La «Oración a don Quijote» de Gonzalo Gantier Gantier

Los seguidores habituales del blog habrán notado cierta (inusual) inactividad en la Ínsula en estas últimas semanas. Podría decir, como Cervantes en el prólogo a su colección teatral, que «tuve otras cosas en que ocuparme»… Así es, y no estará de más retomar hoy las entradas con una dedicada precisamente a una recreación cervantina (quijotesca, más exactamente). Vale.

Carlos, Gobernador de la Ínsula

Gonzalo Gantier Gantier nació en Sucre (Bolivia), en 1930. Licenciado en Ciencias Sociales por la Universidad Católica de Lovaina (Bélgica) y egresado de la Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Mayor de San Francisco Xavier de Chuquisaca, ha ocupado diversos cargos en el Ministerio de Educación de Bolivia. Ha sido Catedrático de la Universidad Católica Boliviana de La Paz, de la Universidad Mayor de San Andrés de La Paz y, en la actualidad, de la Universidad Mayor de San Francisco Xavier de Chuquisaca. En el ámbito de la creación literaria hay que recordar su libro de poemas Juventud y canas (Sucre, Imprenta Universitaria, 1995). Sobre su poesía ha escrito Gabriel Chávez Casazola:

La poesía de Gonzalo Gantier, recogida en el volumen Juventud y canas, recuerda inmediatamente el tono del romancero español y de la poesía de García Lorca.

Sin embargo, sobre esta inspiración universal, Gantier construye un universo muy personal, expresado en tres vertientes que constantemente juegan a confundirse: una poesía religiosa, en la que alternan las concepciones inmanente y trascendente de la divinidad; una poesía erótica, repleta de imágenes a la par sugerentes y provocativas; y una poesía intimista, autorreflexiva, que se interroga sobre el estar del poeta[1].

Del corpus de su producción poética me interesa destacar su «Oración a don Quijote», en la que el personaje cervantino no solo encarna el ideal de la lucha por la igualdad y la justicia, sino que —un paso más allá— es invocado para que se convierta en un líder revolucionario de todos los pobres y explotados de la tierra, pero en especial los de los pueblos de Hispanoamérica. En este sentido, en la tercera estrofa, las referencias a King (Martin Luther King) y Guevara (Ernesto Che Guevara) son bastante transparentes. «Camilo en Colombia» es alusión a Camilo Torres Restrepo (Bogotá, 1929-Patio Cemento, Santander, 1966), sacerdote católico, pionero de la Teología de la Liberación y miembro del  grupo guerrillero Ejército de Liberación Nacional (ELN). En fin, con «Marcelo en mi patria» entiendo que se refiere a Marcelo Quiroga Santa Cruz (Cochabamba, 1931-La Paz, 1980), político, escritor y profesor universitario que en 1971 fundaría en Bolivia el Partido Socialista (PS-1), del que sería su primer secretario.

Don Quijote revolucionario

Este es el texto completo del poema:

Una nariz de aquelarre
pegada a un rostro cenceño.
La adarga al brazo derecho
y el escudo al otro lado.

Así busca la justicia,
con Fe, Amor y Esperanza,
mi señor, mi don Quijote,
llamado Alonso Quijano.

Así galopa y galopa
desde la meseta hispana,
atravesando los mares,
sin importarle los montes,
ni los ríos, los océanos,
hasta quedarse colgando
en las montañas del Ande.

Eres Camilo en Colombia.
Eres Marcelo en mi patria.
Eres King entre los negros,
y en la América, Guevara.

No te detengas, Quijano,
en este mundo aterrado,
donde los ricos campean
explotando a los de abajo.
¡DESCUÉLGATE DE LOS ANDES!
¡Surca llanos y altiplanos,
que la sangre de estos pueblos,
divididos, separados
por el imperio del Norte,
no tiene sino un color,
ya que todos son hermanos,
desde los charros del Norte
hasta las tierras del gaucho!

¡Descuélgate, mi Señor!
Que es un grito desgarrado
el que surge de los Andes,
en medio de los volcanes,
desde Medellín y Puebla,
desde Tejas y Chicago,
hasta el estrecho del Sur
donde pasó Magallanes.

Las guerras y las tensiones
no suceden entre Estados.
Son unos cuantos señores
con el estómago hartado
que se aferran al poder,
que nos tienen engañados,
sin advertir que los pobres
ya estamos organizados
para empezar otra edad:

¡LA TUYA, ALONSO QUIJANO!

Por eso te lo decimos,
con nuestra sangre en las manos,
con nuestros rostros de sol,
con nuestra escuela sin bancos,
con nuestra piel hecha harapos,
con nuestra gente vendida
al dinero, a los gusanos
aferrados a un poder
que no sale de sus manos…
¡Te lo pedimos gritando
con nuestros dedos crispados,
donde el HOMBRE ya no es HOMBRE,
mucho menos nuestro HERMANO!:

¡Desguélgate, don Quijote,
que estamos ya preparados!

