«Un novelista descubre América», de Miguel Delibes: estructura y contenido

NovelistaDescubre.jpgEl libro de Miguel Delibes Un novelista descubre América[1] consta de una dedicatoria, un prólogo y dieciséis capítulos numerados en romanos: «Volando hacia Río de Janeiro», «Interpretación de Buenos Aires, una ciudad en marcha», «Argentina sigue siendo el país de las oportunidades», «Un país que ha puesto puertas al campo», «El gigantesco espectáculo de los Andes», «La superficie de Chile es alargada… e inestable», «Santiago: el decorado se traga la obra», «El chileno es un andaluz al baño maría», «Los chilenos mueren del corazón», «Juan Verdejo ‘el Roto’», «La cocina criolla es tan compleja como contradictoria», «Un paraíso para cazadores y pescadores», «Norte y Sur: dos paisajes, dos tipos, dos formas de vida», «El ocaso del indio araucano», «Valparaíso y Concepción, pilares provincianos» y «Mesa revuelta y punto final». Tal vez convenga recordar algunas palabras del prólogo, en las que Delibes nos advierte acerca del carácter de «escritos a vuelapluma» que tienen estas crónicas, que nos transmiten una impresión de cercanía y sinceridad con respecto a «lo visto y lo vivido»:

Uno está al cabo de la calle de que elaborando pacientemente estos materiales de que dispone, reunidos con cierta constancia e indiscutible amor en reciente viaje a Sudamérica, hubiera conseguido un volumen macizo, de ardua digestión; uno de esos hermosos volúmenes que incitan al lector a pensar del autor que está amplia, profusa, penosamente documentado. Está bien. Uno pudo hacer eso y, sin embargo, no lo hizo, porque, de haberlo hecho, uno, con el corazón en la mano, no se hubiera quedado a gusto. Uno, honradamente, ha preferido no manipular estos materiales porque acontece, en ocasiones, que en fuerza de dar vueltas a las cosas, de inducir y deducir, de dejarse arrastrar por apariencias causales, el escritor termina escribiendo «blanco» donde quiso —y debió— escribir «negro». En estos negocios de los viajes, nada como la primera impresión; el destello inicial que viola la conciencia virgen es lo que vale. La reflexión posterior no consigue sino deformar las cosas. […] Vayan, pues, al lector mis leves impresiones sobre Sudamérica tal y como nacieron. Tal vez de este modo no resulten profundas, pero a trueque —y uno cree lealmente que jugamos con ventaja— pueden ser espontáneas y hasta sinceras (pp. 9-10).

Estoy plenamente de acuerdo con José Francisco Sánchez, quien ha sintetizado las características de estos escritos, poniendo de relieve su adscripción al género periodístico antes bien que al literario:

Estas primeras crónicas de viaje —sin duda influenciadas en alguna medida por las que Pla y otros escritores de Destino enviaban a esta revista— fijan casi todas las características que mantendrá, en adelante, para las crónicas de este tipo. Aunque Delibes recopilaría con el tiempo todas sus crónicas de viaje en diversos libros, éstos no son propiamente «libros de viaje», en el sentido que de modo habitual se otorga a tal género literario, sino lo dicho: un compendio de crónicas periodísticas. Delibes, ante todo, hacía periodismo. Es decir, pretendía informar antes que hacer literatura. Escribe para los lectores de periódicos, no para ese otro público, mucho más reducido, que compra o lee los libros de viajes. Pero tampoco son informes asépticos: normalmente sus crónicas carecen de datos estadísticos, de citas, de referencias a estudios y manuales. Delibes describe desde sí mismo, desde sus propias y personalísimas impresiones —no se documenta previamente sobre el país que pretende visitar—, pero pensando en cómo verían sus lectores eso mismo que él ve y describe. Y precisamente porque al hombre le interesa, primero que nada, el hombre. Nada parece interesarle —ni siquiera el paisaje— sino en conexión inmediata con la vida del hombre. Todo ello lleva consigo un alud de consecuencias prácticas en su estilo. Concebirá, por ejemplo, todas sus crónicas de viaje como una conversación con el lector[2].

El contenido esencial del libro es, por tanto, el hombre y su marco físico o, dicho con otras palabras, el paisaje y el paisanaje. Por otra parte, Sánchez destaca que Delibes no narró sus impresiones por orden cronológico, sino agrupándolas por temas. En las entradas que seguirán, trataré de sintetizar esas impresiones que despertó en Delibes su estancia en Chile en torno a dos grandes apartados: el escenario físico, por un lado, y la sociedad (tipos y costumbres), por otro, con una referencia final sobre el habla del país andino[3].


[1] Cito por Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno), Madrid, Editora Nacional, 1956, corrigiendo sin indicarlo algunas erratas evidentes. Más tarde, el texto quedaría refundido en Por esos mundos. Sudamérica con escala en las Canarias (Barcelona, Destino, 1961). Ahora puede verse en el volumen VII de las Obras Completas de Delibes, Recuerdos y viajes (Barcelona, Destino, 2010).

[2] José Francisco Sánchez, Miguel Delibes, periodista, Barcelona, Destino, 1989, p. 116.

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Delibes describe Chile: a propósito de Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno) (1956)», en María Pilar Celma Valero y José Ramón González García (eds.), Cruzando fronteras: Miguel Delibes entre lo local y lo universal, Valladolid, Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Valladolid, 2010, pp. 285-294; y la versión revisada y ampliada de ese trabajo, «Miguel Delibes y la huella periodística de su viaje a Chile en 1955: Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno)», Nueva Revista del Pacífico, núms. 56-57, 2011-2012, pp. 79-98.

