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Acerca de insulabaranaria

Soy Catedrático acreditado de Literatura española, investigador y Secretario del Grupo de Investigación Siglo de Oro (GRISO) de la Universidad de Navarra (Pamplona), Secretario del Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA, Madrid / Nueva York) y Secretario de la Asociación de Cervantistas. También correspondiente en España de la Academia Boliviana de la Lengua. Mis principales líneas de investigación se centran en la literatura española del Siglo de Oro: comedia burlesca, autos sacramentales de Calderón, Cervantes y las recreaciones quijotescas y cervantinas, piezas teatrales sobre la guerra de Arauco, etc. También me he interesado por la literatura virreinal (en especial la de ámbito chileno), la literatura española moderna y contemporánea (drama histórico y novela histórica del Romanticismo español, novela de la guerra civil, cuento español del siglo XX…) y la historia literaria de Navarra.

Datos biográficos de Eduardo Galán

Eduardo Galán Font nació en Madrid en 1957[1]. Se licenció en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid en 1979. Profesor agregado de Lengua y Literatura Españolas en Institutos de Bachillerato desde 1981, ha impartido diversos cursos y seminarios en la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid. Ha sido coordinador del Seminario Didáctico Permanente de Lengua y Literatura del Colegio de Doctores y Licenciados de Madrid (entre los años 1983-1990) y miembro del Consejo de Redacción de revistas de teatro como Primer Acto (Madrid) y Estreno (Pennsylvania State University). Ha colaborado, además, de en esas dos revistas citadas, en otras como Arbor, República de las Letras, Revista de Literatura, Teatra, etc. Eduardo Galán se ha encargado de la información y comentarios teatrales en el diario Ya (septiembre de 1988-agosto de 1990), de la sección de teatro de La Guía del Ocio de Madrid (septiembre de 1990-septiembre de 1991), de la misma sección de El Semanal (desde octubre de 1993), y desde octubre de 1991 publica artículos literarios y de opinión en el diario ABC.

Eduardo Galán Font

De 1996 a 2000 fue Subdirector General de Teatro en el Ministerio de Educación y Cultura. En 1996 fue nombrado Presidente de la Asociación Española de Teatro Infantil y Juvenil (ASSITEJ), cargo que ejerció durante dos años. Es socio fundador de la productora Secuencia 3 Artes y Comunicación. Reside en Madrid, donde ejerce como profesor de Lengua y Literatura en el Instituto Beatriz Galindo[2].

Como podemos apreciar, Eduardo Galán es un «hombre de teatro», y su relación con el mundo de la escena se ha establecido desde muy distintas perspectivas: la de profesor de literatura, la de crítico teatral, la de autor dramático, la de responsable público en la Administración del Estado… Centrándonos en su faceta como autor dramático, hay que recordar que Galán cuenta en su haber con varios títulos de obras representadas, a saber: La posada del Arenal, dirigida por Fernando Rojas, estrenada el 16 de febrero de 1990 en el Teatro Salón Cervantes de Alcalá de Henares (Madrid); Pareja de damas, dirigida por Pilar Ruiz, que se estrenó el 31 de enero de 1992 en el Centro Cultural de Majadahonda (Madrid); El espantapájaros de Mojapiés, que, dirigida por Luis Dorrego, se estrenó el 14 de mayo de 1992 en el Paraninfo de la Universidad Complutense de Madrid, a cargo del Grupo de Teatro de las Universidades Norteamericanas Reunidas; Anónima sentencia, dirigida por Enrique Belloch, cuyo estreno tuvo lugar el 25 de septiembre de 1992 en la Sala Trapezi de Valencia; La silla voladora, representada por vez primera el 8 de octubre de 1994 en la Sala San Pol de Madrid; La viuda es sueño, adaptación de la obra de Tono y Jorge Llopis, estrenada en Santander el 11 de diciembre de 1992; y Mujeres frente al espejo, estrenada el 10 de abril de 1996 en el Teatro Alcázar de Madrid, bajo la dirección de Juan Carlos Pérez de la Fuente. A estos títulos hay que añadir el de otras piezas inéditas, como La sombra del poder (escrita también, como La posada del Arenal, en colaboración con Javier Garcimartín), que fue accésit del «Premio Calderón de la Barca» 1988; y En busca del sí de las niñas, cuyo estreno estaba previsto para la temporada 96-97[3].

