«Amaya o los vascos en el siglo VIII» de Navarro Villoslada: los personajes vascos (y 2)

Francisco Navarro Villoslada[1] ofrece en Amaya[2] una visión idílica de la vida en la escualerría (emplea esta variante de la expresión euskal-erria o ‘pueblo vasco’): es un territorio donde no se conoce el crimen ni la mentira: «No hay entre los vascos un traidor ni un desleal», dice Munio (p. 344). Por eso el asesinato de los dos ancianos de Goñi supondrá un acontecimiento inaudito y más al saberse que el asesino ha sido su propio hijo. Pelayo reconoce la sencillez patriarcal[3] de sus enemigos (pp. 283-284) cuando los visita en el valle de Goñi; ha acudido como enemigo, pero cambia su forma de pensar respecto a ellos en cuanto entra mínimamente en contacto con su forma de ser y de comportarse y observa personalmente su nobleza. Favila, que les había llamado «bárbaros» (p. 38), cambia de opinión tras escuchar las explicaciones de Amaya, y se convence de que son «gente pacífica que ningún mal nos haría si la dejásemos en paz» (p. 42).

Una de las notas más destacadas con que aparecen caracterizados los vascos es la de su «santa independencia», su «amor salvaje a la independencia», «su nunca domada independencia» (mito difundido por el fuerismo vasco), amparados en su baluarte de los Pirineos[4]. Dice Eudón: «Dominadores del mundo he conocido; dominadores de los vascos, no» (p. 352). Navarro Villoslada señala como prueba de ello en la «Introducción» la propia frase «Domuit vascones» que los cronistas atribuyen a todos los monarcas godos: si todos tuvieron la necesidad de sujetar a los vascos es que ninguno los logró domeñar por completo; de ahí que casi todos los reyes tuviesen que comenzar su reinado con una campaña en el norte (cfr. p. 10).

GuerrerosGodos

Es un pueblo aferrado a la tradición, tal como se ve de principio a fin de la novela; dice Ranimiro: «En el pueblo vasco no se extinguen nunca los recuerdos. Dejaría de existir esa raza si llegara a perder la tradición» (p. 39); y Amagoya: «En la casa de Aitor se conserva, como archivada, la ciencia y doctrina de nuestros mayores» (p. 638). Eso se refleja en el respeto a los mayores: «Ningún hijo de Aitor desobedece a sus padres» (p. 55); «Nosotros no somos nadie delante de la gente de más edad» (p. 207); «No hay nadie superior al padre entre los vascos» (p. 402). En cuanto a la religión, Navarro Villoslada se aleja un poco de la verdad histórica; en primer lugar, cuando afirma que los primitivos vascos fueron monoteístas (otro de los mitos de los fueristas); así se refleja en el mandato dado por Aitor a sus hijos y sucesores: «Creed en un solo Dios remunerador y obedeced a vuestros padres» (p. 217). O como dice García: «Hay un Dios en el cielo y un pueblo vasco en la tierra», a lo que responde Miguel: «Eso es. Dios para disponer y nuestro pueblo para ejecutar» (p. 254). Sin embargo, los modernos estudios de antropología como los de Caro Baroja señalan que los primitivos vascos fueron politeístas. Otro error o anacronismo consiste en imaginar cristianizados a todos los vascos en pleno siglo VIII (su cristianización fue varios siglos más tardía, y no se completó hasta el XIII o el XIV, especialmente en las zonas más inaccesibles del territorio). En algunos pasajes de la novela se habla de la antigua religión natural (pp. 47 y 209) y, particularmente, al describir las celebraciones de la noche del pleniliunio (pp. 212-213), con la sacerdotisa Amagoya, personaje que simboliza y encarna el pasado pagano de los vascos. Unamuno, quien dijo que Amaya fue una de las obras que le llenó de romanticismo el alma, cree que esta pintura de los vascos no es realista:

Y ahora pregunto yo: ¿qué idea se ha de formar del pueblo vascongado quien lo estudie, verbigracia, en las bellísimas pero poco reales creaciones del señor Navarro Villoslada, que en su Amaya presenta una sociedad de astrólogos vascongados, enemigos del cristianismo, y todo lo referente a aquella hermosa figura de Amagoya que, abigarradamente vestida, muere helada en una noche de plenilunio, en lo alto de una roca?[5]


[1] Para el autor y el conjunto de su obra, ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995. Y para su contexto literario, mi trabajo «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Cito por esta edición: Amaya o los vascos en el siglo VIII, San Sebastián, Ttarttalo Ediciones, 1991. Otra más reciente es: Amaya o los vascos en el siglo VIII, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 1 y 2), 2 vols.

[3] El patriarcalismo vasco está representado por las figuras de Miguel de Goñi (ver especialmente las pp. 105 y ss.) y Millán (en el episodio que protagoniza en las pp. 392 y ss.).

[4] Los vascos son «poco disimulados en los afectos, extremados en el odio y amor, generosísimos y confiados con quien respetaba sus tradiciones e independencia, y tan celosos de ellas al propio tiempo que, sin duda por el salvaje amor con que las guardaban, los autores árabes dicen que el pueblo vascón era como de bestias» (p. 293).

[5] Miguel de Unamuno, Obras completas, IV, Madrid, Escelicer, 1966, p. 169.

«El manco de Lepanto» de Manuel Fernández y González: técnicas narrativas

En fin, aparte de la escasa profundidad psicológica de los personajes, otras características propias de la novela histórica romántica española son: la voluntaria limitación de la omnisciencia del narrador en algunos detalles, las apelaciones continuas al lector, las marcas de la narración (con expresiones del tipo «como se dijo antes…», «ya lo vimos en el capítulo anterior…», «como se verá más adelante…»), las indicaciones que ponen de relieve la distancia temporal entre aquellos tiempos en que sucede la acción de la novela y estos tiempos modernos, los contemporáneos del escritor y sus lectores inmediatos. También las afirmaciones generalizadoras del narrador, del tipo: «Gente pobre era, que los pobres son los que más madrugan» (p. 104)[1]. Todos esos recursos y marcas los encontramos en el presente relato de Manuel Fernández y González.

En cuanto al estilo, y dejando de lado los abundantes casos de laísmos, leísmos y loísmos, interesa destacar que predomina la frase larga, la cual de alguna manera trata de recrear los amplios periodos sintácticos de la literatura áurea. Consideremos a modo de ejemplo este pasaje, elegido al azar entre los muchos posibles:

Entreclara era la noche, y por lo bien cuidado del jardín, por las estatuas que acá y allá se encontraban para su adorno, y por sus bancos y asientos de labradas, aunque en apariencia rústicas, maderas los unos, y de blandos céspedes, como formados por la naturaleza, los otros, que al descanso y al regalo por todas partes convidaban; y por la hermosa fuente de alabastro que en el centro se veía, con su taza que a una gran concha se asemejaba, sostenida por delfines, en los que cabalgaban amorcillos, y de la cual caía en claras cintas el agua, causando un dulce ruido, que al sueño convidaba, no pudo menos de apercibirse de que en el jardín de una casa principalísima había entrado… (pp. 90-91).

