La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «El libro de la creación» (1968-1974) (3)

El número IV de El libro de la creación[1] nos presenta a «el hombre en su proyecto, salido de su sueño», siendo ya «vertida / carne que se ilumina»; se reiteren imágenes de nacimiento: «todo nace vibrante, / de albor y de silencio y de luces fatigado». Las distintas reiteraciones (aquí de los adjetivos «Suprema y esplendente») confieren el ritmo poético a la composición. El V nos anuncia que «Todo queda arrancado de su noche tranquila», nos habla de «arpegios / luminosos y sangrantes». Los seres, en su pasión, salen de la noche; es un instante «de oculto prodigio». La luz es aquí el símbolo esencial:

Se agiganta radiante el penumbroso límite de seres al acecho;
ya el horizonte pisa seguro, desdoblando
límpido la maroma templada de la noche, de su luz revestida.

Amanecer

El VI nos transmite otra vez la sensación del nacimiento de un nuevo día: «Nace supremo el día» (frase que se reitera), día que «emerge en osadía y en fuego de ser» y es «síntesis radical de luz y bravo mundo». Por su parte, el VII nos muestra al hombre como centro de todo este universo («hombre centralmente suyo»). «Todo guarda salvaje relación» ahora y hay una «rotunda ligazón de destinos»: expresiones e imágenes, en suma, que nos reiteran el prodigio de esa nueva mañana.

El VIII desarrolla la idea de una «entonada ascensión luminosa», de «la luz que invade todo», de «ascensiones de mundos sin confines» y de nuevo, en medio de todo, el hombre:

Y de amplio relieve se aísla,
centra el ser,
sublime, en su rotunda y preñada mañana.

La unidad de tema e imágenes que preside este poemario[2] se confirma en el poema noveno, donde se alude a inmensas sombras que se disipan y a horizontes que se abren. Es un poema de afirmación, con el hombre en el centro de todo, iluminado:

Estoy, está aquí, coronación nocturna,
sedición diaria, eterna, vertiendo su horizonte.
[…]
Estoy, está aquí, coronación nocturna,
y por todo parece que se abre limpiamente entregada,
rompiendo las pesadas arenas, las densas sales blancas,
frescamente doblándolo
todo en adelantos, definidos futuros que pueblan el presente.
Estoy, está aquí, coronación nocturna,
vivamente cogido por todo,
iluminado.

El siguiente se refiere a la «ordenación más elaborada» del mundo, a la llegada del color (ahora «el grisáceo campo resplandece en colores»); en este proceso, el hombre se muestra como ser que pertenece a una «estirpe milagrosa» que cumple un destino. Y acaba:

Ya, de opacas sombras, arde en el brío del sol más glorioso,
la regia y más colmada concentración de ser.

El XI nos presenta a «el ser», es decir, al ser esenciado «en el redondo y fértil nacimiento»: «el ser, / que en su más exultante renovación se ofrece». Y el número XII trata del decaer de la noche: «La mañana acepta, alegre y complacida, la incandescente senda que le lleva incipiente / al ser»[3]. A su vez, el que figura bajo el número XIII insiste en la dicotomía luz que nace / sombras que se disipan. Seguimos asistiendo a ese momento de plenitud en que, «enfrentados y amorosos la tierra y el cielo en primitivo abrazo», «Todo nace» y la luz de la mañana saca de su remanso «al ser íntimo y lleno de progreso inaudito y creciente marea»[4]. En suma, seres formándose, que salen de la nada o del caos primigenio y nacen al ser (igual que sucede, en otro orden de cosas, en el momento creativo de la inspiración poética).

Lo mismo ocurre en el XIV, donde se insiste en la aparición del color («Y gama terminada, se viste en su color la hora»), y «a cada ser toda el alma le sale en su vital frescura», y se hace «consumada belleza», mientras se avanza hacia una perfección que podríamos calificar de guilleniana:

Hay brillante y angélica alegoría,
empeño, apenas dominado, del ser al recrearse en pura entrega a otro,
hay una expresión muda del amor indiviso, un presente que anuncia
muy lejanos futuros de fervientes mañanas y de innúmeros seres
que cumplen, manifiestos, el esplendor que en todo les eleve
y les sobre, en su gran oleada y corriente divina.

En el XV, «Sucede que la gran población se conjunta de luz y vida»[5], luz, vida y fe son sinónimos, hay destinos nuevos («el destino desciende limpio sobre nosotros»); el poeta se recrea en la plasmación de todo ese mundo salido de la nada[6] y atrás quedan la noche y el dolor[7].


