Fermín Mugueta o una poética de la sencillez (y 2)

El deseo de cercanía con los lectores explica también el empleo frecuente en la poesía de Fermín Mugueta de frases hechas y expresiones coloquiales (a la chita callando, como Dios manda, la mar de contentos, a troche y moche, como si tal cosa, con salero y garbo, dale que dale…), de refranes (por ejemplo, «No hay mal que por bien no venga») y de diminutivos afectivos (callandico, monjita, hierbecica, infantico…). Mugueta desea mantenerse en un tono coloquial, familiar, cercano a sus interlocutores, de ahí que sus imágenes y metáforas no sean ni muy frecuentes ni especialmente audaces:

Cuando el fuerte robledal
se desnuda de oro viejo… («La vida sigue»).

Los montes se abufandan de neblina («Otoñal»).

… reír de espumas blancas («Como el mar»).

… se ruboriza el cerezo («¡Qué largo el día y qué corto…!»).

Hay, sí, una creación verbal que le resulta particularmente grata a Mugueta: me refiero a la expresión enflorar espinas, usada en dos ocasiones: en el poema que empieza «¿Qué importa que yo esté triste?» y en «Para vivir alegre». En fin, en estas composiciones apenas se dan casos de intertextualidad, y tan solo cabría señalar alguna reminiscencia literaria como la alusión a la «música callada» (del «Cántico espiritual» de San Juan de la Cruz») en el poema «Cantan los pájaros».

Última fotografía de Fermín Mugueta en la portada de la Trinidad de Arre (1982). Autor: José Antonio Pérez Satrústegui. Archivo Digital de Villava.
Última fotografía de Fermín Mugueta en la portada de la Trinidad de Arre (1982). Autor: José Antonio Pérez Satrústegui. Archivo Digital de Villava.

Hasta aquí lo relativo a la forma, a la expresión. En cuanto a los temas, Fermín Mugueta canta en varios de sus poemas a la naturaleza. En ellos da entrada a elementos sencillos, los habituales en la poesía tradicional (las hojas secas, la niebla, las aves, el río, el mar, el viento…), aunque a veces encierran un valor trascendente: en el poema «Niebla» se habla de ese fenómeno atmosférico, pero al final adquiere un significado simbólico cuando se concluye que Dios sopla la niebla (las maldades) del corazón humano; o en otra composición («Tormenta») se contrapone la pequeñez del hombre a las fuerzas desatadas de la naturaleza, pero también a la inmensidad de Dios.

Otro grupo de poemas elogia valores humanos y virtudes cristianas (la vida sencilla, el trabajo y la humildad, el amor a los demás, la solidaridad humana…), y algunos están dirigidos específicamente a los jóvenes. En fin, un tercer núcleo temático, numéricamente importante, está formado por los poemas de contenido religioso (dedicados a Dios, a la Virgen María, a distintos santos, a la Navidad, a la Eucaristía…). Son composiciones que, como escribiera José Antonio Marcellán, «resultaron la mejor expresión de sus sentimientos, actitudes profundas y disposición de espíritu cristiano en el atardecer de su vida». Poemas leves en los que Mugueta aúna el entretener y el aprovechar, haciendo suyo el tópico horaciano del delectare et prodesse. Poemas, también, que se construyen con el mismo derroche de cariño con que el ave construye su nido («Nido de pájaro») y versos que se juntan en una composición como las flores en un humilde ramo:

Para rendir pleitesía
y homenaje
a tus nobles atributos
de mujer, esposa y madre
hacer quiero un ramillete
con versos de mi romance («Ramillete»).

Versos y poemas sencillos los de Mugueta, que son pequeñeces, menudencias, levedades (así los califica él mismo), pero con la grandeza de las cosas pequeñas (véase el poema «Dime cómo han de ser grandes…»: el poeta es plenamente consciente de que «Lo pequeño es grande»; hay un poema titulado precisamente así). En suma, poesía sincera, porque transparenta los sentimientos y la humanidad del poeta y va directa al corazón del lector; y poesía eficaz, porque —desde su humilde modestia— cumple con el objetivo que se ha propuesto el escritor, un escritor que quisiera ser payaso para llevar la risa —y la gracia de Dios— a todo el mundo («Payaso», «La risa»), ser caricia que llegue igualmente a todas las personas («Como el mar») o ser espiga para fructificar y entregarse a los demás («Espiga»)[1].


[1] Tomo el texto de mis palabras de presentación, «Fermín Mugueta o una poética de la sencillez», en Fermín Mugueta, Poesía (1978-1985), Pamplona, Ediciones Fecit, 2005, pp. 9-17.

«Ser en poesía». A propósito de la novela «Irene Klein», de Javier Corres (1)

Comenzaré con una afirmación tajante: a fecha de hoy, entrados ya en el nuevo milenio, las letras navarras gozan de una excelente salud. Así lo demuestran la continuada actividad de distintas revistas poéticas (Río Arga, Elgacena, Traslapuente, Luces y Sombras…), las numerosas convocatorias de premios literarios y las crecidas publicaciones que nuestros escritores navarros —navarros por nacimiento o por adopción— vienen aportando en tiempos recientes. Un pequeño dato cuantitativo lo confirma: el año pasado [2000], y ciñéndonos solo al género de la narrativa, se escribieron, en Navarra o por autores navarros, más de una docena de novelas. Además, frente al tradicional despego sentido hacia la literatura escrita en Navarra, hoy en día comienzan a reconocerse los valores literarios de muchos de nuestros literatos. Recordaré tan solo otro detalle señero: el hecho de que en los últimos años el Premio «Príncipe de Viana de la Cultura» —máximo galardón que en esa materia se concede en nuestra Comunidad— haya recaído en dos escritores, Pablo Antoñana y Miguel Sánchez Ostiz, reciente ganador de ese premio en su última convocatoria, la del presente año 2001.

Esta circunstancia me parece fundamental, porque por desgracia ocurre que muchos de los escritores navarros resultan desconocidos aun para los propios navarros. Recuperar estas figuras y valorarlas en su contexto y en su justa medida —sin incensarlas por encima de lo debido solo por el hecho de ser escritores navarros, pero tampoco sin menospreciarlos de entrada— es tarea que me he impuesto y que vengo desarrollando en los últimos años en un proyecto de investigación titulado Historia literaria de Navarra. Desde los orígenes hasta nuestros días (equipo HILINA de la Universidad de Navarra). Bien es verdad que durante mucho tiempo la literatura navarra, la narrativa en concreto, ha estado demasiado ligada a dos elementos ajenos en principio a la creación literaria; me refiero al elemento histórico y al elemento costumbrista (novelas de tipo regional-costumbrista, de tipos y paisajes navarros; novelas históricas, etc.). Sin embargo, de unos años a esta parte, los escritores navarros han sabido crear verdaderos mundos de ficción, entramados y universos novelescos de pura invención, desligados por completo de lastres no literarios que actuaban como pesada carga, como verdadera rémora, en narraciones de décadas anteriores. Así pues, ahora son muchos los escritores navarros que, aun cuando den entrada en sus novelas a personajes de origen local o ambienten sus acciones en escenarios de nuestra geografía foral, han trascendido con creces el interés de lo puramente localista para plantear temas y conflictos de índole y validez universales.

