El soneto «Reconocimiento de la vanidad del mundo» de Francisco de Aldana

El sentimiento del desengaño barroco se puede rastrear en multitud de textos de la época, pertenecientes a muy diversos géneros, desde la novela picaresca hasta la literatura ascética, pasando por el propio Quijote de Cervantes o el teatro (La vida es sueño, de Calderón), y un largo etcétera. Sin embargo, por razones didácticas, resultará más práctico analizar este tema por medio sobre todo de textos poéticos (tanto del siglo XVII como de la precedente época renacentista).

Vanitas, Harmen Steenwyck

Consideremos como un primer ejemplo del tópico en el Renacimiento el conocido soneto «Reconocimiento de la vanidad del mundo» de Francisco de Aldana, que aconseja la renuncia de todo lo mundano («ser muerto en la memoria / del mundo es lo mejor que en él se asconde», vv. 9-10): el sujeto lírico es consciente de que el mayor triunfo lo constituye la victoria sobre uno mismo (vv. 12-13), ya que la paga del mundo no es otra que «muerte y olvido» (v. 11). La anáfora de «tras tanto» subraya desde el punto de vista estilístico la permanencia en el «error del buen camino» de toda la vida pasada. Y el soneto se remata apuntando al necesario sentido trascendente de la vida («puesto el querer tan sólo adonde / es premio el mismo Dios de lo servido»):

En fin, en fin, tras tanto andar muriendo,
tras tanto varïar vida y destino,
tras tanto, de uno en otro desatino,
pensar todo apretar, nada cogiendo;

tras tanto acá y allá yendo y viniendo,
cual sin aliento inútil peregrino,
¡oh, Dios!, tras tanto error del buen camino,
yo mismo de mi mal ministro siendo,

hallo, en fin, que ser muerto en la memoria
del mundo es lo mejor que en él se asconde,
pues es la paga dél muerte y olvido,

y en un rincón vivir con la vitoria
de sí, puesto el querer tan sólo adonde
es premio el mismo Dios de lo servido[1].

 


[1] Poema recogido en la antología de José Manuel Blecua, Poesía de la Edad de Oro, I, Renacimiento, 3.ª ed., Madrid, Castalia, 2003, pp. 283-284. Modifico ligeramente la puntuación.

Motivos y símbolos de la literatura barroca del desengaño

El desengaño propio del Barroco se reflejará en la literatura por medio del tratamiento de determinados temas, con reiteración de una serie de motivos y símbolos heredados del Renacimiento y aun de la Edad Media. Por ejemplo, tendrá una importancia enorme el retrato de la fugacidad de la belleza. Dado que en el Barroco predomina este sentimiento de crisis y desengaño que estamos describiendo, será habitual el tratamiento preferente de temas como la fugacidad de la vida, la presencia inexorable de la muerte, el paso irremisible del tiempo, la vanidad de pompas y honores y, en fin, la inestabilidad de todas las cosas. El existir humano se concibe como un camino hacia la muerte. La vida es sueño, apariencia, fugacidad. Por la misma razón, habrá una gran floración de temas religiosos y morales. Símbolos repetidos en este tipo de literatura serán: las flores que se marchitan, los árboles caídos, las cenizas, las mariposas, el fuego, la llama, la espuma, el humo, los relojes, etc.

Vanitas, de Jan Vermeulen

Se aprovechan además los topoi o lugares comunes clásicos (de la Edad Media y el Renacimiento), pero intensificados ahora con nuevas perspectivas barrocas:

1) El Carpe diem o el Collige, virgo, rosas, relacionados con los temas del amor y belleza, pero cargados ahora del sentimiento de la fugacidad de la vida. Cobra gran vigencia el tema de la brevedad de la rosa, repetido hasta la saciedad (y por ello dará lugar a versiones paródicas).

2) El Beatus ille, unido al motivo de la aurea mediocritas, es otro de los temas favoritos del Barroco, muy apto para expresar ese desengaño Se asocia también al tema del menosprecio de corte y alabanza de aldea.

3) El Ubi sunt?, el Tempus fugit y el Memento mori, ligados al tema de la muerte: se subraya la fugacidad de la vida, lo que fue y ya no es.

Algunas citas sobre el desengaño barroco (y 4)

Veamos, en fin, otras cuatro citas más breves, correspondientes a distintos críticos. La primera es de Emilio Orozco Díaz:

Porque el verdadero protagonista del drama del Barroco es el tiempo[1] .

