La religión y el teatro en Calderón: los autos sacramentales

La dimensión religiosa aparece en numerosas obras de Calderón, pero no siempre en el mismo nivel. Más intensa en comedias como La devoción de la cruz, adquiere matiz hagiográfico en El mágico prodigioso, pero es en los autos sacramentales donde constituye un elemento fundamental. El auto sacramental sirve a la exaltación de la Eucaristía. El papa Urbano IV establece en 1264 la celebración de la fiesta del Corpus Christi, fiesta que se extiende por todo el orbe católico y recibe nuevo impulso en el Concilio de Trento, que ve en ella una respuesta a ciertas actitudes protestantes sobre el Sacramento. El auto sacramental pertenece a este marco histórico y religioso y es un género que despliega enorme riqueza de pensamiento, de poesía y de escenificación. Es un teatro intensamente religioso, pero no hay que olvidar que primordialmente es teatro.

La nómina de los autos calderonianos alcanza cerca de 80 títulos, que constituyen uno de los conjuntos artísticos de mayor importancia literaria y cultural del Siglo de Oro. Calderón aplica en este género sus más altas posibilidades de investigación dramatúrgica y ética al dramatizar un proceso de caída y redención en que el hombre, situado entre las asechanzas del Demonio y la gracia de Dios, es el protagonista de su propia historia, libre —y por tanto responsable— para desarrollar su proyecto vital. Trazan, así, los autos una ambiciosa perspectiva en la que todo cabe (el hombre interior y social, la naturaleza y la historia, Dios y el Demonio, el bien y el mal, la tentación y la gracia…), expresada en un poderoso teatro nutrido de cuestiones humanas esenciales.

Calderón de la Barca, ed. de Ignacio Arellano, estudio preliminar de Enrique Rull y Ana Suárez, Kassel, Edition Reichenberger, 2018.

La tarea de edición crítica y anotada de los autos completos de Calderón de la Barca ha sido, precisamente, uno de los objetivos del GRISO, que ha invertido algo más de veinticinco años (1992-2018) en publicar un centenar de volúmenes en colaboración con la prestigiosa editorial hispano-alemana Edition Reichenberger[1].


[1] Recupero este texto de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin, «Calderón de la Barca. Un maestro en el olvido», Nuestro Tiempo. Revista cultural y de cuestiones actuales de la Universidad de Navarra, 700, otoño de 2018, pp. 36-43. La biografía del dramaturgo más completa y reciente es la de Don William Cruickshank, Calderón de la Barca: su carrera secular, trad. de José Luis Gil Aristu, Madrid, Gredos, 2011.

«Las gallinas de Cervantes» (1967) de Ramón J. Sender: final

Las gallinas de Cervantes (1967) de Ramón J. Sender[1] es un relato divertido que describe la alegórica y surrealista transformación de doña Catalina, la esposa de Cervantes, en una gallina. Este sería el hecho que explicaría la verdadera razón de la marcha —¿huida, abandono?— de Cervantes del hogar familiar en Esquivias. Ahora bien, tras su apariencia insustancial, la novelita esconde una veta más seria, que requiere una lectura más profunda, al mostrarnos a un Cervantes que tiene grandes sueños, que no puede cumplir encerrado como está en aquella casa, sabiéndose además ninguneado por la familia de su esposa, pues aunque lo aprecian por ser hidalgo con derecho al tratamiento de don, lo tienen en menos tanto por sus sospechosos orígenes conversos como por su poco lucrativo oficio de escritor, que apenas da dineros.

Halcón volando alto

En este sentido, el símbolo del halcón herido que Cervantes se encarga de cuidar, pero al que su esposa le ha cortado las alas, resulta transparente: «el halcón miraba a veces a lo alto y debía extrañarse de su incapacidad para seguir su instinto de ave de altura» (pp. 44-45)[2]. Al final, tanto el halcón como Cervantes volarán en pos de sus respectivos destinos… Por lo demás, esta recreación cervantina senderiana ofrece el interés de mostrarnos a diversos personajes que estarían en la futura génesis del Quijote, en particular el hidalgo Alonso de Quesada, tío de Catalina, personaje dual mezcla de grandeza y miseria que bien podría servir al escritor como germen para la genial creación de don Quijote[3].


[1] Cito por Ramón J. Sender, Las gallinas de Cervantes, Barcelona, Plaza & Janés Editores, 2002. Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Una recreación cervantina: Las gallinas de Cervantes, novela corta de Ramón J. Sender (1967)», en Maira Angélica Pandolfi, Márcio Roberto Pereira, Marcos Hidemi de Lima y Wellington R. Fioruci (eds.), Confluências Transatlânticas. Narrativa Contemporânea Ibérica e Ibero-Americana, Campinas (São Paulo), Mercado de Letras, 2021, pp. 313-336.

[2] Como escribe Antonio Román Román, «El paralelismo entre el halcón y Cervantes es perfecto»; ver «Un homenaje de Sender a Cervantes: Las gallinas de Cervantes», en Juan Fernández Jiménez, José Julián Labrador Herraiz y L. Teresa Valdivieso (coords.), Estudios en homenaje a Enrique Ruiz-Fornells, Erie (Pennsylvania), Publicaciones de la Asociación de Licenciados y Doctores Españoles en los Estados Unidos, 1990, p. 566.

