«La fuerza de la sangre» de Cervantes: interpretación y trascendencia

En una entrada anterior me refería al argumento y los temas de La fuerza de la sangre, la sexta de las Novelas ejemplares de Cervantes. En esta de hoy quiero añadir algunas otras consideraciones relativas a su interpretación y trascendencia en forma de reescrituras o adaptaciones posteriores. Con respecto a su título, explica Jorge García López:

Para el cervantismo decimonónico y finisecular, el título de la novela condensó la expresión cervantina de una idea básica del antiguo régimen: la identidad entre nobleza ética y social. De ahí que haya servido para apostillar otros relatos cervantinos que parecen resultado de esa ideología (La gitanilla, por ejemplo, o La ilustre fregona). En esta perspectiva el título vendría a significar “el poder de la ascendencia”, “la vitalidad de lo noble”. Por otra parte, se trata de uno de los pocos títulos de la colección que no expresa ninguna relación con ningún personaje principal, sino que está limitado a describir el hecho fundamental del relato, y, con ello, propone una reflexión sobre el destino de los personajes, e incluso la abstracción de todas sus caracterizaciones en la mera señal de demarcación social (la sangre). Más recientemente, su interpretación ha corrido paralela a la del relato, y en una perspectiva simbólica y religiosa bien podría entenderse incluso “la eficacia del sacrificio”, refiriéndose a la escena nuclear del accidente de Luisico, e incluso pueden rastrearse sentidos de una irónica crueldad. Asimismo, el relato puede entenderse como una exploración de las diferentes asociaciones que pueden darse entre fuerza y sangre (asociando o disociando ambos términos con diferentes sentidos). El título, por otra parte, se convierte en cifra de las llamativas simetrías sobre las que está construido el relato, puesto que resuena en sus líneas finales, acotando el accidente central de la narración y acentuando la verosimilitud del conjunto[1].

La novela de La fuerza de la sangre ha sido considerada entre las menos importantes dentro del volumen de doce relatos publicado en 1613 por Cervantes, pero ofrece muchos elementos de interés, susceptibles de una interpretación simbólica, en particular religiosa, como han hecho notar distintos estudiosos[2]. Así, por ejemplo:

1) El propio nombre de la protagonista, Leocadia, que evoca a santa Leocadia, virgen y mártir cristiana de la Hispania romana (durante la persecución de Diocleciano), cuya festividad se celebra el 9 de diciembre, y es el nombre de la iglesia toledana donde se encuentra el Cristo de la Vega.

2) La sangre derramada del hijo, Luisico, salva a su madre Leocadia de la muerte social, igual que la sangre de Cristo limpia y purifica al hombre de sus pecados.

3) La cuesta que desciende Rodolfo al comienzo de la novela con sus amigos (cuando se cruza con el grupo de las “ovejas”, Leocadia y su familia) simbolizaría su descenso moral. Igualmente, el caballo que atropella a Luisico sería trasunto del impulso sexual de Rodolfo.

4) El hecho de que Rodolfo deje abandonada a Leocadia junto a la iglesia mayor de Toledo (solución sugerida por la propia muchacha) apuntaría a la unión matrimonial final, que anticipa de alguna manera.

LaFuerzadelaSangre_Rodolfo

5) Se manejan en la novela técnicas de claroscuro: es importante la contraposición luz / oscuridad, ceguera / visión. La oscuridad de la casa de Rodolfo simboliza el sepulcro de Leocadia, su muerte social. Al final, la oscuridad dejará paso a la luz.

6) En fin, la crítica ha señalado también la importancia del motivo del niño maravilloso, con precedentes en el folclore y la literatura hagiográfica, que es un claro símbolo de regeneración.

Como valoración de conjunto, me limitaré a copiar de nuevo unas palabras del antes citado García López:

Nuestro relato fue uno de los más elogiados por el cervantismo de fines del siglo XIX, que vio en el título la cifra de una ideología que Cervantes frecuenta (o quizá simplemente utiliza) en alguna otra novela de la colección, sea La gitanilla o La ilustre fregona; y esto a pesar de contener uno de los episodios más duros de aceptar para una mentalidad moderna: que Leocadia “ame” a quien la ha forzado físicamente. Por ahí se le ha achacado en ocasiones lo artificioso del desenlace, sensación reforzada por el laberinto de aparentes simetrías que nos presenta el relato. En otro sentido, la novela refleja con nitidez el rechazo de Cervantes a la idea del honor imperante en la época, y lo hacía explotando una leyenda popular toledana también utilizada por Zorrilla en su obra dramática A buen juez, mejor testigo, pero ya en la época el argumento pasó a las tablas de la mano de Alexander Hardy como La forcé du sang. Sin embargo, la crítica se ha rendido con más frecuencia y entusiasmo a la exégesis de las aludidas simetrías, centradas todas ellas en torno al accidente del pequeño Luis, cuya sangre derramada (evocación del sacrificio de cristo) salvará a su madre de la muerte social. De ahí que las interpretaciones religiosas y simbólicas hayan seducido a la crítica con asiduidad llamativa. La escena inicial, por ejemplo, parece estar penetrada de un simbolismo ético; o bien la iglesia donde Rodolfo conduce a Leocadia para que se oriente en la noche sería símbolo adelantado del desenlace: el matrimonio. En fin, el caballo que atropella a Luisico vale por metáfora del deseo carnal: el de Rodolfo forzando a Leocadia. Más recientemente se ha explorado la carga social que contiene el relato, esbozándose renovados sentidos en el título, donde puede llegarse a entender una afilada y cruel ironía. En la sociedad que le ha tocado en suerte, Leocadia no tiene otra alternativa que convivir con Rodolfo[3].

