Lope de Vega y Cervantes (y 2)

Si Lope había leído el Quijote recién impreso (en 1604), poco hubieron de gustarle, en efecto, las palabras del canónigo (Quijote, I, capítulo 48) sobre las comedias de su tiempo, que eran sobre todo las comedias de Lope[1]:

Pero lo que más me le quitó de las manos y aun del pensamiento de acabarle fue un argumento que hice conmigo mesmo, sacado de las comedias que ahora se representan, diciendo: «Si estas que ahora se usan, así las imaginadas como las de historia, todas o las más son conocidos disparates y cosas que no llevan pies ni cabeza, y, con todo eso, el vulgo las oye con gusto, y las tiene y las aprueba por buenas, estando tan lejos de serlo, y los autores que las componen y los actores que las representan dicen que así han de ser, porque así las quiere el vulgo, y no de otra manera, y que las que llevan traza y siguen la fábula como el arte pide no sirven sino para cuatro discretos que las entienden, y todos los demás se quedan ayunos de entender su artificio, y que a ellos les está mejor ganar de comer con los muchos que no opinión con los pocos, deste modo vendrá a ser mi libro al cabo de haberme quemado las cejas por guardar los preceptos referidos, y vendré a ser el sastre del cantillo». Y aunque algunas veces he procurado persuadir a los actores que se engañan en tener la opinión que tienen y que más gente atraerán y más fama cobrarán representando comedias que sigan el arte que no con las disparatadas, ya están tan asidos y encorporados en su parecer, que no hay razón ni evidencia que dél los saque.

Cervantes y Lope de Vega, historia de una enemistad, de Felipe Pedraza

Que entre Cervantes y Lope había una tensa amistad muy precaria se trasluce en otros testimonios, como el del prólogo del Quijote apócrifo, en el que Avellaneda acusa a Cervantes de atacar a Lope envidiosamente:

… pero quéjese de mi trabajo por la ganancia que le quito de su segunda parte, pues no podrá por lo menos dejar de confesar tenemos ambos un fin, que es desterrar la perniciosa lición de los vanos libros de caballerías, tan ordinaria en gente rústica y ociosa, si bien en los medios diferenciamos, pues él tomó por tales el ofender a mí, y particularmente a quien tan justamente celebran las naciones más extranjeras, y la nuestra debe tanto por haber entretenido honestísima y fecundamente tantos años los teatros de España con estupendas e innumerables comedias, con el rigor del arte que pide el mundo y con la seguridad y limpieza que de un ministro del Santo Oficio se debe esperar…

A lo que responde Cervantes en el prólogo de la segunda parte del Quijote, con palabras que suenan a ironía, pues ciertas ocupaciones de Lope, si bien eran continuas, no podían calificarse de «virtuosas»:

He sentido también que me llame envidioso, y que como a ignorante me describa qué cosa sea la envidia; que en realidad de verdad, de dos que hay, yo no conozco sino a la santa, a la noble y bien intencionada; y siendo esto así, como lo es, no tengo yo de perseguir a ningún sacerdote, y más si tiene por añadidura ser familiar del Santo Oficio; y si él lo dijo por quien parece que lo dijo, engañose del todo en todo, que del tal adoro el ingenio, admiro las obras y la ocupación continua y virtuosa.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques. Ver, entre otros trabajos, Felipe B. Pedraza Jiménez, Cervantes y Lope de Vega: historia de una enemistad y otros estudios cervantinos, Barcelona, Octaedro, 2006.

Lope de Vega y Cervantes (1)

Es interesante examinar en particular qué tipo de relación liga a Lope con otros grandes escritores de su tiempo, como son Cervantes, Tirso de Molina, Góngora y Calderón[1]. Comencemos examinando las relaciones con el autor del Quijote.

