«Toda, reina de Navarra» (1991) / «El viaje de la reina» (1996) de Ángeles de Irisarri (y 6)

Otro aspecto presente en la novela[1] que me interesa destacar ahora es la introducción de reflexiones sobre el papel de la mujer en aquella época pasada. Suelen ser comentarios, puestos en boca de distintos personajes que expresan sus opiniones sobre el amor[2]. Así, en la p. 112, a propósito del enamoramiento de doña Lambra, se defiende que la mujer, si ha de casarse, debe poder elegir a su esposo, a la persona con la que va a compartir su vida. Además, la función de la mujer no ha de consistir tan solo en traer hijos al mundo (p. 113). La princesa Wallada habla contra los hombres y las costumbres musulmanas y expone la situación de la mujer (puede leerse su alegato «feminista» en las pp. 228-230).

Mujeres en una miniatura medieval

Comentaba en una entrada anterior que el humor es una característica esencial en las obras de Ángeles de Irisarri. Aquí está presente desde la situación de partida, el descabellado viaje que emprenden una anciana viuda y dos reyes un tanto sui generis, uno gordo y destronado y otro consumido y melancólico, a bordo de una pesada torre de asalto. Pero el elemento humorístico aparece aquí y allá en forma de anécdotas breves. Por ejemplo, al hablar del encierro de toros en Pamplona, se alude a los apuros del obispo don Arias, perseguido por un astado suelto (p. 222). Al contarse la historia del prisionero Berenguer de Orri, engañado por su esposa, se apunta con sorna «que ser cautivo y cornudo es demasía para un buen cristiano y hombre de honor» (p. 225). El conjunto de esta peculiar novela histórica es una sucesión de lances y peripecias que hacen muy divertida su lectura, y su tono está cercano, en ocasiones, a lo absurdo y lo grotesco[3].


[1] Citaré por la reedición de Emecé de 1996, que es la más fácilmente localizable para el público lector.

[2] Véase esta definición del amor: «Mira, hija, el amor, a mi ver, es como un embargo del corazón… El corazón amante rechaza todas las cosas que no tienen relación con la amada o el amado, y todo se considera banal y sólo existe el amado… y un penar sin motivo ni razón y un ansia se apodera del amador, que no vive y, a veces, pierde el seso…» (p. 252).

[3] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Ángeles de Irisarri», en Marina Villalba Álvarez, Mujeres novelistas en el panorama literario del siglo XX, Cuenca, Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 2000, pp. 361-374.

«Toda, reina de Navarra» (1991) / «El viaje de la reina» (1996) de Ángeles de Irisarri (5)

En cuanto a la base histórica de la novela[1], hay que decir que el pretexto de la narración responde a la realidad: el viaje a Córdoba para curar a Sancho el Craso queda consignado en las crónicas, así como la firma del tratado entre Toda y el califa musulmán, su sobrino Abderramán III: los cristianos acuerdan la entrega de diez de sus castillos en la frontera del Duero y se comprometen a un pacto de no agresión en las fronteras de Navarra a León, lo que supone en el fondo un acto de homenaje y un reconocimiento de la superioridad política y guerrera del califa. A cambio, este les proporciona un formidable ejército para recuperar el reino de León. Pero además de ese fondo real, diversos datos históricos van salpicando las páginas de la novela: hay alusiones al conde Fernán González de Castilla, a la segunda batalla de Simancas, a los siete infantes de Lara, a una hija natural de Sancho Garcés, a la rivalidad entre Pamplona y Nájera, a las hijas de Toda (Urraca, Oneca, Sancha y Velasquita), a los Aristas y Jimenos, hacedores del reino de Pamplona-Navarra… Se aportan datos sobre los judíos en Navarra y se recuerda la batalla de Alhándega, en la que Toda derrotó a Abderramán, tomándole el Alcorán y su armadura.

Abderramán III, primer califa omeya de Córdoba (929-961)
Abderramán III, primer​ califa omeya de Córdoba (929-961)

La novela nos describe a la perfección diversas costumbres y usos sociales de la época, en suma, es un buen retrato de la vida intrahistórica de aquellos tiempos pasados: la prueba caldaria, la importancia de los agüeros, las creencias y supersticiones populares, la importancia de las reliquias, verdaderas o falsas. Encontramos además la presencia de algunos elementos sobrenaturales, circunstancia habitual en las novelas históricas de Ángeles de Irisarri: el caballo de don Lope se encabrita al ver a una sirena o hada que se convierte en ave rapaz; Andregoto de Galancián, conocida como la Hija del Viento, hace que un huracán se levante a su alrededor cuando monta a caballo (se dice que nació de una diablesa, cfr. pp. 77-78); para Elvira, los lobos que les han atacado son diablos; Beppo de Arlés, un mercenario, extiende el descontento entre la tropa asegurando que se trata de un viaje maldito, aprovechando ideas que hablan de la destrucción del mundo coincidiendo con el fin del milenio (p. 139); ya cerca de Córdoba encuentran una olla que contiene un genio (pp. 180-181); García ve el espíritu de su hermana Urraca, que le afirma que Aamar era un escapado del infierno… Además, todos los presagios de la adivina Hasfa se cumplen: «Mi bola me muestra un regreso sin penas y penas al regreso…» (p. 283); dice a Toda que tenga cuidado con las escaleras, y morirá al rodar por unas; a don Sancho que se guarde de las manzanas, y será envenenado con ellas; a Elvira que será reina pronto y a Al Hakam, que será señor del mundo, como así sucederá.

