«La leyenda del ladrón» (2012), de Juan Gómez-Jurado, una exitosa novela de aventuras históricas

Hasta donde se me alcanza, no existe bibliografía (académica) acerca de esta novela, que data del año 2012[1] (y que ha conocido diversas ediciones, en distintos formatos, incluyendo una app con realidad aumentada[2]), aunque sí hay muchas reseñas y comentarios en Internet (blogs, foros de lectura, grupos de Facebook sobre novela histórica…) y algunas entrevistas al autor en prensa y digitales[3]. En este sentido, es útil recordar la «Nota del autor sobre algunos personajes y hechos históricos de La leyenda del ladrón», que figura al final de las distintas ediciones. En la edición conmemorativa de 2021 se añade un «Prólogo» explicativo. En fin, el autor dio cuenta de la génesis de la novela, comentando el trabajo de documentación histórica que llevó a cabo y otras cuestiones relacionadas con su redacción en una serie de ocho entradas aparecidas en ZendaLibros entre el 16 de abril y el 25 de mayo de 2016, «Cómo escribí La leyenda del ladrón», que resultan de gran utilidad.

Juan Gómez-Jurado, La leyenda del ladrón

Un detalle que llama la atención es que las contracubiertas de estas ediciones, y lo mismo los textos promocionales de la novela, no aluden (al menos no directamente) a Cervantes y a Shakespeare, nombres que, sin duda alguna, podrían haber sido un buen “gancho” comercial. Así, este es el texto promocional de la primera edición, del año 2012:

Una aventura épica en la majestuosa Sevilla del XVI

Prepárate a transportarte a la Sevilla del XVI, a un fascinante mundo de mendigos y prostitutas, nobles y comerciantes, espadachines y ladrones. El amor, la pasión y la venganza son los pilares de esta magistral novela de aventuras en torno a un niño salvado misteriosamente de la muerte, que crecerá para erigirse en la última esperanza de los desfavorecidos. El destino de Sancho y el de quienes le rodean hunde sus raíces en los secretos orígenes de la literatura. Su historia te cambiará para siempre.

Este otro, algo más amplio, es el texto promocional de las ediciones de bolsillo:

Una aventura épica

Andalucía, 1587. En medio de un pueblo arrasado por la peste, uno de los comisarios de abastos del rey Felipe II encuentra a un niño que aún se aferra a la vida. Arriesgando su carrera, lo rescata de las garras de la muerte y lo lleva a Sevilla, sin poder imaginar lo que acabará suponiendo ese acto.

Una Sevilla en la que ricos y pobres luchan por sobrevivir

Unos años más tarde, el joven Sancho se encuentra en las calles de una sociedad moldeada por la pobreza, la guerra y las intrigas. Abandonado a su ingenio y voluntad, crecerá para convertirse en el defensor de los desfavorecidos y las causas justas, y junto a sus compañeros tendrá que enfrentarse a un desafío de cuya resolución dependerá el mismo destino de la ciudad de Sevilla.

Una historia que te cambiará para siempre

La leyenda del ladrón despliega en sus páginas una magistral historia de aventuras, esperanza y amor en la Sevilla del siglo XVI, en la que los protagonistas batallarán contra las injusticias y adversidades para encontrar su lugar en el mundo.

En fin, transcribo también el texto promocional de la edición conmemorativa de 2021:

La leyenda del ladrón despliega en sus páginas una extraordinaria historia de aventuras, esperanza y amor en la Sevilla del siglo XVI, en la que los protagonistas batallarán contra las injusticias y adversidades para encontrar su lugar en el mundo. Con esta nueva y lujosa edición, con ilustraciones y prólogo de Juan Gómez-Jurado, se rinde homenaje a esta novela magistral del autor de Reina Roja en su 10.º aniversario[4].


[1] Las citas son por esta edición: La leyenda del ladrón, Barcelona, Planeta, 2012.

[2] Se indica en la app oficial de La leyenda del ladrón: «Con esta aplicación de realidad aumentada podrás disfrutar de contenidos inéditos de la nueva novela de Juan Gómez-Jurado. Captura las marcas que encontrarás en las páginas del libro y accede a vídeos, podcasts, concursos y documentación extra que darán una mayor dimensión a tu lectura. ¡Disfruta de una experiencia de lectura única con tu smartphone!».

[3] Ver por ejemplo Piña, 2012 y «La leyenda del ladrón (Juan Gómez Jurado). Oro, tinta y esperanza» (2012).

[4] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Cervantes (y Shakespeare) en La leyenda del ladrón (2012), de Juan Gómez-Jurado», en Emmanuel Marigno y Carlos Mata Induráin (eds.), La recepción de Cervantes: huellas, recreaciones y reescrituras (siglos XVII-XXI). La réception de Cervantes: traces, recréations et réécritures (XVIIe-XXIe siècles), New York, Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA), 2024, pp. 203-223.