¡Desguélgate, don Quijote,
con tus brazos desgajados,
con tu nariz de aquelarre,
con tus huesos anudados!

¡DESCUÉLGATE, QUE EN LA AMÉRICA
ESTAMOS YA PREPARADOS![2]


[1] Gabriel Chávez Casazola, «Poesía chuquisaqueña de fin de siglo. Aproximación al concepto y una breve indagación textual», introducción a Poesía chuquisaqueña de fin de siglo XX, compilación y edición de María Teresa Lema Garrett, La Paz, Plural Editores, 1999, p. 23.

[2] Tomo el texto, con ligeros retoques, de la citada antología Poesía chuquisaqueña de fin de siglo XX, pp. 98-100.

Cinco sonetos quijotescos de Germán Céspedes Barbery

En una entrada anterior examinamos el «Canto a don Miguel de Cervantes Saavedra», soneto del escritor boliviano Germán Céspedes Barbery (nacido en Cochabamba en 1916). Completaré ahora el comentario de sus recreaciones poéticas en torno al Quijote y su autor reproduciendo aquí otros cinco sonetos suyos que glosan o expresan otros tantos motivos quijotescos. Los títulos de estas cinco composiciones quijotescas son «La penitencia», «Carta de don Quijote de la Mancha a su señora Dulcinea del Toboso», «Carta del caballero don Quijote de la Mancha a su coronista don Miguel de Cervantes Saavedra», «Carta de Sancho Panza a su señor don Quijote de la Mancha» y «Exaltación de la penitencia de don Quijote de la Mancha». Son, pues, cinco recreaciones quijotescas vertidas en el molde del soneto, que forman unidad en torno al episodio de la penitencia de amor en Sierra Morena y el motivo de las cartas (como es sabido, esta técnica epistolar alcanza un gran desarrollo en la Segunda Parte del Quijote).

Penitencia de don Quijote en Sierra Morena

Estos son, sin añadido de comento alguno, los cinco textos en cuestión:

I. La penitencia

Este es, Sancho, el lugar en que pretendo
ganar para la Historia nombre y fama,
porque esta penitencia que me llama
podrá eclipsar a Orlando, si la emprendo.

Mas, en tanto me atenga a lo que entiendo,
tú tendrás que llevar a la mi Dama
y al Sabio coronista que me aclama
estas cartas que afirmen lo que atiendo.

Aquí le esperaré de Penitente,
copiando las finezas que hoy evoco
de Amadís, memorable por valiente.

Y así me verá dentro de poco,
porque en tanto no vuelvas diligente
con mucha más razón, estaré loco.

II. Carta de don Quijote de la Mancha a su señora Dulcinea del Toboso

¡Oh dulce Dulcinea del Toboso,
norte de mi ventura y de mi pena,
tuyas son la virtud y la condena
de mis cuitas amantes sin reposo!

¡Acórreme en aqueste tenebroso
dolor que por tu amor mi pecho llena,
y la inquietud exalta o la refrena
de mi brazo esforzado y valeroso!

Digno soy y seré por mis hazañas
de tu sin par bondad y fermosura,
que vivo soy si grata me acompañas.

¡Y muerto me verás, si no procura
la tu gran discreción con que me dañas
abrirme el cielo y no la sepultura!

III. Carta del caballero don Quijote de la Mancha a su coronista don Miguel de Cervantes Saavedra

Debe de ser muy grande mi enemigo,
el Sabio encantador que se ha tomado
trabajo de seguirme de contado
por las muchas hazañas que persigo.

Debe de ser muy grande, yo lo digo,
porque aun vuestra merced ha equivocado
cuando, ajeno a mi pro, tiene empeñado
un tan grande servicio a mi enemigo.

Tal es que no conozco otro motivo
para que al Coronista de mi historia
pluguiérale mi fin inefectivo.

Fementida visión, toda ilusoria,
que, ¡vive Dios!, escribo y estoy vivo
para nuevos sucesos de más Gloria.

IV. Carta de Sancho Panza a su señor don Quijote de la Mancha

No insista su merced en la locura
de mandarme mensajes apremiantes,
que aún no hallé a Dulcinea, ni a Cervantes,
y en tal caso mi vuelta es prematura.

Además hoy me place la finura
de ofrecer a los necios y farsantes
las cosas que aprendí de los Andantes,
sin que pueda afligille al señor Cura.

Que, en verdad, al tal fueran los castillos
solo flores de mentes visionarias,
«miremos por los hilos los ovillos».

Pues prefiero pedir en mis plegarias
que se llenen de escudos mis bolsillos
a buscar ilusorias Baratarias.

V. Exaltación de la penitencia de don Quijote de la Mancha

Por esforzado, valeroso y fuerte
no existió caballero en nuestra historia
que emprendiera fazañas de más gloria
que el vencedor del tiempo y de la muerte.

Nadie pudo hurtar su propia suerte,
ni vivir cuatro siglos la victoria,
en tan alta virtud y ejecutoria
sin que la fe de su valor deserte.

