«La gitanilla» de Cervantes: Preciosa y los gitanos

Una de los rasgos más interesantes de esta novela, una de las doce Novelas ejemplares de Cervantes, es precisamente el magnífico retrato de Preciosa, presentada como un ser ideal lleno de belleza, ingenio, inocencia y gracia naturales, que canta y baila maravillosamente y lee la buenaventura; además, pese a su juventud, es discretísima y tiene un dominio total y absoluto de la palabra. Es, en suma, un personaje femenino en busca de su libertad personal, que defiende a toda costa, y en este sentido la podemos relacionar, por ejemplo, con Marcela (en el episodio de Marcela y Grisóstomo del Quijote)[1].

Gitana

En varias ocasiones Preciosa dará buena muestra de su habilísimo manejo del lenguaje y de los recursos de persuasión: en ningún momento acepta que otros (los gitanos varones del clan) la entreguen a don Juan/Andrés Caballero, sino que decide que será suya solo cuando él haya demostrado sobradamente merecer su amor. Su bondad y honestidad sin tacha son dos de los rasgos principales de su retrato, y esas cualidades destacan todavía más al hacerse presentes en medio del mundo gitanesco. Las palabras cervantinas que abren el relato no pueden ser más claras al respecto:

Parece que los gitanos y gitanas solamente nacieron en el mundo para ser ladrones: nacen de padres ladrones, críanse con ladrones, estudian para ladrones y, finalmente, salen con ser ladrones corrientes y molientes a todo ruedo; y la gana del hurtar y el hurtar son en ellos como acidentes inseparables, que no se quitan sino con la muerte[2].

Y luego serán los propios personajes gitanos quienes corroboren que el robo y los engaños son consustanciales a su modo de vida. En cualquier caso, la actitud de Cervantes será ambigua porque, al mismo tiempo que describe su inclinación al delito, presentará de forma idealizada esa «libre y ancha vida» gitanesca, cuya sociedad parece ser la de una nueva Edad de Oro, una felice Arcadia pastoril, como se aprecia en estas palabras puestas en boca de un gitano viejo:

—Esta muchacha, que es la flor y la nata de toda la hermosura de las gitanas que sabemos que viven en España, te la entregamos, ya por esposa o ya por amiga; que en esto puedes hacer lo que fuere más de tu gusto, porque la libre y ancha vida nuestra no está sujeta a melindres ni a muchas ceremonias. Mírala bien, y mira si te agrada, o si ves en ella alguna cosa que te descontente, y si la ves, escoge entre las doncellas que aquí están la que más te contentare, que la que escogieres te daremos; pero has de saber que, una vez escogida, no la has de dejar por otra, ni te has de empachar ni entremeter ni con las casadas ni con las doncellas. Nosotros guardamos inviolablemente la ley de la amistad: ninguno solicita la prenda del otro, libres vivimos de la amarga pestilencia de los celos. Entre nosotros, aunque hay muchos incestos, no hay ningún adulterio; y cuando le hay en la mujer propia, o alguna bellaquería en la amiga, no vamos a la justicia a pedir castigo; nosotros somos los jueces y los verdugos de nuestras esposas o amigas; con la misma facilidad las matamos, y las enterramos por las montañas y desiertos, como si fueran animales nocivos; no hay pariente que las vengue, ni padres que nos pidan su muerte. Con este temor y miedo ellas procuran ser castas, y nosotros, como ya he dicho, vivimos seguros. Pocas cosas tenemos que no sean comunes a todos, excepto la mujer o la amiga, que queremos que cada una sea del que le cupo en suerte; entre nosotros así hace divorcio la vejez como la muerte: el que quisiere puede dejar la mujer vieja, como él sea mozo, y escoger otra que corresponda al gusto de sus años. Con estas y con otras leyes y estatutos nos conservamos y vivimos alegres; somos señores de los campos, de los sembrados, de las selvas, de los montes, de las fuentes y de los ríos. Los montes nos ofrecen leña de balde; los árboles, frutas; las viñas, uvas; las huertas, hortaliza; las fuentes, agua; los ríos, peces, y los vedados, caza; sombra, las peñas; aire fresco, las quiebras; y casas, las cuevas. Para nosotros las inclemencias del cielo son oreos; refrigerio, las nieves; baños, la lluvia; músicas, los truenos, y hachas, los relámpagos. Para nosotros son los duros terreros colchones de blandas plumas; el cuero curtido de nuestros cuerpos nos sirve de arnés impenetrable que nos defiende; a nuestra ligereza no la impiden grillos, ni la detienen barrancos, ni la contrastan paredes; a nuestro ánimo no le tuercen cordeles, ni le menoscaban garruchas, ni le ahogan tocas, ni le doman potros. Del sí al no, no hacemos diferencia cuando nos conviene; siempre nos preciamos más de mártires que de confesores. Para nosotros se crían las bestias de carga en los campos y se cortan las faldriqueras en las ciudades. No hay águila, ni ninguna otra ave de rapiña, que más presto se abalance a la presa que se le ofrece que nosotros nos abalanzamos a las ocasiones que algún interés nos señalen; y, finalmente, tenemos muchas habilidades que felice fin nos prometen, porque en la cárcel cantamos, en el potro callamos, de día trabajamos y de noche hurtamos, o, por mejor decir, avisamos que nadie viva descuidado de mirar dónde pone su hacienda. No nos fatiga el temor de perder la honra, ni nos desvela la ambición de acrecentarla, ni sustentamos bandos, ni madrugamos a dar memoriales, ni acompañar magnates, ni a solicitar favores. Por dorados techos y suntuosos palacios estimamos estas barracas y movibles ranchos; por cuadros y países de Flandes, los que nos da la naturaleza en esos levantados riscos y nevadas peñas, tendidos prados y espesos bosques que a cada paso a los ojos se nos muestran. Somos astrólogos rústicos, porque, como casi siempre dormimos al cielo descubierto, a todas horas sabemos las que son del día y las que son de la noche; vemos cómo arrincona y barre la aurora las estrellas del cielo, y cómo ella sale con su compañera el alba, alegrando el aire, enfriando el agua y humedeciendo la tierra, y luego, tras ellas, el sol, dorando cumbres, como dijo el otro poeta, y rizando montes; ni tememos quedar helados por su ausencia cuando nos hiere a soslayo con sus rayos, ni quedar abrasados cuando con ellos particularmente nos toca; un mismo rostro hacemos al sol que al hielo, a la esterilidad que a la abundancia. En conclusión, somos gente que vivimos por nuestra industria y pico, y sin entremeternos con el antiguo refrán: «Iglesia, o mar, o casa real». Tenemos lo que queremos, pues nos contentamos con lo que tenemos. Todo esto os he dicho, generoso mancebo, porque no ignoréis la vida a que habéis venido y el trato que habéis de profesar, el cual os he pintado aquí en borrón, que otras muchas e infinitas cosas iréis descubriendo en él con el tiempo, no menos dignas de consideración que las que habéis oído[3].

