La conciencia de Cervantes como escritor

Por otra parte, Cervantes tiene una gran conciencia de su valía como escritor[1]: en el Viaje del Parnaso se llama «raro inventor» por boca del dios Mercurio; en el prólogo de las Ejemplares se jacta de ser el primero que ha novelado en español; y sabe que con el Quijote ha escrito una obra nueva, distinta de todo lo anterior, una genial síntesis de todos los géneros narrativos que estaban en boga en la época; y en Quijote, II, 44 señala el narrador:

… y pues se contiene y cierra en los estrechos límites de la narración, teniendo habilidad, suficiencia y entendimiento para tratar del universo todo, pide no se desprecie su trabajo, y se le den alabanzas, no por lo que escribe, sino por lo que ha dejado de escribir (p. 980).

¿Fue Cervantes consciente de la importancia de su creación, de la trascendencia futura de su novela y de su inmortal personaje? Sabemos que en el momento de aparición el Quijote fue recibido como obra eminentemente cómica, paródica, de burlas, provocante a risa, en suma, como un libro de entretenimiento. Luego, el paso del tiempo, las lecturas acumuladas a lo largo de los siglos, las grandes interpretaciones simbólicas han convertido al Quijote en algo mucho más importante.

Don Quijote

Eso en lo que se refiere al plano ideológico, de contenido. Y en lo que toca a la estructura y las técnicas narrativas, el Quijote ha sido considerada la primera novela moderna, una obra con una modernidad sin precedentes: distanciamiento, perspectivismo, ambigüedad, ironía, juego complejo con los diversos narradores, las distintas fuentes y los diferentes planos de ficción. ¿Era consciente Cervantes de todo esto o fue un inconsciente genial? Creemos estar en lo cierto si afirmamos que, en buena medida, sí fue consciente, y buena prueba de ello son los orgullosos comentarios de autoelogio que vierte en sus obras; esto será muy frecuente en el Quijote, donde a cada paso encontramos comentarios del tipo: «y a fe que debe de ser razonable poeta, o yo sé poco del arte» (I, 23, p. 253), «Bien le pareció el soneto a Camila, pero mejor a Anselmo» (I, 34, p. 400), «Bien […] me parece esta novela […] y en lo que toca al modo de contarle, no me descontenta» (I, 35, p. 423), «el modo con que habéis contado este extraño suceso ha sido tal, que iguala a la novedad y estrañeza del mesmo caso: todo es peregrino y raro y lleno de accidentes que maravillan y suspenden a quien los oye» (I, 42, p. 493).

De esta forma, Cervantes se adelanta a las posibles críticas trayéndolas al interior de su novela; además, si lo más probable era que los demás no fuesen a reconocer su originalidad, a destacar sus méritos ni a alabar su estilo, nada mejor que hacerlo él mismo —indirectamente, con visos de objetividad— poniendo tales elogios en boca de sus personajes…


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Crítica, 1998 (con revisiones posteriores).

Cervantes, crítico y teórico de la literatura

Todavía podemos traer a colación otro aspecto importante que tiene que ver con la personalidad de Cervantes[1], pero más relacionado ya con la materia literaria[2]. Me refiero a su vocación de escritor (bien marcada desde muy temprano, aunque a veces alternara el cultivo de la literatura con otras ocupaciones) y a la alta conciencia que siempre tuvo del valor de sus obras. Puede afirmarse que Cervantes fue escritor por vocación, lo que no está reñido con el hecho de que viera también en la literatura un medio para intentar ganarse la vida.

Tuvo además vocación de crítico literario; en efecto, Cervantes está al tanto de las principales novedades del momento, y emite juicios de valor sobre los escritores contemporáneos, en el Canto de Calíope incluido en La Galatea, en los prólogos que anteceden a sus obras, en el Viaje del Parnaso y su Adjunta… Retrata a la perfección ese mundillo literario formado por amigos y compañeros, pero también por rivales y enemigos declarados (de entre ellos, Lope, el mayor y más importante).

Cuando aparece el Quijote en 1605, las obras que pueden hacerle competencia en las ventas son el Guzmán de Alfarache (cuya I Parte había salido en 1599) y La pícara Justina (publicada en 1604); Cervantes no escribirá ninguna novela picaresca stricto sensu, pero sí obras cercanas a la picaresca con las que innovará el género modificando sustancialmente sus rasgos canónicos (La gitanilla, Rinconete y Cortadillo o El coloquio de los perros) y, además, reflexionará sobre la picaresca en diversos pasajes (por ejemplo, a través de la introducción en el Quijote del personaje de Ginés de Pasamonte). Del año 1604 es también El peregrino en su patria de Lope, cuya falsa erudición, de segunda mano, critica duramente Cervantes (sin nombrar explícitamente al Fénix, pero sin dejar lugar a dudas) en el prólogo del Quijote de 1605[3].