Cervantes y Shakespeare en «La leyenda del ladrón» (2012) de Juan Gómez-Jurado

En esta y en sucesivas entradas pretendo un acercamiento a la novela La leyenda del ladrón (Barcelona, Planeta, 2012), de Juan Gómez-Jurado, relato de corte histórico repleto de aventuras en los que se hacen presentes —aunque no como personajes protagónicos— los escritores Miguel de Cervantes y William Shakespeare[1]. Tras recordar algunos datos relativos al autor, que ha sido considerado «el Ken Follet español», y después de comentar la estructura general de la novela, me centraré en la semblanza que en ella se ofrece de ambos escritores, con su posible encuentro, esta vez en Sevilla. Cervantes aparece retratado en su faceta de comisario de abastos para la Armada Real, por tierras andaluzas (si bien se evocan otros momentos de su vida, como por ejemplo su cautiverio en Argel). En el caso de Shakespeare, el novelista enfoca su evocación en unos años oscuros de su biografía para presentarlo en España y hacerlo coincidir en la capital hispalense con Cervantes, con quien termina entablando una curiosa amistad que resultará mutuamente inspiradora. Pero comencemos recordando algunos datos sobre el autor.

Juan Gómez-Jurado
Juan Gómez-Jurado. Fuente: web del escritor.

De acuerdo con la semblanza que entrega la propia página web del escritor, Juan Gómez-Jurado (Madrid, 1977) es periodista y escritor, autor de varias novelas de gran éxito, traducidas a cuarenta lenguas. Las obras sobre el universo de Antonia Scott (El paciente, Cicatriz, Reina Roja, Loba Negra y Rey Blanco, todas ellas publicadas en Ediciones B) «se han convertido en el mayor fenómeno de ventas del thriller español y han consagrado a su autor como uno de los máximos exponentes del género a nivel internacional». La plataforma Amazon Prime ha adaptado Reina Roja como serie, «en uno de los proyectos audiovisuales más esperados a nivel internacional», el cual se estrenó el 29 de febrero de 2024. Gómez-Jurado colabora con varios medios de comunicación y es el cocreador de los podcasts Todopoderosos y Aquí hay dragones[2].

Como narrador, sus primeras novelas fueron Espía de Dios (2006), Contrato con Dios (2007) y El emblema del traidor (2008), a las que se sumaron otros títulos posteriores: La leyenda del ladrón (2012), El paciente (2014), Cicatriz (2015), Reina Roja (2018), Loba Negra (2019) y Rey Blanco (2020), Todo arde (2022) y las siguientes entregas de esta nueva serie, Todo vuelve (2023) y Todo muere (2024). Su última novela, recién publicada, es Mentira (2026). A estas obras hay que añadir sus relatos de literatura infantil, entre ellos los diversos volúmenes de las series Alex Colt y, junto con Bárbara Montes, Rexcatadores y Amanda Black.

Gómez-Jurado es un escritor muy presente en las redes sociales. Cabe recordar la polémica que en febrero de 2011 mantuvo en ese espacio virtual con Alejandro Sanz por los derechos de autor: «La piratería no existe», afirmó el escritor, poniendo en marcha la campaña 1libro1euro (ofrecía su bestseller Espía de Dios a cambio de una donación de un euro a la ONG Save the Children). Sus tres primeras novelas están a la venta en Amazon por 1,49 € en su formato electrónico; y La leyenda del ladrón salió por 9,49 € en formato e-book en la misma plataforma, a pesar de estar publicada por Planeta. Aparte de los mecanismos de marketing habituales, Gómez-Jurado convoca presentaciones de sus novelas para blogueros, pero no de forma selecta, sino abiertas a cualquier persona. El autor ofrece además webinarios gratuitos para escritores noveles sobre cómo escribir una novela. Es, además, un autor que invita a sus lectores a dialogar con él en redes sociales[3].


[1] No es esta la primera vez que se plantea el posible encuentro de ambos escritores. Como certeramente escribe Zenón Luis-Martínez (2016, p. 11), «En sus biografías sobre Cervantes y Shakespeare, Luis Astrana Marín especuló con un encuentro entre ambos con ocasión de la ratificación en 1605 en Valladolid del Tratado de Londres. Este improbable encuentro ha seguido alimentando ficciones históricas y fantasías literarias». Véase ese trabajo de Luis-Martínez para las evocaciones de Borges y Burgess, y también Gregor, 2016 y Ruiz Mantilla, 2020. Recordaré, entre los más recientes encuentros desde la ficción, la película británico-española Miguel y William, una comedia romántica de la directora y guionista Inés París, estrenada en 2007 y protagonizada por Elena Anaya, Malena Alterio, Will Kemp y Juan Luis Galiardo; un mini-relato de Antonio Mora Plaza incluido en su libro En la biblioteca de mi abuelo Berto (Madrid, Éride Ediciones, 2009: ver Mora Plaza, 2016); la novela del escritor colombiano Nahum Montt Hermanos de tinta (2015); la pieza teatral del cubano José Carlos Somoza Miguel Will. El encuentro espiritual de dos genios: Miguel de Cervantes y William Shakespeare (representada en Madrid, en el Anfiteatro Gabriela Mistral de la Casa de América, el 27 de mayo de 2016, bajo la dirección de Vladimir Cruz); o, desde el terreno de la novela gráfica y la ilustración, Shakespeare & Cervantes (2018), guion de Jorge Carrión, ilustraciones de Javier Olivares. En otro orden de cosas, también se relaciona a ambos escritores en la quinta entrega de la serie policiaca Los Misterios de Channing, protagonizada por el inspector Germán Cortés, El misterio entre Cervantes y Shakespeare (2018), de Margotte Channing. Para la posible influencia del Cardenio cervantino en la perdida pieza homónima de Shakespeare-Fletcher ver especialmente Chartier, 2011; y desde el punto de vista de la ficción, la novela Cardenio (2016), de Carlos Gamerro. Sobre las coincidencias temáticas de los dos autores, ver Calero, 2016.