Terminaré indicando algunos datos sobre la trascendencia de La fuerza de la sangre. Inspirada en una narración medieval legendaria de origen toledano, la novela cervantina daría lugar a su vez a otras recreaciones literarias posteriores como la comedia homónima de Guillén de Castro, No hay cosa como callar de Calderón de la Barca o El agravio satisfecho de Alonso de Castillo Solórzano, en la literatura del Siglo de Oro español; La force du sang, de Alexander Hardy, en el ámbito francés; la leyenda de José Zorrilla A buen juez mejor testigo, en tiempos del Romanticismo; y, ya en nuestros días, María Folgueira ha redactado una nueva adaptación teatral con el título Sangre forzada.


[1] Jorge García López, en su edición de las Novelas ejemplares, Barcelona, Crítica, 2001, p. 303, nota.

[2] Un buen estado de la cuestión y repaso bibliográfico puede verse en las páginas que le dedica Jorge García López en su edición (2001, pp. 867-882).

[3] Jorge García López, en su edición de las Novelas ejemplares, Barcelona, Crítica, 2001, pp. 303-304, nota.

«La fuerza de la sangre» de Cervantes: argumento y temas

La fuerza de la sangre probablemente sea una de las menos estudiadas de entre las Novelas ejemplares y, sin embargo, es uno de los textos en los que Cervantes maneja con mayor destreza el juego entre trama e intriga. En la tradicional clasificación de los doce relatos que forman la colección cervantina, este se incluye en el grupo de los idealistas, aquellos en los que se pone mayor énfasis en la imaginación y hay más casualidades y elementos inverosímiles (como sucede también en El amante liberal, La española inglesa, La ilustre fregona, Las dos doncellas y La señora Cornelia).

En La fuerza de la sangre las desdichas de la joven Leocadia, forzada por Rodolfo, un noble excesivamente deshonesto y libertino, verán cómo las posteriores consecuencias de los hechos y los azarosos vaivenes del destino los convierten en protagonistas de una historia  singular. Encontramos aquí los temas del honor mancillado y la reparación final. En efecto, bajo el omnipresente tema áureo de la honra, se dirimen en esta novela otros asuntos como la justicia, el pecado, la virtud, la enmienda y el perdón. Ignacio Arellano ha puesto de relieve que en La fuerza de la sangre «Se entrecruzan, como en las otras novelas, una serie de temas gratos a Cervantes: la honestidad atacada, el honor, la sensualidad frente a la castidad, la moral del perdón y de la razón frente a la irracional violencia del honor obsesivo…»[1].

LaFuerzadelaSangre_Grabado

La fuerza de la sangre tiene una extensión relativamente corta. Apráiz opinaba que es una de las más perfectas e interesantes de las Novelas ejemplares. Icaza, por su parte, la considera novela de transición entre las de manera italiana y las de puro ambiente español (la acción se sitúa en Toledo). Su argumento es muy novelesco y en la acción abundan las casualidades, que refuerzan cierta sensación de inverosimilitud, como ha destacado la crítica. En opinión de Juan Luis Alborg, «Ninguna otra intención, fuera de la complacencia en el desarrollo de los sucesos, ni tampoco el propósito de describir ambientes, parece haber tenido Cervantes en esta novela»[2]. Y añade este crítico:

Aunque lo novelesco de la trama ha merecido juicios desfavorables de algunos cervantistas, son innegables las bellezas de detalle que encierra La fuerza de la sangre: el ritmo de la narración, la tersura y belleza del lenguaje, la precisión de sus descripciones y la agudeza con que se revelan aspectos de la psicología femenina»[3].

En fin, el argumento de la novela, en lo esencial, puede resumirse en las siguientes líneas: Leocadia, una hermosa muchacha toledana, es raptada y violada por un joven disoluto que, tras dejarla abandonada, se marcha a Italia. Leocadia no sabe quién es su agresor, no ha podido identificarlo. Fruto de la violación nace un niño, Luisico, que andando el tiempo resulta herido en un accidente (es atropellado por un caballo). El niño será atendido por su abuelo paterno, quien lo lleva a su casa; este cree reconocer en los rasgos del desconocido niño a su propio hijo, es decir, siente la llamada de la sangre. Cuando Leocadia acude a buscar a su hijo, descubre que la habitación donde está es la misma donde despertó de su desmayo tras haber sufrido la violación, lo que le permite conocer ahora la identidad de su estuprador. Cuando este regresa, Leocadia acepta de buena gana casarse con Rodolfo, su forzador (no sabemos hasta qué punto el tiempo de su ausencia en Italia ha hecho cambiar y madurar al personaje). Se celebra, pues, ese matrimonio que, al menos socialmente, repara la honra perdida de Leocadia. En fin, con relación a la inverosimilitud de este argumento escribe Alborg lo siguiente:

Schevill y Bonilla, aunque también aluden a la demasiada inverosimilitud de la segunda parte de la novela, formulan reproches de índole más bien moral, o social, que literario; reproches quizá no improcedentes esta vez, y que descubren un Cervantes sometido a convenciones y exigencias de la sociedad de su época, contra las cuales el genial humorista no parece sentirse en desacuerdo. Los críticos citados aluden al hecho de que Leocadia, después de haber sufrido a lo largo de varios años las consecuencias de la brutal violencia, acoja a su raptor llena todavía de agradecimiento por su tardía reparación, y sin recelo siquiera por lo que todo aquello revelaba del carácter de su esposo: «No se echa de ver en parte alguna de la novela —añaden— una sola palabra de castigo del infame delito; sólo resaltan la moral del perdón general, y el triste principio social de que la justicia ampara al fuerte y poderoso, y de que ni la hermosura, ni la pobreza, ni la deshonra, sirven de nada cuando el contrario es un joven de alta alcurnia, a quien favorecen la riqueza y el prestigio de la sociedad en que vive». Quizá, sin embargo, sea demasiado pedir, aun a la mente de Cervantes, un concepto social que en sus días apenas hubiera podido ser imaginado; por lo que el comentario que precede, más que como reproche debe ser admitido como simple constatación[4].


[1] Ignacio Arellano, Historia de la literatura española, vol. II, Renacimiento y Barroco, León, Everest, 1993, p. 692.

[2] Juan Luis Alborg, Historia de la literatura española, vol. II, Época barroca, 2.ª ed., 4.ª reimp., Madrid, Gredos, 1983, p. 110.

[3] Alborg, Historia de la literatura española, vol. II, Época barroca, p. 110.

[4] Alborg, Historia de la literatura española, vol. II, Época barroca, pp. 110-111.

«El licenciado Vidriera» de Cervantes: valoración y recreaciones posteriores

En entradas anteriores me he referido al argumento y la estructura narrativa de El licenciado Vidriera y he abordado, asimismo, el tema central del relato, la locura de su protagonista, Tomás Rodaja. Quedaría por decir algo acerca de la valoración de esta narración, la quinta de la colección de Novelas ejemplares. Ya he comentado que la crítica ha destacado el notable interés del tema planteado por el relato, si bien algunos estudiosos han puesto reparos a su estructura narrativa: se le ha llegado a negar incluso el carácter de novela, por ser, en buena medida, una mera acumulación de apotegmas o frases sentenciosas puestas en boca de Vidriera, lo que repercute en su construcción como personaje narrativo. Así Juan Luis Alborg, por ejemplo, comenta en su Manual de literatura española que, «siendo soporte tan sólo de las ideas del novelista, Tomás Rodaja no tiene la consistencia humana de otras muchas creaciones del autor». Y añade que

son bastantes los críticos que han encontrado en Vidriera una proyección muy personal del propio Cervantes y una como prefiguración de don Quijote en este otro loco que ridiculiza las hipocresías o necedades de la gente. Pero Vidriera, creemos nosotros, se nos impone más por la originalidad de su situación que por la fuerza de su personalidad. Cervantes no consigue dar el suficiente calor al licenciado loco que, muy lejos de la insondable humanidad de don Quijote, queda más bien en un convencional muñeco literario. […] La novela pertenece —junto a Rinconete y Cortadillo y El coloquio de los perros— al grupo de las satíricas; pero, basada principalmente en esquemáticas sentencias de lúcida lógica, ni posee la intensidad realista del Rinconete ni las punzantes ironías del Coloquio, discursivas también, pero infinitamente más vívidas y humanas que las del Licenciado[1].

En fin, esta otra es la valoración que ofrecen, igualmente en su Manual, Felipe B. Pedraza Jiménez y Milagros Rodríguez Cáceres:

La locura y el fracaso de Rodaja preludian a los de don Quijote. Nos parece una obra magnífica, una amarga sátira, una nueva muestra del mundo al revés que fue la España de los Austrias y que acostumbra a ser la sociedad humana[2].

El argumento de El licenciado Vidriera, como sucede con otras varias de las Novelas ejemplares, ha dado lugar a reescrituras y recreaciones literarias por parte de otros autores, así en teatro (las del Siglo de Oro las ha estudiado Katerina Vaiopoulos[3]) como en narrativa. Una de ellas es la comedia homónima, El licenciado Vidriera, de Agustín Moreto. Redactada hacia 1648 y publicada en 1653, es comedia de ambiente palatino cuya acción se sitúa en Italia (Urbino). Carlos sigue el doble camino de las letras y las armas para tratar de alcanzar fortuna y obtener así el amor de Laura. Para ser aceptado en la corte, fingirá la locura de ser de vidrio, logrando entonces la aceptación de todos los cortesanos.