La reconstrucción arqueológica de la época novelada se nota igualmente en la minuciosa mención o descripción de comidas (cfr. pp. 30, 54, 130, 204, 222-223) y de vestidos (por ejemplo el de Toda, p. 209, o el de García, pp. 209-210). De gran sabor arqueológico es toda la descripción de Al-Ándalus (la tierra rica con sus regadíos) y de la ciudad de Córdoba: el Palacio de la Noria, el de Medina Azahara, el bullicio de sus calles. Otros detalles que añaden verosimilitud son la datación cronológica por la era o la mención de los títulos de los reyes en latín: «Ego, Tota, regina». Desde el punto de vista lingüístico, la verosimilitud buscada por la autora queda reforzada por la inclusión de varios arcaísmos, léxicos o morfo-sintácticos: dó ‘dónde’, los mis señores, asaz + adjetivo, se diz, deste tiempo, asonar ‘cantar’, a fuer de, la mi señora, non, dellos, sondormidos, serénese el caballero, no me traigas penas más, e di, yantar, non habéis buenas cocineras, ansí, albenda ‘enseña’, item más, mesmo, ovieron, della, mesmamente, si has mucho dolor, la color, damos creencia ‘creemos’, a la su diestra, fizo nenguno, acontentar, la mala color, la honor ‘la tenencia de un castillo’, añudarle, se fincaba preñada, malquerente, congosto ‘estrecho’, mis llamados, desfacer el agravio, facen, enfuriar ‘enfurecer’, complugo…

Como ya indiqué, Ángeles de Irisarri añade al final un par de páginas bajo el rótulo de «Verdades y mentiras de El viaje de la reina» (pp. 347-348) donde explica la parte de realidad y la parte de ficción que hay en su novela. Dice que el hecho del viaje es cierto, y que la ruta que ella describe «posiblemente coincida en parte con la realidad». La descripción de Pamplona, concentrada en el primer capítulo, es imaginaria, mientras que todo lo relacionado con la ciudad de Córdoba y el palacio de Medina Azahara se ajusta a lo que se sabe. «La vida cotidiana y los actos de corte que hemos narrado también son auténticos» (p. 348); por ejemplo, el contraste entre la pobreza de los reinos cristianos y la riqueza del islam. En cuanto a los personajes, asegura la autora:

Son verdaderos los personajes de reyes y reinas, infantes e infantas y algunos condes, obispos, abades y abadesas. El resto, las damas de la reina Toda, los alféreces, la gente de tropa y las criadas, son inventados, aunque hemos tratado de crear tipos ajustados a la realidad social relatada. Y no dudamos que las auténticas camareras de la reina Toda fueron parecidas, porque semejante reina no podía tener otras damas. Doña Andregoto de don Galancián y doña Gaudelia Téllez de Sisamón también son fabulación, y es pena.

En cambio, de los personajes moros «son todos verdaderos, hombres y mujeres, principales y menudos» (p. 348), y están atestiguados por la historiografía musulmana. Como curiosidades, indica que no hay noticia del almajaneque ni del memorial de doña Gaudelia, claro[2].


[1] Citaré por la reedición de Emecé de 1996, que es la más fácilmente localizable para el público lector.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Ángeles de Irisarri», en Marina Villalba Álvarez, Mujeres novelistas en el panorama literario del siglo XX, Cuenca, Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 2000, pp. 361-374.

«Toda, reina de Navarra» (1991) / «El viaje de la reina» (1996) de Ángeles de Irisarri (3)

Por lo que toca a los personajes, uno de los aspectos más destacados de la novela[1] es precisamente el retrato de la reina doña Toda, viuda de Sancho Garcés I de Navarra. En la publicación original, su protagonismo quedaba resaltado al figurar su nombre en el propio título: Toda, reina de Navarra. En la reedición de 1996, al nuevo título de El viaje de la reina se le añaden unas palabras-resumen que prefiguran el contenido: «De cómo la intrépida reina Toda de Navarra realiza un viaje de Pamplona a Córdoba en el año mil». Y, en efecto, es esa intrepidez de la anciana viuda la que domina toda la novela, desde el comienzo hasta el final.

Toda Aznárez de Pamplona

El rey propietario del trono de Navarra es su hijo García Sánchez, casado en segundas nupcias con doña Teresa, pero ella sigue siendo la verdadera soberana en Pamplona: «Si hacía lo que hacía, si disponía más de lo que una reina viuda y anciana debería disponer, era porque los demás no disponían, porque nadie hacía, y alguien debía hacer, en puridad, en el reino de Navarra…» (p. 18). Toda, a sus ochenta y dos años, semeja una emperatriz; fue la regente de su hijo, árbitro y capitana en un reino de hombres; compartió la regencia con su cuñado Jimeno Garcés y conservó el reino para su García apoyada en unos pocos leales. Con su hijo llorando melancolías de amor en la torre de asalto y con su nieto, el rey gordo, encerrado también en la misma, Toda se convierte en la verdadera responsable de la expedición. Cuando han de cruzar un viejo puente de madera sobre el río Arga y el miedo atenaza a los miembros de la comitiva, ella sube decidida a lo alto de la torre y grita «¡Adelante, por Navarra!», enardeciendo a los suyos. Más tarde Toda recorrerá el campamento sin que le arredre el fuerte viento del Ebro, mostrando una vez más su carácter enérgico. En todo momento Toda actúa como señora, reina y madre. Como madre, se preocupa de su hijo y de los demás familiares; como reina, sueña con una alianza de todos los reinos cristianos y pretenderá reconquistar al califa la ciudad de Córdoba. De hecho, ese es uno de los motivos secretos que le guían a emprender tan pesado viaje: tomar nota personalmente de las condiciones defensivas de la ciudad andaluza, para poder apoderarse de ella en el futuro.

Sin embargo, Toda a veces se siente sola. Sola y cansada. En un determinado momento de la acción leemos estas palabras que resumen su estado anímico: «¿Dó va Toda Aznar enloquecida? Enloquecida, sí. ¿Qué hace una reina octogenaria subiendo a una máquina de guerra con peligro de su vida?» (p. 52). El retrato de la anciana está en parte idealizado; pero la idealización no es total. Al lado de sus ambiciosos proyectos políticos, el narrador menciona también los achaques de su vejez: se nos informa de que Toda sufre de estreñimiento, y son continuas las alusiones a su bacinilla de evacuar; las visitas a las letrinas o sus dificultades para obrar nos muestran el lado humano (el más humano, el de las necesidades fisiológicas) de la reina. Además, sabemos que Toda está algo mal de la cabeza y que confunde ciertas cosas: «Algo no le bulle bien en el cerebro y es ciega para su familia» (p. 52). En cualquier caso, no renuncia al viaje, pese a que su camarera Boneta le advierte que no ha de ser nada bueno para ellas.

