Una mirada rápida a los libros cervantinos de Avalle-Arce (1)

En la imposibilidad de abordar un análisis sistemático y completo del conjunto de los trabajos cervantinos de Avalle-Arce, trataré de mostrar una visión panorámica de su labor en este campo del Hispanismo. Para ello, ofreceré primero una breve glosa de sus monografías y colectáneas cervantinas, pues es en esas publicaciones donde se encuentran recopilados sus trabajos más citados (Deslindes cervantinos, Nuevos deslindes cervantinos y Suma cervantina), donde se formulan algunas de sus teorías más importantes (Don Quijote como forma de vida) o, sencillamente, donde se sintetiza en forma de entradas de diccionario todo su saber y erudición en este campo (Enciclopedia cervantina). Más tarde ofreceré el comentario de algunas otras aportaciones críticas de Avalle-Arce; y, por último, haré un sucinto repaso a su labor como editor de los textos cervantinos.

Cubierta del libro Deslindes cervantinos, de Juan Bautista Avalle-Arce

La primera contribución importante de Avalle-Arce, Conocimiento y vida en Cervantes (Buenos Aires, Instituto de Filología, 1959), quedó incorporada pronto al volumen Deslindes cervantinos (Madrid, Edhigar, 1961), en el cual reúne cinco trabajos: «Conocimiento y vida en Cervantes» (pp. 15-80), «Tres vidas del Persiles (La verdad absoluta)» (pp. 81-96), «Grisóstomo y Marcela (La verdad problemática)» (pp. 97-119), «El curioso y El capitán (La verdad artística)» (pp. 121-161) y «El cuento de los dos amigos (Cervantes y la tradición literaria)» (pp. 163-235). En esta colectánea encontramos ya algunos de los temas seminales en la exploración que lleva a cabo Avalle-Arce del universo artístico e ideológico de Cervantes. El primero de los trabajos, publicado originariamente en la revista Filología como homenaje a su maestro Amado Alonso, aborda el análisis del tema de la verdad y sus formas de conocimiento (por autoridad, experiencia o razón); es decir, analiza la triple relación de conocimiento, verdad y vida. Se centra primero en el comentario de don Quijote como personaje que tiene una fe ciega en la autoridad literaria; y luego en el análisis ideológico del Persiles, que tiene el objetivo de retratar la verdad absoluta. En «Tres vidas del Persiles (La verdad absoluta)» analiza las figuras del español Antonio (que representa el honor), el italiano Rutilio (la lascivia) y el portugués Manuel (el amor), tres vivires distintos que sintetizan el vivir nacional. Las tres contribuciones restantes están directamente relacionadas con el Quijote, en concreto con sendas historias intercaladas: la de Grisóstomo y Marcela (aborda el dilema de la muerte —por amor o suicidio— del pastor enamorado); la relación entre la historia de El curioso impertinente y la que le sigue, la historia del capitán cautivo y Zoraida (el autor las interpreta como historias antagónicas en la que la del Curioso se identifica con lo literario, en tanto que la del Capitán se muestra como una referencia al aspecto histórico y vital); y, finalmente, un repaso por la tradición literaria del cuento de «los dos amigos», que es fundamental en la construcción de El curioso impertinente y también en otras obras cervantinas.

Estos cinco trabajos incluidos en Deslindes cervantinos, aunque independientes, entablan cierto diálogo entre sí, lo que se percibe ya desde el intencionado empleo de los subtítulos entre paréntesis. Pero las ideas expuestas se van conectando en un plano más profundo: si el primero de los trabajos muestra que el Persiles es el máximo ejemplo de la verdad fruto de la fe y el dogma, el segundo profundiza en esa misma línea de análisis. En el cuarto trabajo, al comentar El curioso, se apunta la relación con el motivo tradicional del cuento de los dos amigos, y a recorrer esa tradición literaria a lo largo de ocho siglos dedicará el último de los trabajos (no centrado exclusivamente en Cervantes), etc. Igualmente, muchas de estas ideas seminales se incorporarán —matizadas o ampliadas— a otros trabajos posteriores[1].


[1] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Juan Bautista Avalle-Arce o la investigación cervantina como un “mini-sistema planetario”», en José Ángel Ascunce y Alberto Rodríguez (eds.), Nómina cervantina. Siglo XX, Kassel, Edition Reichenberger, 2016, pp. 276-294.

Breve síntesis biográfica y semblanza crítica de Juan Bautista Avalle-Arce

Juan Bautista Alejandro Guadalupe de Avalle-Arce y Arce[1] —tal era su nombre completo— nació en Buenos Aires el 13 de mayo de 1927. Su familia, originaria del navarro valle de Arce, era de honda ideología carlista (don Carlos María Isidro de Borbón, Carlos V, la había distinguido con un título aristocrático, el Marquesado de la Lealtad), y había emigrado a la Argentina en tiempos de la Primera Guerra Carlista. Es en el seno familiar donde Avalle-Arce se impregnará de su tradicionalismo ideológico y de su «ferviente catolicismo»[2]. A los seis años fue enviado a estudiar a un internado en Escocia, donde permanecería hasta los catorce años (1933-1944). Allí, estudiando en St Andrew’s School, fue donde leyó por primera vez el Quijote. De regreso en Argentina, realiza sus estudios de bachillerato en el Colegio Nacional de Buenos Aires; después se formó con Amado Alonso —otro navarro de familia carlista—, quien lo animó a cursar estudios en el Instituto de Filología de la Universidad de Buenos Aires, donde «empezó a trabajar en una mesa que don Amado le asignó tras la primera entrevista»[3]; allí tuvo ocasión de coincidir con ilustres investigadores como Pedro Henríquez Ureña, María Rosa Lida, Raimundo Lida, Marcos Morínigo, Enrique Anderson Imbert, Ana María Barrenechea o Ángel Rosenblat. Allí publicaría también sus primeros artículos, «cuando todavía vestía pantalones cortos»[4]. Siguiendo los pasos de su maestro, en 1948 Avalle-Arce se trasladó a la Universidad de Harvard, donde se licenciaría en 1952 (tras obtener los grados de Bachelor y Master of Arts), y donde se doctoraría en 1955, ahora ya bajo la dirección de Raimundo Lida, con su tesis sobre La novela pastoril española. Después trabajó como profesor en Ohio State University (1955-1960), en Smith College, Northampton (1961-1969), en la University of North Carolina at Chapel Hill (1969-1984), donde ocupó la Cátedra William Rand Kenan Jr. de Lenguas Romances; y, por último, en la University of California, Santa Barbara (1984-2003), en la que regentó la Cátedra Miguel de Barandiarán de Estudios Vascos, donada por el Gobierno Vasco. Como comenta Ascunce, «dejó una profunda estela de magisterio y humanidad por aquellas universidades americanas donde ejerció […] como catedrático»[5]. En efecto, bajo su dirección se formaron investigadores como John J. Allen, Howard Manzing, José Labrador, Elena Delgado, Juan Fernández-Jiménez o José Miguel Martínez Torrejón, entre otros. Pero la docencia de Avalle-Arce no se limitaba solo al trabajo con sus doctorandos; enseñó igualmente durante décadas, «con ahínco y pasión», a sus estudiantes de licenciatura, como ha puesto de relieve Fuentes[6]. «Sus alumnos le daban vida y le rejuvenecían», escribe Azcona Larumbe[7]. En conjunto, su carrera supone «medio siglo dedicado al hispanismo en la universidad americana»[8]. En 1994, el Gobierno de Navarra lo propuso como candidato al premio Príncipe de Asturias de las Letras «por su aportación al estudio y difusión de la literatura española en todos los ámbitos internacionales del hispanismo» y, de modo especial, por sus estudios sobre la obra de Cervantes. Tras su jubilación, Avalle-Arce dejó su rancho Etxeberria (‘casa nueva’) en el californiano valle de Santa Ynez y volvió a España, «a recuperar sus orígenes», como él mismo decía; residió primero en San Sebastián, y desde 2006 en el pequeño pueblo navarro de Enériz, en una casa con huerta-jardín a la que llamó Ibaiondo (‘junto al río’). Falleció en Pamplona, en la Clínica Universidad de Navarra, el día 25 de diciembre de 2009.

