Poesía de Navidad: «Súplica del pastor que estaba mal colocado en el “belén”», de José García Nieto

Siguiendo con la serie de poemas navideños, traigo hoy al blog la «Súplica del pastor que estaba mal colocado en el “belén”» de José García Nieto (Oviedo, 1914-Madrid, 2001), poeta de la generación de la posguerra, ganador en 1996 del Premio Cervantes. El texto, un soneto, tiene la originalidad de focalizar la mirada en una figura humilde del Nacimiento, un pastor que ha sido colocado demasiado lejos del Portal y que, por tanto, no puede contemplar al Niño Dios recién nacido —y por eso, porque le han dejado «en una orilla triste y sin sentido» (v. 6), se considera «maniatado» (v. 8)—. La voz lírica enunciadora del poema es el pastor que pide a las manos que han montado el belén (v. 7) que lo acerque hasta la presencia de Jesús, que lo espera. En fin, esa sencilla figurilla hecha de barro que suplica que le levanten de su barro (v. 12), viene a simbolizar al hombre, al género humano —barro humano—, que puede alzarse de su condición terrenal y caduca en el encuentro trascendente con la divinidad.

Pastor de Francisco Salzillo (Museo Salzillo, Murcia)
Pastor de Francisco Salzillo (Museo Salzillo, Murcia)

Este es el texto del poema:

Estoy aquí tan mal, tan apartado,
que nunca veré a Dios recién nacido.
Un sitio en el «belén» me han escogido
y una manera de esperar me han dado.

Yo jamás veré al Niño. Me han dejado
en una orilla triste y sin sentido.
Manos que habéis creado lo prohibido[1],
dadle ya ligereza al maniatado.

Sé bien cuál es la estrella conductora,
dentro del pecho está brillando ahora
y es más hermosa en mí de lo que era.

Haced que de mi barro[2] me levante;
no alejéis el encuentro un solo instante…
Tampoco Él puede andar, pero me espera[3].


[1] habéis creado lo prohibido: no apuro la referencia exacta de esta expresión. El pastor se está dirigiendo en apóstrofe a las «manos» que han fabricado o colocado las figuras que forman el belén. Tal vez con «lo prohibido» se refiera al carácter inefable del misterio del nacimiento de Dios, o puede quizá que la prohibición tenga que ver más bien con el hecho de que él está excluido de ver al recién nacido; pero no veo claro el significado exacto del verso.

[2] barro: en el texto se lee aquí «barrio», pero luego, en los comentarios de ese verso, se edita como «de mi barro me levante». Aunque «barrio» podría hacer sentido, parece que se trata simplemente de un descuido —una errata— al reproducir el soneto. «Haced que de mi barro me levante» es, sin duda, mucho mejor lectura.

[3] José García Nieto, Versos para la Navidad, edición comentada de Fernando Carratalá, Madrid, Sial Pigmalión, 2016, p. 49 (con un amplio comentario en las pp. 49-52).

«Al Santo Nombre de Jesús», de Lope de Vega

Vaya para hoy, 3 de enero, fiesta del Santísimo Nombre de Jesús, un soneto del Fénix dedicado a esta temática —incluido en el Libro II de Pastores de Belén—, que no requiere mayor comento.

Santísimo Nombre de Jesús

Si cada vez que un hombre murmurase
del amigo, del prójimo y ausente
«Jesús» dijese, es nombre suficiente
a que la voz y el ánimo templase.

Si cada vez que del honor tratase
del que infama y corrige vanamente
«Jesús» dijese, y con humilde frente
a las divinas letras se humillase,

es imposible que el furor más ciego
y la vergüenza más soberbia y loca
con tal rocío no templase el fuego.

Que el nombre de JESÚS tanto provoca
amar[1] a Dios y al prójimo, que luego
penetra el corazón desde la boca[2].


[1] amar: entiéndase ʻa amarʼ, con la preposición a embebida.

[2] Cito por Suma poética. Amplia colección de la poesía religiosa española, por José María Pemán y Miguel Herrero, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1944, pp. 251-252 (hay ed. facsímil, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 2008). Modifico levemente la puntuación. De Pastores de Belén contamos con una edición moderna de Antonio Carreño (Madrid, Cátedra, 2010) y otra en formato electrónico preparada por Enrique Suárez Figaredo, disponible aquí (el poema se localiza en las pp. 169-170).