Si se insiste en comentar los sueños imperiales de doña Toda, que pasan por la formación de una gran alianza de todos los reinos cristianos, acto seguido se aportan también más datos sobre su estreñimiento: se dice que quizá le salgan almorranas si hace esfuerzos por defecar. Toda, iracunda, sigue siempre los impulsos del corazón: «Es la sangre de los Arista que llevo y me rebosa», comenta (p. 63). Está cansada de tener que tomar tantas decisiones (p. 107) y nota que pierde energía. En ningún momento se olvida de sus sueños para acrecer el reino de Navarra de mar a mar (p. 133). Ordena ajusticiar a cuatro rebeldes para poner fin al motín que estalla durante el viaje, pero al mismo tiempo se siente vieja y cansada, por permitir la sedición en su casa. También se enfada con Al Katal, caíd de Guadalajara, porque no le ha dado el tratamiento de reina, sino el de dominissima. Y se reitera la idea de su cansancio: «Tal vez Boneta llevara razón y fuera un viaje descabellado para una anciana que ya no era reina» (p. 148). A lo largo de la novela se insiste en que Toda hizo a Navarra, en que ella fue la verdadera hacedora del reino: su esposo Sancho Garcés lo extendió, pero ella lo aseguró. Su personaje es casi el de una quijotisa, y así queda patente cuando el narrador nos habla de una «Toda Aznar desfaciendo entuertos y dirimiendo cuestiones» (p. 263).

Las alusiones a las disputas de las dos reinas de Pamplona, Andregoto de Aragón y Teresa Alfonso (la esposa repudiada por don García y la sustituta), constituyen otra buena ocasión para retratar el carácter decidido y autoritario de la vieja Toda:

Había demasiadas reinas en Pamplona para un reino tan chico. Teresa, Andregoto, la repudiada, y ella que no había dejado de serlo. Siendo sincera, la única reina de Navarra era ella, que era quien verdaderamente hacía y deshacía. Unas veces por necesidad, pues nadie hacía ni deshacía, y otras por propio gusto, pues lo de hacer y disponer le venía de la sangre del rey Enneco, el primer rey de Pamplona. Sus nueras nunca pretendieron ensombrecerla ni relegarla en la primacía de la corte, sencillamente aceptaron la preeminencia de la reina madre, que había sido ganada en las batallas. Y se conformaban con ser menos reinas, con que Toda les cediera el paso cuando se encontraban en los pasillos del castillo, con presidir los actos oficiales al lado de García o con oír misa o comer a su derecha, sin entrar en el negocio de la gobernación. Ella, Toda Aznar, nunca olvidó esos pequeños detalles y sus nueras fueron unas damas muy principales pero no unas reinas al completo (pp. 269-270).

Otra prueba de que doña Toda se siente vieja es que no interviene cuando los locos las atacan en Córdoba: «¿Era la vejez imparable…? ¡Ah, no!» (p. 296). Desde ese momento tiene prisa por volver, para que acaben de una vez las contrariedades e incidentes que tanta mella hacen en su espíritu. A la vuelta, como a la ida, todo lo organiza Toda, «aquella mujer brava como ninguna, tan entera siempre y maternal para todos…, tan amiga de sus amigos…» (p. 326). También queda retratada como hábil política y estratega: ella y el califa, su sobrino Abderramán, son viejos zorros, amigos o enemigos según las circunstancias y los intereses particulares de cada momento; saben que su amistad no puede ser duradera, aunque en la despedida sientan cariño el uno por el otro: «Juntos hubieran realizado cosas muy grandes, pero les separaban muchas otras…» (p. 326).

El epílogo nos informa de la muerte de doña Toda con unas concisas palabras latinas: «Tota, regina, obiit». Pero sabemos que antes de fallecer escribió varias cartas. «Dellas leo y transcribo sólo parte, pues están muy borradas», apunta doña Gaudelia. Esas líneas finales con sus disposiciones insisten en su carácter enérgico: pide a su nieto que demore la entrega de los castillos al moro y le aconseja que preñe pronto a su esposa; a Andregoto quiere casarla con Odilón; a Elvira le ordena que vigile a su hermano Sancho. Doña Toda escribe a otros muchos personajes, con recados que van desde los consejos políticos hasta los remedios caseros para curar una fiebre. Al final se afirma que Toda fue «la mejor mujer de Navarra» (p. 340)[2].


[1] Citaré por la reedición de Emecé de 1996, que es la más fácilmente localizable para el público lector.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Ángeles de Irisarri», en Marina Villalba Álvarez, Mujeres novelistas en el panorama literario del siglo XX, Cuenca, Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 2000, pp. 361-374.

Los «Horizontes poéticos» (1881), de Francisca Sarasate Navascués (y 4)

Dos de los poemas de Horizontes poéticos son de claro tema religioso. «Agar en el desierto (episodio bíblico)» (pp. 27-31) es un romance de versos endecasílabos con rima á-o en el que se cuenta cómo la mujer pide ayuda a Dios para que la muerte no le arrebate a su hijo y es escuchada, por lo que proclama gozosa que «venciendo augusta el mundanal ruido, / llega hasta ti la voz del desgraciado». Por su parte, «El Ave María» (pp. 199-200), formado por versos heptasílabos y pentasílabos, con asonancias en á-a en los pares (7- 5a 7- 5a), es un elogio de esa bella oración que suena al amanecer:

[…] es la bella canturia
corta en palabras;
dice: «Salve, María,
Madre sin mancha,
Divina mediadora,
Celeste guarda:
Salve, yo te saludo,
llena de Gracia.»

