«Una ciudad del norte» (1999), de Pedro Ugarte

Pedro UgarteUna ciudad del norte, de Pedro Ugarte (Vitoria, Editorial Bassarai, 1999), novela la vida de Jorge, contada en primera persona, desde su infancia hasta que entra en la cuarentena, lo que se corresponde, aproximadamente, con los años que van desde las postrimerías del franquismo y la transición hasta nuestros días. Ugarte retrata la dura realidad del País Vasco de esas décadas, con especial incidencia en los problemas de la violencia callejera y el terrorismo. En ningún momento se indica el nombre de la ciudad en que ocurren los hechos, pero esa ciudad del norte a la que alude el título es, sin duda alguna, Bilbao (sí se menciona el nombre de Indautxu, el barrio donde ha nacido el protagonista). Esa anonimia de la ciudad se explica porque Jorge se siente «un hombre triste, avergonzado, acorralado en sus insignificantes problemas, acorralado en uno de tantos barrios de una ciudad desconocida, una ciudad sin nombre, como siempre quise que fuera la mía» (p. 186). En su relato, él siempre aludirá a ella con expresiones genéricas del tipo «la ciudad», «mi ciudad», «una ciudad del norte», y su visión de la misma es siempre negativa: se trata de «una ciudad monótona y cobarde» (p. 40); «aquella lúgubre ciudad» (p. 119); «esta maldita ciudad» (p. 255), cuyas calles constituyen un laberinto inhóspito y cruel (p. 164), amenazador, que dificulta el mantenimiento de las relaciones personales y sociales.

Jorge y sus antiguos compañeros del colegio de jesuitas, ya «instalados en los confortables recovecos de la clase media» (p. 233), siguen viéndose en los partidos de fútbol de las mañanas de los sábados; todos están «varados en esa ciudad donde nacimos, sirviéndola y sirviéndonos de ella» (p. 66). El protagonista subraya el declinar de su ciudad (se habla de «aquellos bancos que en su tiempo dieron fama a la ciudad y que ahora se hallaban domiciliados muy lejos de nosotros», p. 69), aunque siga conservando una reputación «rancia, inútil, patética» (p. 66), una alcurnia avejentada y decolorada:

Esos atareados símbolos engañaban a la ciudad y la persuadían de que aún era algo importante en el concierto universal, en la decisiva red de centros financieros e industriales que recorre el planeta. Por supuesto, se trataba de un engaño interno, sin ninguna consecuencia favorable, pero a la ciudad eso le bastaba. A la ciudad, en realidad, le bastaban muy pocas cosas (p. 300).

Esa «mentira» de la ciudad se corresponde, de alguna manera, con las «mentiras» del protagonista, con sus sucesivos fracasos laborales y sentimentales. Así ve Jorge la red de relaciones sociales en su problemática ciudad:

Las ciudades como la mía son pequeñas mesas de billar donde las bolas entrechocan sin cesar y los avatares personales traman imprevistas consecuencias. La gente se ve y se vuelve a ver, pierde la pista de los otros durante algunos años hasta que surgen otra vez, transfigurados, en un punto distante de la escala social. Sólo en ciudades como la mía (tan alejadas de la comunitaria aldea como de la vasta soledad de las metrópolis) la vida se parece a un juego de azar y las personas se comportan como fichas en un reducido tablero, condenadas a distanciarse y a volver a chocar, interminablemente, en una especie de endiablada carambola (pp. 122-123).

Negativa es también la imagen que de la ciudad tienen otros personajes, como Eddie:

Eddie rechazaba aquella ciudad donde no valían de nada los principios vitalistas, porque cierta inmundicia interior era lo único que ayudaba a sobrevivir en su general oscuridad, en sus calles estrechas, envueltas en permanentes cortinas de lluvia, una ciudad que obligaba a recluirse pronto en casa durante los tristes atardeceres invernales, una ciudad del norte donde sólo la resignación servía para encontrar cierto acomodo (pp. 119-120).

«El caballero del Cid», de José Luis Olaizola: valoración final

El caballero del Cid, de José Luis OlaizolaEn otro orden de cosas, hay que destacar que el autor sabe imbricar con acierto los dos planos de la narración, los elementos históricos y los de ficción. No es solo que el Cid, en medio de sus campañas en el Levante, halle tiempo para interesarse por las cuitas amorosas de Efrén; también doña Jimena y sus damas siguen con interés la hermosa historia de amor que viven, con muchas dificultades, Efrén y Rucayya. En fin, cuando el muchacho logra encontrar el famoso tesoro que buscaba, los hombres del Cid lo venden y con el dinero obtenido compran armas para el ejército, que servirán para la conquista definitiva de Valencia. Por medio de pequeños detalles como estos se fusionan ambos planos de la obra.