Nadie pudo vivir… y sin embargo,
desde el viaje de Sancho su escudero,
el tiempo pasó corto y fue muy largo.

Son testigos de un rito tan severo
su soledad y su silencio amargo.
¡Cuatro siglos heridos por aceros![1]


[1] Cito por Luis R. Quiroz (ed.), Cervantes y don Quijote en Bolivia, La Paz, PROINSA Industrias Gráficas, 2009, pp. 209-211. Mantengo las mayúsculas del original pero introduzco algunos cambios en la puntuación. Además, en el verso 11 del soneto III corrijo la lectura «plugiera»; en el verso 8 del soneto IV, «aflijille»; en fin, en el 14 del soneto V, se repite por error «heridos heridos».

El soneto a «Cervantes» de Ricardo Mujía

El abogado boliviano Ricardo Mujía Linares (Sucre, 1860-Sucre, 1938) fue profesor de Literatura e Historia en el Colegio Nacional Junín de su ciudad natal, y de Derecho Internacional en la Universidad Mayor de Chuquisaca, en la que alcanzaría el puesto de rector. Ocupó diversos cargos políticos (secretario de la Presidencia de la República, oficial mayor del Ministerio de Instrucción Pública, ministro de Gobierno y de Relaciones Exteriores) y, como diplomático, fue secretario de la Legación de Bolivia en Brasil, encargado de Negocios en Perú y ministro de la Legación en Paraguay y en Argentina.

En su faceta de poeta, publicó algunos libros —Ensayos literarios (1881), Poesías líricas (1898) y Penumbras (1907)— que lo sitúan en la transición del romanticismo al modernismo. Su inspiración brilla de forma especial en sus poemas épicos de tono patriótico. Así, en 1925 fue premiado con la Flor Natural y la Banda del Gay Saber en el certamen poético del primer centenario de la república por su composición titulada «La creación de Bolivia». En el terreno de la dramaturgia compuso piezas como las tituladas Orden superior, Pepetes, Bolívar en Junín o El mundo que juzga, entre otras. Cuenta además en su haber con obras didácticas y otras relacionadas con el trabajo que desarrolló en la delegación constituida en Buenos Aires para discutir la cuestión de límites territoriales entre Bolivia y Paraguay[1].

Combate naval de Lepanto (Palacio del Senado, Madrid)

En cualquier caso, en nuestro recorrido panorámico por la presencia de Cervantes y los temas cervantinos en la poesía boliviana contemporánea, debemos recordar su soneto «Cervantes», en el que se predica que la verdadera gloria de Cervantes no es su vida militar, su heroica participación en la trascendental batalla naval contra el turco de 1571 («La gloria de Cervantes no es Lepanto»), sino sus inmortales creaciones literarias, el Quijote y don Quijote, símbolo del ser humano que lucha en pos del Ideal:

La gloria de Cervantes no es Lepanto;
no es el laurel de la batalla cruenta,
conquistado al fragor de la tormenta,
entre alaridos de dolor y espanto…

Su gloria está en un libro, que es el canto
a la eterna ansiedad que el alma alienta;
su gloria está en el libro en que nos cuenta
todo lo que es la vida: Risa y Llanto…

Donde el glorioso Don Quijote, ufano
por desfacer entuertos, con su lanza,
lucha, lleno de ardor… y lucha en vano…

Ese libro de amor y de esperanza
es el poema del Delirio humano,
buscando el ideal, que nunca alcanza[2].


[1] Más datos sobre el autor pueden verse en Luis R. Quiroz (ed.), Cervantes y don Quijote en Bolivia, La Paz, PROINSA Industrias Gráficas, 2009, pp. 270-278.

[2] Cito por Luis R. Quiroz (ed.), Cervantes y don Quijote en Bolivia, p. 279, con algún ligero retoque en la puntuación; mantengo las mayúsculas del original. En el verso 6 enmiendo la lectura «cierna» por «eterna». El texto se recoge también en Walter Arduz C., Antología de poetas de Chuquisaca, Sucre, Imprenta Universitaria, 1977.

La «Imploración a don Quijote», de Roberto Guzmán Téllez

Como poeta, el abogado Roberto Guzmán Téllez  (Sucre, 1895-La Paz, 1957) puede adscribirse al grupo parnasiano simbolista que se formó en la capital de Bolivia en las primeras décadas del siglo XX y al que pertenecieron también poetas como Adolfo Costa du Rels, Nicolás Ortiz Pacheco o Gregorio Reynolds, entre otros. En 1923 su «Oda al silencio» fue premiada con la Flor Natural en los Juegos Florales de Cochabamba, y también obtuvo premios en los Juegos Florales de Oruro en 1928 y 1929. Su poesía se encuentra desperdigada en las páginas de periódicos y revistas, si bien en 1978 se publicaron unas Poesías escogidas (1978); inédita quedó, en cambio, la recopilación La divina emoción. Como periodista colaboró en la revista Argos, fundada en Oruro por Enrique Condarco y Antonio José de Sainz[1].