FuenteCupidos

El autor se deja llevar por su gran verbosidad, y va estirando la frase (lo cual no debe de extrañarnos si tenemos en cuenta que estos autores de la novela por entregas cobraban por líneas…). En el capítulo VIII, el narrador, refiriéndose a los pasos de Cervantes por Sevilla, podría limitarse a decir: «Yendo así por las desiertas calles, de repente le sorprendieron…». Pero en realidad escribe lo siguiente:

Yendo así por las desiertas calles, desiertas a causa de lo temprano de la hora, en que los rondadores han dejado ya la reja o la esquina donde su amor han libado, o donde el rigor de su mala ventura han sufrido; cuando aún el perezoso sueño en el lecho retiene sabrosamente a todo el mundo antes de la tarea cotidiana, de repente le sorprendieron… (p. 98).

Esto, lo reitero, se explica perfectamente por las circunstancias de composición de la novela: «A más líneas, más ganancia», podríamos decir parafraseando el conocido refrán[2]. El resultado es que, en el conjunto de la obra, no hay una ilación lógica clara de personajes, tramas, descripciones, etc.: el relato se va construyendo a saltos, a lo que buenamente surge[3]… Si viene bien intercalar la descripción de un entierro, pues se describe un entierro con todo su cortejo fúnebre —leal perro incluido—, aunque eso suponga desviar la atención narrativa de la historia principal:

El acompasado andar de los cofrades, el gesto de la dolorosa agonía que aún en el rostro de la muerta se mostraba, vislumbres de belleza que, a pesar de los años y de la muerte, aún en ella aparecían, el desconsuelo de la mujer que tras la difunta iba, su mísera apariencia, y el perro que lentamente y con el hocico pegado al suelo en pos e inmediatamente iba, todo esto, cayendo como un chubasco de dolores sobre el alma compasiva de Miguel de Cervantes, hicieron que el paso tuviese, y que al pasar el lúgubre cortejo, con la una mano derribase el chapeo y con la otra se persignase; y aún no había acabado el padre nuestro, ni llegado a la mitad, cuando volviendo a calarse el sombrero, dejó el camino que llevaba y tras el pobre entierro fuese, acabando de rezar su oración y el alma entristecida por un doloroso presentimiento; que no era para él buen augurio, cuando iba pensando en sus amores y en los medios de librar a su doña Guiomar de sus congojas, con una desgracia tal haberse encontrado (p. 10)[4].


[1] Todas las citas de El manco de Lepanto son por esta edición de 1874: Manuel Fernández y González, El manco de Lepanto. Episodio de la vida del Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra, por don…, Madrid, Establecimiento Tipográfico de Muñoz y Reig, 1874.

[2] No encuentro, en cambio, en esta novela ese recurso habitual en el género consistente en el abuso del punto y aparte.

[3] Ver para más detalles Ignacio Arellano, «Amores y estocadas, de Manuel Fernández y González, o la novela histórica grotesca», introducción a Manuel Fernández y González, Amores y estocadas. Vida turbulenta de don Francisco de Quevedo, Pamplona, Eurograf Navarra, 2002, pp. 5-11.

[4] Para el análisis completo de la novela remito a Carlos Mata Induráin, «Cervantes a lo folletinesco: El manco de Lepanto (1874) de Manuel Fernández y González», en Carlos Mata Induráin (ed.), Recreaciones quijotescas y cervantinas en la narrativa, Pamplona, Eunsa, 2013, pp. 167-193.

«Amaya o los vascos en el siglo VIII» de Navarro Villoslada: los personajes vascos (1)

Como decía en entradas anteriores, lo histórico hay que buscarlo en esta novela[1] en la descripción de la época, sobre todo en el enfrentamiento de cuatro pueblos distintos, vascos y godos, judíos y musulmanes. Si en las dos primeras novelas de Francisco Navarro Villoslada[2], Doña Blanca de Navarra (1847) y Doña Urraca de Castilla (1849), encontrábamos guerras civiles, enfrentamientos entre bandos, en Amaya tenemos enfrentamientos entre pueblos, siendo el más importante el que ha separado durante tres siglos, en una lucha encarnizada, a vascos y a godos (no lo inventa Navarro Villoslada: para los reyes godos fueron un problema endémico los continuos alzamientos de los vascones y otros pueblos de la cordillera cantábrica, nunca sujetados del todo). Uno de los personajes, Ranimiro, habla del «hormiguero de guerras intestinas» en que se encuentran (p. 34). Esta lucha también puede considerarse, en cierto modo — y siguiendo el pensamiento de Navarro Villoslada— como una guerra civil (cfr. la p. 612) porque tanto godos como vascos son cristianos y españoles. Las posibilidades de unión parecen escasas, al principio: «Hoy, la luz y las tinieblas podrán antes unirse y amalgamarse que godos y vascos», dice Ranimiro (p. 43); más adelante insiste en que antes que estos dos pueblos harán las paces los lobos y los corderos. Sin embargo, las circunstancias harán cambiar la situación; la presencia del enemigo común actuará como revulsivo y servirá para que ambos pueblos se den la mano en defensa de la Cruz. El matrimonio de García y Amaya será el símbolo que marque el camino de la reconciliación.

Veamos ahora cómo retrata Villoslada a cada uno de estos pueblos, empezando por los vascos (vascones), que cuentan con toda la simpatía del autor[3]. Su carácter se resume en las primeras líneas de la «Introducción» de la novela:

Los aborígenes del Pirineo occidental donde anidan todavía con su primitivo idioma y costumbres […] no han sido nunca ni conquistadores ni verdaderamente conquistados. Afables y sencillos, aunque celosos de su independencia, no podían carecer de esa virtud característica de las tribus patriarcales llamada hospitalidad. Tenían en grande estima lo castizo, en horror lo impuro, en menosprecio lo degenerado; pero se apropiaban lo bueno de los extraños, procuraban vivir en paz con los vecinos, y unirse a ellos, más que por vínculos de sangre, con alianzas y amistad (p. 9).

