Motivos presentes en el «Quijote» de 1615

Según Joaquín Casalduero[1], encontramos una serie de nuevos motivos que enriquecen esta II Parte[2], a saber:

1) El motivo de la representación, que tiene una importancia capital: el mundo se manifiesta como un continuo teatro, como una puesta en escena permanente; ahora son otros personajes los que inventan trazas para adecuarlas a la locura caballeresca del hidalgo. Recordemos los episodios de Dulcinea encantada, el encuentro con el carro de las Cortes de la Muerte, el retablo de maese Pedro, varias de las burlas urdidas en el Palacio ducal, la fingida Arcadia, etc.

2) El motivo de la casa: en la II Parte los escenarios que frecuenta don Quijote responden a un ámbito más urbano que en la I Parte, en la que predomina el ámbito rural y abundan los espacios abiertos. En cambio ahora don Quijote arriba a distintas casas, como la del Caballero del Verde Gabán, el Palacio ducal o la casa de Antonio Moreno, en las que permanece detenido más o menos tiempo.

3) El motivo del dinero, que en la II Parte adquiere el valor social que no tenía en la I Parte: en su tercera salida don Quijote sale provisto de dinero, paga sus gastos y se hace responsable de los destrozos que ocasiona.

4) El motivo de los animales: abunda la presencia de animales, en acciones que se introducen generalmente con la intención de acentuar la degradación del personaje (don Quijote es arañado por gatos, atropellado por toros y por una piara de cerdos…) y también se concede un mayor protagonismo a Rocinante y el rucio.

Rocinante y el rucio

5) El motivo de los consejos: como apuntaba en una entrada anterior, en la II Parte se pone un énfasis mayor en aspectos relacionados con la organización política y social de la época, y esto se manifiesta en la inclusión de abundantes consejos acerca del tema del buen gobierno, de la educación de los hijos, etc.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006.

[2] Ver Joaquín Casalduero, Sentido y forma del «Quijote», Madrid, Ínsula, 1949.

La comedia de la decadencia del Barroco en España

Hay que señalar que los primeros cincuenta años del siglo XVIII son postbarrocos en el teatro: hay una clara pervivencia de las formas del XVII[1]. Los epígonos del Barroco mantienen en el siglo XVIII formas caducas, sin la calidad literaria de sus predecesores. No interesa la imitación de Lope o de Tirso, sino la de Calderón, al que todos tienen por modelo. La mayoría de ellos no escriben piezas originales, sino que tienden a la refundición y la rescritura de obras antiguas que se intentan revivir con representaciones de más o menos éxito. No surgen fórmulas nuevas que sustituyan el éxito de las anteriores (tramoya, lances, enredos…). El teatro neoclásico, cuando hace aparición, no despierta el entusiasmo de las masas.

Sin embargo, resulta también evidente que las fórmulas barrocas están ya agotadas: los autores carecen de creatividad, de originalidad y de genio; se da una repetición casi mecánica de esquemas que han perdido vigor y fuerza expresiva; la intriga se complica hasta límites insospechados. Es un teatro sobrecargado de recursos escénicos, música, tramoyas, etc. Hay un gusto exagerado por la aparatosidad (comedias de santos, de bandoleros, heroicas, de magia…).

Loas completas de Bances CandamoEn esta etapa de transición se representan los autores del XVII: Calderón, Moreto, Rojas Zorrilla, Solís, Matos Fragoso, pero curiosamente Lope y Tirso apenas interesan. El último autor barroco destacado es Francisco Antonio de Bances Candamo, dramaturgo oficial de Carlos II, que vive entre 1662 y 1704 y presenta un teatro de transición. Además de varias comedias y autos sacramentales, dejó una obra teórica (de preceptiva dramática) titulada Teatro de los teatros de los pasados y presentes siglos.

En el terreno de los géneros de éxito popular debemos destacar las comedias de santos y de magia; las comedias heroicas y militares; y las comedias sentimentales. Es un corpus de obras de escasa calidad literaria y un gusto exagerado por los excesos. Autores representativos de estas tendencias son Luciano Francisco Comella, Gaspar Zavala y Zamora o Antonio Valladares y Sotomayor. La pata de cabra, comedia de magia debida a Juan de Grimaldi, fue uno de los mayores éxitos de todo el teatro dieciochesco.


