«La gitanilla» de Cervantes: don Juan, gitano nuevo

Idealizada está también la caracterización de don Juan, joven y galán de buenas prendas, que tendrá que vencer una serie de dificultades para llegar a alcanzar el amor de Preciosa: acepta vivir durante dos años con los gitanos, sufrirá celos por causa del paje-poeta Clemente, superará la falsa acusación de robo y el paso por la cárcel, etc. Tanto él como Preciosa conocen en esta novela un importante cambio de identidad: Preciosa, que ha vivido desde muy niña como gitana, es en realidad noble; y por el contrario, don Juan, que es y se sabe noble, decide transformarse en gitano para conquistar a la muchacha. Como certeramente escribe Zimic:

El disfraz de D. Juan es imprescindible y práctico precisamente como protección frente a una sociedad incomprensiva a su problema amoroso, personal, y no un artificioso enigma literario para las adivinanzas entretenidas de agudos, ociosos cortesanos, personajes ficticios y lectores. El «disfraz» gitano de Preciosa le es impuesto por las circunstancias peculiares de su vida. Implícita en toda la obra queda la sugerencia de que todo el mundo, particularmente el «alto», «refinado», lleva siempre el disfraz, pero no para mantener discretamente secretas ciertas nobles pasiones, como, supuestamente, esos pastores literarios [los protagonistas de la novela pastoril], sino para ocultar hipócritamente las más viles intenciones e inclinaciones. Se trata, en suma, de un mundo de continuos desdoblamientos y encubrimientos de la identidad naturales, lógicos; de muchas, mutuamente determinantes influencias sociales, de que nadie puede extraerse, refugiándose en idílicas zonas francas del ensueño amoroso[1].

Más allá de las peripecias amorosas, La gitanilla nos presenta un animado y pintoresco cuadro de la vida gitana, una vida que Cervantes retrata plena de alegría y optimismo. Como ha señalado la crítica, se da a lo largo de toda la novela una confrontación de dos sistemas de valores, el gitano-rural y el cortesano-urbano. Dicho de otra forma, el relato se articula en torno a la oposición estructural ciudad-nobleza-propiedad privada (código social) / campo-gitanos-propiedad comunal (código natural), siendo el dinero la clave de mediación entre la sociedad gitana y el poder[2].

Gitana

Don Juan, disfrazado de gitano e integrado en el grupo, será un observador ajeno de sus modos de vida y costumbres (de la misma forma que los jóvenes Rinconete y Cortadillo serán espectadores del mundo hampesco en el patio de Monipodio), todo con una perspectiva crítica que se mueve con cierta ambigüedad (muy cervantina) entre el elogio y la ironía. Y esta es una de las razones (pero no la única) por las que La gitanilla es, sin duda alguna, una de las mejores piezas incluidas en la colección de doce Novelas ejemplares.


[1] Stanislav Zimic, Las «Novelas ejemplares» de Cervantes, Madrid, Siglo XXI de España, 1996, pp. 37-38.

[2] Ver Harry Sieber, estudio preliminar a su edición de las Novelas ejemplares, 13.ª ed., Madrid, Cátedra, 1990, vol. I, pp. 19-21.

«La gitanilla» de Cervantes: Preciosa y los gitanos

Una de los rasgos más interesantes de esta novela, una de las doce Novelas ejemplares de Cervantes, es precisamente el magnífico retrato de Preciosa, presentada como un ser ideal lleno de belleza, ingenio, inocencia y gracia naturales, que canta y baila maravillosamente y lee la buenaventura; además, pese a su juventud, es discretísima y tiene un dominio total y absoluto de la palabra. Es, en suma, un personaje femenino en busca de su libertad personal, que defiende a toda costa, y en este sentido la podemos relacionar, por ejemplo, con Marcela (en el episodio de Marcela y Grisóstomo del Quijote)[1].

Gitana

En varias ocasiones Preciosa dará buena muestra de su habilísimo manejo del lenguaje y de los recursos de persuasión: en ningún momento acepta que otros (los gitanos varones del clan) la entreguen a don Juan/Andrés Caballero, sino que decide que será suya solo cuando él haya demostrado sobradamente merecer su amor. Su bondad y honestidad sin tacha son dos de los rasgos principales de su retrato, y esas cualidades destacan todavía más al hacerse presentes en medio del mundo gitanesco. Las palabras cervantinas que abren el relato no pueden ser más claras al respecto:

Parece que los gitanos y gitanas solamente nacieron en el mundo para ser ladrones: nacen de padres ladrones, críanse con ladrones, estudian para ladrones y, finalmente, salen con ser ladrones corrientes y molientes a todo ruedo; y la gana del hurtar y el hurtar son en ellos como acidentes inseparables, que no se quitan sino con la muerte[2].

