Ramón y Cajal, cuentista: «A secreto agravio, secreta venganza»

Dedico la entrada de hoy a Juan Udaondo Alegre,
descendiente del ilustre don Santiago Ramón y Cajal

Abre la colección de Cuentos de vacaciones (1905)[1] de Santiago Ramón y Cajal un relato con título calderoniano, «A secreto agravio, secreta venganza» (pp. 11-53), que consta de ocho capítulos. El primero nos presenta al doctor Max von Forschung, profesor de la Universidad de Wurzburgo, de cincuenta años: «Visto de perfil mostraba una de esas cabezas prolongadas en forma de martillo que parecen expresamente fabricadas para golpear obstinadamente en los hechos hasta arrancarles chispas de luz». Vive dedicado por completo a su trabajo científico… hasta que un día le afecta la toxina del amor: se enamora de su ayudante, miss Emma Sanderson, una joven americana doctora en Filosofía y Medicina. Se casan, y durante el viaje de novios descubren un nuevo bacilo. El doctor alcanza el summum de su gloria: desarrolla un trabajo gratificante, tiene el amor de una mujer y le nace un hijo, en definitiva, es feliz. Pero pronto sufrirá el ataque de otro «microbio», el de los celos, provocados por el descubrimiento de un cabello de su otro ayudante, Heinrich Mosser, enredado con otro cabello de su esposa. El doctor siente su honra ultrajada, verifica científicamente el supuesto adulterio y decide que se vengará secretamente.

Santiago Ramón y CajalPara ello, transmite a los amantes la tuberculosis de la vaca. Emma y Mosser se retiran a un sanatorio del Tirol. Mosser se alegra en el fondo de la enfermedad, pues gracias a esta circunstancia están por fin juntos y solos. En cambio para Emma su mal es un castigo del cielo por su engaño. Finalmente, Mosser muere; Emma descubre que estaba fascinada por él: se trataba de una atracción puramente sensual y, una vez muerto, se va alejando poco a poco de su recuerdo. Sinceramente arrepentida, escribe una carta a su esposo pidiéndole perdón. «No hay como la muerte para simplificar los problemas de la honra», comenta irónicamente el narrador (p. 40). El doctor von Forschung, que ha desarrollado un suero antituberculoso, logra curar a su esposa y juntos emprenden una segunda luna de miel en Italia; al tiempo nace una hija. Emma sigue conservándose muy bella, pero él es ya viejo, así que ahora desea encontrar la fuente de la eterna juventud. El doctor descubre el producto contrario, la senilina, un suero que hace envejecer.

En una especie de epílogo, se nos habla de la comercialización del producto, que tiene gran salida como un resorte de control para los gobiernos (al envejecer a los sujetos peligrosos, disminuyen sus actividades delictivas). La narración termina con una desesperanzada reflexión del narrador (aquí identificable con el autor): en España no se necesita la senilina, porque ya se ha dictaminado el desahucio del alma nacional, sin viveza ni inquietudes, «triste legado de edades bárbaras y de una pereza mental de cinco siglos» (p. 53). A lo largo del relato Ramón y Cajal intercala algunas otras ideas, por ejemplo su opinión de que los hombres de ciencia no pueden amar nunca: «Entre una belleza y un microbio, optan por éste» (p. 30). O su consideración de que «Todas las maravillas de la civilización han sido alguna vez puras fantasías de soñadores» (p. 47).


[1] Citaré por la 4.ª ed., Madrid, Espasa Calpe, 1955.

Santiago Ramón y Cajal (1852-1934), literato: sus «Cuentos de vacaciones»

Ahora que acaba de publicarse el Epistolario de Santiago Ramón y Cajal, en edición de Juan Antonio Fernández Santarén (Madrid, La Esfera de los Libros, 2014), no estará de más recordar su faceta como escritor o, si se prefiere, las «distracciones literarias» de un médico histólogo, verdadero creador de la neurociencia moderna.

Ramón y Cajal, EpistolarioNatural de Petilla de Aragón (Navarra), antes de estudiar Medicina Ramón y Cajal trabajó como aprendiz de zapatero y de barbería. Pasó a Cuba con el grado de capitán de los servicios de Sanidad, sufriendo algunas enfermedades que le obligaron a regresar a España. Entonces se dedicó de lleno a sus trabajos de laboratorio y, tras algunos fracasos en oposiciones, logró cátedras en facultades de provincias hasta alcanzar en Madrid la de Histología en 1892. Escribió varios libros y ensayos científicos sobre histología y anatomía patológica, dio conferencias en Europa y América e hizo grandes descubrimientos sobre la morfología y las conexiones del sistema nervioso central, que revolucionaron el mundo científico y le valieron multitud de honores y premios, entre ellos el Nobel de Medicina en 1906, compartido con el italiano Camilo Golgi[1].