Cervantes y Lope de Vega

Entre Lope y Cervantes las cosas nunca estuvieron muy claras. Hay entre los dos una corriente subterránea, que aflora cuando se descuidan, de rivalidad, poco aprecio y algo de envidia mutua. Cervantes debió de ver con dolor y frustración que su propuesta teatral era ignorada por los autores y el público, mientras triunfaba la de Lope, que en el fondo siempre le pareció superficial y hasta disparatada. La lectura de algunos textos evidenciará sin necesidad de muchos comentarios este vaivén ambiguo de admiración y desprecio que se establece entre los dos genios. En el prólogo a las Ocho comedias y ocho entremeses incluye Cervantes este elogio para Lope, que parece forzado en el marco de la oposición de ambos estilos teatrales:

Compuse en este tiempo hasta veinte comedias o treinta, que todas ellas se recitaron sin que se les ofreciese prueba de pepinos ni de otra cosa arrojadiza; […] tuve otras cosas en que ocuparme; dejé la pluma y las comedias y entró luego el monstruo de naturaleza, el gran Lope de Vega, y alzose con la monarquía cómica: avasalló y puso debajo de su jurisdicción a todos los farsantes. Llenó el mundo de comedias propias, felices y bien razonadas, y tantas, que pasan de diez mil pliegos los que tiene escritos; y todas (que es una de las mayores cosas que puede decirse) las he visto representar, u oído decir, por lo menos, que se han representado…

Y en el Viaje del Parnaso lo llama poeta insigne:

Llovió otra nube al gran Lope de Vega,
poeta insigne a cuyo verso o prosa
ninguno le aventaja ni aun le llega.

Lope corresponde en el Laurel de Apolo, silva VIII:

… la fortuna envidiosa
hirió la mano de Miguel Cervantes,
pero su ingenio en versos de diamantes
los de plomo volvió con tanta gloria
que por dulces, sonoros y elegantes
dieron eternidad a su memoria…

Pero en una carta de agosto de 1604 a un amigo de Valladolid no es tan complaciente:

De poetas no digo: buen siglo es éste. Muchos están en cierne para el año que viene, pero ninguno hay tan malo como Cervantes, ni tan necio que alabe a Don Quijote. […] «A sátira me voy mi paso a paso»… cosa para mí más odiosa que mis librillos a Almendárez y mis comedias a Cervantes.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lengua y estilo en el «Quijote» (y 4)

Estatua de Cervantes en la Biblioteca Nacional de España (Madrid).La riqueza del lenguaje cervantino resulta muy notable, asimismo, en el plano léxico[1]: Ángel Rosenblat[2] ha calculado que Cervantes utiliza 9.362 palabras distintas en el Quijote (cuando hoy un hombre culto maneja, todo lo más, entre 5.000 y 7.000 palabras). Ahora bien, esa riqueza léxica no está reñida con un ideal de sencillez. Como ha indicado Vicente Gaos, constituye un lugar común afirmar que Cervantes cifra su ideal lingüístico en la sencillez y naturalidad, en el «escribo como hablo» de Juan de Valdés. A este respecto podríamos recordar aquí el consejo que su amigo le da al autor en el prólogo de la Primera Parte de la novela, al indicarle que debe alejarse de la falsa erudición y, de esa manera,

procurar que a la llana, con palabras significantes, honestas y bien colocadas, salga vuestra oración y período sonoro y festivo, pintando en todo lo que alcanzáredes y fuere posible vuestra intención, dando a entender vuestros conceptos sin intricarlos y escurecerlos (p. 18).

Esa llaneza, recuerda Gaos, ya fue ponderada por el licenciado Márquez Torres en la aprobación de la Segunda Parte, al destacar «la lisura del lenguaje castellano, no adulterado con enfadosa y estudiada afectación, vicio con razón aborrecido de hombres cuerdos» (p. 611). El estilo de Cervantes presenta en ocasiones incorrecciones y negligencias (notadas a cada paso por Clemencín en su edición), pero hemos de tener en cuenta que muchas veces se trata de rasgos de la lengua de la época, la cual no hemos de juzgar con un escrupuloso rigor de puristas: está claro que Cervantes es un escritor muy poco «académico», aunque resulta evidente también que, a lo largo de toda su obra, muestra una constante preocupación por el lenguaje.

En cuanto al tratamiento ingenioso del lenguaje y el ornato retórico, podemos citar unas palabras de Ignacio Arellano, en las que se destaca su diferencia con otros autores contemporáneos:

La elaboración retórica, muy cuidada, explota las repeticiones, simetrías, correspondencias, paralelismos, ritmos del periodo sintáctico, que algunos entienden como signo del barroquismo de Cervantes, aunque en este sentido la dificultad perseguida no alcanza todavía las que tendrán escritores barrocos estrictos como Quevedo o Gracián[3].

Arellano ha destacado además, en distintos trabajos[4], la importancia de la cultura visual y emblemática en Cervantes.

