«Los peligros de Madrid» (1646) de Bautista Remiro de Navarra (y 3)

En definitiva, como hemos podido ver en las dos entradas anteriores, Los peligros de Madrid de Bautista (Baptista) Remiro de Navarra constituyen una guía y aviso para forasteros, una brújula para navegar por el proceloso mar de la Corte madrileña sin naufragar en los escollos de damas pidonas, para no dejarse arrastrar por los bellos cantos de tan engañosas sirenas[1]. La crítica ha destacado la habilidad del autor en el retrato de sus personajes. Así, Antonio José Rioja Murga escribe:

A nuestro modo de ver, los personajes remirianos constituyen, sin lugar a dudas, un verdadero ejercicio de maestría literaria, ya que se muestran como auténticos paradigmas de los personajes-tipo, amén de prestar un valioso servicio a la intención de un autor que se adivina costumbrista[2].

Un costumbrista madrileñoEste estudioso aboga por rescatar esta «curiosa, misógina y divertida obra del injusto ostracismo literario al que se ha visto forzada». Reconoce que, aunque no se trata de una pieza maestra de nuestra literatura aurisecular, no por ello carece de interés y méritos literarios, y la califica de «pintoresco retablo costumbrista»[3]. Del mismo modo, José Esteban ha destacado la «excelente intuición costumbrista» del autor, que sería el «primer costumbrista madrileño». En efecto, Remiro de Navarra se adelanta a otros autores como Juan de Zabaleta (El día de fiesta por la mañana, 1654, y El día de fiesta por la tarde, 1660) o Francisco Santos (Día y noche de Madrid, 1663). Terminaré esta sucinta evocación citando de nuevo a Arredondo, quien afirma que estamos ante un libro atípico, que no es propiamente una novela cortesana, ni tampoco una grave reflexión moral sobre los vicios y pecados:

Lo más curioso de Los peligros de Madrid es, precisamente, esa mezcla de temas apicarados, estructuras narrativas y digresiones varias de un autor omnipresente, que envuelve todo en agudezas conceptistas para insertarlo en ambientes, calles, costumbres, fiestas y tipos madrileños[4].

Y más adelante, tras señalar que la obra interesa por ser pieza representativa de la prosa conceptista, añade que, desde el punto de vista del género narrativo, constituye

un curioso libro de avisos, ya que su contenido no es estrictamente noticioso, ni exclusivamente moralizador. Ese tono de Los Peligros…, ambiguo, fluctuante entre el relato apicarado y las obras de consejo y reflexión, marca un punto de inflexión entre las narraciones apicaradas de Salas Barbadillo, las digresiones de ideología conservadora de Castillo Solórzano, la vena satírica de Vélez de Guevara en El Diablo Cojuelo, y las moralizaciones dogmáticas, ejemplarizantes y “costumbristas” de Zabaleta y Santos[5].


[1] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

[2] Antonio José Rioja Murga, «Sobre Los peligros de Madrid de Baptista Remiro de Navarra (1646)», Angélica. Revista de Literatura, 5, 1993, p. 141. Sobre el autor y el libro, ver además Agustín G. de Amezúa y Mayo, Un costumbrista madrileño olvidado del siglo XVII, Madrid, Instituto de Estudios Madrileños, 1956; Herman Iventosch, «Spanish Baroque Parody in Mock Titles and Fictional Names», Romance Philology, XV, 1, 1961, pp. 29-39; Fernando González Ollé, «Conceptismo y crítica textual. A propósito de Los peligros de Madrid», en Studia Ibérica: Festchrift für Hans Flasche, Berna, A. Francke, 1973, pp. 189-196; Lee Fontanella, «Peligros de Madrid», en Poemas y ensayos para un homenaje, Madrid, Tecnos, 1976, pp. 67-79; Antonio María Soledad Arredondo, «Avisos sobre la capital del orbe en 1646: Los peligros de Madrid», Criticón, 63, 1995, pp. 89-101; y Alberto Rodríguez Rípodas, «Remiro de Navarra y Los peligros de Madrid», en Álvaro Baraibar, Tapsir Ba, Ruth Fine, Carlos Mata Induráin (eds.), Textos sin fronteras: literatura y sociedad, Pamplona, Eunsa, 2010, pp. 399-414.

[3] Rioja Murga, «Sobre Los peligros de Madrid de Baptista Remiro de Navarra (1646)», p. 144.

[4] María Soledad Arredondo, introducción crítica a Baptista Remiro de Navarra, Los peligros de Madrid, Madrid, Castalia /Consejería de Educación y Cultura de la Comunidad de Madrid, 1996, p. 14.

[5] Arredondo, introducción a Los peligros de Madrid, p. 24.

Diego Felipe Juárez  y su «Triunfo de Navarra y vitoria de Fuenterrabía» (1638)

El presbítero Diego Felipe Juárez[1], beneficiado de la villa de Falces, publicó Triunfo de Navarra y vitoria de Fuenterrabía. Conságrase a la Natividad de la Virgen Santísima, Madre de Dios y Señora nuestra (en Pamplona, por Martín de Labayen, impresor del reino, 1638).

Falces (Navarra)

Al decir de Manuel Iribarren[2], es obra «estimable y desigual», escrita «con épico acento», en la que se celebran las proezas de los soldados españoles en el sitio de Fuenterrabía. En su aprobación, fechada en Pamplona a 8 de octubre de 1638, el Padre Sebastián de Matienzo, escribe:

Del estilo siento que es amenísimo, con gravedad de palabras, realce de frases, claridad de voces, corriente de metros, erudición de humanas y divinas letras, a tiempo no afectada; y en fin, silva tal que cumple con las leyes de cabal poesía deleitando y moviendo[3].

La obra se compone de dos silvas, cada una de las cuales va precedida por un soneto dedicado a la Virgen María. En el primero de ellos, «El autor a la Virgen Santísima Nuestra Señora», manifiesta su deseo de contar con la inspiración de la soberana del cielo para poder cantar adecuadamente la victoria sobre los franceses:

Si el labio purifica balbuciente
de aquel profeta, serafín gallardo,
que del fuego de amor, divino dardo,
encendió en el altar la brasa ardiente,

en muda admiración, sellada Fuente,
mi labio, en tanta empresa, teme tardo
el poderla cantar, pues me acobardo
a tanto asombro como el alma siente.