A lo largo de la novela se caracteriza al vasco como un pueblo sencillo, «escogido por Dios para muestra perdurable de pueblos primitivos»; los vascos tienen una misión providencial que cumplir —el providencialismo es un concepto que no se puede olvidar al hablar de las novelas de Villoslada—, una tarea que les ha sido especialmente encomendada por Dios: la de defender su independencia y la independencia de España; de ahí que sean agresivos cuando se les molesta, pero pacíficos cuando se les deja en paz (ver, por ejemplo, pp. 95 y 130; Pelayo, en la p. 302, reconoce expresivamente: «Como enemigos, leones; pero corderos como amigos»). Es un pueblo lleno de virtudes: valor, honor, lealtad, constancia, justicia («Antes que la escualerría están la justicia y la verdad», dice Teodosio, p. 187); reciamente aferrados a sus costumbres, rudos y bravos, los vascos aman la libertad (cfr. pp. 10-11, 15, 38…), pero tienen que vivir día y noche con las armas al alcance de la mano. Separados del resto de Europa por el idioma y las costumbres, les une a otros pueblos la religión cristiana (pp. 527-528). Siguiendo las enseñanzas de su antiguo patriarca Aitor, han permanecido junto a sus montañas pirenaicas, porque saben que la riqueza corrompe; prefieren vivir pobres, pero libres, en sus abruptos valles a vivir ricos, pero esclavos, en las fértiles llanuras que tienen cerca[4]. Como dice Ranimiro, «la patria de los vascos son los Pirineos» (p. 258), montes que han sido por siglos el baluarte de su independencia (pp. 204 y 357).

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Además de indómitos, los vascos son altivos, como lo demuestran estas frases pronunciadas por García: «Nosotros sabemos morir, pero no aceptar humillación ni infamia» (p. 249); «No han de faltarnos campos en Vasconia para enterrar a los godos» (p. 285). Tradicionalmente han venido funcionando siempre de forma colectiva, como pueblo unido, sin personalismos, hasta el punto de que apenas se recuerdan los nombres de sus principales caudillos primitivos. Pero ha llegado un momento en que ven la necesidad de contar con una cabeza única, con un rey (pp. 54, 190, 111-113, 133, 357, 389, 529-530, 541).


[1] Cito por esta edición: Amaya o los vascos en el siglo VIII, San Sebastián, Ttarttalo Ediciones, 1991. Otra más reciente es: Amaya o los vascos en el siglo VIII, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 1 y 2), 2 vols.

[2] Para el autor y el conjunto de su obra, ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995. Y para su contexto literario, mi trabajo «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[3] Ya desde la «Introducción», al referirse a la guerra que durante tres siglos mantuvieron godos y vascos: «¡Qué sublime espectáculo, sin par tal vez en los anales del mundo, ofrece esa tenaz y desesperada resistencia del débil contra el fuerte, coronada al fin con la victoria del poseedor pacífico y honrado contra el injusto agresor!» (p. 12).

[4] Recordemos que esta misma idea la exponía también Navarro Villoslada en su artículo «La mujer de Navarra».

Cervantes en «El manco de Lepanto» de Manuel Fernández y González (y 2)

¿Qué hay, en definitiva, de Cervantes en esta novela de Manuel Fernández y González?[1] Pues, en realidad, muy poco, por no decir casi nada. No es mi objetivo contrastar los datos que proporciona la novela con los hechos históricos y, en concreto, con los que se refieren a la biografía cervantina. Obvio es decir que hoy tenemos un conocimiento mucho más amplio de la vida de Cervantes, pero en el momento en que escribía Fernández y González se estaban produciendo algunos avances y descubrimientos en ese terreno de la biografía. Baste con decir que tales datos históricos y biográficos el novelista los maneja aquí a su antojo, con entera libertad, incurriendo en anacronismos que a veces son conscientes (una novela histórica, no lo olvidemos, es ficción) y que en otras ocasiones derivan, sencillamente, del mero desconocimiento; y, en cualquier caso, esos datos quedan supeditados al mero sucederse de las aventuras sin cuento protagonizadas por Cervantes.

Algunos de tales datos se concentran en algún capítulo concreto, como sucede en el VII, «En que se suspende la historia para decir algo de Miguel de Cervantes». Era una práctica habitual en este tipo de relatos, como también lo es la apelación continua y directa al lector:

Cortemos aquí el relato de la amorosa aventura de doña Guiomar y de nuestro Miguel de Cervantes, porque es conveniente, benigno lector, manifestarte varias cosas que son necesarias a la claridad del cuento.

Sábese por todo el mundo, desde ha luengos años, quién Miguel de Cervantes era, y cuál su ingenio, que a revelar y enaltecer el suyo ha bastado el libro inmortal que se intitula El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, patrimonio de gloria el más rico y excelso que ha podido ni podría soñar la ambición de renombre de poetas y escritores. Pero lo que todo el mundo no sabe son las noticias de la vida y fortuna de nuestro héroe, que es lo que a renglón seguido va a manifestársete en la proporción de la pequeñez del trabajo que el que esto escribe tiene entre manos (pp. 83-84).

Cervantes

Y poco más adelante se añaden otros datos que trazan una curiosa etopeya de Cervantes, en la cual el escritor se identifica con su inmortal personaje don Quijote por su insaciable sed de amor:

Era un mozo de buena y gentil apariencia, de noble compostura, aliñado en su traje cuanto lo permitía su pobreza, vivo de genio, alegre de condición, profundo de pensamiento, inquieto en sus deseos, descontento de su suerte, y comunicador, porque así lo pedía su naturaleza, avara de sensaciones.

Veíasele tratar indistintamente con altos y bajos, con pobres y ricos, con pícaros y honrados; pero nunca con necios, de los cuales, como todos los hombres de ingenio, era enemigo.

Tenía además el carácter quisquilloso, y altivo y atrabiliario, y era la cosa más fácil del mundo hacerle poner mano a la espada y meterle en un empeño de monta y honra.

Dejábase llevar de los impulsos de su corazón o de su apetito, y de la misma manera enamoraba a la moza de partido que a la buscona y a la sencilla menestrala, y a la soberbia dama, sin que ninguna de ellas lograse saciar aquella su sed de amor que su soberano ingenio había menester, y que no era menos que el imposible trasunto de un arcángel de Dios en una criatura mortal y perecedera.

El que haya leído con reflexión ese libro sin par que se llama Don Quijote, ha podido conocer cuál era la idea que del amor tenía Cervantes. Burla burlando, él manifestó a las gentes el sueño de su amor en la locura de amor por Dulcinea de don Quijote.

A compasión mueve, no aquel desdichado loco, sino Cervantes, que en él se reflejó harto de veras, con apariencias de donaire y burla; lágrimas, que no sonrisas, arrancara, a los que tienen alma, don Quijote, y en él se advierte que Cervantes arrojaba entre sus gracejos al mundo, que no le comprendía, pedazos de sus míseras entrañas.

