Como es bien sabido, el Quijote ha acumulado a lo largo de los siglos multitud de lecturas e interpretaciones. Investigadores, críticos literarios, escritores, pensadores, ensayistas… se han acercado a las páginas de la inmortal novela cervantina con una enorme variedad de enfoques, la han abordado con metodologías, perspectivas y objetivos diversos, han aportado sus contribuciones y establecido nexos de conexión desde ramas del conocimiento muy diferentes. Sucede que en el Quijote está contenido “casi” todo y, en consecuencia, sobre el Quijote se ha podido decir —con mayor o menor tino— “casi” de todo. Por supuesto, también desde el ámbito filosófico ha habido importantes y brillantes aproximaciones, y baste ahora con recordar tan solo el nombre preclaro de Ortega y Gasset.
Pues bien, otro filósofo que en fechas más recientes ha contribuido al estudio de la novela cervantina es Juan David García Bacca (Pamplona, 1901-Quito, 1992), uno de los pensadores españoles más destacados del siglo XX, aunque su figura y su obra seguramente no resultan aquí tan conocidas como debieran[1], en buena medida porque durante la Guerra Civil hubo de exiliarse y vivió sucesivamente en Ecuador, México y Venezuela. Su producción se centró en la filosofía escolástica, la lógica matemática y la filosofía de las ciencias formales y de las ciencias físicas, pero también se interesó en el cultivo de las Humanidades. Así, de entre sus obras filosófico-literarias, destaca la titulada Sobre el «Quijote» y don Quijote de la Mancha: ejercicios literario-filosóficos, publicada en 1991[2], que es la que pretendo recuperar en sucesivas entradas. En concreto, expondré las ideas esenciales contenidas en su libro, especialmente la definición de los cuatro categoriales de Señorío, Salero, Corazonada y Raciocinancia que García Bacca aplica sistemáticamente a las aventuras y personajes del Quijote y que le permiten abordar el texto cervantino a una nueva y original luz[3].
[1] José Luis Abellán, en su Filosofía española en América (1936-1966), ha escrito que «Juan David García Bacca es quizá la mente filosófica más poderosa de todas las que tenemos en América y una de las primeras figuras de la filosofía en lengua española de todos los tiempos».
[2] Juan David García Bacca, Sobre el «Quijote» y don Quijote de la Mancha: ejercicios literario-filosóficos, Barcelona, Anthropos / Gobierno de Navarra, 1991 (Colección Pensamiento Crítico-Pensamiento Utópico, 59). Citaré siempre respetando las peculiaridades de García Bacca en lo que se refiere al uso de mayúsculas, cursivas y otros recursos que emplea para destacar tipográficamente determinados conceptos o expresiones.
Vaya para hoy, Día de las Escritoras, y en el marco también de la XXIV Semana de la Lengua Italiana en el Mundo, un poema de Antonia Pozzi (Milán, 1912-Milán, 1938), considerada como una de las voces más originales de la literatura italiana moderna. Pozzi escribió unos trescientos poemas, todos publicados póstumamente). Su evocación lírica de «Don Quijote», sin necesidad de comento, es como sigue:
I
Sobre la ciudad repentinos silencios.
Atraviesas, con una indefinible sonrisa, los horizontes: conoces las espinas de todos los setos.
Y vas, más allá de los cálidos alientos de los hombres el sueño después de los amores, el afán y la prisión.
Sobre la cantera, que es azul como las corolas del lino, cantas corriendo:
pero cierras los ojos si, en el fondo del cielo, las blancas alas de los molinos se desgarran en el viento.
II
Copos de la desnuda tierra te traen aterrorizados gritos:
mientras sigue, sobre el ala inmensa, girando tu crucifixión[1].
Miguel de Unamuno, Don Quijote crucificado (c. 1904). Tinta y lápiz negro sobre papel. Salamanca, Universidad de Salamanca, CMU 57-85.
[1] Cito por Antonia Pozzi, Treinta poemas, versión y prólogo de Mariano Roldán, Madrid, Ediciones Rialp, 1961, pp. 38-39
Estos días vuelve a estar de actualidad el supuesto «enigma filológico» de la «lanza en astillero» de Alonso Quijano / don Quijote de la Mancha («… no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua…», Don Quijote, I, 1), que habría quedado resuelto por el archivero e investigador José Cabello Núñez, con una explicación adoptada por Andrés Trapiello en su más reciente versión al español actual del Quijote, como ʻlanza a punto de ser usadaʼ y, por tanto, «lanza en ristre». En la nota de prensa difundida por la agencia EFE el pasado 8 de agosto, firmada por Alfredo Valenzuela («Archivero resuelve el enigma filológico de “lanza en astillero” del principio del Quijote»), y replicadada después en varios medios, leemos:
El malentendido con el significado de «en astillero» tardó en resolverse porque es una expresión que no registra el Diccionario de Autoridades. Y, como explica el propio Trapiello con cierta ironía en el prólogo a la última edición de su traducción, publicada este año, él mismo se fió de las notas de los filólogos que aseguraban que «astillero» era un armero para guardar astiles y armas. «Algunos de esos filólogos lo ilustraban incluso con un dibujico de lo más lindo. Reconstrucción pintiparada de lo que a su juicio era un ‘astillero’ del que no faltarían adargas, lanzones y demás chatarra». Lo añade Trapiello con la ironía que caracteriza tantos de sus escritos.
