«Doña Urraca de Castilla» de Navarro Villoslada: fuentes históricas

HistoriaCompostelana.jpgEn cuanto a la documentación empleada por el autor, la principal fuente de información histórica la encontró Francisco Navarro Villoslada[1] en la Historia Compostelana, un Registro de los hechos de Diego Gelmírez redactado en vida del obispo por tres canónigos de la catedral de Santiago, que fue editada a principios del siglo XVIII por el Padre Flórez[2]. Las fuentes mencionadas por Navarro Villoslada en las notas, aparte la Historia Compostelana y la historia anónima del monje de Sahagún, contemporánea de la anterior, son Mariana (Historia de España), Sandoval (Descendencia de la Casa de Castro y Crónica del Emperador Alfonso VII), Salazar y Castro, la Historia genealógica de la casa de Lara, el infante don Pedro de Portugal (Libro de Genealogías); y en el apéndice: la Historia de Santo Domingo de la Calzada, Abrahán de la Rioja, de José González de Tejada, la Historia literaria de la Edad Media, de Eustaquio Fernández Navarrete, y el Centón epistolario, del bachiller Fernán Gómez de Cibdarreal.

También señala en la novela que la mejor fuente para empaparse del espíritu de la época son los romances y los libros de caballerías. De la misma forma, la parte novelesca responde a las tradiciones existentes sobre el incendio del castillo de Altamira. En resumidas cuentas, el novelista utilizó las principales fuentes que le brindaba la historiografía de su época, pero sin desdeñar tampoco el aporte de los documentos literarios y las leyendas de la tradición[3].


[1] Para el autor, remito a mi libro Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995, donde recojo una extensa bibliografía. Y para su contexto literario ver Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Ver Enrique Flórez, España Sagrada, tomo XIX, Contiene el estado antiguo de la Iglesia Iriense y Compostelana, hasta su primer Arzobispo, Madrid, Antonio Marín, 1765; y España Sagrada, tomo XX, Historia Compostelana, Madrid, Imprenta de la viuda de Eliseo Sánchez, 1765. Remito también a Antonio López Ferreiro, Historia de la Santa A. M. Iglesia de Santiago, vol. III, Santiago, Imprenta y Enc. del Seminario Conciliar Central, 1900; y Manuel Murguía, Don Diego Gelmírez, La Coruña, Imprenta y Librería de Carré, 1898.

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Navarro Villoslada, Doña Urraca de Castilla y la novela histórica romántica», estudio preliminar a Doña Urraca de Castilla: memorias de tres canónigos, ed. facsímil de la de Madrid, Librería de Gaspar y Roig Editores, 1849, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones Artesanales Luis Artica Asurmendi, 2001, pp. I-XXV.

«Doña Urraca de Castilla» de Navarro Villoslada: la reconstrucción arqueológica

La reconstrucción «arqueológica» de la época novelada es muy lograda, porque el autor, Francisco Navarro Villoslada[1], presta mucha atención a la descripción de vestidos, armas, edificios y mobiliario. Cuando la reina visita a Ramiro en su prisión, se nos indica que aparece «en cabellos, sin tocas y sin manto, con una simple túnica blanca de manga larga y recogida en pliegues a la cintura por un ceñidor de hilos de oro». Don Ataúlfo aparece el día de su boda «ricamente vestido de túnica y manto de escarlata recamada de oro con bárbara profusión, si no con gusto delicado»; y su caballo lleva una «gualdrapa de seda recamada de oro». Con detalle se describe asimismo el traje del Conde de Lara:

El vestido, tan airoso como rico, componíase de una túnica de lana blanca con orlas de oro, bajo las cuales se descubrían los elegantes pies calzados de borceguíes puntiagudos, y las espuelas de oro que sonaban a cada paso. En una de sus blancas y femeniles manos, adornada de anillos, tenía un birrete negro con cintillos que, colocado en la cabeza, apenas le llegaría a la frente. Un tahalí rojo, del cual pendía la espada, marcaba el delicado talle de tan apuesto galán.