ElLicenciadoVidriera_Moreto

La otra recreación destacada es la de Azorín, quien en 1915 publicó El licenciado Vidriera visto por Azorín (Madrid, Publicaciones de la Residencia de Estudiantes) como parte de los centenarios cervantinos de esos años. El autor de La ruta de don Quijote (1905) reflexiona ahora sobre la condición intelectual, rindiendo de nuevo homenaje a su admirado Cervantes. En la edición de 1941, esta obra azoriniana pasaría a titularse Tomás Rueda.


[1] Juan Luis Alborg, Historia de la literatura española, II, Época barroca, 2.ª ed., 4.ª reimp., Madrid, Gredos, 1983, p. 109.

[2] Felipe B. Pedraza Jiménez y Milagros Rodríguez Cáceres, Manual de literatura española, vol. III, Barroco: Introducción, prosa y poesía, Tafalla, Cénlit, 1980, p. 132.

[3] Katerina Vaiopoulos, De la novela a la comedia: las «Novelas ejemplares» de Cervantes en el teatro del Siglo de Oro, Vigo, Academia del Hispanismo, 2010.

El tema de la locura en «El licenciado Vidriera» de Cervantes

Sabemos que la acción de El licenciado Vidriera (relato que ocupa el quinto lugar en el volumen de las Novelas ejemplareses escasa porque, en la parte central de la narración, lo que prevalece es la tonalidad satírica (sátira de oficios y algo de crítica literaria, en torno a los poetas y la poesía), que se expresa por medio de frases sentenciosas, refranes, etc. Su estructura narrativa es poco compacta y algunos críticos han discutido incluso su condición de novela, en el sentido de que la parte nuclear del relato no es otra cosa que una mera acumulación de apotegmas, de frases sentenciosas y aforismos. En este sentido, ciertos estudiosos (Icaza, por ejemplo) opinaron que la leve trama narrativa habría sido inventada por Cervantes como una mera excusa para enhebrar los apotegmas del loco, lo verdaderamente importante para él en su intención. De hecho, uno de los principales puntos de interés de la novela es la alienación del protagonista, su locura, derivada de su fuerza imaginativa, que claramente relaciona al personaje con el de don Quijote (aunque también existan diferencias significativas entre ambos entes de ficción).

Sobre este tema de la locura del protagonista ha escrito Juan Luis Alborg lo siguiente:

La locura de Vidriera como ficción novelesca da también qué pensar. Es probable que sólo a un loco se le tolerasen los atrevidos juicios que él se permite, o digamos más bien que el propio Cervantes se permite por boca de su personaje; y en tal caso su locura era un recurso inevitable para intensificar, o hacer posible incluso, la mordacidad satírica. Puede también que Cervantes quisiera esconder, tras la locura de su personaje, una intención mayor[1].

ElLicenciadoVidriera_Viñeta

Por su parte, Harry Sieber, en el estudio preliminar a su edición en Cátedra, ha explicado acerca de Tomás Rodaja:

La fama que ganó antes por sus estudios en Salamanca se transforma en otra mayor a causa de su locura. Su lenguaje humanístico-estudiantil que usaba para comunicar con sus compañeros y maestros, se confronta ahora con el mundo exterior, un mundo ignorante, hipócrita y burlesco. No es posible la comunicación «normal»; la conversación no existe porque tal actividad implica un intercambio apoyado en el discurso de lo que no es capaz Tomás. Está más marginado que antes porque ahora ven los otros que es diferente […]. Se viste como un fraile o ermitaño y su contacto con el mundo no es directo sino a través de una barrera protegida. Esta barrera con el mundo es su locura y le permite hacer y decir cosas fuera de lo ordinario. Así comienza una larga serie de dichos y hechos que confirman su locura y su situación marginada. Un hombre de letras se ve como bufón de la Corte y castigador de gente cortesana. Tomás solo puede tener contacto con el mundo esporádicamente porque cada persona que encuentra forma un mundo en sí sin conexión con las otras[2].

Jorge García López se ha referido a las posibles fuentes manejadas por Cervantes para la génesis de su relato:

Por fortuna, lejos están los tiempos en que se adivinaba en el relato al humanista alemán Karl Barth; ilusión periclitada del cervantismo decimonónico. La moderna investigación de fuentes ha mostrado un nutrido grupo de casos idénticos en la época, reales y literarios. Por citar un ejemplo egregio, la locura vítrea está aludida en las Meditaciones metafísicas de René Descartes. Pero los ejemplos allegados no explican la fijación de la locura en la estructura del relato, y menos el trecho central de la narración; dos ejes temáticos de discutida imbricación: una biografía con interludio de locura y un encadenamiento sentencioso de carácter satírico[3].