[1] José Luis Amadoz, El libro de la creación, Pamplona, Gráficas Iruña, 1980.

[2] De hecho, varios poemas, incluso el primero, empiezan con una conjunción y, que enlaza unos con otros y da continuidad al poemario (véanse los números X, XI, XIV, XVIII y XXVI).

[3] Termina así: «Ya el esplendente ser, de su noche devuelto, revuela hacia su nido».

[4] Destaco además la sinestesia «la brisa que verdea».

[5] Véase supra (poema X) «la estirpe milagrosa que diariamente nace del populoso ámbito», la «espesa población»; y en este poema XV, más abajo, «la multitud radiante».

[6] Nótese la anáfora de «Sucede que…»; se repite también a lo largo del poema la frase «cuesta creer».

[7] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

«Ceniza eterna», soneto de Pedro Miguel Lamet, SJ

Vaya para hoy, Lunes Santo, este soneto de Pedro Miguel Lamet, SJ, que publicó en su página web el pasado 25 de marzo. El elemento más destacado es la utilización, en sentido religioso, del famoso verso quevediano: si en «Amor constante más allá de la muerte» ese «polvo enamorado» nos hablaba de un amor —profano— capaz de trasponer las aguas del olvido de la laguna Estigia y eternizarse, aquí se trata del lodo humano convertido en ceniza eterna, trascendido por el amor divino, hecho, en suma, eternidad.

Ceniza eterna

Si me miro a los ojos soy la huella
del niño que soñó y la presencia
de quien pretendió ser esa apariencia
que considera el mundo su epopeya.

Si miro hacia mi mente, vuela ella
en torno al egoísmo y su querencia
al miedo de vivir la inconsistencia
de un tiempo de dolor y de querella.

Pero si me despojo del deseo
y contemplo la luz detrás de todo
en la que sin saberlo ya he habitado,

veré la eternidad detrás del lodo
y que, aunque sea un poco de ceniza,
«polvo seré, más polvo enamorado».

Sevilla literaria: «El Cristo de Montañés», de Antonio Vicente Abad

La semana pasada puse aquí un poema de Antonio Vicente Abad, estudiante de 2.º Curso del Grado en Lengua y Literatura Españolas de la Universidad de Navarra, compuesto con motivo del viaje curricular que realizamos en el marco de la asignatura «Literatura barroca». Se trataba de «Sevilla, donde nunca seré nombre». Pues bien, hay una segunda composición de Antonio fruto de ese viaje, inspirada esta por la contemplación del Cristo de la Clemencia de Juan Martínez Montañés, situado en una capilla propia en la Catedral de Sevilla.

Cristo de la Clemencia, de Juan Martínez Montañés (Catedral de Sevilla)

El poema reza —nunca mejor dicho— así:

Qué frío debes de tener,
despojado, suspendido en la altura,
mientras yo, envuelto en mi abrigo,
contemplo el madero que te sostiene
y finjo no temblar.

Montañés te dio un cuerpo,
pero el dolor es tuyo.
Yo solo miro,
pero el peso de tu carne caída
se me clava en los hombros.

Tus párpados vencidos apenas sostienen la sombra,
tus labios entreabiertos murmuran una plegaria rota.
Y yo, que tengo voz,
me descubro mudo,
con la lengua seca de tanta duda.

Tus manos tiemblan en la madera y las mías están calientes.
Tu costado abierto supura y yo no llevo heridas,
pero algo dentro de mí sangra sin saber de dónde.

No hay clavos en mis pasos,
pero me pesan.
No hay lanza en mi carne,
pero me duele.
El oro de este templo resplandece con la fe de otros,
y yo, apenas un hombre dentro de tanta luz,
me pregunto si arrodillarme es solo otra forma de huir.

Montañés te dio un cuerpo,
pero el frío es tuyo.
Yo saldré de aquí,
y el viento será solo viento,
pero tú seguirás ahí, desnudo,
como si el dolor no terminara nunca.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «El libro de la creación» (1968-1974) (1)

En el momento de su aparición original (Pamplona, Gráficas Iruña, 1980), era un poemario de 75 páginas que se presentaba con un subtítulo que anunciaba la unidad del libro: El libro de la creación. Poema[1]. Y la solapa interior nos ofrecía esta explicación:

El poeta ya conocido entre nosotros, José Luis Amadoz, nacido en Marcilla y residente en Pamplona, donde trabaja como médico-psiquiatra, publica este nuevo libro con el título de El libro de la Creación. Se trata de un poema total dividido en cantos que conservan su unidad a lo largo de la obra. Formalmente de tono versicular, con un ritmo donde se funden la palabra y la idea de un modo preciso, ofrece al lector un intento de descubrir el nacer del hombre cada día en su juego múltiple de luces, cosas, seres y símbolos, destacando el hombre como en un rumor que lo llena todo y desea ser libre sin poderlo, por sentirse atado a su destino. Para leer este libro hay que sumirse en él no tanto en un afán de comprensión como de fe para encontrar a través del mismo su propio destino, su propio poema, su propia existencia[2].