Y luego serán los propios personajes gitanos quienes corroboren que el robo y los engaños son consustanciales a su modo de vida. En cualquier caso, la actitud de Cervantes será ambigua porque, al mismo tiempo que describe su inclinación al delito, presentará de forma idealizada esa «libre y ancha vida» gitanesca, cuya sociedad parece ser la de una nueva Edad de Oro, una felice Arcadia pastoril, como se aprecia en estas palabras puestas en boca de un gitano viejo:

—Esta muchacha, que es la flor y la nata de toda la hermosura de las gitanas que sabemos que viven en España, te la entregamos, ya por esposa o ya por amiga; que en esto puedes hacer lo que fuere más de tu gusto, porque la libre y ancha vida nuestra no está sujeta a melindres ni a muchas ceremonias. Mírala bien, y mira si te agrada, o si ves en ella alguna cosa que te descontente, y si la ves, escoge entre las doncellas que aquí están la que más te contentare, que la que escogieres te daremos; pero has de saber que, una vez escogida, no la has de dejar por otra, ni te has de empachar ni entremeter ni con las casadas ni con las doncellas. Nosotros guardamos inviolablemente la ley de la amistad: ninguno solicita la prenda del otro, libres vivimos de la amarga pestilencia de los celos. Entre nosotros, aunque hay muchos incestos, no hay ningún adulterio; y cuando le hay en la mujer propia, o alguna bellaquería en la amiga, no vamos a la justicia a pedir castigo; nosotros somos los jueces y los verdugos de nuestras esposas o amigas; con la misma facilidad las matamos, y las enterramos por las montañas y desiertos, como si fueran animales nocivos; no hay pariente que las vengue, ni padres que nos pidan su muerte. Con este temor y miedo ellas procuran ser castas, y nosotros, como ya he dicho, vivimos seguros. Pocas cosas tenemos que no sean comunes a todos, excepto la mujer o la amiga, que queremos que cada una sea del que le cupo en suerte; entre nosotros así hace divorcio la vejez como la muerte: el que quisiere puede dejar la mujer vieja, como él sea mozo, y escoger otra que corresponda al gusto de sus años. Con estas y con otras leyes y estatutos nos conservamos y vivimos alegres; somos señores de los campos, de los sembrados, de las selvas, de los montes, de las fuentes y de los ríos. Los montes nos ofrecen leña de balde; los árboles, frutas; las viñas, uvas; las huertas, hortaliza; las fuentes, agua; los ríos, peces, y los vedados, caza; sombra, las peñas; aire fresco, las quiebras; y casas, las cuevas. Para nosotros las inclemencias del cielo son oreos; refrigerio, las nieves; baños, la lluvia; músicas, los truenos, y hachas, los relámpagos. Para nosotros son los duros terreros colchones de blandas plumas; el cuero curtido de nuestros cuerpos nos sirve de arnés impenetrable que nos defiende; a nuestra ligereza no la impiden grillos, ni la detienen barrancos, ni la contrastan paredes; a nuestro ánimo no le tuercen cordeles, ni le menoscaban garruchas, ni le ahogan tocas, ni le doman potros. Del sí al no, no hacemos diferencia cuando nos conviene; siempre nos preciamos más de mártires que de confesores. Para nosotros se crían las bestias de carga en los campos y se cortan las faldriqueras en las ciudades. No hay águila, ni ninguna otra ave de rapiña, que más presto se abalance a la presa que se le ofrece que nosotros nos abalanzamos a las ocasiones que algún interés nos señalen; y, finalmente, tenemos muchas habilidades que felice fin nos prometen, porque en la cárcel cantamos, en el potro callamos, de día trabajamos y de noche hurtamos, o, por mejor decir, avisamos que nadie viva descuidado de mirar dónde pone su hacienda. No nos fatiga el temor de perder la honra, ni nos desvela la ambición de acrecentarla, ni sustentamos bandos, ni madrugamos a dar memoriales, ni acompañar magnates, ni a solicitar favores. Por dorados techos y suntuosos palacios estimamos estas barracas y movibles ranchos; por cuadros y países de Flandes, los que nos da la naturaleza en esos levantados riscos y nevadas peñas, tendidos prados y espesos bosques que a cada paso a los ojos se nos muestran. Somos astrólogos rústicos, porque, como casi siempre dormimos al cielo descubierto, a todas horas sabemos las que son del día y las que son de la noche; vemos cómo arrincona y barre la aurora las estrellas del cielo, y cómo ella sale con su compañera el alba, alegrando el aire, enfriando el agua y humedeciendo la tierra, y luego, tras ellas, el sol, dorando cumbres, como dijo el otro poeta, y rizando montes; ni tememos quedar helados por su ausencia cuando nos hiere a soslayo con sus rayos, ni quedar abrasados cuando con ellos particularmente nos toca; un mismo rostro hacemos al sol que al hielo, a la esterilidad que a la abundancia. En conclusión, somos gente que vivimos por nuestra industria y pico, y sin entremeternos con el antiguo refrán: «Iglesia, o mar, o casa real». Tenemos lo que queremos, pues nos contentamos con lo que tenemos. Todo esto os he dicho, generoso mancebo, porque no ignoréis la vida a que habéis venido y el trato que habéis de profesar, el cual os he pintado aquí en borrón, que otras muchas e infinitas cosas iréis descubriendo en él con el tiempo, no menos dignas de consideración que las que habéis oído[3].