Las «Chanzonetas de la circuncisión de Cristo» de Alonso de Bonilla

Hace unos días copiaba aquí la composición «Chanzoneta a la Virgen sobre los Inocentes» de Alonso de Bonilla (Baeza, c. 1570-Baeza, 1642) incluida en su Nuevo jardín de flores divinas en que se hallara variedad de pensamientos peregrinos (Baeza, por Pedro de la Cuesta, 1617). Hoy añado sus «Chanzonetas de la circuncisión de Cristo»[1], cuyo texto dice así:

Bartolommeo Veneto, Circuncisión de Jesús (1506). Museo del Louvre (París, Francia).
Bartolommeo Veneto, Circuncisión de Jesús (1506). Museo del Louvre (París, Francia)

Niño, aunque con vos se estrella
la ley de sangre y dolor,
sufridla, que ese rigor
todo ha de llover sobre ella.

Pues que siendo vos Dios mesmo
a vuestras carnes lastima,
justo es que le llueva encima
un diluvio de bautismo;

porque no quede centella
del fuego de su dolor,
anegando su rigor
para que llueva sobre ella.

Dejad al cuchillo cruel
que vuestras venas desangre,
que aunque el diluvio es de sangre,
agua se espera tras dél[2];

porque la justa querella
contra la ley del dolor
desterrará su rigor,
para que llueva sobre ella.

Dejad que llueva, chiquito,
que a fe[3] que mojada salga,
sin que el capote le valga
de su intolerable rito;

que ley que con Dios se estrella
sin reservarle el dolor
es justo por tal rigor
que todo llueva sobre ella[4].


[1] Cfr. Lucas, 2, 21: «Cuando se cumplieron los ocho días y fueron a circuncidarlo, lo llamaron Jesús, nombre que el ángel le había puesto antes de que fuera concebido». La festividad de la Circuncisión de Cristo, en el Calendario romano general, se celebraba el día 1 de enero; a partir de la reforma del Calendario en 1960 por el papa Juan XXIII se le dio a la celebración litúrgica el nombre de «Octava de Navidad». En la actualidad el 1 de enero se celebra la solemnidad de Santa María, Madre de Dios. Sobre el mismo tema ver «Sor Jerónima de la Ascensión (1605-1660) y su poema “A la circuncisión del Niño Jesús”».

[2] aunque el diluvio es de sangre, / agua se espera tras dél: porque tras la circuncisión vendrá el bautismo.

[3] a fe: muletilla lingüística a modo de juramento.

[4] Cito, con ligeros retoques en la puntuación, por Suma poética. Amplia colección de la poesía religiosa española, por José María Pemán y Miguel Herrero, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1944, p. 247 (hay ed. facsímil, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 2008). En el verso 5 cambio «Ques» por «Pues», que me parece mejor lectura. Añado la cursiva para destacar la copla inicial y el estribillo que, con variantes, se va repitiendo.

Poesía de Navidad: el «Villancico de las estrellas altas», de Luis Rosales

«María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón»
(Lucas, 2, 19)

Para este día de Año Nuevo, solemnidad de Santa María, Madre de Dios, quiero recuperar el bello y sentido «Villancico de las estrellas altas», de Luis Rosales[1], perteneciente a su Retablo sacro del Nacimiento del Señor (no figura en la edición original de Madrid, Escorial, 1940, pero se incorpora en la segunda edición, corregida y aumentada, Madrid, Editorial Universitaria Europea, 1964).

San José con el Niño en brazos mientras la Virgen descansa acostada

Se trata de un romancillo (versos hexasílabos, por tanto) con rima á a del que cabe destacar su estructura circular y su alegre musicalidad, ligereza y gracia:

La Virgen María
se siente cansada;
San José la acuesta;
la Virgen descansa.

La techumbre rota;
las estrellas altas;
leguas, muchas leguas
llevan caminadas.

La Virgen María
está soleada
por dentro, su sangre
se convierte en savia,

su cuerpo florece
igual que una vara
de nardos o un ramo
de celindas blancas[2].

El niño ha nacido
como nace el alba;
los ojos con risa,
la boca con lágrimas.

En el aire nieve;
en la nieve alas
y el viento que bate
puertas y ventanas.

La Virgen no tiene
rebozo[3] ni manta;
San José la mira,
se quema mirándola.

Entre la penumbra,
pidiendo posada,
la carne del niño
desnuda se halla.

La nieve que cae,
pues del cielo baja,
va formando techo
para cobijarla.

