Antecedentes de la novela histórica: las «Guerras civiles de Granada»

Llegamos así a la obra que se ha podido considerar como primer episodio histórico nacional, por la actualidad de los sucesos narrados, las Guerras civiles de Granada (en dos partes, de Zaragoza, 1595, y Cuenca, 1619; dejo de lado ahora lo relativo a la problemática edición de la segunda parte de Alcalá de Henares, 1604).

Historia de los bandos de los Zegríes y Abencerrajes (Barcelona, 1610)

Las dos partes del relato de Ginés Pérez de Hita combinan elementos fantásticos e históricos, si bien nos interesa ahora más la primera, que narra la lucha de bandos anterior a 1492, y en la que predominan los elementos de ficción novelesca; así, la acusación de adulterio a la reina de Granada, la historia de los amores de Zaide y Zaida o los de Gazul, a lo que hay que añadir las descripciones de fiestas de toros, sortijas y cañas, de vestidos, motes y divisas, que contribuyen a la creación del denominado «color local». El grado de poetización e imaginación es mayor aquí que en la segunda parte, de mayor historicidad, que describe las luchas coetáneas de las Alpujarras, reflejo de las vivencias del autor como soldado participante en los sucesos.

Historia de las guerras civiles de Granada (París, 1660)

Las Guerras civiles de Granada constituyen una obra importante no solo en sí misma, sino por las derivaciones del tema granadino que inspiró en el extranjeroAmahide, de Mlle. Scudéry, Zaïde, de Mme. de La Fayette, Gonzalo de Córdoba, de Florian, El último Abencerraje, de Chateaubriand o la Crónica de la Historia de Granada, de Washington Irving. Es más, se suele recordar que Scott la leyó en los últimos años de su vida y que lamentó no haberla conocido antes para haber ambientado en España alguna de sus novelas[1].


[1] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.

El romancillo a santa Ana cantado por Preciosa en «La gitanilla»

Si pasamos a las poesías hagiográficas insertas en la narrativa cervantina, tenemos que un lugar especialmente destacado lo ocupa el romancillo a santa Ana cantado por Preciosa en La gitanilla, la primera de sus Novelas ejemplares:

Árbol preciosísimo
que tardó en dar fruto
años que pudieron
cubrirle de luto
y hacer los deseos
del consorte puros,
contra su esperanza
no muy bien seguros;
de cuyo tardarse
nació aquel disgusto
que lanzó del templo
al varón más justo;
santa tierra estéril,
que al cabo produjo
toda la abundancia
que sustenta el mundo;
casa de moneda
do se forjó el cuño
que dio a Dios la forma
que como hombre tuvo;
madre de una hija
en quien quiso y pudo
mostrar Dios grandezas
sobre humano curso.
Por vos y por ella
sois, Ana, refugio
do van por remedio
nuestros infortunios.
En cierta manera,
tenéis, no lo dudo,
sobre el Nieto imperio
piadoso y justo.
A ser comunera
del alcázar sumo,
fueran mil parientes
con vos de consuno.
¡Qué Hija, y qué Nieto,
y qué Yerno! Al punto,
a ser causa justa,
cantáredes triunfos.
Pero vos, humilde,
fuistes el estudio
donde vuestra Hija
hizo humildes cursos,
y agora a su lado,
a Dios el más junto,
gozáis de la alteza
que apenas barrunto[1].

Santa Ana, Madre de María

¿Cuál es el contexto narrativo en que se introduce el poema? Lo canta Preciosa en la iglesia madrileña de santa María, delante de la imagen de santa Ana, con motivo de la fiesta de la madre de la Virgen; y anota el narrador: «El cantar de Preciosa fue para admirar a cuantos la escuchaban»[2]. En efecto, el romancillo tiene toda la gracia de la poesía tradicional, la ágil levedad del verso corto, y la diferencia artística con respecto a los textos anteriores es fácilmente apreciable.