Por otra parte, el realismo en la presentación de escenas y ambientes (realismo literario) contrasta con el idealismo del retrato de Preciosa y con el desenlace final, más propio de un relato bizantino o caballeresco; de ahí que se suela clasificar a La gitanilla entre las novelas ideorrealistas de la colección.


[1] Se ha señalado como posible antecedente de Preciosa el personaje de la Tarsiana en el Libro de Apolonio. Sin embargo, es difícil que Cervantes conociera tal obra. Preciosa es, en realidad, una de las creaciones más originales y atractivas de entre los personajes femeninos del escritor.

[2] Cito por Novelas ejemplares, ed. de J. García López, estudio preliminar de J. Blasco, presentación de F. Rico, Barcelona, Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores / Centro para la Edición de los Clásicos Españoles, 2005, pp. 27-28.

[3] Novelas ejemplares, ed. de J. García López, pp. 70-73.

«La gitanilla» de Cervantes: argumento

(Para mis alumnos del Programa Senior de la Universidad de Navarra, jóvenes de espíritu, con los que también he repasado estos días pasados las Novelas ejemplares de Cervantes y en particular La gitanilla)

La narración, la primera de las Novelas ejemplares de Cervantes, nos cuenta una historia de amor, la protagonizada por una muchacha gitana, de nombre Preciosa (un verdadero milagro de hermosura, bondad y discreción), y don Juan de Cárcamo, un joven de la clase noble que, totalmente enamorado de ella, acepta la condición por ella impuesta de abandonar su casa y su familia y vivir como gitano durante dos años para lograr ser correspondido en su sentimiento. Así lo hace, encubriendo su identidad bajo el nombre de Andrés Caballero. El tiempo que don Juan/Andrés pasa con los gitanos sirve para transmitir al lector un acabado cuadro de sus costumbres y formas de vida[1]. Por supuesto, la trama amorosa va a verse complicada con varias peripecias: por un lado, la presencia del paje-poeta Clemente, que también admira a Preciosa y le escribe poemas para que ella los cante, lo que va a provocar el nacimiento de los celos en el enamorado galán. De esta forma, don Juan/Andrés Caballero, Preciosa y Clemente vienen a formar el tradicional triángulo amoroso, si bien más tarde, avanzada la novela, descubriremos que el paje no ama a Preciosa y que han sido otras las razones que han motivado su precipitada salida de Madrid y le han hecho acabar en el campamento de los gitanos.

Gitana con mandolina, de Corot

Por otra parte, en el tramo final del relato (cuando los gitanos han llegado a las proximidades de Murcia) aparecerá otro personaje femenino, Juana Carducha, que va a servir para conducirlo hacia el desenlace: Juana, la hija de una mesonera rica, se enamora ciegamente del supuesto gitano Andrés, pero este rechaza con firmeza sus pretensiones amorosas y decide poner tierra por medio. Para vengarse del despecho de verse rechazada (más que para intentar retenerlo a su lado), Juana inventa que el gitano le ha robado ciertas alhajas, las cuales ella ha puesto disimuladamente entre su equipaje. Un sobrino del alcalde del lugar insulta a Andrés Caballero llamándole ladrón y, lo que resulta mucho más ofensivo, le da un bofetón. Andrés, o por mejor decir don Juan, reacciona inmediatamente en defensa de su ultrajado honor de caballero, arrebata la espada a su ofensor y lo mata. El falso gitano es detenido y llevado ante el Corregidor de Murcia.

La narración va a culminar con una anagnórisis propia de otros géneros (novela bizantina, novela de caballerías…): la vieja gitana que pasa por abuela putativa de Preciosa confiesa que la robó siendo niña, precisamente de casa del Corregidor, don Fernando de Acevedo, caballero del hábito de Calatrava. Resulta entonces que Preciosa es en realidad doña Constanza de Acevedo; la supuesta gitanilla, con todas sus virtudes, prendas y gracias, pertenece a la más alta nobleza. Además del relato de la anciana gitana, hay una serie de señales (marcas físicas en el cuerpo de Preciosa, unos papeles, unas alhajas…) que corroboran la veracidad de la historia. Descubierta también la verdadera identidad de Andrés (don Juan de Cárcamo), y convenientemente arreglado el asunto de la muerte del sobrino del alcalde, ya no hay ningún obstáculo para el feliz matrimonio de ambos. Eso sí, la solución en boda es posible porque Preciosa, en pleno ejercicio de su libertad, decide que don Juan es digno de su amor y acepta, sin imposiciones de nadie, a su pretendiente. Así lo había dejado advertido en el momento de unirse don Juan a los gitanos: «Estos señores bien pueden entregarte mi cuerpo, pero no mi alma, que es libre y nació libre, y ha de ser libre en tanto que yo quisiere»[2].


