Elena Osorio, gran pasión de juventud de Lope

Ya vimos que la biografía de Lope en sus años juveniles presenta algunos puntos oscuros, ciertas lagunas derivadas de la falta de documentación que permita corroborar determinados aspectos[1]. Como escriben Renert y Castro, «no tenemos más que datos sueltos para guiarnos en el largo camino comprendido entre 1562 y 1584». En cambio, las noticias precisas van a ser mucho más abundantes a partir de los años 1583-1584.

Por aquel entonces —hacia finales de 1583, al volver de la expedición a las Azores, o quizá algo antes— Lope conoce a la que va a ser su gran pasión de juventud. Se trata de Elena Osorio, hija del autor de comedias (así llamaban en la época al empresario y director de una compañía teatral) Jerónimo Velázquez y de Inés Osorio. Elena, que vivía con su familia a la entrada de la calle de Lavapiés, estaba casada desde 1576 con el comediante Cristóbal Calderón, aunque este andaba lejos, por tierras americanas. Fue un verdadero flechazo, según lo evoca Lope en La Dorotea:

… no sé qué estrella tan propicia a los amantes reinaba entonces, que apenas nos vimos y hablamos, cuando quedamos rendidos el uno al otro.

Nuestro joven poeta estaba en los veinte años, o muy poco más, y cabe suponer que fue él quien primero se enamoró, rendidamente, de ella. Pronto comienza a cantarla con el nombre poético de Filis.

Cartel de la película Lope

Elena-Filis destacaba por su gran hermosura y sus buenas prendas: era bella, graciosa, alegre, ingeniosa, seductora, morena de piel («pues a Filis también, siendo morena, / ángel Lope llamó, y es nieve pura»), pero de cabellos dorados; de ojos claros «como los de Melibea» diría su enamorado, entreverando de nuevo vida y literatura. Sabía tañer algunos instrumentos y cantar con buena voz. Lope describe su incomparable belleza, su ingenio y discreción en una canción que comienza «Divina Filis mía», que sería incluida en el Romancero general (1604):

Divina Filis mía,
no basta lengua humana
para poder loarte por entero.
Tu gracia y gallardía,
tu vista soberana
y los serenos ojos por quien muero
dan fuerzas al grosero
estilo de mi pluma,
que viéndote le queda
valor para que pueda
de tu belleza y ser contar la suma.
Y esto toma a su cargo
por dar de lo que debe algún descargo.

[…]

Púsote la maestra
de todo lo criado
por boca clara nieve, entre un brasil,
cual tu belleza muestra,
con que se ha fabricado
tu blanco pecho y cuello de marfil,
el ademán gentil,
manos que manan leche,
mil primores que callo,
y en solo imaginallo
no cabe el pensamiento a qué lo eche.

Viendo aquellos cabellos
que el sol se eclipsará delante de ellos,
déjote figurada
con mano artificiosa,
dejando en ti natura echado el sello.
Nariz proporcionada
como una fresca rosa,
del uno y otro lado el rostro bello,
y satisfecha en vello
soltó el pincel apriesa,
mas como lo ha sabido
la madre de Cupido,
de envidia muere y luego lo confiesa,
y dice que no es dino
que el ser humano sobre a lo divino.
Metida en su labor
te puso luego junto
en tus negras pestañas claros ojos…


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope de Vega: bajo el signo de Venus

La vida de Lope de Vega va a estar marcada por continuos amores y amoríos, con dos matrimonios y numerosas pasiones extraconyugales, algunas de largo recorrido y gran estabilidad y otras que no pasan de ser fugaces relaciones, de las que apenas nos quedan breves noticias o indicios, a veces ni siquiera el nombre de la mujer en cuestión[1].

Venus de Botticelli

Amor y literatura se darán la mano, se entrecruzarán continuamente en la biografía del Fénix y en su obra literaria. En La Dorotea (obra en la que un Lope maduro rememora literariamente su primer gran amor de juventud, Elena Osorio, al tiempo que asiste al declinar de su gran pasión de madurez, Marta de Nevares), el personaje de don Fernando afirma:

Porque amar y hacer versos todo es uno; que los mejores poetas que ha tenido el mundo al amor se los debe.