La Virgen María
se siente cansada;
cuando mira al niño
la Virgen descansa[4].


[1] Este poema ya había aparecido en el blog, si bien en una entrada genérica titulada «La Navidad en las letras españolas: el siglo XX (y 3)», de forma que su presencia podía pasar más desapercibida. Creo que, por su calidad, bien merece destacarlo con entrada propia. Por lo demás, en el blog pueden leerse también otros poemas navideños de Luis Rosales como los titulados «De cómo fue gozoso el Nacimiento de Dios Nuestro Señor», «De cómo al contemplar por vez primera los ojos de su hijo, nació una estrella nueva», «De cuán graciosa y apacible era la belleza de la Virgen Nuestra Señora», «De cómo estaba la luz ensimismada en su Creador cuando los hombres le adoraron», «Donde se cuenta que en el Portal, humilde, le adoraron los Reyes» y «Villancico de la falta de fe».

[2] nardos … celindas blancas: el color blanco de ambas flores simboliza la pureza de la Virgen María.

[3] rebozo: «Parte de la capa, el manto y otras prendas de vestir que permite cubrirse la cara» (DRAE).

[4] Luis Rosales, Retablo sacro del Nacimiento del Señor, 2.ª edición, corregida y aumentada, Madrid, Editorial Universitaria Europea, 1964, pp. 26-27, donde es el poema número 2. En la edición de las Obras completas, donde el libro se recoge con el título de Retablo de Navidad, es el poema número 3 (aquí el verso 12 acaba con punto y coma en vez de con coma). Ver Luis Rosales, Obras completas, vol. I, Poesía, Madrid, Trotta, 1996, pp. 218-219. Mantengo la distribución de los versos del romancillo agrupados de cuatro en cuatro y la palabra niño en minúscula.

«Meditación de fin de año», de Pedro Miguel Lamet, SJ

Vaya para este último día del 2021 esta bella «Meditación de fin de año» de Pedro Miguel Lamet, SJ (Cádiz, 1941- ), incluida en su libro La luz recién nacida. Cancionero de Adviento y Navidad, al igual de algunos de los poemas suyos que han ido apareciendo aquí en fechas previas (así, «Isaías», «María» o «Encarnación»).

Gotas de agua

Cuando, al mirarme en el espejo, vago
hacia la sombra que detrás me dejo
y desayuno en la ventana un poco
de esta alba luz que me regala el tiempo,
te pregunto, Señor, cómo me llamo
y quién es este que pregunta al cielo
ahora que dicen que se acaba un año
y le dan fin con risas y festejos,
como si el fin no fuera cada día
y cada hora un nuevo comienzo;
cual si pudiera retornar al niño
que jugaba a peonzas en el suelo
o al soñador sentado en la escollera
por bucear tu luz entre los versos.
Me parece este paso como un río
que no puedo atrapar; cual un intento
que no tiene otro fin ni otra diana
que despeñarse en un desfiladero
donde el «yo» ya es la nada iluminada,
gota de amor unida al Universo[1].


[1] Pedro Miguel Lamet, SJ, La luz recién nacida. Cancionero de Adviento y Navidad, Bilbao, Ediciones Mensajero, 2016, p. 147. El poema está recogido también en La página de Pedro Miguel Lamet, con fecha 30 de diciembre de 2020, bajo el mismo título de «Meditación de fin de año», pero con algunas variantes: en el v. 1, sin coma tras «Cuando»; en el v. 4 falta el adjetivo «alba»; en el v. 8 se lee «y lo despiden»; en el v. 11, «como si»; en fin, el último verso es «una gota en el mar del Universo». Ahí se enlaza a un vídeo con el recitado del poema elaborado por Miguel Ángel Lamet Moreno, hermano del escritor.

Poesía de Navidad: «Las lágrimas del ángel», de Luis García Arés

Traigo hoy al blog este sencillo —pero emotivo— poema de Luis García Arés (Ávila, 1934-2013), poeta, narrador, traductor y cofundador de la editorial Cuadernos del Laberinto. Entre su producción literaria se cuentan títulos como Sonetos interiores, El Santo Rosario en sonetos, Gratia plena o Versos para la Navidad. «Las lágrimas del ángel» —composición formada por cuatro estrofas, las tres primeras de 10 versos y la última de 12, en las que alternan versos heptasílabos y pentasílabos con ritmo de seguidillas: 7- 5a 7- 5a— presenta la originalidad de ser un diálogo entre el Niño Jesús y su ángel de la guarda[1].