[3] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Una recreación cervantina: Las gallinas de Cervantes, novela corta de Ramón J. Sender (1967)», en Maira Angélica Pandolfi, Márcio Roberto Pereira, Marcos Hidemi de Lima y Wellington R. Fioruci (eds.), Confluências Transatlânticas. Narrativa Contemporânea Ibérica e Ibero-Americana, Campinas (São Paulo), Mercado de Letras, 2021, pp. 313-336.

Calderón y la mujer

Hay cierta inclinación entre los estudiosos a percibir aspectos feministas en la obra de Lope o de Tirso, mientras que de Calderón se ha llegado a escribir que «no suele tener buena mano a la hora de poner en escena a mujeres jóvenes» (Hugo Friedrich); o, como fantaseaba Menéndez Pelayo: «Las damas de Calderón tienen siempre algo de hombrunas. No hay jamás en Calderón esa sutilísima comprensión de la naturaleza femenil», otros tópicos que nada significan. Porque en la obra de Calderón hay toda clase de mujeres, según el género dramático y las tramas que definen los papeles femeninos —y los masculinos—, cuya coherencia dramática exige a menudo acciones y desenlaces que pueden considerar «intolerables» las sensibilidades modernas que desplacen anacrónicamente las circunstancias de un texto. No es lo mismo la heroína cómica de La dama duende que la pervertida Ana Bolena de La cisma de Ingalaterra o la ejemplar Cenobia de La gran Cenobia. Que Calderón presente un ejemplo de soberbia y tiranía como Semíramis en La hija del aire —que poco se diferencia de los tiranos masculinos—, caracterizada por su pasión de mandar, no significa en el poeta ni una postura antifeminista ni feminista de reivindicación del poder femenino.

Artista desconocido, Ana Bolena (1570). National Portrait Gallery (Londres).
Artista desconocido, Ana Bolena (1570). National Portrait Gallery (Londres).

Cada drama tiene su lógica interna. Cientos de mujeres actúan en las comedias de Calderón: el lector o espectador podrá hallar en estas obras la compasión por la víctima y la justicia contra el agresor (El alcalde de Zalamea, El Tuzaní de la Alpujarra), la inteligencia y el ingenio (La dama duende), la pedantería cultilatiniparla (No hay burlas con el amor), la malvada ambición (La cisma de Ingalaterra), el modelo de buena reina (La gran Cenobia), y otros muchos matices y condiciones[1].


[1] Recupero este texto de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin, «Calderón de la Barca. Un maestro en el olvido», Nuestro Tiempo. Revista cultural y de cuestiones actuales de la Universidad de Navarra, 700, otoño de 2018, pp. 36-43. La biografía del dramaturgo más completa y reciente es la de Don William Cruickshank, Calderón de la Barca: su carrera secular, trad. de José Luis Gil Aristu, Madrid, Gredos, 2011.

Para la génesis del «Quijote» en «Las gallinas de Cervantes» (1967) de Ramón J. Sender: el hidalgo don Alonso de Quesada (y 2)

Poco a poco los lectores de Las gallinas de Cervantes[1] iremos adivinando cierta identificación entre Cervantes y don Alonso, especialmente en el tramo final del relato, cuando alcanzamos a saber que, al igual que Miguel, está interesado por lo hebreo (seguramente por descender también él de conversos):

Cervantes se pasó la mano por la frente, suspiró con pesadumbre y entró en la casa. En aquel momento encontró al hidalgo, que llegaba aunque no era domingo. Llevaba un libro en la mano. Un pequeño libro de Luis de Ávila que se llamaba Jardín Espiritual, una paráfrasis del Zohar, de Sem Tob (don Hombre Bueno, en castellano). Fue una gran sorpresa para Cervantes. El Zohar era el libro más importante después del Talmud judío, por entonces. La crema de la crema del pensamiento hebraico en el que se recordaba que David había sido una especie de bufón de Dios. David, que bailaba desnudo para sus sirvientes y que no rehuía lo grotesco risible porque sabía que, por encima de todas las manifestaciones más impúdicamente bufonescas del hombre, estaba la divinidad invulnerable e invilificable. Por encima de lo ridículo sublime y de lo grandioso mezquino. Del hidalgo que aconsejaba apuntar las gallinas y recibía una paliza en un camino y hasta de la esposa engallinecida.

Cervantes creyó comprender al hidalgo con sus ambivalencias, incluida la del silencio noble y el habla risible (pp. 109-111).

Primera edición del Zohar (Mantua, 1558)
Primera edición del Zohar (Mantua, 1558).

