«Los de abajo» de Mariano Azuela y la Revolución Mexicana (3)

Sabemos que Mariano Azuela llegó a ser Jefe Político de Lagos de Moreno, pero por poco tiempo: pronto tuvo que dejar el cargo en manos de la misma persona a quien la Revolución le había arrebatado el poder:

Esto me dio la medida cabal del gran fracaso de la Revolución. Fue para mí el máximo instante de la desilusión, de irreparables consecuencias […]. Desde entonces dejé de ser, con plena conciencia de lo que hacía o sin ella, el observador sereno e imparcial que me había propuesto en mis cuatro novelas. Ora como testigo, ora como actor en los sucesos que sucesivamente me sirvieron de base para mis escritos, tuve que ser y lo fui de hecho un narrador parcial y apasionado[1].

Indica que su situación fue entonces la de Solís en su novela; hay un momento en que Luis Cervantes le pregunta: «¿Se ha cansado, pues, de la Revolución?», y Solís responde que no está cansado, sino desilusionado: «Yo pensé una florida pradera al remate de un camino… Y me encontré un pantano», para añadir más adelante: «La Revolución es el huracán, y el hombre que se entrega a ella no es ya el hombre, es la miserable hoja seca arrebatada por el vendaval» (pp. 134-135).

Guerrilleros

Seguimos con palabras de Azuela: «Como escritor independiente, mi norma ha sido la verdad. Mi verdad, si se quiere, pero de todos modos la que yo he creído que es». «Descubrir nuestros males y señalarlos ha sido mi tendencia como novelista»[2]. «La imagen de la Revolución, para muchos millares de revolucionarios, tenía que salir roja de dolor, negra de odio. Salíamos con los jirones del alma que nos dejaron los asesinos. ¿Y cómo habríamos de curar nuestro gran desencanto, ya viejos y mutilados, del espíritu? Fuimos muchos millares, y para esos millares Los de abajo, novela de la Revolución, será obra de verdad, puesto que esa fue nuestra verdad»[3]. No debe extrañarnos, por tanto, que Los de abajo deje entrever la desilusión tan a las claras, confirmándonos todas estas citas del propio autor el hecho de haber elegido ese tema como el principal, casi el único.


[1] Mariano Azuela, Obras completas, ed. de Francisco Monterde, México, Fondo de Cultura Económica, 1960, vol. III, p. 1070.

[2] Tomo las citas de Marta Portal, introducción a Mariano Azuela, Los de abajo, Madrid, Cátedra, 1980, pp. 15 y 22, respectivamente.

[3] Mariano Azuela, Obras completas, ed. de Francisco Monterde, México, Fondo de Cultura Económica, 1960, pp. 1266-1267.

«Los de abajo» de Mariano Azuela y la Revolución Mexicana (2)

Ese es el principal tema de lo que Mariano Azuela nos cuenta en su novela: la desilusión por lo que pudo haber sido y no fue la Revolución. Se podrían señalar otros temas menores (el caciquismo, la crueldad y la violencia, la visión del amor y de la mujer, la lucha de facciones opuestas dentro de la Revolución, la religión…), pero todos ellos dependen o están mediatizados por aquel otro.

Guerrilleros y Adelitas

Son muchos los autores que coinciden en señalar esa desilusión que muestra la novela: se habla de pesimismo, de fatalismo, se ha discutido incluso si su contenido ideológico es revolucionario o todo lo contrario, precisamente por la sinceridad de Azuela al mostrar las contradicciones internas de la Revolución. Son muchas las citas de otros estudiosos que se podrían aducir[1], pero voy a preferir remitirme al propio texto de Los de abajo para corroborar estos extremos, acudiendo también a las palabras de autocrítica del propio Azuela cuando resulten de interés. Empecemos por esto último:

En calidad de médico de tropa —escribió Azuela— tuve ocasiones sobradas para observar desapasionadamente el mundo de la Revolución. Muy pronto la primitiva y favorable impresión que tenía de sus hombres se fue desvaneciendo en un cuadro de sombrío desencanto y pesar. El espíritu de amor y sacrificio que alentara con tanto fervor como poca esperanza en el triunfo a los primeros revolucionarios, había desaparecido. Las manifestaciones exteriores que me dieron los actuales dueños de la situación, lo que ante mis ojos se presentó, fue un mundillo de amistades fingidas, envidias, adulación, espionaje, intrigas, chismes y perfidia. Nadie pensaba ya sino en la mejor tajada del pastel a la vista[2].