La novela, en la que no han faltado las aventuras y los amores, termina con un desafío, un duelo caballeresco en el que van a estar en juego el honor de un caballero cristiano y el alma de una delicada doncella. En efecto, al final, Efrén desafía a Abid Muzzafar por felón y traidor; este ordena a un sayón que le rompa al joven dos dedos de la mano derecha y dos costillas (para asegurarse de combatir con ventaja), pero cuando pelean el tercer viernes de junio de 1089, el joven logra vencer y, en lugar de perdonar a su enemigo, lo degüella, dejándose llevar por el odio. Entonces Rucayya le dice que no puede ser su esposa, por haber matado a su hermano, que le pedía clemencia. Efrén se da cuenta de que va a perder para siempre el único amor de su vida y decide profesar en Cardeña, de la misma forma que su amada va a hacerlo en las benedictinas de Estella. La melancolía tiñe su alma y siente un total despego por la vida, de forma que ahora pelea temerariamente en las luchas del Cid. Pero será el propio don Rodrigo quien facilite a Efrén la solución para un final feliz, al ordenarle que saque a Rucayya del convento y se case con ella. Los vendedores de noticias —nos dicen las últimas líneas del relato— hablan de un caballero indomable que combate con una sola mano y que marcha con el ánimo muy alegre hacia Navarra…

El final es abierto, pero esperanzado: no se cuenta el desenlace definitivo, pero se adivina la posibilidad real (facilitada por el Cid) de la unión feliz de Efrén y Rucayya. Es a lo que apuntan las palabras que leemos en la contracubierta del libro: «El caballero del Cid, novela con toda la frescura de los romances fronterizos y de las primeras novelas artúricas, transportará al lector a aquel tiempo en que Europa era aún tan joven que el más grande de los héroes épicos hacía un alto en su guerrear para propiciar que la historia de amor del más gentil de sus caballeros tuviera un alegre final». Es esta, en suma, una novela amena y fácil de leer, con buenas dosis de amores y aventuras, que puede contribuir a acercar, de forma indirecta, al conocimiento del personaje del Cid entre un público amplio.

Rodrigo y Jimena en «El caballero del Cid», de José Luis Olaizola

La novela de Olaizola nos va retratando a un Cid buen guerrero y buen estratega, que es un cumplido caballero, «el más notable caballero del orbe conocido» (p. 70), que está llamado a ser modelo de caballero cristiano por los siglos de los siglos. En una época en la que abundan los caballeros iletrados, el Cid es una excepción, pues sabe escribir en romance, latín y árabe (pp. 89-90). Además, su autoridad de mando militar se ve reforzada en los consejos con sus conocimientos de Derecho, en los que está muy versado.

Es, claro, una persona que se debe al honor: para él, se afirma, el honor de cualquiera de sus caballeros vale más que todos los reinos de España juntos, «pues el honor era patrimonio del alma y el alma era de Dios» (p. 129), según había aprendido del abad de Cardeña (se adelantó, pues, unos siglos con esta formulación el buen dom Sisebuto a Pedro Crespo, el famoso personaje calderoniano de El alcalde de Zalamea). Igualmente, «en lo que afectaba a la palabra dada, el Campeador era irreductible» (p. 126). Sin embargo, don Rodrigo es sensible ante el dolor ajeno y se interesa por personajes desventurados como el joven Efrén: «Cuentan las crónicas que, aun siendo tan aguerrido para la vida, era muy tierno en lo que atañía a determinados aspectos de las personas» (p. 128). En definitiva, tanto para sus amigos como para sus enemigos, el Cid era un guerrero sin igual, el más famoso y cumplido adalid de la cristiandad.

Hay también algunas referencias al personaje de Jimena. La sanadora Ermelinda le cuenta a Efrén cómo el Cid conoció a la joven Eximina y cómo se hicieron sus desposorios (pp. 96-97).

El Cid y doña Jimena

Después de casados, doña Jimena aconseja sabiamente al Cid acerca de los matrimonios de sus hijas, sobre la necesidad de conquistar Valencia… y es por ello muy respetada entre los caballeros de su mesnada. Se la describe como una mujer con señorío y atractiva en su madurez (p. 118), y se introduce algún detalle humorístico, a propósito de su afición a tomar baños, al afirmarse que

obligaba a hacer otro tanto a su egregio esposo, y sobre este extremo los otros caballeros, pese al respeto que debían a su señor, se permitían algunas chanzas, pues resultaba insólito que quien tanto poderío tenía sobre tantas gentes hubiera de plegarse al capricho de tomar aguas como si fuera un doncel en vísperas de sus nupcias (pp. 118-119).

La galería de personajes de la novela no es demasiado amplia, pero incluye varios otros interesantes: la Lince, pérfida y astuta mujer cuya actuación perjudicará seriamente a Efrén; el ermitaño Juan, que también acabará formando parte de las mesnadas del Cid; la viuda Zaynab y su bella hija Aisa, con la que casa Maksan (ambas están interesadas en que el viejo confiese dónde se encuentra el tesoro); Abid Muzzafar, el malvado de la novela, que asesina vilmente a Maksan y la Paciana y da tormento a Efrén (en su mirada, se nos dice, se percibe la pasión por la muerte y la destrucción); el judío Ben Elifaz, que administra sabiamente los bienes del Cid; algunos de los hombres del Cid como Minaya, el conde Pedro Peláez, Martín Antolínez, o el abad de Cardeña dom Sisebuto.

