Muere Lope de Vega en 1635

El alma de Lope está cansada, muy cansada[1]. Será ya muy poco lo que escriba, y no alcanzará a ver publicada la Parte veintiuna de sus comedias, que saldría póstuma. Nos acercamos al final de sus días. El 25 de agosto de 1635 sufre un desmayo que le obliga a guardar cama. Al día siguiente firma y rubrica su testamento como «frey Lope Félix de Vega Carpio, presbítero, de la sagrada religión de San Juan», en el que deja por heredera universal a su hija Feliciana. El 27, a las cinco y media de la tarde, Lope muere después de setenta y tres años y nueve meses de una densa y apasionante vida, repleta de amores y de literatura.

Lope de Vega

Pérez de Montalbán en su Fama póstuma relata con prolijos detalles estas postrimerías de la biografía lopesca. Cedámosle a él la palabra:

Había de morir Lope muy presto, y su corazón, que profeta lo adivinaba, enviábale los suspiros adelantados, porque tuviese los desengaños prevenidos, pues a diez y ocho del mismo mes, viernes, día de San Bartolomé, se levantó muy de mañana, rezó el oficio divino, dijo misa en su oratorio, regó el jardín y encerrose en su estudio. A mediodía se sintió resfriado, ya fuese por ejercicio que hizo en refrescar las flores, o ya, como afirman los mismos de su casa, por otro más alto ejercicio hecho tomando una disciplina, costumbre que tenía todos los viernes en memoria de la Pasión de Cristo Nuestro Señor, y averiguado con ver, en un aposento donde se retiraba, salpicadas las paredes y teñida la disciplina de reciente sangre. Así la virtud suele disimularse en los que son buenos, sin hacer ruido ni andar melancólicos ni mal vestidos, que la virtud no está reñida con el aseo que se queda en el término de la modestia. Y si la mortificación es indicio de la santidad, también es instrumento de paliar los vicios la hipocresía. Con sentirse indispuesto Lope y tener licencia para comer carne por un corrimiento que padecía en los ojos, comió de pescado, que era tan observante católico, que hacía escrúpulo, aunque lo mormurase su achaque, de faltar a las órdenes de la Iglesia. Estaba convidado para la tarde para unas conclusiones de medicina y filosofía, que defendió tres días el doctor Fernando Cardoso, gran filósofo y muy noticioso de las buenas letras, en el Seminario de los Escoceses; y hallose en ellas, donde le dio repentinamente un desmayo, que obligó a llevarle entre dos de aquellos caballeros a un cuarto del doctor don Sebastián Francisco de Medrano, muy amigo suyo, que está dentro del mismo seminario, donde sosegó un poco hasta que en una silla le trujeron a su casa. Acostose, llamaron los médicos, que, informados de que había comido unos huevos duros y unos fideos guisados, presumiéndole embarazado del estómago, le dieron un minorativo para purgalle, y luego, porque la calentura lo pedía, le sangraron, si bien le descaeció la falta de la sangre, aunque no era buena. Pasó acaso por la misma calle el doctor Juan de Negrete, médico de cámara de Su Majestad, que este título y sus aciertos son buenas señas de su talento, de su ciencia y de su experiencia, y diciéndole que estaba Lope de Vega indispuesto, le entró a ver, no como médico, porque no era llamado, sino como amigo que deseaba su salud. Tomole el pulso, viole también la fatiga del pecho, reconoció la calidad de la sangre y previno el suceso, diciéndole con mucha blandura que le diesen luego el Santísimo Sacramento, porque servía de alivio al que había de morir y de mejoría al que había de sanar. «Pues V. M. lo dice —respondió Lope muy conforme—, ya debe de ser menester», y volviose del otro lado a pensar bien lo que le esperaba.