[1] Ver tan solo esta de Marta Portal: «Azuela es un escritor desconocido hasta el 24. Su obra revolucionaria la escribe del 12 al 18, en que nadie lo leía. Su insistencia en denunciar, auscultar, diagnosticar la realidad, a pesar de saberse no escuchado, nos dice de su honradez profesional […]. Alguien ha dicho que la posición de Azuela era contrarrevolucionaria. La tesis es insostenible, todo el historial literario y biográfico de Azuela la desacredita, porque con igual denuedo atacó al porfirismo que a la Revolución contendiente o a la Revolución triunfante. Su posición es valiente, arriesgada… y solitaria» (Proceso narrativo de la Revolución Mexicana, México, Ediciones de Cultura Hispánica, 1977, pp. 79-80).

[2] Mariano Azuela, Obras completas, ed. de Francisco Monterde, México, Fondo de Cultura Económica, 1960, vol. III, pp. 1080-1081.

«Los de abajo» de Mariano Azuela y la Revolución Mexicana (1)

Paso ahora a centrarme en el tema de la Revolución. En realidad, se podría hablar en Los de abajo de Mariano Azuela de un único tema, la Revolución, en un doble plano: por un lado, el sueño, la esperanza que significó para los mexicanos, y, por otro, la desilusión tras su «fracaso». La Revolución triunfó militarmente en un primer momento, se consiguió expulsar del poder a Porfirio Díaz. Pero entonces se vio que no era lo mismo acabar con el tirano que modificar todas las estructuras de su régimen. Se logró lo primero, no así lo segundo. Pronto llegó la división de los revolucionarios, las luchas por el poder político, en las que el interés particular se anteponía al interés colectivo. Se había hecho la Revolución, pero todo quedaba más o menos igual, los de abajo, abajo, y los de arriba, arriba (ya fuesen los mismos de antes, cambiado su nombre, ya se tratase de otros nuevos).

Caudillos de la Revolución mexicana

Azuela se dio cuenta de esta situación y eso es lo que trata de reflejar su novela. El idealista Azuela también soñó con la Revolución, pero la Revolución que se estaba haciendo no era la que él había soñado. La realidad le hace despertar del sueño. Y entonces se produce la desilusión. Tras la esperanza, llega el desencanto.

«Los de abajo» de Mariano Azuela: Demetrio Macías o el sueño de la Revolución (y 3)

Marta Portal ha señalado el paralelismo entre el hacer de Demetrio y el proceso de la Revolución:

Los de abajo es no solo la biografía de su héroe-protagonista sino, conjuntamente, la de la Revolución. O mejor, podríamos decir que los segmentos biográficos del héroe y del movimiento revolucionario crecen en la obra en tensión y convergen […]. El sentimiento de opresión que padece el héroe le obliga a revolverse contra el orden establecido, su descontento personal coincide con el descontento general que se manifiesta en grupos de alzados en toda la nación. El sentimiento del héroe se inserta en el movimiento Revolución y se hace destino. En la novela de Azuela pasamos de la necesidad de la reivindicación particular e íntima del protagonista (sin morosidad física ni psicológica) a la general, a la actividad participante, y de ahí, de la intervención en el destino colectivo en marcha que es la Revolución, a la muerte del héroe, en que el destino particular se cumple. La Revolución sigue[1].

Demetrio ha entrado en la Revolución y, una vez dentro del huracán revolucionario, resulta difícil escapar de él, de forma que termina por morir en la batalla, si bien Enrique Caracciolo Trejo, en su artículo titulado «¿El suicidio de Demetrio?»[2], plantea la hipótesis de que el jefe revolucionario no muriera abatido por los disparos de los carrancistas, la facción enemiga. En realidad, Azuela no dice expresis verbis ni una cosa ni otra, indica simplemente que «Demetrio Macías, con los ojos fijos para siempre, sigue apuntando con el cañón de su fusil…». Pienso, en cualquier caso, que el suicidio no cuadra con la figura de Demetrio Macías. Lo hemos visto caracterizado como héroe cuasi-épico, y la característica principal de un héroe es la muerte, la muerte trágica. En este sentido, es más fácil imaginar que muere pelando con los enemigos y no que se quita la vida. Se podría alegar en contra que otro personaje, el odioso güero Margarito, sí se suicida (y, en principio, tal hecho resulta bastante extraño para el lector, a tenor de su carácter). Pero la discusión resulta baladí. Cada lector puede formar su propia opinión: si son posibles varias interpretaciones, es precisamente porque el autor así lo ha querido, dejando abiertas varias posibles soluciones para el destino personal de su protagonista. De hecho, ese final con la imagen congelada —valga el símil cinematográfico— de Demetrio Macías constituye un innegable acierto expresivo.

