Modelos de prosa áurea en Navarra: fray Diego de Estella (1)

Tratado de la vanidad del mundo, de fray Diego de EstellaEn el panorama de la historia literaria de Navarra, la prosa ascético-mística de los Siglos de Oro está representada, por fray Diego de Estella, fray Pedro Malón de Echaide y Leonor de Ayanz, tres autores en castellano de la época renacentista a los que se les sumará, ya en el siglo XVII, Pedro de Axular, cuyo idioma de expresión es el vascuence[1]. Respecto a los dos primeros —y no sin cierta exageración— escribía José Zalba que, «Junto a los nombres de los Luises de Granada y de León, de Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz y Fr. Juan de los Ángeles, que tanto sublimaron la mística y la ascética, tenemos en Navarra dos que no desmerecen de aquéllos: son el franciscano Fr. Diego de Estella y el agustino Fr. Pedro Malón de Echaide»[2]. Vamos a repasar brevemente, en esta ocasión, la figura del franciscano fray Diego de Estella (Estella, Navarra, 1524-Salamanca, 1578), ofreciendo unos someros apuntes sobre su vida y sus obras[3].

La situación que conoció Estella en el siglo XVI, tras las guerras civiles y los episodios bélicos de la centuria anterior, era de bonanza. Existía en la ciudad del Ega un estudio de Gramática y funcionaba una imprenta instalada a instancias de Miguel de Eguía. Tal fue el lugar de nacimiento del futuro fray Diego, en el seno de una familia enraizada en la nobleza del reino, como prueba su nombre en el siglo, que era Diego de San Cristóbal-Ballesteros y Cruzat de Ortiz Eguía y Jaso. Estudió primero en la Universidad de Toulouse, cuyas aulas frecuentaban muchos estudiantes navarros, y más tarde Teología en Salamanca, donde coincidió con fray Luis de León y Francisco de Vitoria. Allí, a la edad de diecisiete años, decide ingresar en la orden franciscana, en la que terminaría tomando el hábito.

En 1552 marcha a Portugal en el séquito de la infanta doña Juana, hija del emperador Carlos V, en el que ejercía el cargo de predicador y confesor. Allí publicaría su primera obra, el Tratado de la vida, loores y excelencias del glorioso Apóstol y bienaventurado Evangelista San Juan (Lisboa, 1554), que va dedicada a la reina de Portugal doña Catalina. A la narración de la vida de San Juan en doce capítulos se añaden diversas enseñanzas morales. Cabe destacar que en esta obra primeriza el estilo de fray Diego es bastante más recargado que el de las posteriores.

En 1562, y en Toledo, aparece la primera edición de la que será su obra más famosa, el Libro de la vanidad del mundo. De 1565 data su enfrentamiento con fray Bernardo de Fresneda, obispo de Cuenca, al que acusó de vivir con excesivo lujo y boato en la Corte, lejos de las almas cuyo cuidado tenía encomendadas. Por este asunto fray Diego sufrirá un largo proceso, que no acabaría hasta 1569, viéndose obligado además a retractarse de sus acusaciones y a pedir disculpas. Al año siguiente, en 1570, es nombrado predicador de Salamanca, y en 1574 da a las prensas la segunda edición, muy aumentada, de La vanidad del mundo.

En este tratado, que fray Diego dedica a doña Juana, infanta de las Españas y princesa de Portugal, reflexiona el franciscano sobre las frivolidades mundanas, que no son más que «vanidad de vanidades». La obra consta, en esta versión definitiva, de tres partes, de cien capítulos cada una (en la primera edición de 1562 eran también tres partes, pero de cuarenta capítulos cada una). Como bien resume Iñaki Pérez Ibáñez, el Libro de la vanidad del mundo es

una obra ascética renacentista, que trata el tópico de origen medieval del desengaño frente al mundo (tópico que se hará más extremo aún durante el barroco): nada podemos esperar del mundo donde todo son falsas apariencias. Frente a estas “ilusiones” mundanas sólo en Dios podremos encontrar la verdad. El escrito pretende que el lector se decida a llevar a cabo un proceso de purificación de todo lo sensorial. A tan grave asunto corresponde un tratamiento serio. El estilo de la obra es sentencioso: abundan las frases breves, concisas y las citas de textos sagrados o religiosos[4].

Fray Diego hace, ciertamente, un uso abundante de las citas bíblicas, y entre las fuentes por él manejadas se encuentran también los Padres de la Iglesia, Tomás de Kempis o Séneca, entre otras muchas autoridades. Esta es la obra que le dio más fama (fue muy usada por los predicadores de los siglos XVI y XVII, que buscaron en ella temas de inspiración) y la que ha alcanzado una mayor proyección internacional (cuenta con ediciones en italiano, francés, inglés, latín, alemán, checo, flamenco y polaco).


[1] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

[2] José Zalba, «Páginas de la historia literaria de Navarra», Euskalerriaren Alde, XIV, 1924, p. 350.

[3] El mejor conocedor de fray Diego es el P. Pío Sagüés Azcona, O.F.M., autor de Fray Diego de Estella (1524-1578): apuntes para una biografía crítica, Madrid, s. n. (Diputación Foral de Navarra), 1950 y editor de varias de sus obras. También puede consultarse la publicación conmemorativa Fray Diego de Estella y su IV Centenario, Barcelona, Imp. Elzeviriana, 1924, y las indicaciones de Antonio Pérez Goyena, Contribución de Navarra y de sus hijos a la Historia de la Sagrada Escritura, Pamplona, Imprenta de Jesús García, 1944, pp. 179-182. En fin, una semblanza divulgativa es la de Tomás Moral, Fray Diego de Estella, Pamplona, Diputación Foral de Navarra, 1971 (col. «Navarra: temas de cultura popular», núm. 113). La bibliografía debe completarse con las referencias a fray Diego por parte de los estudiosos de la espiritualidad española y la literatura mística franciscana (Andrés Martín, Bataillon, Cilveti, Gomis, Hatzfeld, Sainz Rodríguez…).

[4] Iñaki Pérez Ibáñez, «Fray Diego de Estella, un franciscano predicador, místico y asceta», prólogo a fray Diego de Estella, Florilegio de los libros «Meditaciones del Amor de Dios» y «La vanidad del mundo», Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2002, p. 13.

Una aproximación a la figura de fray Pedro Malón de Echaide

Como apretado resumen de la figura y la obra de fray Pedro Malón de Echaide, reproduciré aquí las palabras con que lo presentaba en un trabajo mío del año 2005[1]:

Pedro Malón de Echaide (Cascante, 1530-Barcelona, 1589) profesó como religioso en el convento agustino de Salamanca el 27 de octubre de 1557. En la universitaria ciudad castellana enseñaban, entre otros, maestros destacados como fray Luis de León, Domingo de Soto, Pedro de Sotomayor, Juan de la Peña o Gaspar de Grajal, a cuyos cursos Malón asistiría como alumno, recibiendo una amplia formación humanista, filosófica y teológica. Más tarde desempeñó varios cargos dentro de su orden, con distintos destinos, en especial en el reino de Aragón. Un año antes de su muerte había publicado la única obra suya que conservamos, y por la que sin duda merece un lugar entre los clásicos de nuestra literatura áurea: La conversión de la Magdalena, en que se ponen los tres estados que tuvo, de pecadora, de penitente y de gracia (Barcelona, Hubert Gotard, 1588).