Javier Corres, Irene Klein

Un magnífico ejemplo de esta última afirmación lo tenemos en la novela Irene Klein (Mutilva, Newbook Ediciones, 2001; 2.ª ed., Pamplona, Cénlit Ediciones, 2002, con el subtítulo La fuerza de la palabra), de Javier Corres Bengoetxea, que, como muy bien señalan las bellas palabras de Ángel de Miguel recogidas en la contracubierta —¡qué lujo contar con un reseñista tan acertado en la magia de su conciso lirismo!—, no es una «novela al uso». Irene Klein aparece publicada en un volumen bellísimo, bellísimo por su apariencia exterior (es preciosa la ilustración de cubierta de Esther Makazaga), bellísimo por su cuidada tipografía (felicidades al autor por haber sabido cuidar estos detalles), bellísimo, en fin, por la hermosura de su contenido. Decía antes —decía Ángel de Miguel, en realidad— que Irene Klein no es una «novela al uso», porque es una narración lírica, reflexiva, íntima, también, en cierta manera, sentimental y romántica, por qué no decirlo. Estamos ante una lograda novela de amor y de amistad, sentimientos humanos contados y cantados desde la perspectiva del protagonista y narrador en primera persona, el escritor Delphin Körrs; pero estamos también ante una novela que reflexiona y nos hace reflexionar sobre la creación poética o, en un sentido más amplio, sobre los indiscutibles valores de la palabra como vía de conocimiento y de verdad. Tanto Delphin Körrs como Javier Corres —intuyo que la cuasi homonimia del apellido del narrador-protagonista y el autor no es en modo alguno casual—son personas que quieren ser en poesía. No quieren vivir rodeados por la poesía, vivir desde la poesía, vivir con la poesía; no es eso, no, quieren algo más íntimo y esencial: desean ser en poesía. A propósito de esto, debo advertir que, aunque en esta novela el autor haya podido incluir determinadas vivencias personales, y aunque algunos de sus personajes pudieran ser considerados trasuntos de personas realmente existentes, no debemos engañarnos. De todos es sabido que vida y literatura se influyen mutua y profundamente, pero a nadie se le debe ocultar que vida y literatura son cosas muy distintas. Como muy bien nos enseñó Pessoa, «El poeta es un fingidor, / finge tan completamente, / que llega a fingir dolor / cuando de veras lo siente». No leamos, pues, Irene Klein como una novela en clave. Insisto: aunque pueda estar reflejando determinadas vivencias personales de su autor, todo ello está pasado por el mágico tamiz de lo literario, de la fábula, de la creación poética. Porque una novela será siempre, ante todo y sobre todo, una invención, una obra de pura ficción, fruto de la fantasía y del entusiasta trabajo creador de su autor.

Antes de dar a las prensas Irene Klein, Javier Corres había bajado a la arena literaria con las obras Este silencio sonando (1983), Del teatro y el sueño (1986), Homodiós (1992) o relatos como «Una increíble decepción», «Un individuo vulgar» «La ruta flotante (Paseo de un raro)», «El regreso», etc. Pero creo estar en lo cierto al afirmar que esta novela, este apasionado canto en defensa de la palabra poética, de su valor como instrumento de comunicación y de disfrute estético, y como forma íntima de vivir la vida, es su aportación mejor y más original[1].


[1] Texto completo en Carlos Mata Induráin, «“Ser en poesía”. A propósito de Irene Klein, de Javier Corres», Pregón Siglo XXI. Revista Navarra de Cultura, 18, Navidad de 2001, pp. 81-82. Con posterioridad Corres ha publicado las novelas El crimen redentor (2016), Cartas a Renata (2018) y Estación El Seco (2022) y ha trabajado en la presentación en Madrid de su obra de teatro de los años 80 titulada Habitáculo con fisuras.

«La dama del rey» (1855), zarzuela de Francisco Navarro Villoslada: argumento

Se trata de una zarzuela estrenada el 7 de septiembre de 1855 en el Teatro del Circo; ese mismo año se publicó el libreto[1]. Ignacio Elizalde, siguiendo a Premín de Iruña [Ignacio Baleztena], escribe al comentar esta zarzuela de Navarro Villoslada: «Aunque se hallaba alejado de las candilejas, su amigo Arrieta le animó a probar nueva fortuna teatral y se dejó convencer escribiendo el libreto de esta obra, a la que le puso música Arrieta»[2]. No es del todo exacto, porque sabemos que ese mismo año se representó con éxito Echarse en brazos de Dios. El 20 de febrero de 1855 La Iberia anunciaba: «El señor Arrieta está poniendo música a dos zarzuelas originales de los señores Camprodón y Villoslada, tituladas respectivamente Marina y La dama del rey»[3]; y La España, el 20 de agosto de 1855: «El Teatro del Circo abrirá sus puertas en la primera semana de septiembre. Guerra a muerte de López de Ayala y La dama del rey serán las dos primeras obras que se pondrán en escena»[4]. Los actores principales fueron Carolina di Franco, Adelaida Fernández de Zapatero, Manuel Sanz, Joaquín Becerra, Vicente Caltañazor y Felipe Díaz. Parece que no tuvo una gran acogida, como indica la reseña de La Iberia[5]; Premín de Iruña explica el fracaso, no por la escasa calidad del libreto o de la música, sino por la falta de tipismo vasco:

La obra de Navarro Villoslada no era ni mejor ni peor que las demás que sirvieron de trama para confección de otras zarzuelas estrenadas con éxito, y la música podía pasar entre las buenas de Arrieta.

Sin embargo, fracasó […] y fue la principal causa de ello el que el público se dio a engaño; pues dada la patria de los autores y el tema a desarrollar, creyó que iba a ver una zarzuela de tipo regional vasco y se encontró con que tanto el argumento como la música, fuera de un par de números, podía muy bien haberse desarrollado en un pueblo de Extremadura o de Transilvania.

Para esta zarzuela compuso Arrieta nueve números de buena música pero, dejamos dicho, de ningún sabor vasco, fuera del coro de vendedores de la plaza de Begoña, que terminaba con el coro general «Árbol santo de Guernica» y un zorzico final, que fue aplaudidísimo, por estar en aquel entonces muy de moda en la corte los zorzicos vascuences, como entonces se les llamaba.

La obra se representó muy pocas veces y pasó a la historia de la zarzuela sin pena ni gloria[6].

