Breve cronología y semblanza de Ramiro de Maeztu

1874 Nace en Vitoria, en un entorno familiar culto y cosmopolita[1].

1891 Tiene que interrumpir sus estudios universitarios. Emigra a Cuba.

1894 Regresa a España y se inicia en el periodismo en Bilbao.

1897 Establecido en Madrid, conoce a Azorín y Baroja.

1899 Publica Hacia otra España.

1900-1901 La guerra de Transvaal y los misterios de la banca de Londres, novela por entregas en El País.

1905 Es corresponsal de prensa en Londres.

1919 Regresa a España.

1923 Se declara partidario de la Dictadura de Primo de Rivera.

1926 Don Quijote, don Juan y la Celestina.

1928-1930 Embajador en Buenos Aires.

1931 Funda la revista Acción Española.

1934 Defensa de la Hispanidad.

1935 Ingresa en la Real Academia Española.

1936 Muere fusilado en Madrid.

Ramiro de Maeztu

Como otros personajes del momento, Ramiro de Maeztu Whitney (1874-1936) mezcla en su persona la faceta de intelectual y la de hombre de acción, esto es, será otro escritor volcado sobre la vida pública española. Tras volver de Cuba en 1894, Maeztu se inició en el periodismo, profesión que desempeñaría durante toda su vida, primero en Bilbao y luego en Madrid. Sus primeros artículos, de corte progresista, aparecieron en publicaciones como Germinal, El País, Vida Nueva, El Imparcial o Alma Española. Luego su pensamiento conocería un profundo cambio, que le acercará a posiciones ideológicas claramente conservadoras. Desde 1931 dirigió la revista Acción Española, núcleo del pensamiento español más conservador.

Su obra más importante es, sin duda alguna, Defensa de la Hispanidad (1934). Se trata de una colección de artículos aparecidos en Acción Española en los que define y defiende ese concepto histórico-político de Hispanidad, al tiempo que ataca las doctrinas extranjerizantes (derivadas de la Ilustración, la Revolución Francesa y el pensamiento liberal) que se difundieron por España en los siglos XVIII y XIX. Maeztu elogia igualmente la acción evangelizadora de España en el Nuevo Mundo, y plantea el viejo sueño de unir por la fe, el idioma y la cultura comunes a todas las naciones hispanoamericanas bajo un ideal católico de progreso y destino. Ideas semejantes expone en Defensa del espíritu, libro que se publicó póstumamente, en 1958, y cuya redacción no llegó a concluir el autor. En 1962 se apareció también una recopilación de escritos suyos bajo el título Autobiografía, y en 1977 Inman Fox editó varios artículos desconocidos de los años 1897-1904.

Otro trabajo interesante es Don Quijote, don Juan y la Celestina (1926), colección de tres ensayos en los que estudia la significación política y social de esos tres personajes señeros de la literatura española –y universal. Maeztu expone en estos textos ideas sugerentes, aunque algunas de sus opiniones han sido muy controvertidas. Títulos que también pueden recordarse son: Hacia otra España (1899), una selección de treinta y siete artículos en los que predominan todavía ideas de filiación marxista; o su ensayo La crisis del humanismo, versión española de una obra publicada antes, en 1916, en inglés, donde hace profesión de fe antiliberal, antidemocrática y antimarxista. Aunque con menor dedicación, Maeztu cultivó también la literatura de creación, con algunas poesías y cuentos, e igualmente cuenta en su haber con un drama inédito titulado El sindicato de esmeraldas.


[1] Texto extractado de José del Guayo y Lecuona y Carlos Mata Induráin, Los autores del 98 en la Biblioteca del Nuevo Casino de Pamplona. Catálogo de la exposición bibliográfica del Nuevo Casino de Pamplona. Noviembre de 1998, Pamplona, Nuevo Casino de Pamplona, 1998.

Lope de Vega: armas y letras

Hacia 1580 Lope comienza a darse a conocer como escritor por medio de algunas poesías líricas y de sus primeras comedias; podría decirse que su precoz carrera literaria, una afición o inclinación en sus orígenes, va adquiriendo unos matices tendentes cada vez más hacia la «profesionalización»: Lope va a seguir el oficio de las letras, sin menoscabo del desempeño de otros empleos al servicio de mecenas nobles[1]. Así, el período entre 1579 y 1583 se señala como la fecha probable de redacción de su comedia más temprana, Los hechos de Garcilaso de la Vega y el moro Tarfe, la única de las conservadas del Fénix dividida en cuatro actos (pronto se impondrá la división en tres jornadas), si bien en la dedicatoria de El verdadero amante, comedia pastoril en tres actos, se dice que es la «primera comedia de Lope de Vega». En la Semana Santa de 1582 redacta Los cinco misterios dolorosos de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo. 1582-1583 es la fecha probable de su célebre romance «Ensíllenme el potro rucio…». Por estos años se va haciendo y consolidando poco a poco la reputación dramática de Lope, que escribe ahora para el teatro como un medio para ganarse la vida. Escritor fecundo y popular, sabe ganarse también el aplauso de los corrales, de ese público que, al haber pagado su entrada, exige que le entretengan (en la Epístola al doctor Gregorio de Angulo escribirá: «que soy galán de las señoras musas / y las traigo a vivir con el vulgacho», lo que le permitirá «no sufrir ajeno señorío»); a su vez, los empresarios teatrales le buscan por el éxito que garantizan las piezas lopescas en su representación sobre las tablas.

Por aquel entonces entra al servicio de don Pedro de Dávila, marqués de las Navas, como secretario, cargo que seguirá desempeñando hasta 1587, cuando su señor marche a Alcántara y Lope decida no acompañarlo. No obstante, en 1583 emprende otro camino más, el de las armas, pues participa como soldado en la expedición contra los portugueses a la isla Terceira (en las Azores), que zarpó del puerto de Lisboa el 23 de junio al mando de don Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz.

Don Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz

Así pues, como tantos otros escritores de los Siglos de Oro (Garcilaso, Aldana, Cervantes, Calderón…), Lope se convierte en prototipo de poeta-soldado, es decir, alternará el ejercicio de la pluma y la espada. El 15 de septiembre de 1583 arribó la flota de regreso a Cádiz, y desde allí Lope volvería a Madrid.

A la altura de 1584 Lope ha alcanzado ya una gran reputación como poeta. Ha escrito composiciones laudatorias para los preliminares de las obras de varios de sus amigos. Además, versos suyos se incluyen en el Jardín espiritual de fray Pedro de Padilla (Madrid, 1584) y en el Cancionero de López Maldonado (Madrid, 1586). Cervantes, en el Canto de Calíope, incluido en La Galatea (1585), cita a Lope entre los escritores españoles más notables del momento:

Muestra en un ingenio la experiencia
que en años verdes y en edad temprana
hace su habitación así la ciencia,
como en la edad madura, antigua y cana;
no entraré con alguno en competencia
que contradiga una verdad tan llana,
y más si acaso a sus oídos llega
que lo digo por vos, Lope de Vega.

Lope, «en años verdes y en edad temprana», se habría ganado ya cierta fama literaria. Es posible que date de este momento, el período comprendido entre 1585 y 1588, la primera redacción de La Dorotea, pues en su dedicatoria al conde de Niebla dice: «Escribí La Dorotea en mis primeros años». En cualquier caso, este libro, una de sus obras maestras, no lo compondría Lope en su forma definitiva hasta su madurez, formando parte de su ciclo de senectute, y lo daría a la estampa en 1632.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011.

