Aspectos de oralidad en «Amaya» de Navarro Villoslada: la conciencia idiomática del narrador

El narrador de esta novela de Navarro Villoslada[1] es consciente de que sus personajes pertenecen a tres pueblos bien distintos, el vasco, el godo y el judío, con las correspondientes consecuencias lingüísticas que ello acarrea, dado que no todos hablan el mismo idioma. Pues bien, el narrador tiene mucho cuidado en ir señalando cuál es el idioma en que se expresa un personaje o en que se desarrolla un diálogo: vasco, latín vulgar, latín sin corromper o hebreo. El hecho es importante, porque a veces se derivan consecuencias de que un oyente conozca o no el idioma que emplean sus interlocutores.

Puede considerarse un indicador de oralidad, si bien muy indirecto, el hecho de que algunos personajes empleen el vasco, dado que este idioma no conoce manifestaciones escritas hasta varios siglos después de aquel en que se sitúa la acción de esta novela[2]. Aparte de las indicaciones del narrador señalando qué personajes o cuándo lo utilizan, algunas palabras y aun expresiones vascas tiñen sus réplicas e incluso el discurso del narrador. Son palabras como ezpata, irrintzina, sagardua, lauburu, batzarre, Jaungoicoa, echecojaun, etc.

Euskara

Sea como sea, el vasco es el vehículo oral transmisor de toda la tradición y cultura de los vascones, como dice Amagoya a Asier: «Esa sabiduría que tú dices no es mía; es de nuestros antepasados, y yo no he hecho más que conservar el depósito con la debida pureza. Los conocimientos de nuestros padres eran sencillos, pero claros, y en el idioma éuscaro brillan aún como rastros de luz» (p. 435). Como señala la misma Amagoya en otro lugar, gracias a su idioma y sus cantares heredados puede hablar «la antigüedad por boca de la tradición» (p. 228). Lo vemos también en este diálogo entre Amaya y Amagoya:

—Estoy admirada de vuestra sabiduría.

—No tiene por qué extrañarte; en la casa de Aitor se conserva, como archivada, la ciencia y doctrina de nuestros mayores.

—¿Por ventura se conserva en algún escrito?

—Nada; todo se fía a la tradición y a las canciones (p. 693).


[1] Las citas serán por esta edición: Francisco Navarro Villoslada, Amaya o los vascos en el siglo VIII, Madrid, Giner, 1979 (col. «La Novela Histórica Española», 23). Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Aspectos de oralidad y literalidad en Amaya de Navarro Villoslada», TK. Boletín de la Asociación Navarra de Bibliotecarios, 16, diciembre de 2004, pp. 171-181. Sobre el autor y el conjunto de su obra, ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución «Príncipe de Viana»), 1995.

[2] El primer libro impreso en lengua vasca, Linguae vasconum primitiae, de Bernart Echapare, es del año 1545.

Navarro Villoslada, poeta: «A la Virgen del Perpetuo Socorro»

De entre las composiciones de temática religiosa de Navarro Villoslada, una de las más destacadas es la titulada «A la Virgen del Perpetuo Socorro» (Obra poética, núm. 23), escrita en 1886, ejemplo representativo de los poemas inspirados por la piedad y el sentimiento religioso del autor[1]. Desde el punto de vista métrico, se trata de una silva (8 formas paraestróficas, que oscilan entre los 11 y los 25 versos cada una). Presenta a la Virgen, siempre dispuesta a ayudar y consolar al cristiano, como fuente de todas sus fuerzas: «¡Victoria! ¡Con tu amor nada me espanta!, / que teniéndote a ti lo tengo todo». El poeta le pide: «¡No mires que amo mal, mira tan solo / cómo amarte quisiera!»; y termina solicitando su protección para él y para el país, amenazado por la impiedad:

¡Estrella de la mar, muestra tu lumbre!
¡No dejes naufragar la muchedumbre
que te tiende en su anhélito los brazos!
¡Que no caiga al profundo
su integérrima fe rota en pedazos!
¡Socorro! —¡Salva al mundo!
¡Mira que perecemos, Madre mía!
¡Salva a España infeliz, que en Ti confía!

Este es el texto completo del poema:

VirgenPerpetuoSocorro

La vencedora luz de la mañana
derramando alegría, el eco lento
de trémula campana
que retumba sonoro en mi aposento,
despiértanme a porfía
para que eleve a Ti, Virgen María,
mi primer pensamiento.
Todo en torno revive,
y en reflejos de amor al cielo sube
vida que el orbe de tu amor recibe;
resplandor de tus ojos es el día;
la arrebolada nube,
tu maternal sonrisa; el aura pura,
tu aliento; y en las perlas de la aurora
contemplo de tu pecho la ternura:
que en mi mente confundo
tu inefable hermosura
con todo cuanto bello encierra el mundo.