La acción ocurre, tal como indica la acotación inicial, en las inmediaciones de Bilbao, cerca del santuario de Nuestra Señora de Begoña, un día de romería, en la época de los Reyes Católicos[7]. Comienza con tres coros de Vendedoras, Mancebos y Ancianos; se informa de que la reina acude a Guernica para jurar los fueros de Vizcaya; los tres grupos entonan entonces el coro:

Árbol santo de Guernica,
de los cántabros solaz;
a tu sombra se guarece
nuestra dulce libertad.
¡Oh, bien hayan los monarcas
que a tu tronco secular
la potente mano tienden
con munífico ademán!
Se ve entonces tu ramaje
de alborozo retemblar.
¡Corazón eres de un pueblo;
lo que él viva vivirás!

El caballero don Martín está enamorado de la villana Lucinda; a él le corresponde el honor de abrir el baile de la romería, eligiendo la pareja que desee; al proclamar que será Lucinda, la condesa de Larrea, enamorada de don Martín, se siente despechada y pide a Andrés, el criado del caballero, que trate de enemistarle con su amada. A las protestas de amor de don Martín, Lucinda opone la misma idea que las mujeres solicitadas por personajes de superior categoría social en las comedias del Siglo de Oro, que es para dama más lo que para esposa menos: «Soy muy pobre / para vuestra señoría»; pero también: «Soy muy rica / para serviros de dama» (p. 29). Al final, don Martín la elige, como tenía pensado, para abrir el baile, pero la condesa de Larrea, celosa, les interrumpe y calumnia a Lucinda en público.

La Jura de los Fueros por el rey don Fernando el Católico bajo el Árbol de Guernica el 30 de julio de 1476 (1873). Estampa del Museo Vasco de Bilbao (España). Núm. de Inventario/Siglas:
AAAA/1917
La Jura de los Fueros por el rey don Fernando el Católico bajo el Árbol de Guernica el 30 de julio de 1476 (1873). Estampa del Museo Vasco de Bilbao (España). Núm. de Inventario/Siglas:
AAAA/1917.

Por otra parte, se sabe que hace siete años estuvo el rey don Fernando en Vizcaya y tuvo amores con una dama. Como Lucinda se encarga de cuidar a María —una niña de unos seis años, que le fue entregada por su madre para ocultar su deshonra— la Condesa afirma delante de todos que Lucinda es la dama del rey; la prueba más evidente es que Lucinda quiere a María como una madre a su hija. Mientras tanto, la reina Isabel, enterada de la infidelidad de su esposo, ha enviado emisarios a Vizcaya en busca de la madre y de la niña, para casar decorosamente a la una y procurar el bienestar de la otra, y algunos de los rumores que circulan señalan que la madre de la niña es la Condesa: Pancracio, uno de los enviados, posee un retrato de la dama, que coincide efectivamente con sus señas. Al verse en la necesidad de defender su honor amenazado, Lucinda afirma que, en efecto, fue la Condesa quien le entregó a la niña. Al final, la de Larrea confiesa la verdad: la madre de María, la verdadera dama del rey, no fue ella, sino una hermana gemela que ya murió; agradece a Lucinda que haya guardado el secreto durante aquellos años y, renunciando a su amor, le pide que se case con don Martín. Aparece en última instancia la reina Isabel, que une las manos de los desposados. El coro entona el zorcico final, que insiste en la idea de los fueros vascos[8]:

La reina bienhechora
los santos fueros
viene a jurar.
Saluda a tu señora,
la buena madre,
feliz solar.
Trono un peñasco pobre;
copudo roble será el dosel.
Latidos las entrañas
de las montañas
den a Isabel[9].


[1] La dama del rey, zarzuela en un acto y en verso, letra de don Francisco Navarro Villoslada, música de don Emilio Arrieta, Madrid, José Rodríguez, 1855. Utilizo la edición de Obras completas, III, Pamplona, Mintzoa, 1992, pp. 15-52. Los actores fueron Carolina di Franco, Adelaida Fernández de Zapatero, Manuel Sanz, Joaquín Becerra, Vicente Caltañazor y Felipe Díaz.

[2] Ignacio Elizalde, Navarra en las literaturas románicas, III, Pamplona, Diputación Foral de Navarra / CSIC, 1977, p. 435.

[3] Apud Veinticuatro diarios (Madrid, 1830-1900). Artículos y noticias de escritores españoles del siglo XIX, Madrid, CSIC (Instituto Miguel de Cervantes), 1973, I, entrada núm. 8634.

[4] Apud Veinticuatro diarios…, III, entrada núm. 1762. La España, el 5 de septiembre de 1855, indicaba: «El día 7 empieza la temporada en el Circo. La primera función será Guerra a muerte y la zarzuela nueva La dama del rey» (apud Veinticuatro diarios…, III, entrada núm. 1763).

[5] «Abre sus puertas de nuevo el teatro Circo. Representación de la zarzuela en un acto La dama del rey, de Villoslada y Arrieta. No tuvo éxito. También Guerra a muerte, de Ayala y Arrieta, que fue aplaudida­» (La Iberia, 8 de septiembre de 1855; apud Veinticuatro diarios…, III, entrada núm. 1764).

[6] Premín de Iruña [Ignacio Baleztena], «Un “al alimón” de Arrieta y Navarro Villoslada», Pregón, año VI, núm. 22, diciembre de 1949.

[7] La ambientación coincide con la inicial de su inédita novela histórica Pedro Ramírez, en la que también se recoge el juramento por parte de la reina Católica de los fueros vascos.

[8] Como elemento ambiental, se incluyen unas pocas palabras vascas: «Atos [debe ser Ator], mutil» («Vamos, muchacho»); «Bay, jauna» («Sí, señor»). En la obra se alude al motivo de la hidalguía universal de los vascos, en una réplica de don Martín: «El polvo que barre el viento / es noble en estas montañas» (p. 26).

[9] Para más detalles remito a mi monografía: Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995.

Fermín Mugueta o una poética de la sencillez (1)

Creo que esa expresión, «una poética de la sencillez», constituye un epígrafe acertado para mis palabras prologales que anteceden a esta antología de poemas de Fermín Mugueta (1906-1985), poemas que fueron publicados originariamente en La Verdad a partir del año 1979, y que han sido seleccionados en esta ocasión por Dani Aldaya y Ricardo Ollaquindia[1]. La primera característica que se hace evidente al leer los versos de Mugueta es, precisamente, la de su modesta sencillez: preferencia muy marcada por los metros cortos y las rimas asonantadas (solo en escasas ocasiones emplea los versos largos y las rimas consonantes y nos encontramos, por ejemplo, algún soneto); gusto por la estructura circular, de forma que los versos iniciales se reiteran en el cierre de varias composiciones; predilección por las figuras de repetición como los paralelismos o las anáforas…

Cubierta del libro: Fermín Mugueta, Poesía (1978-1985), Pamplona, Ediciones Fecit, 2005

El propio autor reflexiona en unos cuantos poemas acerca del quehacer literario, y lo que se desprende de sus versos es, precisamente, esa «poética de la sencillez» a la que he aludido. En efecto, Fermín Mugueta se refiere a sus versos calificándolos como «Mis sencilleces» (en el poema así titulado):

Como a la chita callando
discurren mis sencilleces,
fáciles para escribirlas,
fáciles a quien leyere.