Aproximación a la narrativa de Rafael García Serrano

Comentaba en una entrada anterior que la producción literaria del escritor pamplonés Rafael García Serrano (1917-1988) es amplia y muy variada: novelas, relatos, libros de viajes y reportajes, colecciones de artículos, ensayos, diccionarios y obras misceláneas; pero que destaca sobre todo por su obra novelística centrada en el tema de la guerra civil española, que se inscribe dentro de una literatura militante, de propaganda y combate, profundamente comprometida con unos valores y con una ideología, la de Falange Española.

Efectivamente, García Serrano es uno de los mejores novelistas que han escrito sobre la guerra, de la que hizo «su tema». Antonio Valencia ha hablado de «fidelidad absoluta a un tiempo-eje»; y así es, en efecto: Eugenio o Proclamación de la primavera (1938), La fiel Infantería (1943) y Plaza del Castillo (1951) constituyen una «colecta de novelas» —al autor no le gustaba la palabra trilogía— que fue reunida en 1964 bajo el significativo rótulo común de La guerra. Otras tres novelas, La ventana daba al río, Los ojos perdidos y La paz dura quince días fueron agrupadas también posteriormente con el título de Frente Norte. Estas seis novelas constituyen una serie que García Serrano denominó «Ópera Carrasclás, novelas de la gran guerra española (1936-1939)». El valor testimonial de todas estas novelas es parcial, ya que García Serrano utiliza su pluma como un instrumento propagandístico, casi como un arma: «Yo sirvo en la literatura como serviría en una escuadra. Con la misma intensidad y el mismo objetivo. Cualquier otra cosa me parecería una traición», escribió.

García de Nora ha señalado que sus novelas son «un apasionado canto al espíritu de guerra, una especie de apología de la violencia cívica». Tal afirmación resulta especialmente acertada para su primera novela, Eugenio o Proclamación de la primavera (de 1938, con reediciones en 1964, 1982 y 1995, y alguna más en fechas recientes), obra mitificadora del joven protagonista —que elige una muerte heroica «por la Patria, la Falange y el César» en las luchas de la primavera sangrienta de 1936— y que exalta el empleo de las armas —«Pedagogía de la pistola» se titula un capítulo—. García Serrano se nos muestra en esta novela con todo el apasionamiento de sus veinte años, aumentado por la falta de perspectiva respecto a los hechos narrados. Algo de ese violento ardor queda todavía en las novelas posteriores, si bien con el paso del tiempo la acritud inicial se irá atenuando un tanto. Es más, hay que destacar cierta actitud comprensiva —que apunta con frecuencia en los escritos de García Serrano— hacia quienes combatieron en el bando contrario; así, leemos por ejemplo en Plaza del Castillo (1951, reeditada en 1964 y 1981): «No hay que odiar a nuestros enemigos, porque mañana hemos de vivir con ellos». Y, con independencia de las ideas políticas defendidas por este autor, resulta innegable que García Serrano sabe moldear la prosa castellana con un estilo sencillo, castizo y directo —que no renuncia a los rasgos coloquiales y hasta vulgares—, bronco en muchas ocasiones y a veces poético, y casi siempre ameno.

Rafael García Serrano

Por otra parte, García Serrano es autor también de una novela histórica sobre la conquista de México, Cuando los dioses nacían en Extremadura (Madrid, Instituto de Cultura Hispánica, 1949); en el prólogo el novelista explica su intención: «El argumento se lo inventó Cortés y el libro lo escribió Bernal. De modo y manera que hay bien poco margen para quienes nos aventuramos por el camino maravilloso de la Conquista de México. Tentado por cuanto de humanidad y de puro prodigio —esto es, de español— hay en Cortés y en sus hombres, intenté una especie de modesta biografía de la Conquista, un reportaje sencillo y admirativo» (p. 9). Después se encarga de explicitar los paralelismos existentes entre la epopeya mexicana y la contienda española, que son —para el escritor falangista— dos momentos distintos de la continuidad histórica del Imperio español. García Serrano ofrece, en fin, una visión idealizada de la conquista, entendida como misión divina: retrata en los conquistadores una raza de héroes-dioses que lucha providencialmente y refleja los valores patrióticos y religiosos del Régimen.

Escribió también una novela de anticipación política, V Centenario (1986), y algunos libros de relatos como Los toros de Iberia (1945, con reediciones en 1964 y 1995), El domingo por la tarde (1962), Retrato (al minuto) de un cabrón contemporáneo (1977), El obispo de Gambo (progre) (1978) y Las vacas de Olite (y otros asuntos de toros) (1980). Su producción se completa con otros títulos (ensayos, libros de viajes, memorias, recopilaciones de artículos periodísticos o diccionarios): Notas de un viaje de Roma a Buenos Aires (1949), Bailando hasta la Cruz del Sur (1953), Madrid, noche y día, itinerarios de la capital de España (1956), Feria de restos (paisajes, manjares, hombres y vinos de España) (1959), Franco y nuestro tiempo (1963), Los sanfermines, itinerario de una fiesta (1963), Diccionario para un macuto (1964 y 1979), El pino volador y otras historias militares (1964), Historia de una esquina (1964), La paz ha terminado: los «Dietarios personales» de 1974-1975 (1980), La gran esperanza (1983), Concierto para máquina de escribir y cinco toques de corneta (1984) y, póstumo, Cantatas de mi mochila (1992). Aunque no es la parte más importante de su producción, también podemos recordar dos libros de poemas: Cock-tail (1934), en colaboración con José María Pérez-Salazar, y Poemas desangelados (escritos durante la guerra civil, pero no publicados hasta 1982). Aparte quedarían sus guiones cinematográficos[1].


[1] Una buena aproximación al conjunto de su obra literaria puede verse en el capítulo que le dedica José Luis Martín Nogales en su estudio Cincuenta años de novela española (1936-1986). Escritores navarros, Barcelona, PPU, 1989, pp. 27-102. Ver también Alberto Ballestero Izquierdo, «Un escritor falangista navarro durante la guerra civil española: Rafael García Serrano», Príncipe de Viana, año LIV, anejo 15, 1993, Segundo Congreso General de Historia de Navarra, 24-28 de septiembre de 1990, pp. 385-396; Carlos Mata Induráin, «La guerra civil y la ideología falangista en La fiel infantería, de Rafael García Serrano», Anthropos (Barcelona), núm. 148, septiembre de 1993, pp. 83-87; y Rubén González Martín y Pascual Tamburri Bariain, «Falangismo, guerra civil y Navarra en Rafael García Serrano», en Mito y realidad en la historia de Navarra. Actas del IV Congreso de Historia de Navarra, Pamplona, Septiembre de 1998, Pamplona, Sociedad de Estudios Históricos de Navarra, 1998, vol. II, pp. 43-54.

Breve biografía de Cervantes (de 1547 a 1580)

La figura de Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616) se sitúa, cronológicamente, en un momento de encrucijada, cuando tras la hegemonía de la Monarquía Hispánica con los reinados de los Austrias mayores (Carlos V y Felipe II) empieza a apuntar en los reinados siguientes la decadencia (de las victorias de Mühlberg o Lepanto se pasa a la derrota de la Armada contra Inglaterra o el saqueo de Cádiz por los ingleses). En el terreno artístico y literario, asistimos igualmente a una etapa que marca el paso del Renacimiento al Barroco; de hecho, la obra cervantina y, en concreto, el Quijote, se ha adscrito a veces al estilo de transición denominado Manierismo. Su fecunda producción abarca treinta años de intensa y accidentada actividad literaria (1585-1615), abandonada en ocasiones por los avatares de la vida o desarrollada de forma simultánea con otras ocupaciones con las que intentó ganarse la vida. Su circunstancia vital convierte a Cervantes en un testigo privilegiado a caballo de dos edades, y en sus textos fundirá rasgos característicos de esas dos épocas tan distintas, tanto en lo estético como en lo ideológico. Esta circunstancia la ha puesto de relieve Julián Marías, al señalar que Cervantes es un hombre del siglo XVI (reinado de Felipe II), pero un escritor del XVII (reinado de Felipe III), porque la parte principal de su obra literaria se produce de 1605 en adelante; dicho de otra forma, Cervantes vive quince años más que otros miembros de su generación y escribe, de alguna manera, después de esa generación, es decir, como escritor forma constelación con la siguiente[1].