El ángel de la guarda velando al Niño Jesús
El ángel de la guarda velando al Niño Jesús

Este es el texto del poema:

El ángel de la guarda
de Jesús Niño
no cabía en su cuerpo
de regocijo.
—¿Por qué el Señor —pensaba—
habrá escogido
a un ángel como yo
tan pequeñito,
que ni siquiera sabe
un villancico?

El Niño le miraba
complacidísimo,
y en la lengua del ángel
así le dijo:
—Yo tengo serafines
de amor subido,
y cualquiera podría
venir conmigo
a cantarme esta noche
un villancico,

pero de todo el Cielo
a ti he elegido,
porque eres de los ángeles
quizá el más chico.
También yo por amor
hoy me hago niño.
Guárdame como sepas,
dulce ángel mío;
¿qué importa que no cantes
un villancico?

En oyendo que hubo
el angelito
palabras tan hermosas
de amor divino,
sus lágrimas cayeron
como el rocío
sobre el pesebre y pajas
do estaba el Niño,
y a Jesús le supieron
—justo es decirlo—
como el mejor de todos
los villancicos[2].


[1] Luis Rosales, en su Retablo de Navidad, tiene un «Diálogo entre Dios Padre y el Ángel de la Guarda del Niño, que regresaba de Belén», el cual reproduciré próximamente.

[2] Cito por Me gusta la Navidad. Antología de poesía navideña contemporánea, Madrid, Cuadernos del Laberinto, 2016, pp. 17-18. Con posterioridad se ha incluido en Luis García Arés, Versos para la Navidad (villancicos), Madrid, Cuadernos del Laberinto, 2019, pp. 62-63.

Poesía de Navidad: «Bethlem», de Manuel Machado

De Manuel Machado (Sevilla, 1874-Madrid, 1947) ya ha parecido en este blog un conocido poema navideño suyo, «El Niño divino (villancico de Navidad)». Hoy copiaré su soneto «Bethlem», construido como un apóstrofe al «Señor» (v. 1), del que se pondera su eterna bondad, su amor sin condiciones al sujeto lírico a pesar de la maldad (v. 12) y las ofensas por este cometidas (vv. 1, 12 y 14). En los dos cuartetos encontramos la contraposición de la condición divina y la humana a través de algunas antítesis (pureza / mísera torpeza, vv. 3-4; grandeza / nulidad y pobreza de este gusano vil, vv. 7-8). Por lo demás, cabe destacar en el texto que la mención del apelativo «celestial cordero» (v. 10) trae aparejada una alusión a la misión redentora de Cristo («para el sacrificio señalado», v. 12), esto es, a su futura muerte en la Cruz como sacrificio expiatorio de los pecados de la humanidad.

Rafael Sanzio, Sagrada Familia del cordero (c. 1507). Museo del Prado (Madrid)
Rafael Sanzio, Sagrada Familia del cordero (c. 1507). Museo del Prado (Madrid)

El poema dice así:

Nunca, Señor, pensé que te ofendía
porque jamás creí que a tu pureza
alcanzase la mísera torpeza
de quien, aun de quererlo, ¡no podría!

Triste de mí, tampoco concebía
que pudiera caber en tu grandeza
amar la nulidad y la pobreza
de este gusano vil, que dura un día.

Pero al llegar la Navidad y verte
niño y desnudo, celestial cordero,
y para el sacrificio señalado…

Sé cuánto mi maldad pudo ofenderte
y sé también —y en ello sólo espero—
que más que te he ofendido me has amado[1].


[1] Cito por Manuel Machado, Poesías completas, edición de Antonio Fernández Ferrer, Sevilla, Renacimiento, 1993, p. 536. El poema pertenece a la sección «Horario» de la recopilación poética Cadencias de cadencias (Nuevas dedicatorias), Madrid, Editora Nacional, 1943.

La «Chanzoneta a la Virgen sobre los Inocentes» de Alonso de Bonilla

Vaya para este día, festividad de los Santos Inocentes, una composición de Alonso de Bonilla (Baeza, c. 1570-Baeza, 1642) incluida en su Nuevo jardín de flores divinas en que se hallara variedad de pensamientos peregrinos (Baeza, por Pedro de la Cuesta, 1617). Se trata de la «Chanzoneta a la Virgen sobre los Inocentes», que no requiere mayor comentario (anoto, sí, algunos pequeños detalles al pie).

