«Don Amor volvió a Toledo» (1936), de Félix Urabayen: la identificación entre Toledo y Leocadia (2)

A partir del capítulo VIII de la novela de Félix Urabayen[1] se introduce al segundo pretendiente de Leocadia, el pintor Fernando Gaitán, hombre de unos treinta años que ha regresado tras una larga ausencia. En este punto se intensifica la identificación Leocadia=Toledo, pues Gaitán encuentra a las dos magníficas; al pasar junto a la muchacha, el «insinuante y sensual» pintor la envuelve en una mirada «punzante de deseo y de admiración», mientras ella enrojece; y añade el narrador:

Y al pintor le recordó la ciudad tal como la viera la víspera en la hora crepuscular: acostada entre nubes lechosas y blandas, encendida por la llamarada de un sol anaranjado y violento que se obstinaba en velar el parpadeo de las estrellas sobre el verdeazul profundo y sensual del río… (pp. 96-97).

Leocadia se prenda de Fernando: le parece «galán, magnífico y soñador», es elegante, tiene conversación, y ambos inician su idilio en casa del cura[2]. Daniel da por bueno a este novio, que es pobre pero hidalgo. Sin embargo, muere el padre de Leocadia, y ella, encerrada en un voluntario aislamiento, comienza a sentir desvío por Gaitán. Ahora es el pintor quien insiste en la imagen de la ciudad como mujer con varios amantes: «Yo he comparado a Toledo con una mujer inconstante: se ha dado a todos un poco, pero ninguno la ha hecho suya por completo» (p. 117). Gaitán quiere casar con Leocadia, pero ella se muestra «tan incomprensible como la ciudad» (p. 121). Al final, el pintor huye a Portugal, escribiendo una carta a Leocadia en la que le pide perdón. De esta forma desaparece el segundo pretendiente.

Sin embargo, la marcha al cigarral de Leocadia y su tío Inocente va a dar ocasión para un tercer amorío. En el capítulo XI conocemos al ceramista andaluz Matías Olivares, que instala su horno cerca de casa de Leocadia. La vecindad hace nacer en él una atracción morbosa, y Matías se transforma en un fauno al acecho de su presa femenina en su cubil; un día de tormenta la fascina con su mirada y, tras una lucha primitiva, «la había poseído en un arranque de audacia» (p. 136). Como su negocio va mal, casarse con la rica muchacha es una solución a sus problemas económicos. Pero ella ha resuelto que no se casa, y Matías Olivares termina también por marcharse de la ciudad.

La parte segunda, «La última aventura», introduce la figura de Lorenzo Santafé, una nueva posibilidad amorosa para Leocadia: es la mejor de todas, pero fracasará por la oposición del ambiente. El capítulo I indica que la ciudad prefiere morir a transformarse, y eso mismo va a pasar con la mujer. Un día de marzo aparece Santafé en el casino: se trata de un ingeniero de Cuenca, soltero y rico, de ideas progresistas y modernizadoras (lee El Socialista), que tendrá que oponerse a las fuerzas vivas[3], formadas por «los más conspicuos vagos de la población» (p. 155). El muchacho queda enamorado de Leocadia, y también prendado de la ciudad. Santafé viene a desviar el Tajo, lo que supondrá posibilidades de industrialización; su plan hidráulico podrá salvar a Toledo, ciudad encerrada en sí misma (p. 159). Se trata de sacar provecho integral del río, consiguiendo electricidad y tierras de regadío: «Basta de roña histórica y de nostalgias sentimentales» (pp. 164-165).

El río Tajo a su paso por Toledo

Pero sus ideas de progreso van a topar con la resistencia de los inmovilistas. Cuando le reprochan que con sus proyectos se perderá la Toledo histórica y legendaria, compara a la ciudad con una mujer estéril:

¿Y a mí qué? ¿Es mi papel acaso velar por el pasado? Allá los artistas, los eruditos, los literatos, los poetas. Que la conviertan en museo o que la dejen morir. Toledo es una mujer estéril que no conoce todavía el amor, porque el Tajo, su rondador eterno, no se ha cuidado de fecundarla. La época de los trovadores pasó hace muchos siglos. Será muy romántico rememorarla. Pero cuando la Humanidad esté de vuelta de todas las posibilidades (p. 165).

