En el libro tercero[1], «Lepanto», encontraremos que el narrador escamotea a los lectores lo que debería ser la parte nuclear del relato, esto es, la descripción de la batalla: en lugar de narrarla de nuevo, Fernández y González opta —como ya indiqué en una entrada anterior— por una solución más fácil, que consiste en reproducir completo su poema épico La batalla de Lepanto del año 1850 (son aquí 87 octavas reales, en vez de las 89 del original, que ocupan, a doble columna, las pp. 659-667). Esta tercera parte, más breve, se compone de doce capítulos, en los que se evoca la presencia de Cervantes en Mesina, donde se alista en la compañía del capitán Diego de Urbina, integrada en el tercio de don Miguel de Moncada. Argumentalmente, lo más destacado es la aparición de una nueva mujer, doña Inés Rojas de Arias, que fue —se dice— el primer amor de Cervantes. Tras recuperarse su trágica historia (la cual se narra en el capítulo IV, pp. 617-621), la vemos presentarse en Mesina en traje de varón, vestida de paje de armas, y, como no podía ser de otra manera, completamente enamorada de Miguel. Así pues, el bueno del escritor se va a ver embriagado por el perfume de un nuevo amor, pero sin olvidar por eso los anteriores: así, sigue amando castamente a la joven Paulina (a la que busca, pero no encuentra, en la ciudad; luego sabremos que porque ha sido herida por orden de la celosa Abigail) y también permanece fresco en él el recuerdo de donna Beatriz, a la que se siente estrechamente ligado (Cervantes, se nos dice, es hombre temeroso de Dios y se siente comprometido con la hermana de Aquaviva como si fuera su esposa, pues convive maritalmente con ella). Y el libro termina con un sorpresivo golpe de efecto: en el momento de la partida de la flota cristiana, forma al lado de Cervantes un soldado que no es otro que… la pérfida Abigail, también ella travestida en varón.
Los datos históricos relativos a la formación de la Santa Liga (la alianza de España, el papado y Venecia contra Selim II) son escasos, limitándose a lo esencial para contextualizar la participación del escritor en la célebre batalla naval: «Miguel de Cervantes fue uno de los mejores soldados que se hallaron en aquella memorable jornada, y el haber vertido su sangre en ella y quedádose manco de la mano izquierda, es uno de los mejores títulos de gloria, y de que él se enorgulleció» (p. 668)[2].
[1] La ficha de la novela es: Manuel Fernández y González, El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra. Novela histórica por don… Ilustrada con magníficas láminas del renombrado artista don Eusebio Planas, Barcelona, Establecimiento Tipográfico-Editorial de Espasa Hermanos, s. a. [c. 1876-1878], 2 vols.
Se trata de otra novela que permanecía entre los textos inéditos conservados en el Archivo de Navarro Villoslada[1]. La acción empieza en Viana en 1512 —nuestro autor siempre quiso escribir una novela sobre la conquista de Navarra—. Aquí hay tan solo una alusión a una mujer vascongada que acompaña a la esposa de César Borgia, que habla en vascuence con un arriero de Motrico:
—Sí, señor, y la una como de treinta a cuarenta años parece madre de la niña, y entrambas tienen así como cierto dejillo extranjero. La otra no; es una real moza vascongada, sin duda.
—¿Por qué lo dices?
—Porque se ha puesto a hablar vascuence con un arriero de Motrico que acababa de llegar a por vino con fresco del puerto (p. 113).
Más tarde vuelve a reaparecer esta «joven del vascoence» (p. 127, con esa variante por vascuence), y nótese que el idioma que habla es el rasgo suficiente para identificarla.
Sancho VII el Fuerte, rey de Navarra.
También nos interesa este texto porque en él se evoca la figura del monarca de las Navas, Sancho VII el Fuerte, como defensor de «la unidad de la raza euskara»:
Aquel rey era no solo de grandes arranques, de singular bizarría, descomunal valor y fortaleza, sino también de altísimos pensamientos. Uno de ellos, acaso el principal de toda su vida, fue el de la unidad de la raza euskara, pensamiento heredado de los fundadores de la monarquía vascónica: las tres provincias de Guipúzcoa, Vizcaya y Álava habían reconocido a don García de Navarra en 1135 sus derechos y continuaron reconociéndolos durante su reinado, el de su hijo don Sancho el Sabio, fundador de Vitoria y el de su nieto Sancho el Fuerte, hasta la desatinada campaña de este último en Marruecos (pp. 153-154)[2].
[1] La he transcrito en el libro Viana en la vida y en la obra de Navarro Villoslada. Textos literarios y documentos inéditos, Viana, Ayuntamiento de Viana, 1999, pp. 107-201.
[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «“Amaya da asiera”. La actitud de Navarro Villoslada ante el vascuence», en Roldán Jimeno Aranguren (coord.), El euskera en tiempo de los euskaros, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura) / Ateneo Navarro-Nafar Ateneoa, 2000, pp. 113-144.