Despidiose el doctor, y advirtió que tuviesen cuidado con él, porque estaba acabando. Con esto vino a la noche, con la solemnidad que suele, el Viático santísimo del cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo, que recibió con reverencia y lágrimas de alegría, agradeciéndole la visita, pues así le daba a entender que, como quien quiere honrar al huésped que espera, le sale al camino y le acompaña hasta llevarle a su palacio, así su Divina Majestad venía a recibirle hasta dejarle en las celestes moradas de su eterna gloria. Quedó más sosegado por dos horas, pero luego se conoció el peligro evidente y le trujeron el último remedio de la Santa Extremaunción. Recibiola, llamó a su hija, echola su bendición y despidiose de sus amigos, como quien se partía para una jornada tan larga. Consolose mucho con el maestro Josef de Valdivielso, porque, ayudándole en aquella congoja, le dijo en pocas palabras muchas razones que le sirvieron de dotrina y de alivio. Preguntó por el Padre Fray Diego Niseno, a quien quería y reverenciaba juntamente, por haberle tratado muchos años y haber leído todos sus escritos, y por el Padre Maestro Juan Baptista de Ávila, de la Compañía de Jesús, porque quien en vida le advirtió como docto de muchas cosas importantes a su salvación y a su crédito, mejor lo haría en la muerte como religioso y como entendido. Mas no logró su justo deseo, por estar entonces el Padre Niseno ausente, y el Padre Ávila enfermo en la cama. Encargó al señor Duque de Sessa, como a su dueño y su testamentario, que siempre le asistía sin faltarle un punto, el amparo de su hija, doña Feliciana de la Vega. Aconsejó a todos la paz, la virtud y el cuidado de sus conciencias. Díjome a mí que la verdadera fama era ser bueno, y que él trocara cuantos aplausos había tenido por haber hecho un acto de virtud más en esta vida, y volviéndose a un Cristo crucificado, le pidió con fervorosas lágrimas perdón del tiempo que había consumido en pensamientos humanos, pudiendo haberle empleado en asumptos divinos; que aunque mucha parte de su vida había gastado en autos sacramentales, historias sagradas, libros devotos, elogios de los santos y alabanzas de la Virgen Santísima y del Niño recién nacido en todas sus fiestas, quisiera que todo lo restante de su ocupación fuera semejante a esto. Resignó en las manos de Dios su voluntad; prometió no ofenderle jamás, aunque viviera muchos años; arrepintiose de haberle ofendido dolorosamente; confesó que era el mayor pecador que había nacido en el mundo; hizo un acto de contrición en que tuvieron más parte las lágrimas que las razones; llamó en su ayuda los santos de su devoción; invocó la piedad de la Virgen sacratísima de Atocha, a quien pidió que, pues había sido siempre su valedora, que lo fuese también entonces, y pues tenía en sus brazos al Juez de su causa, que intercediese por él al darle la sentencia. Dejáronle reposar un poco, porque dio a entender que se fatigaba; pasó la noche con inquietud y amaneció el lunes ya levantado el pecho, y tan débil, que la falta de la respiración no le dejaba formar las palabras, si bien tuvo siempre libres las potencias y muy prompto el sentido para responder a los que en aquel aprieto asistían a sus últimas congojas, que eran siempre el señor Duque de Sessa, el señor don Rafael Ortiz, recibidor de la Orden de San Juan, don Francisco de Aguilar, el Maestro Josef de Valdivielso, el doctor Francisco de Quintana, el licenciado Josef de Villena, el secretario Juan de Piña, don Luis Fernández de Vega, Alonso Pérez de Montalbán, su confesor, muchos religiosos de todas órdenes y el Reverendísimo Padre Provincial, Fray Juan de Ocaña, que con su espíritu, como de predicador tan grande, le esforzaba para que pasase aliviado aquel preciso y temeroso trance. En efecto, oyendo psalmos divinos, letanías sagradas, oraciones devotas, avisos católicos, actos de esperanza, profesiones de fe, consuelos suaves, cristianas aclamaciones y llantos amorosos, los ojos en el cielo, la boca en un crucifijo y el alma en Dios, espiró la suya al eco del dulcísimo nombre de Jesús y de María, que a un mismo tiempo repitieron todos.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Últimas desilusiones del Fénix: muerte de Lope Félix y rapto de Antonia Clara

El dolor y la melancolía teñirán el tramo final de la vida del «monstruo de la naturaleza»[1]. En efecto, 1634 es año de pesares. Su hijo Lope Félix muere frente a las costas de Venezuela, en una expedición a la isla Margarita para pescar perlas. Lope muestra su inmenso sufrimiento por la trágica pérdida en Felicio. Égloga piscatoria en la muerte de Lope Félix del Carpio y Luján, incluida en La vega del Parnaso (obra póstuma, 1637). El dolor del padre debió de ser desgarrador, pues Lopito constituía su mayor esperanza y, como certeramente escribe Entrambasaguas, su carácter inquieto era vivo reflejo del suyo en sus buenos tiempos.