Rodrigo Díaz de Vivar en «El caballero del Cid», de José Luis Olaizola

Aunque el Cid no ocupa el lugar protagónico de la novela de Olaizola, sí que es un personaje con una intervención destacada, sobre todo en la resolución del conflicto amoroso de Efrén. En las pp. 61-62 el novelista nos ofrece su descripción física:

Contaba a la sazón el Cid Campeador algo más de cuarenta años y la figura la seguía teniendo muy hermosa, siempre erguida, como quien está más acostumbrado a la silla de montar que al regalo de más cómodos asientos; los ojos los tenía garzos y la barba rubia, con no pocas canas blancas. En el vestir poco se diferenciaba del resto de los caballeros, salvo en las espuelas de plata muy repujada, regalo de un judío llamado Elifaz, que fue gran devoto de su persona. Ben Elifaz, hijo de Elifaz y continuador de sus negocios, fue quien le regaló el caballo Babieca, con su silla de montar y sus arzones de plata y oro, y su pedrería incrustada e hiladas de la misma especie en la cabezada del freno.

Luego, de forma concisa, se resumen los principales datos históricos sobre el personaje (mezclados, eso sí, con algunas concesiones a la fantasía literaria), comenzando por sus orígenes y sus primeros hechos de armas:

El Campeador había nacido en Vivar, aldea de Burgos, hijo de un infanzón de segunda nobleza que le había dejado por toda herencia dos molinos en las márgenes del río Ubierna, a su paso por Vivar. Pero de tal modo estaba dotado por la naturaleza para el oficio de guerrear, y para la vida en general, que el infante don Sancho, primogénito de Fernando I, emperador de León, Castilla y Galicia, le nombró alférez, y como tal hubo de combatir en lid singular de caballeros armados contra el conde de Lizarra, tenido por el más invencible de los caballeros cristianos, por la posesión del castillo de Pazuengos, en la frontera con Navarra. Rodrigo Díaz, que apenas contaba veinte años de edad, le dejó tendido sobre el palenque al segundo envite, y fue tan sonado el duelo, al que asistieron hasta nobles de la parte de Cataluña, que desde ese día comenzaron a llamarlo el Campeador, que quería decir vencedor en las armas y en la vida.

Poco después hubo de desafiar al moro Hariz, famoso por su estatura, por la plaza de Medinaceli. El duelo tuvo lugar en los prados de Barahona el 27 de septiembre del año 1067, y en esta ocasión el castellano le cortó la cabeza de un solo mandoble, con tal limpieza que el caballero siguió trotando sobre su corcel, erguido y con la cabeza fuera de su sitio. A partir de ese día comenzaron a llamarle «Cidi», en hebreo, que en árabe y castellano quería decir Mio Cid, o mi Señor.

El Campeador era fidelísimo al rey Sancho, que de tal modo le había distinguido, y por obedecerle se empeñaba en estos duelos singulares, pese a que la Iglesia los tenía prohibidos, y el abad dom Sisebuto, del monasterio de Cardeña, de quien el Cid era muy devoto, le había advertido que, de continuar por ese camino, acabaría siendo excomulgado. El Campeador daba muestras de contrición, pero cuando se presentaba la ocasión de lidiar en el palenque acababa cediendo.

Como alférez real mandó las tropas castellanas del rey Sancho que en Golpejera derrotaron a las de su hermano Alfonso; y como pareciera milagro que estando siempre en la primera línea, combatiendo contra varios caballeros a la vez, no recibiera nunca heridas de consideración, comenzóse a correr la voz de que una gallega, de nombre Ermelinda, santera en el monasterio de Cardeña, muy diestra en el arreglo de los huesos del cuerpo humano, le había colocado su centro de equilibrio de tal manera que nunca pudiera ser herido por arma enemiga (pp. 65-67).

Los éxitos militares prosiguen, pero, tras la muerte del rey Sancho, comienzan las desavenencias con su nuevo monarca, Alfonso VI, y las intrigas cortesanas que culminarían con el destierro:

Las batallas se sucedían y de todas ellas salía vencedor el Campeador, excepto de la más principal, la de Zamora, en la que no supo defender la vida de su señor, el rey Sancho, que murió a manos del caballero italiano Vellido Dolfos. Cuentan que fue la única derrota que había de conocer en su vida, pero no por eso menos dolorosa, pues no sólo perdió a un amigo bienamado sino que a éste le sucedió su hermano Alfonso VI, a quien, en su condición de alférez real, hubo de tomar juramento en la iglesia de Santa Gadea de Burgos de no haber participado en la muerte de su hermano, y desde aquel día fue apartado de la corte. Y más tarde, por intrigas del valido del rey Alfonso, el conde de García Ordóñez, conocido como el Boquituerto por traer la boca torcida, incurrió en la ira regia, siendo castigado con la pena de destierro.