Azulejo con la leyenda Ave María

Y otros tres introducen consideraciones de tipo moral. «Consejo» (p. 95) es un soneto con curioso esquema de rima: ABAB ABAB CCD CDD. La enseñanza de la voz lírica a su amiga es que, como los envidiosos y maledicentes son quienes forman las reputaciones, hay que prevenirse contra ellos. «El milagro» (pp. 89-94), romance con rima á-o, es un elogio del poder de la oración y la inocencia (una niña cuida en el Pirineo de su rebaño, que es atacado por los lobos; reza y un providencial rayo destroza a la jauría). En fin, «Resignación» (p. 187) es un soneto (también aquí la rima es inusual: ABAB AABA CDD EED) en el que el sujeto lírico pide a Dios valor para sufrir con entereza el dolor. Cito los tercetos, cuyas rimas son pobres, formadas por infinitivos + pronombres enclíticos:

Insensatez, locura es esquivarle,
y en lo humano no cabe no sentirle,
que acontece, Señor, que por huirle
se llega más en breve a poseerle.
¡No te pido, pues, yo no padecerle,
que te pido valor para sufrirle!

Quedan, por último, tres poemas por comentar, uno de ellos claramente de circunstancias: el dedicado «A la reina Mercedes» (pp. 55-58) lamenta, en quintillas, la suerte de la soberana, muerta poco tiempo después de su boda (pasa en corto tiempo del palacio de Oriente al Palacio de Dios). Los otros dos retratan tipos humanos: «La Hermana de la Caridad» (pp. 75-76), con esquema 11- 7a 11- 7a y rima asonante, es un elogio de la generosa labor social que desempeña; «El veterano» (pp. 77-79) describe en endecasílabos sueltos a este anciano noble, pero ya débil, que, triste y solitario, recuerda los momentos de sus glorias juveniles en campaña.

Como hemos podido ver a lo largo de estas entradas, predominan en estos Horizontes poéticos de Francisca Sarasate las composiciones de tema amoroso, aunque también se hace presente cierto tono religioso-moralizante, muy característico de las obras de esta escritora, uno de los pocos nombres femeninos que podemos encontrar en el panorama de las letras navarras del siglo XIX. Claro está que la calidad de sus poesías queda lejos de la de una Carolina Coronado, una Gertrudis Gómez de Avellaneda o una Rosalía de Castro, pero considero que merece la pena recordarla y recuperar aquí alguno de sus versos, siquiera por ese carácter excepcional de su figura[1].


[1] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Los Horizontes poéticos (1881) de Francisca Sarasate», Río Arga. Revista de poesía, 89, primer trimestre de 1999, pp. 22-27. Ver también Carlos Mata Induráin, «Francisca Sarasate y Navascués», en María del Juncal Campo Guinea y cols., Mujeres que la historia no nombró, Pamplona, Ayuntamiento de Pamplona-Área de Servicios Sociales y Mujer, 2005, pp. 141-142; y Carlos Mata Induráin, «Una escritora en el olvido: Francisca Sarasate y Navascués», Pregón Siglo XXI. Revista Navarra de Cultura, 31, Verano de 2008, pp. 26-29.

Los «Horizontes poéticos» (1881), de Francisca Sarasate Navascués (3)

Cercanos a los poemas de tema amoroso están otros que incluyen el análisis de otros sentimientos o reflexiones de tono intimista. «La muralla de cristal» (pp. 33-34) es un romance con rima á-a en el que la voz lírica se lamenta de la infranqueable barrera que se alza entre ella y la dicha; sabe que solo con la muerte podrá salvarla y por eso desea que llegue. «Escenas de otoño» (pp. 35-38) es una nueva interpretación de las clásicas alabanzas de la vida campestre. Empieza: «Vámonos, vida mía, / huyamos de la aldea, / veremos en el campo / deliciosas escenas»; el sujeto lírico elogia los sencillos elementos de la naturaleza (el sol, la brisa, los pajarillos…), para reconocer al final que «de toda mi alegría / sólo tus ojos quedan» (p. 38). «Soñar despierta» (pp. 49-54) es un romancillo con rima é-a; una bella zagaleja, que ha descuidado su pastoreo por admirar las galas de la naturaleza dejando volar libremente su imaginación, regresa a la aldea escarmentada, «pues ve que hay peligro / en soñar despierta» (p. 54).

Philipp Peter Roos, Pastora con cabras y ovejas (último tercio del siglo XVII). Museo del Prado (Madrid)
Philipp Peter Roos, Pastora con cabras y ovejas (último tercio del siglo XVII). Museo del Prado (Madrid).

Diversos elementos de la naturaleza se cantan en «A la violeta» (p. 85; son doce versos, distribuidos en tres estrofas, con este esquema de rima: 11- 11- 11- 5a; 11- 11- 11- 5a; 11- 11- 11- 5b); «La aurora» (pp. 87-88; una silva, con algunos pareados, donde se canta su inmenso poder: «Ella despierta a la natura entera, / y al verla saludar el nuevo día, / lanza al mundo torrentes de armonía»); «Tres rosas» (pp. 101-102, quintillas); «Las conchas» (p. 195, romance con rima é-a); y «El arroyuelo» (p. 197, composición de endecasílabos blancos con cierto sentido simbólico moral, pues se dice que la corriente juega normalmente con las flores, pero a veces, cuando baja violento, las destruye y arrastra)[1].


[1] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Los Horizontes poéticos (1881) de Francisca Sarasate», Río Arga. Revista de poesía, 89, primer trimestre de 1999, pp. 22-27. Ver también Carlos Mata Induráin, «Francisca Sarasate y Navascués», en María del Juncal Campo Guinea y cols., Mujeres que la historia no nombró, Pamplona, Ayuntamiento de Pamplona-Área de Servicios Sociales y Mujer, 2005, pp. 141-142; y Carlos Mata Induráin, «Una escritora en el olvido: Francisca Sarasate y Navascués», Pregón Siglo XXI. Revista Navarra de Cultura, 31, Verano de 2008, pp. 26-29.