¡Gloria a Jesús, que me la dio por Madre,
cuando en hora solemne,
por rescatarme indemne,
entregaba el espíritu a su Padre!
¡Gloria al Señor que de mi Madre es Hijo!
¡Y a Ti, oh Virgen, mis cantos y loores,
mi corazón, en pena o regocijo!
Tú con potente brazo
me ciñes en desmayos y dolores;
Tú me ofreces abrigo en tu regazo
cuando, aterido en el mundano hielo,
suspiro por el fuego de tu cielo.

Siempre atento el oído,
con desvelo de Madre, a mi gemido,
cuando me mira a mí, todo es dulzura;
cuando mira al Señor, todo lo alcanza[2].
¿Quién pone valladar a mi esperanza
ni en mi queja amargura?
Del Perpetuo Socorro el dulce nombre
se goza en recibir, y dice al hombre:
«Ven; si te abrasan lágrimas y duelos,
desengaños en loco desvarío,
mi corazón es fuente de consuelos:
aplaca en mí tu sed, y no se harte
tu pecho de beber, que el pecho mío
nunca se ha de cansar en consolarte».

Madre, el león rugiente la bizarra
melena agita hambriento:
me ve, me acosa, y al festín sangriento
las fauces abre y la espantosa garra.
«¡Socorro, Madre!» —La implacable fiera,
que se gozaba ya con mis despojos,
baja ante Ti los ojos,
humilla la cerviz y se estremece,
y con sordos rugidos
en el antro infernal desaparece.
«¡Victoria! ¡Honor a Ti!» —Bajo tu planta
yace el soberbio, y del mundano lodo
el humilde en tus brazos se levanta.
¡Victoria, con tu amor nada me espanta!,
que teniéndote a Ti lo tengo todo.

Madre, yo soy un niño
en la vida que lleva al alto asiento.
Sea tu diestra, en maternal cariño,
de mi inexperto andar sostenimiento.
Vacilo, Madre mía;
me desvanece el mundo todavía:
ten compasión del que a subir empieza
camino de la Cruz, y desmayado
contempla su aspereza.
No me vea otra vez encenagado;
que habiendo conocido tu pureza,
tengo horror al pecado.

De tu insondable abnegación en palma,
bendijo Dios tu alma. Reina de Cielos eres,
porque fuiste entre todas las mujeres
la más humilde. ¡Dame al hondo abismo
de mi nada llegar; seguir tus huellas,
para alcanzar por ellas
conocerme a mí mismo!
Dame decir al Verbo,
si en calma o tempestad a mí se inclina:
«Señor, yo soy tu siervo;
Cúmplase en mí tu voluntad divina».

Entendimiento, voluntad, memoria
arrojo en tu crisol y dulce fuego.
Mía será la escoria;
tuyo el ruego acendrado de mi ruego[3].
Y si todo es impuro, todo vano,
desoye, ¡oh Virgen!, mi clamor insano.
Si regalos te pido y me das penas,
¡bendita seas! Si me das cadenas,
flores serán viniendo de tu mano.
Y si de amor el manantial se obstruye,
y el alma yerta y fría
se consume en letal melancolía,
y la unción del espíritu rehúye,
¡convierte el pedernal en blanda cera;
derrite en mí los témpanos del polo!
¡No mires que amo mal, mira tan solo
cómo amarte quisiera!

¿No ves la tempestad que el mundo corre
cuando la plebe ruge y alborota,
y el huracán de la impiedad azota
la incontrastable torre
de nuestra santa fe? —¡Vuela, socorre
al Pastor de tu grey encarcelado[4]!
Contra todas las obras del Eterno,
todas las potestades del Averno
formidable clamor han levantado,
juntas embisten al ingente solio
que sobre escombros e ignominia loca,
sobre el imperio vil del Capitolio,
sentó tu Hijo en perdurable roca.
Contra Aquel que tuviste en las entrañas
se revuelven con bárbaro coraje
montañas y montañas,
en espuma y fragor del oleaje.
¡Estrella de la mar, muestra tu lumbre!
¡No dejes naufragar la muchedumbre
que te tiende en su anhélito[5] los brazos!
¡Que no caiga al profundo
su integérrima[6] fe rota en pedazos!
¡Socorro! ¡Salva al mundo!
¡Mira que perecemos, Madre mía!
¡Salva a España infeliz, que en Ti confía![7]


[1] «Su oda “A la Virgen del Perpetuo Socorro” es un verdadero modelo de oda religiosa y una síntesis tan sincera como brillante de la fe del autor», se lee en el Diccionario Enciclopédico Espasa, tomo XXXVII, p. 1293, s. v. Navarro Villoslada. Manuel Iribarren, en Escritores navarros de ayer y de hoy, Pamplona, Gómez, 1970, pp. 157-158, señala también que esta composición es «buena prueba de su inspiración y capacidad poética».