[1] Texto extractado, con ligeros retoques, de la introducción a Leandro Fernández de Moratín, El sí de las niñas, ed. de Mariela Insúa y Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2012.

Temas del «Quijote» de 1615

Por otra parte, en el Quijote de 1615 se desarrolla uno de los elementos temáticos que en el Quijote de 1605 estaba solamente esbozado: la adquisición del gobierno de la ínsula; en esta II Parte Sancho consigue el anhelado cargo de gobernador gracias a una burla tramada por los Duques, que lo mandan a gobernar una de sus villas[1].

Sancho Panza, gobernador de la ínsula

En cuanto al tema literario, sigue siendo central, como en la I Parte, donde se relacionaba fundamentalmente con dos personajes, el cura y el barbero. Ahora la función literaria es portada, sobre todo, por el bachiller Sansón Carrasco. Es él quien llega en II, 3 con la noticia de la publicación de la I Parte del Quijote. Es decir, en la continuación don Quijote y Sancho han pasado a ser personajes conocidos a través de la lectura y, de alguna manera, se convierten en víctimas de su fama, en tanto en cuanto el conocimiento de sus aventuras es lo que promueve muchas de las burlas que van a sufrir, especialmente las del Palacio ducal.

Otro aspecto relacionado con este tema literario nuclear es la introducción de referencias al falso Quijote de Avellaneda, publicado en 1614, que llega a adquirir una gran importancia estructural en el desarrollo de la acción: cambio de rumbo de Zaragoza a Barcelona; encuentro de don Quijote y Sancho con Álvaro Tarfe, personaje del Quijote apócrifo; visita a la imprenta barcelonesa, etc.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006.

Otras diferencias entre el «Quijote» de 1605 y el de 1615

Siguiendo con las diferencias, en el Quijote de 1605 las aventuras se rigen por las leyes del azar, y el destino de don Quijote es incierto[1]; en cambio, en la II Parte don Quijote se dirige a lugares específicos, tiene unas metas concretas: el Toboso, la cueva de Montesinos y Zaragoza (destino cambiado luego por Barcelona). En 1615 se introducen menos aventuras ajenas a la historia central de don Quijote y Sancho, como ya indiqué en una entrada anterior, y hay, en cambio, más encuentros casuales y conversaciones cotidianas. Por otro lado, en la II Parte aparecen nuevas formas textuales: consejos, juicios y sobre todo cartas, que se intercambian don Quijote, Sancho, los Duques y Teresa Panza.

El bachiller Sansón CarrascoAdemás, en este Quijote de 1615 el engaño también invade el plano narrativo. Así, como ha estudiado Avalle-Arce[2], la historia nos la refiere un narrador «infidente» en quien el lector no puede confiar plenamente pues le oculta información clave, le da pistas falsas que lo llevan por derroteros confusos y le tiende trampas, en definitiva, es un narrador que engaña «a sabiendas y a conciencia». Para el citado crítico, la promesa rota del bachiller Sansón Carrasco («Todo lo prometió Carrasco», señala el narrador en II, 4, p. 662, cuando don Quijote le pide que guarde el secreto de su nueva salida) es el resorte que pone en marcha toda la acción de la II Parte: en realidad, el bachiller saldrá a los caminos tras él, oculta su personalidad, con el objetivo de vencerlo y devolverlo a su casa. Y por ello en esta II Parte se requiere una serie de capítulos explicativos breves, que se insertan después de sucedidos los hechos, para desvelar detalles o dar a conocer la identidad de alguno de los personajes (por ejemplo, Sansón Carrasco como Caballero de los Espejos, o Ginés de Pasamonte como maese Pedro).


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006.

[2] Ver, entre varios trabajos de Juan Bautista Avalle-Arce, «El narrador y Sansón Carrasco», en On Cervantes: Essays for L. A. Murillo, ed. James A. Parr, Newark, Juan de la Cuesta, 1991, pp. 1-9.

