Una recreación cidiana: «El caballero del Cid», de José Luis Olaizola

El Cid CampeadorDe entre las recreaciones literarias del Cid —que han sido muchas a lo largo del tiempo, y escritas con intencionalidades y enfoques muy variados—, hoy quiero centrar mi atención en la novela El caballero del Cid, de José Luis Olaizola (Barcelona, Planeta, 2000). En ella el Cid no es el personaje principal, sino que aparece más bien en un segundo plano, aunque con una intervención destacada. En efecto, la novela se centra en la peripecia de Efrén, un muchacho que conocerá al Cid, entrará en su mesnada como cetrero y terminará siendo nombrado caballero. Así lo anuncian las primeras palabras de la novela: «Ésta es la historia de Efrén, el eslavo de las mesnadas del Cid, natural de Naciados, en tierras de Cáceres, cuyos habitantes estaban  mal vistos porque se ganaban la vida vendiendo noticias en tiempos de guerra, que en aquellos años del siglo XI lo eran casi todos» (p. 7).

Efrén es hijo de un normando y una mora del harén del cadí de Barbastro. Como su madre murió en el parto, se crió con la Paciana, la partera, que se considera por ello con derechos sobre él. Y como Efrén es un muchacho atractivo (es rubio, tiene ojos azules…), cuando crece, la Paciana, que es mujer harto codiciosa, quiere venderlo a un visir del rey de Granada. Así lo hace, pero un eunuco ayuda a escapar a Efrén; el mulero Temin lo salva de morir congelado en la sierra y luego, durante años, va a vivir con el cabrero Maksan, con el que comparte años trashumantes por los bosques, sierras y quebradas de las Alpujarras. Con él aprenderá a cazar, a tirar con arco y, sobre todo, a tratar con los animales: Efrén cría lobeznos y aguiluchos y, además, tiene un don especial que le permite entender el habla de las fieras salvajes y hacer que le obedezcan en todo momento.

Efrén conoce al Cid en cierta ocasión en que el Campeador se encuentra en una situación apurada: está separado del grueso de su mesnada, perdido en una hondonada de la Sierra Madroñera, con muy pocos hombres y rodeado de un ejército de moros y cristianos que quieren acabar con él (véanse las pp. 7 y 60). Como Efrén domina el arte de la cetrería, a la que el Cid es muy aficionado, se gana su confianza, pese a los recelos iniciales de Alvar Háñez Minaya, que desconfía de los de Naciados. Este es el inicio de la relación entre ambos. Después, el guerrero burgalés se convertirá en protector del joven muchacho, y Efrén le será fiel en todo momento, siendo su sueño morir por el Cid. Rodrigo pide a Minaya que le enseñe a ser un buen guerrero y un buen cristiano y, en efecto, Efrén terminará siendo armado caballero: adoptará el nombre de Efrén de la Santa Cruz de Moya y se convertirá en el cetrero mayor y batidor de caza de la mesnada.

El Cid también apoyará a Efrén en la búsqueda de un tesoro y en sus pretensiones amorosas, aventuras ambas en las que correrá graves peligros. El tesoro, procedente del saqueo de la Cueva Dorada, donde se guardaba la fortuna del cadí de Cazorla, está oculto en Quebrantahuesos e incluye el famoso ceñidor de la sultana Zobeida, sobre el que parece pesar una maldición, pues todos los que lo poseen acaban en desgracia; solo el viejo Maksan sabe su localización y, en atención a los años felices compartidos con Efrén en Sierra Nevada, le confesará dónde poder encontrarlo. Por otra parte, Efrén se enamorará de Rucayya, una joven cristiana, huérfana como él, toda sencillez y encanto, a la que han obligado a renegar de su fe para que contraiga nupcias con el rey Abdalá de Granada. El mayor enemigo de Efrén será precisamente el hermano de Rucayya, el malvado Abid Muzzafar, un cristiano renegado, que también anda tras la consecución del tesoro. Pues bien, el Cid será el principal valedor del muchacho tanto en su búsqueda del tesoro como en su aventura amorosa.