En suma, la variedad y riqueza de estilos que hay en el Quijote es tan maravillosa, que basta para explicar que la obra fuera considerada, ya desde el siglo XVIII, la cima de la prosa literaria española y que se convirtiera en modelo de buena escritura para todos.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006.  Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998. Como estudios de conjunto sobre este tema, ver los trabajos clásicos de Ángel Rosenblat, La lengua del «Quijote», Madrid, Gredos, 1971; y de Helmut Hatzfeld, El «Quijote» como obra de arte del lenguaje, Madrid, CSIC, 1972.

[2] Ángel Rosenblat, La lengua del «Quijote», Madrid, Gredos, 1971.

[3] Ignacio Arellano, Cervantes: breve introducción a su obra, Delhi, Confluence International, 2005, p. 116.

[4] Ignacio Arellano, «Emblemas en el Quijote», en Emblemata Aurea. La emblemática en el arte y la literatura del Siglo de Oro, ed. de Rafael Zafra y José Javier Azanza, Madrid, Akal, 2000, pp. 9-31. Arellano ha estudiado la importante presencia de la emblemática en otros territorios de la obra cervantina (teatro, poesía, Viaje del Parnaso…).

Lengua y estilo en el «Quijote» (3)

Además del empleo desmedido de refranes, inolvidables son algunas de las numerosas prevaricaciones idiomáticas de Sancho Panza, «prevaricador del buen lenguaje»[1]: feo Blas por Fierabrás, sobajada por soberana, flemáticos por cismáticos, cananeas por hacaneas, tortolicas por trogloditas, estropajos por antropófagos, relucida por reducida, fócil por dócil, revolcar por revocar, lita por dicta, etc. Sin embargo, Sancho cambia al contacto con don Quijote, aprende de él, eleva su espíritu y su lenguaje, y comienza a expresarse con una profundidad y en un registro que, en principio, no le corresponden, circunstancia que es puesta de manifiesto por el narrador en algún pasaje, como este del capítulo II, 5:

Llegando a escribir el traductor desta historia este quinto capítulo dice que le tiene por apócrifo, porque en él habla Sancho Panza con otro estilo del que se podía prometer de su corto ingenio, y dice cosas tan sutiles que no tiene por posible que él las supiese; pero no quiso dejar de traducirlo por cumplir con lo que a su oficio debía, y así, prosiguió diciendo… (p. 663).

Por todo lo expuesto, Vicente Gaos ha hablado de unidad y variedad de estilos dentro del Quijote:

El Quijote es un mundo. De ahí la variedad y complejidad de la lengua que lo expresa. En el Quijote hay muchos estilos diferentes, pero, por diversos que puedan ser, todos ellos quedan últimamente armonizados en una superior unidad sintética: la lengua de Cervantes, dominador del conjunto[2].

Un apartado importante, a este respecto, es el del diálogo, que adquiere aquí una importancia capital.

Estatua de don Quijote y Sancho Panza, Alcalá

El Quijote es, en buena medida, una novela dialógica, y Cervantes se preocupa constantemente por el verismo de la expresión, por la concordancia entre el personaje y el habla que le corresponde. En suma, por mantener el decoro también en el plano lingüístico.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006.  Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998. Como estudios de conjunto sobre este tema, ver los trabajos clásicos de Ángel Rosenblat, La lengua del «Quijote», Madrid, Gredos, 1971; y de Helmut Hatzfeld, El «Quijote» como obra de arte del lenguaje, Madrid, CSIC, 1972.

[2] Vicente Gaos, «Los estilos del Quijote», en Don Quijote de la Mancha, Madrid, Gredos, 1987, vol. III, pp. 191-192.

Lengua y estilo en el «Quijote» (1)

El Quijote, novela escrita en un lenguaje que ha sido calificado como natural y sencillo, constituye la cumbre de la prosa literaria española[1]. Cervantes se muestra, en efecto, poseedor de una enorme riqueza idiomática y estilística. Su vida y su quehacer literario se sitúan en una encrucijada de épocas (y también de ideas, mentalidades, valores y estilos artísticos). Ya vimos en otras entradas que Cervantes es un hombre del siglo XVI cuya producción literaria se da mayoritariamente en el XVII. De ahí que la crítica haya dudado a la hora de clasificarlo como escritor renacentista, manierista o barroco. Además, no olvidemos que su obra literaria tiene mucho de síntesis —síntesis certera— de diversos géneros y tendencias literarias.

