Evolución de Daniel Sueiro: el cansancio de la novela social

Ahora bien, en el panorama de la narrativa española de posguerra llega un momento de cansancio producido por el abuso del realismo social. Este tipo de literatura había entrado en un callejón sin salida: repetición de temas, hastío en el lector, fracaso de los objetivos propuestos… Los novelistas pertenecientes a esta corriente crítica —algo similar pasa también con los poetas— se percatan de que no era ese el camino, de que debían renovarse si no querían morir en el intento, de ahí que pasaran a experimentar con nuevas estructuras, nuevas formas, nuevos lenguajes.

La novela social española, de Pablo Gil Casado

Eso es lo que hará Daniel Sueiro (y como él otros muchos autores, que — si no es que dejan de publicar— darán a su obra una mayor amplitud de miras, expresándola en un cauce no tan estrecho como el impuesto por el realismo social). Suficientemente expresivas son estas palabras del propio Sueiro que explicitan la cuestión: «He abandonado la novela llamada social porque entendí que ya no era útil, que ya no contaba con lectores»[1]. Ahora, a finales de los 60, pasa a considerar la literatura «como una revelación hacia los demás, como forma de expresión, como modo de vida y como ejercicio vivo del pensamiento y del lenguaje, no sé si por el mismo orden en que los estoy mencionando»[2].


[1] En Eduardo García Rico, «Daniel Sueiro y Los servidores del garrote», Triunfo, año XXV, núm. 421, 27 de junio de 1970, p. 43; citado por Ana María Navales, Cuatro novelistas españoles: M. Delibes, I. Aldecoa, D. Sueiro, F. Umbral, Madrid, Fundamentos, 1974, p. 189.

[2] Daniel Sueiro, Corte de corteza, Madrid / Barcelona, Alfaguara, 1969; citado por Tomás Yerro, Aspectos técnicos y estructurales de la novela española actual, Pamplona, Eunsa, 1977, p. 59. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Experimentación narrativa y crítica social en Corte de corteza (1969), de Daniel Sueiro», en Concepción Martínez Pasamar y Cristina Tabernero Sala (eds.), Por seso e por maestría. Homenaje a la Profesora Carmen Saralegui, Pamplona, Eunsa, 2012, pp. 387-408.

El soneto a Roma «Oh, grande, oh, poderosa, oh, sacrosanta…» («Persiles», IV, 3)

Importantes elementos religiosos apreciamos también en otro soneto del Persiles, el del peregrino anónimo recitado en desagravio de Roma que empieza «Oh, grande, oh, poderosa, oh, sacrosanta…» (libro IV, cap. 3). A diferencia del texto de Rutilio, este es declamado en tierra, a las puertas de Roma, ciudad que reserva a los héroes Periandro y Auristela algunos peligros que sufrir y vencer. El soneto presenta a Roma como imagen sagrada de la celestial Ciudad de Dios. Tras comentar el narrador que el duque de Nemurs y Arnaldo ya han marchado a Roma, se añade: «Y los demás peregrinos de nuestra compañía, llegando a la vista della, desde un alto montecillo la descubrieron y, hincados de rodillas, como a cosa sacra la adoraron, cuando de entre ellos salió una voz de un peregrino que no conocieron, que, con lágrimas en los ojos, comenzó a decir desta manera»[1]:

¡Oh, grande, oh, poderosa, oh, sacrosanta
alma ciudad de Roma! A ti me inclino,
devoto, humilde y nuevo peregrino
a quien admira ver belleza tanta.

Tu vista, que a tu fama se adelanta,
al ingenio suspende, aunque divino,
de aquel que a verte y adorarte vino
con tierno afecto y con desnuda planta.

La tierra de tu suelo, que contemplo
con la sangre de mártires mezclada,
es la reliquia universal del suelo.

No hay parte en ti que no sirva de ejemplo
de santidad, así como trazada
de la ciudad de Dios al gran modelo[2].

