Sobre la génesis del «Quijote»

Mucho se ha escrito sobre la posibilidad de que Cervantes[1] tomara como base para construir a su don Quijote algunos personajes reales que conoció en distintos momentos de su vida[2], aunque este camino no parece llevar muy lejos. Con independencia de que su personaje se pudiera enriquecer con rasgos de carácter de determinadas personas históricas, parece más acertado buscar la génesis de la novela y de sus principales protagonistas en las fuentes de la tradición literaria. Así, Martín de Riquer ha señalado un precedente de la obra cervantina para él indiscutible; se trata de un episodio que aparece en el libro de caballerías Primaleón y Polendos, publicado en 1534:

Ante la corte de Constantinopla se presenta un escudero que lleva de la mano una doncella; ambos eran tan feos que ponían espanto en todo el mundo, e iban vestidos de modo extravagante; pero el espanto se convirtió en risa cuando, de rodillas ante el emperador Palmerín, el escudero cuenta que se halla perdidamente enamorado de la doncella. Los cortesanos se burlan y le dicen que «la hermosura de la doncella es tanta que hará ser al caballero de gran ardimiento ante sí», y el emperador le concede la caballería, en medio de risas y chanzas. Ahora bien, la fea doncella se llama Maimonda y el escudero manifiesta ser «el hidalgo Camilote». Nos hallamos, pues, frente a un auténtico precedente de los amores del «hidalgo don Quijote» y la labradora idealizada por él en Dulcinea del Toboso[3].

Don QuijotePor su parte, Menéndez Pidal[4] había desarrollado antes la teoría de que el personaje y la historia de don Quijote —su primera salida— se inspira en el anónimo Entremés de los romances, que dataría de hacia 1591: en esa obra, el labrador Bartolo enloquece leyendo los romances («de leer el Romancero, / ha dado en ser caballero, / por imitar los romances»); de forma similar, el hidalgo Alonso Quijano enloquece leyendo las novelas de caballerías y quiere ser caballero andante. La intención original de Cervantes habría sido escribir un «Quijote corto» —«la novela ejemplar de un loco», según afirmó en 1905 Heinrich Morf—, que abarcaría la materia de la primera salida (aproximadamente, hasta el escrutinio de la biblioteca). Más tarde, Cervantes, al ver las enormes posibilidades narrativas del personaje y de su historia, la habría desarrollado con nuevos episodios y más personajes, concibiendo una novela mucho más extensa. Pero hoy esta idea de la posible inspiración en el Entremés de los romances ha sido puesta en entredicho, pues la cronología es discutible, y se duda si el Entremés de los romances es anterior o posterior a la redacción de los primeros capítulos del Quijote.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006.

[2] Así, el hidalgo Alonso Quijada Salazar, tío de su esposa Catalina, dueño de la casa en que vivieron en Esquivias; o Rodrigo de Pacheco, otro hidalgo, natural de Argamasilla de Alba…

[3] Martín de Riquer, «Cervantes y el Quijote», prólogo a Don Quijote de la Mancha, ed. de la Real Academia Española-Asociación de Academias de la Lengua Española, Madrid, Alfaguara, 2004, p. LXVII.

[4] Fue un discurso leído en el Ateneo de Madrid en 1920, luego reproducido en Ramón Menéndez Pidal, «Un aspecto en la elaboración del Quijote», en De Cervantes y Lope de Vega, 5.ª ed., Madrid, Espasa Calpe, 1958, pp. 9-60.

El «Quijote» y la novela de caballerías (y 3)

Otro aspecto de los libros de caballerías criticado por los preceptistas de la época tenía que ver con la moral: consideraban que eran una lectura perniciosa para las costumbres, no recomendable para las mujeres e inadecuada para la evangelización de los indígenas en América[1]. Sin embargo, no olvidemos que los libros de caballerías eran muy del gusto de príncipes y santos (los leyeron, por ejemplo, santa Teresa de Jesús, san Ignacio de Loyola…).