En cuanto a su contenido, lo más destacado es la acumulación de imágenes para referirse a la madre de María: árbol preciosísimo que tarda en dar fruto, tierra estéril que acaba produciendo la mayor abundancia de bienes, casa de moneda donde se funde el molde (María) en que se humana Jesús, etc. Como madre y formadora de María, santa Ana tiene imperio grande sobre Cristo, el «Nieto» aludido un par de veces en esos versos, y es refugio de todos los hombres, a los que protege desde la «alteza» de la Gloria divina.


[1] Miguel de Cervantes, Novelas ejemplares, ed. de Harry Sieber, 13.ª ed., Madrid, Cátedra, 1990, vol. I, pp. 64-65. Las citas textuales de La gitanilla corresponden a esta edición de las Novelas ejemplares de Sieber, indicando el volumen y el número de la página.

[2] Novelas ejemplares, ed. Sieber, vol. I, p. 65.

Antecedentes de la novela histórica: la materia morisca

Más importante es la Historia del Abencerraje y la hermosa Jarifa, «novela histórica morisca» cuyo episodio central (la captura y posterior liberación del moro enamorado) parece inspirarse en un hecho realmente sucedido o, cuando menos, verosímil en el contexto de la guerra fronteriza granadina. Además, el autor atribuye la acción a un caballero, Rodrigo de Narváez, de existencia real, aunque la obra no está exenta de algunos anacronismos.

El Abencerraje

A ese aire de verosimilitud contribuyen también la exactitud topográfica y la acertada descripción de armas y vestidos. El Abencerraje es, junto a la ya mencionada —en una entrada anterior— Crónica sarracina y a la primera parte de las Guerras civiles de Granada, a la que pronto me referiré, uno de los antecedentes más claros de la novela histórica moderna.

Los romances fronterizos, que solían ser «romances noticiosos» —según la denominación de Menéndez Pidal—, cantan sucesos diversos de la guerra de Granada, hechos aislados de carácter episódico, como el cerco de Baeza en 1368 por el rey de Granada y don Pedro el Cruel, la conquista de Antequera y de Alhama, el sitio de Álora o la muerte de don Alonso de Aguilar en la guerra de las Alpujarras en 1501. Estos romances introducen elementos novelescos, con lo que carecen en general de autenticidad histórica; pero, a su vez, dieron lugar a leyendas que los historiadores aceptaron frecuentemente, «ya que el crédito del romancero como fuente informativa estaba muy alto en los siglos XV y XVI»[1].


[1] María Soledad Carrasco Urgoiti, El moro de Granada en la literatura, Granada, Universidad de Granada, 1989, p. 34. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.

La canción de Cervantes a los éxtasis de Teresa de Jesús

Tenemos luego la canción a los éxtasis de la beata Madre Teresa de Jesús (recogida también por Justo de Sancha en su Romancero y cancionero sagrados, BAE, XXXV), que el Padre Antolín califica de «muy devota poesía» en la que «no faltan las alusiones bíblicas de profundo sentido teológico»[1]. Copio solo el comienzo:

Virgen fecunda, Madre venturosa,
cuyos hijos, criados a tus pechos,
sobre sus fuerzas la virtud alzando,
pisan ahora los dorados techos
de la dulce región maravillosa
que está la gloria de su Dios mostrando:
tú que ganaste obrando
un nombre en todo el mundo
y un grado sin segundo,
ahora estés ante tu Dios postrada,
en rogar por tus hijos ocupada,
o en cosas dignas de tu intento santo,
oye mi voz cansada,
y esfuerza, ¡oh, Madre!, el desmayado canto[2].

Santa Teresa de Jesús

Como es sabido, Teresa de Ávila —que había sido beatificada en 1614sería canonizada por el papa Gregorio XV el 12 de marzo de 1622. La composición cervantina consta de siete estancias que comentan los «impulsos celestiales», «los favores / con que te regaló la mano eterna» y sus «éxtasis divinos», cuando el alma lleva su cuerpo «a las regiones santas» y queda «más humilde, más sabia y obediente / al fin de tus arrobos». Tras pedir a la futura santa que oiga «devota y pía» los balidos de su terrenal rebaño, la composición se remata con el envío final, que dice así:

Canción: de ser humilde has de preciarte
cuando quieras al cielo levantarte,
que tiene la humildad naturaleza
de ser el todo y parte
de alzar al cielo la mortal bajeza[3].