Miguel Delibes: un viaje a América, dos obras literarias

Miguel_DelibesEn la primavera de 1955, invitado por el Círculo de Periodistas de Santiago de Chile, Miguel Delibes (Valladolid, 1920-2010) realizó su primer viaje a América. Voló desde el aeropuerto de Barajas el 26 de marzo, para regresar a España en los primeros días de junio. Dejando de lado las escalas en Brasil, Uruguay y Argentina, en su viaje el periodista tuvo la oportunidad de conocer, con cierta profundidad, Chile y sus gentes. Dictó conferencias en Santiago, Valparaíso y Concepción y escribió una serie de dieciséis artículos para El Norte de Castilla que aparecieron bajo el título «Del otro lado del charco». Esas crónicas se recopilarían al año siguiente en el libro Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno) (Madrid, Editora Nacional, 1956[1]). Dos años después, ese conocimiento directo de la realidad chilena volvería a transformarse, ahora no en materia periodística sino literaria, en su novela Diario de un emigrante (1958), continuación de Diario de un cazador, con el bedel Lorenzo y su esposa Ana trasladados a Chile como emigrantes en busca de fortuna. La génesis de esta novela la explicaba Delibes a César Alonso de los Ríos con estas palabras:

Diario de un cazador salía el mismo día que yo cogía el avión para Chile. Me llevaron el primer ejemplar al aeropuerto. De manera que mi lectura del Diario de un cazador durante la travesía me dejó tan reciente la conciencia de Lorenzo que, cuando me enfrenté con Sudamérica, lo vi todo a través de los ojos del cazador. Era ya una especie de obsesión llegar a Río de Janeiro y pensar qué diría Lorenzo de esta ciudad, de este «traumatismo», qué diría Lorenzo de este campo, qué diría Lorenzo de estas perdices. De manera que lo del emigrante vino rodado[2].

Y, de forma similar, se expresa en el prólogo al tomo II de su Obra Completa:

Cuando yo volé a Chile en marzo de 1955, Vázquez Zamora me llevó al aeropuerto el primer ejemplar de Diario de un cazador, lo que quiere decir que la primera lectura de mi libro coincidió con mi viaje a Sudamérica. Dado el contagio antedicho [alude al de las expresiones populares] y los profundos relejes que la concepción y gestación del diario de Lorenzo habían dejado en mi cerebro, no tiene nada de particular que yo me enfrentase a la realidad americana desde una mentalidad pareja a la de Lorenzo y, en consecuencia, mis ojos romos y vírgenes reaccionasen ante las nuevas formas de vida que aquel continente me brindaba lo mismo que hubieran reaccionado los del sencillo protagonista de mi libro. […] Yo miraba las cosas con ojos de Lorenzo y mis cacerías en Melipilla, ante la tórtola andina o la perdiz cordillerana, me invitaban a sentar un juicio, pero, antes que mi propio juicio, yo sentaba el de Lorenzo que, en definitiva, era yo, pero un «yo» rebajado. Así se fraguó, impensadamente, el Diario de un emigrante[3].

Como es lógico, la crítica ha señalado la clara relación existente entre ambos libros «americanos»; por ejemplo, Amparo Medina-Bocos, en su estudio preliminar a la edición de la novela, escribe:

La lectura en paralelo de Un novelista descubre América y Diario de un emigrante depara no pocas sorpresas. Sorprende, en primer lugar, comprobar hasta qué punto las experiencias del viajero Delibes se convierten en materia novelesca en el nuevo diario de Lorenzo. Hasta cincuenta referencias similares aparecen en ambas obras: observaciones sobre costumbres, paisajes, tipos, gastronomía, anécdotas realmente vividas o conocidas por Delibes en su estancia en el país andino se incorporan a la experiencia chilena del cazador castellano. Desde el momento en que Lorenzo y su mujer llegan a Río, las anotaciones de viaje de Delibes y lo que Lorenzo escribe en su diario resultan asombrosamente coincidentes (p. XVI).

Pero matiza, acertadamente, respecto al tono diferente que presentan ambos discursos:

La lectura simultánea de los dos textos delibeanos permite no sólo constatar coincidencias sino algo aún más fascinante: comprobar cómo una misma realidad se encuentra verbalizada de dos formas tan distintas. La objetividad del Delibes periodista contrasta con la expresividad del discurso de Lorenzo, lo que en Por esos mundos es pura referencia se convierte en discurso emotivo, en expresión de sentimientos (asombro, sorpresa, emoción…) cuando es el cazador quien lo enuncia (p. XVII)[4].

Por su parte, Ramón García Domínguez apunta que «en ambos libros es fácil reconocer que el paisaje, los escenarios y la galería de tipos son prácticamente los mismos»[5] (p. 174), y también un cotejo de ambas obras lo ofrece Marta Portal, al estudiar la construcción de la novela sobre la falsilla del libro de viajes[6].

Las impresiones de Chile que Delibes dejó reflejadas tanto en el libro recopilatorio de sus crónicas de viaje como en la novela posterior son muy precisas: tanto el periodista Delibes como el escritor Delibes supieron captar con notable acierto —y también, lo adelanto ya, con mucho humor— los principales aspectos (geográficos, sociales, culturales, económicos…) del Chile de mediados del siglo XX, así como la idiosincrasia de sus habitantes, sus costumbres o su peculiar forma de hablar y su léxico (dará entrada, por ejemplo, a varios chilenismos léxicos y otros giros lingüísticos). Dado que la novela Diario de un emigrante ha recibido más atención por parte de la crítica[7], voy a centrar mis comentarios de las próximas entradas en Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno), obra cuyo contenido quizá no resulte demasiado conocido en el propio país objeto de la visita. Puede decirse que, en su viaje, Delibes descubre Chile, y con su libro nos lo describe: capta la realidad del país con la atenta mirada de un periodista despierto y nos transmite sus impresiones añadiendo, pudiéramos decir sin casi exagerar, la finura de análisis de un experto sociólogo[8].


[1] Cito por esta edición, corrigiendo sin indicarlo algunas erratas evidentes. Más tarde, el texto quedaría refundido en Por esos mundos. Sudamérica con escala en las Canarias (Barcelona, Destino, 1961). Ahora puede verse en el volumen VII de las Obras Completas de Delibes, Recuerdos y viajes (Barcelona, Destino, 2010). Ver también la muy reciente biografía de Ramón García Domínguez, Miguel Delibes, de cerca, Barcelona, Destino, 2010. Otros trabajos interesantes para contextualizar al autor son los de Edgar Pauk, Miguel Delibes: desarrollo de un escritor (1947-1974), Madrid, Gredos, 1975; Alfonso Rey, La originalidad novelística de Miguel Delibes, Santiago de Compostela, Universidad de Santiago de Compostela, 1975; Ramón García Domínguez, Miguel Delibes: un hombre, un paisaje, una pasión, Barcelona, Destino, 1985; Manuel Alvar, El mundo novelesco de Miguel Delibes, Madrid, Gredos, 1987; Cristóbal Cuevas García (dir.) y Enrique Baena Peña (coord.), Miguel Delibes: el escritor, la obra y el lector, Barcelona / Málaga, Anthropos / Servicio de Publicaciones de la Universidad de Málaga, 1992; y José Jiménez Lozano (dir.), El autor y su obra: Miguel Delibes. Madrid, Actas, 1993.

