La semblanza de Cervantes (escritor y descendiente de conversos) en «Las gallinas de Cervantes» (1967) de Ramón J. Sender (y 2)

A lo largo de la novela[1], Cervantes irá sintiendo cada vez con más premura la necesidad de escapar de allí, y no solo por la preocupante metamorfosis de su esposa, sino también por el ninguneo que sufre por parte de su familia y la falta de perspectivas vitales y literarias en aquella aldea de Toledo:

El descubrimiento de la extravagancia del tío, de la sordidez del cuñado clérigo y, sobre todo, del acelerado proceso de gallinificación de doña Catalina decidió a Cervantes a pensar en salir un día de Esquivias (p. 25).

Casa de Cervantes en Esquivias (Toledo).
Casa de Cervantes en Esquivias (Toledo).

Al ver que su esposa ha cortado las alas al halcón herido, el narrador menciona que Cervantes siente «una sombría y profunda angustia» (p. 31), y luego se añade que «se sentía triste por sí mismo [y] por el falconete» (p. 46). A este estado de melancolía contribuye también la conciencia de su fracaso como autor teatral: en un determinado momento marcha a Madrid, pero regresa sin haber conseguido vender una comedia que había escrito. Distintas indicaciones textuales van insistiendo en esta cuestión de la tristeza y el cansancio cervantinos: se siente «fatigado y perplejo» (p. 35) por tener que agradecer la atención de que nunca mengüen las veintinueve gallinas del contrato matrimonial, algo que se encarga de cumplir escrupulosamente el hermano clérigo como una «deuda de decoro»: si se mata una gallina para comer, inmediatamente se repone con otra; luego se insiste en que «Sonreía irónico y melancólico» (p. 39) al comprobar que su esposa y su cuñado no se descuidaban jamás en esta contabilidad del gallinero. «Estaba Cervantes cada vez más preocupado con todo aquello» (p. 48), hasta el punto de haber perdido las ganas de reír: «Pero Cervantes solía reír pocas veces […] aquello comenzaba a ser una tremenda extravagancia del destino» (p. 55)[2]. La única solución posible es huir, escapar de la casa, de su esposa y de su familia: «El día que se celebró la primera misa en el hogar, Cervantes, profundamente impresionado por la transformación de su esposa, decidió marcharse» (p. 56). Y luego, ya completado el proceso de transformación de doña Catalina de mujer en gallina:

Doña Catalina seguía hablando y, cuando se sentía locuaz al modo gallinesco, Cervantes quería ya una sola cosa. Quería marcharse de aquella aldea. Lo más lejos posible. A las Indias no le dejaban ir por el momento, pero le habría gustado por lo menos ir a Andalucía o bien a Castilla la Vieja, a Valladolid, donde estaba la corte (p. 103).

Al final, la atmósfera resulta tan asfixiante que solamente siente el anhelo de la libertad: «Llegó un momento en que Cervantes habría querido salir de la casa y de Esquivias con las manos vacías y solo por sentirse libre» (p. 107).

Dada la brevedad del relato, Sender no puede ofrecer una semblanza completa del escritor; sea como sea, sí se van dejando caer aquí y allá algunos datos esenciales sobre su vida, su carácter y su producción literaria: fue soldado y resultó herido en combate (p. 23); estuvo cautivo en Argel, «seis años» (p. 72), donde se interesó por los idiomas semíticos, y pasó además por Chipre y por Italia; antes había sido estudiante en Salamanca (p. 57); es hidalgo y tiene derecho al tratamiento de don (pp. 35 y 105); gusta de releer la primera parte de La Galatea y piensa escribir su continuación; tiene una hija natural y mató a un hombre en duelo (p. 103); ha fracasado como autor teatral; tiene el deseo de pasar a América en busca de mejor fortuna, etc. Se dice de él que «tenía una sensibilidad muy aguda» y «solía leer los secretos pensamientos de la gente, especialmente cuando percibía en ella alguna tendencia a la animosidad» (p. 81). Esa sensibilidad, claro, es especial en materia el lenguaje («Él se interesaba por las palabras como los niños por los confites y los jugadores por sus bazas», p. 77). En fin, el Cervantes de Sender es, sobre todo, un hombre sin rencor (p. 46), un hombre prudente y bueno:

Era Cervantes extremadamente prudente. Nunca habló mal de nadie. Si alguno lo maltrataba lo comentaba tal vez, doliéndose, pero su dolor era conciliador. Parecía como si tuviera un sentimiento de culpabilidad. ¿Tal vez por saberse de origen judío? / Era un hombre bueno, secretamente bueno y digno como nadie de Dulcinea del Toboso, es decir de la mujer dulce de la bondad secreta (pp. 93-94)[3].


[1] Cito por Ramón J. Sender, Las gallinas de Cervantes, Barcelona, Plaza & Janés Editores, 2002.

[2] Las ocurrencias de la sobrinita de doña Catalina y los picotazos «sin malicia y solo por juego» (p. 45) que le daba el halcón en el dedo son dos de las pocas cosas que le hacían reír.

[3] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Una recreación cervantina: Las gallinas de Cervantes, novela corta de Ramón J. Sender (1967)», en Maira Angélica Pandolfi, Márcio Roberto Pereira, Marcos Hidemi de Lima y Wellington R. Fioruci (eds.), Confluências Transatlânticas. Narrativa Contemporânea Ibérica e Ibero-Americana, Campinas (São Paulo), Mercado de Letras, 2021, pp. 313-336.

La semblanza de Cervantes (escritor y descendiente de conversos) en «Las gallinas de Cervantes» (1967) de Ramón J. Sender (1)

Por debajo de la “cáscara” cómica y aparentemente intrascendente, hay en el relato de Sender[1] un meollo de contenido más hondo que deja en el lector un poso de angustia y dolor, no exento de cierto sentido trágico. Ciertamente, la metamorfosis de doña Catalina es solo la anécdota externa, pero está cargada de valor simbólico: Cervantes, en Esquivias, vive en medio de un mundo de gallinas, valga decirlo así, inmerso en una realidad prosaica y cotidiana —opresiva también— que coarta su libertad como escritor y como persona. En este sentido, la acción de doña Catalina cortando las alas del halcón herido que cuida su marido constituye una metáfora transparente de esa realidad que cercena la libertad del escritor, impidiéndole volar a regiones más altas. Así, la formulación «Cervantes repetía que sería injusticia hacer esclava a un ave a quien Dios había hecho libre» (p. 28) recuerda claramente las palabras de don Quijote en el episodio de la liberación de los galeotes: «… porque me parece duro caso hacer esclavos a los que Dios y naturaleza hizo libres» (Quijote, II, 22). Al final, el halcón se recupera y logra escapar volando hacia las alturas (pp. 67-68), anticipando el final de la novela y el destino del escritor:

Y Cervantes salió aquel día de Esquivias y no volvió nunca. Sin los majuelos. Se fue a Andalucía a reunir víveres para la expedición de la Invencible, que fue vencida poco después. Sabido es el soneto que escribió más tarde, burlándose del duque de Medinasidonia y el que dedicó a Felipe II. De aquellos dos sonetos estaba Cervantes justamente satisfecho. Él que tanto empeño puso en escribir poesía (p. 111)[2].