[2] Este es el enlace a su página web.

[3] «Y a ti, lector, por haber convertido mis obras en un éxito en cuarenta países, gracias y un abrazo enorme. Un último favor: si has pasado un buen rato, escríbeme y cuéntamelo» (La leyenda del ladrón, p. 662). E indica sus datos de contacto: juan@juangomezjurado.com; twitter.com/juangomezjurado. Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Cervantes (y Shakespeare) en La leyenda del ladrón (2012), de Juan Gómez-Jurado», en Emmanuel Marigno y Carlos Mata Induráin (eds.), La recepción de Cervantes: huellas, recreaciones y reescrituras (siglos XVII-XXI). La réception de Cervantes: traces, recréations et réécritures (XVIIe-XXIe siècles), New York, Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA), 2024, pp. 203-223.

«Lanza en ristre», soneto quijotesco de Lorenzo Suárez Crespo

Retomo —después de algún tiempo— la serie de recreaciones quijotescas en la lírica con el soneto «Lanza en ristre», del cubano Lorenzo Suárez Crespo (nacido en Bahía Honda, 1943), incluido en su libro Sé tu voz. Selección de sonetos (2021). Además de su faceta como poeta, Suárez Crespo ha ejercido la docencia (tanto en la enseñanza secundaria como en la universitaria) y ha publicado diversos libros para niños y antologías.

Don Quijote, Juan Haldudo y el criado Andresillo

Su soneto quijotesco, que no requiere mayor comentario, dice así:

Aunque en Sancho y el Hado se te advierte,
persiste, noble hidalgo, en la estocada
y no habrá encantamientos, no habrá nada
que insinúe al destino someterte.

Desde entonces afán es querer verte
rendido en tus ofrendas a la amada
Dulcinea, que espera enamorada
al vencedor del tiempo y de la muerte.

Desfacer los entuertos, curar almas
es el único templo donde calmas
tu espíritu inmortal, alucinante.

¡Qué cuerda tu locura, Caballero,
que a desdén de razón y de escudero,
embridas nuevamente en Rocinante![1]


[1] Lorenzo Suárez Crespo, Sé tu voz. Selección de sonetos, Madrid, Ediciones Deslinde, 2021, p. 84.

La materia cervantina en la obra de Manuel Fernández y González (1821-1888)

Manuel Fernández y González (1821-1888), verdadero profesional de la novela folletinesca y por entregas, escribió varias obras que guardan relación con Cervantes: así, La batalla de Lepanto, poema épico premiado en 1850 en los Juegos Florales del Liceo de Granada y publicado ese mismo año (Granada, [Imprenta de don José Zamora], 1850[1]); El manco de Lepanto. Episodio de la vida del Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes ([Madrid], [Tipografía de Muñoz y Reig], 1874), una novela de extensión media centrada en ciertos amoríos del escritor, que finalizan con su alistamiento como soldado y su participación en la célebre batalla naval de 1571 contra los turcos; Los cautivos de Argel, novela continuación de la anterior, de la que solo se conoce una edición del siglo XX (Madrid, Tesoro, 1954); y, en fin, El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra (Barcelona, Establecimiento Tipográfico-Editorial de Espasa Hermanos, s. a. [c. 1876-1878][2]), novela muchísimo más extensa, pues tiene nada menos que 1.300 páginas, repartidas en dos tomos[3].

Caricatura de Manuel Fernández y González

Estos relatos de Fernández y González[4] no reúnen ciertamente una gran calidad literaria, pero son obras muy interesantes para comprender el camino seguido por las recreaciones cervantinas en un momento —el periodo post-romántico: años setenta del siglo XIX— en que Cervantes se estaba convirtiendo en escritor canónico, en el autor por excelencia de la lengua española. En las próximas entradas centraré mi análisis en la última de las obras mencionadas, El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra, una narración que puede considerarse toda ella un exceso, y que constituye además un magnífico ejemplo de la desbordada fantasía y la verbosidad desatada del novelista: historias entrelazadas repletas de episodios inverosímiles, multiplicación de personajes secundarios, digresiones de todo tipo, técnicas propias de los entreguistas como el «abuso del punto y aparte» para rellenar más y más páginas, etc.[5]


[1] Además en 1858 se incluyó en el tomo de Poesías varias de Fernández y González (Madrid, Imprenta de don Manuel de Ancos, editor, 1858, pp. 1-37).

[2] Forma parte de la «Biblioteca Ilustrada de Espasa Hermanos, Editores», en su «Sección moral-recreativa».

[3] Ver Carlos Mata Induráin, «Cervantes a lo folletinesco: El manco de Lepanto (1874), de Manuel Fernández y González», en Carlos Mata Induráin (ed.), Recreaciones quijotescas y cervantinas en la narrativa, Pamplona, Eunsa, 2013, pp. 167-184.