Mucho dolió tal injusticia al Campeador y, por el contrario, no menos contentó a sus caballeros, sobre todo a los más jóvenes, ya que, conforme al Fuero Viejo, el caballero desterrado tenía derecho a ganarse el pan en tierra de moros, y soñaban que, dada la estrella de la fortuna de su señor, todos habían de volver ricos a Castilla. Y no les faltó razón porque encontraron gran provecho a la sombra del Campeador, unas veces guerreando por cuenta propia y otras poniéndose al servicio de un gran señor. El más principal de éstos fue el rey moro de Zaragoza, Mutamín, que le nombró jefe de todos sus ejércitos y le hizo construir un palacio a orillas del Ebro que no desmerecía del suyo de la Aljafería. Amigos entre los moros tuvo muchos el Cid Campeador, y hasta le tomó afición a su habla, que la manejaba con tanta soltura que era la admiración de los cadíes y los faquíes musulmanes, que le respetaban y tenían en mucho su amistad. Eran tan evidentes sus dotes en todos los órdenes de la vida que el más grande de los escritores árabes de la época, Ibn Bassam, lo calificó de «maravilla del Creador».

La malevolencia le venía más bien de los cortesanos de León, encabezados por el Boquituerto, de los que el Campeador procuraba estar distante, sin querer combatirlos, por fidelidad al rey Alfonso, a quien había besado la mano en Santa Gadea (pp. 67-68).

El rey Alfonso VI

Los tributos cobrados a los reinos moros permiten al Cid armar un ejército cada vez más poderoso, con el que poder emprender nuevas acciones bélicas en el levante peninsular:

Cuando Efrén conoció al Campeador andaba barruntando la conquista del Levante hispánico porque el judío Elifaz, antes de morir, le había profetizado que su destino estaba por donde se levantaba el sol. Y el Campeador, aunque buen cristiano, tenía en mucho esa clase de augurios, mayormente viniendo de personas que le querían bien, hasta el extremo de brindarle dineros y empréstitos para armar un ejército que, bajo su mando, había de resultar invencible. Pero el Cid no gustaba de esa clase de compromisos y prefería ir combatiendo a los reyes y reyezuelos que se extendían desde León hasta el Levante y, según los vencía, brindarles su protección, cobrándoles las correspondientes parias conforme a las costumbres de la época (p. 68).

«El caballero del Cid», de José Luis Olaizola, novela de aventuras y de aprendizaje

Como hemos podido apreciar por el apretado resumen del argumento de la entrada anterior, es el joven Efrén, y no el Cid, el verdadero protagonista de la obra de Olaizola, que es, no tanto una novela histórica, sino más bien una novela de aventuras ambientada en un determinado momento histórico, y que maneja los ingredientes tradicionales de la novela de aventuras (lo que, dicho sea de paso, puede hacerla atractiva también para un público juvenil). Así, no falta la pareja de héroes jóvenes, Efrén y Rucayya, que viven unos amores puros pero contrariados, ni el villano de turno, el citado Abid Muzzafar, que los persigue sin compasión.

Por otra parte, también podemos calificar El caballero del Cid como una novela de aprendizaje, en tanto en cuanto nos describe la formación progresiva de Efrén: su primer maestro es Maksan, el hombre anciano y sabio con el que permanece en la sierra hasta los dieciséis años y que, además de lo relativo a la caza, le transmite otras enseñanzas (por ejemplo, el conocimiento de que todas las glorias humanas son perecederas); esa formación «para la vida» la completa Efrén con un ermitaño que encuentra en el monte cuando se dedica a cuidar una piara de cerdos; el arte militar se lo enseña Alvar Háñez Minaya (pasa a su lado los años 1086-1089), mientras que las letras las aprende en el monasterio de Cardeña.

Minaya Álvar Fáñez

El carácter de Efrén se va formando con el paso del tiempo; al principio, como no ha llegado a conocer a sus padres y ha pasado sus primeros años en una tierra fronteriza, no sabe muy bien a qué mundo pertenece, ni siquiera si es moro o cristiano: «Soy de Naciados, y allí somos de unos y de otros» (p. 18), le explica a Maksan cuando este le pregunta por su religión; y poco después apostilla el narrador: «como tantos otros de los naturales de Naciados, no estaba seguro de si era moro o cristiano, ni si le convenía ser lo uno o lo otro, en el caso de que se decidiera a seguir el oficio de vendedor de noticias» (p. 21).

Una recreación cidiana: «El caballero del Cid», de José Luis Olaizola

El Cid CampeadorDe entre las recreaciones literarias del Cid —que han sido muchas a lo largo del tiempo, y escritas con intencionalidades y enfoques muy variados—, hoy quiero centrar mi atención en la novela El caballero del Cid, de José Luis Olaizola (Barcelona, Planeta, 2000). En ella el Cid no es el personaje principal, sino que aparece más bien en un segundo plano, aunque con una intervención destacada. En efecto, la novela se centra en la peripecia de Efrén, un muchacho que conocerá al Cid, entrará en su mesnada como cetrero y terminará siendo nombrado caballero. Así lo anuncian las primeras palabras de la novela: «Ésta es la historia de Efrén, el eslavo de las mesnadas del Cid, natural de Naciados, en tierras de Cáceres, cuyos habitantes estaban  mal vistos porque se ganaban la vida vendiendo noticias en tiempos de guerra, que en aquellos años del siglo XI lo eran casi todos» (p. 7).

