«Los de abajo» de Mariano Azuela: Demetrio Macías o el desencanto de la Revolución (2)

Revolución mexicana (Orozco)Luis Cervantes se encarga de dar cierta solemnidad a las ideas de Demetrio y sus hombres, convirtiéndose así, en la novela de Mariano Azuela, en el ideólogo de la Revolución: «La Revolución beneficia al pobre, al ignorante, al que toda su vida ha sido esclavo, a los infelices que ni siquiera saben que si lo son es porque el rico convierte en oro las lágrimas, el sudor y la sangre de los pobres…» (p. 99)[1]. En una ocasión brinda «por el triunfo de nuestra causa, que es el triunfo sublime de la Justicia, porque pronto veamos realizados los ideales de redención de este nuestro pueblo sufrido y noble, y sean ahora los mismos hombres que han regado con su propia sangre la tierra los que cosechen los frutos que legítimamente les pertenecen» (p. 133). Cuando Demetrio es ya general, Cervantes le explica:

Nosotros no nos hemos levantado en armas para que un tal Carranza o un tal Villa lleguen a presidentes de la República, nosotros peleamos en defensa de los sagrados derechos del pueblo, pisoteados por el vil cacique… (pp. 165-166).

Pero todas sus palabras, dichas delante de los demás, no son sino pura demagogia. Cuando se queda solo y el narrador omnisciente nos ofrece sus reflexiones interiores, podemos ver que tales ideales no son verdaderamente sentidos por Luis Cervantes. En realidad, lo único que le interesa es estar en el bando del vencedor: «¿Sería verdad lo que la prensa y él mismo habían asegurado, que los llamados revolucionarios no eran sino bandidos agrupados ahora con un magnífico pretexto para saciar su sed de oro y sangre? […] Revolucionarios, bandidos o como quiera llamárseles, ellos iban a derrocar al gobierno, el mañana les pertenecía, había que estar, pues, con ellos, solo con ellos» (p. 101). Cervantes es, no hay duda, de los de «Viva quien vence».


[1] Cito por Mariano Azuela, Los de abajo, ed. de Marta Portal, Madrid, Cátedra, 1980.

«Los de abajo» de Mariano Azuela: Demetrio Macías o el desencanto de la Revolución (1)

Demetrio, protagonista principal de la novela de Mariano Azuela, entra en la Revolución por las injusticias contra él cometidas, no por la defensa de unos ideales superiores, que no posee. Luis Cervantes será quien lo aleccione al respecto. Pero la primera vez que hablan, cuando el curro es capturado, se produce este significativo diálogo:

—Yo he procurado hacerme entender, convencerlos de que soy un verdadero correligionario…

—¿Corre… qué? —inquirió Demetrio, tendiendo una oreja.

—Correligionario, mi jefe…, es decir, que persigo los mismos ideales y defiendo la misma causa que ustedes defienden.

Demetrio sonrió:

—¿Pos cuál causa defendemos nosotros?…

Luis Cervantes, desconcertado, no encontró qué contestar (p. 93)[1].

Demetrio le explica a continuación sus causas para entrar en «la bola» (pp. 113 y ss.): el enfrentamiento con el cacique don Mónico. Sus palabras, que no voy a copiar aquí, revelan su total desconocimiento de la situación en el resto del país. Demetrio conoce tan solo lo suyo, la realidad más cercana. Su único deseo es que ya nadie le moleste para poder abandonar la lucha: «No quiero yo otra cosa, sino que me dejen en paz para volver a mi casa» (p. 115).

Revolución Mexicana

Luis trata de hacerle comprender que existen otros intereses por los que luchar aparte de los personales, los que se elevan de lo particular a lo general:

Usted no comprende todavía su verdadera, su alta y nobilísima misión. Usted, hombre modesto y sin ambiciones, no quiere ver el importantísimo papel que le toca en esta revolución. Mentira que usted ande por aquí por don Mónico, el cacique, usted se ha levantado contra el caciquismo que asola toda la nación. Somos elementos de un gran movimiento social que tiene que concluir por el engrandecimiento de nuestra patria. Somos instrumentos del destino para la reivindicación de los sagrados derechos del pueblo. No peleamos por derrocar a un asesino miserable, sino contra la tiranía misma. Es lo que se llama luchar por principios, tener ideales. Por ellos luchan Villa, Natera, Carranza, por ellos estamos luchando nosotros (pp. 116-117).


[1] Cito por Mariano Azuela, Los de abajo, ed. de Marta Portal, Madrid, Cátedra, 1980.