Bodegón con reloj, de Antonio de Pereda

Por su parte, José Manuel Blecua considera:

De aquí, de lo fugitivo de la existencia, derivará la melancolía del Barroco, tan bien conocida, lo mismo que el pesimismo y el desengaño, que lleva a las ideas de que la vida es sueño o simplemente nada, como dirá Quevedo[2] .

Jaime Siles nos ofrece las siguientes reflexiones:

El siglo XVII describe un movimiento de negatividad, de falta de fe en los ideales del Imperio, de crisis ideológica, de frustración y de desequilibrio. Todo lo cual —como suele suceder en el barroco— no se manifestará de un modo claro, sino mediante una traslación al nivel de lo simbólico, al de la caracterización indirecta o al de la alusión metonímica.

[…]

La desconfianza en el principio rector de la política imperial tomará cuerpo en múltiples manifestaciones. Una de ellas, la más patente, por ser, aun tiempo, disfraz de una desconfianza y resultado de un agotamiento espiritual, es el desengaño. Bajo él se oculta una falta de fe en el presente que, a menudo, se asimila al tema de la soledad. Desengaño y soledad integran un binomio que […] se repite, bien por separado o bien junto[3] .

En fin, Ignacio Arellano escribe:

La perspectiva de desengaño se fundamenta en el tiempo y la muerte. Se siente la angustia del existir como camino hacia la muerte: «sepultura portátil» llamará Quevedo al cuerpo. La vida es un sueño; la apariencia de riqueza y poder, una vanidad[4] .


[1] Emilio Orozco Díaz, Manierismo y Barroco, Madrid, Cátedra, 1975, p. 57.

[2] José Manuel Blecua, «Introducción» a Poesía de la Edad de Oro, II, Barroco, Madrid, Castalia, 2003, pp. 10-11.

[3] Jaime Siles, El barroco en la poesía española. Conscienciación lingüística y tensión histórica, Pamplona, Eunsa, 2006, pp. 111-113.

[4] Ignacio Arellano, «Introducción» a Poesía del Siglo de Oro (Antología), Madrid, Editex, 2009, p. 11.

Algunas citas sobre el desengaño barroco (3)

Estas otras palabras son de José Antonio Maravall, y se encuentran en su célebre ensayo sobre La cultura del Barroco:

Lo que hemos de sacar en conclusión […] es que los españoles del xvii, muy diferentemente de los de la época renacentista, se nos presentan como sacudidos por grave crisis en su proceso de integración (la opinión general, a partir de 1600, es la de que se reconoce cósmicamente imparable la caída de la monarquía hispánica, en tanto que régimen de convivencia del grupo, a la que no cabe más que apuntalar provisionalmente. Ello se traduce en un estado de inquietud —que en muchos casos cabe calificar como angustiada—, y por tanto de inestabilidad, con una conciencia de irremediable «decadencia» que los mismos españoles del XVII tuvieron, antes que de tal centuria se formaran esa idea los ilustrados del siglo XVIII. A las consideraciones del Consejo Real a Felipe III (1 febrero 1619), hablándole de «el miserable estado en que se hallan sus vasallos», a la severa advertencia que en el mismo documento se le hace de que «no es mucho que vivan descontentos, afligidos y desconsolados», las cuales se repiten en docenas de escritos de particulares o de altos organismos, no ya a Felipe III, sino más aún a Felipe IV, se corresponde aquel momento de sincera ansiedad en este último —de ordinario tan insensible—, cuando confiesa conoce la penosa situación en que se apoya: «estando hoy a a pique de perdernos todos». El repertorio temático del Barroco corresponde a ese íntimo estado de conciencia (pensemos en lo que en el arte del XVII representan los temas de la fortuna, el acaso, la mudanza, la fugacidad, las ruinas, etc.)[1].

Paisaje con ruinas romanas, de Herman Posthumus


[1] José Antonio Maravall, La cultura del Barroco. Análisis de una estructura histórica, 2.ª ed. puesta al día, Barcelona, Ariel, 1980, pp. 95-96.