Don Quijote

Roberto Guzmán Téllez es autor de la pieza teatral Don Quijote en Sucre, sainete en dos actos y en verso que fue llevado a las tablas en agosto de 1921 por alumnos del Colegio Junín de Sucre. Aquí reproduzco otra de sus recreaciones quijotescas, esta vez en el género poético. Se trata de su «Imploración a don Quijote», que se publicó en La Razón (La Paz, Bolivia), el 12 de octubre de 1947, y que dice así:

Crece el mal siniestro segundo a segundo
en esta centuria de oprobio y dolor.
En mi angustia siento la angustia del mundo;
y ungido por ella te imploro, Señor,

Señor don Quijote, pulcro Caballero,
bueno y temerario, de alma denodada,
generoso y tierno, galante y sincero,
como el Caballero de la Ardiente Espada.

La bizarra estirpe de los Doce Pares,
de Amadís de Gaula, del Cid Campeador,
está suplantada, Señor, a millares
por gente villana sin Dios, sin honor.

Ya no hay caballeros de noble talante
que amparan a débiles y a damas que gimen.
Solo hay malandrines que ocultan con guante
sus garras dispuestas al dolo y al crimen.

Señor don Quijote: la avidez del oro
prostituye el alma y el cuerpo a la par;
ciega la conciencia, despoja el decoro.
Y se ve en la sombra la daga brillar…

La daga felona, la dama homicida
del amor, de la honra, de la gracia pura,
de todas las cosas que dan a la vida
belleza y respeto, dignidad y altura.

Señor don Quijote: revive tus dones,
propaga ese fuego que quemó tu sien
y el fervor piadoso de tus obsesiones
por el bien ajeno, por tu propio bien.

No solo se vive de lo verdadero;
cada cual reviste su aridez sombría.
Precisa el espíritu, Señor Caballero,
los razonamientos de tu fantasía.

Al final de cuentas algunos sabemos
que somos felices con solo esperar
lo que hemos soñado, lo que apenas vemos
entre nuestra ansia, sin nunca alcanzar…[2]


[1] Más datos del autor pueden encontrarse en Luis R. Quiroz (ed.), Cervantes y don Quijote en Bolivia, La Paz, PROINSA Industrias Gráficas, 2009, pp. 198-200. Ver también Yolanda Bedregal, Antología de la poesía boliviana, La Paz / Cochabamba, Editorial «Los Amigos del Libro», 1977, p. 230.

[2] Cito por Luis R. Quiroz (ed.), Cervantes y don Quijote en Bolivia, p. 201, con algunos ligeros retoques en puntuación y uso de las mayúsculas. En el verso 33 enmiendo la lectura «habernos», que rompe la rima consonante, por «sabemos».

«A nuestro señor don Quijote», de Leonor Ribera Arteaga

Siguiendo con las recreaciones quijotescas en la poesía boliviana, traigo hoy al blog el soneto «A nuestro señor don Quijote» de Leonor Ribera Arteaga, abogada nacida y fallecida en Santa Cruz de la Sierra (1906-1984). Licenciada y Doctora en Derecho y Ciencias Sociales y Políticas, ejerció la docencia como Catedrática de la Universidad Gabriel René Moreno de su ciudad natal[1].

Con esta composición Ribera Arteaga obtuvo la «Violeta de Oro» en los Segundos Juegos Florales de Santa Cruz en el año 1929. El poema (cuyo título recuerda el de la famosa «Letanía…» de Rubén Darío) se centra en don Quijote como símbolo inmortal del espíritu humano que lucha en pos del bien (justicia, libertad, etc.), un sublime ideal que es capaz de lograr con su esfuerzo «la regeneración de nuestra raza».

Don Quijote de la Mancha con Rocinante

El texto completo es como sigue:

Renacerás, retornarás un día.
Tú no puedes morir eternamente,
sin que se pierda el alma en la vacía
existencia vulgar que es el presente.

Si hoy te sepulta el Mal en su porfía,
mañana surgirás resplandeciente,
sobre el espejo de tu suerte umbría,
como un nuevo adalid omnipotente.

Ven, sublime Señor, y haz que desprecie
la humanidad su afán materialista,
de tu divino espíritu a la especie.

Y afirmando la fe que el hombre abraza,
concretará una fórmula alquimista
la regeneración de nuestra raza[2].


[1] Puede consultarse una amplia semblanza de Leonor Ribera Arteaga en Luis R. Quiroz (ed.), Cervantes y don Quijote en Bolivia, La Paz, PROINSA Industrias Gráficas, 2009, pp. 288-295. Ver también Mario Gabriel Hollweg, Leonor Ribera Arteaga: vida y obra de un humanista, Santa Cruz de la Sierra, s. n., 1991.

[2] Cito por Luis R. Quiroz (ed.), Cervantes y don Quijote en Bolivia, p. 296.