El Cid, de personaje histórico a personaje literario

Al acercarnos a la figura del Cid, debemos considerar la triple dimensión que tiene el personaje: hay un Cid histórico, el personaje real Rodrigo Díaz de Vivar, un señor de la guerra que vivió en el siglo XI y llegó a conquistar Valencia; hay un Cid legendario (ese Cid que, peregrinando a Santiago, atiende caritativamente a un leproso, que resulta ser san Lázaro, quien le vaticina sus futuros triunfos); y hay, por último, un Cid literario, que es el aspecto del personaje que más me interesa en este momento.

Cid Campeador

En efecto, ese personaje histórico de Rodrigo Díaz de Vivar, protagonista de hechos legendarios y convertido en mito, ha dado lugar a diversas recreaciones literarias, a lo largo de los siglos y en los distintos géneros: lo encontramos en la épica (Cantar de mio Cid, Mocedades de Rodrigo), el Romancero y el teatro del Siglo de Oro (la obra más famosa es, seguramente, Las mocedades del Cid, de Guillén de Castro, en dos partes, pero hay muchas más piezas dramáticas en las que el Cid interviene ya como protagonista, ya sea en un plano secundario).

También aparece con frecuencia en la literatura de los siglos XVIII y XIX (Nicolás Fernández de Moratín, Zorrilla, Trueba, Hartzenbusch, Fernández y González, etc.), tanto en narrativa como en lírica y en teatro. En fin, ya en el siglo XX, podemos recordar nuevas obras dramáticas como las de Marquina (Las hijas del Cid), Madariaga (Mío Cid), Luis Escobar (El amor es un potro desbocado) o Antonio Gala (Anillos para una dama), mientras que en poesía el tema del Cid fue muy frecuentado por los poetas del 27; y, por último, en la narrativa histórica, el personaje reaparece en algunas novelas históricas de los últimos años como El Cid de José Luis Corral o Doña Jimena de Magdalena Lasala, entre otras obras. Tendremos ocasión de irlo comprobando en futuras entradas.

El Cid en la Generación del 27 y el exilio republicano español

Francisco Javier Díez de Revenga ha llamado la atención sobre la escasa atención prestada por la crítica a la abundante presencia de la materia cidiana en los poetas de la denominada Generación del 27, pese a ser esta tan destacada:

La estela legendaria del Cid, de la que se nutrieron poesía, teatro, novela e incluso cine, no ha cesado desde 1099, fecha de la muerte de Rodrigo Díaz de Vivar, hasta la actualidad. Numerosos estudios han rastreado su importancia literaria como mito reiterado a través de los siglos. Pero hay algunos espacios que la crítica no se ha dignado a visitar. El Cid ha sido objeto de reflexión, especialmente a través del Poema de Mío Cid, para los poetas más importantes de nuestro siglo, y, muy especialmente, para los del 27, que prefirieron el lado más humano de su indeleble y múltiple leyenda. Ni el Panorama crítico sobre el Poema de Mío Cid, que realizó muy meritoriamente Francisco López Estrada, ni el libro sobre la recepción del Poema en la literatura universal, que escribió Christoph Rodiek, obra documentadísima en tantos aspectos, mencionan poema alguno de los poetas del 27 en relación con el señero poema medieval y su protagonista don Rodrigo Díaz de Vivar. Sin embargo, desde Federico García Lorca a Miguel Hernández, en cuyas obras hay menciones al Cid y a sus hazañas, desde Pedro Salinas a Dámaso Alonso, que dedicaron páginas luminosas al Poema, hasta Rafael Alberti o Jorge Guillén, que crearon poemas con la presencia directa del Cid en sus versos, pasando por Gerardo Diego, que lo menciona en varias ocasiones, y estudia el famoso Poema con aciertos de gran lucidez, hasta llegar a textos tan significativos como la versión modernizada hecha por el propio Salinas, hay que aludir detenidamente a la presencia del Cid y su Poema en los poetas del 27[1].

