La poesía de Rafael López de Ceráin: «Trabajos de amor dispersos» (1996)

El primer poemario de López de Ceráin —cuyo título parece remitir a Shakespeare y a su temprana comedia Love’s Labours Lost (Trabajos de amor perdidos)— incluía ya un buen puñado de poemas maduros, de los cuales se recogen dieciséis en la antología Cuaderno de versos. Ese libro que constituía su salto a la arena literaria se publicó por primera vez, en 1996, con prólogo de Manuel Alcántara. Aquí vamos a encontrar ya la presencia de algunos temas que luego serán constantes en el resto de la obra de nuestro autor, en especial la sentida conciencia del tiempo, de la vida que pasa, con la amenazadora presencia de la muerte al fondo

Rafael López de Ceráin

El poema «La lluvia», el primero de la citada antología, constituye un magnífico pórtico para todo el volumen. Se abre con el bello endecasílabo «Tener que ser el mismo cada día», idea que se recupera en el final, lo que dota al poema de una estructura circular: «Sentir que el mismo, cada día, / hacia la vida o hacia la nada, / escribe estos mismos versos». Se entrelazan, entonces, en esta composición las ideas de la vida, del tiempo que pasa y de la escritura poética: «esta vida que —polvo y sombra— llueve / horas veloces, fugitivas palabras»; el yo lírico sabe que en el Paraíso no será Borges, «y que aquí soy —más bien— fracaso y tiempo, / esencia de versos incurables y lluvia». Cabe añadir que esta misma idea la encontraremos repetida en un poema posterior, el conciso «El mismo».

El poema titulado «Recordatorio» merece la pena transcribirlo entero, porque capta de forma esencial este tema del paso del tiempo, tan presente en la lírica de López de Ceráin:

Esos olvidos que no son tales son,
mientras el tiempo pasa,
los que roen tus días,
tus entrañas, felicidad perdida,
la soledad del reino de la infancia.
De recuerdos y olvidos estás hecho.
Mas no mires atrás.

«Inventario» constituye un recuento de todas aquellas cosas valiosas de la vida (ilusiones, viajes, sensaciones, paseos, «tantos libros que cuido como a hijos / porque también añaden su razón a la mía»…), en suma, todo aquello que hace al poeta ser lo que es. «Con eso me conformo», afirma, para añadir a continuación:

Todo ello soy, es mi tesoro,
las vueltas y revueltas de la vida
y ser el mismo niño
que, junto a la ventana, espera a su padre
una tarde lluviosa de invierno.

Si aquí apunta ya el recuerdo del padre (que se reiterará en composiciones de distintos poemarios), «Mis mayores» es una emotiva evocación de los antepasados familiares, a través de varias generaciones, hasta llegar a sus padres, que son «Mi ayer, mi hoy, lo que no pasa». La fuerte presencia de Antonio Machado, sin duda una de las más notables influencias en la obra de López de Ceráin, se aprecia ya en un detalle intertextual de este poema; en efecto, cuando escribe «Qué bien tu nombre suena, / Caserón de San Bernardo, / altos del Llano Amarillo…», inmediatamente se nos viene a la mente el recuerdo de unos célebres versos machadianos:

¡Madrid, Madrid, qué bien tu nombre suena,
rompeolas de todas las Españas…
La tierra se desgarra, el cielo truena,
tú sonríes con plomo en las entrañas!

Ciertamente, el tono y la intención son muy diferentes en cada poema, pero no cabe duda de que ese «Qué bien tu nombre suena» es una deuda textual y, sobre todo, un homenaje literario al poeta sevillano de nacimiento, pero enraizado —como también López de Ceráin— en tierras sorianas. Del mismo modo, en «Xauén» se hace asimismo presente Machado, si bien no de forma directa. Al hilo del recuerdo de una visita a esa ciudad, se evoca la sangre española derramada «en el sueño africano y altanero / de una España caduca e innombrable». No estamos en este caso ante una cita textual, pero sí se percibe aquí como telón de fondo un tono netamente machadiano.

Otras dos composiciones continúan con el tono reflexivo. Bellísimo y muy conciso es el titulado «Epitafio»: «Que el olvido me dé lo que me toca: / el reposo, el silencio y una rosa»; mientras que «Despedida» desarrolla la idea de que las vidas de las personas son (somos todos nosotros) como las obras inacabadas de un artista: «palabras amasadas en el tiempo», «el instante ejecutado, jamás la obra perfecta».

En fin, hay un último bloque de poemas que introduce la temática amorosa en este primer poemario. Varias de estas composiciones se construyen como un apóstrofe al tú de la mujer amada (estructura que será la habitual en casi todos los poemas amorosos de López de Ceráin) para evocar recuerdos del pasado, dirigirle preguntas, plantear la posibilidad de un reencuentro, etc. Así, por ejemplo, en «Ese cansancio tuyo» la apelación al tú amado es para lamentar la ausencia de esa persona que, aunque pertenece al territorio del pasado, ha dejado hondas huellas en el sentir del yo lírico:

Veloz pasa el tiempo,
el tiempo que me aleja,
pero tú ya has echado raíces
en el erial de mi alma,
eres mujer de fondo,
pensativa y distante
de piedra tú estás hecha,
enmudecida y quieta.
Pero arrojada a mí,
yo soy el pozo
que ha de albergar tus ondas.

Nótese que el recuerdo amoroso va unido (y esto será también algo usual en la obra de nuestro autor) a la constatación del inexorable paso del tiempo. Y el poema concluye con estos dos versos: «Tan lejos, tan cerca, siempre presente / te nombro en la claridad de una tarde». Resta por decir que este será también el tono habitual de los poemas amorosos de López de Ceráin: una melancólica y dolorida evocación, desde la pérdida, de un amor (o de unos amores) que han dejado en el alma una profunda huella.