En un soneto en respuesta a Lupercio Leonardo de Argensola escribirá Lope:

¿Que no escriba decís, o que no viva?
Haced vos con mi amor que yo no sienta,
que yo haré con mi pluma que no escriba.

En su comedia El remedio en la desdicha, afirmará por boca de uno de sus personajes, que «Hacer versos y amar, / naturalmente ha de ser», y a fe que él amó e hizo versos, ambas cosas naturalmente. Lope amó de forma apasionada, pero con la misma intensidad que amaba estaba presto al olvido, una vez que desaparecía, por muerte o por ruptura, el objeto amado, haciendo suyo el consejo que en cierta ocasión daba al duque de Sessa:

Para huir de una mujer, no hay tal consejo como tomar la posta en otra, y trote o no trote, huir hasta que diga la voluntad que ha llegado donde quiere, y que no quiere lo que quería.

En su haber amoroso acumularía Lope dos esposas (Isabel de Urbina y Juana de Guardo), tres «amantes oficiales» cuya relación se prolongó en el tiempo (Elena Osorio, Micaela de Luján y Marta de Nevares), algunas relaciones más o menos pasajeras (Antonia Trillo de Armenta, Jerónima de Burgos y Lucía de Salcedo), aparte de otras aventuras más fugaces o esporádicas. Se ha llegado a sumar en el currículum amoroso del Fénix un total de trece mujeres «importantes» en su vida, con las que tuvo unos quince hijos, entre los legítimos y los bastardos, si bien muchos de ellos murieron al poco de nacer o en sus primeros años de vida. Sea como sea, podemos dar por buenas estas palabras de Felipe Pedraza:

La sucinta enumeración de sus relaciones amorosas puede transmitir la falsa imagen de un donjuán de sentimientos cambiantes e irresponsables. No fue así. Lope vivió cada amor con fervorosa intensidad. Cuando la muerte o los disgustos de la vida en pareja rompieron esas uniones, el poeta recogió en su casa a los hijos habidos con las diferentes mujeres. En los últimos años de su vida, reunió junto a sí a los hijos de Micaela de Luján, de Juana de Guardo y de su último amor: Marta de Nevares.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Literatura de Pasión: el soneto de Quevedo «A la muerte de Cristo, contra la dureza del corazón del hombre»

En fin, Francisco de Quevedo, aunque hoy quizá resulte más conocido para el público general por su faceta de escritor satírico y burlesco, cultivó igualmente diversos temas de la poesía grave (poemas encomiásticos, metafísicos, morales, amorosos…). En ese terreno de su poesía seria podemos encontrar algunos poemas religiosos tan emotivos como este, titulado «A la muerte de Cristo, contra la dureza del corazón del hombre», en el que se recuerdan además (en los cuartetos) las señales ocurridas en aquel momento (eclipse, terremoto, etc.):

Muerte de Cristo

Pues hoy derrama noche el sentimiento
por todo el cerco de la lumbre pura,
y amortecido el sol en sombra obscura
da lágrimas al fuego y voz al viento;

pues de la muerte el negro encerramiento
descubre con temblor la sepultura,
y el monte, que embaraza la llanura,
del más cercano se divide atento;

de piedra es, hombre duro, de diamante
tu corazón, pues muerte tan severa
no anega con tus ojos tu semblante.

Mas no es de piedra, no, que si lo fuera,
de lástima de ver a Dios amante,
entre las otras piedras se rompiera.

Hasta aquí este recorrido panorámico por la literatura del ciclo de la Pasión en los autores españoles de los Siglos de Oro. Por supuesto, este tema se prolonga a lo largo de los siglos XVIII y XIX, y sigue con pujanza en el siglo XX y hasta llegar a nuestros tiempos, con muchos autores que ahora no me detengo a mencionar siquiera. Queda pendiente para otra Semana Santa.

