«Los de abajo» de Mariano Azuela: Demetrio Macías o el desencanto de la Revolución (3)

En la novela de Mariano Azuela, la desilusión está apuntada ya en unas palabras que el propio Luis Cervantes dirige a Demetrio: «… se acaba la Revolución y se acaba todo. ¡Lástima de tanta vida segada, de tantas viudas y huérfanos, de tanta sangre vertida! Todo, ¿para qué? Para que unos cuantos bribones se enriquezcan y todo quede igual o peor que antes» (p. 116) [1]. Pero sus palabras son de nuevo las de un redomado hipócrita. Su comportamiento posterior así lo demostrará: él será uno de esos bribones que se enriquecen y salen huyendo con las ganancias del botín.

Mural "Del Porfirismo a la Revolución" de David Alfaro Siqueiros

En realidad, la verdadera impresión de desilusión nos la ofrece Alberto Solís. Ya cité en otra entrada anterior su comentario acerca de que él pensó la Revolución como una pradera para encontrar finalmente que fue un pantano. Ya vimos que seguía en la Revolución cual «hoja seca arrebatada por el vendaval». Otras palabras suyas completan la sensación de desencanto. Por ejemplo, le dice a Cervantes:

Amigo mío: hay hechos y hay hombres que no son sino pura hiel… Y esa hiel va cayendo gota a gota en el alma, y todo lo amarga, todo lo envenena. Entusiasmo, esperanzas, ideales, alegrías…, ¡nada! Luego no le queda más: o se convierte usted en un bandido igual a ellos, o desaparece de la escena, escondiéndose tras las murallas de un egoísmo impenetrable y feroz (p. 134).

Cuando se produce la toma de Zacatecas, los dos intelectuales contemplan y comentan la batalla desde lejos. Para Marta Portal, ambos personajes «guarecidos del fragor de la lucha, simbolizan la picaresca antiheroica»[2]. También a Valbuena Briones le recuerda esta escena la situación semejante que se produce en la Vida y hechos de Estebanillo González, cuando el pícaro asiste a la batalla de Nordlingen «guardando prudente distancia»[3]. Sea como sea, es el momento en que Solís exclama: «¡Qué hermosa es la Revolución, aun en su misma barbarie!», frase que en las primeras versiones de la novela estaba puesta en labios de Cervantes. Luego añade «en voz baja y con vaga melancolía»:

Lástima que lo que falta no sea igual. Hay que esperar un poco. A que no haya combatientes, a que no se oigan más disparos que los de las turbas entregadas a las delicias del saqueo, a que resplandezca diáfana, como una gota de agua, la psicología de nuestra raza, condensada en dos palabras: ¡Robar, matar!… ¡Qué chasco, amigo mío, si los que venimos a ofrecer todo nuestro entusiasmo, nuestra misma vida por derribar a un miserable asesino, resultásemos los obreros de un enorme pedestal donde pudieran levantarse cien o doscientos mil monstruos de la misma especie!… ¡Pueblo sin ideales, pueblo de tiranos!… ¡Lástima de sangre! (p. 143).

De hecho, las dos retahílas de confesiones del «yo robé» y del «yo maté» constituyen dos pasajes muy significativos de la novela.


[1] Cito por Mariano Azuela, Los de abajo, ed. de Marta Portal, Madrid, Cátedra, 1980.

[2] Marta Portal, introducción a Mariano Azuela, Los de abajo, Madrid, Cátedra, 1980, p. 52.

[3] Ángel Valbuena Briones, Historia de la literatura española, tomo V, Literatura hispanoamericana, Barcelona, Gustavo Gili, 1969, p. 365.

«Los de abajo» de Mariano Azuela: Demetrio Macías o el desencanto de la Revolución (2)

Revolución mexicana (Orozco)Luis Cervantes se encarga de dar cierta solemnidad a las ideas de Demetrio y sus hombres, convirtiéndose así, en la novela de Mariano Azuela, en el ideólogo de la Revolución: «La Revolución beneficia al pobre, al ignorante, al que toda su vida ha sido esclavo, a los infelices que ni siquiera saben que si lo son es porque el rico convierte en oro las lágrimas, el sudor y la sangre de los pobres…» (p. 99)[1]. En una ocasión brinda «por el triunfo de nuestra causa, que es el triunfo sublime de la Justicia, porque pronto veamos realizados los ideales de redención de este nuestro pueblo sufrido y noble, y sean ahora los mismos hombres que han regado con su propia sangre la tierra los que cosechen los frutos que legítimamente les pertenecen» (p. 133). Cuando Demetrio es ya general, Cervantes le explica:

Nosotros no nos hemos levantado en armas para que un tal Carranza o un tal Villa lleguen a presidentes de la República, nosotros peleamos en defensa de los sagrados derechos del pueblo, pisoteados por el vil cacique… (pp. 165-166).