El Quijote como obra de arte del lenguaje, de Helmut Hatzfeld

En aquella época, los escritores utilizaban distintos estilos y registros lingüísticos: el sublime (habitual en los géneros más prestigiosos y propio de los personajes nobles), el medio y el bajo (correspondiente a los géneros menores y a los personajes más populares, que se expresan con un habla coloquial). Todos estos registros están presentes en el Quijote, cuya característica más notable es precisamente la variedad de hablas y estilos.

Tenemos, por un lado, el lenguaje del discurso narrativo. Tenemos también el lenguaje elevado de los grandes parlamentos de don Quijote, sin olvidar su fabla caballeresca y arcaizante, que aparece ligada al relato de sus aventuras. Este lenguaje medievalizante supone una burla del estilo caballeresco (vemos, pues, la parodia llevada al terreno lingüístico; por ejemplo, en el célebre pasaje de I, 1 en que el narrador alude al estilo intrincado de Feliciano de Silva: «La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura», p. 38), que a su vez es parodiado por otros personajes cuando lo utilizan para dirigirse burlescamente a don Quijote. Por otra parte, encontramos el lenguaje elevado correspondiente a los episodios pastoriles, donde los personajes se expresan en parlamentos amorosos plagados de conceptos neoplatónicos e imágenes petrarquistas.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006.  Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998. Como estudios de conjunto sobre este tema, ver los trabajos clásicos de Ángel Rosenblat, La lengua del «Quijote», Madrid, Gredos, 1971; y de Helmut Hatzfeld, El «Quijote» como obra de arte del lenguaje, Madrid, CSIC, 1972.

Cervantes y Calderón

Calderón de la BarcaLa relación existente entre Cervantes y Calderón ha sido puesta de manifiesto por varios autores, que han estudiado bien los puntos de contacto generales entre ambos escritores, bien los paralelos en determinadas obras o en pasajes concretos[1]. Por ejemplo, en un trabajo de 1957 Alberto Sánchez destacaba «la clara estela cervantina, siquiera se manifieste difusa una que otra vez, en la obra dramática de Calderón de la Barca», que en su opinión entraña una admiración singular, un homenaje, «la pleitesía rendida por el gran dramaturgo del barroco español al genio universal de Cervantes»[2].

Por su parte, Edward M. Wilson señalaba que pocos críticos habían relacionado «al mayor novelista español con uno de los dos más grandes dramaturgos de ese mismo país»; opinaba que «Calderón toma de Cervantes todo aquello que le sirve para sus propósitos, rehaciéndolo y situándolo en un nuevo contexto»; y que, aunque ambos parecen muy distintos entre sí, «en varias ocasiones el humorismo de estos dos grandes escritores resulta asombrosamente similar»[3]. Posteriormente, Ignacio Arellano y Franco Meregalli repasaron con exhaustividad los principales puntos de contacto que se aprecian en la producción literaria de ambos ingenios[4].

Miguel de CervantesUna de las reminiscencias cervantinas más claras en el teatro calderoniano —dejando aparte la perdida comedia El hidalgo de la Mancha— es la burla que sufre el criado Otáñez en el tercer acto de El astrólogo fingido, cuando don Diego y Morón fingen que son capaces de trasladarlo a sus Montañas natales y se consuma el engaño (se trata de un falso vuelo mágico, similar al de don Quijote y Sancho a lomos de Clavileño). Valbuena Briones afirma taxativamente:

La burla que se hace a Otáñez es la huella cervantina más concreta en Calderón. El paralelismo entre las escenas de don Quijote y Clavileño, y Otáñez y su encantamiento, es evidente[5].

Pues bien, en las próximas entradas me propongo analizar con detalle la relación entre ambos pasajes, deteniéndome especialmente en el estudio de la función de burla que desempeñan ambos episodios en el contexto de las respectivas obras en que se insertan. Para ello, bueno será comenzar recordando los principales datos del episodio de Clavileño en el Quijote.


