«La española inglesa»: temas y valoración

Sabemos que este relato cervantino está repleto de lances y peripecias: las dificultades que estorban el amor de los dos jóvenes protagonistas (Isabela y Ricaredo), los celos e intrigas del rival antagonista (Arnesto), el envenenamiento de Isabela con la consiguiente pérdida de su hermosura física (que recuerda el caso similar de Auristela / Sigismunda en el tramo final del Persiles), el cautiverio de Ricaredo en poder de los turcos…, todo ello sobre un apasionante telón de fondo histórico de enemistades políticas y conflictos de religión que Cervantes recrea en su novela con su habitual maestría narrativa. En opinión de Juan Luis Alborg, «Este relato ofrece una curiosa mezcla de novelescas aventuras, de realidad y de viejos recuerdos personales del autor». Y tras resumir brevemente el argumento, comenta:

Este resumen de la acción da idea apenas de los abundantes sucesos con los que aquélla se complica. Cervantes aprovecha una vez más la ocasión de enhebrar episodios de su propia vida militar, que atribuye ahora al héroe de su relato, tales como la lucha contra las galeras turcas, precisamente en el mismo paraje de «las tres Marías», donde él había sido apresado, el posterior cautiverio de Ricaredo en Argel, su liberación por los trinitarios y la procesión ritual en Valencia. El novelista imagina con menos que mediano acierto la parte de la acción localizada en Inglaterra, país que no le era conocido, y pisa terreno firme cuando se sitúa en su país o en el escenario de sus pasadas aventuras[1].

En efecto, uno de los principales puntos de interés de La española inglesa reside en esos recuerdos autobiográficos que introduce Cervantes en el relato, concretamente de sus andanzas como soldado y de su vida de cautiverio: como el autor de las Novelas ejemplares, Ricaredo es llevado a Argel, para ser liberado más tarde por los frailes trinitarios, siendo, de alguna manera, trasunto de su creador. En este sentido, cabe añadir —como apunta Alborg y la crítica, en general— que la ambientación de esta narración es buena y documentada cuando la acción transcurre en el Mediterráneo y en España, no así cuando se sitúa en Inglaterra, país que resultaba desconocido para Cervantes. Igualmente, otro detalle que ha llamado la atención de los estudiosos es el retrato positivo que de la reina de Inglaterra ofrece el novelista, quizá respondiendo a motivos políticos (cabe suponer que la fecha de redacción de La española inglesa coincidiría con alguno de los escasos periodos de paz con el tradicional enemigo de la Monarquía Hispánica. Sobre la imagen que se ofrece de la soberana inglesa, señala el citado Alborg:

Un aspecto ha sido repetidamente notado en La española inglesa: la atractiva semblanza que da Cervantes de la reina de Inglaterra, en contra de la común opinión de todos los españoles de su tiempo, alimentada por la doble hostilidad, política y religiosa; imagen favorable que se acrecienta con la generosa disposición que atribuye a la reina inglesa para con la protagonista de su narración, española y católica. El dato ha sido atribuido a la abierta y humana tolerancia de Cervantes, y también a posibles razones de conveniencia política en aquellos momentos; razones que los eruditos no han conseguido esclarecer del todo[2].

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Por su parte, Felipe B. Pedraza Jiménez y Milagros Rodríguez Cáceres escriben esta explicación al respecto:

Se ha observado repetidamente el tono amistoso con que se describe la realidad inglesa y, muy especialmente, a la reina Isabel I. No olvidemos que a principios de siglo Felipe III reanuda las relaciones con este país y que en 1604 se firma la paz con Jacobo I. Son, pues, razones de tipo político las que impulsan a Cervantes a darnos una visión tan inusitada en la época. También se advierte un anhelo de unificación católica[3].

Por lo demás, los personajes de esta novela, como los de otros relatos idealistas de las Novelas ejemplares, son héroes que reúnen en sus personas belleza física y moral y todo un cúmulo de virtudes. Más que retratos individualizados, Ricaredo e Isabela son arquetipos convencionales, y el remate de la acción va encaminado al final feliz, al triunfo del amor de los jóvenes enamorados, que tanto gustaba al público lector del Siglo de Oro (y, en general, de todos los tiempos).

En fin, Harry Sieber (editor de las Novelas ejemplares en Cátedra) ha destacado la importancia del elemento económico, la continua relación con el dinero que se pone de relieve en distintos detalles de la historia de los dos enamorados:

A primera vista parece una historia sencilla y arquetípica que trata del amor y de los obstáculos convencionales que tienen que superar los jóvenes amantes. Pero como en La gitanilla y en El amante liberal, el amor está muy integrado en el interés, con ducados, escudos y joyas sobre todo, y con la economía en general. Es aquí donde se encuentra uno de los más interesantes temas de la novela. En primer lugar hay que recordar, por ejemplo, que el padre de Isabela es mercader. Su hija y sus bienes —toda su fortuna— desaparecen en el mismo saqueo violento de Cádiz. Con la recuperación de su hija comienza a mejorar su salud económica, porque se marcha de Londres con dinero y unas cédulas reales. […] Esta estrecha relación entre Isabela y el bienestar económico refleja el sistema mercantil que funciona como trasfondo de la historia de amor. […] Hay que notar que las operaciones bancarias descritas por Cervantes ponen de relieve el idealismo, lo irreal de la historia de amor de Isabela y Ricaredo al ligarla fijamente con unas realidades económicas concretas[4].

Y añade Sieber que esta cuestión se extiende a las condiciones económicas de la liberación de Ricaredo, trasunto de las vividas por el propio Cervantes.


[1] Juan Luis Alborg, Historia de la literatura española, II, Época barroca, 2.ª ed., 4.ª reimp., Madrid, Gredos, 1983, p. 107.

[2] Alborg, Historia de la literatura española, II, Época barroca, pp. 107-108.

[3] Felipe B. Pedraza Jiménez y Milagros Rodríguez Cáceres, Manual de literatura española, vol. III, Barroco: Introducción, prosa y poesía, Tafalla, Cénlit, 1980, p. 121.

[4] Harry Sieber, «Introducción» a Miguel de Cervantes, Novelas ejemplares, 13.ª ed., Madrid, Cátedra, 1990, vol. I, pp. 29-30.

«Rinconete y Cortadillo» de Cervantes: estructura, personajes y estilo

Como hemos podido comprobar al resumir el argumento de Rinconete y Cortadillo, una de las doce Novelas ejemplares de Cervantes, la novela tiene una estructura bastante bien organizada[1]. Podemos dividirla en tres partes: 1) el encuentro de los pícaros, el viaje hasta Sevilla; 2) todo lo que sucede en esa casa, segmento en que la descripción prima sobre la narración de acciones (Rinconete y Cortadillo se convierten en testigos y espectadores de una sucesión de cuadros de la vida hampesca); y 3) una parte final muy breve, a modo de epílogo, en la que se refiere su decisión final de abandonar a Monipodio, en cualquier caso, después de pasar algún tiempo a su servicio.

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También en otra entrada anterior consideramos la relación de Cervantes con la picaresca, en particular en lo que respecta a esta novela de Rinconete y Cortadillo. Los dos personajes protagonistas, aprendices de pícaros y ladrones, son más bien dos muchachos que han escapado de sus modestas familias huyendo de una vida estrecha de miras; han salido a los caminos, en suma, en busca de aventuras y libertad. La relación que les une es de cierta hipocresía al principio, pero luego traban una amistad sincera y, aunque ambos se contagian de la fácil alegría del vivir de los hampones, se percibe que prevalece en ellos cierta discreción y sentido moral (especialmente en Rinconete).

Por lo demás, la novela refleja a la perfección ese mundo del hampa sevillana, donde cada miembro de la «santa» congregación de Monipodio tiene su función, incluidos los dos ancianos graves que habían llegado al patio:

No tardó mucho, cuando entraron dos viejos de bayeta, con antojos que los hacían graves y dignos de ser respectados, con sendos rosarios de sonadoras cuentas en las manos.

La presencia de estos personajes de tan correcta apariencia había sorprendido notablemente a los muchachos, pero más adelante será el propio Monipodio quien se encargue de explicarles la utilísima misión que desempeñan:

Rinconete, que de suyo era curioso, pidiendo primero perdón y licencia, preguntó a Monipodio que de qué servían en la cofradía dos personajes tan canos, tan graves y apersonados. A lo cual respondió Monipodio que aquéllos, en su germanía y manera de hablar, se llamaban avispones, y que servían de andar de día por toda la ciudad avispando en qué casas se podía dar tiento de noche, y en seguir los que sacaban dinero de la Contratación o Casa de la Moneda, para ver dónde lo llevaban, y aun dónde lo ponían; y en sabiéndolo, tanteaban la groseza del muro de la tal casa y diseñaban el lugar más conveniente para hacer los guzpátaros —que son agujeros— para facilitar la entrada. En resolución, dijo que era la gente de más o de tanto provecho que había en su hermandad, y que de todo aquello que por su industria se hurtaba llevaban el quinto, como Su Majestad de los tesoros; y que, con todo esto, eran hombres de mucha verdad, y muy honrados, y de buena vida y fama, temerosos de Dios y de sus conciencias, que cada día oían misa con estraña devoción.