Pero Ramón y Cajal, además de prodigioso hombre de ciencia, fue un gran aficionado a la literatura, en el doble plano de la lectura personal y de la escritura. Uno de sus biógrafos ha escrito que en él «hizo mella el lirismo de aquella época revolucionaria y el romanticismo francés. Escribía versos, leyendas y novelas»[2]. En efecto, es autor de varias obras que están entre la autobiografía y el ensayo, con incursiones también en el terreno literario: Charlas de café, Cuando yo era niño… La infancia de Ramón y Cajal contada por él mismo, Mi infancia y juventud, La mujer, Psicología del «Quijote» y el quijotismo, etc. En sucesivas entradas ofreceré algunas notas sobre sus Cuentos de vacaciones. Narraciones pseudocientíficas, libro más propiamente de creación literaria.

La primera edición de esta colección de relatos es la de Madrid, Imprenta de Fortanet, 1905, y luego ha sido reeditada varias veces por Espasa Calpe[3]. Incluye cinco narraciones bastante extensas, más bien novelas cortas que cuentos: «A secreto agravio, secreta venganza», «El fabricante de honradez», «La casa maldita», «El pesimista corregido» y «El hombre natural y el hombre artificial». El denominador común de todas ellas es la presencia de temas fantásticos, con cierto fondo pseudo-científico. En la «Advertencia preliminar» (pp. 7-9) Ramón y Cajal refiere que hacia los años 1885-1886 escribió «doce apólogos o narraciones semifilosóficas y seudocientíficas», de las cuales se decide a imprimir, una vez retocadas, cinco. No son sino «bagatelas literarias» llenas de «sermones científicos y trasnochados lirismos», apunta, y explica también el epígrafe bajo el que se presentan:

El subtítulo de Narraciones pseudocientíficas quiere decir que los presentes cuentos se basan en hechos o hipótesis racionales de las ciencias biológicas y de la psicología moderna. Será bien, por consiguiente (aunque no indispensable), que el lector deseoso de sorprender las ideas y modos de expresión de los personajes de estas sencillas fábulas posea algunos conocimientos, siquiera sean rudimentarios, de filosofía natural y biología general (p. 7).

El autor comenta que sus relatos son un desahogo de su trabajo científico, fruto de su imaginación inquieta, e insiste con modestia en su «pobreza, desgarbo e inconsistencia». Anticipa que el lector observará incoherencias en las ideas expresadas por los personajes, pero esto «es consecuencia de nuestro empeño en que los protagonistas sean hombres antes que símbolos y ofrezcan, por tanto, las pasiones, defectos y limitaciones de las personas de carne y hueso» (p. 9).


[1] Puede verse la biografía de Waldo Leirós, Ramón y Cajal, Barcelona, Ediciones Castell, 1990. También, entre otros estudios, los de Felipe Jiménez de Asúa, El pensamiento vivo de Cajal, Buenos Aires, Losada, 1958; Santiago Lorén, Cajal, historia de un hombre, Barcelona, Aedos, 1954; Gregorio Marañón, Cajal, su tiempo y el nuestro, Madrid, Espasa Calpe, 1951; o Harley Williams, Don Quixote of the microscope: An Interpretation of the Spanish savant Ramón y Cajal (1852-1934), London, Jonathan Cape, 1954.

[2] Leirós, Ramón y Cajal, p. 61.

[3] Citaré por la 4.ª ed., Madrid, Espasa Calpe, 1955. Hay otras más recientes, una de Madrid, Libros Clan, 1995, con ilustraciones de Mariana Arespacochaga, y otra de Madrid, Espasa Calpe, 1999, con prólogo de José M. R. Delgado.

«Castañas de cajú», un poema javeriano de Marina Aoiz

Este bello poema me fue amablemente enviado por Marina Aoiz[1] para que formara parte de mi libro antológico Primavera de poemas en loor de San Francisco Javier, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2004, que fue el número 3 de la colección «Biblioteca Javeriana» impulsada por el GRISO. Lo recupero ahora para celebrar con él en el blog la festividad, hoy 3 de diciembre, de nuestro Santo navarro y universal.

San Francisco Javier

CASTAÑAS DE CAJÚ

A mi padre, mi hijo mayor,
mi cuarto hermano y mi cuñado,
todos Javier

Sobre la estera de palma
las estrellas velan su sueño.

Hace dos meses apenas, un velero portugués
depositó en Goa al sexto hijo de Juan de Jaso
y María de Azpilicueta. Este hombre enjuto,
humilde y compasivo, al que esperan los leprosos
como «agua de mayo», alberga en sus verdes pupilas
una sed antigua de amor y justicia.
Sus manos, retoños de nogal, prodigan caricias
sobre los cuerpos enfermos. Pero son sus palabras
vehementes, a veces, contenidas otras,
las que germinan —buena semilla— en los corazones.