También cuenta Galán en su haber con una novela infantil; y como estudioso de la literatura española, ha preparado distintos libros con las «claves» para la lectura de La Celestina, Los intereses creados, La casa de Bernarda Alba, Tiempo de silencio o San Manuel Bueno, mártir, ha editado los Dramas rurales de Jacinto Benavente y una antología de Teatro realista de hoy, y ha escrito introducciones para distintas obras de José Luis Alonso de Santos. En fin, es autor –con la colaboración del director de escena Juan Carlos Pérez de la Fuente– del ensayo Reflexiones en torno a una política teatral.

Respecto a su trayectoria teatral, Fernández Insuela[4] ha destacado que Eduardo Galán forma parte de una generación de dramaturgos que se incorpora al mundo del teatro «en un ambiente de libertad, muy lejos de las dificultades y trabas ideológicas con las que tenían que luchar antes de 1975» otros autores españoles. Pese a ello, nuestro autor sigue de cerca la tradición de un teatro de denuncia que utiliza «como un medio de fustigar las deficiencias de la sociedad española», con tres modalidades de obras dramáticas: la comedia costumbrista con ribetes de drama, la comedia histórica y el teatro infantil[5].


[1] Aprovecho la «Bio-bibliografía de Eduardo Galán» publicada por Antonio Fernández Insuela en las pp. 25-28 de su edición de La amiga del Rey, Murcia, Universidad de Murcia, 1996.

[2] Tomo estos datos más recientes sobre el autor de su ficha personal en Wikipedia, donde se puede ver un listado actualizado de sus obras.

[3] Respecto a La amiga del rey, según me explica Eduardo Galán, iba a ser estrenada en el mes de octubre de 1996 en el Centro Cultural de la Villa de Madrid, pero el proyecto quedó abandonado al ser nombrado el autor para el cargo oficial que pasó a ocupar en el Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música. Finalmente, fue estrenada en la muestra de teatro de Colegios Mayores «Elías Ahuja», por el grupo no profesional «La ratonera».

[4] En la «Introducción» citada a La amiga del Rey, pp. 9-28.

[5] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Los dramas históricos de Eduardo Galán: La posada del Arenal y La amiga del Rey», en José Romera Castillo y Francisco Gutiérrez Carbajo (eds.), Teatro histórico (1975-1998): textos y representaciones. Actas del VIII Seminario Internacional del Instituto de Semiótica Literaria, Teatral y Nuevas Tecnologías de la UNED (Cuenca, UIMP, 25-28 de junio, 1998), Madrid, Visor Libros, 1999, pp. 339-351.

Lope de Vega y el mecenazgo (3): con el duque de Alba

Una vez que pasan los años de destierro del reino, al que fue condenado en el proceso que le entabló Jerónimo Velázquez, Lope se instala en Toledo y entra al servicio de don Antonio Álvarez de Toledo y Beaumont, V duque de Alba, nieto del famoso general de Flandes[1]. Durante unos cinco años se desempeña como secretario del duque, con residencia en Alba de Tormes junto a su mujer Isabel de Urbina.

Alba de Tormes

En Alba escribe varias comedias (El maestro de danzar, El favor agradecido, El leal criado…) y sobre todo La Arcadia, novela pastoril en clave donde se cuentan bajo el disfraz poético algunos sucesos amorosos del duque. En la Égloga a Claudio traza una pequeña autobiografía en la que recuerda su estancia en Alba y la escritura de esta «historia verdadera»:

Sirviendo al generoso duque Albano
escribí del Arcadia los pastores,
bucólicos amores
ocultos siempre en vano
cuya zampoña de mis patrios lares
los sauces animó de Manzanares.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Los dramas históricos de Eduardo Galán

Eduardo Galán FontEn las próximas entradas pretendo un acercamiento a los dramas históricos de Eduardo Galán La posada del Arenal y La amiga del Rey. Empleo la etiqueta «dramas históricos» en un sentido amplio, con el significado de ‘piezas dramáticas de ambientación histórica’, pues las dos obras mencionadas no son dramas en el sentido estricto del término. Hay además una diferencia esencial entre ambas: la primera, escrita en colaboración con el actor Javier Garcimartín, es una comedia de ambiente —no de contenido— histórico[1]: el siglo XVII sirve como mero telón de fondo a los hechos que se representan, y su intención es fundamentalmente humorística, sin que tenga mayor importancia el retrato de hechos y personajes históricos. En cambio, en La amiga del Rey este último aspecto alcanza profundidad mayor, constituyendo una pieza a la que, con todo rigor, se le puede aplicar el calificativo de «histórica». Por ello, mi acercamiento a La posada del Arenal será más somero, para centrarme en el análisis de La amiga del Rey[2]. Pero antes de entrar en materia, repasaré —en la próxima entrada— los principales datos bio-bibliográficos del autor[3].