Analizado desde el punto de vista temático, podríamos considerar que este nuevo poemario de Amadoz constituye una continuación de lo ya expuesto en el anterior, Límites de exilio. El tema nuclear es la idea de un hombre trascendido más allá de la muerte y sus limitaciones: un hombre que avanza hacia la luz, la altura, la vida… El mundo se concibe como un caos que poco a poco se va ordenando en forma de cosmos, como un inmenso material que va pasando de lo informe a lo con forma, de lo gris a lo coloreado…

Caos cósmico

Igualmente, el hombre, que es de cuna eterna, yace caído en un prolongado destierro, vive en medio de su noche de dolor. Pero, convertido en niño recién nacido, será capaz de protagonizar una ascensión luminosa, en la que se va abriendo a lo que de divino hay en su interior[3]. Como en el libro anterior, el hombre debe, por tanto, salir de la noche y el sueño a la vida y el sol. En efecto, en este poemario la imagen del sueño se concibe en sentido negativo, pues es sinónimo de vacío, mientras que encontraremos imágenes positivas como alba, amanecer, nacimiento, creación… Así lo ha destacado Ángel-Raimundo Fernández González:

Los grandes símbolos del poema son la luz, la alborada, la mañana. Sobre todo la luz. […] el símbolo de la luz, en «un Génesis» bíblico, es la máxima expresión del poder creador y de la vida. En casi todos los casos, […] luz y vida se emparejan. […] Frente al símbolo de la luz aparece el de la noche, las sombras. El día vence y crea. La noche, las sombras, son el símbolo de la nada[4].

En definitiva, el hombre se concibe ahora como un ser nacido, un ser esenciado, portador de un alto destino, y debe por ello recorrer un largo camino hacia lo alto (lo Alto) y hacia la luz (la Luz), debe experimentar, mejor dicho, debe protagonizar un lento proceso que se concibe en términos de subida, de ascenso hacia al orden, hacia la luz, hacia una «mañana» en la que se disipan todas las sombras. Aquí los hombres son ríos «que van a dar en la mar», pero no entendida la frase a la manera manriqueña como mera desembocadura en la muerte, sino como final esperanzado en Dios. De ahí que apreciemos un tono marcadamente optimista en algunos poemas e, incluso, ciertas referencias cristológicas que ya se hacían presentes en Límites de exilio.

Desde el punto de vista estilístico, y a tenor de lo que llevamos dicho, fácil será comprender que el poeta vuelva a manejar dicotomías esenciales del tipo noche / día, cuerpo / alma, vacío y esterilidad / frutos y cosecha, tiempo / eternidad, etc. Todo ello de nuevo en versos libres de larga extensión que tratan de recrear la fluida cadencia de los salmos bíblicos[5].


[1] Llevaba entonces la siguiente dedicatoria: «A las últimas y pequeñas de mis hijas, M.ª Juana (Anuka) y M.ª Victoria (Toyoya)». Con respecto al título, el autor prefiere escribir la palabra creación en minúscula, porque se está refiriendo a un fenómeno creacional de índole universal, a la evolución del cosmos, sin un valor necesariamente trascendente.

[2] En la otra solapa interior se anunciaban las «Obras publicadas» del autor: Sangre y vida y Límites de exilio, mientras que figuraban «En preparación» Callado retorno, Poemas primeros y Elegías del hombre.

[3] Escribe Ángel Raimundo Fernández: «Como en los dos poemarios anteriores, la poesía surge de un interior que asume fuerzas diversas y que busca una armonía final entre todas ellas en una subida a la trascendencia que unifica» («Río Arga» y sus poetas, «Río Arga» y sus poetas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura), 2002, p. 70).

[4] Fernández, «Río Arga» y sus poetas, pp. 71-72.