Más tarde la reina se refiere a su costumbre de vestir al estilo oriental y de bañarse como los infieles, y anota el autor: «Al paso que algunos monarcas y principales caballeros de aquel tiempo vestían públicamente trajes musulmanes, estaban prohibidos los baños». La misma minuciosidad se observa en la descripción del pobre traje de mendigo que viste Pelayo. Cuando el narrador describe el arnés del Conde de Lara explica que «comenzábanse a ver entonces completas armaduras de hojas de hierro que reemplazaban a las de malla». El detallismo del narrador aparece de nuevo en la descripción de las armas de sus soldados:

Entró en la ciudad el Conde de Lara armado de punta en blanco, caballero en un hermoso corcel normando y rodeado de escuderos y pajes, que deslumbraban por el lujo de sus arreos y por las brillantes armaduras que ostentaban. Cotas de hierro bruñido o de escamas y de malla con golpes de plata, garzotas y penachos de todos colores, blancas sobrevestas con franjas doradas, gualdrapas de pesada sedería y paramentos de hierro empavonado con labores y filetes de oro, escudos con las calderas jaqueladas, con serpientes por asas, capacetes brillantes y celadas enteras, lanzas con pendoncillos, formaban un conjunto magnífico, que contrastaba notablemente con el modesto acompañamiento que trajo el Conde de los Notarios cuando algunas horas antes llegó con el mismo objeto de libertar a la Reina.

Caballero medieval

Igualmente se reflejan en la novela algunas instituciones y leyes de la época, las comidas, los usos y costumbres, etc., que transmiten una imagen de la rudeza, la incultura y la crueldad generalizadas en aquel tiempo. Sobre la parte histórica de la novela y la reconstrucción de aquella sociedad medieval ha escrito Zellers:

Navarro Villoslada recita historia verídica. […] Pocos autores de la época moderna se han compenetrado con la Edad Media con mano tan hábil como Navarro Villoslada. Lo abarca todo, costumbres, clérigos, cortesanos, villanos, y los resucita de una manera que hace creer que nos hemos remontado al siglo xii. Además, es sumamente justo con todos estos tipos y enlaza sus acciones con el hilo del cuento de una manera que recuerda el admirable procedimiento de Scott[2].


[1] Para más detalles remito a mi libro Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995, donde recojo una extensa bibliografía. Y para su contexto literario ver Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Guillermo Zellers, La novela histórica romántica en España (1828-1850), Nueva York, Instituto de las Españas, 1938, p. 123. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Navarro Villoslada, Doña Urraca de Castilla y la novela histórica romántica», estudio preliminar a Doña Urraca de Castilla: memorias de tres canónigos, ed. facsímil de la de Madrid, Librería de Gaspar y Roig Editores, 1849, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones Artesanales Luis Artica Asurmendi, 2001, pp. I-XXV.

El fondo histórico de «Doña Urraca de Castilla» de Navarro Villoslada

Abundan en la novela de Francisco Navarro Villoslada[1] los datos históricos que, en su conjunto, nos proporcionan una idea muy completa y acertada de la época en que sucede la acción. El autor no especifica el año concreto en que esta ocurre, pero por distintas indicaciones que va dando podemos deducir que se trata del año 1115 o 1116. Doña Urraca describe con notable exactitud la situación histórica del reino de Galicia —dividido en bandos enfrentados— tras la muerte del rey Alfonso VI; y, dentro de ese contexto general, la formación de una hermandad por parte de los burgueses de Santiago contra su obispo, don Diego Gelmírez[2].

Alfonso I de Aragón, el BatalladorAcierta el novelista al situar la acción durante el borrascoso reinado de doña Urraca (1109-1126), el cual, a juicio de los historiadores, constituye una de las épocas más turbulentas de toda la historia del reino de Castilla y León. Refleja acertadamente la división de Galicia en tres bandos: los partidarios de la reina; los de su esposo, el rey de Aragón y Navarra, Alfonso el Batallador; y los del príncipe Alfonso Raimúndez, hijo de doña Urraca y su primer marido, el conde Raimundo de Borgoña. Las primeras alusiones a los bandos aparecen ya en la conversación mantenida en el primer capítulo entre don Arias y el paje Ramiro. De esta forma nos enteramos de que el joven príncipe Alfonso Raimúndez es apoyado por el obispo de Santiago, Gelmírez, y por el conde don Pedro de Trava (así fue en realidad: ambos deseaban su entronización porque, tratándose de un rey niño, ellos disfrutarían de la regencia durante su minoría de edad). El Batallador, por su parte, contó con el apoyo de la ciudad de Lugo, que veía con recelo el rápido ascenso de su rival, Santiago. Los valedores de la reina fueron, en fin, el conde don Pedro de Lara y don Gutierre Fernández de Castro (y además, en el plano novelesco, don Ataúlfo de Moscoso); sin embargo, aunque tres coronas ceñían su frente (las de Castilla, León y Galicia), doña Urraca tuvo muy poco poder efectivo.