Efectivamente, también en «Nothing more» se duele el yo lírico de lo que pudo ser y no fue («No ser ya más en ti, amor en la penumbra, / la herida de un beso que jamás te diera»). Sensaciones de llanto, cansancio y sufrimiento se acumulan en «Una declaración», poema en el que cabe destacar la bella imagen «el palio amarillo de tu cansancio». En «Urgencias» de nuevo el paso del tiempo (comienza: «Es gris y todo fluye, tempus fugit, / sobre la ancha paz de tu sonrisa») se une al recuerdo amoroso, para dar paso a un muy logrado final:

Por la 47 Street, quién lo diría,
como a tu encuentro voy por la Avenida,
sin pájaros, ni un cielo que ponerme
o un beso que llevarme a la mejilla.

«Por el que se pide un armisticio» es un poema amoroso trufado de referencias intertextuales (a Rodrigo Caro y su «Canción a las ruinas de Itálica» en el sintagma «mustio collado», a Antonio Machado en los versos «Voy soñando estaciones y eriales de mi alma, / caminos, tardes claras», y quizá también a Cernuda en el que sigue, «un crepúsculo, un río, un amor, un olvido»). Se mezcla en este texto la temática amorosa (según la imagen tradicional que considera al amor como guerra) con la práctica de la escritura poética («juntando versos, cadáveres después de una batalla», hermosa metáfora), pero lo que prevalece sobre todo es la sensación de «soledad infinita» que domina al hablante lírico, que acaba implorando al tú amado:

Dame un páramo, un cielo,
dame la soledad —así la muerte—
mientras te voy queriendo quedamente.
Dame la paz, el don de la palabra
y pon un fin a todas estas guerras.

En «Tarde lluviosa», donde se evoca nuevamente un amor que es al mismo tiempo ilusión y ausencia, el yo lírico hace profesión de fe amorosa: «No quiero ver a nadie / porque me bastas tú». Y en «Canción de olvido» sigue presente el tono de distancia, de adiós, de despedida, la conciencia de que «pasa el tiempo» unida a la evocación manriqueña («los ríos que dan al mar»). Se aprecia en este poema cierto tono erótico («desnudo tu cuerpo azul / y tus pezones de aire») que no va a ser frecuente en la poesía de nuestro autor. Tras la expresión de una paradoja («Corre el agua eternamente / detenida en su fluir»), la composición termina así:

Quedo solo, silencio
escuchad tan sólo un eco
un nombre levemente pronunciado
irrecuperable adiós, así hoy te invoco.

La importancia del nombre amado reaparece en «El nombre vulnerado», composición en la que se prolonga ese apóstrofe a un tú al que se quiso, pero ahora ya lejano (un tú que siente «cansancio de siglos»). Se evoca la alegría alborozada que producía el encuentro de los amantes («hoy amarro mi barca a tu costado», bello verso), pero al final lo que hoy queda es la soledad y el «silencio aciago». Otro hermoso verso, el bimembre «pronuncia tu nombre, anuda tu mano», viene a subrayar esa importancia del nombre amado, que tantas veces es la quintaesencia de la pasión amorosa: «la dicha que redime de un pasado / en pura luz de gozo y un ahora / tus ojos delicados pasados por mi rostro» (final que el poeta retomará en un poema posterior de Versos al aire, «Tus ojos, la distancia», que parece ser reescritura de este). Se reitera también la sugerente imagen, que ya antes aparecía, de la vida como «pinceladas de un lienzo inacabado, imperfecto»[1].


[1] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «“Pero no olvides qué Ítaca eres tú”: los veinticinco años de creación poética de Rafael López de Ceráin (1985-2010)», en Rafael López de Ceráin, Cuaderno de versos. Antología 1985-2010, Madrid, Incipit Editores, 2010, pp. 13-39.

Rafael López de Ceráin (1964-2017), poeta

En tres entradas anteriores tuve ocasión de examinar la producción narrativa de Rafael López de Ceráin[1]: «La “prosa amable” de Rafael López de Ceráin», «Los libros en prosa de Rafael López de Ceráin (1)» y «Los libros en prosa de Rafael López de Ceráin (y 2)». Ahora, en sucesivas entradas, consideraré su producción como poeta.

En el año 2010 celebraba Rafael López de Ceráin sus Bodas de Plata con la poesía (1985-2010), y lo hacía con una nueva recopilación antológica de su creación, que recogía bajo el modesto epígrafe de Cuaderno de versos. Antología 1985-2010. Se trataba de una nueva entrega selecta de su obra poética, formada hasta ese momento por nueve poemarios publicados.

Cubierta de Cuaderno de versos. Antología 1985-2010, de Rafael López de Ceráin

En esta larga travesía lírica que sumaba ya veinticinco años, López de Ceráin había sabido forjar una voz poética personal y, a la hora de redactar estas palabras, muy bien podría suscribir todo lo dicho sobre ella por el también poeta Carlos Baos Galán en su prólogo a una recopilación anterior, Seguro es el pasado. Antología 1985-2005. Copio de esa presentación algunas ideas que me parecen esenciales:

Conciencia de escribir. Conciencia de comunicar el fluir de ese río de sus contemplaciones. Ese es el oficio ilusionado que, desde hace tiempo, Rafael López de Ceráin viene ejerciendo para ir construyendo un mundo literario —verso y prosa— personal y auténtico, de esforzado vuelo intelectual, de honda capacidad de observación y de emocionado testimonio; todo ello formando un microcosmos en el que su espíritu camina a través de una lírica transparencia. Un vivir íntimo, plenamente construido de celebración y elegía, de clara delicadeza, de un sentimiento muchas veces religioso y de una penetrante actitud existencial. Desde esta última, sobre todo, se afronta la búsqueda de las raíces espirituales en la materia elemental, apelando constantemente a la sensibilidad más diligentemente deseada.