El peregrino en su patria, de Lope de Vega

Pero no es solo que Cervantes ejerza de crítico literario juzgando y valorando a los escritores contemporáneos. Es que, además, muchos pasajes en el interior de sus obras constituyen reflexiones importantísimas sobre el quehacer literario, la relación entre el autor y su obra, o entre realidad y ficción, la teoría de la novela y los diversos géneros narrativos (novela de caballerías, picaresca, morisca, pastoril, novella…), la situación del teatro (el discurso del canónigo toledano, en Quijote, I, 48, acerca de las comedias y su mala calidad, con su opinión de que se han convertido en «mercadería vendible»), etc. Es decir, Cervantes se mueve con destreza en el terreno de la metaliteratura, hace literatura acerca de la literatura, de lo que son buena muestra también sus geniales prólogos, que constituyen páginas verdaderamente antológicas.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006.

[2] Ver los trabajos de Anthony Close, «Cervantes: pensamiento, personalidad y cultura», estudio preliminar en Don Quijote de la Mancha, ed. del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Crítica, 1998, pp. LXVII-LXXXVI, y de Edward C. Riley, «Cervantes: teoría literaria», ibidem, pp. CXXIX-CXLI.

[3] Sea quien sea, está claro que Avellaneda, el autor del Quijote apócrifo de 1614, fue alguien cercano al círculo de Lope de Vega.

Cervantes y el espíritu de tolerancia

Miguel de CervantesLigado a la idea de libertad[1], merece la pena destacar igualmente en Cervantes su delicado espíritu de tolerancia con los que piensan de forma diferente, tolerancia que se ha puesto en relación con un cristianismo de tintes erasmistas[2] entendido como amor y caridad, un concepto de religiosidad en el que lo esencial —más que los dogmas doctrinales y la oración meramente verbal— radica en la práctica sincera de una fe sencilla e íntima. Esa tolerancia también se ha explicado en otras ocasiones como resultado de su contacto directo y prolongado con personas de otra raza y religión, circunstancia que habría ensanchado las perspectivas de su mente[3].

Recordemos, además, que en su entremés El retablo de las maravillas Cervantes ridiculiza de forma magistral las creencias y prejuicios relacionados con la limpieza de sangre de los cristianos viejos[4]. Y no olvidemos tampoco su posición ante el tema de la honra y el honor, con su actitud comprensiva frente al adulterio, que lleva en sus obras a soluciones radicalmente alejadas de las sangrientas de los dramas de honor calderonianos. Tanto la defensa de la libertad humana como este espíritu de amor caritativo, de tolerancia y respeto frente a los demás, de comprensión ante sus diferencias, sus errores y sus defectos, son aspectos que nos hablan de la modernidad, la universalidad y la plena vigencia que, a día de hoy, siguen teniendo las enseñanzas cervantinas.

Otro aspecto fundamental al trazar la semblanza de Cervantes, y que nos habla asimismo de su profundísima humanidad, es su concepción de la nobleza entendida como virtud, como práctica del bien y la justicia, es decir, una nobleza de alma que está por encima de la nobleza adquirida por el mero nacimiento, heredada por la sangre. Por ejemplo, en Quijote, I, 4 el recién armado caballero le recuerda a Andrés, el criado de Juan Haldudo el rico, que «cada uno es hijo de sus obras» (p. 65). Y este mismo tema se hace presente también de forma muy clara en los consejos que da a Sancho Panza antes de que parta al gobierno de la ínsula Barataria, al manifestar que «la sangre se hereda y la virtud se aquista, y la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale» (II, 47, pp. 970-971). Cervantes, el hijo del cirujano, sabe y defiende a ultranza que nadie es más que nadie si no hace más que nadie[5].


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Crítica, 1998 (con revisiones posteriores).

[2] Cabe destacar, entre la bibliografía existente, el trabajo de Antonio Vilanova, Erasmo y Cervantes, Barcelona, CSIC, 1949; también los de Marcel Bataillon, Erasmo y España, México, Fondo de Cultura Económica, 1966 y Erasmo y el erasmismo, Barcelona, Crítica, 1978; un breve estado de la cuestión en José Luis Abellán, El erasmismo español, 3.ª ed., Madrid, Espasa Calpe, 2005, especialmente las pp. 254-269 (epílogo titulado «La herencia del erasmismo en la cultura española: El Quijote»). Otros estudiosos, en cambio, matizan o niegan esa influencia erasmista.