Cervantes es bautizado en la iglesia de Santa María de Alcalá de Henares el 9 de octubre de 1547, pero ignoramos la fecha exacta de su nacimiento: dado que en aquella época estaba muy arraigada la costumbre de aplicar a los recién nacidos el nombre de pila marcado por el santoral, se ha sugerido la fecha del 29 de septiembre, festividad de San Miguel. Son sus progenitores Rodrigo de Cervantes y Leonor de Cortinas. Los apremios económicos de su padre, que era cirujano (en la época, la categoría de este oficio no era la actual), y quizá también su ascendencia conversa, le llevan a cambiar continuamente de lugar de residencia, pasando sucesivamente por Valladolid, Córdoba, Sevilla y Madrid. Sabemos poco de los estudios de Cervantes. Es posible que siguiera algunos cursos con los jesuitas de Córdoba o de Sevilla; sí es seguro que estudió con el humanista Juan López de Hoyos: bien acudiendo como alumno a su estudio de Madrid, bien a través de clases particulares, con él recibe una buena formación en las artes liberales, sólido cimiento de su cultura. En 1567 escribe su primer poema conocido, el soneto a Isabel de Valois que comienza «Serenísima reina, en quien se halla…», por el nacimiento de la infanta Catalina Micaela. Dos años después, en 1569, al fallecer la reina, contribuye con cuatro poemas a un libro dedicado a honrar su memoria.

Se ha especulado con la posibilidad, nunca demostrada documentalmente, de que siguiera algunos estudios universitarios, bien en Alcalá, bien en Salamanca. Lo que sí sabemos es que Cervantes fue, toda su vida, un autodidacta que frecuentó por su cuenta muchos libros (así parece rememorarlo un célebre pasaje de Quijote, I, 9 en el que el narrador habla de su «natural inclinación» a la lectura: «… yo soy aficionado a leer aunque sean los papeles rotos de las calles…»). Pero, más allá de su formación en las aulas y a través de la letra impresa, Cervantes aprendió muchísimo de su experiencia en la vida y de su trato con las gentes. Llama la atención su profunda capacidad de observación y asimilación del mundo circundante, del paisaje y del paisanaje: dirige una mirada hacia todos los ámbitos de la vida y muestra una ilimitada comprensión de todas las cosas. Podría decirse que la verdadera Universidad de Cervantes fue su experiencia vital, el amplio bagaje de conocimientos acumulados en su deambular por varios lugares, en diferentes épocas y desempeñando diversos oficios.

A la altura de 1569 el joven Miguel sale apresuradamente de Madrid y marcha a Italia, donde pasa a formar parte del séquito del cardenal Giulio Acquaviva. Debido a un turbio asunto (un duelo en el que quedó malherido Antonio de Sigura) se condenaba a un tal Miguel de Cervantes (¿el futuro escritor o quizá un homónimo?) a diez años de destierro y pérdida de la mano derecha. Puede ser que Cervantes decidiese poner tierra por medio huyendo de la acción de la justicia. O, quizá, simplemente, su ansia de libertad le llevó a salir de España para conocer mundo. Sea como sea, la Italia renacentista causará una profunda impresión en aquel joven de veintidós años: no es sólo que entre en contacto con el idioma italiano, lo que le permite leer a los grandes clásicos (el Dante, el Petrarca, el Boccaccio…) y también a los escritores contemporáneos, sino que además queda seducido por el esplendoroso panorama cultural y artístico (la pintura, la arquitectura, la escultura, las grandes familias de mecenas italianas…) que contempla con admiración. Él siempre recordará con nostalgia «la vida libre de Italia», y en sus obras hallaremos continuas referencias elogiosas a ciudades como Milán, Florencia, Palermo, Venecia, Parma, Ferrara, Roma…

Sin embargo, Cervantes abandona pronto la vida cortesana por la militar. Quizá estuvo presente en la fracasada expedición a Chipre, isla que había sido ocupada por los turcos en 1570. En 1571 participa en la crucial batalla de Lepanto, siendo herido de dos arcabuzazos en el pecho y de un tercero que le deja inútil la mano izquierda, para mayor gloria de la diestra[2]. Esa victoria obtenida por la Santa Liga (la coalición de las naciones cristianas) resultó de una importancia fundamental, porque acabó con el mito de la imbatibilidad del turco por mar, y no es de extrañar que una ola de euforia recorriese entonces toda Europa. En la historia del cautivo inserta en Quijote, I, 39, Cervantes se hace eco de la trascendencia de «aquella felicísima jornada», de «aquel día, que fue para la cristiandad tan dichoso, porque en él se desengañó el mundo y todas las naciones del error en que estaban creyendo que los turcos eran invencibles por la mar» (p. 454).

Cervantes en la batalla de Lepanto

Tras convalecer de sus heridas en un hospital de Mesina, sigue su carrera de soldado y participa en las campañas de Corfú, Navarino y Túnez. Cervantes se licencia como «soldado aventajado» y en 1575, tras varios años de valiente servicio, se dispone a volver a España para obtener alguna recompensa: el grado de capitán, para seguir en la milicia, o bien algún cargo público. Pero la galera Sol que navegaba de regreso desde Italia a Barcelona es apresada por los corsarios berberiscos y, junto con su hermano Rodrigo, es conducido a Argel. Las cartas de recomendación que se había conseguido del duque de Sessa, virrey de Sicilia, se vuelven en su contra: sus captores lo suponen persona principal y fijan un elevado rescate (500 escudos de oro) por su libertad. Allí pasará Miguel más de cinco años (1575-1580) cautivo en los baños[3], compartiendo tan penosa experiencia con varios miles de prisioneros cristianos. En estos años se intensifica su contacto con la práctica literaria y teatral, pues tal dedicación era uno de los pocos entretenimientos que aquellos infelices podían tener. Cervantes, siempre valiente, intenta escapar hasta en cuatro ocasiones, sin éxito, y siempre se hace responsable último de los planes de fuga, pese a lo cual nunca fue castigado tan severamente como era de esperar[4]. Finalmente, en 1580, cuando ya estaba embarcado para ser trasladado a Constantinopla, es liberado por los trinitarios (en 1577 ya lo había sido su hermano Rodrigo). Esta amarga experiencia del cautiverio quedará reflejada en múltiples pasajes de la obra cervantina, tanto en sus comedias de cautivos (Los tratos de Argel, El gallardo español, La Gran Sultana, Los baños de Argel…) como en la narrativa (la historia del cautivo en la Primera parte del Quijote, La española inglesa, El amante liberal…).

En una próxima entrada examinaremos el resto de la biografía de Cervantes, desde 1581 hasta 1616.


[1] Julián Marías, Cervantes clave española, Madrid, Alianza Editorial, 2003, p. 72. Una biografía muy recomendable es la de Jean Canavaggio, Cervantes, trad. de Mauro Armiño, Madrid, Espasa Calpe, 2003. Todas las citas del Quijote serán por la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico (Barcelona, Crítica, 1988).

