El elemento religioso en «La adúltera penitente», comedia en colaboración de Cáncer, Moreto y Matos Fragoso (y 2)

Santa TeodoraConsideremos un segundo elemento que imbrica lo profano y lo religioso: a lo largo de la comedia de Jerónimo de Cáncer, Agustín Moreto y Juan de Matos Fragoso, las réplicas de distintos personajes insisten en que el crimen que idea y finalmente lleva a cabo Filipo es una ofensa en el plano humano, pero también contra Dios. Teodora sabe que, si cede a las continuas pretensiones de Filipo, no solo ofende a su esposo, sino además al Cielo. Y ese mismo convencimiento tiene el galán. Teodora se va a mantener siempre firme y virtuosa (distintos personajes, aparte de ella misma, así lo subrayan, para que no quede ningún tipo de duda), y solo la fuerza contra ella ejercida la llevará a los brazos de Filipo. Sus palabras, en distintos parlamentos y escenas, nos muestran su profundo fervor religioso, su anhelo de buscar siempre a Dios —recordemos que su nombre significa precisamente don o regalo de Dios—. Pese a las continuas adversidades que padece, Teodora nunca va a perder su fe en la divinidad, en la ayuda que le pueda brindar el Cielo. Esa es una constante que los tres dramaturgos han sabido mantener en sus respectivas jornadas y que contribuye a dar unidad al personaje dramático y por extensión a la pieza, muy bien trabada en este sentido.

Un tercer punto de enlace entre lo religioso y lo profano tiene que ver con las circunstancias que rodean la historia: si Teodora, en medio del acoso de la visión lasciva que se le aparece cada noche, tiene el alivio de las voces que salen del oratorio cercano a su casa —un oratorio donde se reúnen para rezar los hombres virtuosos de Alejandría[1]—, esas mismas voces del oratorio servirán de aviso divino para Filipo, aviso desatendido porque, pese a escucharlo cuando tiene ya puesto el pie en la escala, no ceja en su intento de asaltar el muro de la casa de Natalio.

La presencia del elemento religioso se intensifica, como es lógico, en la Jornada II, esto es, desde el momento en que Teodora aparece vestida de monje (fray Teodoro). En este soneto expone su confianza en Dios, quien la ayuda constantemente por más que ella le haya ofendido:

TEODORA.- Yo cometí un pecado escandaloso,
y fue, Señor, mi culpa tan inmensa,
que dos ofensas hice de una ofensa:
yo os ofendí cuando ofendí a mi esposo.

Mas vos, dulce Jesús, sois tan piadoso,
que cuando el hombre disgustaros piensa,
en vos halla el enojo y la defensa
y os templáis vos a vos lo riguroso.

Él, por cobrar su honor, querrá matarme,
y huyendo su rigor endurecido
en vuestra casa he entrado a retraerme.

Y vos, Señor, en vez de castigarme,
sin mirar en que sois el ofendido,
vuestra capa me echáis para esconderme (p. 262)[2].

A partir de este momento, lo religioso se funde con lo sobrenatural y espectacular, como veremos en próximas entradas[3].


[1] Escucha una voz que le intima «advertencias de la muerte, / desengaños de la vida» (p. 250b).

[2] Las citas de la comedia corresponden a esta edición: Jerónimo de Cáncer y Velasco, Agustín Moreto y Juan de Matos Fragoso, La adúltera penitente, Santa Teodora, en Parte nona de comedias escogidas de los mejores ingenios de España, Madrid, Gregorio Rodríguez por Mateo de la Bastida, 1657.

[3] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «La adúltera penitente, comedia hagiográfica de Cáncer, Moreto y Matos Fragoso», en Marc Vitse (ed.), Homenaje a Henri Guerreiro. La hagiografía entre historia y literatura en la España de la Edad Media y del Siglo de Oro, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2005, pp. 827-846.

El retrato de don Mario de Ugarte en «Blancos y negros» (1898) de Arturo Campión (1)

BlancosyNegros_TtarttaloEn la novela de Arturo Campión, la primera alusión a don Mario se produce en un diálogo entre el cacique liberal don Juan Miguel Osambela y el indiano don Santiago Gastaminza; el primero, al verlo pasar por la calle, lo califica despectivamente con el término señorón, en tanto que el narrador predica de él que es «un joven de arrogante aspecto […] a quien los aldeanos cedían la acera, saludándole respetuosamente» (p. 195)[1]. Este respeto que los campesinos sienten por el linaje de Ugarte —respeto que va acompañado de cariño sincero— será una de las notas repetidas a lo largo de la novela. Don Santiago, por su parte, es quien hace notar la pobreza que acecha a la familia, al comentar que a don Mario se lo comen las ratas. La distancia que separa a Osambelas y Ugartes —y la inquina de Juan Miguel contra el linaje hidalgo— se pone de manifiesto en el capítulo III, cuando su hija Robustiana le explica el proyecto de boda entre su hermano Perico y doña María Isabel de Ugarte, hermana de don Mario. En primera instancia, la idea aparece completamente disparatada a los ojos de Osambela, precisamente por la distancia que separa a las dos familias (comienza aquí el empleo de esa técnica de contraste o polarización, que seguirá utilizando el autor a lo largo de toda la novela):