Literatura de Pasión: «A Cristo en la Cruz», de Góngora

Pasemos, en nuestro recorrido por la literatura del ciclo de la Pasión, a don Luis de Góngora y Argote. De él sabemos que revolucionó el panorama de la poesía española cuando, a la altura de 1613-1614, empezaron a circular por la Corte madrileña copias manuscritas de sus grandes poemas, las Soledades y la Fábula de Polifemo y Galatea. Pero el que con piezas tan cultas como esas se ganase el sobrenombre de «Príncipe de la oscuridad», fue también «Príncipe de la luz» con sus letrillas y romances, fruto de su humor festivo y resultado del cultivo de otros registros graves.

Tal es el caso de este soneto religioso, titulado «A Cristo en la Cruz», en el que el yo lírico se pregunta qué cosa resultó mayor hazaña en Jesús, si humanarse en carne mortal o morir en la Cruz por salvar a todos los hombres:

Cristo en la Cruz, de Rubens

Pender de un leño, traspasado el pecho
y de espinas clavadas ambas sienes;
dar tus mortales penas en rehenes
de nuestra gloria, bien fue heroico hecho.

Pero más fue nacer en tanto estrecho
donde, para mostrar en nuestros bienes
a dónde bajas y de dónde vienes,
no quiere un portadillo tener techo.

No fue esta más hazaña, ¡oh gran Dios mío!,
del tiempo, por haber la helada ofensa
vencido en flaca edad, con pecho fuerte

—que más fue sudar sangre que haber frío—,
sino porque hay distancia más inmensa
de Dios a hombre que de hombre a muerte.

Literatura de Pasión: otro poema de Lope («Muere la vida y vivo yo sin vida…»)

Entrando ya de lleno en el Barroco, tenemos que traer a este panorama a un gran trío de poetas líricos, esos «primeros espadas» de la poesía española del XVII que son Lope, Góngora y Quevedo.

Lope de Vega constituye, en su persona y en su obra, una magnífica síntesis del Barroco, capaz de nobles transportes por las elevadas regiones del espíritu y capaz también de bajos vuelos a ras de tierra. Hombre, en fin, con algo de ángel y mucho de barro, es autor de numerosas poesías sacras donde nos transmite, en bellos versos, sus momentos de dolorido arrepentimiento. Tratándose del genial Lope, «poeta del cielo y de la tierra», lo difícil no es encontrar poemas suyos de subida inspiración y belleza que ilustren a la perfección el tema que nos ocupa; en su caso, lo difícil es seleccionar solo unos pocos entre los muchos posibles. Ya di entrada en una idem anterior al soneto que comienza «Pastor que con tus silbos amorosos…». Pero también merece la pena copiar este otro dedicado «A la muerte de Jesús»:

Cristo muerto sostenido por un ángel, de Antonello da Messina

Muere la vida y vivo yo sin vida,
ofendiendo la vida de mi muerte;
sangre divina de las venas vierte,
y mi diamante su dureza olvida.

Está la majestad de Dios tendida
en su dura cruz, y yo de suerte
que soy de mis dolores el más fuerte
y de su cuerpo la mayor herida.

¡Oh, duro corazón de mármol frío!
¿Tiene tu Dios abierto el lado izquierdo
y no te vuelves un copioso río?

Morir por él será un divino acuerdo,
mas eres Tú mi vida, Cristo mío,
y como no la tengo, no la pierdo.

Literatura de Pasión: dos textos anónimos

Quiero traer también a este panorama de la literatura del ciclo de la Pasión otros textos poéticos anónimos, «Dos romances de la Crucifixión», recogidos en la antología compilada por Roque Esteban Scarpa Voz celestial de España. Poesía religiosa (Santiago de Chile, Zig-Zag, 1944). Corresponden ambos a un registro popular y sencillo, y presentan la hermosa cadencia del octosílabo, que tan bien se ajusta a la prosodia del castellano.