En fin, al reflejar determinados ambientes (los de la marginalidad y la delincuencia) de aquella Sevilla populosa y bullanguera que monopolizaba el comercio con América —y que Cervantes conocía muy bien por haber vivido en ella algún tiempo, incluyendo su reclusión de unos meses en la Cárcel Real—, el relato deja paso también a la sátira social: el robo, la corrupción y la hipocresía están a la orden del día en la ciudad, y se insiste constantemente en la venalidad de la justicia. Cervantes no necesita hacer explícita su crítica: simplemente, se limita a presentar unos personajes y a describir sus hechos, y de ello se desprende la sátira social. En conjunto, Rinconete y Cortadillo nos ofrece un magnífico fresco, pleno de costumbrismo realista (de nuevo, como en La gitanilla, realismo literario, claro está) de aquella animada sociedad sevillana que Jean Canavaggio ha evocado así:

Quien no ha visto Sevilla, no ha visto maravilla, dice un conocido refrán. Nunca ha sido tan verdad como en el momento en que España, a pesar del desastre de la Invencible, estaba aún en su poderío. El trafico con las Indias, que desde el principio del reinado sorprendía a los viajeros extranjeros, había conocido desde entonces un desarrollo extraordinario. Barcos comerciantes y galeras desembarcaban carretas llenas de la plata de las minas de Potosí y derramaban en el Arenal del río los artículos y productos que el Nuevo Mundo intercambiaba con la vieja Europa[2].

Desde el punto de vista del lenguaje y el estilo, cabe destacar el amplio uso que hace Cervantes del vocabulario de germanía, así como las varias prevaricaciones idiomáticas de Ganchuelo y Monipodio. El estilo popular se intensifica con la inclusión, en el tramo final del relato, de algunas coplas populares que cantan los rufianes y sus daifas en el sarao que organizan. Los abundantes diálogos son ágiles y amenos. Y, como siempre en Cervantes, la ironía narrativa no deja de estar presente, según ha destacado García López:

Ese jugueteo entre identidad y diferencia de narrador y personajes alcanza su momento más importante en Rinconete y Cortadillo, donde el narrador irónico contradice, con su descripción, el comportamiento de los personajes, al tiempo que éstos, en el trecho central del relato, se convierten en delegados del narrador[3].


[1] Reproduzco aquí, con algunos pequeños cambios, unos párrafos de mi introducción a Miguel de Cervantes, Novelas ejemplares (La gitanilla. Rinconete y Cortadillo), ed. de Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2010. Las citas corresponden a esta edición mía.

[2] Jean Canavaggio, Cervantes, trad. de Mauro Armiño, Madrid, Espasa Calpe, 2003, p. 231. Para la Sevilla en tiempos de Cervantes, ver Antonio Domínguez Ortiz, La Sevilla del siglo XVII, Sevilla, Universidad de Sevilla, 1984, y José Caballero Bonald, Sevilla en tiempos de Cervantes, Barcelona, Planeta, 1991.

[3] Jorge García López, prólogo a su edición de las Novelas ejemplares, Barcelona, Crítica, 2005, p. LXXXIV.

Argumento de «Rinconete y Cortadillo», novela ejemplar de Cervantes

Recordemos ahora sucintamente el argumento de esta novela, que es la tercera de las incluidas en la colección publicada por Cervantes en 1613 bajo el título de Novelas ejemplares[1]. El relato nos presenta a dos jóvenes aprendices de pícaros, Pedro del Rincón y Diego Cortado, que se encuentran por azar en una venta (la del Molinillo, «en los famosos campos de Alcudia», a la mitad del camino, aproximadamente, entre Toledo y Córdoba). Ambos han salido de sus casas y abandonado sus modestas familias en busca de libertad y aventuras. Los dos muchachos, rotos y desastrados, tras algunas reticencias iniciales, entran pronto en confianza, se cuentan sus respectivas vidas (Rincón es hábil en el manejo de unos naipes marcados, y Cortado se da buena maña con el corte de tijera, es decir, es ladrón), traban amistad (sellada con un fuerte abrazo) y juntos se encaminan hacia Sevilla. Tras una serie de lances de sabor picaresco (todavía en la venta, con los naipes marcados le ganan su dinero a un arriero; al llegar a Sevilla, roban en la maleta de un francés del grupo de caminantes en cuya compañía han hecho la jornada; luego, quitan a un sacristán una bolsa con dinero y un pañuelo), y después de dedicarse a recorrer la ciudad, se informan con un muchacho asturiano sobre el oficio de esportilleros. Al percatarse de las ventajas que tal oficio les proporciona (no se requieren mayores conocimientos, sino solo fuerza física, y además su desempeño les da entrada libre y franca a muchas casas…), los dos compran los útiles necesarios y empiezan a trabajar como mozos de la esportilla. Otro mozo de la esportilla, Ganchuelo, que ha sido testigo del robo de la bolsa y el pañuelo, les indica que, si son ladrones, deben presentarse ante el señor Monipodio, que es el jefe de una «cofradía», de una asociación de ladrones, estafadores, prostitutas y otras gentes de mal vivir, que controla el negocio del crimen en aquel territorio. Desde su llegada a la casa de Monipodio, ambos jóvenes van a ser testigos de todo lo que allí sucede. El relato se transforma ahora en una rápida sucesión de personajes: dos estudiantes, dos esportilleros, un ciego, dos ancianos graves, una vieja beatona, dos bravos, etc., todos los cuales conforman un animado cuadro de costumbres de la vida hampona.

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Esta es, por ejemplo, la descripción de los dos bravos, todavía anónimos (más adelante conoceremos sus nombres, Chiquiznaque y Maniferro):

Llegaron también de los postreros dos bravos y bizarros mozos, de bigotes largos, sombreros de grande falda, cuellos a la valona, medias de color, ligas de gran balumba, espadas de más de marca, sendos pistoletes cada uno en lugar de dagas, y sus broqueles pendientes de la pretina; los cuales, así como entraron, pusieron los ojos de través en Rincón y Cortado, a modo de que los estrañaban y no conocían (p. xxx).

Todos se han congregado en la casa porque esperan la «audiencia» de su jefe Monipodio, presentado por el narrador con estas palabras:

Llegose en esto la sazón y punto en que bajó el señor Monipodio, tan esperado como bien visto de toda aquella virtuosa compañía. Parecía de edad de cuarenta y cinco a cuarenta y seis años, alto de cuerpo, moreno de rostro, cejijunto, barbinegro y muy espeso; los ojos, hundidos. Venía en camisa, y por la abertura de delante descubría un bosque: tanto era el vello que tenía en el pecho. Traía cubierta una capa de bayeta casi hasta los pies, en los cuales traía unos zapatos enchancletados; cubríanle las piernas unos zaragüelles de lienzo, anchos y largos hasta los tobillos; el sombrero era de los de la hampa, campanudo de copa y tendido de falda; atravesábale un tahalí por espalda y pechos a do colgaba una espada ancha y corta, a modo de las del perrillo; las manos eran cortas, pelosas, y los dedos gordos, y las uñas hembras y remachadas; las piernas no se le parecían, pero los pies eran descomunales de anchos y juanetudos. En efeto, él representaba el más rústico y disforme bárbaro del mundo (p. xxx).

Después de interrogar a los dos nuevos candidatos que le trae Ganchuelo, Monipodio los admite en la congregación y les da los nombres de Rinconete y Cortadillo. En esto llega un alguacil preocupado porque se ha robado en su distrito una bolsa con dineros que pertenecía a un pariente suyo. Monipodio se enfada porque nadie le sabe dar cuentas de ese robo, que parece haber escapado de su control, y Rinconete y Cortadillo entienden en seguida que es mejor entregar la bolsa y el pañuelo del sacristán. Se apunta ya aquí el tema de la venalidad de la justicia: a los rufianes les interesa tener contento a este alguacil, porque habitualmente les ayuda pasando por alto otros muchos robos y delitos.

Aparecen después dos mozas del partido, la Gananciosa y la Escalanta, que se acercan a sus rufianes, los bravos antes descritos, Chiquiznaque y Maniferro. Otro retrato interesante es el de la vieja conocida como la señora Pipota, que compagina sus pequeñas rapiñas con hipócritas prácticas religiosas. Todos los allí reunidos van a darse un banquete, cuyos preparativos se ven interrumpidos por la llegada de otra prostituta, Juliana la Cariharta, que se queja de haber sido maltratada por el Repolido. Poco después es este jaque quien entra «en escena» (utilizo adrede esta expresión, pues el rápido desfile de personajes da cierto aire teatral al relato). Tras vivirse algunos momentos de tensión (enfrentamiento del Repolido con la Cariharta y los otros bravos), Monipodio logra que la cosa no vaya a más y se firmen las paces. Se dejan llevar ahora por la alegría, cantan y beben todos juntos, pero la alegre velada sufre una nueva interrupción cuando uno de los vigilantes apostados en la calle avisa de que se acerca un alcalde con algunos corchetes. Sin embargo, se trata de una falsa alarma: todo queda en un susto, pues los agentes de la justicia pasan de largo sin entrar en la casa.

Otro episodio tiene que ver con la llegada de un caballero que reclama a Monipodio por un servicio mal prestado por sus rufianes (había encargado que dieran una cuchillada a un enemigo suyo, pero no se ha dado todavía). Monipodio le ofrece algunas explicaciones, que son aceptadas, y todo se arregla. Después repasan la lista de «trabajos» pendientes (cuchilladas, palos…), de los que llevan puntual cuenta en un cuaderno. Luego Monipodio incluye a Rinconete y Cortadillo entre los miembros de la cofradía, asentando sus nombres en el libro de registro, y les asigna una ocupación concreta y un lugar de la ciudad donde desempeñarla, perdonándoles en vista de su ingenio y habilidad el año de noviciado que suelen cumplir todos los novatos.