Pero —enlazando de nuevo con la argumentación de Madariaga— vemos que, además de un Cervantes crítico con el género caballeresco, tenemos a un Cervantes creador, que aboga por la completa libertad creativa del artista. Según él, es posible que la primera intención cervantina fuera escribir un libro de caballerías modélico[2]. El canónigo de Toledo, pese a las duras críticas que les dirige, también se plantea esta posibilidad de escribir uno de tales libros, pero teniendo en consideración el «buen discurso» y el arte y las reglas:

—Yo, a lo menos […], he tenido cierta tentación de hacer un libro de caballerías, guardando en él todos los puntos que he significado; y si he de confesar la verdad, tengo escritas más de cien hojas (I, 48, p. 551).

El canonigo de Toledo

Además, ya antes (I, 32) había quedado sugerido el placer derivado de la lectura de novelas de caballerías. En el Quijote los personajes entran en relación con el mundo del libro que leen o escuchan leer. Así, en ese capítulo I, 32 tiene lugar el segundo escrutinio, en el que el ventero confiesa el disfrute que le proporcionan estas historias:

—A lo menos, de mí sé decir que cuando oyo decir aquellos furibundos y terribles golpes que los caballeros pegan, que me toma gana de hacer otro tanto, y que querría estar oyéndolos noches y días (p. 369).

Apreciamos, por tanto, una notable ambigüedad frente al tema de la lectura, y hay personajes que, aunque critican los libros de caballerías («son mentirosos y están llenos de disparates y devaneos», dice el cura en I, 32, p. 371), los leen con fruición e incluso —caso del canónigo— intentan escribirlos.

Una cuestión más abordada en el Quijote con respecto al género caballeresco es el de su acogida por el público popular, que da pie a toda una teoría de la recepción (que establece distintos niveles de lectura) en ese mismo capítulo I, 32. Así, según acabamos de ver en la anterior cita, a Juan Palomeque el zurdo (igual que a don Quijote) esas historias le incitan a la acción, aunque finalmente el ventero no se decida a salir en busca de aventuras; a su esposa le agradan porque, mientras duran esas lecturas en voz alta, su marido está entretenido y no la riñe; Maritornes se identifica con las dueñas que aparecen en tales historias; y, finalmente, la hija del ventero se compadece del sufrimiento de los caballeros desdeñados por sus damas.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Crítica, 1998 (con revisiones posteriores).

[2] Recordemos que a don Quijote se le presentan dos alternativas: salir al camino como caballero andante o terminar el Belianís.

El «Quijote» y la novela de caballerías (2)

Examinemos con más detalle la actitud de Cervantes ante la novela de caballerías[1]. Al decir de Madariaga[2], en el espíritu creador del alcalaíno conviven dos corrientes que se superponen y complementan: la corriente crítica y la corriente creadora. Está, por un lado, el Cervantes crítico, clásico, académico, que sigue a Aristóteles y a Horacio. Este espíritu crítico le lleva a condenar el estilo de los libros de caballerías (fundamentalmente su afectación). Los condena, asimismo, por ser libros que faltan a la verdad (son relatos falsos y mentirosos, que refieren historias no verosímiles). Cervantes busca erradicar la falta de realismo de ese género que no respetaba las limitaciones de la naturaleza humana. Recordemos que, en el famoso escrutinio de la biblioteca del hidalgo en I, 6, el cura salva del fuego el Tirante el Blanco de Martorell por ser un texto verosímil y realista («aquí comen los caballeros, y duermen y mueren en sus camas, y hacen testamento antes de su muerte, con estas cosas de que todos los demás libros deste género carecen», p. 83). Por otra parte, desde un punto de vista formal, a Cervantes le guía la búsqueda del sentido común y la claridad en la disposición de la historia y en su plasmación literaria.

Cirongilio de TraciaOtro aspecto criticado es la pretendida «verdad histórica» de los libros de caballerías. Tengamos presente la forma en que los interpreta el ventero, quien cree que las historias de Cirongilio de Tracia y de Felixmarte de Hircania habían sido reales: es decir, considera la ficción como si fuera historia; lo que lleva a decir a Cardenio: «Poco le falta a nuestro huésped para hacer la segunda parte de don Quijote» (I, 32, p. 373). El diálogo, que se va acalorando, termina con una sorprendida e ingenua indicación del ventero, que no entiende que las autoridades permitan la impresión de libros mentirosos:

—¡Bueno es que quiera darme vuestra merced a entender que todo aquello que estos buenos libros dicen sean disparates y mentiras, estando impreso con licencia de los señores del Consejo Real, como si ellos fueran gente que habían de dejar imprimir tanta mentira junta, y tantas batallas, y tantos encantamentos, que quitan el juicio! (I, 32, p. 373).