El primero, cuyos cuatro primeros versos «suenan» a villancico tradicional, muestra el dolor de la Virgen María y alude, en su tramo final, al descendimiento de la Cruz del cadáver de su Hijo:

La Virgen se está peinando
debajo de una palmera;
los peines eran de plata,
la cinta de primaveras.
Por allí pasó José;
le dice desta manera:
—¿Cómo no canta la Virgen?
¿Cómo no canta la bella?
—¿Cómo quieres que yo cante,
solita y en tierra ajena,
si un hijo que yo tenía,
más blanco que una azucena,
me lo están crucificando
en una cruz de madera?
Si me lo queréis bajar,
bajádmelo en hora buena;
os ayudará San Juan,
y también la Magdalena,
y también Santa Isabel,
que es muy buena medianera.

El descendimiento de la Cruz, de Rubens

El segundo enumera las señales ocurridas al morir Cristo y destaca el poder salvador de su muerte y, al mismo tiempo, la soledad y el desconsuelo de su Madre:

Tierra y cielo se quejaba,
el triste sol se escondía,
la mar sañosa bramando
sus ondas turbias volvía,
cuando el Redentor del mundo
en la cruz puesto moría.
Palabras dignas de lloro
son aquestas que decía:
«Yo, Señor, en las tus manos
encomiendo el alma mía.»
¡Oh, mancilla inestimable!
¡Oh dolor sin compañía,
que el Criador no criado
criatura se hacía
por salvar aquellos mismos
de quien muerte recibía!
¡Oh, Madre excelente suya,
sagrada Virgen María!
Vos sola, desconsolada,
estabais sin alegría.

«Pastor que con tus silbos amorosos…», de Lope de Vega

Los muchos años de zozobras de Lope de Vega, de vaivenes de la carne al espíritu… y vuelta a la carne, de grandes pecados y grandes arrepentimientos, culminarían con la impresión, en 1614, de sus Rimas sacras, colección poética en la que el yo lírico hace balance de su situación, se humilla ante Dios y pide compungido perdón por su descarrío, del que ahora se da plena cuenta (por ejemplo, en el soneto que comienza «Cuando me paro a contemplar mi estado…»). Y, así, las Rimas sacras son el resultado lírico de esa honda crisis espiritual:

Yo me muero de amor, que no sabía
—aunque diestro en amar cosas del suelo—,
que no pensaba yo que amor del cielo
con tal rigor las almas encendía.

El amor a Dios, el dolor de haberle ofendido y el arrepentimiento (que parece sincero) se plasman en bellísimos sonetos intensamente emotivos, como el que empieza «No sabe qué es amor quien no te ama…»; o este otro, que hoy me limito a transcribir[1]:

Pastor que con tus silbos amorosos
me despertaste del profundo sueño;
Tú que hiciste cayado de ese leño,
en que tiendes los brazos poderosos,

vuelve los ojos a mi fe piadosos,
pues te confieso por mi amor y dueño,
y la palabra de seguir te empeño
tus dulces silbos y tus pies hermosos.

Oye, pastor, pues por amores mueres,
no te espante el rigor de mis pecados,
pues tan amigo de rendidos eres.

Espera, pues, y escucha mis cuidados;
pero ¿cómo te digo que me esperes,
si estás para esperar los pies clavados?

Cristo crucificado, de Velázquez


[1] Como mínima referencia bibliográfica remito a Emilia I. Deffis de Calvo, «La figura del pastor en dos sonetos místicos de Lope de Vega», Rilce. Revista de Filología Hispánica, 5.2, 1998, pp. 273-284.