Hoy, siete de julio de 1542, Francisco de Xavier
ha llegado a la prisión con una cesta de castañas de cajú
y varios cocos tiernos para ofrecer su agua
a quienes deliran por efecto de esta fiebre tropical.
El hedor es irrespirable, espantoso. El navarro,
con su alma florecida de brezos y blancos espinos,
habla de la bondad que el Buen Jesús trajo del Cielo
para todos los seres humanos de esta tierra. De una
puerta luminosa, habla. De belleza y esperanza.
Y sus palabras, en una lengua desconocida,
se van tornando transparentes. Vibran y refrescan
como un torrente de agua cristalina.
Los presos, enfermos, desahuciados, lo rodean
mientras reparte castañas y sorbos de agua nutritiva.
Sienten la libertad del mar bajo sus pies descalzos.
Una ligereza de espíritu. Algo parecido a la brisa.

Atraviesa el sendero sombreado de palmeras
y llega hasta la playa. Está exhausto. Ha compartido
su pan espiritual con los más pobres y marginados.
Extiende su estera sobre la arena y el rumor del mar
le trae los aromas a tomillo y romero de su sierra.
El río Aragón le arrulla con su canto de almadías.
Asocia la redondez de la cúpula celeste con la hermandad.
El cansancio, con el amor incondicional a todo ser vivo.
Da gracias a Dios por el camino recorrido y por revelarse
a cada instante en su corazón compasivo. No pide
señales ni grandezas. Sólo un poco de bondad,
de la que Jesús trajo a la tierra, para repartirla
con sus caricias, sus castañas de cajú y su agua
de coco bendita. Llora con dulces y amargas lágrimas
por lo que el día le ha enseñado. Invoca a la Virgen.
Vislumbra su fe: fortaleza de piedra; viento de esperanza.

La noche protege los huesos de Francisco.
Las estrellas velan sus sueños. Y María.


[1] Marina Aoiz Monreal (Tafalla, Navarra, 1955) es autora, entre otros libros, de los poemarios La  risa  de Gea (1986), Tierra secreta (1991), Admisural (1998), Fragmentos de obsidiana (2001), El libro de las limosnas (2003), Edelphus (2004), Hueso de los vientos (2005), Don de la luz (2006), Donde ahora estoy en pie frente a mi tiempo (2007), Hojas rojas (2009), Códigos del instante (2009),  El pupitre asirio (2011), Islas invernales (2011) o Génesis (2011).

Dos evocaciones de Garcilaso por Rafael Alberti

(A mis alumnos del Programa Senior de la Universidad de Navarra,
con los que estoy repasando estas semanas algunas «Claves de la
literatura del Renacimiento», empezando por la poesía del príncipe
de los poetas castellanos, Garcilaso de la Vega)

Supuesto retrato de Garcilaso de la VegaLa figura señera de Garcilaso de la Vega, genial introductor en España de los metros y las formas estróficas de origen italiano —tarea en la que estuvo acompañado, aunque con algo menos de talento, por su amigo Juan Boscán—, fue recordada en numerosas ocasiones por los poetas del grupo poético del 27, quienes no solo admiraron su poesía, sino que conocieron su benéfico influjo, y tuvieron ocasión de celebrar, a la altura de 1936, el centenario de la muerte del soldado-poeta[1]. Rafael Alberti, en concreto, le dedicó dos evocaciones: la primera es el famoso poema que comienza «Si Garcilaso volviera…», incluido en Marinero en tierra (1924); la segunda es un texto menos conocido, la «Elegía a Garcilaso (Luna, 1501-1536)», de Sermones y moradas (1929-1930). El primero de los poemas dice así:

Si Garcilaso volviera,
yo sería su escudero;
que buen caballero era.

Mi traje de marinero
se trocaría en guerrera
ante el brillar de su acero;
que buen caballero era.

¡Qué dulce oírle, guerrero,
al borde de su estribera!
En la mano, mi sombrero;
que buen caballero era[2].

Como bien anota su editora, María Asunción Mateo,

La admiración —patente en toda su obra— hacia el poeta toledano le inspira esta canción, en la que rinde vasallaje poético a su figura y su obra. La mar, la vocación marinera, queda relegada —excepcionalmente— a un segundo plano, por seguir a la poesía, representada por el caballero Garcilaso.

Juan Ramón Jiménez elogió mucho este poema al propio Alberti[3].