[2] César Alonso de los Ríos, Conversaciones con Miguel Delibes, Madrid, Magisterio Español, 1971, p. 137.

[3] Miguel Delibes, Prólogo al tomo II de su Obra Completa, Barcelona, Destino, 1966, pp. 14-15.

[4] Y más adelante remacha: «El aprovechamiento masivo de lo observado por el Delibes periodista para la construcción de su novela es claro. Y evidente es, asimismo, la maestría con que lo escrito por el reportero cambia de registro al ser puesto en boca del personaje novelesco» (p. XXIII). Ver también Gloria Inés Sanabria Martínez, Presencia de América en la novelística de Camilo José Cela, Miguel Delibes y Gonzalo Torrente Ballester, Madrid, Universidad Nacional de Educación a Distancia, 2001.

[5] Ramón García Domínguez, «El mundo y yo. (Libros de viajes de Miguel Delibes)», en Ramón García Domínguez y Gonzalo Santonja (eds.), El autor y su obra: Miguel Delibes, Madrid, Actas, 1993, p. 174.

[6] Ver Marta Portal, «Diario de un emigrante, una lectura sobre falsilla», Especulo. Revista de Estudios Literarios, 28, 2004-2005, s. p.

[7] Pienso, especialmente, en el trabajo de Marta Portal mencionado en la nota anterior y también en el de Susanna Regazzoni, «L’America nel Diario de un emigrante di Miguel Delibes», Studi di Letteratura Ispano-americana, 10, 1980, pp. 129-133.

[8] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Delibes describe Chile: a propósito de Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno) (1956)», en María Pilar Celma Valero y José Ramón González García (eds.), Cruzando fronteras: Miguel Delibes entre lo local y lo universal, Valladolid, Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Valladolid, 2010, pp. 285-294; y la versión revisada y ampliada de ese trabajo, «Miguel Delibes y la huella periodística de su viaje a Chile en 1955: Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno)», Nueva Revista del Pacífico, núms. 56-57, 2011-2012, pp. 79-98.

Don García Hurtado de Mendoza en las comedias del Siglo de Oro sobre la guerra de Arauco (y 2)

En sus cuatro años de gobernación[1], 1557-1561, don García Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete, había avanzado notablemente en la pacificación de aquel «Flandes indiano»[2] que fue Chile. Las tres obras dramáticas de encargo presentan, como es natural en piezas que nacen con voluntad panegírica, varios puntos en común a la hora de trazar la figura de don García con perfiles positivos, si bien cada una de ellas presenta sus propias peculiaridades o focaliza su atención en determinados aspectos.

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No voy a detenerme ahora en un comentario detallado de lo que sucede en Arauco domado y en Algunas hazañas, pero baste decir que en estas piezas —y lo mismo sucederá en El gobernador prudente— el elogio de don García lo vamos a encontrar puesto en boca de distintos personajes y se va a llevar a cabo desde múltiples perspectivas. Todos, hasta sus enemigos, ponderarán su nobleza, prudencia, valor, generosidad, espíritu de justicia, etc. Y, por supuesto, también sus propios hechos y sus palabras en escena servirán para trazar su idealizado retrato. Las palabras elogiosas, el reconocimiento de sus méritos y virtudes, aparecen continuamente y vienen de todas partes: lo elogiarán amigos y enemigos, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, con frases y expresiones que forman un panegírico completo. En efecto, todas las comedias nos lo presentan como un general valiente y previsor, generoso, nada codicioso (no son posibles las acusaciones de codicia porque, se insiste, la tierra de Chile es pobre), un magnífico gobernador, piadoso y cristiano, fiel a su rey y con un firme proyecto de pacificar el rebelde territorio araucano para lograr la consecución de una monarquía católica y universal. Lo vamos a ver con más detalle en las sucesivas entradas que dedicaremos al análisis de El gobernador prudente.


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] Por denominarlo con el sintagma que figura en el título de la crónica de Diego de Rosales. Para más detalles sobre la comedia que nos ocupa ahora, ver Carlos Mata Induráin, «Del panegírico a la hagiografía: don García Hurtado de Mendoza en El gobernador prudente de Gaspar de Ávila», Hispanófila, 171, junio de 2014, pp. 113-137.

Don García Hurtado de Mendoza en las comedias del Siglo de Oro sobre la guerra de Arauco (1)

En el teatro español del Siglo de Oro existen varias piezas que tienen como tema la conquista de Chile y las guerras de Arauco[1]. Dentro de ese corpus, hay algunas comedias encargadas por la familia de don García Hurtado de Mendoza que tienen como objetivo prestigiar la figura del cuarto Marqués de Cañete, quien había sido gobernador de Chile en los años 1557-1561 y había impulsado la pacificación de Arauco. Ocurre que Alonso de Ercilla, en su famoso poema épico de La Araucana, no había destacado suficientemente su actuación; y, para contrarrestar ese voluntario olvido, se preparó todo un programa de propaganda[2] que incluyó no solo obras de teatro, sino también crónicas, biografías, poemas épicos, etc. Las tres piezas teatrales que revisten ese carácter de «obras de encargo» son Arauco domado de Lope de Vega, la más famosa y la que más bibliografía ha generado; Algunas hazañas de las muchas de don García Hurtado de Mendoza, Marqués de Cañete, escrita en colaboración por nueve ingenios capitaneados por Luis de Belmonte; y El gobernador prudente, de Gaspar de Ávila.