Tal es, en efecto, la poesía de López de Ceráin: una poesía sencilla y directa, inteligible y clara, desnuda de artificiosidad retórica —en el mal sentido de la palabra—, una poesía que, con el suave fluir de los versos sueltos (el poeta se ha referido en alguna ocasión a «mi siempre adorado ritmo interior»), sin el corsé de las formas estróficas tradicionales ni las ataduras de las rimas consonantes —salvo escasas excepciones—, es el vehículo que le sirve para entrar en diálogo con sus experiencias biográficas y sus preocupaciones existenciales. Y es que muchos de sus poemas constituyen hondas reflexiones acerca de su vida y de la vida humana en general, con un tema que parece destacarse nítidamente sobre todos los demás: la serena constatación del paso del tiempo que conduce inexorablemente hacia la muerte, esto es, la plena conciencia de la finitud del ser humano. Pero, al mismo tiempo, hallaremos también la evocación de la infancia, verdadero paraíso perdido al que se vuelve en el recuerdo; las remembranzas de los amores y desamores, los encuentros y desencuentros con las mujeres amadas; las evocaciones familiares; los homenajes literarios a los escritores admirados, cuyos versos han dejado en los del poeta pamplonés una profunda huella intertextual. Sin ánimo alguno de ser exhaustivo, los poetas que configuran esa intertextualidad, en forma de lemas, de poemas a ellos dedicados o de citas textuales intercaladas en medio de sus versos, serían: san Juan de la Cruz, Lope de Vega, Quevedo, Antonio Machado, José Bergamín, Luis Cernuda, Agustín de Foxá, Pablo Neruda, Blas de Otero, Antonio Murciano, Antonio Prieto, Jaime Gil de Biedma, René Char, Eugenio Montale, etc.

Y si nos preguntamos cuáles son las teorías poéticas de López de Ceráin, la mejor respuesta para resumir su poética consiste en decir que hace suyos los versos de su admirado Antonio Machado: «Ni mármol duro y eterno, / ni música, ni pintura, / sino palabra en el tiempo». Y, sin duda alguna, palabra esencial en el tiempo es también la poesía de Rafael López de Ceráin. Pues bien, en las próximas entradas iré recorriendo uno por uno los nueve poemarios que conforman su producción poética publicada, ofreciendo algunas leves pinceladas de las principales preocupaciones temáticas y de los rasgos estilísticos presentes en el conjunto de su obra poética[2].


[1] Rafael López de Ceráin Salsamendi (Pamplona, 1964), licenciado en Derecho por la Universidad de Navarra, cursó además estudios de Ciencias Políticas en la UNED, y su formación continuó en Madrid (Master MBA), ciudad donde desempeñó sus primeros trabajos. De vuelta en su ciudad natal, ejerció algún tiempo como abogado. Más tarde fue concejal y teniente de alcalde en el Ayuntamiento de Pamplona. Su obra poética se halla también recogida en el volumen Seguro es el pasado. Antología 1985-2000 (2007), y ha sido incluida en otras antologías como por ejemplo Cierzo soriano. Poetas para el siglo XXI (2003). Su último poemario fue Camino negro, Camino verde (Sevilla, Renacimiento, 2015). Ha colaborado en revistas poéticas, como por ejemplo Río Arga (véase Ángel-Raimundo Fernández, “Río Arga” y sus poetas, Pamplona, Gobierno de Navarra-Departamento de Educación y Cultura, 2002, p. 440). En prosa es, además, autor de ensayos, recopilaciones de artículos, libros de ideas políticas o de tono autobiográfico como Las rutas de Antonio Machado (2002), El perplejo encadenado (2003), Páginas de un tiempo (2004), Cavilaciones (2006), 101 adagios (2006), Memoria sobre Navarra y su gobierno (2007), Recuerdos (2009), Un año más, un año menos. Divagaciones (2010), Apuntes de esto y aquello (2013), Cuestiones varias (2016), entre otros títulos. Falleció en Pamplona el 10 de agosto de 2017.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «“Pero no olvides qué Ítaca eres tú”: los veinticinco años de creación poética de Rafael López de Ceráin (1985-2010)», en Rafael López de Ceráin, Cuaderno de versos. Antología 1985-2010, Madrid, Incipit Editores, 2010, pp. 13-39.

«Ángel en el País del Águila» (1954) de Ángel Martínez Baigorri: final

Sin ser, ciertamente, la mejor obra poética del padre Ángel Martínez Baigorri, Ángel en el País del Águila[1], poemario publicado de forma exenta en 1954 en España, es un volumen de gran interés, en el que —como ha señalado la crítica de forma unánime— se advierte una profunda unidad de conjunto. Partiendo de una experiencia biográfica precisa (su estancia de un año y unos meses en los Estados Unidos para operarse del estómago y para la lenta convalecencia posterior), el sacerdote-poeta o poeta-sacerdote —los dos aspectos de su persona y magisterio van indisolublemente unidos— nos presenta la denodada lucha del Ángel (el espíritu) por insuflar vida nueva en el Águila (la materia), en una expresión lírica ya de madurez que alcanza además una honda profundidad filosófico-teológica, como pusiera de relieve el pionero estudio (1958) del padre Ellacuría. Al igual que sucede en otros poemarios suyos, como por ejemplo Río hasta el fin y Contigo sacerdote, aquí poesía, filosofía y teología marchan de la mano.