Aunque se ha discutido mucho qué personajes del Quijote son los portavoces de las ideas de Cervantes, en el terreno de lo literario podemos afirmar que tales ideas coinciden en varios puntos con las expuestas por el cura y el barbero (agentes de la función literaria en la I Parte, al estar presentes ambos en los dos escrutinios), y también por el canónigo de Toledo, para quien los libros de caballerías deleitan y no enseñan (contraviniendo así la premisa horaciana del delectare et prodesse) y, desde el punto de vista de la historia, son «cuentos disparatados» («Y puesto que el principal intento de semejantes libros sea el deleite, no sé yo cómo pueden conseguirle, yendo llenos de tantos y tan desaforados disparates», I, 47, p. 547).


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Crítica, 1998 (con revisiones posteriores).

[2] Salvador de Madariaga, Guía del lector del «Quijote», Madrid, Espasa Calpe, 1978.

El «Quijote» y la novela de caballerías (1)

El propósito último del Quijote, al menos en teoría, es hacer una parodia de los libros de caballería, según lo indica explícitamente Cervantes en el prólogo de la I Parte[1]: recordemos que el amigo que le visita señala con respecto al libro que «todo él es una invectiva contra los libros de caballerías» (p. 17) y que «esta vuestra escritura no mira a más que a deshacer la autoridad y cabida que en el mundo y en el vulgo tienen los libros de caballerías» (pp. 17-18); y al final le aconseja a su autor: «llevad la mira puesta a derribar la máquina mal fundada destos caballerescos libros, aborrecidos de tantos y alabados de muchos más» (p. 18). Además, en el cierre del capítulo II, 74, rematando el discurso de Cide Hamete a su péñola, leemos estas palabras que son las últimas del Quijote:

… no ha sido otro mi deseo que poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas historias de los libros de caballerías, que por las de mi verdadero don Quijote, van ya tropezando y han de caer del todo sin duda alguna (p. 1223).

En cualquier caso, el Quijote es mucho más que una simple parodia de los libros de caballerías y, por otra parte, Cervantes demuestra ser un magnífico conocedor de ese género, del que le irritaban particularmente sus «fabulosos disparates», sus atentados contra las «puntualidades de la verdad», esto es, contra la verosimilitud. Es más, hay autores que opinan que su objetivo no era otro que escribir la mejor novela de caballerías de todos los tiempos. En este sentido, no debe extrañarnos que el Quijote haya sido considerado una parodia y, al mismo tiempo, una síntesis genial que clausura el género[2].

Amadís de GaulaA la hora de salir a sus aventuras andantescas, el modelo ideal que va a imitar don Quijote es Amadís, el más fiel y enamorado caballero del mundo. La obra donde se cuenta su historia, el Amadís de Gaula, había nacido bajo la influencia del ciclo caballeresco artúrico. Partiendo de un primer texto anónimo, hacia fines del siglo XV Garci Rodríguez de Montalvo reelabora la materia de Amadís, completando la historia y agregándole un cuarto libro, además de las denominadas Sergas de Esplandián. Una novedad de Montalvo es la inclusión en la novela del elemento moral, acentuando con esto el rasgo modélico del personaje, espejo de caballeros cuya conducta es digna de imitarse: su fidelidad a la sin par Oriana, con un amor casto que se encamina al matrimonio; y un periplo heroico que supone un camino de perfeccionamiento en la tierra (a diferencia del que guía a Galaad y a otros caballeros «celestiales» que van en busca del santo Grial).


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Crítica, 1998 (con revisiones posteriores).

[2] Ver Sylvia Roubaud, «Los libros de caballerías», estudio preliminar en Don Quijote de la Mancha, ed. del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Crítica, 1998, pp. CV-CXXVIII.