Ahora bien, para ser precisos hay que indicar que astillero, con esa acepción literal, sí figura en los diccionarios de época, concretamente en el Tesoro de la lengua castellana o española (1611) de Sebastián de Covarrubias. Cierto que no aparece como tal voz, astillero, pero sí se registra entre los diversos derivados de lanza, en la subvoz alancearse: «Lancera, que por otro nombre se dice astillero, de asta, es un estante en que ponen las lanzas, adorno de la casa de un hidalgo en el patio o soportal, con algunos paveses, arma defensiva española antigua».
Definición de lancera o astillero en el Tesoro de la lengua castellana o española (1611) de Sebastián de Covarrubias, s. v. alancearse.
Testimonio, por lo demás, nada novedoso, pues ya había sido aducido por muchos de los anotadores del Quijote. Ya Ignacio Arellano, en una entrada de su blog El jardín de los clásicos del 23 de julio de 2015, «La lanza en astillero —que no olvidada—de don Quijote», exponía con muy sensatas razones, tras recordar la definición de Covarrubias (estas palabras eran respuesta a la interpretación original de Trapiello ʻlanza ya olvidadaʼ):
Así que alguien sabe qué es un astillero. Y siendo este un adorno —es decir, un exhibido símbolo de calidad social— de la casa de un hidalgo, no es verosímil que la lanza estuviera en olvido: era, eso sí, una lanza antigua, arma de los antepasados de don Quijote, mucho tiempo inactiva, pero la colocación en el astillero revela precisamente que su dueño quiere dejar clara su hidalguía y su vocación militar. Era, no se olvide, aficionado a la caza, ejercicio sustitutorio de la guerra.
Una lanza olvidada se coloca en un desván, en el establo, en el vano de una escalera, con otros objetos inservibles. Pero no es esto lo que sucede con la de don Quijote.
Cada día, al salir de su casa o al entrar en ella, el ingenioso hidalgo vería su lanza en astillero, su adarga antigua —tampoco olvidada—, dándole voces silenciosas, y algo en su interior iría acumulando la energía suficiente para que por fin embrazara su escudo, empuñara esa lanza que todos los días atraía su mirada, y saliera a correr sus aventuras por el antiguo campo de Montiel y por todo el universo mundo.
No, la lanza de don Quijote no estaba en el olvido. Estaba exactamente en el astillero.
Astillero con lanzas en el Torreón del Gran Prior (Alcázar de San Juan, Ciudad Real). Foto: Carlos Mata Induráin (2019).
¿Por qué leer en sentido figurado lo que tiene una lectura recta? El astillero (no de «astilla», sino de «asta») para una lanza es algo similar a lo que se emplea para los rifles de caza. […] ¿Acaso había de tenerlo en el fondo de un armario sepultado por los abrigos? Que un hijo-de-algo aldeano tenga una vieja lanza en su astillero, no «detrás de la puerta», evidencia el melancólico y orgulloso recuerdo de los hechos de sus antecesores.
Queda claro, pues, a tenor de la definición que brinda el Tesoro de Covarrubias (recordemos su fecha: 1611), que los astilleros ʻestantes o perchas para colocar las lanzasʼ existían en la realidad; y no olvidemos el dato que aporta de que eran «adorno de la casa de un hidalgo», como lo era Alonso Quijano, un hidalgo —eso sí— que soñaba con ser caballero andante.
Tampoco estará de más recordar —aunque sea una obviedad— que una palabra o una expresión pueden tener distintos significados, dependiendo del contexto y de la situación en que se empleen. Que una palabra signifique algo no quiere decir que lo signifique siempre y en todo lugar. Pondré un ejemplo sencillo: la palabra banco, entre otras varias acepciones más, puede significar ʻentidad financieraʼ o ʻlugar donde sentarseʼ. El contexto y la situación nos llevan a entender cosas distintas si alguien dice: «Voy al banco, porque necesito sacar dinero» o «Voy al banco, porque necesito descansar». Pues bien, algo similar pasa con la expresión estar o poner algo en astillero. Cierto que en la carta de un comisario real de abastos, de 1595, localizada por Cabello Núñez donde se habla de harina y trigo «puestos en astillero», la expresión vale efectivamente ʻestar listos, preparados para ser recogidosʼ; y lo mismo en los pasajes aducidos por Trapiello como por ejemplo «ya tenéis vuestro libro en astillero», de El pasajero (1616) de Cristóbal Suárez de Figueroa. Pero la expresión, en otros contextos, puede significar otra cosa distinta. Una sencilla consulta al Corpus diacrónico del español (CORDE, en línea) basta para localizar numerosos ejemplos de la expresión «en astillero», entre ellos la definición que da Gonzalo de Correas en su Vocabulario de refranes y frases proverbiales (1627): «Estar en astillero. Lo ke no está en perfezión, komo las naves akabadas de fabrikar de madera sin averlas akabado de adornar» (mantengo las grafías que deseaba Correas para su texto). Me parece que esta definición no se ha señalado, al menos en las declaraciones y entrevistas de estos últimos días.