Algunas citas sobre el desengaño barroco (2)

Consideremos igualmente esta reflexión de Emilio Carilla, otro buen conocedor de las características del arte y la literatura en la época áurea, la cual se encuentra recogida en su trabajo El barroco literario hispánico:

Yo creo que en la visión pesimista del desengaño, que subraya aspectos del barroco español, confluyen tanto las consecuencias de una realidad político-social (sin exagerar demasiado su reflejo en las expresiones artísticas) como la lección religioso-moral que vuelve incesantemente sobre los motivos de la ilusión, el orgullo, sobre la vanidad de las cosas terrenas. No se trata —aclaro— de la doble cara de una moneda, doble cara que coincide con exactitud, sino de un doble perfil con puntos de correspondencia.

En el primer caso, bien sabemos que el siglo XVII español es un siglo de descenso político-social, a pesar de una grandeza más alabada que sentida, y en un vasto mapa que, por descontado, no se reduce (ni puede reducirse) a la península. Crisis de gobierno, inflación económica, miseria, derrotas militares y diplomáticas, fracasos, son mucho más palpables que los efímeros triunfos que se logran. Y esto es también lo que percibimos —más o menos declarado, más o menos oculto en bellezas literarias— en tantas obras barrocas españolas.

En el segundo caso, la admonición severa, el sermón repetido, y aun la burla que fustiga, apuntan a la falsa grandeza, a la apariencia, a los extravíos del orgullo, al apartamiento de las normas morales y de la religión, al olvido de las enseñanzas del tiempo[1].

Vanitas


[1] Emilio Carilla, El barroco literario hispánico, Buenos Aires, Editorial Nova, 1969, pp. 144-145.

Algunas citas sobre el desengaño barroco (1)

Algunas citas de distintos estudiosos nos servirán para apuntalar, desde el punto de vista crítico-teórico —más adelante pasaremos al comentario de los textos literarios— lo relativo al desengaño barroco y su reflejo en la literatura. Comencemos con unas palabras de Luis Rosales, correspondientes a su ensayo El sentimiento del desengaño en la poesía barroca:

Toda época de esfuerzo tiende orgánicamente hacia el reposo. La tensión del espíritu se relaja, y a las formas de vida activas y creyentes suceden otras, escépticas, cansadas. Puede el espíritu evadirse de esta ley. Pero no es fácil la evasión. Cuanto más altas, esforzadas y nobles son las formas de la vida, más difícil es a la sociedad acrecentarlas o mantenerlas. A la tensión creadora del siglo XVI español sucede un largo período de atonía. Con Felipe III todo se inclina, desde el peligro hasta el descanso. Y con Felipe IV sintió el espíritu español que la tensión del esfuerzo que el Conde Duque le obligó a realizar se le iba convirtiendo en desengaño.

El sentimiento del desengaño llenó casi completamente el ámbito del nuevo siglo. Instituciones, formas de vida, costumbres y temas literarios lo reflejan de manera inequívoca. El sentimiento religioso, el sentimiento del amor, el sentimiento del honor se hacen más rígidos y al mismo tiempo se van tiñendo de escepticismo. Esta relajación histórica de nuestro espíritu, en todas sus diversas manifestaciones, debía ser estudiada atenta y amorosamente si queremos llegar a comprender el fenómeno de nuestra verdadera decadencia. Las razones políticas, culturales y sociales, aducidas generalmente por los historiadores, necesitan un punto de partida más hondo, genuino y unificador. Toda decadencia, en el espíritu se origina y a él afecta de manera esencial. En él hay que buscarla. La historia de la nuestra, y quizá de toda decadencia, es la historia del sentimiento del desengaño[1].

San Jeronimo, de Antonio Pereda


[1] Luis Rosales, El sentimiento del desengaño en la poesía barroca, Madrid, Ediciones Cultura Hispánica, 1966, p. 65.

El tema del desengaño en el Barroco

Puede afirmarse sin temor a equivocarse que los grandes temas abordados por la literatura son, en realidad, muy pocos en número, y que esos temas responden a las grandes preguntas que se ha hecho el hombre, a lo largo de todos los tiempos, acerca del amor y la amistad, la vida y la muerte, la religiosidad y el deseo de trascendencia… Tales son, en efecto, los grandes temas de la literatura universal. Por supuesto, alrededor de esos temas mayores existen constelaciones de sub-temas, cada uno de ellos con una amplia gama de motivos asociados; pero, en cualquier caso, los grandes núcleos temáticos de la literatura responden a esas inquietudes del hombre (lo que Antonio Machado llamó «los universales del sentimiento») y a esos enigmas de la vida humana.