Pedro Pablo Rubens, La matanza de los inocentes (c. 1638). Alte Pinakothek, Münich (Alemania)
Pedro Pablo Rubens, La matanza de los inocentes (c. 1638). Alte Pinakothek, Münich (Alemania)

Tened, Virgen, este día
vuestro cordero
[1] guardado;
mirad que os lo han sentenciado
parta la carnicería
[2].

Guardadle del carnicero,
Virgen, en esta ocasión,
porque un tirano león
tiene hambre de un cordero.
Discreción será, María,
tener el cordero alzado[3];
mirad que os lo han sentenciado
para la carnicería.

Han degollado un millón,
mas no quiere comer de ellos,
que puesto que[4] son tan bellos,
corderos manchados son.
El nuestro es blanco, María,
pues no es de culpa manchado[5],
y os lo tiene sentenciado
para la carnicería.

Si lo pudiese alcanzar,
a comerlo crudo aspira,
que en el homo de su ira
solo lo pretende asar.
Gran hambre tiene, y porfía
por vuestro cordero amado,
tanto que os lo ha sentenciado
para la carnicería
[6].


[1] vuestro cordero: Cordero es uno de los nombres tradicionalmente aplicados a Cristo.

[2] la carnicería: la matanza de los niños menores de dos años decretada en Belén por el rey Herodes I el Grande, que se cuenta en Mateo, 2, 16-18: «Herodes entonces, cuando se vio burlado por los magos, se enojó mucho, y mandó matar a todos los niños menores de dos años que había en Belén y en todos sus alrededores, conforme al tiempo que había inquirido de los magos. Entonces se cumplió lo que fue dicho por el profeta Jeremías, cuando dijo: “Voz fue oída en Ramá, / Grande lamentación, lloro y gemido; / Raquel que llora a sus hijos, / Y no quiso ser consolada, porque perecieron”».

[3] tener el cordero alzado: aquí alzado vale ʻescondido, a resguardoʼ; pero creo que se anticipa, de alguna manera, la imagen futura del Cordero alzado en el leño del Calvario.

[4] puesto que: con valor concesivo, ʻaunqueʼ, habitual en la lengua clásica.

[5] no es de culpa manchado: Cristo, el Hijo de Dios, que es perfecto y santo, nace libre del pecado original, igual que su Madre, la Virgen María, había sido concebida también sin esa mancha, inmaculada.

[6] Cito por Suma poética. Amplia colección de la poesía religiosa española, por José María Pemán y Miguel Herrero, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1944, p. 246 (hay ed. facsímil, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 2008). Añado la cursiva para destacar la copla inicial y el estribillo repetido al final de cada estrofa. La chanzoneta puede escucharse recitada por Mons. Alberto José González Chaves, Delegado para la Vida consagrada en Córdoba, en este enlace.

«Los celos de San José», de Lope de Vega

Sin ser del todo desconocida, la presencia de San José en la poesía de Navidad no es tan frecuente, pues el Esposo de María figura como “secundario” (secundario de importancia, sin duda) en esta historia en la que el protagonismo “estelar” se lo llevan el Niño Dios y la Virgen. Eso no quiere decir, ni mucho menos, que el santo varón no aparezca en algunos poemas de temática navideña; sirvan como muestra algunos de los que ya han ido apareciendo en este blog en años anteriores, como los sonetos «José» de Eduardo González Lanuza y «San José» de Jacinto Fombona Pachano, las composiciones «Villancico que llaman unos del aserrín y otros del Niño Carpintero» y «Por atajos y veredas» de Federico Muelas, o el delicioso «Villancico de los qué dirán» de Antonio Murciano, cuyo título alude a ese motivo tradicional de las dudas sobre la paternidad de San José.

Pues bien, para este domingo, festividad de la Sagrada Familia, copiaré una de las composiciones del Fénix incluidas en Pastores de Belén. Prosas y versos divinos de Lope de Vega Carpio. Dirigidos a Carlos Félix, su hijo (Madrid, Juan de la Cuesta, 1612; Lérida, a costa de Miguel Manescal, 1612), que está dedicada también a «Los celos de San José».