En el libro segundo, «De Roma a Lepanto», la acción de la novela[1] de Fernández y González se traslada a la ciudad del Tíber. Es agosto de 1571 y Cervantes sigue al servicio del cardenal Aquaviva. En lo que a amores se refiere, nuestro héroe se debate ahora entre doña Magdalena y donna Beatriz. El relato incidirá en este tramo novelesco en el carácter luciferino de la hermosa Abigal, equiparada habitualmente a Satanás. Dos son, en esta segunda parte de la narración, los principales elementos de intriga para mantener en suspenso al lector: por un lado, la existencia en Roma de dos sociedades secretas, ambas al servicio de la Reforma protestante, llamadas Los Implacables (son las cabezas pensantes del movimiento) y Los Apuñaladores (el brazo armado ejecutor de sus acciones). Ambas sociedades están encabezadas, respectivamente, por el cardenal Julio Aquaviva (¡!) y por el capitán Rugiero Staglioni, también conocido como el conde Spungatti (la aparición de un mismo personaje con varios nombres e identidades es recurso habitual del subgénero). El nexo principal entre ambas sociedades es precisamente Abigail, mujer de la que están enamorados tanto Aquaviva como Staglioni, y por la cual este terminará traicionando a aquel. En este núcleo narrativo, que se extiende a lo largo de varias decenas de páginas, Cervantes desaparece casi por completo de la escena.
El segundo foco de interés es el amor de Cervantes por Paulina, hija del panadero Bartolini y nieta de la famosa Fornarina (la amante de Rafael y su modelo para el célebre Ritratto di giovane donna).
Rafael Sanzio, Ritratto di giovane donna (La Fornarina) (1518-1519). Galería Nacional de Arte Antiguo (Roma, Italia).
Cervantes ejerce como secretario —y amante, a juicio de toda la ciudad— de donna Beatriz, la hermana de Aquaviva; pero la antigua pasión que sentía por ella se va enfriando, y eso hace que pueda quedar prendado de Paulina, una bella ragazza de catorce o quince años, doncella angelical de alma pura pese a vivir rodeada de ladrones y malhechores (su padre, Bartolini, es un destacado miembro de Los Apuñaladores). Repitiendo el esquema de movimientos pendulares de la primera parte, Cervantes va a verse indeciso entre el amor menguante que siente por donna Beatriz y el naciente por la joven Paulina.
Narrativamente, la técnica de construcción es similar a la del primer libro, con aparición continua de nuevos personajes, cada uno de los cuales trae aparejado el relato de sus antecedentes (véase, por ejemplo, todo lo relativo a don César Esteban de Chouzán, regidor sevillano apodado El Lobo Español, cuya trágica historia se extiende a lo largo de cincuenta páginas, de la 354 a la 404, ocupando los capítulos V, VI y VII completos). Se sigue haciendo uso de elementos de sorpresa e intriga para mantener atrapada la atención del lector: riñas y asesinatos, máscaras y disfraces, subterráneos llenos de pasadizos secretos, uso de narcóticos, muerte fingida de Abigail, etc., etc. Continúan también las digresiones narrativas de todo tipo, así como las afirmaciones “moralizantes” de valor universal que el narrador extrae al hilo de los sucesos particulares de sus personajes.
En lo que respecta a los hechos históricos que constituyen el telón de fondo de la acción, solo de forma muy tangencial, junto con algunas ligeras pinceladas dejadas caer aquí y allá sobre el Renacimiento o la Reforma protestante, se menciona la Santa Liga de las naciones católicas para combatir al turco, alianza cuya formación tratan de torpedear Los Implacables y Los Apuñaladores, ramas protestantes —de pensamiento y de acción respectivamente, como ya indiqué— que se han infiltrado en todas las esferas de la vida romana[2].
[1] La ficha de la novela es: Manuel Fernández y González, El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra. Novela histórica por don… Ilustrada con magníficas láminas del renombrado artista don Eusebio Planas, Barcelona, Establecimiento Tipográfico-Editorial de Espasa Hermanos, s. a. [c. 1876-1878], 2 vols.
Tenemos, pues, que en El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra, de Manuel Fernández y González[1], la materia novelesca se amplía como fruto de la torrencial fantasía del entreguista. Y no resulta nada fácil resumir en pocas líneas el argumento de la narración de Fernández y González, dada la acumulación de episodios y subtramas. La mera transcripción de los títulos de los capítulos que la forman bastaría para llenar este trabajo… y faltaría espacio. La novela se presenta en dos tomos con paginación corrida, que alcanza exactamente las 1.300 páginas (excluidos los índices finales, que van sin paginar en ambos tomos). Externamente se divide en siete libros (que el narrador, al interior del relato, denomina también partes), a los que se suma una breve «Conclusión». Esto es lo que tenemos en esquema:
TOMO PRIMERO (pp. 1-668)
Libro primero, «El cardenal Aquaviva[2]» (60 capítulos)
Libro segundo, «De Roma a Lepanto» (47 capítulos)
Libro tercero, «Lepanto» (12 capítulos)
TOMO SEGUNDO (pp. 669-1300)
Libro cuarto, «El cautiverio en Argel» (69 capítulos)
Libro quinto, «Esquivias» (21 capítulos)
Libro sexto, «El alcalde de Argamasilla» (13 capítulos)
Libro séptimo, «La hija de Cervantes» (35 capítulos)
«Conclusión» (14 capítulos)
La acción del libro primero, «El cardenal Aquaviva», comienza en Madrid en noviembre de 1568 y acaba con la marcha de Cervantes para trasladarse a Italia en el séquito del nuncio papal.