[3] En distintos sentidos se han interpretado las palabras de Ricote, vecino morisco de Sancho que tiene que marchar de España tras los decretos de expulsión, en Quijote, II, 54: por un lado, muestra su profundo dolor al tener que abandonar la amada patria pero, al mismo tiempo, comprende y justifica los decretos de expulsión.

[4] Recuérdese que algunos autores han apuntado los posibles antecedentes judaicos de Cervantes.

[5] Al final de la aventura del barco encantado, afirma don Quijote: «Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro, si no hace más que otro» (Quijote, I, 18, p. 196).

Cervantes y la libertad (y 2)

Cervantes y la libertad, por Luis RosalesPor otra parte, no debe extrañarnos esa defensa de la libertad, continua y fervorosa, en alguien que en distintas ocasiones conoció la desgracia de verse privado de ella[1]. Si Lope remató uno de sus sonetos con el verso «esto es amor, quien lo probó lo sabe», bien podríamos decir de Cervantes, parafraseando las palabras del Fénix, «esto es cautiverio, quien lo probó lo sabe». No olvidemos tampoco la importancia del tema de la libertad en sus obras de teatro, como La Numancia, tragedia de toda una ciudad celtíbera que prefiere perecer antes que perder su libertad bajo la opresión romana, y sus varias comedias de cautivos, impregnadas de rasgos autobiográficos. También la «Epístola a Mateo Vázquez» es un canto a la libertad, pues en ella solicita al rey Felipe II que conquiste Argel para liberar a los millares de prisioneros cristianos:

Del amarga prisión, triste y escura,
adonde mueren veinte mil cristianos
tienes la llave de su cerradura.

Todos, cual yo, de allá, puestas las manos,
las rodillas por tierra, sollozando,
cercados de tormentos inhumanos,

valeroso señor, te están rogando
vuelvas los ojos de misericordia
a los suyos, que están siempre llorando.

Y pues te deja agora la discordia
que hasta aquí te ha oprimido y fatigado,
y gozas de pacífica concordia,

haz, ¡oh buen rey!, que sea por ti acabado
lo que con tanta audacia y valor tanto
fue por tu amado padre comenzado.

Sólo el pensar que vas pondrá un espanto
en la enemiga gente, que adevino
ya desde aquí su pérdida y quebranto[2].

En Cervantes encontramos una afirmación explícita y rotunda de la libertad: el hombre es libre, y no puede dejar de serlo, y es al mismo tiempo responsable y dueño de sí mismo, como pregona un famoso verso inserto en el capítulo IV del Viaje del Parnaso: «Tú mismo te has forjado tu ventura»[3].

Así pues, la libertad constituye un tema esencial en la vida y en la obra literaria de Cervantes. Ahora bien, no siempre se trata de la libertad en sentido físico. Tenemos también, en otro orden de cosas, la libertad de amar (o no amar) proclamada a los cuatro vientos en el discurso de la pastora Marcela (Quijote, I, 14); o en un famoso soneto de la pastora Gelasia, incluido en La Galatea, que se remata con un hermosísimo verso decimocuarto, «libre nascí y en libertad me fundo», que podría servir como lema de todo el pensamiento cervantino.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006.

[2] Poesías completas, ed. de Vicente Gaos, Madrid, Castalia, 1980-1981, vol. II, pp. 345-346, vv. 217-234.

[3] Viage del Parnaso, ed. y comentarios de Miguel Herrero García, Madrid, CSIC, 1983, IV, v. 79, p. 255. «Es de suponer que Cervantes siente ansia de libertad, de dejar la casa paterna, echar a volar, probar su aventura. Toda su vida, en prosa y sobre todo en verso, repetirá la misma idea esencial, clave de su interpretación de sí mismo y de los demás: Tú mismo te has forjado tu ventura» (Julián Marías, Cervantes clave española, Madrid, Alianza Editorial, 2003, p. 85).

Cervantes y la libertad (1)

Dos grandes temas completan el retrato moral del Cervantes hombre: uno es su apasionada defensa de la libertad, ante todo trance y en toda circunstancia, tema bien estudiado por Luis Rosales en los dos volúmenes de su libro Cervantes y la libertad; el segundo, su espíritu de tolerancia. Comenzaremos hoy el abordaje de la primera de esas cuestiones[1].

