Excesos, desmesuras y extravagancias en «El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra», de Manuel Fernández y González (libro primero)

Tenemos, pues, que en El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra, de Manuel Fernández y González[1], la materia novelesca se amplía como fruto de la torrencial fantasía del entreguista. Y no resulta nada fácil resumir en pocas líneas el argumento de la narración de Fernández y González, dada la acumulación de episodios y subtramas. La mera transcripción de los títulos de los capítulos que la forman bastaría para llenar este trabajo… y faltaría espacio. La novela se presenta en dos tomos con paginación corrida, que alcanza exactamente las 1.300 páginas (excluidos los índices finales, que van sin paginar en ambos tomos). Externamente se divide en siete libros (que el narrador, al interior del relato, denomina también partes), a los que se suma una breve «Conclusión». Esto es lo que tenemos en esquema:

TOMO PRIMERO (pp. 1-668)

Libro primero, «El cardenal Aquaviva[2]» (60 capítulos)

Libro segundo, «De Roma a Lepanto» (47 capítulos)

Libro tercero, «Lepanto» (12 capítulos)

TOMO SEGUNDO (pp. 669-1300)

Libro cuarto, «El cautiverio en Argel» (69 capítulos)

Libro quinto, «Esquivias» (21 capítulos)

Libro sexto, «El alcalde de Argamasilla» (13 capítulos)

Libro séptimo, «La hija de Cervantes» (35 capítulos)

«Conclusión» (14 capítulos)

La acción del libro primero, «El cardenal Aquaviva», comienza en Madrid en noviembre de 1568 y acaba con la marcha de Cervantes para trasladarse a Italia en el séquito del nuncio papal.

El cardenal Giulio Acquaviva

Son 60 capítulos, pero hay en ellos una enorme concentración temporal: todo un sinfín de lances y aventuras se suceden en el corto lapso de una noche y el día siguiente[3]. La narración, desde sus primeras páginas, se irá convirtiendo en un laberinto de historias que se empiezan a contar, pero sin que acaben de contarse del todo: antes de que se llegue al final de la primera, se abre otra nueva, y luego otra… y así sucesivamente, en una especie de «muñeca rusa» narrativa (es lo que sucederá con las historias intercaladas de Abigail, de su esclava Zaphirah o de la duquesa de Puente de Alba). Y al hilo de toda esta balumba de peripecias sorprendentes que se suceden a ritmo vertiginoso va a ser muy poco lo que se aporte sobre Miguel de Cervantes Saavedra: sabemos, sí, que el protagonista es un estudiante[4]; se ofrecen algunos datos sobre su familia y linaje (es hidalgo, pobre pero digno: cfr. el título del capítulo IX, «De cómo Miguel de Cervantes era hombre que sabía mantener su dignidad, a pesar de su pobreza»); se señala en varias ocasiones que es un discípulo predilecto del licenciado López de Hoyos, que ha escrito algunas poesías… y poco más. En realidad, todo lo que cuenta la novela, más que los hechos conocidos del personaje histórico Cervantes, son las aventuras inventadas de este otro Cervantes de la ficción, presentado como un galán, enamoradizo y algo voyeur (el agujero que existe en una de las paredes de la habitación donde se aloja va a dar mucho juego narrativo, tanto para mirar él a los vecinos como para ser él mirado por otros…). Del futuro autor del Quijote se destaca que tiene «el alma ardiente e impresionable, y ansiosa de lo embriagador, y de lo bello, y de lo resplandeciente» (p. 37). Y por ello, nada menos que cuatro son las mujeres de las que se va a enamorar —simultáneamente— el bueno de Miguel: doña Magdalena, «la hermosa morena de los ojos negros» (pp. 26, 30, 46, 53); donna Beatriz, la angelical hermana del cardenal Aquaviva, «la otra beldad de blanca tez y ojos garzos» (p. 52); la judía Abigail, una actriz de hechicera belleza perteneciente a la compañía de Lope de Rueda; y, en fin, la joven y desgraciada duquesa de Puente de Alba[5].

La novela nos retrata, en efecto, a un joven Cervantes, de carácter bravo y aventurero a sus 21 años, que tiene sobre todo un alma ardiente y apasionada, impresionable y soñadora; se habla de «la lozana y poética imaginación de nuestro joven» (p. 126); y se afirma que «Lo bello, lo candente, lo desconocido, lo misterioso, la atraía, la absorbía» (p. 144; esos la se refieren al alma de Cervantes, con feo laísmo habitual en el estilo del autor). Es un hombre de genio, un soñador nato: «Se comprende, pues, que en poco más de veinticuatro horas, Cervantes hubiese sentido tres amores más o menos intensos por tres mujeres, y se sintiese impresionado por una cuarta» (p. 200; ese capítulo XL se titula precisamente «Que es un discurso en que el autor pretende probar que se puede amar un ideal en muchas mujeres, y con una igual intensidad»). Con tantos amoríos, no es de extrañar que el corazón de Cervantes sea un volcán y su cabeza un hervidero. Es un personaje de gran sensibilidad, melancólico, expansivo, con el alma repleta de imaginación y fantasía, que irá oscilando continuamente de un amor a otro: conoce a una hermosa mujer que causa una profundísima impresión en su alma, pero poco después entra en contacto con otra dama de belleza igualmente subyugante y al punto se apasiona y se olvida de la primera… Y así a lo largo de toda la novela, no solo en esta primera parte. No hay mayor profundidad psicológica en el retrato del escritor: los hombres de genio aman así, y punto redondo.

Podríamos hablar de cierta quijotización de Cervantes apreciable ya en estos primeros capítulos de la novela: siempre se muestra dispuesto a socorrer, servir y proteger a cuantas damas en dificultades se cruzan en su camino, usará con frecuencia un lenguaje caballeresco[6] y protagonizará aventuras sin cuento: «yo me desvivo por las aventuras» (p. 28), afirma él mismo; «En que se ve que llovían sobre Miguel de Cervantes las interesantísimas aventuras», anuncia el título del capítulo XIX; «aventura me ha salido al paso y tal, que no sé a qué otras aventuras puede llevarme» (p. 92), señala de nuevo el personaje; «la aventura en que hoy me encuentro y que me llama urgentemente, y no sé a dónde podrá llamarme, nace de una extraña aventura de anoche en que serví, cumpliendo con mi obligación de hidalgo, a ese señor […] en fin, buenas sean o malas las aventuras que a un hidalgo se le pongan por delante, debe seguirlas» (pp. 92-93), le dice a su hermano Rodrigo; «Miguel tenía el espíritu levantado y caballeresco» (p. 98); «A cada momento se presentaba más enredada su extraña aventura» (p. 106); «El misterio de sus aventuras crecía hasta lo infinito» (p. 141); «¡Y llueven aventuras!», comenta Rodrigo (p. 213); «En que continúa cayendo agua de las nubes, y lloviendo aventuras sobre Miguel de Cervantes», es el título del capítulo L, etc., etc.