Son 60 capítulos, pero hay en ellos una enorme concentración temporal: todo un sinfín de lances y aventuras se suceden en el corto lapso de una noche y el día siguiente[3]. La narración, desde sus primeras páginas, se irá convirtiendo en un laberinto de historias que se empiezan a contar, pero sin que acaben de contarse del todo: antes de que se llegue al final de la primera, se abre otra nueva, y luego otra… y así sucesivamente, en una especie de «muñeca rusa» narrativa (es lo que sucederá con las historias intercaladas de Abigail, de su esclava Zaphirah o de la duquesa de Puente de Alba). Y al hilo de toda esta balumba de peripecias sorprendentes que se suceden a ritmo vertiginoso va a ser muy poco lo que se aporte sobre Miguel de Cervantes Saavedra: sabemos, sí, que el protagonista es un estudiante[4]; se ofrecen algunos datos sobre su familia y linaje (es hidalgo, pobre pero digno: cfr. el título del capítulo IX, «De cómo Miguel de Cervantes era hombre que sabía mantener su dignidad, a pesar de su pobreza»); se señala en varias ocasiones que es un discípulo predilecto del licenciado López de Hoyos, que ha escrito algunas poesías… y poco más. En realidad, todo lo que cuenta la novela, más que los hechos conocidos del personaje histórico Cervantes, son las aventuras inventadas de este otro Cervantes de la ficción, presentado como un galán, enamoradizo y algo voyeur (el agujero que existe en una de las paredes de la habitación donde se aloja va a dar mucho juego narrativo, tanto para mirar él a los vecinos como para ser él mirado por otros…). Del futuro autor del Quijote se destaca que tiene «el alma ardiente e impresionable, y ansiosa de lo embriagador, y de lo bello, y de lo resplandeciente» (p. 37). Y por ello, nada menos que cuatro son las mujeres de las que se va a enamorar —simultáneamente— el bueno de Miguel: doña Magdalena, «la hermosa morena de los ojos negros» (pp. 26, 30, 46, 53); donna Beatriz, la angelical hermana del cardenal Aquaviva, «la otra beldad de blanca tez y ojos garzos» (p. 52); la judía Abigail, una actriz de hechicera belleza perteneciente a la compañía de Lope de Rueda; y, en fin, la joven y desgraciada duquesa de Puente de Alba[5].
La novela nos retrata, en efecto, a un joven Cervantes, de carácter bravo y aventurero a sus 21 años, que tiene sobre todo un alma ardiente y apasionada, impresionable y soñadora; se habla de «la lozana y poética imaginación de nuestro joven» (p. 126); y se afirma que «Lo bello, lo candente, lo desconocido, lo misterioso, la atraía, la absorbía» (p. 144; esos la se refieren al alma de Cervantes, con feo laísmo habitual en el estilo del autor). Es un hombre de genio, un soñador nato: «Se comprende, pues, que en poco más de veinticuatro horas, Cervantes hubiese sentido tres amores más o menos intensos por tres mujeres, y se sintiese impresionado por una cuarta» (p. 200; ese capítulo XL se titula precisamente «Que es un discurso en que el autor pretende probar que se puede amar un ideal en muchas mujeres, y con una igual intensidad»). Con tantos amoríos, no es de extrañar que el corazón de Cervantes sea un volcán y su cabeza un hervidero. Es un personaje de gran sensibilidad, melancólico, expansivo, con el alma repleta de imaginación y fantasía, que irá oscilando continuamente de un amor a otro: conoce a una hermosa mujer que causa una profundísima impresión en su alma, pero poco después entra en contacto con otra dama de belleza igualmente subyugante y al punto se apasiona y se olvida de la primera… Y así a lo largo de toda la novela, no solo en esta primera parte. No hay mayor profundidad psicológica en el retrato del escritor: los hombres de genio aman así, y punto redondo.
Podríamos hablar de cierta quijotización de Cervantes apreciable ya en estos primeros capítulos de la novela: siempre se muestra dispuesto a socorrer, servir y proteger a cuantas damas en dificultades se cruzan en su camino, usará con frecuencia un lenguaje caballeresco[6] y protagonizará aventuras sin cuento: «yo me desvivo por las aventuras» (p. 28), afirma él mismo; «En que se ve que llovían sobre Miguel de Cervantes las interesantísimas aventuras», anuncia el título del capítulo XIX; «aventura me ha salido al paso y tal, que no sé a qué otras aventuras puede llevarme» (p. 92), señala de nuevo el personaje; «la aventura en que hoy me encuentro y que me llama urgentemente, y no sé a dónde podrá llamarme, nace de una extraña aventura de anoche en que serví, cumpliendo con mi obligación de hidalgo, a ese señor […] en fin, buenas sean o malas las aventuras que a un hidalgo se le pongan por delante, debe seguirlas» (pp. 92-93), le dice a su hermano Rodrigo; «Miguel tenía el espíritu levantado y caballeresco» (p. 98); «A cada momento se presentaba más enredada su extraña aventura» (p. 106); «El misterio de sus aventuras crecía hasta lo infinito» (p. 141); «¡Y llueven aventuras!», comenta Rodrigo (p. 213); «En que continúa cayendo agua de las nubes, y lloviendo aventuras sobre Miguel de Cervantes», es el título del capítulo L, etc., etc.