[4] Aunque fuera del ámbito de la narrativa de ficción, recordaré también A los profanadores del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Crítica y algo más (Madrid, Imprenta de Manuel Galiano, 1861), obra publicada bajo el pseudónimo El Diablo con antiparras en la que censura las recreaciones cervantinas de Ventura de la Vega y Hartzenbusch.

[5] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Excesos, desmesuras y extravagancias en una novelesca recreación cervantina: El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra (c. 1876-1878) de Manuel Fernández y González», Cervantes. Bulletin of the Cervantes Society of America, volume 42, number 1, Spring 2022, pp. 151-173.

«Miguel de Cervantes viaja a sus dos espejos», de Francisco Javier Irazoki

Reproduzco este poema de Francisco Javier Irazoki (Lesaka, Navarra, 1954- ), creo que poco conocido, perteneciente a su poemario Retrato de un hilo (Madrid, Hiperión, 2013)[1], que recoge textos escritos entre 1991 y 1998. En su aparente sencillez, la composición de Zoki encierra una gran densidad de motivos biográficos cervantinos, como se podrá apreciar por las someras notas que añado. Los dos espejos a los que se asoma Cervantes no solo forman un acabado fresco de la España de Cervantes, sino que testimonian —poéticamente— la transición de un pasado y unos ideales heroicos a un tiempo de decadencia y desengaño («afila el palo de la melancolía», «Ve en los cristales su edad oscurecida»).

Los dos espejos de Miguel de Cervantes (imagen generada por IA)

El texto es como sigue:

En el primer espejo,
el imperio español es un pavo real[2]
que cubre un paisaje de mendigos, matasietes[3]
e hidalgos de gotera[4].
En sus plazas, el cadalso de la Inquisición
como único quiosco de música.

Ahí caminan el bisabuelo pañero,
la abuela y su familia de sangradores,
el abuelo con tres mozos de cuerda,
el padre sordo que ama la viola y los caballos[5].

Detrás vienen las hermanas,
domadoras de escribanos y genoveses relamidos[6],
el pueblo fisgador,
la paciente Catalina[7].

El militar lisiado[8] los mira desde su ventana
y bebe unos sorbos de aguapié[9]
mientras afila el palo de la melancolía.

Al segundo espejo llega la muchedumbre
que es cualquier hombre:
un niño que lee
los papeles rotos de la calle[10],
el joven que hiere a un maestro de obras[11],
el soldado con frascos de pólvora, bolsas de balas
y demás utensilios de poeta[12],
el cautivo ante el que ahorcan a un jardinero[13].

También acude el que pesa la cebada clerical[14],
ése que juega a los naipes
y a las excomuniones,
el que se acuesta en las cárceles[15]
y cuyas páginas aprisiona
el libro de un suplantador[16].

Ve en los cristales su edad oscurecida.

Para ir de un espejo a otro
cruza un lugar innombrable[17].


[1] Cito por Francisco Javier Irazoki, Palabra de árbol (Antología poética, Lesaka-Pamplona-Fez-Benarés-Nueva York, París, 1976-2021), Madrid, Hiperión, 2021, pp. 39-40.

[2] pavo real: imagen tópica y emblemática de la vanidad. Bajo la apariencia de lujo y riqueza de la Monarquía Hispánica se oculta una realidad de hambre, pobreza y fanatismo religioso («el cadalso de la Inquisición / como único quiosco de música»).

[3] matasietes: bravucones, fanfarrones.

[4] hidalgos de gotera: «Llaman en Castilla a aquellos nobles que lo son y gozan este privilegio solo en un lugar; y en saliendo de allí no son tales hidalgos» (Diccionario de autoridades).

[5] Es muy ajustada a la realidad esta relación de los oficios de los antepasados del escritor: el bisabuelo pañero era Ruy Díaz de Cervantes (hacia 1512, su hijo Juan de Cervantes tramitó la liquidación del negocio de paños); el abuelo paterno, Juan, era licenciado en Derecho y ocupó cargos en distintos destinos (de ahí la mención de los «tres mozos de cuerda»); Rodrigo de Cervantes, el padre, era cirujano o sangrador (no era profesión prestigiosa: realizaban pequeñas curas, sangrías…), y pese a su sordera fue gran aficionado a la música (afición que heredaría su hijo escritor).

[6] las hermanas, / domadoras de escribanos y genoveses relamidos: alusión a la mala fama de «las Cervantas», acusadas de prostituirse (también se acusa a veces, no en este poema, a Cervantes de ejercer de alcahuete de sus propias hermanas); tanto escribanos como genoveses connotan ‘dinero’ (los escribanos se enriquecían con las causas judiciales, a veces con malas artes; muchos genoveses eran banqueros).

[7] Catalina de Salazar y Palacios, esposa de Cervantes, con la que casó en Esquivias en 1584.

[8] militar lisiado: con las heridas cobradas en Lepanto, Cervantes se haría acreedor del sobrenombre de «el manco de Lepanto».

[9] aguapié: «Vino de baja calidad que se elaboraba echando agua en el orujo pisado y apurado en el lagar» (DLE).

