Leyendas y cantares vascos en «Amaya o los vascos en el siglo VIII» de Navarro Villoslada

Ya he indicado en alguna entrada anterior que en esta novela de Francisco Navarro Villoslada[1] hay una visión idealizada del pueblo vascongado, que incluye también una defensa de su idioma[2], reliquia de pasados tiempos que hay que conservar (véanse distintas indicaciones sobre el idioma y su riqueza en las pp. 10, 21, 127, 404, 423 y 598)[3]; he mencionado también la preocupación del narrador por señalar el idioma en que habla cada personaje en cada circunstancia. Mencionaré dos pasajes significativos: cuando Ranimiro acude al valle de Goñi para entrevistarse con Miguel, el anciano de más influencia entre los vascos, este le pregunta si sabe hablar vascuence; al contestar el godo que «un poco», Miguel apostilla: «Me alegro, porque me cuesta trabajo y repugnancia expresarme en el idioma de los romanos, y eso que fueron amigos nuestros» (p. 59); cuando Amaya habla a Teodosio en latín, la primera vez que se entrevistan, el joven responde altivo: «No quiero entender otro idioma que el de mis padres» (p. 157). Los godos que encarnan el espíritu de reconciliación (Ranimiro, Amaya), comprenden y hablan el vascuence; en cambio Munio, no ve en él más que un «guirigay» (p. 344).

En la novela, aparte de los nombres de Amaya y Asier, ‘fin’ y ‘principio’, que tanta importancia simbólica poseen, se incluyen otras palabras vascas, que van en cursiva (a veces con su significado entre paréntesis o en nota al pie): escualerri o escualerría, escuara, escualdunac, lauburu, zorcico, Jaungoicoa, Amaija dá asieria o Amaya da asiera (con una nota en p. 47 sobre la pronunciación; es la inscripción del brazalete de Aitor), jaun, andra, amá, echecojaun, ezpata, guecia, ilarguía, leheren, Basajaun, deyadara o deihadara, erecia, irrinzina o irrintza, agur, sagardua, chori, jaiarin, ezcua, on, ezcuonda, eztia, ezteia, baatzarre, gau-illa; hay también algunas expresiones: «junac, jun» ‘al que se muere, lo entierran’; «aurrerá, mutillac» ‘adelante, muchachos’; «Jaungoicoa eta escualdunac» ‘Dios y los vascos’; «Leloan, Lelo, Leloán dot gogo» ‘Dale que le das con Lelo, nunca lo puedo olvidar’; o el grito Iaó, iaó, iaó; palabras vascas son los nombres de algunos personajes: Mendoza ‘monte frío’, Iturrioz ‘fuente fría’, Echeverría ‘casa nueva’, Amagoya ‘madre de lo alto’; y algunos topónimos: Urbasa ‘agua brava’, Andía ‘la grande’, Jaureguía ‘el palacio’, Gazleluzar ‘castillo viejo’, Aitormendi ‘monte de Aitor’, Aitorechea ‘casa de Aitor’, Auñemendi ‘monte de los corderos’ (nombre del Pirineo), Goñi (Go-iñi, ‘en alto yo’); algunas de las notas de la novela explican algunas etimologías de palabras vascas (pp. 47, 56, 62, 195, 200, 204, 218, 402, 406).

BasajaunPero más importantes son los cantares y las leyendas que se intercalan. En cuanto a los primeros, se incluyen versiones de varios y se dan algunas noticias de ellos: el canto de Aníbal (pp. 38-41), el canto de Altabiscar o Altobiscar[4] (pp. 141-143), el himno de Lecobide y Uchin Tamayo (pp. 222-223) y la cancioncilla de Zara y Lelo (pp. 580 y 585-586); también hay una alusión al himno sobre el combate de Lara (p. 106). El autor los califica de «cantos éuscaros de tiempo inmemorial» (p. 325); del himno de Lecobide, en concreto, dice que es «el suspiro más lejano, más antiguo que nos ha dejado la musa éuscara, como un eco de la primitiva independencia, eco de vida que va repitiendo la santa libertad de todos los siglos»[5]. Además introduce Villoslada la leyenda de Aitor (pp. 216-218); la de Luzaide y Maitagarri (pp. 204, 207, 217 y 430); la fábula de Leheren, una serpiente de fuego (p. 218, y nota) y la del Basajaun o señor del bosque (cfr. el cap. II, III, IV: «En que se dice quién era el Basajaun y qué significa su nombre», especialmente la p. 571). Y, por supuesto, la leyenda de Teodosio de Goñi[6]. Para Blanco García, todas estas leyendas y las creencias «mitad primitivas, mitad supersticiosas» de los vascos producen en la novela un efecto semejante al de la mitología clásica[7]; o como dice Villoslada, la convierten en «centón de tradiciones éuscaras». Hay que recordar que Amaya ha sido calificada tradicionalmente como «poema en prosa», como auténtica «epopeya del pueblo vasco»[8]; el propio autor, en la dedicatoria, se refiere a ello: «El asunto requería una epopeya; pero sin alas para volar tan alto y abatido por la tristeza que infunde la presente, me quedo rastreando en la elegía».


[1] Para el autor y el conjunto de su obra, ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995. Y para su contexto literario, mi trabajo «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Tal vez convendría recordar que en el siglo XIX la extensión geográfica del vascuence era muy superior a la actual; según Madrazo, en 1886, sobre un censo total de 230.000 navarros, 150.000 lo hablaban (dato mencionado por José María Corella, Historia de la literatura navarra, Pamplona, Ediciones Pregón, 1973, p. 182).

[3] Cito por esta edición: Amaya o los vascos en el siglo VIII, San Sebastián, Ttarttalo Ediciones, 1991. Otra más reciente es: Amaya o los vascos en el siglo VIII, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 1 y 2), 2 vols.

[4] El escritor anota al pie: «Creo que se me perdonará fácilmente el anacronismo de poner en boca de Petronila esta rapsodia del canto de Roldán, más de medio siglo antes de la derrota de Roncesvalles; pero he creído que semejante canción, acerca de cuya antigüedad no es ésta ocasión de discurrir, debía entrar de una manera u otra en un libro de la índole de AMAYA, centón de tradiciones éuscaras. / Harto más difícil de perdonar es el atrevimiento de haber puesto en verso tan precioso poemita, cosa que nadie ha intentado, que yo sepa. Sírvame de disculpa que el romance de Petronila resulta una imitación, no traducción literal, del Altobiscaren cantua» (p. 143, nota).

[5] Tras ofrecer su versión del mismo, señala en nota: «Esta canción es intraducible tanto en verso como en prosa; los idiomas modernos quedan vencidos por la sencillez, concisión y energía del original. En la necesidad de recurrir a las perífrasis, he dado la preferencia al verso, pues que de poemas se trata. Hay críticos que niegan la autenticidad, es decir, la remotísima antigüedad de este canto. Para negar un prodigio de la tradición, hay que reconocer otro mayor: el de semejante falsificación. El primero, me lo explico; el segundo, no. De todos modos, dejo la cuestión intacta a los eruditos» (p. 223, nota). En cambio, en su artículo «La mujer de Navarra» parece reconocer que todos estos cantos son versiones modernas, al estilo de las recreaciones ossiánicas de Mcpherson. Jon Juaristi ha dedicado unas páginas de su trabajo a señalar el origen de estas falsificaciones (El linaje de Aitor. La invención de la tradición vasca, Madrid, Taurus, 1987, pp. 53-56). Ver también el artículo «De la poesía vascongada» que Navarro Villoslada había publicado en El Pensamiento Español, 12 de diciembre de 1866.

[6] Julio Caro Baroja ha dicho de ella que es «una variante muy cristianizada y local de la leyenda o, mejor dicho, del tema o ‘motivo’ del parricidio involuntario», con abundantes variantes (Edipo Rey, leyendas hagiográficas de San Judas, San Julián o San Albano). Julia Barella Vigal, «Amaia da hasiera», Kultura (Vitoria), VIII, 1985, pp. 119-122, ha destacado que con la inclusión del milagro del monte Aralar y la aparición del dragón, la atmósfera de fantasía de Amaya se intensifica hacia el final.