El príncipe don Alfonso, alejado por su madre de Galicia para que no entrase en contacto con sus partidarios, envió desde Extremadura una carta a Gelmírez en la que recordaba al prelado que a él le correspondía el reino, según una cláusula testamentaria de su abuelo Alfonso VI, y le pedía que lo coronase. En efecto, esa disposición obligaba a su hija doña Urraca a entregar el reino de Galicia a su hijo en el momento en que contrajese segundas nupcias; como la reina se había casado con el Batallador, el reino pertenecía de iure a Alfonso Raimúndez. La novela da rendida cuenta de toda esta situación. Es en el libro primero donde se produce una concentración de todos los datos históricos necesarios para ayudar al lector a entender el trasfondo de la acción; una vez logrado este objetivo, los otros tres libros desarrollarán la trama novelesca, eso sí, siempre sobre el fondo histórico ya esbozado con detalle anteriormente.

Por lo que toca a la formación de la hermandad contra el obispo Gelmírez, conviene recordar antes de nada que Compostela era una ciudad única en la España medieval, gracias al auge que conoció por el Camino de Santiago; en palabras de Sánchez Albornoz, se trataba de «la única ciudad del reino leonés puramente mercantil y clerical»[3]; pero estaba enclavada en el riñón de una Galicia señorial. En este sentido, el obispo de Santiago no solo era el máximo representante eclesiástico, sino también un poderoso señor «feudal»: tenía vasallos, ejercía autoridad sobre media Galicia, podía batir moneda propia, estaba exento del servicio de guerra y corte que se debía al rey y poseía riquezas sin cuento (se acuñó entonces la frase «Episcopus Sancti Jacobi, baculus et ballista», para expresar la unión del poder temporal y espiritual en su persona). Por todo ello, los intereses de don Diego Gelmírez colisionaban con las pretensiones de los burgueses de la ciudad, que querían autogobernarse (deseaban un régimen de autonomía municipal basado en los gremios y el concejo).

Por tanto, Gelmírez fue considerado por los compostelanos como un enemigo de sus libertades burguesas, y en los años 1116 y 1117 se produjeron dos rebeliones urbanas; los conjurados formaron una hermandad contra el obispo, de la que nombraron «abadesa» o cabeza a la reina doña Urraca, enfrentada con Gelmírez por ser este uno de los principales apoyos de su hijo Alfonso. El pueblo la eligió pensando que con su ayuda podría sacudirse a su vez el poder señorial del prelado; pero más tarde, al ver que la reina contemporizaba y pactaba con Gelmírez, se volvió contra ella: en la primavera de 1117 los habitantes de Santiago prenden fuego a la catedral y Gelmírez y doña Urraca tienen que refugiarse en la torre de las Campanas o de las Señales, que es incendiada también. El obispo pudo escapar encubierto con la capa de un pobre, pero la reina fue alcanzada por una pedrada y quedó tumbada, con los vestidos revueltos, en medio de un lodazal. Una vez fuera de la ciudad, doña Urraca no perdonó tan grave ofensa, y sus tropas aplastaron con dureza la rebelión. Estos últimos sucesos de 1117 no se refieren en la novela.

Navarro Villoslada presenta en primer plano a algunos personajes históricos importantes: la reina doña Urraca, Diego Gelmírez, el Conde de Lara, Gutierre Fernández de Castro; hay otros personajes históricos aludidos, que no intervienen directamente en la acción novelesca, como el príncipe don Alfonso o el rey Alfonso el Batallador. Se modifica un tanto el carácter de Diego Gelmírez, al que presenta únicamente como pacífico prelado (es decir, sin su faceta histórica de señor «feudal»). En cuanto a doña Urraca, el autor mantiene su fama de liviana que se le atribuye tradicionalmente (por sus amoríos con los condes de Candespina y de Lara)[4].


[1] Para el autor, remito a mi libro Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995, donde recojo una extensa bibliografía. Y para su contexto literario ver Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Ver José Barreiro Somoza, «La violencia antiseñorial de los burgueses compostelanos: reacción frente a la política de Gelmírez de control de las instituciones urbanas», en El señorío de la iglesia de Santiago de Compostela (siglos ix- xiii), La Coruña, Ed. de la Diputación Provincial, 1987, pp. 273-301; y María Carmen Pallares Méndez y Ermelindo Portela Silva, «Las revueltas compostelanas del siglo xii: un episodio en el nacimiento de la sociedad feudal», en Ramón Villares Paz (ed.), La ciudad y el mundo urbano en la historia de Galicia, Santiago, Facultad de Xeografía e Historia / Tórculo Edicións, 1988, pp. 89-99.