[1] Ver Walter Starkie, «Cervantes y los gitanos», Anales cervantinos, IV, 1954, pp. 139-186.

[2] Novelas ejemplares, ed. de Jorge García López, Barcelona, Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores / Centro para la Edición de los Clásicos Españoles, 2005, p. 74.

«La gitanilla» de Cervantes: datación y fuentes

(Dedico la entrada de hoy a mis alumnos del seminario cervantino en la Universidad de Delhi, con los que tuve la oportunidad de comentar, hace pocas semanas, «La cueva de Salamanca» y «La gitanilla».)

La gitanilla se cuenta, sin duda, entre las mejores piezas de la colección de Novelas ejemplares[1] que Cervantes reúne y da a las prensas en 1613. Escrita con un estilo ágil y ameno, pleno de gracia e ironía, su prosa pacientemente trabajada es ejemplo señero de su absoluto dominio del idioma, y constituye una verdadera obra maestra, no solo de la narrativa cervantina, sino de la literatura universal.

Una edición moderna de La gitanilla

Sabemos que Cervantes yuxtapone sus doce relatos, coloca uno detrás de otro sin inventar un marco narrativo externo que dé unidad o trabazón al conjunto (frente a lo que será habitual en otras colecciones de novelas cortas de la época, que crean un marco a imitación de lo que sucedía en el Decamerón de Boccaccio). Sobre la datación de La gitanilla, que es la novela que abre el volumen, escribe Jorge García López:

La gitanilla supone la vuelta de la corte a Madrid, aunque sus escenas iniciales traen a las mientes la corte vallisoletana y los festejos por el nacimiento de Felipe IV (8 de abril de 1605), lo que ha conducido a creerla en todo caso posterior a 1606. Pero ahora la cronología interna sí corre pareja a su más verosímil datación. Preciosa dice tener quince años y ha sido robada, tal como declara el papel que entrega la vieja gitana, en 1595, de donde resulta la fecha de 1601, lo que ha inducido a datarla en los años 1610-1612 […]. Por otra parte, desde principios de siglo se abrió paso la idea, muy generalizada, de que fue escrita para encabezar la colección, una suerte de obertura narrativa para todo el conjunto, si bien no hay que deducir de ello que sea la última sensu stricto en el proceso de composición[2].

Como fuentes de inspiración se han señalado un coloquio erasmiano que trata sobre el cortejo y el matrimonio cristiano y también dos églogas de Juan del Encina[3]. Por lo demás, guarda relación con la novela sentimental, la picaresca, la caballeresca y la pastoril, en el sentido de que se aprecian en su construcción elementos procedentes de todas esas modalidades narrativas[4]: la trama amorosa con celos y rivalidades; el ambiente gitanesco de robos y engaños; la ocultación de la verdadera personalidad de determinados personajes hasta la anagnórisis final; la visión idealizada de la vida en el mundo rural… Así nos lo revelará un rápido resumen del argumento.


[1] La bibliografía sobre las Novelas ejemplares en general es muy extensa. Mencionaré solo algunas monografías destacadas: Julián Apraiz, Estudio histórico crítico de las «Novelas ejemplares», Vitoria, Domingo Sar, 1901; Francisco A. de Icaza, Las «Novelas ejemplares» de Cervantes, sus críticos, sus modelos literarios, sus modelos vivos y su influencia en el arte, Madrid, Imp. Clásica Española, 1915; Agustín González de Amezúa y Mayo, Cervantes, creador de la novela corta española, Madrid, CSIC, 1956-1958, 2 vols.; Joaquín Casalduero, Sentido y forma de las «Novelas ejemplares», Madrid, Gredos, 1974; Ruth S. El Saffar Novel to Romance. A Study of Cervantes’ «Novelas ejemplares», Baltimore-Londres, The John Hopkins University Press, 1974; Francisco Javier Sánchez, Lectura y representación. Análisis cultural de las «Novelas ejemplares» de Cervantes, New York, Peter Lang, 1993; Thomas R. Hart, Cervantes’ Exemplary Fictions. A Study of the «Novelas ejemplares», Lexington, The University Press of Kentucky, 1994; Joseph V. Ricapito, Cervantes’s «Novelas ejemplares»: Between History and Creativity, Purdue, West Lafayette, Purdue University Press, 1996; Stanislav Zimic, Las «Novelas ejemplares» de Cervantes, Madrid, Siglo XXI de España, 1996; Alicia Parodi, Las Ejemplares, una sola novela: la construcción alegórica de las «Novelas ejemplares» de Miguel de Cervantes, Buenos Aires, Eudeba, 2002; Stephen Boyd, A Companion to Cervantes’ Novelas Ejemplares, Woodbridge, Suffolk, Tamesis, 2005; Jesús G. Maestro, Las ascuas del Imperio. Crítica de las «Novelas ejemplares» de Cervantes desde el materialismo filosófico, Vigo, Academia del Hispanismo, 2007; y Katerina Vaiopoulos, De la novela a la comedia: las «Novelas ejemplares» de Cervantes en el teatro del Siglo de Oro, Vigo, Academia del Hispanismo, 2010. La novela puede leerse ahora también en esta edición: Miguel de Cervantes, Novelas ejemplares (La gitanilla. Rinconete y Cortadillo), ed. de Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2010.