[1] P. Teófilo Antolín, «El uso de la Sagrada Escritura en Cervantes», Cuadernos de Literatura. Revista General de las Letras, III, 7, enero-febrero de 1948, p. 135.

[2] M. de Cervantes, Poesías completas, ed. V. Gaos, Madrid, Castalia, 1981, vol. II, p. 385.

[3] M. de Cervantes, Poesías completas, ed. V. Gaos, Madrid, Castalia, 1981, vol. II, p. 388.

Antecedentes de la novela histórica: siglos XV y XVI

Del siglo XV se pueden entresacar tres obras importantes como posibles antecedentes del novelar histórico: el Passo honroso de Suero de Quiñones, redactado por Diego Rodríguez de Lena, escribano real que da fe de la defensa que hizo dicho caballero en el puente de San Marcos sobre el río Órbigo, cerca de León, entre el 10 de julio y el 9 de agosto de 1434; El Victorial o Crónica de don Pedro Niño, conde de Buelma, de Gutierre Díaz de Games, «biografía mágica» de ese personaje, desde la niñez a la vejez, con un tono lírico y levemente irreal; y la Crónica de don Álvaro de Luna, escrita entre 1453 y 1460, atribuida a Gonzalo Chacón, que ensalza al personaje caído, frente a la «historiografía oficial».

Al siglo XV pertenece también la que se ha señalado como «la primera novela histórica española» (Menéndez Pidal); me refiero a la denominada Crónica sarracina (h. 1430), de Pedro del Corral, sobre el tema del rey don Rodrigo y la pérdida de España, que introduce en el relato numerosos elementos novelescos. El autor atribuye su obra a los fabulosos historiadores Eleastras, Alanzuri y Carestes: quiere dar apariencia de historia verdadera y, de hecho, algunos de sus contemporáneos la aceptaron como fuente historiográfica legítima, si bien Fernán Pérez del Pulgar, en el prólogo de sus Generaciones y semblanzas, la llamó «trufa o mentira paladina». En realidad, es una refundición, siguiendo el modelo de los libros de caballerías, del relato de la pérdida de España contenido en la Crónica general de 1344: son frecuentes los lances de amor, las largas descripciones de batallas, hazañas, justas y torneos así como los elementos maravillosos. Obra similar, en el tema y en lo relativo a la mezcla de historia y ficción, es la Historia verdadera del rey don Rodrigo, de Miguel de Luna.

Historia verdadera del rey don Rodrigo, de Miguel de Luna

Del siglo XVI son las obras de fray Antonio de Guevara (Relox de príncipes y libro áureo del emperador Marco Aurelio; Epístolas familiares o cartas áureas), que se presentan como históricas, hecho que escandalizó en su momento a los verdaderos historiadores; Las Abidas, de Jerónimo de Arbolanche, novela en verso sobre los orígenes míticos de España; algunos pliegos de cordel como la Historia de Marcilla y Segura o la Historia de Gabriel de Espinosa, temas legendarios recogidos por la novela del XIX. Existen también muchas historias noveladas, por ejemplo, sobre el Gran Capitán[1].


[1] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.

La glosa cervantina de «El cielo a la Iglesia ofrece…»

Otro poema hagiográfico de Cervantes es la glosa de «El cielo a la Iglesia ofrece…», dedicada en esta ocasión a san Jacinto. He aquí el texto:

El cielo a la Iglesia ofrece
hoy una piedra tan fina,
que en la corona divina
del mismo Dios resplandece.

Tras los dones primitivos
que en el fervor de su celo
ofreció la Iglesia al cielo,
a sus edificios vivos
dio nuevas piedras el cielo.
Estos dones agradece
a su Esposa y le ennoblece;
pues de parte del Esposo
un Jacinto el más precioso
el cielo a la Iglesia ofrece.

Porque el hombre de su gracia
tantas veces se retira,
y el Jacinto al que le mira
es tan grande su eficacia,
que le sosiega la ira.
Su misma piedad lo inclina
a darlo por medicina;
que en su juïcio profundo
ve que ha menester el mundo
hoy una piedra tan fina.