Nos acercamos ya al desenlace. En el bullicioso patio de Monipodio, los dos jóvenes, Rinconete y Cortadillo, han sido testigos de las buenas ganancias que se pueden obtener formando parte de aquella congregación y de la vida alegre que se dan los ladrones, sus compañeras y la demás gente de este gremio del mal. Las líneas finales del relato nos informan de que pasaron con ellos algún tiempo (el narrador anuncia que contará sus aventuras en una segunda parte); pero asimismo se han dado cuenta de los peligros que los acechan, siempre sujetos a pagar sus delitos con penas de azotes, galeras o muerte si la justicia —una justicia no comprada— los atrapa, por lo que, con buen criterio, finalmente decidirán abandonar la vida delincuente:

Era Rinconete, aunque muchacho, de muy buen entendimiento, y tenía un buen natural; y como había andado con su padre en el ejercicio de las bulas, sabía algo de buen lenguaje, y dábale gran risa pensar en los vocablos que había oído a Monipodio y a los demás de su compañía y bendita comunidad, y más cuando por decir per modum suffragii había dicho per modo de naufragio; y que sacaban el estupendo, por decir estipendio, de lo que se garbeaba; y cuando la Cariharta dijo que era Repolido como un marinero de Tarpeya y un tigre de Ocaña, por decir Hircania, con otras mil impertinencias (especialmente le cayó en gracia cuando dijo que el trabajo que había pasado en ganar los veinte y cuatro reales lo recibiese el Cielo en descuento de sus pecados) a éstas y a otras peores semejantes; y, sobre todo, le admiraba la seguridad que tenían y la confianza de irse al Cielo con no faltar a sus devociones, estando tan llenos de hurtos, y de homicidios, y de ofensas de Dios. Y reíase de la otra buena vieja de la Pipota, que dejaba la canasta de colar hurtada guardada en su casa y se iba a poner las candelillas de cera a las imágenes, y con ello pensaba irse al Cielo calzada y vestida. No menos le suspendía la obediencia y respecto que todos tenían a Monipodio, siendo un hombre bárbaro, rústico y desalmado. Consideraba lo que había leído en su libro de memoria y los ejercicios en que todos se ocupaban. Finalmente, exageraba cuán descuidada justicia había en aquella tan famosa ciudad de Sevilla, pues casi al descubierto vivía en ella gente tan perniciosa y tan contraria a la misma naturaleza; y propuso en sí de aconsejar a su compañero no durasen mucho en aquella vida tan perdida y tan mala, tan inquieta, y tan libre y disoluta. Pero, con todo esto, llevado de sus pocos años y de su poca experiencia, pasó con ella adelante algunos meses, en los cuales le sucedieron cosas que piden más luenga escritura; y así, se deja para otra ocasión contar su vida y milagros, con los de su maestro Monipodio, y otros sucesos de aquellos de la infame academia, que todos serán de grande consideración y que podrán servir de ejemplo y aviso a los que las leyeren (p. xxx).


[1] Reproduzco aquí, con algún leve cambio, unos párrafos de mi introducción a Miguel de Cervantes, Novelas ejemplares (La gitanilla. Rinconete y Cortadillo), ed. de Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2010. Las citas corresponden a esta edición.

Cervantes y la picaresca: «Rinconete y Cortadillo»

Una primera redacción de Rinconete y Cortadillo[1], la tercera de las Novelas ejemplares, se incluye, junto con El celoso extremeño, en el manuscrito Porras de la Cámara[2], que es posible fechar en torno a 1604 y, como indica García López, «podemos sospechar que Cervantes estuvo en un tris de incorporarlo en la Primera parte del Quijote»[3]. Dado que la influencia del Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán (cuya Primera parte se publicó en 1599) es bastante apreciable en esta novela, cabe suponer también que habría sido escrita después de esa fecha, en los primeros años del siglo XVII.

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En efecto, Rinconete y Cortadillo es una narración que adopta varias de las características del relato picaresco inaugurado en 1554 por el anónimo Lazarillo de Tormes y reactualizado en 1599 por el Guzmán, aunque con matices. De hecho, su pertenencia a ese subgénero narrativo ha sido a veces aceptada por la crítica, y en otras ocasiones negada. No cabe duda de que la novela entra en diálogo con los modelos anteriores, Lazarillo y sobre todo Guzmán, pero es igualmente cierto que Cervantes no va a seguir el canon de las narraciones picarescas. Con estas palabras lo explica Zimic:

Rinconete y Cortadillo nace, de hecho, por el estímulo inmediato, poderoso, de Guzmán de Alfarache, pero no por un propósito de imitación o parodia literaria, sino de advertencia crítica, moral sobre los potenciales efectos negativos de su lectura, de su representación de la experiencia picaresca, en lectores desprevenidos. Rinconete y Cortadillo salen de casa por un juvenil deseo emulativo de las andanzas y aventuras de los notorios pícaros de Alemán, de un modo muy semejante a lo que ocurre con D. Quijote respecto a los libros de caballerías. De acuerdo con esta concepción inicial se estructura todo el texto de Rinconete y Cortadillo, lo que explica sus aspectos más esenciales y complejos y, en definitiva, su genial formulación artística, a que también contribuyó la poderosa inspiración que Cervantes encontró en la literatura satírica erasmiana[4].

Por su parte, García López afirma taxativamente que «el relato es inconcebible sin el Guzmán de Alfarache»[5], y apunta que estaría escrito ya en 1604 (el título de la novela se menciona en Quijote, I, 47) y que habría sido revisado con posterioridad a 1609. No cabe ninguna duda de que Cervantes conocía muy bien el molde de la narrativa picaresca; pero en sus relatos va a experimentar con los rasgos característicos del subgénero, empezando por el hecho de que el pícaro protagonista no es uno, sino dos[6]: la pareja formada por Rinconete y Cortadillo, en el caso de esta novela (pero también Carriazo y Avendaño en La ilustre fregona, o Cipión y Berganza en El coloquio de los perros). Además, los jóvenes Rincón y Cortado no van a contar su vida en forma autobiográfica (relato en primera persona), sino que habrá un narrador omnisciente en tercera persona. En fin, como señalara Avalle-Arce, en los acercamientos cervantinos al género picaresco hay lugar para sentimientos positivos como la bondad, la alegría, la esperanza y, sobre todo, la amistad:

Rinconete y Cortadillo tiene un tan vivo trasfondo de retozona alegría juvenil que está en franca y abierta contradicción con las tenebreguras del Guzmán de Alfarache. Sin embargo, la crítica nunca ha vacilado en denominarla una novelita picaresca[7].

Y algo más adelante añade:

Nueva característica a anotar de la picaresca cervantina, que evidentemente camina al soslayo de los cánones confirmados por Mateo Alemán, es el hecho fundamental de que el acto de narrar […] es siempre producto de la contraposición amistosa entre dos individuos. […] La palabra clave, e insustituible, en el concepto cervantino de picaresca, es amistad. Y por aquí hemos vuelto a otro tipo de desencuentro total con la picaresca canónica, cuyo protagonista (un Lazarillo, un Guzmán) es un ser eminentemente insolidario, enemigo de la sociedad, en cuyos extrarradios tiene que vivir. La amistad no cabe en su mezquino espíritu[8].

En suma, tenemos que Cervantes no escribió ninguna novela picaresca stricto sensu, pero sí obras cercanas a la picaresca con las que innovó el género modificando sustancialmente sus rasgos canónicos. Además, reflexionó sobre la picaresca en diversos pasajes (por ejemplo, a través de la introducción en Quijote, I, 22 del personaje de Ginés de Pasamonte). En el caso de Rinconete y Cortadillo, como ha destacado la crítica, los personajes y la ambientación presentan claros rasgos picarescos, pero no sucede lo mismo con la estructura del relato[9].