Halcón

Como vamos viendo, la presencia de los animales, con un valor simbólico, es constante en la obra, y se extiende más allá de la gallinificación de doña Catalina. Así, otro símbolo muy notable es el de la gallina herida por un gato; tras el asalto al gallinero, esta gallina ha quedado muy maltrecha y todas las demás la picotean (p. 76). Cervantes, en su manquedad, se identifica con ella:

Veía Cervantes su propia mano manca por heridas de guerra y recordaba el arcabuzazo en el pecho. Creía hallar alguna congruencia en la actitud de toda aquella gente con él. Tampoco él se podía valer con las dos manos (p. 77).

Durante el día seguía preocupándole lo que sucedía en el corral con la gallina herida. Si reflexionaba un poco no tardaba en comprender que en la casa, y tal vez en la vida, pasaba lo mismo con él. Sabiéndolo manco, deseaban hacerle sentir su vulnerabilidad, tal vez (pp. 78-79).

Y es que, en efecto, él se siente ninguneado por los familiares de doña Catalina, que ni aprecian el valor heroico de sus heridas recibidas en combate, ni consideran el oficio de escritor un trabajo, una ocupación rentable en términos de dineros:

Iban haciéndose las cosas difíciles para Cervantes y no sólo por la metamorfosis de doña Catalina. Algunos comenzaban a pensar que Cervantes no trabajaba, no hacía nada dentro ni fuera de la casa (p. 69).

Por el contrario, constantemente se le recuerda que el abuelo de Catalina tuvo un próspero negocio de venta de pollos y huevos (cierta vez logró vender 600 gallinas a los polleros de Valdemoro), del que todos se sienten muy orgullosos. Para su familia política el dinero es más importante que el valor. Por ejemplo, tienen un pariente arrendador de alcabalas que ha hecho dinero, y doña Catalina comenta: «Ese, vale mucho» (p. 70); y su hermano clérigo añade: «Ese arbitrista no se anda en Galateas ni galateos» (p. 70), dardo envenenado contra Cervantes, porque por esos días está pensando en redactar la segunda parte de La Galatea (pero no se decide, entre otras cosas porque no se atreve a usar para escribir «unas resmas de estracilla que había en la casa y que figuraban también en el contrato de boda», p. 61; se alude otra vez a ellas en la p. 104). La situación hace que Cervantes se sienta consternado: «Tenía el deseo de marcharse de Esquivias cuanto antes, pero no sabía cómo» (p. 91).

Pero todavía hay más, y se trata de algo más grave: el hermano clérigo de doña Catalina, del que se destaca su «sordidez» (p. 25), simboliza una España autoritaria en el que no hay lugar para los seres marginales, sean estos gitanos (ver pp. 26 y 47), moriscos[3] o conversos. En este sentido, la novela de Sender no pasa por alto el tema de los antecedentes conversos de Miguel de Cervantes, con varias alusiones explícitas, que se acumulan en la parte final del relato:

No tardaron en descubrir que Cervantes rehusaba a veces comer carne de cerdo. No todas las clases de carne de cerdo. Por ejemplo, el jamón serrano bien curado, cuando tenían un pernil colgado en la despensa, le gustaba y, en las tardes de invierno, una loncha con un poco de tomate en conserva, un trozo de pan y medio vaso de vino era una buena merienda que le entonaba. Quedarse entonces al amor del fuego una hora sin hacer nada, soñando y dormitando, era una delicia (p. 79).

Aquella tarde el clérigo dijo al hidalgo: «Mi cuñado don Miguel de Cervantes viene de conversos.» Cervantes era rubio, de frente despejada y expresión abierta. Es verdad que tenía una nariz corva y afilada y los labios gruesos y saledizos, aunque la boca era pequeña. En todo caso, el carácter de Cervantes, un poco solitario y evasivo, distaba del de otros escritores que no venían de conversos, como por ejemplo Lope de Vega (p. 80).

Un día se dio cuenta Cervantes de que la transformación de doña Catalina era menos sensacional para sus amigos que la sospecha creciente de haber habido judíos en su linaje. No era Cervantes judío, pero venía de conversos (p. 92).

Había pensado también seriamente Cervantes en salir para Indias, común refugio de los desventurados. Pero para conseguir la autorización necesitaba una justificación de limpieza de sangre, porque había recelo y ojeriza con los sospechosos de judaísmo e incluso con los conversos de reciente data. Esta era una ley nueva (p. 94).

Cervantes sabía un poco de árabe y más hebreo, aunque en ninguno de esos idiomas era maestro. Algunos pasajes de Ezequiel podía leerlos en el idioma original, pero aquella era una virtud no comunicable (pp. 101-102).

Un día, el párroco se permitió una alusión que alarmó un poco a Cervantes. Habló de los que preferían el aceite a la grasa de tocino para freír huevos. Luego le preguntó a Cervantes si el nombre Ana era judío y lo que quería decir (p. 106).

Comenzaba el clérigo a mirar de reojo a Cervantes por alguna de las siguientes causas. Por haberse enterado de que tenía una hija natural nacida de sus amores con la comediante Ana Franca (una hija a quien Cervantes amaba y que se llamaba Isabel de Saavedra). Por su arrepentimiento de haber casado a la hermana joven con un converso o hijo o nieto de conversos veinte años más viejo y manco. Por haber averiguado que, antes de ir Cervantes a Italia, mató a un hombre en duelo por lo cual fue condenado a diez años de destierro y a la amputación de la mano derecha, sentencia que afortunadamente no se cumplió. O, simplemente, porque recelaba de aquel interés varias veces manifestado por los majuelos de Seseña (p. 106)[4].


[1] Cito por Ramón J. Sender, Las gallinas de Cervantes, Barcelona, Plaza & Janés Editores, 2002.

[2] Los majuelos aludidos formaban parte también de la dote aportada por la novia. Luego se refiere a los célebres sonetos que comienzan «Vimos en julio otra Semana Santa…» y «¡Voto a Dios que me espanta esta grandeza…», dedicado este segundo al túmulo de Felipe II en la catedral de Sevilla.

[3] La primera alusión, aparentemente casual e inocente, ocurre al hablar de unos guarismos («Por entonces, supo [la sobrina de doña Catalina] que los guarismos eran de origen árabe, y les tomó ojeriza. Eran moriscos, es decir, cosa del diablo», p. 54). La Inquisición se menciona varias veces (ver por ejemplo p. 67).

[4] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Una recreación cervantina: Las gallinas de Cervantes, novela corta de Ramón J. Sender (1967)», en Maira Angélica Pandolfi, Márcio Roberto Pereira, Marcos Hidemi de Lima y Wellington R. Fioruci (eds.), Confluências Transatlânticas. Narrativa Contemporânea Ibérica e Ibero-Americana, Campinas (São Paulo), Mercado de Letras, 2021, pp. 313-336.

«Las gallinas de Cervantes» (1967), de Ramón J. Sender: la metamorfosis de doña Catalina (y 2)

Los cambios en el cuerpo y en la voz de su mujer —descritos con humor por Sender en la novela[1]preocupan, como no podía ser de otra manera, a Cervantes:

En aquellos días, los brazos de doña Catalina se hacían más cortos y la piel se ponía granulosa como la de las gallinas. Además, ella los agitaba de vez en cuando, como si fueran alas (p. 48).

Razonable o no, aquella misma semana advirtió que el fustán de su mujer se alzaba un poco en la espalda. Era que le crecían las plumas del rabo. Al mismo tiempo, las piernas se enflaquecían y aparecían cubiertas de una piel seca y escamosa.