Muerte de Demetrio Macías


[1] Marta Portal, Proceso narrativo de la Revolución Mexicana, México, Ediciones de Cultura Hispánica, 1977, p. 74. Y John S. Brushwood añade: «Es justo decir que la Revolución misma es la protagonista de Los de abajo. En un sentido amplio, sí lo es. Pero Azuela es demasiado buen novelista como para hacer abstraer algo tan intensamente humano como la Revolución. Demetrio Macías es el protagonista, aunque no cobra las dimensiones heroicas que nos gustaría que alcanzase un protagonista revolucionario. Macías se ve empujado a la revolución como una manera de defenderse a sí mismo. Al modo de un animal, retrocede y luego ataca. Piensa —o no piensa— en estos términos hasta que el curro, Luis Cervantes, trata de educarlo en la ideología revolucionaria. Demetrio no acepta fácilmente las grandiosas ideas de Cervantes, pero no rechaza sus adulaciones. Y a medida que la banda de Macías va de éxito en éxito y se incorpora a una fuerza mayor, Demetrio es deliciosamente ingenuo al asumir su nueva jerarquía. A medida que aumenta su importancia, se preocupa menos por los individuos y solo la derrota es capaz de reavivar su interés» (México en su novela. Una nación en busca de su identidad, trad. de Francisco González Aramburo, México, Fondo de Cultura Económica, 1973, pp. 315-316).

[2] Ver Enrique Caracciolo Trejo, «¿El suicidio de Demetrio?», en «Hojas de crítica», Revista Universidad de México, núm. 7, 3 de marzo de 1959.

«Los de abajo» de Mariano Azuela: Demetrio Macías o el sueño de la Revolución (2)

Marta Portal ha hablado de la alta carga mitificante encerrada en este personaje ensalzado por Mariano Azuela hasta «alcanzar una talla genérica excepcional». En la introducción a su edición de la novela indica que Demetrio

es el jefe revolucionario que Azuela hubiera querido para sí […]. En él ha puesto una carga importante de afectividad, de emotividad, consiguiendo despegarlo de la medida cotidiana, a tal punto que su grandeza es un poco irreal. El carisma de que goza y la rara ecuanimidad de sus decisiones son cualidades que configuran un misterioso poder en el héroe que le viene de fuera, de lejos»[1].

A continuación recoge este testimonio del autor sobre su personaje: «Lejos de ser un típico revolucionario, el Demetrio Macías es un tipo excepcional». Es más, Azuela dejó también escrito lo siguiente: «Si yo hubiera encontrado entre los revolucionarios un tipo de la talla de Demetrio Macías, lo habría seguido hasta la muerte»[2].

Monumento a Azuela en Lagos de Moreno

Sabemos que para construir a su personaje Azuela se basó en dos personas reales, el general villista Julián Medina, a cuyas órdenes sirvió como oficial médico, y un joven revolucionario llamado Manuel Caloca. Por supuesto, además de rasgos reales entran en el carácter de su personaje —un ente de ficción y no una figura histórica— otros elementos inventados. Así lo explica el autor:

En Guadalajara bauticé al protagonista de mi proyectada novela con el nombre de Demetrio Macías. Me desentendí de Julián Medina para forjar y manejar con amplia libertad el tipo que se me ocurrió. Manuel Caloca, el más joven de una familia de revolucionarios de Teúl, del Estado de Zacatecas, muchacho de menos de veinte años […] sucedió a Julián Medina en la construcción de mi personaje[3].


[1] Marta Portal, introducción a Mariano Azuela, Los de abajo, Madrid, Cátedra, 1980, p. 45.