Por otra parte, varios de esos ejemplos que trae el CORDE, correspondientes a pasajes de novelas picarescas, testimonian el significado ʻcon apariencia deʼ que tiene la expresión ponerse en astillero. Por ejemplo, en Aventuras del bachiller Trapaza,quintaesencia de embusteros y maestro de embelecadores (1637, título significativo), leemos:
Una de las cosas que se lo estorbaban a Trapaza era haberse puesto en astillero de tan gran caballero en Madrid, huyendo no poco de verse donde estuviesen portugueses; porque, como la Corte es grande, érale fácil excusar las ocasiones de encontrarlos, por obiar el que se quisiesen informar de su persona, de quien había de dar mala relación si le preguntaban cosas de África.
El contexto necesario para entender este pasaje es que el pícaro Hernando protagonista de la novela, el bachiller Trapaza, finge ser un noble portugués de posibles, don Vasco Mascareñas, para contraer un matrimonio (que él cree muy ventajoso) con la viuda Estefanía: el pícaro se ha puesto «en astillero» de caballero, es decir, ha adoptado la falsa apariencia de caballero y no desea encontrarse con personas (los portugueses) que podrían desenmascararlo. Y en La niña de los embustes, Teresa de Manzanares, del mismo autor, tenemos la misma expresión, poner en astillero, con el mismo significado de ʻadoptar una apariencia falsa o engañosaʼ: «Marcela me decía que yo me tenía la culpa con que estaba, pues había dado alas a la hormiga para volar; esto era haber puesto en astillero de dama a quien era esclava».
No quiero decir, ni mucho menos, que este último sea el sentido operativo en la famosa frase del comienzo del Quijote, tan solo pretendo mostrar que la expresión estar o poner en astillero puede significar distintas cosas dependiendo del contexto y la situación en que se utilice. Y, sí, la lanza de Alonso Quijano perfectamente podía estar material y literalmente en el astillero de su casa de hidalgo, siendo adorno de la misma (como matizaba la definición de Covarrubias), no todavía ʻen ristreʼ, pero sí ejerciendo ya esa callada llamada a las aventuras caballerescas que comentaba Arellano, sensata y sencilla explicación por la que —permítaseme el juego de palabras— rompo ahora una lanza.
El otro día traje al blog el poema «A Calderón» de Marcos Zapata Mañas (Ainzón, Zaragoza, 1842-Madrid, 1913), incluido en el volumen de Poesías que publicó en 1902 con prólogo de Santiago Ramón y Cajal. Hoy copio este otro, «Receta para salvarnos», perteneciente a la misma recopilación, en el que, haciendo referencia a la célebre sentencia regeneracionista de Joaquín Costa (Monzón, Huesca, 1846-Graus, Huesca, 1911) de echar «Doble llave al sepulcro del Cid para que no vuelva a cabalgar», propone como medida complementaria resucitar a Sancho Panza. En efecto, la de clausurar el sepulcro del Cid (valga decir ʻolvidarse de las pasadas glorias españolas, muy heroicas, sí, pero que son ya historia caduca y sirven de poco o nada en el momento presenteʼ) es una idea expresada por Costa al final del apartado «Criterio general» de su «Mensaje y programa de la Cámara agrícola del Alto-Aragón», que leyó el 13 de noviembre de 1898, y que se publicaría dos años después en su libro Reconstitución y europeización de España. Programa para un partido nacional. Publícalo el «Directorio» de la Liga Nacional de Productores (Madrid, Imprenta de San Francisco de Sales, 1900). Esa frase, que se haría célebre como expresión del pensamiento regeneracionista de comienzos del siglo XX, pasaría después al subtítulo de su libro Crisis política de España (Doble llave al sepulcro del Cid), en el que se lee la siguiente formulación: «En 1898, España había fracasado como Estado guerrero, y yo le echaba doble llave al sepulcro del Cid para que no volviese a cabalgar»[1].
Marcos Zapata, por su parte, propone echar, en efecto, tres llaves (ni dos —lo que sugería la sentencia de Costa— ni siete—número simbólico con el que muchas veces se recuerda su idea—) al sepulcro del Cid, pero propone que debe salir del suyo Sancho Panza «a servirnos de guía y consejero» (v. 6). Dicho y hecho: para «exhumar a Sancho» (v. 9) «el acerado pico» (v. 10) golpea el suelo y se abre «su vieja sepultura» (v. 11), para descubrirse que el sepulcro está vacío. Frente a la sorpresa del pueblo, don Quijote —se supone que también resucitado para la ocasión— pide que vayan a buscar a su escudero en «Santiago [de Cuba] o Puerto Rico» (v. 14), es decir, dos de los lugares donde se materializó el Desastre español del 98 (año en que se perdieron también Filipinas y Guam). Interpreto las palabras de don Quijote en el sentido de que Sancho, como representante del pueblo bajo español, sería en su tiempo uno de los muchos soldados sacrificados —muertos, heridos o enfermos— en aquellas lejanas latitudes, en el contexto de unas guerras —Cuba y Filipinas— de las que los ricos podían librarse muy fácilmente (pagando la cantidad de 2.000 pesetas quedaban exentos de cumplir con los tres años de servicio militar obligatorio).
Retrato de Sancho Panza, grabado incluido en el vol. III de The History of the valorous and witty knight-errant Don Quixote of la Mancha, London / Philadelphia, Gibbings and Co., 1895. Fuente: Banco de imágenes del «Quijote» (1605-1915).