El encantamiento de Dulcinea y la cosmovisión de la Segunda Parte del «Quijote»

Uno de los grandes problemas que preocupan ahora al personaje es el encantamiento de Dulcinea[1]. Recordemos que don Quijote ve a Dulcinea encantada en tres ocasiones: en las afueras del Toboso, cuando Sancho le convence de que la labradora que se acerca es Dulcinea acompañada de dos de sus damas; en la visión de la cueva de Montesinos, cuando Dulcinea le pide dinero por medio de una de sus doncellas; y en la representación burlesca ideada en el Palacio ducal, cuando se presenta (en realidad, un paje que hace su papel) con el mago Merlín y se le indica el modo de liberarla: solo si Sancho se da tres mil y trescientos azotes «en ambas sus valientes posaderas» quedará desencantada.

Labradora del Toboso / Dulcinea

Apreciamos también un cambio con respecto a la cosmovisión que se presenta en esta Segunda Parte. En el Quijote de 1605 los personajes, don Quijote sobre todo, experimentaban una relación histórico-metafísica con el medio: era un vínculo ideal el que se establecía, tendente a la utopía (recordemos a este propósito los dos grandes discursos del caballero, el de la Edad de Oro y el de las armas y las letras). Por el contrario, en 1615 se trata de una experiencia de tipo político-social: en numerosos pasajes don Quijote es el portavoz de Cervantes para mostrar su actitud crítica frente a la nobleza cortesana e improductiva, que vive imbuida en el ocio y ha perdido la función social que había tenido en tiempos anteriores (ser los defensores de la sociedad). Así, en el capítulo II, 1 don Quijote explica al barbero la diferencia entre los caballeros de antes y los del presente:

—Los más de los caballeros que agora se usan, antes les crujen los damascos, los brocados y otras ricas telas de que se visten, que la malla con que se arman; ya no hay caballero que duerma en los campos, sujeto al rigor del cielo, armado de todas armas desde los pies a la cabeza; y ya no hay quien, sin sacar los pies de los estribos, arrimado a su lanza, sólo procure descabezar, como dicen, el sueño, como lo hacían los caballeros andantes. […] Mas agora ya triunfa la pereza de la diligencia, la ociosidad del trabajo, el vicio de la virtud, la arrogancia de la valentía y la teórica de la práctica de las armas, que sólo vivieron y resplandecieron en las edades del oro y en los andantes caballeros (pp. 633-634).

Asimismo, don Quijote y Sancho se van integrando más en la sociedad, al entrar en contacto con el ámbito urbano, que es el que predomina en esta Segunda Parte.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998.

Rasgos estructurales del «Quijote» de 1615 y diferencias con la Primera Parte

Rasgos estructurales sobresalientes[1] de la II Parte del Quijote son: 1) la imbricación de sus diversos elementos compositivos (proliferación de hechos enlazados, «enhilados», igual que los refranes de Sancho o las sentencias de don Quijote); 2) la morosidad narrativa o tempo lento (un ejemplo de ello lo tenemos en los siete capítulos de preparación para la nueva salida, a diferencia de lo ocurrido con la primera, cuyos preparativos se habían contado sintéticamente en un solo capítulo; la sensación de morosidad aumenta también por las abundantes digresiones que se introducen); y 3) la focalización narrativa móvil (circunstancia que se produce cuando don Quijote y Sancho se separan y el narrador sigue alternativamente a uno y a otro, fundamentalmente cuando Sancho va al gobierno de Barataria y don Quijote queda en la Corte ducal).

¿Qué otras diferencias existen entre el Quijote de 1605 y el de 1615? Una diferencia esencial es el cambio de percepción de la realidad que vive el protagonista: ahora don Quijote ya no confunde las apariencias con la realidad. En 1605, él deformaba la realidad para adaptarla a su fantasía caballeresca, mientras que, en 1615, otros manejan la realidad a su antojo y le hacen ver lo que no hay. Don Quijote duda ahora y cuestiona la realidad, sobre todo tras la angustiosa experiencia vivida en la cueva de Montesinos.