Mártires cristianos en Roma

Para nuestro objeto interesa destacar ahora el contenido de los dos tercetos, que insisten en la idea de los numerosos mártires que allí encontraron la muerte, los cuales convierten a la tierra de Roma en «reliquia universal del suelo», en una ciudad que no solo es ejemplo de santidad, sino modelo acabado y perfecto de la eterna Ciudad de Dios.


[1] Miguel de Cervantes, Los trabajos de Persiles y Sigismunda, ed. de Carlos Romero Muñoz, 2.ª ed. revisada y puesta al día, Madrid, Cátedra, 2002, p. 644.

[2] Los trabajos de Persiles y Sigismunda, ed. Romero Muñoz, pp. 644-645.

El contexto literario de Daniel Sueiro

Por lo que respecta al contexto histórico-literario y la evolución narrativa de Daniel Sueiro, conviene recordar que pertenece al grupo de escritores del realismo social de los años 50; como señala Tomás Yerro, «toda su obra presenta las realidades cotidianas con una visión crítica»[1]. En su época de estudiante tuvo dificultades económicas:

Yo no tenía dinero y me animaba mucho que me aceptaran mis cosas en los periódicos y me dieran para vivir. […] Había que subsistir; comía en los comedores del Parque Móvil, pasaba hambre, desde luego; era muy importante tener la peseta para coger el tranvía[2].

Él mismo reconoce que «al principio, era un fabricante de cuentos para concursos»[3]. Parece, pues, que se inclinó en un primer momento por el relato porque podía resultarle más rentable. Como ha destacado Ana María Navales, el autor

No pensaba entonces en escribir novelas. Siguió con los cuentos hasta tener el aliento suficiente para acometer obras de mayor envergadura. La afición y el interés por los asuntos inmediatos, reales, le fueron ganando. Descubrió esa especie de aburrimiento de los años 50 al 60 y se dedicó a escribir sobre las cosas pequeñas, miserables, que pasaban y no tenían cabida en los periódicos. Con este material aspiraba a hacer una obra de gran empuje. Diríamos que llegó a la literatura como necesidad, para abordar temas que no tenían cabida en el periodismo[4].

En opinión de Tomás Yerro,

desde su primera novela, La criba (1961), hasta la más reciente, Corte de corteza (1969), Daniel Sueiro ha manifestado una preocupación social, un decidido afán por denunciar las situaciones injustas de nuestra época. En él ha prevalecido el concepto utilitario de la literatura sobre el estético […]. Atribuye a la literatura una función informativa y crítica […]. Daniel Sueiro justificó la actitud denunciadora de los novelistas sociales como sustitutiva de la encomendada —pero no cumplida— a la prensa de aquellos años[5].

Estas palabras aparecen ilustradas por un par de citas del propio novelista, quien afirmaba, en una entrevista en Ínsula: «A mí me importa muy poco que la posteridad diga que yo colocaba los adjetivos en su sitio. Las obras del escritor tienen que estar en la calle, como una especie de activismo ideológico, pero ese es su sitio». Y a la pregunta: «¿Qué temas te preocupan?», respondía:

Creo que se notan en todo lo que escribo. Los asuntos locales, inmediatos y nuestros. Y dada mi concepción de la literatura, precisamente aquellos que exigen una denuncia, una llamada de atención sobre ellos. En pocas palabras, hablar de lo que no se habla[6].

Daniel Sueiro

En cuanto a las lecturas e influencias que se aprecian en su obra, son numerosas. En primer lugar, los escritores de la «generación perdida» norteamericana (Faulkner, Melville, Hemingway, Dos Passos…). Conoce también el nouveau roman francés como demuestra esta declaración: «Sacar a primer plano los objetos que están en cierto sentido modelando nuestra vida, me parece un enfoque a una aventura temática y formal que merece nuestra atención»[7]. Ha leído a los clásicos españoles (la picaresca, Cervantes, Lope, Quevedo, Calderón…), a los novelistas del XIX y del 98 (Galdós, Valle-Inclán, Baroja) y a los del XX (Cela, Max Aub, Sender, la generación del medio siglo, esto es, a sus contemporáneos). De entre los poetas, destacan Neruda y Lorca como sus favoritos. No desconoce la literatura hispanoamericana (Borges, Vargas Llosa, García Márquez, Cortázar, Carlos Fuentes, Cabrera Infante, Rulfo…). Lecturas, por tanto, abundantes y variadas. Algunas de ellas no nos deben extrañar (nos referimos a los autores realistas y críticos) dada la concepción que de la literatura tiene Sueiro: insatisfecho, inquieto, él mismo optará también por una literatura comprometida de denuncia[8].