Por otra parte, el realismo en la presentación de escenas y ambientes (realismo literario) contrasta con el idealismo del retrato de Preciosa y con el desenlace final, más propio de un relato bizantino o caballeresco; de ahí que se suela clasificar a La gitanilla entre las novelas ideorrealistas de la colección.


[1] Se ha señalado como posible antecedente de Preciosa el personaje de la Tarsiana en el Libro de Apolonio. Sin embargo, es difícil que Cervantes conociera tal obra. Preciosa es, en realidad, una de las creaciones más originales y atractivas de entre los personajes femeninos del escritor.

[2] Cito por Novelas ejemplares, ed. de J. García López, estudio preliminar de J. Blasco, presentación de F. Rico, Barcelona, Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores / Centro para la Edición de los Clásicos Españoles, 2005, pp. 27-28.

[3] Novelas ejemplares, ed. de J. García López, pp. 70-73.

«La gitanilla» de Cervantes: argumento

(Para mis alumnos del Programa Senior de la Universidad de Navarra, jóvenes de espíritu, con los que también he repasado estos días pasados las Novelas ejemplares de Cervantes y en particular La gitanilla)

La narración, la primera de las Novelas ejemplares de Cervantes, nos cuenta una historia de amor, la protagonizada por una muchacha gitana, de nombre Preciosa (un verdadero milagro de hermosura, bondad y discreción), y don Juan de Cárcamo, un joven de la clase noble que, totalmente enamorado de ella, acepta la condición por ella impuesta de abandonar su casa y su familia y vivir como gitano durante dos años para lograr ser correspondido en su sentimiento. Así lo hace, encubriendo su identidad bajo el nombre de Andrés Caballero. El tiempo que don Juan/Andrés pasa con los gitanos sirve para transmitir al lector un acabado cuadro de sus costumbres y formas de vida[1]. Por supuesto, la trama amorosa va a verse complicada con varias peripecias: por un lado, la presencia del paje-poeta Clemente, que también admira a Preciosa y le escribe poemas para que ella los cante, lo que va a provocar el nacimiento de los celos en el enamorado galán. De esta forma, don Juan/Andrés Caballero, Preciosa y Clemente vienen a formar el tradicional triángulo amoroso, si bien más tarde, avanzada la novela, descubriremos que el paje no ama a Preciosa y que han sido otras las razones que han motivado su precipitada salida de Madrid y le han hecho acabar en el campamento de los gitanos.

Gitana con mandolina, de Corot

Por otra parte, en el tramo final del relato (cuando los gitanos han llegado a las proximidades de Murcia) aparecerá otro personaje femenino, Juana Carducha, que va a servir para conducirlo hacia el desenlace: Juana, la hija de una mesonera rica, se enamora ciegamente del supuesto gitano Andrés, pero este rechaza con firmeza sus pretensiones amorosas y decide poner tierra por medio. Para vengarse del despecho de verse rechazada (más que para intentar retenerlo a su lado), Juana inventa que el gitano le ha robado ciertas alhajas, las cuales ella ha puesto disimuladamente entre su equipaje. Un sobrino del alcalde del lugar insulta a Andrés Caballero llamándole ladrón y, lo que resulta mucho más ofensivo, le da un bofetón. Andrés, o por mejor decir don Juan, reacciona inmediatamente en defensa de su ultrajado honor de caballero, arrebata la espada a su ofensor y lo mata. El falso gitano es detenido y llevado ante el Corregidor de Murcia.

La narración va a culminar con una anagnórisis propia de otros géneros (novela bizantina, novela de caballerías…): la vieja gitana que pasa por abuela putativa de Preciosa confiesa que la robó siendo niña, precisamente de casa del Corregidor, don Fernando de Acevedo, caballero del hábito de Calatrava. Resulta entonces que Preciosa es en realidad doña Constanza de Acevedo; la supuesta gitanilla, con todas sus virtudes, prendas y gracias, pertenece a la más alta nobleza. Además del relato de la anciana gitana, hay una serie de señales (marcas físicas en el cuerpo de Preciosa, unos papeles, unas alhajas…) que corroboran la veracidad de la historia. Descubierta también la verdadera identidad de Andrés (don Juan de Cárcamo), y convenientemente arreglado el asunto de la muerte del sobrino del alcalde, ya no hay ningún obstáculo para el feliz matrimonio de ambos. Eso sí, la solución en boda es posible porque Preciosa, en pleno ejercicio de su libertad, decide que don Juan es digno de su amor y acepta, sin imposiciones de nadie, a su pretendiente. Así lo había dejado advertido en el momento de unirse don Juan a los gitanos: «Estos señores bien pueden entregarte mi cuerpo, pero no mi alma, que es libre y nació libre, y ha de ser libre en tanto que yo quisiere»[2].


[1] Ver Walter Starkie, «Cervantes y los gitanos», Anales cervantinos, IV, 1954, pp. 139-186.

[2] Novelas ejemplares, ed. de Jorge García López, Barcelona, Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores / Centro para la Edición de los Clásicos Españoles, 2005, p. 74.