Además, el mismo crítico (editor moderno de las Novelas ejemplares en Crítica) explica con claridad el valor simbólico de los tres nombres que se aplican sucesivamente al protagonista (Tomás Rodaja-licenciadoVidriera-licenciado Rueda). Estas son sus esclarecedoras palabras:

El nombre de “Rodaja” posee porte despectivo e implica indeterminación, cuyo cumplimiento se hallaría en el “Rueda” final. La reseña de la vida militar retiene inequívocas referencias biográficas, al tiempo que, junto a sus estudios salmantinos, esboza el tópico de «las armas y las letras», caro al Renacimiento y a Cervantes. Parece tratarse de un recuerdo sentimental, ennoblecido en buena parte, del viejo soldado, que asocia los tercios a sus vivencias italianas. En forma concurrente, el recorrido de Vidriera evoca el viaje cultural del hombre renacentista. El mote “Vidriera” refleja su esquizofrenia paranoide, y resulta altamente simbólico: unido al sentido de “hipersensibilidad”, y asimismo “insociabilidad”, pero también “transparencia” y, por traslación, “agudeza”. El encadenamiento de sentencias en boca del loco enlaza la novela con los libros de apotegmas, género popular en el siglo XVI y grato a Cervantes y se da también en la novela corta italiana. Esta sección ha sido constante objeto de crítica en tanto que se trata de chistes manidos de la época. Pero aquí Cervantes los encadena como una sátira social, de profesiones, con algún pespunte de crítica literaria. Tres figuras se salvan de esta crítica: los actores, los clérigos y los escribanos, aunque estos últimos en forma harto equívoca. La naturaleza satírica de esta sección revela el carácter punzante del licenciado y los perfiles abstractos e inhumanos de su saber. En más de un sentido, Vidriera cumplimenta el programa intelectual y la configuración vital de Rodaja. También en su desequilibrio mental, que se materializa en la relación social de proximidad (búsqueda anhelante de la fama personal) y distancia (temor al prójimo y sátira social). Sanado de su locura y convertido en “Rueda”, marcha a Flandes ante la indiferencia general; rechazo social al conocimiento, y conclusión previsible del proyecto vital de Rodaja. Y ahí se ha visto, también, la mirada retrospectiva de un viejo soldado que pensó un día engrandecer su nombre por las armas y que se sentía despreciado en el cultivo de las letras[4].


[1] Juan Luis Alborg, Historia de la literatura española, II, Época barroca, 2.ª ed., 4.ª reimp., Madrid, Gredos, 1983, p. 108.

[2] Harry Sieber, «Introducción» a Miguel de Cervantes, Novelas ejemplares, 13.ª ed., Madrid, Cátedra, 1990, vol. II, p. 12. Y añade; «Tomás se proyecta al vacío, al mundo de las palabras vacías. Como vidrio no puede hacer más que transportar un mundo caótico. No puede transformarlo ni traducirlo en materia para formar una vida íntegra ni integrante. No le queda más que la muerte porque no le dejan encontrar su vida. […] No se le permite convertir un lenguaje humanístico-universitario en una actividad rentable. Ni puede destruir esa locura porque existe en las actitudes de sus clientes. Si las palabras no le facilitan la fama que buscaba, sí transforma la acción sus deseos de eternidad en una trágica realidad. Muere por las armas porque no podía vivir por las letras, «dejando fama en su muerte de prudente y valentísimo soldado» (p. 13).

[3] Jorge García López, en su edición de las Novelas ejemplares, Barcelona, Crítica, 2001, p. 265, nota.

[4] García López, en su edición de las Novelas ejemplares, p. 266, nota.

«El licenciado Vidriera» de Cervantes: argumento y estructura narrativa

El licenciado Vidriera, la quinta de las Novelas ejemplares de Cervantes, es un relato de tono realista e intención satírica. Cuenta la historia de Tomás Rodaja, primero estudiante de leyes en Salamanca y más tarde soldado en Italia y Flandes (la crítica ha destacado que la descripción de la vida militar, en Italia sobre todo, se construye con abundantes recuerdos autobiográficos del antiguo soldado que había sido el novelista. Se plantea, pues, aquí el tema de las armas y las letras. A su regreso a Salamanca Rodaja pierde la razón y creerá que es de vidrio, y no de carne y hueso, de ahí su nuevo apelativo de licenciado Vidriera. En efecto, ocurre que se ha enamorado de él «una dama de todo rumbo y manejo» (p. 275[1]), pero él atiende más a sus libros. La mujer, al sentirse desdeñada, «aconsejada de una morisca, en un membrillo toledano dio a Tomás uno destos que llaman hechizos» (p. 276).

Ese hechizo de amor hace que Rodaja enferme gravemente. Logrará curarse de la enfermedad del cuerpo, pero no así del entendimiento,

porque quedó sano, y loco de la más estraña locura que entre las locuras hasta entonces se había visto. Imaginose el desdichado que era todo hecho de vidrio y, con esta imaginación, cuando alguno se llegaba a él, daba terribles voces pidiendo y suplicando, con palabras y razones concertadas, que no se le acercasen, porque le quebrarían, que real y verdaderamente él no era como los otros hombres, que todo era de vidrio de pies a cabeza (p. 277).

En su condición de loco, Vidriera dice la verdad a todos, respondiendo con gran agudeza de ingenio a cuanto le preguntan. Es un personaje popular, todos le siguen y se regocijan con sus palabras, «pese a las amargas realidades que les pone ante los ojos»[2].

Cuando finalmente recobre la razón, seguirá dando las mismas sensatas respuestas que cuando loco, pero ahora ya nadie le hace caso. Sintiéndose despreciado, y también aburrido, decide regresar como soldado a Flandes. Harry Sieber destaca el paso del optimismo del comienzo del relato al pesimismo final: el protagonista «muere por las armas porque no podía vivir por las letras»[3].