Así pues, las historias y las aventuras se van arracimando en torno a Cervantes y los personajes que le rodean: «En que por una vez más se interrumpe la historia de la duquesa, para dar lugar a los principios de una nueva historia» (título del capítulo XXVI); «En que se van complicando los sucesos de esta historia» (título del capítulo XLVI). El propio narrador se da cuenta de sus descarríos narrativos, de que se aleja mucho de las aventuras centrales con lances secundarios, y se ve en la obligación de justificarse: «Pero hemos vuelto a extraviarnos. / Nuestro pensamiento, rebelde en su independencia, se va por donde quiere, y tenemos a cada paso necesidad de encarrilarle» (p. 152); y en otro lugar: «No se nos culpe de que abandonamos la acción de nuestra novela para divagar en discursos. / Los grandes escritores nos han dado el ejemplo» (p. 199). Al laberinto de historias entrelazadas se suman las continuas digresiones, que pueden ser sobre los más variopintos temas. Por ejemplo, el capítulo XVII es todo él una digresión, como indica el título: «En que Lope de Rueda hace, sin género alguno de pretensiones y en resumen, un artículo de crítica sobre la novela, al cual pone algunas acotaciones Cervantes».

En definitiva, para explicar el hecho biográfico de que Cervantes entra al servicio del joven cardenal Giulio Acquaviva dʼAragona, legado de Su Santidad en la corte del rey Felipe II, y que termina marchando a Roma en su séquito, el novelista ha inventado diversas y extrañas aventuras galantes —cuatro amores, cuatro—, más la historia de una niña expósita (la hija de la duquesa de Puente de Alba, historia que seguirá coleando cientos de páginas más adelante…), pendencias y cuchilladas, intrigas sin cuento, etc. La acción de esta primera parte de la novela discurre «Aventura sobre aventura», como certeramente anuncia el título del capítulo XXXVI. En este sentido, el mesón de la viuda de Paredes funciona a la manera de las ventas en el Quijote, siendo el espacio físico que facilita el encuentro y la interacción de los diversos personajes[7].


[1] La ficha de la novela es: Manuel Fernández y González, El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra. Novela histórica por don… Ilustrada con magníficas láminas del renombrado artista don Eusebio Planas, Barcelona, Establecimiento Tipográfico-Editorial de Espasa Hermanos, s. a. [c. 1876-1878], 2 vols.

[2] Mantengo la forma en que se escribe este apellido a lo largo de toda la novela, y lo mismo haré con los nombres de otros personajes.

[3] «¡Cuántas aventuras en menos de veinticuatro horas! / ¡Cuántas emociones!» (p. 116), hace notar el narrador.

[4] Cervantes, que es «bien parecido, aunque de semblante grave» (p. 7), va «vestido a lo estudiante hidalgo» (p. 6), lleva bonete de bachiller, ha cursado filosofía y letras humanas…

[5] Todavía podríamos sumar una quinta mujer si consideramos el asedio que sufre Cervantes por parte de la dueña doña Guiomar, «un amor momio y trasnochado que le salía» (p. 243). En fin, tampoco Antona, la maritornesca cocinera del mesón, se resiste a los encantos del joven estudiante.

[6] Un ejemplo como botón de muestra: «¡Haceos atrás incontinenti, canalla, o vive Dios que yo os haga que os tengáis!…» (p. 211).

[7] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Excesos, desmesuras y extravagancias en una novelesca recreación cervantina: El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra (c. 1876-1878) de Manuel Fernández y González», Cervantes. Bulletin of the Cervantes Society of America, volume 42, number 1, Spring 2022, pp. 151-173.

«El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra», de Manuel Fernández y González: una desmesurada novela repleta de excesos, excentricidades y extravagancias

Esta obra de Fernández y González[1], publicada en torno a 1876-1878, abarca buena parte de la vida de Cervantes, desde noviembre de 1568 (en vísperas de su marcha a Italia) hasta su muerte. Podríamos afirmar que todo en esta narración es desmesurado: hay desmesura, en primer lugar, en su extensión: sus dos tomos alcanzan un total de 1.300 páginas de apretada tipografía. No sabemos a ciencia cierta si, previamente a su aparición en volumen, el texto se fue publicando en forma de entregas, pero todo hace suponer que así habría sido, de suerte que esta sería una de esas novelas «de cañamazo» —y no de «seda fina»— a las que se refería el propio autor. Es desmesurado asimismo el argumento, repleto de excesos, excentricidades y extravagancias, con profusión de personajes secundarios y de historias subalternas. El esquema narrativo es, más o menos, así: Cervantes conoce al personaje A, del que se cuenta su historia; en esa historia de A se introduce otro personaje B, cuyos antecedentes también se refieren; a su vez, los hechos del personaje B nos llevan a conocer al personaje C… y así sucesivamente a lo largo de cientos y cientos de páginas. Hay igualmente un uso desmesurado de los diálogos, que sustituyen por completo a la descripción (muchos de los capítulos consisten exclusivamente en escenas dialogadas que hacen, sí, avanzar la acción, pero que van en detrimento de la descripción de ambientes y caracteres). Y, desde el punto de vista narrativo, hay una tendencia a lo que Ferreras denomina «estilo entrecortado», una técnica que yo he llamado en alguna ocasión «abuso del punto y aparte» (debemos recordar que al novelista se le pagaba por cuartilla escrita). Hay, en fin, desmesura, y excesos, y excentricidades, y extravagancias sin cuento también en la presentación de los personajes, que —como no podía ser de otra manera— se dividen maniqueamente en héroes (y sus coadyuvantes) y villanos (y los secuaces que les secundan): los buenos, muy buenos, y los malos, muy malos.

Cubierta del libro: Juan Ignacio Ferreras, La novela por entregas 1840-1900 (concentración obrera y economía editorial), Madrid, Taurus, 1972.

En esta novela de Fernández y González la materia narrativa se estira todo lo posible, hasta límites insospechados, y cualquier digresión, sobre cualquier tema, es susceptible de ser incorporada, porque todo sirve para engordar la «olla podrida» —valga la expresión culinaria— de la narración, que presenta todas las características —y adolece de todos los defectos— habituales en el subgénero de la entrega y el folletín, pero llevados aquí a su máxima expresión. Así, a este respecto, el autor no tiene empacho en introducir todos los documentos de la información de Argel de Cervantes (capítulo II del libro quinto, pp. 952-964); o el poema cervantino a los éxtasis de santa Teresa (capítulo XXIII del libro séptimo, pp. 1237-1239); o de prestar una composición amorosa suya —de Fernández y González, me refiero— al propio Cervantes (el madrigal «De sus serenos y potentes ojos…», p. 527); o lo que quizá sea lo más desmesurado de todo: el hecho de incluir en la novela su poema épico La batalla de Lepanto en lugar de describir de nuevo la célebre batalla naval contra el turco de 1571. Sucede esto en el capítulo XII del libro tercero, ocupando nada menos que ocho páginas con el texto a dos columnas (ver las pp. 659-667; aquí el poema consta de 87 octavas reales, en vez de las 89 de la versión original). Y el narrador justifica su decisión con estas palabras: «Tal fue la famosa batalla de Lepanto. / Hemos preferido relatarla a nuestros lectores en verso que contársela en prosa» (p. 668). ¿Para qué volver a contar —dedicando tiempo y esfuerzo adicionales— algo que ya estaba contado previamente? Sin duda que para el autor sevillano no merecía la pena…[2]


[1] La ficha de la novela es: Manuel Fernández y González, El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra. Novela histórica por don… Ilustrada con magníficas láminas del renombrado artista don Eusebio Planas, Barcelona, Establecimiento Tipográfico-Editorial de Espasa Hermanos, s. a. [c. 1876-1878], 2 vols.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Excesos, desmesuras y extravagancias en una novelesca recreación cervantina: El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra (c. 1876-1878) de Manuel Fernández y González», Cervantes. Bulletin of the Cervantes Society of America, volume 42, number 1, Spring 2022, pp. 151-173.