[2] Jorge García López, prólogo a su edición de las Novelas ejemplares, estudio preliminar de Javier Blasco, presentación de Francisco Rico, Barcelona, Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores / Centro para la Edición de los Clásicos Españoles, 2005, p. LX.

[3] Ver Zimic, Las «Novelas ejemplares» de Cervantes, pp. 1-2.

[4] Ver Zimic, Las «Novelas ejemplares» de Cervantes, p. 35.

Una dosis mínima del Quijote

No puedo detallar ahora —ni siquiera de forma muy resumida— toda la riqueza literaria y toda la complejidad narrativa de una obra maestra tan universal como es el Quijote, cuya Primera parte se publico en 1605 y su continuación o Segunda parte en 1615 (vamos ya, poco a poco, acercándonos a este nuevo centenario). Baste con decir, como primera aproximación o dosis mínima en forma de entrada del blog, que la historia protagonizada por el hidalgo Alonso Quijano, transformado por la locura y la fuerza de la imaginación en el caballero andante don Quijote de la Mancha, convirtió a su autor en el «padre de la novela europea moderna».

El propósito declarado de Cervantes para escribir su libro es el de parodiar el género de las novelas de caballerías, que habían degenerado hasta el punto de convertirse en relatos llenos de disparates. Pero es obvio que el Quijote es mucho más que una parodia genial. La perfecta construcción de don Quijote, un personaje complejo (loco entreverado de cuerdo), un verdadero héroe problemático, unida al alarde estructural y de técnicas narrativas (multiperspectivismo, ironía, distanciamiento…) de que hace gala Cervantes, son elementos que dan como resultado una de las más grandes obras de la literatura universal.

Portada de la Primera parte del Quijote (1605)

Recibido en su tiempo como un libro cómico, de entretenimiento (don Quijote y Sancho son figuras, personajes ridículos de los que todos pueden burlarse y reírse a su costa…), el Quijote fue cargándose de valores más profundos, simbólicos y complejos con el paso de los siglos, con multitud de lecturas e interpretaciones. La galería de personajes principales y secundarios, el conjunto de historias amenas y episodios interesantes que encierra en sus dos partes son de una riqueza verdaderamente impresionante. Todavía más: como se ha afirmado, en el Quijote está compendiada toda la España de Cervantes, de la que es un magnífico reflejo (reflejo pasado, desde luego, por el tamiz de lo literario). En fin, con toda razón se ha considerado que el Quijote es, a la vez, la genial síntesis de todas las modalidades narrativas de su tiempo y el punto de partida de toda la novelística posterior[1].


[1] Para más detalles remito a la guía de lectura preparada por Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote: Miguel de Cervantes, Berriozar, Cénlit Ediciones, 2006. Y, por supuesto, también a futuras entradas de este blog insular y barañario.

Otras formas de teatro breve: villancico teatral, folla, matachines y títeres

Finalizaremos el repaso de otras modalidades del teatro breve del Siglo de Oro español con unas breves notas sobre el villancico teatral, la folla, los matachines o los títeres.

El villancico teatral       

Forma parateatral del villancico lírico, que se cantaba o representaba en Navidad y otras fiestas, con ciertos elementos en común con las mojigangas (por ejemplo, el empleo de disfraces) y de carácter contrafactístico. Así, la pieza que comienza «Al villano se lo dan / entre pajas el blanco pan» es una versión a lo divino de «Al villano se la dan / la ventura con el pan».

La folla

Escribe Covarrubias: «Los comediantes, cuando representan muchos entremeses juntos sin comedia ni representación grave, la llaman folla, y con razón, porque todo es locura, chacota y risa». La folla es, por tanto, la acumulación de varias piezas cortas, particularmente entremeses (folla de entremeses), representados bien en su totalidad, bien fragmentariamente, a modo de popurrí. La crítica ha discutido su consideración: para Luis Estepa constituye un género dramático diferente, no así para Huerta Calvo, quien escribe: «Más que una forma literaria diferenciable de las anteriores, la folla (de folía, ‘locura’) era una modalidad de espectáculo, que podía agrupar un conjunto de piezas cortas representadas una tras otra en bulliciosa y frenética sucesión, sin la comedia»[1].

Los matachines

Especie de pantomima que describe con detalle Bances Candamo en su Teatro de los teatros; indica que sus ejecutantes llevan a cabo unos movimientos «los más ridículos que pueden, ya haciendo que se encuentran dos de noche, y fingiéndose el uno temeroso del otro se apartan entrambos. Luego se van llegando como desengañándose, se acarician, se reconocen, bailan juntos, se vuelven a enojar, riñen con espadas de palo dando golpes al compás de la música, se asombran graciosamente de una hinchada vejiga que acaso aparece entre los dos, se llegan a ella y se retiran, y en fin, saltando sobre ella la revientan y se fingen muertos al estruendo de su estallido»[2]. La encontramos descrita también en la Mojiganga de los oficios y matachines de Antonio de Zamora.

Los títeres

En el Siglo de Oro fueron muy frecuentes los espectáculos de acróbatas, volatines, titiriteros, autómatas, linternas mágicas, retablos o mundi novis, que alcanzaron gran difusión en España merced a las compañías italianas[3]. Recuérdese el famoso episodio de maese Pedro en Quijote, II, 26-27, con la interrumpida representación del Retablo de Melisendra.