[1] Véase el trabajo de Kurt Spang «Apuntes para la definición y el comentario del drama histórico», en Kurt Spang (ed.), El drama histórico. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.

[2] No comentaré La sombra del poder, otra pieza histórica de Galán y Garcimartín, que permanece inédita y versa sobre el amor del conde de Villamediana por Isabel de Borbón, «sueño imposible» que motiva su asesinato, urdido —en esta versión literaria de los hechos— por el conde-duque de Olivares.

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Los dramas históricos de Eduardo Galán: La posada del Arenal y La amiga del Rey», en José Romera Castillo y Francisco Gutiérrez Carbajo (eds.), Teatro histórico (1975-1998): textos y representaciones. Actas del VIII Seminario Internacional del Instituto de Semiótica Literaria, Teatral y Nuevas Tecnologías de la UNED (Cuenca, UIMP, 25-28 de junio, 1998), Madrid, Visor Libros, 1999, pp. 339-351.

Lope de Vega y el mecenazgo (2): con el obispo de Ávila

La primera vinculación importante documentada es la que mantiene Lope con don Jerónimo Manrique, obispo de Ávila, quien gustó, según parece, de la primera comedia que hizo Lope en tres jornadas, La pastoral de Jacinto[1]. Pérez de Montalbán, tras narrar una escapada juvenil de Lope con un amigo, da noticia de su llegada a Madrid, con poca hacienda:

Luego que llegó a Madrid, por no ser su hacienda mucha y tener algún arrimo que ayudase a su lucimiento, se acomodó con don Jerónimo Manrique, obispo de Ávila, a quien agradó sumamente con unas églogas que escribió en su nombre y con la comedia La pastoral de Jacinto, que fue la primera que hizo de tres jornadas…

Catedral de Ávila, escudo del obispo

Poco más sabemos de los servicios de Lope a don Jerónimo Manrique, a quien recuerda en algunas ocasiones, como en estos versos de La Filomena:

Criome don Jerónimo Manrique,
estudié en Alcalá, bachillereme,
y aun estuve de ser clérigo a pique.

O en esta carta al obispo de Ávila, escrita en enero de 1619, solicitando una capellanía:

Habrá tres años que hablé a vuestra señoría, informándole de los muchos que serví al obispo mi señor don Jerónimo Manrique, y ofreciendo mi persona para cualquiera de las capellanías que vacase. El amor que le tuve fue inmenso; las obligaciones, reales; las pocas letras que tengo le debo: holgaré de acabar mi vida en esa santa iglesia, ayudado de otro beneficio sin obligación que me ha dado el señor Duque de Sessa.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

La teoría de Amado Alonso sobre la novela histórica (y 6)

En definitiva, el Ensayo sobre la novela histórica de Amado Alonso constituye, como ya señalaba en una entrada anterior, una de las principales aportaciones teóricas al análisis de este peculiar subgénero narrativo y, evidentemente, en sus páginas se recogen otros planteamientos valiosos: ideas sobre la relación entre tragedia, epopeya y novela; una breve «Historia de la novela histórica» (pp. 53-72)[1], con especial atención a las obras de Walter Scott; apuntes sobre los momentos de crisis del género, etc.

Walter Scott

En estas entradas solamente pretendía presentar de forma quintaesenciada sus principales aportaciones teóricas, como la pareja de dicotomías historia / arqueología e historia / poesía, su concepto de «perspectiva de monumentalidad» o su visión del subgénero como posible cristalización entrañable de un modo excepcionalmente valioso de sentir la vida; conceptos e ideas que, pese a su ya lejana formulación en 1942, siguen teniendo todavía plena vigencia a la hora de analizar las producciones que se engloban bajo la etiqueta general de «novela histórica».


[1] Cito por Amado Alonso, Ensayo sobre la novela histórica. El Modernismo en «La gloria de don Ramiro»,Buenos Aires, Instituto de Filología, 1942.

Lope de Vega y el mecenazgo (1): introducción

El caso de Lope en relación con el fenómeno del mecenazgo es uno de los más significativos de su época[1]. Aunque sus ingresos no parecen escasos, sus gastos eran más. Pérez de Montalbán, en la Fama póstuma, habla de las economías de Lope con tonos admirativos:

Fue el poeta más rico y más pobre de nuestros tiempos. Más rico porque las dádivas de los señores y particulares llegan a diez mil ducados; lo que le valieron las comedias, contadas a quinientos reales, ochenta mil ducados; los autos seis mil; la ganancia de las impresiones mil y seiscientos, y los dotes de entrambos matrimonios siete mil, que hacen más de cien mil ducados, fuera de doscientos y cincuenta de que le hizo merced su majestad en una pensión de Galicia […] sin otras liberalidades secretas de tanta cantidad, que hablando una vez el mismo Lope de las finezas del duque, su señor, aseguró que le había dado en el discurso de su vida veinticuatro mil ducados en dinero…