El texto del poema es como sigue:
«¡Cerremos con tres llaves[2], sin tardanza, el sepulcro del Cid!… (¡de aquel guerrero batallador, honrado y caballero, que ganó media España con su lanza!)
»Salga en cambio del suyo Sancho Panza a servirnos de guía y consejero…» (Mas olvide al salir que fue escudero de la Fe, la Virtud y la Esperanza!)
Para exhumar a Sancho, con premura golpea el suelo el acerado pico, y ábrese, al fin, su vieja sepultura.
«—¡Vacía!…» —exclama el pueblo—. «—Sí, borrico… —replica Don Quijote con voz dura—, id por él a Santiago o Puerto Rico.»[3]
[1] Joaquín Costa, Crisis política de España (Doble llave al sepulcro del Cid), 3.ª ed. corregida y aumentada, Madrid, Biblioteca Costa, 1914, p. 81.
[2]con tres llaves: Costa hablaba de «doble llave», pero su frase se ha popularizado también con el número de siete, «siete», a veces uniendo esa formulación con otra de sus ideas clave: «Escuela, despensa y siete llaves al sepulcro del Cid».
[3] Marcos Zapata, Poesías, con un prólogo del Doctor S. Ramón y Cajal, Madrid, Librería de Fernando Fe, 1902, p. 91.
Escuchad, hermanos, una gran noticia: «Hoy en Belén de Judá os ha nacido el Salvador».
Esta noche es Nochebuena, nace hoy el Niño Dios Salvador del mundo y, como en años anteriores, en este blog recordaremos su nacimiento con poesía a lo largo de estas fiestas. Para este día traigo un poema de Ángel de Miguel titulado «Villancico de la estrella necesaria». Pero, antes de copiar su texto, quiero contaros la pequeña historia de su génesis.
Ayer, conversando con Constantino López Sánchez-Tinajero, uno de los buenos amigos de la Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan, hablábamos de si aparecía la Navidad en el Quijote, y también de si habría algún poema que llevase a don Quijote y Sancho Panza hasta el Portal de Belén. La respuesta a lo primero es sí, y en este escrito de Constan que se publica hoy en Cuadernos Manchegos (incluido también en el blog de la Sociedad Cervantina de Alcázar) puede rastrearse esa presencia de «La Navidad en el Quijote».
Respecto a lo segundo, algo hay también: nuestra llorada amiga Carmen Agulló Vives, que fue una asociada muy querida de la Asociación de Cervantistas, tiene un «Villancico de don Quijote y Sancho», que usó primero para felicitar las Navidades de 2004 y luego publicó en varios lugares (lo transcribiré aquí en los próximos días). Ayer por la tarde, cuando llamó para felicitarme otro excelente amigo, Ángel de Miguel (poeta castellano-navarro: burgalés de nacimiento, en La Nuez de Arriba, pero afincado en Estella desde hace muchos años), hablamos también de estos temas y le “desafié” a ver si le salía algo al respecto. Ni corto ni perezoso, Ángel se puso a la labor y cumplió con el “encargo”, de forma que esta mañana me ha llegado su texto, con este mensaje: «Ahí te va, muy querido Carlos, el villancico del reto. Con temblor e inseguridad, lo escribí ayer por la noche. He dejado que reposara unas doce horas. Hoy te lo envío, no sin miedo de haberme ido por los cerros de la Mancha». Pues bien, el poema, escrito en la mejor tradición romanceril, evoca a la inmortal pareja cervantina en el momento de colocar las figuras del Belén, entre las que está la de un «ángel manco» (¡bello guiño!). Añadiré tan solo que de Ángel de Miguel ya han quedado recogidos otros villancicos en este blog, a saber, el «Villancico de la Fuente de Irache» y el «Villancico triste para un Niño sin posada».
El «Villancico de la estrella necesaria», que rezuma sencillez y ternura, dice así:
Noche de pandemia y frío. En un lugar de la Mancha es veintitrés de diciembre bajo una niebla de espadas. Un hidalgo y un labriego, par de sombras asustadas, desgranan nostalgias niñas y sus mazorcas de infancia. Van colocando figuras de un belén de eterna magia, con José que sueña lirios y una Madre enamorada del Hijo que le ha nacido, aurora recién llorada. El calmo buey y la mula son dos velas desveladas. Un ángel manco despliega un Quijote de esperanza: es la música encendida de la estrella necesaria que pone luz al pesebre donde titilan las almas del hidalgo don Alonso y un labriego de la Mancha.
Dado que no resulta demasiado conocida, reproduzco aquí la composición poética «Leyendo el Don Quijote» de Eusebio Rey, jesuita que utilizó el seudónimo Emilio Rego. Durante la guerra civil española, el autor fue hecho prisionero en septiembre de 1937, permaneciendo encarcelado hasta 1939. Al año siguiente publicaría Mientras iba amaneciendo… Emocionario lírico de la cárcel (San Sebastián, Gráficas Fides, 1940), con prólogo de Manuel Machado y epílogo de F. Xavier Martín Abril, libro en el que relata su viaje íntimo durante su cautiverio.