[7] Francisco Blanco García, La literatura española en el siglo XIX, II, Madrid, Sáenz de Jubera, 1891, p. 274.

[8] Fernando González Ollé señala que muchos críticos la han definido como epopeya, pero siempre sin el apoyo textual, y comenta acertadamente: «Me parece que esta denominación quiere ser un elogio antes que una categoría poética» (Introducción a la historia literaria de Navarra, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1989, p. 180); aparte del tema general, él menciona algunos rasgos concretos que prueban esa condición heroica de la novela: empleo frecuente de símiles y algunos motivos de abolengo homérico (la cocina de Goñi que recuerda a la de Eneas, ciertas peculiaridades del vino, etc.).

Navarro Villoslada, poeta: «Oración para después de haber comulgado»

En mi edición de la Obra poética de Navarro Villoslada, publicada en 1997 por el Gobierno de Navarra, ofrecía un corpus total de 54 poemas, 31 que habían sido previamente publicados y otros 23 que permanecían inéditos hasta ese momento. Todos esos poemas que forman la producción poética del escritor de Viana los agrupaba por sus temas en varios apartados que, de mayor a menor importancia, eran: 1) poemas de tema religioso; 2) poemas de tema moral; 3) poemas de tema político; 4) poemas «de circunstancias»; 5) poemas amorosos; 6) poemas satíricos y burlescos; y 7) otros poemas varios. En sucesivas entradas iremos examinando esa producción, mucho menos conocida que sus novelas históricas, con la idea de dar a conocer y comentar sucintamente esos textos.

Ciertamente, es en la temática religiosa donde encuentra Navarro Villoslada su vena más inspirada. Conociendo su carácter y su pensamiento, no extraña que así sea. Incluía en mi edición de 1997, en el apartado de poemas religiosos, los números 5, 15, 17, 18, 19, 20, 23, 28, 31, 49, 50, 51, 52, 53 y 54. Algunos de sus títulos son ya bien significativos; así, escribió una «Oración para después de haber comulgado» (núm. 18), el poema que quiero comentar hoy. Se trata de una lira, dividida en 10 formas paraestróficas con la rima habitual 7a 11B 7a 7b 11B, la cual presenta los beneficios que el Cuerpo de Cristo, verdadero alimento espiritual del cristiano («dulce manjar»), reporta a su alma:

Dentro de mí no cabe
el gozo en que rebosan mis entrañas;
en bálsamo süave,
en aromas extrañas,
en olas de tu gloria el alma bañas.

Vestido de hermosura,
vienes, Señor, iluminando el viento,
para colmar de hartura
este labio sediento,
y tu esencia me das en alimento.

El yo lírico, en comunión con Dios, no desea romper ese estado de gracia y exclama: «Antes, ¡ay!, de pecar venga la muerte». E insiste en la misma idea en las palabras finales: «¡Ahora que estás conmigo / torna al Cielo, mi Dios, que yo te sigo!».

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Este es el texto completo del poema, en el que se aprecian ciertos ecos de claro sabor sanjuanista:

¡Bendito Dios del Cielo,
que mi seno escogiste por morada!
¡Inefable consuelo
del alma enajenada,
que en tus brazos se duerme regalada!

Señor de los señores,
que en cien mundos y cien moras estrecho,
¿cómo, buscando amores,
desciendes a mi pecho,
y en él tu trono deslumbrante has hecho?

Ángeles y querubes
con santa emulación mi gloria miran
y en nacaradas nubes
se acercan, se retiran,
y tanta dicha atónitos admiran.

Sí, que en blando regazo
tu Madre te estrechó recién nacido,
con menos fuerte abrazo
que a mi seno querido
con vínculos de fuego te has unido.

Dentro de mí no cabe
el gozo en que rebosan mis entrañas;
en bálsamo süave,
en aromas extrañas,
en olas de tu gloria el alma bañas.

Vestido de hermosura[1],
vienes, Señor, iluminando el viento,
para colmar de hartura
este labio sediento,
y tu esencia me das en alimento.

¿Quién para dicha tanta,
para tanto favor, quién es el hombre?
Ánima mía, canta
de Dios el santo nombre,
y haz que al impío su bondad asombre.

¡Oh, cuál me saboreo
con tu dulce manjar! ¿Y he de perderte,
dulcísimo recreo,
después de poseerte?
Antes, ¡ay!, de pecar venga la muerte.

De tu pecho la llaga
es manantial perenne de dulzura;
y el que en ella se embriaga,
lejos de su onda pura,
¿dónde templa su sed sin amargura?

¡Oh, buen Jesús!, el mundo,
desde tus alas visto al blando abrigo,
inspira horror profundo.
¡Ahora que estás conmigo
torna al Cielo, mi Dios, que yo te sigo![2]


[1] «Vestido de hermosura» es verso de evidente reminiscencia sanjuanista; recuérdese la respuesta de las criaturas en el «Cántico espiritual»: «Mil gracias derramando / pasó por estos sotos con presura, / y, yéndolos mirando, / con sola su figura / vestidos los dejó de hermosura».

[2] Incluido en Francisco Navarro Villoslada, Obra poética, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1997, núm. 18, pp. 122-124.

«Amaya o los vascos en el siglo VIII» de Navarro Villoslada, una novela con tesis

En las dos primeras novelas de Francisco Navarro Villoslada[1], Doña Blanca de Navarra (1847) y Doña Urraca de Castilla (1849), no existe una tesis en el plano supratextual[2], como ocurre en Amaya[3], donde se plantea toda una interpretación de los orígenes históricos de España[4] que resume el ideario tradicionalista del autor: de la unión de vascos y godos nace una entidad nacional basada en la unidad católica[5]. Como ha destacado Jon Juaristi[6], los vascos, orgullosos de su raza superior y pura, solo ceden ante la fraternidad cristiana, pasando del estrecho patriotismo consistente en la defensa del solar nativo a la Reconquista, en un anhelo católico, universal. Los dos pueblos enfrentados tienen en común la religión cristiana: ante el peligro de la invasión musulmana, la Cruz les une en la «santa cruzada de la Reconquista»: juntos deben triunfar o juntos perecer. García, llamado a salvar a España (cfr. las pp. 240, 247, 257-259, 276), dice: «Si España, si la religión peligran, tan cristianos son los godos como los vascos. Tan obligados estamos unos como otros a salvarla» (p. 279); y, en efecto, los vascos se comprometen plenamente en la defensa de la religión amenazada, tal como se ve en el siguiente diálogo entre García, Teodosio y Andeca, los tres caudillos vascos:

Entonces García, no pudiendo explicar ni contener la profunda conmoción que sentía se arrojó a los brazos de Teodosio, exclamando con magnánima inspiración:

—Lo digo…, porque ha llegado tu hora, Teodosio; tu hora y la mía. Tú te quedas aquí a ser rey… Yo me ausento de Vasconia para siempre…

—¿Adónde?

—¡A pelear y morir por la cruz, que peligra en la Bética! Desde hoy se levanta en España una nueva raza, que se llama…

—Se llama cristiandad —añadió Andeca—; a esa raza pertenecemos también los vascos, y yo desde luego.

—Me habéis comprendido, Andeca. Iremos juntos.

—Y moriremos juntos por la gloria de Dios y el honor de la escualerría (p. 326).

Ranimiro le explica al caudillo vasco: «García, independencia, libertad y religión son hoy una misma causa» (p. 277); finalmente, como ya he explicado en otro lugar, es el matrimonio de García y Amaya[7] el que simboliza la unión de los dos pueblos unidos también en la Cruz.