En la primera sección del libro, «Ángel en el País del Águila», encontramos interesantes descripciones de algunas ciudades estadounidenses (en especial Nueva Orleans y Nueva York), junto con una serie de temas que van de la nostalgia de la infancia al recuerdo de España y Nicaragua, pasando por la evocación de la llegada a América de los primeros descubridores europeos. Todo ello reflejado en forma poética con la riqueza de metáforas, imágenes y símbolos habitual en la poesía de Martínez Baigorri (destacan, entre los símbolos, el Ángel y el Águila, el Río y el Mar, la Rosa, el Sol, etc.).

Águila calva con la bandera de los Estados Unidos de América

En la segunda parte, «Fin provisional y descansos», el yo lírico-Ángel, en su convalecencia en el Ranchito de San José —el Ranchito de las Nubes, como se le denomina— de Isleta College (seminario jesuita cercano a El Paso, Texas), la materia poética, expresada en un adelgazado estilo conceptista, se convierte en esperanzado canto del encuentro del ser humano con Dios, con un enfoque y una mirada plenamente trascendentes[2]: en el último poema —que no figura en la edición original de 1954, sino que es añadido en Poesías completas Iel Ángel se despide de la ciudad de «Nueva York en Gracia» y, saliendo ya de las coordenadas puramente temporales, queda convertido en «Ángel Sin Tiempo»[3].


[1] He citado por Ángel en el País del Águila, Madrid, Ediciones Cultura Hispánica, 1954, pero teniendo a la vista la edición de Emilio del Ríoen Poesías completas I, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1999, donde el poemario ocupa las pp. 589-649.

[2] «Es evidente que estamos ante una poesía transcendente en el más estricto y, a la vez, amplio sentido; nada de miniaturas ni pequeñeces, nada de frivolidades y distracciones, sino verdad sincera, honda y desnuda; profundización en lo que el hombre es; llamada y testimonio a la plenitud de vida» (Ignacio Ellacuría, «Ángel Martínez, poeta esencial», en Escritos filosóficos I, San Salvador, UCA Editores, 1996, p. 188).

[3] Remito para más detalles a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Una aproximación al poemario Ángel en el País del Águila (1954) de Ángel Martínez Baigorri: génesis, estructura y temas», Príncipe de Viana, año 83, núm. 282, enero-abril de 2022, pp. 107-145.

«Contemplación de María», de Ernestina de Champourcin

Con la festividad del Bautismo de Jesús finaliza hoy el ciclo litúrgico de Navidad. Terminaremos también esta serie de poemas de temática navideña con «Contemplación de María», de Ernestina de Champourcin (Vitoria, 1905-Madrid 1999)[1]. Poeta de la Generación del 27 y perteneciente al grupo de «Las Sinsombrero», tras la guerra civil partió al exilio, primero en Francia y después en México, junto con su marido, Juan José Domenchina. Muerto él en 1959, Ernestina regresaría a España en 1972. Entre sus títulos poéticos figuran En silencio (1926), Ahora (1928), La voz en el viento (1931), Cántico inútil (1936), Presencia a oscuras (1952), El nombre que me diste…. (1960), Cárcel de los sentidos (1964), Hai-kais espirituales (1967), Cartas cerradas (1968), Poemas del ser y del estar (1972), Primer exilio (1978), Poemillas navideños (1983), La pared transparente (1984), Huyeron todas las islas (1988), Antología poética (1988), Los encuentros frustrados (1991), Poesía a través del tiempo (1991), Del vacío y sus dones (1993) o Presencia del pasado (1994-1995) (1996). Póstumas son las recopilaciones Poemas de exilio, de soledad y de oración (antología poética) (Pamplona / Madrid, Universidad de Navarra / Ediciones Encuentro, 2004), Poesía esencial (Madrid, Fundación Banco Santander Central Hispano, 2008) o Antología poética (Madrid, Ediciones Torremozas, 2017).

Rafael, Madonna Tempi (1508). Alte Pinakothek (Munich, Alemania).
Rafael, Madonna Tempi (1508). Alte Pinakothek (Munich, Alemania).

«Contemplación de María» es la primera de los tres composiciones recogidos en su folleto Poemillas navideños, y se divide externamente en cuatro apartados de métrica tradicional (el primero es un romance con rima aguda í; el segundo, un romance endecha —versos heptasílabos— con rima é e, con la peculiaridad de abrirse con una primera estrofa que presenta cinco versos[2]; el tercero, un romance con rima á o; y el cuarto, un romance con rima aguda á).

I

La espera te inunda toda
con su gozoso fluir.
Es un río de alegría,
un vuelo de colibrís
que te roza levemente
porque Dios que nace en ti
no cabe en el mundo entero
y cabe en tu seno. Así
van transcurriendo las horas
y su tejido sutil
borda hilo a hilo el milagro
que nos quiere redimir

Espera tuya. La nuestra
aprenderá hoy de ti
a esperar, año tras año,
el tiempo de revivir.

II

Y estabas, simplemente
ante ti, Dios pequeño
escondido e inerme
en tu cuerpo tan nuevo,
en tu llanto reciente.

Estás mientras le miras
o en tus brazos se duerme.
¡Qué limpio, qué sencillo
tu modo de quererle!

Al pastor de fe pura
y a los clarividentes
magos ricos en dones
silenciosa le ofreces.

No hace falta que hables.
Aquí estás, simplemente.
Tu estar es una rosa
que en la nieve florece. 

III

Todo el silencio del mundo
se concentra en el establo.
Callan los que están dentro,
calla el que llega cantando,
callan suspiros y risas.

El Niño mira callado
con sus ojos de luz tierna
a quien viene a contemplarlo.

