa, García de Churri… Eso sí, la juglaría no es solo cosa de hombres, y está documentada la existencia de juglaresas, por ejemplo una tal Graziosa, que recitaba en la Corte de Carlos III el Noble[3].

Dejando aparte estos juglares, de los que apenas nos queda más documentación que sus nombres, hay que consignar una importantísima aportación de Navarra al mester de juglaría. Me refiero al Cantar de Roncesvalles (también llamado el Roncesvalles navarro, para distinguirlo del Roncesvalles latino). Conservado en una copia con posible datación en 1310, constituye al decir de Romera «el primer texto literario navarro propiamente dicho»[4] y es uno de los pocos restos conservados de la épica juglaresca peninsular. En efecto, la épica castellana nos ha legado el monumento, a la vez histórico y literario, del Poema de mio Cid y algunos restos de ciclos sobre los siete infantes de Lara y otros personajes. El hallazgo de este fragmento del Cantar de Roncesvalles vino a confirmar la teoría de la existencia de otros cantares de gesta compuestos en suelo hispánico y en lengua vernácula.

El Cantar de Roncesvalles solo se conserva fragmentariamente: dos hojas escritas por las dos caras, con un total de cien versos, que parecen pertenecer a una copia de un texto de mediados del siglo XIII. Apareció en el Archivo Provincial de Pamplona (hoy Archivo General de Navarra), dentro de un registro de vecinos de Navarra titulado en su encuadernación moderna Libro de Fuegos de todo el Reyno. Año de 1366. Lo publicó Ramón Menéndez Pidal, el gran estudioso de la épica castellana, en un trabajo titulado «Cantar de Roncesvalles: un nuevo cantar de gesta español del siglo XIII» (1917). Su contenido entronca con el tema carolingio de la batalla de Roncesvalles y la derrota de Roldán y los demás Pares de Francia en los desfiladeros pirenaicos. El texto que ha llegado hasta nosotros describe la lamentación del Emperador Carlo Magno ante los cadáveres de sus paladines, episodio recogido también en la célebre Chanson de Roland; pero importa destacar que el texto navarro se aparta en determinados detalles de la materia rolandiana francesa (por ejemplo, la muerte de Oliveros). Los siguientes versos corresponden a ese pasaje en que el Emperador encuentra los cadáveres de los Pares:

Aquí clamó a sus escuderos Carlos el enperante:
«Sacat al arçobispo d’esta mortaldade.
Levémosle a su terra, a Flánderes la ciudade.»
El enperador andava catando por la mortaldade,
vido en la plaça Oliveros o jaze,
el escudo crebantado por medio del braçale.

El Cantar de Roncesvalles navarro ha recibido cierta atención por parte de la crítica, así que remito para más detalles a los trabajos existentes de Jules Horrent (Roncesvalles. Étude sur le fragment de cantar de gesta conservé à l’Archivo de Navarra (Pampelune), París, Les Belles Lettres, 1951), Ramón Menéndez Pidal («Roncesvalles. Un nuevo cantar de gesta español del siglo XIII», Revista de Filología Española, tomo IV, cuaderno 2.º, abril-junio de 1917, pp. 105-204; reeditado en Textos hispánicos medievales, Madrid, 1976, pp. 9-102) y Martín de Riquer (Chanson de Roland. Cantar de Roldán y el Roncesvalles navarro, texto original, traducción, introducción y notas por…, Barcelona, Sirmio, 1983)[5].


[1] José María Romera Gutiérrez, «Literatura», en AA. VV., Navarra, Madrid, Editorial Mediterráneo, 1993, pp. 169-200, p. 172a.

[2] José María Corella Iráizoz, Historia de la literatura navarra. Ensayo para una obra literaria del viejo Reino, Pamplona, Ediciones Pregón, 1973, p. 56.