Juan Bautista Avalle-Arce

Avalle-Arce fue miembro de destacadas asociaciones internacionales como la Hispanic Society of America, la Academia Argentina de Letras, la Academy of Literary Studies (Estados Unidos), y correspondiente de la Academia de Buenas Letras de Barcelona. Fue además uno de los creadores de la Society of Basque Studies in America. En 1992 la Universidad de Castilla-La Mancha le concedió el doctorado Honoris Causa[9]. Su curriculum vitae reúne unas 300 publicaciones académicas (artículos, publicaciones en obras colectivas…) y una cincuentena de libros (monografías o ediciones de obras literarias), que versan sobre la literatura de la Edad Media, los Siglos de Oro (Renacimiento y Barroco) y la Época Moderna y Contemporánea. Además de sus estudios dedicados a Cervantes y su obra, Avalle-Arce nos legó importantes aportaciones sobre el Cancionero y el Romancero, las crónicas medievales, el Amadís y otros libros de caballerías, las crónicas de Indias (en especial, el Inca Garcilaso de la Vega y Gonzalo Fernández de Oviedo), la novela pastoril (Jorge de Montemayor), la novela picaresca o Lope de Vega, sin que falten estudios sobre autores modernos como Galdós, Valera, Valle-Inclán o García Lorca, por citar solo los más señeros. El conjunto de estas obras atestigua «una hercúlea voluntad de totalidad», según ha escrito Pardo[10], quien comenta que las dos cualidades por las que sobresale su producción son «inteligencia y trabajo»[11]; habla también de «su finura como lector, aderezada siempre por la sencillez y elegancia de su prosa»[12], y añade:

Avalle-Arce siempre se mantuvo deliberadamente al margen de escuelas y teorías críticas, para bien o para mal, pero esa actitud un tanto quijotesca se nutría de tales cualidades u otras directamente relacionadas con ellas: un sano escepticismo que, paradójicamente, lo hacía estar siempre dispuesto a escuchar las ideas ajenas […] y un profundo y erudito conocimiento de la literatura, adquirido a base de leer y estudiar […]. Si a estas cualidades añadimos su voluntad de claridad, no es difícil ver en él la sencillez de la auténtica sabiduría, que representaba también en su persona y trato. Avalle-Arce pertenecía a esta estirpe de sabios sencillos y encarnaba una forma de concebir el humanismo que poco a poco va desapareciendo. Con su muerte, también se va cerrando una de las páginas más brillantes —intelectualmente hablando— del hispanismo, la del exilio[13].

Por su parte, López-Grigera comenta que Avalle-Arce logró «acumular sistemáticamente una erudición casi sin límites, que le permitiría a su aguda inteligencia ser el cervantista que fue»[14]; y lo retrata con breves palabras:

Era humilde. Sencillo. Veneraba a sus maestros. Y sus maestros le querían entrañablemente. Respetaba a todos, incluso a los que no coincidían con él. Más aún, tenía la virtud de saber encontrar el marfil de los dientes del perro muerto, como dice Tagore, en uno de sus apólogos, que hacía Jesús[15].

Víctor Fuentes escribe que «la figura de Juan Bautista se aparece como la de un nuevo Cide Hamete (en este caso vasconavarro), de la crítica de toda la obra de Cervantes, por lo que cala en su múltiple perspectivismo, por lo dentro de ella que está, pero sin pretender imponerle su propio yugo personal o ideológico»[16]. Formado con los maestros del Instituto de Filología de Buenos Aires (en especial, Amado Alonso y Raimundo Lida), Avalle-Arce permaneció siempre alejado de modas y corrientes críticas. Sus estudios destacan por su erudición, su rigor académico y su profundidad de pensamiento, expresado siempre de una forma sencilla y amena: como él mismo declara en distintos lugares, huía de las teorías modernas y de sus complejas formulaciones y nomenclaturas. Por ejemplo, en el capítulo inicial de Las novelas y sus narradores, escribe: «no haré uso de las espeluznantes terminologías contemporáneas porque éstas imposibilitan el diálogo con el no iniciado, y mi más ahincado deseo es el de facilitar el diálogo con mis lectores» (p. 13). Así pues, sus ideas parten siempre de una lectura atenta y respetuosa del texto, que analiza buscando su sentido profundo, pero sin traicionarlo o retorcerlo para hacerle decir lo que no dice, sin proyectar sobre él, de forma anacrónica, impertinentes conceptos abstrusos u opacas teorías. En distintas ocasiones (por ejemplo en el capítulo VIII de Don Quijote como forma de vida) nos alertó sobre los desenfoques de la crítica moderna, la cual queda desorientada cuando «trasponemos en forma instintiva, sin darnos cuenta, nuestra realidad de investigadores a los Siglos de Oro». Y antes, en el capítulo IV, había dejado señalado que «lo mejor es abandonar la ruidosa senda por donde han transitado y transitan los modernos exégetas, consultar el texto original y proyectarlo, ya bien meditado,
en su marco contemporáneo». Jaime Fernández ha resumido las principales
cualidades de sus estudios cervantinos:

Entre su múltiple actividad académica, uno de los universos literarios para él más queridos es, sin duda alguna, el de Cervantes. Leyendo sus magnas obras […], el lector se siente entre los personajes cervantinos, como uno más de ellos, o se encuentra de pronto dialogando con el autor. Porque uno de los talentos envidiables de Avalle-Arce es el de saber infundir vida a las figuras literarias objeto de su estudio, merced a las penetrantes incursiones que efectúa en el alma de su creador Cervantes. La creación literaria, sus misteriosos mecanismos humanos y los influjos ejercidos y recibidos por el autor en las coordenadas culturales de su época, son campos en los que Avalle-Arce se mueve con absoluta soltura. Copiosas lecturas, un excelente e incalculable fichero de referencias ajenas y sobre todo de ideas propias, soñadas, rectificadas y pulidas a través de los años, y una ponderada y sosegada meditación, son los pasos previos de rigor para la redacción de sus artículos y libros que suele realizar, sin mediar borrador alguno, directamente sentado a la máquina de escribir o —desde hace algunos años— procesador de palabras[17].