—¡Badajo! ¿Has olvidado quiénes son los Ugartes, o qué? ¿Ignoras que son hidalguillos raídos, aristócratas ratonados, con más fachenda, pretensiones y orgullo de sangre azul y armas parlantes que deudas, que es cuanto hay que decir? ¿Olvidas que esa damisela es prima de condes, sobrina de marqueses, tía de duques, descendiente por línea recta y no interrumpida del mismísimo sobaco de Cristo? ¿Que es hija de doña María de Axpe-Salazar, descendiente, por lo menos, del gran Tamerlán? ¿Que esa maldita bruja tiene más humo en la cabeza que todos los bizcaínos, sus paisanos, juntos? ¿Que esa familia ugarteña es más antigua que la sarna y más limpia que el sol? ¿Que era casa armera y del brazo militar, ricos-hombres en Nabarra —¡más les valdría ser hombres ricos!—, infanzones en Bizcaya, de los parientes mayores en Guipúzcoa, obispos en Roma y calamidad en todas partes? ¿Que tienen sobre la puerta un escudo con más fieras y animalazos que muchú Bidel? ¿Se te ha ido de la sesera que Perico es hijo de Juan Miguel de Osambela, notario y villano por los cuatro abolorios, nieto de Lucas y bisnieto de Chaparro, el más insigne esquilador de toda esta barranca? ¿Que sus abuelas paterna y materna eran labradorazas de tomo y lomo, más cerriles, si cabe, que las de ahora, layaterruños y rascaboñigas? ¿Que si miran a nuestro linaje no encuentran asa señoril por donde agarrarnos? ¿Que don Mario es un carlistón fanático y yo un gran liberal? (pp. 218-219).

Como vemos, al resentimiento por la diferencia de clase se une en Juan Miguel Osambela la animadversión derivada de la militancia en bandos políticos irreconciliables. Sin embargo, los Ugartes están arruinados y tienen sus bienes hipotecados en 15.000 duros a don Juan Leoz. Este, un buen amigo de la familia, nunca hubiese cedido la hipoteca a una tercera persona; pero Leoz ha fallecido recientemente y a su hermano don Timoteo, que está entrampado, no resultará complicado comprarle la hipoteca. El maquiavélico plan de venganza ideado por Robustiana inmediatamente encandila a su padre: acuciados por la deuda, los orgullosos Ugartes habrán de acceder a la desigual boda. El narrador, adoptando aquí el punto de vista de Osambela (estilo indirecto libre), glosa así el plan maquinado:

¡Dónde mayor venganza, ni más completa y sonada, que injertar en el noble cedro del Líbano un tosco chaparro! Lograrlo por la fuerza y violencia, bien vistas las cosas, era recibir nuevos desaires. El precioso mueble se había de abrir con su llave propia. Descerrajarlo de un puñetazo, era confesarse ladrón de él: ¡hazaña digna de rufianes, en resumidas cuentas! ¡Pero contemplarse aceptado, ya que las circunstancias lo imponían, por el predominio de la razón sobre el sentimiento, aunque fuese a regañadientes, de igual modo que el enfermo consiente una amputación para no morirse, ¡qué triunfo, qué gloria, qué encumbramiento! ¡Cuánta consideración personal le tocaría a él, que en mil diversas ocasiones, a pesar de su dinero e influjo, había tenido envidia a la mayor veneración, al más cumplido afecto y al menos temeroso respeto que las gentes del país profesaban a los Ugartes, con quienes estaban unidos por esos invisibles lazos que la historia anuda silenciosamente! (p. 223).

En las líneas siguientes, se añaden nuevos datos que explicitan todo lo que separa a las dos familias, representante una de la tradición y otra de la modernidad:

Don Juan Miguel era «el escribano»; su familia «los del escribano»; don Mario era «el señor» (jauna); las personas de su casa «los del señor» (jaunenak). ¿Y cómo no, si todo hablaba a las gentes de la comarca de los Ugartes, y nada de los Osambelas? El puente de soberbia fábrica, tendido sobre el Arakil a costa de los antecesores de don Mario; la ruina de la torre, vestida de yedra y musgo, a cuyo amparo los progenitores de don Mario, allá en tiempos de Mari Castaña, rechazaban las incursiones de los guipuzcoanos, que se derramaban por el valle, saqueando y talando, desde las gargantas de Elkorre; la inscripción de la iglesia, reconstruida, así como dos manzanas de casas que formaban la calle denominada Eliza-kalea, con dinero de los abuelos de don Mario, después del voraz incendio del año 1604. Los Ugartes eran patronos de la iglesia, y el cabeza de la familia todavía se sentaba, durante las ceremonias religiosas, en puesto preferente, ocupando el majestuoso banco de roble tallado, con las armas de la casa y de la villa entrelazadas, aunque cuando asistía de oficio la corporación municipal, por cortesía dejaba el asiento al alcalde. Durante siglos y siglos los Ugartes fueron los cabos, los conductores, los guiones, el ejemplo, el sostén de aquellos montañeses, cuyas vidas y haciendas mil veces defendieron, de cuyas aspiraciones mil veces fueron portavoz y enseña. Ni aun la época moderna, letal para las tradiciones, había conseguido romper las que unían a esa familia con sus conterráneos, pues siempre los corazones de éstos y aquélla al unísono latieron. Ugartes fueron los capitanes del valle en la guerra contra la República francesa, y en la de la Independencia y en la de los realistas del año 22 y en las civiles de 1833 y 1872, y junta corrió su sangre, vertida por el plomo francés y el liberal. Los Ugartes eran el bosque centenario; los Osambelas el hongo efímero sin raíces, que nace de la corrupción de la tierra. Representaban éstos, en vez de servicios históricos, la improvisación social, los caprichos del acaso, la inmoralidad del éxito, la conquista de la influencia por medios ilícitos y mantenida por procedimientos torpes y artimañas repugnantes, el endiosamiento plebeyo, el poder envilecedor del dinero (pp. 223-224)[2].


[1] Cito por Arturo Campión, Blancos y negros, en Obras completas, vol. IX, Pamplona, Mintzoa, 1983, pp. 171-469, pero restituyendo las grafías originales de la edición de 1898. Una edición más reciente es esta: Arturo Campión, Blancos y negros. Guerra en la paz, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 17).

[2] Para más detalles, remito a Carlos Mata Induráin, «“Chocarán el puchero y la olla”: conflictos sociales e ideológicos en Blancos y negros, de Arturo Campión», en Carmen Erro Gasca e Íñigo Mugueta Moreno (eds.), Grupos sociales en la historia de Navarra. Relaciones y derechos. Actas del V Congreso de Historia de Navarra (Pamplona, septiembre de 2002), Pamplona, Ediciones Eunate / Sociedad de Estudios Históricos de Navarra, 2002, vol. II, pp. 165-178.

El elemento religioso en «La adúltera penitente», comedia en colaboración de Cáncer, Moreto y Matos Fragoso (1)

Elma Dassbach, La comedia hagiográfica del Siglo de Oro españolEn una entrada anterior resumí el argumento de La adúltera penitente, Santa Teodora, comedia hagiográfica escrita en colaboración por tres ingenios, Jerónimo de Cáncer y Velasco, Agustín Moreto y Juan de Matos Fragoso, la cual se publicó en la Parte nona de comedias escogidas de los mejores ingenios de España (Madrid, Gregorio Rodríguez por Mateo de la Bastida, 1657)[1]. En esta entrada abordaré el análisis del elemento religioso de la pieza, dejando para entradas posteriores el comentario de lo relativo al elemento sobrenatural y su espectacularidad y al elemento profano, de acuerdo con el esquema propuesto por Elma Dassbach en su estudio sobre la comedia hagiográfica[2].

Comenzaré adelantando que el elemento religioso, presente desde la primera escena, se encuentra muy bien fusionado con el elemento profano. La primera jornada, la de Cáncer, plantea una historia de amor basada en el triángulo Natalio-Teodora-Filipo (plano profano), pero esa historia se imbrica pronto con lo religioso, y no sólo por la tentadora intervención del Demonio. Ya en esa primera escena en la que Filipo se lamenta del desdén de su amada ante su amigo Roberto y su criado Morondo, este comenta, en broma, que su amo está hecho un Lucifer, por culpa del apasionado amor que siente por Teodora. Pero, más allá del significado metafórico de la frase hecha, esa afirmación va a resultar literalmente cierta, ya que —poco más adelante— el galán va a ser el instrumento elegido por el Demonio para perder a Teodora y perderle a él. En efecto, en su primera intervención, el Demonio, que sale «como se ha pintado vestido de estrellas» (acot. en p. 251), manifiesta su deseo de perder dos almas:

DEMONIO.- Fui la mayor estrella,
el sol fue con mi luz breve centella,
vi la imagen del hombre,
ofendiome su nombre,
y con la rabia que en mi pecho lidia,
buscando la soberbia hallé la envidia.
Con ella solicito mi venganza,
robando a Dios su misma semejanza:
despéñese Teodora,
despéñese Filipo, que la adora;
piérdanse, pues, dos almas, dos ideas
del divino pincel, pero tan feas,
que he de ver de mi agravio satisfecho
cómo blasona Dios de haberlas hecho (p. 251).