El «Persiles», novela póstuma de Cervantes: argumento y sentido

La última narración cervantina, Los trabajos de Persiles y Sigismunda. Historia setentrional[1], publicada póstumamente en 1617, pertenece al género de la denominada novela bizantina o de aventuras griegas (no entro ahora en la discusión terminológica): Persiles, príncipe del reino de Tule, peregrina con Sigismunda, heredera de Frislandia, desde las frías y poco civilizadas tierras del norte de Europa hasta Roma, centro de la Cristiandad. En ese peregrinaje, en el que se presentan ante los demás como hermanos y ocultan su verdadera personalidad bajo los nombres simbólicos de Periandro (el ‘hombre peregrino’, el homo viator por antonomasia) y Auristela (la ‘estrella de oro’, que es su luz y guía), los enamorados corren numerosos peligros, se enfrentan a bárbaros y piratas, sufren naufragios y otros mil trabajos ‘penalidades, sufrimientos’ (tal es el sentido de la palabra en el título).

Portadade Los trabajos de Persiles y Sigismunda

El Persiles se ha considerado como un poema épico en prosa cristianizado, y de ahí el orgullo que Cervantes sentía por esta obra cuya aparición anunció en diversas ocasiones. Por ejemplo, en la dedicatoria al conde de Lemos con que encabeza la Segunda parte del Quijote, dice que su libro ha de ser «o el más malo o el mejor que en nuestra lengua se haya compuesto, quiero decir de los de entretenimiento»[2]. El «gran Persiles» había sido prometido también en el prólogo de las Novelas ejemplares, en la dedicatoria de las Ocho comedias y en el capítulo IV del Viaje del Parnaso, y además dio un esbozo del mismo en el capítulo I, 47 del Quijote, en el que el canónigo toledano pergeña su idea —la idea de Cervantes, si consideramos aquí al personaje portavoz del escritor— de lo que había de ser la novela de caballerías ideal: una novela que, despojada de las exageraciones y extravagancias del género caballeresco, conservara sin embargo todos sus atractivos, ofreciendo al escritor un amplio campo para el desarrollo de su imaginación creadora (lo maravilloso) y manteniendo los principios de verosimilitud, unidad dentro de la variedad, decoro y ejemplaridad:

… y dijo que, con todo cuanto mal había dicho de tales libros, hallaba en ellos una cosa buena, que era el sujeto que ofrecían para que un buen entendimiento pudiese mostrarse en ellos, porque daban largo y espacioso campo por donde sin empacho alguno pudiese correr la pluma, describiendo naufragios, tormentas, rencuentros y batallas, pintando un capitán valeroso con todas las partes que para ser tal se requieren, mostrándose prudente previniendo las astucias de sus enemigos y elocuente orador persuadiendo o disuadiendo a sus soldados, maduro en el consejo, presto en lo determinado, tan valiente en el esperar como en el acometer; pintando ora un lamentable y trágico suceso, ahora un alegre y no pensado acontecimiento; allí una hermosísima dama, honesta, discreta y recatada; aquí un caballero cristiano, valiente y comedido; acullá un desaforado bárbaro fanfarrón; acá un príncipe cortés, valeroso y bien mirado; representando bondad y lealtad de vasallos, grandezas y mercedes de señores. Ya puede mostrarse astrólogo, ya cosmógrafo excelente, ya músico, ya inteligente en las materias de estado, y tal vez le vendrá ocasión de mostrarse nigromante, si quisiere. […] Porque la escritura desatada destos libros da lugar a que el autor pueda mostrarse épico, lírico, trágico, cómico, con todas aquellas partes que encierran en sí las dulcísimas y agradables ciencias de la poesía y de la oratoria: que la épica tan bien puede escrebirse en prosa como en verso[3].

El propósito declarado de Cervantes con el Persiles fue «competir con Heliodoro» y, de hecho, se ha señalado como fuente última su Teágenes y Clariquea, aunque sabemos que manejó también elementos de otras procedencias. Externamente la novela se divide en cuatro libros, de los cuales los dos primeros ocurren en las exóticas y bárbaras tierras del norte, donde apenas brilla la luz del cristianismo, y los dos últimos en escenarios conocidos (Portugal, España, Francia e Italia, hasta acabar la acción en Roma, «el cielo de la tierra»). Uno de los principales defectos que se le ha señalado es que los personajes son planos, meros arquetipos o encarnaciones del ideal platónico. Sobre todo los dos enamorados, que son dechados de belleza y perfección, adornados de virtudes de todo tipo, pero con muy poca encarnadura. Tanto es así, que a veces resultan más interesantes los numerosos personajes secundarios que aparecen, se unen al «hermoso escuadrón» de peregrinos y cuentan sus propias historias, a cual más curiosa y peregrina.