Francisco Bayeu y Subías, La Sagrada Familia (h. 1776). Museo del Prado (Madrid)
Francisco Bayeu y Subías, La Sagrada Familia (h. 1776). Museo del Prado (Madrid)

El texto (tirada de romance, 44 versos, con rima á a en su parte inicial, y luego una serie de seguidillas, algunas con verso inicial hexasílabo), bajo su aparente sencillez, encierra toda una serie de alusiones bíblicas que han sido interpretadas por la tradición patrística como prefiguración de la virginal concepción de Jesús en el seno de María (las explico en las notas al pie). Y dice así:

Afligido está José
de ver su esposa preñada,
porque de tan gran misterio
no puede entender la causa.

Sabe que la Virgen bella
es pura, divina y santa,
pero no sabe que es Dios
el fruto de sus entrañas.

Él llora, y la Virgen llora,
pero no le dice nada,
aunque sus ojos divinos
lo que duda le declaran.

Que como tiene en el pecho
al Sol la Niña sagrada,
como por cristales puros
los rayos divinos pasan[1].

Mira José su hermosura
y vergüenza sacrosanta,
y, admirado y pensativo,
se determina a dejarla[2].

Mas, advirtiéndole en sueños
el ángel que es obra sacra
del Espíritu divino,
despierta y vuelve a buscarla[3].

Con lágrimas de alegría,
el divino Patrïarca
abraza la Virgen bella,
y ella llorando le abraza.

Cúbrenlos dos serafines,
como aquellos dos del Arca[4],
la del Nuevo Testamento,
la vara, el maná y las tablas[5].

Adora José al Niño,
porque a Dios en carne humana,
antes que salga a la tierra,
ve con los ojos del alma:

el Sol que viste a la Virgen[6]
y el fuego en la verde zarza[7],
la puerta de Ezequïel[8],
la piel bañada del alba[9].

Los ángeles que asistían
del Rey divino a la guarda,
viendo tan tierno a José,
desta manera le cantan:

«Bien podéis persuadiros,
divino Esposo,
que este santo preñado
de Dios es todo.

Mirad la hermosura
del santo rostro,
que respeta el cielo
lleno de gozo.
Hijo de David[10],
no estéis temeroso,
que este santo preñado
de Dios es todo.

Desta bella palma[11]
el fruto amoroso
ha de ser del mundo
remedio solo[12].
Desta Niña os dicen
las de sus ojos[13]
que este santo preñado
de Dios es todo»
[14].


[1]  Para aludir al milagroso parto virginal de María los Padres de la Iglesia usaron este símil de la luz del sol que atraviesa el cristal sin romperlo. Siglos después, el Catecismo del papa San Pío X habla de que la concepción de Cristo se produjo «como un rayo de sol atraviesa el cristal sin romperlo ni mancharlo».

[2] dejarla: así transcriben Pemán y Herrero la lectura del original, «dejalla».

[3] Comp. Mateo, 1, 18-21: «El nacimiento de Jesús, el Cristo, fue así: Su madre, María, estaba comprometida para casarse con José, pero, antes de unirse a él, resultó que estaba encinta por obra del Espíritu Santo. Como José, su esposo, era un hombre justo y no quería exponerla a vergüenza pública, resolvió divorciarse de ella en secreto. Pero, cuando él estaba considerando hacerlo, se le apareció en sueños un ángel del Señor y le dijo: “José, hijo de David, no temas recibir a María por esposa, porque ella ha concebido por obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados”».

[4] dos serafines / como aquellos dos del Arca: sobre el Arca de la Alianza figuraban, en realidad, dos querubines. Comp. Éxodo, 18, 21: «Harás también dos querubines de oro; labrados a martillo los harás en los dos extremos del propiciatorio. Harás, pues, un querubín en un extremo, y un querubín en el otro extremo; de una pieza con el propiciatorio harás los querubines en sus dos extremos. Y los querubines extenderán por encima las alas, cubriendo con sus alas el propiciatorio; sus rostros el uno enfrente del otro, mirando al propiciatorio los rostros de los querubines. Y pondrás el propiciatorio encima del arca, y en el arca pondrás el testimonio que yo te daré». Pemán y Herrero editan «Cubren los»; adopto la lectura de Suárez Figaredo, «Cúbrenlos». Interpreto: ʻA José y María los cubren dos serafines, como aquellos otros dos serafines del Arca —la del Nuevo Testamento— cubrían la vara, el maná y las tablasʼ.