Y también ha enumerado sus aportaciones más significativas en este terreno:

Sus finos estudios sobre el «acto gratuito» de Don Quijote en su Penitencia de Sierra Morena, la dolorosa revelación del subconsciente en su visión de la Cueva de Montesinos, la imparcial y respetuosa oscilación cervantina ante las esencias misteriosas del humano vivir en el episodio de Marcela y Grisóstomo, el rastreo literario de las fuentes de El curioso impertinente, el sentido de la locura y el amor de Don Quijote, las relaciones profundas entre conocimiento, vida y verdad en la obra de Cervantes, el significado de la alegoría del Persiles, se destacan ya como clásicos indiscutibles en la ingente y proteica bibliografía del primer novelista de todos los tiempos. Y en todos esos estudios Avalle-Arce se ciñe al mundo interno del autor, al proceso íntimo de su creación, sin tener que recurrir, salvo en muy contadas excepciones, a instrumentos de análisis crítico que, por su lejanía temporal y espiritual del texto, resultan desorientadores y de dudosa validez[18].

Quizá convendría añadir a esta lista un par de aportaciones significativas: una, su teoría sobre el «narrador infidente» que hace su aparición en la Segunda Parte del Quijote, teoría cara al crítico, expuesta en distintas ocasiones y lugares; otra, su certera interpretación de los acercamientos cervantinos a la narrativa pastoril y a la picaresca, moldes que conocía perfectamente y con los que entra en continuo diálogo, si bien modificando sustancialmente los rasgos canónicos de los respectivos modelos (Diana, Amadís), lo que nos habla de la inmensa capacidad de Cervantes para entrar en diálogo con la tradición literaria, pero aportando siempre —añadir a lo inventado, en expresión del propio escritor— grandes dosis de originalidad que la renuevan[19].


[1] Aprovecho para esta entrada los datos ofrecidos en distintas semblanzas y notas necrológicas de nuestro autor, quien en ocasiones firmaba también sus trabajos académicos como Juan Bautista de Avalle-Arce. Ver, especialmente, José Ángel Ascunce, «Juan Bautista Avalle-Arce: el sueño de una tierra», El Diario Vasco, 29-12-1992, p. 49; y «El exilio del desencanto vencedor», en Manuel Aznar Soler (ed.), Escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, Sevilla, Grupo de Estudios del Exilio Literario (GEXEL) / Renacimiento, 2006, pp. 17-34 [sobre Avalle-Arce, las pp. 26-28, apartado «Un carlista: Juan Bautista Avalle-Arce (Buenos Aires, 1927)»]; Begoña Azcona Larumbe, «Semblanza de Juan Bautista», en Miguel Zugasti (ed.), «Calamo currente». Homenaje a Juan Bautista de Avalle-Arce, número monográfico de Rilce. Revista de filología hispánica, 23.1, 2007, pp. 17-19; Jaime Fernández, «Semblanza de Juan Bautista Avalle-Arce», Mundaiz (Universidad de Deusto, San Sebastián), 44, julio-diciembre de 1992, pp. 147-165; Víctor Fuentes, «Laudatio de Juan Bautista de Avalle-Arce», en Miguel Zugasti (ed.), «Calamo currente». Homenaje a Juan Bautista de Avalle-Arce, cit., pp. 21-24; Luisa López-Grigera, «Juan Bautista (1927-2009)», Cervantes. Bulletin of the Cervantes Society of America, vol. XX, number 1, Spring 2010, pp. 5-7; y Pedro Javier Pardo, «Reminiscencias de Juan Bautista Avalle-Arce (1927-2009)», Boletín de la Biblioteca Menéndez Pelayo, LXXXVI, 2010, pp. 667-672.

[2] A su ideología carlista y a su «ferviente catolicismo» se refiere el propio autor en Nuevos deslindes cervantinos, Barcelona, Ariel, 1975, pp. 115-116, nota 26. Como escribe José Ángel Ascunce, «Juan Bautista bebió del manantial ideológico familiar tanto su vasco-navarrismo como el carlismo, de forma que estos dos pilares representan uno de los rasgos más característicos de su personalidad emocional («El exilio del desencanto vencedor», p. 26), quien lo considera un caso de «exilio del desengaño vencedor». Por su parte, Jaime Fernández ofrece esta etopeya: «Figura menuda y espíritu amplio y universal, cristiano de acendrada fe, infundiendo optimismo y alegría, hospitalario y amable, agradecido incluso al gesto más sencillo y casual de humano acercamiento, y con un fino sentido del humor, rasgo ya connatural en él por la prolongada convivencia e íntimo diálogo con Cervantes, la amistad de Juan Bautista es una joya de inapreciable valor» («Semblanza de Juan Bautista Avalle-Arce», pp. 148-149).

[3] Pardo, «Reminiscencias de Juan Bautista Avalle-Arce (1927-2009)», p. 668.

[4] Azcona Larumbe, «Semblanza de Juan Bautista», p. 19.

[5] Ascunce, «El exilio del desencanto vencedor», p. 28

[6] «Lo que es menos conocido, y en donde veo yo una sentida compenetración personal con el hondo humanismo cervantino-quijotesco, es su amor a la enseñanza, a impartir el conocimiento y el amor a la lectura, la literatura y la cultura, en los jóvenes estudiantes subgraduados, de licenciatura» (Fuentes, «Laudatio de Juan Bautista de Avalle-Arce», p. 24).

[7] Azcona Larumbe, «Semblanza de Juan Bautista», p. 17.

[8] Ascunce, «El exilio del desencanto vencedor», p. 28. Y Miguel Zugasti escribe: «Seis décadas ininterrumpidas consagradas a la docencia y la investigación en muy diversos aspectos de la literatura hispánica avalan una trayectoria que bien se merece el aplauso y el reconocimiento generales» («Calamo currente». Homenaje a Juan Bautista de Avalle-Arce, p. 1).

[9] Recibió importantes premios de la Fundación Guggenheim, ACLS, American Philosophical Society, National Endowment for the Humanities (NEH Senior Fellow, Universidad Interamericana, Puerto Rico, 1993), el Premio Bonsoms (Barcelona) o el Premio del Centro Gallego.

[10] Pardo, «Reminiscencias de Juan Bautista Avalle-Arce (1927-2009)», p. 670, quien destaca otras características como el tesón, la perseverancia y el esfuerzo. Ver sendos listados con las publicaciones de Avalle-Arce en Fernández, «Semblanza de Juan Bautista Avalle-Arce», pp. 151-165, y en Zugasti, («Calamo currente». Homenaje a Juan Bautista de Avalle-Arce, pp. 3-15 (se excluyen aquí sus numerosas reseñas).