[1] Tomás Yerro, Aspectos técnicos y estructurales de la novela española actual, Pamplona, Eunsa, 1977, p. 57.

[2] En Antonio Núñez, «Encuentro con Daniel Sueiro», Ínsula, 235, junio de 1966, p. 4.

[3] Ana María Navales, Cuatro novelistas españoles: M. Delibes, I. Aldecoa, D. Sueiro, F. Umbral, Madrid, Fundamentos, 1974, p. 155 (palabras de Daniel Sueiro en una conversación con la autora).

[4] Navales, Cuatro novelistas españoles…, p. 155.

[5] Yerro, Aspectos técnicos y estructurales de la novela española actual, pp. 58-59.

[6] En Núñez, «Encuentro con Daniel Sueiro», p. 4.

[7] En Núñez, «Encuentro con Daniel Sueiro», p. 4.

[8] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Experimentación narrativa y crítica social en Corte de corteza (1969), de Daniel Sueiro», en Concepción Martínez Pasamar y Cristina Tabernero Sala (eds.), Por seso e por maestría. Homenaje a la Profesora Carmen Saralegui, Pamplona, Eunsa, 2012, pp. 387-408.

El soneto de Rutilio en «Persiles», I, 18

Frente a las poesías sueltas, de circunstancias, con elementos religiosos que fueron comentadas en otra entrada anterior, más importante y más significativo me parece el soneto de Rutilio en el Libro I, capítulo 18 del Persiles[1]. Rutilio, «convidado de la serenidad de la noche, de la comodidad del tiempo o de la voz, que la tenía estremada», canta un soneto en lengua toscana, que el narrador ofrece vuelto en lengua española:

Huye el rigor de la invencible mano,
advertido, y enciérrase en el arca
de todo el mundo el general monarca
con las reliquias del linaje humano.

El dilatado asilo, el soberano
lugar rompe los fueros de la Parca,
que entonces, fiera y licenciosa, abarca
cuanto alienta y respira el aire vano.

Vense en la excelsa máquina encerrarse
el león y el cordero y, en segura
paz, la paloma al fiero halcón unida;

sin ser milagro, lo discorde amarse:
que, en el común peligro y desventura,
la natural inclinación se olvida[2].

Notemos que el soneto es cantado con una voz de belleza extremada, en medio del mar, y en un momento de calma para los protagonistas de la novela, aunque con la amenaza latente de nuevos peligros. En cuanto a su estructura, presenta doce versos expositivos y dos versos conclusivos que explicitan el tema. El soneto viene a decir que, ante una situación de peligro, en un momento de desventura, pueden aunarse elementos de muy distinta condición. Este tema general se particulariza con el caso del Arca de Noé, en la que se pudo ver mezclados al león y al cordero, a la paloma y al halcón[3]. Y eso es así porque, cuando llega el Diluvio Universal, el Arca se convierte en el único lugar donde cabe la salvación y la vida (se habla de «dilatado asilo», «soberano lugar», vv. 5-6; «excelsa máquina», v. 9): de todo lo demás se ha apoderado la «fiera y licenciosa» Parca, es decir, la muerte.