Por otra parte, en Sermones y moradas (1929-1930) incluye Alberti el citado poema «Elegía a Garcilaso (Luna, 1501-1536)», que va encabezado por un verso garcilasista a modo de lema: «… antes de tiempo y casi en flor cortada». Se trata de un verso de la octava 29 de la Égloga III de Garcilaso, donde hace referencia a la muerte de una ninfa:

Todas, con el cabello desparcido,
lloraban una ninfa delicada
cuya vida mostraba que había sido
antes de tiempo y casi en flor cortada.
Cerca del agua, en un lugar florido,
estaba entre las hierbas degollada,
cual queda el blanco cisne cuando pierde
la dulce vida entre la hierba verde[4].

Rafael AlbertiPero aquí el sentido de ese verso se actualiza al aplicarse ahora —así lo entendemos al leer el contenido del poema— a la temprana muerte del poeta, fallecido como consecuencia de las heridas recibidas en una heroica acción de armas (el asalto a la fortaleza de Le Muy, en Francia, en septiembre de 1636, en el contexto de las guerras del emperador Carlos V con Francisco I de Francia). La muerte temprana, viene a sugerir poéticamente el texto («Vivir poco y llorando es el sino de la nieve que equivoca su ruta»), es el destino reservado a los héroes, que abandonan pronto esta existencia mortal, pero que en compensación están llamados a vivir la inmortalidad de la fama:

… antes de tiempo y casi en flor cortada.
Garcilaso de la Vega

Hubierais visto llorar sangre a las yedras cuando el agua más triste se pasó toda una noche velando a un yelmo ya sin alma,
a un yelmo moribundo sobre una rosa nacida en el vaho que duerme los espejos de los castillos
a esa hora en que los nardos más secos se acuerdan de su vida
al ver que las violetas difuntas abandonan sus cajas y los laúdes se ahogan por arrollarse a sí mismos.

Es verdad que los fosos inventaron el sueño y los fantasmas.
Yo no sé lo que mira en las almenas esa inmóvil armadura vacía.
¿Cómo hay luces que decretan tan pronto la agonía de las espadas
si piensan en que un lirio es vigilado por hojas que duran mucho más tiempo?
Vivir poco y llorando es el sino de la nieve que equivoca su ruta.

En el Sur siempre es cortada casi en flor el ave fría[5].


[1] Ver Francisco Javier Díez de Revenga, Un pasado, un presente: el Siglo de Oro español en nuestros contemporáneos, Madrid, Biblioteca Nueva, 2003. En el capítulo segundo, «Garcilaso de la Vega y la poesía contemporánea», comenta la presencia de Garcilaso en Juan Ramón Jiménez, Federico García Lorca, Luis Cernuda, Gerardo Diego, Jorge Guillén, Miguel Hernández, Rafael Alberti, etc.

[2] Cito por Rafael Alberti, Antología comentada (Poesía), ed. de María Asunción Mateo, dibujos de Rafael Alberti, Madrid, Ediciones de la Torre, 1990, p. 184. El poema puede escucharse, recitado por el propio Alberti, en el siguiente enlace: http://www.youtube.com/watch?v=M5-MoREx3yI

[3] Antología comentada (Poesía), cit., p. 184, nota.

[4] Cito por Garcilaso de la Vega, Poesías castellanas completas, ed. de Elias L. Rivers, 6.ª ed, Madrid, Castalia, 1989, p. 202, con algún ligero retoque en la puntuación.

[5] Cito por Rafael Alberti, Con la luz primera. Antología de verso y prosa (Obra de 1920 a 1996), ed. de María Asunción Mateo, Madrid, EDAF, 2002, p. 202.

«Fugacidad de lo vivo», de Ángel González

El Día de Difuntos, de William-Adolphe BouguereauUna pequeña reflexión, para este Día de Difuntos, que nos brinda Ángel González (Oviedo, 1925-Madrid, 2008) en su poema «Fugacidad de lo vivo»,  incluido en su libro Deixis en fantasma (1992):

Ante los ojos de los muertos
abiertos sólo para la eternidad,
el topo,
horadando su túnel tercamente,
pasó ágil y veloz como una golondrina[1].


[1] Cito por Ángel González, 101 + 19 = 120 poemas, selección de Ángel González, prólogo de Luis García Montero, Madrid, Visor Libros, 2008, p. 175.