[1] Distintos aspectos de la novela han sido abordados en los siguientes trabajos, que ofrezco a modo de bibliografía esencial: Ana Montserrat Arranz Pajares, «Estudio del lenguaje de Rinconete y Cortadillo», Letras de Deusto, 27, 76, 1997, pp. 9-28; María Antonia Bel Bravo, «El mundo social de Rinconete y Cortadillo», en Ignacio Arellano, Carmen Pinillos, Marc Vitse y Frédéric Serralta (eds.), Studia Aurea. Actas del III Congreso de la AISO (Toulouse, 1993), vol. 3, Prosa, Pamplona /Toulouse, GRISO / LEMSO, 1996, pp. 45-54; Bernard P. E. Bentley, «El narrador de Rinconete y Cortadillo y su perspectiva movediza», en Ignacio Arellano, Carmen Pinillos, Marc Vitse y Frédéric Serralta (eds.), Studia Aurea. Actas del III Congreso de la AISO (Toulouse, 1993), vol. 3, Prosa, Pamplona /Toulouse, GRISO / LEMSO, 1996, pp. 55-66 y «Una lectura emblemática del patio de Monipodio en Rinconete y Cortadillo», en Christoph Strosetzki (ed.), Actas del V Congreso Internacional de la Asociación Internacional Siglo de Oro (AISO), Münster, 20-24 de julio de 1999, Vervuert, Iberoamericana, 2001, pp. 206-214; Stephen Boyd, «Un espacio ejemplar cervantino: el patio de Monipodio en Rinconete y Cortadillo», en Francisco Domínguez Matito y María Luisa Lobato (eds.), Memoria de la palabra. Actas del VI Congreso de la Asociación Internacional Siglo de Oro, Burgos-La Rioja, 15-19 de julio de 2002, Madrid, Iberoamericana / Vervuert, 2004, vol. I, pp. 353-364; José Pascual Buxó, «Estructura y lección de Rinconete y Cortadillo», Lavori Ispanistici, II, 1970, pp. 69-96; Gonzalo Díaz Migoyo, «Lectura protocolaria del realismo en Rinconete y Cortadillo», en Antonio Torres Alcalá et al. (eds.), Josep María Solà-Solé: Homage, homenaje, homenatge (Miscelánea de estudios de amigos y discípulos), Barcelona, Puvill, 1984, pp. 55-62; Eleodoro J. Febres, «Rinconete y Cortadillo: estructura y otros valores estéticos», Anales cervantinos, XI, 1972, pp. 97-111; Lilia Elda Ferrario de Orduna, «Rinconete y Cortadillo y las estrategias narrativas en Cervantes», en José Ángel Ascunce Arrieta (coord.), Estudios sobre Cervantes en la víspera de su Centenario, vol. 2, Kassel, Reichenberger, 1994, pp. 483-490; Dian Fox, «The Critical Attitude in Rinconete y Cortadillo», Cervantes, III, 2, 1983, pp. 135-148; Jorge García López, «Rinconete y Cortadillo y la novela picaresca», Cervantes, XIX, 1999, pp. 113-122; María Luisa García-Macho, «La lengua de las Novelas ejemplares: Rinconete y Cortadillo», Anuario de Estudios Filológicos, 32, 2009, pp. 107-122; Alfredo Hermenegildo, «La marginación social de Rinconete y Cortadillo», en Manuel Criado de Val (dir.), La picaresca. Orígenes, textos y estructuras. Actas del I Congreso Internacional sobre la Picaresca, Madrid, Fundación Universitaria Española, 1979, pp. 553-562; Francisco Rodríguez Marín, «Rinconete y Cortadillo», novela de Miguel de Cervantes Saavedra, 2.ª ed., Madrid, Tipografía de la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, 1920; Alberto Sánchez, «Rinconete y Cortadillo y El celoso extremeño: claves narrativas en el contexto literario cervantino», en Imago Hispaniae. Homenaje a Manuel Criado de Val, Kassel, Reichenberger, 1989, pp. 513-535; José Luis Varela, «Sobre el realismo cervantino en Rinconete», Atlántida, VI, 1968, pp. 434-449; Francisco Ynduráin, «Rinconete y Cortadillo: de entremés a novela», Boletín de la Real Academia Española, XLVI, 1966, pp. 321-333; Stanislav Zimic, «Rinconete y Cortadillo en busca de la picaresca», Acta Neophilologica, XXV, 1992, pp. 31-71, y Alicia R. Zuese, «Criminal Eloquence: The World of Communication in Cervantes’s Rinconete y Cortadillo», Revista de Estudios Hispánicos, 1, 2010, pp. 7-30.

[2] Ahí figura bajo el título Novela de Rinconete y Cortadillo, famosos ladrones que hubo en Sevilla, la cual así pasó en el año 1569. En esta versión primitiva se incluía un episodio (el de la Cariharta y el bretón) que, al publicarse las Novelas ejemplares en 1613, se incorporaría a El coloquio de los perros.

[3] García López, prólogo a su edición de las Novelas ejemplares, Barcelona, Crítica, 2005, p. LVII.

[4] Stanislav Zimic, Las «Novelas ejemplares» de Cervantes, Madrid, Siglo XXI de España, 1996, p. 85. Para la relación Cervantes-Alemán ver Joseph V. Ricapito, «Cervantes y Mateo Alemán, de nuevo», Anales cervantinos, XXIII, 1985, pp. 1-7; y Monique Joly, «Cervantes y la picaresca de Mateo Alemán: hacia una revisión del problema», en Jean Canavaggio (ed.), La invención de la novela, Madrid, Casa de Velázquez, 1999, pp. 269-276. Para la influencia de Erasmo en España y en Cervantes, ver Marcel Bataillon, Erasmo y España: estudios sobre la historia espiritual del siglo XVI, México, Fondo de Cultura Económica, 1979 y Antonio Vilanova, Erasmo y Cervantes, Barcelona, Lumen, 1989.

[5] García López, prólogo a su edición de las Novelas ejemplares, p. LVII.

[6] Para la tradición de los dos amigos, ver Juan Bautista Avalle-Arce, «Una tradición literaria: el cuento de los dos amigos», Nueva Revista de Filología Hispánica, XI, 1957, pp. 1-35; y Francisco Ayala, «Los dos amigos», Revista de Occidente, X, 1965, pp. 287-306.

[7] Juan Bautista Avalle-Arce, «Cervantes entre pícaros», Nueva Revista de Filología Hispánica, XXXVIII, 2, 1990, p. 592.

[8] Avalle-Arce, «Cervantes entre pícaros», p. 594.

[9] Reproduzco aquí, con algunos ligeros cambios, unos párrafos de mi introducción a Miguel de Cervantes, Novelas ejemplares (La gitanilla. Rinconete y Cortadillo), ed. de Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2010.

«El amante liberal», novela ejemplar de Cervantes: argumento y valoración

En la colección de doce relatos que forman las Novelas ejemplares, El amante liberal ocupa el segundo lugar, después de La gitanilla y antes de Rinconete y Cortadillo. Con respecto a su datación, y a la vista de los recuerdos autobiográficos del cautiverio y la cercanía con Los baños de Argel, la crítica se ha inclinado por considerar temprana la fecha de su redacción. Cabría pensar que la novela publicada en 1613 es una reelaboración, hecha hacia 1610-1612, de una pieza más antigua, tal como escribe Jorge García López: «En conjunto, pues, predomina el recuerdo sentimental de una vivencia lejana y asumida. Ahí creemos reconocer las trazas de un relato antiguo, recuperado —y quizá reescrito— para redondear la colección de 1613»[1].

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El amante liberal responde al patrón de la novela bizantina o de aventuras griegas y se encuadra, por tanto, entre las novelas de corte idealista de las Ejemplares. Como es habitual en este tipo de obras, la trama es bastante complicada y se aprecia la influencia italiana en lo que respecta a las técnicas narrativas. Cuenta la historia de Ricardo y Leonisa, dos jóvenes sicilianos, naturales de la ciudad de Trápana, que son cautivados en una razia de corsarios turcos; al final, ambos recobrarán la libertad, pero será tras el desarrollo de una trama llena de peripecias: naufragio del bajel de Leonisa, cautividad de ambos, enredos amorosos diversos, combate final entre galeotas turcas, etc. Cuando se produce su apresamiento, Ricardo está enamorado de Leonisa, pero ella le desdeña, atendiendo a lo dispuesto por su familia, que ha decidido su matrimonio con Cornelio, descrito como un lindo (todo esto se lo explica Ricardo a su amigo Mahamut, un renegado, en las primeras páginas de la novela). Los dos fueron capturados al mismo tiempo, pero iban en distintas embarcaciones; la de Leonisa naufragó y Ricardo la dio por muerta. Sin embargo, la joven sobrevivió y fue comprada por un mercader judío, que la ha llevado hasta Nicosia con la esperanza de que se la compre Alí Bajá, el gobernador saliente, o bien Hazán Bajá, que viene a sustituirlo en el cargo.

De la hermosa joven se enamoran (o más bien arden en deseos de gozar su belleza) primero el propio mercader judío; luego, los dos gobernadores, el entrante y el saliente, que inmediatamente quedan prendados de ella al admirar su belleza, y también un cadí viejo (el relato pondrá de relieve los «torpes deseos», el «apetito lascivo» de estos personajes musulmanes). Alí Bajá y Hazán Bajá ofrecen la elevada suma que el mercader judío pide por la cautiva y se enfrentan entre sí; para que la disputa no vaya a más, el cadí decide que la muchacha sea llevada a Constantinopla y ofrecida como regalo al Gran Señor (el Gran Turco), y sentencia que, mientras ello se realiza, quedará recogida en su casa. En realidad, lo hace porque él también se ha prendado de la hermosura de la muchacha. Sea como sea, en medio de todos sus trabajos y adversidades, Leonisa consigue mantener intacta la entereza de su honor. El renegado Mahamut, un palermitano amigo de Ricardo, logra que su amo el cadí lo compre y lo lleve a su casa, lo que permite el reencuentro con Leonisa (a la que Ricardo, recordemos, creía muerta en el naufragio). Por otra parte, Halima, la esposa del anciano cadí, que es hija de griegos cristianos, se prenda del joven Ricardo, que ahora usa el nombre fingido de Mario. El cadí decide emprender el viaje a Constantinopla con la secreta intención de gozar de Leonisa y quedarse con ella; excusará su entrega al Gran Turco diciendo que la joven ha fallecido durante el viaje. En su proyectado plan, esto le permitirá al mismo tiempo deshacerse de su esposa Halima: la matará y dirá que el cuerpo que arrojan al mar es el de la cautiva cristiana.