[10] los papeles rotos de la calle: recuérdese el célebre pasaje de Quijote, I, 9: «Estando yo un día en el Alcaná de Toledo, llegó un muchacho a vender unos cartapacios y papeles viejos a un sedero; y como yo soy aficionado a leer aunque sean los papeles rotos de las calles, llevado desta mi natural inclinación tomé un cartapacio de los que el muchacho vendía…».

[11] Alusión al duelo de Cervantes con el arquitecto («maestro de obras») Antonio de Segura o Sigura en 1569; al dejarlo malherido, tuvo que escapar precipitadamente de la acción de la justicia y pronto marcharía a Italia, en el séquito del cardenal Giulio Acquaviva.

[12] soldado … poeta: apunta aquí el tópico clásico de las armas y las letras. Cervantes, ciertamente, tuvo ambas facetas; en Lepanto combatió en la galera Marquesa al mando de una docena de hombres, en el esquife, arrojando piñas incendiarias contras las naves enemigas («frascos de pólvora, bolsas de balas»).

[13] En 1577, en uno de sus intentos de escapar del cautiverio de Argel, Cervantes y otros cautivos fueron ayudados por un jardinero navarro de nombre Juan; frustrada la fuga, el jardinero Juan fue ahorcado.

[14] cebada clerical … naipes … excomuniones: se alude ahora a la labor de Cervantes como comisario de abastos para la Gran Armada contra Inglaterra; en ocasiones Cervantes tuvo que requisar trigo y aceite a eclesiásticos, que respondieron excomulgándole (hasta en tres ocasiones). La mención de los naipes nos habla de la conocida afición al juego del escritor.

[15] Cervantes vivió la amarga experiencia de la cárcel, al menos en Sevilla en 1597 (por desajustes en las cuentas como empleado de la Hacienda real) y en Valladolid en 1605 (por el asunto Ezpeleta), y quizá —así lo quiere una tradición local— en la famosa Cueva de Medrano de Argamasilla de Alba.

[16] Alusión al apócrifo Quijote de Avellaneda.

[17] un lugar innombrable: puede haber aquí alusión al no nombrado lugar de la Mancha que fue la patria de don Quijote, según el archiconocido arranque de la novela.

«Reproche y elegía en la muerte de don Quijote», de Julio Fausto Aguilera

Siguiendo con la serie de las recreaciones poéticas del inmortal personaje cervantino, traigo hoy al blog la composición «Reproche y elegía en la muerte de don Quijote», del guatemalteco Julio Fausto Aguilera (1928-2018), autor del que copio esta breve semblanza:

Nació en Jalapa el 8 de septiembre de 1928. Durante la época revolucionaria (1944-54) fue miembro fundador del grupo Saker-Ti. Tras la caída del presidente Jacobo Arbenz, el grupo se deshizo y Aguilera fue perseguido por la dictadura de Castillo Armas; permaneció escondido un tiempo hasta que decidió entregarse, siendo encarcelado durante cuatro meses. Aunque amenazado de muerte por la extrema derecha, nunca cejó en sus posturas e ideales. En 1968 se incorpora a «Nuevo Signo», movimiento literario renovador, cuyo objetivo era encontrar espacios para la proyección de la poesía en el ambiente de guerra interna que sufría el país, donde la publicación de libros resultaba muy difícil. Nuestro poeta vivió soltero hasta los 50 años, cuando conoció a Vidalia Quiñónez, fiel compañera hasta su fallecimiento en 1984. En el ocaso de su vida es relegado al olvido. […] La poesía de nuestro autor es sencilla, motivada por el amor a la patria, la preocupación por las gentes de su pueblo y la denuncia de la injusticia. En reconocimiento al valor de su vida y de su obra, se le han concedido diversos premios y homenajes, entre los que citaremos los siguientes: el Emeritíssimum de la Facultad de Humanidades de la Universidad de San Carlos de Guatemala; el Quetzal de Oro de la APG, por su libro La patria; y el Premio Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias[1].

Entre sus poemarios se cuentan: Poemas mínimos (1959), Canto y mensaje. Poemas 1955-1959 (1960), 10 poemas fieles (1964), Mi buena amiga muerte y otros poemas vivos (1965), Poemas fidedignos (1967), Guatemala y otros poemas (1968), Poemas guatemaltecos, 1965-1968 (1969), 30 poemas cortos (1974), Antigua como la muerte: 1069-1975 (1975) o La patria es una casa: poemas (1983). Al año siguiente de la obtención del Premio Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias (en 2002), se publicó una Selección poética de su obra. A su autoría se debe también una Antología de poetas revolucionarios de Guatemala (1973) y los libros Se llamaba y se llama revolución de octubre (1994) y Escritores de Guatemala (1998).

De su composición cabe de destacar el tono de reproche a Alonso Quijano «el menguado» por renunciar, en el momento de la muerte, a la heroica locura de don Quijote.

José López Tomás, La muerte de don Quijote (1926, título original: «En los nidos de antaño no hay pájaros hogaño»). Museo de Bellas Artes de Valencia
José López Tomás, La muerte de don Quijote (1926, título original: «En los nidos de antaño no hay pájaros hogaño»). Museo de Bellas Artes de Valencia.