En otra composición, la que se presenta bajo el epígrafe «Por ahora…», reflexiona sobre las razones que le llevan a escribir, y afirma que lo hará «hasta que olvide el estilo / que nunca tuve», con lo que pone de manifiesto su despreocupación por las cuestiones formales. Más explícito todavía respecto a su intención es el poema «Mis versos», donde el poeta proclama claramente que quiere estar «con la inmensa mayoría»:

Si mis versos no entendieren,
¿a qué habría de escribirlos?
¿A qué decir nada nuevo,
si no entienden lo que digo?
¿A quién voy a dirigirme
si ignoro a quien me dirijo?
Los versos son para todos
tanto que para uno mismo.
Y porque son espontáneos
y triviales y sencillos,
lleguen a los iletrados
y a los pobres y a los niños
… y hasta a los analfabetos,
que para tales escribo.
Mis versos son, pues, de todos,
muy antes que de uno mismo.

Sencillez formal, por tanto, para llegar a un público lo más amplio posible, que va en paralelo con la sencillez de los temas tratados (más adelante me referiré a ellos). Con este desideratum, no nos deberá extrañar que el paralelismo sea la figura estilística más reiterada en estos poemas (se emplea, especialmente, en el comienzo o en el final de las composiciones), combinada a veces con otras figuras como la antítesis o el quiasmo. Mencionaré algunos ejemplos, indicando entre paréntesis los títulos de los poemas a los que corresponden:

La nieve vino callando,
se fue, callando, la nieve («Luego será primavera»).

¿Quién sabe si llora el río,
quién sabe si el río canta? («Llorar y reír»).

Los ojos sin luz no ven,
los ojos sin luz no miran («A tientas»).

El sol es pura caricia
y es pura caricia el aire («Paseando»).

Por mucho que vaya y venga,
por mucho que venga y vaya («Un avión»).

… sin que se ofenda el oído
y sin que el Cielo se ofenda («Habla bien»).

… en cada corazón más hermosura
y en esta ingrata vida menos penas («¿Qué haces ahí, monjita de clausura…»).

Conforme la vida llega,
conforme la vida pasa («Sólo un momento se vive»).

Sencillez formal no quiere decir necesariamente ausencia de ornato retórico. En efecto, otras veces la figura empleada es la anadiplosa, la cual consiste en que un verso comience con la palabra o expresión con que acababa el anterior:

… parece triste la ermita,
la ermita del altozano («Ronquera metálica»).

Siempre la cara morena,
morena de sol y viento («Ceguera»).

La anáfora (repetición de un mismo elemento al comienzo de varios versos) se emplea en varios poemas, como «Hay que amar», «Estás en todo» o «¿Dónde está?». También encontramos algún ejemplo de concatenación, como el que estructura el comienzo del poema «A la vista del trigal»:

En el inquieto trigal
reverberan las espigas.
De la espiga sale el trigo,
y del trigo flor de harina.
Con harina se hace el pan,
pan nuestro de cada día…

Abundan, como ya indicaba, los poemas que adoptan una estructura circular. Así, por ejemplo, los titulados «Hojas secas», «En busca de otros climas», «El caso es llegar», «En esta mañana», «A solas» o «La cruz»; en algunos casos, los versos que se repiten al final del poema ofrecen alguna variante con respecto a los del comienzo:

Por la calle donde voy
me sigue un perrito negro

[…]

Por la calle, cariñoso,
me sigue un perrito negro («Me sigue»).

Y lo mismo sucede en «Como si tal cosa»:

Que soy la misma pobreza
lo sabes, Señor, de sobra

[…]

… Y que soy todo pobreza
lo sabes, Señor, de sobra.

Como vemos, se trata de recursos retóricos sencillos, propios de la poesía popular, pero que contribuyen, sin duda, eficazmente a la consecución del ritmo poético[2].


[1] Ya con anterioridad José Antonio Marcellán había editado, con escritos recopilados y clasificados por Luis María Echeverría, una Antología de Fermín Mugueta (Villava, Ayuntamiento de Villava, 2000). En su «Introducción» pueden consultarse algunos datos más acerca del autor.

[2] Tomo el texto de mis palabras de presentación, «Fermín Mugueta o una poética de la sencillez», en Fermín Mugueta, Poesía (1978-1985), Pamplona, Ediciones Fecit, 2005, pp. 9-17.

«La prensa libre» (1844), comedia de Francisco Navarro Villoslada: los temas y el humor

Navarro Villoslada critica en La prensa libre[1] los ataques personales que se hacían desde las columnas de los periódicos; así, pone en boca de Pilar estas palabras: «Tan fácil como hablar / se va haciendo el imprimir, / y por sólo hacer reír / se acostumbra a calumniar» (p. 157). Luego ella será objeto de calumnias, al sugerirse desde El Tornasol que Félix es su amante; entonces le dirá su esposo: «… pero la infamia detrás / de la calumnia se asienta, / y si calumnia la imprenta / no se separan jamás»; cualquier rumor es dado como noticia cierta, pero resulta difícil acusar a los calumniadores: «Un “se dice” por broquel / basta al escritor infame / para que impune derrame / su ponzoña en un papel» (p. 176). También constata Fabián el poder de la prensa, aunque puede ceder a la amenaza o al soborno: «… que tiene / la prensa voz de huracán, / y sólo con un rugido / puede al orbe amedrentar; / pero esa voz enmudece / al reflejo del puñal, / o en céfiro lisonjero / la torna el oro quizá» (pp. 181-182).

Prensa del siglo XIX

Además, reaparece en esta obra la preocupación —casi obsesión— de Navarro Villoslada por el tema de la guerra civil, todavía no lejana en el tiempo, recordada en una de las réplicas del Barón:

¿Y qué pensáis
cuando hermanos contra hermanos
blandís sangriento puñal,
por una vana quimera,
por un nombre nada más;
cuando en pólvora, en espadas
consumís vuestro caudal,
y campos de rubia mies
negros páramos tornáis,
y escombros los edificios
noble orgullo de otra edad;
cuando al eco del cañón
despavoridas se van
de un suelo ingrato las ciencias
y las artes, qué pensáis
sino que juguetes sois
de alguna nación rival? (p. 200).

Por último, destacaré un rasgo presente en la mayoría de las obras de Navarro Villoslada: el humor. Aquí se manifiesta, en primer lugar, con la presencia de Ambrosio, personaje caracterizado por su habla entre gallega y asturiana, y de Mónica, la habladora mujer de don Ramón: «cien loros / no charlan más» (p. 128). Humorística es la escena en la que Ramón va dictando un artículo político a Félix, quien, en lugar de copiarlo, se dedica a escribir unos versos a su «Divina Elisa». Provocan la risa las continuas apariciones del regente de la imprenta, siempre para pedir, con las mismas palabras: «Original, don Ramón»; cuando aparece Rafael con su artículo, Ramón trata de disimular, haciendo ver que le sobran colaboraciones y que intentará hacerle un hueco, por tratarse de un amigo. Pero la llegada del regente le pone en un compromiso; nótese el efecto humorístico de las rimas truncas y agudas:

REGENTE.- Señor director, están
los cajistas ya que trin…

RAMÓN.- (Tapándole la boca para no dejarle hablar.)
Tome usted. (Le da el artículo.)