La «Loa al Rey de las quimeras», de Gregorio Reynolds

Gregorio Reynolds (Sucre, 1882-La Paz, 1948), político y diplomático boliviano, miembro de la Academia Boliviana de la Lengua, es autor en cuya dilatada producción literaria destacan sus poemarios El cofre de Psiquis (1918) y Horas turbias (1922); en 1948, de forma póstuma, se recogieron sus Poesías escogidas[1].

Un Quijote, de Diego VasquezCopio aquí su poema «Loa al Rey de las quimeras», que constituye una evocación conjunta de don Quijote y su creador, Miguel de Cervantes, unidos ambos en la inmortalidad de la gloria literaria:

«Para mí solo nació don Quijote, yo para él;
él supo obrar, yo escribir; sólo los dos somos para en uno» (Cervantes)

Gloria a ti, gran señor, paladín fiero,
loco ejemplar, divinamente humano;
de Francisco de Asís eres hermano,
y hermano de don Juan, el pendenciero.

Necesitan, señor aventurero,
tu amparo la mujer, tu odio el villano
y, eterno Rocinante, el vulgo vano
tu luciente espolín de caballero.

Compendias a Jesús y a don Rodrigo
de Vivar… Los poetas, cuando sales
ávido de imposibles, van contigo,

porque el gran don Miguel te hizo en sus males
consejero leal y buen amigo.
Tú por él y él por ti sois inmortales[2].


[1] Puede verse una amplia semblanza del autor en Luis R. Quiroz (ed.), Cervantes y don Quijote en Bolivia, La Paz, PROINSA Industrias Gráficas, 2009, pp. 244-254.

[2] Poema incluido en Edgar Ávila Echazú, Resumen y antología de la literatura boliviana, La Paz, Gisbert y Cía., 1973, p. 438. Cito, con ligeros retoques en la puntuación, por Luis R. Quiroz (ed.), Cervantes y don Quijote en Bolivia, p. 255.

La recepción del «Quijote» en el siglo XX

Vida de don Quijote y Sancho, de UnamunoSi pasamos ahora al siglo XX, debemos recordar que algunas aportaciones fundamentales se producen con motivo del III Centenario, en 1905, de la publicación de la Primera Parte del Quijote[1]. En ese año se publican la Vida de don Quijote y Sancho de Unamuno y La ruta de don Quijote de Azorín. La primera de esas obras es una recreación mítica de la novela cervantina, centrada en el drama vital de los personajes de don Quijote y Sancho. De acuerdo con la interpretación unamuniana, las novelas intercaladas y otros aspectos formales del Quijote quedan relegados a un plano muy secundario, y se da toda la importancia a la problemática existencial de los protagonistas. Para Unamuno, Cervantes es un creador inconsciente de la trascendencia de su creatura: para él, don Quijote, el personaje, está por sobre Miguel de Cervantes, el escritor. Por lo que toca a Azorín, de acuerdo con su práctica habitual de establecer una aproximación cercana a los clásicos (y frente a la tendencia a trabajar en abstracto de los críticos cervantinos), va a centrar su mirada en las gentes y en las tierras de la Mancha, en sus paisajes y costumbres, porque para él el Quijote es «un libro de realidad». También el máximo poeta del Modernismo, el nicaragüense Rubén Darío, se interesó, por esas mismas fechas, en Cervantes y don Quijote, dedicándoles algunas composiciones poéticas, ensayos y narraciones, entre las que cabe destacar su magistral «Letanía de nuestro señor don Quijote»[2], publicada en Cantos de vida y esperanza (1905).

Meditaciones del Quijote, de Ortega y GassetEn la década siguiente, encontramos otro aporte fundamental: las Meditaciones del «Quijote» (1914) de José Ortega y Gasset, libro en el que, de acuerdo con su filosofía racio-vitalista, interpreta al personaje como un símbolo del hombre que tiene un proyecto vital y lucha por hacerlo realidad. Una década después se suma otro título señero en la historia de la recepción del Quijote: nos referimos a la obra de Américo Castro El pensamiento de Cervantes (1925), que marca una ruptura frente a la crítica anterior. Para Castro, Cervantes estaba familiarizado con las poéticas del Renacimiento y el tema central del Quijote es la polémica relación entre historia y poesía. Señala además que el pensamiento de Cervantes es unitario, un sistema coherente que se va conformando en todas sus obras, en el que el aspecto artístico y la expresión de una ideología van de la mano. En cualquier caso, ese pensamiento es difícil de aprehender porque se expresa de una forma ambigua, tamizada por la ironía y el perspectivismo. Décadas después, con Hacia Cervantes (1957) y Cervantes y los casticismos españoles (1966), Castro modifica las ideas expuestas en 1925 y plantea su teoría del Quijote como manifestación cimera del sistema de valores de los judeoconversos españoles.