Precisamente en la evocación quijotesca que ahora rescato (que va fechada en «Gandía, diciembre, 1938») se hace alusión a esa circunstancia vital: el yo lírico, aquí claro trasunto del autor, está prisionero («Al meditar en prisiones», v. 5; «pobre preso a contrafuero», v. 18) y «el estrecho horizonte de la prisión» se le ensancha (v. 1) con la lectura de la novela cervantina. Se alude además a la idea tópica de que el Quijote fue escrito en una prisión: «Como naciste en prisiones», leemos en el v. 17, en apóstrofe al personaje cervantino. La lectura del Quijotecontagia al yo lírico de actividad y energía: «he sentido de repente el dolor de no hacer nada / y un afán de acción sacude mi energía adormecida» (vv. 7-8); se afirma que la vida del «gentil caballero» (v. 21) es «fragante como una rosa, bizarra como una espada» (v. 6); se pondera el ideal caballeresco: «la imposible quimera / del ideal entrevisto como un lucero distante» (vv. 11-12); y, por último, el hablante se ofrece en el verso final a ser su escudero: «Vamos juntos a la lucha: te seguiré de escudero».
Interesa destacar también la estrofa cuarta del poema, en la que el yo lírico rechaza los calificativos aplicados a don Quijote por Rubén Darío («No eres el Rey de los tristes», sino que «mereces ser coronado Príncipe del optimismo», vv. 13-14) y se dirige al caballero con el apelativo de «Padre nuestro Don Quijote», en esta “nueva letanía” que constituyen las estrofas cuarta, quinta y sexta. Este es el texto completo del poema:
Para Sabino Alonso-Fueyo
Hoy el estrecho horizonte de la prisión se me ensancha; en la noche de mi tedio apuntan luces de aurora; se me ha roto la cadena de inacción que me devora, ha venido a visitarme Don Quijote de la Mancha.
Al meditar en prisiones el poema de su vida, fragante como una rosa, bizarra como una espada, he sentido de repente el dolor de no hacer nada y un afán de acción sacude mi energía adormecida.
Cabalgar y cabalgar, Clavileño o Rocinante: disparar de mi existencia la rauda flecha certera. Sagitario de mí mismo, tras la imposible quimera del ideal entrevisto como un lucero distante.
Padre nuestro Don Quijote: No eres el Rey de los tristes[1]: mereces ser coronado Príncipe del optimismo, Fénix que eterno renaces del fracaso de ti mismo, y derrotado cien veces otras cien en lid embistes[2].
¡Bien venido, caballero, a romper en mi favor, pobre preso a contrafuero, una lanza humanitaria! Como naciste en prisiones, en tu gesta temeraria tuviste siempre por lema ser «El Buen Libertador».
¡Bien venido a libertarme! Gracias, gentil caballero. Prisionero en el alcázar marfileño de mí mismo, tú has hecho saltar de un bote[3] el portón de mi egoísmo. Vamos juntos a la lucha: te seguiré de escudero[4].
[1] Este verso evoca claramente la «Letanía de nuestro señor don Quijote» de Rubén Darío (escrita en el Centenario de 1905 y publicada ese mismo año en Cantos de vida y esperanza), que comienza «Rey de los hidalgos, señor de los tristes, / que de fuerza alientas y de ensueños vistes…» y que se cierra con otra estrofa que comienza «¡Ora por nosotros, señor de los tristes, / que de fuerza alientas y de ensueños vistes…».
[4] Tomo el texto de Poesía nueva de jesuitas, selección y estudio preliminar de José María Pemán, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas (Instituto Antonio de Nebrija), 1948, pp. 105-106. Mantengo las mayúsculas del original, así como la formulación «bien venido» (separado en dos palabras) en las dos últimas estrofas. En el verso 21 cambio la coma del original por un punto y en el verso penúltimo suprimo la coma, innecesaria, tras la palabra «bote».
En los dos episodios de la Segunda parte de la novela cervantina que hemos analizado a lo largo de varias entradas —el del carro de las Cortes de la Muerte (II, 11) y el del retablo de maese Pedro (II, 25-26)— hemos visto a don Quijote ante dos carretas de espectáculos teatrales: una es la de las Cortes de la Muerte; la otra, la que trae hasta la venta a maese Pedro con su mono adivino y el retablo de la libertad de Melisendra. Son, pues, dos episodios que van a enfrentar a don Quijote con dos realidades de la práctica teatral, dos momentos en los que el caballero de la Triste Figura se las tiene que ver con otras figuras teatrales. Obvio es decir que los dos episodios ponen en primer plano el conflicto de la realidad y la apariencia (o ficción); y el segundo, además, introduce el teatro dentro de la narración.
Además, ambos episodios incluyen elementos de burla y/o están enmarcados por alguna burla, como he tratado de mostrar en las entradas anteriores. En fin, no deja de ser significativo que los dos episodios guarden relación con el encantamiento de Dulcinea: en efecto, el primero se produce tras el encuentro de don Quijote y Sancho con la aldeana del Toboso (momento en el que se gesta el encantamiento de la dama), en tanto que el segundo sucede tras el descenso a la cueva de Montesinos (en el que don Quijote contemplará a Dulcinea encantada)[1].
La acción violenta de don Quijote arremetiendo contras los títeres es calificada por maese Pedro como «la furia mal considerada deste señor caballero» (p. 852)[1], el caballero de la Triste Figura que ha desfigurado las suyas; y poco más adelante habla también de «la fuerza invencible dese poderoso brazo» (p. 852). Para el caballero, todo ha sido consecuencia de una alteración de su cólera («se me alteró la cólera», p. 852) debida a los cambios provocados por los encantadores («estos encantadores que me persiguen», p. 852), que le hacen ver una realidad distinta de la que es. Una vez más recurre a la consabida explicación de los encantadores enemigos, que lo confunden tratando de robarle la fama de sus hazañas.