[1] Ver, al menos, estos trabajos: Fred Abrams, «Imaginería y aspectos temáticos del Quijote en El alcalde de Zalamea», Duquesne Hispanic Review, 5, 1966, pp. 27-34; Ignacio Arellano, «Cervantes en Calderón», Anales cervantinos, XXXV, 1999, pp. 9-35; Jean Canavaggio, «En torno al Dragoncillo. Nuevo examen de una reescritura», en Estudios sobre Calderón, ed. Antonio Navarro, Salamanca, Universidad de Salamanca, 1988, pp. 9-16; Franco Meregalli, «Cervantes en Calderón», en Antonella Cancellier, Donatella Pini Moro y Carlos Romero (eds.), Atti delle Giornate Cervantine, Padua, Unipress, 1995, pp. 127-135; Antonio Regalado, «Cervantes y Calderón: el gran teatro del mundo», Anales cervantinos, XXXV, 1999, pp. 407-417; Alberto Sánchez, «Reminiscencias cervantinas en el teatro de Calderón», Anales cervantinos, VI, 1957, pp. 262-270; Ana Suárez Miramón, «Cervantes en los autos sacramentales de Calderón», Anales cervantinos, XXXV, 1999, pp. 511-537; José Carlos de Torres, «“Enquijotóse mi amo” o el tema del caballero idealista en las comedias de Calderón», en Antonio Bernat Vistarini (ed.), Actas del Tercer Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas (III-CINDAC), Mallorca, Universidad de las Islas Baleares, 1998, pp. 619-629; y Edward M. Wilson, «Calderón y Cervantes», en Hans Flasche y Robert D. F. Pring-Mill (eds.), Hacia Calderón. Quinto Coloquio Anglogermano Oxford 1978, Wiesbaden, Franz Steiner Verlag, 1982, pp. 9-19.

[2] Sánchez, «Reminiscencias cervantinas en el teatro de Calderón», pp. 262 y 270, respectivamente.

[3] Wilson, «Calderón y Cervantes», pp. 9, 17 y 18, respectivamente.

[4] Ver la referencia completa de sus trabajos en la nota 1.

[5] Ángel Valbuena Briones, «Nota preliminar» a El astrólogo fingido, en Obras completas, tomo II, Comedias, Madrid, Aguilar, 1956, p. 126.

Personajes del «Quijote»: Grisóstomo, Cardenio y don Fernando

Varios personajes más los encontramos en las historias intercaladas del Quijote[1]: Grisóstomo es el prototipo de pastor enamorado que, tras sufrir el desdén de su amada Marcela, muere —o se suicida— por amor.

Grisóstomo muerto de amor

Por su parte, Cardenio y don Fernando protagonizan unos amores entrecruzados: don Fernando es hijo del duque Ricardo y Cardenio su vasallo; entre ambos existe una relación jerárquica, pero también una amistad, que será traicionada por don Fernando cuando intente seducir a Luscinda, la amada de Cardenio. De esta pareja destaca el modo de caracterización de Cardenio, cuyo comportamiento se encuentra marcado por la cobardía y la falta de decisión.

Cardenio

Asimismo, Cardenio aparece como un loco frente a don Quijote. Recordemos el abrazo que se dan en Sierra Morena el Caballero de la Triste Figura y el Roto de la Mala Figura. Además, el enloquecido deambular del enamorado Cardenio por la agreste sierra sirve de modelo para la penitencia amorosa de don Quijote. Por su parte, don Fernando encarna al noble que olvida su deber y deja de comportarse como se esperaría de su condición, ya que abusa de su poder al deshonrar a su vasalla Dorotea.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998.

Personajes del «Quijote»: Ginés de Pasamonte

Otro personaje destacado en el Quijote es Ginés de Pasamonte, uno de los galeotes liberados por don Quijote en I, 22[1].

Aventura de los galeotes

A través de su figura Cervantes entabla una relación dialogística con el género picaresco: en efecto, Ginés es una especie de pícaro, condenado a galeras, que está escribiendo su autobiografía (dejamos ahora de lado la posibilidad de que se trate de un trasunto de Jerónimo de Pasamonte, soldado compañero de Cervantes en la milicia que escribió su propia Vida, y la posibilidad de que fuera Avellaneda, el autor del Quijote apócrifo de 1614)[2].

FirmaPasamonte

Este personaje industrioso reaparece más adelante bajo distintas máscaras: como gitano, cuando roba el rucio a Sancho, y en la II Parte, encarnando a maese Pedro, que se gana la vida con el mono adivino y su retablillo de títeres.

Ginés de Pasamonte como maese Pedro


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006.