El primer cuarteto nos muestra cómo el hombre se refugia en el Arca, escapando así del rigor de Dios[4]. En el segundo cuarteto vemos cómo la muerte se adueña de todo, menos del Arca, que queda como único espacio de asilo. El primer terceto presenta la unión de seres completamente dispares (enunciación de impossibilia). El segundo terceto explicita que son el peligro y la desventura los que hacen que esos seres olviden su inclinación natural, de forma que puedan llegar a amar lo discorde. En suma, el soneto desarrolla el conocido motivo bíblico del Arca de Noé, insistiendo en que sólo hay vida dentro de ella, mientras que todo lo demás es destrucción y muerte.

El Arca de Noé en el monte Ararat

Podemos destacar la perfecta incrustación del poema en su contexto narrativo, pues lo enunciado líricamente constituye un claro paralelismo con la situación que viven en ese momento los personajes del Persiles: también en el navío se van a embarcar juntos leones y corderos, palomas y halcones (o sea, personajes virtuosos y personajes viciosos) y la muerte, que desde el comienzo de la novela está al acecho y se cobra sus víctimas, los va a rodear con nuevos peligros. Por otra parte, también podríamos avanzar en la interpretación del soneto en el plano alegórico, si tenemos en cuenta que Periandro ha sido considerado tipo de Cristo, y Auristela de la Iglesia: no olvidemos que la Iglesia es la Nave de Pedro, tenida también por nueva Arca de Noé, como símbolo de salvación y vida… En otro orden de cosas, no olvidemos que de este naufragio resulta la separación física de los dos enamorados, pues Auristela se salva en el esquife mientras que Periandro logra subir a una barca. Escribe Aurora Egido a este respecto:

El poema, que habla del Arca de Noé, parece recoger al modo alegórico el sentido de salvación que ese peregrinaje por mar conlleva para unos protagonistas que salvan todos los obstáculos hasta llegar a la tierra de promisión. La idea de que tan excelsa máquina pueda encerrar al león con el cordero y la paloma con el halcón afirma ese modelo bíblico que es suma armónica de contrarios en el Persiles, pero prueba también de la convivencia del mal y del bien en el mundo. La barca simbólica salva las reliquias del linaje humano contra los designios de la Parca, pues el amor hace que la discordia se acabe y que todo termine en perfecta armonía[5].


[1] Para más detalles sobre los sonetos insertos en el Persiles, ver Carlos Mata Induráin, «Algo más sobre Cervantes poeta: a propósito de los sonetos del Persiles», en Alicia Villar Lecumberri (ed.), Peregrinamente peregrinos. Actas del V Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas (V-CINDAC), Lisboa, Asociación de Cervantistas-Fundaçâo Calouste Gulbenkian, 1-5 septiembre 2003, Barcelona, Asociación de Cervantistas / Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, 2004, vol. I, pp. 651-675.

[2] Miguel de Cervantes, Los trabajos de Persiles y Sigismunda, ed. de Carlos Romero Muñoz, 2.ª ed. revisada y puesta al día, Madrid, Cátedra, 2002, p. 242.

[3] Como bien anota Romero Muñoz (p. 242, nota 9), en este soneto «resuenan voces del Génesis (7, 1-16) y, tal vez, de Isaías, a propósito de los tiempos mesiánicos (11, 6-9). Pero no conviene descartar una reminiscencia de la Égloga IV de Virgilio (A Polión)». Ver también Stephen Harrison, La composición de «Los trabajos de Persiles y Sigismunda», Madrid, Pliegos, 1993, p. 124.

[4] Hay que destacar el violento hipérbaton de esos versos iniciales; reconstruyendo el orden sintáctico lógico, la frase quedaría así: «El general monarca de todo el mundo [o sea, el hombre], advertido [por Dios], huye el rigor y enciérrase…»; hay que entender el verbo huir con sentido transitivo, siendo el rigor objeto directo.

[5] Aurora Egido, «Poesía y peregrinación en el Persiles. El templo de la Virgen de Guadalupe», en Antonio Bernat Vistarini (ed.), Actas del Tercer Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas, Palma, Universitat de les Illes Balears, 1998, p. 16.