Y si don Alonso Quesada podría dar lugar a la futura creación de don Quijote, la propia doña Catalina es trasunto de Dulcinea del Toboso:

Antes de casarse había querido informarse sobre la familia de la novia y supo que sus abuelos venían del Toboso. Se inclinó a soñar un poco, como cualquier novio en su caso. Toboso es un nombre compuesto de dos voces hebreas, como otros nombres españoles de ciudades o aldeas. Tob quiere decir bueno y sod quiere decir secreto. Así, pues, el Toboso significa en hebreo el bien secreto o la bondad escondida. Recordaba Cervantes que, antes de casarse, había dado a doña Catalina un nombre que le pareció a un tiempo poético y justo. Era Cervantes un gran admirador de la Celestina y, a la hora de dar a su novia un nombre idílico, se le ocurrió hacerlo a imitación del de Melibeo y Melisendra, la amada del infante Gaiferos. Si ellas eran dulces como la miel, dulce debía ser también doña Catalina. Así pues, la llamó Dulcinea y por alusión a su linaje del Toboso. En su conjunto, el nombre quería decir Dulzura de la bondad secreta. Mitad en romance y mitad en hebreo. Nadie sabía que Cervantes conocía el idioma hebreo. No era que pudiera hablarlo o escribirlo, sino que había sentido curiosidad por los idiomas semíticos y aprendido algo de ellos durante su larga estancia en Argel (pp. 83-84).

En fin, cabe señalar más concomitancias con el Quijote: la sobrinita podría inspirar en el futuro la creación de Antonia Quijana, la sobrina de don Quijote; en la novela intervienen dos curas, el hermano clérigo de doña Catalina y el cura párroco de Esquivias, un barbero, etc. Todavía podríamos mencionar algunos detalles narrativos que son claras reminiscencias cervantinas, como la alusión a los diversos «autores»: la historia de lo sucedido a doña Catalina es algo «fabuloso e increíble», sin embargo el narrador anota: «Pero era verdad y se puede comprobar con documentos de la época» (p. 7), se habla de «los documentos que yo he podido recoger» (pp. 8-9), se introducen expresiones del tipo «Entre las graves personas que han estudiado la materia…» (pp. 11-12), «En esto están todos los autores de acuerdo» (p. 14). En sentido contrario, tenemos la limitación de la omnisciencia del narrador en algunos detalles nimios: «En aquella comedia, cuyo título no recuerdo…» (p. 15)[2].


[1] Cito por Ramón J. Sender, Las gallinas de Cervantes, Barcelona, Plaza & Janés Editores, 2002.

[2] Ver Pol Madí Besalú, Una aproximación a la narrativa breve de Ramón J. Sender: las «Narraciones parabólicas» (1967), Tesis de Máster inédita, Barcelona, Universitat Autònoma de Barcelona (Facultat de Filosofia i Lletres), 2017, pp. 11-12. Por su parte, Juan Ramón Rodríguez de Lera escribe: «Sender recrea, desde la erudición, una realidad ficticia que podría haber sido el embrión de la posterior novela cervantina» («Las gallinas de Cervantes, de Ramón J. Sender», Cuadernos Cervantes de la lengua española, año 10, núm. 54, 2004, p. 40b). Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Una recreación cervantina: Las gallinas de Cervantes, novela corta de Ramón J. Sender (1967)», en Maira Angélica Pandolfi, Márcio Roberto Pereira, Marcos Hidemi de Lima y Wellington R. Fioruci (eds.), Confluências Transatlânticas. Narrativa Contemporânea Ibérica e Ibero-Americana, Campinas (São Paulo), Mercado de Letras, 2021, pp. 313-336.

El Calderón cómico. Hombre ingenioso y de buen humor

Lejos de ser un aburrido malhumorado, Calderón tenía fama de hombre chistoso y de gran ingenio. El portugués Pedro José Suppico, en sus Apotegmas políticos y morales, documenta la actuación de Calderón —y otros poetas— en una comedia burlesca improvisada titulada La creación del mundo, en la que Calderón representaba a Adán y Vélez de Guevara al Padre Eterno, al cual Adán había robado unas peras, robo que disculpaba Calderón con tal lujo de palabras que acabó cansando al Padre Eterno, quien arrojó al suelo la bola del mundo que era su emblema, diciendo:

Por Cristo crucificado
que, como soy pecador,
me pesa de haber criado
un Adán tan hablador.

La anécdota evidencia que Calderón y Vélez eran considerados los poetas más chistosos e ingeniosos de la Corte, los más aptos para estos juegos de diversión jocosa.

La dama duende (2013), dirección de Miguel Narros
La dama duende (2013), dirección de Miguel Narros.

La extraordinaria destreza cómica de Calderón se desarrolla en las comedias de capa y espada (La dama duende, No hay burlas con el amor, El agua mansa… y decenas más), mundos primaverales en los que triunfan la juventud y el ingenio, el honor se rinde al humor y a la risa, y el amor domina en un vertiginoso sucederse de peripecias. El extremo de lo jocoso en el teatro del Siglo de Oro lo representa el género de la comedia burlesca, también llamada de disparates, de chanza o de chistes, piezas de humorismo absurdo y carnavalesco. A Calderón se debe precisamente la mejor comedia burlesca del Siglo de Oro, Céfalo y Pocris, burla de una historia narrada por Ovidio en las Metamorfosis, sometida al registro ridículo y a la serie de disparates, con todo tipo de juegos y chistes, desde la parodia inicial en que un personaje es despeñado por un borrico desbocado. También merece la pena recordar en este terreno sus entremeses (Las carnestolendas, El desafío de Juan Rana…), piezas breves muy elaboradas en sus medios cómicos[1].