En cuanto al estilo, la prosa del Persiles es elegante y armoniosa, aunque se aprecia que la novela fue acabada precipitadamente (Cervantes, muy enfermo, luchaba contra el tiempo) y que le falta la última mano para pulir la redacción (la mayoría de los capítulos no llevan epígrafes, otros están medio esbozados, sin terminar de desarrollar bien la acción que presentan, especialmente al final del libro IV, cuando el desenlace se precipita…).

Esta obra alcanzó un gran éxito en el momento de su aparición (contó con varias reediciones en 1617 y al año siguiente), pero luego cayó en el más completo olvido. A principios del siglo XX Azorín, con su fina sensibilidad de crítico, llamó la atención sobre muchos de sus valores y el olvido en que se encontraba, pero ha sido en las últimas décadas de la pasada centuria cuando la crítica ha empezado a dedicarle mayor atención en distintos aspectos (su estructura y sus técnicas narrativas, su interpretación ideológica, su condición de libro de entretenimiento, etc.).


[1] Véase Los trabajos de Persiles y Sigismunda, ed. de Juan Bautista Avalle-Arce, Madrid, Castalia, 1992 [1.ª ed., 1969]. Más reciente es la edición debida a Carlos Romero Muñoz (Madrid, Cátedra, 2002, 2.ª ed. revisada y puesta al día).

[2] Don Quijote de la Mancha, ed. del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Instituto Cervantes / Crítica, 1998p. 623.

[3] Don Quijote de la Mancha, ed. citada, pp. 549-550.

«La gitanilla» de Cervantes: final

En una ocasión ese narrador irónico de La gitanilla se dirige en apóstrofe a su personaje Preciosa, para advertirle de las consecuencias que va a tener en don Juan/Andrés su elogio de Clemente, al que ella ha presentado como «un paje muy galán y muy hombre de bien»:

(Mirad lo que habéis dicho, Preciosa, y lo que vais a decir, que ésas no son alabanzas del paje sino lanzas que traspasan el corazón de Andrés, que las escucha. ¿Queréislo ver, niña? Pues volved los ojos, y veréisle desmayado encima de la silla, con un trasudor de muerte. No penséis, doncella, que os ama tan de burlas Andrés que no le hieran y sobresalten el menor de vuestros descuidos. Llegaos a él en hora buena, y decilde algunas palabras al oído que vayan derechas al corazón y le vuelvan de su desmayo. No, sino andaos a traer sonetos cada día en vuestra alabanza, y veréis cuál os le ponen.)[1].

Cabe señalar que la acción de La gitanilla nos traslada, junto con los personajes, desde Madrid hasta Murcia, pasando por Toledo y Extremadura. La atmósfera general que refleja es realista, pero en ese mundo real se inscribe toda una serie de aventuras extraordinarias. Porque, como muy bien escribe Sieber a propósito de esta novela, «Cervantes tiene que problematizar lo convencional y lo cotidiano»[2]. Así es, ciertamente: en medio de lo cercano y real surge, en el campo de la ficción literaria, lo maravilloso verosímil que asombra y deleita al lector de aquel tiempo y del nuestro.

Gitana

En fin, terminaré recordando que La gitanilla, uno de los mejores relatos incluidos en las Novelas ejemplares, constituye un magnífico ejemplo del estilo cervantino, de su absoluto dominio del español; y así, hago mías las palabras de Zimic cuando afirma que la de este relato es una prosa

tersa, esencial, pero, a la vez, matizada muy imaginativamente; sencilla, precisa, incisiva, y también salpicada de sutiles dobles sentidos, complejas ironías, finísimo humor […]; fluida, espontánea, coloquial […] y, sin disonancia, exquisitamente lírica, poética; prosa siempre armónica, equilibrada, determinada, en sus variaciones, por el contexto temático y situacional; penetrante, intuitiva, individualizante, creadora eficaz, milagrosa de la ilusión de unos personajes de auténtico, fervoroso pálpito vital[3].