Vida y obra de Daniel Sueiro (1931-1986)

Daniel Sueiro nació en Ribasar (La Coruña) en 1931. Tuvo una infancia difícil (hijo de un maestro nacional, fue el undécimo hermano de la familia) y, además, sus padres le hicieron estudiar para auxiliar de banca, dedicación que no era de su agrado. Dejó esta carrera para emprender la de periodismo en Madrid. Estudió también Derecho en las universidades de Santiago de Compostela y Madrid. Colaboró desde muy joven en publicaciones periódicas (Arriba, Pueblo, Historia 16…), trabajó para la Agencia EFE, y fue guionista de diversas películas (Los golfos, de Carlos Saura; Los farsantes, de Mario Camús; El puente, de Juan Antonio Bardem) y colaborador en guiones de series de televisión (Cervantes, Juanita la Larga…). Murió en Madrid en 1986.

Daniel Sueiro

Empezó Daniel Sueiro su carrera literaria publicando cuentos, para dedicarse más tarde, aunque no de forma exclusiva, a la novela y, así, obtuvo diversos premios: Juventud, Café Gijón, Nacional de Literatura de relatos, Alfaguara… Entre los principales títulos de su producción se cuentan las novelas La criba (1961), Estos son tus hermanos (1965), La noche más caliente (1965), Solo de moto (1967), Corte de corteza (1969) y Balada del Manzanares (1987, póstuma); los libros de cuentos La rebusca y otras desgracias (1958),  Los conspiradores (1959), Toda la semana (1964), El cuidado de las manos (1974), Servicio de navaja (1977), etc.; y ensayos y libros-reportaje como El arte de matar (1968), Los verdugos españoles (1972), La pena de muerte: ceremonial, historia, procedimientos (1974), La verdadera historia del Valle de los Caídos (1976), Historia del franquismo (1977 y 1986, en colaboración con Bernardo Díaz Nosty), Crónicas de los Montes de Toledo: andanzas de dos furtivos (1982, en colaboración con Roberto Llamas), La flota es roja: papel clave del radiotelegrafista Benjamín Balboa en julio de 1936 (1983), El Valle de los Caídos: los secretos de la cripta franquista (1983), Rescoldos de la España negra (1983) o La pena de muerte y los derechos humanos (1987)[1].


[1] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Experimentación narrativa y crítica social en Corte de corteza (1969), de Daniel Sueiro», en Concepción Martínez Pasamar y Cristina Tabernero Sala (eds.), Por seso e por maestría. Homenaje a la Profesora Carmen Saralegui, Pamplona, Eunsa, 2012, pp. 387-408.

Otros poemas cervantinos con elementos religiosos

Entre los poemas cervantinos con importante presencia del elemento religioso podríamos incluir también el soneto en elogio de fray Pedro de Padilla, por su obra Grandezas y excelencias de la Virgen Señora Nuestra (1587), en la que Cervantes felicita al ingenio precisamente por lo sublime del tema elegido para su libro:

De la Virgen sin par santa y bendita,
digo de sus loores, justamente
haces el rico sin igual presente
a la sin par cristiana Margarita.

Dándole, quedas rico; y queda escrita
tu fama en hojas de metal luciente,
que, a despecho y pesar del diligente
tiempo, será en sus fines infinita.

Felice en el sujeto que escogiste,
dichoso en la ocasión que te dio el cielo
de dar a virgen el virgíneo canto.

Venturoso también porque heciste
que den las musas del hispano suelo
admiración al griego, al tusco espanto[1].

Firma de fray Pedro de Padilla

Igualmente, puede traerse a este apartado el soneto dedicado a doña Alfonsa González de Salazar (que comienza «En vuestra sin igual dulce armonía…»), monja francisca que profesó en un convento de Madrid; ella representa «cuanto de bueno y santo el cielo cría» (v. 4), por contraposición a «la infernal caterva» (vv. 6-7); de ella predica el poeta: «vos convertís al suelo en cielo / con la voz celestial, con la hermosura, / que os hacen parecer ángel divino» (vv. 9-11); y más adelante concluye: «Y así conviene que tal vez el velo / alcéis, y descubráis esa luz pura / que nos pone del cielo en el camino» (vv. 12-14)[2].