[1] Recupero este texto de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin, «Calderón de la Barca. Un maestro en el olvido», Nuestro Tiempo. Revista cultural y de cuestiones actuales de la Universidad de Navarra, 700, otoño de 2018, pp. 36-43. La biografía del dramaturgo más completa y reciente es la de Don William Cruickshank, Calderón de la Barca: su carrera secular, trad. de José Luis Gil Aristu, Madrid, Gredos, 2011.

Para la génesis del «Quijote» en «Las gallinas de Cervantes» (1967) de Ramón J. Sender: el hidalgo don Alonso de Quesada (1)

En Las gallinas de Cervantes[1], varios de los personajes con los que convive Cervantes en la casa familiar de Esquivias son claros antecedentes de los futuros personajes del Quijote. De todos ellos, el más notable es el tío de doña Catalina, el hidalgo don Alonso de Quesada:

El día de la boda, cuando se marcharon los vecinos, quedó en un extremo de la sala un tío de doña Catalina, que se llamaba don Alonso de Quesada y Quesada, por lo cual se supone que sus padres fueron primos hermanos y tal vez era esa la causa de algunas de las rarezas de su carácter. Iba vestido mitad de caballero a la soldadesca y mitad de cortesano, y era alto, flaco, membrudo y de expresión noble y un poco alucinada (pp. 9-10).

Cervantes lo mira con respeto por su decorativa presencia y su llamativo silencio (se insistirá varias veces en ese «silencio noble» del hidalgo). Curiosamente, se le llama primero hidalgo (p. 10), pero de seguido caballero (p. 11). Es él quien añade, junto a la lista de enseres y otros objetos del ajuar de la novia, la indicación de las veintinueve gallinas (y anotará también el gallo, a petición de Cervantes). La dualidad realismo/idealismo es nota destacada de su retrato:

Le parecía a Cervantes que aquel figurón era espantosa e increíblemente contradictorio. En su cuerpo vivían dos seres distintos. Lo último que podía haber imaginado Cervantes era que aquel don Alonso saliera con la ocurrencia de las gallinas, él, que parecía reunir las apariencias y las secretas cualidades de generosidad y largueza de los héroes del linaje de Amadís (p. 11).

Este Quesada en tiempos pasados había seguido, explica el clérigo, los negocios familiares del pollerío con ciertos comerciantes de Valdemoro que tenían puestos en el mercado de Medina del Campo, y en cierta ocasión fue protagonista de una equívoca anécdota que le valió una paliza:

El hidalgo, con su prestancia de condestable de Castilla, había sido en tiempos un buen agente de compras de huevos para el abuelo de doña Catalina. Y, según ella decía, una vez que supo que un arriero iba a Pinto con una carreta y que llevaba una carta de su hermano el cura para un campesino que criaba aves de corral, el hidalgo le pidió la carta sellada al clérigo y escribió en el sobrescrito: «El día 15 pasaré por ese camino de Valdemoro. Si tenéis huevos salid al camino.» Y firmó.

Quería que saliera con huevos para comprárselos, pero el rústico entendió mal, salió y le dio una paliza al condestable. Ese incidente desgraciado, que doña Catalina contó de buena fe, hizo reír a Cervantes (pp. 73-74)[2].

Huevos

Pero luego se retiró del negocio: «Viendo en el viejo señor Quesada, una vez más, aquella dualidad de grandeza y miseria, Cervantes no sabía qué pensar» (p. 75). Ya antes había anotado el narrador: «Por un momento pensó Cervantes que sería bueno separar a aquellas dos personas que parecían vivir en el cuerpo de don Alonso» (p. 12). Otros pasajes van completando su descripción física y su retrato moral:

… cuando llegaba de tarde en tarde don Alonso Quesada, evitaba discutir con él porque se obstinaba el buen viejo en decirle que las heridas de arcabuz no implicaban heroísmo ni mérito, ya que se tiraba a distancia, y el mérito estaba solo en la espada y la pica. Él arrastraba un enorme espadón, que llevaba colgado de un tahalí de piel de cabra, porque padecía de los riñones el buen hombre.

[…] Aquel viejo tenía manías raras. Por ejemplo, prohibía que se dijera su nombre de noche porque veía en esa peregrina circunstancia no sé qué riesgos en relación con Urganda la desconocida. Leía libros de caballerías y, cuando, un día, el hermano de doña Catalina, el clérigo, […] le preguntó al hidalgo si se podía saber qué hacía en Esquivias, él respondió, atusándose el bigote lacio y caído:

—Esperar. Eso es lo que hago. Esperar.

—¿Y qué esperáis?

—Espero el ineluctable desenlace (pp. 23-24).

Cervantes, que está familiarizado con el hebreo y el Antiguo Testamento, encuentra interesantes los nombres del anciano:

Los nombres de aquel viejo hidalgo (Alonso y Quesada) le parecieron a Cervantes especialmente sugestivos. Pero Quesada podría haber sido Quijano y Quijada, y se le ocurrió que añadiéndole el sufijo ote (despectivo) la sugestión era más completa. En hebreo resultaría el nombre Quichot (o quechote), que quiere decir certidumbre, verdad, fundamento, y que se cita constantemente en las escrituras religiosas judías. Quesada era un nombre lleno de alusiones a grandezas humanas y el ote lo hacía grotesco. Sin dejar de ser grandioso y grotesco era, sobre todo, la verdad. Una gran verdad hebraica. Como Ezequiel y, más aún, como David, el hidalgo Quesada parecía a un tiempo loco, sabio, grave, grotesco, y Cervantes lo miraba a distancia y reflexionaba. Le producía aquel viejo admiración, respeto y risa (pp. 85-86)[3].