Manuel Fernández y González, un «obrero de la literatura» especialista en la novela por entregas (y 2)

Dada la peculiar forma de redacción de estas producciones por entregas, fácil es imaginar que su calidad literaria quedó sacrificada en beneficio de la mera cantidad. La crítica le reconoce a Fernández y González, sí, genio, talento, imaginación, gracejo…, al tiempo que señala fallas como su falta de estudio, de buen gusto y del deseable trabajo de corrección. Por supuesto, en sus novelas la acción domina por completo sobre la descripción de ambientes —de importancia menor— o el análisis psicológico profundo de los personajes —inexistente—, y los diálogos terminan invadiendo sus páginas —pues con ellos resulta mucho más fácil llenar las cuartillas—. Ya en 1867 Luis Carreras lo señaló como ejemplo —junto con Francisco José Orellana, Rafael del Castillo y Enrique Pérez Escrich— de «los malos novelistas españoles» del momento:

El Sr. Fernández y González ha escrito centenares de novelas sobre todos los asuntos, sobre todo género de sucesos, sobre todos los siglos: los tomos ocuparían una biblioteca no pequeña. Esta circunstancia, que para sus admiradores es un sujeto de encarecimiento, para nosotros lo será de censura. […] ¿Mas dónde está en las novelas del Sr. Fernández y González el sello de estos estudios o de esta experiencia? ¿Hay allí otro sello que el que da a una obra la más crasa ignorancia del que la ha escrito? ¿Dónde está el lenguaje? ¿Dónde el estilo? ¿Dónde el conocimiento del mundo? ¿Dónde la poesía? ¿Dónde el corazón? ¿Dónde el entendimiento?… […] Sus personajes son todos imposibles, sus pasiones absurdas, los sucesos extravagantes; lo más inverosímil, esto se halla en los cuentos del Sr. Fernández y González. […] Sin embargo, no negamos que don Manuel Fernández y González tenga cualidades apreciables para narrar, para imaginar, para coordinar un asunto; pero habiendo desdeñado el estudio, habiendo tirado los libros, habiendo faltado a las leyes de la intuición, se ha perdido, se ha esterilizado, y jamás hará un papel literario: ni al título de escritor puede aspirar con lo que él llama sus novelas[1].

Cubierta del libro: Luis Carreras, Los malos novelistas españoles, generalizados en don Manuel Fernández y González, don Francisco J. Orellana, don Rafael del Castillo, don Enrique Pérez Escrich, Barcelona / Madrid, Librería de A. Verdaguer / Librería de Cuesta, 1867

Doce años después, a la altura de 1879, escribía Manuel de la Revilla: «Imaginación meridional ardentísima, inventiva poderosa e inagotable, inspiración arrebatada y grandiosa, tales son los dones que engalanan al señor Fernández y González»[2]. Y tras señalar que «Pudo ser nuestro Walter Scott y ha sido nuestro Ponson du Terrail»[3], explicaba:

Si a su enorme dosis [de imaginación] hubiera agregado, merced al estudio, igual cantidad de reflexión, corrección y buen gusto, Fernández y González sería el mejor de nuestros novelistas. Nadie le aventaja en invención y en habilidad para dar interés y movimiento a sus ficciones; pero es inútil buscar en ellas aquel detenido estudio y acabada pintura de los caracteres, de las épocas y de los lugares, aquella intención moral, aquella distinción y buen gusto que reclama la novela contemporánea. / Émulo de Alejandro Dumas, no ve en la novela otra cosa que acción y a esta lo sacrifica todo. Aglomerar aventuras, buscar efectos, causar sorpresas, hacer desfilar ante el lector sujetos y personajes, a cual más extraordinarios; en suma, reproducir bajo formas modernas el libro de caballerías; tal es su objetivo y tal también el de la escuela que ha fundado entre nosotros[4].

Por su parte, en 1931, Hernández Girbal destacaba su «potente fantasía»[5], la fuerza de su imaginación[6], su indudable genio narrativo, pero también su falta de discreción y juicio[7]. Y en otro lugar de su biografía novelesca comentaba:

Fernández y González producía a marcha forzada, queriendo dar abasto a todos los editores que de él solicitaban novelas. A ninguno decía que no. Tal y tan grande era su fantasía, que pudo producir sola tanto como en Italia todos los novelistas de su tiempo, o como en Francia la fábrica de novelas de Dumas y compañía. / Desde el Fénix de los Ingenios acá, no registran nuestras letras ejemplo semejante de fecundidad[8].

Bien reveladoras resulta esta anécdota que recoge el mismo autor:

Como alguien le motejase por entonces cariñosamente el dar a la publicidad libros indignos de su talento y de su fama, Fernández y González, que para todo tenía salida, contestaba:

—Cuando viene un editor a encargarme un libro pongo el telar y digo al comerciante: «¿De qué la quiere usté, ¿de historia, de guante blanco o de bandíos?… ¿Quiere usté cañamazo o seda fina?» Y según lo que quiere, que se regula por lo que paga, así trabajo yo y le hago seda fina o cañamazo[9].


[1] Luis Carreras, Los malos novelistas españoles, generalizados en don Manuel Fernández y González, don Francisco J. Orellana, don Rafael del Castillo, don Enrique Pérez Escrich, Barcelona / Madrid, Librería de A. Verdaguer / Librería de Cuesta, 1867, pp. 6-10.

[2] Manuel de la Revilla, «Manuel Fernández y González visto por Manuel de la Revilla», en Florentino Hernández Girbal, Una vida pintoresca: Manuel Fernández y González. Biografía novelesca, Madrid, Biblioteca Atlántico, 1931, p. 5.

[3] Revilla, «Manuel Fernández y González visto por Manuel de la Revilla», p. 7.

[4] Revilla, «Manuel Fernández y González visto por Manuel de la Revilla», p. 7.

[5] Florentino Hernández Girbal, Una vida pintoresca: Manuel Fernández y González. Biografía novelesca, Madrid, Biblioteca Atlántico, 1931, p. 31.

[6] Hernández Girbal, Una vida pintoresca, p. 59.

[7] Hernández Girbal, Una vida pintoresca, p. 68.

[8] Hernández Girbal, Una vida pintoresca, p. 163.

[9] Hernández Girbal, Una vida pintoresca, p. 172. Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Excesos, desmesuras y extravagancias en una novelesca recreación cervantina: El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra (c. 1876-1878) de Manuel Fernández y González», Cervantes. Bulletin of the Cervantes Society of America, volume 42, number 1, Spring 2022, pp. 151-173.

Manuel Fernández y González, un «obrero de la literatura» especialista en la novela por entregas (1)

Antes de entrar en el análisis de la novela El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra, convendrá recordar someramente quién fue Manuel Fernández y González y qué lugar ocupa en la historia de la literatura española del siglo XIX.