El vientre de doña Catalina formaba una masa redonda con los pechos (casi atrofiados) y los hombros. El cuello se hacía más flaco y la cabeza, ligera y fisgadora, miraba a un lado y otro con recelo (pp. 50-51).

Se habla del trémolo (p. 59), del tartamudeo (p. 62) de su voz… Poco a poco, el proceso transformador se va completando: «Sin duda, doña Catalina era ya una gallina hecha y derecha» (p. 64). En este sentido, un primer clímax narrativo ocurre cuando la esposa de Cervantes se pone a dormir sobre la barra del cabecero de la cama, desnuda —«vestida de sus plumas» (p. 66)— y dejando ver claramente su pico, «porque la nariz se le había endurecido hasta ser primero cartilaginosa y luego ósea y escindida. La boca desapareció» (p. 66). Igualmente, se habla de su «mano atrofiada» (p. 76)[2]. Cuando se desnuda para ir a dormir, «quedaba en cueros, llena de plumas, gallina como cualquier otra gallina, pero tan grande que causaba asombro» (p. 77). Se comprende el temor del escritor, que pasa las noches en vela, sin poder pegar ojo, con el miedo de que su esposa-gallina le caiga encima. Cervantes, que siente una mezcla de compasión y de asombro ante lo que sucede, no sabe qué hacer. Los demás habitantes de la casa, o no se dan cuenta de la transformación o fingen no apreciarla. En cambio, para el escritor no pasa desapercibida:

Quería Cervantes evitar que saliera a la calle y llamara la atención. Era una gallina enorme. El rabo se alzaba debajo del fustán y habían tenido que coserle una franja supletoria para que no se vieran sus patas secas de gallina. Todavía usaba zapatos en los que acomodaba como podía sus cinco dedos leñosos (pp. 88-89).

Juana de Juan, Mujer gallina (detalle). Fuente: https://juanadejuan.blogspot.com/p/blog-page_4982.html

En el tramo final del relato el narrador insiste en que doña Catalina va perdiendo el habla humana y todo son palabras pronunciadas «con altibajos y disonancias de ave de corral» (p. 87), su habla es «un gorgoreo de gallina, que sonaba en tono menor (gargaaaaaaarearrrrr)» (p. 96):

—Lallina muerta era oñaCoquita yora quedan sol oventiocho pero mirmano lopondrán el papel (p. 87).

—Los gallingeneral tien mamamamamala reputa, pero nannadie como Caracalla pararañar el suelo y encontrar, encontrar, encontrar… Es muyencontrador Caracalla (p. 98).

—Mirandiyo que hacéis señor hermano, que ahora se me hace que el batiaguas rompido parece una gallinita muerta y el señor Caracaracaracalla se nos acoquina y conduela (p. 100).

—Es que la Mantudiya está cococococobandiando (p. 100).

Solo un detalle faltaba para completar definitivamente el proceso de transformación de mujer en gallina, y ese también va a llegar: un día, doña Catalina se acurruca en un rincón del cobertizo y pone un huevo. «Cervantes se sintió desolado» (p. 83). No es para menos, tras ver a su esposa «ya del todo gallina —enorme gallina» (p. 107). «El mundo de las gallinas —apostilla el narrador— parecía interesar más cada día a doña Catalina, lo que no tiene nada de extraño sabiendo lo que le sucedía» (p. 95), y eso explicará también el temor que «la esposa engallinecida» (p. 110) siente por el halcón herido que ha recogido Cervantes, contra el que mostrará toda su inquina cortándole las alas (en una próxima entrada me referiré al simbolismo de este animal).

En definitiva, todo este proceso de la metamorfosis de doña Catalina en gallina, descrito con tanto detalle como humor, resulta sin duda alguna divertido. Sin embargo, no deja de ser una especie de envoltorio amable que aloja en su interior un contenido más amargo[3] que tiene que ver con la melancolía de un Cervantes encerrado en Esquivias y falto de una perspectiva vital ilusionante[4].


[1] Cito por Ramón J. Sender, Las gallinas de Cervantes, Barcelona, Plaza & Janés Editores, 2002.

[2] Luego se añade que «conservaba cuatro deditos medio atrofiados (el pulgar había desaparecido ya)» (p. 87).

[3] Aspecto ya notado por Ángeles Pons Laplana: «El humor y la ironía nos hacen sonreír en este proceso de gallinificación, pero la amargura subyace en todo el relato» («Autobiografismo en Las gallinas de Cervantes», en Fermín Gil Encabo y Juan Carlos Ara Torralba, eds., El lugar de Sender. Actas del I Congreso sobre Ramón J. Sender. Huesca, 3-7 de abril de 1995, Huesca / Zaragoza, Instituto de Estudios Altoaragoneses / Institución «Fernando el Católico», 1997, p. 491). Carlos Bravo Suárez, por su parte, apunta que se trata de «un relato que tiene más intenciones críticas y enjundia literaria de las que pudiera aparentar» («Sender y las gallinas de Cervantes», Diario del Alto Aragón, 10 de agosto de 2016, p. 48). Sobre la pluralidad interpretativa del relato de Sender (lectura en clave autobiográfica, lectura metaliteraria, crítica de la España franquista, etc.) habla Pol Madí Besalú, Una aproximación a la narrativa breve de Ramón J. Sender: las «Narraciones parabólicas» (1967), Tesis de Máster inédita, Barcelona, Universitat Autònoma de Barcelona (Facultat de Filosofia i Lletres), 2017, pp. 6-7.

[4] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Una recreación cervantina: Las gallinas de Cervantes, novela corta de Ramón J. Sender (1967)», en Maira Angélica Pandolfi, Márcio Roberto Pereira, Marcos Hidemi de Lima y Wellington R. Fioruci (eds.), Confluências Transatlânticas. Narrativa Contemporânea Ibérica e Ibero-Americana, Campinas (São Paulo), Mercado de Letras, 2021, pp. 313-336.

La materia cervantina en la obra de Manuel Fernández y González (1821-1888)

Manuel Fernández y González (1821-1888), verdadero profesional de la novela folletinesca y por entregas, escribió varias obras que guardan relación con Cervantes: así, La batalla de Lepanto, poema épico premiado en 1850 en los Juegos Florales del Liceo de Granada y publicado ese mismo año (Granada, [Imprenta de don José Zamora], 1850[1]); El manco de Lepanto. Episodio de la vida del Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes ([Madrid], [Tipografía de Muñoz y Reig], 1874), una novela de extensión media centrada en ciertos amoríos del escritor, que finalizan con su alistamiento como soldado y su participación en la célebre batalla naval de 1571 contra los turcos; Los cautivos de Argel, novela continuación de la anterior, de la que solo se conoce una edición del siglo XX (Madrid, Tesoro, 1954); y, en fin, El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra (Barcelona, Establecimiento Tipográfico-Editorial de Espasa Hermanos, s. a. [c. 1876-1878][2]), novela muchísimo más extensa, pues tiene nada menos que 1.300 páginas, repartidas en dos tomos[3].