Don Quijote, entre otras cosas, es un héroe de la libertad, y su anhelo supremo de este ideal le lleva hasta el extremo de liberar a unos malhechores, los galeotes: en ese episodio narrado en Quijote, I, 22, el hidalgo manchego, saltando por encima de la justicia de los hombres y de cualquier otra consideración, da libertad a unos criminales castigados a galeras. Sancho le dice que es «gente forzada del rey» y le indica claramente que van condenados por los delitos que han cometido, pero don Quijote no oye más explicaciones: para su actuar le basta con saber que «van de por fuerza, y no de su voluntad» (p. 236). Él, que todavía es el Caballero de la Voluntad, no puede consentir que nadie —ni siquiera el mismo rey— atropelle la libre voluntad de otra persona, aunque se trate de unos desalmados.

Don Quijote libera a los galeotes

Si analizamos el hecho sólo desde el punto de vista racional, la acción de don Quijote es la de un anarquista que se opone a la justicia humana y a la autoridad real. Pero, en un sentido más profundo, lo que hace no es un disparate. Don Quijote se atiene únicamente a la religión de la caballería andante y se remite, en última instancia, a la infinita justicia divina:

… porque me parece duro caso hacer esclavos a los que Dios y naturaleza hizo libres. Cuanto más, señores guardas […], que estos pobres no han cometido nada contra vosotros. Allá se lo haya cada uno con su pecado; Dios hay en el cielo, que no se descuida de castigar al malo ni de premiar al bueno, y no es bien que los hombres honrados sean verdugos de los otros hombres, no yéndoles nada en ello (p. 244).

Esta aventura cobra mayor significado como metáfora hiperbólica de la necesidad de poner el criterio de justicia y libertad por encima de todo. Recordemos también que Sancho Panza, tras decidir abandonar el gobierno de la ínsula Barataria, tan sólo desea retornar a su «antigua libertad». Y recordemos asimismo las hermosas palabras con que don Quijote alecciona a su fiel escudero en II, 58 tras abandonar la «prisión» que para ellos ha sido el Palacio ducal:

—La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres (p. 1094).


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Crítica, 1998 (con revisiones posteriores).

Cervantes, el hombre que aprendió a tener paciencia en las adversidades

Miguel de CervantesOtro aspecto destacable al trazar la semblanza de Cervantes, que ya quedaba apuntado en las famosas palabras de su autorretrato literario, es su carácter paciente y sufrido frente a las múltiples adversidades que la vida le deparó[1]: posibles problemas juveniles con la justicia y huida a Italia, fatigosa vida de soldado, cautiverio de cinco largos años entre infieles, un matrimonio al parecer no demasiado feliz, continuas necesidades pecuniarias, un trabajo muy poco grato como recaudador de impuestos, falta de amigos y burlas de sus enemigos literarios, varios pasos por la cárcel…

Cervantes es un hombre forjado en estos duros trances de la vida, como él mismo explicitaba al decir que «aprendió a tener paciencia en las adversidades». Un hombre que, a pesar de las amargas experiencias vividas, nunca —ni siquiera en la hora de la muerte— pierde el sentido del humor y la capacidad de escribir con gracia y con donaire y, por el contrario, es capaz de brindarnos un libro tan «sin hiel» como el Quijote[2].


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006.

[2] El propio Cervantes escribe: «Yo he dado en Don Quijote pasatiempo / al pecho melancólico y mohíno, / en cualquiera sazón, en todo tiempo» (Viage del Parnaso, ed. y comentarios de Miguel Herrero García, Madrid, CSIC, 1983, IV, vv. 22-24, p. 254).

Cervantes soldado o «el manco de Lepanto»

Con respecto a Cervantes y las armas, baste mencionar su heroica participación en la batalla naval de Lepanto, que siempre recordaría con orgullo[1]. Así, en el «Prólogo al lector» de la II Parte del Quijote se defiende con estas palabras de los insultos lanzados contra él por Avellaneda:

Lo que no he podido dejar de sentir es que me note de viejo y de manco, como si hubiera sido en mi mano haber detenido el tiempo, que no pasase por mí, o si mi manquedad hubiera nacido en alguna taberna, sino en la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros. Si mis heridas no resplandecen en los ojos de quien las mira, son estimadas a lo menos en la estimación de los que saben dónde se cobraron: que el soldado más bien parece muerto en la batalla que libre en la fuga, y es esto en mí de manera, que si ahora me propusieran y facilitaran un imposible, quisiera antes haberme hallado en aquella facción prodigiosa que sano ahora de mis heridas sin haberme hallado en ella (pp. 617-618).