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A lo largo de varias entradas iré recordando primero el contexto histórico y las razones que llevaron a la escritura de estas obras. Después, tras referirme brevemente a las otras dos comedias, centraré mi análisis en la caracterización de don García Hurtado de Mendoza que ofrece El gobernador prudente: en esta pieza se destacan las virtudes de don García como vasallo leal a su rey, militar avisado y gobernador prudente y justo al que no solo le importa la conquista territorial, sino sobre todo la conquista espiritual de las almas. El resultado de conjunto, como no podía ser de otra manera, es una visión altamente idealizada del personaje: en efecto, todas esas facetas conforman el retrato modélico de un gobernante cristiano, en el que el aspecto religioso constituye uno de los rasgos más destacados. Ahora bien, cabe añadir que ninguna de las obras derivadas de tal campaña de propaganda logró elevar a don García a la categoría de héroe histórico-literario capaz de pervivir en el imaginario colectivo.

Una cuestión más para cerrar estos comentarios preliminares. ¿Qué fuentes manejan los autores de estas obras y qué uso hacen de la historia? ¿Qué datos históricos escogen y cuáles desechan? ¿Con qué grado de fidelidad nos presentan personajes y acontecimientos? ¿Cómo manipulan la historia para lograr unos fines ideológicos o literarios? ¿Se puede aplicar con propiedad a estas piezas la etiqueta de «teatro histórico»? Son preguntas bastante complejas y las respuestas requerirían matices distintos para cada una de las obras, que habría que examinar por separado: en algunas (por ejemplo en Arauco domado de Lope) el ajuste a los hechos históricos es mayor que en otras, si bien en líneas generales habrá que decir que al dramaturgo del Siglo de Oro le interesará mucho más ceñirse a la verdad dramática que a la histórica… Por otro lado, existe ya abundante bibliografía sobre esta cuestión de las fuentes manejadas por estas piezas dramáticas, así que aquí apenas me detendré en esta cuestión[3].


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] Ver especialmente Victor Dixon, «Lope de Vega, Chile and a Propaganda Campaign», Bulletin of Hispanic Studies, 70:1, 1993, pp. 79-95. Sobre la comedia genealógica y el mecenazgo de la nobleza, en general, remito a varios trabajos de Teresa Ferrer Valls: Nobleza y espectáculo teatral (1535-1622). Estudio y documentos, Valencia, UNED / Universidad de Sevilla / Universitat de València, 1993; «Lope de Vega y la dramatización de la materia genealógica (I)», en Teatro cortesano en la España de los Austrias, ed. de José María Díez Borque, Cuadernos de Teatro Clásico, 10, 1998, pp. 215-231; «Lope de Vega y la dramatización de la materia genealógica (II): lecturas de la historia», en La teatralización de la historia en el Siglo de Oro español. Actas del III Coloquio del Aula-Biblioteca Mira de Amescua, ed. de Roberto Castilla Pérez y Miguel González Dengra, Granada, Universidad de Granada, 2001, pp. 13-51; y «Teatro y mecenazgo en el Siglo de Oro: Lope de Vega y el duque de Sessa», en Mecenazgo y Humanidades en tiempos de Lastanosa. Homenaje a la memoria de Domingo Ynduráin, ed. de Aurora Egido y José Enrique Laplana, Zaragoza, Instituto de Estudios Altoaragoneses / Institución «Fernando el Católico», 2008, pp. 113-134.

[3] Para el corpus de teatro sobre las guerras de Arauco remito como trabajos de conjunto a los de Patricio C. Lerzundi, Arauco en el teatro del Siglo de Oro, Valencia, Albatros Hispanófila Ediciones, 1996; y Mónica Escudero, De la crónica a la escena: Arauco en el teatro del Siglo de Oro, New York, Peter Lang, 1999. Para más detalles sobre la comedia que nos ocupa ahora, ver Carlos Mata Induráin, «Del panegírico a la hagiografía: don García Hurtado de Mendoza en El gobernador prudente de Gaspar de Ávila», Hispanófila, 171, junio de 2014, pp. 113-137.

Pablo Neruda, «En el fondo de América sin nombre…»

Como lectura para conmemorar este 18 de septiembre, Fiestas Patrias en Chile, selecciono un fragmento del Canto general de Neruda. Corresponde al pasaje final de la parte I del poemario, «La lámpara en la tierra»:

En el fondo de América sin nombre
estaba Arauco entre las aguas
vertiginosas, apartado
por todo el frío del planeta.
Mirad el gran Sur  solitario.
No se ve humo en la altura.
Sólo se ven los ventisqueros
y el vendaval rechazado
por las ásperas araucarias.
No busques bajo  el verde espeso
el canto de la alfarería.

Todo es silencio de agua  y viento.

Pero en las hojas mira el guerrero.
Entre los alerces  un grito.
Unos ojos de tigre en medio
de las alturas de la  nieve.

Mira las lanzas descansando.
Escucha el susurro del aire
atravesado por las flechas.
Mira los pechos y las piernas
y las  cabelleras sombrías
brillando a la luz de la luna.

Mira el vacío de  los guerreros.

No hay nadie. Trina la diuca
como el agua en la noche  pura.

Cruza el cóndor su vuelo negro.

No hay nadie. Escuchas? Es el paso
del puma en el aire y las hojas.

No hay nadie. Escucha. Escucha  el árbol,
escucha el árbol araucano.

No hay nadie. Mira las  piedras.

Mira las piedras de Arauco.

No hay nadie, sólo son los  árboles.

Sólo son las piedras, Arauco.

(Cito por Pablo Neruda, Canto general, edición y notas de Hernán Loyola, prólogo de Julio Ortega, Barcelona, Random House Mondadori, 2003, pp. 38-39.)

Felicidades, Chile

Chile, «El país imaginario», por Jorge Edwards (y 2)

Transcribo hoy algunos párrafos más de la crónica «El país imaginario», de Jorge Edwards, incluida en su libro El whisky de los poetas, Santiago de Chile, Editorial Universitaria, 1994, pp. 166-168, que está dedicada a trazar una semblanza de Chile.

BanderaDeChile2

¡Y muy feliz 18 a todos los amigos chilenos!