Finalmente, don Quijote se ofrece a pagar los desperfectos (el dinero será necesario para reparar el desaguisado, como sucedió también en I, 37 tras la batalla con los cueros de vino), en tanto que Sancho Panza y el ventero serán los intermediarios entre ambos y calcularán la indemnización debida. Sigue, en efecto, la tasación de los destrozos: son cuarenta reales y tres cuartillos, más dos reales por el trabajo de volver a tomar al mono, que ha escapado asustado. Todavía asistiremos a una leve reincidencia de don Quijote en la ficción caballeresca cuando maese Pedro le presenta a Melisendra desnarigada (él cree que la dama ya está a salvo en París gracias a su intervención), en tanto que el narrador subraya que maese Pedro «vio que don Quijote izquierdeaba y que volvía a su primer tema» (p. 854). Y termina el episodio con un «En resolución, la borrasca del retablo se acabó y todos cenaron en paz y en buena compañía, a costa de don Quijote, que era liberal en todo estremo» (p. 854).
Rodríguez Cuadros ha comentado que este episodio es «un constante frotamiento dialéctico de la realidad y la ficción (y de la práctica teatral y su teoría)», en el que existe
un espectador que, concernido por esa misma dialéctica, pasa de observador a agente de la acción. Porque, de repente, la historia atañe de nuevo a don Quijote. Desea elevar las figuras desde su condición guiñolesca al estatuto de ethos literario y artístico que empele a la acción[2].
Por su parte, Emma Nishida señala que «El ataque repentino e insensato de don Quijote contra los títeres es el fruto de haber vivido en el mundo caballeresco y buena muestra de su enloquecimiento»[3]. Pero lo que sucede en realidad es que don Quijote debe reaccionar, pues está en juego su propia existencia como caballero andante, su propia historicidad: en este episodio ha tomado como real lo referido en el retablo, igual que ha tomado como reales las cosas contadas en las novelas de caballerías. Las acciones de la materia épica carolingia las ha trasladado a este nuevo mundo. En esta ocasión no hay burlas asociadas al episodio (más allá de las supuestas adivinaciones del mono), pero sí un tratamiento completamente burlesco de la historia de don Gaiferos y Melisendra (los coscorrones que parece que Carlomagno le quiere dar con su cetro a don Gaiferos; el hecho de quedar enganchado el faldellín de la dama en unos hierros al descender por la muralla de Sansueña; la aplicación de unos versos de una jácara quevedesca, «con chilladores delante / y envaramiento detrás», al castigo que impone el rey Marsilio al atrevido moro que ha besado a Melisendra…). Además, la representación del retablo en la venta es un intermedio en la aventura del rebuzno, que se plantea al comienzo del capítulo II, 25 («… y ha llegado a tanto la desgracia desta burla, que muchas veces con mano armada y formado escuadrón han salido contra los burladores los burlados a darse la batalla, sin poderlo remediar rey ni roque, ni temor ni vergüenza», p. 839, le explica a don Quijote el hombre que conduce las armas para la batalla que se prepara entre los pueblos rivales) y cuyo desenlace no se nos cuenta hasta el II, 27 (con la malhadada idea de Sancho de rebuznar en presencia de los afrentados por la burla de los rebuznos…).
Por otra parte, hay dos detalles que resultan bien significativos en el episodio sobre los que quisiera llamar la atención: la aceptación en esta ocasión por don Quijote del pago por los destrozos, ya comentada, y el hecho de que el caballero sienta hambre («… y acabe presto maese Pedro, que se hace hora de cenar, y yo tengo ciertos barruntos de hambre», p. 853). Dineros y hambre, dos elementos que nos muestran claramente que don Quijote ya no es el que era… El próximo paso por el palacio ducal —con nuevos episodios marcados por distintas formas de burla, teatralidad y violencia— lo aproximará definitivamente a su final.
En fin, el «Buena noche se nos apareja» (p. 840) del ventero al comienzo del episodio habría de resultar, a la postre, un vaticinio verdadero, si bien de signo contrario a lo que él esperaba. Y, como sucediera con los destrozos de los cueros de vino, el dinero saldrá de nuevo a relucir para arreglar los desastres provocados por la locura de don Quijote. También aquí, ya lo hemos visto, se pagan los desperfectos ocasionados. Por último, cabría recordar que este episodio puede ser interpretado —así lo ha hecho la crítica— como un ajuste de cuentas de don Quijote con el galeote Ginés de Pasamonte. En efecto, si en el capítulo 22 de la Primera parte los galeotes, capitaneados por Ginés, dejaban molido a don Quijote con sus peladillas de arroyo lanzadas con certera puntería, aquí la espada de don Quijote deja «hechas pedazos y desmenuzadas» todas las jarcias y figuras de maese Pedro (y a punto está de costarle la vida, como se cuenta en las pp. 850-851 y se reitera en las pp. 856-857)[4].
[1] Todas las citas del Quijote son por la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico (Barcelona, Instituto Cervantes / Crítica, 1998).