[1] M. de Cervantes, Poesías completas, ed. de Vicente Gaos, Madrid, Castalia, 1981, vol. II, p. 358. En el último verso, tusco vale ‘toscano’; es errónea la enmienda turco de algunas ediciones.

[2] Poesías completas, ed. Gaos, vol. II, p. 389.

Antecedentes de la novela histórica: historias novelescas del XVII

En el siglo XVII se siguen cultivando los temas del rey don Rodrigo (Jaime Bleda: Corónica de los moros en España) y del pastelero de Madrigal (otra anónima Historia de Gabriel de Espinosa, de 1683); se introducen otros de la antigüedad clásica (Séneca y Nerón, de Fernando Álvaro Díez de Aux, La Fénix troyana, de Vicente Mares); proliferan las historias bíblicas, de bandoleros y de santos (El hijo de David, de Juan de Baños de Velasco, Gustos y disgustos del Lentiscar de Cartagena, de Ginés Campillo de Baile, Soledades de Aurelia, de Jerónimo Fernández de Mata, El piadoso bandolero, de Juan Pérez de Montalbán, El bandolero, de Tirso de Molina).

Gustos y disgustos del Lentiscar de Cartagena

Hay que mencionar también las Historias peregrinas y ejemplares de Gonzalo de Céspedes y Meneses, que son seis episodios históricos ocurridos en otras tantas ciudades; y existen otras obras que reconstruyen la historia, bastante fantaseada, de alguna ciudad: Historia de las grandezas de la ciudad de Ávila, de Luis Ariz, Antigüedad y excelencias de Granada, de Francisco Bermúdez de Pedraza. No podemos olvidar en este recorrido por el XVII las importantes obras de Cristóbal Lozano, pues recogen leyendas e historias en las que se inspirarían los escritores románticos (en particular Zorrilla y Fernández y González): Los reyes nuevos de Toledo, David perseguido, El rey penitente David arrepentido y David más perseguido. Una nueva novela morisca es La historia de los dos enamorados Ozmín y Daraja, incluida en el Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán.


[1] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.

Las octavas de Feliciana de la Voz en el «Persiles»

Escribe Aurora Egido acerca de esta composición incluida en el Persiles, que comienza «Antes que de la mente eterna fuera…»[1]:

… pero es en el cap. IV de este Libro III donde la aparición de Feliciana se convierte en la encarnación de la palabra humana hecha canto sublime y casi divino. […] Eva y Ave se unen en la elevación platónica de su canto con el que ella parece expiar la historia de sus pasiones. Feliciana madre canta ante una Virgen María que sostiene al Niño en sus brazos, loando los triunfos de tan gran mediadora. El carácter celestial de la protagonista en este instante ahonda en la sublimación de un peregrinaje que, a partir de allí, será eminentemente mariano, pues aparecerán otros monasterios y templos dedicados también a la Virgen María[2].

Los versos de Feliciana de la Voz se insertan en el Libro III, capítulo 5[3]: el personaje canta en ese momento solo cuatro, pero el narrador ofrece el texto de las doce octavas[4], cuyo desarrollo —que parte de la imagen básica Virgen=casa— puede resumirse así: en la primera se afirma que, desde antes de la eternidad, «fabricó para sí Dios una casa / de santísima y limpia y pura masa»; la segunda describe los cimientos de esa casa, fundados sobre «humildad profunda»; la tercera muestra que toda la fábrica es bendita, con pilares de fe y de esperanza y muros ceñidos de caridad y las demás virtudes; en la cuarta se describen los adornos de «este alcázar soberano», que es a la vez huerto cerrado (el «hortus conclusus» del Cantar de los Cantares, 4, 12), con evocación de varios nombres o atributos marianos más:

Adornan este alcázar soberano
profundos pozos, perenales fuentes,
huertos cerrados, cuyo fruto sano
es bendición y gloria de las gentes;
están a la siniestra y diestra mano
cipreses altos, palmas eminentes,
altos cedros, clarísimos espejos
que dan lumbre de gracia cerca y lejos (p. 478).