Manuel Fernández y González

Manuel Fernández y González[1] (Sevilla, 1821-Madrid, 1888) fue un prolífico escritor que cultivó diversos géneros: fue poeta, dramaturgo, periodista y crítico literario, pero sobre un novelista especializado en la modalidad editorial de la entrega[2]. Juan Ignacio Ferreras le calcula unos doscientos títulos narrativos[3], entre los que se cuentan La mancha de sangre (1845), Martín Gil (1850-1851), Men Rodríguez de Sanabria (1853), Los siete infantes de Lara (1853), Doña Sancha de Navarra (1854), Enrique IV, el Impotente (1854), Los monfíes de las Alpujarras (1856), El cocinero de su majestad (1857), Don Juan Tenorio (1862-1863), El marqués de Siete Iglesias (1863), Los siete niños de Écija (1863), Lucrecia Borgia (1864), La princesa de los Ursinos (1864-1865), María. Memorias de una huérfana (1868), Amores y estocadas. Vida turbulenta de don Francisco de Quevedo (1875) o Los amantes de Teruel (1876), por citar algunos de los más destacados.

En el contexto de la literatura española del siglo XIX, Fernández y González es el máximo exponente de la novela por entregas, de la que fue el más genuino cultivador, un verdadero trabajador a destajo: en Granada dio sus textos al impresor José Zamora; en Madrid escribió para la casa editorial de Gaspar y Roig, para los hermanos Manini (se suele recordar que, trabajando para ellos, ganó en poco tiempo un millón de reales, una cifra realmente espectacular para la época) y para el librero e impresor Miguel Guijarro; en Barcelona publicó sus novelas el establecimiento de Espasa Hermanos. La crítica distingue dos etapas en su producción narrativa: 1) una fase inicial, de formación, que va de 1845 a 1855, en la que escribe piezas narrativas que siguen la moda de la novela histórica romántica a la manera de Walter Scott; y 2) toda su producción posterior, con decenas de novelas de menor calidad literaria, en las que maneja todos los clichés y los recursos de intriga propios de la literatura folletinesca, con un notable adelgazamiento de la materia histórica[4].

En efecto, a partir de 1855 su ritmo de producción aumenta notablemente (publica entre cuatro y seis novelas por año), pero en la misma proporción desciende la calidad literaria de sus “productos”, que responden a la fórmula editorial de la entrega. Sabemos que Fernández y González dictaba sus narraciones a varios amanuenses —dos de sus principales secretarios fueron Tomás Luceño y Vicente Blasco Ibáñez—, quienes las copiaban taquigráficamente, como recuerda Hernández Girbal:

Aquella labor era fácil para Fernández y González. En cuatro o cinco horas podía escribir un pliego de diez y seis páginas, lo que representaba de diez a doce duros diarios. Dictaba a dos escribientes, uno por la mañana y otro por la tarde, y raro era el día que no dictase un par de pliegos de diez y seis páginas cada uno, representando veinte o veinticuatro duros diarios[5].

El escritor estajanovista en que se convirtió Fernández y González, auténtico «obrero de la pluma» (o mero «rellenador de papel», al decir de otros), ganó mucho dinero con la escritura de sus novelas, pero todo lo que ganaba lo dilapidaba: era generoso en extremo y se conformaba con vivir al día. Lo ahorrado con la literatura le sirvió también para fugarse por un tiempo a París —estando como estaba casado— con una bella estanquera de la que se enamoró perdidamente… Al final, moriría casi ciego y prácticamente en la miseria, después de haber consumido todo el dinero obtenido con la literatura[6].


[1] Los datos biográficos esenciales los resumen Palacios Fernández y Palacios Gutiérrez en su entrada del Diccionario biográfico electrónico de la Real Academia de la Historia. Ver también Florentino Hernández Girbal, Una vida pintoresca: Manuel Fernández y González. Biografía novelesca, Madrid, Biblioteca Atlántico, 1931. Para el catálogo de su producción, ver Juan Ignacio Ferreras, Catálogo de novelas y novelistas españoles del siglo XIX, Madrid, Cátedra, 1979, pp. 150a-154b; La novela en España: catálogo de novelas y novelistas españoles. Siglo XIX, Colmenar Viejo (Madrid), La biblioteca del laberinto, 2010, pp. 243-249; y La novela en España: historia, estudios y ensayos. 4, Siglo XIX, Segunda parte (1868-1900), Colmenar Viejo (Madrid), La biblioteca del laberinto, 2010, pp. 93-97. En los últimos años están dedicando atención a nuestro autor investigadores como Ignacio Arellano, Jorge Avilés Diz, Marieta Cantos Casenave, José Esteban, Javier Muñoz de Morales Galiana, María Teresa del Préstamo Landín o Montserrat Ribao Pereira. Una buena bibliografía puede verse en el trabajo de Muñoz de Morales Galiana, «El condestable don Álvaro de Luna, de Manuel Fernández y González: principales coordenadas literarias», en Manuel Fernández y González, El condestable don Álvaro de Luna, Valencina de la Concepción (Sevilla), Renacimiento, 2021, pp. 89-106, quien recientemente ha defendido su tesis doctoral sobre Fernández y González en la Universidad de Cádiz: Reescritura y reelaboración de los mitos e imaginarios españoles a través de las novelas de Manuel Fernández y González, dirigida por Marieta Cantos Casenave y Beatriz Sánchez Hita.

[2] Sobre la novela por entregas y la novela popular del xix, ver Juan Ignacio Ferreras, La novela por entregas 1840-1900 (Concentración obrera y economía editorial), Madrid, Taurus, 1972; Jean-François Botrel, «La novela por entregas: unidad de creación y consumo», en Jean-François Botrel y Serge Salaun (eds.), Creación y público en la literatura española, Valencia, Castalia, 1974, pp. 111-155; Leonardo Romero Tobar, La novela popular española del siglo XIX, Madrid, Ariel, 1976; Emilio Palacios Fernández, «La novela por entregas», en Emilio Palacios Fernández (coord.), Historia de la literatura española e hispanoamericana, vol. V, Madrid, Orgaz, 1980, pp. 85-119; y Juan Ignacio Ferreras, La novela en España: historia, estudios y ensayos. 4, Siglo XIX, Segunda parte (1868-1900), pp. 13-207 (en las pp. 55-62 explica «El oficio de autor por entregas» a partir de una selección de 28 especialistas en el subgénero).

[3] Juan Ignacio Ferreras, La novela en España: catálogo de novelas y novelistas españoles. Siglo XIX, p. 243.

[4] Ver Carlos Mata Induráin, «Cervantes a lo folletinesco: El manco de Lepanto (1874), de Manuel Fernández y González», en Carlos Mata Induráin (ed.), Recreaciones quijotescas y cervantinas en la narrativa, Pamplona, Eunsa, 2013, p. 168.

[5] Hernández Girbal, Una vida pintoresca, pp. 163-164.

[6] Ver Hernández Girbal, Una vida pintoresca, pp. 294. Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Excesos, desmesuras y extravagancias en una novelesca recreación cervantina: El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra (c. 1876-1878) de Manuel Fernández y González», Cervantes. Bulletin of the Cervantes Society of America, volume 42, number 1, Spring 2022, pp. 151-173.