Un aire nuevo, cernido,
agita suave los mantos
de María y de José.
Estamos en ningún lado,
en el alba de la tierra.

Amanecer rosa y blanco
del principio de la Vida.
Todo calla en el establo. 

IV

El borrico de la noria
se ha escapado hasta el portal
porque hoy el agua ya brota
de otro pozo. Volverá
sin duda alguna mañana
bajo el yugo y el ronzal
a trabajar nuevamente
lleno de gozo y de paz.

Borrico del Nacimiento
que fuiste ahora a buscar
un agua que es para siempre:
tus ojos reflejarán
asombrados y sumisos
un sueño que es realidad[3].


[1] Sobre la autora pueden verse, por ejemplo, los trabajos Ernestina de Champourcin, Málaga, Centro Cultural de la Generación del 27 / Diputación Provincial de Málaga, 1989; y Ernestina de Champourcin, del exilio, a Dios, biografía y selección de poemas de Beatriz Comella, Madrid, Rialp, 2002.

[2] En esta estrofa, los versos 1, 3 y 5 mantienen la misma rima asonante é e y los versos 2 y 4 presentan una rima también asonante é o.

[3] Tomo el texto de Ernestina Champourcin, Poemillas navideños, editor Rosario Camargo E., ilustradora Ana Laura Salazar, México, D. F., Programas Educativos, 1983, s. p. En el apartado I se lee por dos veces «tí» (quito la tilde). Mantengo la distribución en “estrofas” que presenta el original en las distintas tiradas de romance.

«La nana. Balada al Niño Jesús», de Juan Francisco Muñoz y Pabón

«Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros.»
(Juan, 1, 14)

El autor de la letra de esta canción para voz y piano es el canónigo y escritor Juan Francisco Muñoz y Pabón (Hinojos, Huelva, 1866-Sevilla, 1920) y su compositor el músico José María Ramón Gomis (nacido y muerto en Novelda, Alicante, 1856-1939), conocido como el mestre Gomis. La Sociedad de Autores Españoles publicó la partitura en 1904 y la canción fue recopilada por el musicólogo Kurt Schindler en su obra Folk Music and Poetry of Spain and Portugal (New York, Hispanic Institute, 1941), tal como fuera recogida por el autor en Medinaceli (Soria) en torno a 1930. Las primeras grabaciones de la canción datan de 1931, interpretada por Marcos Redondo para la Casa Odeón, y de 1932, por Julio Vidal y su agrupación para La voz de su amo. Existe además un arreglo a cuatro voces mixtas titulado «Fuentecilla que corres» hecho por Eduardo Cifre Gallego, hacia 1974-1975, que es muy popular entre los coros españoles[1]. También se ha popularizado en Hispanoamérica como villancico / canción de cuna, de ahí que en algunos lugares aparezca atribuida al compositor ecuatoriano Segundo Cueva Celi (Loja, 1901-Loja, 1969).

La Virgen María con el Niño Jesús

El texto de la balada es como sigue:

¡A la nanita, nana,
nanita, ea!
Mi Jesús tiene sueño,
¡bendito sea!
Pimpollo de canela,
lirio en capullo;
duérmete, mi vida,
mientras te arrullo.

Fuentecilla que corres
clara y sonora;
ruiseñor que en la noche[2]
cantando lloras…
cantad mientras la cuna
se balancea.
¡A la nanita, nana,
nanita, ea!

Manojito de rosas
y de alelíes,
¿qué es lo que estás soñando,
que te sonríes?
Pajaritos y fuentes,
auras y brisas,
¡respetad ese sueño
y esas sonrisas!

Callad mientras la cuna
se balancea.
¡Que el Niño está soñando!
¡Bendito sea!
¡Ea!
¡A la nanita, nana,
nanita, ea!
¡Ea![3]


[1] En el año 2006 una versión corta de esta canción fue grabada por Raven-Symoné, Adrienne Bailon, Sabrina Bryan y Kiely Williams (The Cheetah Girls) en compañía de la cantante mexicana Belinda para el álbum The Cheetah Girls 2, que es la banda sonora de la película del mismo título.

[2] en la noche: en otras versiones «en la selva».

[3] Cito por Poesía de Navidad para niños y jóvenes, edición preparada por Fernando Carratalá, ilustraciones de Carmen Sáez, Madrid, Ediciones de la Torre, 2013, pp. 125-126, donde figura bajo el título «La nanita. Canción de cuna al Niño Jesús» y a nombre de Segundo Cueva Celi. Modifico ligeramente la puntuación y en el v. 12 cambio «llora» por «lloras», que hace mejor sentido (ʻFuentecilla que corres…, ruiseñor que lloras…, cantad…ʼ).

«Alvar-Fáñez (retrato)», de Manuel Machado

Este poema de Manuel Machado (Sevilla, 1874-Madrid, 1947), «Alvar-Fáñez (retrato)», corresponde a la sección «Primitivos» de su libro Museo. El texto es uno de los 19 poemas de ese poemario que figuran en el volumen Alma. Museo. Los cantares (1907), segunda edición de Alma (1902), los cuales se distribuyen en cuatro subsecciones: «Oriente», «Primitivos», «Siglo de Oro» y «Figulinas»[1].

Monumento a Álvar Fáñez

El poema —catorce versos alejandrinos, con rima asonante á a en los 11 primeros y rima aguda á en los tres últimos— reza como sigue:

Muy leal y valiente es lo que fue Minaya;
Por eso dél se dice su claro nombre, y basta.
Hería en los más fuerte haces y de más lanzas
y, hasta el codo, de sangre de moros chorreaba,
el caballo, sudoso, toda roja la espada.