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La novela ha sido juzgada negativamente por la crítica, no por carecer de interés, pero sí en el sentido de que el relato no posee una estructura novelística clara. Para algunos estudiosos, la leve trama narrativa está en función de contener la parte verdaderamente importante, que son los apotegmas del loco Vidriera. Felipe B. Pedraza Jiménez y Milagros Rodríguez Cáceres escriben al respecto:

Icaza […], entre otros, cree que El licenciado Vidriera, de estructura poco compacta, no es más que una mera excusa para engarzar máximas. Lo importante no es eso, sino, como señala Valbuena […], «el mismo tipo del protagonista: su locura en la cual adquieren el verdadero valor las sentencias pronunciadas». La historia de Rodaja no es, creemos, un pretexto, sino una tristísima relación de la vida de un hombre, que cuando, recuperado de su locura, puede rendir sus mejores frutos, es condenado al ostracismo por una sociedad que no quiere oír la verdad de labios de un cuerdo y que, si la admite del loco, es porque su procedencia le permite no plantearse en serio sus propias deficiencias[4].

En opinión de otro crítico, Juan Luis Alborg,

A Cervantes no le interesa sino la locura de su héroe en la que se esmera y profundiza; todo lo que la precede es accesorio. Los viajes de Rodaja, que nada —o apenas— importan para los sucesos posteriores, debieron de ser ideados por el novelista precisamente para equilibrar y hacer más leve la narración, amenazada por la densidad aforística; y habían de ser leves ellos mismos[5].

Por su parte, Jorge García López (reciente editor de las Novelas ejemplares en Crítica) ha explicado la estructura de la novela, las tres secciones narrativas detectables, en relación con el cambio onomástico del protagonista: Tomas Rodaja-licenciado Vidriera-licenciado Rueda. Veamos:

Exceptuando su infancia, se nos cuenta la vida del personaje desde su adolescencia hasta su muerte en Flandes, y esta biografía se articula con naturalidad en tres secciones, que se compaginan con distintos apelativos del personaje, de sentido propio: Rodaja (vida universitaria, experiencia militar y viajes), Vidriera y, al final, Rueda, cuando, sano ya de su locura, pretende integrarse en la sociedad. La forma biográfica unida a la parte sentenciosa vincula nuestra novela a las historias clásicas de corte apotegmático, sea relato filosófico o historia de taumaturgo: las Vidas de los filósofos de Diógenes Laercio, por ejemplo, o la biografía de Apolonio de Tiana. Por ahí se lo ha emparentado con la genealogía de los Demonactes, los Crisipos y otros filósofos de vena cínica. Coqueteos fislosóficos de Cervantes que se hallan también en el Coloquio de los perros. E incluso la locura de nuestro licenciado podría tener un corte erasmista[6].

Y desarrolla su explicación con estas otras palabras, que cito por extenso:

El nombre de “Rodaja” posee porte despectivo e implica indeterminación, cuyo cumplimiento se hallaría en el “Rueda” final. La reseña de la vida militar retiene inequívocas referencias biográficas, al tiempo que, junto a sus estudios salmantinos, esboza el tópico de «las armas y las letras», caro al Renacimiento y a Cervantes. Parece tratarse de un recuerdo sentimental, ennoblecido en buena parte, del viejo soldado, que asocia los tercios a sus vivencias italianas. En forma concurrente, el recorrido de Vidriera evoca el viaje cultural del hombre renacentista. El mote “Vidriera” refleja su esquizofrenia paranoide, y resulta altamente simbólico: unido al sentido de “hipersensibilidad”, y asimismo “insociabilidad”, pero también “transparencia” y, por traslación, “agudeza”. El encadenamiento de sentencias en boca del loco enlaza la novela con los libros de apotegmas, género popular en el siglo XVI y grato a Cervantes y se da también en la novela corta italiana. Esta sección ha sido constante objeto de crítica en tanto que se trata de chistes manidos de la época. Pero aquí Cervantes los encadena como una sátira social, de profesiones, con algún pespunte de crítica literaria. Tres figuras se salvan de esta crítica: los actores, los clérigos y los escribanos, aunque estos últimos en forma harto equívoca. La naturaleza satírica de esta sección revela el carácter punzante del licenciado y los perfiles abstractos e inhumanos de su saber. En más de un sentido, Vidriera cumplimenta el programa intelectual y la configuración vital de Rodaja. También en su desequilibrio mental, que se materializa en la relación social de proximidad (búsqueda anhelante de la fama personal) y distancia (temor al prójimo y sátira social). Sanado de su locura y convertido en “Rueda”, marcha a Flandes ante la indiferencia general; rechazo social al conocimiento, y conclusión previsible del proyecto vital de Rodaja. Y ahí se ha visto, también, la mirada retrospectiva de un viejo soldado que pensó un día engrandecer su nombre por las armas y que se sentía despreciado en el cultivo de las letras[7].


[1] Las citas corresponden a la edición de las Novelas ejemplares de Jorge García López (Barcelona, Crítica, 2005).