Retablo de la libertad de Melisendra


[1] Javier Huerta Calvo, El teatro breve en la Edad de Oro, Madrid, Laberinto, 2001, p. 80.

[2] Francisco Antonio de Bances y Candamo, Teatro de los teatros de los pasados y presentes siglos, ed. de Duncan Moir, London, Tamesis Books, 1970, p. 25.

[3] Véase John E. Varey, Historia de los títeres en España desde sus orígenes hasta mediados del siglo XVIII, Madrid, Revista de Occidente, 1957.

Otras formas de teatro breve: sainete, fin de fiesta, bailete e intermedio lírico

En el corpus del teatro breve del Siglo de Oro español encontramos otros subgéneros como son el sainete, el fin de fiesta, el bailete, el intermedio lírico, el villancico teatral, la folla, los matachines o los títeres. Repasaremos hoy las cuatro primeras modalidades:

El sainete

El Diccionario de Autoridades indica que es «el intermedio que se hace entre la segunda y tercera jornada [de la comedia], cantado y bailado, y por eso llamado así, que por otro nombre se llama sainete». El vocablo, que se hace más abundante a partir de 1660, suele aparecer como sinónimo de entremés en las colecciones antológicas de la época: así, Flor de sainetes (1640), de Francisco Navarrete, o Sainetes y entremeses representados y cantados (1674), de Gil López de Armesto. Su triunfo definitivo se producirá en el siglo XVIII, en el que se prolonga la vigencia de los géneros dramáticos breves del Barroco.

El fin de fiesta

Constituía el remate de algunas fiestas palaciegas; por eso, estos fines de fiesta solían ser «de carácter más refinado que las mojigangas, pero en muchas ocasiones es difícil distinguir unos de otras»[1]. Abundan, especialmente, a finales del XVII y comienzos del XVIII. Por ejemplo, el Fin de fiesta para la comedia «El Faetón», de Antonio de Zamora.

El bailete

Variante del baile, «de más corta extensión, sin apenas trama argumental y de carácter muy cortesano en cuanto a su temática»[2], y parecido al fin de fiesta. Podemos recordar, a modo de ejemplo, el Bailete con que se dio fin la comedia «Duelos de ingenio y fortuna», de Bances Candamo.

Duelos de Ingenio y Fortuna, de Bances Candamo

El intermedio lírico

Son piezas que se desarrollan a finales del XVII, cantadas casi en su totalidad y por voces femeninas. Se trata de un subgénero muy lírico, cercano al mundo bucólico de la literatura pastoril. Autor destacado de esta modalidad es Gil López de Armesto, que con piezas como El pajarillo, El zagal agradecido o Las tonadas grandes del Retiro ha sido considerado precursor de la tonadilla del siglo XVIII.


[1] Javier Huerta Calvo, El teatro breve en la Edad de Oro, Madrid, Laberinto, 2001, p. 78.

[2] Huerta Calvo, El teatro breve en la Edad de Oro, p. 78.

Subgéneros del teatro breve del Siglo de Oro: la mojiganga

«La palabra mojiganga — escribe Huerta Calvo — parece provenir de boxiganga, y esta de bojigón, alteración de vejigón, luego mojigón, un tipo de máscara que llevaba unas vejigas atadas a un palo, que le servían para sacudir a quienes contemplaban los festejos carnavalescos»[1]. Existió, pues, primero la mojiganga como una fiesta pública típica de Carnaval, especie de comparsa de máscaras o cabalgata grotesca, caracterizada por el empleo de disfraces ridículos, exóticos y vistosos, organizada a veces por los distintos gremios, y con carácter eminentemente burlesco (temas y personajes de la mitología, la historia o la literatura). Más tarde, pasa al teatro y a Palacio, y se convierte en mojiganga teatral, siempre ligada al Carnaval. La mojiganga dramática supone la carnavalización del teatro breve: como bien escribe Madroñal,

si algún subgénero de teatro breve tiene que ver con el Carnaval, ese es precisamente la mojiganga dramática. La mojiganga, en cuanto significa presentación deliberada de confusión, mundo al revés, parodia, disfraz y otros componentes, es específicamente carnavalesca[2].

Según la define Cotarelo[3], la mojiganga dramática es una mascarada grotesca —procedente de la fiesta callejera— que se representaba como fin de fiesta teatral, y consistía en una serie de danzas descompuestas (entre ellas los matachines, a los que me referiré en una próxima entrada) y movimientos ridículos, disfraces de animales, etc. Igual de ridícula que la coreografía lo era la música, producida con instrumentos absurdos (el barullo estrepitoso que se formaba recibía el nombre de pandorga). Buezo ha establecido los principales rasgos definitorios de este género que alcanza su apogeo en torno a 1640[4]: estructura de desfile, disfraz, carácter grotesco o bufo, confusión y movimientos rápidos, abundancia de palos… Arellano, al tiempo que destaca el carácter elemental de estas piezas, basadas en el caos del movimiento y del ruido y en los vestidos ridículos y bufonescos, puntualiza que, como en el resto de géneros breves, «un examen sistemático revela, debajo de la aparente simplicidad, una variedad compleja y una serie de objetivos y funciones, según los ámbitos (cortesano, urbano, eclesiástico, etc.) en los que se desarrolla»[5].