La lectura de su obra nos revela al escritor agustino como teólogo originalísimo y excepcional escritor, y como uno de los más brillantes espíritus humanistas del momento. La conversión de la Magdalena no es tan sólo, como se ha pensado a veces, una paráfrasis de los Evangelios, sino un rico mosaico que, tomando la figura de la Magdalena como símbolo del penitente, amalgama los más diversos temas sociales, teológicos, históricos y lingüísticos, todo perfectamente conjuntado por la mentalidad de un humanista ascético. En el tratado —que gozó de gran éxito y difusión durante los siglos XVI y XVII, como demuestran las numerosas ediciones y su pronta traducción a otros idiomas— se aúnan las más diversas corrientes renacentistas: Platón, Plotino y San Agustín se encuentran magníficamente armonizados junto a los neoplatónicos italianos, sobre todo Ficino y Pico della Mirandola[2].

Malón de Echaide

En su tratado de La conversión de la Madalena, y a modo de descanso para el lector, Malón intercaló diversos poemas, la mayoría de los cuales constituyen paráfrasis de salmos bíblicos, en las que sigue el modelo de paráfrasis exegética cultivada por quien fuera su maestro en Salamanca, fray Luis de León. En próximas entradas tendremos ocasión de examinar algunas de estas paráfrasis bíblicas de Malón, su estilo poético y los procesos de amplificatio que lleva a cabo en sus versiones de los salmos[3].


[1] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

[2] Ver Carlos Mata Induráin, «“Como la cierva en medio del estío…”: una paráfrasis del salmo 42-43 de Pedro Malón de Echaide», en Gonzalo Aranda y Juan Luis Caballero (dirs.), La Sagrada Escritura, palabra actual. XXV Simposio Internacional de Teología de la Universidad de Navarra, Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 2005, p. 116.

[3] La obra de Malón ha generado una abundante bibliografía. Remito, como estudio de referencia general, al libro de Jorge Aladro Font Pedro Malón de Echaide y «La conversión de la Magdalena» (Vida y obra de un predicador), Pamplona, Gobierno de Navarra, 1998. Y el texto de La conversión de la Madalena puede leerse ahora en la edición crítica de Ignacio Arellano, Jordi Aladro y Carlos Mata Induráin, New York, Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA), 2014; su introducción (pp. 11-64) constituye una buena síntesis acerca del autor y su obra, y el lector interesado encontrará ahí también una completa bibliografía (pp. 73-85). Sobre la orden agustina y sus principales representantes, ver, entre otros trabajos, Ignacio Monasterio, Místicos agustinos españoles, 2.ª ed., El Escorial (Madrid), Editorial Agustiniana, 1929, 2 vols.; y Luis Álvarez, El movimiento observante agustiniano en España y su culminación en tiempo de los Reyes Católicos, Roma, Analecta Augustiniana, 1978.

Un «Soneto compuesto en la voz y respuesta llamada eco» de Julián de Medrano

Reanudo el comentario de algunas de las composiciones líricas insertas en la miscelánea renacentista La silva curiosa de Julián de Medrano, caballero navarro (1583)[1]. El poema de hoy figura recogido, igual que otras que he examinado anteriormente, en la sección que aparece bajo el epígrafe «Versos pastoriles de Julio M. sentidos y harto graciosos»[2]. Se trata de un «Soneto compuesto en la voz y respuesta llamada eco», que presenta la dificultad y el carácter artificioso propio de las composiciones de este tipo, usuales en la época[3]. Este es el texto de la composición:

No hallo ya en mi desconsuelo          suelo
ni tiene mi mortal locura          cura,
pues hasta hoy la desventura          tura[4]
y en mi mal cresce desconsuelo y          suelo.

Aquella a quien mi mal revelo          velo
y de mi fe, si bien se apura,           pura,
pero responde con cordura          dura
a cuanto no le viene a pelo          apelo.

A l’alma pide su clamor          amor,
queriendo más en la batalla          atalla,
pues por no descubir su pena          pena.

Echan mis ojos sin rumor          humor
y ofrescen a mi blanda avena[5]          vena,
y, no pudiendo publicalla,           calla[6].

Mariano Fortuny, El pastor flautistaEl soneto desarrolla motivos usuales y bien conocidos en la poesía amorosa que se sitúa en la tradición del amor cortés provenzal, el petrarquismo y el neoplatonismo[7], a saber: la pena y el dolor del enamorado desdeñado por la «bella ingrata enemiga», la necesidad de mantener oculto, en secreto, el sentimiento amoroso (vv. 10 y 14), el llanto anexo a su sufrimiento en silencio (v. 12), etc., pero tanto la calidad literaria del texto como su capacidad de despertar emoción lírica quedan sacrificadas en aras de la consecución del artificio perseguido de lograr las rimas en eco.


[1] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

[2] Ver mi artículo «Versos pastoriles y amorosos de Julián de Medrano», Río Arga. Revista de poesía, núm. 92, cuarto trimestre de 1999, pp. 27-31.

[3] Por ejemplo, el tudelano Jerónimo Arbolanche incluye en los folios 91v-92v de su poema narrativo Las Abidas (Zaragoza, en casa de Juan Millán, 1566) unos endecasílabos con rimas en eco, «¿Cómo te me fuiste…», cuyos locutores son el héroe protagonista Abido y la ninfa Eco, que va respondiendo con una serie de palabras que rima en eco con las distintas réplicas suyas. María Francisca Pascual Fernández, en su tesis doctoral Elementos líricos en «Las Abidas» (1566) de Jerónimo Arbolanche, Pamplona, Universidad de Navarra, 2015 (realizada bajo mi dirección), anota a propósito de ese pasaje: «Las composiciones en eco no fueron extrañas en el Siglo de Oro. Tomás Navarro Tomás (1974, pp. 222-223 y 271-272) menciona autores como Rengifo y Carvallo que “registraron el eco entre los acrósticos, laberintos y demás composiciones de ingenio. Tal artificio, probado por Juan del Encina, Lope de Rueda y Jerónimo Bermúdez, fue renovado por Baltasar de Alcázar en su Diálogo entre un galán y el eco, en el cual figuran 55 redondillas con sus respectivos finales […]. Con la misma forma de las de Baltasar de Alcázar aparecen las 22 redondillas de la Loa sacramental del eco, dedicada a la fiesta del Santísimo Sacramento, Madrid, 1644 (Cotarelo, Entremeses, I, núm. 177). Una variedad del eco eran los versos con refleja o rima redoblada, de los cuales se sirvió Lope en un soneto de La fuerza lastimosa, III, 9…”. Rengifo en su Arte poética recoge otros ejemplos de rimas en eco». Su cita interna del comienzo se refiere al conocido manual de Tomás Navarro Tomás, Métrica española, Madrid / Barcelona, Guadarrama / Labor, 1974.

[4] tura: turar, cultismo, vale lo mismo que durar.

[5] avena: zampoña, flauta pastoril.