[1] Cito por Ramón J. Sender, Las gallinas de Cervantes, Barcelona, Plaza & Janés Editores, 2002.

[2] Aquí podríamos ver un antecedente de las numerosas palizas que recibe don Quijote en la novela cervantina.

[3] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Una recreación cervantina: Las gallinas de Cervantes, novela corta de Ramón J. Sender (1967)», en Maira Angélica Pandolfi, Márcio Roberto Pereira, Marcos Hidemi de Lima y Wellington R. Fioruci (eds.), Confluências Transatlânticas. Narrativa Contemporânea Ibérica e Ibero-Americana, Campinas (São Paulo), Mercado de Letras, 2021, pp. 313-336.

El Calderón trágico. El honor, el poder y la libertad

Una de las paradojas curiosas que han afectado a Calderón tiene que ver con la tragedia. Por una parte, ha sido tomado a menudo como escritor rígido, cruel y trágico, pero por otro lado se ha negado que en el teatro del Siglo de Oro español haya tragedias, lo que dejaría a Calderón en un terreno inexistente. Se argumenta que no es posible la tragedia en un universo —como la España del Siglo de Oro— que cree en un Dios ordenador y justo y un más allá en que todo desorden se subsana, pero tal argumento se basa en una postura arbitraria que solo considera trágico el desamparo del hombre en un cosmos sin sentido. El cristianismo es una visión antitrágica del mundo, pues ofrece al hombre la seguridad del reposo final en Dios, pero la acción teatral puede contemplar la destrucción de un héroe trágico en términos que provoquen la compasión y el temor del oyente, como ya pedía Aristóteles.

El mayor monstruo del mundo, de Calderón dde la Barca

Nadie podrá negar la cualidad trágica a piezas tan admirables como El mayor monstruo del mundo, cuyo protagonista, Herodes, ordena matar a su mujer en el caso de que él muera, porque no soporta la idea de que ella pertenezca a otro, ejemplo de una conducta egoísta, obsesionada por la propia pasión y que, por medio de un esquema que mezcla el destino y la responsabilidad, desemboca en un comprensible desenlace trágico, provocando hoy como ayer la emoción en el espectador; o El médico de su honra, una de las obras peor entendidas en la historia del teatro universal. Pocos estudiosos han conseguido comprender de qué trata exactamente este drama de honor, perjudicado por la visión rutinaria de un marido violento y asesino que protagoniza lo que hoy se denominaría un crimen de género, lectura falsa que ignora la tragedia del protagonista don Gutierre, escindido entre el amor por su esposa y la obligación de la honra, obligación impuesta por el sistema social, y de la que los mismos ejecutores protestan, como Juan Roca en El pintor de su deshonra:

¡Mal haya el primero, amén,
que hizo ley tan rigurosa!
¿El honor que nace mío,
esclavo de otro? Eso no.

El honor resulta así metáfora de cierta opresión ideológica y social, un tipo de condicionamiento que existe hoy con tanta fuerza como en el siglo XVII, perfectamente comprensible para cualquier espectador actual que no se instale en el prejuicio.

Constante universal y actual es también otro de los grandes temas calderonianos, el de la lucha generacional. Las figuras paternas muestran a menudo en Calderón una incapacidad para afrontar el riesgo de la vida, para aceptar la contingencia esencial del ser humano: los «padres» carecen de valor para enfrentarse con sinceridad a los embates de múltiples violencias. Piezas que responden a este tema básico son La devoción de la cruz, Los cabellos de Absalón, La vida es sueño… En esta última, quizá la comedia más famosa de Calderón, todo el discurso del rey Basilio justificando haber encarcelado a Segismundo culmina en la verdadera razón: el miedo a ser destronado y vencido por su hijo:

                       … yo rendido
a sus pies me había de ver,
¡con qué congoja lo digo!,
siendo alfombra de sus plantas
las canas del rostro mío…

También resulta nuclear otra de las grandes claves de Calderón: la libertad —y por tanto la responsabilidad— del hombre frente a su conducta. El destino en que el que cree Basilio nunca puede doblegar la libertad del individuo: la voluntad de Segismundo obedece finalmente a su libre albedrío, y no está determinada por los astros. La dramaturgia de Calderón —como la obra de Cervantes— es, fundamentalmente, la dramaturgia de la libertad.

Lejos de toda complacencia con el poder, cuando este da lugar a abusos injustos Calderón explora los territorios de la opresión política y social, la rebelión y la libertad, el enfrentamiento étnico y religioso, la intolerancia, etc. Nuevamente un complejo de temas de vigencia universal y bien actuales: basta ver El Tuzaní de la Alpujarra, El alcalde de Zalamea o La cisma de Ingalaterra[1].


[1] Recupero este texto de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin, «Calderón de la Barca. Un maestro en el olvido», Nuestro Tiempo. Revista cultural y de cuestiones actuales de la Universidad de Navarra, 700, otoño de 2018, pp. 36-43. La biografía del dramaturgo más completa y reciente es la de Don William Cruickshank, Calderón de la Barca: su carrera secular, trad. de José Luis Gil Aristu, Madrid, Gredos, 2011.