Caricatura de Manuel Fernández y González

Estos relatos de Fernández y González[4] no reúnen ciertamente una gran calidad literaria, pero son obras muy interesantes para comprender el camino seguido por las recreaciones cervantinas en un momento —el periodo post-romántico: años setenta del siglo XIX— en que Cervantes se estaba convirtiendo en escritor canónico, en el autor por excelencia de la lengua española. En las próximas entradas centraré mi análisis en la última de las obras mencionadas, El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra, una narración que puede considerarse toda ella un exceso, y que constituye además un magnífico ejemplo de la desbordada fantasía y la verbosidad desatada del novelista: historias entrelazadas repletas de episodios inverosímiles, multiplicación de personajes secundarios, digresiones de todo tipo, técnicas propias de los entreguistas como el «abuso del punto y aparte» para rellenar más y más páginas, etc.[5]


[1] Además en 1858 se incluyó en el tomo de Poesías varias de Fernández y González (Madrid, Imprenta de don Manuel de Ancos, editor, 1858, pp. 1-37).

[2] Forma parte de la «Biblioteca Ilustrada de Espasa Hermanos, Editores», en su «Sección moral-recreativa».

[3] Ver Carlos Mata Induráin, «Cervantes a lo folletinesco: El manco de Lepanto (1874), de Manuel Fernández y González», en Carlos Mata Induráin (ed.), Recreaciones quijotescas y cervantinas en la narrativa, Pamplona, Eunsa, 2013, pp. 167-184.

[4] Aunque fuera del ámbito de la narrativa de ficción, recordaré también A los profanadores del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Crítica y algo más (Madrid, Imprenta de Manuel Galiano, 1861), obra publicada bajo el pseudónimo El Diablo con antiparras en la que censura las recreaciones cervantinas de Ventura de la Vega y Hartzenbusch.

[5] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Excesos, desmesuras y extravagancias en una novelesca recreación cervantina: El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra (c. 1876-1878) de Manuel Fernández y González», Cervantes. Bulletin of the Cervantes Society of America, volume 42, number 1, Spring 2022, pp. 151-173.

«Las gallinas de Cervantes» (1967), de Ramón J. Sender: la metamorfosis de doña Catalina (1)

En Las gallinas de Cervantes[1], la descripción de esa metamorfosis de la esposa de Cervantes en gallina, que se va produciendo poco a poco, es verdaderamente magistral. Un día doña Catalina comenta que se ve «un poco paviosa» y su esposo la llama con cariño gallipavísima (p. 20). Entonces, «Cervantes comenzó a observarla de cerca y comprobó que la cabeza se reducía y las piernas adelgazaban» (p. 20). No solo eso: además doña Catalina empieza a tartamudear, como se pone de manifiesto cuando Miguel recibe una carta de un amigo que está en las Indias («—¿De Bogotá? ¿Carta de Bobobogatttáaa…?», p. 21; «Y parecía que cacareaba como las gallinas después de poner un huevo», p. 21). De hecho, la progresiva pérdida de la voz humana, sustituida por el cacareo, será nota destacada en este proceso transformador. Con breves pinceladas, y dentro de la necesaria brevedad de un relato corto, el narrador va dando cumplida cuenta de ese proceso de engallinamiento o gallinificación («El mismo Cervantes, que solía preocuparse de las palabras, no sabía cómo se decía, aquello», p. 56).

Carlos Sobrino, Mujer con gallina (1936). Colección de Arte Afundación. Obra Social ABANCA (Vigo, España)
Carlos Sobrino, Mujer con gallina (1936). Colección de Arte Afundación. Obra Social ABANCA (Vigo, España).

Tal metamorfosis, destaca el narrador, empezó el mismo día de la firma del contrato matrimonial:

Desde el día que Cervantes firmó aquel contrato de boda comenzó a ver en el perfil de doña Catalina alguna tendencia a identificarse con las aves de corral. Un día descubrió que podía mirar de medio lado sin volver el rostro, con un solo ojo, y que estos tenían tendencia a hacerse planos, como en las pinturas egipcias, e independientes el uno del otro (pp. 13-14).

Y el proceso se irá agudizando poco a poco:

La cara de la muchacha estaba haciéndose más afilada, el hociquito saledizo y puntiagudo, la nariz en pico, y las orejas disminuían debajo del pelo. Un día, acariciándoselo, descubrió Cervantes dos plumas, quiso quitárselas y doña Catalina se quejó. Estaban bien enraizadas en su piel. Dos plumas largas como las plumas remeras de las alas o las del rabo (pp. 26-27).

Entretanto, doña Catalina seguía dejando de ser mujer y convirtiéndose en ave doméstica. […] Doña Catalina no disminuía de tamaño. Si llegaba a convertirse en una gallina por entero sería una gallina enorme, con pico y cresta y alas de una grandeza disforme (pp. 35-36).

En cuanto a la forma de hablar de doña Catalina, también el cacareo irá haciéndose cada vez más notable:

—¿Y vuestro camarada el de la carta de Caracas?

En aquella repetición de la sílaba «ca», con tonos diversos y un poco quebrados, se volvió a percibir a la gallina: Camarada de la carta de Caracas (p. 37).

El narrador explica que sus palabras «iban tomando cacofonías de ave de corral»:

—Esa cacatúa no la cargaría yo cabe el corazón, que con un picotazo sería capaz de acabar conmigo. Tiene el pico reganchado. […]

Cuando ella pronunciaba voces próximas al cacareo, se le quebraba la voz: Cacatúa-reganchado-cabe-corcon-cabar-cargar. La ilusión del cacareo era tan perfecta que los jugadores levantaron la cara de las cartas… (p. 52)[2].


[1] Cito por Ramón J. Sender, Las gallinas de Cervantes, Barcelona, Plaza & Janés Editores, 2002.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Una recreación cervantina: Las gallinas de Cervantes, novela corta de Ramón J. Sender (1967)», en Maira Angélica Pandolfi, Márcio Roberto Pereira, Marcos Hidemi de Lima y Wellington R. Fioruci (eds.), Confluências Transatlânticas. Narrativa Contemporânea Ibérica e Ibero-Americana, Campinas (São Paulo), Mercado de Letras, 2021, pp. 313-336.

«Las gallinas de Cervantes» (1967), de Ramón J. Sender: el matrimonio de Miguel y Catalina

Comenzaré mi comentario de Las gallinas de Cervantes[1] recordando estas palabras de Felipe B. Pedraza Jiménez y Milagros Rodríguez Cáceres:

El volumen que lleva por título Las gallinas de Cervantes y otras narraciones parabólicas (1967) está encabezado por una curiosa novelita en la que el autor rinde tributo de admiración a ese hombre «tan pobre de medios económicos y tan rico de mente y espíritu» [Sender: OC, I, 15]. Se trata de una fantasía surrealista, graciosa y de excelente factura, en la que asistimos al proceso mediante el cual doña Catalina de Salazar, la esposa joven, tonta y mezquina que deparó el destino al autor del Quijote, se va transformando poco a poco en gallina[2].

En efecto, el relato senderiano constituye una explicación —desde la ficción, claro está— de las razones que llevaron a Cervantes a escapar de Esquivias. Como ya indiqué, el matrimonio vivió mucho tiempo separado, pues, al poco de la boda, Cervantes marchó lejos, a Andalucía: Miguel y Catalina se habían casado a finales de 1584 (los esponsales se celebraron el 15 de diciembre en Esquivias), y ya en 1587 empiezan los vagabundeos del escritor por el sur, primero como comisario de abastos, más tarde como alcabalero real cobrando los impuestos atrasados.

Busto dedicado a Catalina de Palacios Salazar en Esquivias (Toledo).
Busto dedicado a Catalina de Palacios Salazar en Esquivias (Toledo).