En el caso de la época barroca, uno de los temas literarios más importante es el del desengaño. En un sentido amplio cabe afirmar que Barroco y desengaño son, de alguna manera, palabras sinónimas. En efecto, dentro del amplio campo de la literatura barroca, concretamente en el terreno de la literatura de tono moral o de contenido religioso, uno de los más podemos núcleos temáticos que podemos distinguir es el del desengaño. En efecto, el desengaño forma parte de la visión del mundo en el Barroco, que en buena medida se percibe como crisis y pesimismo. Existe un sentimiento de amenaza e inestabilidad, una sensación generalizada de crisis (que se muestra en muchos aspectos de la vida, y con múltiples raíces: políticas, militares, religiosas y, a veces, personales), lo que lleva en algunos autores barrocos al rechazo del mundo, a la renuncia de todo lo mundano (es el caso de la solución ascética): junto al desengaño, estos escritores cantarán la vanidad de la vida, la fugacidad de todo lo terreno, aparecerá el escepticismo; plantearán en sus obras el conflicto entre la realidad y la apariencia (la vida es sueño, los sentidos son engañosos, toda la belleza es caduca, etc.).El sueño del caballero, de Antonio de Pereda

El desengaño del mundo en «Desengaños místicos» de fray José Alberto Gay

Comentaba en la entrada anterior que la última sección de los Desengaños místicos (1757) del tudelano fray José Alberto Gay es la más interesante del libro. Ya los primeros versos nos sitúan frente a los tópicos clásicos de la «vida retirada» y del desengaño del mundo:

Del mundo retirado,
huyendo tu fatal, infiel abismo,
en mí reconcentrado,
hablando el corazón consigo mismo,
con luz al desengaño, a que me inspira
conocerlo, del mundo me retira (pp. 56-57).

El yo lírico, desde sus «soledades» y «oculto del bullicio de las gentes», va a mostrar el carácter falso del mundo, en diversos aspectos: el amor es engañoso, la belleza resulta efímera (una flor que se marchita al más breve soplo)… todo es «engañosa apariencia», y cuando llega la muerte todo lo mundano queda convertido «en hediondez, en asco y en horrura» (p. 59). Tampoco es un bien estimable la nobleza, salvo únicamente la que se identifica con la virtud:

Es todo fantasía,
es apariencia todo y falsedades;
quien bien lo conocía
exclamó: vanidad de vanidades;
sin virtud no hay grandeza,
que sola la virtud es la nobleza (p. 69).

Ni siquiera la sabiduría debe llevar al hombre a enorgullecerse: el sabio presumido no debe olvidar que toda la ciencia que tiene se la debe a Dios. Del mismo modo, las riquezas no son un bien estimable. Al final, todo cede ante el poder igualador de la muerte:

Aquel que obstenta galas,
el otro que se engríe en la nobleza,
otra bizarra Palas,
otro armado de mando y de riqueza,
a un breve volver de ojos
los veo de la parca ser despojos (p. 62).

A continuación aparece la imagen tópica de la voltaria fortuna, con su rueda:

Con la suerte oportuna
se mira aquel feliz entronizado,
pues ciega la fortuna
en la cumbre le puso colocado;
pero, ¡ay!, ¿qué le sucede?
Que a otra vuelta desde lo alto ruede (p. 62).

Fortuna

Después, para desengañar la «loca fantasía» del hombre, introduce el poeta cinco imágenes simbólicas: la selva exuberante de belleza que se marchita en cuanto sopla el noto; los primorosos cedros convertidos en frágil heno; la fuente risueña que va a morir en el mar; el ave parlera atrapada en la red o en la liga; y el corzo ligero abatido por un disparo. Esta es la parte más bellamente elaborada del poema, con algunas hermosas imágenes de sabor barroco (en la línea de las de la «Canción real a una mudanza» de José de Sarabia):

La fuente corre aprisa,
risueña entre las guijas se dilata,
al campo causa risa,
es en el césped cítara de plata;
mas su curso armonioso
en el mar halla su sepulcro undoso.

El ave que, parlera,
se desmiente clarín del vago viento,
sirviéndole a la esfera
de vistoso plumaje con contento,
cuando más se divierte
en la liga, en la red halla la muerte.