Los «Horizontes poéticos» (1881), de Francisca Sarasate Navascués (2)

El primero de los poemas amorosos es «Leyenda guipuzcoana» (pp. 17-25), de claro tono narrativo, con rima aguda en -ó cada cuatro versos (que son heptasílabos). La primera parte es un diálogo entre una voz lírica femenina y su hermana, que se lamenta por un amor sin esperanza; mirando al mar Cantábrico, señala esta última que desea la muerte porque el mundo es para ella negra cárcel, fúnebre prisión. En la segunda parte, la voz lírica refiere la muerte de la bella y maldice al hombre que causó su desgracia. En el titulado «Dos lágrimas» (p. 39), formado por cuatro redondillas, el yo lírico compara una lágrima de la persona amada con una gota de rocío, siendo insuficientes una y otra para apagar su sed de amor.

«Su nombre» (pp. 41-45) es una composición de diecinueve estrofas de estructura 11- 7a 11- 7a (con rima aguda en los versos pares). Una voz femenina canta, dirigiéndose a su madre, al amor que es toda su vida, pero que la desdeña; ella tan solo desea amarle y soñar que él la ama; sabe que este sufrir en silencio es una locura, pero también su felicidad, y por eso acaba pidiendo: «déjame, pues, vivir con mis quimeras, / que vivir es soñar» (p. 45). «En un álbum» (p. 47) es un romance con rima en é-a que refiere el flechazo amoroso de una pareja, él y ella: el cruce de una mirada basta para que un relámpago de dicha una sus almas gemelas, pero es tan intenso que les condena «a ceguedad eterna». El título responde a una práctica poética muy habitual en el siglo XIX, consistente en que los poetas escribiesen algunos versos en álbumes, abanicos, etc.

Álbum poético

La nota trágica aparece en «Un suelto de La Correspondencia» (pp. 59-67), una silva de tono narrativo que refiere el suicidio de una joven por un desengaño amoroso (el paquete de cartas localizado por la madre así lo revela). Narrativo es también el poema siguiente, titulado significativamente «Cuento» (pp. 69-73); se trata de un romance endecha con rima é-o que empieza así: «Érase, niñas mías, / érase, y va de cuento, / érase una princesa, / allá, en lejanos tiempos». La hermosa vive en un palacio riquísimo, que es para ella cárcel dorada, porque sufre de amores; habla con un rosal, un pájaro, el céfiro, un arroyuelo y una mariposa, comentando que no es feliz; en fin, una voz del cielo le dice que está herida de muerte, porque el sufrimiento mata.

«Canción de la esclava» (pp. 81-83) son las evocaciones de una «bella sultana» que recuerda un encuentro con su amante. El esquema métrico 11- 7a 11- 7a y el exotismo del tema, subrayado por la introducción de alguna palabra extraña, da cierta musicalidad a este poema, de tono vagamente modernista:

Como el pájaro vuela a su nido
mi dueño volaba,
hacia el ancho e inmenso desierto
su jaike flotaba.
A caballo, en su negro caballo,
la vega cruzaba,
y su imagen preciosa este río
por siempre guardaba.

[…]

Claro río, que guardas las flores
de mí tan amadas,
llévame donde fueron sus hojas
tan puras y blancas.
Que me vean morir libre y bella
tus ondas templadas;
y si vuelve, decidle vosotras
que nunca fui esclava.

De tema similar, aunque desde una perspectiva masculina, es «El cautivo» (pp. 97-100), composición de heptasílabos que presenta rima aguda en -á cada cuatro versos, quedando los demás sueltos. Un prisionero obtiene su libertad, pero en realidad no puede quedar libre porque ama a la sultana. La estructura del poema es circular; cito los versos iniciales y finales:

Sultana, yo me alejo
por siempre de tu lado,
brilló para mí el día
de dulce libertad.

[…]

Sultana, yo me alejo
por siempre de tu lado,
y lloro por perdida
mi dulce libertad.

En «Dos amores» (pp. 189-91), romance endecha con rima á-a, el yo lírico se debate entre el amor a una «hermosa soberana», adornada con seda, oro y esmeraldas, y una «joven cautiva», también bella; al final, termina postrándose a los pies de esta como tributo a su desgracia. En fin, «Cantares» (pp. 193-94) son nueve coplillas, con rimas asonantes o consonantes en los pares, 7- 5a 7- 5a. Alguna de ellas tiene cierta gracia: «En el agua bendita / pone mi amada / sus deditos de rosa. / ¡Quién fuera agua!»; «Cuando te sigo, niña, / no es que te sigo, / es que voy por mi alma / que va contigo»[1].


[1] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Los Horizontes poéticos (1881) de Francisca Sarasate», Río Arga. Revista de poesía, 89, primer trimestre de 1999, pp. 22-27. Ver también Carlos Mata Induráin, «Francisca Sarasate y Navascués», en María del Juncal Campo Guinea y cols., Mujeres que la historia no nombró, Pamplona, Ayuntamiento de Pamplona-Área de Servicios Sociales y Mujer, 2005, pp. 141-142; y Carlos Mata Induráin, «Una escritora en el olvido: Francisca Sarasate y Navascués», Pregón Siglo XXI. Revista Navarra de Cultura, 31, Verano de 2008, pp. 26-29.

Los «Horizontes poéticos» (1881), de Francisca Sarasate Navascués (1)

No son muchos los nombres de mujeres que encontramos al recorrer la historia literaria de Navarra, al menos hasta fechas recientes (en efecto, esta situación ha cambiado y en los últimos años existe una nómina más que considerable). Más escasos son todavía los de mujeres que hayan cultivado la poesía, por lo menos hasta bien entrado el siglo XX. En este sentido, me parece interesante rescatar del olvido el nombre de Francisca Sarasate (1853-1922) y su libro Horizontes poéticos, del año 1881. Esta autora, que se acercó a géneros tan dispares como la novela, el cuento, la leyenda histórica en verso, el teatro y la poesía, constituye una excepción notable en el panorama de las letras navarras del siglo XIX. La calidad literaria de sus escritos no es extraordinaria, pero la misma circunstancia de su singularidad bien la hace merecedora de alguna reseña, como esta breve que ahora le dedico.