Debemos recordar además que Cervantes doblaba en edad a Catalina y que, en efecto, ambos no pasaron mucho tiempo juntos (aunque a la altura de 1604 Catalina sí está con su esposo en Valladolid). Sea como sea, el relato arranca con la explicación —novelesca, ficcional— del motivo que tuvo Cervantes para su rápida marcha de Esquivias:

Algún lector se extrañará de que yo escriba estas páginas sobre la esposa de Cervantes, pero creo que ha llegado el momento de decir la verdad, esa verdad que en vano ocultaban Rodríguez Marín, Cejador y otros, queriendo preservar y salvar el decoro de la familia cervantina. Siempre hubo un misterio en las relaciones conyugales de Cervantes y eso nadie lo niega. ¿Por qué no aparece su mujer viviendo con él en Madrid, en Valladolid? Es como si el escritor quisiera recatarla en la media sombra rústica de la aldea. ¿Por qué no la llevaba consigo? Algunos cervantistas lo saben, pero guardan todavía el secreto. Yo creo que ha llegado el momento de revelarlo. Es que la dulce esposa se estaba volviendo gallina, aunque ella no se daba cuenta, sobre todo al principio (pp. 18-19).

Y en la nota preliminar a este texto en Obra completa, el autor explicaba:

Alguien tenía que escribir sobre las gallinas de la esposa de Cervantes y una de las modas de vanguardia (el surrealismo) me ha ofrecido a mí, tan enemigo de modas, la manera. […] Había que hacer justicia con Cervantes en las cosas pequeñas, al menos, ya que las grandes si no le hicieron justicia en vida se la hicieron después de su muerte, cuando la consagración vino de los países extranjeros y de las opiniones de escritores y filósofos de fuera. […] Eso de poner doña Catalina de Salazar las gallinas en el acta de matrimonio me había ofendido siempre y revelaba de pronto esa clase de ignominia a la que el hombre de imaginación ha estado siempre expuesto en España, por lo menos en el marco de ciertos sectores de la llamada clase media[3].

En próximas entradas centraré mi comentario en los que, a mi juicio, constituyen los tres principales núcleos de interés del relato de Sender: 1) el “kafkiano”, absurdo y surrealista proceso de metamorfosis de doña Catalina en gallina; 2) la semblanza de Cervantes como escritor y descendiente de conversos; y 3) el retrato de varios personajes de Esquivias, sobre todo del núcleo familiar de doña Catalina, que habrían podido servir de inspiración a Cervantes a la hora de redactar el Quijote, en especial el hidalgo Alonso de Quesada, tío de Catalina, personaje dual, mezcla de grandeza y miseria, que constituye un claro antecedente de la dupla Alonso Quijano / don Quijote[4].


[1] Cito por Ramón J. Sender, Las gallinas de Cervantes, Barcelona, Plaza & Janés Editores, 2002.

[2] Felipe B. Pedraza Jiménez y Milagros Rodríguez Cáceres, Manual de literatura española, tomo XIII, Posguerra: narradores, Pamplona, Cénlit Ediciones, 2002, p. 61.

[3] Sender, en su nota preliminar a Las gallinas de Cervantes, en Obra completa, Barcelona, Ediciones Destino, 1977, vol. 2, p. 317; ahí mismo escribe también: «el caso es que las gallinas llevan ya más de tres siglos cacareando y pidiendo un cronista, como le decía yo a Américo Castro cuando él me hablaba de lo poco que se había escrito sobre la vida privada de Cervantes».

[4] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Una recreación cervantina: Las gallinas de Cervantes, novela corta de Ramón J. Sender (1967)», en Maira Angélica Pandolfi, Márcio Roberto Pereira, Marcos Hidemi de Lima y Wellington R. Fioruci (eds.), Confluências Transatlânticas. Narrativa Contemporânea Ibérica e Ibero-Americana, Campinas (São Paulo), Mercado de Letras, 2021, pp. 313-336.

Una recreación cervantina: «Las gallinas de Cervantes», novela corta de Ramón J. Sender (1967)

El matrimonio de Miguel de Cervantes con Catalina de Salazar[1] ha dado lugar a muchas elucubraciones por parte de los biógrafos e investigadores cervantinos: ¿fue un mero matrimonio de conveniencia en el que faltó el amor? Y, en consecuencia, ¿estaría ahí la explicación de las largas ausencias de Cervantes del hogar familiar en Esquivias? Es una posibilidad. Por el contrario, hay quienes defienden que tal situación —la necesidad de que el varón se ausentase de casa por largos periodos en busca de trabajo— era algo habitual en la época, sin que sea necesario buscar otro tipo de explicaciones[2]. Sea como sea, el matrimonio del escritor —y, más concretamente, las gallinas que se incluyen en el contrato matrimonial como aportación de la novia, junto con varios majuelos de olivos y vid, un huerto, algunos muebles y otros objetos domésticos— es el punto de partida de una novela corta (o, si se prefiere, un cuento largo) de Ramón J. Sender publicada originalmente en 1967, con reediciones posteriores[3] que ha generado cierta —no mucha— bibliografía[4]. Es de destacar asimismo que la novelita ha dado lugar a una versión cinematográfica.

Carles Fontserè, Sender en Los Ángeles (1968)
Carles Fontserè, Sender en Los Ángeles (1968).

Como es sabido, Ramón J. Sender (Chalamera de Cinca, Huesca, 1901-San Diego, California, 1982) es uno de los principales escritores españoles de posguerra, representante en su caso de la narrativa que hubo de desarrollarse en el exilio. Su carrera había empezado antes de la guerra civil (Imán, Siete domingos rojos, Mister Witt en el Cantón…), títulos a los que a partir de los años 40, ya fuera de España —el autor vivió en Francia, México y Estados Unidos—, se irán sumando otros: Crónica del alba, Réquiem por un campesino español, Carolus Rex, La aventura equinoccial de Lope de Aguirre, etc. Su figura y su obra resultan bien conocidas y existe abundante bibliografía al respecto[5]. Ahora me interesa entresacar un par de detalles bio-bibliográficos que conectan a Sender con Cervantes, a saber: 1) nos consta que el escritor aragonés leyó el Quijote siendo muy joven y tenemos el testimonio de que tal lectura le impresionó fuertemente, dejándole un poso de tristeza[6]; y 2) Sender es autor de un libro titulado Novelas ejemplares de Cíbola (1961)[7], que —al igual que la colección de novelas cortas de Cervantes publicada en 1613— consta de doce relatos[8].


[1] Abundantes datos sobre su esposa, Catalina Palacios Salazar y Vozmediano, y su familia se recogen en Krzysztof Sliwa, Vida de Miguel de Cervantes Saavedra, Kassel / Fayetteville, NC, Edition Reichenberger / Fayetteville State University, 2006. Ver también la recreación literaria de Segismundo Luengo Catalina de Esquivias. Memorias de la mujer de Cervantes, Madrid, Sial, 2004; y el más reciente monólogo teatral de José Manuel Lucía Megías Soy Catalina de Salazar, mujer de Miguel de Cervantes, Barcelona, Ediciones Huso y Cumbres, 2021.