Las primeras noticias del país fueron invenciones interesadas o productos del asombro. Los indios del Cuzco, a comienzos del siglo XVI, decían que más allá de los desiertos del sur había un lugar frío, Chile o Chire, donde el oro abundaba. Los exploradores de las regiones australes por su parte describieron enormes fogatas, monstruos marinos y unos habitantes gigantescos, los indios patagones. En los comienzos imaginarios, por consiguiente, Chile fue un país de oro y de cíclopes. Mitología renacentista. La expedición de Diego de Almagro, que regresó al Perú arruinada, desharrapada, hambrienta, provocó la leyenda contraria. Cuando «los de Chile» se acercaban a las oficinas o a las tabernas cuzqueñas, los demás españoles huían como de la peste. El país del oro y de los cíclopes se había transformado de pronto en el país de los harapos. A sus desgraciados descubridores no les había quedado más alternativa que vivir del sablazo.

Quizás comenzaba ahí una larga historia de imágenes deformadas, extremas. La contradicción, sin embargo, está en el interior de nosotros, forma parte de nuestra manera de ser y de entendernos. Hemos sido pacíficos, negociadores, capaces de estabilidad, hasta el día en que los consensos se han roto en forma violenta. Nuestro siglo XIX, sólido, ordenado, institucional, evolutivo, desembocó en la guerra civil más sangrienta del continente. Benjamín Vicuña Mackenna, que fue, más que historiador, el gran cronista y ensayista de nuestra primera etapa republicana, escribía que Chile tiene sueño de marmota y despertares de león. Despertares, más bien, corregiría yo, de fiera peligrosa. En el siglo XX, el país donde nunca pasaba nada, idea arraigada en todos nosotros, se convirtió de la noche a la mañana en el país donde todo podía pasar, desde lo más imprevisible y lo más terrible. La frase de Vicuña Mackenna me hace sospechar que sabíamos y que callábamos, para mantener los demonios afuera.

[…]

¿Somos país tropical o antártico, de poetas o de prosistas, de tradición real o inventada? Mi respuesta es que somos un producto de la imaginación de los hombres. La de los indios del Cuzco, la de los navegantes del Estrecho, la del poeta épico Alonso de Ercilla, en los orígenes. La de todos nosotros, ahora. Para bien y para mal. Si el invento funciona, por fin, dependerá de nosotros.

(Por la transcripción: Carlos Mata Induráin.)

Chile, «El país imaginario», por Jorge Edwards (1)

Jorge EdwardsMañana, 18 de septiembre, se celebran las Fiestas Patrias en Chile (el proceso de Independencia de la Corona de España comenzó el 18 de septiembre de 1810 con la proclamación de la Primera Junta Nacional de Gobierno).  En una reciente lectura de El whisky de los poetas (Santiago de Chile, Editorial Universitaria, 1994), colección de crónicas periodísticas de Jorge Edwards, encuentro una dedicada a trazar una semblanza de Chile, la titulada «El país imaginario» (pp. 166-168), de la que me parece oportuno reproducir aquí ­­­­­en la entrada de hoy y en la de mañana­­­­­― algunos párrafos. Estas son, pues, las palabras de un escritor chileno para caracterizar ­­­­­―siquiera someramente­­­­­― a su país:

Los chilenos tenemos una tendencia irresistible a definir a Chile, a definir «lo chileno», a definirnos. Somos definidores y autodefinitorios, quizás porque no somos, en último término, fáciles de definir. Chile es la «loca geografía», la «fértil provincia», la «angosta faja», la «Inglaterra de América del Sur». Es, sucesivamente, el país de historiadores, el país de poetas, el país de la fruta y del hielo antártico. Queremos que nos defina un iceberg, un grano de uva, un filón de cobre, algo tangible. Quizás porque dudamos, en el fondo de nuestro inconsciente, de nuestra realidad. ¿No somos una cornisa amenazada, sacudida por cataclismos periódicos, y colocada al fin de la tierra, al sur del océano? Nuestra realidad, quizás, es la aspiración a ser, el deseo, la imaginación. Contradicción pura, realidades poderosas y precarias. No tenemos pampas ni selvas. Tenemos aire, mar, desiertos, un poco de tierra cultivable, y gente, gente que se moviliza por las islas y los mares, que cruza el desierto, que cultiva los valles, y que se comunica en una lengua idéntica, salvo raras excepciones, a lo largo de los más de dos mil kilómetros de geografía, fenómeno de cultura, al fin y al cabo, bastante extraño.

Chile, que se precia de su sensatez, de su pragmatismo, también es un país de fabuladores y un producto de la capacidad fabuladora. Hay, por suerte, fábulas positivas, que sirven de modelo, de orientación en la historia. La famosa tradición democrática chilena, por ejemplo. Es una leyenda útil, a la que conseguimos adaptarnos durante periodos más o menos prolongados. Una leyenda que conviene cultivar a conciencia.

Don García Hurtado de Mendoza, Alonso de Ercilla y La Araucana

(Dedico la entrada de hoy, 18 de septiembre, a todos los colegas, amigos y familiares de «Chile, fértil provincia y señalada / en la región Antártica famosa»)

Bandera de Chile

Tal como se ha señalado, La Araucana de Ercilla[1] presenta la peculiaridad de ser un poema épico sin héroe: quien debería, sobre el papel, ser el protagonista principal de la epopeya, el capitán de las huestes españolas tras la muerte de Valdivia, don García Hurtado de Mendoza, aparece, sí, mencionado elogiosamente en algunas ocasiones, pero en modo alguno alcanza la categoría de héroe épico. Si queremos buscar un héroe en La Araucana, este sería colectivo: el pueblo mapuche en defensa a ultranza de su libertad; y, si hubiera que individualizarlo en la persona de uno de sus protagonistas, entonces sería el toqui Caupolicán.