[2] Mercurio, en el Viaje del Parnaso, le dice: «Bien sé que en la naval dura palestra / perdiste el movimiento de la mano / izquierda, para gloria de la diestra».

[3] Explica el capitán cautivo: «Con esto entretenía la vida, encerrado en una prisión o casa que los turcos llaman baño, donde encierran los cautivos cristianos» (Quijote, I, 40, p. 462).

[4] Recuérdense los duros castigos que describe el capitán cautivo: «Y aunque la hambre y desnudez pudiera fatigarnos a veces, y aun casi siempre, ninguna cosa nos fatigaba tanto como oír ver a cada paso las jamás vistas ni oídas crueldades que mi amo usaba con los cristianos. Cada día ahorcaba el suyo, empalaba a este, desorejaba aquel, y esto, por tan poca ocasión, y tan sin ella, que los turcos conocían que lo hacía no más de por hacerlo y por ser natural condición suya ser homicida de todo el género humano. Solo libró bien con él un soldado español llamado tal de Saavedra, el cual, con haber hecho cosas que quedarán en la memoria de aquellas gentes por muchos años, y todas por alcanzar libertad, jamás le dio palo, ni se lo mandó dar, ni le dijo mala palabra; y por la menor cosa de muchas que hizo temíamos todos que había de ser empalado, y así lo temió él más de una vez; y si no fuera porque el tiempo no da lugar, yo dijera ahora algo de lo que este soldado hizo, que fuera parte para entreteneros y admiraros harto mejor que con el cuento de mi historia» (I, 40, p. 463).

Breve semblanza de Rafael García Serrano (1917-1988)

Figura destacada en el panorama de la literatura navarra de posguerra es la de Rafael García Serrano (Pamplona, 1917-1988). Escribe José María Romera:

Si en [Ángel María] Pascual la sensibilidad literaria se impone sobre la ideología, no puede afirmarse lo mismo de otro importante escritor navarro que surge de la misma tendencia: Rafael García Serrano […]. La guerra civil, vista desde el frente vencedor, es el tema casi único de sus escritos (cuentos, novelas, artículos de prensa), agitadas soflamas del más exagerado fascismo que se mueven entre la evocación del levantamiento y, posteriormente, la lamentación por el declive de un régimen en decadencia. […] Pese a esta declarada subordinación de la literatura a la causa política, García Serrano se revela pronto como un buen novelista. […] Pero es su militancia activa en el terreno del periodismo la que más destaca a partir de los años 50; en sus artículos está perfectamente reflejada su prosa vehemente, ácida, no pocas veces ingeniosa, panfletaria, procaz, que, de no haber sido puesta al servicio único de su ideología, podría haber dado mejores frutos[1].

En efecto, Rafael García Serrano es un caso de vocación literaria precoz y jamás desatendida en esas dos vertientes fundamentales del libro y del periodismo. Falangista desde 1934, al producirse el Alzamiento Nacional el 18 de julio de 1936, García Serrano —Rafael García Serranoque tiene diecinueve años y se encuentra en Pamplona— se integra en una escuadra falangista y se incorpora a la columna de autobuses que, al día siguiente, transporta a los voluntarios que marchan hacia Madrid. Combatirá con las tropas de García Escámez en las alturas de Somosierra. Al poco tiempo, tiene que ser evacuado a un hospital de Pamplona al infectársele una herida. Tras dos meses de convalecencia, se incorpora a la redacción de Arriba España y, en octubre, pasa a ser su subdirector, trabajando como corresponsal de este periódico en el frente Norte, en el de Madrid y en el de Huesca.

Se integra después en una bandera en formación que será destinada a realizar patrullas por las mugas del Roncal, en la frontera con Francia. Más tarde sigue el curso de alféreces provisionales en la Academia de Ávila. Es enviado ahora al frente de Teruel pero, aquejado de una enfermedad, en el invierno de 1937 tiene que ser nuevamente evacuado: una pulmonía doble será el principio de un proceso tuberculoso que le obliga a pasar la última fase de la guerra alejado de los combates; es más, García Serrano habrá de vivir cinco años en sanatorios y hospitales. Me he detenido en la peripecia vital de García Serrano porque hay mucho de autobiográfico en su obra, en especial en el personaje de Ramón de su novela La fiel Infantería.

Tras publicar sus primeras novelas, Eugenio (1938) y La fiel Infantería (1943), García Serrano se convierte en Jefe Nacional de Prensa y Propaganda del Frente de Juventudes. Ejerce el periodismo en la prensa del Movimiento; así, de 1945 a 1957 trabaja para Arriba, periódico del que será corresponsal en Roma. Realiza dos viajes por Hispanoamérica con el grupo de Coros y Danzas de la Sección Femenina de Falange. Escribe también en Primer plano, Siete flechas y, desde 1974, en El Alcázar. García Serrano permanecerá siempre fiel a su ideología falangista, incluso tras la incorporación de la Falange a los principios del Movimiento Nacional. A la muerte del general Franco, con el proceso de transición hacia la democracia, verá derrumbarse todo su entramado ideológico: según García Serrano, los vencedores de la guerra se encuentran ahora derrotados, de ahí que simpatice con la intentona golpista de 1981. Falleció el día de la Hispanidad de 1988, sin haberse desviado un ápice de las ideas que venía sosteniendo desde 1934.

La producción literaria de este escritor pamplonés es amplia y muy variada: novelas, relatos, libros de viajes y reportajes, colecciones de artículos, ensayos, diccionarios y obras misceláneas. Pero destaca sobre todo por su obra novelística centrada en el tema de la guerra civil española, que se inscribe dentro de una literatura militante, de propaganda y combate, profundamente comprometida con unos valores y con una ideología, la de Falange Española. Tendremos ocasión de comprobarlo en una próxima entrada.


[1] José María Romera Gutiérrez, «Literatura», en AA. VV., Navarra, Madrid, Mediterráneo, 1993, p. 190a. Una buena aproximación al conjunto de su obra literaria puede verse en el capítulo que le dedica José Luis Martín Nogales en su estudio Cincuenta años de novela española (1936-1986). Escritores navarros, Barcelona, PPU, 1989, pp. 27-102. Ver también Alberto Ballestero Izquierdo, «Un escritor falangista navarro durante la guerra civil española: Rafael García Serrano», Príncipe de Viana, año LIV, anejo 15, 1993, Segundo Congreso General de Historia de Navarra, 24-28 de septiembre de 1990, pp. 385-396; Carlos Mata Induráin, «La guerra civil y la ideología falangista en La fiel Infantería, de Rafael García Serrano», Anthropos (Barcelona), núm. 148, septiembre de 1993, pp. 83-87; y Rubén González Martín y Pascual Tamburri Bariain, «Falangismo, guerra civil y Navarra en Rafael García Serrano», en Mito y realidad en la historia de Navarra. Actas del IV Congreso de Historia de Navarra, Pamplona, Septiembre de 1998, Pamplona, Sociedad de Estudios Históricos de Navarra, 1998, vol. II, pp. 43-54.

Lope: otros estudios confusos y un supuesto amorío

Tampoco coinciden los biógrafos y estudiosos de Lope en la fecha de su traducción en versos castellanos del poema latino de Claudio titulado De raptu Proserpinae, hoy perdida, que dedicó al cardenal Ascanio Colonna: algunos la fechan tempranamente en 1577,  mientras que otros la retrasan al período 1581-1585[1].