En la parte final de la novela, los dos gobernadores se hacen a la mar en sendas galeotas y salen al encuentro del bajel del cadí, al que atacan. Aprovechando el destrozo que se causan entre sí las fuerzas turcas, Ricardo, Mahamut y otros cristianos logran hacerse con el control de su embarcación y hunden la otra, dejando marchar al cadí en su propio barco. Recobrada la libertad, Ricardo y Leonisa retornan a Trápana; allí, delante de sus familias y de todos los principales de la ciudad, incluido el gobernador, Ricardo quiere hacer gala de su liberalidad (a esto alude el título) y decide entregar a Leonisa a Cornelio, el afeminado pretendiente con el que la familia de la doncella había dispuesto su matrimonio:

—Ves aquí, ¡oh Cornelio!, te entrego la prenda que tú debes de estimar sobre todas las cosas que son dignas de estimarse; y ves aquí tú, hermosa Leonisa, te doy al que tú siempre has tenido en la memoria. Ésta sí quiero que se tenga por liberalidad, en cuya comparación dar la hacienda, la vida y la honra no es nada (p. 157).

Sin embargo, inmediatamente se corrige, porque se da cuenta de que él no puede disponer de algo que no es suyo:

—¡Válame Dios, y cómo los apretados trabajos turban los entendimientos! Yo, señores, con el deseo que tengo de hacer bien, no he mirado lo que he dicho, porque no es posible que nadie pueda mostrarse liberal de lo ajeno. ¿Qué jurisdición tengo yo en Leonisa para darla a otro? O ¿cómo puedo ofrecer lo que está tan lejos de ser mío? Leonisa es suya, y tan suya, que, a faltarle sus padres, que felices años vivan, ningún opósito tuviera a su voluntad (pp. 157-158).

Leonisa, convencida ahora por el comportamiento de Ricardo, decide mostrarse agradecida y declara su amor por el joven, de forma que todo termina felizmente en boda. Casarán también Halima y Mahamut, reconciliados ambos con la Iglesia:

Todos, en fin, quedaron contentos, libres y satisfechos, y la fama de Ricardo, saliendo de los términos de Sicilia, se estendió por todos los de Italia y de otras muchas partes, debajo del nombre del amante liberal, y aún hasta hoy dura en los muchos hijos que tuvo en Leonisa, que fue ejemplo raro de discreción, honestidad, recato y hermosura (p. 159).

El amante liberal es uno de los relatos menos valorados de la colección de Novelas ejemplares. Como principales defectos se han señalado lo estereotipado de la narración, con personajes planos que no cambian en el transcurso de la acción (o que apenas lo hacen: Ricardo sí madura durante su cautiverio; valga decir que, como Cervantes, aprendió a tener paciencia en las adversidades…); el exceso de lances y peripecias (la ventura o fortuna zarandea continuamente a los personajes) y lo inverosímil de muchos de los episodios; a ello se suma también lo extenso de algunos parlamentos (lo que va en detrimento de la acción; esos largos discursos son necesarios, precisamente, para contar acciones ocurridas anteriormente y que unos personajes refieren a otros); en fin, se critica asimismo el propio excesivo idealismo. En última instancia, como he señalado, se llega a un final feliz, con el triunfo del amor (y de la libertad) sobre todas las adversidades. El amor, la hermosura y la virtud (la liberalidad de Ricardo) obtienen su merecida recompensa.

Esta es la valoración que la novela mereció a Juan Luis Alborg:

La mayoría de los críticos conviene en suponer que ésta fue una de las primeras novelas escritas, y también la más floja de la serie. Por su tema se emparenta con las comedias cervantinas de cautivos, y en buena parte aprovecha una vez más abundantes recuerdos y experiencias de la vida militar y marítima del autor y de su estancia en Argel, aunque la acción no tiene lugar aquí sino en Turquía, y los protagonistas no son españoles sino sicilianos. Digamos de pasada que esta novela y La señora Cornelia son las únicas Ejemplares con escenarios y personajes extranjeros. El amante liberal pertenece inequívocamente al grupo de las de corte italiano. Su asunto consiste en las complicadas peripecias de dos jóvenes enamorados, Ricardo y Leonisa, prisioneros de los turcos, que vencen todas las asechanzas amorosas de que son objeto en el cautiverio y logran al cabo la libertad. La excesiva inverosimilitud de muchos pasajes y el exaltado romanticismo, no menos excesivo, del protagonista, son los fallos más destacados de esta novela, que no carece tampoco de aspectos positivos, entre ellos las bellas descripciones de la vida del mar y la innegable amenidad que se origina de la movida acción del relato[2].

Más recientemente ha escrito Jorge García López:

El segundo relato no es más que una «novela bizantina», y ahí reside gran parte de su valor: reducir la dilatada peripecia de Heliodoro a la suma de unas breves páginas. Unas pinceladas —desde un inicio in medias res— que bastan a Cervantes para poner en pie todos los resortes del romance clásico: pocos de ellos faltan en el hipotético inventario de procedimientos; pero también a la inversa: inunda el relato corto, realista, con procedimientos afines al romance. Por si fuera poco, introduce variaciones apreciables sobre el consabido esquema bizantino: el crecimiento anímico de los personajes, la consagración de la peripecia novelesca como aventura psicológica. Ricardo entiende, al fin, que el amor no puede ser más que una donación conscientemente libre de la voluntad. Por otra parte, el autor emplaza a sus héroes en escenarios geográficos conocidos, familiares al lector de la época, actualizando el relato clásico, incorporándolo a la experiencia presente. Aunque no esboza descripciones: su geografía se limita a un inventario de topónimos. Aparece ahí alguna significativa confusión: el autor no había conocido el Mediterráneo oriental[3].

En definitiva, El amante liberal es un relato idealista, escrito en el molde de la novela bizantina. Con comienzo in medias res (lamentación de Ricardo ante las ruinas de Nicosia) y vaga ambientación en el Mediterráneo oriental (para crear la ambientación geográfica Cervantes, más que dar descripciones precisas, ofrece una mera enumeración de topónimos), esta novela protagonizada por los jóvenes Ricardo y Leonisa incluye, como ya quedó indicado, ecos autobiográficos del cautiverio en Argel de su autor. De hecho, uno de los aspectos positivos destacados por la crítica es la detallada descripción del mundo musulmán (organización política y administrativa, ceremonias religiosas, clases sociales, costumbres, vestidos, etc.)[4].


[1] Jorge García López, en su edición de las Novelas ejemplares, Barcelona, Crítica, 2001, p. 110, nota. Ver para más detalles sobre la datación de la novela las pp. LVI-LVII de su prólogo. Todas las citas serán por esta edición.

[2] Juan Luis Alborg, Historia de la literatura española, II, Época barroca, 2.ª ed., 4.ª reimp., Madrid, Gredos, 1983, p. 103.

[3] García López, en su edición de las Novelas ejemplares, p. 109, nota. Y añade: «Por lo demás, Cervantes esgrime capítulos de su propia vida: “rellena” la forma clásica de experiencia viva. La evocación de Argel presta materiales al relato, avecindándolo a alguna pieza dramática primitiva (Los baños de Argel), donde aparecen personajes comunes, y a una de las novelas intercaladas en el primer Quijote (El capitán cautivo)» (p. 109).

[4] Sobre esta cuestión, ver ahora Sabyasachi Mishra, «El mundo islámico en El amante liberal de Cervantes», Hipogrifo. Revista de literatura y cultura del Siglo de Oro, 6.2, 2018, pp. 167-173.

«La española inglesa» de Cervantes: argumento y claves de interpretación

En los veinte años que median entre la aparición de su novela pastoril La Galatea en 1585 y la impresión de la Primera parte del Quijote en 1605, Cervantes no publica nuevos títulos literarios pero compone, probablemente, algunas de sus Novelas ejemplares[1], que aparecerán en forma de libro en 1613 (en Madrid, por Juan de la Cuesta). El escritor tenía en gran estima esta colección de doce novelas cortas. Así, en el «Prólogo al lector» con que Cervantes las encabeza —tan interesante como todos los suyos—, además de ofrecernos su famoso autorretrato, se vanagloria de ser el primero que ha novelado en español, explicando a qué se refiere exactamente:

… que yo soy el primero que he novelado en lengua castellana, que las muchas novelas que en ella andan impresas, todas son traducidas de lenguas extranjeras, y éstas son mías propias, no imitadas ni hurtadas; mi ingenio las engendró, y las parió mi pluma, y van creciendo en los brazos de la estampa[2].

En el mismo prólogo, unos pocos párrafos antes, explica también por qué ha aplicado a sus novelas el calificativo de ejemplares (tema este que ha hecho correr ríos de tinta en la interpretación de la crítica):

Heles dado el nombre de ejemplares, y si bien lo miras, no hay ninguna de quien no se pueda sacar algún ejemplo provechoso; y si no fuera por no alargar este sujeto, quizá te mostrara el sabroso y honesto fruto que se podría sacar, así de todas juntas como de cada una de por sí[3].