Pero no acaban aquí los motivos de tristeza. Un nuevo dolor, un nuevo desengaño, espera agazapado al Fénix para darle un durísimo zarpazo en el tramo final de su vida: su hija Antonia Clara, que era viva imagen de Marta-Amarilis, que le servía de amanuense, que le alegraba con sus canciones y recitando sus versos, huye con un galán que tiene apellido de seductor: Cristóbal Tenorio, caballero del hábito de Santiago, un paniaguado del conde-duque de Olivares. Como muy atinadamente escribe McGrady,

Parece haberse impuesto la fuerza de la sangre, pues la niña de diecisiete años, al igual que su madre, se entrega a un amor ilícito; el padre que sembrara vientos ahora recoge tempestades.

Lope manifiesta su desesperación por el nuevo revés en su égloga Filis, que se publicaría póstumamente. Tal es el panorama que se le ofrece ahora al examinar la suerte corrida por sus hijos: Lope Félix, muerto; Marcela, monja, retirada del siglo; Feliciana, casada; Antonia Clara, huida… Todos los biógrafos destacan el cansancio y la soledad del otrora vital Lope, que a sus 72 años encuentra su casa de la calle de Francos vacía, fría y silenciosa.

Casa de Lope de Vega

Entrambasaguas lo imagina vertiendo amargas lágrimas de arrepentimiento.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope de Vega y Tomé de Burguillos

En 1633 saldría también Huerto deshecho. Metro lírico, donde se refiere Lope a la frustración de no haber sido elegido para el cargo de cronista real[1]. Los últimos años de su vida van a ser un tiempo de dolor insondable, de enorme melancolía, de profunda soledad. Su única hija legítima, Feliciana, contrae matrimonio el 18 de diciembre de 1633 con Luis de Usátegui, oficial de la secretaría del Real Consejo de Indias. Lope les promete una dote de 5.000 ducados. Feliciana y Luis, que darían dos nietos al Fénix (de nombres Agustina y Luis Antonio), se encargarían a la muerte del escritor de dar a la estampa algunas de sus últimas obras.

En 1634 Lope publica las Rimas humanas y divinas del licenciado Tomé de Burguillos. Este Burguillos (el seudónimo ya lo había usado Lope anteriormente, en las justas de San Isidro) es el alter ego de la vejez que, con humor burlón, compone un Canzoniere petrarquista dedicado a Juana, lavandera del Manzanares, al tiempo que escribe otras composiciones más serias («en seso»), en una desengañada mezcla de burlas y veras.

Rimas humanas y divinas del licenciado Tomé de Burguillos, de Lope de Vega

El mismo año sale también La gatomaquia, parodia de los poemas épicos protagonizada por los gatos Marramaquiz, Zapaquilda y Micifuz.

En el ultílogo de Las bizarrías de Belisa, acabada el 24 de mayo de 1634, después de unos cincuenta años de ininterrumpida práctica teatral, escribe el dramaturgo estos versos:

Senado ilustre, el poeta
que ya las musas dejaba
con deseo de serviros
volvió otra vez a llamarlas
para que no le olvidéis;
y aquí la comedia acaba.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope publica «La Dorotea»

Sigue aspirando Lope al cargo de cronista real, pero infructuosamente[1]. Al año siguiente, 1632, da a las prensas La Dorotea, una «acción en prosa», en cinco actos, en la que rememora idealmente su primer gran amor con Elena Osorio; y escribe la Égloga a Claudio, epístola dirigida a su amigo Claudio Conde, que constituye un hermoso resumen poético de su vida y pensamiento, algunos de cuyos pasajes he tenido ocasión de citar en entradas anteriores.

La Dorotea, de Lope

Es el mismo año en que muere Marta de Nevares (el 7 de abril). Pagaría su entierro Alonso Pérez, librero amigo del poeta y padre de Juan Pérez de Montalbán. Lope describe la muerte de su amante en las octavas reales de la égloga Amarilis, que se publicaría en 1633. También evoca su muerte en este soneto del Tomé de Burguillos titulado «Que al amor verdadero no le olvidan el tiempo ni la muerte»:

Resuelta en polvo ya, mas siempre hermosa,
sin dejarme vivir, vive serena
aquella luz, que fue mi gloria y pena,
y me hace guerra, cuando en paz reposa.