El rapto de Proserpina

Otro episodio que ha generado confusión son unos supuestos amoríos con una joven, María de Aragón, hija de unos panaderos de la corte, de la que Lope se habría enamorado a finales de 1579; la muchacha habría quedado embarazada, aunque la niña fruto de tales amores moriría muy pronto. Algunos biógrafos han querido ver un reflejo de este episodio en el personaje de Marfisa de La Dorotea. Sin embargo, todo parece ser una confusión, y el Lope de Vega amante de esa tal María de Aragón, cuyo nombre figura registrado en algunos documentos, sería un homónimo de nuestro joven aprendiz de escritor.

Y todavía hay un detalle biográfico más que queda en la nebulosa. Nos referimos al supuesto paso por la Universidad de Salamanca, quizá para concluir los estudios eclesiásticos iniciados en Alcalá; estudios salmantinos que fueron deducidos por el Padre Rafael María de Hornedo de unas palabras del autor al presentar a Tomé de Burguillos en su «Advertimiento al señor lector» de sus Rimas humanas y divinas, que no necesariamente hay que tomar al pie de la letra:

… y se sabrá también que [Tomé de Burguillos] no es persona supuesta, como muchos presumen, pues tantos aquí le conocieron y trataron, particularmente en los premios de las justas, aunque él se recataba de que le viesen, más por el deslucimiento de sus defectos, que por los defectos de su persona; y asimismo en Salamanca, donde yo le conocí y tuve por condicípulo, siéndolo entrambos del doctor Pichardo, el año que llevó la cátedra el doctor Vera.

Se ha aducido como argumento para reforzar esa hipotética estancia la viva ambientación salmantina de su comedia El bobo del colegio, pero no resulta imprescindible para explicarla. Más bien cabe pensar que la relación con los ambientes universitarios salmantinos sea posterior, de cuando su estancia en la corte ducal de Alba de Tormes, a la que nos referiremos más adelante. No parece haber, pues, ningún argumento de peso para probar esos hipotéticos estudios en Salamanca, cuya universidad era tan célebre al menos como la de Alcalá y cuya vida estudiantil era, igualmente, no menos agitada y alegre.

Fuesen cuales fuesen los estudios universitarios regulares del Fénix, no cabe duda de su decidida afición a la lectura, a su continuada formación autodidacta, a su gusto por el estudio paciente, por las letras humanas, tan necesarias para la escritura literaria, tal como revelan estos versos de su epístola A Amarilis indiana:

Apenas supe hablar cuando, advertido
de las febeas Musas, escribía
con pluma por cortar versos del nido.

Llegó la edad y del estudio el día
donde, sus pensamientos engañando,
lo que con vivo ingenio prometía

de los primeros rudimentos, dando
notables esperanzas a su intento,
las artes hice mágicas volando.

Aquí luego engañó mi pensamiento
Raymundo Lulio, labirinto grave,
rémora de mi corto entendimiento.

Quien por sus cursos estudiar no sabe,
no se fíe de cifras, aunque alguno
de lo infuso de Adán su genio alabe.

Matemática oí, que ya importuno
se me mostraba con la flor ardiente
cualquier trabajo, y no admití ninguno.

Amor, que Amor en cuanto dice miente,
me dijo que a seguirle me inclinase:
lo que entonces medré, mi edad lo siente.

Mas como yo beldad ajena amase,
dime a letras humanas, y con ellas
quiso el poeta Amor que me quedase.

Favorecido, en fin, de mis estrellas,
algunas lenguas supe, y a la mía
ricos aumentos adquirí por ellas.

Lo demás preguntad a mi poesía,
que ella os dirá, si bien tan mal impresa,
de lo que me ayudé cuando escribía.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011.

Semblanza de Ángel María Pascual (1911-1947)

Ángel María Pascual[1], nacido en Pamplona en 1911, fallecido en 1947, fue, ante todo, periodista. Como se ha señalado, en sus varios trabajos como articulista, dibujante y diseñador tipográfico en Diario de Navarra, Arriba España de Pamplona y la revista Jerarquía se encuentra la base de su producción literaria. Él mismo escribió a este respecto: «Yo veo la literatura a través de los oficios humildes y gloriosos de la tipografía y del periodismo». En efecto, después de afiliarse a Falange, fue fundador y director de Arriba España, y editor y artífice asimismo de Jerarquía. Desempeñó además otros cargos públicos: Delegado provincial de Educación Nacional de Navarra, Jefe provincial del Sindicato del Papel, Prensa y Artes Gráficas, Presidente de la Asociación de la Prensa de Pamplona, director de la Hoja del Lunes, concejal y teniente de alcalde del Ayuntamiento de Pamplona. Como periodista, mantuvo diversas secciones, por ejemplo en Diario de Navarra «Cymbalum Mundi» y «Tijerefonemas»; otra destacada columna suya fue «Silva curiosa de historias» (de 1931 a 1937). Colaboró en El Español con la sección «Cartas de Cosmosia», que son «breves artículos de actualidad vistos y tratados desde el prisma de una pequeña capital de provincia»[2]. Colaboró además en numerosas publicaciones: Juventud, Estafeta Literaria, Vida Vasca, Vértice, Santo y Seña y La Voz de España de Santiago de Chile.

Ángel María Pascual

Sus principales títulos literarios son Amadís (Madrid, Espasa Calpe, 1943), novela de tendencia anti-realista en la que acomoda el mito literario caballeresco a la historia coetánea (José Antonio Primo de Rivera es equiparado a Amadís); Don Tritonel de España (Bilbao, Departamento de Propaganda. Frente de Juventudes SEU, 1944); Capital de tercer orden. Versos del amor de disgusto (1947, con una segunda edición de 1971 y otra más reciente, en el año 1997, a cargo del Gobierno de Navarra); y ya póstumos: Catilina. Una ficha política (1948, con reedición de Barcelona, Sirmio, 1989); San Jorge o la política del dragón (1949, reeditada hace unos años junto con Eugenio o Proclamación de la primavera de Rafael García Serrano, Madrid, Fundación Editorial San Fernando, 1995); Glosas a la ciudad (Pamplona, Morea, 1963), que es una recopilación de artículos periodísticos de Arriba España escritos entre octubre de 1945 y abril de 1947 con semblanzas, recuerdos, paisajes, evocaciones nostálgicas, etc.; y Silva curiosa de historias (Pamplona, Pamiela, 1987), con introducción y selección de Miguel Sánchez-Ostiz. También es autor de una traducción del tratado De monarchia de Dante (Madrid, Instituto de Estudios Políticos, 1947). En los últimos años el Gobierno de Navarra está publicando —con estudios preliminares de Miguel Sánchez-Ostiz— las obras completas de este interesante, cuanto poco conocido, autor pamplonés, que incluso cuando desciende al terreno del panfleto de propaganda política —caso del Don Tritonel de Españaconserva en su prosa rasgos de buena literatura.

Es esta una curiosa obra de Pascual publicada como número 10 de una colección llamada «Ediciones para el bolsillo de la Camisa Azul». Comienza calcando las técnicas y estructuras narrativas de los viejos libros de caballerías: se refiere en ella la educación del niño Tritonel, que fue encontrado en el agua, dentro de un tonel, por el ermitaño Beltenebros, que antes había sido caballero y ahora vive en una isla deshabitada. Los consejos del anciano se mezclan con diversas reflexiones y evocaciones de la España imperial, cuyo espíritu trata de recuperar la Falange, de forma que el librito pronto degenera en panfleto político. Por su corta extensión podría ser una novela corta, pero es obra difícil de clasificar desde el punto de vista genérico —lo mismo que Amadís—, situada entre la literatura y la política.