Francisca Sarasate Navascués

Aunque nacida en La Coruña en 1853, la vida de Francisca Sarasate Navascués estuvo plenamente enraizada en Navarra por sus vínculos familiares, de forma que suele ser incluida en las nóminas de escritores navarros. En efecto, era hermana del músico Pablo Sarasate y esposa del catedrático Juan Cancio Mena (de ahí que firmase algunos libros como Francisca Sarasate de Mena). En 1882 obtuvo el quinto premio —consistente en una pluma de oro— en el concurso organizado por el Ayuntamiento de Alba de Tormes con motivo del III Centenario de la muerte de Teresa de Ávila. Dio varias conferencias en el Ateneo de Zaragoza, fue colaboradora La Ilustración Española y Americana y directora de La Gaceta de París.

Libros de carácter lírico son Horizontes poéticos (1881), Amor divino (una oda publicada junto con Fulvia), Romancero aragonés (1894) y Poesías religiosas (1899). Algunos de sus poemas fueron musicalizados por su hermano Pablo. Su obra titulada Pensamientos místicos (1910) recoge una serie de reflexiones cristianas (sobre la vida, la muerte, el amor a Dios, la riqueza y la pobreza, el perdón, el sufrimiento, el trabajo, etc.).

Francisca Sarasate falleció en Pamplona en 1922.

Los datos completos de la obra que ahora me ocupa son: Horizontes poéticos. Libro rítmico dedicado por su autora a su hermano el eminente artista Pablo Sarasate, Pamplona, Imprenta de El Eco de Navarra, a cargo de M. Colomina, 1881 (existe un ejemplar en la Biblioteca General de Navarra, sign. 8-2 / 97). El primer aspecto que hay que destacar es que estamos ante un libro misceláneo, que incluye composiciones de distintos géneros. Así, las páginas 105-181 están ocupadas por un ensayo dramático titulado Los dos ciegos. Se trata de una comedia en dos actos y en verso que, como se indica en nota, desarrolla en forma dramática una novela francesa de igual título de Frédéric Soulié. Parece como si el género lírico no tuviese todavía la suficiente consideración literaria, de forma que a la hora de coleccionar esas composiciones poéticas en un volumen debieran ir arropadas por escritos de mayor fuste, pertenecientes a otros géneros «mayores». Las restantes piezas incluidas en el libro sí son poéticas, pero en varias de ellas el tono predominante es más narrativo que lírico (podría recordarse que la autora cultivó, por ejemplo en su Romancero aragonés, las leyendas históricas en verso, muy similares a las que, por esos años finales del XIX, componían otros literatos navarros como Hermilio Olóriz o Arturo Cayuela Pellizzari).

El libro se abre con una dedicatoria «A mi hermano Pablo Sarasate» y un elogioso prólogo de Juan Cancio Mena (pp. 5-15), donde se indica que es este un «libro de verdadera poesía», del que destaca su espíritu de inspiración, la grandeza y profundidad de pensamiento, la exactitud y colorido y la adecuación de fondo y expresión. En las palabras finales indica que la autora «es elevada en sus ideas, correcta en su decir, analítica en sus juicios, natural en sus descripciones, brillante en sus imágenes y, sobre todo, sabe hacer interesantes los asuntos que elige» (p. 15).

Los poemas aquí recopilados pueden ordenarse en cuatro bloques temáticos: 1) poemas amorosos; 2) poemas que analizan sentimientos intimistas, a veces partiendo de la descripción de diversos elementos de la naturaleza; 3) poemas de tema religioso o que introducen reflexiones morales; y 4) poemas de circunstancias y otros temas. Los iremos examinando en próximas entradas[2].


[1] Les dediqué unas líneas en mi artículo «Panorama del cuento literario navarro en el siglo XIX», Príncipe de Viana, 210, enero-abril de 1997, pp. 223-247.

[2] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Los Horizontes poéticos (1881) de Francisca Sarasate», Río Arga. Revista de poesía, 89, primer trimestre de 1999, pp. 22-27. Ver también Carlos Mata Induráin, «Francisca Sarasate y Navascués», en María del Juncal Campo Guinea y cols., Mujeres que la historia no nombró, Pamplona, Ayuntamiento de Pamplona-Área de Servicios Sociales y Mujer, 2005, pp. 141-142; y Carlos Mata Induráin, «Una escritora en el olvido: Francisca Sarasate y Navascués», Pregón Siglo XXI. Revista Navarra de Cultura, 31, Verano de 2008, pp. 26-29.

África en «Saudades… Toujours» (1973) de María del Villar Berruezo (y 3)

En el relato también se describen las villas, hotelitos y bungalows de los trabajadores europeos (pp. 124-125). La noche en que Dey se declara y salen juntos, ven este paisaje:

Enfrente, y hacia mi izquierda, brillaban las luces de Brazzaville, pequeñas y lejanas, pareciendo querer competir con las estrellas que lucían en el cielo.

Delante de nosotros se extendía el río como una larga pradera negra, moviente, repleta de peligros. De cuando en cuando unos serpenteos de luz amarilla clara ponían luminosidad en las ondulaciones pastosas de la corriente, luego desaparecían (p. 172).