«La gitanilla» de Cervantes: datación y fuentes

(Dedico la entrada de hoy a mis alumnos del seminario cervantino en la Universidad de Delhi, con los que tuve la oportunidad de comentar, hace pocas semanas, «La cueva de Salamanca» y «La gitanilla».)

La gitanilla se cuenta, sin duda, entre las mejores piezas de la colección de Novelas ejemplares[1] que Cervantes reúne y da a las prensas en 1613. Escrita con un estilo ágil y ameno, pleno de gracia e ironía, su prosa pacientemente trabajada es ejemplo señero de su absoluto dominio del idioma, y constituye una verdadera obra maestra, no solo de la narrativa cervantina, sino de la literatura universal.

Una edición moderna de La gitanilla

Sabemos que Cervantes yuxtapone sus doce relatos, coloca uno detrás de otro sin inventar un marco narrativo externo que dé unidad o trabazón al conjunto (frente a lo que será habitual en otras colecciones de novelas cortas de la época, que crean un marco a imitación de lo que sucedía en el Decamerón de Boccaccio). Sobre la datación de La gitanilla, que es la novela que abre el volumen, escribe Jorge García López:

La gitanilla supone la vuelta de la corte a Madrid, aunque sus escenas iniciales traen a las mientes la corte vallisoletana y los festejos por el nacimiento de Felipe IV (8 de abril de 1605), lo que ha conducido a creerla en todo caso posterior a 1606. Pero ahora la cronología interna sí corre pareja a su más verosímil datación. Preciosa dice tener quince años y ha sido robada, tal como declara el papel que entrega la vieja gitana, en 1595, de donde resulta la fecha de 1601, lo que ha inducido a datarla en los años 1610-1612 […]. Por otra parte, desde principios de siglo se abrió paso la idea, muy generalizada, de que fue escrita para encabezar la colección, una suerte de obertura narrativa para todo el conjunto, si bien no hay que deducir de ello que sea la última sensu stricto en el proceso de composición[2].

Como fuentes de inspiración se han señalado un coloquio erasmiano que trata sobre el cortejo y el matrimonio cristiano y también dos églogas de Juan del Encina[3]. Por lo demás, guarda relación con la novela sentimental, la picaresca, la caballeresca y la pastoril, en el sentido de que se aprecian en su construcción elementos procedentes de todas esas modalidades narrativas[4]: la trama amorosa con celos y rivalidades; el ambiente gitanesco de robos y engaños; la ocultación de la verdadera personalidad de determinados personajes hasta la anagnórisis final; la visión idealizada de la vida en el mundo rural… Así nos lo revelará un rápido resumen del argumento.


[1] La bibliografía sobre las Novelas ejemplares en general es muy extensa. Mencionaré solo algunas monografías destacadas: Julián Apraiz, Estudio histórico crítico de las «Novelas ejemplares», Vitoria, Domingo Sar, 1901; Francisco A. de Icaza, Las «Novelas ejemplares» de Cervantes, sus críticos, sus modelos literarios, sus modelos vivos y su influencia en el arte, Madrid, Imp. Clásica Española, 1915; Agustín González de Amezúa y Mayo, Cervantes, creador de la novela corta española, Madrid, CSIC, 1956-1958, 2 vols.; Joaquín Casalduero, Sentido y forma de las «Novelas ejemplares», Madrid, Gredos, 1974; Ruth S. El Saffar Novel to Romance. A Study of Cervantes’ «Novelas ejemplares», Baltimore-Londres, The John Hopkins University Press, 1974; Francisco Javier Sánchez, Lectura y representación. Análisis cultural de las «Novelas ejemplares» de Cervantes, New York, Peter Lang, 1993; Thomas R. Hart, Cervantes’ Exemplary Fictions. A Study of the «Novelas ejemplares», Lexington, The University Press of Kentucky, 1994; Joseph V. Ricapito, Cervantes’s «Novelas ejemplares»: Between History and Creativity, Purdue, West Lafayette, Purdue University Press, 1996; Stanislav Zimic, Las «Novelas ejemplares» de Cervantes, Madrid, Siglo XXI de España, 1996; Alicia Parodi, Las Ejemplares, una sola novela: la construcción alegórica de las «Novelas ejemplares» de Miguel de Cervantes, Buenos Aires, Eudeba, 2002; Stephen Boyd, A Companion to Cervantes’ Novelas Ejemplares, Woodbridge, Suffolk, Tamesis, 2005; Jesús G. Maestro, Las ascuas del Imperio. Crítica de las «Novelas ejemplares» de Cervantes desde el materialismo filosófico, Vigo, Academia del Hispanismo, 2007; y Katerina Vaiopoulos, De la novela a la comedia: las «Novelas ejemplares» de Cervantes en el teatro del Siglo de Oro, Vigo, Academia del Hispanismo, 2010. La novela puede leerse ahora también en esta edición: Miguel de Cervantes, Novelas ejemplares (La gitanilla. Rinconete y Cortadillo), ed. de Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2010.