De mucha mayor calidad literaria son sus Glosas a la ciudad (1963). Escribe Miguel Sánchez-Ostiz:

Los motivos de los escritos literarios de Pascual son los hechos más anodinos de la realidad cotidiana, los más intrascendentes o los más relevantes, mostrados siempre desde su cara oculta. […] Todo lo que en sus primeros artículos e incluso en su Amadís era una mezcla de clasicismo y barroco, con mayor predominio de este segundo, se transforma en sencillez en las glosas; una sencillez que no renuncia a la riqueza del lenguaje, a la descripción exacta, al detalle minucioso y a un lirismo nada banal, alcanzando la intensidad del poema en prosa. Pecarán a veces, si se quiere, de una nostalgia complaciente hacia un mundo amable, mucho más amable que la época concreta en que estas glosas fueron escritas; pero también expresan el deseo de una ciudad mejor, de una sociedad mejor. Podrá mostrarse irónico, humorístico, mordaz o melancólico o entusiasmado hacia las cosas y las gentes de su ciudad; pero al fondo […] siempre está la «Capital de tercer orden» que Pascual quiso mejorar[3].

En 1987 la editorial Pamiela publicó otra selección de artículos periodísticos de Pascual titulada Silva curiosa de historias, coincidiendo con la celebración de unas Jornadas (los días 14-17 de diciembre de ese año) con motivo del 50 aniversario de su muerte. Estas silvas son, en opinión de nuevo de Sánchez-Ostiz,

historias «inéditas y antiguas» de Pamplona, de los siglos XVI al XIX, que componen un mosaico de los oficios, las devociones, los afanes, las diversiones, los grandes y pequeños acontecimientos que dejaron su huella en los legajos, los personajes de primer y segundo orden, los hechos de armas de la ciudad, unas viñetas escritas en un estilo voluntariamente anacrónico, paródico de un lenguaje arcaico y llenas de humor[4].

Asimismo cabe destacar el interés de la poesía de Ángel María Pascual. Su poemario Capital de tercer orden constituye un retrato de una ciudad provinciana, cuya vida anodina y gris va quedando reflejada en los versos de estos poemas («Consumos», «La calle», «Café», «Melopea parda», «Mercado», «Un balcón», «Urinario», «Novillada», «Hotel», «Pesadilla», «Casas baratas», «Vitrina de fotógrafo», «Soledad», «Casino», «Entierro», «Juerga», «Viático en el suburbio», «Jardín público» y «Estación»). Las composiciones van precedidas de la siguiente indicación: «Cualquier coincidencia con una ciudad existente es siempre casual», y el libro se cierra con un poético —y desengañado— «Envío». El citado Sánchez-Ostiz, en su estudio preliminar a la reedición del poemario, ha señalado que los poemas de Capital de tercer orden son menos formales y culturalistas y más decididamente prosaístas que otros inéditos suyos:

Son distintos a cuanto había publicado Pascual hasta entonces y una vez más, imagino, habrían chocado con toda seguridad en la Pamplona de 1947. Resultaban sobrecogedores por su desesperanza, por su amargura, por su dolor de fondo, por la crudeza con que nombra las cosas en apariencia quietas del mundo entorno, por el desconcierto del poeta que sostiene esos versos[5].

Reproduzco un fragmento de «Melopea parda», que refleja el ambiente de una ciudad —Pamplona o cualquier otra de la primera posguerra— gris y llena de tedio:

Es la hora indecisa. Pronto los gatos pardos
y los cerros pardos
y los tejados pardos
y los mendigos pardos.
Todo es pardo.

Viste de pardo el tardo labriego
y el santero que lleva un Niño milagrero
y el peregrino que canta su «Deogracias»
nocherniego.
Todo es pardo.

[…]

Junto a la última farola crece un cardo.
Color de miseria, nacional tabardo.
Todo es pardo.
pardo, pardo, pardo, pardo, pardo.


[1] Ver para más detalles el trabajo de Juan María Lecea Yábar, «Ángel María Pascual (1911-1947)», Príncipe de Viana, septiembre-diciembre de 1998a, año LIX, núm. 215, pp. 859-874.

[2] Miguel Sánchez-Ostiz, en Gran Enciclopedia Navarra, Pamplona, Caja de Ahorros de Navarra, 1990, vol. IX, p. 45.

[3] Sánchez-Ostiz, en Gran Enciclopedia Navarra, vol. IX, pp. 46-47.

[4] Sánchez-Ostiz, en Gran Enciclopedia Navarra, vol. IX, p. 47.

[5] Sánchez-Ostiz, prólogo a Ángel María Pascual, Capital de tercer orden, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1997, p. 16.

El paso de Lope de Vega por Alcalá de Henares

Como bien señalan Rennert y Castro, «Toda esta primera parte de la vida de Lope está todavía envuelta en la más profunda oscuridad»[1]. Tal confusión tiene que ver, por ejemplo, con los muy probables —pero no seguros— estudios universitarios de Lope en Alcalá de Henares, cuestión que ha sido muy debatida.

Universidad de Alcalá de Henares

Ciertamente, no quedan pruebas documentales de su paso por las aulas complutenses (al menos, su nombre no aparece consignado en los registros y libros de matrículas de los años 1572-1584), pero parece que podemos dar por buenos esos estudios pues Lope los menciona en muchas ocasiones, por ejemplo en su Epístola al doctor Gregorio de Angulo, incluida en  La Filomena:

Criome don Jerónimo Manrique,
estudié en Alcalá, bachillereme,
y aun estuve de ser clérigo a pique;

cegome una mujer, aficioneme,
perdóneselo Dios, ya estoy casado;
quien tiene tanto mal, ninguno teme.

Los versos del primer terceto aluden tanto a su paso por la Universidad de Alcalá como a la protección de don Jerónimo Manrique de Lara, obispo de Cartagena, que con el tiempo lo sería de Ávila. Los del segundo, al abandono de tales estudios por el hecho de haberse enamorado ciegamente de una mujer. Pero vayamos por partes…

Podemos imaginar que, tras la muerte del padre en 1578, la economía familiar se habría resentido bastante y que hubieron de buscar alguna ayuda para su mantenimiento. Pues bien, son numerosos pasajes de su obra en los que Lope alude a la bondad y agradece la protección del obispo Jerónimo Manrique, al que siempre recordaría con cariño. Así, por ejemplo, en su dedicatoria al duque de Maqueda de la comedia Pobreza no es vileza:

Crieme en servicio del ilustrísimo señor don Jerónimo Manrique, obispo de Ávila y Inquisidor general, uno de los príncipes que ha tenido esa clara sangre, en el estado eclesiástico […] y cuantas veces me toca al alma sangre Manrique, no puedo dejar de reconocer mis principios y estudios a su heroico nombre, como en tantas partes se conoce mi agradecimiento.

Y también en otra ocasión escribe:

Serví al obispo mi señor don Jerónimo Manrique […]. El amor que le tuve fue inmenso, las obligaciones iguales, las pocas letras que tengo le debo.