Toledo comenta la futura boda, y la propia muchacha acepta esta vez a su pretendiente. Sin embargo, su tío, el capellán Inocente, será uno de los principales opositores de Santafé: dice que es un aventurero, «un capitán de industria», y opone la tradición y la historia a sus ideas de progreso: «¿Y los siglos, no son nada? ¿Y la Historia? ¿Y la tradición? Cambiar a Toledo es una blasfemia que, si no las leyes humanas, la Providencia divina se encargará de castigar» (p. 169). Para él esa boda será la desgracia de Leocadia y de la ciudad[4]. Leocadia, como Toledo, ha sido amada por todos sus pretendientes y por ninguno, y ella misma lo explicita:

He creído ser amada muchas veces y otras tantas fui defraudada en lo más hondo de mis sentimientos. Desde muy niña me adularon, me consintieron, me divinizaron todos: artistas, literatos, vividores, forasteros. He sido la musa de hombres de genio y de hombres vulgares que creían amarme y a los que procuré amar. A todos me di un poco, buscando de buena fe el amor íntegro, el verdadero amor. No lo hallé en ninguno. Todo era palabrería, literatura, ambición de medro a mi costa. Todos pensaron en sí mismos; ninguno pensó en mí. Amores de artista que huyeron un día por la puerta de Bisagra para no volver jamás… (p. 170).

Solo el amor de Santafé puede ser fecundo, pero la aversión del cura hacia el ingeniero se convierte en odio profundo. Siguen corriendo rumores de que pretende cambiar y destruir el Toledo artístico (p. 171) y halla una atmósfera contraria entre las fuerzas vivas («vivas por un milagro de la Providencia», p. 172) de la ciudad[5]. El ingeniero se da cuenta de que el Tajo ronda la ciudad, pero no la fecunda (pp. 173-174). Leocadia, desquiciada de los nervios, cada vez está más violenta y da signos de la locura latente en la familia de los Meneses. Santafé quiere ser dueño de la mujer y la ciudad. El cura, por su parte, hace propósitos de salvar conjuntamente a Toledo y a Leocadia, la mujer de carne y la mujer de piedra, aunque tenga que matar o morir para ello:

No. Ni la ciudad ni la mujer podrían pertenecer a un forastero. Eran suyas, de la Iglesia, de quien las vio nacer, de quien las amó sin deseo impuro, ni carnal, ni codicioso. El capellán las había amado a las dos por sus pecados, por sus errores, por su largo historial de buenas mozas que mantuvieron encendido el fervor devoto de cien razas venidas para ofrendarla sus joyas más preciadas. Las amaba por el sosiego cristiano de su voz cariciosa y por la avaricia semita de sus encantos escondidos. Amaba la piel moruna de la mujer de carne y de la mujer de piedra. Miraba hacia atrás, y al mirar soñaba (p. 177)[6].


[1] Citaré por Félix Urabayen, Don Amor volvió a Toledo, Madrid, Espasa-Calpe, 1936.

[2] «Las rupestres estancias del capellán decoraron el nuevo soneto erótico, sirviendo de discreto escenario en esta segunda salida de Leocadia por los alegres caminos de Venus» (p. 105).

[3] Lorenzo Santafé nos recuerda inmediatamente al ingeniero Pepe Rey que acude a Orbajosa en Doña Perfecta, de Pérez Galdós. En esa novela el sacerdote con el que choca se llamaba don Inocencio, mientras que aquí el capellán es don Inocente. No parece que sea casualidad, pues ninguno de estos personajes eclesiásticos tiene nada de inocente en el desenlace de las respectivas acciones.

[4] Nótese la nueva identificación de ambas en la p. 170, igual que en otros momentos: todo lo que se dice de la ciudad es aplicable a la mujer, y viceversa.

[5] Jugando del vocablo se añade que Santafé tiene que vencer «la resistencia muerta de las fuerzas vivas» (p. 173).

[6] Remito para más detalles a mis trabajos: Carlos Mata Induráin, «La herencia del 98. Félix Urabayen o el idilio entre Vasconia y Castilla»Pregón Siglo XXI, núm. 12, Navidad de 1998, pp. 23-27; «Toledo, ciudad dormida. El retrato físico y moral de la “imperial ciudad” en la narrativa de Félix Urabayen», en Kay M. Sibbald, Ricardo de la Fuente y Joaquín Díaz (eds.), Ciudades vivas / ciudades muertas: espacios urbanos en la literatura y el folklore hispánicos, Valladolid, Universitas Castellae, 2000, pp. 217-234; y «Toledo en la narrativa del 98 y del Regeneracionismo: Camino de perfección (1902) de Pío Baroja y Toledo: Piedad (1920) de Félix Urabayen», en Manuel Casado Velarde, Ruth Fine y Carlos Mata Induráin (eds.), Jerusalén y Toledo. Historias de dos ciudades, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2012, pp. 215-231.