Cervantes ante la novela picaresca

Para comprender mejor este proceso magistralmente culminado por Cervantes, debemos considerar con especial detenimiento el caso de la novela picaresca, que supuso un importante paso hacia la definición de este nuevo modo de novelar[1]. La mayor innovación de la picaresca radicaba en el hecho de aportar una perspectiva realista al relato. En estas obras el pícaro cuenta su vida él mismo, es decir, sin intermediarios. La condición de protagonista se la otorga el hecho de haber vivido unas andanzas que él considera que tiene la autoridad de contar, desde su propia perspectiva y con su voz propia. En este sentido, el pícaro se opone al protagonista heroico e idealizado de las novelas de caballerías, de las pastoriles, etc., porque es un antihéroe, un personaje con una genealogía ruin, que además refiere su historia en primera persona.

Por otro lado, las novelas picarescas introducen un ambiente costumbrista, cercano al lector, con la incorporación, desde el punto de vista lingüístico, del habla popular, de las expresiones coloquiales, junto con diversos aspectos de la problemática social (entre los que destaca el tema de la mendicidad o el deseo de ascenso en la escala social).

La pícara Justina, de López de Úbeda

Pues bien, el Quijote incorpora ciertos elementos del realismo propio del género picaresco, pero el resultado final es algo completamente distinto. Hay, en efecto, una diferencia básica, que ha destacado Riley: la picaresca no parodiaba las formas literarias anteriores, sino que hacía sátira social; en cambio, uno de los objetivos narrativos del Quijote es parodiar los géneros preexistentes, y en particular los libros de caballerías. Pero esta es cuestión que requiere algunas entradas aparte.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006.

El «Quijote» frente a la narrativa anterior

Debemos comenzar revisando la importancia y la significación del Quijote como obra que inaugura la llamada «novela moderna»[1]. ¿En qué consiste ese nuevo modo de novelar? ¿Por qué el Quijote cambia los parámetros del género narrativo según se conocía hasta entonces? El Quijote es una novela que, en primer término, sintetiza las principales formas novelísticas de aquel tiempo: la novela de caballerías, la novela morisca, la novela sentimental, la novela pastoril (no olvidemos que Cervantes escribió una, La Galatea, publicada en 1585), la novela llamada «bizantina»[2] o de aventuras griegas (también se ejercitó en este subgénero con Los trabajos de Persiles y Sigismunda, de aparición póstuma en 1617) y, por último, la novela picaresca, de gran auge a finales del siglo XVI y comienzos del XVII. Pero no solo sintetiza esas formas narrativas: en realidad, la inmortal novela cervantina supera todas esas modalidades precedentes y contemporáneas.

Conviene en este punto revisar algunas de las ideas de Edward C. Riley, uno de los mayores especialistas en la obra cervantina, expresadas en su Teoría de la novela en Cervantes, cuyo original inglés es del año 1962. Como hace notar este autor, el potencial público lector al que se podía dirigir Cervantes era bastante reducido (solo un veinte por ciento de la población española, aproximadamente, sabía leer), y quienes leyeron el Quijote en el momento de su aparición fueron miembros de la alta nobleza, hidalgos, clérigos, escolares, etc. Ese número de lectores potenciales se ampliaba algo si consideramos que seguía vigente entonces la práctica de la lectura en voz alta por parte de una persona para un grupo más amplio (recordemos lo que sucede en la venta de Juan Palomeque el zurdo cuando el cura lee ante un variado auditorio la historia de El curioso impertinente).

Ese público lector del Quijote posiblemente había leído también —o conocía al menos su argumento— La Celestina de Fernando de Rojas (ficción dialogada, drama en prosa…), estaba al corriente de misceláneas educativas al estilo del Libro áureo del emperador Marco Aurelio de fray Antonio de Guevara, había tenido contacto con obras de tema morisco como la anónima Historia del Abencerraje y de la hermosa Jarifa o las Guerras civiles de Granada de Ginés Pérez de Hita; novelas pastoriles como la Diana de Jorge de Montemayor y sus continuaciones; novelas de caballerías como el Amadís de Gaula; los romances sentimentales a la manera de la Cárcel de amor de Diego de San Pedro; y, especialmente, la novela picaresca, con obras señeras como el Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán (auténtico best-seller de la época) o La pícara Justina de Francisco López de Úbeda (otro de los grandes rivales literarios de Cervantes en el momento de aparición del Quijote).