REGENTE.- ¿Esto hay al fin?
¿qué es esto?

RAMÓN.- Lo que le dan.

REGENTE.- Cree usted que habrá bastan…

RAMÓN.- (Cerrándole la boca otra vez.)
(¡Eh!, no sea preguntón.)
Sin cercenarle un renglón
ha de salir, ¡voto a quien!…

REGENTE.- Si no por su amigo… ¿hem?

RAMÓN.- (Interrumpiéndole.)
¡Es claro!… ¡Pobre nación! (p. 143)[2].

Graciosa es también la respuesta de Ramón cuando Rafael se extraña de que vaya a marcharse tan tranquilo a un baile después de haberle descubierto tan grave crisis: «En el baile / veré a las gentes de pro; / y les aviso, y… ¿quién sabe? / mientras bailo un rigodón / con la mujer del ministro / destruyo todo el complot» (p. 144). O la llegada, en fin, de Serapio y Silvestre, que vienen hablando de la inminencia del golpe, aunque para uno se trata de una intentona revolucionaria («Es un golpe democrático. / República, sí señor…») y para otro reaccionaria («Un gobierno de Turquía / con frailes, Inquisición»; cfr. p. 146)[3].


[1] La prensa libre, comedia original, en tres actos y en verso, Madrid, Repullés, 1844. Hay otras ediciones; citaré por la de Obras completas, III, Pamplona, Mintzoa, 1992, pp. 121-208.

[2] La última réplica del regente apunta, por supuesto, a que el artículo de Rafael les ha salvado el número del día siguiente; Ramón, para disimular, entiende que se refiere al hecho de que la conspiración ha sido descubierta por Rafael, lo que supone la salvación de la patria.

[3] Para más detalles remito a mi monografía: Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995.

«La prensa libre» (1844), comedia de Francisco Navarro Villoslada: argumento

Veamos cuál es el argumento de La prensa libre[1]. La comedia se abre con una escena en la redacción de El Tornasol; Ramón Tenorio está preocupado por la situación de su periódico: falta original para que pueda salir el número del día siguiente y los redactores protestan para que se les paguen los atrasos. Ramón es diputado y quiere llegar a ser ministro, y para ello vierte en las páginas de su periódico encendidos elogios de su persona y de sus discursos parlamentarios; no le parece empresa difícil, ya que el país cambia con frecuencia de ministros: «la patria / los muda cada domingo / como camisas» (p. 130). Se trata de un personaje sin escrúpulos que quiere acceder al poder para su provecho personal: cuando un amigo le explica que no durará ni diez días al frente del ministerio, Ramón comenta que de los diez le sobran cinco para cumplir su propósito, esto es, para enriquecerse en el disfrute de su privilegiada posición. El antagonista de Ramón es Rafael de Castilla, un buen escritor y diputado honrado; es consciente de la mala situación en que se halla el país:

El Estado se va a pique
si no le buscamos puerto.
Los sordos rumores vagos
de que hemos hecho mención
en el congreso ya son
cuando no golpes, amagos (p. 139).

Periodicos antiguos. Diseñado por Freepeek
Periodicos antiguos. Diseñado por Freepeek

En efecto, Rafael ha descubierto una conspiración inspirada, lo que es más grave, por algunos miembros del Gobierno, y en la que intervienen también agentes extranjeros. Su opinión es que solo la prensa —una prensa libre— puede salvar al país denunciando esta situación anómala:

Siguiendo su curso
la conspiración, revienta
dentro de poco, y la imprenta
es nuestro solo recurso.
La imprenta, que en torpes manos
es un puñal asesino,
es el paladión divino
de los libres ciudadanos.
Por más que en sueño profundo
la nación duerma indolente,
su voz de trueno es potente
para despertar al mundo.

Rafael pone a Ramón al corriente de estos sucesos, y le entrega un artículo suyo en el que denuncia la trama de la conspiración para que lo publique en El Tornasol. Sin embargo, Fabián, uno de los ministros conspiradores, promete a Ramón hacerle ministro de Hacienda si le entrega el comprometedor artículo; Ramón, por supuesto, acepta. Rafael descubrirá con asombro que su artículo no ha salido. Él está enamorado de Elisa, la hija de Fabián, pero se muestra dispuesto a sacrificar su amor al deber patriótico que le obliga a denunciar al padre de su amada: «A mil vidas te prefiero, / ángel inocente y puro; / pero la patria es primero» (p. 166). Por el diálogo de los dos jóvenes nos enteramos de que ha fallecido la madre de Rafael, que enfermó gravemente al leer en un periódico enemigo que su hijo había muerto en un desafío: «Mató a mi madre la prensa, / y de la patria en defensa / escribo sobre su tumba» (p. 166). Fabián hará detener a Rafael, aunque este ha conseguido ya hacer llegar su artículo a la prensa. El ministro muestra a Ramón la conveniencia de que El Tornasol se incline a sus ideas: «Con cierta mesura y tino / cambiando irá de matiz»; a lo que responde Ramón: «En esto será feliz; / lo suele hacer de continuo» (p. 168; el propio nombre del periódico sugiere que es tornadizo). La acción se complica porque, en lugar del artículo de Rafael, han aparecido en el periódico unos versos de Félix, que se refieren a Elisa, de la que está enamorado, pero con una nota que compromete a Pilar, la mujer del ministro Fabián.

Mientras tanto, el Barón —un extranjero que toma parte en la conspiración— propone a Fabián que conceda la mano de su hija a Rafael a cambio de que no publique el artículo, pero Fabián rechaza indignado esta propuesta. Además, es ya tarde, porque circula en forma de pliego. El Barón, que juega a dos bandas, no se muestra en absoluto dispuesto a dar la cara ahora que las cosas se complican, y Fabián reconoce que ha sido un juguete en sus manos. Félix decide batirse con Ramón por haber publicado, junto a los versos, una nota que daba a entender que él era amante de Pilar; el propietario de El Tornasol se muestra cobarde y hace todo lo posible para evitar el duelo; por último, el desafío se resuelve sin mayores consecuencias para los dos. Al final se aclara que Félix es en realidad hijo de Pilar y el Barón extranjero. Una muchedumbre, exaltada por la lectura del artículo, asalta la casa del ministro Fabián, pero Rafael acude a salvar al padre de su amada (se señala que él fue también el desconocido que le salvó la noche anterior al ser asaltado por varias personas en la calle; cfr. pp. 158-159): «No temáis: / yo les diré que la imprenta, / si contra el error fulmina, / debe salvar al que yerra» (p. 206); entonces pronuncia este alegato final:

Hoy calumniando pérfida la imprenta
el honor de esa gente despedaza:
hoy la prensa también noble se ostenta,
y hunde el loco poder que os amenaza.
Si noble la queréis, no se ensangrienta…,
si pérfida… ponedla una mordaza
antes que mancillar con lodo inmundo
la fuente del saber, el sol del mundo.
[…]
Mientras el pueblo cuente
con un eco en la prensa decidido,
no tema, no, la vencedora frente
reclinar en el seno del vencido;
es la prensa ilustrada, omnipotente,
y despertarle debe. ¡Paz y olvido! (p. 208).