Obró tanto esta virtud
viviendo Jacinto en él,
que a los vivos rayos dél
en una y otra salud
se restituyó por él.
Crezca gloriosa la mina
que de su luz jacintina
tiene el cielo y tierra llenos,
pues no mereció estar menos
que en la corona divina.

Allá luce ante los ojos
del mismo autor de su gloria,
y acá en gloriosa memoria
de los triunfos y despojos
que sacó de la victoria.
Pues si otra luz desfallece
cuando el Sol la suya ofrece,
¿qué más viva y rutilante
será aquesta, si delante
del mismo Dios resplandece?[1]

 San Jacinto

El contenido del poema juega con la palabra Jacinto, que es el nombre de pila del santo[2], pero también el de una piedra preciosa a la que se atribuían en la época propiedades taumatúrgicas. En este sentido, por ser piedra preciosa de su corona, el santo resplandece delante de Dios con «vivos rayos», con una «luz jacintina» que se muestra «viva y rutilante» ante la luz del propio Sol. Además, se dice, esa piedra preciosa la ofrece el cielo (=Dios, el Esposo) a su Esposa la Iglesia y, por otra parte, el hombre se ve restituido en su salud merced a la eficacia medicinal de san Jacinto. Se trata de una simple composición de circunstancias[3], que tampoco alcanza una gran calidad poética.


[1] M. de Cervantes, Poesías completas, ed. V. Gaos, Madrid, Castalia, 1981, vol. II, pp. 373-374.

[2] Estos juegos con los nombres son frecuentes en la época; uno muy similar, también referido al nombre de Jacinto, lo encontramos en la aprobación de fray Raimundo Sos y Lumbier a la obra El señor Felipe V es el rey de las Españas verdadero (1711) del predicador sangüesino Jacinto de Aranaz.

[3] Anota el editor Gaos: «En la canonización de San Jacinto (1595), el convento de Santo Domingo de Zaragoza, celebró unas justas literarias. El poema de Cervantes obtuvo el primer premio en el segundo certamen. En la relación de estas justas figuran los siguientes versos: “Miguel Cervantes llegó / tan diestro, que confirmó / en el Certamen segundo / la opinión que le da el mundo, / y el primer premio llevó”»; y añade este comentario de Givanel: «Del mérito de las composiciones que entraron en competencia, puede dar idea la producción galardonada».

Antecedentes de la novela histórica: las historias caballerescas

La Gran conquista de Ultramar, de principios del siglo XIV, es una extensa narración histórico-novelesca que pretende ser una historia de las cruzadas, pero que incluye relatos poéticos, adaptaciones de gestas históricas provenzales y francesas: en concreto, son tres los temas épicos que recoge, el de Flores y Blancaflor, el de Berta y el de Mainete; hay otros episodios fantásticos y legendarios, novelescos, entre los que destaca la famosa leyenda de Lohengrin o el Caballero del Cisne. En conjunto, esta obra constituye un precedente de los libros de caballerías.

Miniatura de la Gran conquista de Ultramar

Y, en efecto, también con la novela de caballerías presenta la novela histórica algunos puntos de contacto: además de recoger algunos de sus lances (torneos, batallas singulares y, en general, todo lo que se incluye dentro de «lo maravilloso»[1]) y de sus técnicas (por ejemplo, el recurso a la crónica o manuscrito para aumentar la verosimilitud), las novelas históricas románticas se convirtieron en los nuevos libros de caballerías, en el sentido de facilitar la evasión[2] de un público lector joven y, en buena medida, femenino. Ya Menéndez Pelayo se refirió a esa «transformación de la novela histórica en libro de caballerías adobado al paladar moderno»[3]. De hecho, el tema de la primera reunión que se celebró el año 1839 en el Ateneo de Madrid fue una «Comparación entre la novela histórica moderna y el antiguo romance caballeresco». Martínez de la Rosa publicó el 10 de febrero en el Semanario Pintoresco Español un resumen de las conferencias pronunciadas bajo el título de «Paralelo entre las modernas novelas históricas y las antiguas historias caballerescas».