[5] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

Sevilla literaria: «Sevilla, donde nunca seré nombre», de Antonio Vicente Abad

Antonio Vicente Abad, murciano, es estudiante de 2.º Curso del Grado en Lengua y Literatura Españolas de la Universidad de Navarra. Aficionado a la escritura creativa, su reciente paso por Sevilla, en el viaje curricular que tuvimos en el marco de la asignatura «Literatura barroca», le ha inspirado estos versos, que creo que no desmerecen —para nada— de otros a los que he dado cabida en esta sección de los lunes dedicada a Sevilla en la literatura. Ustedes juzgarán…

Patio sevillano. Foto: Anibal Trejo / Shutterstock.com
Patio sevillano. Foto: Anibal Trejo / Shutterstock.com.

Sevilla despierta con la calma de quien ya lo ha visto todo,
con la sombra alargada de San Juan de la Cruz
arrastrándose por los muros,
con Quevedo afilando metáforas
como cuchillos bajo la lengua.

En los patios, la luz dibuja endecasílabos sin esfuerzo,
y la brisa, esa brisa que todo lo nombra,
arrulla versos que no logro entender.
Góngora descansa en los balcones
donde la cal brilla como un soneto intacto,
y en los espejos rotos de las tabernas
Bécquer aún persigue reflejos que no responden.

Aquí las palabras pesan más que los cuerpos,
se archivan en claustros,
se graban en el bronce de las campanas,
en los azulejos de frases perfectas,
en los muros que no aceptan mi voz.

Mi lengua se vuelve torpe ante el paisaje.
Cada plaza es una página escrita,
cada esquina un epigrama que me ignora.
Intento escribir, pero el río arrastra mis versos
como un confesor implacable que borra toda huella.

Llamo a la Giralda, pero ella solo responde a los suyos.
Golpeo la puerta de Lope y no me abre.
Busco un rincón en la biblioteca de Cervantes,
pero allí ya están sentados los inmortales.

Miro a Sevilla, pero ella no me ve.
Aquí la eternidad ya ha elegido sus nombres,
y yo solo soy brisa sin peso,
ruido sin eco,
palabra que muere antes de ser escrita.
Una brizna residual de un aire que ya no existe.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Límites de exilio» (1960-1966) (y 6)

Como balance de Límites de exilio[1], podríamos decir que sus nueve cantos forman un poema unitario en el que, a través de diversas reminiscencias bíblicas, se nos habla del hombre y de Dios, de la caída humana y su posterior redención, de su anhelo de vida eterna. El hombre —trasunto del poeta— sigue debatiéndose en una continua lucha entre el creyente y el increyente. Hay referencias aquí a Isaías, a Job, a Jeremías, es decir, a los profetas que apostaron por la fe; el yo lírico, en cambio, no está tan seguro, se nos aparece en un continuo vaivén, en un camino de ida y vuelta que no termina de alcanzar su meta, y no será hasta Callado retorno en que se nos muestre ya completamente rendido a la trascendencia. Las imágenes básicas son las del hombre peregrino, que recorre su camino desde las sombras a la luz, del hombre navegante que después de una procelosa travesía llega a su destino final, a la fe, a un espacio donde no hay ya más llanto, ni más dolor, ni más noche. El hijo va al encuentro del Padre (el «amado» de algunos poemas se transformará en el último en el «Amado», subrayando esos ecos místicos, apreciables también en alguna otra expresión como «ventalle suave»).

Odiseo

Los motivos manejados son, pues, los relacionados con el ascenso a una cima, con la navegación por el mar (con ecos del mito de Odiseo), los relativos a límites superados o los que hablan de frutos y cosechas (de eternidad). El sol y la luz son aquí símbolos positivos (el hombre sale de su noche de la no fe, de sus sombras) en tanto que el viento tiene una consideración muy negativa (peligros, amenazas). En la construcción estructural de este poema unitario se manejan parejas de opuestos como trascendencia / terrenalidad; ascenso / caída; noche / amanecer; travesía / meta, todo ello para tratar de reflejar con medios de expresividad poética ese prolongado debate entre la conciencia de la condición mortal del hombre y su ansia de eternidad (debate rematado al final de este libro con la idea de un ciclo que se culmina feliz, esperanzadamente).

Para terminar, diremos que este deseo de trascendencia que hemos visto manifestarse aquí acerca muy claramente la poesía cultivada por Amadoz en este momento a la órbita del existencialismo cristiano, especialmente a la obra del filósofo y dramaturgo francés Gabriel Marcel[2] (1899-1973), cuya filosofía arranca de un análisis existencial de la vida, que le lleva a la existencia de Dios como fundante. El hombre vive entre la angustia de su finitud y su deseo o esperanza de eternidad, siendo la fe el único puente entre ambos sentimientos: por la fe se manifiesta Dios, que es indemostrable. Tal es el trasfondo existencial de estos poemas de Límites de exilio y, en general, de la toda la poesía de Amadoz[3].