Cuando Ruy le ofrecía su quinta en la ganancia,
tornábase enojado, ni un dinero aceptaba.
Fue embajador del Cid a Alfonso por la gracia…
Mas todos sus discursos fueron estas palabras:
«Ganó a Valencia el Cid, Señor, y os la regala».

… Deste buen caballero, aquí el decir se acaba;
de Minaya Alvar-Fáñez quien quiera saber más,
lea el grande poema que fizo Per Abad
de Rodrigo Ruy Díaz Myo Cid, el de Vivar[2].


[1] Ver para más detalles Eloy Navarro Domínguez, «El “Museo” de Manuel Machado», Philologia Hispalensis, 9, 1994, pp. 17-32.

[2] Cito por Manuel Machado, Poesías completas, ed. de Antonio Fernández Ferrer, Sevilla, Renacimiento, 1993, p. 159. Mantengo la forma «Alvar» del original en el título y en el verso 12.

«De cómo estaba la luz ensimismada en su Creador cuando los hombres le adoraron», de Luis Rosales

¡Aleluya, aleluya, ha nacido el Salvador!

Luis Rosales (Granada, 1910-Madrid, 1992) es uno de los autores españoles que nos han dejado bellos poemas dedicados al tema de la Natividad del Señor. En este sentido cabe recordar especialmente su poemario Retablo sacro del Nacimiento del Señor (Madrid, Escorial, 1940; 2.ª ed. corregida y aumentada, Madrid, Editorial Universitaria Europea, 1964, ambas ediciones con ilustraciones de José Romero Escassi). En el «Prólogo» a la edición de 1964 escribía el poeta:

De niño, allá en Granada y en la infancia, las lucecitas azules y rojas y amarillas del Belén, la plata de las aguas; los pastores y la nieve en la sierra; los ganados, la ermita y el blanco espejeante y acurrucado de la cal en el pueblo; el carrito de bueyes con los adrales, las mieses y el boyero de la aguijada; la risa de mi madre con un poco de musgo sobre el labio, y ¡en fin!, el movimiento de las figuras que íbamos acercando todos los días un poco hacia el Portal. Y yo, alelado, sin movimiento corporal alguno, me pasaba las horas muertas ante la hiedra que festoneaba el nacimiento, me pasaba las horas muertas aprendiendo a nacer. Mientras esta impresión no se me borre seguiré siendo niño. Sí, panderos, sonajas y el bullir de la sangre en Nochebuena, cuando se reunía toda la familia ante el Belén y cantábamos y cantábamos villancicos hasta que el sueño nos rendía. Y luego, algo más tarde, en el año mil novecientos cuarenta, escribí de un tirón este libro. Lo escribí recordándolo, viéndolo, moviendo con la mano sus figuras, y por esto le he llamado Retablo. Desde entonces, todos los años he cumplido esta cita conmigo mismo y con los míos y he escrito villancicos como si los cantara; he escrito villancicos quizás con el deseo de que todo lo que era mío no se acabara de una vez. Ahora los junto todos para juntarme, y doy gracias a los amigos que me ayudaron a escribirlos[1].

Algunos de los poemas del Retablo sacro de Luis Rosales ya han ido apareciendo en este blog en años anteriores: así, por ejemplo, los titulados  «De cómo al contemplar por vez primera los ojos de su hijo, nació una estrella nueva», «De cuán graciosa y apacible era la belleza de la Virgen Nuestra Señora», «Donde se cuenta que en el Portal, humilde, le adoraron tres Reyes»«Callar…», «De cómo fue gozoso el Nacimiento de Dios Nuestro Señor», «Villancico de la falta de fe» y «Villancico de las estrellas altas».

El Greco, Adoración de los pastores (1612-1614). Museo del Prado (Madrid)
El Greco, Adoración de los pastores (1612-1614). Museo del Prado (Madrid)

Hoy reproduciré su hermoso soneto «De cómo estaba la luz ensimismada en su Creador cuando los hombres le adoraron», perteneciente al mismo poemario:

El sueño como un pájaro crecía
de luz a luz borrando la mirada;
tranquila y por los ángeles llevada
la nieve, entre las alas, descendía.

El cielo deshojaba su alegría;
mira la luz al niño ensimismada;
con la tímida sangre desatada
del corazón, la Virgen sonreía.

Cuando ven los pastores su ventura,
ya era un dosel el vuelo innumerable
sobre el testuz del toro soñoliento;

y perdieron sus ojos la hermosura,
sintiendo, entre lo cierto y lo inefable,
la luz del corazón sin movimiento[2].


[1] Cito por Luis Rosales, Obras completas, vol. I, Poesía, Madrid, Trotta, 1996, p. 213. La edición de 1940 incluía quince poemas navideños. La de 1964 añadía otros quince, además de introducir correcciones en los poemas aparecidos en la primera edición. En las Obras completas forman el Retablo sacro un total de 39 poemas.

[2] Rosales, Obras completas, vol. I, Poesía, p. 229, donde es el poema número 18 del Retablo sacro. En la edición de 1940 es el número 9 y el título figura «De cómo estaba la luz, ensimismada en su Creador, cuando los hombres le adoraron». Además, en el v. 4 se lee sin comas «la nieve entre las alas descendía»; en el v. 5 hay coma en vez de punto y coma, y en el v. 9 falta la coma final. En la edición de 1964 es el poema número 15, y el título y la puntuación son los que se reproducen en Obras completas.