Así pues, las historias y las aventuras se van arracimando en torno a Cervantes y los personajes que le rodean: «En que por una vez más se interrumpe la historia de la duquesa, para dar lugar a los principios de una nueva historia» (título del capítulo XXVI); «En que se van complicando los sucesos de esta historia» (título del capítulo XLVI). El propio narrador se da cuenta de sus descarríos narrativos, de que se aleja mucho de las aventuras centrales con lances secundarios, y se ve en la obligación de justificarse: «Pero hemos vuelto a extraviarnos. / Nuestro pensamiento, rebelde en su independencia, se va por donde quiere, y tenemos a cada paso necesidad de encarrilarle» (p. 152); y en otro lugar: «No se nos culpe de que abandonamos la acción de nuestra novela para divagar en discursos. / Los grandes escritores nos han dado el ejemplo» (p. 199). Al laberinto de historias entrelazadas se suman las continuas digresiones, que pueden ser sobre los más variopintos temas. Por ejemplo, el capítulo XVII es todo él una digresión, como indica el título: «En que Lope de Rueda hace, sin género alguno de pretensiones y en resumen, un artículo de crítica sobre la novela, al cual pone algunas acotaciones Cervantes».
En definitiva, para explicar el hecho biográfico de que Cervantes entra al servicio del joven cardenal Giulio Acquaviva dʼAragona, legado de Su Santidad en la corte del rey Felipe II, y que termina marchando a Roma en su séquito, el novelista ha inventado diversas y extrañas aventuras galantes —cuatro amores, cuatro—, más la historia de una niña expósita (la hija de la duquesa de Puente de Alba, historia que seguirá coleando cientos de páginas más adelante…), pendencias y cuchilladas, intrigas sin cuento, etc. La acción de esta primera parte de la novela discurre «Aventura sobre aventura», como certeramente anuncia el título del capítulo XXXVI. En este sentido, el mesón de la viuda de Paredes funciona a la manera de las ventas en el Quijote, siendo el espacio físico que facilita el encuentro y la interacción de los diversos personajes[7].
[1] La ficha de la novela es: Manuel Fernández y González, El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra. Novela histórica por don… Ilustrada con magníficas láminas del renombrado artista don Eusebio Planas, Barcelona, Establecimiento Tipográfico-Editorial de Espasa Hermanos, s. a. [c. 1876-1878], 2 vols.
[2] Mantengo la forma en que se escribe este apellido a lo largo de toda la novela, y lo mismo haré con los nombres de otros personajes.
[3] «¡Cuántas aventuras en menos de veinticuatro horas! / ¡Cuántas emociones!» (p. 116), hace notar el narrador.
[4] Cervantes, que es «bien parecido, aunque de semblante grave» (p. 7), va «vestido a lo estudiante hidalgo» (p. 6), lleva bonete de bachiller, ha cursado filosofía y letras humanas…
[5] Todavía podríamos sumar una quinta mujer si consideramos el asedio que sufre Cervantes por parte de la dueña doña Guiomar, «un amor momio y trasnochado que le salía» (p. 243). En fin, tampoco Antona, la maritornesca cocinera del mesón, se resiste a los encantos del joven estudiante.
[6] Un ejemplo como botón de muestra: «¡Haceos atrás incontinenti, canalla, o vive Dios que yo os haga que os tengáis!…» (p. 211).
Dada la peculiar forma de redacción de estas producciones por entregas, fácil es imaginar que su calidad literaria quedó sacrificada en beneficio de la mera cantidad. La crítica le reconoce a Fernández y González, sí, genio, talento, imaginación, gracejo…, al tiempo que señala fallas como su falta de estudio, de buen gusto y del deseable trabajo de corrección. Por supuesto, en sus novelas la acción domina por completo sobre la descripción de ambientes —de importancia menor— o el análisis psicológico profundo de los personajes —inexistente—, y los diálogos terminan invadiendo sus páginas —pues con ellos resulta mucho más fácil llenar las cuartillas—. Ya en 1867 Luis Carreras lo señaló como ejemplo —junto con Francisco José Orellana, Rafael del Castillo y Enrique Pérez Escrich— de «los malos novelistas españoles» del momento:
El Sr. Fernández y González ha escrito centenares de novelas sobre todos los asuntos, sobre todo género de sucesos, sobre todos los siglos: los tomos ocuparían una biblioteca no pequeña. Esta circunstancia, que para sus admiradores es un sujeto de encarecimiento, para nosotros lo será de censura. […] ¿Mas dónde está en las novelas del Sr. Fernández y González el sello de estos estudios o de esta experiencia? ¿Hay allí otro sello que el que da a una obra la más crasa ignorancia del que la ha escrito? ¿Dónde está el lenguaje? ¿Dónde el estilo? ¿Dónde el conocimiento del mundo? ¿Dónde la poesía? ¿Dónde el corazón? ¿Dónde el entendimiento?… […] Sus personajes son todos imposibles, sus pasiones absurdas, los sucesos extravagantes; lo más inverosímil, esto se halla en los cuentos del Sr. Fernández y González. […] Sin embargo, no negamos que don Manuel Fernández y González tenga cualidades apreciables para narrar, para imaginar, para coordinar un asunto; pero habiendo desdeñado el estudio, habiendo tirado los libros, habiendo faltado a las leyes de la intuición, se ha perdido, se ha esterilizado, y jamás hará un papel literario: ni al título de escritor puede aspirar con lo que él llama sus novelas[1].