Don Quijote bajando a  la cueva de Montesinos, de Juan Martínez

Su comportamiento tiende cada vez más a la pasividad, y de aquí surge su decepción y su progresiva “melancolía”. En la I Parte, la vida se le presentaba como una aventura y su actuación era un continuo enfrentamiento voluntario y heroico con la realidad: «Yo sé quién soy», afirma rotundo don Quijote al labrador vecino de su lugar (I, 5, p. 73). En cambio, en la II Parte la vida se concibe como burla, representación y caricatura, lo que provoca la irritación, el cansancio y el desengaño final del héroe: «Yo no puedo más», dirá tras la fracasada aventura del barco encantado (II, 29, p. 874).Otro aspecto que demuestra la falta de confianza en sí mismo de don Quijote es su creencia en agüeros (por ejemplo, los diversos sonidos de animales que oye al salir hacia el Toboso, «todo lo cual tuvo el enamorado caballero a mal agüero», II, 9, p. 695).


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998.

Las historias intercaladas en el «Quijote» de 1615

Una de las diferencias fundamentales entre la I y la II Parte estriba en la presencia de las historias intercaladas[1]: además de ser menos en número y en extensión, las del Quijote de 1615 están mejor integradas con el hilo central del relato, vienen más a cuento (son episodios como el de las bodas de Camacho el rico, el de los rebuznadores, el de la hija de doña Rodríguez, el de la hija de Diego de la Llana, el de Claudia Jerónima y el de Ana Félix y el morisco Ricote).

Las bodas de Camacho, de Eutimio Sánchez Rubio

Cervantes hace alusión a las críticas recibidas en dos pasajes distintos, II, 3 y II, 44. En el primero de ellos, Sansón Carrasco le explica a don Quijote:

—Una de las tachas que ponen a la tal historia —dijo el bachiller— es que su autor puso en ella una novela intitulada El Curioso impertinente, no por mala ni por mal razonada, sino por no ser de aquel lugar, ni tiene que ver con la historia de su merced del señor don Quijote (p. 652).

A lo que Sancho responde con su graciosa locuacidad habitual:

—Yo apostaré […] que ha mezclado el hideperro berzas con capachos (p. 652).

En el comienzo de II, 44 el narrador reproduce la explicación que da Cide Hamete Benengeli para haber incluido en la I Parte historias ajenas al núcleo narrativo central: el haber tomado entre manos «una historia tan seca y tan limitada como esta de don Quijote» le obligaba a hablar siempre de «un solo sujeto» (‘de un único tema’), y

por huir deste inconveniente había usado en la primera parte del artificio de algunas novelas, como fueron la del Curioso impertinente y la del Capitán cautivo, que están como separadas de la historia, puesto que las demás que allí se cuentan son casos sucedidos al mismo don Quijote, que no podían dejar de escribirse (p. 980).

Y añade a continuación:

También pensó, como él dice, que muchos, llevados de la atención que piden las hazañas de don Quijote, no la darían a las novelas, y pasarían por ellas o con priesa o con enfado, sin advertir la gala y artificio que en sí contienen, el cual se mostrará bien al descubierto, cuando por sí solas, sin arrimarse a las locuras de don Quijote ni a las sandeces de Sancho, salieran a la luz. Y, así, en esta segunda parte no quiso ingerir novelas sueltas ni pegadizas, sino algunos episodios que lo pareciesen, nacidos de los mesmos sucesos que la verdad ofrece, y aun estos limitadamente y con solas las palabras que bastan a declararlos; y pues se contiene y cierra en los estrechos límites de la narración, teniendo habilidad, suficiencia y entendimiento para tratar del universo todo, pide no se desprecie su trabajo, y se le den alabanzas, no por lo que escribe, sino por lo que ha dejado de escribir (p. 980).


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998.

Estructura y contenido del «Quijote» de 1615

Algunos de los problemas narrativos señalados para la Primera Parte se solventan en la Segunda[1]. Cervantes tomó buena nota de las críticas que se le hicieron y las tuvo presentes a la hora de componer su Segunda Parte, y aunque está escrita también a lo largo de varios años, presenta una estructura mucho más acabada. Externamente, el Quijote de 1615 se divide en 74 capítulos (más breves que los de 1605), esta vez no agrupados en «Partes», y recoge una sola salida del caballero y su escudero.