GarciayAmaya

Con la invasión musulmana, se ha perdido la unidad territorial de los godos (al fragmentarse la Península en varios reinos cristianos, los vascos seguirán gozando de su secular independencia, aunque integrados en un proyecto común), pero se ha alcanzado algo mucho más importante, la unidad espiritual, la unidad católica[8]; veamos estas palabras de Amaya y de Teodomiro tras la derrota del Guadalete:

—Ya no hay godos en España: no hay más que invasores que nos quieren cautivar y defensores de la independencia común, en principados independientes. Salvad a García, y García será rey de Vasconia libre… (p. 634).

—Acepto la corona […], que hoy no es de oro, ni de hierro siquiera, sino de espinas. Idos vosotros a vencer; yo me quedo aquí, en medio de los sarracenos, a ser derrotado una vez y otra vez, hasta asentar mi reino o morir peleando. Pero, amigos míos, el imperio toledano ha concluido para siempre, y de sus ruinas han de salir tantos otros cuantos caudillos haya que levanten la enseña de la cruz. Vos, Pelayo, seréis de vuestras montañas rey de Asturias; vosotros los vascos, más afortunados que los demás, tenéis en vuestra inmemorial independencia un reino ya formado. Pero todo será nuevo, todo distinto, todo separado y libre, unido sólo por el pensamiento capital de la reconquista, por Jesucristo y para Jesucristo. Yo, desde Aurariola; vosotros, desde el Norte y Occidente; quien menos se piense, desde Levante, seguiremos ensanchando nuestros dominios, hasta que se toquen las fronteras y en un haz se junten nuestras cruces, y de cien reinos distintos, pero cristianos, torne a formarse la monarquía católica española (p. 451; las cursivas son mías; la misma idea se amplifica en las pp. 452-453)[9].

En relación con esto, quiero terminar esta entrada mencionando una interesante nota que he encontrado entre los papeles del autor; Luis Echevarría le escribe a propósito de la última línea de Amaya, cuando se público en La Ciencia Cristiana:

«La unidad que ocho siglos después lograron afortunadamente los Reyes Católicos» me escarabajea muchísimo cuando no se refiere expresamente a la unidad católica y cuando se trata de una obra encaminada a enaltecer a los vascos y especialmente a Navarra, que perdió su independencia por medios de muy dudosa licitud que usó el Rey Católico. Temo mucho que esa última línea de Amaya hiera la fibra de independencia de los navarros. A mí me sorprendió y con alguno he hablado a quien le ha sucedido lo mismo. Alguna palabra que complete el pensamiento quizá sería conveniente.

Navarro Villoslada hizo caso a su amigo, pues cuando se publicó en forma de libro desapareció la alusión a los Reyes Católicos, cerrándose la obra con una referencia más general a «la unidad católica, pensamiento dominante, espíritu vivificador y sello perpetuamente característico de la monarquía española» (p. 677).


[1] Para el autor y el conjunto de su obra, ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995. Y para su contexto literario, mi trabajo «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Por supuesto, en las dos primeras novelas hay una serie de temas (amor, venganza,  guerras de bandos, etc.) que mueven los resortes de la acción, pero no un tema que les de un sentido unitario. Así lo destaca Guillermo Zellers, La novela histórica romántica en España (1828-1850), Nueva York, Instituto de las Españas, 1938, p. 115 para Doña Blanca de Navarra: «Navarro Villoslada dista mucho de ser propagandista. Es buen católico y cree que las guerras civiles no sirven para nada. Aparte de esto, no expresa sus ideas sobre las cuestiones del día».

[3] Cito por esta edición: Amaya o los vascos en el siglo VIII, San Sebastián, Ttarttalo Ediciones, 1991. Otra más reciente es: Amaya o los vascos en el siglo VIII, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 1 y 2), 2 vols.

[4] Navarro Villoslada utiliza el nombre de España (España está en peligro, solo García puede salvar a España) para referirse primero a la unidad alcanzada por los godos (unidad política, territorial, administrativa y, sobre todo, religiosa); pero más tarde España es el resultado de la unión de godos y vascos; señala incluso al final de la novela al hablar del reino de Vasconia: «No tuvo este nombre en los principios. Dedúcese de algunas palabras del libro de los Fueros que se llamaba reyno de España. Igual denominación debió de tener el de Pelayo, señal de que entrambos iban encaminados a la unidad católica» (p. 677).

[5] El planteamiento es, evidentemente exagerado; pero podrían recordarse unas palabras de Claudio Sánchez Albornoz quien, refiriéndose a la opinión de Américo Castro de que los godos no fueron españoles, escribe: «Ni los romanos, ni los godos, ni los musulmanes fueron, naturalmente, españoles. Pero de todos ellos fueron los visigodos los únicos que se vertieron integralmente en el río de lo hispánico» (España, un enigma histórico, Buenos Aires, Ed. Sudamericana, 1962, I, p. 131); por otra parte, el insigne historiador llama a los vascos «españoles sin romanizar» (I, p. 606). El planteamiento de Navarro Villoslada puede considerarse innovador, aunque es posible encontrar antecedentes; por ejemplo, Diego Bahamonde y de Lanz, en su tesis doctoral Orígenes de las nuevas nacionalidades que inician la reconquista durante los siglos VIII y IX de la Península Ibérica, Madrid, 1868, había escrito: «Los pueblos de la montaña fueron los mismos en tiempo de los romanos que en tiempo de los godos y los árabes, no admitiendo jamás mezcla de ninguna otra civilización, y considerando a los individuos de las otras naciones como enemigos declarados de la suya. Mas ¿cómo se explica que al llegar el momento de la dominación sarracena aquel pueblo abriera sus brazos a los godos, con quienes estuvieron constantemente en abierta lucha? La respuesta es fácil. Los cántabros tenían una cosa común con los godos; esta cosa era […] la religión. Unos y otros eran cristianos, unos y otros creían en Jesucristo, y esta creencia común fue la base de la unión de los pueblos que habitaban la España al advenimiento de los árabes» (apud Juan María Sánchez-Prieto, El imaginario vasco. Representaciones de una conciencia histórica, nacional y política en el escenario europeo, 1833-1876, Barcelona, Eiunsa, 1993, p. 761).

[6] Para la tesis de Amaya, cfr. Jon Juaristi, El linaje de Aitor. La invención de la tradición vasca, Madrid, Taurus, 1987, pp. 126-127; otros autores han señalado la tendencia de Navarro Villoslada a «actualizar el pasado» o, de otra forma, a introducir en sus novelas ambientadas en el pasado las circunstancias e inquietudes de su época; cfr. Mariano Baquero Goyanes, Historia general de las literaturas hispánicas, V, Barcelona, Barna, 1958, p. 57; Antonio Regalado García, Benito Pérez Galdós y la novela histórica española (1868-1912), Madrid, Ínsula, 1966, p. 185; José Ramón de Andrés Soraluce, «Navarro Villoslada, Francisco», en Gran Enciclopedia Navarra, VII, Pamplona, Caja de Ahorros de Navarra, 1990, pp. 110-111; en cualquier caso, esto fue práctica habitual en la novela histórica romántica española, que se vio «politizada» tanto en un sentido liberal como tradicionalista.

[7] El amor de los jóvenes está patrocinado por el Cielo: «Hubo un momento en que [García] llegó a creer que Dios le inspiraba aquel amor para hacerle sentir vivamente la necesidad de poner término a la guerra con abrazo fraternal de los cristianos de una y otra banda» (p. 262).

[8] Estas ideas las expresaba también por las mismas fechas en su artículo «De nuestro carácter nacional», La Defensa de la Sociedad, año VI, núms. 163 y 164 (1 y 16 de julio de 1877).

[9] Merecería quizá la pena destacar que en las tres novelas de Villoslada se aborda, de una u otra manera, el tema de la unidad de España: en Amaya, lo acabamos de ver, la unión de vascos y godos es el embrión de la unidad nacional ya en el mismo siglo VIII; en Doña Urraca de Castilla, se trata del matrimonio de la reina castellana con el rey de Aragón Alfonso el Batallador que, de no haberse frustrado, pudo haber supuesto la unión de todos los reinos cristianos peninsulares en pleno siglo XII, cuatro antes que la alcanzada por los Reyes Católicos; en Doña Blanca de Navarra, en fin, asistimos a los prolegómenos de la anexión del reino de Navarra a la Corona de Castilla que supondrá, cuando se verifique en 1512, la unidad de todos los reinos españoles.