[6] La silva curiosa de Julián de Medrano, caballero navarro, en que se tratan diversas cosas sotilísimas y curiosas, muy convenientes para damas y caballeros en toda conversación virtuosa y honesta. Dirigida a la muy alta y serenísima reina de Navarra su Señora, en París, impreso en casa de Nicolás Chesneau, en la calle de Santiago, a la insignia du Chesne verd, 1583. Incluí este soneto en mi antología Poetas navarros del Siglo de Oro, Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, pp. 34-35. En mi transcripción del texto de la princeps, modernizo las grafías sin relevancia fonética y la puntuación y regularizo el uso de mayúsculas y minúsculas. Mercedes Alcalá Galán, «La silva curiosa de Julián de Medrano». Estudio y edición crítica, New York, Peter Lang, 1998, p. 158, lo edita conservando las grafías antiguas, según el criterio aplicado al conjunto de la obra.

[7] Para las teorías amorosas vigentes en la literatura del Siglo de Oro, ver especialmente Guillermo Serés, La transformación de los amantes. Imágenes del amor de la antigüedad al Siglo de Oro, Barcelona, Crítica, 1996. Puede consultarse también el trabajo clásico de Joseph G. Fucilla, Estudios sobre el petrarquismo en España, Madrid, Instituto «Miguel de Cervantes», 1960; o el libro de María Pilar Manero Sorolla, Imágenes petrarquistas en la lírica española del Renacimiento. Repertorio, Barcelona, PPU, 1990. También resulta de utilidad la monografía de Ignacio Navarrete, Los huérfanos de Petrarca. Poesía y teoría en la España renacentista, versión española de Antonio Cortijo Ocaña, Madrid, Gredos, 1997… entre otra mucha bibliografía posible.

El soneto «A la hermosa pastora llamada Pandora» de Julián de Medrano

Venimos examinando en diversas entradas algunas de las composiciones líricas incluidas en la miscelánea renacentista La silva curiosa de Julián de Medrano, caballero navarro (1583)[1]. En una entrada anterior comenté el poema titulado «Crueles extremos de amor a la hermosa Pandora», que forma parte de la sección «Versos pastoriles de Julio M. sentidos y harto graciosos»[2], y hoy traigo otro dedicado a la misma destinataria, que figura bajo el epígrafe «A la hermosa pastora llamada Pandora». Es el segundo poema incluido en la citada sección:

Por un hermoso campo de un florido
prado andaba robando tiernas flores[3]
mi pastora, a la cual todos pastores
el precio[4] de belleza han concedido.

Y, ornando[5] una guirlanda[6] que han tejido
de todas diferencias de colores[7],
topó al pequeño dios de los amores[8]
cual víbora entre flores escondido[9].

Y hizo[10] ella luego un lazo de cabellos[11]
para le atar más de presto a la hora[12],
sus prestas alas sacudiendo al viento[13],

y mírala después de suelto dellos,
y díjole: «Bien átame, Pandora,
que en tus ojos haré perpetuo asiento»[14].

CupidoComo podemos apreciar, se trata de un soneto con la estructura de rima más usual, ABBA ABBA CDE CDE, en el que encontramos maneja algunos motivos e imágenes habituales en la lírica amorosa del Siglo de Oro[15]. En efecto, la pastora Pandora[16], reconocida unánimemente como la más hermosa por todos los pastores (vv. 3-4), atrapa con la red de amor de sus cabellos nada menos que a Cupido,y este, tras lograr soltarse, le asegura que, si lo ata bien (v. 13), él tendrá perpetuo asiento en sus ojos (v. 14); valga decir, el dios del amor garantiza que los ojos de Pandora enamorarán a todos cuantos los vean.


[1] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

[2] Ver mi artículo «Versos pastoriles y amorosos de Julián de Medrano», Río Arga. Revista de poesía, núm. 92, cuarto trimestre de 1999, pp. 27-31.

[3] andaba robando tiernas flores: al parecer, la pastorcilla anda recogiendo flores por el campo. En la tradición petrarquesca, suele ser habitual el motivo —no presente aquí— de la mujer hermosa que hace que broten bellas flores a su paso.

[4] precio: aquí significa lo mismo que premio, galardón.

[5] ornando: adornando, componiendo.

[6] guirlanda: metátesis, por guirnalda.

[7] de todas diferencias de colores: de muy variados colores.

[8] pequeño dios de los amores: se refiere a Cupido, hijo de la diosa Venus, dios del amor.

[9] cual víbora entre flores escondido: evocación del «latet anguis in herba» (Virgilio, Bucólicas, 3, 93), pasaje muy recordado en la literatura aurisecular. Baste recordar los conocidos versos del soneto de Góngora que comienza «La dulce boca que a gustar convida…»: «… porque entre un labio y otro colorado /Amor está, de su veneno armado, / cual entre flor y flor sierpe escondida» (Sonetos completos, ed. de Biruté Ciplijauskaité, 6.ª ed., Madrid, Castalia, 1989, núm. 70, p. 135, vv. 6-8).

[10] Y hizo: en la lengua clásica, no es extraño encontrar la conjunción copulativa y delante de palabras que comienzan por i-, hi-.

[11] lazo de cabellos: imagen petrarquesca tópica de los cabellos de la amada como red de amor que atrapa las almas; aquí el atrapado es el propio dios del amor, Cupido.

[12] a la hora: pronto, inmediatamente.

[13] sus prestas alas sacudiendo al viento: la iconografía presenta a Cupido desnudo, con alas y una venda en los ojos (ʽel amor es ciegoʼ), y portando un arco y un carcaj con flechas (unas, con punta de oro, que causan amor, y otras, con punta de bronce, que causan desdén).

[14] La silva curiosa de Julián de Medrano, caballero navarro, en que se tratan diversas cosas sotilísimas y curiosas, muy convenientes para damas y caballeros en toda conversación virtuosa y honesta. Dirigida a la muy alta y serenísima reina de Navarra su Señora, en París, impreso en casa de Nicolás Chesneau, en la calle de Santiago, a la insignia du Chesne verd, 1583. Incluí este soneto en mi antología Poetas navarros del Siglo de Oro, Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, pp. 35-36. En mi transcripción del texto de la princeps, modernizo las grafías sin relevancia fonética y la puntuación y regularizo el uso de mayúsculas y minúsculas. Mercedes Alcalá Galán, «La silva curiosa de Julián de Medrano». Estudio y edición crítica, New York, Peter Lang, 1998, pp. 157-158, lo trae conservando las grafías antiguas, según el criterio aplicado al conjunto de la obra.

[15] Para las teorías amorosas vigentes en la literatura del Siglo de Oro, ver especialmente Guillermo Serés, La transformación de los amantes. Imágenes del amor de la antigüedad al Siglo de Oro, Barcelona, Crítica, 1996. Puede consultarse también el trabajo clásico de Joseph G. Fucilla, Estudios sobre el petrarquismo en España, Madrid, Instituto «Miguel de Cervantes», 1960; o el libro de María Pilar Manero Sorolla, Imágenes petrarquistas en la lírica española del Renacimiento. Repertorio, Barcelona, PPU, 1990. También resulta de utilidad la monografía de Ignacio Navarrete, Los huérfanos de Petrarca. Poesía y teoría en la España renacentista, versión española de Antonio Cortijo Ocaña, Madrid, Gredos, 1997… entre otra mucha bibliografía posible.