[1] José Luis Amadoz, Límites de exilio, Pamplona, Ediciones Morea, 1966.

[2] Podríamos ver también algunos ecos de Unamuno y de Rilke, no tanto de Kierkeegard (angustia sin resolverla), de Heidegger (ser para el tiempo) o de Sartre (náusea). También es perceptible cierto tono guilleniano (más adelante se apreciará el influjo de Salinas, especialmente de su poemario La voz a ti debida).

[3] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Límites de exilio» (1960-1966) (3)

El poema IV de Límites de exilio[1], de notable extensión, es también muy importante, pues insiste reiteradamente en ese camino de redención recorrido por las «generaciones nómadas», coronadas ahora ya de fe y gracia; los «caminos de tu peregrinaje» se concretan aquí en imágenes marineras: barco no encallado, viejos navíos otoñales, oleaje mañanero, olas, rada… El yo lírico del hombre se dirige a un Tú, con mayúscula, que es Dios: «Tú, poderoso, / estás lindando en ellos con el principio de nuestra nada»; y se acumulan imágenes positivas que evocan la deseada trascendencia: «Ha empezado el destino de todos los tiempos», «ya se cumplen armonías y cantos llenos de vida», «atrevidos destinos que no mueren», «Ha empezado el destino que no acaba». La idea de redención se manifiesta en imágenes de escalada hacia lo alto y de abrazo final con la divinidad:

Hombre en lo alto de una montaña

El hombre, vencido ya su llanto, posa su fe y escala ardiente la paz que en tu montaña domina.
Dios con él,
hundido en su fuente,
la redención hiere su llanto.
[…]
Ha empezado el destino de todos los tiempos
[…]
Un dolor final edifica la oculta sombra,
y el Dios, tan hijo,
bello e iluminado se colma en las manos del amado.
Una acabada mora que el polvo del camino en su jugo sazona,
sincera se ofrece al caminante que en su fe y su llanto se mueve,
se ofrece al hombre lanzado en la noche lleno de sombras.
ha empezado el destino que nos une y resucita en este mar de aguas obscuras,
vital concordia de hijos que se parten mortales en lluviosa sangre,
y la amplitud que ciega y confunde nos abre nuestra impronta primera.
Todo sumiso el hombre con su Dios se queda germinal y desnudo en obediente abrazo de hijo[2].

El hombre, que ha hecho «solemne promesa de filial retorno», se nos muestra ya como «enseñoreado príncipe» que «necesita del beso refrescante del amado, que en sus labios le hurte».

El poema V, el que ocupa el puesto central del poemario, sigue presentando al hombre en paz con todo («consonancias maritales del hombre con el mundo»): ya no hay llanto doloroso, sino canto pletórico y «ventalle suave» (eco de san Juan de la Cruz); dada «su genital altitud», este «príncipe heredero» del canto divino aparece como un «gran guerrero» conquistador del reino, con «designios de poderoso y gran príncipe que avanza seguro en la herencia o ducado paterno»:

¡Hermosa bandera
que sujeta al hombre guerrero del señor de lábaro más seguro,
que centuplica su dolor y esperanza en el fuego del amor más duradero,
de la muerte menos perecedera!

El sentido trascendente resulta, por tanto, bastante claro. Reaparecen asimismo las imágenes marineras: peregrinos de remos no divididos, conquistadores de oros venturosos, copas de nuestras velas, circes luminosas (otras alusiones al mito de Ulises se reiterarán más adelante). En suma, tenemos al hombre como pequeño Dios, «heredero y señor de la fragua más esplendorosa», con el «señorío de la muerte ya vencida», triunfante en su paz, superados todos sus dolores, alcanzando cosechas de gran fruto: de ahí que se afirme que «el hombre se alza vigil y soberano, consciente sobre su cima»; de ahí, en suma, que el canto nos presente «el hombre y su ángel anudados en el sendero infinito de los enajenados mortales»[3].


[1] José Luis Amadoz, Límites de exilio, Pamplona, Ediciones Morea, 1966.

[2] En el poema VIII hablará de «el frutal rosa de esta gran colina donde los hijos de los hijos se moran no sazonados».

[3] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Límites de exilio» (1960-1966) (2)

En el poema inicial, una primera persona anuncia: «Henos llegados al final de la única travesía…» (la anáfora de «Henos» recorre todo el canto), a «la dorada mansión del hombre que ya no huye». Se insiste en que «Ha servido su promesa el Dios grande de todos los tiempos», y luego:

El hombre escala victorioso la pendiente rizada de su carne,
salta sobre los alcores más plateados de su espíritu
donde refleja su Dios y belleza.
Henos al final
en la travesía de todos los océanos,
henos en el cenit y gólgota de pesadumbre de nuestro hombre caído,
en la fe que amilana todo viento quebrándolo,
toda efímera sortija que en su dulzor se ofrece y agota.