Inmediatamente, el pueblo arroja las armas y Rafael exclama: «¿Lo veis? Jamás en vano / se apela al corazón del pueblo hispano». La comedia, por tanto, acaba bien: todos los obstáculos se han eliminado y Rafael y Elisa pueden casarse[2].


[1] La prensa libre, comedia original, en tres actos y en verso, Madrid, Repullés, 1844. Hay otras ediciones; citaré por la de Obras completas, III, Pamplona, Mintzoa, 1992, pp. 121-208.

[2] Para más detalles remito a mi monografía: Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995.

«La prensa libre» (1844), comedia de Francisco Navarro Villoslada: introducción

Esta comedia en verso (aunque escrita originariamente en prosa) se estrenó el 25 de febrero de 1844 en el Teatro de la Cruz y se publicó ese mismo año[1]. Los principales papeles estuvieron representados por las señoras Lamadrid (doña Bárbara), Tavela y Sampelayo y los señores Lombía, López, Alverá, Caltañazor (don Vicente), Aznar y Torroba[2]. Antes de su representación, el Diario de Avisos anunciaba la novedad del tema:

La prensa libre, comedia de costumbres políticas de don Francisco Navarro Villoslada. Esta obra, la primera que su autor ofrece al público, es a la vez la primera que con un pensamiento de alta política social se presenta en la escena española: este pensamiento es el de la libertad de imprenta, reconocido como vital en los gobiernos representativos, y en cuya aplicación apenas hay dos publicistas que estén de acuerdo. El autor deja la solución al buen criterio del público[3].

Obras completas de Francisco Navarro Villoslada

En efecto, como anuncia el título de la comedia, se aboga en ella por la independencia total de la prensa, por una «prensa libre» de todo tipo de interferencias políticas, que no ceda a las censuras o intentos de soborno de los políticos y hombres influyentes del país, en lo que parece una profecía de la actitud que el autor mantendrá después, especialmente como fundador y director de El Pensamiento Español[4]. Corella afirma que a Navarro Villoslada le resultó difícil llevarla a escena y que para ello hubo de introducir diversas modificaciones en el texto[5]; ciertamente, por el tema que abordaba, la obra se podía prestar a la polémica, de ahí que en la edición de la comedia figurase al final del texto la siguiente nota aclaratoria:

Hace año y medio que tuve el gusto de leer esta comedia, escrita en prosa, a varios amigos, y entre ellos a los señores Hartzenbusch, Diana y Villergas; después de versificada, ha pasado por el tamiz de dos lecturas hechas en el Teatro de la Cruz, y las numerosas e ilustradas personas que concurrieron a entrambas convinieron unánimemente en que no se hería la susceptibilidad de ningún partido político ni de persona determinada. Esta fue también la opinión del censor de teatros quien, sin embargo, juzgó necesaria la autorización del Sr. jefe político de la provincia, atendido el estado excepcional en que esta se encuentra, para la representación de la comedia. El Sr. Benavides, en medio de las graves ocupaciones consiguientes al ejercicio de su autoridad, tuvo la bondad de leer la obra en el más breve tiempo posible, y sin exigir que se alterase una sola palabra, concedió el permiso que se solicitaba. Todos estos antecedentes, todos estos trámites, me confirman en la creencia de que La Prensa libre ni es obra de circunstancias, ni menos obra de partido: es hija de un corazón español y nada más que español, cuyos sentimientos más de una vez rebosaron en amargas y dulces lágrimas al escribirla.

Sirvan estas líneas de contestación a las anticipadas prevenciones de algún periódico de esta corte. Madrid, 22 de febrero[6].

Desde otro punto de vista, contamos con la reseña de la comedia que hizo Enrique Gil y Carrasco; en ella le reprocha fundamentalmente la elección de un tema demasiado vago, aunque reconoce que está escrita con esmero, especialmente si se tiene en cuenta que se trata de la primera obra estrenada por su autor. Dada la escasez de noticias sobre la actividad dramática de Navarro Villoslada, me parece interesante copiarla entera:

En el Teatro de la Cruz se ha representado la comedia con el título de La Prensa libre, original del señor Navarro Villoslada, ingenio también novel. Con grandes dificultades tendría que luchar quien quisiese encerrar en los estrechos límites del teatro una cuestión de suyo abstracta, por un lado, y por otro, de tan colosales dimensiones, que apenas cabe en los modernos ámbitos de la sociedad. Forzoso era, pues, tratarla de una manera parcial e incompleta, bosquejando sus rasgos más notables y rebajándola, por consiguiente, de su natural importancia, por felices atisbos que se supusieran en el autor. Esto es lo que el señor Navarro Villoslada se ha visto obligado a hacer; pero como el manejo de tan diversos elementos exigía una maestría que solo la experiencia puede dar, ha venido a suceder que el autor, embarazado con ellos, más los ha confundido que ordenado, resultando de aquí embrollo en la acción, incertidumbre en los caracteres, falta de profundidad en la intención y debilidad en el conjunto. El deber del crítico, no muy agradable de suyo, sería de todo punto insoportable si en los primeros pasos del ingenio hubiese de cerrarle el camino con importuna severidad; pero la verdad, siempre preciosa, aunque no pocas veces amarga, en ninguna época es más necesaria que al principio de una carrera. Si al señor Navarro Villoslada le parece cuerdo nuestro parecer, le aconsejamos mejor elección en los asuntos que, pues el teatro se entiende con la imaginación y con el sentimiento antes que con el entendimiento, cuestiones tan complejas y dudosas mal pueden avenirse con su índole, y tanto más eficazmente se lo recomendamos cuanto que, a juzgar por la impresión que la representación dejó en nosotros, su comedia está escrita con esmero y descubre laudable aplicación.

Gil y Carrasco termina con una breve nota acerca de la puesta en escena: «La ejecución, aunque no de gran empeño, adoleció de la desigualdad que en este teatro menoscaba más de una vez el buen efecto de sus representaciones»[7].


[1] La prensa libre, comedia original, en tres actos y en verso, Madrid, Repullés, 1844. Hay otras ediciones; citaré por la de Obras completas, III, Pamplona, Mintzoa, 1992, pp. 121-208.