De un sueño de amor deshecho por la fea y severa verdad pasaba nuestro ingenio a otro sueño de amor, que cual los anteriores se desvanecía como el humo, como la niebla, como esas figuras que fingen las nubes y deshace el viento, como esas sombras que miente la noche y desvanece la luz del día.

Almas hay tan grandes que en el mezquino suelo no encuentran empleo digno de ellas, y de sí mismas se alimentan y en sí mismas buscan el engaño a su certidumbre y el consuelo a sus pesares (pp. 84-85)[2].


[1] Todas las citas de El manco de Lepanto son por esta edición de 1874: Manuel Fernández y González, El manco de Lepanto. Episodio de la vida del Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra, por don…, Madrid, Establecimiento Tipográfico de Muñoz y Reig, 1874.

[2] Para el análisis completo de la novela remito a Carlos Mata Induráin, «Cervantes a lo folletinesco: El manco de Lepanto (1874) de Manuel Fernández y González», en Carlos Mata Induráin (ed.), Recreaciones quijotescas y cervantinas en la narrativa, Pamplona, Eunsa, 2013, pp. 167-193.

Hechos legendarios en «Amaya o los vascos en el siglo VIII» de Navarro Villoslada

Repasaré muy brevemente los principales hechos pertenecientes a la leyenda que encontramos en Amaya[1].

Francisco Navarro Villoslada[2] presenta a García Jiménez como primer rey de Navarra, alzado sobre el pavés pocos años después de la invasión musulmana, y lo supone padre de Iñigo Arista. En realidad, el primer rey navarro o pamplonés (porque antes de existir el reino de Navarra existió el de Pamplona) del que se tiene noticia histórica es Iñigo Jiménez Arista (824-852), que fue efectivamente elevado sobre el pavés en los alrededores de la ermita de San Pedro, cerca de Alsasua; le sucedió García Jiménez I (852-860). Legendaria es la participación de los vascos, encabezados por el mismo García Jiménez y por el caudillo Andeca, en la batalla del Guadalete.

Y, por supuesto, todo el episodio relativo al involuntario parricidio de Teodosio de Goñi[3], su dura penitencia y la aparición del Arcángel San Miguel para derrotar al infernal dragón en la cima del monte Aralar (que, según vimos en entradas anteriores, es el núcleo original a partir del cual se gestó toda la novela).

SanMiguel

 


[1] Cito por esta edición: Amaya o los vascos en el siglo VIII, San Sebastián, Ttarttalo Ediciones, 1991. Otra más reciente es: Amaya o los vascos en el siglo VIII, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 1 y 2), 2 vols.

[2] Para el autor y el conjunto de su obra, ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995. Y para su contexto literario, mi trabajo «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[3] Pío Baroja, Familia, infancia, juventud, en Obras completas, VII, Madrid, Biblioteca Nueva, 1949, pp. 513-514, se refiere a esta leyenda al comentar el origen de sus apellidos (Goñi era el cuarto del escritor donostiarra): «Quién sabe de dónde procederá la leyenda de don Teodosio. Probablemente no es muy antigua. Esta leyenda es muy conocida en el país por una novela de Navarro Villoslada, titulada Amaya o los vascos en el siglo VIII, novela imitada de Walter Scott, que no tiene, ni mucho menos, la gracia ni el arte de las del maestro escocés» (p. 514).

Cervantes en «El manco de Lepanto» de Manuel Fernández y González (1)

En el caso de la novela que ahora me ocupa[1] tenemos a un Cervantes espadachín, pendenciero y reñidor, galán y enamoradizo, que acabará loco y enfermo de amor, consumido por unas ardientes fiebres derivadas de la pasión que siente por doña Guiomar. Ciertamente, la obra de Manuel Fernández y González bien podría ser calificada de novela ígnea, pues todo son llamas, volcanes y fuegos diversos en los que abrasarse, consumirse y, casi, terminar pereciendo de amor. Por ejemplo, en el capítulo VIII, leemos que «íbase embraveciendo Miguel, y crecía tanto en su pecho su amorosa llama, que harto claros indicios de ello daban la brava y siniestra mirada de sus ojos, y el ardoroso aliento que de su pecho salía» (p. 98). Y así, por el estilo, en muchos otros lugares.

Antes, en el capítulo III, titulado «De cómo, sin esperarlo, hallose la hermosa viuda con aquel su amor que tan acongojada la tenía», se nos había mostrado a doña Guiomar enamorada, primero preocupada por las cuchilladas que se sentían fuera de su casa, y luego hablando apasionadamente con el enamorado galán que la ronda. Veamos esta descripción de la dama:

Saliose Florela, y doña Guiomar fue a sentarse a su tocador, y contemplose al espejo, y hallose más hermosa que nunca; que el amor hace hermosos aun a los ojos feos, y a los hermosos los sublima, haciendo de ellos un cielo; y un cielo veía en sus ojos doña Guiomar, porque en el amor que en sus ojos hallaba, la parecía como que veía la imagen de aquel por quien el amor acongojaba su alma; y la sucedía que cuanto más se contemplaba, más la parecía ver en sus ojos la fugitiva sombra de su deseo; y a tal llegó su amorosa ilusión, que creyó que no en sus ojos, sino detrás de ella, sobre las rubias trenzas de sus cabellos, aparecía la imagen de su anhelado, mirándola ansioso, copiado por el espejo, y como si detrás de ella hubiese estado de rodillas. Pareciola asimismo que una mano trémula asía una mano suya que pendía descuidada, y que en ella unos labios ardientes posaban un amoroso beso (pp. 32-33).

Ocurre, en efecto, que su anónimo rondador ha logrado entrar en la casa huyendo de la riña y ahora, al encontrarla, le besa la mano y se dirige a ella con estas palabras:

—Hermosa señora —dijo levantándose aquel hombre—, no mi voluntad, sino los no sé si para mí crueles o propicios hados son los que, cuando yo pensaba solo en libertarme de ser preso, aquí me han traído, para que postrado a vuestros pies pueda deciros que vos sois mi vida, sin la cual vivir no puedo, ni quiero; y que si en vos no hallo esperanza a mi pena, alivio a mi enfermedad, alegría a mi tristeza, luz a mis ojos, a mi pecho aliento y gloria a mi deseo, por condenado me doy y sin vislumbre de redención que me salve (p. 34).

Este es otro ejemplo de los dulces coloquios que mantienen ambos:

—¿Y quién os ha dicho —exclamó ella— que yo os amo, ni en amaros piense, ni para vos me haya criado, ni al cabo la dureza mía para el amor por vos se haya deshecho?