[2] Se apunta aquí el papel de la Virgen María como intercesora entre los hombres y Dios.

[3] crisol … fuego … escoria … acendrado: se emplea aquí léxico relacionado con el proceso de purificación de los metales.

[4] socorre / al Pastor de tu grey encarcelado: alusión a la situación del Papa, enfrentado al Estado italiano, en el contexto de la denominada «Cuestión romana».

[5] anhélito: aliento.

[6] integérrima: superlativo de íntegra.

Obra poética, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1997, núm. 23, pp. 144-149.

Aspectos de oralidad en «Amaya» de Navarro Villoslada: alusiones al lector

Este tipo de marcas son relativamente frecuentes en la novela de Navarro Villoslada[1]. He podido contabilizar unas 25 en las que se menciona la palabra lector o aparecen expresiones similares (por ejemplo, el que esto leyere). Existen otras relativas al receptor, en general, pero a nuestros efectos no nos interesan. Estas referencias son habituales en la novela decimonónica[2] y y nos vienen a indicar que la recepción de la obra es por medio de la lectura individual (si bien en el siglo XIX se sigue conservando, en algunos sectores, la lectura en voz alta ante un auditorio numeroso).

En Amaya, las alusiones son del tipo siguiente: «como el lector se habrá figurado», «recordará el lector», «como supondrá el lector», etc. En una ocasión no figura en el texto, sino en el título de un capítulo: «En que el autor hace dormir a sus personajes y quizá también a sus lectores», con el habitual buen humor que caracteriza al escritor de Viana.

Amaya_Lauburu


[1] Manejo esta edición: Francisco Navarro Villoslada, Amaya o los vascos en el siglo VIII, Madrid, Giner, 1979 (col. «La Novela Histórica Española», 23). Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Aspectos de oralidad y literalidad en Amaya de Navarro Villoslada», TK. Boletín de la Asociación Navarra de Bibliotecarios, 16, diciembre de 2004, pp. 171-181. Sobre el autor y el conjunto de su obra, ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución «Príncipe de Viana»), 1995.

[2] Ver Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995b, pp. 145-198 (en la 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151).

Bicentenario del nacimiento de Francisco Navarro Villoslada (1818-2018), literato, periodista y político de Viana (Navarra)

Este año 2018, concretamente hoy, 9 de octubre, se cumplen los doscientos años del nacimiento de Francisco Navarro Villoslada (Viana, Navarra, 1818-1895), un autor que resulta conocido sobre todo por sus novelas históricas: Doña Blanca de Navarra (1847), Doña Urraca de Castilla (1849) y Amaya o los vascos en el siglo viii (1879). Y, en efecto, en el contexto de la novela romántica española, fue uno de los mejores cultivadores del subgénero histórico en su versión seria y documentada, hasta el punto de haber merecido el sobrenombre de «el Walter Scott español». Sea como sea, en este ámbito de la literatura, también cultivó otros géneros, todos los habituales en su época: novela de costumbres, novela folletinesca, cuentos, leyendas históricas, artículos costumbristas, dramas, comedias, etc.

Pero, además de esta faceta como literato, tuvo una destacada actividad en el periodismo y en la política de su tiempo. Como periodista, fue fundador, redactor y director de algunos de los periódicos más prestigiosos de su época (cabe destacar, sobre todo, su labor al frente de El Pensamiento Español durante más de una década, entre 1860 y 1872); se convirtió en un insigne adalid de la causa católica, lo que le hizo ganar el título de «el Louis Veuillot de España». En fin, mantuvo una notable actuación política, primero con los denominados neocatólicos, después en las filas del carlismo, siendo tres veces diputado a Cortes, una más senador del Reino y, durante algún tiempo, secretario personal de don Carlos de Borbón y Austria-Este (Carlos VII).

Cada una de estas tres facetas (literato, periodista y político) por separado hace a Navarro Villoslada merecedor de un amplio estudio monográfico; todas ellas juntas lo convierten en una figura de primer orden en la historia del siglo XIX español.