Hay que tener presente que la figura del caballero andante es una figura histórica en los siglos XIV y XV, como ha documentado Martín de Riquer en su estudio dedicado a los Caballeros andantes españoles. Estas novelas de caballería imitaban, pues, la realidad en algunos aspectos; pero, a su vez, los caballeros reales trataban de imitar a sus héroes novelescos, intentando vivir aventuras novelescas (un caso ejemplar que suele recordarse es el de la conquista de México por Hernán Cortés). Por otra parte, las novelas de caballerías se presentan como historias o crónicas verdaderas; los autores insisten continuamente en la verdad de sus relatos, de la misma forma que hacen los auténticos historiadores; una superchería habitual es la presentación de la novela como traducción de un original escrito en alguna lengua lejana. En fin, otro rasgo en que coincide la novela de caballerías con la novela histórica es la división maniquea del mundo de los personajes[4].


[1] Ver Alberto Lista, Ensayos literarios y críticos, Sevilla, Calvo-Rubio, 1844, I, pp. 155-156.

[2] Ver Ana Luisa Baquero Escudero, «Cervantes y la novela histórica romántica», Anales cervantinos, XXIV, 1986, p. 182.

[3] Marcelino Menéndez Pelayo, Estudios sobre la prosa del siglo XIX, Madrid, CSIC, 1956, p. 247.

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.

Elementos religiosos en la poesía de Cervantes

La religión constituye un elemento muy notable en la obra literaria de Cervantes y es, ciertamente, uno de los más importantes a la hora de calibrar el pensamiento del escritor. La presencia de este componente se ha analizado, sobre todo, en la narrativa, y fundamentalmente en el Quijote (anticlericalismo, influjos erasmistas, actitud frente a los moriscos y conversos, todo ello puesto en relación con los posibles antecedentes judaicos del autor…); algo menos en lo que atañe al teatro y muy poco, hasta donde se me alcanza, en el terreno de la poesía.

Pues bien, en sucesivas entradas pretendo llevar a cabo un rastreo amplio, no exhaustivo, de la presencia de los elementos religiosos en la lírica cervantina, tanto en las poesías sueltas como en las insertas en obras pertenecientes a otros géneros (narrativa y teatro). Mi análisis se articulará en seis apartados: 1) poemas hagiográficos; 2) poemas de temática mariana; 3) otros poemas con importante presencia del elemento religioso; 4) presencia de la religión en los poemas de tema histórico y bélico; 5) elementos religiosos en la poesía satírico burlesca; y 6) alusiones microtextuales. Examinaremos, pues, por separado lo relativo a cada apartado, comenzando por algunos poemas hagiográficos.

Uno de ellos es el soneto a san Francisco de Asís, que fue recogido por fray Pedro de Padilla en su Jardín espiritual (1585) y por Justo de Sancha en su Romancero y cancionero sagrados (BAE, XXXV):

Muestra su ingenio el que es pintor curioso
cuando pinta al desnudo una figura,
donde la traza, el arte y compostura
ningún velo la cubra artificioso.

Vos, seráfico Padre, y vos, hermoso
retrato de Jesús, sois la pintura
al desnudo pintada, en tal hechura
que Dios nos muestra ser pintor famoso.

Las sombras de ser mártir descubristes;
los lejos, en que estáis allá en el cielo
en soberana silla colocado;

las colores, las llagas que tuvistes,
tanto las suben que se admira el suelo,
y el pintor en la obra se ha pagado[1].

Llagas de san Francisco de Asís

Como vemos, se trata de un soneto que parte de la imagen Dios=Divino Pintor y hace un uso ingenioso del léxico de la pintura (sombras, lejos, colores…), afirmando de san Francisco que es «hermoso / retrato de Jesús»; cabe destacar además el juego dilógico del último verso, «y el pintor en la obra se ha pagado» (‘ha recibido el pago por su obra’ y ‘ha quedado satisfecho con ella’). Por lo demás, las rimas conseguidas con formas verbales (descubristes, tuvistes) restan aliento poético a la composición, que en conjunto no es demasiado lograda.