Y más adelante, después de rastrear la presencia cidiana en los poetas inmediatamente antecedentes (Manuel Machado, Antonio Machado, Rubén Darío…), explica cuál fue el tratamiento que, en líneas generales, dieron al tema los poetas del 27:

En todo caso, la generación siguiente, los del 27, volvieron al Cid con una mirada muy diferente. El personaje seguía atrayendo, pero naturalmente no como guerrero conquistador autor de brillantes  victorias, sino como personaje remoto que sufrió, como decíamos, abandono de su señor y destierro. Los esplendores pintorescos del modernismo son sustituidos por una penetración en la figura del guerrero castellano, sobre todo a través de los textos, como ocurre con Guillén o con Rafael Alberti, de los textos no ya los legendarios del romancero, del Cid de las mocedades y de los gestos bravucones, sino con los textos del Poema de Mío Cid que nos devuelve un caballero leal injustamente tratado por su señor y echado de sus tierras. La figura de la esposa del Cid, Jimena, que sufre las mismas calamidades y el destierro —que luego captaría de forma tan lírica María Teresa León en su biografía novelada— aparece igualmente como ser que sufre injusticia y destierro. A pesar de su lealtad, a pesar de su sangre real, a pesar de sus virtudes de esposa y madre[2].

Coincido plenamente con estas palabras, pues en las recreaciones cidianas de todos estos poetas —que ahora no es posible ni siquiera enumerar— predomina de forma muy clara la captación de los valores humanos del personaje (y, en su caso, también del de doña Jimena) por encima de la atracción de las hazañas bélicas del héroe.

Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador

Por su parte, Eladio Mateos ha explicado la fácil identificación que pudo darse entre los exiliados republicanos españoles y el guerrero castellano. Tras recordar que Rodrigo Díaz de Vivar fue asimismo un símbolo profusamente utilizado por el régimen franquista, añade que no conviene olvidar que «el Cid, don Quijote o Santa Teresa también partieron al destierro sobre los hombros vencidos de los exiliados de 1939». Y comenta certeramente:

Para los exiliados, el Cid es uno de los eslabones más fuertes de la cadena que los anuda a aquella tradición cultural, transfigurada ya en una España ideal de la que se sienten herederos y legítimos representantes, y su propia experiencia histórica no haría más que acentuar la identificación con el héroe poético e histórico cuyo relato comienza con un destierro. Pocos personajes de la cultura nacional podían encarnar tan ajustadamente la metáfora del exiliado como Rodrigo Díaz de Vivar, imagen ideal del hombre justo que, por traición, sufre un amargo destierro cuya adversidad sabrá superar gracias a su independencia y  sus capacidades propias. […] Por eso la sombra del Campeador acompaña la dispersión española de 1939, sobre todo en su periplo americano, donde la lengua común y la tradición compartida eran tierra abonada para que calaran las nuevas formulaciones del mito que proponen los escritores del exilio[3].

En entradas futuras del blog volveremos sobre esta cuestión, analizando, por ejemplo, la mirada de Rafael Alberti al mito del Cid en la serie de poemas «Como leales vasallos», de Entre el clavel y la espada (1941).


[1] Francisco Javier Díez de Revenga, «El Poema de mio Cid y su proyección artística posterior (ficción e imagen)», Estudios Románicos, 13-14, 2001-2002, p. 59.

[2] Díez de Revenga, «El Poema de mio Cid y su proyección artística posterior (ficción e imagen)», pp. 66-67.

[3] Eladio Mateos, «El segundo destierro del Cid: Rodrigo Díaz de Vivar en el exilio español de 1939», en Gonzalo Santonja (coord.), El Cid. Historia, literatura y leyenda, Madrid, Sociedad Estatal España Nuevo Milenio, 2001, pp. 132-133.