[2] Escriben Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin: «En 1584 mantiene una relación amorosa con Ana Franca de Rojas, una «bella malmaridada» con un mesonero, fruto de la cual nace su hija natural Isabel de Saavedra. Más tarde, ese mismo año, se casa en Esquivias con Catalina de Palacios Salazar Vozmediano y la pareja se instala en ese pueblo de donde ella era natural. Al parecer, fue este un matrimonio de conveniencia y no resultó demasiado dichoso: la edad de los contrayentes era desigual (Cervantes tenía treinta y siete años y su esposa diez y nueve), y ciertamente no nos han quedado en la obra cervantina evocaciones de una vida conyugal feliz; además, fue mucho el tiempo que los esposos vivieron separados, en distintos momentos». Sender, en la nota preliminar a Las gallinas de Cervantes en Obra completa, escribe: «Por ese afán de simetría que existe en la vida moral —lo mismo que en el mundo físico— le correspondió a Cervantes (que buscaba en vano a su Dulcinea) la esposa más tonta —ella nos perdone— de la Mancha» (El «Quijote». Guía de Lectura, Tafalla, Cénlit Ediciones, 2006, pp. 23-24).

[3] La «Carta dotal de Miguel de Cervantes Saavedra a Catalina de Palacios Salazar y Vozmediano, su esposa», dada en Esquivias, el 9 de agosto de 1586, se reproduce en Krzysztof Sliwa, Documentos de Miguel de Cervantes Saavedra, Pamplona, Eunsa, 1999, pp. 138-142. En ella se hace constar entre los bienes aportados por la esposa «Cuarenta e cinco gallinas e pollos e un gallo, [valorados] en cuatro ducados».

[4] Véanse los trabajos de Antonio Román Román, «Un homenaje de Sender a Cervantes: Las gallinas de Cervantes», en Juan Fernández Jiménez, José Julián Labrador Herraiz y L. Teresa Valdivieso (coords.), Estudios en homenaje a Enrique Ruiz-Fornells, Erie (Pennsylvania), Publicaciones de la Asociación de Licenciados y Doctores Españoles en los Estados Unidos, 1990, pp. 560-567; Ángeles Pons Laplana, ; «Autobiografismo en Las gallinas de Cervantes», en Fermín Gil Encabo y Juan Carlos Ara Torralba (eds.), El lugar de Sender. Actas del I Congreso sobre Ramón J. Sender (Huesca, 3-7 de abril de 1995), Huesca / Zaragoza, Instituto de Estudios Altoaragoneses / Institución «Fernando el Católico», 1997, pp. 487-498; Alfredo Castellón, «Las gallinas de Sender», Turia, 55-56, 2001, pp. 239-242; Mary S. Vásquez, «Cervantes written by Ramón J. Sender or the case of the twenty-nine chickens», Vanderbilt e-journal of Luso-Hispanic Studies, 2, 2005, pp. 199-205; Carlos Bravo Suárez, «Sender y las gallinas de Cervantes», Diario del Alto Aragón, 10 de agosto de 2016, pp. 48-49; o Pol Madí Besalú, Una aproximación a la narrativa breve de Ramón J. Sender: las «Narraciones parabólicas» (1967), Tesis de Máster inédita, Barcelona, Universitat Autònoma de Barcelona (Facultat de Filosofia i Lletres), 2017.

[5] Ver por ejemplo Marcelino C. Peñuelas, La obra narrativa de Ramón J. Sender, Madrid, Gredos, 1971; y Jesús Vived Mairal, Ramón J. Sender: biografía, Madrid, Páginas de Espuma, 2002, entre otros muchos trabajos.

[6] Ver José Antonio Dueñas Lorente, «Cervantes y el Quijote, según Ramón J. Sender», Alazet. Boletín Senderiano, 14, 2005, pp. 461-468.

[7] Ver Dulce Maria H. Lawrence, Estructura y sentido en las «Novelas ejemplares de Cíbola», Richmond (Virginia), University of Richmond, 1975 (Master’s Theses, 382).

[8] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Una recreación cervantina: Las gallinas de Cervantes, novela corta de Ramón J. Sender (1967)», en Maira Angélica Pandolfi, Márcio Roberto Pereira, Marcos Hidemi de Lima y Wellington R. Fioruci (eds.), Confluências Transatlânticas. Narrativa Contemporânea Ibérica e Ibero-Americana, Campinas (São Paulo), Mercado de Letras, 2021, pp. 313-336.

«Amoríos reales. Cómo y por qué murió Villamediana»(1914), de Diego San José (y 3)

Ya hacia el final de la novela[1], don Juan comentará en un corrillo la muerte de don Fernando Pimentel, el hijo del conde de Benavente, ocurrida el día 7 de ese mismo mes, y señala: «De amores dicen que murió […], buena enfermedad es, y Dios me acabe de ella» (p. 18b). Y se incluye la advertencia, recogida en el relato tradicional de los hechos, de don Baltasar de Zúñiga, confesor del rey y tío del privado, quien le avisa: «Téngase y mire lo que habla y cómo habla, que tiene peligro de la vida» (p. 19b). Y nos acercamos así al desenlace: cuando regresa de Palacio a su casa en la calle Mayor, un hombre detiene en las Platerías el coche del conde, diciendo que trae un recado urgente para él; Villamediana se dispone a apearse sin ningún recelo y, cuando pone el pie en el estribo, el asesino con una ballestilla «asestole tal golpe en el pecho, que allí mesmo vació la vida del noble y aventurero poeta» (p. 20b), apostilla el narrador. Don Luis de Haro, amigo que le acompañaba, quiere ir tras el agresor, pero tropieza y cae sobre el conde, al tiempo que unos embozados resguardan al matador.

Manuel Castellano, Muerte del conde de Villamediana (1868). Museo del Prado (Madrid, España)
Manuel Castellano, Muerte del conde de Villamediana (1868). Museo del Prado (Madrid, España).

«Del asesino nada se supo, por fórmula solamente abriose una indagatoria, pero ya con el premeditado fin de no hallar al traidor…» (p. 20b). Sea como sea, queda memoria del nombre —Ignacio Méndez— de un guarda mayor de la Casa de Campo que se ha convertido en el brazo siniestro de Felipe IV, cuyos agravios secretos venga. Y este es el final de la novelita:

Nadie sabe si fueron o no ciertas las causas a que se atribuyen la mala muerte del conde en lo que atiende al enamoramiento con la reina Isabel, pero tanto empeño tuvo él en insinuarlo, que bien pudiera.

Creen los más que la venenosa pluma y el desaprensivo y franco decir fueron quienes trajéronle a este término desastroso.

Yo pienso que unos y otros se juntaron; pero muy a pesar del interés que mostró la villa toda y de los epigramas y elegías de los más notables ingenios, ninguno prevaleció; solo quedó como artículo de fe

que el matador fue Bellido
y el impulso soberano… (p. 20b).

Para concluir este somero análisis, solamente queda por decir que esta novela corta de Diego San José quizá no sea de una calidad literaria excepcional, pero no está exenta de interés, y creo que merece la pena recordarla por constituir un eslabón —uno más de los muchos existentes— de la larga cadena de recreaciones del conde de Villamediana —de su vida, sus andanzas y su muerte— desde el terreno de la ficción literaria[2].


[1] Diego San José, Amoríos reales. Cómo y por qué murió Villamediana. Hojas sueltas del libro de memorias de un pretendiente (contemporáneo del conde) que llegó a conseguir su pretensión. Publícalas ahora con licencia…, ilustraciones de Pedrero, Los Contemporáneos, núm. 306, 6 de noviembre de 1914.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «El conde de Villamediana en la narrativa histórica española del siglo XX: Amoríos reales. Cómo y por qué murió Villamediana (1914), de Diego San José», en Juan Manuel Escudero Baztán y Rebeca Lázaro Niso, El hacedor de las musas. Homenaje al Prof. Francisco Domínguez Matito, Logroño, Cilengua (Centro Internacional de Investigación de la Lengua Española), 2023, pp. 359-368.