Efrén es hijo de un normando y una mora del harén del cadí de Barbastro. Como su madre murió en el parto, se crió con la Paciana, la partera, que se considera por ello con derechos sobre él. Y como Efrén es un muchacho atractivo (es rubio, tiene ojos azules…), cuando crece, la Paciana, que es mujer harto codiciosa, quiere venderlo a un visir del rey de Granada. Así lo hace, pero un eunuco ayuda a escapar a Efrén; el mulero Temin lo salva de morir congelado en la sierra y luego, durante años, va a vivir con el cabrero Maksan, con el que comparte años trashumantes por los bosques, sierras y quebradas de las Alpujarras. Con él aprenderá a cazar, a tirar con arco y, sobre todo, a tratar con los animales: Efrén cría lobeznos y aguiluchos y, además, tiene un don especial que le permite entender el habla de las fieras salvajes y hacer que le obedezcan en todo momento.

Efrén conoce al Cid en cierta ocasión en que el Campeador se encuentra en una situación apurada: está separado del grueso de su mesnada, perdido en una hondonada de la Sierra Madroñera, con muy pocos hombres y rodeado de un ejército de moros y cristianos que quieren acabar con él (véanse las pp. 7 y 60). Como Efrén domina el arte de la cetrería, a la que el Cid es muy aficionado, se gana su confianza, pese a los recelos iniciales de Alvar Háñez Minaya, que desconfía de los de Naciados. Este es el inicio de la relación entre ambos. Después, el guerrero burgalés se convertirá en protector del joven muchacho, y Efrén le será fiel en todo momento, siendo su sueño morir por el Cid. Rodrigo pide a Minaya que le enseñe a ser un buen guerrero y un buen cristiano y, en efecto, Efrén terminará siendo armado caballero: adoptará el nombre de Efrén de la Santa Cruz de Moya y se convertirá en el cetrero mayor y batidor de caza de la mesnada.

El Cid también apoyará a Efrén en la búsqueda de un tesoro y en sus pretensiones amorosas, aventuras ambas en las que correrá graves peligros. El tesoro, procedente del saqueo de la Cueva Dorada, donde se guardaba la fortuna del cadí de Cazorla, está oculto en Quebrantahuesos e incluye el famoso ceñidor de la sultana Zobeida, sobre el que parece pesar una maldición, pues todos los que lo poseen acaban en desgracia; solo el viejo Maksan sabe su localización y, en atención a los años felices compartidos con Efrén en Sierra Nevada, le confesará dónde poder encontrarlo. Por otra parte, Efrén se enamorará de Rucayya, una joven cristiana, huérfana como él, toda sencillez y encanto, a la que han obligado a renegar de su fe para que contraiga nupcias con el rey Abdalá de Granada. El mayor enemigo de Efrén será precisamente el hermano de Rucayya, el malvado Abid Muzzafar, un cristiano renegado, que también anda tras la consecución del tesoro. Pues bien, el Cid será el principal valedor del muchacho tanto en su búsqueda del tesoro como en su aventura amorosa.

«En tiempo fechado» de Jorge Guillén: la identidad personal

El tema de la identidad tiene cierta importancia en la primera sección; tal vez convendría recordar que uno de los valores propugnados por Guillén había sido el de la autenticidad. En el poema «Una pregunta», la voz lírica, la de la princesa Juana, regente del trono en ausencia de su hermano Felipe, se pregunta: «¿Quién soy?» y «¿De veras seré yo mis apariencias?», preguntas que anuncian ya este tema. El tema de la identidad, de la no identidad mejor, continúa en el poema «El burlador», ya que se afirma que pese a —o precisamente por— sus astucias, sus engaños, sus burlas y su cinismo, él mismo es consciente de que «Toda su vida es mentira». No debemos olvidar que el mito de don Juan es uno de los que más interpretaciones y versiones han tenido a lo largo de la historia de la literatura universal, habiéndose discutido ad nauseam la identidad y el carácter de este personaje de ficción. De hecho, en la tercera sección hay otro poema, «Gallardo y calavera», en el que Guillén retomará el tema de don Juan, citando las versiones de Tirso, lord Byron y Zorrilla; estos últimos son donjuanes «sin prestancia antigua» y culpables «de tanta superficie»: en el fondo, falta de identidad, de autenticidad.

Don Juan

Volvamos a la primera sección. En «Don Álvaro o “la ausencia de sino”» el tema de la identidad o falta de identidad está sugerido desde el título, que modifica el de la obra del duque de Rivas, Don Álvaro o la fuerza del sino. En el poema de Guillén leemos: «Nació en alguna parte. No es de ninguna parte. / En tierra no arraigado. Ninguna identidad». Coincide plenamente con el personaje de don Juan en, al menos, estos dos rasgos: la falta de autenticidad y la no paternidad; este segundo rasgo no se menciona en los dos poemas referidos a don Juan, sí en este de don Álvaro: «A gusto en superficies. Hondo jamás. No es padre».