La «niña de nuef años»: del «Cantar de mío Cid» a Manuel Machado y María Teresa León

En medio del dolor de la partida de Rodrigo Díaz de Vivar y su mesnada al destierro, la ternura se hace presente, en forma de compasión mutua, en el célebre episodio de la «niña de nuef años»:

El Campeador     adeliñó a su posada
así commo llegó a la puorta,     fallóla bien çerrada,
por miedo del rey Alfons,     que assí lo pararan:
que si no la quebrantás,     que non gela abriessen por nada.
Los de mio Cid     a altas vozes llaman,
los de dentro     non les querién tornar palabra.
Aguijó mio Çid,     a la puerta se llegaua,
sacó el pie del estribera,     una ferídal’ dava;
non se abre la puerta,     ca bien era çerrada.
Una niña de nuef años     a ojo se parava:
«¡Ya Campeador,     en buena çinxiestes espada!
El rey lo ha vedado,     anoch dél entró su carta,
con grant recabdo     e fuertemientre seellada.
Non vos osariemos     abrir nin coger por nada;
si non, perderiemos     los averes e las casas,
e aun demás     los ojos de las caras.
Çid, en el nuestro mal     vos non ganades nada;
mas el Criador vos vala     con todas sus vertudes santas.»
Esto la niña dixo     e tornós’ pora su casa.
Ya lo vede el Çid     que del rey non avié graçia.
Partios’ dela puerta,     por Burgos aguijaba,
llegó a Santa María,     luego descavalga;
fincó los inojos,     de coraçón rogava (vv. 31-53)[1].

El Cid con la niña de nueve años

La versión prosificada de Alfonso Reyes dice así:

El Campeador se dirigió a su posada; llegó a la puerta, pero se encontró con que la habían cerrado en acatamiento al rey Alfonso, y habían dispuesto primero dejarla romper que abrirla. La gente del Cid comenzó a llamar a voces; y los de adentro, que no querían responder. El Cid aguijó su caballo y, sacando el pie del estribo, golpeó la puerta; pero la puerta, bien remachada, no cedía.

A esto se acerca una niña de unos nueve años:

—¡Oh, Campeador, que en buena hora ceñiste espada! Sábete que el rey lo ha vedado, y que anoche llegó su orden con prevenciones muy severas y autorizadas por sello real. Por nada en el mundo osaremos abriros nuestras puertas ni daros acogida, porque perderíamos nuestros bienes y casa, amén de los ojos de la cara. ¡Oh, Cid: nada ganarías en nuestro mal! Sigue, pues, tu camino, y válgate el Creador con todos sus santos.

Así dijo la niña, y se entró en su casa. Comprende el Cid que no puede esperar gracia del rey y, alejándose de la puerta, cabalga por Burgos hasta la iglesia de Santa María, donde se apea del caballo y, de hinojos, comienza a orar.

Es este un pasaje en que el primitivo autor supo condensar a la perfección el dolor de la partida en los desterrados y el dolor también de los burgaleses, que no pueden ayudarles, so pena de recibir graves castigos. El contraste magnífico entre el aspecto aguerrido de los recios hombres de armas castellanos y el carácter delicado y desvalido de la niña, lo supo evocar magistralmente Manuel Machado en su poema «Castilla», de Alma (1900). Los versos son de sobra conocidos, pero merece la pena copiarlos aquí de nuevo:

El ciego sol se estrella
en las duras aristas de las armas,
llaga de luz los petos y espaldares
y flamea en las puntas de las lanzas.

El ciego sol, la sed y la fatiga.
Por la terrible estepa castellana,
al destierro, con doce de los suyos
—polvo, sudor y hierro— el Cid cabalga.

Cerrado está el mesón a piedra y lodo…
Nadie responde. Al pomo de la espada
y al cuento de las picas el postigo
va a ceder… ¡Quema el sol, el aire abrasa!

A los terribles golpes,
de eco ronco, una voz pura, de plata
y de cristal, responde… Hay una niña
muy débil y muy blanca
en el umbral. Es toda
ojos azules y en los ojos lágrimas.
Oro pálido nimba
su carita curiosa y asustada.

—Buen Cid, pasad… El rey nos dará muerte,
arruinará la casa
y sembrará de sal el pobre campo
que mi padre trabaja…
Idos. El cielo os colme de venturas…
¡En nuestro mal, oh Cid, no ganáis nada!

Calla la niña y llora sin gemido…
Un sollozo infantil cruza la escuadra
de feroces guerreros,
y una voz inflexible grita: «¡En marcha!»

El ciego sol, la sed y la fatiga.
Por la terrible estepa castellana,
al destierro, con doce de los suyos
—polvo, sudor y hierro— el Cid cabalga[2].

Menos conocida es, quizá, la recreación que del mismo episodio hace María Teresa León en una breve biografía novelada de Rodrigo Díaz de Vivar:

La ciudad de Burgos los recibe con todas las ventanas ciegas. No hay un alma por las calles de hielo. Parecen las casas más chicas, más pobres con sus puertas vencidas de miseria y sus techos de paja. A todas ellas ha llamado el miedo para que no se abra ninguna. Y ninguna se abre porque el pregón del rey ha sido leído cada cuatro esquinas y parece que aún tiembla en el aire:

«Prohibimos…»

El Cid y sus caballeros cruzan la ciudad. Pero se han detenido ante una puerta. Rodrigo golpea con la empuñadura de su espada. Ante el asombro de todos, se abre dando paso a una niña. Es de tan poca estatura que al acercarse al estribo del Campeador ninguno puede calcular qué edad tiene. Su cara menuda levanta hacia el Cid unos ojos oscuros, y su voz, algo temblona, comienza.