[2] Felipe B. Pedraza Jiménez y Milagros Rodríguez Cáceres, Manual de literatura española, vol. III, Barroco: Introducción, prosa y poesía, Tafalla, Cénlit, 1980, p. 131.

[3] Harry Sieber, «Introducción» a Miguel de Cervantes, Novelas ejemplares, 13.ª ed., Madrid, Cátedra, 1990, vol. II, p. 13.

[4] Pedraza Jiménez y Rodríguez Cáceres, Manual de literatura española, vol. III, Barroco: Introducción, prosa y poesía, pp. 131-132.

[5] Juan Luis Alborg, Historia de la literatura española, II, Época barroca, 2.ª ed., 4.ª reimp., Madrid, Gredos, 1983, p. 109.

[6] Jorge García López, en su edición de las Novelas ejemplares, Barcelona, Crítica, 2005, pp. 265-266, nota.

[7] García López, en su edición de las Novelas ejemplares, p. 266, nota.

«La española inglesa»: temas y valoración

Sabemos que este relato cervantino está repleto de lances y peripecias: las dificultades que estorban el amor de los dos jóvenes protagonistas (Isabela y Ricaredo), los celos e intrigas del rival antagonista (Arnesto), el envenenamiento de Isabela con la consiguiente pérdida de su hermosura física (que recuerda el caso similar de Auristela / Sigismunda en el tramo final del Persiles), el cautiverio de Ricaredo en poder de los turcos…, todo ello sobre un apasionante telón de fondo histórico de enemistades políticas y conflictos de religión que Cervantes recrea en su novela con su habitual maestría narrativa. En opinión de Juan Luis Alborg, «Este relato ofrece una curiosa mezcla de novelescas aventuras, de realidad y de viejos recuerdos personales del autor». Y tras resumir brevemente el argumento, comenta:

Este resumen de la acción da idea apenas de los abundantes sucesos con los que aquélla se complica. Cervantes aprovecha una vez más la ocasión de enhebrar episodios de su propia vida militar, que atribuye ahora al héroe de su relato, tales como la lucha contra las galeras turcas, precisamente en el mismo paraje de «las tres Marías», donde él había sido apresado, el posterior cautiverio de Ricaredo en Argel, su liberación por los trinitarios y la procesión ritual en Valencia. El novelista imagina con menos que mediano acierto la parte de la acción localizada en Inglaterra, país que no le era conocido, y pisa terreno firme cuando se sitúa en su país o en el escenario de sus pasadas aventuras[1].

En efecto, uno de los principales puntos de interés de La española inglesa reside en esos recuerdos autobiográficos que introduce Cervantes en el relato, concretamente de sus andanzas como soldado y de su vida de cautiverio: como el autor de las Novelas ejemplares, Ricaredo es llevado a Argel, para ser liberado más tarde por los frailes trinitarios, siendo, de alguna manera, trasunto de su creador. En este sentido, cabe añadir —como apunta Alborg y la crítica, en general— que la ambientación de esta narración es buena y documentada cuando la acción transcurre en el Mediterráneo y en España, no así cuando se sitúa en Inglaterra, país que resultaba desconocido para Cervantes. Igualmente, otro detalle que ha llamado la atención de los estudiosos es el retrato positivo que de la reina de Inglaterra ofrece el novelista, quizá respondiendo a motivos políticos (cabe suponer que la fecha de redacción de La española inglesa coincidiría con alguno de los escasos periodos de paz con el tradicional enemigo de la Monarquía Hispánica. Sobre la imagen que se ofrece de la soberana inglesa, señala el citado Alborg:

Un aspecto ha sido repetidamente notado en La española inglesa: la atractiva semblanza que da Cervantes de la reina de Inglaterra, en contra de la común opinión de todos los españoles de su tiempo, alimentada por la doble hostilidad, política y religiosa; imagen favorable que se acrecienta con la generosa disposición que atribuye a la reina inglesa para con la protagonista de su narración, española y católica. El dato ha sido atribuido a la abierta y humana tolerancia de Cervantes, y también a posibles razones de conveniencia política en aquellos momentos; razones que los eruditos no han conseguido esclarecer del todo[2].

LaEspañolaInglesa_IsabelI

Por su parte, Felipe B. Pedraza Jiménez y Milagros Rodríguez Cáceres escriben esta explicación al respecto:

Se ha observado repetidamente el tono amistoso con que se describe la realidad inglesa y, muy especialmente, a la reina Isabel I. No olvidemos que a principios de siglo Felipe III reanuda las relaciones con este país y que en 1604 se firma la paz con Jacobo I. Son, pues, razones de tipo político las que impulsan a Cervantes a darnos una visión tan inusitada en la época. También se advierte un anhelo de unificación católica[3].

Por lo demás, los personajes de esta novela, como los de otros relatos idealistas de las Novelas ejemplares, son héroes que reúnen en sus personas belleza física y moral y todo un cúmulo de virtudes. Más que retratos individualizados, Ricaredo e Isabela son arquetipos convencionales, y el remate de la acción va encaminado al final feliz, al triunfo del amor de los jóvenes enamorados, que tanto gustaba al público lector del Siglo de Oro (y, en general, de todos los tiempos).