Repasemos brevemente el contenido y los principales episodios de esta Segunda Parte, que pueden separarse en tres grandes bloques:

Capítulos 1-29. Preparación de la tercera salida y primeras aventuras. La preparación de la nueva salida es morosa y ocupa los siete primeros capítulos. Aparición del bachiller Sansón Carrasco y noticia de la publicación de la I Parte. Don Quijote va al Toboso. Encantamiento de Dulcinea fingido por Sancho. Episodio de las Cortes de la Muerte. Aventura del Caballero del Bosque (victoria de don Quijote). Encuentro con el Caballero del Verde Gabán. Aventura de los leones. Episodio de las bodas de Camacho. Descenso a la cueva de Montesinos y nueva visión de Dulcinea encantada. Episodio del mono adivino y el retablo de maese Pedro. Episodio de los rebuznadores. Aventura del barco encantado.

Aventura del barco encantado

Capítulos 30-58. Encuentro con los Duques y estancia en el Palacio ducal, donde don Quijote y Sancho sufrirán una serie de burlas: Merlín y el desencanto de Dulcinea, doña Trifaldi, Clavileño, Altisidora… Separación de don Quijote y Sancho al ir este al gobierno de la ínsula Barataria. Episodio de doña Rodríguez. Encuentro de Sancho con el morisco Ricote. Reencuentro de don Quijote y Sancho. Desafío con el lacayo Tosilos en defensa de la hija de doña Rodríguez y salida de la casa ducal.

Capítulos 59-74. Conclusión y conocimiento por parte de don Quijote del apócrifo de Avellaneda. Cambio de destino, de Zaragoza a Barcelona, para diferenciarse del falso don Quijote. Encuentros en el camino: Roque Guinart y Claudia Jerónima. Estancia en Barcelona: Antonio Moreno y la cabeza encantada. Visita a la imprenta y a las galeras. Episodio de Ana Félix. Derrota de don Quijote frente al Caballero de la Blanca Luna. Regreso a casa. Testamento y muerte de Alonso Quijano el bueno.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006.

Descuidos e incoherencias en el «Quijote» de 1605

Para terminar esta serie de entradas sobre la estructura de la I Parte del Quijote[1], debo hacer referencia a los numerosos descuidos y contradicciones que se le han señalado a Cervantes desde el momento de aparición de su novela (el asunto del robo del rucio de Sancho, que en la segunda edición se quiso solventar con un pasaje explicativo, pero intercalado en un lugar equivocado; varios epígrafes que no se corresponden con el texto, debidos a los diversos desplazamientos de material narrativo…).

Cervantes escribiendo el QuijoteTales descuidos existen, sin duda, pero podríamos afirmar que sin esos descuidos tan cervantinos el Quijote no sería el Quijote. Además, muchos de ellos son fáciles de explicar si tenemos en cuenta que la obra tuvo una génesis compleja, dilatada a lo largo de muchos años. Pensemos que Cervantes lleva en ese momento una vida muy ajetreada, con continuos viajes de un lado a otro: cabe preguntarse dónde y cómo escribía. En ese andar errante por pueblos y ventas, ¿llevaba siempre encima sus papeles? ¿Tomaba apuntes, impresiones, que desarrollaba luego al encontrar un lugar para escribir con sosiego, por ejemplo cuando se asentaba un tiempo en Esquivias? Debemos imaginárnoslo redactando su Quijote de forma fragmentaria, hoy aquí y mañana allá, en medio de la incomodidad de aquellas posadas y alojamientos, y asediado por las preocupaciones y amarguras derivadas de su poco grato cargo como recaudador de impuestos. Recordemos que en el prólogo el narrador dice que el libro «se engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación» (p. 9), y también se ha especulado mucho acerca de si el Quijote pudo ser redactado —o al menos pergeñado y comenzado— en la cárcel sevillana, aunque para otros estudiosos esa frase hay que entenderla en sentido metafórico, y no literal.