El poema refiere «la andadura del hombre» (en un determinado momento se habla de «nuestros pies marineros»), que culmina en «la paz de los campos soleados», con imágenes positivas de luz y alba al final de la travesía, cuando «el hombre se viste de mago» para el encuentro con «el Dios soñado al borde de toda prisa», «el Dios que se ofrece sin reservas en su denunciado hábito de padre». Se afirma taxativamente que «un salto de eternidad nos aventura hacia conquistas de pueblo ilimitado», para cerrarse la composición con estas hermosas palabras:

Henos en el sinfín de los deseos e ilusiones colmados,
ante nuestra conquista más resplandeciente,
con los pies doloridos,
bañados en la sangre de las cimas más rudas.
Henos en el retorno sereno de los tiempos,
clavados y compañeros en la cruz que nos rinde y lanza por encima de nuestra soledad primera.

Campo soleado

El poema II introduce algunas expresiones transparentes para aludir a Dios: «el anciano de todos los tiempos», que tiene «la tabla de su ley»; su vástago es el hombre, el «fruto martirizado del hombre», para el que llega la «llorada paz», cuando por fin puede caminar por el «pórtico de su gloria». Se trata del «hombre desterrado», del «viejo peregrino», que ha conseguido llegar al final de su travesía, sumamente fatigado («cede el hombre de su exilio su planta ya cansada»), pero dispuesto a mostrar su sumisión de hijo:

En las manos que recogen su polvoriento estrago de lucha y de camino,
los claros horizontes que le exaltan venciendo su medida
en fe y vida se juntan.

En palabras de Fernández González, en este canto «La creación se suma al gozo: los pájaros, los claros horizontes, el otoño, las montañas, etc.». Constatamos aquí la utilización del símbolo viento con carácter negativo, como sinónimo de inclemencias y dificultades, igual que ya sucediera en Sangre y vida: «la trémula rosa de su vida aguijoneada / por el viento que al fin le mueve y restituye». Al final se introduce un apóstrofe al Señor y una mención a Cristo, «el Hijo del hombre», esto es, al Dios humanado hacia el que camina ese «pueblo transeúnte» de hombres:

Helo al final, Señor,
vertida su descompuesta savia en el cáliz de tu sediento canto,
helo reseca su arboladura vieja
rezumando ya en nuevos y anhelados vientos perfumados.
Donde la noche se cita y gime de hombre suyo,
cada estrella en su gloriosa ventura y ángel
se elige y ofrece severa guardiana de su caído vástago.
El Hijo del hombre recoge la perdida cosecha,
y por los pueblos orientales y castos
se ciñen virtudes y coronas de sabios y consejeros que siguen su canto.
El mundo entero recoge el mensaje que en su alma dormido late.

El tercer poema insiste en la imagen de los hombres como nómadas que finalmente llegan a una meta, como sugieren estas imágenes y expresiones: «una mañana libre de muertes y destinos», «música de advenimiento», «el céfiro suave de la inmensa mañana en profecía», «la irrespirada mansión del verdadero día», «nuestras casas futuras más soleadas», «el pan reciente de la mañana». El canto acaba con una nueva alusión al Hijo del hombre, presentando a su vez al hombre como hijo del Hijo:

Al Hijo del hombre retornaría la mesnada nómada
en su dolorido caminar de interminables años.
En Él sumiría la fe de sus mañanas frescas,
el dolorido caminar de sus noches obscuras.
El hijo del Hijo
al fin arribaría al pie de sus playas redimidas[1].


[1] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra (Institución Príncipe de Viana), 2006.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Límites de exilio» (1960-1966) (1)

Este poemario se publicó (Pamplona, Ediciones Morea) en 1966[1]. En la «Nota preliminar» el autor se refería a «esta obra de contrastes, […] este poema total que es Límites de exilio», para aclarar más adelante:

Límites de exilio está concebido como un fértil peregrinaje del hombre a través de sus noches y sus días, hacia lugares desconocidos y siempre nuevos, en un mundo de figuraciones y símbolos. Como poema total aparece en continuo crecimiento, como un batiente y selvático impulso que deseara completar en cada nuevo poema las premoniciones del anterior […]. Límites de exilio, que bien pudiera considerarse como un poema teológico, formalmente ha sido construido en un tono mayor versicular, recordando algunos pasajes bíblicos de Isaías, Job y Jeremías[2].