Monedas

Sin embargo, a juzgar por las quejas que disemina el poeta, en bastantes ocasiones sufrió dificultades, seguramente exageradas para provocar la generosidad de sus mecenas. Se vislumbra, además del objetivo de conseguir beneficios materiales y respaldo social, una fascinación de Lope por el mundo aristocrático, que en el caso de sus relaciones con el duque de Sessa derivan a un tono de verdadera autohumillación.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

La teoría de Amado Alonso sobre la novela histórica (5)

Una segunda dicotomía en la teoría alonsiana sobre la novela histórica es la que enfrenta historia y poesía. Ya desde el principio de su formulación teórica insiste Alonso en que «por ningún lado que se le mire se le puede negar a la Historia la calidad de idóneo material poético» (p. 10)[1], aunque reconoce que hay diferencias entre historia y poesía: «La historia quiere explicarse los sucesos, observándolos críticamente desde fuera y cosiéndolos con un hilo de comprensión intelectual; la poesía quiere vivirlos desde dentro, creando en sus actores una vida auténticamente valedera como vida» (p. 18).

Dicho de otra forma, lo que el historiador profundo intuye son relaciones entre acciones y sucesos, mientras que el poeta capta la presencia del vivir personal. En este sentido, las infidelidades históricas que encontramos en algunas novelas de este tipo no son un defecto, sino un carácter constitutivo del género. Más adelante indica que «no hay novela histórica de alguna importancia a la que no se hayan reprochado fallas eruditas» (p. 87), pero ello es así por dos razones: la primera, porque el novelista no está escribiendo un tratado histórico en el que tenga la obligación de atenerse a la verdad con exactitud y rigor científico, sino haciendo literatura, esto es, creando una obra de ficción en la que le están permitidas ciertas licencias poéticas; la segunda, porque al autor le resulta imposible situarse completamente en el pasado, ya que no puede abandonar su perspectiva actual:

Jamás nos ofrecen los novelistas una vida pretérita funcionando otra vez según su propia regulación, jamás se instalan los autores de las novelas históricas dentro de la vida que nos quieren cinematografiar, sino que la ven desde su lejano hoy, interviniéndola permanentemente con criterios de actualidad. No, no es el funcionamiento veraz de un modo pretérito de vida lo que podemos exigir a estos autores, sino su visión actual de aquel pretérito vivir (p. 157).

Eso explica que las novelas históricas no puedan prescindir de los anacronismos, que son debidos a lo que él denomina «perspectiva de monumentalidad». Cedámosle de nuevo la palabra:

Esas insinuantes valoraciones actuales se manifiestan en el adjetivo elegido, en el aspecto elaborado, en el detalle subrayado, en el tono de aceptación o repulsa que la prestación lleva, en la red de cómos y de porqués del agrado o desagrado que lo referido nos va causando, etc. Y a esto es a lo que llamamos sentimiento y perspectiva de monumentalidad, porque la materia histórica elegida se ve en junto alejada del autor, ella allá, en su tiempo remoto, y él acá, en su hoy (pp. 166-167).

Así pues, los anacronismos conscientes —los buscados por el novelista, no los que se deben a su falta de información o a la escasa calidad de la misma— no constituyen un defecto; mas bien sucede lo contrario: esa perspectiva es fuente de placer estético, porque la lejanía de la vida que se presenta hiere favorablemente la imaginación del lector y provoca su emoción (cfr. p. 168).

En suma, la novela histórica renuncia a veces a la creación poética de vidas particulares para dedicarse a las genéricas y a los ambientes culturales (arqueología, no historia); pero es también perfectamente capaz de ese aspecto de la poesía narrativa que consiste en la «manifestación sugestivamente contagiosa de un modo de ver y sentir el mundo y la vida que se nos impone como universalmente valioso» (p. 30). La novela histórica puede alcanzar cotas de «altísima poesía», siempre y cuando el afán reconstructor o arqueologista del escritor no eche por tierra ese propósito. En fin, integrando los tres conceptos fundamentales de la teoría de Amado Alonso sobre la novela histórica, tendríamos que en este tipo de obras, la historia no es necesariamente un estorbo para la poesía, pero la arqueología: cuanta más arqueología se busque, menos poesía entrará en una novela histórica.