Cuando Filipo logre forzar a Teodora, el Demonio comentará que solo la violencia ha podido vencer la firmeza de la mujer, que por tanto no ha cometido ningún pecado, porque no ha ejercido su voluntad. Al comienzo de la segunda jornada, el Demonio se lamentará de que, pese a que a veces consigue derribar al hombre, Dios siempre se muestra dispuesto al perdón:

DEMONIO.- ¿De qué le sirve a mi ira
que derribe yo y que venza
al hombre, si Dios le da
la mano de su clemencia?
Que yo venciese a Teodora,
¿qué importó, si con más fuerza
se levanta contra mí
a hacerme más dura guerra? (p. 259a).

Este tipo de reflexiones desesperadas del Demonio son constantes a lo largo de la obra; en efecto, más tarde comenta que una flaca mujer procura vencerle, y de hecho así lo hace, cuando Teodora le arroja agua bendita: el agua quita la fuerza al Demonio, quien —impotente— solo puede vengarse golpeando al incauto Morondo (en una escena al servicio de la comicidad). Y lo mismo sucede más adelante, cuando el Demonio quiere llevar a Teodora a un nuevo peligro, hacer que caiga otra vez en los brazos de Filipo por medio de un engaño, avivando así las cenizas de su pasado delito. La impotencia de las fuerzas del mal, incapaces de prevalecer sobre las del bien, queda de nuevo de manifiesto en las palabras del mismo Demonio, quien otra vez se lamenta de que Dios descompone todos sus planes, y nuevamente su rabia se resuelve en golpes contra Morondo, quien se queja de que —por segunda vez— lo despiertan a palos: «sin duda el Demonio mismo / es mi sumiller de corps» (p. 270a), comenta humorísticamente, sin saber que esa es la pura realidad. Y, del mismo modo, también al comienzo de la Jornada III se insiste en esa impotencia del Demonio:

DEMONIO.- ¡Oh, escóndame el abismo
en sus profundos senos de mí mismo:
de mí, pues yo soy causa de mis penas,
y a las duras cadenas
en que estoy padeciendo
dolor añado, peso, horror y estruendo!
¿Qué me quieres, Teodora?
Cuantas vanas cautelas
contra ti emprendo agora,
son alas con que vuelas
a ganar la corona, el alto asiento
que infamado te da mi vencimiento:
el haberla sacado
tan afrentosamente del convento,
el valor ha doblado
de su merecimiento,
pues con el niño en este monte vive
haciendo honor la injuria que recibe (p. 273)[3].


[1] Todas las citas de la comedia corresponderán a esta edición.

[2] Ver Elma Dassbach, La comedia hagiográfica del Siglo de Oro español: Lope de Vega, Tirso de Molina y Calderón de la Barca, New York, Peter Lang, 1997, donde se incluye una amplia bibliografía sobre el género hagiográfico. La historia de Santa Teodora se incluye en la Leyenda dorada (ver Santiago de la Vorágine, La Leyenda dorada, ed. de Manuel Macías, Madrid, Alianza, 1992). En cualquier caso, no es mi objetivo ahora establecer una comparación de los elementos de la leyenda incluidos en la comedia con los conocidos por la tradición.

[3] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «La adúltera penitente, comedia hagiográfica de Cáncer, Moreto y Matos Fragoso», en Marc Vitse (ed.), Homenaje a Henri Guerreiro. La hagiografía entre historia y literatura en la España de la Edad Media y del Siglo de Oro, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2005, pp. 827-846.

Conflictos sociales e ideológicos en «Blancos y negros» (1898) de Arturo Campión

El trasfondo político-ideológico de Blancos y negros (Guerra en la paz) (Pamplona, Imprenta de Erice y García, 1898) de Arturo Campión (Pamplona, 1854-San Sebastián, 1937) ha sido bien analizado por José Javier López Antón, quien ha visto en esta novela la plasmación literaria de «la frustración de la tendencia fuerista de los euskaros»[1] y señalado los puntos de interés esenciales:

En el relato cuatro son los elementos principales a destacar. En primer lugar, la oposición de la vieja sociedad a la burguesía enriquecida. Otro aspecto es la contraposición entre la elogiada honradez social de los vascos y la grosería de los elementos foráneos, enlazada con la denuncia de la represión escolar del euskera. El cuarto aspecto se refiere a la atomización política navarra, marcada por la bipolarización banderiza en las tesis carlista y la antítesis liberal, de la que mana una síntesis novedosa, el fuerismo político[2].

Con relación al primer aspecto, López Antón ha puesto de manifiesto cómo la vida del pequeño pueblo de la Barranca donde se ambienta la acción queda mediatizada por el enfrentamiento entre Osambelas (burguesía enriquecida) y Ugartes (nobleza empobrecida):

La vida de Urgain se polariza en torno a los dos linajes de Osambela y de Ugarte. Uno de ellos, personificado por Juan Miguel Osambela, cacique liberal de Urgain, casado con la melosa cubana doña Gertrudis y con tres hijos, Robustiana, Agustina y Perico. El notario, al comprobar que su poder financiero no obtiene el afecto popular que sí provocan los Ugarte, aspira a insertar su estirpe en las más altas cimas de la política y del poder local, aun emparentando con los Ugarte.