[2] Evangelina Rodríguez Cuadros, «Don Quijote y sus figuras: de la imitación al retablo de maese Pedro», Philologia Hispalensis, 18.2, 2004, pp. 182-183.
[3] Emma Nishida, «Aproximación al episodio del retablo de maese Pedro (Quijote, II, 26) a través del romancero», en Carlos Mata Induráin y Miguel Zugasti Zugasti (eds.), Actas del Congreso «El Siglo de Oro en el Nuevo Milenio», Pamplona, Eunsa, 2005, vol. 2, p. 1270.
En la primera parte del episodio no encontramos signos de violencia, ni siquiera verbal. Todo lo más, podemos advertir la prevención de don Quijote contra maese Pedro y su mono adivino como cosa asimilable a la brujería, al pacto con el demonio, es decir, algo susceptible, por tanto, de ser perseguido por la Inquisición. Pero el episodio terminará con el iracundo estallido del caballero. Como en otras ocasiones a lo largo de la novela, es al pulsarse la tecla de la caballería cuando prende la chispa que enciende la locura —o más bien monomanía— del ingenioso hidalgo. Este es el momento en que explota la furia de don Quijote (cito el pasaje por extenso):
Y el muchacho dijo:
—Miren cuánta y cuán lucida caballería sale de la ciudad en siguimiento de los dos católicos amantes, cuántas trompetas que suenan, cuántas dulzainas que tocan y cuántos atabales y atambores que retumban. Témome que los han de alcanzar y los han de volver atados a la cola de su mismo caballo, que sería un horrendo espetáculo.
Viendo y oyendo, pues, tanta morisma y tanto estruendo don Quijote, parecióle ser bien dar ayuda a los que huían, y levantándose en pie, en voz alta dijo:
—No consentiré yo que en mis días y en mi presencia se le haga superchería a tan famoso caballero y a tan atrevido enamorado como don Gaiferos. ¡Deteneos, mal nacida canalla, no le sigáis ni persigáis; si no, conmigo sois en la batalla!
Y, diciendo y haciendo, desenvainó la espada y de un brinco se puso junto al retablo, y con acelerada y nunca vista furia comenzó a llover cuchilladas sobre la titerera morisma, derribando a unos, descabezando a otros, estropeando a este, destrozando a aquel, y, entre otros muchos, tiró un altibajo tal, que si maese Pedro no se abaja, se encoge y agazapa, le cercenara la cabeza con más facilidad que si fuera hecha de masa de mazapán. Daba voces maese Pedro, diciendo:
—Deténgase vuesa merced, señor don Quijote, y advierta que estos que derriba, destroza y mata no son verdaderos moros, sino unas figurillas de pasta. Mire, ¡pecador de mí!, que me destruye y echa a perder toda mi hacienda.
Mas no por esto dejaba de menudear don Quijote cuchilladas, mandobles, tajos y reveses como llovidos. Finalmente, en menos de dos credos, dio con todo el retablo en el suelo, hechas pedazos y desmenuzadas todas sus jarcias y figuras, el rey Marsilio malherido, y el emperador Carlomagno, partida la corona y la cabeza en dos partes. Alborotóse el senado de los oyentes, huyóse el mono por los tejados de la venta, temió el primo, acobardóse el paje, y hasta el mesmo Sancho Panza tuvo pavor grandísimo, porque, como él juró después de pasada la borrasca, jamás había visto a su señor con tan desatinada cólera. Hecho, pues, el general destrozo del retablo, sosegóse un poco don Quijote y dijo:
—Quisiera yo tener aquí delante en este punto todos aquellos que no creen ni quieren creer de cuánto provecho sean en el mundo los caballeros andantes. Miren, si no me hallara yo aquí presente, qué fuera del buen don Gaiferos y de la hermosa Melisendra: a buen seguro que esta fuera ya la hora que los hubieran alcanzado estos canes y les hubieran hecho algún desaguisado. En resolución, ¡viva la andante caballería sobre cuantas cosas hoy viven en la tierra! (pp. 850-851)[1].
Recapitulemos: don Quijote ataca el retablo y da un tajo que casi alcanza a maese Pedro con fatales consecuencias; Sancho «jamás había visto a su señor con tan desatinada cólera» (p. 851), detalle que me parece significativo: en su furia, don Quijote está a punto de matar al titerero (si bien no será hasta el capítulo II, 27 cuando se aclare al lector quién es realmente, como refleja el título: «Donde se da cuenta de quiénes eran maese Pedro y su mono…»). Según explica el antes citado Romero Muñoz,
El peligro de los esposos, “exagerado”, con extraordinaria habilidad, por el despabilado muchacho, ha hecho desaparecer el distanciamiento e inducido al hidalgo a una adhesión sin reservas a lo que se está desarrollando ante sus ojos. Adhesión tan imprudentemente ingenua, total, que… le hace olvidar lo que sin duda sabe: que Gaiferos llegará sano y salvo a París, con su Melisendra. Pero la identificación imprudente durará, como sabemos, sólo un momento, y don Quijote no tardará en restituirse a su ya casi habitual cordura[2].
Por su parte, Sun-Me Yoon ha escrito:
Analizando el estado anímico de don Quijote y sus actitudes como receptor de la representación, se puede concluir que no se produce en don Quijote ninguna confusión entre realidad y ficción como se aparenta. Don Quijote se niega desde el primer instante a asumir el pacto ficcional y se mantiene alejado y objetivo[3].