[2] Mariano Azuela, Obras completas, ed. de Francisco Monterde, México, Fondo de Cultura Económica, 1960, vol. III, p. 1082. Tomo la cita de Manuel Prendes, «Los de abajo», de Mariano Azuela [guía de lectura], Berriozar (Navarra), Cénlit Ediciones, 2007, pp. 99-100.

[3] Mariano Azuela, Obras completas, ed. de Francisco Monterde, México, Fondo de Cultura Económica, 1960, vol. III, p. 1080.

«Los de abajo» de Mariano Azuela: Demetrio Macías o el sueño de la Revolución (1)

Demetrio Macías es el principal personaje de la novela de Mariano Azuela (si reservamos el término de protagonista para el conjunto del pueblo alzado en armas). Quedó ya mencionada en entradas anteriores su importante función estructural, puesto que su figura hilvana los distintos episodios y aglutina a todos los demás personajes a su alrededor. No es, ya lo indiqué, uno de los grandes caudillos de la Revolución, sino un héroe que se va haciendo poco a poco. Es un simple campesino que se alza frente a la injusticia cometida contra su persona, a título individual, no integrado en el movimiento revolucionario general. Forma su partida tras los atropellos del cacique don Mónico (que culmina con el asalto de su casa por parte de unos soldados, el intento de abusar de su mujer y, tras su huida, el incendio de su rancho).

Demetrio Macías, interpretado por Miguel Ángel Ferriz

Es valiente y decidido, pero medita bien todas sus decisiones antes de actuar. Conocedor de la tierra en que se mueve, consigue pequeños triunfos locales. Es entonces cuando se incorpora a las tropas de Natera y participa en la toma de Zacatecas, en la que desempeña un papel decisivo. Este hecho de armas le vale el águila, el símbolo del generalato en México. Toma después partido por Villa, en la lucha que le enfrenta con el otro jefe revolucionario, Carranza, por la conquista del poder. Pero esta vez ha elegido el bando del perdedor. Derrota tras derrota, Demetrio irá huyendo con sus hombres hasta que todos ellos mueran en la última emboscada en el cañón de Juchipila.

«Los de abajo» de Mariano Azuela: los personajes

Ya comentaba en una entrada anterior, al explicar el título, que los protagonistas de esta novela de iban a ser los de abajo. Y así es. En la obra de Mariano Azuela no aparecen como protagonistas las grandes figuras de la Revolución: sí vemos actuar al general Natera, la única figura histórica que interviene como protagonista en Los de abajo, pero su importancia es muy secundaria. Villa es nombrado varias veces, se cuentan sus triunfos y, al final, su derrota, pero es un personaje siempre aludido, ajeno en realidad a la historia narrada. Los grandes personajes históricos están fuera del círculo formado por Demetrio Macías y sus hombres (y las mujeres que se mueven en torno a ellos), que son los verdaderos protagonistas de la novela y de la Revolución.

Los de abajo en armas

Todos ellos constituyen ese protagonista colectivo, ese personaje-masa que caracteriza a la novela de la Revolución mexicana. Todos ellos aparecen con sus nombres propios o apodos y poseen cierta individualidad (pese al esquematismo y brevedad con que están trazados sus caracteres, hecho forzoso dada la corta extensión de la novela), pero son además arquetipos, elementos representativos de tantos y tantos hombres y mujeres del México de la Revolución. Aparte quedarían los personajes de Luis Cervantes, el curro, y de Solís, que serían «los de en medio» —si se me permite la expresión— en la escala social. Pero me detendré ya (en las próximas entradas) en el análisis de la figura de Demetrio Macías.

Estructura y técnicas narrativas de «Los de abajo» de Mariano Azuela

Los de abajo, de Mariano AzuelaLa novela de Mariano Azuela consta de tres partes, de 21, 14 y 7 capítulos. Buscada o no, la simetría es perfecta: la segunda parte está formada por siete capítulos menos que la primera, y la tercera tiene siete menos que la segunda. La extensión de cada parte disminuye progresivamente, conforme se van acelerando los acontecimientos. La primera parte describe la formación de la partida de Demetrio y sus primeros triunfos militares, triunfos que culminarán con la toma de Zacatecas. La segunda parte refiere la degradación que sufre el movimiento revolucionario: se trata de una serie de escenas de robos, saqueos, destrucción, violencia gratuita y muerte, ya presentadas directamente, ya narradas por los protagonistas. La tercera parte muestra la retirada en derrota de los hombres de Demetrio Macías, la emboscada final y la muerte de todos ellos en el mismo escenario de su primer triunfo militar, el cañón de Juchipila.