¡Oh, si una gota de esa fuente bella
mereciese beber, dulce María,
mar de la gracia, si del mar estrella!

Que si alanza[4] tu gracia la voz mía,
bástame de tu amor una centella
para cantar el triunfo de tu día[5].

La «Silva primera» comienza con una fórmula usual en la épica desde el célebre «Arma virumque cano» que da inicio a la Eneida de Virgilio:

Canto las armas, la vitoria canto
del varón generoso
que a mi patria dará nombre famoso.
Oye, Navarra, pues cesó tu llanto,
mi acento numeroso[6];
oye mi canto llano
en idioma vulgar, si castellano,
que las voces confusas
ensordecen las Musas.

Más para tanta empresa, Virgen santa,
un rayo de su luz me dé tu planta,
pues la besa la luna
y los rayos del sol te labran cuna
tachonada de estrellas
más puras y más bellas
que las vio el firmamento.
Tu luz invoca mi grosero acento.

A la sazón que de los tiernos brazos
de Géminis el sol huyó los lazos
y las escamas dora
del Cancro, que atesora
el oro de sus rayos,
sintiendo junio de calor desmayos,
el francés prevenido
de estruendo militar, embravecido
con treinta mil infantes,
tres mil caballos fieros y arrogantes
escureciendo su razón la ira,
por Navarra suspira;
su sinrazón le ciega,
pues, ciego, al corazón la paz le niega[7].


[1] El apellido que figura al frente de su obra, Xuarez, se transcribe en ocasiones como Suárez. Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

[2] Manuel Iribarren, Escritores navarros de ayer y de hoy, Pamplona, Editorial Gómez, 1970, p. 192.

[3] Triunfo de Navarra y vitoria de Fuenterrabía, preliminares, «Aprobación del padre Sebastián de Matienzo, de la Compañía de Jesús», s. f.

[4] Podría pensarse que alanza es errata por alcanza (en cuyo caso el sujeto sería mi voz: ʽsi mi voz alcanza tu graciaʼ); pero alanza también hace sentido tomando tu gracia como sujeto: ʽsi tu gracia alanza (impulsa, da fuerzas a) mi vozʼ.

[5] Diego Felipe Juárez, Triunfo de Navarra y vitoria de Fuenterrabía, preliminares, s. f.

[6] numeroso: armonioso.

[7] Diego Felipe Juárez, Triunfo de Navarra y vitoria de Fuenterrabía, fol. 1r-v. El otro soneto, que precede a la segunda silva, estará dedicado «A la Natividad de la Madre de Dios». Para otras obras que cantan la victoria de Fuenterrabía, ver los estudios preliminares de Jesús M. Usunáriz a sus ediciones de José de Moret, Sitio de Fuenterrabía, Pamplona, Ediciones y Libros, 2002; y de Juan de Palafox y Mendoza, Sitio y socorro de Fuenterrabía, Pamplona, Asociación de Amigos del Monasterio de Fitero, 2003.

«Los peligros de Madrid» (1646) de Bautista Remiro de Navarra (2)

José Esteban, al frente de su edición de la obra de Remiro de Navarra, escribe estas palabras relativas al género narrativo y al tema del libro:

Los peligros de Madrid no son, en realidad, una verdadera novela, sino más bien una serie de escenas costumbristas, a las que sirven de sostén aquellos lugares de la Corte definidos como peligrosos. Iniciador así de nuestro costumbrismo, Remiro de Navarra examina y cuenta una realidad que a veces escapa al novelista y al historiador. Realidad que es tanto más importante cuanto que nos ofrece un espejo fiel en que mirar nuestras inclinaciones y puede ofrecernos el ejemplo en que no debamos nunca caer. Entronca de este modo nuestro autor con los fines que después pretendería alcanzar nuestro costumbrismo de los siglos XVIII y XIX[1].

Los peligros de Madrid, de Baptista Remiro de Navarra.

Por su parte, María Soledad Arredondo antepone a su edición un completo estudio articulado en tres partes: «Un autor oscuro y un libro “raro”», «Estructura, tema y estilo» y «El Madrid de Los peligros», donde el lector interesado encontrará más detalles[2]. Arredondo destaca el hecho de que en este curioso libro costumbrista de avisos el afán doctrinalmente está prácticamente ausente:

Si algo llama la atención en el librito de Remiro de Navarra, es que ese compendio juguetón contra las tretas femeninas carece de preocupación religiosa, en contraste con los textos de su tiempo[3].

En cuanto al estilo de la obra, lo más llamativo es el empleo de los recursos de la agudeza verbal conceptista (abundantísimos juegos de palabras, chistes, dilogías, uso de la onomástica elocuente, etc.). De nuevo en palabras de Arredondo,

Remiro de Navarra es un representante típico de la prosa del siglo XVII marcada por la búsqueda del concepto y por la agudeza verbal. Como la mayor parte de los autores epigonales, no destaca por sus alardes en el acto del entendimiento, pero es infatigable a la hora de trastocar, disociar e invertir palabras. La prosa de Los peligros de Madrid se caracteriza por la transgresión del orden sintáctico, el juego de palabras y el retorcimiento expresivo, persiguiendo siempre el rasgo de ingenio y la agudeza verbal, no siempre bien logrados, lo que exige al lector actual un esfuerzo de orden y descodificación[4].

Sirva como ejemplo de esa dificultad conceptista este pasaje extractado del «Peligro II», que alude a las miradas de las damas: «Y, bien mirado, hablan por el ojo, porque —por hablar— se les salta a estas beldades polifemas, que cierran un ojo y abren otro para hacer puntería, y aun me sobra la n»[5]. En la obra alternan los periodos sintácticos largos con otras frases más breves y sentenciosas, con un estilo cercano al aforismo y al lenguaje hablado. Arredondo ha puesto de relieve la gran riqueza de campos léxicos manejados con propiedad por el autor: el galante, el religioso, el jurídico, el militar, el del juego…[6]


[1] José Esteban, «Noticia» preliminar en su edición de Los peligros de Madrid, Madrid, José Esteban Editor, 1987 (col. Clásicos El Árbol, 10), s. p.