[5] la vara, el maná y las tablas: de acuerdo con Hebreos, 9, 3-4, el Arca de la Alianza guardaba la vara reverdecida de Aarón, una vasija de oro con el maná enviado por Dios a los israelitas para que les sirviera de alimento en el desierto y las tablas de los Diez Mandamientos («Y detrás del segundo velo había un tabernáculo llamado el Lugar Santísimo, el cual tenía el altar de oro del incienso y el arca del pacto cubierta toda de oro, en la cual había una urna de oro que contenía el maná y la vara de Aarón que retoñó y las tablas del pacto»). En 1 Reyes, 8, 9 se indica que dentro del Arca solo estaban las dos tablas de piedra de Moisés.

[6] El sol que viste a la Virgen: primera de las cuatro referencias bíblicas que se acumulan en estos versos, y que aluden a la Virgen. Aquí se refiere a la mujer vestida del sol de Apocalipsis, 12, 1-2 («Apareció en el cielo una gran señal: una mujer vestida del sol, con la luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas. Y estando encinta, clamaba con dolores de parto, en la angustia del alumbramiento»), identificada con la Virgen por los exégetas de la Biblia.

[7] el fuego en la verde zarza: la zarza ardiente de Moisés (Éxodo, 3, 2: «Y se le apareció el Ángel de Jehová en una llama de fuego en medio de una zarza; y él miró, y vio que la zarza ardía en fuego, y la zarza no se consumía»). La Patrística la considera prefiguración de la encarnación del Verbo de Dios en el seno virginal de Santa María, al menos desde San Gregorio de Nisa (siglo IV), quien escribió que «lo que era figurado en la llama y en la zarza, fue abiertamente manifestado en el misterio de la Virgen. Como sobre el monte la zarza ardía sin consumirse, así la Virgen dio a luz, pero no se corrompió». El arte cristiano representa en ocasiones a la Virgen y el Niño dentro de la zarza ardiente.

[8] la puerta de Ezequïel: San Agustín identifica con la Virgen María la Puerta Oriental de Jerusalén que se menciona en Ezequiel, 10, 19 («[…[ y se pararon [los querubines] a la entrada de la puerta oriental de la casa de Jehová, y la gloria del Dios de Israel estaba por encima sobre ellos») y 44, 1-3 («Me hizo volver hacia la puerta exterior del santuario, la cual mira hacia el oriente; y estaba cerrada. Y me dijo Jehová: Esta puerta estará cerrada; no se abrirá, ni entrará por ella hombre, porque Jehová Dios de Israel entró por ella; estará, por tanto, cerrada. En cuanto al príncipe, por ser el príncipe, él se sentará allí para comer pan delante de Jehová; por el vestíbulo de la puerta entrará, y por ese mismo camino saldrá»). Ver ahora Guillermo Serés, «La Virgen, Puerta Oriental (Ezequiel, 44, 2), o la vuelta del alma a su origen», e-Spania, 39, juin 2021, s. p.

[9] la piel bañada del alba: se refiere a la piel de Gedeón bañada por el rocío del amanecer (alba), que también se interpreta en clave mariana. El pasaje relativo a Gedeón está recogido en Jueces, 6, 36-40. Gedeón pidió una señal de su alianza a Dios, quien hizo llover rocío sobre el vellón de la piel, dejando seco el campo de alrededor, y luego al revés. Calderón tiene un auto sacramental titulado La piel de Gedeón. Ver la nota de Ignacio Arellano y Ángel L. Cilveti a El divino Jasón, Pamplona / Kassel, Universidad de Navarra / Edition Reichenberger, 1992, vv. 211-212.

[10] Hijo de David: este apelativo se aplica tradicionalmente a Jesús, pero aquí se refiere a su padre. El Nuevo Testamento recoge la genealogía de Jesús (y de José) remontándose hasta el rey David.

[11] palma: la palma, símbolo de victoria, es uno de los atributos tradicionales de la Virgen María.

[12] ha de ser del mundo / remedio solo: Jesús, el Dios humanado, será el redentor del mundo, su muerte sacrificial supondrá el perdón universal para el género humano.

[13] las de sus ojos: entiéndase ʻlas niñas de sus ojosʼ.

[14] Cito por Suma poética. Amplia colección de la poesía religiosa española, por José María Pemán y Miguel Herrero, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1944, pp. 458-459, con ligeras modificaciones en la puntuación (hay ed. facsímil, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 2008). De Pastores de Belén contamos con una edición moderna de Antonio Carreño (Madrid, Cátedra, 2010) y otra en formato electrónico preparada por Enrique Suárez Figaredo, disponible aquí (el poema se localiza en las pp. 21-23).