Doce años después, a la altura de 1879, escribía Manuel de la Revilla: «Imaginación meridional ardentísima, inventiva poderosa e inagotable, inspiración arrebatada y grandiosa, tales son los dones que engalanan al señor Fernández y González»[2]. Y tras señalar que «Pudo ser nuestro Walter Scott y ha sido nuestro Ponson du Terrail»[3], explicaba:
Si a su enorme dosis [de imaginación] hubiera agregado, merced al estudio, igual cantidad de reflexión, corrección y buen gusto, Fernández y González sería el mejor de nuestros novelistas. Nadie le aventaja en invención y en habilidad para dar interés y movimiento a sus ficciones; pero es inútil buscar en ellas aquel detenido estudio y acabada pintura de los caracteres, de las épocas y de los lugares, aquella intención moral, aquella distinción y buen gusto que reclama la novela contemporánea. / Émulo de Alejandro Dumas, no ve en la novela otra cosa que acción y a esta lo sacrifica todo. Aglomerar aventuras, buscar efectos, causar sorpresas, hacer desfilar ante el lector sujetos y personajes, a cual más extraordinarios; en suma, reproducir bajo formas modernas el libro de caballerías; tal es su objetivo y tal también el de la escuela que ha fundado entre nosotros[4].
Por su parte, en 1931, Hernández Girbal destacaba su «potente fantasía»[5], la fuerza de su imaginación[6], su indudable genio narrativo, pero también su falta de discreción y juicio[7]. Y en otro lugar de su biografía novelesca comentaba:
Fernández y González producía a marcha forzada, queriendo dar abasto a todos los editores que de él solicitaban novelas. A ninguno decía que no. Tal y tan grande era su fantasía, que pudo producir sola tanto como en Italia todos los novelistas de su tiempo, o como en Francia la fábrica de novelas de Dumas y compañía. / Desde el Fénix de los Ingenios acá, no registran nuestras letras ejemplo semejante de fecundidad[8].
Bien reveladoras resulta esta anécdota que recoge el mismo autor:
Como alguien le motejase por entonces cariñosamente el dar a la publicidad libros indignos de su talento y de su fama, Fernández y González, que para todo tenía salida, contestaba:
—Cuando viene un editor a encargarme un libro pongo el telar y digo al comerciante: «¿De qué la quiere usté, ¿de historia, de guante blanco o de bandíos?… ¿Quiere usté cañamazo o seda fina?» Y según lo que quiere, que se regula por lo que paga, así trabajo yo y le hago seda fina o cañamazo[9].
[1] Luis Carreras, Los malos novelistas españoles, generalizados en don Manuel Fernández y González, don Francisco J. Orellana, don Rafael del Castillo, don Enrique Pérez Escrich, Barcelona / Madrid, Librería de A. Verdaguer / Librería de Cuesta, 1867, pp. 6-10.
[2] Manuel de la Revilla, «Manuel Fernández y González visto por Manuel de la Revilla», en Florentino Hernández Girbal, Una vida pintoresca: Manuel Fernández y González. Biografía novelesca, Madrid, Biblioteca Atlántico, 1931, p. 5.
[3] Revilla, «Manuel Fernández y González visto por Manuel de la Revilla», p. 7.
[4] Revilla, «Manuel Fernández y González visto por Manuel de la Revilla», p. 7.
[5] Florentino Hernández Girbal, Una vida pintoresca: Manuel Fernández y González. Biografía novelesca, Madrid, Biblioteca Atlántico, 1931, p. 31.
Antes de entrar en el análisis de la novela El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra, convendrá recordar someramente quién fue Manuel Fernández y González y qué lugar ocupa en la historia de la literatura española del siglo XIX.
Manuel Fernández y González[1] (Sevilla, 1821-Madrid, 1888) fue un prolífico escritor que cultivó diversos géneros: fue poeta, dramaturgo, periodista y crítico literario, pero sobre un novelista especializado en la modalidad editorial de la entrega[2]. Juan Ignacio Ferreras le calcula unos doscientos títulos narrativos[3], entre los que se cuentan La mancha de sangre (1845), Martín Gil (1850-1851), Men Rodríguez de Sanabria (1853), Los siete infantes de Lara (1853), Doña Sancha de Navarra (1854), Enrique IV, el Impotente (1854), Los monfíes de las Alpujarras (1856), El cocinero de su majestad (1857), Don Juan Tenorio (1862-1863), El marqués de Siete Iglesias (1863), Los siete niños de Écija (1863), Lucrecia Borgia (1864), La princesa de los Ursinos (1864-1865), María. Memorias de una huérfana (1868), Amores y estocadas. Vida turbulenta de don Francisco de Quevedo (1875) o Los amantes de Teruel (1876), por citar algunos de los más destacados.
En el contexto de la literatura española del siglo XIX, Fernández y González es el máximo exponente de la novela por entregas, de la que fue el más genuino cultivador, un verdadero trabajador a destajo: en Granada dio sus textos al impresor José Zamora; en Madrid escribió para la casa editorial de Gaspar y Roig, para los hermanos Manini (se suele recordar que, trabajando para ellos, ganó en poco tiempo un millón de reales, una cifra realmente espectacular para la época) y para el librero e impresor Miguel Guijarro; en Barcelona publicó sus novelas el establecimiento de Espasa Hermanos. La crítica distingue dos etapas en su producción narrativa: 1) una fase inicial, de formación, que va de 1845 a 1855, en la que escribe piezas narrativas que siguen la moda de la novela histórica romántica a la manera de Walter Scott; y 2) toda su producción posterior, con decenas de novelas de menor calidad literaria, en las que maneja todos los clichés y los recursos de intriga propios de la literatura folletinesca, con un notable adelgazamiento de la materia histórica[4].