Mojiganga del grupo de Teatro Experimental del Centro Asturiano

Para Asensio, el entremés de Los refranes del viejo celoso de Quevedo sería un antecedente claro de mojiganga. Algunas piezas breves de Quiñones de Benavente como El mago, Los planetas, La capeadora (segunda parte) o El casamiento de la Calle Mayor con el Prado Viejo han sido consideradas mojigangas. En cualquier caso, una de las mejores piezas del género se debe a Calderón, autor de La mojiganga de las visiones de la muerte, cuya trama presenta un mayor grado de elaboración. En ella,

un borracho se despierta para encontrarse con los actores de una compañía de cómicos (que van a representar un auto sacramental y han volcado el carro) vestidos de ángeles, demonios y Muerte, desorientando al pobre pasajero que no comprende dónde se encuentra ni a qué lógica responden un ángel jurador y un demonio que se santigua como buen cristiano[6].

Otros títulos de mojigangas calderonianas son Los sitios de recreación del Rey, El pésame de la viuda, La garapiña o Los guisados. También compusieron mojigangas otros autores como Juan Vélez de Guevara (Mojiganga de las figuras), Simón Aguado (Mojiganga de los niños de la Rollona), Suárez de Deza (Lo que pasa en el río de Madrid en el mes de julio, La ronda en noche de Carnestolendas, La ronda del alcalde, La encantada, Personajes de títulos de comedias), Monteser (La mojiganga de la ballena), Bances Candamo (Mojiganga para «El primer duelo del mundo»), Rodríguez de Villaviciosa (Las figuras y lo que pasa en una noche), León Merchante (Los motes, La manzana) o Francisco de Castro (El barrendero).


[1] Javier Huerta Calvo, El teatro breve en la Edad de Oro, Madrid, Laberinto, 2001, p. 73.

[2] Abraham Madroñal, «Quiñones de Benavente y el teatro breve», en Javier Huerta Calvo (dir.), Historia del teatro español, Madrid, Gredos, 2003, vol. I, p. 1050.

[3] Colección de entremeses, loas, bailes, jácaras y mojigangas, ed. de Emilio Cotarelo y Mori, Madrid, Bailly-Baillière (NBAE), 1911, vol. I, p. CCXCI.

[4] Ver Catalina Buezo Canalejo, La mojiganga dramática. De la fiesta al teatro, Kassel, Reichenberger, 1993. Y también Mojigangas dramáticas (siglos XVII y XVIII), ed. de Catalina Buezo, Madrid, Cátedra, 2005.

[5] Ignacio Arellano, Historia del teatro español del siglo XVII, Madrid, Cátedra, 1995, p. 677.

[6] Arellano, Historia del teatro español del siglo XVII, p. 677.

Subgéneros del teatro breve del Siglo de Oro: la jácara

La palabra jácara, derivada de jaque, designa en su origen el romance cantado sobre la vida y andanzas de un rufián o valentón, habitualmente acompañado de su dama ‘prostituta’. La jácara era una pieza muy demandada en el espectáculo teatral barroco, y podía ir como pieza exenta (se representaba entonces en los entreactos) o bien dentro de una comedia o un entremés, para darles variedad.

Representacion teatral

Poco a poco, se convertirá en una especie de entremés cantado (normalmente por una actriz) o con alternancia de trozos cantados y representados (y a menudo bailables), con protagonistas rufianescos, que por lo general terminan recibiendo su castigo. La jácara, ya dialogada (recitada), ya entremesada (representada), describe el mundo marginal del hampa, dando entrada a su léxico peculiar, el de la germanía literaria. «La singularidad estética de la jácara estriba en el alarde de retórica cruel que se despliega en el escenario, y de la que no se evitan los detalles más escabrosos en punto a los castigos y las torturas que sufrían marcas y valentones», escribe Huerta Calvo[1]. Se conocen algunas jácaras de tema cortesano, muy pocas, y también otras a lo divino.

Dejando aparte ciertos precedentes como las composiciones recogidas por Juan Hidalgo en Romances de germanía (Barcelona, 1609), las jácaras poéticas —con escasas dimensiones teatrales— más célebres son las de Quevedo, que ha sido considerado el creador del género. Su Jácara del Escarramán (1612) se hizo famosísima y conoció infinidad de glosas e imitaciones. Además de Escarramán y la Méndez, otros personajes hampescos cantados por Quevedo fueron Lampuga o Añasco el de Talavera[2].

Cáncer, por su parte, escribió otras jácaras dedicadas a Mulato de Andújar, el Ñarro o Torote el de Andalucía, y además cuatro a lo divino sobre Santa Catalina, San Juan Bautista, San Francisco de Asís y San Juan Evangelista. A Calderón debemos la Jácara del Mellado y la Jácara de Carrasco; a Solís, Celos de un jaque y satisfacción de una marca; a Cáncer, Periquillo el de Madrid; a Diamante, La Pulga y la Chispa; a León Merchante, Gargolla. Quiñones incluye seis jácaras en Jocoseria (Jácara de doña Isabel, la ladrona, que azotaron y cortaron las orejas en Madrid, Jácara que se cantó en la compañía de Alonso de Olmedo, Jácara que se cantó en la compañía de Pedro de Ortegón, Jácara que cantó Francisca Paula en la compañía de Bartolomé Romero…), a las que hay que sumar su Jácara nueva de la plemática, publicada en Ociosidad entretenida (1668). El baile de Moreto La Chillona, que mencionaba en otra entrada, es ajacarado. Muchos otros autores, entre ellos Juan de Matos Fragoso, Antonio Folch de Cardona y Francisco de Avellaneda, escribieron jácaras, y Calderón se burló de esta moda en el entremés titulado Las jácaras[3].


[1] Javier Huerta Calvo, El teatro breve en la Edad de Oro, Madrid, Laberinto, 2001, p. 71.

[2] Ver Francisco de Quevedo, Jácaras (Edition critique), Thèse présentée et sostenue publiquement par Emmanuel Marigno, Nancy, Université de Nancy II, 2000.