Aura desea quedarse en el Congo para no perder ese amor; allí están ellos dos solos, lejos de todo. África es lo exótico, lo permitido, tierra de pasión; se deja seducir por la pasión y por el encanto del país. La tierra africana ejerce un irresistible embrujo sobre ella. Un diálogo entre Aura y Dey (pp. 205-220) sirve para introducir varios datos acerca del trazado de la línea Congo-Océano, del puerto de Punta Negra, sobre exploradores y gobernadores del territorio: Albert Veistroffer, Martial Merlin, Victor Augagneur, y sobre todo Pierre Savorgnan de Brazza, explorador al servicio de Francia, rival de Stanley, inglés que trabaja para Bélgica. Se habla del rey Renoké, el primer rey negro con el que trató Brazza, del rey Makoko, del río Ogooué, el principal río del Gabón…

Aura sigue con sus recuerdos, toma la pluma para continuar con sus introspecciones. Desea vivir en calma y soledad, dedicada al recuerdo de Dey. Ahora la pasión la vive con más bella puridad que en el Congo. El galán ejerció sobre ella la misma atracción y magia que el paisaje. Se evoca luego un paseo en barca con Dey, cuando ambos contemplan un amanecer sobre el río:

La claridad se intensificaba rápidamente y allí, tras la muralla de arbolado que ponía su veto a la margen del río, aparecía un disco color de cobre que subía sobre el fondo perla de un cielo sin nubes.

Pensé en una hostia de fuego que invisibles manos levantaban en el espacio. Pensé en una luna desconocida e incandescente que, hecha ascuas, loca y abrasadora, trastornaba las leyes del cosmos y corría por nuestra galaxia buscando dónde posarse.

Pero la luna loca, o el disco de cobre, se afirmaba con seguridad sobre los árboles y sobre el río y, perdiendo su ardiente color de brasa, empalideció hasta volverse de oro, rompió su funda metálica, lanzó mil rayos y flechas, pareció coronarse de lanzas y, majestuoso y soberbio como un dios, me obligó a bajar la cabeza (pp. 254-255).

Puesta de sol sobre el río Congo

Es un día de calor, de un sol de fuego que desprende «torrentes de luz dorada» (p. 260). Los amantes llegan a una playa y en la arena el sol saca reflejos embrujadores de oro. Aura ve indígenas embadurnados de ceniza, el palacio del rey, porque Dey ha querido ofrecerle «un día africano». Al anochecer, ve la puesta de sol sobre el río Congo (p. 268): «me alegró el pensamiento de navegar sobre el Congo en los momentos en que el sol, huyendo de las nubes de un azul intenso que lo perseguían, lanzaría flechazos sin llegar a ellas, consiguiendo solamente poner estrías luminosas sobre las aguas del río antes de fundirse en una orgía de colores rabiosos» (p. 268). Y llega el crepúsculo:

Entre besos, risas y bromas había descuidado el crepúsculo. Recorrí con la mirada la bóveda celeste. El sol, escondido en el horizonte, había huido deprisa bajo los azotes que le daba la noche, y sólo tenía fuerzas para enviar con sus últimos resplandores, tenues rayos de belleza moribunda (p. 273).

Pero la protagonista debe marchar para seguir a Dey a Portugal y dejar «los encantos de aquellas tierras, de aquellos cielos…» (p. 279). Se despide con estas palabras: «»Adiós, Congo. ¿Volveré a verte algún día?», repetía con el alma mientras tu coche me llevaba hacia Luanda» (p. 279). La novela, que acaba de forma abierta, con la posibilidad de un reencuentro, ha recreado a lo largo de sus páginas el calor, la humedad, el paisaje, el ambiente (criados negros, comidas exóticas, enfermedades tropicales…), en suma, el «perfume de tierra caliente» (p. 253) de aquella región africana que incluye topónimos con tan sugerente poder de evocación como Matadí, Santo Antonio de Zaire, Luanda, El Cabo, Angola, Mozambique…

Hemos visto en entradas anteriores, a través de la voz lírica de María del Villar, cómo en la alta noche africana la luna lloraba versos de amor desesperados, y cómo en otras noches africanas nacía y se desarrollaba la pasión amorosa de Aura y Dey. La autora navarra probó el «veneno africano» y, cautivada por su encanto, ya nunca lo pudo olvidar: tal fue la intensidad de sus vivencias, que años después las ofrecería a sus lectores en sus versos y en su novela, es decir, vertidas en el cauce de la literatura, que es, no lo olvidemos, otro veneno[1].


[1] Cito por María del Villar, Saudades… Toujours, Madrid, Editorial Tanagra, 1973. Para más detalles remito a un trabajo mío anterior: Carlos Mata Induráin, «El “veneno africano”: la huella de África en la producción literaria de María del Villar Berruezo», en Actas del IV Coloquio Internacional de Estudios sobre África y Asia, Málaga, Editorial Algazara / Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert, 2002, pp. 285-300.

África en «Saudades… Toujours» (1973) de María del Villar Berruezo (2)

Más adelante se ofrecen algunas descripciones de Kinshasa (pp. 80-81) y de Brazzaville (p. 108), que son todavía ciudades en construcción. Acogida por Otilia y su marido Antonio, Aura tiene oportunidad de escuchar el sonido del tam tam y una canción de negros (pp. 101-102): «Quedamos en silencio, escuchando aquel son monótono y sordo que se repetía insistente, obsesivo, penetrante y que repercutía en el espacio como llevando mensajes al infinito» (p. 102). También encontramos una descripción del anchuroso río Congo:

Me causó gran placer atravesar el Congo en sentido inverso al del día de mi llegada. El río corría igual, pastoso, de un azul sucio, dando la impresión de estar formado con aguas espesas, cargadas, alimentadas por vidas vegetales y animales, por aguas poderosas que arrancaban troncos, ramajes, motas de tierra, bajíos y bestias, con objeto de arrastrarlas a un destino ineludible, a un destino cruel, o para ofrecerlas a alguna divinidad monstruosa e insaciable (p. 108).

Aura visita Brazzaville con Otilia (pp. 110-111) y también sus barriadas negras: el Bas Congo, con su pintoresco mercado (pp. 111-112), y Poto-Poto, el segundo barrio negro, cuyas casas están formadas solo con agua y tierra, con barro:

Si dejándome llevar por mis impresiones hubiese gritado de sorpresa y estupefacción en el mercado de Bajo-Congo, en Poto-Poto mis reacciones fueron diferentes, y quedé pasmada, muda, petrificada por un «algo» enigmático, indescifrable e incomprensible que parecía flotar sobre aquella urbe negra, agitada, multiplicada en colores y sones, sobre la que pronto caería, como un gran misterio, el manto espeso y pesado del crepúsculo africano (p. 113).