—Dícenmelo —respondió él— vuestros divinos ojos, que en vano de mí se apartan para no verme, porque con más afición y más encendidos rayos de amor, ¿qué digo?, de gloria, a mirarme tornan; dícemelo vuestro hermoso seno, que los amantes latidos de vuestro corazón mueven; dícemelo vuestra voz enamorada, que en vano pretende remedar al enojo; dícemelo, en fin, mi deseo, señora mía, porque si vos no me amarais, tormento insoportable sería para mí la desesperada memoria de vuestra adorada imagen, muerte mi vida, infierno mi esperanza (pp. 47-48).

CervantesGalante

Y aunque el avisado lector podría imaginar de quién se trata, no es hasta el capítulo IV, «En que se sabe quién era el incógnito amante de doña Guiomar», cuando averiguamos que ese valiente y constante enamorado que ronda con músicas a la bella viuda indiana es Cervantes, que se presenta a sí mismo con estas palabras:

—De buenos y honrados padres vengo, señora —respondió él—; hidalgo soy; Alcalá es mi patria; cursé en las aulas de su famosa universidad; tirome la afición a las armas, y muy más el amor a las letras; soldado soy, y a poeta aspiro por mi desgracia, porque la poesía es sueño que devora el alma y la finge lo que no existe, y en los espacios imaginarios la pierde: Miguel de Cervantes Saavedra me llamo, y vuestro esclavo soy.

—¿Miguel de Cervantes Saavedra sois vos? —exclamó con encarecimiento doña Guiomar—; pues por ahí andan en unos papeles impresos los versos que se recitan en casa de Arquijo [sic] por todos los buenos ingenios de Sevilla, y entre ellos haylos, y no de los peores, que según el papel han sido compuestos por vos.

—Si yo hubiera podido creer —dijo Cervantes— que los pobres versos míos habían de llegar a tan hermosas manos, puede ser bien que el deseo de contentaros hubiera sido inspiración que los hiciese dignos de Píndaro; ¿pero qué poesía queréis que haya sin amor, y cuando solo se escribe para ejercitar el ingenio?

—¿Y sin amor vivíais cuando esos versos compusisteis? Pues o no me amáis como decís, o me amáis desde muy poco tiempo, que ha ocho días se vendía el papel nuevo, y versos vuestros había en él (pp. 49-50).

Como vemos, Cervantes se muestra apasionado, y confiesa galante que prefiere el amor de ella al propio laurel de Apolo:

—Enjugáraos yo, hermosa señora mía, esas lágrimas que por vuestras alabastrinas mejillas corren con mis labios, si tan bienaventurado fuera que ya me llamara vuestro esposo; y tal procuraría que fuese para vos mi amor, que no lágrimas de amargura, sino de contento del alma enamorada vertieseis, si es que mi amor podía enamoraros, cosa en la que no espero, porque si la esperara, ya en la sola esperanza encontraría la ventura milagrosa de este amor que por vos me abrasa las entrañas, y es mi vida en mi muerte y mi contento en mi tristeza (pp. 54-55).

Esto sucede ya en el capítulo V, «En que doña Guiomar comienza a contar su historia a Miguel de Cervantes». Asistimos ahora, casi, a una escena propia de un libro de caballerías, con Cervantes asimilado, de alguna manera, a un caballero andante protector de mujeres desvalidas, esto es, parangonable con su futura creación, don Quijote:

—No digo yo —respondió Miguel de Cervantes— por el temor de un viejo, que tal debe serlo quien, teniendo vos veintidós años, pretendió a vuestra madre antes que vos nacierais, sino por el de todos los trasgos, gigantes, enanos y vestiglos de los libros de caballería, y aun por el de los doce de la Tabla Redonda que vinieran a reñiros con toda la cohorte de magos y de encantadores que en los tales libros se nombran, dejara yo de venir a daros música y a hablar con vos, si era que vos me concedíais esta merced venturosa (pp. 57-58)[2].

Y en esta línea continúa el relato de Fernández y González, que nos muestra a un Cervantes galante y enamorado, pero también pendenciero, aficionado a las bravatas y presto a las riñas, que es un soldado pobre, pero al mismo tiempo un escritor que asiste, ahí en Sevilla, a la tertulia literaria de Juan de Arguijo, etc. No parece necesario seguir acumulando más ejemplos y citas similares…[3]


[1] Todas las citas de El manco de Lepanto son por esta edición de 1874: Manuel Fernández y González, El manco de Lepanto. Episodio de la vida del Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra, por don…, Madrid, Establecimiento Tipográfico de Muñoz y Reig, 1874.

[2] Y en otro pasaje, en diálogo ahora con Margarita, se dirige a ella de esta caballeresca manera: «—Aunque yo no tuviera más valor que el que el encanto de vuestra hermosura y el amor que me mostráis me infunden, dígoos que no ya ese capitán que de tal modo os espanta, sino el mismísimo Orlando con toda una cohorte de encantadores y vestiglos, no bastaría para contrarrestar el poder de mi brazo, que vengada ha de haceros, mal que le pese al brío y a la fama de vuestro enemigo; y tened más confianza en el aliento de quien bien os ama, y no tembléis ni empalidezcáis, mi dulce señora, que en verdad os digo que para vos y para mí han empezado ya días más bonancibles de amor, de ventura y de esperanza. Y en esto no porfiemos, porque ved que yo no he de dejaros por todos los hombres del mundo, así sean gigantones de los que por los libros de caballería se encuentran , y que si no os dejo, él sobre mí vendrá y provocarame, y en trance me pondrá de que yo le ponga de manera que más mal que el que ha hecho no pueda hacer a nadie en este mundo; y otrosí, señora mía, que a doña Guiomar tengo prometido castigar a ese su contumaz y peligroso contrario» (pp. 183-184).

[3] Para el análisis completo de la novela remito a Carlos Mata Induráin, «Cervantes a lo folletinesco: El manco de Lepanto (1874) de Manuel Fernández y González», en Carlos Mata Induráin (ed.), Recreaciones quijotescas y cervantinas en la narrativa, Pamplona, Eunsa, 2013, pp. 167-193.

El fondo histórico de «Amaya o los vascos en el siglo VIII» de Navarro Villoslada (y 2)

Como es habitual en las novelas de Francisco Navarro Villoslada[1], aparecen en Amaya[2] algunos personajes históricos de gran relevancia: unos, como Pelayo y Favila, en primer plano, íntimamente entrelazados con los de ficción; otros, sin intervención directa en la acción, en un puesto secundario (el rey don Rodrigo) o simplemente mencionados por el narrador o en el relato de otros personajes (el duque Teodomiro). Sin embargo, la mayoría de los personajes pertenecen a la leyenda (Miguel y Teodosio de Goñi, García Jiménez, Andeca) o a la pura ficción (Ranimiro, Amaya, Eudón, Amagoya, Petronila, Echeverría, Pacomio y muchos otros más, hasta completar un censo numerosísimo).