Un rasgo destacado del carácter cervantino es, precisamente, el de su valor heroico (Cervantes se burlará de muchas cosas en su obra, pero jamás se reirá de la heroicidad; al contrario, ensalzará la sangre derramada en combate, por ejemplo en los dos sonetos a la pérdida de La Goleta insertos en la historia del capitán cautivo, en la I Parte del Quijote). Su participación en tan gloriosa jornada la evocará también en unos versos de la «Epístola a Mateo Vázquez», secretario de Felipe II (obra atribuida a Cervantes, aunque su autenticidad se ha puesto en duda y podría ser una falsificación).

Batalla de Lepanto

Aquel día Cervantes se encontraba enfermo con fiebre y sus superiores quisieron que se retirase a la sentina, con los heridos; sin embargo, su alto sentido del deber le hizo permanecer arriba, peleando en el esquife (uno de los lugares más peligrosos, en primera línea de combate, expuesto directamente al fuego enemigo) al mando de una docena de hombres (lo que parece indicar que era más que soldado raso, algo así como cabo). Él prefiere perder la vida en defensa de Dios y de su rey que quedarse a resguardo bajo cubierta; y en estos versos de la epístola se muestra que la inmensa alegría por la victoria alcanzada le hace olvidar el dolor de las heridas recibidas en el pecho y en la mano izquierda:

 … y, en el dichoso día que siniestro
tanto fue el hado a la enemiga armada
cuanto a la nuestra favorable y diestro,

de temor y de esfuerzo acompañada,
presente estuvo mi persona al hecho,
más de esperanza que de hierro armada.

Vi el formado escuadrón roto y deshecho,
y de bárbara gente y de cristiana
rojo en mil partes de Neptuno el lecho […].

Con alta voz de vencedora muestra,
rompiendo el aire claro, el sol mostraba
ser vencedora la cristiana diestra.

A esta dulce razón, yo triste estaba
con la una mano de la espada asida,
y sangre de la otra derramaba.

El pecho mío de profunda herida
sentía llagado, y la siniestra mano
estaba por mil partes ya rompida.

Pero el contento fue tan soberano
que a mi alma llegó, viendo vencido
el crudo pueblo infiel por el cristiano,

que no echaba de ver si estaba herido,
aunque era tan mortal mi sentimiento,
que a veces me quitó todo el sentido[2].

Cervantes siempre se enorgulleció de su participación en aquella gloriosa batalla «donde, con alta de soldados gloria, / y con propio valor y airado pecho, / tuve, aunque humilde, parte en la vitoria»[3]. Su valiente actuación le haría ganar para la posteridad el sobrenombre de «el manco de Lepanto».

[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Crítica, 1998 (con revisiones posteriores).

[2] Poesías completas, ed. de Vicente Gaos, Madrid, Castalia, 1980-1981, vol. II, pp. 341-342, vv. 109-144.

[3] Viage del Parnaso, ed. y comentarios de Miguel Herrero García, Madrid, CSIC, 1983, I, vv. 142-144, p. 220.

Cervantes y don Quijote, armas y letras

En cuanto a su quehacer, Cervantes responde al modelo del «soldado-poeta» que maneja con igual soltura la pluma y la espada, que une en su persona las armas y las letras, lo mismo, por cierto, que su personaje don Quijote[1]. En efecto, los dos son poetas en el sentido etimológico del término (‘hacedores, inventores de ficciones’), en tanto crean mundos nuevos con las palabras: Cervantes en su brillante producción literaria, don Quijote al renombrar continuamente la realidad, o inventar una realidad nueva gracias al poder mágico de la palabra. Y también son los dos poetas en sentido estricto, esto es, ambos componen versos (muchas veces con reminiscencias garcilasistas).

La pluma y la espada

Respecto a las armas, en Quijote, I, 18 leemos que «nunca la lanza embotó la pluma, ni la pluma la lanza» (p. 197); en I, 37 argumenta el hidalgo manchego: «Quítenseme delante los que dijeren que las letras hacen ventaja a las armas, que les diré, y sean quien se fueren, que no saben lo que dicen» (p. 442); el capítulo I, 38 se titula: «Que trata del curioso discurso que hizo don Quijote de las armas y las letras» y desarrolla esa materia por extenso; y en II, 6 insiste don Quijote ante el ama y la sobrina:

—Dos caminos hay, hijas, por donde pueden ir los hombres a llegar a ser ricos y honrados: el uno es el de las letras; otro, el de las armas. Yo tengo más armas que letras, y nací, según me inclino a las armas, debajo de la influencia del planeta Marte (p. 676).