Pero todas sus palabras, dichas delante de los demás, no son sino pura demagogia. Cuando se queda solo y el narrador omnisciente nos ofrece sus reflexiones interiores, podemos ver que tales ideales no son verdaderamente sentidos por Luis Cervantes. En realidad, lo único que le interesa es estar en el bando del vencedor: «¿Sería verdad lo que la prensa y él mismo habían asegurado, que los llamados revolucionarios no eran sino bandidos agrupados ahora con un magnífico pretexto para saciar su sed de oro y sangre? […] Revolucionarios, bandidos o como quiera llamárseles, ellos iban a derrocar al gobierno, el mañana les pertenecía, había que estar, pues, con ellos, solo con ellos» (p. 101). Cervantes es, no hay duda, de los de «Viva quien vence».


[1] Cito por Mariano Azuela, Los de abajo, ed. de Marta Portal, Madrid, Cátedra, 1980.

«Los de abajo» de Mariano Azuela: Demetrio Macías o el desencanto de la Revolución (1)

Demetrio, protagonista principal de la novela de Mariano Azuela, entra en la Revolución por las injusticias contra él cometidas, no por la defensa de unos ideales superiores, que no posee. Luis Cervantes será quien lo aleccione al respecto. Pero la primera vez que hablan, cuando el curro es capturado, se produce este significativo diálogo:

—Yo he procurado hacerme entender, convencerlos de que soy un verdadero correligionario…

—¿Corre… qué? —inquirió Demetrio, tendiendo una oreja.

—Correligionario, mi jefe…, es decir, que persigo los mismos ideales y defiendo la misma causa que ustedes defienden.

Demetrio sonrió:

—¿Pos cuál causa defendemos nosotros?…

Luis Cervantes, desconcertado, no encontró qué contestar (p. 93)[1].

Demetrio le explica a continuación sus causas para entrar en «la bola» (pp. 113 y ss.): el enfrentamiento con el cacique don Mónico. Sus palabras, que no voy a copiar aquí, revelan su total desconocimiento de la situación en el resto del país. Demetrio conoce tan solo lo suyo, la realidad más cercana. Su único deseo es que ya nadie le moleste para poder abandonar la lucha: «No quiero yo otra cosa, sino que me dejen en paz para volver a mi casa» (p. 115).

Revolución Mexicana

Luis trata de hacerle comprender que existen otros intereses por los que luchar aparte de los personales, los que se elevan de lo particular a lo general:

Usted no comprende todavía su verdadera, su alta y nobilísima misión. Usted, hombre modesto y sin ambiciones, no quiere ver el importantísimo papel que le toca en esta revolución. Mentira que usted ande por aquí por don Mónico, el cacique, usted se ha levantado contra el caciquismo que asola toda la nación. Somos elementos de un gran movimiento social que tiene que concluir por el engrandecimiento de nuestra patria. Somos instrumentos del destino para la reivindicación de los sagrados derechos del pueblo. No peleamos por derrocar a un asesino miserable, sino contra la tiranía misma. Es lo que se llama luchar por principios, tener ideales. Por ellos luchan Villa, Natera, Carranza, por ellos estamos luchando nosotros (pp. 116-117).


[1] Cito por Mariano Azuela, Los de abajo, ed. de Marta Portal, Madrid, Cátedra, 1980.

«Los de abajo» de Mariano Azuela y la Revolución Mexicana (y 4)

En la novela de Mariano Azuela, esa desilusión es sentida por el propio pueblo, no solo por personajes como Solís. Al principio, los campesinos acogen con calor y hasta con entusiasmo a los revolucionarios que pasan por sus tierras, y les ofrecen con gusto su escasa comida. Unos serranos, por ejemplo, estrechan las manos de los hombres de Demetrio y exclaman:

¡Dios los bendiga! ¡Dios los ayude y los lleve por buen camino!… Ahora van ustedes, mañana correremos nosotros también, huyendo de la leva, perseguidos por estos condenados del gobierno, que nos han declarado guerra a muerte a todos los pobres, que nos roban nuestros puercos, nuestras gallinas y hasta el maicito que tenemos para comer, que queman nuestras casas y se llevan nuestras mujeres y que, por fin, donde dan con uno, allí lo acaban como si fuera perro del mal (pp. 88-89).