Efectivamente, Amadoz maneja aquí la imagen fundamental del hombre como peregrino, que ya se había apuntado en algún poema de Sangre y vida, pero en esta ocasión con una notable intensificación de las referencias bíblicas (el poeta dedicó atención, en sus estudios, al simbolismo de la Biblia). Por otra parte, frente a los metros cortos con que se construían los poemas del libro anterior, ahora domina de principio a fin el tono de unos versos de muy larga extensión, superior incluso a las veinte sílabas.

Homo viator

Vamos a ver, pues, que Amadoz nos muestra ahora al hombre (representado simbólicamente, además de como peregrino y nómada, como mercenario, guerrero, príncipe heredero o navegante) en una encrucijada, en lucha permanente por la existencia. El sentido del título es, en mi opinión, dilógico: el hombre vive en este mundo exiliado de una condición más alta y mejor, pero a su vez ese exilio tiene límites: como «vástago divino» que es, le resultará posible trascender la finitud de este mundo, la muerte, para ir más allá, para subir hasta la morada del Padre. En este sentido, el binomio muerte / destino que no acaba será esencial en la articulación de este poema total y teológico que es Límites de exilio. Ángel Raimundo Fernández, además de señalar que Amadoz apela continuamente a las figuraciones y a los símbolos, explica muy bien en qué consiste ese exilio al que alude el título:

El exilio cantado es el del hombre sin trascendencia, rodeado de sombras, hasta que vislumbra el lugar de la purificación bajo la luz del sol. El límite no es la muerte, sino el momento en que el hombre gravita sobre sí mismo, apetece los sacrificios, la justificación, elevándose sobre el instinto y la noche[3].

Y añade más adelante que todo el libro resuena «con acentos bíblicos, vestido de un ropaje versicular, rezumando un espíritu religioso profundo, existencial»[4].

El poemario, formado por nueve poemas o cantos numerados en romanos, se presenta bajo dos lemas con un sentido que pudiéramos entender contrario, el primero de san Juan: «Vino a los suyos, pero los suyos no le recibieron»; y otro sin indicación de autoría: «… el mundo entero recoge el mensaje que en su alma dormido late» (luego descubriremos que se trata del último verso del segundo poema de Límites de exilio)[5].


[1] En la primera edición como libro exento, con un total de 36 páginas, figuraba en primer lugar una dedicatoria «A mi mujer e hijos María José, Arturo y María Victoria»; tras la «Nota preliminar», los lemas y los cantos I-IX, se añadía: «Además, dedico el poema en sus diferentes cantos a: / Ángel Urrutia / P. Mariezcurrena / Hilario Mtz. Úbeda / Javier Mtz. Muñoz / Jesús Górriz / Antonio José Ruiz / Eduardo Mtz. Bayarri / Juanita Vélaz / Juan Manuel Olaechea». Y el colofón era: «Esta primera edición de / LÍMITES DE EXILIO, / poema de José Luis Amadoz, / se acabó de imprimir el día 14 de enero de 1966, / en los talleres de Gráficas Iruña, / de Pamplona // LAVS DEO».

[2] Al final de esta «Nota preliminar» instaba al lector «a que intente llegar al poema a través de su sonora verbalización, y no mediante un análisis lógico de cada versículo, pues de este modo tan sólo lograría traducir filosóficamente algo que no se originó con tal intención».

[3] Ángel-Raimundo Fernández González, «Río Arga» y sus poetas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura), 2002, p. 69. Y dice después: «La densidad es la tónica de estos cantos en que el hombre y “el gran Señor” se dan cita para que se cumplan los sueños».

[4] Fernández González, «Río Arga» y sus poetas, p. 70.

[5] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra (Institución Príncipe de Viana), 2006.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Sangre y vida» (1955-1958) (y 7)

Nuevamente la sangre (y el miedo, y la muerte) en el poema 14: «sangre hija de sus alas», «la ágil / sangre», «todo salpicado, / todo menos la sangre», «sólo / sangre que se consume / como el pasto a los vientos», «la zanja abierta / de la sangre rezuma / llanto de muerte». La sangre se identifica, por un lado, con la vida, pero también con la muerte, cargándose entonces de valores negativos[1]:

Cuando se encuentra al hombre,
vida y sangre, va solo,
perdido, y en el caudal
de su torrente fuerte,
sin él saberlo, lleva
la razón desgastada
de lo que vibra, sangre
que mana de sus senos
cansados.