Cabe suponer que fue gracias a su apoyo económico como pudo ir Lope a estudiar a la Universidad de Alcalá, aunque no hay mucha seguridad sobre las fechas. Según algunos biógrafos, se habría matriculado hacia 1577, cuando contaba unos quince años, para permanecer allí cuatro años, saliendo hacia 1581-1582. Otros autores reducen el tiempo de permanencia en Alcalá y señalan que posiblemente estudió allí los años 1580-1582. Pérez de Montalbán relata su acomodo con don Jerónimo Manrique y la entrada en la universidad de la antigua Compluto tras la escapada por tierras castellanas y leonesas:

Luego que llegó a Madrid, por no ser su hacienda mucha y tener algún arrimo que ayudase a su lucimiento, se acomodó con don Jerónimo Manrique, obispo de Ávila, a quien agradó sumamente con unas églogas que escribió en su nombre, y con la comedia La pastoral de Jacinto, que fue la primera que hizo de tres jornadas, porque hasta entonces la comedia consistía solo en un diálogo de cuatro personas que no pasaba de tres pliegos; y destas escribió Lope de Vega muchas, hasta introducir la novedad de las otras. Para que sepan todos que su perfección se debe solo a su talento, pues las halló rústicas y las hizo damas, y cuantos después acá las han escrito (aunque alguno bárbaramente lo niegue) ha sido siguiéndose por esta pauta […] Los aplausos que se le siguieron con el nuevo género de comedias fueron tales, que le obligaron a proseguirlas con tan feliz abundancia que en muchos años no se vieron en los rótulos de las esquinas más nombres que el suyo, heroicamente repetido. Mas pareciéndole que sería importante saber de raíz la filosofía para no hablar en ella acaso (desgracia que sucede a muchos), hizo elección de la insigne Universidad de Alcalá, donde cursó cuatro años, hasta graduarse, siendo el más lucido de todos sus concurrentes, así en las conclusiones como en los exámenes.

Si damos por bueno el carácter autobiográfico del personaje de don Fernando en La Dorotea, a esos estudios complutenses aludiría este pasaje en el que conversa con Dorotea y Felipa:

Yo, señoras, la que habla y la que no habla, nací de padres nobles, en este lugar, a quien dejaron los suyos poca renta; mi educación no fue como de príncipe, pero con todo eso quisieron que aprendiese virtudes y letras: enviáronme a Alcalá de diez años, con el que está presente [Julio], que tendría entonces veinte, para que me sirviese de ayo y de amigo, como lo ha hecho con singular amor y lealtad… De la edad que digo ya sabía yo la Gramática y no ignoraba la Retórica. Descubrí razonable ingenio, prontitud y docilidad para cualquiera ciencia; pero para lo que mayor le tenía era para los versos, de suerte que los cartapacios de las liciones me servían de borradores para mis pensamientos, y muchas veces las escribía en versos latinos o castellanos. Comencé a juntar libros de todas letras y lenguas, que después de la griega y ejercicio grande de la latina, supe bien la toscana y de la francesa tuve noticia… Murieron mis padres y un solicitador de su hacienda cobró lo que pudo y pasose a las Indias, dejándome pobre.

Como decíamos, no hay datos para corroborar de forma fehaciente las fechas de permanencia en Alcalá y la hipotética culminación de los estudios. Pérez de Montalbán dice que «cursó cuatro años, hasta graduarse»; el propio Lope, en la cita antes transcrita, escribe «bachillereme». Sin embargo, lo más probable es que no llegase a concluir ningún estudio, aunque los que siguió estarían sin duda relacionados con la posibilidad de ingresar en el estado eclesiástico (lo que parece indicar el citado verso «y aun estuve de ser clérigo a pique»). Alcalá era una ciudad en la que bullía el ambiente estudiantil, y sin duda el tumultuoso Lope gustaría mucho más de la libre vida estudiantil, con sus juergas y francachelas, que de las aulas y los estudios.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011.

Un poeta dieciochesco: Manuel Pedro Sánchez Salvador y Berrio, Doralio (1764-1813)

Al trazar la historia de la poesía en Navarra en el siglo XVIII, el nombre que debemos recordar especialmente es el de Manuel Pedro Sánchez Salvador y Berrio (Pamplona, 1764-1813), militar y político que empleó el seudónimo poético de Doralio. No fue en vida, sino después de su muerte, cuando se publicó un tomo con sus Poesías (Londres, 1818). Existe una edición de las Poesías de Doralio (Pamplona, Diputación Foral de Navarra-Institución «Príncipe de Viana», 1987) debida a Felicidad Patier Torres, que traza la biografía del poeta, estudia sus poesías y las edita.

Poesías de Doralio

De su trabajo extracto a continuación algunos datos más de este desconocido poeta pamplonés del XVIII, que cultiva preferentemente un tipo de poesía de corte neoclásico, a la manera de Villegas y Meléndez Valdés.

Explica Patier que las Poesías de Doralio son un hallazgo tanto para la literatura española del siglo XVIII como para la historia literaria de Navarra, que entre 1790 y 1818 apenas cuenta con otros autores y obras de interés. Doralio es el seudónimo literario del autor, que lo emplea según un uso tradicional de la poesía bucólica del XVIII. Nuestro autor tradujo un Arte de hacer el vino (1803) y La gastronomía o el arte de comer. Poema didáctico en cuatro cantos (1818). Su hijo, José Sánchez Salvador, fue quien reunió en forma de libro diversas composiciones publicadas anteriormente por Doralio en el Diario de las musas, el Memorial literario y Variedades de Ciencias, Literatura y Artes. Destaca la editora la amistad de Sánchez Salvador con fray Diego González, Delio, que formaba parte de la escuela salmantina de poesía. Perteneciente a la generación de Cienfuegos, Doralio cuenta con un corpus poético de valor, en el que es apreciable cierta actitud clásica de contención que lo aleja tanto del prosaísmo como del prerromanticismo. Patier clasifica su obra en tres grandes apartados: 1) poesía de influjo ultrapirenaico y nórdico (Gessner, Saint Lambert, Pope, Thompson, Young), de actitud prerromántica y continuadora de la tradición nacional; 2) poesía amorosa (composiciones dedicadas a Anarda, Ardelia, Lisis…); y 3) poesía que expresa los ideales de la Ilustración. En total, las Poesías de Doralio incluyen doce idilios y varios sonetos, églogas, elegías, letrillas, odas y canciones.

Destaca su editora moderna la sensibilidad y originalidad del poeta pamplonés, pese a recorrer caminos líricos muy trillados. Se nota en su obra una preocupación por crear un lenguaje poético a través de estrofas y ritmos muy variados. «Tres rasgos —escribe Patier— definen el estilo de Sánchez Salvador: la preocupación por la estructura de los poemas, el hipérbaton y su destreza métrica. En los poemas siempre está presente una preocupación por la composición. Logra una plena armonía del conjunto y las partes, incluso en composiciones de actitud prerromántica»[1]. Y más adelante valora su producción con estas palabras: «Si de Sánchez Salvador solo conservásemos las poesías que aparecieron en los periódicos, sus huellas se perderían entre la innumerable y anónima masa de seudónimos e iniciales que firmaban este tipo de composiciones. Pero este poeta nos ha dejado todo un corpus poético de indudable valor literario»[2].

Como muestra de la obra poética de este desconocido vate pamplonés copiaré el comienzo de «Ardelia. Égloga elegíaca», diálogo entre Riselo y Doralio que parafrasea parte de la Égloga I de Garcilaso:

¡Oh, qué dulce es el día
para quien sale al prado
sin pretensiones, sustos ni temores!
¡Con qué paz y alegría,
dirigiendo el ganado,
canto sencillos versos sin amores.
Aquí los ruiseñores
con acentos süaves
y armonía sonora
saludan a la aurora,
y aunque sin tal primor, las demás aves,
en sus toscos acentos,
le muestran su placer sin fingimientos.