SEPTIEMBRE 2015 134

Doscientos años no se cumplen todos los días, y por esta razón —a lo largo de todo el año, pero sobre todo en estas semanas— la figura y la obra de Navarro Villoslada se están asomando a este blog con especial intensidad[1].


Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995. Y para el contexto de la novela histórica romántica, puede verse mi artículo «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Aspectos de oralidad en «Amaya» de Navarro Villoslada: la recitación

A lo largo de esta novela de Navarro Villoslada[1] son varios los versos, coplas o canciones que se intercalan en la narración. Aquí voy a referirme a las indicaciones que va haciendo el narrador acerca de cómo se recitan o entonan tales cantos. En primer lugar, Amaya recita delante de su padre y de su tío el canto de Aníbal. El narrador es consciente de que no puede reflejar en el papel toda la belleza y el tono especial con que canta la heroína:

Después de algunos compases de música lánguida, comenzó la canción, de cuya inimitable sencillez y energía no pueden ser trasunto los siguientes versos:

Pájaro de dulce canto,
¿quién te retiene cautivo? (p. 40).

Pajaro saliendo de la jaula

una nota en la página 240, el autor siente necesidad de justificarse por no poder reflejar de un modo más acertado la belleza del canto vascongado de Amagoya:

Esta canción es intraducible e inimitable tanto en verso como en prosa; los idiomas modernos quedan vencidos por la sencillez, concisión y energía del original. En la necesidad de recurrir a las perífrasis, he dado preferencia al verso, pues que de poemas se trata.

Petronila, la loca, es un personaje que rara vez se expresa sino por medio de canciones:

—¿Y no se mueven sus labios más que para recitar canciones?

—Con las canciones lo expresa todo, como ruiseñor con trinos y gorjeos, y las acomoda fácilmente a sus afectos o caprichos (p. 134).

Así, sabemos cómo canta en la página 150, gracias a la indicación del narrador:

Echóse atrás con ambas manos el cabello que le caía por la frente, y viendo acercarse al enemigo, tornó a su postura y balanceo de siempre; pero cantando, como si quisiera ser oída, con toda la fuerza de su poderoso acento.

O en la página 185, cuando se especifica: «… soltó la voz y se puso a cantar como loca».

Amagoya, como ya se dijo en una entrada anterior, es la anciana depositaria de toda la tradición vascongada, tradición que se ha conservado por transmisión oral. Ahora se dispone a cantar con su «acento sonoro y privilegiado» (p. 228). Muy interesante resulta la siguiente indicación del narrador:

Lo que vamos a escuchar no era canción, propiamente hablando, sino recitado en prosa semipoética, interrumpido de cuando en cuando por los acordes del arpa […]. Semejantes noches estaban consagradas a la tradición, que la hija de Aitor quería conservar en toda su pureza. Pero en vano: las manos del hombre manchan cuanto tocan […]. La noble anciana, haciendo resonar el instrumento con notas graves y llanas, comenzó su relato, dando a su voz cierta modulación que hacía verosímil las fábulas de Orfeo y Anfión, ponderados músicos de Grecia (p. 232).

Notemos que el narrador ha dicho: «Lo que vamos a escuchar…». Bien. Sigue a continuación el relato o texto recitado, que termina con esta nueva indicación del narrador:

La voz de la cantora se fue oscureciendo por grados y, al concluir el relato, quedó ahogada entre sollozos (p. 234).

Poco después, Amagoya entona otro canto, y de nuevo encontramos indicaciones del narrador al respecto:

Cantaba transportada, con un entusiasmo y, por consiguiente, con una fuerza, con una inspiración cual nunca igual había sentido (p. 239).

… la voz robusta, vibrante y arrebatadora de la Adivina… (p. 240).

Vuelve a cantar Amagoya en la página 350. Ha escuchado «uno de esos cantos éuscaros de tiempo inmemorial» entonado por unas «voces unánimes, acordes, espontáneas», y como ella siente pasión o debilidad por el canto, se olvida de todo:

Más aún: oía cantar y cantó. Cantó con el mismo abandono y gallardía que en la cima de las rocas de Aitormendi; cantó mejor, porque ni la soledad la espantaba con su mudez, ni la indiferencia de los oyentes la arrecía; cantó en coro con ecos que respondían entusiastas a su acento […]. La mayor parte del auditorio no había oído jamás aquella voz privilegiada, patrimonio exclusivo y signo característico de la familia de Aitor.