Tan vivo está el jazmín, la pura rosa,
que, blandamente ardiendo en azucena,
me abrasa el alma de memorias llena:
ceniza de su fénix amorosa.

¡Oh, memoria cruel de mis enojos!,
¿qué honor te puede dar mi sentimiento,
en polvo convertidos sus despojos?

Permíteme callar solo un momento:
que ya no tienen lágrimas mis ojos,
ni conceptos de amor mi pensamiento.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope, 1629: cansancio literario y desengaño vital

Hemos visto en entradas anteriores cómo las enfermedades van minando la salud del Fénix, y de varios miembros de su familia[1]. Además, a las desdichas domésticas hay que sumar el cansancio del mundo literario, con la competencia de los dramaturgos que van triunfando (los «pájaros nuevos») tras haber asimilado perfectamente las enseñanzas del maestro y padre del teatro español moderno. Aquí y allá, Lope alzará su voz para expresar sus quejas:

… es cosa de gran donaire ver los nuevos cómicos venir a decir lo dicho.

Las comedias han dado licencia en España a que muchos que ignoran consigan algún nombre, aura vulgar y desvanecimiento ridículo; pero bien saben los que saben que no saben…

Entre esos dramaturgos noveles empieza a destacar con fuerza Calderón de la Barca, que por los años treinta estará ya en la plenitud de su genio y pronto le sustituirá como poeta cortesano. Además, el año de 1629 dos comedias de Lope son mal recibidas por el público, y en una carta al duque de Sessa, de hacia 1630, da síntomas de agotamiento y muestra su intención de no componer más comedias para el corral y poder centrarse así en ocupaciones más graves:

Días ha que he deseado dejar de escribir para el teatro, así por la edad, que pide cosas más severas, como por el cansancio y aflicción de espíritu en que me ponen. Esto propuse en mi enfermedad, si de aquella tormenta libre llegaba al puerto; mas como a todos les sucede, en besando tierra no me acordé del agua. Ahora, Señor Excelentísimo, que con desagradar al pueblo dos historias que le di bien escritas y mal escuchadas, he conocido o que quieren verdes años o que no quiere el cielo que halle la muerte a un sacerdote escribiendo lacayos de comedias, he propuesto dejarlas de todo punto, por no ser como las mujeres hermosas, que a la vejez todos se burlan de ellas, y suplicar a Vuestra Excelencia reciba con público nombre a su servicio un criado que ha más de veinticinco años que le tiene secreto; porque sin su favor no podré salir con victoria deste cuidado, nombrándome algún moderado salario, que con la pensión que tengo ayude a pasar esto poco que me puede quedar de vida. El oficio de capellán es muy a propósito. Diré todos los días misa a Vuestra Excelencia y asistiré asimismo a lo que me mandase escribir y solicitar de su servicio y gusto.

Manuscrito de El castigo sin venganza, de LopePero —afortunadamente— el Fénix incumple ese propósito, gracias a lo cual todavía nos legaría espléndidas obras en su ciclo literario de senectute, como su excepcional tragedia El castigo sin venganza (se conserva el manuscrito con fecha de 1 de agosto de 1631). Su ruego al de Sessa para que lo nombre capellán de su casa no es atendido. Antes, en julio de 1628, sí había sido nombrado capellán mayor de la Congregación de San Pedro.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Últimos años de Navarro Villoslada

Acabada la guerra en 1876, Francisco Navarro Villoslada[1]  se había negado a participar en la reorganización del partido carlista, alegando su precario estado de salud. Pero en 1885, al morir Nocedal padre, acepta el nombramiento como jefe de la Comunión Tradicionalista de España para ser el representante de don Carlos en Madrid. Trata de poner orden en la dividida prensa tradicionalista, enzarzada entonces en numerosas polémicas, pero algunos sectores le dirigen durísimos ataques (acusándole incluso de desertor y traidor al carlismo). Nuevamente desilusionado con la política, renuncia definitivamente a sus cargos y se retira, ahora sí, a Viana. En 1894 participa en la campaña contra las medidas fiscales anunciadas para Navarra por el ministro de Hacienda, Germán Gamazo, escribiendo unas pocas líneas para el número único de Navarra Ilustrada. Sería su última intervención en un asunto público.