Al año siguiente, 1926, se añaden otros dos trabajos significativos: la Guía del lector del «Quijote» de Salvador de Madariaga y Don Quijote, don Juan y la Celestina de Ramiro de Maeztu. Desde ese momento, las líneas de interpretación se multiplican y diversifican y, de acuerdo con Close[3], podríamos resumirlas —muy esquemáticamente— en las siguientes tendencias: 1) perspectivismo (Spitzer, Riley, Mia Gerhard); 2) existencialismo (Castro, Gilman, Durán, Rosales); 3) narratología o socio-antropología (Redondo, Joly, Moner, Segre); 4) estilística (Hatzfeld, Spitzer, Casalduero, Rosenblat); 5) inventario de fuentes del pensamiento (Bataillon, Vilanova, Márquez Villanueva, Forcione, Maravall); 6) oposición al impulso modernizante de Castro (Auerbach, Parker, Green, Riquer, Russell, Close). Hay además otras corrientes críticas que derivan de tradiciones antiguas: 7) actitud ante la tradición caballeresca (Murillo, Williamson, Eisenberg); 8) estudio de errores (Stagg, Flores); 9) lengua y estilo (Amado Alonso, Rosenblat); 10) biografía de Cervantes (McKendrick, Canavaggio); 11) estudios del género novela (Riley, estructuralismo, postmodernismo)[4].

En definitiva, cada época, cada generación, cada corriente crítica y filosófica ha leído e interpretado el Quijote de forma diferente, proyectando sobre él sus preocupaciones y problemáticas. Sobre la novela cervantina se han acumulado multitud de interpretaciones literarias, ideológicas, simbólicas, estéticas, etc., aunque todas esas interpretaciones se podrían sintetizar en dos grandes líneas: la que incide en los aspectos serios (el Quijote como libro profundo, con un gran contenido ideológico, etc.) y la que se centra en los aspectos cómicos (el Quijote como libro de entretenimiento, lleno de burlas y gracias del lenguaje). Todo este crisol de interpretaciones constituye una prueba palpable de la riqueza de una obra con inmensas potencialidades, de un clásico, en suma, que sigue y seguirá dando lugar a inagotables acercamientos críticos.


[1] Este texto está extractado de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Lo reproduzco aquí con ligeros retoques.

[2] Comienza con esta estrofa: «Rey de los hidalgos, señor de los tristes, / que de fuerza alientas y de ensueños vistes, / coronado de áureo yelmo de ilusión; / que nadie ha podido vencer todavía, / con la adarga al brazo, toda fantasía, / y la lanza en ristre, toda corazón».

[3] Anthony Close, «Interpretaciones del Quijote», estudio preliminar en Don Quijote de la Mancha, ed. del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Instituto Cervantes / Crítica, 1998, vol. I, pp. CLX-CLXIV.

[4] Ver Close, «Interpretaciones del Quijote», pp. CXLII-CLXV.

La recepción del «Quijote» en los siglos XVIII y XIX

En el siglo XVIII, la recepción de la novela cervantina se centra sobre todo en el aspecto satírico[1]. Para los eruditos españoles de esa centuria, el Quijote constituye una sátira moralizante que sigue la premisa horaciana del delectare aut prodesse. Como indica Aguilar Piñal, el acento no está puesto

en la genialidad de la ficción novelesca, ni en las implicaciones psicológicas de los personajes, cuanto en la utilidad que para la nueva sociedad que se quiere construir presenta el aspecto satírico del Quijote. Así, paradójicamente, el siglo antinovelesco exalta hasta límites de veneración la genial novela que destruye la inverosímil, mágica e irracional novela de caballerías[2].

Por ello, la lectura ilustrada se ciñe a la idea de un «quijotismo positivo» que alaba la destrucción del pernicioso género caballeresco por parte de Cervantes. De este modo, don Quijote sigue siendo visto como un personaje ridículo y risible, que sirve de vehículo para ejemplificar el daño que puede provocar la lectura de este tipo de ficciones. Asimismo, el Quijote inspira una serie de comentarios y continuaciones que no se quedan únicamente en la sátira de la novela de caballerías sino que se abren a la crítica de la sociedad y de las costumbres. Como señala Álvarez Barrientos, esta actitud crítica podrá apoyar ideologías diversas e incluso contrapuestas:

Los hombres del siglo XVIII se sirvieron de su modelo para criticar todo aquello que les parecía censurable. Este es el motivo por el que podemos encontrar a Don Quijote respaldando críticas de ideologías distintas. Don Quijote es un medio del que se sirven unos y otros para censurar la realidad, dando origen, así, a la ausencia de uniformidad ideológica en la crítica[3].