[11] Pedro Javier Pardo, «Reminiscencias de Juan Bautista Avalle-Arce (1927-2009)», Boletín de la Biblioteca Menéndez Pelayo, LXXXVI, 2010, p. 671.

[12] Pardo, «Reminiscencias de Juan Bautista Avalle-Arce (1927-2009)», p. 669.

[13] Pardo, «Reminiscencias de Juan Bautista Avalle-Arce (1927-2009)», p. 671.

[14] Luisa López-Grigera, «Juan Bautista (1927-2009)», «Juan Bautista (1927-2009)», Cervantes. Bulletin of the Cervantes Society of America, vol. XX, number 1, Spring 2010p. 6.

[15] López-Grigera, «Juan Bautista (1927-2009)», p. 6.

[16] Víctor Fuentes, «Laudatio de Juan Bautista de Avalle-Arce», en Miguel Zugasti (ed.), «Calamo currente». Homenaje a Juan Bautista de Avalle-Arce, número monográfico de Rilce. Revista de filología hispánica, 23.1, 2007, p. 22.

[17] Jaime Fernández, «Semblanza de Juan Bautista Avalle-Arce», «Semblanza de Juan Bautista Avalle-Arce», Mundaiz (Universidad de Deusto, San Sebastián), 44, julio-diciembre de 1992, p. 149.

[18] Fernández, «Semblanza de Juan Bautista Avalle-Arce», p. 149.

[19] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Juan Bautista Avalle-Arce o la investigación cervantina como un “mini-sistema planetario”», en José Ángel Ascunce y Alberto Rodríguez (eds.), Nómina cervantina. Siglo XX, Kassel, Edition Reichenberger, 2016, pp. 276-294.

Juan Bautista Avalle-Arce (1927-2009) o la investigación cervantina como un «mini-sistema planetario»

Juan Bautista Avalle-Arce (Buenos Aires, 1927-Pamplona, 2009) es una de las figuras señeras del Hispanismo del siglo XX. Formado primero en el Instituto de Filología de la Universidad de Buenos Aires y luego en la Universidad de Harvard con sus maestros Amado Alonso y Raimundo Lida, su investigación ha iluminado aspectos de numerosos autores, géneros y obras, desde las crónicas medievales y el Romancero hasta escritores contemporáneos como García Lorca, pasando por la novela pastoril, la caballeresca, las crónicas de Indias, Lope de Vega, etc. En todo caso, el verdadero núcleo de su producción ha sido Cervantes, cuya obra no solo ha analizado en profundidad escudriñando sus entresijos estéticos e ideológicos, sino que además la ha editado (toda su narrativa —La Galatea, el Quijote, las Novelas ejemplares, el Persiles— y los entremeses). En la inmensidad de la bibliografía cervantina, sus monografías y colectáneas de artículos, así como los volúmenes que coordinó para reunir los trabajos de los más prestigiosos cervantistas, constituyen referencias fundamentales y de obligada consulta, en especial Deslindes cervantinos (1961), Suma cervantina (1973) —en colaboración con E. C. Riley—, Nuevos deslindes cervantinos (1975), Don Quijote como forma de vida (1976), «La Galatea» de Cervantes cuatrocientos años después (Cervantes y lo pastoril) (1985) y Enciclopedia cervantina (1997). Sólida erudición, profundidad de pensamiento y una amena claridad expositiva de sus doctas ideas son algunas características destacadas de sus escritos cervantinos, que forman, en palabras del propio crítico, «un mini-sistema planetario»[1].

Juan Bautista Avalle-Arce. Foto: Manuel Castells (Archivo Fotográfico Universidad de Navarra)
Juan Bautista Avalle-Arce. Foto: Manuel Castells (Archivo Fotográfico Universidad de Navarra).

No resulta tarea fácil ofrecer aquí una semblanza completa y cabal de Juan Bautista Avalle-Arce como cervantista —sin duda alguna, uno de los más destacados de todos los tiempos. Tuve ocasión de conocer personalmente a don Juan Bautista en el tramo último de su vida, cuando —finalizada ya con la jubilación su dilatada trayectoria académica en los Estados Unidos— había regresado a España, a las raíces geográficas y familiares, para residir primero en San Sebastián y luego en Enériz (Navarra). Antes, claro, sus trabajos cervantinos habían constituido para mí objeto de lectura y estudio, pero en esos años, aprovechando la gozosa circunstancia de su cercana residencia, desde la Universidad de Navarra Avalle-Arce fue invitado, en distintas ocasiones, para dictar algunos seminarios y conferencias, y más tarde para recibir un merecido homenaje académico, brindado de forma conjunta con la Universidad de California, Santa Barbara; y estas circunstancias fueron las que me permitieron entablar con él una cordial relación que, si bien no fue muy prolongada en el tiempo ni llegó a alcanzar el grado de una profunda amistad, sí resultó extremadamente grata; y siempre que tuvimos ocasión de coincidir y conversar, el trato que el prestigioso cervantista —con apariencia ya de venerable anciano— dispensó al joven aprendiz de filólogo fue siempre de una cercana y amable humanidad. Y es así, desde el respeto que me merece su ingente producción como investigador y desde el cariño que despierta en mí el recuerdo de su entrañable persona, como abordo ahora la complicada tarea de ofrecer una visión panorámica —que a la fuerza habrá de hacerse en apretada síntesis, en sucesivas entradas— de la destacada y muy fructífera labor como cervantista de Juan Bautista Avalle-Arce[2].


[1] Juan Bautista Avalle-Arce, Nuevos deslindes cervantinos, Barcelona, Ariel, 1975, p. 13.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Juan Bautista Avalle-Arce o la investigación cervantina como un “mini-sistema planetario”», en José Ángel Ascunce y Alberto Rodríguez (eds.), Nómina cervantina. Siglo XX, Kassel, Edition Reichenberger, 2016, pp. 276-294.

Sacar de su sepulcro a Sancho Panza o la «Receta para salvarnos» (1902) de Marcos Zapata Mañas

El otro día traje al blog el poema «A Calderón» de Marcos Zapata Mañas (Ainzón, Zaragoza, 1842-Madrid, 1913), incluido en el volumen de Poesías que publicó en 1902 con prólogo de Santiago Ramón y Cajal. Hoy copio este otro, «Receta para salvarnos», perteneciente a la misma recopilación, en el que, haciendo referencia a la célebre sentencia regeneracionista de Joaquín Costa (Monzón, Huesca, 1846-Graus, Huesca, 1911) de echar «Doble llave al sepulcro del Cid para que no vuelva a cabalgar», propone como medida complementaria resucitar a Sancho Panza. En efecto, la de clausurar el sepulcro del Cid (valga decir ʻolvidarse de las pasadas glorias españolas, muy heroicas, sí, pero que son ya historia caduca y sirven de poco o nada en el momento presenteʼ) es una idea expresada por Costa al final del apartado «Criterio general» de su «Mensaje y programa de la Cámara agrícola del Alto-Aragón», que leyó el 13 de noviembre de 1898, y que se publicaría dos años después en su libro Reconstitución y europeización de España. Programa para un partido nacional. Publícalo el «Directorio» de la Liga Nacional de Productores (Madrid, Imprenta de San Francisco de Sales, 1900). Esa frase, que se haría célebre como expresión del pensamiento regeneracionista de comienzos del siglo XX, pasaría después al subtítulo de su libro Crisis política de España (Doble llave al sepulcro del Cid), en el que se lee la siguiente formulación: «En 1898, España había fracasado como Estado guerrero, y yo le echaba doble llave al sepulcro del Cid para que no volviese a cabalgar»[1].