[2] Jorge García López, prólogo a su edición de las Novelas ejemplares, estudio preliminar de Javier Blasco, presentación de Francisco Rico, Barcelona, Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores / Centro para la Edición de los Clásicos Españoles, 2005, p. LX.

[3] Ver Zimic, Las «Novelas ejemplares» de Cervantes, pp. 1-2.

[4] Ver Zimic, Las «Novelas ejemplares» de Cervantes, p. 35.

Una dosis mínima del Quijote

No puedo detallar ahora —ni siquiera de forma muy resumida— toda la riqueza literaria y toda la complejidad narrativa de una obra maestra tan universal como es el Quijote, cuya Primera parte se publico en 1605 y su continuación o Segunda parte en 1615 (vamos ya, poco a poco, acercándonos a este nuevo centenario). Baste con decir, como primera aproximación o dosis mínima en forma de entrada del blog, que la historia protagonizada por el hidalgo Alonso Quijano, transformado por la locura y la fuerza de la imaginación en el caballero andante don Quijote de la Mancha, convirtió a su autor en el «padre de la novela europea moderna».

El propósito declarado de Cervantes para escribir su libro es el de parodiar el género de las novelas de caballerías, que habían degenerado hasta el punto de convertirse en relatos llenos de disparates. Pero es obvio que el Quijote es mucho más que una parodia genial. La perfecta construcción de don Quijote, un personaje complejo (loco entreverado de cuerdo), un verdadero héroe problemático, unida al alarde estructural y de técnicas narrativas (multiperspectivismo, ironía, distanciamiento…) de que hace gala Cervantes, son elementos que dan como resultado una de las más grandes obras de la literatura universal.

Portada de la Primera parte del Quijote (1605)

Recibido en su tiempo como un libro cómico, de entretenimiento (don Quijote y Sancho son figuras, personajes ridículos de los que todos pueden burlarse y reírse a su costa…), el Quijote fue cargándose de valores más profundos, simbólicos y complejos con el paso de los siglos, con multitud de lecturas e interpretaciones. La galería de personajes principales y secundarios, el conjunto de historias amenas y episodios interesantes que encierra en sus dos partes son de una riqueza verdaderamente impresionante. Todavía más: como se ha afirmado, en el Quijote está compendiada toda la España de Cervantes, de la que es un magnífico reflejo (reflejo pasado, desde luego, por el tamiz de lo literario). En fin, con toda razón se ha considerado que el Quijote es, a la vez, la genial síntesis de todas las modalidades narrativas de su tiempo y el punto de partida de toda la novelística posterior[1].


[1] Para más detalles remito a la guía de lectura preparada por Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote: Miguel de Cervantes, Berriozar, Cénlit Ediciones, 2006. Y, por supuesto, también a futuras entradas de este blog insular y barañario.

Cervantes y el entremés

Miguel de Cervantes (1547-1616) es otro de los grandes hitos en el desarrollo del género entremesil, que enriqueció con piezas de genial maestría: amplió el número de personajes y ennobleció los tipos básicos del bobo y el fanfarrón (Cervantes los dota de carácter y matices, les da cierta profundidad psicológica), acrecentó los materiales novelescos y refinó literariamente sus piezas, dotándolas de nuevos temas, ideas y técnicas.

Portada de ocho comedias y ocho entremeses (1615)

Los publicó en Ocho comedias y ocho entremeses nuevos nunca representados (1615), en cuyo prólogo destaca la importancia de su modelo Lope de Rueda, al tiempo que enumera los principales tipos que se representaban:

Las comedias eran unos coloquios, como églogas, entre dos o tres pastores y alguna pastora; aderezábanlas y dilatábanlas con dos o tres entremeses, ya de negra, ya de rufián, ya de bobo y ya de vizcaíno: que todas estas cuatro figuras y otras muchas hacía el tal Lope [de Rueda] con la mayor propiedad y excelencia que pudiera imaginarse.

No es posible comentar en este momento (recordemos que estamos trazando un recorrido panorámico por el entremés barroco) los argumentos, temas y personajes de los ocho entremeses cervantinos: El rufián viudo llamado Trampagos, La guarda cuidadosa, El juez de los divorcios, El vizcaíno fingido, La elección de los alcaldes de Daganzo, El retablo de las maravillas, La cueva de Salamanca y El viejo celoso. Habrá, sin duda, ocasión de volver sobre ellos para un análisis más detallado. Baste señalar por el momento que muchos alcanzan la categoría de obras maestras dentro del género y que en ellos el ingenio complutense nos brinda tipos inolvidables y pinceladas del mejor realismo costumbrista.

En fin, la variedad de los temas cómicos, la animación de sus cuadros y la diversidad de sus personajes populares son tres notas destacadas, a las que hay que añadir su fina observación de la realidad y la agudeza satírica intencionada, la profunda intencionalidad de estos entremeses que amalgaman a la perfección risa y seriedad.

«La prisión», recreación cervantina de Santiago Posteguillo

En su reciente libro La noche en que Frankenstein leyó el Quijote. La vida secreta de los libros (porque los libros tienen otras vidas), Barcelona, Planeta, 2012, Santiago Posteguillo reúne 24 capítulos («relatos, o artículos, pues son textos que andan a caballo, o a pie, entre uno y otro género», p. 229) en los que se cuentan historias enigmáticas, anécdotas amenas y curiosidades varias relacionadas con escritores y libros de la literatura universal.