Monumento a Navarro Villoslada en Pamplona

Al año siguiente, el día 29 de agosto, moría en la misma ciudad que le viera nacer, rodeado de su familia. A su funeral y entierro acudió el Ayuntamiento de Viana en pleno. Más tarde llegarían otros homenajes: la celebración del Centenario de su nacimiento en 1918, con la colocación de la placa conmemorativa en su casa natal en que se recuerda al «cantor de la raza vasca», la erección de un monumento en Pamplona, a la entrada de los Jardines de la Taconera, y la publicación de un número especial de La Avalancha; la dedicatoria de calles (Navarro Villoslada, Amaya) y de un Instituto de Bachillerato; la celebración del 150 Aniversario de su nacimiento en 1968 (al que se sumó la revista Pregón); y después, en 1995, el Centenario de su muerte, con diversos actos con los que se quiso honrar su memoria.


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995; «Francisco Navarro Villoslada (1818-1895). Político, periodista, literato», Príncipe de Viana, Anejo 17, 1996, pp. 259-267; y «Navarro Villoslada, periodista. Una aproximación», Príncipe de Viana, año LX, núm. 217, mayo-agosto de 1999, pp. 597-619. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Navarro Villoslada vuelve a la literatura

Entre 1872 (en abril estalla de nuevo la guerra carlista) y 1885 Francisco Navarro Villoslada[1] vive unos «años oscuros». Tradicionalmente se venía diciendo que se retiró a su ciudad natal, ganándose así el sobrenombre de «El Solitario de Viana», y que allí, en la paz de la vida rural, escribió la que sería su obra maestra, Amaya. La realidad es algo distinta. Se retira, sí, de toda actividad pública, pero continúa viviendo en Madrid la mayor parte del año; en los meses de verano viaja al norte para descansar en alguna localidad de las Provincias Vascongadas y para visitar su hacienda en Viana.

Después de varios años sin publicar, entregado a la política y el periodismo, en 1877-1878 vuelve a dar a las prensas algunos trabajos literarios, sobre todo su novela Amaya (primero en el folletín de la revista La Ciencia Cristiana; en 1879 en volumen).

Amaya, de Navarro Villoslada

En reconocimiento a sus méritos vascófilos Navarro Villoslada es elegido miembro de honor de la Asociación Éuskara de Navarra, promovida en Pamplona por Juan Iturralde y Suit y Arturo Campión.


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995; «Francisco Navarro Villoslada (1818-1895). Político, periodista, literato», Príncipe de Viana, Anejo 17, 1996, pp. 259-267; y «Navarro Villoslada, periodista. Una aproximación», Príncipe de Viana, año LX, núm. 217, mayo-agosto de 1999, pp. 597-619. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Navarro Villoslada y el carlismo

El triunfo de la Revolución de septiembre de 1868 provocó el acercamiento de Francisco Navarro Villoslada[1] y los denominados neocatólicos (Nocedal, Aparisi y Guijarro, Canga Argüelles, Tejado…) al carlismo. En efecto, tras el destronamiento de Isabel II la legitimidad estará representada para ellos por don Carlos María de Borbón y Austria-Este (Carlos VII), y se unen a él por ser su partido el que mejor podía defender, en aquel determinado momento, los intereses católicos por los que venían luchando.

Don Carlos de Borbón y Austria-Este

En 1869 Navarro Villoslada es detenido y ha de pasar mes y medio en la prisión del Saladero de Madrid por haber publicado, antes de que lo hiciera la prensa oficial, una nota en la que avisaba de la intención del gobierno de incautarse todos los bienes eclesiásticos. Tras salir de la cárcel, se exilia para evitar nuevas persecuciones.

En París se pone a las órdenes del pretendiente, al que acompaña por Centro Europa, y prepara algunos folletos de propaganda carlista, siendo especialmente famoso el artículo titulado «El hombre que se necesita», en el que presentaba a don Carlos a los españoles como el único candidato al trono capaz de acabar con la anarquía reinante en España. Según dijo Aparisi, con este escrito ganó para su causa a millares de partidarios. Desde finales de 1869 pasa a ser secretario personal del duque de Madrid pero, estando en Viena, el 25 de enero de 1870 se rompe una pierna y ha de permanecer cinco meses en cama, teniendo que abandonar el cargo. Esta es la razón de que no se encuentre presente en la famosa Junta de Notables de Vevey.