El poema es como sigue:

¡Que miserable morir el tuyo!
Si supieras
cuánto te desprecio en este instante!
¿Por qué tenías que morir diciendo
«En los nidos de antaño
no hay pájaros hogaño,
yo fui loco y ya estoy cuerdo»[2]?
¿Por qué tenías que morir, Alonso
Quijano, el menguado,
escribiendo con tu última palabra
estos epitafios de escarnio
para lo que es razón y hermosura?
¡Don Quijote!
¡Mi don Quijote?!
¡Ah si murieras
de tristeza y derrota?
derrotado,
pero aún llamándote don Quijote,
amando a Dulcinea, la encantada,
y acariciando, en la empuñadura
de tu espada, tus pasadas hazañas
de amparador de los débiles
y desfacedor de entuertos?!
¡Don Quijote! ¡Mi don Quijote?![3]


[1] La tomo de Entre los poetas míos… Julio Fausto Aguilera, Colección Antológica de Poesía Social, vol. 68, Biblioteca Virtual Omegalfa, febrero de 2014, pp. 3-4.

[2] Comp. Quijote, II, 74: «—Señores —dijo don Quijote—, vámonos poco a poco, pues ya en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño. Yo fui loco y ya soy cuerdo; fui don Quijote de la Mancha y soy agora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno. Pueda con vuestras mercedes mi arrepentimiento y mi verdad volverme a la estimación que de mí se tenía, y prosiga adelante el señor escribano».

[3] Entre los poetas míos… Julio Fausto Aguilera, p. 26. Reproduzco los signos de puntuación tal como figuran en el original. En el v. 18 añado tilde a «aun».

Sacar de su sepulcro a Sancho Panza o la «Receta para salvarnos» (1902) de Marcos Zapata Mañas

El otro día traje al blog el poema «A Calderón» de Marcos Zapata Mañas (Ainzón, Zaragoza, 1842-Madrid, 1913), incluido en el volumen de Poesías que publicó en 1902 con prólogo de Santiago Ramón y Cajal. Hoy copio este otro, «Receta para salvarnos», perteneciente a la misma recopilación, en el que, haciendo referencia a la célebre sentencia regeneracionista de Joaquín Costa (Monzón, Huesca, 1846-Graus, Huesca, 1911) de echar «Doble llave al sepulcro del Cid para que no vuelva a cabalgar», propone como medida complementaria resucitar a Sancho Panza. En efecto, la de clausurar el sepulcro del Cid (valga decir ʻolvidarse de las pasadas glorias españolas, muy heroicas, sí, pero que son ya historia caduca y sirven de poco o nada en el momento presenteʼ) es una idea expresada por Costa al final del apartado «Criterio general» de su «Mensaje y programa de la Cámara agrícola del Alto-Aragón», que leyó el 13 de noviembre de 1898, y que se publicaría dos años después en su libro Reconstitución y europeización de España. Programa para un partido nacional. Publícalo el «Directorio» de la Liga Nacional de Productores (Madrid, Imprenta de San Francisco de Sales, 1900). Esa frase, que se haría célebre como expresión del pensamiento regeneracionista de comienzos del siglo XX, pasaría después al subtítulo de su libro Crisis política de España (Doble llave al sepulcro del Cid), en el que se lee la siguiente formulación: «En 1898, España había fracasado como Estado guerrero, y yo le echaba doble llave al sepulcro del Cid para que no volviese a cabalgar»[1].

Marcos Zapata, por su parte, propone echar, en efecto, tres llaves (ni dos —lo que sugería la sentencia de Costa— ni siete—número simbólico con el que muchas veces se recuerda su idea—) al sepulcro del Cid, pero propone que debe salir del suyo Sancho Panza «a servirnos de guía y consejero» (v. 6). Dicho y hecho: para «exhumar a Sancho» (v. 9) «el acerado pico» (v. 10) golpea el suelo y se abre «su vieja sepultura» (v. 11), para descubrirse que el sepulcro está vacío. Frente a la sorpresa del pueblo, don Quijote —se supone que también resucitado para la ocasión— pide que vayan a buscar a su escudero en «Santiago [de Cuba] o Puerto Rico» (v. 14), es decir, dos de los lugares donde se materializó el Desastre español del 98 (año en que se perdieron también Filipinas y Guam). Interpreto las palabras de don Quijote en el sentido de que Sancho, como representante del pueblo bajo español, sería en su tiempo uno de los muchos soldados sacrificados —muertos, heridos o enfermos— en aquellas lejanas latitudes, en el contexto de unas guerras —Cuba y Filipinas— de las que los ricos podían librarse muy fácilmente (pagando la cantidad de 2.000 pesetas quedaban exentos de cumplir con los tres años de servicio militar obligatorio).

Retrato de Sancho Panza, grabado incluido en el vol. III de The History of the valorous and witty knight-errant Don Quixote of la Mancha, London / Philadelphia, Gibbings and Co., 1895. Fuente: Banco de imágenes del «Quijote» (1605-1915)
Retrato de Sancho Panza, grabado incluido en el vol. III de The History of the valorous and witty knight-errant Don Quixote of la Mancha, London / Philadelphia, Gibbings and Co., 1895. Fuente: Banco de imágenes del «Quijote» (1605-1915).