[2] Completaban el reparto los señores Fernández, Spontoni, Carceller, Rada, Caltañazor (don H.) y Flores.

[3] Diario de Avisos, 11 de febrero de 1844; apud Veinticuatro diarios (Madrid, 1830-1900). Artículos y noticias de escritores españoles del siglo XIX, Madrid, CSIC (Instituto Miguel de Cervantes), 1973, vol. III, entrada núm. 7643.

[4] José Simón Díaz, «Vida y obras de Francisco Navarro Villoslada», Revista de Bibliografía Nacional, VII, 1946, p. 175, comenta con acierto que la obra «demuestra ya un gran conocimiento de las interioridades de la vida periodística, y a pesar de la nota final, que advierte cómo la obra se leyó primeramente a Hartzenbusch, Martínez Villergas, Diana y otros, y pasó luego por diferentes censores para probar que no contenía alusiones personales ni partidistas, si desconociésemos su fecha […], no vacilaríamos en querer reconocer en los empleados que no cobran y el ambiente que les rodea, un fiel reflejo de la redacción de El Español, muy parecida a la de casi todos los periódicos de la época».

[5] «La Prensa libre, obra en la que Villoslada denuncia el partidismo informativo, la tendenciosidad de orientación e incluso la propia censura, tuvo serias dificultades para ser estrenada. Se vio obligado a efectuar varias alteraciones, enmiendas y rectificaciones» (José María Corella, «Navarro Villoslada, autor dramático», Pregón, año XXVI, núm. 97, otoño de 1968). Añade que el día de su estreno «se organizó una agria polémica entre los componentes de varios partidos políticos», extremo este que no encuentro confirmado en ningún otro sitio.

[6] La edición en Obras completas no reproduce estas líneas, ni la indicación de lugar («La escena es en Madrid, año de mil ochocientos y tantos»), ni otra nota sobre la propiedad: «Esta comedia, que pertenece a la Galería Dramática, es propiedad del editor de los teatros moderno, antiguo español y extranjero, quien perseguirá ante la ley al que la reimprima o represente en algún teatro del reino sin recibir para ello su autorización, según previene la Real Orden inserta en la Gaceta de 8 de mayo de 1837, y la de 16 de abril de 1839, relativas a la propiedad de las obras dramáticas». En unas anotaciones biográficas del mes de enero de 1844 escribe Navarro Villoslada: «Leí el drama La Imprenta en casa de Lombía y fue admitido por la empresa»; y después: «Febrero 25. Se representó por primera vez en el Teatro de la Cruz mi comedia La Prensa libre, que es la misma de La Imprenta; se aplaudió muchas veces y fui llamado a la escena. Está ajustada con don Juan Lombía en 3.000 reales».

[7] Enrique Gil y Carrasco, Revista de la Quincena, IX, 1 de marzo de 1844. Crítica recogida en las Obras completas de don Enrique Gil y Carrasco, II, Madrid, Atlas, 1954 (BAE, núm. 74), p. 599. En opinión de Corella, es «una de sus producciones más mediocres en cuanto a técnica y carpintería se refiere». Para más detalles remito a mi monografía: Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: métrica, estilo y valoración final

Por lo que toca a cuestiones de métrica y estilo, me limitaré a destacar una vez más la preferencia de Amadoz por el verso libre en la mayoría de sus poemas, poemas de tono y estructura versicular en los que el ritmo poético no se consigue tanto por la rima como por las continuas repeticiones de ideas y de elementos textuales (son muy frecuentes las anáforas, los paralelismos y, en general, todo tipo de figuras retóricas de repetición). Solo en contadas ocasiones, y exclusivamente en su primer poemario, cultivó Amadoz formas estróficas tradicionales como el soneto, sin alcanzar resultados especialmente brillantes. De ahí que el poeta abandonase esa senda y haya preferido la libertad mayor que le ofrecía el verso libre, que le ha permitido —sin los corsés de la rima y la medida— un interesante juego evocativo entre el ritmo del verso y el ritmo del pensamiento para lograr así expresar mejor las emociones, los afectos y, en suma, la sensibilidad profunda del ser. Por otra parte, la poesía de Amadoz es densa en cuanto a la utilización de imágenes, metáforas, motivos y símbolos, entre los que cabe destacar por su importancia la luz y la oscuridad, el día y la noche, el motivo del hombre peregrino, y otros con los que ha pretendido mostrar la inocencia y el desvalimiento del ser humano (imágenes y símbolos asociados a la maternidad, a la niñez, etc.).

Hombre caminando / Homo viator

Termino ya, afirmando que estamos ante una voz poética propia, con un estilo claramente identificable, que sabe transmitir su idiosincrasia, sus preocupaciones personales, su concepción del mundo y del hombre. Baste lo ya escrito como una posible aproximación —la mía, subjetiva— a la poesía de José Luis Amadoz. El lector tiene ahora a su alcance su Obra poética, y como él mismo ha indicado en distintas ocasiones, el poeta necesita de la «secreta complicidad» del lector para completar el proceso creativo del autor y dar nuevo sentido a sus poemas. Ojalá que esa lectura constituya una experiencia doblemente recreativa, en el sentido de re-crear y en el de recrearse: una experiencia, en fin, en la que pueda el lector revivir y gozar estas composiciones escritas por Amadoz a lo largo de sus cincuenta años de fecunda labor poética[1].


[1] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: evolución

En cuanto a su evolución, hay una primera etapa de su corpus poético en la que predomina un sentido intimista e inmanente. Corresponde a los poemarios primeros, que llevan a cabo una introspección que pudiéramos calificar de críptica, es decir, una introspección en la que el poeta va desnudando su intimidad, pero de una forma todavía muy metafórica: habla de sí, pero al mismo tiempo pretende ocultarse pudorosamente, y no ha llegado aún al conocimiento del otro. Después de esta etapa de poesía intimista, Amadoz se va abriendo al exterior, descubre otras personas y sus dolores; al mismo tiempo, su poesía se hace más trascendente (conflicto entre el deseo de creer y la duda permanente). Todo eso repercute, en el ámbito del estilo, en un acercamiento al expresionismo poético. En efecto, en esta segunda etapa de poesía expresionista, el autor dará entrada a metáforas fuertes, violentas, con la intención de que causen una brusca sacudida en el lector.

Edvard Munch, Melancolía (1894-1896). Bergen Kunstmuseum (Bergen, Noruega).
 Edvard Munch, Melancolía (1894-1896). Bergen Kunstmuseum (Bergen, Noruega).

En un tercer momento, coincidiendo con la intensificación de la presencia del amor y la mujer, su poesía se hace más permeable, menos hermética. La disociación inicial entre el yo y el otro va quedando superada poco a poco. En fin, en una cuarta etapa, de reencuentro consigo mismo, asistimos a la resolución del conflicto entre inmanencia y trascendencia: casi al final del camino, cuando se está ante el abismo —confiesa Amadoz—, hay que optar, hay que lanzarse. Y aunque la experiencia de la fe es muy dificultosa (como médico de profesión, es la suya una mente científica, racional), al final el poeta apuesta decididamente por creer, por el encuentro con un Alguien trascendente, por entregarse al abrazo con ese «Dios humanado» tantas veces evocado en sus poemas.