Francisco Navarro Villoslada, poeta

ObraPoeticaAdemás de otros variados géneros literarios, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) cultivó también la poesía lírica. Sin embargo, esta actividad poética de este escritor nacido en Viana (Navarra) es, sin duda alguna, una faceta prácticamente desconocida, para el público en general y para la crítica especializada en particular. Hace unos años la intenté recuperar en un libro dedicado a editar su Obra poética[1], en el que ofrecía el corpus completo de sus poesías (todas las que publicó en vida y varias más que dejó inéditas). Además, dado que apenas se había comentado nada de la faceta de Navarro Villoslada como poeta, quise que el análisis que precedía a los textos de sus composiciones líricas fuese bastante detallado, dando un comentario temático, métrico y estilístico de sus poemas. Este año 2018 en que conmemoramos el Bicentenario del nacimiento de Navarro Villoslada es una buena ocasión para volver a ocuparnos de esta olvidada faceta suya  como poeta.

En el número de Pregón de 1968 José María Corella ofrecía un artículo titulado «Navarro Villoslada, autor dramático», queriendo resaltar con ese epígrafe que el de Viana también había escrito piezas dramáticas. Pues bien, podemos calcar ese título para destacar ahora la actividad poética de nuestro escritor: Navarro Villoslada también fue poeta, aunque en las historias de la literatura española casi nunca se suele mencionar esta faceta. Igualmente, en las antologías de poesía española, en general, o específicas del siglo xix[2], ni es mencionado ni se incluye ninguno de sus poemas. Es más, ni siquiera todos los críticos que han estudiado la historia literaria de Navarra y que, por tanto, han dedicado unas líneas al escritor vianés, dicen algo al respecto (así sucede, por ejemplo, en la antología realizada bajo la dirección de Ignacio Elizalde). Por supuesto, no es que Navarro Villoslada sea el primer poeta del momento en que vivió, eso es evidente; pero cuando menos debería conocerse que escribió poesía y que, si no todas, algunas de sus composiciones poseen cierta calidad y algunos aciertos notables.

Así pues, esta parte de su producción no había sido estudiada hasta ahora. Todo lo más, se pueden espigar algunas breves opiniones de quienes han hablado de él: Ferrer del Río, en 1849, ya señaló que había escrito «varios ensayos dramáticos y algunas poesías notables»[3]; Laurentino María Herrán[4] indica que fue «menos poeta que novelista», pero «sin embargo, también escribió versos aceptables»; Manuel Iribarren indica que «fue un correcto y entonado poeta» y añade: «Su “Oda a la Virgen del Perpetuo Socorro” es buena prueba de su inspiración y capacidad poética»[5]; Celia López Sainz señala: «Como poeta cultivó con fortuna la oda heroica y la sagrada; también la sátira, que lanzó contra sus enemigos»[6]; en fin, José Ramón de Andrés Soraluce afirma que «la poesía es consustancial al arte de Villoslada»[7]. Así es, si tenemos en cuenta las numerosas poesías que esbozó, especialmente en sus años de juventud, y que se conservan entre los papeles de su Archivo[8] (son, sobre todo, anacreónticas que siguen el modelo de Meléndez Valdés, o versos de entonación patriótica, cuyo modelo sería Quintana). El Padre Juan Nepomuceno Goy, que pudo manejar esa documentación, fue el primero en llamar la atención al respecto:

De Navarro Villoslada poco o casi nada se ha escrito hasta ahora. Pero aun entre los que le conocen por orales referencias serán contados los que se hayan formado de él una idea justa como poeta. […] Villoslada fue poeta, y poeta fecundísimo, y poeta verdaderamente inspirado. Hasta cierta época, muy cerca del 50, escribió versos, iba a decir a granel[9].

Mi trabajo del 2007 pretendía, por tanto: 1) dar el corpus completo de las poesías líricas publicadas de Navarro Villoslada[10] (que se encuentran dispersas en diversas revistas, algunas de carácter local como La Avalancha, la Revista Euskara o Euskal Erria, y otras cuya consulta solo es posible en hemerotecas: Boletín del Instituto Español, El Arpa del Creyente; al final, en la Bibliografía, doy las referencias completas de dónde se localizan); 2) añadir algunos textos inéditos especialmente interesantes por su calidad o por su valor documental; y 3) ofrecer un intento de ordenación temática del conjunto de su poesía, con una breve glosa o comentario de cada composición. Son contenidos que iré recuperando en sucesivas entradas.


[1] Ver Francisco Navarro Villoslada, Obra poética, estudio preliminar y edición de Carlos Mata Induráin, presentación por Kurt Spang, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1997.

[2] Así sucede con el libro Poesía española del siglo xix, ed. de Jorge Urrutia, Madrid, Cátedra, 1995, que incluye sin embargo poesías de otros autores mucho menos conocidos.

[3] Álbum biográfico, Madrid, Oficinas del Semanario Pintoresco Español, 1849, p. 87.

[4] Laurentino María Herrán, «La Inmaculada en la literatura de los siglos xviii-xix», Estudios Marianos, año XIV, vol. XVI, Madrid, 1955, p. 382. Reproduce algunos versos «Las ermitas», indicando que es una composición «curiosa por su tono polemista frente a la concepción inglesa de la vida, en que hace la apología de las ermitas marianas que siembran el suelo de España».

[5] Manuel Iribarren, Escritores navarros de ayer y de hoy, Pamplona, Gómez, 1970, pp. 157-158.

[6] Celia López Sainz, «Francisco Navarro Villoslada, autor de Amaya, la Ilíada de los vascos (1818-1895)», en Cien vascos de proyección universal, Bilbao, Editorial La Gran Enciclopedia Vasca, 1977, p. 383.

[7] Gran Enciclopedia Navarra, Pamplona, Caja de Ahorros de Navarra, 1990, vol. VII, p. 110.

[8] El Archivo de Navarro Villoslada, conservado hasta fecha reciente por sus bisnietos, los Sres. Sendín Pérez-Villamil, en Madrid y Burgos, fue cedido a la Biblioteca de Humanidades de la Universidad de Navarra —con motivo del Centenario de 1995—, donde actualmente me ocupo de su estudio y catalogación. Una vez más debo recordar la generosidad de los descendientes del escritor, que me han dado todo tipo de facilidades para cuantas investigaciones he emprendido sobre su ilustre antepasado.

[9] Padre Juan Nepomuceno Goy, «Flores del cielo. Don Francisco Navarro Villoslada», La Avalancha, 1914, pp. 113-114. Comenta además: «¿Quién dirá que no era poeta el autor del “Himno a Calderón”, de una contextura tan recia, tan viril, tan limpia de ripios banales, que recuerda las más lapidarias estrofas de Núñez de Arce?». Y añade más tarde (p. 246) que en los años 40 Navarro Villoslada escribió «un lujoso tren de poesías, algunas de ellas dignas de asomarse a la posteridad sin sonrojo, antes con mucha ufanía».

[10] Excluyo su ensayo épico Luchana, que es poesía narrativa: un largo poema en endecasílabos heroicos, distribuidos en tres cantos.