Don Quijote de la ManchuelaComo he indicado, el Quijote no solo motiva opiniones por parte de los autores ilustrados, sino que también inspira la producción de textos literarios que continúan las aventuras del ingenioso hidalgo y su escudero en distintas circunstancias o que relatan historias de personajes que tienen rasgos quijotescos, como por ejemplo las novelas Don Quijote de la Manchuela (1767) de Donato de Arenzana (publicada con el seudónimo de Cristóbal Anzarena) o Don Quijote en la Cantabria (1782) de Alonso Ribero y Larrea y, en el terreno del teatro, Las bodas de Camacho el rico (1784) de Juan Meléndez Valdés, entre otras muchas piezas[4]. Se estudia más científicamente la biografía de Cervantes (Mayans y Siscar escribe su Vida de Miguel de Cervantes Saavedra y Vicente de los Ríos un Análisis del «Quijote») y se convierte en autor canónico, pasando el Quijote a formar parte de los programas de enseñanza. A finales del siglo XVIII la percepción del personaje de don Quijote comienza a cambiar: pasa a ser considerado como un hombre virtuoso y ejemplar en muchos aspectos. Recordemos lo que planteaba Caldalso en sus Cartas marruecas al decir que en el trasfondo del Quijote hay «un conjunto de materias profundas e importantes». Este cambio significa un avance hacia lo que será la interpretación romántica.

Asimismo, fuera de España, el Quijote cobra entonces mayor renombre y es leído en las numerosas ediciones aparecidas fundamentalmente en Inglaterra y Francia. La obra va a influir en la gestación de la gran narrativa inglesa, a través de autores tan importantes como Fielding (Joseph Andrews y Tom Jones), Sterne (Tristam Shandy), Lennox (The Female Quixote), etc. Igualmente dejará su huella en novelistas franceses como Lesage, Marivaux y Florian.

Portada de la edición del Quijote por Diego ClemencínYa en el siglo XIX[5], uno de los hitos que debemos mencionar es la edición del Quijote de Diego Clemencín (1833-1839), quien anota exhaustivamente, con rigurosa erudición, todos los aspectos relacionados con las novelas de caballerías, al tiempo que manifiesta todos los reparos neoclásicos frente a la obra, a la que critica por ir contra la pureza de la lengua (insiste en las continuas incorrecciones gramaticales y estilísticas de Cervantes) y por no respetar las reglas del arte. Merece la pena recordar también la romántica empresa de Juan Eugenio Hartzenbusch y Manuel Rivadeneyra, quienes instalaron una imprenta en la cueva de Medrano de Argamasilla de Alba para preparar una edición de las Obras completas de Cervantes, en el mismo lugar donde suponían que había estado preso el escritor y donde habría sido pergeñado el Quijote. En Europa, el Romanticismo alemán (Schegel, Schelling, Tieck, Richter…) tomó el Quijote como modelo y cima ideal del género novela. Además de valorarse cuestiones narrativas y estilísticas, en el aspecto ideológico se empieza a fraguar la lectura simbólica de don Quijote como un héroe universal que encarna la escisión del hombre entre espíritu y materia. Así pues, poco a poco la obra se va cargando de valores serios y cada vez más profundos.

El siglo XIX va a insistir, igualmente, en el carácter histórico-nacionalista de la novela. Desde mediados del XVII pesaba sobre el autor del Quijote la acusación de antipatriotismo, al considerarse que había acabado no solo con las novelas de caballerías, sino además con el espíritu caballeresco español. En cambio, en un momento en el que en España se da una idealización romántica de la caballería medieval, saldrán en su defensa escritores y eruditos como Agustín Durán y, algunas décadas después, Juan Valera, Marcelino Menéndez Pelayo o Ramón Menéndez Pidal. Con la interpretación de los autores que están a caballo de los siglos XIX y XX, el Quijote se va a convertir en el paradigma del tradicionalismo de la cultura castellana, y sobre su trascendencia reflexionarán con frecuencia los noventayochistas, los regeneracionistas y los novecentistas, cuando aborden en sus obras el problema de España, cuya gravedad se ve acentuada a raíz del Desastre de 1898 (derrota militar, pérdida de los últimos restos del imperio colonial…). En don Quijote verán encarnado el espíritu nacional, la quintaesencia de la vieja España.


[1] Este texto está extractado de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Lo reproduzco aquí con ligeros retoques.

[2] Francisco Aguilar Piñal, «Cervantes en el siglo XVIII», Anales cervantinos, XXI, 1983, p. 161.

[3] Joaquín Álvarez Barrientos, «Sobre la institucionalización de la literatura: Cervantes y la novela en las historias literarias del siglo XVIII», Anales cervantinos, XXV-XXVI, 1987-1988, pp. 47-48.

[4] Para referencias sobre esta materia, remito al ya citado trabajo de Aguilar Piñal «Cervantes en el siglo XVIII».

[5] Para más detalles, ver Leonardo Romero Tobar, «El Cervantes del XIX», Anthropos, 98-99, julio-agosto 1989, pp. 116-119.

«El caballero del Cid», de José Luis Olaizola: valoración final

El caballero del Cid, de José Luis OlaizolaEn otro orden de cosas, hay que destacar que el autor sabe imbricar con acierto los dos planos de la narración, los elementos históricos y los de ficción. No es solo que el Cid, en medio de sus campañas en el Levante, halle tiempo para interesarse por las cuitas amorosas de Efrén; también doña Jimena y sus damas siguen con interés la hermosa historia de amor que viven, con muchas dificultades, Efrén y Rucayya. En fin, cuando el muchacho logra encontrar el famoso tesoro que buscaba, los hombres del Cid lo venden y con el dinero obtenido compran armas para el ejército, que servirán para la conquista definitiva de Valencia. Por medio de pequeños detalles como estos se fusionan ambos planos de la obra.