Pero lo mejor es ceder la palabra al propio poeta para que nos explique esa evolución y, al mismo tiempo, el carácter unitario de toda su obra, que,

concebida a lo largo de tantos años, segunda mitad del siglo XX, presenta una temática unitaria con variantes, no substanciales, a lo largo de ella que obedecen a la evolución, inevitable, que el autor muestra en sus pensamientos, emociones y afectos. Ello no impide que los leitmotive que le conducen estén como una constante, en forma de angustia y rebeldía, ante los problemas básicos que plantea la existencia de todos los seres, sin silenciar el toque de esperanza liberador que asoma en muchos momentos, haciendo más llevadera la existencia. Es como un destino que se abre y que la muerte conjura, sueños y fantasías de mundo nuevo, alegrías doblegadas por la vida en el dolorido abatimiento del camino, en el que el yo y el tú se conjugan en un mismo acorde. De este modo, el conjunto de la obra cobra sentido y permite al lector y al poeta caminar en secreta complicidad, sin preguntarse nada más, sin buscar nada distinto que la magia de la palabra, que despierta pensamientos, emociones y afectos ocultos, variables, en cada uno[1].

Y añade que el conjunto de su obra

se puede considerar como un poema total, unitario, es decir, como una trayectoria en que los leitmotivs están de modo permanente, a modo de contenidos existenciales que se dan a lo largo de la vida de todas las personas. Este encuadre no supone, en absoluto, que el desdoblamiento de dicha obra tenga una evolución sistemática, cartesiana, sino, todo lo contrario, está marcada por una libertad ágil y movediza, en la que el discurso temático aflora, permanentemente, con sacudidas nuevas, como nuevos son los pensamientos, emociones y afectos que todos experimentamos, como un juego apasionado de cambios, a través de los cuales se multiplica todo con la sorpresa del ensueño, en fin, de la fantasía. La abundante recreación que la obra pretende lograr, encadena furtivamente al autor y al lector en una travesía de pensamientos y emociones que emergen de los más hondo, estableciendo una especie de anábasis que se recrea a sí misma, incesante, sin caminos ni antes ni después. Hay, en el fondo, un gozo de demiurgo platónico por el que todo, todo es posible, que al lector le hace sentirse coautor completando el poema. No es de extrañar que en este fulgurante camino, el vaivén que la palabra experimenta y el conjunto de movimientos emocionales den lugar a vacíos de pensamiento y sensorialidad que gravitan sobre el poeta y el lector creando la tentación del abandono, especialmente por parte del coautor, que obliga al poeta a agitar el poema y reentonar el cántico de la fantasía, por medio de los leitmotivs que estructuran dicho poema. De ahí la licencia poética que, a manera experimental, el autor ejerce a través de una especie de “aliteración” de contenidos temáticos, que siempre son nuevos por la naturaleza de esta poesía, unitemática y de creciente desbordamiento[2].


[1] Palabras escritas por Amadoz para la presentación en público de su Obra poética.

[2] Palabras escritas por Amadoz para la presentación en público de su Obra poética. Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: temas

A través de mis comentarios, extensos, a la Obra poética de José Luis Amadoz he tratado de mostrar, por un lado, la evolución experimentada por su poesía y, por otro, la coherencia que se advierte en todos sus poemarios: efectivamente, un sentido de unidad es fácilmente perceptible en cada uno de ellos por separado, y también en todos ellos considerados en conjunto. Al glosar el contenido de sus ocho libros de poesía, ya han quedado apuntados los principales temas y preocupaciones del escritor y han sido abordadas cuestiones referentes a la versificación y el estilo. Ahora me limitaré a añadir unas breves líneas a modo de recapitulación.

En primer lugar, hay que destacar que la de José Luis Amadoz es una poesía centrada en lo existencial (el poeta está sufriendo detrás de cada verso), en la que se manifiesta la profunda angustia del creador, que constata el dolor propio y el ajeno, a veces con crudeza y desesperanza, pero sin llegar a caer nunca en el nihilismo. Puede decirse que en cada poema de Amadoz queda reflejado un hombre de carne y hueso que vive, sufre y crea… En este sentido, es la suya una poesía que enlaza con la cultivada por los poetas del 27 (Salinas, Cernuda, Guillén, Lorca, Aleixandre…) en la etapa denominada de «rehumanización del arte»; y también, por supuesto, con la poesía y la filosofía existencial francesa, bien conocida y asimilada por nuestro autor.

August Friedrich Albrecht Schenck, Anguish / Angustia (1878). Galería Nacional de Victoria (Australia).
August Friedrich Albrecht Schenck, Anguish / Angustia (1878).
Galería Nacional de Victoria (Australia).

En su continuo debate entre una poesía inmanentista o una poesía trascendente, el poeta ha encontrado tres formas de trascender el tiempo y la muerte: a través de la propia creación poética; a través del encuentro con el otro (la mujer, los amigos, otros poetas que son «magos» o «aprendices de brujos» como él); a través, en fin, de la búsqueda incesante de Dios. Y al final de ese debate interior prolongado a lo largo de cincuenta años de actividad poética, Amadoz se inclina decididamente hacia la trascendencia.

Los principales temas abordados y reiterados constantemente en su obra, los que la recorren y vertebran, son los siguientes: 1) la reflexión sobre el hombre (su condición, su destino y su libertad, su vida y también su muerte); 2) la reflexión sobre la creación poética; 3) el encuentro con el otro, ya sea a través del amor (la mujer, la belleza, el deseo, la pasión…), ya a través del amigo, del hermano (la solidaridad, el con-sentimiento con los demás); y 4), en un lugar muy destacado, el diálogo con un Dios que a veces se oculta y calla su presencia (el deseo de trascendencia más allá del tiempo y de la muerte, la aventura de una problemática fe vivamente deseada y por la que se termina apostando a ojos cerrados…). En suma, tanto por los temas que aborda como por la profundidad de pensamiento que encierra, la poesía de Amadoz puede ser calificada de filosófico-conceptual, con ribetes, en ocasiones, de religiosa. Citaré a este respecto las siguientes palabras de Ángel Raimundo Fernández:

La poesía de José Luis Amadoz ha sido considerada como «compleja» y es posible que sea así porque arranca de una visión o «cosmovisión» lograda a base de elementos culturales y biológicos (no podemos olvidar que es doctor médico y que cursó Filosofía) que introducen y acompañan al hombre en el cosmos del que es rey, pero bajo la mirada de un Señor al que apela de vez en vez. Y aspira, además, a que su sueño se cumpla y se perpetúe en la especie[1].


[1] Ángel Raimundo Fernández González, «Río Arga» y sus poetas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura), 2002, p. 78. Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.