[2] Ver Jerónimo de Pasamonte, Autobiografía, prólogos de Miguel Ángel de Bunes Ibarra y José María de Cossío, Sevilla, Espuela de Plata, 2006; o también Jerónimo de Pasamonte, Relato de un cautivo: vida y trabajos, prólogo de Luisgé Martín, Madrid, La Tinta del Calamar / Servicio de Publicaciones de la Universidad Autónoma de Madrid, 2008; y el trabajo de Margarita Levisi, Autobiografías del Siglo de Oro: Jerónimo de Pasamonte, Alonso de Contreras, Miguel de Castro, Madrid, Sociedad General Española de Librería, 1985. Ver también, entre otros estudios posibles, los de Juan Antonio Frago Gracia, El «Quijote» apócrifo y Pasamonte, Madrid, Gredos, 2005; Alfonso Martín Jiménez, El «Quijote» de Cervantes y el «Quijote» de Pasamonte: una imitación recíproca. La «Vida» de Pasamonte y «Avellaneda», Alcalá de Henares, Centro de Estudios Cervantinos, 2001; Cervantes y Pasamonte: la réplica cervantina al «Quijote» de Avellaneda, Madrid, Biblioteca Nueva, 2005; y Las dos segundas partes del «Quijote», Valladolid. Universidad de Valladolid (Facultad de Filosofía y Letras), 2014. El Quijote de Avellaneda puede leerse en esta edición: Alonso Fernández de Avellaneda, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, ed. de Luis Gómez Canseco, Madrid, Biblioteca Nueva, 2000.

Personajes del «Quijote»: el cura y el barbero

El cura del QuijoteEn la Primera Parte destaca la pareja formada por el cura y el barbero, que son amigos del hidalgo Alonso Quijano y representan la voz de la razón frente a su locura libresca[1]. Estos personajes tienen una doble función en la novela: por un lado, salen al camino para devolver a don Quijote a casa después de su segunda salida. Sin embargo, para traerlo al redil del hogar, tendrán que entrar en su juego caballeresco e idear diversas tramas ajustadas a su modo aventurero de pensar y entender el mundo. La locura caballeresca, por momentos, se vuelve contagiosa. Para sacar a don Quijote de Sierra Morena, el cura no tendrá reparos en disfrazarse de mujer, aunque muy pronto se da cuenta de lo inadecuado del plan y será reemplazado en ese papel de doncella menesterosa por Dorotea-Micomicona.

La segunda función que encarnan estos personajes se relaciona con el mundo literario: ellos estarán presentes en los dos escrutinios y actuarán como censores de las obras que consideren perniciosas e inverosímiles, además de participar en los debates sobre los distintos géneros literarios.

El barbero del Quijote


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006.

Importancia estructural de Sancho Panza en el «Quijote»

Cabe destacar la importancia estructural que tiene Sancho en la construcción del Quijote[1]. Recordemos que su primera salida don Quijote la hace solo; pero al regresar a casa ya tiene pensado volver a salir en compañía de «un labrador vecino suyo que era pobre y con hijos, pero muy a propósito para el oficio escuderil de la caballería» (I, 4, p. 62). Y así, la segunda y la tercera salida son ya en la inseparable compañía de Sancho Panza. La presencia continua de ambos personajes permite que los capítulos se estructuren en forma dialógica: juntos don Quijote y Sancho por los caminos de las Españas se enfrascan en jugosas y amigables conversaciones en las que amo y escudero hablan de todo lo divino y lo humano.

La inocencia y la bondad natural de Sancho harán que jamás deje desamparado a su señor, la fidelidad será rasgo destacado en su servicio. Los dos, amo y escudero, son uña y carne y, aunque por momentos discutan y se enfaden, aunque don Quijote llegue a dar algún golpe con su lanzón a Sancho y este le engañe en ocasiones, llegan a formar una entrañable comunión espiritual, una auténtica, profunda y emotiva amistad.

Don Quijote y Sancho Panza

Y de esa estrecha relación entre personajes nace el que ambos cambien y se enriquezcan como personas a lo largo de la obra: Sancho se eleva en espíritu, entendimiento y palabra al contacto con don Quijote (se ha hablado de su proceso de quijotización), de la misma forma que don Quijote se «sanchifica» en cierto sentido. Don Quijote y Sancho, juntos en perpetuo diálogo, resultan inseparables, y juntos conforman la pareja central protagonista de la novela. Tanto es así que, sin la presencia de Sancho al lado de su amo, el Quijote sería inimaginable.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998.