—Buen Cid, pasad de largo. No nos atrevemos a daros asilo. El rey ha pregonado que perderemos vidas y haciendas si tal hiciésemos. Marchad, buen Cid; en nuestro mal no ganáis nada.

Se le queda el Cid mirándola tan frágil, tan pequeña, tan valiente. Lleva sobre su cuerpecillo una saya desteñida; por la espalda le cae el pelo suelto; a la cintura, una escarcelilla con un trozo de pan. Sus caballeros y soldados tienen hambre. El viento sopla; viento norte helado. El Cid mira a la niña, a las casas de Burgos y, levantando su mano oculta en el guantelete de hierro, ordena:

—¡En marcha!

La niña los mira pasar desde su infancia valiente y a su vez levanta la mano para despedirlos.

El tropel de guerreros y caballos se dirige al arenal de Arlanzón[3].

Tal es la recreación que se hace en el capítulo VIII, pero lo que resulta más interesante, en mi opinión, es que, en el capítulo final, el XXI, titulado «Muere el Cid Campeador», el moribundo Rodrigo, en diálogo con su esposa Jimena, se acuerda emotivamente de aquella «niña de nuef años» de Burgos:

—¿Ves, Jimena, cuántas riquezas conquistó mi brazo? Pues me gusta recrearme en el recuerdo de los tiempos aquellos cuando te dejé pobre en Cardeña. Hoy todos tienen miedo ante mí. Éramos entonces infanzones sin fortuna. Yo me iba desterrado. Estaban cerradas las puertas y ventanas de Burgos. Sólo una niña se atrevió a rogarme que no les hiciese mal… ¿Qué pensará ahora de mí aquella niña? No sólo no hice mal sino que por mi tuvieron bien todos los reinos cristianos[4].


[1] Cito por Cantar de mio Cid, texto antiguo de Ramón Menéndez Pidal, prosificación moderna de Alfonso Reyes, prólogo de Martín de Riquer, edición y guía de lectura de Juan Carlos Conde, Madrid, Espasa Calpe, 2006.

[2] Cito por Manuel Machado, Alma. Apolo, estudio y edición de Alfredo Carballo Picazo, Madrid, Ediciones Alcalá, 1967, pp. 150-151. Con ligeros cambios en la puntuación en Manuel Machado, Poesías completas, ed. de Antonio Fernández Ferrer, Sevilla, Renacimiento, 1993, p. 27-28.

[3] Cito por El Cid Campeador, aclaración y vocabulario de María Teresa León, 5.ª ed., Buenos Aires, Compañía General Fabril Editora, 1978, pp. 43-44.

[4] El Cid Campeador, aclaración y vocabulario de María Teresa León, pp. 119-120.

«La amiga del Rey» de Eduardo Galán (y 9)

A modo de conclusión, podemos señalar que en esta pieza de Eduardo Galán, La amiga del Rey[1], son varios los puntos de interés. Por un lado, la relación sentimental del rey y la Calderona; y, anexo a este, el conflicto de María Calderón como mujer y futura madre. Por otro, siguiendo en el plano amoroso, el triángulo formado por la reina, el embajador francés y doña Elvira. Un tercer núcleo de interés es el retrato del conde-cuque de Olivares.Felipe IVEn general, cabe destacar la calidad de la recreación histórica (la época de Felipe IV está evocada con notable acierto, tanto en los datos históricos como en los intra-históricos: el ambiente y las costumbres de la vida cotidiana, etc.), sin olvidar lo que hay en la pieza de enredo y humor (elementos no totalmente ausentes), las alusiones a temas y realidades contemporáneas y las reminiscencias literarias: la Celestina, la literatura picaresca, el teatro del Siglo de Oro en general, y El caballero de Olmedo en particular, etc. No en balde Eduardo Galán es un magnífico conocedor de la historia y la literatura del Barroco. Todos estos aspectos unidos convierten a La amiga del Rey en una obra muy pretenciosa (ya lo puso de manifiesto Fernández Insuela), tanto por la intensidad del retrato histórico que el autor traza como por el perfecto funcionamiento dramático de la acción y de los personajes. Quizá el autor haya cargado demasiado las tintas en los retratos de Olivares y el rey, pero esas son licencias permitidas en un drama histórico: aquí se trabaja sobre un pie forzado, pero quedan al dramaturgo algunos márgenes de maniobra para elaborar su ficción. Como es lógico, ni al drama ni a la novela histórica debemos pedirles la misma exactitud que exigiríamos a un manual de historia.