[1] Cito por Novelas ejemplares, ed. de Jorge García López, estudio preliminar de Javier Blasco, presentación de Francisco Rico, Barcelona, Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores / Centro para la Edición de los Clásicos Españoles, 2005, p. 66.

[2] Sieber, estudio preliminar a su edición de las Novelas ejemplares, vol. I, p. 22.

[3] Zimic, Las «Novelas ejemplares» de Cervantes, p. 43.

«La gitanilla» de Cervantes: don Juan, gitano nuevo

Idealizada está también la caracterización de don Juan, joven y galán de buenas prendas, que tendrá que vencer una serie de dificultades para llegar a alcanzar el amor de Preciosa: acepta vivir durante dos años con los gitanos, sufrirá celos por causa del paje-poeta Clemente, superará la falsa acusación de robo y el paso por la cárcel, etc. Tanto él como Preciosa conocen en esta novela un importante cambio de identidad: Preciosa, que ha vivido desde muy niña como gitana, es en realidad noble; y por el contrario, don Juan, que es y se sabe noble, decide transformarse en gitano para conquistar a la muchacha. Como certeramente escribe Zimic:

El disfraz de D. Juan es imprescindible y práctico precisamente como protección frente a una sociedad incomprensiva a su problema amoroso, personal, y no un artificioso enigma literario para las adivinanzas entretenidas de agudos, ociosos cortesanos, personajes ficticios y lectores. El «disfraz» gitano de Preciosa le es impuesto por las circunstancias peculiares de su vida. Implícita en toda la obra queda la sugerencia de que todo el mundo, particularmente el «alto», «refinado», lleva siempre el disfraz, pero no para mantener discretamente secretas ciertas nobles pasiones, como, supuestamente, esos pastores literarios [los protagonistas de la novela pastoril], sino para ocultar hipócritamente las más viles intenciones e inclinaciones. Se trata, en suma, de un mundo de continuos desdoblamientos y encubrimientos de la identidad naturales, lógicos; de muchas, mutuamente determinantes influencias sociales, de que nadie puede extraerse, refugiándose en idílicas zonas francas del ensueño amoroso[1].

Más allá de las peripecias amorosas, La gitanilla nos presenta un animado y pintoresco cuadro de la vida gitana, una vida que Cervantes retrata plena de alegría y optimismo. Como ha señalado la crítica, se da a lo largo de toda la novela una confrontación de dos sistemas de valores, el gitano-rural y el cortesano-urbano. Dicho de otra forma, el relato se articula en torno a la oposición estructural ciudad-nobleza-propiedad privada (código social) / campo-gitanos-propiedad comunal (código natural), siendo el dinero la clave de mediación entre la sociedad gitana y el poder[2].

Gitana

Don Juan, disfrazado de gitano e integrado en el grupo, será un observador ajeno de sus modos de vida y costumbres (de la misma forma que los jóvenes Rinconete y Cortadillo serán espectadores del mundo hampesco en el patio de Monipodio), todo con una perspectiva crítica que se mueve con cierta ambigüedad (muy cervantina) entre el elogio y la ironía. Y esta es una de las razones (pero no la única) por las que La gitanilla es, sin duda alguna, una de las mejores piezas incluidas en la colección de doce Novelas ejemplares.


[1] Stanislav Zimic, Las «Novelas ejemplares» de Cervantes, Madrid, Siglo XXI de España, 1996, pp. 37-38.

[2] Ver Harry Sieber, estudio preliminar a su edición de las Novelas ejemplares, 13.ª ed., Madrid, Cátedra, 1990, vol. I, pp. 19-21.