La semblanza de Cervantes (escritor y descendiente de conversos) en «Las gallinas de Cervantes» (1967) de Ramón J. Sender (y 2)

A lo largo de la novela[1], Cervantes irá sintiendo cada vez con más premura la necesidad de escapar de allí, y no solo por la preocupante metamorfosis de su esposa, sino también por el ninguneo que sufre por parte de su familia y la falta de perspectivas vitales y literarias en aquella aldea de Toledo:

El descubrimiento de la extravagancia del tío, de la sordidez del cuñado clérigo y, sobre todo, del acelerado proceso de gallinificación de doña Catalina decidió a Cervantes a pensar en salir un día de Esquivias (p. 25).

Casa de Cervantes en Esquivias (Toledo).
Casa de Cervantes en Esquivias (Toledo).

Al ver que su esposa ha cortado las alas al halcón herido, el narrador menciona que Cervantes siente «una sombría y profunda angustia» (p. 31), y luego se añade que «se sentía triste por sí mismo [y] por el falconete» (p. 46). A este estado de melancolía contribuye también la conciencia de su fracaso como autor teatral: en un determinado momento marcha a Madrid, pero regresa sin haber conseguido vender una comedia que había escrito. Distintas indicaciones textuales van insistiendo en esta cuestión de la tristeza y el cansancio cervantinos: se siente «fatigado y perplejo» (p. 35) por tener que agradecer la atención de que nunca mengüen las veintinueve gallinas del contrato matrimonial, algo que se encarga de cumplir escrupulosamente el hermano clérigo como una «deuda de decoro»: si se mata una gallina para comer, inmediatamente se repone con otra; luego se insiste en que «Sonreía irónico y melancólico» (p. 39) al comprobar que su esposa y su cuñado no se descuidaban jamás en esta contabilidad del gallinero. «Estaba Cervantes cada vez más preocupado con todo aquello» (p. 48), hasta el punto de haber perdido las ganas de reír: «Pero Cervantes solía reír pocas veces […] aquello comenzaba a ser una tremenda extravagancia del destino» (p. 55)[2]. La única solución posible es huir, escapar de la casa, de su esposa y de su familia: «El día que se celebró la primera misa en el hogar, Cervantes, profundamente impresionado por la transformación de su esposa, decidió marcharse» (p. 56). Y luego, ya completado el proceso de transformación de doña Catalina de mujer en gallina:

Doña Catalina seguía hablando y, cuando se sentía locuaz al modo gallinesco, Cervantes quería ya una sola cosa. Quería marcharse de aquella aldea. Lo más lejos posible. A las Indias no le dejaban ir por el momento, pero le habría gustado por lo menos ir a Andalucía o bien a Castilla la Vieja, a Valladolid, donde estaba la corte (p. 103).

Al final, la atmósfera resulta tan asfixiante que solamente siente el anhelo de la libertad: «Llegó un momento en que Cervantes habría querido salir de la casa y de Esquivias con las manos vacías y solo por sentirse libre» (p. 107).

Dada la brevedad del relato, Sender no puede ofrecer una semblanza completa del escritor; sea como sea, sí se van dejando caer aquí y allá algunos datos esenciales sobre su vida, su carácter y su producción literaria: fue soldado y resultó herido en combate (p. 23); estuvo cautivo en Argel, «seis años» (p. 72), donde se interesó por los idiomas semíticos, y pasó además por Chipre y por Italia; antes había sido estudiante en Salamanca (p. 57); es hidalgo y tiene derecho al tratamiento de don (pp. 35 y 105); gusta de releer la primera parte de La Galatea y piensa escribir su continuación; tiene una hija natural y mató a un hombre en duelo (p. 103); ha fracasado como autor teatral; tiene el deseo de pasar a América en busca de mejor fortuna, etc. Se dice de él que «tenía una sensibilidad muy aguda» y «solía leer los secretos pensamientos de la gente, especialmente cuando percibía en ella alguna tendencia a la animosidad» (p. 81). Esa sensibilidad, claro, es especial en materia el lenguaje («Él se interesaba por las palabras como los niños por los confites y los jugadores por sus bazas», p. 77). En fin, el Cervantes de Sender es, sobre todo, un hombre sin rencor (p. 46), un hombre prudente y bueno:

Era Cervantes extremadamente prudente. Nunca habló mal de nadie. Si alguno lo maltrataba lo comentaba tal vez, doliéndose, pero su dolor era conciliador. Parecía como si tuviera un sentimiento de culpabilidad. ¿Tal vez por saberse de origen judío? / Era un hombre bueno, secretamente bueno y digno como nadie de Dulcinea del Toboso, es decir de la mujer dulce de la bondad secreta (pp. 93-94)[3].


[1] Cito por Ramón J. Sender, Las gallinas de Cervantes, Barcelona, Plaza & Janés Editores, 2002.

[2] Las ocurrencias de la sobrinita de doña Catalina y los picotazos «sin malicia y solo por juego» (p. 45) que le daba el halcón en el dedo son dos de las pocas cosas que le hacían reír.