Marcos Zapata, por su parte, propone echar, en efecto, tres llaves (ni dos —lo que sugería la sentencia de Costa— ni siete—número simbólico con el que muchas veces se recuerda su idea—) al sepulcro del Cid, pero propone que debe salir del suyo Sancho Panza «a servirnos de guía y consejero» (v. 6). Dicho y hecho: para «exhumar a Sancho» (v. 9) «el acerado pico» (v. 10) golpea el suelo y se abre «su vieja sepultura» (v. 11), para descubrirse que el sepulcro está vacío. Frente a la sorpresa del pueblo, don Quijote —se supone que también resucitado para la ocasión— pide que vayan a buscar a su escudero en «Santiago [de Cuba] o Puerto Rico» (v. 14), es decir, dos de los lugares donde se materializó el Desastre español del 98 (año en que se perdieron también Filipinas y Guam). Interpreto las palabras de don Quijote en el sentido de que Sancho, como representante del pueblo bajo español, sería en su tiempo uno de los muchos soldados sacrificados —muertos, heridos o enfermos— en aquellas lejanas latitudes, en el contexto de unas guerras —Cuba y Filipinas— de las que los ricos podían librarse muy fácilmente (pagando la cantidad de 2.000 pesetas quedaban exentos de cumplir con los tres años de servicio militar obligatorio).

Retrato de Sancho Panza, grabado incluido en el vol. III de The History of the valorous and witty knight-errant Don Quixote of la Mancha, London / Philadelphia, Gibbings and Co., 1895. Fuente: Banco de imágenes del «Quijote» (1605-1915)
Retrato de Sancho Panza, grabado incluido en el vol. III de The History of the valorous and witty knight-errant Don Quixote of la Mancha, London / Philadelphia, Gibbings and Co., 1895. Fuente: Banco de imágenes del «Quijote» (1605-1915).

El texto del poema es como sigue:

«¡Cerremos con tres llaves[2], sin tardanza,
el sepulcro del Cid!… (¡de aquel guerrero
batallador, honrado y caballero,
que ganó media España con su lanza!)

»Salga en cambio del suyo Sancho Panza
a servirnos de guía y consejero…»
(Mas olvide al salir que fue escudero
de la Fe, la Virtud y la Esperanza!)

Para exhumar a Sancho, con premura
golpea el suelo el acerado pico,
y ábrese, al fin, su vieja sepultura.

«—¡Vacía!…» —exclama el pueblo—.  «—Sí, borrico…
—replica Don Quijote con voz dura—,
id por él a Santiago o Puerto Rico.»[3]


[1] Joaquín Costa, Crisis política de España (Doble llave al sepulcro del Cid), 3.ª ed. corregida y aumentada, Madrid, Biblioteca Costa, 1914, p. 81.

[2] con tres llaves: Costa hablaba de «doble llave», pero su frase se ha popularizado también con el número de siete, «siete», a veces uniendo esa formulación con otra de sus ideas clave: «Escuela, despensa y siete llaves al sepulcro del Cid».

[3] Marcos Zapata, Poesías, con un prólogo del Doctor S. Ramón y Cajal, Madrid, Librería de Fernando Fe, 1902, p. 91.

El soneto «Ante el “Quijote” de la Academia, impreso por Ibarra», de Manuel Machado

Este soneto de Manuel Machado pertenece a la sección «Proloquios» de su recopilación poética Cadencias de cadencias (Nuevas dedicatorias), publicada en el año 1943. Se trata de una entusiasta evocación de esa joya bibliográfica que es el Quijote impreso por Joaquín Ibarra en 1780, en cuatro volúmenes, a petición de la Real Academia Española y siguiendo sus normas ortográficas y sintácticas. La valoración de esta elegante edición la sintetiza certera y magníficamente el último verso de la composición: «el mejor libro en la mejor imprenta».

El Quijote de Joaquín Ibarra (1780)
El Quijote de Joaquín Ibarra (1780).

El texto del poema es como sigue:

De Elzevirios, de Aldos y Plantinos[1]
insigne sucesor fue Ibarra un día
gloria de la española Artesanía,
sol magnificador de sus caminos…

Logra el trabajo con amor destinos
de Arte supremo. Ibarra lo sabía
y penetró con clásica maestría
del suyo los secretos peregrinos.

De Bodoni y Didot[2] rival triunfante,
la página de Ibarra el sello ostenta
claro, severo, pulcro y elegante.

Y su Quijote insigne representa
la cifra de la gloria culminante:
el mejor libro en la mejor imprenta[3].


[1] De Elzevirios, de Aldos y Plantinos: nombres de ilustres impresores clásicos con los que entronca Ibarra. Con Elzevirios alude a Lodewijk Elzevir —Luis Elzevir I— (1540-1617), fundador en Leiden (Países Bajos) de una larga dinastía de impresores holandeses que permaneció activa hasta 1712, de cuyos talleres se calcula que salieron unas 1.600 ediciones. El humanista Aldus Pius Manutius, Aldo Manuzio (Aldo Manucio en español) o Aldo el Viejo (1449-1515) fue el fundador en Venecia de la Imprenta Aldina, famosa por sus elegantes impresiones de obras clásicas y por la invención de las letras itálicas o cursivas. En fin, Christoffel Plantijn (c. 1520-1589), conocido como Christophorus Plantinus en latín y como Cristóbal Plantino en español, fue otro célebre impresor y librero flamenco. Junto con Arias Montano se encargó de la impresión de la Biblia Políglota Regia, siendo nombrado por ello «architipógrafo regio» por Felipe II. Su no menos célebre imprenta ubicada en Amberes, denominada Officina Plantiniana, se conserva en la actualidad como Museo Plantin-Moretus, por su yerno Jan Moretus, heredero de Plantino en el negocio impresor.

[2] Bodoni y Didot: se refiere a Giambattista Bodoni (1740-1813), impresor y tipógrafo italiano que creó varios tipos de letra serifa que todavía se utilizan en la actualidad (la fuente Bodoni); y a Firmin Didot (1764-1836), grabador, impresor y tipógrafo francés, miembro de la más célebre familia de impresores franceses, al que se le recuerda por sus ediciones de grabados de Giovanni Battista Piranesi y por ser el creador de la técnica de la estereotipia. Al igual que Bodoni, también da nombre a una célebre fuente tipográfica, los caracteres Didot, que tradicionalmente han constituido el tipo estándar nacional para las publicaciones francesas.