En fin, Harry Sieber (editor de las Novelas ejemplares en Cátedra) ha destacado la importancia del elemento económico, la continua relación con el dinero que se pone de relieve en distintos detalles de la historia de los dos enamorados:

A primera vista parece una historia sencilla y arquetípica que trata del amor y de los obstáculos convencionales que tienen que superar los jóvenes amantes. Pero como en La gitanilla y en El amante liberal, el amor está muy integrado en el interés, con ducados, escudos y joyas sobre todo, y con la economía en general. Es aquí donde se encuentra uno de los más interesantes temas de la novela. En primer lugar hay que recordar, por ejemplo, que el padre de Isabela es mercader. Su hija y sus bienes —toda su fortuna— desaparecen en el mismo saqueo violento de Cádiz. Con la recuperación de su hija comienza a mejorar su salud económica, porque se marcha de Londres con dinero y unas cédulas reales. […] Esta estrecha relación entre Isabela y el bienestar económico refleja el sistema mercantil que funciona como trasfondo de la historia de amor. […] Hay que notar que las operaciones bancarias descritas por Cervantes ponen de relieve el idealismo, lo irreal de la historia de amor de Isabela y Ricaredo al ligarla fijamente con unas realidades económicas concretas[4].

Y añade Sieber que esta cuestión se extiende a las condiciones económicas de la liberación de Ricaredo, trasunto de las vividas por el propio Cervantes.


[1] Juan Luis Alborg, Historia de la literatura española, II, Época barroca, 2.ª ed., 4.ª reimp., Madrid, Gredos, 1983, p. 107.

[2] Alborg, Historia de la literatura española, II, Época barroca, pp. 107-108.

[3] Felipe B. Pedraza Jiménez y Milagros Rodríguez Cáceres, Manual de literatura española, vol. III, Barroco: Introducción, prosa y poesía, Tafalla, Cénlit, 1980, p. 121.

[4] Harry Sieber, «Introducción» a Miguel de Cervantes, Novelas ejemplares, 13.ª ed., Madrid, Cátedra, 1990, vol. I, pp. 29-30.

Las historias intercaladas en el «Quijote» de 1605

También se ha debatido acerca de la función y pertinencia de las distintas historias intercaladas, que son mucho más abundantes en la I Parte que en la II[1]. Ocurre que, en 1605, Cervantes —que todavía no está del todo seguro de su arte— se guía en su relato por el principio renacentista de «variedad en la unidad» y busca un equilibrio entre los elementos quijotescos y los episódicos (lo que, por cierto, le lleva a desplazar importantes segmentos narrativos de un lugar a otro, dentro de esta I Parte). En cambio, en 1615 Cervantes es más consciente de su dominio del arte narrativo y ya no se siente esclavo de convenciones literarias de ningún tipo.

Las historias intercaladas se pueden leer por separado porque tienen carácter independiente, pero sin duda adquieren un valor añadido interpretadas en el conjunto del libro. Son una especie de segunda melodía del Quijote, sobre todo en torno al tema central del amor. Además, amplían considerablemente el mundo de los personajes, sobre todo los femeninos (Cervantes nos brinda magníficos retratos de mujeres, algunas de compleja personalidad). Por otra parte, esas historias le sirven al autor para presentar un amplio panorama de los géneros narrativos entonces al uso; Cervantes viene a mostrar, así, que es capaz de escribir obras pertenecientes a todos esos géneros, y además de un modo personal:

1) La novela pastoril está representada por la historia de Marcela y Grisóstomo y por el episodio del cabrero celoso y la pastora Leandra. Además, en muchos pasajes del Quijote se da la consideración en clave crítica de diversos aspectos de la literatura pastoril, porque el autor considera que es un modelo agotado que ya no funciona (y, de hecho, él nunca llegaría a escribir la tantas veces prometida II Parte de La Galatea).

Marcela

2) De la novella italiana tenemos un estupendo ejemplo en El curioso impertinente, historia de ambiente florentino y personajes de notable profundidad psicológica. Para algunos autores (entre ellos, Unamuno), estamos ante una novela muy poco pertinente en cuanto a la oportunidad de su introducción, ya que tiene poco que ver con el resto del relato (en su opinión, se trata, simplemente, de un texto leído dentro de la novela). Sin embargo, la novelita adquiere mayor sentido en el conjunto del Quijote, y a su vez arroja luz sobre determinados aspectos de la narración en que se inserta (interesante es, por ejemplo, la comparación de la «locura» de Anselmo con la de don Quijote).

3) La novela morisca se hace presente a través de la historia del capitán cautivo y sus amores con la mora Zoraida, que además enlaza de forma muy clara con aspectos biográficos del propio Cervantes.

4) Con la novela picaresca entronca todo lo relativo al galeote Ginés de Pasamonte, que está escribiendo su autobiografía (probablemente en alusión al soldado Jerónimo de Pasamonte, compañero de armas de Cervantes que había escrito su Vida).

En fin, no olvidemos tampoco la hipótesis apuntada en una entrada anterior acerca del Quijote como una posible novela ejemplar en su origen.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Crítica, 1998 (con revisiones posteriores).