«A don Quijote», soneto de Manuel de Sandoval

Manuel de Sandoval (Madrid, 1874-Madrid, 1932) fue un profesor de Literatura y académico de la Real Academia de Córdoba, además de poeta. Tras estudiar las carreras de Derecho y Filosofía y Letras, a los veinticuatro años obtuvo por oposición la plaza de Catedrático de Instituto de Retórica y Poética, que ocupó en diferentes capitales como Teruel, Soria, Burgos, Córdoba (1905-1920), Toledo (1920-1930) y, finalmente, Madrid (1930-1932).

Sandoval ingresó en la Real Academia Española en 1907 como académico correspondiente en Córdoba y trece años después, en 1920, como numerario. Su discurso de recepción versó sobre Lo inconsciente y lo voluntario en las obras literarias y poéticas, y le respondió en nombre de la corporación el académico Francisco Rodríguez Marín.

De entre su producción poética me interesa destacar su soneto «A don Quijote», en el que presenta la necesidad de la resurrección del personaje cervantino para regenerar al país («a ver si un loco regenera y salva  / la nación destrozada por los cuerdos», vv. 13-14). Su pensamiento entronca, pues, con el de muchos otros autores de las generaciones del 98 y del 14, que también tomaron la figura de don Quijote para reflexionar sobre la caótica situación de España tras el Desastre de 1898.

Quijote-Cristo

Este es el texto del soneto de Sandoval, cuyo tono está marcado por el apóstrofe al «manchego ilustre» (v. 2) y los acuciantes imperativos a él dirigidos (Quebranta, monta, enristra, cierra, sal, Vuelve):

Quebranta del sepulcro que te encierra,
manchego ilustre, la pesada losa,
y vuelva tu locura generosa
a ser pasmo y asombro de la tierra.

Ya Rocinante, tu corcel de guerra,
te aguarda fiel al borde de la fosa:
monta, enristra la lanza ponderosa,
y contra el mal y la injusticia cierra.

Sin miedo a que te ultrajen a mansalva
forzados viles y asquerosos cerdos,
¡sal, como antaño, al despuntar el alba!

¡Vuelve al campo que pueblan tus recuerdos,
a ver si un loco regenera y salva
la nación destrozada por los cuerdos![1]


[1] Tomo el texto de Discursos leídos ante la Real Academia Española en la recepción pública del señor don Manuel de Sandoval el día 1.º de febrero de 1920, Madrid, Tipografía de la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, 1920. Se reproduce en el Discurso del Excmo. Señor don Francisco Rodríguez Marín, p. 49, quien añade este pequeño comentario: «Otra musa, la patriótica, a quien indigna y subleva el contemplar el origen de muchos de los males de España, inspiró valientemente estotro soneto dirigido A Don Quijote». Está recogido también en Enrique Vázquez de Aldana, Cancionero cervantino. En el cuarto centenario de don Miguel de Cervantes Saavedra, Madrid, Ediciones Stvdivm de Cultura, 1947, p. 141.

Cronología y semblanza de Joaquín Costa (1846-1911)

1846 Nace en Monzón (Huesca)[1].

1876 Publica La vida del Derecho.

1881 La poesía popular española y mitología y literatura celtohispana.

1894 Inicia su etapa de mayor actividad pública. Estudios ibéricos.

1899 Presidente de la Asamblea de Federaciones Agrícolas.

1900 Reconstitución y europeización de España, programa para un partido nacional.

1901 Ingresa en la Academia de Ciencias Morales y Políticas.

1901-1902 Oligarquía y caciquismo.