Por otro lado, Isabel de Ugarte —rancia depositaria de las virtudes de la nobleza— y sus hijos María Isabel y Mario. Este último es un antiguo carlista desencantado del partido a raíz de la derrota de 1876. Su talante pragmático y entrega a las gentes del país le conduce a adoptar una causa que supere la caduca atomización partidista de carlistas y gubernamentales. Mario representa al hidalgo fuerista[3].

Blancos y negros, de Arturo CampiónEn las entradas siguientes es mi intención acercarme a la novela de Campión para mostrar la forma en que el autor presenta los dos grupos sociales en conflicto, si bien mi análisis no se centrará tanto en cuestiones ideológicas como en otras de tipo literario. Es decir, señalaré algunas estrategias narrativas y técnicas descriptivas empleadas por el autor para presentarnos esa situación de enfrentamiento, y para ello me fijaré en los personajes de Juan Miguel Osambela, don Mario de Ugarte y su madre, doña Isabel. Cabe adelantar que en Blancos y negros encontramos una acertada imbricación de las diversas tramas sentimentales (Perico y María Isabel, Robustiana y don Mario, Josepantoñi y don Mario, etc.) y de las rivalidades personales (Cuadrau y don Mario, Celedonia y Josepantoñi…) con el elemento político (las luchas de blancos y negros, carlistas y liberales, con capítulos de alto valor «documental»: la división del pueblo en bandos antitéticos, las triquiñuelas legales para ganar las elecciones…). Todo ello insertado, a su vez, en el contexto de una época que está conociendo profundos cambios sociales como los derivados de la decadencia de la nobleza rural y el ascenso de la burguesía liberal. En este sentido, podría afirmarse que Blancos y negros es una novela crepuscular, pues muestra la ruina —material, que no moral— de una familia noble, la de los Ugarte, sustentadora y articuladora de buena parte de la vida del pueblo y del valle.

Desde el punto de vista literario, Blancos y negros puede ser adscrita a la corriente del Realismo regionalista que, siguiendo las huellas de José María de Pereda y su novela idilio, busca retratar el paisaje y el paisanaje; además, junto con los elementos costumbristas propios de esta tendencia literaria, cabe destacar la presencia de algunos pasajes que sin dificultad podrían ser calificados de naturalistas. Por último, adelantaré también que el empleo de técnicas narrativo-descriptivas basadas en el contraste (de dos personajes, de dos situaciones, de dos realidades, a veces presentadas de forma claramente maniquea) constituye el rasgo constructivo más destacado de la novela[4].


[1] Ver José Javier López Antón, «Blancos y negros o la frustración de la tendencia fuerista de los euskaros», Letras de Deusto, vol. 28, núm. 81, octubre-diciembre 1998, donde se afirma que: «En Blancos y negros […] asistimos a la plena derrota intelectual de los euskaros en cuanto emprendedores de una táctica culturalista que trataba de renovar los moldes de la sociedad mediante el cultivo de la poesía, de la literatura autóctona en lengua vasca y la legendarización de la historia cara a crear una conciencia nacional expresamente definitiva» (pp. 165-166). Sobre Campión, véanse los trabajos de José Javier López Antón, Arturo Campión, entre la historia y la cultura, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1998; «Blancos y negros o la frustración de la tendencia fuerista de los euskaros», Letras de Deusto, vol. 28, núm. 81, octubre-diciembre 1998; «El imaginario pesimista de Vasconia en Arturo Campión», Vasconia, 27, 1998, pp. 177-194; y Escritores carlistas en la cultura vasca. Sustrato lingüístico y etnográfico en la vascología carlista, Pamplona, Pamiela, 1999. Ver también Elías Amézaga, «Ficha bio-bibliográfica de Arturo Campión», Letras de Deusto, núm. 44, vol. 19, mayo-agosto 1989, número extraordinario de Homenaje al Profesor Ignacio Elizalde, pp. 29-37; José de Cruchaga y Purroy, «Arturo Campión», prólogo a Obras completas, vol. I, Pamplona, Mintzoa, 1983, pp. 19-83; Santiago Cunchillos y Manterola, prólogo a Blancos y negros. Guerra en la paz, San Sebastián, Ttarttalo, 1998, pp. 11-18; Carmelo de Echegaray, «Arturo Campión», prólogo a Blancos y negros. Guerra en la paz, San Sebastián, Beñat Idaztiak, 1934, pp. 5-14; y Vicente Huici Urmeneta, «Arturo Campión. Aproximación a un vasco desconocido», Muga, núm. 9, 1980, pp. 56-65; para su contexto cultural y literario, los de Iñaki Iriarte López, Tramas de identidad. Literatura y regionalismo en Navarra (1870-1960), Madrid, Biblioteca Nueva, 2000; y José Luis Nieva Zardoya, La idea euskara de Navarra, 1864-1902, Bilbao, Fundación Sabino Arana / Euskara Kultur Elkargoa, 1999. Las citas de la novela serán por la edición de Mintzoa (Arturo Campión, Obras completas, vol. IX, Pamplona, Mintzoa, 1983, pp. 171-469), pero restituyendo las grafías originales de la edición de 1898. Una edición más reciente es esta: Arturo Campión, Blancos y negros. Guerra en la paz, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 17).