[16] En la mitología griega, Pandora fue la primera mujer, creada Zeus para introducir todo tipo de males y desgracias en la vida de los hombres, después de que Prometeo les diera para su uso el fuego que previamente había robado a los dioses.

El poema «Julio Medrano en alabanza de las mujeres» («La silva curiosa de Julián de Medrano», 1583)

Comentaré hoy la composición titulada «Julio Medrano en alabanza de las mujeres», inserta en La silva curiosa de Julián de Medrano[1]. El texto se localiza en la Parte I de la Silva, «Curiosas letras y motes breves y muy sentidos, con diversos dichos dʼamor harto graciosos; y también algunas preguntas, proverbios y sententias morales, con refranes graves y muy hermosos». El narrador explica:

Volviendo a las mujeres, y deseando que ellas conozcan en cuánta reverentia yo tengo este nombre de mujer, y que —dejando el sendero de los ingratos y pestíferos maldicientes— yo mʼesfuerzo  ensalzar y alabar hasta el último cielo esta criatura (pues natura en su generation la hizo tan noble, y entre todas las criaturas la sacó tan perfecta) en remuneración de tantas obligaciones que nosotros, hombres, les tenemos, pues nascemos dʼellas, morimos sin ellas, vivimos en ellas, ni no podríamos conservarnos ni durar sin ellas. Por prenda de la pura y natural afición que yo les tengo, les ofrezco estos siguientes versos, que compuse en su favor y alabanza dʼellas.

Retrato de Giovanna Tornabuoni, de Domenico Ghirlandaio

Pero, en nota al pie de su edición de la Silva, explica Mercedes Alcalá-Galán;

En esta composición, Medrano nos declara explícitamente su autoría y también los sentimientos que le inspiraron. Sin embargo, estamos ante un caso puro de plagio. Se trata de un fragmento conocidísimo del Diálogo de mujeres de Cristóbal de Castillejo[2].

Este es el texto completo del poema, el cual se inserta en una rica corriente de literatura en loor y defensa de las mujeres (contrapunto de la también extensa corriente de literatura misógina), y que reproduzco ahora con algunas breves notas explicativas al pie:

Julio Medrano en alabanza de las mujeres

Cuando Dios lo crio todo
y formó el hombre primero,
ya veis que, como a grosero,
lo hizo de puro lodo.
Mas a Eva,
para testimonio y prueba
que debemos preferilla[3],
sacola de la costilla
por obra sotil y nueva.
Y mandó
que el hombre que así crio
padre y madre desechase[4]
y a la mujer se juntase
que por consorte le dio
singular.
Mandándosela guardar
como su propria[5] persona
por espejo y por corona
en que se debe mirar.

Sin mujeres
caresciera de placeres
este mundo y de alegría,
y fuera como sería
la feria sin mercaderes.
Desabrida
fuera sin ellas la vida,
un pueblo de confusión,
un cuerpo sin corazón,
un alma que anda perdida
por el viento.
Razón sin entendimiento,
árbol sin fructo ni flor,
fusta sin gobernador
y casa sin fundamiento.

¿Qué valemos?
¿Qué somos? ¿Qué merescemos?
Si la mujer nos faltase,
¿a la cuál se endereszase[6]
el fin de lo que hacemos[7]
y pensamos?
¿Quién es causa que seamos
particioneros d’amor,
que es el más dulce sabor
que en esta vida gozamos?
¿Quién ternía[8]
cargo de la policía[9]
y cuenta particular
de la casa y del hogar
y hacienda y granjería?
Su consuelo
tan cierto, tan sin recelo,
en nuestras adversidades,
trabajos y enfermedades
tenemos en este suelo.

Dellas mana
cuanto bien el hombre gana
y ellas son la gloria dello,
la guarda, firmeza y sello
de nuestra natura humana[10].


[1] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

[2] Mercedes Alcalá Galán, «La silva curiosa de Julián de Medrano». Estudio y edición crítica, New York, Peter Lang, 1998, pp. 127-128, nota 127.

[3] preferilla: preferirla, aquí con asimilación por la rima con costilla.

[4] padre y madre desechase: eco del pasaje bíblico que señala que, al contraer matrimonio, el hombre dejará a sus padres y su casa.

[5] propria: forma habitual en la lengua clásica, por propia.

[6] a la cual se endereszase: hacia dónde se enderezaría.

[7] hacemos: la h- (procedente de f- inicial latina) ha de pronunciarse aspirada para la correcta medida del verso.

[8] ternía: tendría.

[9] policía: limpieza, cuidado.

[10] La silva curiosa de Julián de Medrano, caballero navarro, en que se tratan diversas cosas sotilísimas y curiosas, muy convenientes para damas y caballeros en toda conversación virtuosa y honesta. Dirigida a la muy alta y serenísima reina de Navarra su Señora, en París, impreso en casa de Nicolás Chesneau, en la calle de Santiago, a la insignia du Chesne verd, 1583. Incluí esta composición en mi antología Poetas navarros del Siglo de Oro, Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, pp. 31-33, modernizando —como aquí— grafías y puntuación y regularizando el uso de mayúsculas y minúsculas. Hay edición moderna de la obra: Mercedes Alcalá Galán, «La silva curiosa de Julián de Medrano». Estudio y edición crítica, New York, Peter Lang, 1998, donde este texto ocupa las pp. 128-129.

Algunas letras, motes y divisas en «La silva curiosa» de Julián de Medrano

Para Ramón, Fani y toda la familia Ábrego,
por su siempre generosa y amable hospitalidad en Igúzquiza

En entradas anteriores he ido comentando diversas composiciones poéticas incluidas en Igúzzquiza, palacio de los Vélaz de MedranoLa silva curiosa de Julián de Medrano (1583), miscelánea renacentista de este autor navarro que debió de nacer (aunque no haya constancia documental de ello) en Igúzquiza, en el palacio de los Vélaz de Medrano, hacia 1540[1]. De hecho, no son muchos los datos biográficos contrastados de que disponemos acerca de Julián de Medrano. Sabemos que fue uno de los maestros españoles que marcharon a Francia en el último tercio del siglo XVI a enseñar el castellano en París y que vivió al servicio de la reina Margarita de Valois en la ermita de Boix de Vincennes.

La silva curiosa[2] incluye en su interior materiales muy heterogéneos: refranes, sentencias, cuentos, facecias, motes, proverbios, epitafios, anécdotas varias, citas famosas de autoridades en diversas materias…; también composiciones poéticas e historias amorosas y de aventuras exóticas. Todo se mezcla en un abigarrado desorden, sugerido ya por el propio título de Silva. Como muestra de todo ese material, copiaré hoy algunas letras, motes y divisas recogidas en la obra de Medrano:

Firmeza d’amor

Desde el corazón al alma
he propuesto de mudaros
para jamás olvidaros.

Otra [letra]

No hay mayor mal qu’el morir;
mas si puede ser mayor,
es amar do no hay amor[3].

Otra [letra]

Cuando se tiene en la mano
cosa de muy gran valor,
apretar es lo mejor[4].

Otra [letra]

El consuelo d’amadores
es para mayor dolor:
todos dicen mal d’Amor
y a la fin mueren d’amores[5].