«Amaya o los vascos en el siglo VIII» de Navarro Villoslada: fuentes históricas

Las mencionadas por el propio Francisco Navarro Villoslada[1] en su novela[2] son las siguientes: Rodríguez Ferrer, Los vascongados, con introducción de Cánovas del Castillo; Padre Fita, La ciudad de Dios; Juan Venancio de Araquistáin, Tradiciones vasco-cántabras; Joseph Augustin Chaho, Leyenda de Aitor; la colección de tradiciones titulada Ajbar Machmua (una crónica musulmana del siglo XII traducida y anotada, con un apéndice final, por Emilio Lafuente Alcántara); Al-Makkari; Ebn-Ado-I-Haquem; Aben Adzari, citado en su discurso de recepción en la Real Academia de la Historia por don Francisco Codera; el discurso de Aureliano Fernández Guerra en contestación al de Rada y Delgado, leídos ambos en la Academia de la Historia; la Historia General de España, de Modesto Lafuente; el continuador del Biclarense; Isidoro Pacense; el Cronicón Albedense; el Cronicón Moissaciense; Masdeu, Historia crítica de España y de la cultura española; Pedro Fontecha Salazar, Escudo de la más constante fe y lealtad[3]; Tomás Burgui, San Miguel de Excelsis representado como Príncipe Supremo del reino de Dios en el cielo y en la tierra; Martín José de Marcotegui, Compendio de la historia de la aparición de San Miguel de Excelsis; José Yanguas y Miranda, Diccionario de Antigüedades del Reino de Navarra; Moret y Aleson, Anales del reino de Navarra; y el Libro de los Fueros[4].

Moret

En cuanto a los documentos utilizados por Villoslada para Amaya conservados por sus descendientes, hay, en primer lugar, varias cartas interesantes: tres de ellas, de enero-febrero de 1877, son de Emilio Echániz y responden a algunas consultas del novelista acerca de la expresión vascuence «Amaia da asiera», repetida en la obra, sobre su pronunciación en los distintos dialectos, su significado preciso, etc. Otras cartas, de Luis Echevarría a Villoslada, le proporcionan datos sobre las Dos Hermanas y el monte Aralar[5]. Encuentro numerosas cuartillas que se refieren a diversos aspectos históricos o arqueológicos: «Tradiciones» (sobre la lucha de los vascos con los romanos, sin ser jamás vencidos); «Trajes vizcaínos»; «Costumbres» de los vascongados relativas a la casa, el traje, los saludos, los entierros, las armas, la mujer o las bebidas (recoge las famosas palabras de Estrabón sobre los vascones y cita a Mariana); «Cristianismo» (defiende Villoslada que si los vascos no se cristianizaron hasta el siglo X serían los de la vertiente francesa de los Pirineos); «Escrituras antiguas vascongadas» (la letra es distinta de la de Villoslada); datos sobre la invasión musulmana, desde julio de 710 (expedición exploratoria de Tarif) hasta la batalla de Covadonga, tomados del apéndice de Lafuente Alcántara; datos cronológicos de los últimos reyes godos (Ervigio, Égica, Witiza y Rodrigo); apuntes sobre los cántabros, extractados de la Historia de España de Lafuente; sobre el «Carácter» y la «Religión primitiva» de los vascongados. Y notas diversas sobre: la invasión musulmana y la conducta de los vascos; las razas e idiomas primitivos de la península (extracto de Lafuente); el origen de la raza vasca; la presencia de Tarik en España; el idioma vascongado; la idolatría; la precaria conquista del territorio vascongado por los reyes visigodos; las provincias de Guipúzcoa y Vizcaya; Teodosio de Goñi; la catedral de Pamplona; el imperio bizantino y la presencia de los griegos en España; San Miguel de Excelsis (extracto del libro San Miguel de Excelsis representado…); Teodomiro y don Julián (datos tomados de Aureliano Fernández Guerra[6]); el ducado de Cantabria (Masdeu, Anales); la ropa, el adorno y el peinado en el siglo V; Iruña; los celtas; Aitor y la ceremonia matrimonial vasca; la arquitectura en el siglo VIII; adivinos y magos; la leyenda de la dama de Amboto. Hay también noticias sacadas de Prudencio de Sandoval, Catálogo de los Obispos de Pamplona, y una lámina que representa a un guerrero del siglo VIII o IX acompañado de sus vasallos (probablemente la tuvo presente Navarro Villoslada a la hora de describir vestidos y armas). Son muy interesantes unas cuartillas en las que anota datos sobre varios personajes: Constanza, Ranimiro, Eudón, Amagoya, García, Rodrigo, Pelayo (en el caso de estos tres últimos, en una cara resume los datos conocidos por la historia y, a la vuelta, los describe tal como aparecen en su novela).

Por último, aparte de otros materiales de tipo literario (el argumento de Don Teodosio de Goñi. Leyenda épica; el borrador de un capítulo de Amaya; la «Historia de Eudón»; unos apuntes en los que señala dónde se encuentran sus personajes en diversos días, para no perderse en la maraña de acontecimientos; el plan de la novela Amagoya; o un apunte titulado El Ermitaño), hay ejemplares de dos libros que indudablemente utilizó para documentarse sobre los vascos: la Histoire primitive des Euskariens-Basques. Langue, poésie, moeurs et caractère de ce peuple. Introduction a son histoire ancienne, par Augustin Chaho, Bayonne, Chez Mme. Bonzom, libraire, Rue Pont-Mayou, nº 18, 1847; y su continuación, en dos tomos: la Histoire des Basques. Depuis leur établissement dans les Pyrénées occidentales jusqu´a nos jours, par Le Vicomte de Belsunce, Bayonne, Imprimerie et Lithographie de P. Lespés, Rue Bourg-Neuf, nº 1, 1847.


[1] Para el autor y el conjunto de su obra, ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995. Y para su contexto literario, mi trabajo «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Cito por esta edición: Amaya o los vascos en el siglo VIII, San Sebastián, Ttarttalo Ediciones, 1991. Otra más reciente es: Amaya o los vascos en el siglo VIII, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 1 y 2), 2 vols.

[3] Jon Juaristi, El linaje de Aitor. La invención de la tradición vasca, Madrid, Taurus, 1987, p. 124, señala que son en su mayoría fuentes tradicionales y legendarias; apunta que la obra de Fontecha Salazar es una historia apologética foral del siglo XVIII; y añade: «Aunque no las menciona, es indudable que recurrió también al Voyage en Navarre y a la Histoire primitive de Chaho. En ningún caso recoge tradiciones folklóricas auténticas».

[4] Navarro Villoslada introduce otras indicaciones de tipo genérico: «los historiadores árabes», «las crónicas árabes», «nuestros modernos arabistas»; menciona a Estrabón, Flavio Josefo y Lucano (pp. 176 y 429), y se refiere al «decimotercio Concilio toledano» (p. 328). Hay una alusión humorística a las crónicas: «la puertecilla secreta que las antiguas crónicas mencionan» (p. 551), pero no se explota en esta novela el recurso a fuentes ficticias.

[5] Hay bastantes más materiales sobre los escenarios de la novela que menciono luego, en el capítulo dedicado al tiempo y el espacio.

[6] Después de extractar los datos añade: «Dudas mías. Si en el otoño de 709 pasa Julián a la península y roba, mata y cautiva a los cristianos, ¿cómo Witiza no le destituye del condado de Ceuta? ¿Quién era a la sazón Duque de la provincia Tingitana de la que Ceuta formaba parte? ¿Se perdió la Tingitana antes de estos sucesos? Y si estaba perdida, ¿cómo Rodrigo tiene calma en 711 para ir a debelar a los navarros con la Tingitana perdida, Tarif en Tarifa, Julián en Ceuta y los árabes y africanos en la costa de enfrente como una ola gigantesca que se levanta para caer e inundar toda España?».