[2] José Javier López Antón, «Blancos y negros o la frustración de la tendencia fuerista de los euskaros», Letras de Deusto, vol. 28, núm. 81, octubre-diciembre 1998, p. 166.

[3] López Antón, «Blancos y negros o la frustración de la tendencia fuerista de los euskaros», p. 166.

[4] Para más detalles, remito a Carlos Mata Induráin, «“Chocarán el puchero y la olla”: conflictos sociales e ideológicos en Blancos y negros, de Arturo Campión», en Carmen Erro Gasca e Íñigo Mugueta Moreno (eds.), Grupos sociales en la historia de Navarra. Relaciones y derechos. Actas del V Congreso de Historia de Navarra (Pamplona, septiembre de 2002), Pamplona, Ediciones Eunate / Sociedad de Estudios Históricos de Navarra, 2002, vol. II, pp. 165-178.

Dos comedias hagiográficas de Jerónimo de Cáncer

Comedia en colaboración en el Siglo de Oro

Muy poco es lo que se ha escrito sobre Jerónimo de Cáncer y Velasco como dramaturgo[1]. Suele recordarse que no fue mencionado por Lope de Vega en su Laurel de Apolo (1630) ni por Juan Pérez de Montalbán en el Para todos (1632) y que algunas de sus obras sufrieron la censura de la Inquisición. No olvidemos que, salvo dos comedias burlescas, todas sus piezas dramáticas fueron escritas en colaboración, práctica habitual entre los ingenios de la época para sacar adelante los múltiples compromisos adquiridos[2]. Muchas veces estas comedias eran redactadas con gran precipitación para satisfacer la enorme demanda de los corrales, de ahí que su calidad literaria se resienta. El propio Cáncer aludió a esta circunstancia; refiriéndose a San Isidro Labrador, que compuso con Pedro Rosete Niño y un tercer ingenio desconocido, dice festivamente en su Vejamen:

Escribimos tres amigos
una comedia a un autor;
fue de un santo labrador,
y echamos por esos trigos,

apostillando que «tan mala comedia no se ha escrito en los infiernos».

Un grupo importante dentro de su producción dramática lo forman las comedias de santos y mártires. Dos de sus piezas más famosas son El mejor representante, San Ginés[3] y La adúltera penitente, Santa Teodora[4]. La primera, que suele considerarse su mejor obra en colaboración, está escrita con Rosete y Martínez de Meneses. Inspirada en Lo fingido verdadero de Lope, fue publicada en 1668 y se ha conservado en algún testimonio con el título de Hacer su papel de veras. Refiere la historia de Ginés, soldado romano que por amor a la actriz Marcela («amor es el que me fuerza, / amor es el que me arrastra», p. 200a) se hace actor. Ginés obtiene tanto éxito en los ensayos de la Comedia del cristiano bautizado, en la que el emperador ordena martirizar al protagonista, que Diocleciano pide que la obra sea representada en Palacio. Poco a poco, ficción y realidad terminarán por confundirse: Ginés, gentil que odiaba a los «viles cristianos», estudia tan bien su papel, que se hace cristiano de veras y se convierte en mártir: al final, muere crucificado y un ángel lo corona de laurel «en prueba de que ganaste / con el Sumo Autor el nombre / del mejor representante» (p. 230b). La crítica ha destacado la superioridad del primer acto, el de Cáncer, en el que se pone de relieve el contraste entre la «farsa de la vida» (Diocleciano pasa de hijo de esclavo a representar en ella el papel de emperador) y la «vida de la farsa», con interesantes alusiones a la realidad teatral del XVII: la abundancia de poetas chanflones, las ganancias de los actores («un representante cobra / cada noche lo que gana / y el autor le paga, aunque / no haya dinero en la caja», p. 199b) o las dificultades de algunos dramaturgos para componer (de uno —bien podría ser el propio Cáncer— se dice que tiene preñada la musa, porque pare las comedias con dolor).