[3] Ver María de los Desamparados Cabanes, «Juglares navarros del siglo XIV», Saitabi, 1963, 13, pp. 61-66; Juan Antonio Frago Gracia, «Literatura navarro-aragonesa», en José María Díez Borque (coord.), Historia de las literaturas hispánicas no castellanas, Madrid, Taurus, 1980, pp. 219-276, pp. 242-246; María Rosa Pan Sánchez, «Navarra y la literatura inglesa: trovadores, juglares y ministriles ingleses en la Corte navarra», Notas y Estudios Filológicos, 11, 1996, pp. 157-177, y María Narbona Cárceles, «La consideración del juglar en la corte de Carlos II y Carlos III de Navarra, a través del estudio de su atuendo», en Mito y realidad en la historia de Navarra. Actas del IV Congreso de Historia de Navarra, Pamplona, Septiembre de 1998, Pamplona, Sociedad de Estudios Históricos de Navarra, 1998, vol. I, pp. 429-442.

[4] Romera Gutiérrez, «Literatura», p. 172a.

[5] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, Navarra. Literatura, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Cultura y Turismo-Institución Príncipe de Viana), 2004.

José de Sarabia y su «Canción real a una mudanza»

La cima poética del siglo XVII está representada en Navarra por José de Sarabia (Pamplona, 1594-Martorell, 1641), conocido con el seudónimo académico de «el Trevijano», autor que constituye un buen ejemplo de soldado-poeta. Sarabia es famoso por una sola composición, la «Canción real a una mudanza», incluida en el Cancionero de 1628, que durante cierto tiempo fue atribuida a Mira de Amescua. En sus siete estancias desarrolla el tema barroco de la volubilidad de la Fortuna (desengaño, vanitas vanitatum, fugacidad de la belleza). En una nota que publicó en 1957[1], José Manuel Blecua vino a aclarar que la canción que se copia bajo el nombre del Trevijano no podía ser de Mira de Amescua. En el manuscrito Span. 56 de la Houghton Library de la Universidad de Harvard, fols. 152-155, se encuentra la solución, porque allí aparece la «Canción» con este encabezamiento: «Canción de don Joseph de Saravia, Secretario del Duque de Medina Sidonia, con nombre impuesto de Trevijano».

González Ollé ha recapitulado sus datos biográficos[2]. Fue vecino y natural de Pamplona (su padre, el capitán Pedro Sarabia de la Riva), caballero de Santiago, señor de la villa de Eransus, secretario del duque de Medina Sidonia, don Manuel Alonso Pérez de Guzmán, y montero de cámara de Su Majestad. En 1628 se le concedió un hábito. Blecua opinaba que debió de nacer hacia 1583-1584, pero González Ollé retrasa la fecha a 1593-1594. Este investigador destaca el hecho de que Sarabia sí resulta un personaje bien conocido por su intervención activa en diversos acontecimientos públicos de importancia de su época. Cabe la posibilidad de que participara en las campañas de Flandes e Italia, pues en septiembre de 1639 ostenta el grado de teniente de maestre de campo en la jornada de Fuenterrabía. Moriría en otro lance bélico, el combate de Martorell de 21 de enero de 1641, en el que las tropas realistas vencieron a los sublevados catalanes.

Por su parte, Alicia de Colombí Monguió[3] ha estudiado los tópicos, las fuentes literarias y emblemáticas y las huellas que la «Canción real a una mudanza» dejó en América:

Desengaños, muertes y tormentos, la próspera fortuna siempre al fin astrosa, la fragilidad de la vida y de todo lo humano, estrofa a estrofa, símbolo a símbolo, verso a verso, la «Canción» de Joseph de Sarabia, engarzando herencia ya secular desde las visiones de Petrarca, engarzará sus mudanzas a un mundo que las fijará en otras, al encontrar en la palabra y la figura de lo cambiante una de las constantes más perennes de nuestra lírica[4].

González Ollé estima a Sarabia como «el príncipe de los poetas navarros» por la perfección expresiva de su composición, con la que Gracián ejemplificó dos pasajes de su Agudeza y arte de ingenio, calificándola de «celebrada canción». Escribe el mencionado crítico:

La poesía de Sarabia está formada por siete estancias de diecinueve versos cada una, a las que sirve de remate una estrofa de envío con la siguiente estructura: 7a 11a 7b 11b 7c 11c. Los once primeros versos de cada estancia ofrecen sucesivas imágenes de seres animados o inanimados (jilguerillo, cordero, garza, militar, dama, navío, pensamiento), radiantes de inocencia, poderío, belleza, cuya tradicionalidad poética les confiere un patente carácter simbólico. Los ocho versos restantes, encabezados en cada estancia por el sintagma anafórico Mas, ¡ay!, describen la fatal destrucción, la completa aniquilación de tales realidades captadas en un momento pletórico de sus excelencias, y afectadas, un instante después, por la muerte, la derrota, la enfermedad, el naufragio. En varias estancias, por medio del pareado que las cierra, el poeta se hace presente para lamentar que la desventura expuesta no es sino imagen de la suya propia[5].