La reconstrucción arqueológica en «Amaya o los vascos en el siglo VIII» de Navarro Villoslada (y 2)

Lo arqueológico cobra también importancia, en Amaya[1] de Francisco Navarro Villoslada[2], en la descripción del mobiliario y del vestido. Amaya maneja un «salterio con trípode de vaqueta» que pulsa con «dediles de oro con púas de marfil»; el rey don Rodrigo se sienta sobre «cojines festoneados de oro, perlas y piedras preciosas» y hace quemar ámbar gris en un pebetero (p. 302); hay otras referencias eruditas al lujo de los godos, que acostumbran a beber en «copas y garrafas de oro» (ver pp. 26-27, 64, 235, 246). El narrador matiza que unos candelabros son de plata y un vaso de asta de buey; los caballos llevan frenos de plata y oro; las gualdrapas están recamadas de perlas; un personaje calza botines adornados con oro, perlas y rubíes; las guecias de los vascos tienen el asta de fresno; la silla de manos de Amaya lleva unas «cortinas de labrado cuero»; un armario es «de ébano con embutidos de marfil y bronce»… y así sucesivamente[3]. En cuanto a los vestidos, se describen los de Rodrigo, Amaya, los bucelarios, García y sus hombres, Amagoya, Pelayo, los médicos judíos, los musulmanes y Teodosio (cfr. pp. 19, 114, 144, 210, 229, 284, 347, 354-355 y 629). El detallismo de Navarro Villoslada llega hasta el punto de indicar la forma en que se abrochaban el manto los nobles, distinta de como lo hacían los plebeyos (p. 365). Solo citaré como ejemplo de esta minuciosidad la descripción de los arreos militares y del peinado de Ranimiro:

Llevaba el prócer casco circular de hierro con fajas de oro que remataba en punta, y en vez de coselete romano de correcto dibujo, coraza de escamas con vuelos de tosca malla, género de armadura que estaba entonces como en ensayo. De la cintura al pie, las famosas bragas o pantalones germánicos, con fajas cruzadas que descendían hasta la planta. / Pendíale de los hombros capa de púrpura que, sujeta al pecho con broches de oro, más que el manto consular de la República, semejaba el caracala que empezó a usarse en tiempo del emperador a quien dio nombre. Brillaba también el oro en los brazaletes con que terminaban las mangas del sayo de lino, y en las groseras figuras y tachones del peto y escudo. Las armas ofensivas eran espada pendiente del cinturón de cuero, la cateya teutónica, lanza corta que servía también de dardo arrojadizo, y en contrapeso del redondo escudo, colgado de la silla, iba al opuesto lado el hacha terrible de dos filos llamada francisca, por haberla usado los francos. / […] Largo el cabello, le colgaba en doradas guedejas sobre los hombros, formando los granos, pequeños rizos, entonces a la moda; pero traía la barba esmeradamente afeitada a navaja, según estilo de los ricos, pues los siervos y gente pobre se la cortaba a tijera (pp. 26-27).

Hay dos pasajes concretos que destacan por lo que tienen de arqueológico. Uno es el relativo a la decalvación de Ranimiro: seguramente se inspiró Villoslada en el conocido episodio con el que terminó el reinado de Wamba el año 680: el monarca quedó privado de sentido y sus magnates, creyéndole gravemente enfermo, procedieron al rito de la penitencia pública (le tonsuraron y le colocaron el cilicio), tal como era costumbre entre los godos a la hora de la muerte; después de esta ceremonia, el decalvado quedaba velut mortuus huic mundo y se consideraba que no podía volver a la vida activa; en efecto, Wamba volvió en sí y recuperó todas las facultades, pero se encontró con que estaba incapacitado para ocuparse de los asuntos públicos; se sospecha que todo fue un manejo de su sucesor, Ervigio, quien proporcionó al rey alguna sustancia narcótica para que, creyéndole en peligro de muerte, se procediera a la decalvación.

Wamba_Decalvacion

En la novela ocurre algo similar, pues Amaya llega a sospechar que los médicos judíos mandados por Munio han agravado la enfermedad de su padre, hasta el punto de hacerse necesaria la decalvación. El otro es la ceremonia por la que el legendario García Jiménez se convierte en el primer rey de los navarros: es alzado sobre el pavés, a los gritos de «Real, real, real»; desde ese momento queda como costumbre y también que el rey se ciña él mismo la corona, jurando al mismo tiempo sobre los Evangelios (p. 673; es la misma ceremonia que describía en Doña Blanca de Navarra).

Quizá no todos los detalles que menciona Navarro Villoslada en su reconstrucción sean exactos, pero en cualquier caso, tras la lectura de la novela queda la impresión de que el autor ha hecho un impresionante esfuerzo de documentación para conseguir el denominado «color local» incluso en lo relativo a estos aspectos mínimos de la vida cotidiana de aquella lejana época. Es característica que ya destacó Arturo Campión:

En Amaya tenemos, pues, en primer lugar, una pintura de la sociedad gótica, hecha escrupulosamente en vista de cuantas publicaciones de la ciencia histórica contemporánea pueden ilustrar el asunto. Armas, trajes, viviendas, mobiliario, iglesias, fortificaciones, organización militar y política, usos, costumbres y preocupaciones, es decir, lo que caracteriza al hombre moral y físico, figura en las páginas de Amaya sin pedantería, sin digresiones molestas, sin tono docente que delate la presencia de la ciencia, de una manera natural, adecuada a las situaciones, íntimamente ligada a ellas con carácter perpetuo de accesoria, reemplazando y sustituyendo las descripciones vagas y meramente imaginativas de otras obras del mismo género[4].


[1] Cito por esta edición: Amaya o los vascos en el siglo VIII, San Sebastián, Ttarttalo Ediciones, 1991. Otra más reciente es: Amaya o los vascos en el siglo VIII, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 1 y 2), 2 vols.

[2] Para el autor y el conjunto de su obra, ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995. Y para su contexto literario, mi trabajo «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[3] Ocurre igual con los tipos de vivienda y las edificaciones; véanse, entre otras descripciones, la casa de Miguel de Goñi (p. 58) con su mobiliario (p. 245), Gasteluzar (p. 103), la cocina de Jaureguía (p. 109), la de Echeverría (p. 124), el burgo de Pamplona, con sus tres barrios, su dominio o castro, la judería y el Sanedrín (p. 368), la casa de Ranimiro (pp. 374-375 y 381), la basílica de Pamplona (pp. 437-438) y la habitación del Obispo Marciano (pp. 445-446).

[4] Arturo Campión, «Amaya. Estudio crítico», La Avalancha, 1902, p. 101. Señala Antonio Regalado García, Benito Pérez Galdós y la novela histórica española (1868-1912), Madrid, Ínsula, 1966, p. 184, que «hace Villoslada enormes esfuerzos para la reconstrucción arqueológica de un pasado tan remoto, pero ante la falta de documentación fidedigna deja volar su fantasía». Y añade en nota: «Hay que reconocer, no obstante, que dentro de las limitaciones de la ciencia española de la época, el autor lleva a su novela un andamiaje documental que resalta por su erudición y por el sentido histórico con que sabe usarlo, cuando no se lanza por la vertiente de la fantasía».

La reconstrucción arqueológica en «Amaya o los vascos en el siglo VIII» de Navarro Villoslada (1)

Pese a la escasez de noticias sobre aquella época, de nuevo encontramos numerosos datos dispersos a lo largo de la novela[1] de Francisco Navarro Villoslada[2] relativas a las armas, el vestido, usos y costumbres, mobiliario, arquitectura, etc. Esto tiene, como ya he señalado en las otras novelas, una repercusión en el vocabulario manejado: pretorio, dominium, domus, impluvium, ínsula, senado romano, triclinio, curia, peristilo, annonarios, ostiario, portario, vacaciones mesivas, vílicos, condes, vicario, tiufado, tiufadía, milenario, quingentario, centenario, decano, prepósito general, conmilitones, espatharios, conde de los notarios, conde de las largiciones, conde del tesoro, cateya, francisca, peto, estringe civil, bucena, bucelarios, priores, pretores, próceres, seniores, gardingos, magnates, patronos, libertos, liberto atriense, ecónomo… son palabras y expresiones que responden a diversas realidades de la civilización goda; en menor medida aparecen otras relativas a los vascos[3], judíos y musulmanes: ezpata, guecia, rabanimes, alquiceles… Igualmente, se conserva una toponimia antigua: Varia, Lucronio (Logroño), Victoriaco (Vitoria), Ologitum (Olite), Erriberri, Iruña. El autor también busca el sabor de época en los nombres de los personajes de ficción: en la novela el obispo de Pamplona recibe el nombre de Marciano, y Marciano hubo un obispo de Pamplona en el año 688, durante el reinado de Égica. Lo mismo sucede con el de Ranimiro, nombre documentado entre los godos. En algunos casos se conserva la fechación y los horarios del calendario latino (los «idus de julio», la hora «cuarta feria»).