«Los de abajo» de Mariano Azuela y la Revolución Mexicana (y 4)

En la novela de Mariano Azuela, esa desilusión es sentida por el propio pueblo, no solo por personajes como Solís. Al principio, los campesinos acogen con calor y hasta con entusiasmo a los revolucionarios que pasan por sus tierras, y les ofrecen con gusto su escasa comida. Unos serranos, por ejemplo, estrechan las manos de los hombres de Demetrio y exclaman:

¡Dios los bendiga! ¡Dios los ayude y los lleve por buen camino!… Ahora van ustedes, mañana correremos nosotros también, huyendo de la leva, perseguidos por estos condenados del gobierno, que nos han declarado guerra a muerte a todos los pobres, que nos roban nuestros puercos, nuestras gallinas y hasta el maicito que tenemos para comer, que queman nuestras casas y se llevan nuestras mujeres y que, por fin, donde dan con uno, allí lo acaban como si fuera perro del mal (pp. 88-89).

La partida lleva varios días en los jacales donde se está recuperando Demetrio de su herida, sin embargo nadie protesta: «La gente tal odio tenía a los federales, que de buen grado proporcionaban auxilio a los rebeldes» (p. 107)[1]. Cuando al final se marchan de allí, las mujeres los despiden con bendiciones: «Dios los bendiga y los lleve por buen camino» (p. 120).

Guerrilleros

Pero al final las cosas han cambiado, ya no son recibidos con alegría. La Revolución no ha satisfecho los anhelos del pueblo sintetizados en el famoso grito de Zapata «Tierra y libertad». No es solo eso. Además, los revolucionarios están divididos y pelean entre ellos. Cuando los hombres de Demetrio entran en Juchipila, el repique de las campanas les recuerda tiempos mejores y se entabla el siguiente diálogo entre ellos:

—Se me figura, compadre, que estamos allá en aquellos tiempos cuando apenas iba comenzando la Revolución, cuando llegábamos a un pueblo y nos repicaban mucho, y salía la gente a encontrarnos con músicas, con banderas, y nos echaban muchos vivas y hasta cohetes nos tiraban —dijo Anastasio Montañés.

—Ahora ya no nos quieren —repuso Demetrio.

—¡Sí, como vamos ya de «rota batida»! —observó la Codorniz.

—No es por eso… A los otros tampoco los pueden ver ni en estampa.

—Pero ¿cómo nos han de querer, compadre?

Y no dijeron más (p. 204).


[1] Cito por Mariano Azuela, Los de abajo, ed. de Marta Portal, Madrid, Cátedra, 1980.

«Los de abajo» de Mariano Azuela y la Revolución Mexicana (3)

Sabemos que Mariano Azuela llegó a ser Jefe Político de Lagos de Moreno, pero por poco tiempo: pronto tuvo que dejar el cargo en manos de la misma persona a quien la Revolución le había arrebatado el poder:

Esto me dio la medida cabal del gran fracaso de la Revolución. Fue para mí el máximo instante de la desilusión, de irreparables consecuencias […]. Desde entonces dejé de ser, con plena conciencia de lo que hacía o sin ella, el observador sereno e imparcial que me había propuesto en mis cuatro novelas. Ora como testigo, ora como actor en los sucesos que sucesivamente me sirvieron de base para mis escritos, tuve que ser y lo fui de hecho un narrador parcial y apasionado[1].

Indica que su situación fue entonces la de Solís en su novela; hay un momento en que Luis Cervantes le pregunta: «¿Se ha cansado, pues, de la Revolución?», y Solís responde que no está cansado, sino desilusionado: «Yo pensé una florida pradera al remate de un camino… Y me encontré un pantano», para añadir más adelante: «La Revolución es el huracán, y el hombre que se entrega a ella no es ya el hombre, es la miserable hoja seca arrebatada por el vendaval» (pp. 134-135).

Guerrilleros

Seguimos con palabras de Azuela: «Como escritor independiente, mi norma ha sido la verdad. Mi verdad, si se quiere, pero de todos modos la que yo he creído que es». «Descubrir nuestros males y señalarlos ha sido mi tendencia como novelista»[2]. «La imagen de la Revolución, para muchos millares de revolucionarios, tenía que salir roja de dolor, negra de odio. Salíamos con los jirones del alma que nos dejaron los asesinos. ¿Y cómo habríamos de curar nuestro gran desencanto, ya viejos y mutilados, del espíritu? Fuimos muchos millares, y para esos millares Los de abajo, novela de la Revolución, será obra de verdad, puesto que esa fue nuestra verdad»[3]. No debe extrañarnos, por tanto, que Los de abajo deje entrever la desilusión tan a las claras, confirmándonos todas estas citas del propio autor el hecho de haber elegido ese tema como el principal, casi el único.