[3] En la actualidad, María Luisa Lobato (Universidad de Burgos) dirige un proyecto de investigación titulado Violencia y fatalismo en la literatura áurea: la jácara, que ha dado lugar a varias publicaciones y a la celebración de un congreso sobre el tema (Burgos, octubre de 2012).

Subgéneros del teatro breve del Siglo de Oro: el baile dramático

Según Cotarelo[1], el baile dramático es un «intermedio literario en el que además entran como elementos principales la música, el canto y sobre todo el baile propiamente dicho». Bergman señaló sus principales características: son piezas breves, de menor extensión que el entremés (entre ciento treinta y ciento cincuenta versos), de gran riqueza métrica (tendencia al poliestrofismo) y con predominio temático de la sátira moral en forma alegórica (los protagonistas de los bailes suelen ser conceptos abstractos o personificaciones de cosas). En cuanto a su composición, «muchos de estos bailes insisten en una estructura parecida a la de las danzas macabras y también a la revista de vicios y manías»[2]. Sus cuatro componentes fundamentales son música, baile, letra cantada y letra hablada. En los bailes, la parte cantada es mayor que la parte representada (y a veces toda la pieza es cantada), mientras que sus ingredientes literarios se presentan en proporción variable, de forma que estas piezas conforman —en palabras de Arellano— «una gama que va desde el baile puro al baile entremesado, que no se podría diferenciar esencialmente del entremés bailado o cantado»[3], salvo por la entrada en mayor proporción de la danza.

Cotarelo remonta sus orígenes hasta la Danza de la muerte; luego se incorporaron a las obras de Juan del Encina, Lucas Fernández y Gil Vicente, y en los entremeses de Cervantes, Salas Barbadillo, Castillo Solórzano y Hurtado de Mendoza «los bailes sustituyen a los finales a palos»[4]. Al comienzo, pues, el baile servía de remate al entremés; pero desde 1616, aproximadamente, cuando éste abandona la prosa por el verso, baile y entremés se independizan; poco a poco se va suprimiendo del baile la letra y queda solo la música y la danza; al mismo tiempo, el baile dramático va adquiriendo cada vez más argumento, y «llegará a ser un breve entremés en el que dominan los elementos musicales y bailables»[5]. Esta preponderancia del elemento bailado tiene mucho que ver con el triunfo de lo espectacular en el teatro (tramoyas, vestuario, etc.), más patente conforme avance el siglo. Mediada la centuria, la forma más representativa del género será el baile de figuras.

Por otra parte, no debemos olvidar que danzas cortesanas de origen aristocrático como la gavota y la gallarda eran elementos integrantes también de las comedias, por un lado, mientras que los bailes populares y desgarrados (zarabanda, chacona, escarramán, guineo, canario, villano, zambapalo, pésame dello, escarramán y otros muchos recopilados por Cotarelo) eran habituales en el entremés. Su carácter licencioso y procaz, unido a la provocativa ejecución por parte de las actrices, motivó graves censuras de los moralistas, y algunos como la zarabanda fueron prohibidos. De ahí que los bailes fueran saliendo de las comedias y encontraran refugio en los entremeses.

Baile de la chacona

Los principales entremesistas escribieron también bailes. Quevedo, por ejemplo, cuenta en su haber con los titulados Los valientes y tomajonas, Las valentonas y destreza, Los galeotes, Los sopones de Salamanca, Cortes de los bailes, Las sacadoras, Los nadadores… Gran impulsor del género fue Quiñones de Benavente, a quien Hurtado de Mendoza aplicó el sobrenombre de «metrópoli de bailes». Muchos de ellos, de carácter honesto, quedaron recogidos en la Jocoseria: La paga del mundo, La visita de la cárcel, El Martinillo, La puente segoviana, El talego, El guardainfante (estos cuatro, en dos partes), El tiempo, La muerte, La verdad, Los coches, El licenciado y el bachiller, Las manos y cuajares, El soldado, El doctor, El remediador (retomado del entremés Lo que pasa en una venta), etc.

Podemos recordar otros autores y títulos: de Francisco de Navarrete y Ribera, que coleccionó sus piezas breves en Flor de sainetes (1640), La batalla y el Baile de Cupido labrador; de Cáncer, el Baile de los ciegos y el Baile del capiscol; de Moreto, el Baile de la Chillona, el Baile del Mellado (entremesado), Los oficios o Conde Claros; de Rodríguez de Villaviciosa, La endiablada, Los esdrújulos y el Baile entremesado de la Chillona; de Francisco de Avellaneda, Médico de amor, Baile de los negros, La Rubilla; de Monteser, el Baile del zapatero y el valiente, el Baile del registro, El loco de amor; de Juan Vélez de Guevara, el Baile de la esquina, El arquitecto, El juego del hombre, el Baile entremesado del pregonero, el Baile de la boda de pobres (hay otra versión de Quevedo); de León Merchante El pintor, el Baile de los locos, El Pericón, El mundo y la verdad; de Alonso de Olmedo, Las flores, Menga y Bras, La gaita gallega; de Lanini, La entrada de la comedia, Los mesones, el Baile del cazador, el Baile de la pelota, El juego del hombre; de Suárez de Deza, el Baile del ajedrez, etc. Resta por decir que el baile entremesado desembocaría, andando el tiempo, en la mojiganga dramática.


[1] Colección de entremeses, loas, bailes, jácaras y mojigangas, ed. de Emilio Cotarelo y Mori, Madrid, Bailly-Baillière (NBAE), 1911, vol. I, p. CLXIV.