Cubierta de La noche en que Frankenstein leyo el Quijote, de Santiago Posteguillo

Pues bien, el quinto de tales episodios (pp. 45-52) se dedica a evocar la entrada y los primeros días de Cervantes en la cárcel de Sevilla en 1597. Tal como sucede en otros capítulos, la evocación del personaje se presenta en un relato que contiene diversas marcas ficcionalizadoras (narrador omnisciente en tercera persona, diálogos, ligeras descripciones del ambiente carcelario: el calor, las míseras estancias, los porteros y bastoneros, las mujerzuelas que entran cada noche para solaz de los prisioneros con dinero, etc.). El innominado protagonista (se le designa con sintagmas como «el reo recién llegado», «el preso», «el preso nuevo», «el reo nuevo», «nuestro preso»…) pide recado de escribir y, cuando le llega, dirige confiado una carta al rey, esperando una pronta respuesta. Pero los días pasan y la contestación real no llega, por lo que el preso solicita de nuevo que le traigan papel, pluma y tintero:

—¿Más cartas al rey? —le preguntó con sorna el preso viejo.

—No. El rey responderá. Hay que darle tiempo. Entretanto escribiré. Poca cosa más se puede hacer aquí.

El preso viejo se acercó y miró a aquel veterano de guerra que se afanaba en sostener bien el papel que le habían traído con un muñón que tenía por toda mano en el brazo izquierdo.

—Es herida de guerra, ¿cierto? —indagó el preso viejo con curiosidad infinita.

—De guerra es. Sí —dijo el preso nuevo sin levantar la mirada. El otro intentó discernir la escritura, pero apenas sabía leer y se volvió a su jergón.

El preso nuevo llevaba días con una idea en la cabeza, con una historia de esas de… novela. Tenía que distraerse o se volvería loco.

«En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…», empezó con decisión, y con decisión siguió un par de horas. Hasta que se le acabó la tinta y el sol dejó de iluminar bien (pp. 51-52).

En la parte final de este capítulo en el que así se ha evocado el posible comienzo de la redacción del Quijote en la cárcel sevillana, se abandona el tono ficcional para dar paso a la voz reflexiva del autor, que aporta el siguiente comentario:

Ahora esa misma cárcel sevillana tiene una placa, justo en la esquina de la calle Sierpes con Francisco Bruna, que reza: «En el recinto de esta casa, antes cárcel real, estuvo preso (1597-1602) Miguel de Cervantes Saavedra, y aquí se engendró para asombro y delicia del mundo El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. La Real Academia Sevillana de las Buenas Letras acordó perpetuar este glorioso recuerdo, año de MCMLXV.» No me queda claro qué de «glorioso» tuvo aquel encierro para el bueno de Cervantes. He contado hoy día hasta más de veinte placas en honor a Cervantes por toda Sevilla. Y si contáramos todas las de España, no quiero ni pensarlo. Hasta tenemos un premio de las letras con su nombre y un instituto de promoción del español también. Sí, ahora sí, pero aquel 1597 lo metimos en la cárcel. Así somos (p. 52).

Cervantes poeta: algunas conclusiones

Si damos por bueno que Cervantes no nació poeta, al menos tendremos que reconocer también que, a lo largo de toda su vida, trabajó y se desveló por serlo, cultivando la poesía con entrega y dedicación, «desde la natural inclinación de su temprana mocedad hasta la constancia conmovedora de su vejez», por decirlo con palabras de Gerardo Diego[1]. El recorrido que hemos hecho a lo largo de diversas entradas por estos veinte sonetos y la «Canción desesperada» de Grisóstomo[2] nos muestran —creo— esa dedicación constante. Cervantes, valga decirlo así, dio en hacerse poeta, «que es enfermedad incurable y pegadiza», según sentenció la sobrina de don Quijote.

Poesía

El alcalaíno cultivó el arte (y el artificio) de la poesía, convencido de que, si la naturaleza no le había dotado excepcionalmente para el genio poético, el trabajo continuo y el cultivo tenaz del verso podían ayudarle a mejorar su estilo: no en balde el arte perfecciona a la naturaleza. Como indica Vicente Gaos, Cervantes no llegó a ser un virtuoso del verso, pero sí fue capaz de presentar distintos registros poéticos, haciendo gala de variados recursos estilísticos para el ornato retórico de sus poemas.

Advertiremos, si nos acercamos a ella, que la de Cervantes es una poesía desigual, con sus cumbres y caídas (Gerardo Diego habla de su «desigual e intermitente vena poética»[3]); pero en ese corpus podemos encontrar algunas composiciones verdaderamente excelentes (creo que lo son, en distintos estilos y registros, varias de las examinadas). Y aunque no tuviera otro mérito —que sí lo tiene—, la poesía cervantina ofrece además el de completar el conocimiento de la figura de Cervantes, pues sus versos son fruto del mismo espíritu y del mismo genio que nos legó su inmortal Quijote[4].