La acción de La adúltera penitente, Santa Teodora (1657, con Matos Fragoso y Moreto[5]) sucede en Alejandría. Filipo ama a Teodora, que se ha casado por presiones familiares con el rico Natalio. La dama vive triste porque una sombra lasciva la acosa todas las noches incitándola a que premie el amor constante de su galán. La visión la envía el Demonio, que quiere perder las almas de Tedora y Filipo. Una industria urdida por el criado Morondo para sacar a Natalio de casa y la ayuda del propio Demonio proporcionan a Filipo la ocasión para gozar, con violencia, de Teodora. Pero, una vez satisfecho su deseo, deja abandonada a la mujer, retirándose a vivir como bandido en el monte. Teodora huye de casa y marcha a un convento, donde, vistiendo el hábito varonil, se hace pasar por fray Teodoro. Por su parte, el deshonrado Natalio busca a su esposa para satisfacer su venganza matándola. Teodora hace varios milagros (amansa a un león, consigue que los árboles la ayuden a cantar cuando es expulsada del coro…). El Demonio la sigue asediando, pero al final ha de reconocerse vencido por la virtud de la mujer, que recibe ayuda del Cielo siempre que la solicita. Teodora y Filipo siguen vistiendo el hábito religioso y llevan una vida de dura penitencia hasta que la protagonista alcanza una muerte santa, como anuncia al final un ángel. Natalio, al ver los prodigios que obra el Cielo, considera lo sucedido «dichosa venganza» (p. 286b) de su agravio[6].


[1] Narciso Díaz de Escovar, «Don Jerónimo de Cáncer y Velasco», Revista Contemporánea, tomo CXXI, cuaderno IV, núm. 606, 1901, 405-409 esboza un catálogo de sus obras teatrales.

[2] Ver ahora Juan Matas Caballero (ed.), La comedia escrita en colaboración en el teatro del Siglo de Oro, Valladolid, Ediciones Universidad de Valladolid, 2017.

[3] El mejor representante, San Ginés, comedia famosa de tres ingenios, de D. Gerónimo Cáncer, Don Pedro Rosete y Don Antonio Martínez, en Parte veinte y nueve de comedias nuevas, escritas por los mejores ingenios de España, Madrid, Joseph Fernández de Buendía a cargo de Manuel Meléndez, 1668.

[4] La adúltera penitente, de tres ingenios, Cáncer, Moreto y Matos, en Parte nona de comedias escogidas de los mejores ingenios de España, Madrid, Gregorio Rodríguez por Mateo de la Bastida, 1657.

[5] Ver un análisis de esta comedia en Carlos Mata Induráin, «La adúltera penitente, comedia hagiográfica de Cáncer, Moreto y Matos Fragoso», en Marc Vitse (ed.), Homenaje a Henri Guerreiro. La hagiografía entre historia y literatura en la España de la Edad Media y del Siglo de Oro, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2005, pp. 827-846.

[6] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Cáncer y la comedia burlesca», en Javier Huerta Calvo (dir.), Historia del teatro español, vol. I, De la Edad Media a los Siglos de Oro, Madrid, Gredos, 2003, pp. 1069-1096.

«Don Quijote y Sancho Panza en el castillo del Duque» de José Robreño: valoración final

Como valoración final, puede decirse que Don Quijote y Sancho Panza en el castillo del Duque de José Robreño[1] no es una obra que destaque especialmente por sus méritos literarios: su calidad es más bien escasa; desde el punto de vista métrico, se caracteriza por la monotonía de la versificación y, en el plano ideológico, por su didactismo moralizante (nos plantea una interpretación didáctica del personaje y los hechos de don Quijote, una prevención contra los perniciosos efectos de las malas lecturas). Se trata de una obra sin mayores complejidades ni pretensiones, aunque es cierto que su autor, José Robreño, muestra bastante habilidad para sintetizar, engarzar y dar unidad a una serie de aventuras y episodios de la Segunda Parte de la novela cervantina, pues aúna todos los sucesos protagonizados por don Quijote en palacio (que muestran los inconvenientes de la vida cortesana) y todo lo relativo al gobierno insulano de Sancho Panza (con las dificultades y engorros del ejercicio del poder).

Sanch Panza, Gobernador de la Ínsula Barataria

En cualquier caso, más allá de sus valores dramático-literarios, la obra de Robreño resulta un título interesante en tanto en cuanto constituye un eslabón más en la larga y compleja cadena de recreaciones del Quijote, concretamente en el ámbito del teatro y en unos años (1834-1835) de pleno triunfo romántico en España e, igualmente, de destacada actividad cervantina[2].


[1] He manejado la edición original (Don Quijote y Sancho Panza en el castillo del Duque. Comedia en cuatro actos y en verso original de don José Robreño, Barcelona, en la imprenta de J. Torner, 1835), pero las citas del texto serán por número de versos, que corresponden a la edición moderna que estoy preparando en la actualidad.

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Una recreación dramática del Quijote en pleno triunfo romántico: Don Quijote y Sancho Panza en el castillo del Duque (1834-1835), de José Robreño», en Alexia Dotras Bravo, José Manuel Lucía Megías, Elisabet Magro García y José Montero Reguera (eds.), Tus obras los rincones de la tierra descubren. Actas del VI Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas (Alcalá de Henares, 13 al 16 de diciembre de 2006), Alcalá de Henares, Asociación de Cervantistas / Centro de Estudios Cervantinos, 2008, pp. 535-554.