«Amoríos reales. Cómo y por qué murió Villamediana» (1914), de Diego San José (2)

Entre las damas despechadas por el conde en la novela[1], se suma ahora doña Francisca de Tabora, que, pese a los desdenes de don Juan, lo sigue amando. La narración reitera enseguida la idea de que la reina y Villamediana se han compenetrado: «Amor, padre de la Humanidad, los ha llamado a su reino» (p. 13), si bien doña Isabel trata de refrenar sus sentimientos:

Sin embargo, parece que la soberana, más prudente o más calculadora, dándose exacta cuenta de su importante papel en la comedia humana, no arriesga su honorabilidad, y solo parece que compromete su corazón.

Pero don Juan no quiere aquel amor de otra manera que engarzado en todas las dulces consecuencias que suele traer tan atrevido infante [el dios Amor], y cuando los celos del marido le acucian o el despecho le hiere, no muestra reparo alguno en ser imprudente y publicarlo mal rebozado en ingenio.

Muchos días ha que doña Isabel anda recelosa, temiendo que las osadías del conde caigan, si no en el rey (porque este, muy entretenido fuera de palacio, permanece ciego, sordo y mudo a todo, y más que a nada a los asuntos de Estado) en la maledicencia palaciega, y haya muy graves sucesos que lamentar.

Si ella tuviese suficiente entereza para cortar aquel idilio… (p. 13a-b).

Anónimo, Isabel de Borbón, reina de España, primera esposa de Felipe IV (c. 1620). Museo del Prado (Madrid, España)
Anónimo, Isabel de Borbón, reina de España, primera esposa de Felipe IV (c. 1620). Museo del Prado (Madrid, España).

La narración introduce los celos de la dama portuguesa doña Francisca, que se interpone en una escalera cuando Villamediana sube a ver a la reina y él la aparta de un empellón violento. Después el relato da entrada a varios elementos que forman parte de la leyenda tradicional: la reina, que espera al conde en sus aposentos, nota que alguien se coloca detrás de ella y le tapa los ojos; ella cree que es el conde, pero es el rey, y doña Isabel disimula diciendo que esperaba al conde… de Barcelona. Se refiere después lo relacionado con el incendio sucedido en los jardines de Aranjuez, en el estreno de La gloria de Niquea, en el que la soberana hace un papel mudo, la diosa de la Hermosura:

Don Juan, que ha encontrado esta ocasión para estar cerca de su imposible querer, no sale de palacio, y todo se le vuelve pasar el día ensayando la aparición de la hermosa deidad.

Por cierto que con ello da ocasión a mil impertinencias, y todo ha de venir a declarar el fuego que, como hombre presuntuoso y pagado de su estampa, no sabe hacer si no dice, que es de lo que afirman que las aventuras no se disfrutan bien sin la salsa picante del escándalo (p. 14b).

Cuando se produce el incendio durante la representación —el narrador deja claro en la p. 15b que ha sido él quien ha pagado a un paje para que prendiera fuego a unas telas—, doña Isabel desaparece «en brazos de su amoriado conde» (p. 15b):

Y cuando la confusión era más grande, que nadie se veía ni se entendía, por los más espesos senderos del jardín corría un caballero con una dama en los brazos.

—El fuego de mi corazón, que no otro alguno, es quien incendió el teatro —decía el galán—; y como pavesa divina vos trajo a mí; dos veces reina: de mi vida y de mi patria.

—¡Ay, Conde!, que nos habemos perdido —decía ella—. Pobres de nosotros.

—Pobres, no; felices, porque nos amamos.

Cerca sonaron voces de

—¡Aquí está la reina!

Y más chillonas que todas, la del bufón Miguelillo, que decía:

—¡La salvó Villamediana! (p. 14b ).

Tras este incidente, doña Isabel se muestra preocupada: el rey, taciturno y sombrío; Olivares, el nuevo valido, satisfecho porque «iba alcanzando el dorado logro de sus egoístas aspiraciones» (p. 16a); en fin, al conde se le ve solitario, acompañado solo de Góngora, los dos graves y silenciosos:

Dijérase que a don Juan de Tassis habíale embestido el amarillento mal de la ictericia, que diz que es la flor de la melancolía.

No se le veían más de los ojos y a aquella palidez con que denantes solíase peinar bigotes y melenas, ahora ha sustituido el desmayo y lacitud del sauce (p. 16a-b).

Más adelante se da entrada a los famosos sucesos de la fiesta de toros en los que el conde saca la divisa «Son mis amores…», comentada por la reina y apostillada por el rey: «Pues yo se los haré cuartos» (p. 18a); la indicación de doña Isabel: «Pica bien Villamediana» y el nuevo comentario dilógico del rey: «Pica bien; pero muy alto» (p. 18a), elementos que forman parte del anecdotario tradicional en la biografía del conde[2].


[1] Diego San José, Amoríos reales. Cómo y por qué murió Villamediana. Hojas sueltas del libro de memorias de un pretendiente (contemporáneo del conde) que llegó a conseguir su pretensión. Publícalas ahora con licencia…, ilustraciones de Pedrero, Los Contemporáneos, núm. 306, 6 de noviembre de 1914.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «El conde de Villamediana en la narrativa histórica española del siglo XX: Amoríos reales. Cómo y por qué murió Villamediana (1914), de Diego San José», en Juan Manuel Escudero Baztán y Rebeca Lázaro Niso, El hacedor de las musas. Homenaje al Prof. Francisco Domínguez Matito, Logroño, Cilengua (Centro Internacional de Investigación de la Lengua Española), 2023, pp. 359-368.

«Amoríos reales. Cómo y por qué murió Villamediana» (1914), de Diego San José (1)

Se trata de una novela corta que se publicó el 6 de noviembre de 1914 como número 306 de la colección «Los Contemporáneos» (Madrid), con ilustraciones de Pedrero. Lleva una dedicatoria «A Joaquín Dicenta (hijo), que ha dramatizado conmigo el lamentable fin de don Juan de Tassis»[1]. Su título completo es: Amoríos reales. Cómo y por qué murió Villamediana. Hojas sueltas del libro de memorias de un pretendiente (contemporáneo del conde) que llegó a conseguir su pretensión. Publícalas ahora con licencia Diego San José. El autor recurre, en efecto, a la vieja técnica de los «papeles hallados»: lo que leemos es —supuestamente— la transcripción de lo escrito por un clérigo de Zaragoza que lleva cinco años en la Corte madrileña pretendiendo un arcedianato, que finalmente va a obtener. Mientras espera que se vaya resolviendo su asunto, se ha propuesto escribir cada día un pliego de las cosas vistas u oídas en Madrid, de forma que «al cabo hemos encontrado con una croniquilla un tanto extensa, la cual tiene por alma uno de los más famosos y cortesanos sucedidos que hanse visto en estas vegadas» (p. 1a-b)[2]. En su relato se dirige a un anónimo interlocutor al que designa con el respetuoso tratamiento de «S. E.». Y al final del texto se añadirá la coletilla «Por la transcripción y copia de los papeles, Diego San José».