En efecto, en este episodio, don Quijote no sucumbe a la ilusión teatral, sino al texto dramático, a la voz del trujamán. Recordemos que está inseguro desde la salida de la cueva de Montesinos, verdadero descenso a los infiernos de su alma. Y si en la Primera parte él era dueño y creador de sus aventuras, cuando su locura transformaba la realidad, ahora en la Segunda los planos de la realidad y la ficción se intercambian y superponen fuera de su control: ahora son otros personajes los que tratan de adaptar la realidad a su fantasía caballeresca a través de creaciones artificiosas (ejemplo señero es el de los Duques, con todas las invenciones que urden en su palacio para reírse a costa de un loco y un ingenuo, pero no son los únicos…). Maese Pedro tiene capacidad creativa y también conocimiento de la locura de don Quijote, y esos rasgos coinciden con los de otros personajes que también fabricarán aventuras que se amolden a su fantasía caballeresca, como ha indicado Yoon:
Dicho de otro modo, la esencia teatral del retablo y la intromisión de don Quijote como un personaje más de la historia representada son una prefiguración de situaciones futuras, en las que don Quijote se convertirá en actor involuntario de aventuras montadas adrede, y por ende, en espectáculo para un público que lo contempla, como son los duques[4].
[1] Todas las citas del Quijote son por la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico (Barcelona, Instituto Cervantes / Crítica, 1998).
[2] Carlos Romero Muñoz, «Nueva lectura de El retablo de Maese Pedro», en Actas del I Coloquio Internacional de la Asociación de Cervantistas, Barcelona, Anthropos, 1990, p. 127.
[3] Sun-Me Yoon, «La aventura del retablo de maese Pedro», en Chul Park (coord.), Actas del XI Coloquio Internacional de la Asociación de Cervantistas, Seúl, 17-20 de noviembre de 2004, Seúl, Universidad Hankuk de Estudios Extranjeros, 2005, p. 421.
Será en el capítulo II, 26 donde se nos muestre este nuevo retablo de las maravillas («pendientes estaban todos los que el retablo miraban de la boca del declarador de sus maravillas», leemos en la p. 846[1]). Así, el trujamán irá relatando la historia de Melisendra al tiempo que va señalando las acciones de los muñecos.
1) Don Quijote interrumpe al niño-trujamán («Niño, niño —dijo con voz alta a esta sazón don Quijote—, seguid vuestra historia línea recta, y no os metáis en las curvas o transversales; que, para sacar una verdad en limpio, menester son muchas pruebas y repruebas», p. 848), y maese Pedro certifica lo dicho por aquel («Muchacho, no te metas en dibujos, sino haz lo que ese señor te manda, que será lo más acertado; sigue tu canto llano, y no te metas en contrapuntos, que se suelen quebrar de sotiles», p. 848)[2].
2) Una segunda interrupción de la historia, relacionada igualmente con el estilo, se debe a maese Pedro: «Llaneza, muchacho; no te encumbres, que toda afectación es mala» (p. 849).
3) La tercera interrupción, segunda de don Quijote, tiene que ver con el carácter inverosímil del hecho de que suenen campanas en las mezquitas de Sansueña, lo que da paso a una interesante digresión de maese Pedro sobre los disparates de las comedias contemporáneas (dardo envenenado contra Lope de Vega, cuyo nombre, como en otras ocasiones, no se menciona explícitamente). Sea como sea, las palabras de maese Pedro indicando: «como yo llene mi talego, siquiera represente más impropiedades que tiene átomos el sol» (p. 850), vienen a ser un reconocimiento explícito de que su trabajo es también «mercadería vendible». Este es el pasaje en cuestión:
—No mire vuesa merced en niñerías, señor don Quijote, ni quiera llevar las cosas tan por el cabo, que no se le halle. ¿No se representan por ahí casi de ordinario mil comedias llenas de mil impropiedades y disparates, y, con todo eso, corren felicísimamente su carrera y se escuchan no solo con aplauso, sino con admiración y todo? Prosigue, muchacho, y deja decir, que como yo llene mi talego, siquiera represente más impropiedades que tiene átomos el sol.
—Así es la verdad —replicó don Quijote (p. 850).
Para Carlos Romero Muñoz, todo el retablo de maese Pedro «es en realidad una suma de disparates, de atentados contra la verdad, histórica y hasta poética»[3].
4) La cuarta interrupción del retablo es ya de acción, no de palabra, cuando la locura caballeresca de don Quijote le lleva a querer ayudar a la pareja de personajes cristianos, Melisendra y su esposo don Gaiferos, que huyen de sus perseguidores moros («Viendo y oyendo…», «diciendo y haciendo…», p. 850)[4].
[1] Todas las citas del Quijote son por la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico (Barcelona, Instituto Cervantes / Crítica, 1998).
[2] De acuerdo con Carlos Romero Muñoz, «La verdad inestable, la problematicidad de la realidad, el “engaño a los ojos” siempre en acecho… Todo está presente en estas líneas» («Nueva lectura de El retablo de Maese Pedro», en Actas del I Coloquio Internacional de la Asociación de Cervantistas, Barcelona, Anthropos, 1990, p. 127).
[3] Romero Muñoz, «Nueva lectura de El retablo de Maese Pedro», p. 123.