Letra

Amores me han de matar,
yo bien lo sé,
mas tengo de porfiar
y moriré[6].

Mote a su Marfisa

Marfisa me dio una rosa;
¿qué sería
si tras esa niñería
me diese otra mejor cosa? [7]

Sobre mi devisa que dice:
«Con compás, y paso a paso»

Compasar es el midir[8],
el midir es nivelar,
nivelar es igualar,
igualar es no riñir,
no riñir es discreción,
discretión es gran cordura,
gran cordura es perfeción,
perfectión es el altura[9]
que manda y rige natura[10].


[1] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

[2] La silva curiosa de Julián de Medrano, caballero navarro, en que se tratan diversas cosas sotilísimas y curiosas, muy convenientes para damas y caballeros en toda conversación virtuosa y honesta. Dirigida a la muy alta y serenísima reina de Navarra su Señora, en París, impreso en casa de Nicolás Chesneau, en la calle de Santiago, a la insignia du Chesne verd, 1583. Hay edición moderna: Mercedes Alcalá Galán, «La silva curiosa de Julián de Medrano». Estudio y edición crítica, New York, Peter Lang, 1998.

[3] La silva curiosa, ed. Alcalá Galán, p. 85. En este, y en los demás textos, modernizo grafías y puntuación y regularizo el uso de mayúsculas y minúsculas.

[4] La silva curiosa, ed. Alcalá Galán, p. 86.

[5] La silva curiosa, ed. Alcalá Galán, p. 86.

[6] La silva curiosa, ed. Alcalá Galán, p. 86.

[7] La silva curiosa, ed. Alcalá Galán, pp. 86-87. En el tercer verso, el texto de la edición de 1583 dice «ese niñería», que la editora moderna mantiene; en mi caso, prefiero enmendar, como hace la segunda edición de la Silva (París, en casa de Marc Orry, en la calle de Santiago, a la insignia del Lyon Rampant, 1608, «corregida en esta nueva edición, y reducida a mejor lectura por César Oudin»).

[8] midir: forma con vacilación fonética en la vocal átona, fenómeno repetido (poco más abajo, riñir).

[9] el altura: es normal el uso de la forma de artículo el con sustantivos que comienzan por a-.

[10] La silva curiosa, ed. Alcalá Galán, p. 89. Reproduje esta serie de textos en mi antología Poetas navarros del Siglo de Oro, Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, pp. 29-31.

Un soneto de Julián de Medrano sobre la divisa «¿Quién resiste al Amor estando airado?»

Quizá la calidad literaria de los versos pastoriles y amorosos incluidos en La silva curiosa de Julián de Medrano (1583) no sea extraordinaria, pero la propia singularidad y rareza de esta miscelánea renacentista bien merecen que les dediquemos cierta atención[1]. Hoy comentaré brevemente otra de las composiciones recogidas en la sección «Versos pastoriles de Julio M. sentidos y harto graciosos». Se trata del «Soneto sobre una divisa de Julio que dice: “¿Quién resiste al Amor estando  airado?”», cuyo texto es este:

No hay torre tan alta ni guardada
que al Amor no sea fácil la subida,
ni senda en que no halle Amor salida
por áspera que sea ni muy cerrada.

No hay quien contra el Amor eche la espada;
toda fuerza al Amor está rendida,
toda dificultad está allanada,
que Amor de lejos da muy gran herida.

Osado hace el Amor al que es medroso;
al rústico, discreto cortesano,
y Amor hace lo feo ser hermoso.

Lo más alto reluce al suelo llano,
y al fin vemos ser fácil y amoroso
en todo cuanto Amor pone la mano[2].

Omnia Vincit Amor

Tras los catorce versos el autor añade la famosa cita virgiliana «Omnia vincit amor et nos cedamus amori» (Bucólicas, 10, 69), que es precisamente la idea que subyace en todo el texto, es decir, la ponderación del poder omnímodo del amor, tema habitual en la poesía lírica de todos los tiempos.


[1] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

[2] La Silva curiosa de Julián de Medrano, caballero navarro, en que se tratan diversas cosas sotilísimas y curiosas, muy convenientes para damas y caballeros en toda conversación virtuosa y honesta. Dirigida a la muy alta y serenísima reina de Navarra su Señora, en París, impreso en casa de Nicolás Chesneau, en la calle de Santiago, a la insignia du Chesne verd, 1583, p. 122. En mi transcripción del texto de la princeps, modernizo las grafías sin relevancia fonética y la puntuación y regularizo el uso de mayúsculas y minúsculas. Incluí este soneto en mi antología Poetas navarros del Siglo de Oro, Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, p. 36 y también en mi artículo «Versos pastoriles y amorosos de Julián de Medrano», Río Arga. Revista de poesía, núm. 92, cuarto trimestre de 1999, pp. 29-30. Mercedes Alcalá Galán, «La silva curiosa de Julián de Medrano». Estudio y edición crítica, New York, Peter Lang, 1998, pp. 159-160, lo trae conservando las grafías antiguas, según el criterio aplicado al conjunto de la obra.

El soneto «Crueles extremos de amor a la hermosa Pandora» de Julián de Medrano

Otra de las composiciones líricas incluidas en la miscelánea La silva curiosa de Julián de Medrano, caballero navarro (1583) es el poema que figura bajo el epígrafe de «Crueles extremos de amor a la hermosa Pandora», el cual forma parte de la sección «Versos pastoriles de Julio M. sentidos y harto graciosos»[1]. Se trata de un soneto con estructura de rima ABBA ABBA CDE CDE que se construye en torno a conocidos tópicos de la lírica amorosa[2], concretamente los extremos contrarios que la pasión amorosa produce en el hablante lírico:

Yo busco paz y nunca estoy quïeto,
ardo en el fuego y hecho estoy un hielo,
estando en tierra subo al alto cielo,
abrazo todo el mundo y nada aprieto.

Yo tengo libertad y estoy sujeto,
espero, desespero, duermo y velo,
aborréscome[3] y tengo de mí duelo,
y muero y vivo, ved qué extraño efecto[4].

Soy ciego y veo, mudo y voy gritando,
la muerte llamo y temo su venida,
nunca trabajo ni descanso un hora[5],

y aunque al parescer[6] canto, estoy llorando,
igualmente aborrezco muerte y vida.
¡Ved en qué extremo estoy por vos, Pandora![7]

Hielo y fuego

Como podemos apreciar, antítesis y paradojas tratan de ser la expresión poética del carácter contradictorio del amor, idea que encontramos desarrollada también en algunos conocidos sonetos-definición de este sentimiento, como «Desmayarse, atreverse, estar furioso…» de Lope de Vega[8], «Determinarse y luego arrepentirse…» del conde de Villamediana[9] o «Es hielo abrasador, es fuego helado…» de Francisco de Quevedo[10].


[1] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

[2] Para las teorías amorosas vigentes en la literatura del Siglo de Oro, ver especialmente Guillermo Serés, La transformación de los amantes. Imágenes del amor de la antigüedad al Siglo de Oro, Barcelona, Crítica, 1996. Puede consultarse también el trabajo clásico de Joseph G. Fucilla, Estudios sobre el petrarquismo en España, Madrid, Instituto «Miguel de Cervantes», 1960; o el libro de María Pilar Manero Sorolla, Imágenes petrarquistas en la lírica española del Renacimiento. Repertorio, Barcelona, PPU, 1990. También resulta de utilidad la monografía de Ignacio Navarrete, Los huérfanos de Petrarca. Poesía y teoría en la España renacentista, versión española de Antonio Cortijo Ocaña, Madrid, Gredos, 1997… entre otra mucha bibliografía posible.