[3] Cito por Manuel Machado, Poesías completas, ed. de Antonio Fernández Ferrer, Sevilla, Renacimiento, 1993, p. 490.

El «Soneto a Cervantes» de Francisco Luis Bernárdez

Por tratarse de un texto poco conocido, copiaré hoy este «Soneto a Cervantes» del poeta argentino Francisco Luis Bernárdez (Buenos Aires, 1900-Buenos Aires, 1978) perteneciente a su poemario El arca (Buenos Aires, Losada, 1953). Su calidad literaria no es excepcional, pero constituye un eslabón más de la larga cadena de evocaciones poéticas del autor del Quijote.

Estatua de Cervantes en la Plaza de Cervantes (Alcalá de Henares)
Estatua de Cervantes en la Plaza de Cervantes (Alcalá de Henares).

El poema dice así:

Ceñido por la luz de tu memoria
Y encerrado en la gracia de tu sueño,
Siento el vano rumor y el vano empeño
Del vano tiempo y de la vana historia.

Siento que la ilusión de que soy dueño
Se me vuelve más leve y transitoria,
Y que hasta el bien de la soñada gloria
Me parece más pobre y más pequeño.

Porque en la carne de tus criaturas
Y en la substancia de sus almas puras
Vivo despierto y como nunca estoy,

Viendo a partir de sus perfectas vidas
Las proporciones justas y escondidas
De lo que en ellas y con ellas soy[1].


[1] Lo cito por Francisco Luis Bernárdez, Antología, selección y prólogo de Graciela Maturo, Buenos Aires, Secretaría de Cultura de la Nación / Editorial Bonum, 1994, p. 284. Mantengo la mayúscula al comienzo de cada verso.

«Villancico de la estrella necesaria», de Ángel de Miguel

Escuchad, hermanos, una gran noticia:
«Hoy en Belén de Judá os ha nacido el Salvador».

Esta noche es Nochebuena, nace hoy el Niño Dios Salvador del mundo y, como en años anteriores, en este blog recordaremos su nacimiento con poesía a lo largo de estas fiestas. Para este día traigo un poema de Ángel de Miguel titulado «Villancico de la estrella necesaria». Pero, antes de copiar su texto, quiero contaros la pequeña historia de su génesis.

Ayer, conversando con Constantino López Sánchez-Tinajero, uno de los buenos amigos de la Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan, hablábamos de si aparecía la Navidad en el Quijote, y también de si habría algún poema que llevase a don Quijote y Sancho Panza hasta el Portal de Belén. La respuesta a lo primero es sí, y en este escrito de Constan que se publica hoy en Cuadernos Manchegos (incluido también en el blog de la Sociedad Cervantina de Alcázar) puede rastrearse esa presencia de «La Navidad en el Quijote».

Respecto a lo segundo, algo hay también: nuestra llorada amiga Carmen Agulló Vives, que fue una asociada muy querida de la Asociación de Cervantistas, tiene un «Villancico de don Quijote y Sancho», que usó primero para felicitar las Navidades de 2004 y luego publicó en varios lugares (lo transcribiré aquí en los próximos días). Ayer por la tarde, cuando llamó para felicitarme otro excelente amigo, Ángel de Miguel (poeta castellano-navarro: burgalés de nacimiento, en La Nuez de Arriba, pero afincado en Estella desde hace muchos años), hablamos también de estos temas y le “desafié” a ver si le salía algo al respecto. Ni corto ni perezoso, Ángel se puso a la labor y cumplió con el “encargo”, de forma que esta mañana me ha llegado su texto, con este mensaje: «Ahí te va, muy querido Carlos, el villancico del reto. Con temblor e inseguridad, lo escribí ayer por la noche. He dejado que reposara unas doce horas. Hoy te lo envío, no sin miedo de haberme ido por los cerros de la Mancha». Pues bien, el poema, escrito en la mejor tradición romanceril, evoca a la inmortal pareja cervantina en el momento de colocar las figuras del Belén, entre las que está la de un «ángel manco» (¡bello guiño!). Añadiré tan solo que de Ángel de Miguel ya han quedado recogidos otros villancicos en este blog, a saber, el «Villancico de la Fuente de Irache» y el «Villancico triste para un Niño sin posada».

El «Villancico de la estrella necesaria», que rezuma sencillez y ternura, dice así:

Noche de pandemia y frío.
En un lugar de la Mancha
es veintitrés de diciembre
bajo una niebla de espadas.
Un hidalgo y un labriego,
par de sombras asustadas,
desgranan nostalgias niñas
y sus mazorcas de infancia.
Van colocando figuras
de un belén de eterna magia,
con José que sueña lirios
y una Madre enamorada
del Hijo que le ha nacido,
aurora recién llorada.
El calmo buey y la mula
son dos velas desveladas.
Un ángel manco despliega
un Quijote de esperanza:
es la música encendida
de la estrella necesaria
que pone luz al pesebre
donde titilan las almas
del hidalgo don Alonso
y un labriego de la Mancha.

(Estella, Navidad de 2021)

Burla, teatralidad y violencia en la Segunda parte del «Quijote»: a modo de conclusión

En los dos episodios de la Segunda parte de la novela cervantina que hemos analizado a lo largo de varias entradas —el del carro de las Cortes de la Muerte (II, 11) y el del retablo de maese Pedro (II, 25-26)— hemos visto a don Quijote ante dos carretas de espectáculos teatrales: una es la de las Cortes de la Muerte; la otra, la que trae hasta la venta a maese Pedro con su mono adivino y el retablo de la libertad de Melisendra. Son, pues, dos episodios que van a enfrentar a don Quijote con dos realidades de la práctica teatral, dos momentos en los que el caballero de la Triste Figura se las tiene que ver con otras figuras teatrales. Obvio es decir que los dos episodios ponen en primer plano el conflicto de la realidad y la apariencia (o ficción); y el segundo, además, introduce el teatro dentro de la narración.

El retablo de maese Pedro

Además, ambos episodios incluyen elementos de burla y/o están enmarcados por alguna burla, como he tratado de mostrar en las entradas anteriores. En fin, no deja de ser significativo que los dos episodios guarden relación con el encantamiento de Dulcinea: en efecto, el primero se produce tras el encuentro de don Quijote y Sancho con la aldeana del Toboso (momento en el que se gesta el encantamiento de la dama), en tanto que el segundo sucede tras el descenso a la cueva de Montesinos (en el que don Quijote contemplará a Dulcinea encantada)[1].


[1] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Burla, teatralidad y violencia en dos episodios de la Segunda Parte del Quijote (el carro de las Cortes de la Muerte y el retablo de maese Pedro)», eHumanista/Cervantes, 8, 2020, pp. 100-114.