[3] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Una recreación cervantina: Las gallinas de Cervantes, novela corta de Ramón J. Sender (1967)», en Maira Angélica Pandolfi, Márcio Roberto Pereira, Marcos Hidemi de Lima y Wellington R. Fioruci (eds.), Confluências Transatlânticas. Narrativa Contemporânea Ibérica e Ibero-Americana, Campinas (São Paulo), Mercado de Letras, 2021, pp. 313-336.

Calderón, el incomprendido

Desde Menéndez Pelayo —poco afecto al barroco de Calderón— hasta algunos «intelectuales progresistas» de los más recientes, al poeta se le ha atribuido tópicamente y leyendo mal sus obras —o sin haberlas leído— una defensa fanática del sistema inquisitorial e imperialista, un talante áspero, un apoyo activo del cruel código del honor llamado por antonomasia calderoniano…, rasgos todos que tomados absolutamente resultan falsos.

Pedro Calderón de la Barca

Muy al contrario, en una exploración plenamente moderna se perciben en las obras de don Pedro numerosos elementos de crítica social y política, a la vez que muestra la más alta capacidad cómica de su generación en las comedias de diversión o en los entremeses. Para quien lo haya leído, Calderón se presenta como un poeta polígrafo, capaz de todo el arco dramático, siempre innovador y siempre problemático, actual y universal[1].


[1] Recupero este texto de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin, «Calderón de la Barca. Un maestro en el olvido», Nuestro Tiempo. Revista cultural y de cuestiones actuales de la Universidad de Navarra, 700, otoño de 2018, pp. 36-43. La biografía del dramaturgo más completa y reciente es la de Don William Cruickshank, Calderón de la Barca: su carrera secular, trad. de José Luis Gil Aristu, Madrid, Gredos, 2011.

La semblanza de Cervantes (escritor y descendiente de conversos) en «Las gallinas de Cervantes» (1967) de Ramón J. Sender (1)

Por debajo de la “cáscara” cómica y aparentemente intrascendente, hay en el relato de Sender[1] un meollo de contenido más hondo que deja en el lector un poso de angustia y dolor, no exento de cierto sentido trágico. Ciertamente, la metamorfosis de doña Catalina es solo la anécdota externa, pero está cargada de valor simbólico: Cervantes, en Esquivias, vive en medio de un mundo de gallinas, valga decirlo así, inmerso en una realidad prosaica y cotidiana —opresiva también— que coarta su libertad como escritor y como persona. En este sentido, la acción de doña Catalina cortando las alas del halcón herido que cuida su marido constituye una metáfora transparente de esa realidad que cercena la libertad del escritor, impidiéndole volar a regiones más altas. Así, la formulación «Cervantes repetía que sería injusticia hacer esclava a un ave a quien Dios había hecho libre» (p. 28) recuerda claramente las palabras de don Quijote en el episodio de la liberación de los galeotes: «… porque me parece duro caso hacer esclavos a los que Dios y naturaleza hizo libres» (Quijote, II, 22). Al final, el halcón se recupera y logra escapar volando hacia las alturas (pp. 67-68), anticipando el final de la novela y el destino del escritor:

Y Cervantes salió aquel día de Esquivias y no volvió nunca. Sin los majuelos. Se fue a Andalucía a reunir víveres para la expedición de la Invencible, que fue vencida poco después. Sabido es el soneto que escribió más tarde, burlándose del duque de Medinasidonia y el que dedicó a Felipe II. De aquellos dos sonetos estaba Cervantes justamente satisfecho. Él que tanto empeño puso en escribir poesía (p. 111)[2].

Halcón

Como vamos viendo, la presencia de los animales, con un valor simbólico, es constante en la obra, y se extiende más allá de la gallinificación de doña Catalina. Así, otro símbolo muy notable es el de la gallina herida por un gato; tras el asalto al gallinero, esta gallina ha quedado muy maltrecha y todas las demás la picotean (p. 76). Cervantes, en su manquedad, se identifica con ella:

Veía Cervantes su propia mano manca por heridas de guerra y recordaba el arcabuzazo en el pecho. Creía hallar alguna congruencia en la actitud de toda aquella gente con él. Tampoco él se podía valer con las dos manos (p. 77).

Durante el día seguía preocupándole lo que sucedía en el corral con la gallina herida. Si reflexionaba un poco no tardaba en comprender que en la casa, y tal vez en la vida, pasaba lo mismo con él. Sabiéndolo manco, deseaban hacerle sentir su vulnerabilidad, tal vez (pp. 78-79).

Y es que, en efecto, él se siente ninguneado por los familiares de doña Catalina, que ni aprecian el valor heroico de sus heridas recibidas en combate, ni consideran el oficio de escritor un trabajo, una ocupación rentable en términos de dineros:

Iban haciéndose las cosas difíciles para Cervantes y no sólo por la metamorfosis de doña Catalina. Algunos comenzaban a pensar que Cervantes no trabajaba, no hacía nada dentro ni fuera de la casa (p. 69).