Guzmán de Alfarache

En aquella época de transición (finales del Renacimiento, Manierismo y principios del Barroco) aún no se utilizaba el término novela para designar a estas obras de ficción en prosa, ni había en castellano ningún vocablo específico para referirse a ellas. Se hablaba indistintamente de libro, historia y romance, término este último ambiguo porque se utilizaba también para un tipo de composición en verso. Los romances o protonovelas tenían en común un factor: la suma de aventuras de distinto tipo, según el principio de la variedad (la variedad era un elemento estimado porque se consideraba que gustaba y entretenía al lector[3]). La voz novela deriva del italiano novella, y comienza a utilizarse con el sentido específico de ‘relato breve’.

Cervantes fue, sin duda alguna, un gran escritor y también un magnífico lector que supo sacar gran provecho de sus abundantes y diversas lecturas[4]. Y, así, en el Quijote dará entrada a las distintas modalidades narrativas practicadas hasta entonces, incorporando y modificando sus técnicas y estructuras habituales, para fraguar algo nuevo y genial: Cervantes, con el Quijote, crea la novela moderna, un modo realista y verosímil de cultivar el género narrativo que cambiaría para siempre el curso de su expresión.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Crítica, 1998 (con revisiones posteriores).

[2] Ver Miguel Ángel Teijeiro Fuentes, La novela bizantina española: apuntes para una revisión del género, Cáceres, Universidad de Extremadura, 1988; y Javier González Rovira, La novela bizantina de la Edad de Oro, Madrid, Gredos, 1996.

[3] Se trata de un tópico formulado de diversas maneras: «Buen ejemplo nos da naturaleza, / que por tal variedad tiene belleza», «Que per troppo variare, natura è bella», etc.

[4] Salvador de Madariaga, Guía del lector del «Quijote». Ensayo psicológico sobre el «Quijote», prólogo de Luis María Anson, Madrid, Espasa Calpe, 1978.

Cervantes, gran maestro del arte narrativo

Sabemos de los fracasos —de mayor o menor calado— de Cervantes como poeta y como dramaturgo[1]. El de la narrativa, en cambio, es un terreno en el que se desenvuelve con inigualable maestría: no solo muestra un enorme dominio de las técnicas tradicionales, sino que es, además, creador de algunas fórmulas muy novedosas. Incluso cuando retoma modelos narrativos anteriores, Cervantes siempre los renueva dándoles un toque de personal originalidad. Con razón se le ha considerado el «padre de la novela europea moderna», sobre todo por el Quijote, que es a la vez la genial síntesis de todas las modalidades de su tiempo y punto de partida de toda la novelística posterior.

En efecto, las novelas de Cervantes rezuman originalidad y él mismo, en el Viaje del Parnaso, elogió su capacidad de imaginación novelesca: «Yo soy aquel que en la invención excede / a muchos»[2], cualidad que va unida a la de la verosimilitud:

Yo he abierto en mis novelas un camino
por do la lengua castellana puede
mostrar con propiedad un desatino[3].

Viaje del Parnaso, de Cervantes

La producción narrativa de Cervantes está formada por La Galatea (1585), las dos partes del Quijote (1605 y 1615), las Novelas ejemplares (1613) y el Persiles (1617, obra póstuma). En las próximas entradas nos acercaremos a los principales aspectos del Quijote, ofreciendo algunas claves esenciales para su lectura e interpretación.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006.

[2] Viage del Parnaso, ed. y comentarios de Miguel Herrero García, Madrid, CSIC, 1983, IV, vv. 28-29, p. 253.

[3] Viage del Parnaso, ed. Herrero García, IV, vv. 25-27, p. 253.

Cervantes y el espíritu de tolerancia

Miguel de CervantesLigado a la idea de libertad[1], merece la pena destacar igualmente en Cervantes su delicado espíritu de tolerancia con los que piensan de forma diferente, tolerancia que se ha puesto en relación con un cristianismo de tintes erasmistas[2] entendido como amor y caridad, un concepto de religiosidad en el que lo esencial —más que los dogmas doctrinales y la oración meramente verbal— radica en la práctica sincera de una fe sencilla e íntima. Esa tolerancia también se ha explicado en otras ocasiones como resultado de su contacto directo y prolongado con personas de otra raza y religión, circunstancia que habría ensanchado las perspectivas de su mente[3].