Hortus conclusus

En la quinta estrofa se siguen enumerando los árboles que adornan los jardines de esa casa (se añaden nuevas imágenes marianas: cinamono, plátano, rosa de Jericó), a la que nunca llega la «sombra tenebrosa» del pecado y donde «todo es luz, todo es gloria, todo es cielo»:

El cinamono, el plátano y la rosa
de Jericó se halla en sus jardines,
con aquella color, y aun más hermosa,
de los más abrasados querubines.
Del pecado la sombra tenebrosa
ni llega ni se acerca a sus confines.
Todo es luz, todo es gloria, todo es cielo
este edificio que hoy se muestra al suelo (p. 479).

En la sexta se pondera «la clarísima estrella de María», y en la séptima se especifica que esta humilde Estrella (Ester=María) precede al Sol (Cristo). La siguiente es una bella octava, con dos hermosos vocativos dirigidos a la Virgen («Niña de Dios», «brinco de Dios»), la cual quebranta la frente de la infernal serpiente (en claro eco de Apocalipsis, 12, 1-17) y es medianera entre Dios y los hombres.

La Virgen María con la serpiente a sus plantas

Merece la pena copiarla entera:

Niña de Dios, por nuestro bien nacida,
tierna, pero tan fuerte, que la frente,
en soberbia maldad endurecida,
quebrantasteis de la infernal serpiente;
brinco de Dios, de nuestra muerte vida,
pues vos fuistes el medio conveniente
que redujo a pacífica concordia
de Dios y el hombre la mortal discordia (pp. 480-481).

La novena octava revela que en esta «Virgen santísima» se han juntado la justicia y la paz, siendo Cristo el «venidero Augusto» (en alusión a la célebre Pax Augusta); María es la «primera aurora» del «claro amanecer del sol sagrado», y también gloria del justo, firme esperanza del pecador y bonanza en la tormenta. La décima introduce nuevas imágenes marianas: Paloma, Esposa, Brazo de Dios que da el «mansísimo Cordero». En la undécima se pide a esta «hermosa planta» que crezca y, como «universal remediadora», ponga fin al luto de la gran culpa primera, es decir, del pecado original. La última octava anuncia la «embajada honesta» del ángel a María, la «Virgen bendita», en la que pronto se verá «del gran poder de Dios echado el resto». En fin, cabe decir que en estas octavas de Feliciana de la Voz hay una notable elaboración artística y versos de subida belleza.


[1] Ver Patrizia Micozzi, «Imágenes metafóricas en la Canción a la Virgen de Guadalupe», en Giuseppe Grilli (ed.), Actas del II Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas, Nápoles, Società Editrice Intercontinentale Gallo, 1995, pp. 721-723; y Aurora Egido, «Poesía y peregrinación en el Persiles. El templo de la Virgen de Guadalupe», en Antonio Bernat Vistarini (ed.), Actas del Tercer Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas, Palma, Universitat de les Illes Balears, 1998, pp. 13-41.

[2] Egido, «Poesía y peregrinación en el Persiles…», pp. 19-20.

[3] Los trabajos de Persiles y Sigismunda, ed. de Carlos Romero Muñoz, 2.ª ed. revisada y puesta al día, Madrid, Cátedra, 2002, pp. 477-483. Todas las citas del Persiles serán por esta edición de Romero Muñoz y solo se indicará el número de página.

[4] «Pidió Auristela a Feliciana le diese el traslado de los versos que había cantado delante de la santísima imagen. La cual respondió que solamente había cantado cuatro estancias, y que todas eran doce, dignas de ponerse en la memoria. Y, así, las escribió, que eran éstas…» (p. 477).