1902 Derecho consuetudinario y Economía popular de España.

1904 Abandona la vida pública para dedicarse a su labor de escritor.

1911 Muere en su retiro de Graus, Huesca.

Joaquín Costa

Político republicano, jurista, historiador, sociólogo y filósofo, Joaquín Costa Martínez (1846-1911) influyó poderosamente sobre el grupo de escritores del 98 con sus ideas de europeización y de regeneración de España. Según Costa, una tarea esencial para lograr la renovación del país había de consistir en la destrucción de los vicios y corruptelas de la política; solo así se conseguiría crear una nueva sociedad, libre de prejuicios arcaicos y de ataduras al pasado, pero que reuniese los genuinos valores nacionales.

Los principales títulos de su obra son: La vida del Derecho (1876), Teoría del hecho jurídico, individual y social (1880), La poesía popular española y mitología y literatura celtohispanas (1881), Derecho municipal consuetudinario de España (1885), El Consejo de Familia en España (1890), Estudios ibéricos (1894), Reforma de la fe pública (1897), Reconstitución y europeización de España, programa para un partido nacional (1900), Oligarquía y caciquismo como la forma actual de gobierno en España: urgencia y modo de cambiarla (1901-1902), Derecho consuetudinario y Economía popular de España (1902) o El fin pericial y su procedimiento: una institución procesal consuetudinaria (1904). Es también muy importante su discurso de ingreso en la Academia de Ciencias Morales y Políticas del año 1901, titulado «El problema de la ignorancia del Derecho como culpa y sus relaciones con el estatus individual». En otros ensayos abordó temas relacionados con la reforma agraria, así en El arbolado y la patria (1912), La fórmula de la agricultura española (1911-1912) y La tierra y la cuestión social (1912).

Sus obras estrictamente literarias son menos numerosas, y se limitan a algunas novelas inacabadas en las que vuelve a plantear sus preocupaciones sobre España, como por ejemplo en Justo de Valdediós, que se subtitula Revolución y Patria.


[1] Texto extraído de José del Guayo y Lecuona y Carlos Mata Induráin, Los autores del 98 en la Biblioteca del Nuevo Casino de Pamplona. Catálogo de la exposición bibliográfica del Nuevo Casino de Pamplona. Noviembre de 1998, Pamplona, Nuevo Casino de Pamplona, 1998.

Cronología y semblanza de Eugenio d’Ors (1882-1954)

1882 Nace en Barcelona[1].

1906 Tras licenciarse en Derecho y Filosofía por la Universidad de Barcelona, inicia sus colaboraciones en La veu de Catalunya, donde inaugura su sección «Glosari», que firma con el seudónimo Xenius. Publica La muerte de Isidro Nonell.

1908 Religio est libertas.

1912 La ben plantada. La valle de Josafat.

1919 Se establece en Madrid.

1920 Estancia en París. Nuevo glosario. Se traducen al castellano La bien plantada y El valle de Josafat.

1921 Flos sophorum. Oceanografía del tedio.

1922 Novísimo glosario.

1923 Tres horas en el Museo del Prado.

1926 Guillermo Tell (teatro).

1927 Ingresa en la Real Academia Española y en la de Bellas Artes de San Fernando.

1928 Las ideas y las formas. Cézanne.

1929 El vivir de Goya.

1930 La filosofía del hombre que trabaja y juega.

1935 La corona (teatro).

1938 Es nombrado Director General de Bellas Artes. Será impulsor y primer director del Instituto de España.

1942 Epos de los destinos.

1944 Lo barroco.

1947 El secreto de la filosofía.

1953 Catedrático de la Universidad de Madrid.

1954 Muere en Villanueva y Geltrú, Barcelona.

 Eugenio d´Ors

Pertenece Eugenio d’Ors y Rovira (1882-1954) a la denominada «generación europeísta», integrada por una serie de pensadores y escritores de rigurosa formación universitaria (también llamada generación de los intelectuales, de 1914, novecentista…). Este nuevo grupo se alza frente al Modernismo y la generación de fin de siglo, si bien presenta algunos puntos de contacto con los anteriores, como la preocupación por la situación española y los deseos de regeneración nacional. Eugenio d’Ors escribió en Las Noticias, ABC, El Debate, Arriba… y mantuvo una importante sección que se tituló sucesivamente «Glosario», «Nuevo glosario» y «Novísimo glosario». Mantuvo su magisterio a través del libro, el periódico y las conferencias, ejerciendo el liderazgo intelectual de la primera Falange. Después este escritor, original y culto (redactó su obra en catalán, español y francés), ha quedado bastante olvidado por razones ideológicas.