Como siempre, los datos históricos, aunque aquí sean menos, se ofrecen al principio de la obra para orientar al lector. Así, al comienzo del primer capítulo se nos presenta la situación del reino visigodo a finales del año 710, cuando Rodrigo ha sustituido a Witiza en el trono; en la historia, Rodrigo fue elegido por el Senado visigodo tras la muerte del monarca anterior; en la novela, Navarro Villoslada supone a Witiza derribado por una revolución encabezada por un tal Eudón (cfr. las pp. 15-17), porque así le interesa para la acción novelesca: el hecho de que Rodrigo deba la corona a Eudón es una circunstancia que será aprovechada para hacer más verosímil la enorme influencia de este último personaje. A lo largo de la novela encontramos otras alusiones históricas: Villoslada se refiere a la traición de los hijos de Witiza, a los que da el nombre de Sisebuto y Ebbas (está probada la defección de los hermanos de Witiza, don Oppas, arzobispo de Sevilla, y Sisberto, y los tres hijos de aquel); alude también a la traición del conde Juliano (don Julián) de Ceuta[3], a la deserción de los nobles godos en la batalla del Guadalete (p. 355), a la batalla de Covadonga, a las campañas de Tarik y Muza o a la resistencia de Teodomiro en el ducado de Aurariola[4].

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Un hecho histórico importante que recoge la novela es la presencia del rey Rodrigo en el norte de la península en el momento de producirse la invasión musulmana; en efecto, don Rodrigo se encontraba sujetando a la ciudad de Pamplona, que se había alzado en armas (o, por lo menos, estaba guerreando por las riberas del Ebro); esto se aprovecha en la novela, ya que la rebelión de Pamplona forma parte de una trama bien urdida por los judíos y los witizianos para mantener alejado al rey, con lo más granado de su ejército, de la zona de la Bética. Por otra parte, en el primer capítulo del libro cuarto, «De como principió la Reconquista en España», se dan también algunas noticias históricas de los primeros años de lucha contra los musulmanes; el autor, muy escrupuloso siempre en lo relativo a la veracidad de lo narrado, anota en la p. 644: «Hay en lo que sigue algún pequeño, insignificante, anacronismo que, cuanto más entendido sea el lector más fácilmente lo perdonará en interés del relato» (cursiva mía). El libro termina con estas palabras:

De muy avanzada edad murió Teodomiro, sucediéndole por elección, en el reino de Aurariola, el opulento y pródigo magnate Atanagildo. También a Pelayo sucedió su hijo Favila en Asturias, e Íñigo Arista a su padre García Jiménez en el reino de Vasconia. / No tuvo este nombre en los principios. Dedúcese de algunas palabras del libro de los Fueros que se llamaba reyno de España. Igual denominación debió de tener el de Pelayo, como en señal de que entrambos iban encaminados a la unidad católica, pensamiento dominante, espíritu vivificador y sello perpetuamente característico de la monarquía española (p. 677).


[1] Para el autor y el conjunto de su obra, ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995. Y para su contexto literario, mi trabajo «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Cito por esta edición: Amaya o los vascos en el siglo VIII, San Sebastián, Ttarttalo Ediciones, 1991. Otra más reciente es: Amaya o los vascos en el siglo VIII, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 1 y 2), 2 vols.

[3] En cambio, Navarro Villoslada no menciona en ningún momento, al hablar de la pérdida de España, la tradición literaria de los amores de don Rodrigo con la Cava.

[4] Se ofrecen además otros datos muy concretos sobre la celebración por la Iglesia visigoda del misterio de la Inmaculada Concepción de María desde el siglo VII (p. 443); sobre Prisciliano (p.278); sobre el vicario Unicomalo (p. 450); sobre los avances de Tarik y Muza; sobre los judíos españoles (pp. 269-270 y nota), etc.

«El manco de Lepanto» de Manuel Fernández y González, novela folletinesca

Como es bien sabido, Cervantes no quiso perderse «la más alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros». Pues bien, ocurre que en esta novela de Manuel Fernández y González[1] Cervantes está afiebrado en el momento del combate como consecuencia de una calentura de amor, porque no ha logrado alcanzar el amor imposible que siente por una dama, doña Guiomar:

Y como, aunque era noble y altivo, no era santo, y de tal manera le apretaban el amor y el deseo por doña Guiomar, y hasta tal punto doña Guiomar iba acreciendo para él en lo preciosa e incomparable, ganándole la fiebre, apoderándose de su pensamiento la locura, atormentado ya de tal manera por las ansias que le acongojaban que resistirlas no pudo, como si una potencia invencible de él hubiese tirado y atraídole a doña Guiomar, con las bascas casi mortales de su pasión, determinose; y diciéndose que su vida era doña Guiomar y que Dios hiciese lo que fuese servido de Margarita, levantose del sillón… (pp. 223-224).

Estamos ante una novela muy mala, ¿por qué no decirlo?, en lo que se refiere a calidad literaria… pero también ante una novela buenísima… en su género, el de la novela de capa y espada (el de la novela de aventuras históricas, según la taxonomía de Juan Ignacio Ferreras mencionada en una entrada anterior), de la que presenta todos los clichés y rasgos característicos[2]. Tenemos, en efecto, una dama bellísima, celestial, la rica indiana doña Guiomar, perseguida incansablemente por el villano de turno; una huérfana, Margarita, también perseguida por el correspondiente villano; y un Cervantes espadachín y pendenciero, súbitamente enamoradísimo de doña Guiomar, pero atraído igualmente por la huérfana Margarita. Añádase a ello una Sevilla descrita como ciudad especialmente hecha para el amor; su porción de duelos, cuchilladas y rondas de alguaciles; un familiar del Santo Oficio de la Inquisición encaprichado él también de la bella y tentadora indiana; unas gotas de superstición (la casa donde vive la dama, supuestamente encantada con duendes), etc., etc. Si mezclamos todos esos ingredientes en la coctelera de la novela folletinesca (o, mejor, si los mezcla a su manera el ínclito Manuel Fernández y González), obtenemos entonces como resultado un relato como El manco de Lepanto: desestructurado y falto de coherencia narrativa, donde lo esencial es la yuxtaposición mal hilvanada de aventuras, lances y peripecias, que, eso sí, no faltan; más bien al contrario, el autor las prodiga generosamente.