Copio a continuación el principio de la canción, su primera estancia:

Ufano, alegre, altivo, enamorado,
rompiendo el aire el pardo jilguerillo,
se sentó en los pimpollos de una haya
y con su pico de marfil nevado
de su pechuelo blanco y amarillo
la pluma concertó pajiza y baya;
y celoso se ensaya
a discantar en alto contrapunto
sus celos y amor junto,
y al ramillo, y al prado, y a las flores
libre y ufano cuenta sus amores.
Mas, ¡ay!, que en este estado
el cazador cruel, de astucia armado,
escondido le acecha
y al tierno corazón aguda flecha
tira con mano esquiva
y envuelto en sangre en tierra lo derriba.
¡Ay, vida mal lograda,
retrato de mi suerte desdichada!

Tras el del jilguerillo vienen otros símiles: el corderillo devorado por el lobo, la garza que remonta su vuelo hasta el cielo y es abatida por el águila, el capitán bisoño que pierde la batalla que tenía ganada y la vida, la bella dama que por una enfermedad ve malograrse toda su hermosura, el bajel del mercader que se hunde con todos sus tesoros cuando estaba a punto de llegar a puerto. Tras la indicación de que su pensamiento de amor por una señora se elevó «ufano, alegre, altivo, enamorado» (retoma Sarabia el verso inicial), la voz lírica se identifica con todas las imágenes anteriores:

Mi pensamiento con ligero vuelo
ufano, alegre, altivo, enamorado,
sin conocer temores la memoria,
se remontó, señora, hasta tu cielo,
y, contrastando tu desdén airado,
triunfó mi amor, cantó mi fe victoria;
y en la sublime gloria
de esa beldad se contempló mi alma,
y el mar de amor sin calma
mi navecilla con su viento en popa
llevaba navegando a toda ropa.
Mas, ¡ay!, que mi contento
fue el pajarillo y corderillo exento,
fue la garza altanera,
fue el capitán que la victoria espera,
fue la Venus del mundo,
fue la nave del piélago profundo;
pues por diversos modos
todos los males padecí de todos.

Canción, ve a la coluna
que sustentó mi próspera fortuna,
y verás que si entonces
te pareció de mármoles y bronces,
hoy es mujer, y en suma,
breve bien, fácil viento, leve espuma.

Este verso final es uno de esos enunciados trimembres con los que Sarabia, al decir de González Ollé, consigue «versos de rotunda belleza». En esta composición, seleccionada por Menéndez Pelayo entre las cien mejores poesías de la lengua castellana, se aprecian influencias de una elegía del año 1611 de Quevedo a Luis Carrillo y Sotomayor y de los Emblemas morales (1610) de Covarrubias. También se le han señalado concomitancias con una canción anónima que comienza «Creció dichosa en fértil primavera…». No obstante, Sarabia elabora esas influencias y los motivos de la tradición clásica y nos los devuelve transformados en una muy bella y emotiva expresión.


[1] José Manuel Blecua, «El autor de la canción “Ufano, alegre, altivo, enamorado…”», Nueva Revista de Filología Hispánica, 1957, 11, pp. 64-65.

[2] Fernando González Ollé, «Biografía de José de Sarabia, presunto autor de la “Canción real a una mudanza”», Revista de Filología Española, 46, enero-junio de 1963, pp. 1-30.

[3] Alicia de Colombí Monguió, «La “Canción real a una mudanza”: textos y contextos imitativos», Revista Hispánica Moderna, 40, núms. 3-4, 1978-1979, pp. 113-125.

[4] Colombí Monguió, «La “Canción real a una mudanza”: textos y contextos imitativos», p. 123.

[5] Fernando González Ollé, Introducción a la historia literaria de Navarra, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dirección General de Cultura-Institución «Príncipe de Viana»), 1989, p. 109.