En efecto, a partir de 1855 su ritmo de producción aumenta notablemente (publica entre cuatro y seis novelas por año), pero en la misma proporción desciende la calidad literaria de sus “productos”, que responden a la fórmula editorial de la entrega. Sabemos que Fernández y González dictaba sus narraciones a varios amanuenses —dos de sus principales secretarios fueron Tomás Luceño y Vicente Blasco Ibáñez—, quienes las copiaban taquigráficamente, como recuerda Hernández Girbal:
Aquella labor era fácil para Fernández y González. En cuatro o cinco horas podía escribir un pliego de diez y seis páginas, lo que representaba de diez a doce duros diarios. Dictaba a dos escribientes, uno por la mañana y otro por la tarde, y raro era el día que no dictase un par de pliegos de diez y seis páginas cada uno, representando veinte o veinticuatro duros diarios[5].
El escritor estajanovista en que se convirtió Fernández y González, auténtico «obrero de la pluma» (o mero «rellenador de papel», al decir de otros), ganó mucho dinero con la escritura de sus novelas, pero todo lo que ganaba lo dilapidaba: era generoso en extremo y se conformaba con vivir al día. Lo ahorrado con la literatura le sirvió también para fugarse por un tiempo a París —estando como estaba casado— con una bella estanquera de la que se enamoró perdidamente… Al final, moriría casi ciego y prácticamente en la miseria, después de haber consumido todo el dinero obtenido con la literatura[6].
[1] Los datos biográficos esenciales los resumen Palacios Fernández y Palacios Gutiérrez en su entrada del Diccionario biográfico electrónico de la Real Academia de la Historia. Ver también Florentino Hernández Girbal, Una vida pintoresca: Manuel Fernández y González. Biografía novelesca, Madrid, Biblioteca Atlántico, 1931. Para el catálogo de su producción, ver Juan Ignacio Ferreras, Catálogo de novelas y novelistas españoles del siglo XIX, Madrid, Cátedra, 1979, pp. 150a-154b; La novela en España: catálogo de novelas y novelistas españoles. Siglo XIX, Colmenar Viejo (Madrid), La biblioteca del laberinto, 2010, pp. 243-249; y La novela en España: historia, estudios y ensayos. 4, Siglo XIX, Segunda parte (1868-1900), Colmenar Viejo (Madrid), La biblioteca del laberinto, 2010, pp. 93-97. En los últimos años están dedicando atención a nuestro autor investigadores como Ignacio Arellano, Jorge Avilés Diz, Marieta Cantos Casenave, José Esteban, Javier Muñoz de Morales Galiana, María Teresa del Préstamo Landín o Montserrat Ribao Pereira. Una buena bibliografía puede verse en el trabajo de Muñoz de Morales Galiana, «El condestable don Álvaro de Luna, de Manuel Fernández y González: principales coordenadas literarias», en Manuel Fernández y González, El condestable don Álvaro de Luna, Valencina de la Concepción (Sevilla), Renacimiento, 2021, pp. 89-106, quien recientemente ha defendido su tesis doctoral sobre Fernández y González en la Universidad de Cádiz: Reescritura y reelaboración de los mitos e imaginarios españoles a través de las novelas de Manuel Fernández y González, dirigida por Marieta Cantos Casenave y Beatriz Sánchez Hita.
[2] Sobre la novela por entregas y la novela popular del xix, ver Juan Ignacio Ferreras, La novela por entregas 1840-1900 (Concentración obrera y economía editorial), Madrid, Taurus, 1972; Jean-François Botrel, «La novela por entregas: unidad de creación y consumo», en Jean-François Botrel y Serge Salaun (eds.), Creación y público en la literatura española, Valencia, Castalia, 1974, pp. 111-155; Leonardo Romero Tobar, La novela popular española del siglo XIX, Madrid, Ariel, 1976; Emilio Palacios Fernández, «La novela por entregas», en Emilio Palacios Fernández (coord.), Historia de la literatura española e hispanoamericana, vol. V, Madrid, Orgaz, 1980, pp. 85-119; y Juan Ignacio Ferreras, La novela en España: historia, estudios y ensayos. 4, Siglo XIX, Segunda parte (1868-1900), pp. 13-207 (en las pp. 55-62 explica «El oficio de autor por entregas» a partir de una selección de 28 especialistas en el subgénero).
[3] Juan Ignacio Ferreras, La novela en España: catálogo de novelas y novelistas españoles. Siglo XIX, p. 243.
[4] Ver Carlos Mata Induráin, «Cervantes a lo folletinesco: El manco de Lepanto (1874), de Manuel Fernández y González», en Carlos Mata Induráin (ed.), Recreaciones quijotescas y cervantinas en la narrativa, Pamplona, Eunsa, 2013, p. 168.
[5] Hernández Girbal, Una vida pintoresca, pp. 163-164.
Germán ha vuelto a su pueblo tras permanecer cuarenta años en América, donde ha conseguido hacer fortuna[1]. Una tarde que habla con Luis, ve pasar a una persona del pueblo apodada «el zurdo de Carrasperas» y esa visión suscita en el recién llegado el recuerdo de una anécdota de su infancia: un año, por su santo, su tío Doroteo le dio un ochavo, toda una fortuna para un chiquillo; en lugar de guardarlo con varios nudos en el pañuelo, como le aconsejó su tío, fue por el pueblo mostrándolo a todo el mundo. Entonces apareció el zurdo, joven algunos años mayor que él, y se apoderó de la moneda; él regresó a casa enfadado, con un «disgusto tremendo», y hasta quería que se llamase a la Guardia Civil, pero su tío le replicó que lo tenía bien merecido, por no haberlo puesto a buen recaudo, y le prometió dar otro ochavo al año siguiente si se enmendaba.