[3] Claudio Sánchez Albornoz, «Compostela», en Estudios sobre Galicia en la temprana Edad Media, La Coruña, Fundación Barrié de la Maza, 1981, p. 417.

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Navarro Villoslada, Doña Urraca de Castilla y la novela histórica romántica», estudio preliminar a Doña Urraca de Castilla: memorias de tres canónigos, ed. facsímil de la de Madrid, Librería de Gaspar y Roig Editores, 1849, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones Artesanales Luis Artica Asurmendi, 2001, pp. I-XXV.

Argumento de «Doña Urraca de Castilla» de Navarro Villoslada

La reina Urraca I de LeónLa acción de Doña Urraca de Castilla de Francisco Navarro Villoslada[1] se sitúa en el reino de Galicia, hacia el año 1116. El territorio está dividido en tres bandos: el de la reina doña Urraca de Castilla y de León, el de su marido Alfonso el Batallador, rey de Aragón y de Navarra, y el de Alfonso Raimúndez, hijo de doña Urraca y de su primer esposo, el conde Raimundo de Borgoña. Según una cláusula del testamento de Alfonso VI, el reino correspondería a su nieto, el joven Alfonso, si su madre contrajese segundas nupcias, cosa que ya ha acontecido. Don Alfonso Raimúndez, el legítimo heredero, intenta hacer valer su derecho al trono, y su reivindicación es apoyada por el obispo de Santiago, don Diego Gelmírez, y por el conde don Pedro de Trava.

Este es el fondo histórico de la novela, sobre el que se acumulan los elementos novelescos: Ramiro, un pajecillo del obispo, había sido enviado con un mensaje a Extremadura, a la Corte de don Alfonso Raimúndez; allí conoció a una bella dama, doña Elvira de Trava, por la que siente un cariño especial. Creyéndose enamorado, y viendo crecer en su pecho la ambición, pide al obispo, a su regreso a Santiago, que le arme caballero tal como le había prometido, pero Gelmírez se niega; hay para ello una razón de peso: la supuesta madre de Ramiro le ha confesado antes de morir que el paje no es su verdadero hijo (lo encontró recién nacido en un bosque y lo sustituyó por su hijo, muerto a la sazón). Ramiro es apresado por los partidarios de la reina y conducido a su presencia; al ver al paje, nace en doña Urraca un sentimiento amoroso; pero no se trata esta vez de un nuevo devaneo de la soberana (que tiene fama de liviana, ya que se le conocen al menos dos amantes, el Conde de Candespina y don Pedro de Lara); más bien al contrario: doña Urraca desea ahora volver a comportarse como mujer honrada; y es que Ramiro le recuerda mucho a don Bermudo de Moscoso, un rico-hombre del que, siendo todavía princesa, estuvo enamorada con una pasión pura, y al que se cree muerto desde hace veinte años. Este don Bermudo había rechazado el amor de la reina porque estaba casado en secreto con doña Elvira de Trava —la dama recientemente conocida por Ramiro—, y ellos dos son los verdaderos padres del joven.

Además, don Bermudo vive, encerrado por su hermano Ataúlfo, apodado el Terrible, en un calabozo del castillo de Altamira. Doña Elvira, por obedecer a su hermano, el poderoso don Pedro de Trava, está a punto de casarse con don Ataúlfo, que la ama desesperadamente, pero se entera a tiempo de que su primer marido está vivo y logra providencialmente que el matrimonio no se consume. Las tropas de la reina y del obispo asaltan el castillo de Altamira, muere Ataúlfo, Bermudo es liberado, recobra sus estados y se reúne con su esposa y su hijo Ramiro (que se llama, en realidad, Gonzalo). Al mismo tiempo, el príncipe don Alfonso es coronado rey de Galicia[2].


[1] Para el autor, remito a mi libro Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995, donde recojo una extensa bibliografía. Y para su contexto literario ver Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Navarro Villoslada, Doña Urraca de Castilla y la novela histórica romántica», estudio preliminar a Doña Urraca de Castilla: memorias de tres canónigos, ed. facsímil de la de Madrid, Librería de Gaspar y Roig Editores, 1849, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones Artesanales Luis Artica Asurmendi, 2001, pp. I-XXV.