Antecedentes de la novela histórica: obras históricas áureas

Volviendo al terreno historiográfico, habría que mencionar las obras de Diego Hurtado de Mendoza (Historia de la guerra de Granada), Luis de Mármol Carvajal (Historia del rebelión y castigo de los moriscos del reino de Granada), Gonzalo Argote de Molina (Nobleza de Andalucía), Hernando de Baeza (Relaciones de algunos sucesos de los últimos tiempos de Granada), Hernando del Pulgar (Crónica de los Reyes Católicos, Compendio de la historia de Granada), el canciller Pedro López de Ayala (sus crónicas), Bernal Díaz del Castillo (Historia verdadera de la conquista de la Nueva España) o el inca Garcilaso de la Vega (Comentarios Reales).

HistoriaVerdaderaDeLaConquistaDeLaNuevaEspaña

La obra de Bernal es una crónica con pretensiones de historia verdadera («esta muy verdadera y clara historia», escribe en el prólogo), pero adornada con ribetes de libro de caballerías: hay en ella una mezcla de realismo (las descripciones de los combates, presenciados por el autor como soldado, que dan sabor de vida vivida a la obra) y de ensueño (los portentos y maravillas del nuevo mundo americano que dejan atónitos a los españoles). Mencionaré además la Historia de España del Padre Mariana, no tanto por la inclusión en ella de elementos novelescos, como por haber servido de inspiración y de fuente documental a varios novelistas españoles, particularmente a los que trataron los temas granadinos[1].


[1] Y no hay que olvidar obras pseudohistoriográficas como son los denominados «plomos» de Granada, falsos cronicones y escritos apócrifos, pues —como señala Juan Ignacio Ferreras— «una falsa historia puede ser una verdadera novela histórica» (La novela en el siglo XVII, Madrid, Taurus, 1987, p. 46). Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.

La temática mariana en la poesía de Cervantes

En este contexto de la poesía religiosa de Cervantes, encontramos un grupo de composiciones de temática mariana, esto es, de loor a la Virgen María. Así, en el «Romance de la misa de parida» —localizado en esa misma novela ejemplar y cantado también por Preciosa, «al tono correntío y loquesco»— encontramos unos versos de evocación de la Virgen, a la que sus devotos encomiendan sus primicias:

A la imagen de la vida,
a la del cielo Señora,
a la que por ser humilde
las estrellas pisa ahora,
a la Madre y Virgen junto,
a la Hija y a la Esposa
de Dios, hincada de hinojos,
Margarita así razona…[1]

Virgen María, Murillo

Antes de seguir con esta materia, me parece interesante recordar que, según su compañero Antonio de Sosa, Cervantes en su cautiverio «se ocupaba muchas veces en componer versos en alabanza de Nuestro Señor y de su bendita Madre, y otras cosas santas y devotas, algunas de las cuales comunicó particularmente conmigo»[2]. La temática mariana no le era, pues, ajena al autor del Quijote. Sin embargo, en este apartado de los poemas cervantinos de temática mariana debo referirme sobre todo a las famosas octavas de Feliciana de la Voz incluidas en el Persiles, cuya consideración dejo para una próxima entrada.


[1] Novelas ejemplares, ed. de Harry Sieber, 13.ª ed., Madrid, Cátedra, 1990, vol. I, p. 70.

[2] Recogido por Pedro Torres Lanzas, «Información de Miguel de Cervantes, de lo que ha servido a S. M. y de lo que ha hecho estando captivo en Argel», Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, 3.ª serie, V, 1905, pp. 345-397. Hay reedición moderna: Madrid, José Esteban, 1981.

[3] Ver Patrizia Micozzi, «Imágenes metafóricas en la Canción a la Virgen de Guadalupe», en Giuseppe Grilli (ed.), Actas del II Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas, Nápoles, Società Editrice Intercontinentale Gallo, 1995, pp. 721-723; y Aurora Egido, «Poesía y peregrinación en el Persiles. El templo de la Virgen de Guadalupe», en Antonio Bernat Vistarini (ed.), Actas del Tercer Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas, Palma, Universitat de les Illes Balears, 1998, pp. 13-41.

[4] Egido, «Poesía y peregrinación en el Persiles…», pp. 19-20.