Cueva de Medrano

Además, para explicar en parte esas incoherencias narrativas y estructurales de la novela debemos tener presente el modo de trabajar en las imprentas de aquella época. Casi con seguridad Cervantes, desde Valladolid, no pudo controlar el proceso de preparación y corrección de pruebas de la primera edición del Quijote que se hacía en Madrid (por ejemplo, la dedicatoria del autor al duque de Béjar no llegó a tiempo, y el editor Francisco de Robles introdujo otra hecha con retazos de la que Fernando de Herrera puso en 1580 al frente de su edición de las Obras de Garcilaso de la Vega con anotaciones). Por otra parte, en las imprentas de entonces, al componer las páginas para la impresión, los tipógrafos no eran nada escrupulosos a la hora de añadir texto si hacía falta para llenar la plana, o bien de cortarlo sin tapujos, si sobraba y era necesario hacer encajar el número de líneas; los epígrafes, probablemente, fueron añadidos en una revisión última[2], etc.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Crítica, 1998 (con revisiones posteriores).

[2] Para estas cuestiones textuales, ver Francisco Rico, «Historia del texto», estudio preliminar en Don Quijote de la Mancha, ed. del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Crítica, 1998, pp. CXCII-CCXLII.

Las historias intercaladas en el «Quijote» de 1605

También se ha debatido acerca de la función y pertinencia de las distintas historias intercaladas, que son mucho más abundantes en la I Parte que en la II[1]. Ocurre que, en 1605, Cervantes —que todavía no está del todo seguro de su arte— se guía en su relato por el principio renacentista de «variedad en la unidad» y busca un equilibrio entre los elementos quijotescos y los episódicos (lo que, por cierto, le lleva a desplazar importantes segmentos narrativos de un lugar a otro, dentro de esta I Parte). En cambio, en 1615 Cervantes es más consciente de su dominio del arte narrativo y ya no se siente esclavo de convenciones literarias de ningún tipo.

Las historias intercaladas se pueden leer por separado porque tienen carácter independiente, pero sin duda adquieren un valor añadido interpretadas en el conjunto del libro. Son una especie de segunda melodía del Quijote, sobre todo en torno al tema central del amor. Además, amplían considerablemente el mundo de los personajes, sobre todo los femeninos (Cervantes nos brinda magníficos retratos de mujeres, algunas de compleja personalidad). Por otra parte, esas historias le sirven al autor para presentar un amplio panorama de los géneros narrativos entonces al uso; Cervantes viene a mostrar, así, que es capaz de escribir obras pertenecientes a todos esos géneros, y además de un modo personal:

1) La novela pastoril está representada por la historia de Marcela y Grisóstomo y por el episodio del cabrero celoso y la pastora Leandra. Además, en muchos pasajes del Quijote se da la consideración en clave crítica de diversos aspectos de la literatura pastoril, porque el autor considera que es un modelo agotado que ya no funciona (y, de hecho, él nunca llegaría a escribir la tantas veces prometida II Parte de La Galatea).

Marcela

2) De la novella italiana tenemos un estupendo ejemplo en El curioso impertinente, historia de ambiente florentino y personajes de notable profundidad psicológica. Para algunos autores (entre ellos, Unamuno), estamos ante una novela muy poco pertinente en cuanto a la oportunidad de su introducción, ya que tiene poco que ver con el resto del relato (en su opinión, se trata, simplemente, de un texto leído dentro de la novela). Sin embargo, la novelita adquiere mayor sentido en el conjunto del Quijote, y a su vez arroja luz sobre determinados aspectos de la narración en que se inserta (interesante es, por ejemplo, la comparación de la «locura» de Anselmo con la de don Quijote).

3) La novela morisca se hace presente a través de la historia del capitán cautivo y sus amores con la mora Zoraida, que además enlaza de forma muy clara con aspectos biográficos del propio Cervantes.

4) Con la novela picaresca entronca todo lo relativo al galeote Ginés de Pasamonte, que está escribiendo su autobiografía (probablemente en alusión al soldado Jerónimo de Pasamonte, compañero de armas de Cervantes que había escrito su Vida).

En fin, no olvidemos tampoco la hipótesis apuntada en una entrada anterior acerca del Quijote como una posible novela ejemplar en su origen.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Crítica, 1998 (con revisiones posteriores).