La materia cervantina en la obra de Manuel Fernández y González (1821-1888)

Manuel Fernández y González (1821-1888), verdadero profesional de la novela folletinesca y por entregas, escribió varias obras que guardan relación con Cervantes: así, La batalla de Lepanto, poema épico premiado en 1850 en los Juegos Florales del Liceo de Granada y publicado ese mismo año (Granada, [Imprenta de don José Zamora], 1850[1]); El manco de Lepanto. Episodio de la vida del Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes ([Madrid], [Tipografía de Muñoz y Reig], 1874), una novela de extensión media centrada en ciertos amoríos del escritor, que finalizan con su alistamiento como soldado y su participación en la célebre batalla naval de 1571 contra los turcos; Los cautivos de Argel, novela continuación de la anterior, de la que solo se conoce una edición del siglo XX (Madrid, Tesoro, 1954); y, en fin, El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra (Barcelona, Establecimiento Tipográfico-Editorial de Espasa Hermanos, s. a. [c. 1876-1878][2]), novela muchísimo más extensa, pues tiene nada menos que 1.300 páginas, repartidas en dos tomos[3].

Caricatura de Manuel Fernández y González

Estos relatos de Fernández y González[4] no reúnen ciertamente una gran calidad literaria, pero son obras muy interesantes para comprender el camino seguido por las recreaciones cervantinas en un momento —el periodo post-romántico: años setenta del siglo XIX— en que Cervantes se estaba convirtiendo en escritor canónico, en el autor por excelencia de la lengua española. En las próximas entradas centraré mi análisis en la última de las obras mencionadas, El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra, una narración que puede considerarse toda ella un exceso, y que constituye además un magnífico ejemplo de la desbordada fantasía y la verbosidad desatada del novelista: historias entrelazadas repletas de episodios inverosímiles, multiplicación de personajes secundarios, digresiones de todo tipo, técnicas propias de los entreguistas como el «abuso del punto y aparte» para rellenar más y más páginas, etc.[5]


[1] Además en 1858 se incluyó en el tomo de Poesías varias de Fernández y González (Madrid, Imprenta de don Manuel de Ancos, editor, 1858, pp. 1-37).

[2] Forma parte de la «Biblioteca Ilustrada de Espasa Hermanos, Editores», en su «Sección moral-recreativa».

[3] Ver Carlos Mata Induráin, «Cervantes a lo folletinesco: El manco de Lepanto (1874), de Manuel Fernández y González», en Carlos Mata Induráin (ed.), Recreaciones quijotescas y cervantinas en la narrativa, Pamplona, Eunsa, 2013, pp. 167-184.

[4] Aunque fuera del ámbito de la narrativa de ficción, recordaré también A los profanadores del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Crítica y algo más (Madrid, Imprenta de Manuel Galiano, 1861), obra publicada bajo el pseudónimo El Diablo con antiparras en la que censura las recreaciones cervantinas de Ventura de la Vega y Hartzenbusch.

[5] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Excesos, desmesuras y extravagancias en una novelesca recreación cervantina: El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra (c. 1876-1878) de Manuel Fernández y González», Cervantes. Bulletin of the Cervantes Society of America, volume 42, number 1, Spring 2022, pp. 151-173.

«Zorayda la reina mora» de Juan Anchorena: breve final

Como ya comenté, Zorayda la reina mora, del escritor tudelano Juan Anchorena, es una novela que se redactó hacia el año 1859, si bien no sería publicada hasta 1912, con motivo del Centenario de la batalla de las Navas de Tolosa[1]. Ciertamente, no estamos ante una obra de extraordinaria calidad literaria, pero se trata de una narración no carente de interés. Obra de un escritor navarro desconocido, cabe destacar como curiosidad que otro literato de la misma región y de la misma época, Francisco Navarro Villoslada, también trató de esos amores africanos del rey Sancho VII de Navarra en su inacabada novela El hijo del Fuerte[2].

Marceliano Santa María Sedano, El triunfo de la Santa Cruz en la batalla de las Navas de Tolosa
(1892). Museo Nacional del Prado (Madrid, España)
Marceliano Santa María Sedano, El triunfo de la Santa Cruz en la batalla de las Navas de Tolosa
(1892). Museo Nacional del Prado (Madrid, España).

En su relato, Anchorena presenta la batalla de las Navas de Tolosa, no tanto como una venganza cristiana por la derrota de Alarcos, sino más bien como una venganza personal de Sancho el Fuerte por el asesinato de su prometida Zorayda. En cuanto a la presencia y el tratamiento de temas africanos, lo más interesante es precisamente la descripción del personaje de Zorayda (caracterizada como heroína plenamente romántica), que se suma a las semblanzas de otros personajes musulmanes; y también las descripciones que ofrece el autor de algunas ciudades, paisajes y lugares norteafricanos, insistiendo, por ejemplo, en el lujo de sus palacios o en la dureza del clima. En fin, más allá de su intrínseca calidad y su valor literario, me parece interesante recuperar un autor y una narración prácticamente desconocidos, no ya solo para los lectores en general, sino incluso para los especialistas, y que hay que valorar en el contexto de la novela histórica romántica española, a cuyos rasgos genéricos[3] responde —en líneas generales— el relato de Anchorena[4].


[1] La ficha completa es la siguiente: Juan Anchorena, Zorayda la reina mora: novela histórica de tiempos de Sancho VIII de Navarra, por… Con un prólogo crítica del Rdo. P. Antonio de P. Díaz de Castro (Barcelona, José Vilamala, 1912). He manejado un ejemplar de la Biblioteca Municipal de San Sebastián, sign. I 33-2 14.

[2] Remito a Carlos Mata Induráin, Viana en la vida y en la obra de Navarro Villoslada. Textos literarios y documentos inéditos, Viana, Ayuntamiento de Viana, 1999, donde se incluye la edición de la novela histórica inédita El hijo del Fuerte o Los bandos de Navarra.

[3] Véase Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-98 (en la 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151).

[4] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «“El último suspiro en territorio africano”: los amores marroquíes de Sancho el Fuerte de Navarra en Zorayda la reina mora de Juan Anchorena», en Actas del III Coloquio Internacional de Estudios sobre África y Asia. Del 1 al 4 de noviembre de 2001. Universidad Nacional de Educación a Distancia. Centro Asociado de Ceuta, Málaga, Editorial Algazara, 2002, pp. 109-120.

La actitud de Navarro Villoslada ante el vascuence: «Doña Toda de Larrea o La madre de la Excelenta»

Muy relacionada en su génesis con la zarzuela La dama del rey está la novela histórica Doña Toda de Larrea o La madre de la Excelenta, que se encontraba inédita entre los materiales del Archivo del escritor y que publiqué en 1998[1].

Cubierta del libro: Francisco Navarro Villoslada, La dama del rey, ed. de Carlos Mata Induráin

Interesa destacar que se trata de una novela «vascongada», como se refleja en la correspondencia cambiada entre Navarro Villoslada y José de Manterola. En efecto, el 20 de noviembre de 1880 el de Viana escribe al director de la revista donostiarra Euskal-Erría comunicándole que se encuentra con ánimo para redactar una nueva «novela vascongada»:

Yo creía haber agotado mis lágrimas al escribirla [se refiere a Amaya]; pero el ejemplo de ustedes [los redactores de la Euskal-Erría] me enardece y aún creo tener llanto en mi corazón y pulso en mi mano para emprender otra novela vascongada.