[1] Mariano Azuela, Obras completas, ed. de Francisco Monterde, México, Fondo de Cultura Económica, 1960, vol. III, p. 1070.

[2] Tomo las citas de Marta Portal, introducción a Mariano Azuela, Los de abajo, Madrid, Cátedra, 1980, pp. 15 y 22, respectivamente.

[3] Mariano Azuela, Obras completas, ed. de Francisco Monterde, México, Fondo de Cultura Económica, 1960, pp. 1266-1267.

«Los de abajo» de Mariano Azuela y la Revolución Mexicana (2)

Ese es el principal tema de lo que Mariano Azuela nos cuenta en su novela: la desilusión por lo que pudo haber sido y no fue la Revolución. Se podrían señalar otros temas menores (el caciquismo, la crueldad y la violencia, la visión del amor y de la mujer, la lucha de facciones opuestas dentro de la Revolución, la religión…), pero todos ellos dependen o están mediatizados por aquel otro.

Guerrilleros y Adelitas

Son muchos los autores que coinciden en señalar esa desilusión que muestra la novela: se habla de pesimismo, de fatalismo, se ha discutido incluso si su contenido ideológico es revolucionario o todo lo contrario, precisamente por la sinceridad de Azuela al mostrar las contradicciones internas de la Revolución. Son muchas las citas de otros estudiosos que se podrían aducir[1], pero voy a preferir remitirme al propio texto de Los de abajo para corroborar estos extremos, acudiendo también a las palabras de autocrítica del propio Azuela cuando resulten de interés. Empecemos por esto último:

En calidad de médico de tropa —escribió Azuela— tuve ocasiones sobradas para observar desapasionadamente el mundo de la Revolución. Muy pronto la primitiva y favorable impresión que tenía de sus hombres se fue desvaneciendo en un cuadro de sombrío desencanto y pesar. El espíritu de amor y sacrificio que alentara con tanto fervor como poca esperanza en el triunfo a los primeros revolucionarios, había desaparecido. Las manifestaciones exteriores que me dieron los actuales dueños de la situación, lo que ante mis ojos se presentó, fue un mundillo de amistades fingidas, envidias, adulación, espionaje, intrigas, chismes y perfidia. Nadie pensaba ya sino en la mejor tajada del pastel a la vista[2].


[1] Ver tan solo esta de Marta Portal: «Azuela es un escritor desconocido hasta el 24. Su obra revolucionaria la escribe del 12 al 18, en que nadie lo leía. Su insistencia en denunciar, auscultar, diagnosticar la realidad, a pesar de saberse no escuchado, nos dice de su honradez profesional […]. Alguien ha dicho que la posición de Azuela era contrarrevolucionaria. La tesis es insostenible, todo el historial literario y biográfico de Azuela la desacredita, porque con igual denuedo atacó al porfirismo que a la Revolución contendiente o a la Revolución triunfante. Su posición es valiente, arriesgada… y solitaria» (Proceso narrativo de la Revolución Mexicana, México, Ediciones de Cultura Hispánica, 1977, pp. 79-80).

[2] Mariano Azuela, Obras completas, ed. de Francisco Monterde, México, Fondo de Cultura Económica, 1960, vol. III, pp. 1080-1081.

«Los de abajo» de Mariano Azuela y la Revolución Mexicana (1)

Paso ahora a centrarme en el tema de la Revolución. En realidad, se podría hablar en Los de abajo de Mariano Azuela de un único tema, la Revolución, en un doble plano: por un lado, el sueño, la esperanza que significó para los mexicanos, y, por otro, la desilusión tras su «fracaso». La Revolución triunfó militarmente en un primer momento, se consiguió expulsar del poder a Porfirio Díaz. Pero entonces se vio que no era lo mismo acabar con el tirano que modificar todas las estructuras de su régimen. Se logró lo primero, no así lo segundo. Pronto llegó la división de los revolucionarios, las luchas por el poder político, en las que el interés particular se anteponía al interés colectivo. Se había hecho la Revolución, pero todo quedaba más o menos igual, los de abajo, abajo, y los de arriba, arriba (ya fuesen los mismos de antes, cambiado su nombre, ya se tratase de otros nuevos).