Otro poema que trata el tema de la identidad es «Soy y no soy», perteneciente a la tercera sección. El título, claro está, hace referencia a las archiconocidas palabras del shakespeariano príncipe de Dinamarca, «to be or not to be», modificadas ligeramente aquí por Guillén al sustituir la conjunción disyuntiva por la copulativa, «to be and not to be». El caos personal surge de ese ser y no ser a un mismo tiempo:

Se busca y no se encuentra.
¿Quién es? Jamás lo sabe.
Direcciones contrarias
Le conducen a un caos,
El caos de sí mismo,
Un tormento infernal
Le exige destrucciones,
El flujo de los odios,
Ser y No Ser, atroz destino.

Y no alcanza jamás el Ser, fecundo.

Por último, es interesante el poema en el que el autor reflexiona de algún modo sobre su propia identidad personal partiendo del análisis del significado de su nombre: el poema «Un nombre» comienza con una autocita de un poema suyo titulado «Geórgica personal», perteneciente a Homenaje[1], en el que identifica su nombre, Jorge, con el étimo griego geo, ‘tierra’. En este de Final dice: «Mi nombre es una vía ya terrestre / Que sólo enfoca mi destino humano»; y añade: «Que no es fatalidad perturbadora / Sino humildad, conciencia de mis límites». El poeta es consciente de que es tierra y de que en tierra se ha de convertir (parafraseando la frase del Miércoles de ceniza). El hombre muere y vuelve a la tierra cuando es enterrado; Guillén lo asume sin preocupación: «Heme aquí, mientras vivo en este globo, / Entre amor y terror yo soy terrestre». Hay otros poemas de «En tiempo fechado» en los que encontramos afirmaciones semejantes; el primer verso de «La tierra y el hombre» decía: «Hombre y Tierra. Los hombres son de tierra»; y en el poema «Vicente Aleixandre» se insistía también en la misma idea: «Ah, no se pierda jamás el incesante / Contacto con la tierra. / Así prolongaremos nuestros seres. / “Hechos ya tierra viva.”»[2].


[1] «En Colombia muchos Jorges / Encuentro por todas partes / Y me digo: no te forjes / Ninguna ilusión. Descartes / Frente a los ojos me pinta / La idea clara y distinta. / ¿Jorge es un nombre más feo / Que Georges o Giorgio? La tierra / Con sus prodigios nos cierra / La boca. (Jorge, de «geo»…)». Esta «Geórgica personal» pertenece a la tercera sección de la segunda parte, «Atenciones». Guillén juega con su nombre en el poema «J. G. (1893-19  )», situado al principio de «Fin», la sexta parte de Homenaje, donde leemos: «Jorge Guillén, castellano, / George William en inglés, / Da con el nombre la mano, / Y así ya dice quién es: / Varón sin truco ni treta, / Giorgio Guglielmo, poeta».

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «La cuarta parte de «Final», de Jorge Guillén: «En tiempo fechado». Ordenación temática»Rilce. Revista de Filología Hispánica, 13.1, 1997, pp. 74-101.

«En tiempo fechado» de Jorge Guillén: la preocupación ética (y 2)

En la entrada anterior habíamos examinado lo relacionado con la ética individual. Es en la tercera sección donde aparecen los poemas de contenido social o político. Seré más breve: «La buena doctrina» afirma que el segundo pecado, después del homicidio, es «La soberbia del yo», la egolatría, el narcisismo, el excesivo individualismo. Vuelve a rechazar Guillén las dictaduras, los regímenes totalitarios que uniformizan todos los pensamientos («Agencia de viajes»); crítica el comportamiento incivilizado de parte de la juventud actual como expresión o reflejo de un mundo desorientado, sin valores, en estas últimas décadas del siglo, y se pregunta: «¿Qué saldrá de este caos nuclear?» («Casi metamorfosis»). Plantea los problemas de incomunicación en la sociedad actual («La incomunicación»), pero dejando ya paso en este poema a la esperanza, como es habitual en Guillén: «Bípedos parlanchines, no perdamos / La fe. No somos todos delincuentes. / Vosotros los humanos, sois capaces / De más, de Mucho Más».

«Guerra total» introduce otro aspecto distinto de los supuestos negativos: la intolerancia racial y religiosa, ejemplificada en este caso con un suceso histórico: el de la no posible convivencia de cristianos y moriscos una vez finalizada la Reconquista española. Es muy posible que exista también una afirmación velada de que las cosas seguían igual de mal todavía en la España franquista, por las referencias a «Movimiento en quietud» y «Los principios eternos». El título «Caza mayor» supone la base de una metáfora: la guerra es una cacería en la que el prójimo es la gran presa; y la culminación de todos los horrores de la guerra es el bombardeo de ciudades: «Crimen total, sobre ciudades bombas, / Suma culminación. ¡Oh Siglo Veinte!» (por desgracia, la protesta de Guillén sigue teniendo actualidad hoy día). Este tono imprecatorio con que acaba el poema, de reproche contra el siglo XX, se repite con cierta frecuencia en su poesía. Tampoco aquí parece haber puerta abierta para la esperanza.

Ciudad bombardeada (Londres)

Otro aspecto negativo de nuestro siglo XX lo constituyen «Los tiranos», que es el título de otro poema. Después de clasificarlos en tres tipos: «El loco, el perverso, el vulgar», clama de nuevo el poeta contra nuestra centuria: «¡Cuantos asesinados! Siglo XX. / Maravillosa técnica científica». Es otro poema en el que, de nuevo, no se deja paso a la esperanza; las palabras finales del poema son claras: «(Fin de lectura: el horror —No, no, por Dios, el vómito.)».