[1] Gerardo Diego, «Cervantes y la poesía», Revista de Filología Española, XXXII, 1948, p. 214.

[2] Los textos de todas estas entradas de la serie «Cervantes poeta» proceden de un trabajo mío del año 2005: Carlos Mata Induráin, «Veinte poemas de amor y una canción desesperada de Miguel de Cervantes Saavedra», Mapocho. Revista de Humanidades (Santiago de Chile, Biblioteca Nacional de Chile), núm. 57, primer semestre de 2005, pp. 55-88.

[3] Diego, «Cervantes y la poesía», p. 214.

[4] En conclusión, de ninguna manera se puede decir que Cervantes no fue poeta o que fue un mal poeta. Hago mías estas acertadas palabras de Vicente Gaos: «Realmente, el verso le venía estrecho, no podía encajar en él la libertad de su espíritu, su dilatado genio universal. ¿Fue, por eso, mal poeta? Conforme: todo lo malo que podía ser…, siendo Cervantes» («Cervantes, poeta», en Cervantes. Novelista, dramaturgo, poeta, Barcelona, Planeta, 1979, p. 170).

Cervantes poeta: la «Canción desesperada» de Grisóstomo

Va inserta en Quijote, I, 14, en el contexto del episodio pastoril de Grisóstomo y Marcela. Abre ese capítulo, que lleva el epígrafe «Donde se ponen los versos desesperados del difunto pastor, con otros no esperados sucesos». En Sierra Morena, don Quijote tiene ocasión de asistir al entierro de Grisóstomo. Su amigo Ambrosio —que conserva los escritos del pastor, aunque tiene el encargo de quemarlos todos— explica que el último papel que escribió fue uno con el título de «Canción desesperada», y se lo entrega a Vivaldo para que lo lea mientras abren la sepultura.

Entierro del pastor Grisóstomo

El adjetivo desesperada se puede entender en un doble sentido: ‘sin esperanza’ o ‘propia de un suicida’, ya que en el Siglo de Oro la palabra desesperarse valía ‘suicidarse’. A lo largo del episodio Cervantes es ambiguo con relación a las causas del fallecimiento de Grisóstomo: suicidio o muerte por amor. Castro señaló que este era el único suicidio literario postridentino; para él, la canción explica lo que no cuenta la historia: que el pastor Grisóstomo se ha suicidado tras sufrir el desdén de la bella pastora Marcela[1]. Rosales, en cambio, consideró que se trataba de un suicidio metafórico; Avalle-Arce, por su parte, habló de la «realidad ambivalente» cervantina, y luego han seguido otras interpretaciones diversas[2]. Sea como sea, la canción, compuesta seguramente antes que el Quijote, fue introducida aquí para justificar, desde un punto de vista poético y subjetivo, la muerte del enamorado pastor[3].

La canción consta de ocho estancias más el envío final dirigido a la propia canción: 133 versos en total (demasiado extensa para copiarla aquí completa). Desarrolla el tópico de la «bella ingrata», de la «hermosa amada enemiga», que encontramos también en algunos sonetos cervantinos. El yo lírico anuncia que quiere lanzar su son doliente para que todo el mundo conozca la fuerza del «áspero rigor» (v. 3) de la amada desdeñosa, «tu rigor tan sin segundo» (v. 46), y la «pena cruel» (v. 31) que le causa. Así las cosas, anuncia: «Yo muero, en fin» (v. 81) y afirma que no le cabe esperar «buen suceso» (v. 82), ni en vida ni en muerte; pese a todo, señala, «alegre a tu rigor me ofrezco» (v. 102). En cuanto al estilo, cabe resumir con Valbuena Prat: «En el Quijote, en la misma canción de Grisóstomo algo prolija y retórica, abundan buenos versos y acertadas expresiones»[4].


[1] Es lo que parece declaran los versos 92-96: «Y con esta opinión y un duro lazo, / acelerando el miserable plazo / a que me han conducido sus desdenes, / ofreceré a los vientos cuerpo y alma, / sin lauro o palma de futuros bienes».