«Doña Urraca de Castilla» (1849) de Navarro Villoslada: génesis de la obra

En 1849, los madrileños editores Gaspar y Roig publicaban la primera edición de Doña Urraca de Castilla. Memorias de tres canónigos, novela histórica original de Francisco Navarro Villoslada[1]. En esta y en sucesivas entradas me propongo repasar brevemente los aspectos más destacados de la obra (su génesis, sus personajes, la relación entre historia y ficción, las técnicas narrativas, etc.)[2].

Entre mayo y diciembre de 1847, Navarro Villoslada publicó en El Siglo Pintoresco una novela corta titulada El caballero sin nombre que contiene en germen los principales sucesos novelescos de Doña Urraca de Castilla: la historia giraba en torno a la identidad de un joven, al que alude el título, que busca a su padre, desaparecido varios años antes, y al que finalmente encuentra encerrado en el castillo de Altamira por su propio hermano. Más tarde el escritor amplió esa historia trasladando al mismo tiempo la acción del reinado de Alfonso VI al de doña Urraca de Castilla; esto le permitió aprovechar novelescamente algunos sucesos de esa conflictiva etapa de la historia castellano-leonesa (división del reino de Galicia en bandos, formación de una hermandad de burgueses contra el obispo Gelmírez, etc.), pero conservando el recurso folletinesco consistente en presentar a una persona que se cree de baja condición social y que finalmente resulta ser de origen noble.

Por otra parte, la novela ampliada, Doña Urraca de Castilla, comenzó a publicarse en el folletín de La España de febrero a marzo de 1849, aunque se interrumpió para dejar paso a dos novelas francesas. Más tarde volvió a recuperarse la obra, empezando de nuevo desde el principio (julio a septiembre del mismo año). Al mismo tiempo, se publicó la edición en forma de libro (Madrid, Gaspar y Roig, 1849; la dedicatoria del autor a sus tíos lleva fecha de 30 de diciembre de 1848). Cuando todavía se estaba imprimiendo la novela, apareció en el Semanario Pintoresco Español un resumen muy breve de la misma, en tres capítulos, los días 7, 14 y 21 de enero de 1849, con el título El amor de una reina. La primera entrega iba acompañada de esta ilustrativa nota:

El reinado de doña Urraca de Castilla y de León es uno de los más oscuros y embrollados de nuestra historia. Tenemos sin embargo acerca de él un libro de los que suelen, más que en ninguna nación, escasear en la nuestra: unas memorias contemporáneas. Ocultas, y de muy pocos conocidas por espacio de más de seiscientos años, hasta que aparecieron impresas a finales del pasado siglo, merced a la laboriosidad del P. M. Flórez, han sido posteriormente no muy leídas por la repugnancia que inspira una historia abultada y escrita en un latín semibárbaro y en muchos pasajes ininteligible.

Sobre ella hemos escrito una novela intitulada Doña Urraca de Castilla. Memorias de tres canónigos que van a publicar con grabados los Sres. Gaspar y Roig. A ruegos del director de este periódico resumiremos en tres o cuatro capítulos la fábula de esta novela, desnudándola de mil episodios, que si no hacen la obra interesante, la harán por lo menos voluminosa.

Así pues, al igual que hiciera con Doña Blanca de Navarra, nuestro escritor supo aprovechar al máximo su nuevo escrito novelesco, incluyendo distintas versiones en los diarios en los que trabajaba, en tanto que lo daba a la estampa en volumen.

Doña Urraca de Castilla, de Navaro VillosladaLa segunda novela de Navarro Villoslada obtuvo bastante éxito y fue traducida al portugués, aunque no alcanzó tantas ediciones como Doña Blanca de Navarra. Si en su primera obra se acercaba el novelista a unos temas que podían resultarle conocidos e interesantes por su lugar de nacimiento, en Doña Urraca de Castilla aborda una historia de la Galicia medieval. Hemos de recordar que el novelista estuvo de 1829 a 1836 estudiando en Santiago de Compostela y, de hecho, se conservan unos apuntes de un «Viaje a Altamira» que, sin duda, le sirvió para situar en aquel castillo la historia de El caballero sin nombre; pero además de las leyendas existentes en torno a las ruinas de Altamira, se inspiró en una crónica, la Historia Compostelana, redactada en tiempos del obispo Gelmírez (pudo quizá ver también algunos documentos sobre aquella época en el archivo de la catedral, pues los dos tíos con los que vivía —y a los que dedica la novela— eran allí canónigos).