Las doce novelitas recopiladas por Cervantes son, por orden de aparición en el volumen, La gitanilla, El amante liberal, Rinconete y Cortadillo, La española inglesa, El licenciado Vidriera, La fuerza de la sangre, El celoso extremeño, La ilustre fregona, Las dos doncellas, La señora Cornelia, El casamiento engañoso y El coloquio de los perros (estas dos últimas unidas sin solución de continuidad…). Muchas son las cuestiones de interés que ofrece el análisis de las Novelas ejemplares, pero hoy toca hablar de La española inglesa, que la crítica ha clasificado tradicionalmente entre los relatos de corte idealista incluidos en la colección, es decir, aquellos en los que se pone mayor énfasis en los componentes de imaginación y fantasía (como sucede también con El amante liberal, La ilustre fregona, La fuerza de la sangre, Las dos doncellas o La señora Cornelia).

La española inglesa

Estas son las palabras con las que comienza La española inglesa:

Entre los despojos que los ingleses llevaron de la ciudad de Cádiz, Clotaldo, un caballero inglés, capitán de una escuadra de navíos, llevó a Londres una niña de edad de siete años, poco más o menos, y esto contra la voluntad y sabiduría del conde de Leste, que con gran diligencia hizo buscar la niña para volvérsela a sus padres, que ante él se quejaron de la falta de su hija, pidiéndole que, pues se contentaba con las haciendas y dejaba libres las personas, no fuesen ellos tan desdichados que, ya que quedaban pobres, quedasen sin su hija, que era la lumbre de sus ojos y la más hermosa criatura que había en toda la ciudad[4].

En cuanto al argumento completo del relato, transcribo aquí el que ofrece Harry Sieber en el estudio preliminar a su edición de las Novelas ejemplares, que resume con bastante detalle los elementos esenciales:

Si los robos de Rinconete y Cortadillo son los bienes de otros, y la libertad que buscan es la inmunidad del poder judicial, en La española inglesa Cervantes vuelve al robo de personas y de su libertad: el rapto de Isabela, uno de los despojos que «los ingleses llevaron de la ciudad de Cádiz» […], y la captura de Ricaredo por los turcos. La novela es la historia de sus repatriaciones geográficas y religiosas (son católicos), de la restauración de Isabela a sus padres verdaderos y de la reunión de los jóvenes amantes al final de la novela.

La novela comienza por un acto de rebeldía de Clotaldo, padre de Ricaredo, quien lleva a Isabela a Londres «contra la voluntad y sabiduría del conde de Leste…» […]. Clotaldo y su familia son católicos secretos que viven en una Inglaterra protestante. Los dos jóvenes llegan a enamorarse y piensan casarse a pesar de que los padres de Ricaredo ya tenían planeado el casamiento de Ricaredo con una escocesa. Y ahora empiezan las varias separaciones entre los dos. Ricaredo tiene que salir en una expedición con el barón de Lansac. Prueba su valor y vuelve con muchas joyas que ofrece a la Reina, provocando en el acto la envidia de la corte. La madre de otro joven, «el conde Arnesto», que también está enamorado de Isabel, decide envenenar a la joven porque la Reina no le da permiso para casarla con su hijo. La madre no consigue darle muerte, pero la desfigura de una manera horrorosa. Sin embargo, Ricaredo sigue enamorado de ella —ahora, de sus virtudes interiores—, y decide salir de Inglaterra, en un viaje a Italia, para no tener que casarse con la escocesa. Isabela vuelve a España con sus padres para recuperarse de los efectos del veneno y recobrar su salud. Ricaredo le había dicho que esperase dos años para su vuelta. Durante ese tiempo está en Argel, cautivo de los turcos, pero al fin llega a Sevilla en el último momento, antes que Isabela pueda profesar de monja, y se casan[5].

Por su parte, Jorge García López, en su más reciente edición de la novela, anota que el saqueo de Cádiz con el que arranca la acción pudo ser el de 1587 por Francis Drake o bien el de 1596 por el conde de Essex[6], y añade que el segundo de ellos fue el que «inspiró un burlesco soneto de Cervantes», aquel que comienza «Vimos en julio otra Semana Santa…»[7]. Este mismo crítico y editor del texto cervantino nos ofrece con certeras palabras las claves principales para la lectura e interpretación de La española inglesa:

Ya el título debió de sonar original y sorprendente en 1613, por cuanto se trata de una antítesis que revela una disimulada anglofilia. Al fin y al cabo —y entre cortos lapsos de una paz difícil— se trataba de enemigos, de infieles. Pero si la anglofilia no está solapada, tampoco está subrayada. Los personajes de la corte inglesa no se hallan caracterizados con esmero, y tenemos, incluso, una significativa confusión en el uso del castellano por parte de la reina inglesa —personaje, por lo demás, tolerante y simpático—, que sumada a otras contradicciones y confusiones más o menos veladas explica la dilatada polémica sobre su datación. Hoy esa fecha tiende a posponerse, identificándola con las etapas redaccionales últimas del Persiles. Nuestra novela constituiría una fase de su proceso compositivo —no un subproducto— entre los dos primeros libros y los libros III y IV del Persiles. Varios episodios de estos últimos libros —la fealdad por envenenamiento de la heroína, por ejemplo— reaparecen en nuestro relato. De hecho, se trata de idéntico género literario —la novela bizantina—, si bien aquí en una forma peculiar y privativa, más temática que formal, y con tenues tonalidades caballerescas en el duelo frustrado entre Recaredo y Arnesto. El relato somete el molde genérico a una fuerte manipulación literaria, y el autor desplaza atributos formales evidentes a sus trechos finales, cuando Recaredo, náufrago de su propia vida, rememora su historia. Una singularidad que ha relacionado nuestro relato con el cuento maravilloso y con la novela de caballerías[8].

No cabe duda de que este relato cervantino está repleto de lances y peripecias: las dificultades que estorban el amor de los dos jóvenes protagonistas, los celos e intrigas del rival antagonista, el envenenamiento de Isabela con la consiguiente pérdida de su hermosura física, el cautiverio de Ricaredo en poder de los turcos…, todo ello sobre un apasionante telón de fondo histórico de enemistades políticas y conflictos de religión. En tal sentido, se puede afirmar que es una obra que resulta especialmente apta para una versión cinematográfica (como la que se estrena esta noche en Televisión Española, adaptación televisiva en una sola entrega producida en colaboración con Globomedia, con los actores Carles Francino y Macarena García en los papeles de Ricardo e Isabel). Muchos son pues, sin duda alguna, los puntos de interés que ofrece La española inglesa, si bien el análisis más detallado de temas y personajes, fuentes y estructura narrativa (con la ya apuntada cuestión de la génesis de esta obra en relación con Los trabajos de Persiles y Sigismunda), los elementos de autobiografismo aquí presentes (el motivo del cautiverio, tan importante en Cervantes[9]), etc., habrá de quedar para próximas entradas.


[1] La bibliografía sobre las Novelas ejemplares es muy extensa. Véanse, entre otros posibles, los siguientes trabajos monográficos: Francisco A. de Icaza, Las «Novelas ejemplares» de Cervantes, sus críticos, sus modelos literarios, sus modelos vivos y su influencia en el arte, Madrid, Imp. Clásica Española, 1915 (reimp., Madrid, Ateneo, 1961); Agustín González de Amezúa y Mayo, Cervantes, creador de la novela corta española, Madrid, CSIC, 1956-1958, 2 vols.; Joaquín Casalduero, Sentido y forma de las «Novelas ejemplares», Madrid, Gredos, 1974; Ruth S. El Saffar, Novel to Romance. A Study of Cervantes’ «Novelas ejemplares», Baltimore / Londres, The John Hopkins University Press, 1974; Julio Rodríguez-Luis, Novedad y ejemplo de las «Novelas» de Cervantes, México D. F., Porrúa, 1980, 2 vols.; Alban K. Forcione, Cervantes and the Humanist Vision: A Study of Four Exemplary Novels, Princeton, Princeton University Press, 1982; Francisco J. Sánchez, Lectura y representación. Análisis cultural de las «Novelas ejemplares» de Cervantes, New York, Peter Lang, 1993, Stanislav Zimic, Las «Novelas ejemplares» de Cervantes, Madrid, Siglo XXI de España, 1996; Alicia Parodi, Las Ejemplares, una sola novela: la construcción alegórica de las «Novelas ejemplares» de Miguel de Cervantes, Buenos Aires, Eudeba, 2002; Stephen Boyd, A Companion to Cervantes’ Novelas Ejemplares, Woodbridge, Suffolk, Tamesis, 2005; Katerina Vaiopoulos, De la novela a la comedia: las «Novelas ejemplares» de Cervantes en el teatro del Siglo de Oro, Vigo, Editorial Academia del Hispanismo, 2010.

[2] Miguel de Cervantes, «Prólogo al lector», en Novelas ejemplares, ed., prólogo y notas de Jorge García López, con un estudio preliminar de Javier Blasco, Barcelona, Crítica, 2001, p. 19.

[3] Miguel de Cervantes, «Prólogo al lector», en Novelas ejemplares, ed. de Jorge García López, p. 18.

[4] Miguel de Cervantes, Novela de la española inglesa, en Novelas ejemplares, ed. de Jorge García López, p. 217.

[5] Harry Sieber, «Introducción» a Miguel de Cervantes, Novelas ejemplares, 13.ª ed., Madrid, Cátedra, 1990, vol. I, pp. 28-29.

[6] Jorge García López, en Cervantes, Novela de la española inglesa, p. 217, nota 1.