«De cómo estaba la luz ensimismada en su Creador cuando los hombres le adoraron», de Luis Rosales

¡Aleluya, aleluya, ha nacido el Salvador!

Luis Rosales (Granada, 1910-Madrid, 1992) es uno de los autores españoles que nos han dejado bellos poemas dedicados al tema de la Natividad del Señor. En este sentido cabe recordar especialmente su poemario Retablo sacro del Nacimiento del Señor (Madrid, Escorial, 1940; 2.ª ed. corregida y aumentada, Madrid, Editorial Universitaria Europea, 1964, ambas ediciones con ilustraciones de José Romero Escassi). En el «Prólogo» a la edición de 1964 escribía el poeta:

De niño, allá en Granada y en la infancia, las lucecitas azules y rojas y amarillas del Belén, la plata de las aguas; los pastores y la nieve en la sierra; los ganados, la ermita y el blanco espejeante y acurrucado de la cal en el pueblo; el carrito de bueyes con los adrales, las mieses y el boyero de la aguijada; la risa de mi madre con un poco de musgo sobre el labio, y ¡en fin!, el movimiento de las figuras que íbamos acercando todos los días un poco hacia el Portal. Y yo, alelado, sin movimiento corporal alguno, me pasaba las horas muertas ante la hiedra que festoneaba el nacimiento, me pasaba las horas muertas aprendiendo a nacer. Mientras esta impresión no se me borre seguiré siendo niño. Sí, panderos, sonajas y el bullir de la sangre en Nochebuena, cuando se reunía toda la familia ante el Belén y cantábamos y cantábamos villancicos hasta que el sueño nos rendía. Y luego, algo más tarde, en el año mil novecientos cuarenta, escribí de un tirón este libro. Lo escribí recordándolo, viéndolo, moviendo con la mano sus figuras, y por esto le he llamado Retablo. Desde entonces, todos los años he cumplido esta cita conmigo mismo y con los míos y he escrito villancicos como si los cantara; he escrito villancicos quizás con el deseo de que todo lo que era mío no se acabara de una vez. Ahora los junto todos para juntarme, y doy gracias a los amigos que me ayudaron a escribirlos[1].

Algunos de los poemas del Retablo sacro de Luis Rosales ya han ido apareciendo en este blog en años anteriores: así, por ejemplo, los titulados  «De cómo al contemplar por vez primera los ojos de su hijo, nació una estrella nueva», «De cuán graciosa y apacible era la belleza de la Virgen Nuestra Señora», «Donde se cuenta que en el Portal, humilde, le adoraron tres Reyes»«Callar…», «De cómo fue gozoso el Nacimiento de Dios Nuestro Señor», «Villancico de la falta de fe» y «Villancico de las estrellas altas».

El Greco, Adoración de los pastores (1612-1614). Museo del Prado (Madrid)
El Greco, Adoración de los pastores (1612-1614). Museo del Prado (Madrid)

Hoy reproduciré su hermoso soneto «De cómo estaba la luz ensimismada en su Creador cuando los hombres le adoraron», perteneciente al mismo poemario:

El sueño como un pájaro crecía
de luz a luz borrando la mirada;
tranquila y por los ángeles llevada
la nieve, entre las alas, descendía.

El cielo deshojaba su alegría;
mira la luz al niño ensimismada;
con la tímida sangre desatada
del corazón, la Virgen sonreía.

Cuando ven los pastores su ventura,
ya era un dosel el vuelo innumerable
sobre el testuz del toro soñoliento;

y perdieron sus ojos la hermosura,
sintiendo, entre lo cierto y lo inefable,
la luz del corazón sin movimiento[2].


[1] Cito por Luis Rosales, Obras completas, vol. I, Poesía, Madrid, Trotta, 1996, p. 213. La edición de 1940 incluía quince poemas navideños. La de 1964 añadía otros quince, además de introducir correcciones en los poemas aparecidos en la primera edición. En las Obras completas forman el Retablo sacro un total de 39 poemas.

[2] Rosales, Obras completas, vol. I, Poesía, p. 229, donde es el poema número 18 del Retablo sacro. En la edición de 1940 es el número 9 y el título figura «De cómo estaba la luz, ensimismada en su Creador, cuando los hombres le adoraron». Además, en el v. 4 se lee sin comas «la nieve entre las alas descendía»; en el v. 5 hay coma en vez de punto y coma, y en el v. 9 falta la coma final. En la edición de 1964 es el poema número 15, y el título y la puntuación son los que se reproducen en Obras completas.