«Lo pésimo» introduce los temas del exterminio judío («Lo peor: aquel Auschwitz. El horror se razona») y de la guerra civil española («La guerra que es cruzada. Son cómplices los dioses»). «Arte del terror» enlaza con los poemas que denuncian una posible nueva guerra mundial. En «¿Fin del mundo?» el poeta responde negativamente a la pregunta del título: «Me resisto a creer en tal locura», aunque la «Historia de la Bestia Humana» haya sido toda un cúmulo de guerras y violencias, de «Terror y destrucción total». Lo único que se puede oponer a tal absurdo es «La esperanza, sustancia del viviente»:

Larga marcha nocturna hacia la aurora, Hacia más luz, hacia existencia activa Con trabajos continuos y difíciles, Insertos en un mundo que es de todos. Y juntos nos salvamos o perdemos, Porque el destino sigue en nuestras manos.

¿Y el amor? En las bases y en las metas.

El poema, que es el último de todos los que tratan estos temas, acaba de nuevo —como ocurría con los poemas relativos a la ética individual, como ocurre casi siempre en Guillén— con una nota de esperanza: «Frente al gran horizonte luminoso, / A esta paz tan concreta, bien vivida»[1].


[1] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «La cuarta parte de «Final», de Jorge Guillén: «En tiempo fechado». Ordenación temática»Rilce. Revista de Filología Hispánica, 13.1, 1997, pp. 74-101.

«En tiempo fechado» de Jorge Guillén: la preocupación ética (1)

Son varios los poemas en los que podemos apreciar lo que he denominado «preocupación ética» de Jorge Guillén. El poeta, en el discurrir de sus versos, va apuntando distintos valores o virtudes que deberían constituir, según él, el código de comportamiento moral del hombre[1]. Este sería el aspecto personal, individual, de esa preocupación ética. Por otra parte, existen numerosos poemas en los que la preocupación está centrada en aspectos sociales: es decir, el hombre en relación con los demás hombres. Son poemas de contenido incluso político que se relacionan con los de la parte tercera de Final, «Dramatis personae» (y, de los libros anteriores, con Clamor).

Comentaré primero el aspecto personal de la preocupación ética guilleniana. Por ejemplo, en «Job, múltiple doliente» se elogia la paciencia y la humildad de aquel varón: la primera parte del poema es la exposición de la historia bíblica con la aceptación sin condiciones por parte de Job de todas las desgracias y adversidades que inopinada e injustamente le llegan; la segunda viene a ser su aplicación práctica pues, como se indica, «Sin cesar Job renace, sufre, clama».

Santo Job, de Léon Bonnat

Los poemas «Diógenes», «Con Lao-Zi» y la traducción libre de «En la partida de Zaragoza», de Selomó Ibn Gabirol —este poema es ya de «Otras variaciones»— pueden relacionarse por contener los principios ante la vida del filósofo cínico, los del filósofo taoísta y los de un sabio que vive entre personas ignorantes y rudas. Después de reconocer que «El arte de vivir es muy difícil», los valores que se afirman en el primer poema son la esperanza, que es el «valor máximo de la vida»; la libertad: «libertad ante todo»[2]; la humildad: «Yo he despojado toda vida humana / De su soberbia»; la sobriedad: «Pan, alforja, sayal, bastón y copa»; y, sobre todo, la dignidad humana en sí misma: «—Si eres hombre ¿no sientes / Que es fiesta cada día?».

En el segundo poema se insiste en algunos de estos valores —la humildad, la sobriedad— y se añaden otros: el amor, la autenticidad, la prudencia, la sabiduría. Así, leemos frases como: «Lo auténtico se busca»; «Por rutas de ambición se pierde el hombre. / Se quiere ser auténtico»; «“Poseo tres tesoros: El amor, / Sobriedad. No atreverme a ser primero”»; «La verdad ante todo» o «“Todo es siempre difícil para el sabio”».

En el poema de «Otras variaciones» se añade la amistad: «Y tal sed tengo / De amistad que se cree saciada sin estarlo»; y una actitud de aceptación serena ante la muerte: «Toda alegría es dolor. / Mi último dolor será alegría».

En definitiva, recapitulando, paciencia, humildad, sobriedad, libertad, autenticidad, prudencia, sabiduría, amor, amistad; tales serían los principales valores que apuntalarían el código ético guilleniano sugerido —no expuesto sistemáticamente— en estos poemas.

En «Contemplando Florencia» se nos habla de un paseante que se recrea en las «concretas maravillas» del paisaje; parece querer decir el poeta que basta con desear cosas sencillas para alcanzar la felicidad: «Son a las que yo aspiro». Muy importante me parece también el poema «Una sabiduría», en el que Guillén contrapone la ley vetotestamentaria «“el quinto, no matar”» con la enseñanza de Jesucristo «“Amaos ya los unos a los otros”». En definitiva, lo que se quiere decir es que como pauta de comportamiento no debe bastar el no hacer daño a los demás, sino que cada persona debe buscar el bien de sus semejantes, del prójimo. Toda una doctrina ética encerrada en siete versos, en un solo verso: «“Amaos ya los unos a los otros”»; así lo afirma el poeta: «He ahí mi mejor sabiduría».