El texto del poema es como sigue:

«¡Cerremos con tres llaves[2], sin tardanza,
el sepulcro del Cid!… (¡de aquel guerrero
batallador, honrado y caballero,
que ganó media España con su lanza!)

»Salga en cambio del suyo Sancho Panza
a servirnos de guía y consejero…»
(Mas olvide al salir que fue escudero
de la Fe, la Virtud y la Esperanza!)

Para exhumar a Sancho, con premura
golpea el suelo el acerado pico,
y ábrese, al fin, su vieja sepultura.

«—¡Vacía!…» —exclama el pueblo—.  «—Sí, borrico…
—replica Don Quijote con voz dura—,
id por él a Santiago o Puerto Rico.»[3]


[1] Joaquín Costa, Crisis política de España (Doble llave al sepulcro del Cid), 3.ª ed. corregida y aumentada, Madrid, Biblioteca Costa, 1914, p. 81.

[2] con tres llaves: Costa hablaba de «doble llave», pero su frase se ha popularizado también con el número de siete, «siete», a veces uniendo esa formulación con otra de sus ideas clave: «Escuela, despensa y siete llaves al sepulcro del Cid».

[3] Marcos Zapata, Poesías, con un prólogo del Doctor S. Ramón y Cajal, Madrid, Librería de Fernando Fe, 1902, p. 91.

El «Soneto a Cervantes» de Francisco Luis Bernárdez

Por tratarse de un texto poco conocido, copiaré hoy este «Soneto a Cervantes» del poeta argentino Francisco Luis Bernárdez (Buenos Aires, 1900-Buenos Aires, 1978) perteneciente a su poemario El arca (Buenos Aires, Losada, 1953). Su calidad literaria no es excepcional, pero constituye un eslabón más de la larga cadena de evocaciones poéticas del autor del Quijote.

Estatua de Cervantes en la Plaza de Cervantes (Alcalá de Henares)
Estatua de Cervantes en la Plaza de Cervantes (Alcalá de Henares).

El poema dice así:

Ceñido por la luz de tu memoria
Y encerrado en la gracia de tu sueño,
Siento el vano rumor y el vano empeño
Del vano tiempo y de la vana historia.

Siento que la ilusión de que soy dueño
Se me vuelve más leve y transitoria,
Y que hasta el bien de la soñada gloria
Me parece más pobre y más pequeño.

Porque en la carne de tus criaturas
Y en la substancia de sus almas puras
Vivo despierto y como nunca estoy,

Viendo a partir de sus perfectas vidas
Las proporciones justas y escondidas
De lo que en ellas y con ellas soy[1].


[1] Lo cito por Francisco Luis Bernárdez, Antología, selección y prólogo de Graciela Maturo, Buenos Aires, Secretaría de Cultura de la Nación / Editorial Bonum, 1994, p. 284. Mantengo la mayúscula al comienzo de cada verso.

El poema «Leyendo el “Don Quijote”» de Eusebio Rey

Dado que no resulta demasiado conocida, reproduzco aquí la composición poética «Leyendo el Don Quijote» de Eusebio Rey, jesuita que utilizó el seudónimo Emilio Rego. Durante la guerra civil española, el autor fue hecho prisionero en septiembre de 1937, permaneciendo encarcelado hasta 1939. Al año siguiente publicaría Mientras iba amaneciendo… Emocionario lírico de la cárcel (San Sebastián, Gráficas Fides, 1940), con prólogo de Manuel Machado y epílogo de F. Xavier Martín Abril, libro en el que relata su viaje íntimo durante su cautiverio.

Precisamente en la evocación quijotesca que ahora rescato (que va fechada en «Gandía, diciembre, 1938») se hace alusión a esa circunstancia vital: el yo lírico, aquí claro trasunto del autor, está prisionero («Al meditar en prisiones», v. 5; «pobre preso a contrafuero», v. 18) y «el estrecho horizonte de la prisión» se le ensancha (v. 1) con la lectura de la novela cervantina. Se alude además a la idea tópica de que el Quijote fue escrito en una prisión: «Como naciste en prisiones», leemos en el v. 17, en apóstrofe al personaje cervantino. La lectura del Quijote contagia al yo lírico de actividad y energía: «he sentido de repente el dolor de no hacer nada / y un afán de acción sacude mi energía adormecida» (vv. 7-8); se afirma que la vida del «gentil caballero» (v. 21) es «fragante como una rosa, bizarra como una espada» (v. 6); se pondera el ideal caballeresco: «la imposible quimera / del ideal entrevisto como un lucero distante» (vv. 11-12); y, por último, el hablante se ofrece en el verso final a ser su escudero: «Vamos juntos a la lucha: te seguiré de escudero».

Interesa destacar también la estrofa cuarta del poema, en la que el yo lírico rechaza los calificativos aplicados a don Quijote por Rubén Darío («No eres el Rey de los tristes», sino que «mereces ser coronado Príncipe del optimismo», vv. 13-14) y se dirige al caballero con el apelativo de «Padre nuestro Don Quijote», en esta “nueva letanía” que constituyen las estrofas cuarta, quinta y sexta. Este es el texto completo del poema:

Para Sabino Alonso-Fueyo

Hoy el estrecho horizonte de la prisión se me ensancha;
en la noche de mi tedio apuntan luces de aurora;
se me ha roto la cadena de inacción que me devora,
ha venido a visitarme Don Quijote de la Mancha.