Poto-Poto, Brazzaville.

Aura explica que no quiere regresar allí nunca más para no perder aquel impacto de la primera impresión:

«Adiós, pueblo que me has conmovido poniendo una confusión nueva en el fondo de mi espíritu. No quiero volver a verte por temor de caer de ese vértice en que me has colocado, por recelo de perder la impresión que he sentido al contemplarte y que no se podría repetir. Adiós; no te podré olvidar, porque nunca volveré» (pp. 113-114)[1].


[1] Cito por María del Villar, Saudades… Toujours, Madrid, Editorial Tanagra, 1973. Para más detalles remito a un trabajo mío anterior: Carlos Mata Induráin, «El “veneno africano”: la huella de África en la producción literaria de María del Villar Berruezo», en la producción literaria de María del Villar Berruezo», en Actas del IV Coloquio Internacional de Estudios sobre África y Asia, Málaga, Editorial Algazara / Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert, 2002, pp. 285-300.

«Contemplación de María», de Ernestina de Champourcin

Con la festividad del Bautismo de Jesús finaliza hoy el ciclo litúrgico de Navidad. Terminaremos también esta serie de poemas de temática navideña con «Contemplación de María», de Ernestina de Champourcin (Vitoria, 1905-Madrid 1999)[1]. Poeta de la Generación del 27 y perteneciente al grupo de «Las Sinsombrero», tras la guerra civil partió al exilio, primero en Francia y después en México, junto con su marido, Juan José Domenchina. Muerto él en 1959, Ernestina regresaría a España en 1972. Entre sus títulos poéticos figuran En silencio (1926), Ahora (1928), La voz en el viento (1931), Cántico inútil (1936), Presencia a oscuras (1952), El nombre que me diste…. (1960), Cárcel de los sentidos (1964), Hai-kais espirituales (1967), Cartas cerradas (1968), Poemas del ser y del estar (1972), Primer exilio (1978), Poemillas navideños (1983), La pared transparente (1984), Huyeron todas las islas (1988), Antología poética (1988), Los encuentros frustrados (1991), Poesía a través del tiempo (1991), Del vacío y sus dones (1993) o Presencia del pasado (1994-1995) (1996). Póstumas son las recopilaciones Poemas de exilio, de soledad y de oración (antología poética) (Pamplona / Madrid, Universidad de Navarra / Ediciones Encuentro, 2004), Poesía esencial (Madrid, Fundación Banco Santander Central Hispano, 2008) o Antología poética (Madrid, Ediciones Torremozas, 2017).

Rafael, Madonna Tempi (1508). Alte Pinakothek (Munich, Alemania).
Rafael, Madonna Tempi (1508). Alte Pinakothek (Munich, Alemania).

«Contemplación de María» es la primera de los tres composiciones recogidos en su folleto Poemillas navideños, y se divide externamente en cuatro apartados de métrica tradicional (el primero es un romance con rima aguda í; el segundo, un romance endecha —versos heptasílabos— con rima é e, con la peculiaridad de abrirse con una primera estrofa que presenta cinco versos[2]; el tercero, un romance con rima á o; y el cuarto, un romance con rima aguda á).

I

La espera te inunda toda
con su gozoso fluir.
Es un río de alegría,
un vuelo de colibrís
que te roza levemente
porque Dios que nace en ti
no cabe en el mundo entero
y cabe en tu seno. Así
van transcurriendo las horas
y su tejido sutil
borda hilo a hilo el milagro
que nos quiere redimir

Espera tuya. La nuestra
aprenderá hoy de ti
a esperar, año tras año,
el tiempo de revivir.

II

Y estabas, simplemente
ante ti, Dios pequeño
escondido e inerme
en tu cuerpo tan nuevo,
en tu llanto reciente.

Estás mientras le miras
o en tus brazos se duerme.
¡Qué limpio, qué sencillo
tu modo de quererle!

Al pastor de fe pura
y a los clarividentes
magos ricos en dones
silenciosa le ofreces.

No hace falta que hables.
Aquí estás, simplemente.
Tu estar es una rosa
que en la nieve florece.

III

Todo el silencio del mundo
se concentra en el establo.
Callan los que están dentro,
calla el que llega cantando,
callan suspiros y risas.

El Niño mira callado
con sus ojos de luz tierna
a quien viene a contemplarlo.

Un aire nuevo, cernido,
agita suave los mantos
de María y de José.
Estamos en ningún lado,
en el alba de la tierra.

Amanecer rosa y blanco
del principio de la Vida.
Todo calla en el establo.

IV

El borrico de la noria
se ha escapado hasta el portal
porque hoy el agua ya brota
de otro pozo. Volverá
sin duda alguna mañana
bajo el yugo y el ronzal
a trabajar nuevamente
lleno de gozo y de paz.

Borrico del Nacimiento
que fuiste ahora a buscar
un agua que es para siempre:
tus ojos reflejarán
asombrados y sumisos
un sueño que es realidad[3].


[1] Sobre la autora pueden verse, por ejemplo, los trabajos Ernestina de Champourcin, Málaga, Centro Cultural de la Generación del 27 / Diputación Provincial de Málaga, 1989; y Ernestina de Champourcin, del exilio, a Dios, biografía y selección de poemas de Beatriz Comella, Madrid, Rialp, 2002.

[2] En esta estrofa, los versos 1, 3 y 5 mantienen la misma rima asonante é e y los versos 2 y 4 presentan una rima también asonante é o.

[3] Tomo el texto de Ernestina Champourcin, Poemillas navideños, editor Rosario Camargo E., ilustradora Ana Laura Salazar, México, D. F., Programas Educativos, 1983, s. p. En el apartado I se lee por dos veces «tí» (quito la tilde). Mantengo la distribución en “estrofas” que presenta el original en las distintas tiradas de romance.