Hay noticias sueltas sobre varios aspectos de la vida goda: la descomposición de su imperio por el lujo y la corrupción (p. 384); la organización de su ejército (pp. 17-18); la división administrativa del territorio peninsular (p. 18); la pena de la ceguera (p. 25); las comidas y el uso de las servilletas (p. 91); la moneda (p. 112); la descripción de la tienda del rey Rodrigo (p. 235); las carreras de caballos como espectáculo favorito de los godos (p. 349); las puertas de Pamplona mandadas construir por Wamba (p. 267); o la extensión del uso de campanas en aquellos tiempos (p. 205).

Y otras relativas a los vascos: su hábito de pelear sin armadura, con la cabellera derramada sobre los hombros, sin otra protección para la cabeza (pp. 19 y 135); su costumbre de montar dos jinetes en un caballo (p. 116); sus tácticas guerrilleras (p. 132; se indica que los romanos tomaron de ellos la espada corta); sus míticas paces con Roma (paces que se vieron obligados a firmar por haberse separado de la primitiva confederación de siete las tres tribus del norte; de haber permanecido juntas, habrían derrotado a los romanos); el gobierno de las cuatro tribus del sur en una confederación cuyo emblema es el lauburu (‘cuatro cabezas’; pp. 57 y 131); la comida y la bebida en Goñi (p. 106); la fiesta del plenilunio (p. 199); el consejo de los doce ancianos reunido bajo el secular roble de Goñi, trasunto aquí del «árbol santo de Guernica» (p. 530; los doce ancianos, unidos luego al obispo de Pamplona y su cónclave, constituirán las primeras Cortes del nuevo reino); la gau-illa o noche de la muerte (p. 604); la ceremonia de alzamiento sobre el pavés de sus primeros reyes (pp. 530, 532 y 674), etc.

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[1] Cito por esta edición: Amaya o los vascos en el siglo VIII, San Sebastián, Ttarttalo Ediciones, 1991. Otra más reciente es: Amaya o los vascos en el siglo VIII, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 1 y 2), 2 vols.

[2] Para el autor y el conjunto de su obra, ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995. Y para su contexto literario, mi trabajo «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[3] Dejando aparte ahora las palabras y expresiones específicamente vascas también recogidas en la novela.

«Amaya o los vascos en el siglo VIII» de Navarro Villoslada: los personajes judíos

En cuanto a los judíos, aparecen en esta novela[1] de Francisco Navarro Villoslada[2] como avarientos, pérfidos, hipócritas, ruines y cobardes (pp. 69, 93, 93, 161); son «mercaderes sin conciencia y honor» que suplen su falta de fuerza con la astucia, la intriga y el dinero (pp. 417-418). Ya en el reinado de Égica hicieron pactos con los musulmanes, hecho histórico cierto (p. 369). En la novela, son los principales artífices de la conjuración encaminada a vender a España (son traidores entregados a los árabes; pp. 52, 88-89, 181, 233, 239, 268, 279, 301, 306-307, 358, 416, 422, 585, 605, etc.). No está tan desencaminado Navarro Villoslada al afirmar esto, pues parece probado que los judíos andaluces apoyaron a los invasores musulmanes, quedando como guarnición de las ciudades ocupadas a los godos en la Bética y aun en Toledo, lo que dio una amplia libertad de movimientos a Tarik y Muza y facilitó la rápida conquista de todo el territorio peninsular, en solo tres años. En la novela, es su oro el que provoca la sublevación de Pamplona, que distrae al rey Rodrigo y a sus tropas del sur; luego ellos niegan el dinero a los godos para que no puedan acudir con celeridad desde el norte a la Bética a detener la invasión (pp. 334-335); ellos dirigen, en fin, el motín de Pamplona y son los que piden la muerte de García y los demás vascos encerrados en la ciudad.

Es cierto, como menciona Navarro Villoslada, que los judíos fueron perseguidos por los godos en distintos reinados (planteaba un grave problema la cuestión de los falsos conversos; hay que tener en cuenta que los judíos constituían la única minoría religiosa consentida en territorio peninsular después de la unidad católica conseguida con Recaredo).

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También está comprobado que entre los judíos del siglo VII estaba muy extendida la creencia en la inmediata venida de un Mesías redentor de su pueblo, sojuzgado por las razas enemigas (tal es el papel que se atribuye en la novela el misterioso Eudón). Hay pequeños detalles relativos a los judíos que responden a la realidad: la mayoría de los médicos y abogados pertenecían a este pueblo (p. 345); y solían usar nombres cristianos (pp. 370-371).

Como ha señalado Jon Juaristi, hay en Amaya cierto antisemitismo que, por otra parte, es tópico en la novela histórica romántica española. Se refleja en varias reacciones de los personajes; García se niega a pactar con ellos, porque le produce repugnancia: «Nada con los enemigos de Cristo». Amaya ni siquiera quiere hablar con los conjurados si no se retiran antes los judíos (p. 481); Ranimiro siente asco de tener que tocar al judío para registrarlo y apoderarse de una carta (p. 275). También en las intervenciones del narrador (cfr. la negativa descripción de la judería de Pamplona en la p. 366); se les moteja de «perros rabiosos», de «inmundos reptiles»; es la suya una raza que inspira «universal desprecio». De hecho, los personajes más odiosos de la novela son Pacomio, el avariento rabino, y Respha, la hipócrita sacerdotisa, que finge interés por convertirse al cristianismo para poder espiar a Lorea. Como dice Eudón, parece pesar una maldición sobre el pueblo deicida: «Es una fatalidad que raza tan noble se deje arrastrar por pasiones tan ruines» (p. 365). Pacomio es también el jefe de los astrólogos; Menéndez Pelayo atribuye a invención del novelista la existencia de esta secta:

El Sr. Navarro Villoslada, en la linda novela que con el título de Amaya o los vascos en el siglo VIII publicó en La Ciencia Cristiana, habla de una sociedad secreta de astrólogos vascos, enemigos jurados del cristianismo, al paso que muy tolerantes con las demás religiones. Tengo este hecho por ficción del novelista; a lo menos en las fuentes por mí consultadas no hay memoria de tales asociaciones. Ni creo que la astrología llegara a organizarse entre nosotros como colegio sacerdotal o sociedad secreta, si prescindimos de los priscilianistas, que no penetraron en tierra éuskara[3].

En cuanto a los musulmanes, no los vemos intervenir directamente en la novela, pero aparecen caracterizados negativamente en los relatos de diversos personajes: vienen a esclavizar y a acabar con la Cruz. Munio, por ejemplo, habla de «la rapiña y brutales instintos del musulmán» (p. 360). Justamente famosa es la descripción de su arremetida y de su imparable avance en el relato de Eudón a Munio (pp. 354-355); otro párrafo significativo es el dedicado a atestiguar las crueldades de Muza (p. 671).


[1] Cito por esta edición: Amaya o los vascos en el siglo VIII, San Sebastián, Ttarttalo Ediciones, 1991. Otra más reciente es: Amaya o los vascos en el siglo VIII, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 1 y 2), 2 vols.

[2] Para el autor y el conjunto de su obra, ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995. Y para su contexto literario, mi trabajo «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[3] Marcelino Menéndez Pelayo, Historia de los heterodoxos españoles, I, Madrid, CSIC, 1963, p. 427.