[3] aborréscome: nótese que luego, en el v. 13, leemos aborrezco.

[4] efecto: pero ha de pronunciarse efeto, con simplificación del grupo consonántico culto, para lograr la rima consonante con sujeto.

[5] un hora: una hora.

[6] parescer: forma con conservación del grupo culto -sc-.

[7] La Silva curiosa de Julián de Medrano, caballero navarro, en que se tratan diversas cosas sotilísimas y curiosas, muy convenientes para damas y caballeros en toda conversación virtuosa y honesta. Dirigida a la muy alta y serenísima reina de Navarra su Señora, en París, impreso en casa de Nicolás Chesneau, en la calle de Santiago, a la insignia du Chesne verd, 1583, pp. 132-133. En mi transcripción del texto de la princeps, modernizo las grafías sin relevancia fonética y la puntuación y regularizo el uso de mayúsculas y minúsculas. Incluí este soneto en mi antología Poetas navarros del Siglo de Oro, Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, pp. 37-38 y también en mi artículo «Versos pastoriles y amorosos de Julián de Medrano», Río Arga. Revista de poesía, núm. 92, cuarto trimestre de 1999, p. 30. Mercedes Alcalá Galán, «La silva curiosa de Julián de Medrano». Estudio y edición crítica, New York, Peter Lang, 1998, p. 167, lo trae conservando las grafías antiguas, según el criterio aplicado al conjunto de la obra.

[8] Lope de Vega, Rimas humanas y otros versos, ed. y estudio preliminar de Antonio Carreño, Barcelona, Crítica, 1998, núm. 163 (Soneto 126 de las Rimas), p. 285. Anota el editor a propósito de este soneto del Fénix: «A partir de la enumeración (enumeratio) y a modo de un extenso circunloquio, se establece una definición del amor a base de binomios, de simetrías bipolares, de opuestos y contrarios. Infinitivos, sustantivos y formas adjetivales establecen un clímax retórico y enumerativo». Tras mencionar otros textos similares, recuerda que ya Gracián en Agudeza y arte de ingenio había llamado la atención sobre este discurso de las «ponderaciones de contrariedad». Estructura similar tiene el soneto 61 de las Rimas (núm. 61, p. 196), «Ir y quedarse, y con quedar partirse…», pero para la definición de ausencia.

[9] Juan de Tassis, Conde de Villamediana, Poesía impresa completa, ed. de José Francisco Ruiz Casanova, Madrid, Cátedra, 1990, núm. 98, p. 174. Este soneto se refiere específicamente a los efectos de amor.

[10] Francisco de Quevedo, Poesía original completa, ed., introducción y notas de José Manuel Blecua, Barcelona, Planeta, 1990, núm. 375, p. 366, con el epígrafe «Soneto amoroso difiniendo el amor». Ver también el núm. 367, p. 362 («Osar, temer, amar y aborrecerse…») y el núm. 371, p. 364 («Tras arder siempre, nunca consumirse…»).

El soneto «A la hermosa pastora llamada Constanza» incluido en «La Silva curiosa de Julián de Medrano»

Julián de Medrano o Julián Íñiguez de Medrano (de las dos formas se documenta su nombre) es un escritor navarro autor de una interesante obra miscelánea, La silva curiosa, que incluye refranes, sentencias, cuentos, motes, proverbios, epitafios, y también varias composiciones poéticas, que desarrollan sobre todo temas pastoriles y amorosos[1]. Ayer comenté sus coplas burlescas «De un pastor enamorado de una pastora muy fea», hoy examinaré el soneto «A la hermosa pastora llamada Constanza» y, en sucesivas entradas, nos iremos acercando a otras composiciones de Medrano (o recogidas en la miscelánea de Medrano, para ser más exactos, pues en varios casos nos consta que estamos ante materiales ajenos, de acarreo, con los que engrosó su libro[2]).

El título completo de la obra es el siguiente: La Silva curiosa de Julián de Medrano, caballero navarro, en que se tratan diversas cosas sotilísimas y curiosas, muy convenientes para damas y caballeros en toda conversación virtuosa y honesta. Dirigida a la muy alta y serenísima reina de Navarra su Señora, en París, impreso en casa de Nicolás Chesneau, en la calle de Santiago, a la insignia du Chesne verd, 1583. Volvió a publicarse en París, en casa de Marc Orry, en la calle de Santiago, a la insignia del Lyon Rampant, 1608, «corregida en esta nueva edición, y reducida a mejor lectura por César Oudin», cuya novedad principal consiste en la inclusión —sin indicación de quién fuese su autor— de la Novela del curioso impertinente de Cervantes[3].

La Silva de Julián de Medrano pertenece a un género típicamente renacentista, el de las oficinas y polianteas, obras que —a manera de las modernas enciclopedias, valga decirlo así— trataban de compendiar el saber y la cultura de la época reuniendo refranes, anécdotas, citas famosas de autoridades en diversas materias y otros variados elementos[4]. De estos trabajos podían echar mano otros escritores para hacer gala de una rica erudición, aun cuando no pudieran acudir directamente —o no quisieran tomarse la molestia de hacerlo— a las fuentes primeras. Como ya indiqué, en la obra de Medrano, además de diversos materiales folclóricos y paremiológicos (refranes, chistes, facecias, anécdotas, motes, sentencias, epitafios…) se incluyen algunas composiciones poéticas, además de varias historias amorosas y de aventuras exóticas[5].

Pues bien, hoy examinaremos el soneto que va encabezado por el epígrafe «A la hermosa pastora llamada Constanza»:

Cuando nasciere el sol en el Poniente
y viniere a ponerse en el Levante;
cuando entre sí güarden paz constante
el duro frío y el calor ferviente;

cuando no emponzoñare la serpiente
y al norte no creyere el mareante[6];
cuando se viere el águila pujante
sujeta a las palomas y obediente;

entonces sí, ay, entonces, mi Constanza
mudanza hallarás[7] en mi tristeza,
si do[8] hay Constanza puede haber flaqueza.

Allá ejecute el tiempo su dureza
en todo lo demás, como es usanza[9],
que vencer no podrá mi fortaleza[10].

Con relación a la autoría, escribe Mercedes Alcalá Galán:

Este soneto aparece en Flores de varia poesía con el nº 291 (p. 498), ed. de Margarita Peña. Se atribuye al licenciado Dueñas, del que se recogen en dicha edición datos tomados de Juan José López de Sedano, Manuel José Quintana y Bartolomé José Gallardo. Sin embargo, casi nada se sabe de este poeta que participa con dieciséis composiciones en Flores de varia poesía. Las únicas variantes con la versión de Medrano aparecen en el primer terceto: «entonces, si ay entonces, mi Constança, / mudança hallarás en mi firmeza, / si do ay constancia puede auer mudança»[11].