En 1871 es elegido senador por Barcelona, y la inmunidad parlamentaria le permite volver a España; ejercerá el cargo de secretario de la minoría carlista en el Senado. Se opone con Aparisi y otros a las medidas liberalizantes propuestas por el general Cabrera y discute con don Carlos, empeñado en seguir los consejos «cesaristas» de su nuevo secretario, Arjona. Se muestra igualmente contrario a que toda la prensa carlista esté bajo la dirección de una sola persona, Cándido Nocedal. Al final, para no seguir oponiéndose en público a su rey, renuncia a la dirección de El Pensamiento Español y, desengañado, se retira de la política activa.


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995; «Francisco Navarro Villoslada (1818-1895). Político, periodista, literato», Príncipe de Viana, Anejo 17, 1996, pp. 259-267; y «Navarro Villoslada, periodista. Una aproximación», Príncipe de Viana, año LX, núm. 217, mayo-agosto de 1999, pp. 597-619. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Navarro Villoslada y los neocatólicos

Durante todos estos años, se va destacando dentro de las filas moderadas el grupo denominado neocatólico, formado por donosianos y nocedalinos. Portavoz destacado de esa corriente será el periódico El Pensamiento Español, fundado por Francisco Navarro Villoslada[1] y otros socios a finales de 1859, en el que el de Viana pondría durante más de diez años toda su alma y todo su corazón.

Cabecera de El Pensamiento Español

«Católico a machamartillo», desde sus columnas defenderá las ideas tradicionalistas y al Papa Pío IX al suscitarse la «cuestión romana», batiéndose en formidables polémicas con toda la prensa liberal.

En 1865 y 1867, Navarro Villoslada es elegido diputado para dos nuevas legislaturas, siempre por Navarra (aunque ahora por Pamplona, en las dos ocasiones).


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995; «Francisco Navarro Villoslada (1818-1895). Político, periodista, literato», Príncipe de Viana, Anejo 17, 1996, pp. 259-267; y «Navarro Villoslada, periodista. Una aproximación», Príncipe de Viana, año LX, núm. 217, mayo-agosto de 1999, pp. 597-619. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Navarro Villoslada, escritor, periodista y político

Como otros escritores de su época, Francisco Navarro Villoslada[1] distribuirá su tiempo y sus preferencias entre la literatura, el periodismo y la política. En 1846 conoce a una joven vitoriana llamada Teresa de Luna, con la que contrae matrimonio tras un breve noviazgo. Por el delicado estado de su esposa, trasladan su residencia a Vitoria, donde Navarro Villoslada tendrá el cargo de secretario del Gobernador Civil de Álava. Por estas fechas, su nombre empieza a sonar en los círculos literarios por la publicación de sus dos primeras novelas históricas, Doña Blanca de Navarra (1847) y Doña Urraca de Castilla (1849), y lo mismo en los de la vida política, asociado al de otros personajes del partido moderado.

En 1851 muere su mujer: aunque era todavía joven, y le dejaba con dos hijas pequeñas, el escritor de Viana no volvió a casarse. Decide entonces regresar a Madrid. Entre 1853 y 1869 retorna a la actividad periodística, relegando a un segundo plano su faceta como literato (solo publica y estrena algunas piezas de teatro), y comienza a figurar también en la política con cargos públicos. Durante el bienio progresista (1854-1856) colabora en el periódico satírico El Padre Cobos, junto a González Pedroso, Garrido, López de Ayala, Selgas y Suárez Bravo.

El Padre Cobos

En 1856 entra en el Ministerio de la Gobernación; será sucesivamente oficial de los terceros, de los segundos y de los primeros. Al año siguiente es elegido diputado por el distrito de Estella. Es nombrado además director de la Gaceta de Madrid y de la administración de la Imprenta Nacional. Comisionado por el gobierno, realiza en 1857-1858 un viaje para estudiar el estado de las imprentas nacionales en Francia y Austria.


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995; «Francisco Navarro Villoslada (1818-1895). Político, periodista, literato», Príncipe de Viana, Anejo 17, 1996, pp. 259-267; y «Navarro Villoslada, periodista. Una aproximación», Príncipe de Viana, año LX, núm. 217, mayo-agosto de 1999, pp. 597-619. Y para el contexto de la novela histórica romántica, remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.