La novela, en la que no han faltado las aventuras y los amores, termina con un desafío, un duelo caballeresco en el que van a estar en juego el honor de un caballero cristiano y el alma de una delicada doncella. En efecto, al final, Efrén desafía a Abid Muzzafar por felón y traidor; este ordena a un sayón que le rompa al joven dos dedos de la mano derecha y dos costillas (para asegurarse de combatir con ventaja), pero cuando pelean el tercer viernes de junio de 1089, el joven logra vencer y, en lugar de perdonar a su enemigo, lo degüella, dejándose llevar por el odio. Entonces Rucayya le dice que no puede ser su esposa, por haber matado a su hermano, que le pedía clemencia. Efrén se da cuenta de que va a perder para siempre el único amor de su vida y decide profesar en Cardeña, de la misma forma que su amada va a hacerlo en las benedictinas de Estella. La melancolía tiñe su alma y siente un total despego por la vida, de forma que ahora pelea temerariamente en las luchas del Cid. Pero será el propio don Rodrigo quien facilite a Efrén la solución para un final feliz, al ordenarle que saque a Rucayya del convento y se case con ella. Los vendedores de noticias —nos dicen las últimas líneas del relato— hablan de un caballero indomable que combate con una sola mano y que marcha con el ánimo muy alegre hacia Navarra…

El final es abierto, pero esperanzado: no se cuenta el desenlace definitivo, pero se adivina la posibilidad real (facilitada por el Cid) de la unión feliz de Efrén y Rucayya. Es a lo que apuntan las palabras que leemos en la contracubierta del libro: «El caballero del Cid, novela con toda la frescura de los romances fronterizos y de las primeras novelas artúricas, transportará al lector a aquel tiempo en que Europa era aún tan joven que el más grande de los héroes épicos hacía un alto en su guerrear para propiciar que la historia de amor del más gentil de sus caballeros tuviera un alegre final». Es esta, en suma, una novela amena y fácil de leer, con buenas dosis de amores y aventuras, que puede contribuir a acercar, de forma indirecta, al conocimiento del personaje del Cid entre un público amplio.

La ambientación histórica en «El caballero del Cid» de José Luis Olaizola

Aunque la novela no resulta farragosa en la inclusión de datos históricos, sí que transmite al lector los necesarios para que se haga cargo de la situación en aquel momento: se ofrece, por ejemplo, una explicación de la enemistad del Cid con el conde García Ordóñez (p. 73), que es «el más feroz enemigo que tuvo nunca el Campeador»; se dan datos, también, sobre la relación entre el Cid y el rey Alfonso VI.

La jura en Santa Gadea

Así, fue la derrota de don Alfonso en Sagrajas lo que le hizo pensar en la necesidad de recurrir al Cid en su lucha contra los almorávides, dispensando al vasallo de la ira regia; se alude a la posterior reconciliación en Toledo, cuando el Cid muerde la hierba del prado (acto de sumisión vasallática que recoge el Cantar de mio Cid); se pone de manifiesto la división de Al-Andalus en reinos de taifas, con reyes enfrentados entre sí, que han de pagar parias al Cid para que sea su protector; se alude al relajo de la corte de Toledo (pp. 88-89) y, en el otro lado, a la ola puritana que supuso la llegada de los almorávides, encabezados por el emir Ben Yussuf; se incluyen datos sobre la mesnada del Cid, que alcanza primero la cantidad de mil hombres, para aumentar luego hasta los siete mil; y, en fin, se introducen otras alusiones al conde Berenguer de Barcelona (una de las hijas del Cid, María, terminará casando con un sobrino suyo), al proyecto de conquista del Levante peninsular, etc.

Como en otras novelas ambientadas en la Edad Media, abundan las referencias a creencias supersticiosas: la Paciana es aficionada a los sueños y la astrología y, de hecho, traza la carta astral de Efrén, que armoniza a Venus y Júpiter; cierta importancia alcanza un sueño que ha tenido Efrén, en el que vio un caballo zaino (es el que monta el Cid cuando se conocen y el que aquel terminará regalándole) y una doncella con una cruz al cuello (es Rucayya, la muchacha de la que se va a enamorar): el sueño se hace realidad en el momento en que sale a cabalgar llevando a la joven a la grupa. También podemos mencionar el personaje de Ermelinda la gallega, una sanadora que ha fijado el centro de gravitación del Cid de forma tal, que nunca le puede alcanzar el hierro de sus enemigos (pp. 67 y 94). También se recogen otros augurios y profecías: así, el judío Elifaz vaticinó al Cid un futuro prometedor por donde se levanta el sol; o, cuando Efrén parte con otros caballeros a enfrentarse en duelo con Abid Muzzafar, una bandada de cuervos les cruza por el lado izquierdo, algo interpretado como un mal agüero.