Alonso de Ercilla y Zúñiga

Pues bien, la razón de ese retrato «de bajo perfil» —por así decir— con que aparece caracterizado el Marqués de Cañete en La Araucana la tenemos en el enfrentamiento personal que tuvo lugar entre don García y Ercilla en la ciudad de La Imperial en 1558, que recogen los cronistas y que se menciona también en el juicio de residencia al gobernador, y que el propio soldado-escritor evoca en un par de ocasiones en su poema (se refiere a ello como «un caso no pensado»). En efecto, después del regreso de las tropas españolas de su expedición al canal de Chacao y el archipiélago de Chiloé, se celebraron en La Imperial unas fiestas y justas, en las que se produjo cierto incidente como resultado del cual Ercilla fue detenido por orden de don García y condenado a muerte, aunque luego esa pena le fue conmutada por la de destierro. Así lo evoca Góngora Marmolejo en su crónica:

Don García, estando en este tiempo en la Ciudad Imperial regocijándose en juegos de cañas y correr sortija, con otras maneras de regocijo, quiso un día salir de máscara disfrazado a correr ciertas lanzas en una sortija por una puerta falsa que tenía en su posada, acompañado de muchos hombres principales que iban delante, y más cerca de su persona don Alonso de Arcila, el que hizo el Araucana, y Pedro Dolmos de Aguilera, natural de Córdoba. Un otro caballero llamado don Juan de Pineda, natural de Sevilla, se metió en medio de ambos; don Alonso, que le vido venía a entrar entre ellos, revolvió hacia él echando mano a su espada; don Juan hizo lo mismo. Don García, que vido aquella desenvoltura, tomó una maza que llevaba colgando del arzón de la silla y, arremetiendo el caballo hacia don Alonso, como contra hombre que lo había revuelto, le dio un gran golpe de maza en un hombro, y tras de aquel otro. Ellos huyeron a la iglesia de Nuestra Señora y se metieron dentro. Luego mandó que los sacasen y cortasen las cabezas al pie de la horca; y él se fue a su posada y mandó cerrar las puertas, dejando comisión a don Luis de Toledo que los castigase; mas en aquella hora muchas damas que en aquella ciudad había, queriendo estorbar el castigo o que no fuese con tanto rigor, quitándole alguna parte del enojo, con algunos hombres de autoridad entraron por una ventana en su casa y se lo pidieron por merced. Condescendiendo a su ruego, los mandó desterrar de todo el reino[2].

Disponemos también del testimonio que nos proporciona el juicio de residencia a don García:

 144. Item, se hace cargo al dicho don García que quiso matar con una porra en la ciudad Imperial a don Alonso de Ercilla y don Juan de Pineda, y fue tras ellos por los matar con ella, que fue y eran términos muy ajenos y fuera de justicia[3].

Pero me interesa recordar sobre todo la versión de los hechos que ofrece el propio Ercilla en su célebre poema. Así, en el canto XXXVI escribe:

A La Imperial llegamos, do hospedados
fuimos de los vecinos generosos,
y de varios manjares regalados
hartamos los estómagos golosos.
Visto, pues, en el pueblo así ayuntados
tantos gallardos jóvenes briosos,
se concertó una justa y desafío
donde mostrase cada cual su brío.

Turbó la fiesta un caso no pensado,
y la celeridad del juez fue tanta,
que estuve en el tapete ya entregado
al agudo cuchillo la garganta;
el enorme delito exagerado
la voz y fama pública le canta,
que fue solo poner mano a la espada,
nunca sin gran razón desenvainada[4].

Este acontecimiento, este suceso
fue forzosa ocasión de mi destierro,
teniéndome después gran tiempo preso,
por remediar con este el primer yerro;
mas, aunque así agraviado, no por eso
(armado de paciencia y fiero hierro)
falté en alguna lucha y correría,
sirviendo en la frontera noche y día.

Además, en el canto siguiente, el XXXVII y último de La Araucana, califica a don García de «mozo capitán acelerado»:

Ni digo cómo al fin, por accidente,
del mozo capitán acelerado
fui sacado a la plaza injustamente
a ser públicamente degollado;
ni la larga prisión impertinente,
do estuve tan sin culpa molestado,
ni mil otras miserias de otra suerte,
de comportar más graves que la muerte.

Sin duda, al momento de componer La Araucana su autor no habría olvidado todavía este grave incidente personal, y esta es la razón que explicaría el no haber dado el suficiente relieve a la figura de don García Hurtado de Mendoza[5]. Por el contrario, Ercilla nos ofrece en su célebre poema una visión muy idealizada de los indios araucanos, denodados defensores de su libertad e independencia, hecho que le ha valido la calificación de «primer indigenista». Pero esto constituye ya materia para otra entrada del blog…

Portada de La Araucana


[1] Manejo esta edición: Alonso de Ercilla, La Araucana, ed. de Isaías Lerner, 3.ª ed., Madrid, Cátedra, 2002.

[2] Alonso de Góngora Marmolejo, Historia de todas las cosas que han acaecido en el Reino de Chile y de los que lo han gobernado, ed. de Miguel Donoso Rodríguez, Madrid / Frankfurt, Iberoamericana / Vervuert, 2010, pp. 286-287.

[3] Lo recoge Fernando Campos Harriet en su libro Don García Hurtado de Mendoza en la historia americana, Santiago de Chile, Editorial Andrés Bello, 1969.

[4] Esta formulación recuerda la inscripción que figuraba grabada en las hojas de muchas espadas de la época: «No me saques sin razón. No me envaines sin honor».

[5] Recordaré que Oña, en el exordio de su Arauco domado, escribía que una de las razones que le movían al componer su obra era «ver que tan buen autor, apasionado, / os haya de propósito callado». El propio don García primero, y su familia después, organizaron una amplia campaña de propaganda para realzar su imagen, que incluiría la composición y publicación de numerosas obras teatrales, biográficas, etc., de las que también se irá hablando próximamente en este blog.

Chile visitado y descrito por Miguel Delibes

En la primavera de 1955, invitado por el Círculo de Periodistas de Santiago de Chile, Miguel Delibes realizó su primer viaje a América. Voló desde Barajas el 26 de marzo, para regresar a España en los primeros días de junio. Dejando de lado las escalas en Brasil, Uruguay y Argentina, en su viaje el periodista tuvo la oportunidad de conocer, con cierta profundidad, Chile y sus gentes. Dictó conferencias en Santiago, Valparaíso y Concepción y escribió una serie de dieciséis artículos para El Norte de Castilla que aparecieron bajo el título «Del otro lado del charco». Esas crónicas se recopilarían al año siguiente en el libro Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno), Madrid, Editora Nacional, 1956[1]. Dos años después, ese conocimiento directo de la realidad chilena volvería a transformarse, ahora no en materia periodística sino literaria, en su novela Diario de un emigrante (1958), continuación de Diario de un cazador, con el bedel Lorenzo y su esposa Ana trasladados a Chile como emigrantes en busca de fortuna. La génesis de esta novela la explicaba Delibes a César Alonso de los Ríos:

Diario de un cazador salía el mismo día que yo cogía el avión para Chile. Me llevaron el primer ejemplar al aeropuerto. De manera que mi lectura del Diario de un cazador durante la travesía me dejó tan reciente la conciencia de Lorenzo que, cuando me enfrenté con Sudamérica, lo vi todo a través de los ojos del cazador. Era ya una especie de obsesión llegar a Río de Janeiro y pensar qué diría Lorenzo de esta ciudad, de este «traumatismo», qué diría Lorenzo de este campo, qué diría Lorenzo de estas perdices. De manera que lo del emigrante vino rodado[2].