[2] Sobre el autor y el libro, ver además Agustín G. de Amezúa y Mayo, Un costumbrista madrileño olvidado del siglo XVII, Madrid, Instituto de Estudios Madrileños, 1956; y también los trabajos de Herman Iventosch, «Spanish Baroque Parody in Mock Titles and Fictional Names», Romance Philology, XV, 1, 1961, pp. 29-39; Fernando González Ollé, «Conceptismo y crítica textual. A propósito de Los peligros de Madrid», en Studia Ibérica: Festchrift für Hans Flasche, Berna, A. Francke, 1973, pp. 189-196; Lee Fontanella, «Peligros de Madrid», en Poemas y ensayos para un homenaje, Madrid, Tecnos, 1976, pp. 67-79; Antonio José Rioja Murga, «Sobre Los peligros de Madrid de Baptista Remiro de Navarra (1646)», Angélica. Revista de Literatura, 5, 1993, pp. 135-144; María Soledad Arredondo, «Avisos sobre la capital del orbe en 1646: Los peligros de Madrid», Criticón, 63, 1995, pp. 89-101; y Alberto Rodríguez Rípodas, «Remiro de Navarra y Los peligros de Madrid», en Álvaro Baraibar, Tapsir Ba, Ruth Fine, Carlos Mata Induráin (eds.), Textos sin fronteras: literatura y sociedad, Pamplona, Eunsa, 2010, pp. 399-414.

[3] María Soledad Arredondo, introducción crítica a Baptista Remiro de Navarra, Los peligros de Madrid, Madrid, Castalia / Consejería de Educación y Cultura de la Comunidad de Madrid, 1996, p. 25.

[4] Arredondo, introducción a Los peligros de Madrid, pp. 22-23.

[5] Remiro de Navarra, Los peligros de Madrid, ed. de María Soledad Arredondo, p. 82.

[6] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

«Los peligros de Madrid» (1646) de Bautista Remiro de Navarra (1)

Entre los escasos cultivadores de prosa de ficción que encontramos al recorrer la historia literaria de Navarra en el siglo XVII, podemos destacar a Bautista (Baptista) Remiro de Navarra, autor de Los peligros de Madrid (1646), libro que ha sido calificado por la crítica de «pintoresco retablo costumbrista»[1]. En esa obra, precursora en efecto del género costumbrista, el literato advierte a sus lectores —en especial a los incautos forasteros— acerca de aquellos lugares de la Villa y Corte donde podían correr riesgo sus vidas y haciendas. El modelo sería la obra de Antonio Liñán y Verdugo, Guía y avisos de forasteros, adonde se les enseña a huir de los peligros que hay en la vida de Corte (1620). Los peligros derivan fundamentalmente de la codicia de las mujeres, hipócritas, vanas y, sobre todo, pedigüeñas (por las páginas del libro van desfilando varias que presentan nombres tan rumbosos y significativos como estos: doña Apuleya de Córdoba, doña Prisca de Sandoval y Rojas, doña Terencia de Aragón, doña Vitruvia de Castilla, doña Ana Cordera, doña Balista Hurtado de Mendoza, doña Pirene y doña Fausta —dos ninfas ‘prostitutas’ del Manzanares—, doña Polibia de Toledo…). Ese propósito general de la obra lo explicita Remiro de Navarra en unas palabras introductorias que siguen al «Prólogo»: «Escribiré los peligros con coche de mujeres y sin él, en calle y Prado; y tomo esta parte por el todo, porque riesgos de gastar con algunas los hay en toda parte y lugar».

Los peligros de Madrid, de Remiro de Navarra

Los diez peligros de que consta el libro son: «Peligro primero. En la calle y Prado Alto», «Peligro segundo. En el Soto», «Peligro tercero. En casa», «Peligro cuarto. De noche», «Peligro quinto. En el Trapo», «Peligro sexto. De la calle Mayor», «Peligro séptimo. De la cazuela», «Peligro octavo. Del Prado Bajo», «Peligro noveno. De los baños de julio» y «Peligro décimo. De la ausencia». Como podemos deducir por los títulos, el autor lleva a cabo un retrato costumbrista de los sitios donde el desprevenido visitante a la Babilonia cortesana (así se denomina a Madrid en los textos del Siglo de Oro, por ser sinónimo de caos y confusión) podía ver peligrar especialmente su bolsa, si se mostraba solícito en atender las peticiones de regalos y favores de las damas pidonas (por ejemplo, en la calle Mayor, donde se localizaban las principales tiendas y joyerías). Como advierte María Soledad Arredondo, editora de la obra, el tema nuclear, casi único, es la sátira y aviso contra tales pedigüeñas, tema que sirve para retratar, al mismo tiempo, «los trucos femeninos, los ambientes más propicios, los personajes habituales en la Corte (el estudiante, el clérigo, el pretendiente, la dueña, el falso caballero…) y las fiestas más señaladas»[2]. En efecto, Remiro de Navarra describe con viveza el ambiente de la cazuela, que era el lugar del corral de comedias reservado para las mujeres, y otros espacios de diversión y entretenimiento para los madrileños de aquella época: los paseos del Prado alto y bajo, el Soto, las orillas del Manzanares, adonde acudían a bañarse, escenarios todos ellos propicios para los enredos amorosos de damas y galanes y los engaños de pícaros y rufianes. Otros aspectos que se satirizan son la desmedida afición a los coches (eran símbolo ostentatorio de riqueza y posición) o el abuso del tratamiento de don, doña (que en sentido estricto correspondía solamente a los caballeros, pero que usaban, por seguir la moda, hasta los personajes de más baja extracción social).

Carecemos de datos biográficos acerca del autor. Nacido probablemente en el reino de Navarra a principios del siglo XVII, Baptista Remiro de Navarra acudió a la Corte de Madrid, donde debió de pasar los años de su juventud llevando una vida desenfadada. En la dedicatoria «Al Excelentísimo señor don Juan Domingo Remírez de Mendoza y Arellano, señor de los Cameros, marqués de la Hinojosa, conde de Aguilar, mi señor» declara respecto a su obra: «Este, señor, es un juguete que escribí las tardes del verano, en Zaragoza, en tiempo tan breve, que apenas me pesa de su desperdicio». Y en el «Prólogo» insiste en el carácter de entretenimiento juvenil que tiene su libro: «Admite, lector, esta travesura de mis años juveniles, en tanto solicito ejecutar mi consideración con obras mayores». Los peligros de Madrid fueron publicados en Zaragoza, por Pedro Lanaja, impresor de la Universidad, en 1646. Ya en el siglo XX, el texto fue sacado del olvido por Agustín G. de Amezúa y Mayo, quien preparó una edición moderna (Madrid, Sociedad de Bibliófilos Españoles, 1956). La obra cuenta con otras dos ediciones recientes, debidas a José Esteban (Madrid, José Esteban Editor, 1987) y María Soledad Arredondo (Madrid, Castalia / Consejería de Educación y Cultura de la Comunidad de Madrid, 1996), esta última con una completa anotación[3].