La apelación directa a la madre a través del vocativo se repite en el poema 15, «Finalmente pregunta…», en el que se habla de «luz / derramada» y de «un turbulento río / de ansiosos deseos» (conceptos positivos: es el deseo de ser, de llegar a la vida). Pero al final, una vez más, ese deseo se frustra y «Sólo queda / sangre, llena de vida, / donde reclinar esta / aspiración sagrada»[2].

Sangre

Desde aquí hasta el final vamos a encontrar distintas alternativas de luces y de sombras, de fe y de desesperanza, de vida y de muerte. La sensación de vacío y muerte se acentúa en el poema 16:

El hombre está vacío
y busca su camino.
No tiene nombre y va
solo, siente que debe
morir[3].

En el 17, en el que se reiteran imágenes habituales como madre, rosa…, leemos:

Ha de buscar la sangre
su faz descuidada hasta
reteñirla de paja
[…]
Todo hará
pensar que en el sendero
nuevo caminan sangre
y vida abriendo igual
surco y que ya el hombre
plantado sus heridas
siente, sus llagas sangran,
que ya el mundo que le hace
recoge su costrosa
sangre, fuente cuajada
del dolor que padece.

Cierto tono esperanzado apunta en el número 18: «El viento misterioso / de la sangre asciende / la cima de la vida»[4], del que cabe destacar esta audaz imagen:

El río
de la muerte se tiñe
de rosa y puras lunas
reflejadas se afeitan,
sangrantes, su alba cara.

En el 19, «Intenta adivinarte…», el apóstrofe se dirige a la propia sangre, y advertimos en él una alternancia entre el vacío («la muerte / que en su mochila anida», «ojos teñidos / de la visión de nada», «barranco de sangre») y la esperanza («muy fértil cosecha», «desea mirar / con ojos de oro todo»), que es lo que parece prevalecer al final, cuando se apunta la posibilidad de un sentido trascendente:

La sepultura sola
duerme. Con pie seguro
el hombre alza su vida,
sin sospechas ni miedos
busca final destino.

Por último, el poema 20 es el que trae el fin definitivo del hombre, y queda destacado por el cambio de versificación:

El hombre aguardaba, cansado,
llorando, el nuevo día, esperaba
que sus ojos se abrieran ante
la luz que no hiere, ante la sombra
que anidada en su boca ya no diera
dolor. El hombre había de morir
y callaría todo, sembraría
su imprecisa flor donde sus raíces
se pierden infinitas.

… El amor sería el dolor
visto desde su cielo.

En definitiva, en esta tercera parte del libro hemos encontrado al hombre identificado con esa «naturaleza sabia del que llora sin esperanza de ser oído», al poeta arraigado en las «raíces rojas de mi vida», con alternancias de vacío y muerte, por un lado, y de un destino final superador trascendente, por otro. La sangre y otros elementos relacionados con el color rojo (coral, carmesí, topacio…) constituyen un símbolo omnipresente y también polivalente, pues a veces la sangre se identifica con la vida mientras que otras es sinónimo de agonía y muerte. Otros símbolos a los que da entrada Amadoz son los de rosa, luz, madre… Y, al igual que sucedía en las dos secciones anteriores, las repeticiones de sintagmas o frases para lograr el ritmo poético, las anáforas y los encabalgamientos, junto con algunas metáforas atrevidas, son los elementos estilísticos más utilizados[5].


[1] «Casi obsesivamente la voz del poeta insiste en esa perspectiva existencial negativa: la sangre es ya símbolo de muerte» (Ángel-Raimundo Fernández González, «Río Arga» y sus poetas, Pamplona, Gobierno de Navarra-Departamento de Educación y Cultura, 2002, p. 68).

[2] También se refiere a «las refrescantes / rosas humedecidas / en el vaho sangrante / de lo sacrificado» y al «ideal rojo y siempre / vivo de la sangre». Destaco también la creación verbal fresar, como verbo: «en llanto firme fresa / los labios» (donde los labios es objeto directo); más adelante, en otros poemas, empleará rosar y morar, en sentido semejante.

[3] Se insiste en imágenes como «la tumba / de su sangre», que crean una atmósfera de muerte, llanto y tristeza; solo la posibilidad de que llegue un hermano («nueva / sangre ruidosa vibra») permite «esperar, esperar», con el anhelo de «rosar / su sangre con esquejes / de vida nueva» (donde rosar es una expresiva creación verbal).

[4] Aunque también se refiere la voz lírica a «Un martirio / rojo, diario», a «la losa incolora / del barro que su sangre / le lleva»; a una «luna / salpicada de sangre», etc.

[5] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.