Águila y palomaEl soneto se construye como una enumeración de diversos adynata o impossibilia[12] (estructurada con la anáfora Cuando … cuando … cuando … cuando … entonces) que sirve para ponderar la firmeza del sentimiento amoroso del hablante lírico: la tristeza del enamorado (se sobrentiende que desdeñado por la bella ingrata, la amada enemiga) solo variará cuando se den esos casos, imposibles de producirse en el orden natural de las cosas: que el sol salga por occidente y su ocaso se produzca en el oriente, que el frío y el calor no sean elementos contrarios sino parejos, que las serpientes no tengan veneno, que el águila viva en paz con las palomas, etc. Hay además, en los versos 9-11, un juego de palabras con el nombre de la dama amada: Constanza / mudanza (donde hay Constanza = ‘constancia, firmeza en el amor, inmutabilidad del sentimiento’, no puede haber flaqueza, esto es, riesgo de dejar de amarla). Igualmente, en el segundo terceto se alude al tópico clásico del poder absoluto del tiempo, que todo lo muda («todo lo mudará la edad ligera / por no hacer mudanza en su costumbre», había escrito Garcilaso al final de su famoso soneto «En tanto que de rosa y dʼazucena…»[13]), menos el dolorido sentir del amante.


[1] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

[2] No todos estos materiales son originales de Medrano. Por ejemplo, la mayoría de los cuentos recogidos en la Silva proceden de Sobremesa y alivio de caminantes de Joan de Timoneda y de la colección de Juan Aragonés.

[3] Hay otra edición antigua cuya portada indica: Zaragoza, Joan Escartilla, 1580 (en realidad, se trata de un estado de la de Chesneau, con falsificación de la portada); una edición del siglo XIX, a cargo de José María Sbarbi (vol. 10 de El refranero general español, Madrid, Imprenta de A. Gómez Fuentenebro, 1878); y una moderna de Mercedes Alcalá Galán, «La silva curiosa de Julián de Medrano». Estudio y edición crítica, New York, Peter Lang, 1998.

[4] Ver, por ejemplo, Víctor Infantes, «De Officinas y Polyantheas: los diccionarios secretos del Siglo de Oro», en Homenaje a Eugenio Asensio, Madrid, Gredos, 1988, pp. 243-257; Pedro Ruiz Pérez, «Los repertorios latinos en la edición de textos áureos. La Officina poética de Ravisio Textor», en La edición de textos. Actas del I Congreso Internacional de Hispanistas del Siglo de Oro, ed. de Pablo Jauralde, Dolores Noguera, Alfonso Rey, London, Tamesis Books Limited, 1990, pp. 431-440; y Sagrario López Poza, «Polianteas y otros repertorios de utilidad para la edición de textos del Siglo de Oro, La Perinola. Revista de investigación quevediana, 4, 2000, pp. 191-214.

[5] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Versos pastoriles y amorosos de Julián de Medrano», Río Arga. Revista de poesía, núm. 92, cuarto trimestre de 1999, pp. 27-31.

[6] mareante: el que maneja la aguja de marear, el piloto de una nave.

[7] hallarás: la h- (procedente de f- inicial latina) ha de pronunciarse aspirada para lograr el endecasílabo.

[8] do: donde.

[9] ejecute el tiempo su dureza / en todo lo demás, como es usanza: alude al poder incontrastable del paso del tiempo, tópico bien conocido, de raigambre tradicional.

[10] Edité este soneto en mi antología Poetas navarros del Siglo de Oro, Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, pp. 35-36 y también en mi artículo «Versos pastoriles y amorosos de Julián de Medrano», p. 29. En mi transcripción del texto de la princeps, modernizo las grafías y la puntuación y regularizo el uso de mayúsculas y minúsculas. En cambio, en la citada edición de Alcalá Galán el texto figura (en la p. 159) sin modernización, lo que dificulta la lectura.

[11] Alcalá Galán, «La silva curiosa de Julián de Medrano». Estudio y edición crítica, p. 159, nota 179.

[12] Muy frecuentes en toda la literatura pastoril. Ver, por ejemplo, Virgilio, Égloga I, 164: «Títiro.- Pues antes pacerán los ligeros ciervos en el aire y a la playa arrojarán los mares los desnudos peces…». Cito por Bucólicas. Geórgicas. Apéndice virgiliano, introducción de José Luis Vidal, traducción, introducciones y notas de Tomás de la Ascensión Recio García y Arturo Soler Ruiz, Madrid, Gredos, 1990.

[13] Ver  Garcilaso de la Vega, Poesías castellanas completas, ed. de Elías L. Rivers, 6.ª ed., Madrid, Castalia, 1989, Soneto XXIII, p. 59. Son los vv. 13-14.

Las coplas «De un pastor enamorado de una pastora muy fea», de Julián de Medrano

Estamos acostumbrados a que la poesía lírica pondere la belleza deslumbrante de las Lisis, Filis, Lauras, Galateas, Fléridas[1], mujeres idealizadas todas ellas que responden al tópico de la donna angelicata y también al de la «ingrata amada enemiga», tan crueles cuanto hermosas (más duras que el mármol a las quejas de sus lastimeros y llorosos enamorados[2]). Lo habitual es, entonces, que el poeta cante a estas damas bellísimas, insertando su composición en los cánones del amor cortés trovadoresco, o bien de los códigos petrarquistas y neoplatónicos al uso[3]. Todo eso, claro, cuando nos situamos en el registro de la poesía amorosa seria. Ahora bien, si cambiamos de tonalidad y de género, y pasamos al terreno de lo burlesco, no deberá extrañarnos que suceda lo contrario, es decir, que los poetas parodien esos tópicos convencionales, gastados por el uso reiterado, y los vuelvan del revés cantando entonces a las mujeres feas, como hicieran magistralmente Lope, Quevedo y otros muchos ingenios áureos.

Portada de La silva curiosa de Julián de MedranoEn el contexto de la historia literaria de Navarra del Siglo de Oro, también podemos encontrar algunos casos similares, esto es, algunos poetas navarros que cantan a las feas. Hoy me quiero referir a uno de ellos en concreto, Julián de Medrano (cuyo nombre aparece a veces también como Julián Íñiguez de Medrano), autor al que ya dediqué —tiempo atrás— una entrada. Su principal obra es La silva curiosa de Julián de Medrano (en París, impreso en casa de Nicolás Chesneau, en la calle de Santiago, a la insignia du Chesne verd, 1583, con una segunda edición, París, en casa de Marc Orry, en la calle de Santiago, a la insignia del Lyon Rampant, 1608[4]), que es una verdadera ensalada u obra miscelánea típica del Renacimiento que incluye refranes, anécdotas, chistes, facecias, sentencias, cuentos, motes, proverbios, epitafios, etc. en confusa mezcla (a eso alude precisamente el título del libro: es una silva, una selva de materiales entremezclados sin demasiado orden)[5]. Pero, además, se introducen en ella varias historias amorosas y de aventuras exóticas, y también bastantes composiciones poéticas, sobre todo de tema pastoril-amoroso[6].