[7] Ofrezco un completo análisis de este soneto en mi trabajo «El soneto de Cervantes “A la entrada del Duque de Medina en Cádiz”. Análisis y anotación filológica», en Pedro Ruiz Pérez (ed.), Cervantes y Andalucía: biografía, escritura, recepción. Actas del Coloquio Internacional «Cervantes en Andalucía», Estepa, Sevilla, 3-5 de diciembre de 1998, Estepa, Ayuntamiento de Estepa, 1999, pp. 143-163. En mi opinión, el soneto es algo más que burlesco, pues encierra una mordaz y muy sangrante crítica…

[8] Jorge García López, en Cervantes, Novelas ejemplares, p. 217. El nombre del personaje figura, en realidad, en la novela como Ricaredo.

[9] Ver María Antonia Garcés, Cervantes en Argel: historia de un cautivo, Madrid, Gredos, 2005.

«La gitanilla» de Cervantes: final

En una ocasión ese narrador irónico de La gitanilla se dirige en apóstrofe a su personaje Preciosa, para advertirle de las consecuencias que va a tener en don Juan/Andrés su elogio de Clemente, al que ella ha presentado como «un paje muy galán y muy hombre de bien»:

(Mirad lo que habéis dicho, Preciosa, y lo que vais a decir, que ésas no son alabanzas del paje sino lanzas que traspasan el corazón de Andrés, que las escucha. ¿Queréislo ver, niña? Pues volved los ojos, y veréisle desmayado encima de la silla, con un trasudor de muerte. No penséis, doncella, que os ama tan de burlas Andrés que no le hieran y sobresalten el menor de vuestros descuidos. Llegaos a él en hora buena, y decilde algunas palabras al oído que vayan derechas al corazón y le vuelvan de su desmayo. No, sino andaos a traer sonetos cada día en vuestra alabanza, y veréis cuál os le ponen.)[1].

Cabe señalar que la acción de La gitanilla nos traslada, junto con los personajes, desde Madrid hasta Murcia, pasando por Toledo y Extremadura. La atmósfera general que refleja es realista, pero en ese mundo real se inscribe toda una serie de aventuras extraordinarias. Porque, como muy bien escribe Sieber a propósito de esta novela, «Cervantes tiene que problematizar lo convencional y lo cotidiano»[2]. Así es, ciertamente: en medio de lo cercano y real surge, en el campo de la ficción literaria, lo maravilloso verosímil que asombra y deleita al lector de aquel tiempo y del nuestro.

Gitana

En fin, terminaré recordando que La gitanilla, uno de los mejores relatos incluidos en las Novelas ejemplares, constituye un magnífico ejemplo del estilo cervantino, de su absoluto dominio del español; y así, hago mías las palabras de Zimic cuando afirma que la de este relato es una prosa

tersa, esencial, pero, a la vez, matizada muy imaginativamente; sencilla, precisa, incisiva, y también salpicada de sutiles dobles sentidos, complejas ironías, finísimo humor […]; fluida, espontánea, coloquial […] y, sin disonancia, exquisitamente lírica, poética; prosa siempre armónica, equilibrada, determinada, en sus variaciones, por el contexto temático y situacional; penetrante, intuitiva, individualizante, creadora eficaz, milagrosa de la ilusión de unos personajes de auténtico, fervoroso pálpito vital[3].


[1] Cito por Novelas ejemplares, ed. de Jorge García López, estudio preliminar de Javier Blasco, presentación de Francisco Rico, Barcelona, Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores / Centro para la Edición de los Clásicos Españoles, 2005, p. 66.

[2] Sieber, estudio preliminar a su edición de las Novelas ejemplares, vol. I, p. 22.

[3] Zimic, Las «Novelas ejemplares» de Cervantes, p. 43.

«La gitanilla» de Cervantes: don Juan, gitano nuevo

Idealizada está también la caracterización de don Juan, joven y galán de buenas prendas, que tendrá que vencer una serie de dificultades para llegar a alcanzar el amor de Preciosa: acepta vivir durante dos años con los gitanos, sufrirá celos por causa del paje-poeta Clemente, superará la falsa acusación de robo y el paso por la cárcel, etc. Tanto él como Preciosa conocen en esta novela un importante cambio de identidad: Preciosa, que ha vivido desde muy niña como gitana, es en realidad noble; y por el contrario, don Juan, que es y se sabe noble, decide transformarse en gitano para conquistar a la muchacha. Como certeramente escribe Zimic:

El disfraz de D. Juan es imprescindible y práctico precisamente como protección frente a una sociedad incomprensiva a su problema amoroso, personal, y no un artificioso enigma literario para las adivinanzas entretenidas de agudos, ociosos cortesanos, personajes ficticios y lectores. El «disfraz» gitano de Preciosa le es impuesto por las circunstancias peculiares de su vida. Implícita en toda la obra queda la sugerencia de que todo el mundo, particularmente el «alto», «refinado», lleva siempre el disfraz, pero no para mantener discretamente secretas ciertas nobles pasiones, como, supuestamente, esos pastores literarios [los protagonistas de la novela pastoril], sino para ocultar hipócritamente las más viles intenciones e inclinaciones. Se trata, en suma, de un mundo de continuos desdoblamientos y encubrimientos de la identidad naturales, lógicos; de muchas, mutuamente determinantes influencias sociales, de que nadie puede extraerse, refugiándose en idílicas zonas francas del ensueño amoroso[1].

Más allá de las peripecias amorosas, La gitanilla nos presenta un animado y pintoresco cuadro de la vida gitana, una vida que Cervantes retrata plena de alegría y optimismo. Como ha señalado la crítica, se da a lo largo de toda la novela una confrontación de dos sistemas de valores, el gitano-rural y el cortesano-urbano. Dicho de otra forma, el relato se articula en torno a la oposición estructural ciudad-nobleza-propiedad privada (código social) / campo-gitanos-propiedad comunal (código natural), siendo el dinero la clave de mediación entre la sociedad gitana y el poder[2].

Gitana

Don Juan, disfrazado de gitano e integrado en el grupo, será un observador ajeno de sus modos de vida y costumbres (de la misma forma que los jóvenes Rinconete y Cortadillo serán espectadores del mundo hampesco en el patio de Monipodio), todo con una perspectiva crítica que se mueve con cierta ambigüedad (muy cervantina) entre el elogio y la ironía. Y esta es una de las razones (pero no la única) por las que La gitanilla es, sin duda alguna, una de las mejores piezas incluidas en la colección de doce Novelas ejemplares.


[1] Stanislav Zimic, Las «Novelas ejemplares» de Cervantes, Madrid, Siglo XXI de España, 1996, pp. 37-38.

[2] Ver Harry Sieber, estudio preliminar a su edición de las Novelas ejemplares, 13.ª ed., Madrid, Cátedra, 1990, vol. I, pp. 19-21.

«La gitanilla» de Cervantes: Preciosa y los gitanos

Una de los rasgos más interesantes de esta novela, una de las doce Novelas ejemplares de Cervantes, es precisamente el magnífico retrato de Preciosa, presentada como un ser ideal lleno de belleza, ingenio, inocencia y gracia naturales, que canta y baila maravillosamente y lee la buenaventura; además, pese a su juventud, es discretísima y tiene un dominio total y absoluto de la palabra. Es, en suma, un personaje femenino en busca de su libertad personal, que defiende a toda costa, y en este sentido la podemos relacionar, por ejemplo, con Marcela (en el episodio de Marcela y Grisóstomo del Quijote)[1].

Gitana

En varias ocasiones Preciosa dará buena muestra de su habilísimo manejo del lenguaje y de los recursos de persuasión: en ningún momento acepta que otros (los gitanos varones del clan) la entreguen a don Juan/Andrés Caballero, sino que decide que será suya solo cuando él haya demostrado sobradamente merecer su amor. Su bondad y honestidad sin tacha son dos de los rasgos principales de su retrato, y esas cualidades destacan todavía más al hacerse presentes en medio del mundo gitanesco. Las palabras cervantinas que abren el relato no pueden ser más claras al respecto:

Parece que los gitanos y gitanas solamente nacieron en el mundo para ser ladrones: nacen de padres ladrones, críanse con ladrones, estudian para ladrones y, finalmente, salen con ser ladrones corrientes y molientes a todo ruedo; y la gana del hurtar y el hurtar son en ellos como acidentes inseparables, que no se quitan sino con la muerte[2].