Frente a esos valores positivos que se van esbozando, van apareciendo los principios negativos que se alzan en el mundo; en el poema «Vida corta», relativo a la muerte de Lucano, Guillén habla ya de una «feliz Barbarie rozagante»; «Inferno», con título dantesco, es una reflexión sobre los distintos infiernos de violencia y destrucción que el hombre es capaz de crear para sí y para sus semejantes en este mundo: «Los destructores siempre van delante»; «Triunfa el secuestro con olor de hazaña, / Que pone en haz la hez del bicho humano» (nótese el efecto de la paronomasia). En este poema no se aprecia el más mínimo resquicio por el que pueda entrar la luz de una cierta esperanza; todo se reduce aquí a «El infierno al alcance de la mano». Al principio del poema figura como lema una cita de Dante: «Ma tu perché ritorni a tanta noia?».

«Purgatorio» constituye una reflexión sobre la envidia: se inspira en un personaje de la Divina comedia dominado por la pasión de la envidia y que además es consciente de ella, por lo que llega a envidiar los valores positivos de los demás. Es el reverso de los poemas anteriores que propugnaban el tópico de la aurea mediocritas, de aquella dorada medianía que deseaban Diógenes y Lao-Zi, cada uno de los cuales deseaba pasar su vida «ni envidiado ni envidioso», como dijera fray Luis de León.

El poema «Crisis» es importante porque introduce otro factor negativo, el suicidio al que puede conducir esa crisis: «Soledad destruye»; pero se niega en última instancia que el suicidio sea una solución válida: «Alguien llega. Se habla con el mundo. / Hay que vivir. La realidad se impone». La colocación de este poema, prácticamente al final de la primera sección, parece ser la contestación afirmativa a todos aquellos poemas anteriores en los que no se mencionaba la esperanza: es una afirmación de la vida, que hay que vivir además en compañía, de forma solidaria[3].


[1] Ya en Cántico existe un poema titulado precisamente «Virtud» en el que podemos leer: «Tendré que ser mejor: me invade la mañana. / Tránsito de ventura no, no pesa en el aire. / Gozoso a toda luz, ¿a dónde me alzaré? / Tránsito de más alma no, no pesa en el aire. / Me invade mi alegría: debo de ser mejor».

[2] En «Pueril Paraíso», el referirse al pecado original cometido por Adán y Eva da pie al poeta para reflexionar sobre el ejercicio de esa libertad: los actos del hombre deben consistir siempre en «conciencia, libertad, elección responsable».

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «La cuarta parte de «Final», de Jorge Guillén: «En tiempo fechado». Ordenación temática»Rilce. Revista de Filología Hispánica, 13.1, 1997, pp. 74-101.

«En tiempo fechado» de Jorge Guillén: el deseo de Dios y la presencia de la muerte (y 2)

La presencia de la muerte se irá intensificando poco a poco hacia el final de «En tiempo fechado» (la cuarta parte de Final): en el poema «Misterioso» se habla de Salinas, el amigo muerto; en el titulado «La pareja», el poeta se refiere metafóricamente a la muerte, que es esa segunda persona a la que se dirige: una muerte personificada como mujer con la que se ha de realizar el último viaje (tengo en mente la obra de Casona, La dama del alba). Véanse si no estos versos:

Porque estás ahí conmigo.
Amor absolutamente
Fatal. Es nuestro destino.
Esos conatos del énfasis
Bien unidos son sencillos.
Va a salir el sol. Que alumbre
Nuestro abrazo: sol ya íntimo.

En el poema siguiente, «Otra fe también», el poeta vuelve a mostrarse consciente de que se acerca su propia muerte: «Me moriré. Mal trago triste y justo. / Esta es mi humilde fe». El último poema, en fin, que he comentado ya en otra entrada, puede considerarse como el legado testamentario de Guillén.

Jorge Guillén, Antologia poéticaHemos visto cómo la muerte se ha ido haciendo presente poco a poco en los últimos poemas de la tercera sección. La colocación de estos poemas prácticamente al final del libro —pues la quinta parte, relacionada simétricamente con la segunda, es muy breve— es también significativa. Un Guillén ya muy anciano es consciente de que su muerte no está lejana; pero al poeta le queda el consuelo y la satisfacción de que nos deja el conjunto de su obra como «Un honesto servicio de cultura». En suma, en estos poemas volvemos a encontrar, como indica Zuleta, la aceptación completa de un orden «en el que el hombre admite su mortalidad, de veras integrado en la Naturaleza»[1].


[1] Emilia de Zuleta, «Lección final de Jorge Guillén», Revista de Literaturas Modernas (Mendoza, Argentina), 20, 1987, p. 66. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «La cuarta parte de «Final», de Jorge Guillén: «En tiempo fechado». Ordenación temática»Rilce. Revista de Filología Hispánica, 13.1, 1997, pp. 74-101.