«Epifanía», de Víctor Manuel Arbeloa

Como ya he indicado en otras ocasiones, Víctor Manuel Arbeloa (Mañeru, Navarra, 1936- ) es un escritor que ha abordado con frecuencia la temática navideña, y lo he hecho como estudioso y como creador, en distintos momentos de su dilatada trayectoria poética (véase la entrada que le dediqué hace algún  tiempo). En el blog han quedado recogidos también su «Villancico cruel a un subnormal no nacido» y, hace unos pocos días, su «Nana en el día de los Inocentes». Vaya hoy, para esta festividad de la Epifanía (o manifestación) del Señor, su poema «Epifanía», correspondiente a la sección «Dios se ha revelado» de su poemario Dios es hombre para siempre (1966). Se trata de una composición arromanzada (con rima í o), pero con la particularidad de que los versos impares son heptasílabos y los pares pentasílabos.

La adoración de los Reyes Magos, de Bartolomé Esteban Murillo
La adoración de los Reyes Magos, de Bartolomé Esteban Murillo.

Ante él se postrarán todos los reyes
y le servirán todos los pueblos.
(Salmo 71, 11)

Hasta Belén llegaron
tres peregrinos
tres magos babilonios
tres adivinos
cabalgando una estrella
por los caminos

El oro del Dios Rey
los ha atraído.
La nube del incienso
del Dios Santísimo.
Y la mirra olorosa
del Dios nacido.

Hasta Belén llegaron
tres peregrinos…

Todos los continentes
todos los siglos
se fueron tras la estrella
del regocijo
¡Al espacio y al tiempo
rige este Niño!

Hasta Belén llegaron
tres peregrinos
tres magos babilonios
tres adivinos
cabalgando una estrella
por los caminos
[1]


[1] Cito por Víctor Manuel Arbeloa, Obra poética (1964-2010), prólogo de Jesús Mauleón, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Cultura y Turismo, Institución Príncipe de Viana), 2010, p. 161.

Los libros en prosa de Rafael López de Ceráin (y 2)

Hace algún tiempo comenté los rasgos que caracterizan la prosa «amable» de Rafael López de Ceráin (Pamplona, 1964-2017). Ahora terminaré el repaso de sus libros en prosa que iniciaba en una entrada anterior[1].

Las veinticuatro semblanzas de Cavilaciones (2006) nos proponen de nuevo una amplia variedad de temas y asuntos. Tenemos, así, numerosos escritos sobre literatura (o cultura, en general): el recuerdo de un encuentro personal con Arthur Miller, de visita en Pamplona por San Fermín, la reseña del libro La fuerza de la razón de Julián Marías y su obituario, otra nota necrológica, la de Federico Carlos Sainz de Robles, las evocaciones de José Ortega y Gasset en el 50 aniversario de su muerte y de Francisco Ayala casi centenario, o la semblanza de Mario Vargas Llosa aspirante todavía —en aquel entonces— al Premio Nobel. Las alusiones cinéfilas corresponden en esta ocasión al comentario de la película Al final de la escapada, de Jean-Luc Godard. Por lo que toca a las ciudades y los paisajes, tenemos ahora: Burgos y otros escenarios castellanos, Soria —y siempre que se habla de Soria se recuerdan también la figura y los versos de Machado—, San Sebastián, París… Y, en el terreno de la política, nuevas reflexiones sobre el ser de España, sobre el modelo de ordenación territorial del Estado, las propuestas de reforma de la Constitución, el independentismo catalán, una evocación de la muerte del general Franco y una semblanza del rey Juan Carlos I, etc. También, ampliando la mirada a Europa, algunas reflexiones sobre la islamización del Viejo Continente y los peligros del islamismo radical (a propósito de opiniones y escritos de la periodista Oriana Fallaci y el politólogo Francis Fukuyama).

Rafael-Lopez-de-Cerain

Por último, los veintiséis trabajos incluidos en Un año más, un año menos (2010) siguen incorporando las mismas preocupaciones temáticas. Las semblanzas o evocaciones de escritores e intelectuales constituyen otra vez un apartado importante, desde los clásicos españoles (Lope de Vega, Larra) hasta el peruano Alfredo Bryce Echenique, pasando por Malcolm Lowry, Giuseppe Tomasi di Lampedusa o Ernest Hemingway, más un comentario sobre la celebración del Día del Libro. Aparecen también en estas páginas el cineasta Stephen Frears y su película Chéri, o los filósofos John Locke (su idea de que la libertad está en la base de la felicidad humana), Henri Bergson (a propósito de la risa) o el existencialista Albert Camus (recuerdo de su figura en el cincuenta aniversario de su muerte). Encontramos evocaciones de San Juan de Luz y, de nuevo, de la «ciudad inolvidable» de Soria (siempre con Antonio Machado al fondo: el cementerio de El Espino, con la tumba de Leonor, pero también la tumba del padre de López de Ceráin). Asuntos de tono más festivo (los toros, los sanfermines…) alternan con otros de mayor gravedad como la reunificación de Alemania, el recuerdo de Ignacio Ellacuría y los demás jesuitas asesinados en El Salvador, el terremoto de Haití, la situación política en Argentina con el matrimonio Kirchner en el gobierno, el estatus político de Gibraltar, o reflexiones más generales sobre la huelga general, el comunismo y la propiedad privada, etc.


[1] Este texto forma parte de mi estudio preliminar a Rafael López de Ceráin, Escritos de vapor, Madrid, Incipit Editores, 2015, pp. 11-14.

Los libros en prosa de Rafael López de Ceráin (1)

Ya en una entrada anterior me ocupaba de señalar algunos rasgos que caracterizan la prosa «amable» de Rafael López de Ceráin (Pamplona, 1964-2017). Añadiré ahora un breve comentario de los libros que forman su producción prosística[1].