Tras oír la historia, Luis comenta al final que su amigo tuvo, en efecto, bien presente la lección, refiriéndose a que ha hecho fortuna. Y el indiano apostilla:
—Eso sí: aprendí a atar y a asegurar los ochavos, es decir: a administrarlos debidamente. Y también aprendí esta idea: que muchas veces no importa perder dinero si se gana experiencia. Esto a condición, naturalmente, de que apliquemos juiciosamente la experiencia en el desenvolvimiento de la vida; porque si no la aplicamos, habremos perdido el dinero sin compensación alguna (p. 68).
De nuevo, como en otros cuentos de Arrasate Jurico, la intención didáctica es clara. A veces, las digresiones de este tipo interrumpen el hilo de la narración: por ejemplo, al recordar los interlocutores los métodos del viejo maestro don Epifanio, frente a la educación que se da hoy a los jóvenes:
—Aquello era educar con juicio, y así crecían los muchachos sin vicios ni peligrosas costumbres de tirar dinero. En cambio, hoy, desde que abren los niños los ojos se encuentran llenos de dinero y de costosos juguetes, y se acostumbran a vivir como ricos. Es un desatino criarlos así porque les hacen desgraciados: los chicos criados así no se conforman con nada cuando llegan a mayores.
—Es cierto, pero sigue con el disgusto de nuestro zurdo, porque en estotro no vamos a remediar nada.
—Sin embargo, no me cansaré de decirlo porque es un mal grave. Mas, volviendo a nuestro cuento… (pp. 65-66) [2].
[1] Utilizo una edición de Cuentos sin espinas, por Mariano Arrasate Jurico, s. l., s. i., s. a., 86 pp. (Biblioteca General de Navarra, signatura 2-2/14) formada por recortes encuadernados del folletín de un periódico.
Manuel Fernández y González (1821-1888), verdadero profesional de la novela folletinesca y por entregas, escribió varias obras que guardan relación con Cervantes: así, La batalla de Lepanto, poema épico premiado en 1850 en los Juegos Florales del Liceo de Granada y publicado ese mismo año (Granada, [Imprenta de don José Zamora], 1850[1]); El manco de Lepanto. Episodio de la vida del Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes ([Madrid], [Tipografía de Muñoz y Reig], 1874), una novela de extensión media centrada en ciertos amoríos del escritor, que finalizan con su alistamiento como soldado y su participación en la célebre batalla naval de 1571 contra los turcos; Los cautivos de Argel, novela continuación de la anterior, de la que solo se conoce una edición del siglo XX (Madrid, Tesoro, 1954); y, en fin, El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra (Barcelona, Establecimiento Tipográfico-Editorial de Espasa Hermanos, s. a. [c. 1876-1878][2]), novela muchísimo más extensa, pues tiene nada menos que 1.300 páginas, repartidas en dos tomos[3].
Estos relatos de Fernández y González[4]no reúnen ciertamente una gran calidad literaria, pero son obras muy interesantes para comprender el camino seguido por las recreaciones cervantinas en un momento —el periodo post-romántico: años setenta del siglo XIX— en que Cervantes se estaba convirtiendo en escritor canónico, en el autor por excelencia de la lengua española. En las próximas entradas centraré mi análisis en la última de las obras mencionadas, El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra, una narración que puede considerarse toda ella un exceso, y que constituye además un magnífico ejemplo de la desbordada fantasía y la verbosidad desatada del novelista: historias entrelazadas repletas de episodios inverosímiles, multiplicación de personajes secundarios, digresiones de todo tipo, técnicas propias de los entreguistas como el «abuso del punto y aparte» para rellenar más y más páginas, etc.[5]
[1] Además en 1858 se incluyó en el tomo de Poesías varias de Fernández y González (Madrid, Imprenta de don Manuel de Ancos, editor, 1858, pp. 1-37).
[2] Forma parte de la «Biblioteca Ilustrada de Espasa Hermanos, Editores», en su «Sección moral-recreativa».
[3] Ver Carlos Mata Induráin, «Cervantes a lo folletinesco: El manco de Lepanto (1874), de Manuel Fernández y González», en Carlos Mata Induráin (ed.), Recreaciones quijotescas y cervantinas en la narrativa, Pamplona, Eunsa, 2013, pp. 167-184.
[4] Aunque fuera del ámbito de la narrativa de ficción, recordaré también A los profanadores del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Crítica y algo más (Madrid, Imprenta de Manuel Galiano, 1861), obra publicada bajo el pseudónimo El Diablo con antiparras en la que censura las recreaciones cervantinas de Ventura de la Vega y Hartzenbusch.
La Giralda es, sin duda alguna, una de las estampas más emblemáticas de Sevilla. La singular torre de la Catedral, antiguo alminar (o minarete) de la mezquita almohade, desde el que el almuédano (almuecín o muecín) llamaba a la oración a los fieles musulmanes cinco veces al día, constituye un punto de referencia fundamental de la ciudad hispalense y, como no podía ser de otra manera, ha inspirado a distintos poetas. Ya hemos visto aquí el soneto «Giralda» de Gerardo Diego. Añado hoy otro soneto, titulado «A la Giralda», de Mercedes de Velilla.