En su producción se cuentan títulos importantes de tono filosófico-ensayístico como De la amistad y el diálogo, Aprendizaje y heroísmo, Grandeza y servidumbre de la inteligencia, Oceanografía del tedio, La bien plantada… Cuenta con alguna obra de teatro como Guillermo Tell (1926), y de crítica de arte: La muerte de Isidro Nonell (1905), Cézanne (1921), Tres horas en el Museo del Prado (1922), Las ideas y las formas (1928), El vivir de Goya (1929), Lo barroco (1944). Pueden citarse además El valle de Josafat, Epos de los destinos, El secreto de la Filosofía, La ciencia de la cultura (1964, póstuma). En fin, hay que recordar las diversas recopilaciones de sus glosas periodísticas, género peculiar que mezcla el humorismo con las pretensiones didácticas, en el que el autor hace gala de un estilo sumamente original, lleno de matices irónicos; son escritos con una importante carga conceptista, a la que se añaden grandes dosis de ingenio y abundantes juegos de palabras.


[1] Texto extractado de José del Guayo y Lecuona y Carlos Mata Induráin, Los autores del 98 en la Biblioteca del Nuevo Casino de Pamplona. Catálogo de la exposición bibliográfica del Nuevo Casino de Pamplona. Noviembre de 1998, Pamplona, Nuevo Casino de Pamplona, 1998.

Félix Urabayen (1883-1943), escritor navarro-toledano

La figura más destacada de la narrativa navarra del primer tercio del siglo XX es, sin duda alguna, Félix Urabayen, autor de una trilogía toledana y de otra trilogía vasconavarra. Félix Urabayen Guindo (Ulzurrun, 1883-Madrid, 1943) fue, además de escritor, profesor. Cursó sus primeros estudios y la carrera de Magisterio en Pamplona, y ejerció como maestro interino en varios pueblos de Navarra; después, por oposición, obtuvo plazas en Huesca, Salamanca y Castellón, desde donde se trasladó a Toledo en 1911. En esta ciudad permaneció hasta 1936 como Catedrático de la Escuela Normal de Magisterio, siendo director de la misma desde el año 1932. Su gran amistad con Manuel Azaña le decidió a presentarse a las elecciones de febrero y abril de 1936 y a ocupar un cargo de Consejero de Cultura en el Gobierno republicano. Al estallar la guerra civil hubo de trasladarse a Madrid y se refugió en la embajada de México, cuyo representante le propuso ocupar una cátedra en su país. Ramón Menéndez Pidal y Gregorio Marañón animaron a Urabayen a aceptarla; sin embargo, la rechazó porque no quería abandonar España. A principios de 1937 fue destinado a Alicante. Tras su regreso a Madrid fue detenido y permaneció encarcelado hasta noviembre de 1940. En Pamplona pasó los dos últimos años de su vida y escribió su última obra, Bajo los robles navarros, que no alcanzaría a ver publicada.

Félix Urabayen

Félix Urabayen es autor fundamentalmente de obras narrativas, que se dividen en novelas y libros de estampas (en alguna ocasión se definió a sí mismo como «estampista peripatético»). Seis de sus novelas se agrupan en dos trilogías, una ambientada en tierras toledanas y la otra en el ámbito vasco-navarro, los dos ejes temático-geográficos en torno a los cuales gira toda su producción literaria. Así, Toledo: Piedad (1920, con una segunda edición en 1925), Toledo la despojada (1924) y Don Amor volvió a Toledo (1936) constituyen la trilogía toledana, en tanto que la navarra está formada por El barrio maldito (1925), Centauros del Pirineo (1928) y Bajo los robles navarros (aparecida de forma póstuma en 1965). Fuera de estos sus escenarios preferidos se sitúan otras dos novelas, La última cigüeña (1921), ambientada en Badajoz, y Tras de trotera, santera (1932), cuya acción se desarrolla en Madrid en el momento del triunfo de la II República. Sus libros de estampas son Serenata lírica a la vieja ciudad (1928), Vidas difícilmente ejemplares (1928) y Estampas del camino (1934), mientras que el titulado Por los senderos del mundo creyente (1928) recoge una serie de biografías variopintas, entre las que destacan los acercamientos a las figuras de El Greco y de Iparraguirre.