Y también el soneto «Roselio pescador a Filis zagaleja» (que en el v. 6 introduce un tradicional juego de palabras: perderse / ganado):

Deja una vez la choza, Filis mía,
que asilo del placer no es solo el prado;
también esta ribera tiene agrado,
tienen también las ondas su alegría.

Si no cedes tal vez a mi porfía
por no dejar perderse tu ganado,
tráelo aquí sin temor, que está adornado
este monte de yerba y fuente fría.

Pacerán tus ovejas libremente
por la agradable sombra y, descuidada,
tú harás redes, cantando dulcemente,

y por quedar en ellas ensayada,
en lugar de prender pez inocente,
prenderasme, hasta estar ejercitada.


[1] Felicidad Patier Torres, introducción a Manuel P. Sánchez Salvador y Berrio, Poesías de Doralio, biografía, edición y estudio de…, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura, Institución Príncipe de Viana), 1987, p. 15.

[2] Patier Torres, introducción a Poesías de Doralio, p. 67.

Dos sonetos neoplatónicos de Villamediana

Me refiero concretamente a los sonetos del conde de Villamediana que comienzan «El que fuere dichoso será amado…» e «Imagen celestial, cuya belleza…», en los que la tradición heredada cuaja —por la perfecta construcción de esos textos, por su intensidad expresiva y por su fuerza emotiva— en dos de las composiciones más hermosas del conde y, también, de toda la poesía en lengua castellana. El primero (núm. 193) dice así:

El que fuere dichoso será amado,
y yo en amor no quiero ser dichoso,
teniendo, de mi mal propio envidioso,
a dicha ser por vos tan desdichado[1].

Sólo es servir servir sin ser premiado;
cerca está de grosero el venturoso;
seguir el bien a todos es forzoso,
yo sólo sigo el mal sin ser forzado.

No he menester ventura para amaros:
amo de vos lo que de vos entiendo,
no lo que espero, porque nada espero;

llévame el conoceros a adoraros;
servir, mas por servir, sólo pretendo:
de vos no quiero más que lo que os quiero.

La composición, bellísima, reúne varios motivos corteses, petrarquescos y neoplatónicos: el servicio a la dama sin esperanza —ni deseo— de premio, el gustoso sufrimiento de amor, la religio amoris (v. 12, «adoraros»), el amor concebido aquí como conocimiento o entendimiento intelectual del objeto amado (aspecto este ya apuntado en otro soneto del conde: «Quereros entender es no entenderos, / pensar en vos parece confianza, / atreverse a miraros es perderos», núm. 127, vv. 12-14). Como escribe José María Pozuelo Yvancos, «Es doctrina neoplatónica también que el amor se ofrece al amante por vía de conocimiento y que implica ausencia de la cosa amada»[2], y ya antes había explicado la oposición ver / entender, como dos formas graduales de percepción: «Ver es apreciar la hermosura sin más; entender es conocer a través de ella su significado interior»[3]. Sobre este soneto, que recuerda el de Lope «Ya no quiero más bien que sólo amaros…»[4], ha escrito Luis Rosales:

No se puede ir más lejos en el acierto poético, en la fijeza y nitidez de la expresión, en la delicadeza del sentimiento. Son muchos los sonetos amorosos de Villamediana que tienen este logro, pero aquí y ahora no nos importa destacar su valor literario, sino su valor expresivo, que constituye, indudablemente, una de las cimas de la espiritualidad española[5].

El otro texto se titula «A un retrato» (núm. 269, catalogado entre los sonetos líricos, con variantes importantes en el núm. 266, «Ofensas son, señora, las que veo…», y en el núm. 271, «Ofensas son por cierto éstas que veo…»[6]):

Imagen celestial, cuya belleza
no puede sin agravio ser pintada,
porque mano mejor, más acertada,
no fió tanto a la naturaleza.

En esto verá el arte su flaqueza:
quedando vida y muerte así pintada,
está menos hermosa que agraviada
sin quedarlo la mano en su destreza[7].

Desta falta del arte, vos, señora,
no quedáis ofendida, porque el raro
divino parecer está sujeto.

Retrato propio vuestro es el aurora,
retrato vuestro el sol cuando es más claro,
vos, retrato de Dios el más perfeto.

Detalle de El nacimiento de Venus, de Botticelli

También aquí se da una interesante acumulación de motivos: se parte del retrato de una dama —motivo reiterado en la lírica amorosa, lo mismo que en las comedias auriseculares—, pero no se utiliza para la tópica descriptio puellae, sino para presentar la belleza física de la amada con valor trascendente: esa belleza física de la dama es trasunto de la belleza de su alma, y esta lo es a su vez de la Suma Belleza que es Dios. El poema se basa en imágenes de luz y claridad: la aurora y el sol son retratos de la mujer amada, de la misma manera que esta es retrato de la Divinidad. Con esto enlaza otra cuestión muy debatida en el Renacimiento y el Barroco, la del arte como imitación de la naturaleza, que es bella precisamente por su misma variedad (con ecos en numerosas obras literarias como el Quijote y el Persiles de Cervantes o la Dorotea de Lope de Vega). Aquí, el artista no es capaz de captar la belleza de la dama, pero su arte no es culpable, porque esa belleza física es reflejo de la Hermosura divina (pintada por otra «mano mejor, más acertada», esto es, por Dios, que con frecuencia aparece en otros textos bajo el tipo alegórico de «Divino Pintor»). Por otra parte, la estructura circular del soneto (comienza con «Imagen celestial» y acaba en «retrato de Dios el más perfeto») redondea desde el punto de vista estructural esta hermosa composición[8].

Como he tratado de mostrar con un par de textos, dispersos en los sonetos líricos del conde de Villamediana podemos encontrar distintos motivos tomados de las teorías amorosas de raigambre neoplatónica vigentes en la época. Un rastreo exhaustivo daría resultados interesantes en otros autores. En cualquier caso, creo que los ejemplos aducidos bastan para mostrar la importancia de esa huella que la doctrina filosófica neoplatónica dejó impresa —valga la expresión— en la lírica amorosa española del Siglo de Oro.


[1] La edición de Ruiz Casanova trae «a dicha de ser por vos tan desdichado», que hace el verso largo. Lo enmiendo. Todas las citas y referencias corresponden a Juan de Tassis, conde de Villamediana, Poesía impresa completa, ed. de José Francisco Ruiz Casanova, Madrid, Cátedra, 1990.

[2] José María Pozuelo Yvancos, El lenguaje poético de la lírica amorosa de Quevedo, Murcia, Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Murcia, 1979, p. 75.

[3] Pozuelo Yvancos, El lenguaje poético de la lírica amorosa de Quevedo, pp. 75 y 72, respectivamente.

[4] Sus cuatro primeros versos son: «Ya no quiero más bien que sólo amaros, / ni más vida, Lucinda, que ofreceros / la que me dais, cuando merezco veros, / ni ver más luz que vuestros ojos claros» (Lope de Vega, Rimas humanas y otros versos, ed. de Antonio Carreño, Barcelona, Crítica, 1998, soneto 133, núm. 170).

[5] Luis Rosales, Pasión y muerte del Conde de Villamediana, Madrid, Gredos, 1969, p. 162.

[6] Para esas variantes, ver Rosales, Pasión y muerte del Conde de Villamediana, pp. 159-160.

[7] Modifico la puntuación del soneto que trae Ruiz Casanova, para darle mejor sentido.

[8] Ruiz Casanova anota que el mismo tema se aborda en el soneto de Quevedo núm. 364, ed. Blecua («A un retrato de una dama. Soneto amoroso», que comienza «Tan vivo está el retrato y la belleza…»), aunque con tratamiento distinto.