¡Todos a una, amigo mío! ¡Euskal Erria! ¡Magnífica empresa y magnífica divisa!

Esta es la respuesta de Manterola, en carta de 22 de noviembre:

Celebro en el alma y felicito a V. de todas veras por su nuevo proyecto de novela vascongada, que desearé realice cuanto antes.

El renacimiento literario que comienza a efectuarse en nuestro país puede ser, y será desde luego, de grandes resultados, y escritores de la talla de V. no debían, no pueden permanecer cruzados ante tan consolador movimiento.

Trabajaremos todos de consuno, cuantos amamos de veras a este país, para restañar sus antiguas heridas, y prepararle un porvenir más risueño; tengamos fe en las virtudes y en la constancia de nuestra raza… y Dios proveerá lo demás.

Todo por la Euskal-Erria. Todo para la Euskal [Erria] sea nuestra constante divisa.

La acción de la novela sucede en Bilbao y sus alrededores, e incluye una pintoresca descripción de la romería a la Virgen de Begoña. Por supuesto, en el texto quedan reflejadas las sencillas y puras costumbres de los vascongados, sin que falte el elogio de las armonías del vascuence[2], «cuya antigüedad le hace parecer hermano de todos los idiomas primitivos» (p. 81). De hecho, en la novela se incluyen algunas palabras y expresiones vascas, cuya traducción se consigna al lado, si no es que queda aclarada por el contexto: mutil ‘muchacho’, Zenaide zu?[3] ‘¿Qué desea?’, nescacha polita ‘muchacha bonita’, Escarricasko, jauna ‘gracias, señor’, sagardua ‘sidra’, echecojauna, Jaungoicoa, motzas, zorcico, aurrescu; incluso se juega con el significado aproximado en vascuence del apellido de la protagonista, Larrea,al comentarse que doña Toda es dura y espinosa con los hombres (esto es, ‘esquiva’) como una zarza[4].

Relacionado con el tema del vascuence, podemos mencionar también el uso que del castellano hacen algunos personajes euskaldunes. En el Señorío de Vizcaya, todos están contentos por la noticia de que la reina doña Isabel vendrá desde Vitoria a jurar los Fueros:

—Escarricasko, jauna (gracias, señor) —contestó el mancebo rehusando noblemente—, noticias traes, que vizcaínos para, más que vale plata.

—Amigo mío, ese romance es para mí tan oscuro como el vascuence.

—Quiere decir —contestó el albéitar, que se había constituido en intérprete— que se da por pagado con la buena noticia que su merced nos ha traído de Vitoria (pp. 82-83).

Este recurso de mostrar las dificultades de estos personajes para hablar en correcto castellano, que mezclan con construcciones vascas, es de gran tradición en la literatura aurisecular, como recurso humorístico: baste recordar el episodio del vizcaíno en el Quijote y sus «mal trabadas y peor concertadas razones»[5].  También la excesiva longitud de los apellidos vascos, que pueden medirse —como se decía en La dama del rey— a varas, sirve para introducir elementos de humor:

—¿Cómo os llamáis, señor huésped?

—José Antón de Goyeascogoechea —respondió el posadero levantándose.

—¡Diablo! —exclamó Ramírez—; dicen que Jerjes sabía de memoria los nombres de todos sus soldados: a buen seguro que los soldados de Jerjes no eran vizcaínos (p. 87).

En cualquier caso, interesa destacar que el elogio del idioma vasco que encontramos en esta novela se enmarca en un contexto más amplio, el de la defensa de las tradiciones y costumbres puras, incontaminadas, venerandas del país vascongado, que destaca precisamente por el respeto a la tradición, encarnada en sus mayores:

Aquí el respeto de los muchachos principia por el padre de familia llamado echecojauna, señor de casa, y acaba por el señor del país, a quien vosotros llamáis rey, o por mejor decir, acaba por el Señor de lo Alto, Jaungoicoa, único nombre que aquí damos a Dios. Señor es el padre, señor el rey, señor es Dios (pp. 122-123)[6].


[1] Véase Francisco Navarro Villoslada, Doña Toda de Larrea o La madre de la Excelenta, ed. de Carlos Mata Induráin, Madrid, Castalia, 1998; y otros dos trabajos míos sobre esa novela: Carlos Mata Induráin, «Dos novelas históricas inéditas de Navarro Villos­lada: Doña Toda de Larrea y El hijo del Fuerte», en Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin (eds.), Congreso internacional sobre la novela histórica (Homenaje a Navarro Villoslada), Príncipe de Viana,Anejo 17, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1996, pp. 241-257, y «Doña Toda de Larrea, novela vascongada inédita de Navarro Villoslada», Boletín de la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País,tomo LV, 2, 1999, pp. 395-417.

[2] Esta es la expresión que Navarro Villoslada emplea con preferencia para referirse al idioma vasco.

[3] Navarro Villoslada escribe así, seguramente de oído, la expresión «Zer nahi duzu?».

[4] Del significado ‘tierra inculta, sin labrar’ que tiene larra es posible pasar, por metonimia, al de ‘zarza, espino’. En cualquier caso, queda claro que los semas que se quieren destacar en la relación de la dama con los hombres son los de ‘dureza’, ‘sequedad’.

[5] Véase P. Anselmo de Legarda, Lo vizcaíno en la literatura castellana, San Sebastián, Biblioteca Vascongada de los Amigos del País, 1953; K. Josu Bijuesca, «El “vizcaíno” de Sor Juana y la lengua del imperio», Revista de Humanidades (Monterrey), núm. 5, otoño de 1998, pp. 13-28.

[6] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «“Amaya da asiera”. La actitud de Navarro Villoslada ante el vascuence», en Roldán Jimeno Aranguren (coord.), El euskera en tiempo de los euskaros, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura) / Ateneo Navarro-Nafar Ateneoa, 2000, pp. 113-144.

La actitud de Navarro Villoslada ante el vascuence: «La dama del rey»

Una nueva cala para determinar la actitud de Navarro Villoslada ante el vascuence[1] la podemos hacer en la zarzuela de tema vascongado La dama del rey[2]. De escribir el libreto se encargó nuestro escritor, y le puso música Emilio Arrieta, siendo estrenada en Madrid en 1855. En esta obra hay dos coros que aluden al árbol de Guernica, como símbolo de las históricas libertades vascas, uno al principio:

Árbol santo de Guernica,
de los cántabros solaz;
a tu sombra se guarece
nuestra dulce libertad.
¡Oh, bien hayan los monarcas
que a tu tronco secular
la potente mano tienden
con munífico ademán!
Se ve entonces tu ramaje
de alborozo retemblar.
¡Corazón eres de un pueblo;
lo que él viva vivirás! (p. 20).

Y el coro final, que reitera esa misma idea, en alusión aquí a la visita de la reina doña Isabel para jurar los Fueros del Señorío de Vizcaya:

La reina bienhechora
los santos Fueros
viene a jurar.
Saluda a tu Señora,
la buena madre,
feliz solar.
Trono, un peñasco pobre;
copudo roble será el dosel.
Latidos las entrañas
de las montañas
den a Isabel (p. 52).