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Crítica, 1998 (con revisiones posteriores).

Retrato físico de Miguel de Cervantes

El retrato físico de Cervantes presenta algunos rasgos que lo aproximan, en cierto sentido, a la imagen que todos tenemos de su inmortal personaje, el seco y avellanado don Quijote[1]. Del escritor se conserva en la Real Academia Española un famoso retrato atribuido a Juan de Jáuregui.

Retrato de Cervantes atribuido a Juan de Jáuregui

Sin embargo, la mejor plasmación de sus rasgos nos la da él mismo cuando se autorretrata con palabras en el «Prólogo al lector» de las Novelas ejemplares:

Este que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y ésos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos estremos, ni grande ni pequeño, la color viva, antes blanca que morena; algo cargado de espaldas y no muy ligero de pies; éste digo que es el rostro del autor de La Galatea y de Don Quijote de la Mancha, y del que hizo el Viaje del Parnaso, a imitación de César Caporal Perusino, y otras obras que andan por ahí descarriadas y, quizá, sin el nombre de su dueño. Llámase comúnmente Miguel de Cervantes Saavedra. Fue soldado muchos años, y cinco y medio cautivo, donde aprendió a tener paciencia en las adversidades. Perdió en la batalla naval de Lepanto la mano izquierda de un arcabuzazo, herida que, aunque parece fea, él la tiene por hermosa, por haberla cobrado en la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros, militando debajo de las vencedoras banderas del hijo del rayo de la guerra, Carlo Quinto, de felice memoria[2].


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006.

[2] Miguel de Cervantes, Novelas ejemplares, ed. de Harry Sieber, Madrid, Cátedra, 1980, vol. I, p. 51.

El «Persiles», una narrativa en libertad

Los trabajos de Persiles y Sigismunda, ed. C. Romero MuñozA lo largo de diversas entradas he pretendido iluminar someramente algunos aspectos del arte narrativo de Cervantes en el Persiles. Aunque de forma esquemática, he tratado de mostrar cómo Cervantes se nos revela en su novela póstuma, igual que en el Quijote, como un maestro insuperable en el arte de narrar. En su última obra, que pone en práctica su teoría de la novela de aventuras ideal, ofrece un portentoso dominio de numerosos recursos técnicos y estructurales, que contribuyen a su riqueza y complejidad. Puede decirse que el Persiles constituye una síntesis, no solo de diversos temas y registros narrativos (realista, idealista, caballeresco, pastoril, picaresco…), sino también de artes y géneros (lírica, dramática, emblemática, pintura, alegoría…), de estilos y técnicas (la admiración, lo maravilloso, los comentarios metaliterarios, la onomástica elocuente…), etc. Todo ello convierte a esta obra en un paradigma señero del arte narrativo barroco.

Además, como sucede siempre con Cervantes, están presentes los matices, siempre la ironía y la ambigüedad, el juego y la parodia, el distanciamiento y el perspectivismo. Porque eso es precisamente Cervantes: una narrativa en libertad. En cualquier caso, si todo lo apuntado no nos parece suficiente mérito, si aún nos queda alguna duda para acercarnos al Persiles, todavía cabe mencionar otro argumento para invitar a su lectura: se trata de una fascinante novela de aventuras, en la que el autor no da respiro ni por un momento a sus personajes ni a nosotros, los lectores, que, guiados por su sabia mano, tenemos ocasión de adentrarnos en auténticos laberintos de amor y de belleza.

Leamos, pues, el Persiles siquiera por el puro placer de disfrutar de una bella historia que se multiplica, como en un prisma multicolor, en otras mil historias bellas bellamente contadas, y sintamos la misma fruición que Cervantes sentiría al escribirla. Porque, a fin de cuentas, a algo tan simple como esto se reduce en última instancia la esencia del arte narrativo: alguien (un autor) que disfruta contando una historia interesante y otro alguien (un lector) que experimenta el gozo de leer esa historia[1].


[1] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «El Persiles de Cervantes, paradigma del arte narrativo barroco», en Ignacio Arellano y Eduardo Godoy (eds.), Temas del Barroco hispánico, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2004, pp. 197-219.