Recordemos, además, que en su entremés El retablo de las maravillas Cervantes ridiculiza de forma magistral las creencias y prejuicios relacionados con la limpieza de sangre de los cristianos viejos[4]. Y no olvidemos tampoco su posición ante el tema de la honra y el honor, con su actitud comprensiva frente al adulterio, que lleva en sus obras a soluciones radicalmente alejadas de las sangrientas de los dramas de honor calderonianos. Tanto la defensa de la libertad humana como este espíritu de amor caritativo, de tolerancia y respeto frente a los demás, de comprensión ante sus diferencias, sus errores y sus defectos, son aspectos que nos hablan de la modernidad, la universalidad y la plena vigencia que, a día de hoy, siguen teniendo las enseñanzas cervantinas.

Otro aspecto fundamental al trazar la semblanza de Cervantes, y que nos habla asimismo de su profundísima humanidad, es su concepción de la nobleza entendida como virtud, como práctica del bien y la justicia, es decir, una nobleza de alma que está por encima de la nobleza adquirida por el mero nacimiento, heredada por la sangre. Por ejemplo, en Quijote, I, 4 el recién armado caballero le recuerda a Andrés, el criado de Juan Haldudo el rico, que «cada uno es hijo de sus obras» (p. 65). Y este mismo tema se hace presente también de forma muy clara en los consejos que da a Sancho Panza antes de que parta al gobierno de la ínsula Barataria, al manifestar que «la sangre se hereda y la virtud se aquista, y la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale» (II, 47, pp. 970-971). Cervantes, el hijo del cirujano, sabe y defiende a ultranza que nadie es más que nadie si no hace más que nadie[5].


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Crítica, 1998 (con revisiones posteriores).

[2] Cabe destacar, entre la bibliografía existente, el trabajo de Antonio Vilanova, Erasmo y Cervantes, Barcelona, CSIC, 1949; también los de Marcel Bataillon, Erasmo y España, México, Fondo de Cultura Económica, 1966 y Erasmo y el erasmismo, Barcelona, Crítica, 1978; un breve estado de la cuestión en José Luis Abellán, El erasmismo español, 3.ª ed., Madrid, Espasa Calpe, 2005, especialmente las pp. 254-269 (epílogo titulado «La herencia del erasmismo en la cultura española: El Quijote»). Otros estudiosos, en cambio, matizan o niegan esa influencia erasmista.

[3] En distintos sentidos se han interpretado las palabras de Ricote, vecino morisco de Sancho que tiene que marchar de España tras los decretos de expulsión, en Quijote, II, 54: por un lado, muestra su profundo dolor al tener que abandonar la amada patria pero, al mismo tiempo, comprende y justifica los decretos de expulsión.

[4] Recuérdese que algunos autores han apuntado los posibles antecedentes judaicos de Cervantes.

[5] Al final de la aventura del barco encantado, afirma don Quijote: «Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro, si no hace más que otro» (Quijote, I, 18, p. 196).

Cervantes, el hombre que aprendió a tener paciencia en las adversidades

Miguel de CervantesOtro aspecto destacable al trazar la semblanza de Cervantes, que ya quedaba apuntado en las famosas palabras de su autorretrato literario, es su carácter paciente y sufrido frente a las múltiples adversidades que la vida le deparó[1]: posibles problemas juveniles con la justicia y huida a Italia, fatigosa vida de soldado, cautiverio de cinco largos años entre infieles, un matrimonio al parecer no demasiado feliz, continuas necesidades pecuniarias, un trabajo muy poco grato como recaudador de impuestos, falta de amigos y burlas de sus enemigos literarios, varios pasos por la cárcel…

Cervantes es un hombre forjado en estos duros trances de la vida, como él mismo explicitaba al decir que «aprendió a tener paciencia en las adversidades». Un hombre que, a pesar de las amargas experiencias vividas, nunca —ni siquiera en la hora de la muerte— pierde el sentido del humor y la capacidad de escribir con gracia y con donaire y, por el contrario, es capaz de brindarnos un libro tan «sin hiel» como el Quijote[2].


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006.