[1] Antonio José Rioja Murga, «Sobre Los peligros de Madrid de Baptista Remiro de Navarra (1646)», Angélica. Revista de Literatura, 5, 1993, pp. 135-144 (la cita en la p. 144).

[2] María Soledad Arredondo, introducción crítica a Baptista Remiro de Navarra, Los peligros de Madrid, Madrid, Castalia / Consejería de Educación y Cultura de la Comunidad de Madrid, 1996, pp. 11-34 (la cita en la p. 15).

[3] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

«Para gloria de Jesús…», romance de sor Ana de San Joaquín (1668-1731)

En la Navarra del siglo XVII, contamos con ejemplos de poesía ascético-mística con nombre femenino: esta corriente estaría representada por la clarisa sor Jerónima de la Ascensión (Tudela, 1605-1660) y por la carmelita descalza sor Ana de San Joaquín (Villafranca, 1668-Tarazona, 1731)[1]. Me referiré hoy brevemente a esta segunda. Hija de Juan Jiménez de Maquirriain y Antonia de la Rosa, recibió una cuidada educación y tomó el hábito el 16 de abril de 1697, en el convento de Santa Ana del Carmen de Tarazona. Su biógrafo, fray Buenaventura de Arévalo, nos refiere su vida ejemplar y sus arrebatos místicos[2]. Manuel Iribarren nos recuerda: «Escribió poesías y algunas cartas espirituales. No carecen de mérito literario sus Coplas, en las que se pone de manifiesto humildemente, como a media voz, su gran amor a Cristo»[3]. Por su parte, José María Corella escribe:

Plasmó en cuartillas gran parte de sus accesos místicos y fervorosos trances, legándonos una colección de cartas espirituales y cierto número de coplas y poesías. Sus versos tienen un recio sabor teresiano, y sobresale en ellos una gran dulzura, un profundo sentimiento y una reposada paz interior[4].

En el capítulo XXI de la Vida ejemplar y doctrinal de la Venerable Madre Ana de San Joaquín, que se presenta bajo el epígrafe «Fue la Madre Ana de San Joaquín perpetua aficionada de la Pasión de Jesús», escribe el Padre Arévalo:

No se satisfacía su enamorado corazón con desahogar su pecho tan repetidas veces en prosa, sino que por aficionar con más tractivo usaba de la poesía, cuando no podía ocultar toda la avenida de la sagrada llama. Van estas coplillas, que aunque no son todas de este capítulo, han de apreciarse por lo chistoso y sazonado[5].

Y reproduce a continuación un gracioso romance que comienza «Para gloria de Jesús…», y después añade otro cuyo primer verso es «¡Oh, Jesús, dulce memoria…». Va aquí, con algunas breves notas explicativas, el texto del primero:

Santa Ana y San Joaquín con la Virgen María

Para gloria de Jesús
y de San Joaquín, su abuelo,
recreación con ayuno
tengo yo en Jueves lardero[6].

Y por tanto quiero dar
las buenas tardes en verso
a un monje que lleve Dios
si él es de ningún provecho.

Cuanto ha que no me regala,
ya con paciencia lo llevo,
y lo que más siento es
que no tome mis consejos.

Apuesto que, aunque ha estado
en la Misión, que no ha hecho
la fija resolución
de gastar mejor el tiempo

retirándose algún rato
y mirando con sosiego
las llagas, golpes y heridas
que en Jesús su amor hicieron.

De paso, ya lo aseguro
que lo hará, pero yo quiero
que se detenga y no ande
a coger el puesto luego.

Ya podía estar cansado
de lo mucho que maceo[7],
y pues me sufre que yo hable,
ponga allí ese sufrimiento,

perseverando algún rato
sin esperar más efecto
que hacer de Dios el querer,
gastando en esto aquel tiempo.

De San Joaquín me ha venido
esta vena de hacer versos[8],
y así no pido perdón
de aquestos atrevimientos.

Lo que pido es que se aumenten
el amor y los deseos
de serle más fiel devoto,
porque si no, reñiremos[9].


[1] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

[2] Vida ejemplar y doctrinal de la Venerable Madre Ana de San Joaquín, religiosa carmelita descalza en el convento religiosísimo de Santa Ana de la ciudad de Tarazona. Escrita por el padre maestro Buenaventura Arévalo, carmelita observante. Quien la dedica al excelentísimo señor don Francisco Fernández de la Cueva y de la Cerda, duque de Alburquerque, marqués de Cuéllar y Cadreita, etc. (Pamplona, Josef Joaquín Martínez, 1736).

[3] Manuel Iribarren, Escritores navarros de ayer y de hoy, Pamplona, Editorial Gómez, 1970, p. 84.

[4] José María Corella Iráizoz, Historia de la literatura navarra. Ensayo para una obra literaria del viejo Reino, Pamplona, Ediciones Pregón, 1973, p. 153. Reproduzco tres poemas suyos («Con un continuo gemido…», «Yo soy la serranilla…» y «Del divino amor herida…») en mi antología Poetas navarros del Siglo de Oro, Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, pp. 193-198.

[5] Fray Buenaventura de Arévalo, Vida ejemplar y doctrinal de la Venerable Madre Ana de San Joaquín, p. 173.

[6] Jueves lardero: con este nombre se conoce en diversas partes de España al jueves en que comienzan las fiestas del Carnaval; el adjetivo lardero deriva del latín lardarius, que significa ʽtocinero’, porque en el Carnaval se comen muchos alimentos grasos.

[7] maceo: bromeo; poner mazas a los perros y otros animales era una de las diversiones típicas del Carnaval.

[8] De San Joaquín me ha venido / esta vena de hacer versos: no apuro el significado exacto de esta referencia; la religiosa se llama Ana de San Joaquín, y en la época eran frecuentes los versos dedicados a Santa Ana y San Joaquín, los padres de la Virgen María y abuelos de Jesús. Quizá se refiera a esta circunstancia. Por ejemplo, en La gitanilla de Cervantes Preciosa canta un romance dedicado a Santa Ana.