«Amaya o los vascos en el siglo VIII» de Navarro Villoslada: los personajes godos

Vayamos ahora con la presentación de los personajes godos en Amaya[1]. Exceptuados los personajes principales (Ranimiro, Favila, Pelayo), nobles y generosos, Francisco Navarro Villoslada[2] pinta a los godos enervados por el lujo y la molicie; la rápida caída de su imperio se explica por la degradación a que había llegado aquella sociedad; a lo largo de toda la novela se va contrastando el lujo de los godos con la sencillez de los vascos (cfr. especialmente las pp. 291-292 y 294). Sin embargo, el autor se encarga de presentar a los godos como los unificadores de España, no tanto por la unidad territorial como por la religiosa, tal como explica Ranimiro a García:

¿Pero no veis que España no ha sido nación hasta que Recaredo la hizo toda católica? ¿Qué fue antes? Hormiguero de tribus, razas y pueblos; montón de piedras mal labradas, que no formaban muros ni edificios; pedazos sin zurcir, que no componían una vestimenta; y cuando eso no, vasta provincia del romano Imperio. Los godos mismos, ¿qué fuimos hasta Leovigildo, y sobre todo hasta Recaredo, sino súbditos del cetro de Occidente? España es España por los godos; España es pueblo independiente y libre por la fe católica. Perdidos los godos, perdida España, perdida en ella la religión, si vos no la salváis, García (p. 279).

ConversiondeRecaredo

La misma idea se expresa en el lamento por la pérdida de la España gótica entonado por Ranimiro, «el más godo de los godos»:

¡Adiós, reino visigodo, a quien tantos beneficios debe el mundo! ¡Bárbaros vinimos a la Iberia; pero menos bárbaros que los vándalos, suevos, hunos y alanos, a quienes dominamos, haciéndoles entrar en la civilización! Encontramos una España partida entre la verdad y la herejía, y dejamos un pueblo completamente iluminado con la luz de la fe. Tardamos en ser verdaderos reyes; pero hemos sido al fin los primeros monarcas españoles (p. 384).

Dejando aparte la discusión de si los godos eran españoles o no —pese a que Villoslada hable ya de España en su novela como de una entidad constituida, está claro que no nace como nación hasta siete siglos después—, uno de los principales defectos que se puede atribuir a Amaya es el hecho de que los personajes hagan gala de una conciencia histórica que, evidentemente, no podían tener; me refiero a que personajes como Ranimiro o García Jiménez son perfectamente conscientes de que están viviendo un momento de trascendental importancia histórica, no solo para el presente, sino para lo futuro (ver pp. 133, 234, 258), pues disponen de una visión casi profética —es, por supuesto, la del autor— de lo que sería la Reconquista.


[1] Cito por esta edición: Amaya o los vascos en el siglo VIII, San Sebastián, Ttarttalo Ediciones, 1991. Otra más reciente es: Amaya o los vascos en el siglo VIII, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 1 y 2), 2 vols.

[2] Para el autor y el conjunto de su obra, ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995. Y para su contexto literario, mi trabajo «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

«Amaya o los vascos en el siglo VIII» de Navarro Villoslada: los personajes vascos (y 2)

Francisco Navarro Villoslada[1] ofrece en Amaya[2] una visión idílica de la vida en la escualerría (emplea esta variante de la expresión euskal-erria o ‘pueblo vasco’): es un territorio donde no se conoce el crimen ni la mentira: «No hay entre los vascos un traidor ni un desleal», dice Munio (p. 344). Por eso el asesinato de los dos ancianos de Goñi supondrá un acontecimiento inaudito y más al saberse que el asesino ha sido su propio hijo. Pelayo reconoce la sencillez patriarcal[3] de sus enemigos (pp. 283-284) cuando los visita en el valle de Goñi; ha acudido como enemigo, pero cambia su forma de pensar respecto a ellos en cuanto entra mínimamente en contacto con su forma de ser y de comportarse y observa personalmente su nobleza. Favila, que les había llamado «bárbaros» (p. 38), cambia de opinión tras escuchar las explicaciones de Amaya, y se convence de que son «gente pacífica que ningún mal nos haría si la dejásemos en paz» (p. 42).

Una de las notas más destacadas con que aparecen caracterizados los vascos es la de su «santa independencia», su «amor salvaje a la independencia», «su nunca domada independencia» (mito difundido por el fuerismo vasco), amparados en su baluarte de los Pirineos[4]. Dice Eudón: «Dominadores del mundo he conocido; dominadores de los vascos, no» (p. 352). Navarro Villoslada señala como prueba de ello en la «Introducción» la propia frase «Domuit vascones» que los cronistas atribuyen a todos los monarcas godos: si todos tuvieron la necesidad de sujetar a los vascos es que ninguno los logró domeñar por completo; de ahí que casi todos los reyes tuviesen que comenzar su reinado con una campaña en el norte (cfr. p. 10).

GuerrerosGodos

Es un pueblo aferrado a la tradición, tal como se ve de principio a fin de la novela; dice Ranimiro: «En el pueblo vasco no se extinguen nunca los recuerdos. Dejaría de existir esa raza si llegara a perder la tradición» (p. 39); y Amagoya: «En la casa de Aitor se conserva, como archivada, la ciencia y doctrina de nuestros mayores» (p. 638). Eso se refleja en el respeto a los mayores: «Ningún hijo de Aitor desobedece a sus padres» (p. 55); «Nosotros no somos nadie delante de la gente de más edad» (p. 207); «No hay nadie superior al padre entre los vascos» (p. 402). En cuanto a la religión, Navarro Villoslada se aleja un poco de la verdad histórica; en primer lugar, cuando afirma que los primitivos vascos fueron monoteístas (otro de los mitos de los fueristas); así se refleja en el mandato dado por Aitor a sus hijos y sucesores: «Creed en un solo Dios remunerador y obedeced a vuestros padres» (p. 217). O como dice García: «Hay un Dios en el cielo y un pueblo vasco en la tierra», a lo que responde Miguel: «Eso es. Dios para disponer y nuestro pueblo para ejecutar» (p. 254). Sin embargo, los modernos estudios de antropología como los de Caro Baroja señalan que los primitivos vascos fueron politeístas. Otro error o anacronismo consiste en imaginar cristianizados a todos los vascos en pleno siglo VIII (su cristianización fue varios siglos más tardía, y no se completó hasta el XIII o el XIV, especialmente en las zonas más inaccesibles del territorio). En algunos pasajes de la novela se habla de la antigua religión natural (pp. 47 y 209) y, particularmente, al describir las celebraciones de la noche del pleniliunio (pp. 212-213), con la sacerdotisa Amagoya, personaje que simboliza y encarna el pasado pagano de los vascos. Unamuno, quien dijo que Amaya fue una de las obras que le llenó de romanticismo el alma, cree que esta pintura de los vascos no es realista:

Y ahora pregunto yo: ¿qué idea se ha de formar del pueblo vascongado quien lo estudie, verbigracia, en las bellísimas pero poco reales creaciones del señor Navarro Villoslada, que en su Amaya presenta una sociedad de astrólogos vascongados, enemigos del cristianismo, y todo lo referente a aquella hermosa figura de Amagoya que, abigarradamente vestida, muere helada en una noche de plenilunio, en lo alto de una roca?[5]


[1] Para el autor y el conjunto de su obra, ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995. Y para su contexto literario, mi trabajo «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Cito por esta edición: Amaya o los vascos en el siglo VIII, San Sebastián, Ttarttalo Ediciones, 1991. Otra más reciente es: Amaya o los vascos en el siglo VIII, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 1 y 2), 2 vols.

[3] El patriarcalismo vasco está representado por las figuras de Miguel de Goñi (ver especialmente las pp. 105 y ss.) y Millán (en el episodio que protagoniza en las pp. 392 y ss.).

[4] Los vascos son «poco disimulados en los afectos, extremados en el odio y amor, generosísimos y confiados con quien respetaba sus tradiciones e independencia, y tan celosos de ellas al propio tiempo que, sin duda por el salvaje amor con que las guardaban, los autores árabes dicen que el pueblo vascón era como de bestias» (p. 293).

[5] Miguel de Unamuno, Obras completas, IV, Madrid, Escelicer, 1966, p. 169.