LopezdeCerain1

En las doce piezas de su primer libro en prosa, Olvidos y presencias (1999), encontramos ya tres ejes temáticos que van a tener una presencia constante en la prosa (también en la poesía[2]) de Rafael López de Ceráin. Un primer bloque lo constituyen las evocaciones de ciudades, regiones y paisajes, aquí en concreto Valencia y Soria. Otro segundo núcleo está formado por las evocaciones y semblanzas de escritores que forman parte del amplio bagaje cultural del escritor, autores que han dejado algún tipo de huella en su vida y sus escritos, ya sean españoles (Dionisio Ridruejo, Jaime Gil de Biedma, Manuel Alcántara) o hispanoamericanos (Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato). En fin, las referencias cinematográficas se presentan de la mano de actores como Marcello Mastroiani y de directores como François Truffaut, John Huston o el algo menos conocido Wim Wenders. Paisaje, literatura y cine constituyen, ya desde los inicios, tres grandes núcleos temáticos en la prosa de López de Ceráin.

En la introducción de Las rutas de Antonio Machado (2002) señala el autor que «estas páginas nacieron como una breve guía turística sin mermar sus aspectos literarios». Se trata de una evocación personal del poeta sevillano-soriano, de sus libros —en especial de Campos de Castilla y La Tierra de Alvargonzálezy de los paisajes castellanos. A los versos de la «Oración por Antonio Machado» de Rubén Darío y el prólogo de José Antonio Pérez-Rioja sigue una «Introducción» explicativa. Luego la primera parte, «Antonio Machado y Soria», es una evocación personal de la llegada del poeta a tierras sorianas, de su encuentro y matrimonio con Leonor Izquierdo y de otros hechos decisivos de su biografía. Se copian y comentan también algunos de los más importantes poemas machadianos como «A orillas del Duero», «Por tierras de España» o «A un olmo seco», entre otros. La segunda parte del ensayo analiza la «Significación de Soria en la vida y obra de Antonio Machado». La tercera parte, en fin, «La ruta soriana por antonomasia: tierras de Alvargonzález», reproduce tanto la versión en prosa publicada en el número 9 del Magazine Mundial, en enero de 1912, como el famoso romance «La Tierra de Alvargonzález», del que se destaca su «intensidad dramática». En conjunto, el libro constituye una hermosa aproximación a la experiencia vital y a las obras sorianas de Machado, trazada con fina sensibilidad por otro poeta que mantiene, igualmente, importantes vínculos familiares y de vivencia íntima con la austera ciudad castellana. Apreciamos, pues, la conjunción de ambas sensibilidades poéticas frente el paisaje soriano, y los sucesos biográficos de Antonio Machado son comentados desde una posición de gran simpatía personal.

El perplejo encadenado (2003) se abre con un prólogo de M.ª Pía Senent Díez y un poema del autor, «El silencio del hombre». Siguen cuarenta y tres artículos que responden al trabajo de López de Ceráin como «articulista semanal de tema vario y, por supuesto, no esencialmente periodístico» para la cadena de prensa SPC. La variedad temática es más notable en este libro, pues muchas de las semblanzas responden ahora a muy diferentes asuntos de actualidad política o social. No faltan las evocaciones literarias (Defoe, Hemingway, Baroja, Victor Hugo, Borges, Saramago, Sábato, Fernando Quiñones, Pere Gimferrer, José Agustín Goytisolo…), culturales (Averroes, Velázquez, Goya…) y cinematográficas (Akira Kurosawa, relaciones entre literatura y cine, etc.), pero los temas tratados abarcan ahora un abanico de posibilidades muy amplio: comentarios sobre la situación política española, el bucle melancólico del nacionalismo vasco y la lacra del terrorismo de ETA, reflexiones sobre el ser de España (las dos Españas) y la Leyenda Negra, sobre el sentido de la libertad y la democracia, el problema del paro, el abuso de la bebida por parte de los adolescentes, etc. No faltan artículos escritos al calor de algunos sucesos de la política internacional: la situación de los países del Este en la época post-soviética, las conflictivas relaciones entre Rusia y Estados Unidos, la ominosa guerra de los Balcanes, la mafia italiana, el arresto de Pinochet en Londres, los desastres naturales ocurridos en Centroamérica… A veces las reflexiones se dedican a asuntos menos trascendentes, como por ejemplo los toros (otro motivo recurrente en los escritos del autor). Y aquí y allá, salpicando las páginas de El perplejo encadenado —bello título, también—, algunas evocaciones de paisajes y ciudades, con algunas pinceladas personales y algunas gotas de recuerdos autobiográficos.

En el siguiente libro, Páginas de un tiempo (2004), la literatura vuelve a ser el elemento nuclear. Dos trabajos más largos son sendas visiones personales de Garcilaso de la Vega (el autor concluye que «Garcilaso fue por excelencia el poeta del amor») y Pío Baroja («El hombre malo de Itzea»). Dos semblanzas más están dedicadas a los hermanos Panero (Juan Luis, Leopoldo María y Michi) y al escultor y poeta Jorge Oteiza, y una más es una reflexión sobre los libros de viejo y el hábito de la lectura. El paisaje se hace presente en esta ocasión en la evocación de Almagro y otras poblaciones manchegas. En fin, otros escritos reflexionan sobre temas de mayor calado político: el régimen y la situación de las comunidades autónomas en España, la importancia de la Democracia y el Humanismo, la defensa de las Humanidades, etc.


[1] Este texto forma parte de mi estudio preliminar a Rafael López de Ceráin, Escritos de vapor, Madrid, Incipit Editores, 2015, pp. 11-14.

[2] Su poesía se encuentra recogida en dos libros recopilatorios: Seguro es el pasado. Antología 1985-2000 (Madrid, Devenir, 2007) y Cuaderno de versos. Antología 1985-2010 (Madrid, Íncipit, 2010).