[2] El propio Cervantes escribe: «Yo he dado en Don Quijote pasatiempo / al pecho melancólico y mohíno, / en cualquiera sazón, en todo tiempo» (Viage del Parnaso, ed. y comentarios de Miguel Herrero García, Madrid, CSIC, 1983, IV, vv. 22-24, p. 254).

Cervantes soldado o «el manco de Lepanto»

Con respecto a Cervantes y las armas, baste mencionar su heroica participación en la batalla naval de Lepanto, que siempre recordaría con orgullo[1]. Así, en el «Prólogo al lector» de la II Parte del Quijote se defiende con estas palabras de los insultos lanzados contra él por Avellaneda:

Lo que no he podido dejar de sentir es que me note de viejo y de manco, como si hubiera sido en mi mano haber detenido el tiempo, que no pasase por mí, o si mi manquedad hubiera nacido en alguna taberna, sino en la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros. Si mis heridas no resplandecen en los ojos de quien las mira, son estimadas a lo menos en la estimación de los que saben dónde se cobraron: que el soldado más bien parece muerto en la batalla que libre en la fuga, y es esto en mí de manera, que si ahora me propusieran y facilitaran un imposible, quisiera antes haberme hallado en aquella facción prodigiosa que sano ahora de mis heridas sin haberme hallado en ella (pp. 617-618).

Un rasgo destacado del carácter cervantino es, precisamente, el de su valor heroico (Cervantes se burlará de muchas cosas en su obra, pero jamás se reirá de la heroicidad; al contrario, ensalzará la sangre derramada en combate, por ejemplo en los dos sonetos a la pérdida de La Goleta insertos en la historia del capitán cautivo, en la I Parte del Quijote). Su participación en tan gloriosa jornada la evocará también en unos versos de la «Epístola a Mateo Vázquez», secretario de Felipe II (obra atribuida a Cervantes, aunque su autenticidad se ha puesto en duda y podría ser una falsificación).

Batalla de Lepanto

Aquel día Cervantes se encontraba enfermo con fiebre y sus superiores quisieron que se retirase a la sentina, con los heridos; sin embargo, su alto sentido del deber le hizo permanecer arriba, peleando en el esquife (uno de los lugares más peligrosos, en primera línea de combate, expuesto directamente al fuego enemigo) al mando de una docena de hombres (lo que parece indicar que era más que soldado raso, algo así como cabo). Él prefiere perder la vida en defensa de Dios y de su rey que quedarse a resguardo bajo cubierta; y en estos versos de la epístola se muestra que la inmensa alegría por la victoria alcanzada le hace olvidar el dolor de las heridas recibidas en el pecho y en la mano izquierda:

 … y, en el dichoso día que siniestro
tanto fue el hado a la enemiga armada
cuanto a la nuestra favorable y diestro,

de temor y de esfuerzo acompañada,
presente estuvo mi persona al hecho,
más de esperanza que de hierro armada.

Vi el formado escuadrón roto y deshecho,
y de bárbara gente y de cristiana
rojo en mil partes de Neptuno el lecho […].

Con alta voz de vencedora muestra,
rompiendo el aire claro, el sol mostraba
ser vencedora la cristiana diestra.

A esta dulce razón, yo triste estaba
con la una mano de la espada asida,
y sangre de la otra derramaba.

El pecho mío de profunda herida
sentía llagado, y la siniestra mano
estaba por mil partes ya rompida.

Pero el contento fue tan soberano
que a mi alma llegó, viendo vencido
el crudo pueblo infiel por el cristiano,

que no echaba de ver si estaba herido,
aunque era tan mortal mi sentimiento,
que a veces me quitó todo el sentido[2].

Cervantes siempre se enorgulleció de su participación en aquella gloriosa batalla «donde, con alta de soldados gloria, / y con propio valor y airado pecho, / tuve, aunque humilde, parte en la vitoria»[3]. Su valiente actuación le haría ganar para la posteridad el sobrenombre de «el manco de Lepanto».

[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Crítica, 1998 (con revisiones posteriores).

[2] Poesías completas, ed. de Vicente Gaos, Madrid, Castalia, 1980-1981, vol. II, pp. 341-342, vv. 109-144.

[3] Viage del Parnaso, ed. y comentarios de Miguel Herrero García, Madrid, CSIC, 1983, I, vv. 142-144, p. 220.