«Prosa española» (1977) de José Luis Tejada: valoración final

José Luis Tejada propone en Prosa española[1] acabar con las «posturas disyuntivas» de esta «estirpe disyuntiva» española; olvidar el pasado rencor, que no es sino «memoria muerta» de una «hornada belicosa», y mirar al futuro con esperanza, olvidando los viejos maniqueísmos: «Y además, que aquí nadie juega más / a los malos y a los buenos» (p. 31). Plantea una reconciliación nacional sólida y duradera, una paz de la que quizá su generación ya no pueda disfrutar, pero sí sus hijos, que son el futuro y la esperanza.

Monumento_Tejada

De hecho, la voz lírica se sitúa a medio camino entre una generación que vivió activamente la guerra y esa otra generación futura que deberá gozar la paz y el olvido, como indica el poema «Desde mi punto muerto»[2]. A los jóvenes corresponde el abrir «de par en par la palabra» (p. 16) y avanzar todos juntos de consuno, sin más divisiones: «ahora hay que cantar a coro» (p. 34). Ahora, grita el poeta, es el momento de olvidar la «voz armada» (poema «Delitos»), de buscar el «amor que une», el «olvido que lava», el respeto mutuo que garantice la convivencia, para «preparar las sendas / a un futuro sin más revanchas» («Estos versos se quedan solos…»). Pero su deseo ya no se limitará solo a España, sino que abarcará al mundo entero, anhelando una humana vivencia en fraternidad universal. En suma, el mensaje que nos lanza al corazón José Luis Tejada es que nos olvidemos de los diversos «yo» individualistas y que formemos entre todos un «nosotros» colectivo y solidario gracias al cual podamos en el futuro, como decía con bellísima expresión en el poema «Reclamación»[3], hablar siempre «en paz alta»[4].


[1] José Luis Tejada, Prosa española, Conil de la Frontera (Cádiz), Imprenta La Cañaílla, 1977.

[2] «A caballo mi vida entre la vida / de los de ayer y de los de mañana, / con una mano asida a mis recuerdos / y con otra a mi esperanza». También en el primer soneto de «Tríptico de la Libertad» contrapone «lastres de ayer, tirones de mañana» (p. 49).

[3] Perteneciente a Razón de ser.

[4] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Nosotros, la libertad y España en el poemario Prosa española (1977) de José Luis Tejada», en Ana-Sofía Pérez-Bustamante Mourier (ed.), José Luis Tejada (1927-1988): un poeta andaluz de la Generación del medio siglo, El Puerto de Santa María, Ayuntamiento de El Puerto de Santa María, 2000, pp. 169-180.

«Don Quijote y Sancho Panza en el castillo del Duque» de José Robreño: métrica y estilo

En cuanto a la métrica de Don Quijote y Sancho Panza en el castillo del Duque (toda la obra de Robreño, recordemos, está versificada, hasta sumar un total de 2.178 versos), la monotonía es la nota dominante en la obra de Robreño[1]: en el Acto Primero predomina el romance -á o, pero en la parte central se introduce un romancillo de rima para la escena de requerimiento amoroso de Altisidora a don Quijote. En el resto de la pieza, ni siquiera se da esa mínima alternancia: en efecto, todo el Acto Segundo se construye en romance -é o; todo el Acto Tercero es romance -á a; y todo el Acto Cuarto utiliza el romance -í o. No son infrecuentes los casos de versos hipermétricos o hipométricos, así como los descuidos en la consecución de las rimas (los versos de Robreño son bastante ramplones; en algún momento concreto se pueden elevar un tanto, pero no podemos afirmar que «suenen» como los de Zorrilla: eso sería hacerles mucho honor). Encontramos además la presencia de palabras sin valor léxico en posición final de verso para conseguir la rima (por ejemplo, en los vv. 1873 y 2013).

Encuentro de Don Quijote con los Duques de Villahermosa

En otro orden de cosas, se introducen palabras y expresiones coloquiales (patarata, cachaza, zambomba…) y se utilizan tratamientos (el usted) que no se corresponden con los usuales en la época cervantina. Por lo demás, en la obra apenas entra el elemento del ornato retórico y, en definitiva, sus valores estéticos son bastante limitados[2].


[1] He manejado la edición original (Don Quijote y Sancho Panza en el castillo del Duque. Comedia en cuatro actos y en verso original de don José Robreño, Barcelona, en la imprenta de J. Torner, 1835), pero las citas del texto serán por número de versos, que corresponden a la edición moderna que estoy preparando en la actualidad.

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Una recreación dramática del Quijote en pleno triunfo romántico: Don Quijote y Sancho Panza en el castillo del Duque (1834-1835), de José Robreño», en Alexia Dotras Bravo, José Manuel Lucía Megías, Elisabet Magro García y José Montero Reguera (eds.), Tus obras los rincones de la tierra descubren. Actas del VI Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas (Alcalá de Henares, 13 al 16 de diciembre de 2006), Alcalá de Henares, Asociación de Cervantistas / Centro de Estudios Cervantinos, 2008, pp. 535-554.