Como es lógico, la crítica ha señalado la clara relación existente entre ambos libros “americanos”; por ejemplo, Amparo Medina-Bocos, en su estudio preliminar a la edición de la novela, escribe:

La lectura en paralelo de Un novelista descubre América y Diario de un emigrante depara no pocas sorpresas. Sorprende, en primer lugar, comprobar hasta qué punto las experiencias del viajero Delibes se convierten en materia novelesca en el nuevo diario de Lorenzo. Hasta cincuenta referencias similares aparecen en ambas obras: observaciones sobre costumbres, paisajes, tipos, gastronomía, anécdotas realmente vividas o conocidas por Delibes en su estancia en el país andino se incorporan a la experiencia chilena del cazador castellano. Desde el momento en que Lorenzo y su mujer llegan a Río, las anotaciones de viaje de Delibes y lo que Lorenzo escribe en su diario resultan asombrosamente coincidentes[3].

Pero matiza, acertadamente, respecto al tono diferente que presentan ambos discursos:

La lectura simultánea de los dos textos delibeanos permite no sólo constatar coincidencias sino algo aún más fascinante: comprobar como una misma realidad se encuentra verbalizada de dos formas tan distintas. La objetividad del Delibes periodista contrasta con la expresividad del discurso de Lorenzo, lo que en Por esos mundos es pura referencia se convierte en discurso emotivo, en expresión de sentimientos (asombro, sorpresa, emoción…) cuando es el cazador quien lo enuncia[4].

Ramón García Domínguez apunta que «en ambos libros es fácil reconocer que el paisaje, los escenarios y la galería de tipos son prácticamente los mismos»[5], y un cotejo de ambas obras lo ofrece también Marta Portal, al estudiar la construcción de la novela sobre la falsilla del libro de viajes.

Las impresiones de Chile que Delibes dejó reflejadas en el libro recopilatorio de sus crónicas de viaje y en la novela posterior son muy precisas: tanto el periodista Delibes como el escritor Delibes supieron captar con notable acierto —y también con mucho humor— los principales aspectos (geográficos, sociales, culturales, económicos…) del Chile de mediados del siglo XX, así como la idiosincrasia de sus habitantes, sus costumbres o su peculiar forma de hablar y su léxico. En su viaje, Delibes descubre Chile y con su libro nos lo describe: capta la realidad del país con la atenta mirada de un periodista despierto y nos transmite sus impresiones añadiendo, pudiéramos decir sin casi exagerar, la finura de análisis de un experto sociólogo[6]. En futuras entradas volveré sobre este interesante libro para ofrecer más detalles de su contenido.


[1] Más tarde, el texto quedaría refundido en Por esos mundos. Sudamérica con escala en las Canarias, Barcelona, Destino, 1961. Ahora puede verse en el volumen VII de las Obras Completas de Miguel Delibes, Recuerdos y viajes, Barcelona, Destino, 2010. Ver también la muy reciente biografía de Ramón García Domínguez, Miguel Delibes, de cerca, Barcelona, Destino, 2010.

[2] César Alonso de los Ríos, Conversaciones con Miguel Delibes, Madrid, Magisterio Español, 1971, p. 137. Y de forma similar se expresaba en el prólogo al tomo II de su Obra Completa, Barcelona, Destino, 1966, pp. 14-15.

[3] Amparo Medina-Bocos, introducción a Miguel Delibes, Diario de un emigrante, Barcelona, Destino, 1997, p. XVI.

[4] Amparo Medina-Bocos, introducción a Miguel Delibes, Diario de un emigrante, p. XVII. Ver también Marta Portal, «Diario de un emigrante, una lectura sobre falsilla», en Estudios sobre Miguel Delibes, Madrid, Editorial de la Universidad Complutense, 1983, pp. 203-213.

[5] Ramón García Domínguez, «El mundo y yo. (Libros de viajes de Miguel Delibes)», en El autor y su obra: Miguel Delibes, ed. Ramón García Domínguez y Gonzalo Santonja, Madrid, Actas, 1993, p. 174.

[6] El lector interesado encontrará más detalles en mi trabajo «Delibes describe Chile: a propósito de Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno) (1956)», en María Pilar Celma Valero y José Ramón González García (eds.), Cruzando fronteras: Miguel Delibes entre lo local y lo universal, Valladolid, Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Valladolid, 2010, pp. 285-294.

Arauco en la literatura española del Siglo de Oro

Ahora que se acerca el 18 de septiembre, Fiestas Patrias en Chile, es un buen momento para que el Gobernador de esta Ínsula, chileno consorte, empiece a dedicar algunas entradas a autores y obras de la literatura chilena, o bien a la presencia de Chile y de temas chilenos en la literatura española. Comenzaremos hoy con esto último, ofreciendo algunas notas sobre la presencia de las guerras de Arauco en la literatura áurea, tema al que vengo prestando cierta atención en los últimos años.

La considerable presencia del tema de América en la literatura española del Siglo de Oro es un aspecto que ha sido estudiado, especialmente en lo que concierne a algunos autores mayores como Lope o Tirso de Molina[1]. Si nos ceñimos al tema de las guerras de Arauco, encontramos el tratamiento literario de esa materia en géneros muy diversos, que van desde las crónicas hasta el teatro, pasando por la poesía épica. De entre los cronistas, historiadores y autores de relaciones, habría que recordar los nombres de Jerónimo de Vivar, Juan de Cárdenas, Alonso de Góngora Marmolejo, Pedro de Valdivia, Pedro Mariño de Lobera, Alonso de Ovalle, Diego de Rosales, Alonso González de Nájera o Francisco Núñez de Pineda y Bascuñán, entre otros; en el territorio de la épica, las dos obras fundamentales son La Araucana de Alonso de Ercilla y Zúñiga y El Arauco domado de Pedro de Oña, pero no hay que olvidar otros títulos como El Purén indómito de Diego Arias de Saavedra o Las guerras de Chile, atribuido a Juan de Mendoza y Monteagudo.