Mercedes de Velilla y Rodríguez (Sevilla, 1852-Camas, Sevilla, 1918) es autora del poemario Ráfagas (Sevilla, Imprenta de Gironés y Orduna, 1873), que obtuvo un premio de honor en la Exposición Bético-Extremeña celebrada en Sevilla en 1874. Dos años después, en 1876, consiguió el primer premio en el Certamen Poético celebrado por la Academia de Buenas Letras de Sevilla con su oda «A Cervantes». Al género dramático pertenece su obra El vencedor de sí mismo: cuadro dramático en un acto y en verso (Sevilla / Madrid, Imprenta de Gironés y Orduna / Administración Lírica-Dramática, 1876). La autora murió en la indigencia en 1918. Ese mismo año se publicó el volumen Poesías de Mercedes de Velilla, con prólogo de Luis Montoto (Sevilla, Ayuntamiento de Sevilla / Tipografía Española, 1918).
El soneto de Velilla se construye como un apóstrofe a esa «Giralda mía» (v. 1), a la que se le pide «Yérguete siempre en mi nativo suelo» (v. 9).
A tu sombra nací, Giralda mía, y con el aire que te besa aliento; de su arte soñador te hizo portento la árabe raza triunfadora un día.
De la reina gentil de Andalucía eres la maravilla y ornamento, y te elevas gallarda al firmamento, y esplendes a la luz que el sol te envía.
Yérguete siempre en mi nativo suelo, y, al mágico vibrar de tus campanas, olvide mi ciudad tristeza o duelo.
De alzarte entre los ángeles te ufanas; que a tu vértice tienes los del cielo, y al pie las hechiceras sevillanas[1].
En entradas anteriores he reproducido cuatro sonetos de Vicente Rodríguez de Arellano, los que comienzan comienzan «Huye animoso mísero forzado…», «Dispone, labra y siembra con fatiga…», «Larga carrera amar, la vida breve…» y «Del halago del vicio seducido…». Traigo hoy al blog otra composición, su «Oda al Altísimo», incluida por Leopoldo Augusto de Cueto en el tomo III de Poetas líricos del siglo XVIII. La oda está formada por diez sextetos lira; en el primero invoca a su musa para que cante «al Hacedor de todo lo criado» (v. 6); en el segundo glosa la creación del mundo, culminada con la creación del hombre, «mística copia de su esencia y nombre» (v. 12). Las seis estrofas siguientes comentan diversos beneficios concedidos por la divinidad al regir sabiamente la naturaleza, así como una serie de características y atributos suyos. La penúltima menciona los espíritus bienaventurados que rodean su trono aclamándolo «¡Oh, Santo, Santo, Santo!» (v. 54). En fin, en la última se dirige en apóstrofe al «Señor omnipotente» (v. 57) para expresar que resulta imposible al hombre cantar dignamente la grandeza de Dios, cosa que solo puede hacer Él siendo lengua de sí mismo.
Pues ves, ¡oh, musa mía!, el orden admirable de las cosas, y cuántas relaciones prodigiosas encierra su armonía, canta en tono elevado al Hacedor de todo lo criado.
A una voz hizo el cielo, la tierra, el sol, la luna y las estrellas, brutos, aves y peces, flores bellas, que ornan el verde suelo; y por fin hizo al hombre, mística copia de su esencia y nombre[1].
Crëador increado, fin y principio[2] de cuanto es, ha sido y de cuanto será, reconocido se ve y glorificado en cuantas criaturas pueblan la tierra y las esferas puras.
Por él, en la erizada fría estación, los montes eminentes se coronan de nieve, que en mil fuentes y arroyos desatada por el favonio[3] blando a los valles desciende murmurando.
Él hace que la aurora al campo vierta animador rocío; que espigas dore el abrasado estío, y que Pomona y Flora[4] canten sus atributos con flores bellas y sabrosos frutos[5].
Desde su rico asiento, arbitro de los bienes y los males, de los rápidos orbes celestiales regula el movimiento; y con frágil arena del Ponto[6] airado la soberbia enfrena.
De sus manos sagradas tiene en la diestra la clemente oliva[7], y en la siniestra el rayo, que derriba las torres elevadas y alcázares costosos que erigen los mortales orgullosos.
Magnífico, insondable, todo es fecundidad, todo clemencia, todo justicia, todo providencia, y en todo es inefable; pues su ser excelente cabe en sí mismo, y no en la humana mente.
De bienaventurados espíritus inmensa muchedumbre rodea el trono de su excelsa lumbre; y en su amor abrasados, con admirable canto le apellidan[8] «¡Oh, Santo, Santo, Santo!»[9].
¿Quién de tu fortaleza, de tu bondad y ciencia dignamente podrá cantar, Señor omnipotente? Nadie; que en la grandeza de tu insondable abismo, eres Tú solo lengua de Ti mismo[10].
[1]mística copia de su esencia y nombre: el hombre fue hecho a imagen y semejanza de Dios.
[2]Crëador increado, / fin y principio de cuanto es, ha sido / y de cuanto será: apelativos tópicos aplicados a la divinidad.
[9]«¡Oh, Santo, Santo, Santo!»: cfr. Apocalipsis, 4, 8: «Y los cuatro seres vivientes tenían cada uno seis alas, y alrededor y por dentro estaban llenos de ojos; y no cesaban día y noche de decir: Santo, santo, santo es el Señor Dios Todopoderoso, el que era, el que es, y el que ha de venir».
[10]Poetas líricos del siglo XVIII, ed. de Leopoldo Augusto Cueto, tomo III, Madrid, Imprenta de los Sucesores de Hernando, 1922 (BAE, 67), p. 549a. Modifico ligeramente la puntuación. En el original todos los versos comienzan con mayúscula. En el último versos añado mayúscula a «Tú» y «Ti».