[1] Cito por Amado Alonso, Ensayo sobre la novela histórica. El Modernismo en «La gloria de don Ramiro»,Buenos Aires, Instituto de Filología, 1942.

El mecenazgo en tiempos de Lope de Vega (y 3)

Una modalidad más estricta de mecenazgo es la que consiste en aceptar a un escritor como secretario o servidor, con puesto fijo en nómina (meta que no resulta siempre fácil de conseguir a los escritores)[1]. La relación de ingenios auriseculares que ejercieron de secretarios de nobles sería larga: Luis Vélez de Guevara mantiene una constante vinculación a la nobleza (sirve al cardenal don Rodrigo de Castro, arzobispo de Sevilla, y luego al conde de Saldaña) que se manifiesta en el tratamiento y selección de asuntos de sus comedias, igualmente vinculados a esa aristocracia a la que sirve. Antonio de Solís fue secretario del conde de Oropesa. El poeta Pedro de Espinosa sirve al duque de Medina Sidonia en Sanlúcar de Barrameda, a quien dedica su principal poesía panegírica. Gabriel Bocángel fue bibliotecario del cardenal infante don Fernando de Austria. Al conde-duque de Olivares debe Francisco de Rioja los nombramientos de Cronista de Su Majestad y Bibliotecario Real, así como varios beneficios de capellanías diversas.

Los hermanos Argensola

En cuanto a los hermanos Argensola, su buena relación con la aristocracia de su tiempo es proverbial: Lupercio Leonardo sirve como secretario a don Fernando de Aragón, duque de Villahermosa, y más tarde (en 1610) acompaña, también en calidad de secretario, al conde de Lemos, que parte al virreinato de Nápoles, donde forma una corte literaria en la que entran Mira de Amescua, Barrionuevo y otros poetas. A los mismos señores sirve su hermano Bartolomé Leonardo… Muchos otros siguen parecidas trayectorias, con mejor o peor fortuna, en las casas de los nobles.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

La teoría de Amado Alonso sobre la novela histórica (4)

Amado Alonso se detiene bastante (pp. 88-126)[1] en recordar las opiniones de Alessandro Manzoni sobre las obras de tipo histórico. El autor de I Promessi Sposi (Los novios), en su Carta sobre las unidades dramáticas, hizo una brillante apología del drama histórico, que será mejor cuanto más fiel sea a la historia.

Retrato de Alessandro Manzoni, por Giuseppe Molteni

Pero más tarde, en otro ensayo teórico[2], condenó como género contradictorio toda mezcla de historia y ficción. Para Manzoni, la novela histórica tiene que fracasar necesariamente como historia y como literatura, pues ambos elementos se estorban recíprocamente: la novela histórica fracasa como historia por su parte novelesca; y queda arruinada como novela precisamente por su contenido histórico. Alonso no está de acuerdo con esto, y la mejor prueba que presenta para contradecir al escritor italiano es su propia obra Los novios, que es una de las novelas históricas que alcanza mayores cotas de poesía.


[1] Cito por Amado Alonso, Ensayo sobre la novela histórica. El Modernismo en «La gloria de don Ramiro», Buenos Aires, Instituto de Filología, 1942.

[2] Alejandro Manzoni, De la novela histórica y, en general, de las composiciones mezcla de historia y de ficción, trad. de Federico Baráibar y Zumárraga publicada en el tomo CLI de la Biblioteca Clásica, Madrid, 1891, pp. 267-340.

El mecenazgo en tiempos de Lope de Vega (2)

El fenómeno más característico de la relación literatura-nobleza es sin duda el del mecenazgo, fenómeno nada nuevo, pero que en el Siglo de Oro conoce una expansión extraordinaria[1].

Portada de la Primera parte del Quijote, dedicada al duque de Béjar

Quizá la manifestación más superficial del mecenazgo es la constituida por las omnipresentes dedicatorias de libros que los escritores enderezan a los nobles, generalmente para conseguir poco más que los gastos de impresión o como muestra de deferencia, pleitesía u ofrecimiento de servicios. Para el duque de Béjar va la Primera parte del Quijote, y para el conde de Lemos la segunda, las Novelas ejemplares y el Persiles; al duque de Uceda dedica las Tardes entretenidas Castillo Solórzano, cuya Huerta de Valencia se ofrece al marqués de Molina, don Pedro Fajardo; Quevedo dedica al conde de Lemos el Sueño del Juicio final y El alguacil endemoniado; en el Sueño del infierno redacta una dedicatoria irónica «Al ingrato y desconocido lector», pero El mundo por de dentro se dirige al duque de Osuna… La lista sería, claro está, inacabable.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.