Árbol de Guernica

Me interesa destacar estos dos coros sobre el árbol de Guernica porque entre los papeles del Archivo de Navarro Villoslada he encontrado también una traducción parcial del «Guernicako arbola», que intenta mantener el ritmo musical y acentual del original de Iparraguirre:

¡Oh, roble de Guernica,
bendito del Señor!,
los vascongados te aman
de todo corazón.
Tu dulce sombra esparce
del mundo en derredor.
Nosotros te adoramos,
árbol de bendición.

Mil y mil años hace,
según la tradición,
¡oh roble de Guernica!,
que un ángel te plantó.
Alza siempre tu copa,
y más que nunca hoy;
denos el dulce abrigo
que a nuestros padres dio.

Un aspecto menos importante, aunque también relacionado con el tema del idioma, es la inclusión de un chiste, a propósito de la excesiva longitud de los apellidos vascos. Andrés, que viene a ser el “gracioso” de la zarzuela, trata de distraer a Pancracio, que busca a la amada del rey, diciéndole que se llama Blasa Iturreberrigorrigogeascogoe…, pero Pancracio le interrumpe: «Basta. / Tenéis por aquí apellidos / que pueden medirse a varas» (p. 25)[3].


[1] Esta es la expresión que Navarro Villoslada emplea con preferencia para referirse al idioma vasco.

[2] Cito por Francisco Navarro Villoslada, La dama del rey, en Obras completas, ed. de Segundo Otatzu Jaurrieta, vol. III, Pamplona, Mintzoa, 1992, pp. 15-52.

[3] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «“Amaya da asiera”. La actitud de Navarro Villoslada ante el vascuence», en Roldán Jimeno Aranguren (coord.), El euskera en tiempo de los euskaros, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura) / Ateneo Navarro-Nafar Ateneoa, 2000, pp. 113-144.

La actitud de Navarro Villoslada ante el vascuence: «La mujer de Navarra»

Entre la producción literaria de Navarro Villoslada se cuentan algunos artículos costumbristas. Uno de ellos está dedicado a describir cómo es «La mujer de Navarra», y en él contrapone fundamentalmente el tipo de la mujer de la Montaña y el de la Ribera. Hablando de la montañesa, comenta cómo son sus vestidos, su peinado (las solteras llevan el cabello corto, de donde les viene el nombre de motzas[1]) y sus labores. Se explica que «la mujer vascona» estaba animada por los sentimientos de altivez, valor, amor a la libertad y a la independencia, y se introduce una digresión sobre los vascones en la que se abordan varios aspectos: su religión primitiva; su llegada a los Pirineos —montañas en las que se establecen para conservar su independencia, desdeñando las fértiles llanuras que tenían al sur—; el contacto con los celtas; su secular lucha contra los godos; la distinción dentro del territorio vascongado de dos zonas diferenciadas: las orillas del Ebro, tierra llana abierta a todas las invasiones, frente a la montaña, donde pervive más pura la raza éuskara «casi, podemos decir, en su primitiva pureza» (p. 386); es decir, se esboza aquí la clásica distinción entre ager y saltus vasconum.

Francisco Navarro Villoslada, «La mujer de Navarra»

Para nuestro autor, el idioma es prueba de la pureza de las costumbres y de la primitiva religión natural, monoteísta, de los vascos:

En efecto, sus primeros pobladores [los de este «antiquísimo solar» de los Pirineos occidentales] fueron los euskaros y euskaldunas, a quienes nosotros solemos llamar iberos, cántabros, vascos o vascongados, gente sencilla, culta y pastoril, de suaves costumbres y dulcísimo carácter, que profesaba la religión natural, sin mezcla alguna de idolatría, ni quizá de supersticiones. Así lo aprueba, entre otros datos, el monumento vivo de su idioma, cuya raíz no ha podido ni podrá tal vez averiguarse nunca, y en el cual no se halla ningún sabor pagano, al paso que abunda en voces y conceptos del más elevado espiritualismo (p. 385)[2].

Más adelante apunta la cuestión de la variedad dialectal del vascuence:

Del vascuence navarro al guipuzcoano, por ejemplo, hay casi la distancia de un dialecto. El primero es duro, elíptico y breve; el segundo, numeroso [entiéndase ‘armonioso’], eufónico y musical. Pero si la variedad de tribu a tribu es clara, no lo es menos la que existe de los montes a los llanos de la misma provincia (p. 388).

Habla de la importancia en esas tierras del echeco-jauna y la echeco-andria, y alude a las canciones propias del país; y transcribe en castellano el «Canto de Aníbal»: «Citaremos, aunque inventadas en nuestros días, estas estrofas del canto de Aníbal, cuando los vascos se deciden a acompañarle en su expedición contra los romanos» (p. 399; la cursiva es mía: aquí corrige la opinión sobre la remota antigüedad de ese canto, defendida en el artículo de 1866).

Por último, en el cierre del trabajo se introduce una nueva reflexión sobre el idioma, cuando el autor se pregunta retóricamente: «¿Para qué fines ha criado Dios a la mujer navarra, que sabe dominar a hombres tan fuertes, tan enérgicos, de quienes siempre se ha obtenido más por la persuasión que por la violencia?». Y se responde a continuación; para el de Viana, esta cuestión se enmarca en otra más amplia, que es el origen y la misión del pueblo vascongado sobre la tierra (nótese la visión providencialista de Navarro Villoslada):

Responder a esta pregunta sería resolver este problema histórico: ¿Para qué fines conserva la Providencia esa muestra del idioma, de la raza y de la civilización de nuestros indígenas, ese resto del pueblo ibero, contemporáneo quizá de las Pirámides de Egipto y que, a semejanza de ellas, subsiste inmóvil sobre tantas y tantas tempestades de polvo y arena que descarga en vano para sepultarlo en el simún del Desierto? (pp. 400-401)[3].


[1] «De esta costumbre de cortarse el cabello la soltera, le vino el nombre de motza, que tiene la doble significación de moza y mocha en castellano» (p. 384).

[2] Refiriéndose a Amaya, escribe María Cruz Mina, «Navarro Villoslada: Amaya o los vascos salvan a España», Historia Contemporánea, núm. 1, 1988, p. 153: «Siguiendo a Chaho, rompe con la tradición tubalina sobre el origen de «la misteriosa raza euscara» y prefiere la procedencia oriental de Aitor a la semita del nieto de Noé. La innovación sirve mejor a su antisemitismo radical. De los dogmas históricos en los que se apoya (vasco-iberismo, vasco-cantabrismo, invencibilidad, originalidad y antigüedad de la lengua…), ninguno parece tan grato a Navarro Villoslada como el del monoteísmo primitivo. Sí, los vascos fueron cristianos mucho antes que Cristo».

[3] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «“Amaya da asiera”. La actitud de Navarro Villoslada ante el vascuence», en Roldán Jimeno Aranguren (coord.), El euskera en tiempo de los euskaros, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura) / Ateneo Navarro-Nafar Ateneoa, 2000, pp. 113-144.