[2] Para las distintas interpretaciones del episodio y de la muerte de Grisóstomo (suicidio / muerte de amores), véase especialmente Américo Castro, Hacia Cervantes, Madrid, Taurus, 1957, p. 239; Luis Rosales, Cervantes y la libertad, vol. II, La libertad soñada, Madrid, Sociedad de Estudios y Publicaciones, 1960, pp. 486-510; Harry Sieber, «Society and Pastoral Vision in the Marcela-Grisóstomo Episode of Don Quijote», en J. M. Solà-Solé, A. Crisafulli y B. Damiani (eds.), Estudios literarios de hispanistas norteamericanos dedicados a Helmut Hatzfeld con motivo de su 80 aniversario, Barcelona, Hispam, 1974, pp. 185-194; Juan Bautista Avalle-Arce, «Cervantes, Grisóstomo, Marcela, and Suicide», PMLA, 1974, pp. 1115-1116 y «Grisóstomo y Marcela (Cervantes y la verdad problemática)», en Nuevos deslindes cervantinos, Barcelona, Ariel, 1975, pp. 89-116; H. Iventosh, «Cervantes and Courtly Love: The Grisóstomo-Marcela Episode of Don Quijote», PMLA, 1974, pp. 64-76 y 1975, p. 195; J. Herrero, «Arcadia’s Inferno: Cervantes’ Attack on Pastoral», Bulletin of Hispanic Studies, 1978, pp. 289-299; Andrés Amorós, «Los poemas de El Quijote», en Manuel Criado de Val (dir.), Cervantes: su obra y su mundo. Actas del I Congreso Internacional sobre Cervantes, Madrid, EDI-6, 1981, p. 712; Gaspar Garrote Bernal, «Intertextualidad poética y funciones de la poesía en el Quijote», Dicenda. Cuadernos de Filología Hispánica, 14, 1996, pp. 121-122; y Stanislav Zimic, «La “muerte de amores” de Grisóstomo», en Los cuentos y las novelas del «Quijote», Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 1998, pp. 37-58.

[3] «Bien les pareció a los que escuchado habían la canción de Grisóstomo, puesto que el que la leyó dijo que no le parecía que conformaba con la relación que él había oído del recato y bondad de Marcela, porque en ella se quejaba Grisóstomo de celos, sospechas y de ausencia, todo en perjuicio del buen crédito y buena fama de Marcela» (p. 151). Tras la explicación de Ambrosio, se produce la súbita aparición de Marcela en lo alto de una peña, desde la que pronunciará su discurso sobre la libertad de amar (pp. 153-155) y su defensa por parte de don Quijote, quien pide que la pastora sea honrada y estimada; el episodio, en fin, se cierra con el entierro y el epitafio de Grisóstomo: «Yace aquí de un amador / el mísero cuerpo helado, / que fue pastor de ganado, / perdido por desamor. / Murió a manos del rigor / de una esquiva hermosa ingrata, / con quien su imperio dilata / la tiranía de amor» (p. 156).

[4] Ángel Valbuena Prat, «Cervantes, poeta», en Historia de la literatura española, tomo II, 7.ª ed., Barcelona, Gustavo Gili, 1964, p. 16. Adriana Lewis Galanes destaca «toda su perfección formal» («Cervantes: el poeta en su tiempo», en Manuel Criado de Val, dir., Cervantes: su obra y su mundo. Actas del I Congreso Internacional sobre Cervantes, Madrid, EDI-6, 1981, p. 171).

Cervantes poeta: el soneto de Policarpa en el «Persiles»

Es el tercero de los cuatro sonetos incluidos en el Persiles, y se encuentra en el Libro II, capítulo 3. Se intercala en un pasaje en que conversan Sinforosa, la hija del rey Policarpo, y Auristela, ambas decaídas, enfermas, por los efectos del amor que sienten por Periandro. El soneto desarrolla, en concreto, la imagen tópica del amor como enfermedad (aquí se habla de «generoso ardor», v. 5; «doliente ánima», v. 9; «enferma voz», v. 10; «calentura», v. 12; «señales», v. 14) y proclama la necesidad de silencio y secreto (condición imprescindible en el código del amor cortés). De la misma forma que la calentura, síntoma de una enfermedad física, causa señales en la boca, el ardor amoroso hace hablar al enamorado, viene a decir el soneto.

Amor como enfermedad

La voz lírica, dirigiéndose a un interlocutor poético de nombre Cintia, le aconseja que rompa ese silencio: ‘Si no te has desengañado y has recuperado la libertad, habla’. Pero en realidad el mensaje va claramente dirigido a Sinforosa, animándola a que declare su amor[1]. Desde el punto de vista formal, destaca el carácter bimembre del verso tercero («da riendas al dolor, suelta la vida») y la construcción en quiasmo del undécimo («decir la lengua lo que al alma toca»).

Cintia, si desengaños no son parte
para cobrar la libertad perdida,
da riendas al dolor, suelta la vida,
que no es valor ni es honra el no quejarte.

Y el generoso ardor que, parte a parte,
tiene tu libre voluntad rendida,
será de tu silencio el homicida
cuando pienses por él eternizarte.

Salga con la doliente ánima fuera
la enferma voz, que es fuerza y es cordura
decir la lengua lo que al alma toca.

Quejándote, sabrá el mundo siquiera
cuán grande fue de amor tu calentura,
pues salieron señales a la boca[2].


[1] Y así, el soneto va a servir para determinar a la hija del rey Policarpo a seguir revelando a Auristela todo el deseo en que arde: «Ninguno como Sinforosa entendió los versos de Policarpa, la cual era sabidora de todos sus deseos, y, puesto que tenía determinado de sepultarlos en las tinieblas del silencio, quiso aprovecharse del consejo de su hermana, diciendo a Auristela sus pensamientos, como ya se los había comenzado a decir» (ed. Romero Muñoz, p. 295).

[2] Persiles, II, 3, ed. de Carlos Romero Muñoz, 2.ª ed. revisada y puesta al día, Madrid, Cátedra, 2002, p. 295