Duelo

Para empezar, no existe profundidad psicológica en el trazado de los personajes —tampoco hay que engañarse: esperarla en este tipo de relatos sería pedir cotufas en el golfo—. Por ejemplo, este Cervantes espadachín se parece muchísimo al Quevedo espadachín que encontramos en otras novelas de Fernández y González, como por ejemplo la titulada Amores y estocadas. Vida turbulenta de don Francisco de Quevedo. El Cervantes de una y el Quevedo de otra son personajes que, haciendo abstracción de los datos biográficos y las circunstancias propias de cada uno, resultarían prácticamente intercambiables en esos relatos. Ignacio Arellano, refiriéndose a la citada recreación quevediana del novelista sevillano, comenta lo siguiente:

Leonardo Romero, con amable generosidad, le concede [a Fernández y González] una gran capacidad para inventar tramas y saberlas contar de modo atractivo. En la novela que pergeña con don Francisco de Quevedo hay sin duda trama, pero tan deshilachada que el lector ha de adoptar una perspectiva lúdica para tomarse con buen humor las vicisitudes de un relato que en ciertos momentos parece parodia de su mismo género. Resulta, sin embargo, un curioso documento que revela muchos tics de este tipo de obras poco elaboradas artísticamente, pero útiles para averiguar cuál es la imagen que de una época o personaje (como Quevedo) se ha ido sucediendo a lo largo del tiempo[3].

Pues bien, insisto: lo que se indica a propósito de Quevedo en Amores y estocadas sirve igualmente para Cervantes en El manco de Lepanto. Tan solo haría falta cambiar el nombre del escritor convertido en personaje de ficción protagonista de cada novela, y lo predicado para uno se acomodaría perfectamente al otro[4].


[1] Todas las citas de El manco de Lepanto son por esta edición de 1874: Manuel Fernández y González, El manco de Lepanto. Episodio de la vida del Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra, por don…, Madrid, Establecimiento Tipográfico de Muñoz y Reig, 1874.

[2] Ver Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[3] Ignacio Arellano, «Amores y estocadas, de Manuel Fernández y González, o la novela histórica grotesca», introducción a Manuel Fernández y González, Amores y estocadas. Vida turbulenta de don Francisco de Quevedo, Pamplona, Eurograf Navarra, 2002, p. 5a. Las principales características relacionadas con la trama y estructura, el retrato de los personajes, el estilo lingüístico para lograr el color de época, etc., que menciona Arellano para Amores y estocadas son aplicables a El manco de Lepanto y, en general, al conjunto de las novelas históricas de Fernández y González ambientadas en el Siglo de Oro español.

[4] Para el análisis completo de la novela remito a Carlos Mata Induráin, «Cervantes a lo folletinesco: El manco de Lepanto (1874) de Manuel Fernández y González», en Carlos Mata Induráin (ed.), Recreaciones quijotescas y cervantinas en la narrativa, Pamplona, Eunsa, 2013, pp. 167-193.

El fondo histórico de «Amaya o los vascos en el siglo VIII» de Navarro Villoslada (1)

La última novela de Francisco Navarro Villoslada[1] ofrece una peculiaridad en cuanto a la presentación de elementos históricos[2]; aquí, a diferencia de las dos novelas anteriores, junto a lo histórico entra en buena medida lo legendario. Pero hay una explicación: la acción se remonta a un pasado muy lejano, el siglo VIII, del que no existen tantas noticias fidedignas como para la Edad Media; la historiografía romántica no estaba muy avanzada y, menos para una época tan remota como la de Amaya[3], la de la conquista de España por los musulmanes y la caída del imperio visigodo[4]. Hemos de recordar también lo dicho en entradas anteriores al hablar de la literatura fuerista: diversas novelas y leyendas pseudohistóricas románticas vinieron a suplir la carencia de una historiografía del pueblo vasco[5]; en este sentido, Amaya se convirtió en la «historia», hasta entonces no escrita, de los primitivos vascos[6]. Los huecos dejados por la historia son suplidos con leyendas y tradiciones, cuando no con la fantasía del autor. El propio Navarro Villoslada lo explica en las palabras finales de la «Introducción»:

Al transportarnos en alas de la fantasía a tan remotas edades, sentimos en el alma la grata frescura de la virtud sencilla, del heroísmo espontáneo y modesto, del vigoroso amor patrio. […] ¡Gloria a Dios, y lancémonos a las tinieblas de lo pasado por entre selvas seculares y monumentos megalíticos, sin más guía que frases de la historia, fragmentos de cantares, leyendas y tradiciones, a sorprender a dos grandes pueblos en el supremo momento de su implacable lucha, para ver cómo acaban unas edades y cómo empiezan otras (p. 12; las cursivas son mías).

Más adelante, en nota en página 278, alude a la «oscuridad histórica del siglo VIII» y en la página 572 habla de «los tiempos de nuestra historia, dentro de cuya oscuridad solo confusamente vislumbramos algunos personajes legendarios». Ahora bien, esto no quiere decir que los datos históricos estén por completo ausentes en esta narración; los hay, solo que en menor cantidad y, como ya dije, entremezclados con elementos legendarios y tradicionales. Podría decirse que lo histórico de la novela, más que en detalles y noticias concretas, está en la reconstrucción general de aquella época: el secular enfrentamiento de dos pueblos, godos y vascos, la descomposición interna del imperio visigótico, las asechanzas de los judíos peninsulares y, finalmente, la invasión agarena del año 711.

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Como ya señaló Arturo Campión, la historia y la leyenda se dan la mano en Amaya:

No es Amaya […] libro que deba la existencia a la imaginación pura. Al contrario, la leyenda y la historia son sus fuentes principales: una y otra han proporcionado los elementos primordiales que después sirvieron al autor para levantar el gallardo edificio que actualmente embelesa nuestros ojos: la erudición y la fantasía marchan juntas en la obra, venciendo la primera la torpeza natural de su paso, gracias a las brillantes alas que la segunda le presta. De esta manera, cuando acabamos de leer la obra, en nuestra memoria quedan, hábilmente grabados por el estilo magistral del autor, los rasgos fundamentales de dos pueblos diversos[7].


[1] Para el autor y el conjunto de su obra, ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995. Y para su contexto literario, mi trabajo «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Utilizo los siguientes trabajos para comprobar los aspectos histórico-arqueológicos de la novela: Ángeles Alonso Ávila (et alii), Hispania visigoda. Bibliografía sistemática y síntesis histórica, Valladolid, Universidad de Valladolid, 1985; Julio Caro Baroja, Los vascos, Madrid, Istmo, 1971; Luis A. García Moreno, Historia de España visigoda, Madrid, Cátedra, 1989; José Orlandis, Historia del reino visigodo español, Madrid, Rialp, 1988; E. A. Thompson, Los godos en España, Madrid, Alianza Editorial, 1971.

[3] Cito por esta edición: Amaya o los vascos en el siglo VIII, San Sebastián, Ttarttalo Ediciones, 1991. Otra más reciente es: Amaya o los vascos en el siglo VIII, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 1 y 2), 2 vols.