La actitud de Navarro Villoslada ante el vascuence: «De lo prehistórico en las Provincias Vascongadas»

El segundo trabajo erudito que nos interesa considerar (ya vimos en una entrada anterior el titulado «De la poesía vascongada») es «De lo prehistórico en las Provincias Vascongadas», que no sé si resulta muy conocido dentro de la producción escrita del de Viana. No se trata ahora de valorar el interés científico de ese artículo; es posible que sus opiniones sean incorrectas o inexactas en más de un punto, pero, en cualquier caso, demuestra su temprana preocupación por esta materia, la presencia de monumentos prehistóricos en la «escualherría o solar euscaro»[1]. En él se refiere a distintos hallazgos sepulcrales y megalíticos: Eguílaz, Arizala, Ocáriz, Escalmendi, San Miguel de Arrechinaga…

Dolmen de Aizkomendo o de Eguílaz (Álava, España)
Dolmen de Aizkomendo o de Eguílaz (Álava, España).

Mencionando distintas autoridades (Humboldt, Rodríguez Ferrer, Fernández-Guerra, Chaho), llega a la conclusión de que esos monumentos son célticos: los celtas o celtíberos llegaron a la llanada alavesa, pero su llegada a la escualherría o país vascongado no hizo perder a los euscaros su idioma, siendo el vascuence «la lengua usada en aquella región casi hasta nuestros días» (p. 196a). Y añade:

Conste, pues, para la debida claridad, que si las razas ibéricas, como creen los respetabilísimos autores antes citados, son euscaras, hubo euscaros (los de la orilla derecha del Ebro) que se unieron y mezclaron con los celtas, y euscaros también (los de la orilla izquierda) que no se mezclaron ni confundieron jamás; y conste que los vascos no confundidos con otros pueblos llaman euscaro a su idioma, y erdara, esto es, mezclado, a toda lengua extraña, a todo lo que no es euscaro o castizo. Se nos figura que la precedente observación, que no es nuestra, da más luz sobre este punto histórico que toda la erudición fundada en textos griegos y latinos de autores que se espeluznaban al tener que acomodar a su frase clásica los exóticos nombres vascongados (p. 196a).

Más tarde, a propósito de la cuestión de si várdulos, caristios y autrigones constituían una nación distinta de la de los vascos, que habrían venido al territorio después, escribe:

¿Qué nos importa a nosotros que los vascos sean denominados hoy de un modo y mañana de otro? Esto ha sucedido siempre y está sucediendo en nuestros mismos días. El nombre del vasco viene del vascuence, y quiere literalmente decir montañés o de la montaña; pero ellos no se dan a sí propios ese apelativo, ni el de vascongados, ni otro más que el de escualdunas, bajo cuya denominación comprenden a todo el que habla la lengua euscara, sea español o francés, llamando asimismo escualherria, literalmente tierra de escualdunas, a todas las provincias que hablan la lengua euscara y pueblan ambas vertientes de los Pirineos occidentales: navarros, guipuzcoanos, alaveses y vizcainos, españoles; suletinos y laburdinos, franceses (p. 215b).

Y sigue argumentando:

Nadie, que sepamos, ha sostenido, ni siquiera imaginado, que várdulos, caristios y autrigones hablasen un idioma distinto del euscaro; fueron por lo tanto verdaderos y legítimos euscaldunas, castizos vascongados, y si escritores griegos o latinos les han dado aquellos nombres, nada tienen ellos que ver en esta cuestión geográfica o filológica (p. 215b).

Para Navarro Villoslada, todos esos pueblos son de una misma casta, «procedan o no de la gran familia ibérica caucásica, en cuya cuestión es inútil entrar. […] O hay que reconocer que aquellos pueblos fueron ibéricos euscaros, o sea que autrigones, várdulos y caristios eran vascongados, o confesar que ni la historia, ni la tradición, ni la geografía tienen sentido común: encogerse de hombros, y seguir adelante» (p. 215b).

En los párrafos finales de su trabajo concluye que debe quedar arrumbado todo lo que se ha tenido por prehistórico en territorio vasco (monumentos, joyas, armas, huesos, herramientas…), pues son célticos, para preguntarse de seguido:

Pero, ¿no queda nada realmente prehistórico en el pueblo vascongado?

Sí, queda el idioma, queda el vascuence, el euscaro. Monumento anterior a la historia ibérica, más grande que todas las construcciones megalíticas, sin cimientos conocidos y sin término probable, con los raudales de miel que brotan de sus hendiduras se sustenta, ha más de treinta y siete siglos, un pueblo no menos sencillo, grande y misterioso.

¿Qué se sabe de su primitiva historia?

Lo que nos cuente la tradición o deje adivinar la leyenda; lo que la filología aprenda en ese monumento vivo donde todo se hallaría si hubiese alguien capaz de descifrar los caracteres de cada raíz, de cada palabra.

Eso es lo que hay que estudiar en el pueblo vasco y lo que se ha de encontrar al fin en lo único prehistórico que nos queda de la escualherría o solar vascongado (p. 216a).

Como vemos, se trata de dos artículos de corte erudito muy interesantes. Evidentemente, en algunas cuestiones su valor científico podría ser hoy puesto en entredicho —es terreno en el que no entro a valorar, pues escapa de mi campo de investigación—, o algunas de sus afirmaciones deberían ser matizadas; pero hay que tener en cuenta que los conocimientos que en aquel momento podía tener el autor eran limitados y han quedado superados por la investigación posterior. Todas sus afirmaciones están en la línea de las tesis del vasco-iberismo, cuyas características generales ha resumido así José Javier López Antón:

Es la doctrina que conforma uno de los mitos de la materia de Vasconia. Estos, surgidos en la monarquía plural de los Austrias, pretenden fortalecer la personalidad de Vasconia. Como su propio nombre lo indica, esta tesis considera a los vascos los descendientes de los antiguos iberos. La consecuencia es doble, desde una perspectiva racial y lingüística. Étnicamente, los vascos serían los antiguos pobladores de la Península Ibérica, replegados a la cordillera pirenaica ante el sucesivo establecimiento de culturas y pueblos exógenos. En la óptica lingüística, el idioma de esos pueblos autóctonos, el euskera, habría conformado el idioma vernáculo de Hispania[2].

En cualquier caso, importa destacar varias cuestiones presentes en estos dos textos: los elogios de Navarro Villoslada al vascuence (idioma dulce y musical, perfectamente apto para la expresión poética); la constatación de la remota antigüedad de sus orígenes y su condición de «monumento vivo»; la protesta contra su pérdida; el hecho de abordar o apuntar cuestiones más de detalle como aspectos de la construcción y gramaticales, los distintos dialectos, etc. Todo ello muestra claramente el interés y la preocupación del vianés por el venerando idioma primigenio de Vasconia[3].


[1] En mi trabajo respeto siempre las grafías de los textos citados, de diversa procedencia, de ahí que alternen formas como euskaro, eúscaro, éuscaro; Lecobide, Lekobide, Lecovidi, etc. Respecto a la denominación «vascuence», esta es la expresión que Navarro Villoslada emplea con preferencia para referirse al idioma vasco.

[2] José Javier López Antón, «Rasgos y vicisitudes del mito iberista de Aitor», en Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin (coords.), Congreso Internacional sobre la Novela Histórica (Homenaje a Navarro Villoslada),Pamplona, Gobierno de Navarra, 1996, p. 188.

[3] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «“Amaya da asiera”. La actitud de Navarro Villoslada ante el vascuence», en Roldán Jimeno Aranguren (coord.), El euskera en tiempo de los euskaros, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura) / Ateneo Navarro-Nafar Ateneoa, 2000, pp. 113-144.