Y luego serán los propios personajes gitanos quienes corroboren que el robo y los engaños son consustanciales a su modo de vida. En cualquier caso, la actitud de Cervantes será ambigua porque, al mismo tiempo que describe su inclinación al delito, presentará de forma idealizada esa «libre y ancha vida» gitanesca, cuya sociedad parece ser la de una nueva Edad de Oro, una felice Arcadia pastoril, como se aprecia en estas palabras puestas en boca de un gitano viejo:

—Esta muchacha, que es la flor y la nata de toda la hermosura de las gitanas que sabemos que viven en España, te la entregamos, ya por esposa o ya por amiga; que en esto puedes hacer lo que fuere más de tu gusto, porque la libre y ancha vida nuestra no está sujeta a melindres ni a muchas ceremonias. Mírala bien, y mira si te agrada, o si ves en ella alguna cosa que te descontente, y si la ves, escoge entre las doncellas que aquí están la que más te contentare, que la que escogieres te daremos; pero has de saber que, una vez escogida, no la has de dejar por otra, ni te has de empachar ni entremeter ni con las casadas ni con las doncellas. Nosotros guardamos inviolablemente la ley de la amistad: ninguno solicita la prenda del otro, libres vivimos de la amarga pestilencia de los celos. Entre nosotros, aunque hay muchos incestos, no hay ningún adulterio; y cuando le hay en la mujer propia, o alguna bellaquería en la amiga, no vamos a la justicia a pedir castigo; nosotros somos los jueces y los verdugos de nuestras esposas o amigas; con la misma facilidad las matamos, y las enterramos por las montañas y desiertos, como si fueran animales nocivos; no hay pariente que las vengue, ni padres que nos pidan su muerte. Con este temor y miedo ellas procuran ser castas, y nosotros, como ya he dicho, vivimos seguros. Pocas cosas tenemos que no sean comunes a todos, excepto la mujer o la amiga, que queremos que cada una sea del que le cupo en suerte; entre nosotros así hace divorcio la vejez como la muerte: el que quisiere puede dejar la mujer vieja, como él sea mozo, y escoger otra que corresponda al gusto de sus años. Con estas y con otras leyes y estatutos nos conservamos y vivimos alegres; somos señores de los campos, de los sembrados, de las selvas, de los montes, de las fuentes y de los ríos. Los montes nos ofrecen leña de balde; los árboles, frutas; las viñas, uvas; las huertas, hortaliza; las fuentes, agua; los ríos, peces, y los vedados, caza; sombra, las peñas; aire fresco, las quiebras; y casas, las cuevas. Para nosotros las inclemencias del cielo son oreos; refrigerio, las nieves; baños, la lluvia; músicas, los truenos, y hachas, los relámpagos. Para nosotros son los duros terreros colchones de blandas plumas; el cuero curtido de nuestros cuerpos nos sirve de arnés impenetrable que nos defiende; a nuestra ligereza no la impiden grillos, ni la detienen barrancos, ni la contrastan paredes; a nuestro ánimo no le tuercen cordeles, ni le menoscaban garruchas, ni le ahogan tocas, ni le doman potros. Del sí al no, no hacemos diferencia cuando nos conviene; siempre nos preciamos más de mártires que de confesores. Para nosotros se crían las bestias de carga en los campos y se cortan las faldriqueras en las ciudades. No hay águila, ni ninguna otra ave de rapiña, que más presto se abalance a la presa que se le ofrece que nosotros nos abalanzamos a las ocasiones que algún interés nos señalen; y, finalmente, tenemos muchas habilidades que felice fin nos prometen, porque en la cárcel cantamos, en el potro callamos, de día trabajamos y de noche hurtamos, o, por mejor decir, avisamos que nadie viva descuidado de mirar dónde pone su hacienda. No nos fatiga el temor de perder la honra, ni nos desvela la ambición de acrecentarla, ni sustentamos bandos, ni madrugamos a dar memoriales, ni acompañar magnates, ni a solicitar favores. Por dorados techos y suntuosos palacios estimamos estas barracas y movibles ranchos; por cuadros y países de Flandes, los que nos da la naturaleza en esos levantados riscos y nevadas peñas, tendidos prados y espesos bosques que a cada paso a los ojos se nos muestran. Somos astrólogos rústicos, porque, como casi siempre dormimos al cielo descubierto, a todas horas sabemos las que son del día y las que son de la noche; vemos cómo arrincona y barre la aurora las estrellas del cielo, y cómo ella sale con su compañera el alba, alegrando el aire, enfriando el agua y humedeciendo la tierra, y luego, tras ellas, el sol, dorando cumbres, como dijo el otro poeta, y rizando montes; ni tememos quedar helados por su ausencia cuando nos hiere a soslayo con sus rayos, ni quedar abrasados cuando con ellos particularmente nos toca; un mismo rostro hacemos al sol que al hielo, a la esterilidad que a la abundancia. En conclusión, somos gente que vivimos por nuestra industria y pico, y sin entremeternos con el antiguo refrán: «Iglesia, o mar, o casa real». Tenemos lo que queremos, pues nos contentamos con lo que tenemos. Todo esto os he dicho, generoso mancebo, porque no ignoréis la vida a que habéis venido y el trato que habéis de profesar, el cual os he pintado aquí en borrón, que otras muchas e infinitas cosas iréis descubriendo en él con el tiempo, no menos dignas de consideración que las que habéis oído[3].

Por otra parte, el realismo en la presentación de escenas y ambientes (realismo literario) contrasta con el idealismo del retrato de Preciosa y con el desenlace final, más propio de un relato bizantino o caballeresco; de ahí que se suela clasificar a La gitanilla entre las novelas ideorrealistas de la colección.


[1] Se ha señalado como posible antecedente de Preciosa el personaje de la Tarsiana en el Libro de Apolonio. Sin embargo, es difícil que Cervantes conociera tal obra. Preciosa es, en realidad, una de las creaciones más originales y atractivas de entre los personajes femeninos del escritor.

[2] Cito por Novelas ejemplares, ed. de J. García López, estudio preliminar de J. Blasco, presentación de F. Rico, Barcelona, Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores / Centro para la Edición de los Clásicos Españoles, 2005, pp. 27-28.

[3] Novelas ejemplares, ed. de J. García López, pp. 70-73.

«La gitanilla» de Cervantes: argumento

(Para mis alumnos del Programa Senior de la Universidad de Navarra, jóvenes de espíritu, con los que también he repasado estos días pasados las Novelas ejemplares de Cervantes y en particular La gitanilla)

La narración, la primera de las Novelas ejemplares de Cervantes, nos cuenta una historia de amor, la protagonizada por una muchacha gitana, de nombre Preciosa (un verdadero milagro de hermosura, bondad y discreción), y don Juan de Cárcamo, un joven de la clase noble que, totalmente enamorado de ella, acepta la condición por ella impuesta de abandonar su casa y su familia y vivir como gitano durante dos años para lograr ser correspondido en su sentimiento. Así lo hace, encubriendo su identidad bajo el nombre de Andrés Caballero. El tiempo que don Juan/Andrés pasa con los gitanos sirve para transmitir al lector un acabado cuadro de sus costumbres y formas de vida[1]. Por supuesto, la trama amorosa va a verse complicada con varias peripecias: por un lado, la presencia del paje-poeta Clemente, que también admira a Preciosa y le escribe poemas para que ella los cante, lo que va a provocar el nacimiento de los celos en el enamorado galán. De esta forma, don Juan/Andrés Caballero, Preciosa y Clemente vienen a formar el tradicional triángulo amoroso, si bien más tarde, avanzada la novela, descubriremos que el paje no ama a Preciosa y que han sido otras las razones que han motivado su precipitada salida de Madrid y le han hecho acabar en el campamento de los gitanos.

Gitana con mandolina, de Corot

Por otra parte, en el tramo final del relato (cuando los gitanos han llegado a las proximidades de Murcia) aparecerá otro personaje femenino, Juana Carducha, que va a servir para conducirlo hacia el desenlace: Juana, la hija de una mesonera rica, se enamora ciegamente del supuesto gitano Andrés, pero este rechaza con firmeza sus pretensiones amorosas y decide poner tierra por medio. Para vengarse del despecho de verse rechazada (más que para intentar retenerlo a su lado), Juana inventa que el gitano le ha robado ciertas alhajas, las cuales ella ha puesto disimuladamente entre su equipaje. Un sobrino del alcalde del lugar insulta a Andrés Caballero llamándole ladrón y, lo que resulta mucho más ofensivo, le da un bofetón. Andrés, o por mejor decir don Juan, reacciona inmediatamente en defensa de su ultrajado honor de caballero, arrebata la espada a su ofensor y lo mata. El falso gitano es detenido y llevado ante el Corregidor de Murcia.

La narración va a culminar con una anagnórisis propia de otros géneros (novela bizantina, novela de caballerías…): la vieja gitana que pasa por abuela putativa de Preciosa confiesa que la robó siendo niña, precisamente de casa del Corregidor, don Fernando de Acevedo, caballero del hábito de Calatrava. Resulta entonces que Preciosa es en realidad doña Constanza de Acevedo; la supuesta gitanilla, con todas sus virtudes, prendas y gracias, pertenece a la más alta nobleza. Además del relato de la anciana gitana, hay una serie de señales (marcas físicas en el cuerpo de Preciosa, unos papeles, unas alhajas…) que corroboran la veracidad de la historia. Descubierta también la verdadera identidad de Andrés (don Juan de Cárcamo), y convenientemente arreglado el asunto de la muerte del sobrino del alcalde, ya no hay ningún obstáculo para el feliz matrimonio de ambos. Eso sí, la solución en boda es posible porque Preciosa, en pleno ejercicio de su libertad, decide que don Juan es digno de su amor y acepta, sin imposiciones de nadie, a su pretendiente. Así lo había dejado advertido en el momento de unirse don Juan a los gitanos: «Estos señores bien pueden entregarte mi cuerpo, pero no mi alma, que es libre y nació libre, y ha de ser libre en tanto que yo quisiere»[2].


[1] Ver Walter Starkie, «Cervantes y los gitanos», Anales cervantinos, IV, 1954, pp. 139-186.

[2] Novelas ejemplares, ed. de Jorge García López, Barcelona, Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores / Centro para la Edición de los Clásicos Españoles, 2005, p. 74.