Por el contrario, constantemente se le recuerda que el abuelo de Catalina tuvo un próspero negocio de venta de pollos y huevos (cierta vez logró vender 600 gallinas a los polleros de Valdemoro), del que todos se sienten muy orgullosos. Para su familia política el dinero es más importante que el valor. Por ejemplo, tienen un pariente arrendador de alcabalas que ha hecho dinero, y doña Catalina comenta: «Ese, vale mucho» (p. 70); y su hermano clérigo añade: «Ese arbitrista no se anda en Galateas ni galateos» (p. 70), dardo envenenado contra Cervantes, porque por esos días está pensando en redactar la segunda parte de La Galatea (pero no se decide, entre otras cosas porque no se atreve a usar para escribir «unas resmas de estracilla que había en la casa y que figuraban también en el contrato de boda», p. 61; se alude otra vez a ellas en la p. 104). La situación hace que Cervantes se sienta consternado: «Tenía el deseo de marcharse de Esquivias cuanto antes, pero no sabía cómo» (p. 91).

Pero todavía hay más, y se trata de algo más grave: el hermano clérigo de doña Catalina, del que se destaca su «sordidez» (p. 25), simboliza una España autoritaria en el que no hay lugar para los seres marginales, sean estos gitanos (ver pp. 26 y 47), moriscos[3] o conversos. En este sentido, la novela de Sender no pasa por alto el tema de los antecedentes conversos de Miguel de Cervantes, con varias alusiones explícitas, que se acumulan en la parte final del relato:

No tardaron en descubrir que Cervantes rehusaba a veces comer carne de cerdo. No todas las clases de carne de cerdo. Por ejemplo, el jamón serrano bien curado, cuando tenían un pernil colgado en la despensa, le gustaba y, en las tardes de invierno, una loncha con un poco de tomate en conserva, un trozo de pan y medio vaso de vino era una buena merienda que le entonaba. Quedarse entonces al amor del fuego una hora sin hacer nada, soñando y dormitando, era una delicia (p. 79).

Aquella tarde el clérigo dijo al hidalgo: «Mi cuñado don Miguel de Cervantes viene de conversos.» Cervantes era rubio, de frente despejada y expresión abierta. Es verdad que tenía una nariz corva y afilada y los labios gruesos y saledizos, aunque la boca era pequeña. En todo caso, el carácter de Cervantes, un poco solitario y evasivo, distaba del de otros escritores que no venían de conversos, como por ejemplo Lope de Vega (p. 80).

Un día se dio cuenta Cervantes de que la transformación de doña Catalina era menos sensacional para sus amigos que la sospecha creciente de haber habido judíos en su linaje. No era Cervantes judío, pero venía de conversos (p. 92).

Había pensado también seriamente Cervantes en salir para Indias, común refugio de los desventurados. Pero para conseguir la autorización necesitaba una justificación de limpieza de sangre, porque había recelo y ojeriza con los sospechosos de judaísmo e incluso con los conversos de reciente data. Esta era una ley nueva (p. 94).

Cervantes sabía un poco de árabe y más hebreo, aunque en ninguno de esos idiomas era maestro. Algunos pasajes de Ezequiel podía leerlos en el idioma original, pero aquella era una virtud no comunicable (pp. 101-102).

Un día, el párroco se permitió una alusión que alarmó un poco a Cervantes. Habló de los que preferían el aceite a la grasa de tocino para freír huevos. Luego le preguntó a Cervantes si el nombre Ana era judío y lo que quería decir (p. 106).

Comenzaba el clérigo a mirar de reojo a Cervantes por alguna de las siguientes causas. Por haberse enterado de que tenía una hija natural nacida de sus amores con la comediante Ana Franca (una hija a quien Cervantes amaba y que se llamaba Isabel de Saavedra). Por su arrepentimiento de haber casado a la hermana joven con un converso o hijo o nieto de conversos veinte años más viejo y manco. Por haber averiguado que, antes de ir Cervantes a Italia, mató a un hombre en duelo por lo cual fue condenado a diez años de destierro y a la amputación de la mano derecha, sentencia que afortunadamente no se cumplió. O, simplemente, porque recelaba de aquel interés varias veces manifestado por los majuelos de Seseña (p. 106)[4].


[1] Cito por Ramón J. Sender, Las gallinas de Cervantes, Barcelona, Plaza & Janés Editores, 2002.

[2] Los majuelos aludidos formaban parte también de la dote aportada por la novia. Luego se refiere a los célebres sonetos que comienzan «Vimos en julio otra Semana Santa…» y «¡Voto a Dios que me espanta esta grandeza…», dedicado este segundo al túmulo de Felipe II en la catedral de Sevilla.

[3] La primera alusión, aparentemente casual e inocente, ocurre al hablar de unos guarismos («Por entonces, supo [la sobrina de doña Catalina] que los guarismos eran de origen árabe, y les tomó ojeriza. Eran moriscos, es decir, cosa del diablo», p. 54). La Inquisición se menciona varias veces (ver por ejemplo p. 67).

[4] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Una recreación cervantina: Las gallinas de Cervantes, novela corta de Ramón J. Sender (1967)», en Maira Angélica Pandolfi, Márcio Roberto Pereira, Marcos Hidemi de Lima y Wellington R. Fioruci (eds.), Confluências Transatlânticas. Narrativa Contemporânea Ibérica e Ibero-Americana, Campinas (São Paulo), Mercado de Letras, 2021, pp. 313-336.