[4] Todavía en nuestros días no se conoce bien esa época; un estudioso de la misma escribe: «Nuestra información sobre la España visigótica se empobrece notoriamente desde que falta una fuente tan valiosa como las actas conciliares. Este vacío, imposible de suplir por otros cauces, determina que tan sólo dispongamos de noticias muy fragmentarias sobre los tres últimos lustros del Reino de Toledo» (José Orlandis, Historia de España. La España visigótica, Madrid, Gredos, 1977, p. 287). Si esto ocurre hoy, es lógico que en la época de Villoslada la carencia fuese todavía mayor. De hecho, hay muy pocas novelas históricas románticas ambientadas en ese momento, no sólo porque los románticos prefirieron la idealizada Edad Media, sino también por esa dificultad para encontrar noticias fiables.

[5] Recuérdese la célebre frase de Cánovas del Castillo: «Si los pueblos sin historia son felices, felicísimos han sido los vascongados durante siglos».

[6] «El propio autor define Amaya como “un centón de tradiciones éuskaras”. Y, efectivamente, eso es, al menos en parte, Amaya: un compendio de tradiciones apócrifas, un híbrido de leyenda y novela histórica» (Jon Juaristi, El linaje de Aitor. La invención de la tradición vasca, Madrid, Taurus, 1987, p. 124).

[7] Arturo Campión, «Amaya. Estudio crítico», La Avalancha, 1902, p. 101. En la página siguiente añade: «En la pintura de la sociedad gótica predomina, como es natural, el elemento histórico; en cambio, en la pintura de la sociedad éuskara y a causa de la penuria de documentos, el elemento legendario. Los mitos y las consejas, las tradiciones y los cantos, los recuerdos y las supersticiones que de aquellos oscuros tiempos y pueblo, poco menos que ignorado hasta nuestros días, se conservan, más o menos confusos y alterados, están reunidos en Amaya por Villoslada, con la solicitud del anticuario y la piedad filial de un buen hijo».

«El manco de Lepanto» (1874) de Manuel Fernández y González: estructura y contenido

Esta novela de Manuel Fernández y González, de 271 páginas, incluida en la «Biblioteca Universal Ilustrada» de Muñoz y Reig, se presenta bajo el subtítulo de Episodio de la vida del Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra[1]. Consta de 23 capítulos —a los que se sumará un «Post scriptum»—, cuyos epígrafes son:

I. En que se trata de un percance que le sobrevino a un barbero de Sevilla por meterse a afeitar a oscuras

II. En que se trata de una música de enamorado, acabada no muy amorosamente a tajos y reveses

III. De cómo, sin esperarlo, hallose la hermosa viuda con aquel su amor que tan acongojada la tenía

IV. En que se sabe quién era el incógnito amante de doña Guiomar

V. En que doña Guiomar comienza a contar su historia a Miguel de Cervantes

VI. En que se contiene una carta de Cervantes para doña Guiomar, y se sabe a lo que Florela se aventuró por servir a su señora

VII. En que se suspende la historia para decir algo de Miguel de Cervantes

VIII. En que se relata una aventura que le salió al paso a Cervantes, cuando a las aventuras de sus amores iba

IX. De cómo lo que no podía amparar Cervantes, vino a ampararlo doña Guiomar

X. De cómo Cervantes encontró casa de la tía Zarandaja más de lo que había querido buscar

XI. En que doña Guiomar prosigue el relato de su historia

XII. De cómo se iban cruzando los amores y apercibiéndose a una ruda batalla los celos

XIII. En que se ve que doña Guiomar hubiera hecho muy bien en no contar tan presto su historia a Cervantes, y en no amparar a Margarita

XIV. De cómo hubiera hecho muy bien doña Guiomar en no acudir a la visita que le hizo el señor Ginés de Sepúlveda

XV. De cómo Cervantes oyó el fin de la historia de Margarita entre las cavilaciones que le causaba el no saber adónde le llevaría la historia de sus amores

XVI. En que se ve cuán dura tenía la Inquisición la mano, aun para sus familiares, y cuánta fuerza, cuánta virtud y cuánta prudencia doña Guiomar para encubrir sus amarguras

XVII. De cómo Miguel de Cervantes supo lo que le bastó para meterse en una aventura de más empeño que la más atrevida en que osó meterse cualquiera de los Doce Pares

XVIII. De cómo puede enamorarse una mujer hasta el punto de morir de amor

XIX. De cómo, enloquecido Cervantes por el amor, creyó que la mano de Dios le apartaba de los efectos de su locura

XX. De la horrenda tragedia con que se encontró sorprendido y espantado Miguel de Cervantes

XXI. En que se ve que nada ve la justicia relativamente a Cervantes, y se sabe que Cervantes se había perdido

XXII. En que se sabe lo que fue de Cervantes

XXIII. En que se habla algo de la jornada de Lepanto, y de cómo fue la manquedad de Cervantes

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Como se desprende de la mera lectura de estos títulos de los capítulos, El manco de Lepanto es una novela de capa y espada, una novela repleta de aventuras, protagonizadas por nuestro Miguel de Cervantes, y solo en el último capítulo encontramos lo que anuncia el título, a saber, su participación en la batalla de Lepanto y la famosa manquedad del escritor, cuando combatió heroicamente, pese a estar ese día enfermo de fiebres[2], en uno de los esquifes al mando de doce hombres[3].


[1] Todas las citas de El manco de Lepanto son por esta edición de 1874: Manuel Fernández y González, El manco de Lepanto. Episodio de la vida del Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra, por don…, Madrid, Establecimiento Tipográfico de Muñoz y Reig, 1874.

[2] Y en una novela muy reciente, Quijote Z (Madrid, Dolmen Books, 2010), de Házael G. [González], la calentura de Cervantes en Lepanto se debe a que le ha mordido un zombi…

[3] Para el análisis completo de la novela remito a Carlos Mata Induráin, «Cervantes a lo folletinesco: El manco de Lepanto (1874) de Manuel Fernández y González», en Carlos Mata Induráin (ed.), Recreaciones quijotescas y cervantinas en la narrativa, Pamplona, Eunsa, 2013, pp. 167-193. En su más reciente biografía de Cervantes (La juventud de Cervantes. Una vida en construcción, Madrid, Edaf, 2016), José Manuel Lucía Megías matiza el heroísmo de Cervantes en Lepanto que nos ha transmitido la tradición, formando esa imagen idealizada, casi mítica, que tenemos del escritor: para Lucía Megías, Cervantes fue un héroe, sí, en el sentido de que combatió con valor y denuedo, como lo hicieron millares de soldados cristianos, con la suerte añadida de haber vivido para contarlo.