En cualquier caso, la novela fue redactada años después de su marcha de Galicia, entre 1846 y 1849, es decir, cuando se encontraba viajando continuamente entre Madrid (donde le llamaban sus distintas ocupaciones) y Vitoria (donde vivía su esposa, ya enferma). La obra presenta algunos puntos de contacto con Doña Blanca de Navarra: elección de un momento histórico de crisis, con divisiones internas y luchas entre varios bandos; empleo de recursos folletinescos (el supuesto plebeyo que resulta de alta cuna); y, al mismo tiempo, una profunda y cuidada documentación histórica para la reconstrucción arqueológica de la época[3].


[1] La misma casa editorial había dado a las prensas dos años antes otra novela histórica del escritor navarro, Doña Blanca de Navarra.

[2] Para el autor, remito a mi libro Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995, donde recojo una extensa bibliografía. Y para su contexto literario ver Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Navarro Villoslada, Doña Urraca de Castilla y la novela histórica romántica», estudio preliminar a Doña Urraca de Castilla: memorias de tres canónigos, ed. facsímil de la de Madrid, Librería de Gaspar y Roig Editores, 1849, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones Artesanales Luis Artica Asurmendi, 2001, pp. I-XXV.

Producción literaria de Navarro Villoslada (1)

En el terreno de la literatura, Francisco Navarro Villoslada[1] es conocido fundamentalmente como novelista histórico, autor de Doña Blanca de Navarra (1847), Doña Urraca de Castilla (1849) y Amaya o Los vascos en el siglo VIII (1879). Las tres novelas se ambientan en momentos conflictivos de la historia: en la primera, como luego veremos con más detalle, describe la lucha de bandos en Navarra en el siglo XV; Doña Urraca de Castilla, cuya acción ocurre en Santiago de Compostela en el siglo XII, plantea el enfrentamiento entre ciertos nobles gallegos, la reina de Castilla y León y el obispo Diego Gelmírez; la trama de Amaya, en fin, se sitúa en torno al año 711, poco después de la conquista musulmana, y expone la unión de godos y vascones, tras varios siglos de encarnizada lucha, para defender la religión católica frente al enemigo común, el Islam.

Sin embargo, nuestro autor se acercó, con mayor o menor dedicación y acierto, a muchos otros géneros literarios dentro de la narrativa, la lírica y la dramática[1]. En primer lugar, conviene recordar que escribió algunas novelas no históricas. La primera, El Ante-Cristo (1845), es una narración folletinesca (género de moda en aquellos años), que quedó sin concluir por la quiebra de El Español, periódico en cuyas páginas iba saliendo. Las dos hermanas (también de 1845) es otra obra del mismo estilo, repleta de episodios inverosímiles, en la que no faltan los consabidos amores ideales ni la presencia de un malvado «villano» perseguidor de una de las dos inocentes jóvenes protagonistas. Historia de muchos Pepes (publicada en 1879 en el folletín de El Fénix), mejor escrita y adornada con abundantes rasgos humorísticos, es una novela pseudo-autobiográfica, por reflejar el ambiente de los círculos literarios y periodísticos madrileños de mitad de siglo, que tan bien conocía el autor. Está narrada en primera persona, por boca de Pepe Gil, un personaje que tiene mucho de pícaro, ya que con su astucia intentar medrar a costa de los demás; pero, finalmente, recibe un merecido castigo, quedando desacreditado a los ojos de la sociedad.

Castillo de Marcilla (Navarra)Navarro Villoslada es también autor de numerosos relatos, algunos de los cuales están en la frontera entre el artículo de costumbres y el cuento («Un hombre arruinado», «Hacer negocios», «Un hombre público»). Otros, en cambio, pueden denominarse cuentos con toda propiedad («Mi vecina», «Aventuras de un filarmónico», «El remedio del amor» o «La luna de enero», divertida burla de los excesos románticos). También escribió dos leyendas históricas, ambas de ambiente navarro: «La muerte de César Borja» (ocurrida en 1507 en las cercanías de Viana) y «El castillo de Marcilla» (sobre la defensa de esa fortaleza por doña Ana de Velasco al producirse la conquista castellana).


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995; «Francisco Navarro Villoslada (1818-1895). Político, periodista, literato», Príncipe de Viana, Anejo 17, 1996, pp. 259-267; y «Navarro Villoslada, periodista. Una aproximación», Príncipe de Viana, año LX, núm. 217, mayo-agosto de 1999, pp. 597-619. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.