[9] Incluido en Vida ejemplar y doctrinal de la Venerable Madre Ana de San Joaquín, pp. 173-174. Se trata de un romance con rima é o, pero mantengo la distribución de los versos del original, agrupados de cuatro en cuatro a modo de coplas.

Un milagro de San Francisco Javier en Nápoles

Bandera de NavarraSiendo hoy 3 de diciembre, festividad de San Francisco Javier y Día de Navarra, y estando en Nápoles, participando en el Congreso Internacional «Nápoles y la cultura teatral hispánica», coorganizado por la Seconda Università degli Studi di Napoli, el Grupo de Investigación Siglo de Oro (GRISO) de la Universidad de Navarra y la Fondazione Pietà deʼ Turchini-Centro di Musica Antica di Napoli, en colaboración con el Instituto Cervantes de Nápoles y otras instituciones, no estará de más honrar al Santo copatrón de Navarra, el más universal de todos los navarros, evocando un milagro suyo en Nápoles, el obrado en la persona del padre Marcelo Mastrilli.

San Francisco Javier

Este milagro ha sido estudiado con mayor detalle por María Gabriela Torres Olleta, en su trabajo «Relación de un prodigioso milagro de San Francisco Javier en Nápoles» (Pamplona, Universidad de Navarra, 2003, colección «Pliegos volanderos del GRISO, núm. 4), donde escribe:

El milagro del padre Marcello Mastrilli es uno de los más conocidos de San Francisco Javier. Viene recogido en relaciones, cartas y hagiografías tanto de San Francisco como de Mastrilli. Lo encontramos, entre otros textos, en la Vida y milagros de San Francisco Javier del padre Francisco García; en El Apóstol de las Indias y Nuevas Gentes, de Cristóbal de Berlanga; en El Príncipe del mar, San FranciscoJavier, de Lorenzo Ortiz; sin que falte mención del mismo en los sermones del famoso padre Antonio Vieyra y otros lugares.

El padre Marcello Mastrilli nació en Nola, Nápoles, en 1603. De familia noble entró en la Compañía a pesar de la oposición de su padre. Se educó en el colegio de Nápoles, donde hizo estudios clásicos, filosofía y teología y enseñó gramática. En diciembre de 1633, mientras desmontaban los altares de la fiesta de la Purísima en el palacio del virrey, le cayó accidentalmente un martillo en la cabeza, de cuya herida curó por intercesión milagrosa de San Francisco Javier, que se le apareció en forma de peregrino.

El padre Mastrilli, poco después de su curación, partió para la India el 7 de abril de 1635, junto con treinta y dos jesuitas y dieciséis padres de otras religiones. Llegó a Japón en 1637 en plena persecución contra los cristianos, y murió martirizado en Nagasaki el 17 de octubre de 1637.

El padre Nieremberg, en su obra Varones ilustres de la Compañía de Jesús, cuenta su vida, el viaje tan deseado a las Indias y las atrocidades de su martirio. Incluye también la relación del famoso milagro de San Francisco Javier así como los numerosos milagros que a su muerte fueron concedidos por sus méritos a sus devotos.

Después de la curación milagrosa Mastrilli inició la famosa «Novena de la Gracia», que se haría muy popular, en honor de San Francisco y desde entonces quiso llamarse Marcelo Francesco Mastrilli Felicísimo Indiano.

El San Francisco que se aparece al padre Mastrilli sale de una imagen devota que tiene en su habitación, donde figura en forma de peregrino, iconografía reflejada con frecuencia por pintores y escultores, y muy común en la tradición cristiana que entiende la vida en la tierra como peregrinaje hacia el Cielo. De esta imagen milagrosa se hicieron al parecer muchas copias, y curiosamente en muchas relaciones posteriores de milagros javerianos el santo se describe «tal como se apareció al padre Marcelo». Y además también será milagrosa la «imagen con el milagro que obró con el bendito padre Marcelo Mastrilli» (Vida y milagros … del padre García), en una multiplicación de niveles de representación o juego de espejos muy barroco. [1]


[1] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.


Modelos de prosa áurea en Navarra: fray Diego de Estella (y 2)

Meditaciones devotísimas del Amor de DiosSiguiendo con el repaso de los principales hitos biobibliográficos de fray Diego de Estella (Estella, Navarra, 1524-Salamanca, 1578), hay que recordar que Felipe II lo nombra  predicador de la Corte, aunque sabemos que desde 1573 vivía retirado en el convento de San Francisco de Salamanca[1]. Fue, en cualquier caso, consultor del monarca, pero más tarde se distanció de él por el dispendio que suponían, en su opinión, las gigantescas obras de El Escorial. Por esas mismas fechas publica su obra latina In Sacrosanctum Jesu Christi Domini Nostri Evangelium secundum Lucam Enarrationes (Salamanca, 1574-1575). Esta interpretación del Evangelio de San Juan —conocida de forma abreviada como las Enarrationes (explicaciones)—, sería su obra más polémica; en efecto, la Inquisición expurgó un total de treinta y dos pasajes del tratado, que sufrió numerosas correcciones hasta que en 1580 pudo venderse libremente (se contabilizan alrededor de veintidós ediciones en ciudades como Alcalá, Lyon, Amberes, Venecia o Maguncia).

De 1576 datan dos nuevas obras, el Modus concionandi y las Meditaciones devotísimas del Amor de Dios (que también alcanzaron gran difusión, con numerosas ediciones y traducciones diversas). Con ellas fray Diego trata de explicar en qué consiste el Amor de Dios, estableciendo siempre —como es habitual en los místicos— un paralelismo con el amor humano. A lo largo de las cien meditaciones, desde la primera («Cómo todo lo criado nos convida al amor del Criador») hasta la última («De la gloria que alcanzarán los que aman a Dios»), el franciscano pondera los beneficios del amor a Dios y de sus recompensas, en una prosa natural y elegante, sencilla pero muy expresiva (destaca especialmente por su tono exclamativo y el empleo frecuente de símiles inspirados en la naturaleza). Menéndez y Pelayo, «tan adverso de ordinario a los escritores navarros» en opinión de Zalba[2], las elogió indicando que eran «un braserillo de encendidos afectos». A juicio de su editor moderno, se trata de «uno de los libros más hondos, más regalados y elocuentes que se han escrito en castellano»[3]. Ricardo León ha destacado, efectivamente, su alegría vehemente y su impulso lírico, frente al «seco y prolijo tratado» de «amarga sabiduría» que es el Libro de la vanidad del mundo.