Sobre la vida y la obra de este escritor navarro existe un trabajo de conjunto fundamental, el de Juan José Fernández Delgado, titulado Félix Urabayen. La narrativa de un escritor navarro-toledano (Toledo, Caja de Ahorro de Toledo, 1988), al que remito para ampliar detalles[1]. Ahí se encontrará un acercamiento al corpus de su obra literaria: ciclos temáticos, estructuras y técnicas narrativas, temática, personajes, tiempo y espacios novelescos, lenguaje y estilo… Por lo que toca a sus novelas, todas ellas presentan unas características comunes muy destacadas como son el tono ensayístico y la tendencia a la estampa, circunstancias ambas que condicionan su estructura. En efecto, se trata de piezas narrativas que no ofrecen demasiada cohesión interna, constituyendo más bien una sucesión de cuadros hilvanados sobre todo por la presencia de unos mismos personajes. En cuanto al retrato de estos, puede decirse que por lo general están poco individualizados, pues son tipos representativos de una clase, un grupo social o una profesión. Por lo que hace a su estilo, su sobrino Miguel Urabayen Cascante nos recuerda que estamos ante un «prosista delicado y ameno» y un «paisajista primoroso y hondamente lírico», con una expresión muy cuidada, en la que alcanza una especial importancia su vena humorística e irónica (que llega a veces a la esperpentización de los personajes), indisolublemente unida a su afán de moralidad, que lleva al autor a criticar los aspectos censurables de la sociedad en que vive. Las dos novelas mejores y más conocidas de Urabayen son El barrio maldito (sobre los agotes de Bozate, en el valle navarro del Baztán) y Centauros del Pirineo (auténtica epopeya de los contrabandistas pirenaicos), y ambas pueden leerse en sendas ediciones de los años 80 (San Sebastián, Auñamendi, 1982).

Para José María Romera, la obra narrativa del escritor de Ulzurrun

representa un hito en la historia de la prosa navarra, tanto por la novedad con que trata viejos asuntos como por la fuerte carga intelectual que encierra y por la actitud abierta de sus tesis. Liberal, republicano, crítico del provincianismo rancio y de las costumbres heredadas, combina esta voluntad de compromiso con la maestría estilística y una enorme capacidad para la evocación lírica que lo sitúan en una sensibilidad próxima a los posnoventayochistas y los novecentistas[2].

Y más adelante añade:

El preciso reflejo de las costumbres, los cuadros de paisajes, la feroz crítica contra el atraso de ciertos modos de vida y la estolidez de algunos grupos sociales, la perfecta construcción de tipos y caricaturas y la prosa erudita, culta y cadenciosa, aguda en el humor y delicada en la evocación lírica, hacen de las novelas de Urabayen un apreciable testimonio de la época y una de las más importantes contribuciones de un autor navarro a la literatura española[3].


[1] Ver también Leonard Shaewitz, Félix Urabayen, Centauro vasco sobre Castilla, Madrid, Gráficas Yagües, 1963; Manuel Bear, prólogo a Félix Urabayen, El barrio maldito, Pamplona, Pamiela, 1988, pp. 13-27; y Carlos Mata Induráin, «La herencia del 98. Félix Urabayen o el idilio entre Vasconia y Castilla», Pregón Siglo XXI, núm. 12, Navidad de 1998, pp. 23-27; «Toledo, ciudad dormida. El retrato físico y moral de la “imperial ciudad” en la narrativa de Félix Urabayen», en Kay M. Sibbald, Ricardo de la Fuente y Joaquín Díaz (eds.), Ciudades vivas / ciudades muertas: espacios urbanos en la literatura y el folklore hispánicos, Valladolid, Universitas Castellae, 2000, pp. 217-234; y «Toledo en la narrativa del 98 y del Regeneracionismo: Camino de perfección (1902) de Pío Baroja y Toledo: Piedad (1920) de Félix Urabayen», en Manuel Casado Velarde, Ruth Fine y Carlos Mata Induráin (eds.), Jerusalén y Toledo. Historias de dos ciudades, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2012, pp. 215-231. Ver asimismo la tesis doctoral de Hilario Barrero, Vida y obra de un claro vascón de Toledo. El legado literario de Félix Urabayen, New York, City University of New York, 2000 (Alicante, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2003).

[2] José María Romera, «Literatura», en AA. VV., Navarra, Madrid, Editorial Mediterráneo, 1993, p. 186b.

[3] Romera, «Literatura», p. 188a.