El corzo que, ligero,
es viviente bajel de selva y prado,
pues natural velero
céfiro se desmiente desatado,
para infelicemente
siendo rémora al curso el plomo ardiente (pp. 62-63).

La conclusión es, en suma, que todo cuanto ofrece el mundo «embustero», «engañoso» e «inconsecuente», no son más que «gustos fugitivos», de ahí que el hombre deba poner sus ojos en objetivos más altos:

En Dios fija la mira,
este es amigo fiel y verdadero;
del mundo te retira,
que es falaz, mentiroso y lisonjero:
allá hay sin contingencia
lo que aquí solo ves en apariencia.

[…]

Maldigo tus halagos,
mentiras, falsedades y traiciones;
conozco tus estragos,
mundo engañoso, lleno de ficciones,
y escarmentado vuelo
a buscar a mi Dios, por quien anhelo (pp. 63-64).

No faltan en esta composición las alusiones mitológicas (Jano, Cupido, Venus, Palas, la parca…) y bíblicas («se ocultan para Abneres los Joabes», p. 57), junto con referencias a otros personajes históricos (san Francisco de Borja). Asimismo, advertimos la presencia de varios tópicos clásicos, como el virgiliano latet anguis in herba («solapadamente / encontré entre las flores la serpiente») o el medieval Ubi sunt? (al tiempo que se recrea un célebre verso gongorino):

¿Adónde están los Ciros,
Nabucos, Alejandros, Baltasares?
El orbe corre a giros,
reconoce sus glorias militares,
verás su honra pasada
disuelta en tierra, en humo, en sombra, en nada.

Sus soberbios palacios,
el cetro, la grandeza, la corona,
los diamantes, topacios,
y cuanto grande de su ser blasona,
del tiempo al voraz diente
todo es pasado, nada de presente (p. 60).

En fin, los Desengaños místicos del Padre Gay se cierran con una «Protesta» (una décima) en la que el autor pone todo lo escrito bajo la corrección de la Iglesia, según fórmula usual.

Los «Desengaños místicos» (1757) de fray José Alberto Gay

He manejado una copia del ejemplar de la «segunda impresión, corregida y aumentada por el mismo autor» conservado en la Biblioteca Pública de Tudela, sign. R 2.545[1]. Esta segunda edición del libro se dio a las prensas en Zaragoza, en la imprenta de Francisco Moreno, el año de 1757.

Los Desengaños místicos están escritos en verso. Tras la «Dedicatoria a la fidelísima Esposa de Cristo Santa Gertrudis la Magna, honor y timbre glorioso de la sagrada, esclarecida religión del G. P. S. Benito» (nueve octavas reales, que ocupan cuatro páginas sin numeración), el libro se divide en las siguientes secciones:

1) «Introducción que hace el pecador lloroso para explicar en los Psalmos Penitenciales su arrepentimiento». Se trata de una larga glosa, en romance de rima –é o, de los siete salmos penitenciales. El uso continuo de esa misma rima para las siete glosas imprime un ritmo bastante monótono a esta sección inicial, que apenas se ve compensado por algunos aciertos de expresión (por ejemplo, la habitual interpretación exegética del agua como tribulación).

2) «Glosa de 19 cuartillas en que el alma propone amorosos afectos, después de haber llorado sus pecados», donde ya encontramos algo más de poesía. El modelo seguido es ahora el Cantar de los cantares: en efecto, en estas glosas se cantan los amores de la Esposa (el Alma) con el Esposo (Dios). Hay alguna bastante lograda, como por ejemplo la número II, que glosa estos versos: «¡Oh, Pastorcito divino!, / Lucero del alma mía, / resplandor del mejor día / que ha logrado mi destino» (p. 25a).

3) «Pinta el alma presente el Infierno, para librarse del pecado». Son 46 décimas en las que el yo lírico, al tiempo que describe las penas y los tormentos del infierno, incita al hombre a huir del vicio para evitar el castigo de la justicia divina. Termina así:

Este es un corto bosquejo
del mayor mal de los males;
abrid los ojos, mortales,
miraos en este espejo:
las luces de su reflejo
contengan vuestra maldad,
temed la severidad
del Infierno que os espera,
y evitad de esta manera
penas de una eternidad (p. 44).

Infierno

4) «Explica el alma el dolor que padece en el destierro de la celeste Corte», tirada de 26 octavas reales que glosan en estilo solemne y elevado el salmo 136, «Super flumina Babylonis».