No me voy a detener en el comentario de la génesis de la novela (bien conocida[1]), ni de la falta aparente de estructura (en realidad, la novela dispone de una estructura fragmentaria y episódica, en parte debido a que fue compuesta por Azuela al calor de los hechos históricos). Además es posible percibir una clara estructura circular y un destacado dominio en el manejo de las técnicas y estructuras narrativas por parte del autor. Cabe poner de relieve, por ejemplo, la continua movilidad de los personajes, que lleva aparejada una gran agilidad narrativa, que dota a la novela de un ritmo casi cinematográfico: la sucesión rápida de los hechos sirve para ofrecer una visión, si no completa, al menos bastante panorámica de la Revolución. Por otra parte, la división de la novela en cuadros independientes es una forma adecuada para reflejar la realidad cambiante y palpitante que el escritor nos quiere transmitir. En fin, la figura de Demetrio es la que contribuye a estructurar la novela, al ser el hilo conductor que aglutina a su alrededor a los demás personajes y que une, por tanto, los distintos episodios de la trama argumental.


[1] Ver Stanley L. Robe, «La génesis de Los de abajo», en Jorge Ruffinelli (coord.), ed. crítica de Los de abajo, Madrid, CSIC (Colección Archivos), 1988, pp. 153-184; y las palabras del propio escritor, «Cómo escribí Los de abajo», en el mismo volumen, pp. 279-280.

«Los de abajo» de Mariano Azuela: el título

Los de abajo son Demetrio Macías y, con él, todos los hombres y mujeres del pueblo que hacen la Revolución: son los de abajo en el escalafón social. Luis Leal hace notar que «ya en Los fracasados el autor omnisciente se refiere a los de arriba… y los de abajo, frase que en 1915 utiliza como título de su nueva novela»[1]. Más adelante señala este crítico:

No hay que olvidar que el éxito de la novela es el resultado, en parte, del hallazgo de la imagen titular: Los de abajo. ¿Quiénes, en la novela, son los de abajo? En el capítulo tercero de la primera parte hay una escena en que los hombres de Demetrio están en lo alto del cañón y los federales abajo. Cuando éstos tratan de huir, Demetrio les grita a sus compañeros: «A los de abajo… A los de abajo». Pero no son estos «de abajo», en el sentido recto de la palabra, o los federales (carrancistas) a los que el título se refiere, sino a aquellos que se encuentran en el fondo de la escala social y económica, esto es, a los pobres, los desheredados como el Meco, Serapio el charamusquero, Antonio el que tocaba los platillos en la banda de Juchipila, la Codorniz, Camila, Pancracio, Anastasio Montañés, Venancio, la Pintada, el Manteca, el cojitranco y aun Demetrio —el protagonista de la novela—. Todos ellos luchan porque han sido objeto de alguna injusticia de parte de los de arriba, de los caciques, simbolizados en la figura de don Mónico, los hacendados y los curros, o sea la llamada gente decente. Al abrir la novela, los de abajo, con Demetrio como jefe, han decidido luchar contra las injusticias cometidas por los de arriba. La lucha es cruenta, los sufrimientos intolerables. ¿Y todo para qué? Todo para volver a quedar en el mismo lugar, abajo, al cabo de dos años de penalidades. Esta actitud de derrota, de fracaso, es uno de los elementos que mantienen vivo el interés de la novela y le dan valor permanente.

Existe otro momento en la novela que alude indirectamente al título, en su parte final (p. 208)[2]. En el mismo cañón en el que los hombres de Demetrio Macías sorprendieron a los federales al comienzo de su andadura revolucionaria son ahora sorprendidos ellos por los miembros de la facción enemiga. En aquella ocasión los de Demetrio estaban en la sierra y él podía gritar «A los de abajo». Ahora es al revés: ellos están en el fondo del cañón y los contrarios les disparan desde arriba; Demetrio ruge como una fiera: «¡A quitarles las alturas!»… pero no será posible. Todos morirán.