[1] Cito por Eduardo Galán Font, La amiga del Rey, introducción de Antonio Fernández Insuela, Murcia, Universidad de Murcia, 1996. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Los dramas históricos de Eduardo Galán: La posada del Arenal y La amiga del Rey», en José Romera Castillo y Francisco Gutiérrez Carbajo (eds.), Teatro histórico (1975-1998): textos y representaciones. Actas del VIII Seminario Internacional del Instituto de Semiótica Literaria, Teatral y Nuevas Tecnologías de la UNED (Cuenca, UIMP, 25-28 de junio, 1998), Madrid, Visor Libros, 1999, pp. 339-351.

«La amiga del Rey» de Eduardo Galán (8)

Pasemos a analizar el segmento histórico presente en esta comedia de Eduardo Galán. La acción se sitúa en la primavera de 1628 y los amores reales que sirven de fondo a la acción (Felipe IV y la Calderona) son verdaderos. A eso hay que añadir la mención de anécdotas o hechos históricos concretos (así, los ratones soltados en la cazuela del teatro). En tercer lugar, el lenguaje y las costumbres retratadas contribuyen poderosamente a dar sensación de verosimilitud. Hay numerosas alusiones a la situación política y económica de España: se habla del «estado mísero y ruinoso de nuestros reinos» (p. 93)[1], en los que abundan los hidalgos pobres; los piratas ingleses abordan los galeones del oro indiano; las guerras de Flandes desangran al país, etc. Por lo menos en dos ocasiones se menciona que no se paga el sueldo a los criados de Palacio (p. 55 y 93). Hay que recordar todo lo relativo a la religión y los problemas de los judíos con la Inquisición.

Juan RanaSensación de gran verosimilitud proporciona la mención de detalles costumbristas: las calles sucias de Madrid (p. 45; se constata la poco salubre costumbre de arrojar las inmundicias desde las ventanas al grito de «agua va»), los valentones (p. 49), las gradas de San Felipe, verdaderos «mentideros de Madrid» (pp. 51 y 64); alusiones a conocidos cómicos de la época (la Riquelme, Amarilis, Alonso de Valdivia, Juan Rana…) y a escritores (Lope, Tirso, Moreto); al teatro o corral de comedias de la Cruz (con apuntes interesantes sobre las representaciones), notas sobre la mala consideración social de los cómicos (p. 72), alusiones a los pícaros de Lavapiés y las riberas del Manzanares, a los banqueros genoveses (p. 51), al sagrado de las iglesias (p. 72). Entraría en este mismo apartado la mención de topónimos madrileños: la plaza de la Cebada, el paseo del Prado, el Manzanares, la Puente Segoviana, la Casa de Campo, la calle de Huertas, las gradas de San Felipe, el balcón de Marizápalos, la Plaza Mayor, la calle del León… Y lo mismo diríamos del léxico: floreo de Villán (p. 50), marranos ‘judíos’ (p. 66), gallofero ‘el que comía la sopa boba de los conventos’ (p. 81), que proporciona cierto sabor de época, pero sin resultar pedante o recargado para el lector o espectador contemporáneo.


[1] Cito por Eduardo Galán Font, La amiga del Rey, introducción de Antonio Fernández Insuela, Murcia, Universidad de Murcia, 1996. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Los dramas históricos de Eduardo Galán: La posada del Arenal y La amiga del Rey», en José Romera Castillo y Francisco Gutiérrez Carbajo (eds.), Teatro histórico (1975-1998): textos y representaciones. Actas del VIII Seminario Internacional del Instituto de Semiótica Literaria, Teatral y Nuevas Tecnologías de la UNED (Cuenca, UIMP, 25-28 de junio, 1998), Madrid, Visor Libros, 1999, pp. 339-351.

«La amiga del Rey» de Eduardo Galán (7)

Commedia dell´ArteRecordemos ahora la escena final de la obra de Eduardo Galán. El rey desea que los cómicos representen en Palacio, y ellos deciden poner en escena una obra de commedia dell’arte, improvisando en parte la acción, que se titula Il fogoso amante. La Calderona interpreta a Isabella (en realidad, se representa a sí misma); Inés hace de Colombina (trasunto de la reina doña Isabel) y Luzmán, convertido en actor, hará el papel de Arlequino, un personaje cuyo comportamiento es similar al del rey Felipe IV: Arlequino mantiene relaciones con las dos mujeres y don Felipe, que no se ve retratado en el personaje, comenta: «¡Qué sinvergüenza es este Arlequino!» (p. 123)[1]. Llega un momento en que el rey y la reina se introducen en el juego escénico (rompiendo parcialmente la «ficción dentro de la ficción») y dialogan directamente con los personajes de Il fogoso amante. Tanto Isabella como Colombina están embarazadas, igual que la Calderona y doña Isabel. A pesar de las máscaras que llevan los actores, la reina reconoce a su rival, la cual defiende apasionadamente que Arlequino-el rey debe cuidar al hijo que ha concebido y darle su apellido. Aquí las alusiones a la realidad son casi transparentes, y la reina muestra su disgusto. María se excusa diciendo que ese es el argumento de la comedia y que a ella le ha tocado representar ese papel. Entonces la reina comenta que, si es así, no le gusta el argumento y pide que se cambie, aunque el rey ordena que la obra siga con el plan previsto.