La partida lleva varios días en los jacales donde se está recuperando Demetrio de su herida, sin embargo nadie protesta: «La gente tal odio tenía a los federales, que de buen grado proporcionaban auxilio a los rebeldes» (p. 107)[1]. Cuando al final se marchan de allí, las mujeres los despiden con bendiciones: «Dios los bendiga y los lleve por buen camino» (p. 120).

Guerrilleros

Pero al final las cosas han cambiado, ya no son recibidos con alegría. La Revolución no ha satisfecho los anhelos del pueblo sintetizados en el famoso grito de Zapata «Tierra y libertad». No es solo eso. Además, los revolucionarios están divididos y pelean entre ellos. Cuando los hombres de Demetrio entran en Juchipila, el repique de las campanas les recuerda tiempos mejores y se entabla el siguiente diálogo entre ellos:

—Se me figura, compadre, que estamos allá en aquellos tiempos cuando apenas iba comenzando la Revolución, cuando llegábamos a un pueblo y nos repicaban mucho, y salía la gente a encontrarnos con músicas, con banderas, y nos echaban muchos vivas y hasta cohetes nos tiraban —dijo Anastasio Montañés.

—Ahora ya no nos quieren —repuso Demetrio.

—¡Sí, como vamos ya de «rota batida»! —observó la Codorniz.

—No es por eso… A los otros tampoco los pueden ver ni en estampa.

—Pero ¿cómo nos han de querer, compadre?

Y no dijeron más (p. 204).


[1] Cito por Mariano Azuela, Los de abajo, ed. de Marta Portal, Madrid, Cátedra, 1980.

«Los de abajo» de Mariano Azuela y la Revolución Mexicana (3)

Sabemos que Mariano Azuela llegó a ser Jefe Político de Lagos de Moreno, pero por poco tiempo: pronto tuvo que dejar el cargo en manos de la misma persona a quien la Revolución le había arrebatado el poder:

Esto me dio la medida cabal del gran fracaso de la Revolución. Fue para mí el máximo instante de la desilusión, de irreparables consecuencias […]. Desde entonces dejé de ser, con plena conciencia de lo que hacía o sin ella, el observador sereno e imparcial que me había propuesto en mis cuatro novelas. Ora como testigo, ora como actor en los sucesos que sucesivamente me sirvieron de base para mis escritos, tuve que ser y lo fui de hecho un narrador parcial y apasionado[1].

Indica que su situación fue entonces la de Solís en su novela; hay un momento en que Luis Cervantes le pregunta: «¿Se ha cansado, pues, de la Revolución?», y Solís responde que no está cansado, sino desilusionado: «Yo pensé una florida pradera al remate de un camino… Y me encontré un pantano», para añadir más adelante: «La Revolución es el huracán, y el hombre que se entrega a ella no es ya el hombre, es la miserable hoja seca arrebatada por el vendaval» (pp. 134-135).

Guerrilleros

Seguimos con palabras de Azuela: «Como escritor independiente, mi norma ha sido la verdad. Mi verdad, si se quiere, pero de todos modos la que yo he creído que es». «Descubrir nuestros males y señalarlos ha sido mi tendencia como novelista»[2]. «La imagen de la Revolución, para muchos millares de revolucionarios, tenía que salir roja de dolor, negra de odio. Salíamos con los jirones del alma que nos dejaron los asesinos. ¿Y cómo habríamos de curar nuestro gran desencanto, ya viejos y mutilados, del espíritu? Fuimos muchos millares, y para esos millares Los de abajo, novela de la Revolución, será obra de verdad, puesto que esa fue nuestra verdad»[3]. No debe extrañarnos, por tanto, que Los de abajo deje entrever la desilusión tan a las claras, confirmándonos todas estas citas del propio autor el hecho de haber elegido ese tema como el principal, casi el único.


[1] Mariano Azuela, Obras completas, ed. de Francisco Monterde, México, Fondo de Cultura Económica, 1960, vol. III, p. 1070.