Pues bien, de todos esos poemas de Medrano insertos en La silva curiosa, me interesa recordar ahora las coplas «De un pastor enamorado de una pastora muy fea», escritas en sesenta ágiles versos hexasílabos, cada una de las cuales se cierra con el gracioso estribillo «soy enamorado / de la fea graciosa»[7]. Este es el texto completo del poema (al que añadiré algunas pequeñas notas explicativas):

Amor me ha burlado
con burla donosa:
soy enamorado
de la fea graciosa.

Estando en mi aldea
mirando bailar,
vi una mujer fea
en el baile entrar,
fea de espantar
pero muy briosa:
soy enamorado
de la fea graciosa.

Su talle y su gesto[8]
os quiero contar,
y habéis de juzgar
si me engaño en esto;
y pues ya estoy puesto
a cualquiera cosa,
soy enamorado[9]
de la fea graciosa.

Es cariaguileña
y junta de cejas;
muy largas orejas;
la color[10], trigueña;
de cuerpo pequeña,
un poco gibosa:
soy enamorado
de la fea graciosa.

La boca, hendida;
los labios, pardillos;
los ojos, chiquillos;
la nariz, cumplida;
la fruente[11], salida;
la cara, pecosa:
soy[12] enamorado
de la fea graciosa.

Y con ver que veo
que es fea cual paresce,
en mi alma cresce
amor y deseo;
y no hay amor feo
donde Amor reposa:
soy enamorado
de la fea graciosa.

Cuando la miré
me paresció fea,
y agora Medea
no llega a su pie,
ni Penelopé,
ni Venus[13], la hermosa:
soy enamorado
de la fea graciosa.

Y lo que aprovecha
de amar feo amor
es no haber sospecha
de competidor,
ni tener temor
será codiciosa[14]:
soy enamorado
de la fea graciosa
.

Esta composición se incluye en la primera parte de La silva curiosa, concretamente en la sección titulada «Versos pastoriles de Julio M. sentidos y harto graciosos». En fin, terminaré recordando que el tema de la fea se reitera más adelante, en la parte segunda de la obra, en la que se recogen dichos, cuentos y epitafios, donde encontramos esta «Aguda respuesta de un soldado a una mujer fea»:

Fue un soldado muy feo con un guárdenos Dios[15] muy cumplido por la cara. El cual iba muerto por alcanzar una mujer, la cual no era hermosa sino muy fea, y decíale: «Perla graciosa, volveos acá y vea yo ese hermoso rostro, el cual a mí da gran pena por no poderle gozar». Volviose la mujer y desque lo vio tan feo, le dijo: «Eso no puedo decir por cierto de vuestra merced». Respondió él: «Bien pudiérades, mintiendo como yo»[16].


[1] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

[2] Recuérdense los conocidos versos 57-59 de la Égloga I de Garcilaso, cuando Salicio exclama: «¡Oh más dura que mármol a mis quejas / y al encendido fuego en que me quemo / más helada que nieve, Galatea!» (Garcilaso de la Vega, Poesías castellanas completas, ed. de Elías L. Rivers, 6.ª ed., Madrid, Castalia, 1989, p. 121).

[3] Para las teorías amorosas vigentes en la literatura del Siglo de Oro, ver especialmente Guillermo Serés, La transformación de los amantes. Imágenes del amor de la antigüedad al Siglo de Oro, Barcelona, Crítica, 1996. Puede consultarse también el trabajo clásico de Joseph G. Fucilla, Estudios sobre el petrarquismo en España, Madrid, Instituto «Miguel de Cervantes», 1960; o el libro de María Pilar Manero Sorolla, Imágenes petrarquistas en la lírica española del Renacimiento. Repertorio, Barcelona, PPU, 1990. También resulta de utilidad la monografía de Ignacio Navarrete, Los huérfanos de Petrarca. Poesía y teoría en la España renacentista, versión española de Antonio Cortijo Ocaña, Madrid, Gredos, 1997… entre otra mucha bibliografía posible.

[4] Hay otra edición antigua cuya portada indica: Zaragoza, Joan Escartilla, 1580 (en realidad, se trata de un estado de la de Chesneau, con falsificación de la portada); una edición del siglo XIX, a cargo de José María Sbarbi (vol. 10 de El refranero general español, Madrid, Imprenta de A. Gómez Fuentenebro, 1878); y una moderna de Mercedes Alcalá Galán, «La silva curiosa de Julián de Medrano». Estudio y edición crítica, New York, Peter Lang, 1998.

[5] No todos estos materiales son originales de Medrano. Por ejemplo, la mayoría de los cuentos recogidos en la Silva proceden de Sobremesa y alivio de caminantes de Joan de Timoneda y de la colección de Juan Aragonés. A nombre de Medrano figura también una rara obra titulada Historia singular de seis animales, d’el Can, d’el Cavallo, d’el Osso, d’el Lobo, d’el Ciervo y d’el Elephante, París, Nicolas Chesneau, 1583, pero como ya notara Menéndez Pelayo, «este libro no es más que un ejemplar, con los preliminares reimpresos, del libro Del Can y del caballo que había publicado en Valladolid el protonotario Luis Pérez en 1568, sin que para nada se hable del oso ni de los demás animales citados en la portada» (Marcelino Menéndez Pelayo, Orígenes de la novela, ed. preparada por Enrique Sánchez Reyes, vol. 3, Santander, Aldus, 1943, p. 122).

[6] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Versos pastoriles y amorosos de Julián de Medrano», Río Arga. Revista de poesía, núm. 92, cuarto trimestre de 1999, pp. 27-31.

[7] Cito por Mercedes Alcalá Galán, «La silva curiosa de Julián de Medrano». Estudio y edición crítica, New York, Peter Lang, 1998, pp. 177-179, pero modernizando grafías y puntuación y regularizando además el uso de mayúsculas y minúsculas. Como anota la editora, esta composición aparece en el Cartapacio de Francisco de Morán de la Estrella, núm. 36, fol. 62r-62v, y figura atribuido también a Diego Hurtado de Mendoza (Poesía completa, CXXXVI). Reproduje este poema en mi antología Poetas navarros del Siglo de Oro, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2003, pp. 39-41.

[8] gesto: rostro, cara.

[9] soy enamorado: en la edición de Alcalá Galán, «Por ser ennamorado», que, además de hacer el verso largo, rompe la sintaxis de la frase. Enmiendo unificando con el estribillo repetido en las demás estrofas.

[10] la color: en la lengua clásica es normal que los sustantivos acabados en –or tengan concordancia femenina.

[11] fruente: forma usual por frente.

[12] soy: en la edición de Alcalá Galán, «Y soy», que hace el verso largo. Unifico de nuevo con la forma repetida en los demás estribillos.

[13] Medea … Penelopé … Venus: citadas aquí como prototipos de belleza femenina. La forma Penelopé, con desplazamiento acentual jocoso, es necesaria para conseguir la rima con miré y pie.

[14] ni tener temor / será codiciosa: como es fea, el yo lírico piensa que no reclamará demasiados regalos. Es bien conocido el tópico satírico de la «dama pidona», a la que su galán tenía que contentar con joyas, vestidos, etc.

[15] un guárdenos Dios: una cicatriz.

[16] La silva curiosa de Julián de Medrano, ed. de Mercedes Alcalá Galán, p. 210; pero modernizo de nuevo grafías, puntuación y uso de mayúsculas / minúsculas.