Por lo que respecta al Modus concionandi et explanatio in Psalmum CXXXI Super flumina Babylonis (Salamanca, 1576), estamos ante un tratado de oratoria sagrada en latín dirigido a los predicadores, a los que da consejos prácticos, además de añadir su personal paráfrasis del salmo 136. Como señala Pérez Ibáñez, para fray Diego «la predicación debe hacerse desde la humildad y buscando siempre la gloria de Dios, sin olvidar que la mejor predicación es el ejemplo de la propia vida»[4]. El autor insiste en la responsabilidad de los predicadores, que deben conocer los textos sagrados y de los santos Padres, y madurar bien sus sermones antes de exponerlos en público.

Fray Diego moriría en Salamanca en 1578. Zalba elogiaba su prosa afirmando tajante que aventaja a la de fray Luis de León «en precisión y variedad de la frase, y en estas cualidades, así como en la claridad y facilidad, a ninguno reconoce ventaja»[5]. Pero no es el único crítico en mostrarse tan entusiasta: «Todas las obras del P. Estella son notabilísimas por la alteza de sus conceptos y la hermosura de su expresión literaria, de tal modo que no hallo reparo cierto en poner a su autor a la par de los más insignes místicos de su época», ha escrito Catalina García. Y, por su parte, Eugenio de Ochoa refería:

El estilo de este ascético no brilla por la pompa ni por la elegancia, sino por la pureza y corrección. Tal vez peca de monótono, defecto común de nuestros autores místicos; mas, como quiera, es entre ellos uno de los más justamente apreciados, no sólo por su erudición y alta doctrina, sino también por la excelencia de su lenguaje[6].

En fin, confío en que esta breve aproximación a su vida y producción escrita pueda servir para un mejor conocimiento de la figura de fray Diego de Estella, cuya importancia en el contexto de la literatura mística franciscana pide que se le dediquen nuevos estudios monográficos.


[1] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

[2] José Zalba, «Páginas de la historia literaria de Navarra», Euskalerriaren Alde, XIV, 1924, p. 351.

[3] Ricardo León, prólogo a Meditaciones devotísimas del Amor de Dios, Madrid, Imprenta de Miguel Albero-Renacimiento, 1920, p. IX.

[4] Iñaki Pérez Ibáñez, prólogo a fray Diego de Estella, Florilegio de los libros «Meditaciones del Amor de Dios» y «La vanidad del mundo», Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2002, p. 13.

[5] Zalba, «Páginas de la historia literaria de Navarra», p. 351.

[6] Hay ediciones modernas de las Meditaciones devotísimas, por ejemplo una de Ricardo León del año 1920, y otras del Modus concionandi (1951) y del Libro de la vanidad del mundo (1980) debidas al P. Pío Sagüés Azcona, estas dos con rigurosos estudios preliminares. Más reciente (2002) es el citado Florilegio, en edición de Iñaki Pérez Ibáñez. Ver también Fray Diego de Estella y su IV Centenario, Barcelona, Imprenta Elzeviriana, 1924.

Modelos de prosa áurea en Navarra: fray Diego de Estella (1)

Tratado de la vanidad del mundo, de fray Diego de EstellaEn el panorama de la historia literaria de Navarra, la prosa ascético-mística de los Siglos de Oro está representada, por fray Diego de Estella, fray Pedro Malón de Echaide y Leonor de Ayanz, tres autores en castellano de la época renacentista a los que se les sumará, ya en el siglo XVII, Pedro de Axular, cuyo idioma de expresión es el vascuence[1]. Respecto a los dos primeros —y no sin cierta exageración— escribía José Zalba que, «Junto a los nombres de los Luises de Granada y de León, de Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz y Fr. Juan de los Ángeles, que tanto sublimaron la mística y la ascética, tenemos en Navarra dos que no desmerecen de aquéllos: son el franciscano Fr. Diego de Estella y el agustino Fr. Pedro Malón de Echaide»[2]. Vamos a repasar brevemente, en esta ocasión, la figura del franciscano fray Diego de Estella (Estella, Navarra, 1524-Salamanca, 1578), ofreciendo unos someros apuntes sobre su vida y sus obras[3].

La situación que conoció Estella en el siglo XVI, tras las guerras civiles y los episodios bélicos de la centuria anterior, era de bonanza. Existía en la ciudad del Ega un estudio de Gramática y funcionaba una imprenta instalada a instancias de Miguel de Eguía. Tal fue el lugar de nacimiento del futuro fray Diego, en el seno de una familia enraizada en la nobleza del reino, como prueba su nombre en el siglo, que era Diego de San Cristóbal-Ballesteros y Cruzat de Ortiz Eguía y Jaso. Estudió primero en la Universidad de Toulouse, cuyas aulas frecuentaban muchos estudiantes navarros, y más tarde Teología en Salamanca, donde coincidió con fray Luis de León y Francisco de Vitoria. Allí, a la edad de diecisiete años, decide ingresar en la orden franciscana, en la que terminaría tomando el hábito.

En 1552 marcha a Portugal en el séquito de la infanta doña Juana, hija del emperador Carlos V, en el que ejercía el cargo de predicador y confesor. Allí publicaría su primera obra, el Tratado de la vida, loores y excelencias del glorioso Apóstol y bienaventurado Evangelista San Juan (Lisboa, 1554), que va dedicada a la reina de Portugal doña Catalina. A la narración de la vida de San Juan en doce capítulos se añaden diversas enseñanzas morales. Cabe destacar que en esta obra primeriza el estilo de fray Diego es bastante más recargado que el de las posteriores.

En 1562, y en Toledo, aparece la primera edición de la que será su obra más famosa, el Libro de la vanidad del mundo. De 1565 data su enfrentamiento con fray Bernardo de Fresneda, obispo de Cuenca, al que acusó de vivir con excesivo lujo y boato en la Corte, lejos de las almas cuyo cuidado tenía encomendadas. Por este asunto fray Diego sufrirá un largo proceso, que no acabaría hasta 1569, viéndose obligado además a retractarse de sus acusaciones y a pedir disculpas. Al año siguiente, en 1570, es nombrado predicador de Salamanca, y en 1574 da a las prensas la segunda edición, muy aumentada, de La vanidad del mundo.