[2] Tomo las citas de Marta Portal, introducción a Mariano Azuela, Los de abajo, Madrid, Cátedra, 1980, pp. 15 y 22, respectivamente.

[3] Mariano Azuela, Obras completas, ed. de Francisco Monterde, México, Fondo de Cultura Económica, 1960, pp. 1266-1267.

«Los de abajo» de Mariano Azuela y la Revolución Mexicana (2)

Ese es el principal tema de lo que Mariano Azuela nos cuenta en su novela: la desilusión por lo que pudo haber sido y no fue la Revolución. Se podrían señalar otros temas menores (el caciquismo, la crueldad y la violencia, la visión del amor y de la mujer, la lucha de facciones opuestas dentro de la Revolución, la religión…), pero todos ellos dependen o están mediatizados por aquel otro.

Guerrilleros y Adelitas

Son muchos los autores que coinciden en señalar esa desilusión que muestra la novela: se habla de pesimismo, de fatalismo, se ha discutido incluso si su contenido ideológico es revolucionario o todo lo contrario, precisamente por la sinceridad de Azuela al mostrar las contradicciones internas de la Revolución. Son muchas las citas de otros estudiosos que se podrían aducir[1], pero voy a preferir remitirme al propio texto de Los de abajo para corroborar estos extremos, acudiendo también a las palabras de autocrítica del propio Azuela cuando resulten de interés. Empecemos por esto último:

En calidad de médico de tropa —escribió Azuela— tuve ocasiones sobradas para observar desapasionadamente el mundo de la Revolución. Muy pronto la primitiva y favorable impresión que tenía de sus hombres se fue desvaneciendo en un cuadro de sombrío desencanto y pesar. El espíritu de amor y sacrificio que alentara con tanto fervor como poca esperanza en el triunfo a los primeros revolucionarios, había desaparecido. Las manifestaciones exteriores que me dieron los actuales dueños de la situación, lo que ante mis ojos se presentó, fue un mundillo de amistades fingidas, envidias, adulación, espionaje, intrigas, chismes y perfidia. Nadie pensaba ya sino en la mejor tajada del pastel a la vista[2].


[1] Ver tan solo esta de Marta Portal: «Azuela es un escritor desconocido hasta el 24. Su obra revolucionaria la escribe del 12 al 18, en que nadie lo leía. Su insistencia en denunciar, auscultar, diagnosticar la realidad, a pesar de saberse no escuchado, nos dice de su honradez profesional […]. Alguien ha dicho que la posición de Azuela era contrarrevolucionaria. La tesis es insostenible, todo el historial literario y biográfico de Azuela la desacredita, porque con igual denuedo atacó al porfirismo que a la Revolución contendiente o a la Revolución triunfante. Su posición es valiente, arriesgada… y solitaria» (Proceso narrativo de la Revolución Mexicana, México, Ediciones de Cultura Hispánica, 1977, pp. 79-80).

[2] Mariano Azuela, Obras completas, ed. de Francisco Monterde, México, Fondo de Cultura Económica, 1960, vol. III, pp. 1080-1081.

«Los de abajo» de Mariano Azuela y la Revolución Mexicana (1)

Paso ahora a centrarme en el tema de la Revolución. En realidad, se podría hablar en Los de abajo de Mariano Azuela de un único tema, la Revolución, en un doble plano: por un lado, el sueño, la esperanza que significó para los mexicanos, y, por otro, la desilusión tras su «fracaso». La Revolución triunfó militarmente en un primer momento, se consiguió expulsar del poder a Porfirio Díaz. Pero entonces se vio que no era lo mismo acabar con el tirano que modificar todas las estructuras de su régimen. Se logró lo primero, no así lo segundo. Pronto llegó la división de los revolucionarios, las luchas por el poder político, en las que el interés particular se anteponía al interés colectivo. Se había hecho la Revolución, pero todo quedaba más o menos igual, los de abajo, abajo, y los de arriba, arriba (ya fuesen los mismos de antes, cambiado su nombre, ya se tratase de otros nuevos).

Caudillos de la Revolución mexicana

Azuela se dio cuenta de esta situación y eso es lo que trata de reflejar su novela. El idealista Azuela también soñó con la Revolución, pero la Revolución que se estaba haciendo no era la que él había soñado. La realidad le hace despertar del sueño. Y entonces se produce la desilusión. Tras la esperanza, llega el desencanto.