5) «Glosa de la secuentia Dies irae, dies illa», 19 nuevas décimas que se construyen artificiosamente incorporando, junto con los versos castellanos, algunas de las expresiones latinas originales.

6) «Misterioso sueño para dispensar del pecado, propuesto en el siguiente romance, habiendo dado la primera cuartilla, para proseguir», romance de rima aguda en : el desengaño se ofrece en esta ocasión a través de un sueño del yo lírico en el que ha visto cómo, tras su muerte, su alma era condenada al Infierno; hace propósito de enmienda y confía en que los demás pecadores sigan su ejemplo.

7) «Exhortación a la resignación y paciencia en la siguiente glosa», donde los versos comentados son: «Sufre con amor igual, / alma, lo que más lastima, / que la más áspera lima / limpia mejor el metal».

8) «Para desengañar a otros, habla el corazón desengañado consigo mismo, proponiendo los engaños del mundo», que es una canción (43 estancias de seis versos heptasílabos y endecasílabos, con esquema de rima 7a 11B 7a 11B 7c 11C). Esta es, sin duda alguna, la sección más interesante del libro, y merece un comentario más detenido en una entrada aparte.


[1] Agradezco a Roberto San Martín Casi, responsable del Fondo Antiguo de la Biblioteca de Navarra, sus amables gestiones para la obtención de esta copia y las de otras obras del Padre Gay.

Fray José Alberto Gay, un desconocido literato tudelano del siglo XVIII

Muy poco conocida resulta la figura y la obra de fray José Alberto Gay, carmelita tudelano del siglo XVIII, autor de algunas obras literarias que no carecen de interés. Los principales datos bio-bibliográficos a él relativos los ha resumido Luis María Marín Royo en la entrada que le dedica en la Gran Enciclopedia Navarra:

Gay, José Alberto. (Tudela, 24.6.1705-Tudela, ca. 1780). Carmelita. Ingresó en la orden del Carmen Calzado a la edad de 17 años y obtuvo el grado de doctor en Teología. Fue examinador sindical [sic, errata por sinodal] de los obispados de Albarracín y Jaca, de cuyo convento fue tres veces prior, al igual que lo había sido del de Calatayud; definidor de la provincia carmelitana de Aragón y socio honorario de la Real Médica Sociedad Matritense de la Esperanza.

Las únicas referencias de su vida relacionadas con su ciudad natal son un acuerdo municipal del 17 de mayo de 1747 por el que el ayuntamiento le confió el encargo de predicar el sermón de la colegiata día de Santa Ana, patrona de la ciudad; otro del 17 de mayo de 1751 en que se le nombró predicador para la próxima cuaresma; y el último del día 15 de mayo de 1752 en que de nuevo se le pidió que predicase la cuaresma para el año siguiente.

Escribió y publicó: Triunfo y poder de Santa Orosia, Patrona de la muy noble y leal ciudad de Jaca y [su] montaña (Pamplona, 1745). Desengaños místicos y métricos amorosos afectos para mover al hombre a llorar sus culpas y [a] agradecer las divinas finezas (dos ediciones, la segunda en Zaragoza, 1757); y El grande patriarca y celador Elías, norma y ejemplar de prelados y elecciones religiosas (Zaragoza, 1748).

Santa Orosia de Jaca

Otras referencias a fray José Alberto Gay las hallará el curioso lector en Antonio Pérez Goyena, Contribución de Navarra y de sus hijos a la Historia de la Sagrada Escritura; en José Ramón Castro, Autores e impresos tudelanos; o en Francisco Aguilar Piñal, Bibliografía de autores españoles del siglo XVIII, entre otros autores.

A las obras mencionadas por Luis María Marín Royo, debemos añadir todavía dos títulos más: Parnaso alegórico, corona de musas y estrellas en gloria del Beato Josef de Calasanz, fundador de las Sagradas Escuelas Pías (Zaragoza, 1756) y Métrica lúgubre expresión en la muerte del Excmo. Señor Conde de Gages, Virrey y Capitán General de Navarra, etc. (pieza manuscrita conservada en la Biblioteca Nacional de España, Madrid, sign. Ms. 11.027).

A mi juicio, la obra más interesante del Padre Gay es la titulada Desengaños místicos, y a ella dedicaré unas breves notas en las próximas entradas.