Los de abajo

Mónica Mansour concluye: «El juicio más importante del narrador, desarrollado a lo largo de la novela, es la crítica respecto de que los de arriba siempre se quedan arriba y los de abajo siempre están abajo, con o sin Revolución»[3]. Efectivamente, en próximas entradas insistiré en este punto, a saber, que, pese a la Revolución, los de abajo siempre van a seguir estando abajo.


[1] Luis Leal, «Los de abajo: lectura temática», en Jorge Ruffinelli (coord.), ed. crítica de Los de abajo, Madrid, CSIC (Colección Archivos), 1988, p. 232.

[2] Cito por Mariano Azuela, Los de abajo, ed. de Marta Portal, Madrid, Cátedra, 1980.

[3] Mónica Mansour, «Cúspides inaccesibles», en Jorge Ruffinelli (coord.), ed. crítica de Los de abajo, Madrid, CSIC (Colección Archivos), 1988, p. 273.

«Los de abajo» de Mariano Azuela: un éxito tardío

Los de abajoUna de las primeras circunstancias que debemos notar es que Los de abajo fue un éxito tardío. La novela se publicó por primera vez en forma de folletín en 1915, en el periódico El Paso del Norte, de El Paso, Texas. Fueron veintitrés entregas aparecidas entre el 27 de octubre y el 21 de noviembre de ese año. Posteriormente fue editada varias veces en forma de libro[1], pero no llegaría a ser conocida por el público y valorada por la crítica hasta mediados los años 20. Se suelen recordar algunos datos curiosos: por ejemplo, los veinticinco dólares que cobró Azuela por la publicación de la novela en forma de folletín; o el hecho de que tan solo se vendieran cinco de los mil ejemplares tirados en la primera edición en forma de libro, la de 1916. Pero luego la situación cambió y se sucedieron las ediciones; además, en 1938 se llevó a cabo una segunda adaptación teatral de la obra (había habido otra anterior del propio autor); y en 1940 se filmó una película inspirada en Los de abajo.

El éxito le llegó a Los de abajo a raíz de una polémica literaria (en la que intervinieron críticos como José Corral Rigau, Julio Jiménez Rueda, Francisco Monterde, Víctor Salado Álvarez, Federico Gamboa, Salvador Novo y José Vasconcelos) iniciada en noviembre de 1924 a propósito de un debate sobre la existencia o no de una novelística mexicana viril. Mariano Azuela ya había publicado por entonces varios libros, y habían aparecido antes de esa fecha algunas ediciones de Los de abajo. Sin embargo, Azuela y su novela apenas eran conocidos. Fue necesaria esa polémica para valorar en su justa medida al autor y a su obra. No sin razón pudo titular Englekirk su trabajo El Descubrimiento de «Los de abajo»[2]. A partir de entonces, el éxito obtenido estuvo refrendado por las sucesivas reediciones y por la entrada de Azuela en el canon de los novelistas de la Revolución.


[1] Indico aquí las ediciones más importantes de aquellos años: 1915 (octubre-noviembre), en el periódico El Paso del Norte, con el subtítulo Cuadros y escenas de la revolución actual; 1916, Imprenta El Paso del Norte, Texas, ya en forma de libro, con el subtítulo Cuadros de la revolución mexicana; 1917, periódico El Mundo, Tampico, Tamaulipas; 1917, Editorial El Mundo, Tampico, Tamaulipas; 1920, Tipografía Razaster, México; 1925 (enero-febrero), en el periódico El Universal Ilustrado; 1927, Biblioteca Popular. Ediciones del Gobierno de Veracruz, Jalapa; 1927, Editorial Biblos, Madrid; 1928, primera traducción al francés (en Le Monde, noviembre-marzo); 1929, arreglo dramático de la novela; 1929, primera traducción al inglés, Brentanos, New York; 1930, Editorial Espasa-Calpe, Madrid. Por supuesto, la obra ha conocido numerosas ediciones posteriores y traducciones a otros idiomas, pero estas son las que me interesaba destacar ahora. Todas mis citas serán por la edición de Marta Portal, Madrid, Cátedra, 1980.

[2] Ver John E. Englekirk, El Descubrimiento de «Los de abajo», México, Imprenta Universitaria, 1935.