En este tratado, que fray Diego dedica a doña Juana, infanta de las Españas y princesa de Portugal, reflexiona el franciscano sobre las frivolidades mundanas, que no son más que «vanidad de vanidades». La obra consta, en esta versión definitiva, de tres partes, de cien capítulos cada una (en la primera edición de 1562 eran también tres partes, pero de cuarenta capítulos cada una). Como bien resume Iñaki Pérez Ibáñez, el Libro de la vanidad del mundo es

una obra ascética renacentista, que trata el tópico de origen medieval del desengaño frente al mundo (tópico que se hará más extremo aún durante el barroco): nada podemos esperar del mundo donde todo son falsas apariencias. Frente a estas “ilusiones” mundanas sólo en Dios podremos encontrar la verdad. El escrito pretende que el lector se decida a llevar a cabo un proceso de purificación de todo lo sensorial. A tan grave asunto corresponde un tratamiento serio. El estilo de la obra es sentencioso: abundan las frases breves, concisas y las citas de textos sagrados o religiosos[4].

Fray Diego hace, ciertamente, un uso abundante de las citas bíblicas, y entre las fuentes por él manejadas se encuentran también los Padres de la Iglesia, Tomás de Kempis o Séneca, entre otras muchas autoridades. Esta es la obra que le dio más fama (fue muy usada por los predicadores de los siglos XVI y XVII, que buscaron en ella temas de inspiración) y la que ha alcanzado una mayor proyección internacional (cuenta con ediciones en italiano, francés, inglés, latín, alemán, checo, flamenco y polaco).


[1] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

[2] José Zalba, «Páginas de la historia literaria de Navarra», Euskalerriaren Alde, XIV, 1924, p. 350.

[3] El mejor conocedor de fray Diego es el P. Pío Sagüés Azcona, O.F.M., autor de Fray Diego de Estella (1524-1578): apuntes para una biografía crítica, Madrid, s. n. (Diputación Foral de Navarra), 1950 y editor de varias de sus obras. También puede consultarse la publicación conmemorativa Fray Diego de Estella y su IV Centenario, Barcelona, Imp. Elzeviriana, 1924, y las indicaciones de Antonio Pérez Goyena, Contribución de Navarra y de sus hijos a la Historia de la Sagrada Escritura, Pamplona, Imprenta de Jesús García, 1944, pp. 179-182. En fin, una semblanza divulgativa es la de Tomás Moral, Fray Diego de Estella, Pamplona, Diputación Foral de Navarra, 1971 (col. «Navarra: temas de cultura popular», núm. 113). La bibliografía debe completarse con las referencias a fray Diego por parte de los estudiosos de la espiritualidad española y la literatura mística franciscana (Andrés Martín, Bataillon, Cilveti, Gomis, Hatzfeld, Sainz Rodríguez…).

[4] Iñaki Pérez Ibáñez, «Fray Diego de Estella, un franciscano predicador, místico y asceta», prólogo a fray Diego de Estella, Florilegio de los libros «Meditaciones del Amor de Dios» y «La vanidad del mundo», Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2002, p. 13.

Una aproximación a la figura de fray Pedro Malón de Echaide

Como apretado resumen de la figura y la obra de fray Pedro Malón de Echaide, reproduciré aquí las palabras con que lo presentaba en un trabajo mío del año 2005[1]:

Pedro Malón de Echaide (Cascante, 1530-Barcelona, 1589) profesó como religioso en el convento agustino de Salamanca el 27 de octubre de 1557. En la universitaria ciudad castellana enseñaban, entre otros, maestros destacados como fray Luis de León, Domingo de Soto, Pedro de Sotomayor, Juan de la Peña o Gaspar de Grajal, a cuyos cursos Malón asistiría como alumno, recibiendo una amplia formación humanista, filosófica y teológica. Más tarde desempeñó varios cargos dentro de su orden, con distintos destinos, en especial en el reino de Aragón. Un año antes de su muerte había publicado la única obra suya que conservamos, y por la que sin duda merece un lugar entre los clásicos de nuestra literatura áurea: La conversión de la Magdalena, en que se ponen los tres estados que tuvo, de pecadora, de penitente y de gracia (Barcelona, Hubert Gotard, 1588).

La lectura de su obra nos revela al escritor agustino como teólogo originalísimo y excepcional escritor, y como uno de los más brillantes espíritus humanistas del momento. La conversión de la Magdalena no es tan sólo, como se ha pensado a veces, una paráfrasis de los Evangelios, sino un rico mosaico que, tomando la figura de la Magdalena como símbolo del penitente, amalgama los más diversos temas sociales, teológicos, históricos y lingüísticos, todo perfectamente conjuntado por la mentalidad de un humanista ascético. En el tratado —que gozó de gran éxito y difusión durante los siglos XVI y XVII, como demuestran las numerosas ediciones y su pronta traducción a otros idiomas— se aúnan las más diversas corrientes renacentistas: Platón, Plotino y San Agustín se encuentran magníficamente armonizados junto a los neoplatónicos italianos, sobre todo Ficino y Pico della Mirandola[2].

Malón de Echaide

En su tratado de La conversión de la Madalena, y a modo de descanso para el lector, Malón intercaló diversos poemas, la mayoría de los cuales constituyen paráfrasis de salmos bíblicos, en las que sigue el modelo de paráfrasis exegética cultivada por quien fuera su maestro en Salamanca, fray Luis de León. En próximas entradas tendremos ocasión de examinar algunas de estas paráfrasis bíblicas de Malón, su estilo poético y los procesos de amplificatio que lleva a cabo en sus versiones de los salmos[3].


[1] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

[2] Ver Carlos Mata Induráin, «“Como la cierva en medio del estío…”: una paráfrasis del salmo 42-43 de Pedro Malón de Echaide», en Gonzalo Aranda y Juan Luis Caballero (dirs.), La Sagrada Escritura, palabra actual. XXV Simposio Internacional de Teología de la Universidad de Navarra, Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 2005, p. 116.