En lo que respecta al teatro, aparece plasmada esa materia de Arauco, además de en el auto sacramental que nos ocupa, en las comedias La belígera española (1616), de Ricardo de Turia (seudónimo de Pedro Juan Rejaule y Toledo); Algunas hazañas de las muchas de don García Hurtado de Mendoza, Marqués de Cañete (1622), de nueve ingenios; Arauco domado (1625), de Lope de Vega; El gobernador prudente (1663), de Gaspar de Ávila, y Los españoles en Chile (1665), de Francisco González de Bustos. A estos títulos cabría añadir El nuevo rey Gallinato, de Andrés de Claramonte, cuya acción no está ambientada en Arauco, pero sí en un imaginario reino situado entre Perú y Chile[2]. Se trata de un volumen de obras muy considerable —sobre todo, en proporción con el conjunto global de piezas de asunto americano en el teatro áureo español[3]—, y esa abundancia se explica, en buena medida, por la existencia de dos prestigiosos modelos épicos que popularizaron en España los temas, personajes y motivos de aquel «Flandes indiano»: las obras ya mencionadas de La Araucana de Ercilla y El Arauco domado de Oña. Esa es, precisamente, una de las razones que apuntaba Dille para justificar tan crecida producción:

El número desproporcionado de comedias sobre Chile se debe a, por lo menos, tres factores: primero, precisamente porque no era un país rico, no se podía culpar a los españoles de estar allí por motivos indignos. Segundo, es la admiración por la heroica resistencia de sus pocos habitantes. A diferencia de México y del Perú, Arauco era muy pequeño, pero presentaba la máxima dificultad a los esfuerzos españoles para incorporarlo dentro del imperio. […] Tercero, las expediciones a esta lejana parte del imperio tuvieron la suerte de ser inmortalizadas por Alonso de Ercilla y por Pedro de Oña en obras del género de máximo prestigio —la epopeya. Así los escritores del siglo XVII podían inspirarse directamente en dos famosas obras literarias. Además, parece que la influencia de Ercilla era también indirecta porque aparentemente Algunas hazañas y El Arauco domado se escribieron para halagar al hijo del marqués de Cañete, que quedó resentido porque Ercilla no hizo mucho caso de su padre en la famosa Araucana[4].

Es esta una cuestión sobre la que existe abundante bibliografía, pero ya volveremos sobre ella en otra ocasión. En cuanto a las recreaciones del personaje de Caupolicán, sabido es que ha inspirado distintas obras literarias, desde la propia Araucana de Ercilla hasta el famoso soneto de Rubén Darío, pasando por romances, novelas históricas y otros destacados hitos textuales, a los que no puedo referirme ahora. También de estas recreaciones del cacique araucano se hablará en futuras entradas.


[1] Pueden verse, entre otros, los trabajos de Ignacio Arellano (ed.), Las Indias (América) en la literatura del Siglo de Oro. Homenaje a Jesús Cañedo, Kassel, Reichenberger / Gobierno de Navarra, 1992; Ysla Campbell(coord.), Relaciones literarias entre España y América en los siglos XVI y XVII, Ciudad Juárez, Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, 1992; Valentín de Pedro, América en las letras españolas del Siglo de Oro, Buenos Aires, Sudamericana, 1954; Glen F. Dille, «El descubrimiento y la conquista de América en la comedia del Siglo de Oro», Hispania. A Journal Devoted to the Teaching of Spanish and Portuguese (Los Angeles, California), vol. 71, núm. 3, September 1988, pp. 492-502; Ángel Franco, El tema de América en los autores españoles del Siglo de Oro, Madrid, Nueva Imprenta Radio, 1954; Teresa J. Kirschner, «La evocación de las Indias en el teatro de Lope de Vega: una estrategia de inclusión», en Agustín de la Granja y José Antonio Martínez Berbel (eds.), Mira de Amescua en candelero. Actas del Congreso Internacional sobre Mira de Amescua y el teatro español del siglo XVII (Granada, 27-30 octubre de 1994), Granada, Universidad de Granada, 1996, vol. II, pp. 279-290; Marcos A. Moríñigo, América en el teatro de Lope de Vega, Buenos Aires, Universidad de Buenos Aires-Instituto de Filología Amado Alonso, 1946; Concepción Reverte Bernal y Mercedes de los Reyes Peña (eds.), América y el teatro español del Siglo de Oro, Cádiz, Universidad de Cádiz, 1998; Francisco Ruiz Ramón, América en el teatro clásico español. Estudio y textos, Pamplona, Eunsa, 1993, o Miguel Zugasti, «Notas para un repertorio de comedias indianas del Siglo de Oro», en Studia Aurea. Actas del III Congreso de la AISO (Toulouse, 1993), ed. I. Arellano, M. C. Pinillos, F. Serralta y M. Vitse, vol. II, Teatro, Pamplona / Toulouse, GRISO / LEMSO, 1996, pp. 429-442; también el número especial de Teatro, 15, 2001, titulado América en el teatro español del Siglo de Oro, o el volumen La imagen del indio en la Europa moderna, Sevilla, CSIC, 1984. El lector interesado encontrará una bibliografía mucho más detallada en Moisés R. Castillo, Indios en escena: la representación del amerindio en el teatro del Siglo de Oro, West Lafayette (IN), Purdue University Press, 2009.

[2] Pieza peculiar dentro de este corpus, que ha generado bastante interés crítico en los últimos años.

[3] Ver por ejemplo Fausta Antonucci, «El indio americano y la conquista de América en las comedias impresas de tema araucano (1616-1665)», en Ysla Campbell(coord.), Relaciones literarias entre España y América en los siglos XVI y XVII, Ciudad Juárez, Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, 1992, pp. 21-46 (especialmente pp. 21 y 44-45).

[4] Dille, «El descubrimiento y la conquista de América en la comedia del Siglo de Oro», p. 493.