Cubierta del libro Amoríos reales. Cómo y por qué murió Villamediana (1914), de Diego San José (1)

El relato (20 páginas a doble columna) se divide externamente en un «Breve preámbulo» y dos partes sin título que suman un total de 14 capítulos[3]. Cabe destacar en esta recreación la insistencia en los detalles relacionados con las sátiras poéticas de Villamediana:

Hasta el codo puede el bueno de Villamediana meter el brazo en el pozo de la sátira y, a puros golpes dellas, no dejar cosa a vida, que Dios se lo aumentará y ya que no remedios ni satisfacciones, dará a la villa que reír.

Al fin, esto es cosa que él hace con notable desenfado, y aunque todo el mundo sabe que ello ha de costarle pesadumbres que acaso le traigan que perder tanto como la vida, no está de más que estos gatos gubernamentales tengan su calderillo de agua hirviente que le[s] escalde los lomos de vez en cuando (pp. 3b-4a).

Y, efectivamente, la narración insiste en pintar la situación de España, con el rey Felipe III distraído con diversiones por la codicia de su favorito el duque de Lerma. El relato arranca con la vuelta del conde de su destierro en Italia:

A fe que viene el hombre más maldiciente e ingenioso que se fue. En los pocos días que lleva, ha héchose cargo de toda la mala marcha de las cosas del reino, y tales saetazos tira, que andan todos escocidos y con muy pocas ganas de encontrársele con salud, que todos hacen votos porque se muera presto y de carbunclo, que diz que es mala muerte.

De mano en mano corren unas coplillas que aunque pican que rabian, he de dar algunas, porque se vea hasta dónde llegan el desenfado y la desaprensión deste hombre (p. 4a-b).

Se transcribe completa la glosa de «El mayor ladrón del mundo / por no morir ahorcado / se vistió de colorado» (p. 4b) y también las décimas «Ya ha despertado el León…», «También Perico de Tapia…», «Salazarillo sucede…» y «El burgalés y el buldero…» (pp. 4b-5a)[4]. Y se cierra el capítulo con estos párrafos, que apuntan ya a varios posibles interesados en quitar de en medio al conde:

Mucho será que no se salgan con las suyas y vaya S. E., cuando menos lo piense, a hacerle sátiras y coloquios al mismo Satanás.

Pedro Verger, el alguacil de Corte, pónese de todos los colores del arcoíris en cuanto oye hablar de su difamador, y si en su enjundia estuviese como está en su ánima, no viviera el conde de aquí a una hora.

Mas oye decir que dicen que Tassis tiene razón en aquellas cosas que le señalan de su mujer, y calla por no traer más gente con la protesta.

Los hijos de Jorge de Tobar también andan rondando su venganza, y a fe que harto me temo que puedan ser aquestos quienes lleguen a conseguirlo, que a la verdad que el maldiciente ha puesto a la familia que parece moquero de acatarrado.

Yo en lo que a mí respecta, y aunque muy aficionado soy del conde, si diere con algún procaz y deslenguado que acumulara contra la honra de mi padre tantas impertinencias cuando no calumnias, cerrara contra él como pudiera, maguer que fuese a puñaladas si el caso apretado no diese lugar a las razones.

A fe que para S. E. todo el mundo es contrahecho de los ojos, pues nadie le mira bien (p. 6b).

El relato refiere que Villamediana, tras volver del destierro en Italia, hace amistad con la reina y comparte sus aficiones poéticas con el monarca:

Villamediana, que diz que ha parecido muy bien a madama Isabel, ha sido nombrado su gentilhombre, y repuesto en su antiguo cargo de Correo mayor.

Su ingenio ático parece que es muy bien recibido de las augustas personas, y entre el monarca y él han cruzádose muy donosas composiciones, que es fama que también al nuevo rey entiéndesele muy lozanamente de achaque de rimas. Y antes le parece mejor una academia de poetas que un Consejo de Estado (p. 12a)[5].


[1] Joaquín Dicenta hijo es autor de una pieza teatral sobre Villamediana, Son mis amores reales…, estrenada el año 1925… Al parecer, Dicenta y Suárez Bravo escribieron otra pieza dramática en colaboración, que no se nos ha conservado. Dicenta sería también autor de un romance titulado «La misteriosa muerte del conde de Villamediana» (mencionado por Alonso Cortés, pero no localizado, tampoco por Rozas). Al año siguiente, 1915, Diego San José publicaría una novela más extensa sobre Villamediana, El libro de horas, que pretendo estudiar próximamente. Una valoración (negativa) de Amoríos reales puede verse en José Ángel Rodríguez Martín, «Villamediana, un clásico como fuente de inspiración contemporánea», Cuadernos para investigación de la literatura hispánica, 8, 1987, pp. 157-166; ver también Isabel Román Román, «El conde de Villamediana», en La mitificación del pasado español: reescrituras de figuras y leyendas en la literatura del siglo XIX, ed. Elizabeth Amann, Fernando Durán López, María José González Dávila, Alberto Romero Ferrer y Nettah Yoeli-Rimmer, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2018, pp. 161-162.

[2] El relato está plagado de arcaísmos para dar la sensación de época: vegadas, mesmo, dellos, destos, diz que, magüer [sic, como figura escrito habitualmente en textos del siglo XIX, por maguer], denantes, asaz, fuérales posible, vos trajo, habemos perdido

[3] La «Parte primera» consta de cinco capítulos numerados en romanos: «En que el cronista trae a cuento las nuevas de la Corte y retorno a ella de don Juan de Tassis», «Comiénzanse de nuevo las sátiras del conde contra los más encumbrados próceres», «Todos contra el conde», «Cuentos y chismes de la Corte» y «En donde, luego de otras cosillas, cuéntase el destierro de Villamediana». La «Parte segunda» incluye nueve capítulos, aunque existe un error en la numeración pues hay dos capítulos numerados como II: «En que se da noticia de la muerte del rey», «Comienzos del nuevo reinado y preliminares del fin de Villamediana», «Donde se da cuenta del secreto diálogo que cierta mañana tuvieron dos altos palaciegos, y en el que se ve que Villamediana camina rápidamente hacia su lamentable fin», «En que prosigue el anterior en forma historial y como es de presumir que haya acontecido», «La jornada de Aranjuez. La gloria de Niquea, comedia que don Juan de Tassis compuso “alevosamente” para festejar el cumpleaños del rey.- Una piedra más en el monumento funerario que él mismo iba construyéndose», «Después de la quema», «Aquella fiesta de toros», «De cómo hay gente para todo» y «Y así murió el conde».

[4] Y algunas composiciones más: el soneto «Aquí vivió la Chencha, aquella joya» (p. 6a) y otro soneto contra Córdoba, «Gran plaza, angostas calles, muchos callos…» (p. 6a). Para este corpus de poesía satírica de Villamediana ver ahora el volumen Poesía de sátira política y clandestina del Siglo de Oro. Antología esencial. Volumen I. Reinados de Felipe III y Felipe IV, edición dirigida por Ignacio Arellano (2023).

[5] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «El conde de Villamediana en la narrativa histórica española del siglo XX: Amoríos reales. Cómo y por qué murió Villamediana (1914), de Diego San José», en Juan Manuel Escudero Baztán y Rebeca Lázaro Niso, El hacedor de las musas. Homenaje al Prof. Francisco Domínguez Matito, Logroño, Cilengua (Centro Internacional de Investigación de la Lengua Española), 2023, pp. 359-368.