Burla, teatralidad y violencia en el episodio del retablo de maese Pedro («Quijote», II, 25-26) (y 5)

La acción violenta de don Quijote arremetiendo contras los títeres es calificada por maese Pedro como «la furia mal considerada deste señor caballero» (p. 852)[1], el caballero de la Triste Figura que ha desfigurado las suyas; y poco más adelante habla también de «la fuerza invencible dese poderoso brazo» (p. 852). Para el caballero, todo ha sido consecuencia de una alteración de su cólera («se me alteró la cólera», p. 852) debida a los cambios provocados por los encantadores («estos encantadores que me persiguen», p. 852), que le hacen ver una realidad distinta de la que es. Una vez más recurre a la consabida explicación de los encantadores enemigos, que lo confunden tratando de robarle la fama de sus hazañas.

Don Quijote arremete contra el retablo de maese Pedro

Finalmente, don Quijote se ofrece a pagar los desperfectos (el dinero será necesario para reparar el desaguisado, como sucedió también en I, 37 tras la batalla con los cueros de vino), en tanto que Sancho Panza y el ventero serán los intermediarios entre ambos y calcularán la indemnización debida. Sigue, en efecto, la tasación de los destrozos: son cuarenta reales y tres cuartillos, más dos reales por el trabajo de volver a tomar al mono, que ha escapado asustado. Todavía asistiremos a una leve reincidencia de don Quijote en la ficción caballeresca cuando maese Pedro le presenta a Melisendra desnarigada (él cree que la dama ya está a salvo en París gracias a su intervención), en tanto que el narrador subraya que maese Pedro «vio que don Quijote izquierdeaba y que volvía a su primer tema» (p. 854). Y termina el episodio con un «En resolución, la borrasca del retablo se acabó y todos cenaron en paz y en buena compañía, a costa de don Quijote, que era liberal en todo estremo» (p. 854).

Rodríguez Cuadros ha comentado que este episodio es «un constante frotamiento dialéctico de la realidad y la ficción (y de la práctica teatral y su teoría)», en el que existe

un espectador que, concernido por esa misma dialéctica, pasa de observador a agente de la acción. Porque, de repente, la historia atañe de nuevo a don Quijote. Desea elevar las figuras desde su condición guiñolesca al estatuto de ethos literario y artístico que empele a la acción[2].

Por su parte, Emma Nishida señala que «El ataque repentino e insensato de don Quijote contra los títeres es el fruto de haber vivido en el mundo caballeresco y buena muestra de su enloquecimiento»[3]. Pero lo que sucede en realidad es que don Quijote debe reaccionar, pues está en juego su propia existencia como caballero andante, su propia historicidad: en este episodio ha tomado como real lo referido en el retablo, igual que ha tomado como reales las cosas contadas en las novelas de caballerías. Las acciones de la materia épica carolingia las ha trasladado a este nuevo mundo. En esta ocasión no hay burlas asociadas al episodio (más allá de las supuestas adivinaciones del mono), pero sí un tratamiento completamente burlesco de la historia de don Gaiferos y Melisendra (los coscorrones que parece que Carlomagno le quiere dar con su cetro a don Gaiferos; el hecho de quedar enganchado el faldellín de la dama en unos hierros al descender por la muralla de Sansueña; la aplicación de unos versos de una jácara quevedesca, «con chilladores delante / y envaramiento detrás», al castigo que impone el rey Marsilio al atrevido moro que ha besado a Melisendra…). Además, la representación del retablo en la venta es un intermedio en la aventura del rebuzno, que se plantea al comienzo del capítulo II, 25 («… y ha llegado a tanto la desgracia desta burla, que muchas veces con mano armada y formado escuadrón han salido contra los burladores los burlados a darse la batalla, sin poderlo remediar rey ni roque, ni temor ni vergüenza», p. 839, le explica a don Quijote el hombre que conduce las armas para la batalla que se prepara entre los pueblos rivales) y cuyo desenlace no se nos cuenta hasta el II, 27 (con la malhadada idea de Sancho de rebuznar en presencia de los afrentados por la burla de los rebuznos…).

Por otra parte, hay dos detalles que resultan bien significativos en el episodio sobre los que quisiera llamar la atención: la aceptación en esta ocasión por don Quijote del pago por los destrozos, ya comentada, y el hecho de que el caballero sienta hambre («… y acabe presto maese Pedro, que se hace hora de cenar, y yo tengo ciertos barruntos de hambre», p. 853). Dineros y hambre, dos elementos que nos muestran claramente que don Quijote ya no es el que era… El próximo paso por el palacio ducal —con nuevos episodios marcados por distintas formas de burla, teatralidad y violencia— lo aproximará definitivamente a su final.

En fin, el «Buena noche se nos apareja» (p. 840) del ventero al comienzo del episodio habría de resultar, a la postre, un vaticinio verdadero, si bien de signo contrario a lo que él esperaba. Y, como sucediera con los destrozos de los cueros de vino, el dinero saldrá de nuevo a relucir para arreglar los desastres provocados por la locura de don Quijote. También aquí, ya lo hemos visto, se pagan los desperfectos ocasionados. Por último, cabría recordar que este episodio puede ser interpretado —así lo ha hecho la crítica— como un ajuste de cuentas de don Quijote con el galeote Ginés de Pasamonte. En efecto, si en el capítulo 22 de la Primera parte los galeotes, capitaneados por Ginés, dejaban molido a don Quijote con sus peladillas de arroyo lanzadas con certera puntería, aquí la espada de don Quijote deja «hechas pedazos y desmenuzadas» todas las jarcias y figuras de maese Pedro (y a punto está de costarle la vida, como se cuenta en las pp. 850-851 y se reitera en las pp. 856-857)[4].


[1] Todas las citas del Quijote son por la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico (Barcelona, Instituto Cervantes / Crítica, 1998).

[2] Evangelina Rodríguez Cuadros, «Don Quijote y sus figuras: de la imitación al retablo de maese Pedro», Philologia Hispalensis, 18.2, 2004, pp. 182-183.

[3] Emma Nishida, «Aproximación al episodio del retablo de maese Pedro (Quijote, II, 26) a través del romancero», en Carlos Mata Induráin y Miguel Zugasti Zugasti (eds.), Actas del Congreso «El Siglo de Oro en el Nuevo Milenio», Pamplona, Eunsa, 2005, vol. 2, p. 1270.

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Burla, teatralidad y violencia en dos episodios de la Segunda Parte del Quijote (el carro de las Cortes de la Muerte y el retablo de maese Pedro)», eHumanista/Cervantes, 8, 2020, pp. 100-114.