Caudillos de la Revolución mexicana

Azuela se dio cuenta de esta situación y eso es lo que trata de reflejar su novela. El idealista Azuela también soñó con la Revolución, pero la Revolución que se estaba haciendo no era la que él había soñado. La realidad le hace despertar del sueño. Y entonces se produce la desilusión. Tras la esperanza, llega el desencanto.

«Los de abajo» de Mariano Azuela: Demetrio Macías o el sueño de la Revolución (y 3)

Marta Portal ha señalado el paralelismo entre el hacer de Demetrio y el proceso de la Revolución:

Los de abajo es no solo la biografía de su héroe-protagonista sino, conjuntamente, la de la Revolución. O mejor, podríamos decir que los segmentos biográficos del héroe y del movimiento revolucionario crecen en la obra en tensión y convergen […]. El sentimiento de opresión que padece el héroe le obliga a revolverse contra el orden establecido, su descontento personal coincide con el descontento general que se manifiesta en grupos de alzados en toda la nación. El sentimiento del héroe se inserta en el movimiento Revolución y se hace destino. En la novela de Azuela pasamos de la necesidad de la reivindicación particular e íntima del protagonista (sin morosidad física ni psicológica) a la general, a la actividad participante, y de ahí, de la intervención en el destino colectivo en marcha que es la Revolución, a la muerte del héroe, en que el destino particular se cumple. La Revolución sigue[1].

Demetrio ha entrado en la Revolución y, una vez dentro del huracán revolucionario, resulta difícil escapar de él, de forma que termina por morir en la batalla, si bien Enrique Caracciolo Trejo, en su artículo titulado «¿El suicidio de Demetrio?»[2], plantea la hipótesis de que el jefe revolucionario no muriera abatido por los disparos de los carrancistas, la facción enemiga. En realidad, Azuela no dice expresis verbis ni una cosa ni otra, indica simplemente que «Demetrio Macías, con los ojos fijos para siempre, sigue apuntando con el cañón de su fusil…». Pienso, en cualquier caso, que el suicidio no cuadra con la figura de Demetrio Macías. Lo hemos visto caracterizado como héroe cuasi-épico, y la característica principal de un héroe es la muerte, la muerte trágica. En este sentido, es más fácil imaginar que muere pelando con los enemigos y no que se quita la vida. Se podría alegar en contra que otro personaje, el odioso güero Margarito, sí se suicida (y, en principio, tal hecho resulta bastante extraño para el lector, a tenor de su carácter). Pero la discusión resulta baladí. Cada lector puede formar su propia opinión: si son posibles varias interpretaciones, es precisamente porque el autor así lo ha querido, dejando abiertas varias posibles soluciones para el destino personal de su protagonista. De hecho, ese final con la imagen congelada —valga el símil cinematográfico— de Demetrio Macías constituye un innegable acierto expresivo.

Muerte de Demetrio Macías


[1] Marta Portal, Proceso narrativo de la Revolución Mexicana, México, Ediciones de Cultura Hispánica, 1977, p. 74. Y John S. Brushwood añade: «Es justo decir que la Revolución misma es la protagonista de Los de abajo. En un sentido amplio, sí lo es. Pero Azuela es demasiado buen novelista como para hacer abstraer algo tan intensamente humano como la Revolución. Demetrio Macías es el protagonista, aunque no cobra las dimensiones heroicas que nos gustaría que alcanzase un protagonista revolucionario. Macías se ve empujado a la revolución como una manera de defenderse a sí mismo. Al modo de un animal, retrocede y luego ataca. Piensa —o no piensa— en estos términos hasta que el curro, Luis Cervantes, trata de educarlo en la ideología revolucionaria. Demetrio no acepta fácilmente las grandiosas ideas de Cervantes, pero no rechaza sus adulaciones. Y a medida que la banda de Macías va de éxito en éxito y se incorpora a una fuerza mayor, Demetrio es deliciosamente ingenuo al asumir su nueva jerarquía. A medida que aumenta su importancia, se preocupa menos por los individuos y solo la derrota es capaz de reavivar su interés» (México en su novela. Una nación en busca de su identidad, trad. de Francisco González Aramburo, México, Fondo de Cultura Económica, 1973, pp. 315-316).

[2] Ver Enrique Caracciolo Trejo, «¿El suicidio de Demetrio?», en «Hojas de crítica», Revista Universidad de México, núm. 7, 3 de marzo de 1959.