A la representación se suma ahora el embajador francés, en el papel de Capitán Spavento, circunstancia que aprovecha Luzmán para entregarle un importante pliego que demuestra la traición de Olivares, su alianza con los ingleses contra Francia (otra incursión de lo «real» en la pieza de teatro representada por los cómicos). Curiosamente, es este segundo aspecto, el público, no el de las relaciones privadas, el que pone fin a la farsa: «¡Se acabó el juego!», ordena el rey (p. 129), y dispone lo que ha de hacerse; no hay castigo para Olivares, sí para los cómicos: destierro para todos, encierro en un convento para la Calderona.


[1] Cito por Eduardo Galán Font, La amiga del Rey, introducción de Antonio Fernández Insuela, Murcia, Universidad de Murcia, 1996. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Los dramas históricos de Eduardo Galán: La posada del Arenal y La amiga del Rey», en José Romera Castillo y Francisco Gutiérrez Carbajo (eds.), Teatro histórico (1975-1998): textos y representaciones. Actas del VIII Seminario Internacional del Instituto de Semiótica Literaria, Teatral y Nuevas Tecnologías de la UNED (Cuenca, UIMP, 25-28 de junio, 1998), Madrid, Visor Libros, 1999, pp. 339-351.

«La amiga del Rey» de Eduardo Galán (6)

Otros dos personajes de La amiga del rey de Eduardo Galán a los que dedicaré unas líneas son el capitán Polilla y don Diego. Polilla es un gallardo personaje que se vanagloria de su doble condición de soldado y poeta (una versión ridícula del tópico de «las armas y las letras»); sus palabras iniciales parecen emparentarlo con el clásico miles gloriosus fanfarrón y cobarde, con el valentón de la literatura aurisecular:

Puedo alancear toros, asestar golpes con mi espada a cien soldados y detener en una hora a un montón de pícaros de la ribera del Manzanares sin despeinarme ni un solo mechón de la cabellera. ¡Sabed que en Flandes, de donde no hace ni una semana que he llegado, he vencido en mil batallas al holandés (p. 39)[1].

Soldado bravucónTambién se muestra bravucón en lances amorosos, al decir a la Calderona: «Menos chanza, que os dejaré cautiva de amor con sólo clavar mi mirada en vuestros ojos» (p. 40). Parece que va a ser un personaje totalmente ridículo, al que los demás personajes podrán burlar y hacer trampas. Sin embargo, luego cambia su presentación, y es el único que llega a hacer frente directamente al poderoso rey Felipe IV. En la fiesta de los toros, en la que hace una brillante faena, muestra un estandarte con la divisa «Son mis amores de la comedia» (como el famoso mote «Son mis amores reales» del conde de Villamediana), lo que provoca los celos del rey, que no admite rivales que le disputen el amor de la Calderona. El propio Polilla exclamará que él no se detiene ni ante el rey ni ante Dios. Y cuando Felipe IV le golpee al verlo abrazado a María, tan sólo el respeto cuasi sagrado a la monarquía le hará contenerse para no devolver golpe por golpe.

En cuanto a don Diego, su figura sirve para canalizar el tema de la situación de los judíos y sus graves problemas con la Inquisición española. Es figura que se nos hace simpática desde el principio, al convertirse en uno de los portadores de las ideas de tolerancia y libertad expresadas por el autor. Él será quien dé a Luzmán este bello y valiente consejo: «No pierdas jamás tu libertad» (p. 119).


[1] Cito por Eduardo Galán Font, La amiga del Rey, introducción de Antonio Fernández Insuela, Murcia, Universidad de Murcia, 1996. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Los dramas históricos de Eduardo Galán: La posada del Arenal y La amiga del Rey», en José Romera Castillo y Francisco Gutiérrez Carbajo (eds.), Teatro histórico (1975-1998): textos y representaciones. Actas del VIII Seminario Internacional del Instituto de Semiótica Literaria, Teatral y Nuevas Tecnologías de la UNED (Cuenca, UIMP, 25-28 de junio, 1998), Madrid, Visor Libros, 1999, pp. 339-351.