[2] Javier Huerta Calvo, El teatro breve en la Edad de Oro, Madrid, Laberinto, 2001, p. 61.

[3] Ignacio Arellano, Historia del teatro español del siglo XVII, Madrid, Cátedra, 1995, p. 675.

[4] Huerta Calvo, El teatro breve en la Edad de Oro, pp. 59-60.

[5] Abraham Madroñal, «Quiñones de Benavente y el teatro breve», en Javier Huerta Calvo (dir.), Historia del teatro español, Madrid, Gredos, 2003, vol. I, p. 1040.

Subgéneros del teatro breve del Siglo de Oro: la loa

Es la pieza breve que precede al auto o a la comedia, una especie de preámbulo para captar la atención del público y conseguir su silencio y atención. Esta introducción al espectáculo está compuesta a veces en elogio de la ciudad en que se representa y del propio público, o bien pondera la calidad de la obra que sigue y de la compañía, o bien resume brevemente su argumento. En sus orígenes, la loa era recitada por un solo representante (de las cuarenta loas incluidas por Rojas Villandrando en El viaje entretenido, solo tres son dialogadas), pero más adelante —como sucederá con otros géneros breves— se convirtió en un tipo de pieza dialogada (loa entremesada).

ElViajeEntretenido

Sus antecedentes pueden rastrearse en el «Prologus» del teatro latino e italiano y en el «Argumento» o «Introito» de las piezas españolas del XVI (por ejemplo, las de Torres Naharro). En definitiva, como escribe Huerta Calvo, la loa es

el prólogo de un texto variado y multiforme: la fiesta teatral. Su importancia […] es grande, pues de su correcta construcción depende en buena parte el éxito de la representación, consiguiendo del público una favorable predisposición y propiciando el perfecto encaje de las piezas que la siguen: comedia, entremeses y bailes[1].

Cotarelo las clasificó en cinco categorías:

1) Loas sacramentales, que precedían a los autos, esencialmente cómicas hasta 1650, y de mayor carácter didáctico a partir de Calderón (sus personajes suelen ser las mismas alegorías de los autos: introducen la materia teológica y apuntan la técnica alegórica). A veces su contenido alegórico es complejo, como en la Loa sacramental para el auto «La restauración de Buda» de Lanini.

2) Loas a Jesucristo, la Virgen y los santos, de tema estrictamente religioso, destinadas a abrir las fiestas religiosas y de Navidad celebradas en conventos (piezas de Lanini como la Loa para la fiesta de Nuestra Señora de la Peña Sacra o la Loa a la festividad de Nuestra Señora del Rosario).

3) Loas cortesanas, que servían de pórtico a las fiestas palaciegas de Calderón, Bances Candamo, Moreto o Solís y tenían la función de propiciar y exaltar a los personajes reales que iban a ser los espectadores de la representación (por ejemplo, la Loa para la comedia de «Las Amazonas» de Solís).

4) Loas para casas particulares, esto es, para fiestas familiares en palacios de distintos nobles (Loa para la comedia de «Eurídice y Orfeo» de Agustín de Salazar y Torres).

5) Loas de presentación de compañías, que «nos suministran abundante información acerca de la vida interna en las compañías y los entresijos del espectáculo»[2] y son, junto con las sacramentales, las que más perduraron. Estaban destinadas a las piezas representadas en el corral, con una función propiciatoria (Loa para la presentación de la compañía de Gómez en Sevilla, La comedia, Granada, Presentación de la compañía de Ríos, Alabanza de una ciudad, etc.), o bien eran puramente cómicas (como La ramera fea, Sátira de las mujeres o El sastre de la luna).

Hay graves problemas textuales y de autoría en el terreno de las loas sacramentales[3]. Seguras de Calderón son la Loa para «El Año Santo de Roma» y la Loa para «El Año Santo en Madrid». Hay loas de Antonio de Solís para las comedias Eurídice y Orfeo, Las Amazonas, Un bobo hace ciento, Triunfos de Amor y Fortuna… Bances Candamo tiene algunas loas cortesanas muy arquetípicas como las de las comedias Quién es quien premia al amor, La restauración de Buda, Cómo se curan los celos…, y otras sacramentales para los autos de El primer duelo del mundo y El gran químico del mundo. Moreto escribió la Loa para los años del emperador de Alemania y la Loa sacramental para el Corpus de Valencia. Juan Manuel de León Merchante compuso la Loa para la compañía de Caballero y la Loa de planetas y signos; a Juan Bautista Diamante se le deben la Loa curiosa de Carnestolendas y la Loa humana del árbol florido. Ana Caro Mallén es autora de la Loa del Santísimo Sacramento, en cuatro lenguas. Otro famoso autor de loas es Agustín de Salazar y, por supuesto, no podemos olvidar las seis loas de Quiñones de Benavente incluidas en la Jocoseria (Loa con que empezó en la Corte Roque de Figueroa, Loa segunda con que volvió Roque de Figueroa a empezar en Madrid, Loa para la compañía de Antonio de Prado, etc.).


[1] Javier Huerta Calvo, El teatro breve en la Edad de Oro, Madrid, Laberinto, 2001, p. 59.

[2] Huerta Calvo, El teatro breve en la Edad de Oro, p. 57.

[3] Ver Carolina Erdocia Castillejo, La loa sacramental de Calderón de la Barca, Kassel / Pamplona, Edition Reichenberger / Universidad de Navarra, 2012; y ahora Carlos Mata Induráin (coord.), «Estos festejos de Alcides». Loas sacramentales y cortesanas del Siglo de Oro, New York, Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA), 2017.