Al meditar en prisiones el poema de su vida,
fragante como una rosa, bizarra como una espada,
he sentido de repente el dolor de no hacer nada
y un afán de acción sacude mi energía adormecida.

Cabalgar y cabalgar, Clavileño o Rocinante:
disparar de mi existencia la rauda flecha certera.
Sagitario de mí mismo, tras la imposible quimera
del ideal entrevisto como un lucero distante.

Padre nuestro Don Quijote: No eres el Rey de los tristes[1]:
mereces ser coronado Príncipe del optimismo,
Fénix que eterno renaces del fracaso de ti mismo,
y derrotado cien veces otras cien en lid embistes[2].

¡Bien venido, caballero, a romper en mi favor,
pobre preso a contrafuero, una lanza humanitaria!
Como naciste en prisiones, en tu gesta temeraria
tuviste siempre por lema ser «El Buen Libertador».

¡Bien venido a libertarme! Gracias, gentil caballero.
Prisionero en el alcázar marfileño de mí mismo,
tú has hecho saltar de un bote[3] el portón de mi egoísmo.
Vamos juntos a la lucha: te seguiré de escudero[4].


[1] Este verso evoca claramente la «Letanía de nuestro señor don Quijote» de Rubén Darío (escrita en el Centenario de 1905 y publicada ese mismo año en Cantos de vida y esperanza), que comienza «Rey de los hidalgos, señor de los tristes, / que de fuerza alientas y de ensueños vistes…» y que se cierra con otra estrofa que comienza «¡Ora por nosotros, señor de los tristes, / que de fuerza alientas y de ensueños vistes…».

[2] embistes: en el original, «envistes».

[3] bote: entiéndase bote ʻgolpeʼ de lanza.

[4] Tomo el texto de Poesía nueva de jesuitas, selección y estudio preliminar de José María Pemán, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas (Instituto Antonio de Nebrija), 1948, pp. 105-106. Mantengo las mayúsculas del original, así como la formulación «bien venido» (separado en dos palabras) en las dos últimas estrofas. En el verso 21 cambio la coma del original por un punto y en el verso penúltimo suprimo la coma, innecesaria, tras la palabra «bote».

Intertextualidad con el «Quijote» en «Don Quijote en las Améscoas» (1954), de Martín Larráyoz Zarranz: Dulcinea y el amor

El amor es el motor principal del actuar del caballero andante, la fuerza que le da vida y ser («Ella pelea en mí y vence en mí, y yo vivo y respiro en ella, y tengo vida y ser», leemos en Quijote, II, 30), y el servicio amoroso a «su sin par Dulcinea», la alta señora de sus altos pensamientos, queda evocada en el texto de Larráyoz Zarranz[1] en la frase «juramos fidelidad a una única y sola dama» que pronuncia don Quijote. En cualquier caso, la presencia de Dulcinea, aparte algunas menciones sueltas de este tipo, no adquiere en esta obra una función estructural, ni siquiera una importancia destacada.

Dulcinea

Añadiré para cerrar este apartado que la intertextualidad de la obra, además de con el Quijote, se produce con la novela histórica Amaya o Los vascos en el siglo VIII (1879), de Francisco Navarro Villoslada, de la que hay claros ecos: así, la alusión a la célebre expresión «Domuit vascones» con la que comenzaban las crónicas de los reinados de todos los monarcas godos, la legendaria elección de Jimeno García como primer rey de Pamplona, o el comienzo del capítulo II, con un comentario del narrador que recuerda mucho el estilo del escritor vianés (aprendido, a su vez, en Cervantes y el Quijote[2], inicio y origen último de toda la novela moderna occidental):

Mejor será, paciente lector, dejar de lado todas estas disquisiciones de las escuelas, para seguir más de cerca al Caballero de la Triste Figura en sus primeros pasos por el reino de Navarra, que por habernos detenido en ellas más de la cuenta, hemos dado lugar a que háyannos dejado rezagados (p. 24)[3].


[1] Cito por la edición de Pamplona, Medialuna Ediciones, 1993, al cuidado de Víctor Manuel Arbeloa, pero enmendando sus abundantes erratas y descuidos.

[2] Para la influencia de Cervantes en Navarro Villoslada, véase Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución «Príncipe de Viana»), 1995; y Carlos Mata Induráin, «Cervantes y Navarro Villoslada. Reminiscencias quijotescas en el Pedro Ramírez», Pregón Siglo XXI, núm. 10, Navidad de 1997, pp. 63-66 (reeditado en Doce estudios sobre Navarro Villoslada. Semblanza y obras literarias, Viana, Ayuntamiento de Viana, 2002, pp. 199-207).

[3] Remito para más detalles sobre esta obra a mi trabajo «Una recreación narrativa del Quijote de mediados del siglo XX: Don Quijote en las Améscoas, de Martín Larráyoz Zarranz», Anales cervantinos, 43, 2011, pp. 91-115.