Burla, teatralidad y violencia en el episodio del retablo de maese Pedro («Quijote», II, 25-26) (4)

En la primera parte del episodio no encontramos signos de violencia, ni siquiera verbal. Todo lo más, podemos advertir la prevención de don Quijote contra maese Pedro y su mono adivino como cosa asimilable a la brujería, al pacto con el demonio, es decir, algo susceptible, por tanto, de ser perseguido por la Inquisición. Pero el episodio terminará con el iracundo estallido del caballero. Como en otras ocasiones a lo largo de la novela, es al pulsarse la tecla de la caballería cuando prende la chispa que enciende la locura —o más bien monomanía— del ingenioso hidalgo. Este es el momento en que explota la furia de don Quijote (cito el pasaje por extenso):

Y el muchacho dijo:

—Miren cuánta y cuán lucida caballería sale de la ciudad en siguimiento de los dos católicos amantes, cuántas trompetas que suenan, cuántas dulzainas que tocan y cuántos atabales y atambores que retumban. Témome que los han de alcanzar y los han de volver atados a la cola de su mismo caballo, que sería un horrendo espetáculo.

Viendo y oyendo, pues, tanta morisma y tanto estruendo don Quijote, parecióle ser bien dar ayuda a los que huían, y levantándose en pie, en voz alta dijo:

—No consentiré yo que en mis días y en mi presencia se le haga superchería a tan famoso caballero y a tan atrevido enamorado como don Gaiferos. ¡Deteneos, mal nacida canalla, no le sigáis ni persigáis; si no, conmigo sois en la batalla!

Y, diciendo y haciendo, desenvainó la espada y de un brinco se puso junto al retablo, y con acelerada y nunca vista furia comenzó a llover cuchilladas sobre la titerera morisma, derribando a unos, descabezando a otros, estropeando a este, destrozando a aquel, y, entre otros muchos, tiró un altibajo tal, que si maese Pedro no se abaja, se encoge y agazapa, le cercenara la cabeza con más facilidad que si fuera hecha de masa de mazapán. Daba voces maese Pedro, diciendo:

—Deténgase vuesa merced, señor don Quijote, y advierta que estos que derriba, destroza y mata no son verdaderos moros, sino unas figurillas de pasta. Mire, ¡pecador de mí!, que me destruye y echa a perder toda mi hacienda.

Mas no por esto dejaba de menudear don Quijote cuchilladas, mandobles, tajos y reveses como llovidos. Finalmente, en menos de dos credos, dio con todo el retablo en el suelo, hechas pedazos y desmenuzadas todas sus jarcias y figuras, el rey Marsilio malherido, y el emperador Carlomagno, partida la corona y la cabeza en dos partes. Alborotóse el senado de los oyentes, huyóse el mono por los tejados de la venta, temió el primo, acobardóse el paje, y hasta el mesmo Sancho Panza tuvo pavor grandísimo, porque, como él juró después de pasada la borrasca, jamás había visto a su señor con tan desatinada cólera. Hecho, pues, el general destrozo del retablo, sosegóse un poco don Quijote y dijo:

—Quisiera yo tener aquí delante en este punto todos aquellos que no creen ni quieren creer de cuánto provecho sean en el mundo los caballeros andantes. Miren, si no me hallara yo aquí presente, qué fuera del buen don Gaiferos y de la hermosa Melisendra: a buen seguro que esta fuera ya la hora que los hubieran alcanzado estos canes y les hubieran hecho algún desaguisado. En resolución, ¡viva la andante caballería sobre cuantas cosas hoy viven en la tierra! (pp. 850-851)[1].

Don Quijote ante el retablo de maese Pedro

Recapitulemos: don Quijote ataca el retablo y da un tajo que casi alcanza a maese Pedro con fatales consecuencias; Sancho «jamás había visto a su señor con tan desatinada cólera» (p. 851), detalle que me parece significativo: en su furia, don Quijote está a punto de matar al titerero (si bien no será hasta el capítulo II, 27 cuando se aclare al lector quién es realmente, como refleja el título: «Donde se da cuenta de quiénes eran maese Pedro y su mono…»). Según explica el antes citado Romero Muñoz,

El peligro de los esposos, “exagerado”, con extraordinaria habilidad, por el despabilado muchacho, ha hecho desaparecer el distanciamiento e inducido al hidalgo a una adhesión sin reservas a lo que se está desarrollando ante sus ojos. Adhesión tan imprudentemente ingenua, total, que… le hace olvidar lo que sin duda sabe: que Gaiferos llegará sano y salvo a París, con su Melisendra. Pero la identificación imprudente durará, como sabemos, sólo un momento, y don Quijote no tardará en restituirse a su ya casi habitual cordura[2].

Por su parte, Sun-Me Yoon ha escrito:

Analizando el estado anímico de don Quijote y sus actitudes como receptor de la representación, se puede concluir que no se produce en don Quijote ninguna confusión entre realidad y ficción como se aparenta. Don Quijote se niega desde el primer instante a asumir el pacto ficcional y se mantiene alejado y objetivo[3].

En efecto, en este episodio, don Quijote no sucumbe a la ilusión teatral, sino al texto dramático, a la voz del trujamán. Recordemos que está inseguro desde la salida de la cueva de Montesinos, verdadero descenso a los infiernos de su alma. Y si en la Primera parte él era dueño y creador de sus aventuras, cuando su locura transformaba la realidad, ahora en la Segunda los planos de la realidad y la ficción se intercambian y superponen fuera de su control: ahora son otros personajes los que tratan de adaptar la realidad a su fantasía caballeresca a través de creaciones artificiosas (ejemplo señero es el de los Duques, con todas las invenciones que urden en su palacio para reírse a costa de un loco y un ingenuo, pero no son los únicos…). Maese Pedro tiene capacidad creativa y también conocimiento de la locura de don Quijote, y esos rasgos coinciden con los de otros personajes que también fabricarán aventuras que se amolden a su fantasía caballeresca, como ha indicado Yoon:

Dicho de otro modo, la esencia teatral del retablo y la intromisión de don Quijote como un personaje más de la historia representada son una prefiguración de situaciones futuras, en las que don Quijote se convertirá en actor involuntario de aventuras montadas adrede, y por ende, en espectáculo para un público que lo contempla, como son los duques[4].


[1] Todas las citas del Quijote son por la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico (Barcelona, Instituto Cervantes / Crítica, 1998).

[2] Carlos Romero Muñoz, «Nueva lectura de El retablo de Maese Pedro», en Actas del I Coloquio Internacional de la Asociación de Cervantistas, Barcelona, Anthropos, 1990, p. 127.

[3] Sun-Me Yoon, «La aventura del retablo de maese Pedro», en Chul Park (coord.), Actas del XI Coloquio Internacional de la Asociación de Cervantistas, Seúl, 17-20 de noviembre de 2004, Seúl, Universidad Hankuk de Estudios Extranjeros, 2005, p. 421.

[4] Yoon, «La aventura del retablo de maese Pedro», pp. 426-427. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Burla, teatralidad y violencia en dos episodios de la Segunda Parte del Quijote (el carro de las Cortes de la Muerte y el retablo de maese Pedro)», eHumanista/Cervantes, 8, 2020, pp. 100-114.