[3] La obra de Malón ha generado una abundante bibliografía. Remito, como estudio de referencia general, al libro de Jorge Aladro Font Pedro Malón de Echaide y «La conversión de la Magdalena» (Vida y obra de un predicador), Pamplona, Gobierno de Navarra, 1998. Y el texto de La conversión de la Madalena puede leerse ahora en la edición crítica de Ignacio Arellano, Jordi Aladro y Carlos Mata Induráin, New York, Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA), 2014; su introducción (pp. 11-64) constituye una buena síntesis acerca del autor y su obra, y el lector interesado encontrará ahí también una completa bibliografía (pp. 73-85). Sobre la orden agustina y sus principales representantes, ver, entre otros trabajos, Ignacio Monasterio, Místicos agustinos españoles, 2.ª ed., El Escorial (Madrid), Editorial Agustiniana, 1929, 2 vols.; y Luis Álvarez, El movimiento observante agustiniano en España y su culminación en tiempo de los Reyes Católicos, Roma, Analecta Augustiniana, 1978.

Un «Soneto compuesto en la voz y respuesta llamada eco» de Julián de Medrano

Reanudo el comentario de algunas de las composiciones líricas insertas en la miscelánea renacentista La silva curiosa de Julián de Medrano, caballero navarro (1583)[1]. El poema de hoy figura recogido, igual que otras que he examinado anteriormente, en la sección que aparece bajo el epígrafe «Versos pastoriles de Julio M. sentidos y harto graciosos»[2]. Se trata de un «Soneto compuesto en la voz y respuesta llamada eco», que presenta la dificultad y el carácter artificioso propio de las composiciones de este tipo, usuales en la época[3]. Este es el texto de la composición:

No hallo ya en mi desconsuelo          suelo
ni tiene mi mortal locura          cura,
pues hasta hoy la desventura          tura[4]
y en mi mal cresce desconsuelo y          suelo.

Aquella a quien mi mal revelo          velo
y de mi fe, si bien se apura,           pura,
pero responde con cordura          dura
a cuanto no le viene a pelo          apelo.

A l’alma pide su clamor          amor,
queriendo más en la batalla          atalla,
pues por no descubir su pena          pena.

Echan mis ojos sin rumor          humor
y ofrescen a mi blanda avena[5]          vena,
y, no pudiendo publicalla,           calla[6].

Mariano Fortuny, El pastor flautistaEl soneto desarrolla motivos usuales y bien conocidos en la poesía amorosa que se sitúa en la tradición del amor cortés provenzal, el petrarquismo y el neoplatonismo[7], a saber: la pena y el dolor del enamorado desdeñado por la «bella ingrata enemiga», la necesidad de mantener oculto, en secreto, el sentimiento amoroso (vv. 10 y 14), el llanto anexo a su sufrimiento en silencio (v. 12), etc., pero tanto la calidad literaria del texto como su capacidad de despertar emoción lírica quedan sacrificadas en aras de la consecución del artificio perseguido de lograr las rimas en eco.


[1] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

[2] Ver mi artículo «Versos pastoriles y amorosos de Julián de Medrano», Río Arga. Revista de poesía, núm. 92, cuarto trimestre de 1999, pp. 27-31.

[3] Por ejemplo, el tudelano Jerónimo Arbolanche incluye en los folios 91v-92v de su poema narrativo Las Abidas (Zaragoza, en casa de Juan Millán, 1566) unos endecasílabos con rimas en eco, «¿Cómo te me fuiste…», cuyos locutores son el héroe protagonista Abido y la ninfa Eco, que va respondiendo con una serie de palabras que rima en eco con las distintas réplicas suyas. María Francisca Pascual Fernández, en su tesis doctoral Elementos líricos en «Las Abidas» (1566) de Jerónimo Arbolanche, Pamplona, Universidad de Navarra, 2015 (realizada bajo mi dirección), anota a propósito de ese pasaje: «Las composiciones en eco no fueron extrañas en el Siglo de Oro. Tomás Navarro Tomás (1974, pp. 222-223 y 271-272) menciona autores como Rengifo y Carvallo que “registraron el eco entre los acrósticos, laberintos y demás composiciones de ingenio. Tal artificio, probado por Juan del Encina, Lope de Rueda y Jerónimo Bermúdez, fue renovado por Baltasar de Alcázar en su Diálogo entre un galán y el eco, en el cual figuran 55 redondillas con sus respectivos finales […]. Con la misma forma de las de Baltasar de Alcázar aparecen las 22 redondillas de la Loa sacramental del eco, dedicada a la fiesta del Santísimo Sacramento, Madrid, 1644 (Cotarelo, Entremeses, I, núm. 177). Una variedad del eco eran los versos con refleja o rima redoblada, de los cuales se sirvió Lope en un soneto de La fuerza lastimosa, III, 9…”. Rengifo en su Arte poética recoge otros ejemplos de rimas en eco». Su cita interna del comienzo se refiere al conocido manual de Tomás Navarro Tomás, Métrica española, Madrid / Barcelona, Guadarrama / Labor, 1974.

[4] tura: turar, cultismo, vale lo mismo que durar.

[5] avena: zampoña, flauta pastoril.

[6] La silva curiosa de Julián de Medrano, caballero navarro, en que se tratan diversas cosas sotilísimas y curiosas, muy convenientes para damas y caballeros en toda conversación virtuosa y honesta. Dirigida a la muy alta y serenísima reina de Navarra su Señora, en París, impreso en casa de Nicolás Chesneau, en la calle de Santiago, a la insignia du Chesne verd, 1583. Incluí este soneto en mi antología Poetas navarros del Siglo de Oro, Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, pp. 34-35. En mi transcripción del texto de la princeps, modernizo las grafías sin relevancia fonética y la puntuación y regularizo el uso de mayúsculas y minúsculas. Mercedes Alcalá Galán, «La silva curiosa de Julián de Medrano». Estudio y edición crítica, New York, Peter Lang, 1998, p. 158, lo edita conservando las grafías antiguas, según el criterio aplicado al conjunto de la obra.

[7] Para las teorías amorosas vigentes en la literatura del Siglo de Oro, ver especialmente Guillermo Serés, La transformación de los amantes. Imágenes del amor de la antigüedad al Siglo de Oro, Barcelona, Crítica, 1996. Puede consultarse también el trabajo clásico de Joseph G. Fucilla, Estudios sobre el petrarquismo en España, Madrid, Instituto «Miguel de Cervantes», 1960; o el libro de María Pilar Manero Sorolla, Imágenes petrarquistas en la lírica española del Renacimiento. Repertorio, Barcelona, PPU, 1990. También resulta de utilidad la monografía de Ignacio Navarrete, Los huérfanos de Petrarca. Poesía y teoría en la España renacentista, versión española de Antonio Cortijo Ocaña, Madrid, Gredos, 1997… entre otra mucha bibliografía posible.