[1] Miguel de Cervantes, Poesías completas, ed. de Vicente Gaos, Madrid, Castalia, 1981, vol. II, pp. 354-355. En este poema —y lo mismo haré en otros que citaré en próximas entradas— retoco ligeramente, sin indicarlo, la puntuación y las grafías. De aquí en adelante, las referencias a las Poesías completas serán tomadas de la citada edición de Gaos y solo se indicará el volumen y el número de página.

Antecedentes de la novela histórica: las crónicas medievales

Por lo que respecta a la historiografía medieval, la Primera Crónica General o Estoria de España incorpora ya, por su valor histórico, prosificaciones de los cantares de gesta sobre Bernardo del Carpio, Fernán González, los infantes de Lara, el Cid, el cerco de Zamora, Mainete… en las que se incluyen aventuras novelescas, procedentes de novelitas versificadas o de cuentos en prosa, elementos dispares que se integran en un cuerpo «histórico». A la cuarta parte de la Grand e general Estoria pertenece la historia novelada de Alejandro Magno, la Estoria de Alexandre el Grand. También nos interesan de esta segunda crónica del taller alfonsí las páginas dedicadas a la historia de Troya, materia aprovechada después en múltiples versiones: Historia troyana polimétrica, Sumas de la historia troyana, etc. Fuera de la Península, encontramos también esta mezcla de historia y ficción en la importante Historia de los reyes de Bretaña, de Godofredo de Monmouth, obra que daría lugar a las principales novelas del ciclo artúrico.

Historia de los reyes de Britania

En general, en todas las obras historiográficas medievales (crónicas, anales, genealogías…) la historia se presenta fuertemente novelizada, adornada con la invención de elementos míticos y fabulosos, y con explicaciones pseudocientíficas de los hechos; en ellas se da el mismo tratamiento a Aquiles y Eneas que a Alejando Magno o Julio César; el lector de los siglos XII y XIII aceptaba todo el relato como cierto, con sus inverosimilitudes y fantasías. No existía una conciencia histórica plena, rigurosamente científica, que permitiera deslindar claramente lo cierto y lo fabuloso, lo histórico y lo legendario, de ahí que la frontera entre verdad y poesía se presente en estas obras difuminada. En realidad, se da en ellas una visión poética de la historia, género que constituye todavía, como en la antigüedad clásica, un arte literario[1].


[1] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.

Amoríos de Lope con Antonia Trillo de Armenta

Ya de vuelta en la Villa y Corte, Lope se va a enamorar de nuevo… y de nuevo va a tener un encontronazo con la justicia: en 1596 sufre proceso por amancebamiento con Antonia Trillo de Armenta, viuda de Luis Puche o Puig, que tenía casa en la calle de las Huertas[1].

Calle de las Huertas, Madrid

El proceso en la Sala de alcaldes de Casa y Corte se ha perdido, pero no debió de prosperar, pues no se conocen derivaciones posteriores de la causa. Sabemos, sí, que aquella viuda alegre volvería a casarse y moriría, otra vez viuda, en 1631.

Ese año de 1596 firma los manuscritos de El marqués de Mantua, La francesilla y La bella malmaridada. Es posible que regresase a Alba de Tormes, y que el duque lo despidiese de su lado. Habría aprovechado su vuelta allí para acudir a ver la tumba de Isabel y a rezar por ella, recuerdo de lo cual serían dos romances, «Belisa, señora mía» y «Ya vuelo, querido Tormes», en el que se lamenta de tener que dejar la casa de Alba.

En el otoño de 1597 se cierran los teatros por la muerte de la infanta Catalina Micaela de Saboya, hija de Felipe II. La prohibición de representar comedias se extiende por la muerte de Felipe II (septiembre de 1598) hasta la boda de Felipe III (abril de 1599). Sin posibilidad durante este tiempo de vivir de lo escrito para el teatro, Lope tratará de seguir desempeñando el empleo de secretario de nobles. Quizá es ahora cuando sirve al marqués de Malpica y mariscal de Castilla. Dura poco en este empleo, pues no era ya su secretario a la altura de 1598, cuando pasa a servir a don Pedro Fernández Ruiz de Castro, marqués de Sarria, futuro conde de Lemos, que será mecenas y protector de varios artistas, entre ellos Cervantes.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.