Ahora bien, no todo van a ser cantos armónicos y dulces voces. También nos encontramos con un pelotón de montañeses que desafinan completamente, pues «venían alegres como unas pascuas, cantando en horrible discordancia, que si desgarraba los oídos, resonaba sin embargo plácida en el corazón» (p. 257). A las veces lo que resuena —permítaseme la expresión— en las páginas de la novela es el grito de los vascos, ya de batalla, ya de victoria sobre el eterno enemigo. Se trata de «un grito alegre, gutural, vibrante y prolongado, que parecía superior al aparato eufónico del hombre» (p. 42).

Por último, me referiré a un aspecto que es fiel reflejo de oralidad; se trata del diálogo en verso improvisado por Amagoya y otros personajes. Dejaré la palabra al propio narrador, pues sus explicaciones son claras y explícitas:

Amagoya, como hemos visto, se había dirigido allá cantando, loca de entusiasmo, la derrota de los godos, el triunfo de la escualerría, las glorias de Asier. Cantando también le contestaba el pueblo; y entre la hija de Aitor y la gente del valle se entabló un diálogo de cantares, a que tanto se prestan el genio del idioma y la natural predisposición musical de los montañeses, que con admirable facilidad hablan, discuten y hasta disputan en verso, sin regla, sin arte y sin conciencia siquiera de su habilidad.

Esta costumbre de improvisar públicamente letra y música se conserva en nuestros días[2] cual precioso resto de las antiguas contiendas de bardos, en que los actores, situados en opuestos bandos, se preguntan y se responden, sostienen tesis o causas distintas, alardeando de ingenio, compitiendo en voz y primores de talento ante un pueblo inteligente, apreciador de las travesuras y galas de la musa éuscara.

En esta forma singular de narraciones heroicas, que recuerda los primitivos tiempos de la tragedia griega y los improvisadores itálicos, Amagoya enteró a su auditorio de la nueva faz que habían tomado las cosas públicas; y el pueblo, como los coros del teatro antiguo, hacía reflexiones, expresaba su júbilo, dudaba y preguntaba: todo en cantos, en exaltaciones del estro, en torrentes de armonía (p. 457).


[1] Las citas serán por esta edición: Francisco Navarro Villoslada, Amaya o los vascos en el siglo VIII, Madrid, Giner, 1979 (col. «La Novela Histórica Española», 23). Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Aspectos de oralidad y literalidad en Amaya de Navarro Villoslada», TK. Boletín de la Asociación Navarra de Bibliotecarios, 16, diciembre de 2004, pp. 171-181. Sobre el autor y el conjunto de su obra, ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución «Príncipe de Viana»), 1995.

[2] Se refiere a los modernos bertsolaris.

Aspectos de oralidad en «Amaya» de Navarro Villoslada: la voz

Uno de los aspectos más interesantes relativos al estudio de la oralidad en esta novela de Navarro Villoslada[1] lo podemos encontrar al rastrear las distintas indicaciones que sobre las modulaciones, las inflexiones o el timbre de la voz de los personajes va haciendo el narrador. Estas indicaciones relativas a la voz pueden ser acordes con el carácter habitual del personaje (es decir, refuerzan su caracterización psicológica) o bien corresponden a distintos estados de ánimo (ira, alegría, dolor, desesperación, etc.).

La voz de Amaya, la heroína, como no podía ser menos, es dulce y armoniosa. Ya desde el principio se nos dice que «cantaba como un ángel» (p. 36). Se habla también de «la dulcísima voz de Amaya» (p. 301) y del «suavísimo acento de la dama» (p. 167). En un pasaje determinado tiene que hacer frente a una turba de ciudadanos exaltados, y entonces les habla «con acento que ablandaba las rocas y amansaba las fieras» (p. 520). Sin embargo, en otro momento de tensión, al pensar que su amado García ha podido morir a manos de la multitud, pregunta por él «con un acento sordo y hueco, que nunca había salido de aquella garganta de ruiseñor» (p. 523). Como vemos, el propio narrador manifiesta el contraste entre su tono de voz normal y el de la ocasión presente.

La voz de Lorea, madre de Amaya, es también especialmente hermosa. Dice Ranimiro, su esposo: «Su voz era argentina, conmovedora y privilegiada. La misma, la misma voz, duque Favila, que acaba de resonar en este aposento con la canción de Aníbal» (p. 46). Es decir, la misma voz que la de Amaya, que acababa de entonar esa canción vascongada. Su voz puede ser «solemne y misteriosa» al referirse al cumplimiento de las profecías de Aitor, pero inmediatamente se torna en una voz «tan suave y tan hermosa que parecía del otro mundo» (p. 54).

Por lo que llevamos examinado, sabemos ya que la voz es un elemento importante que caracteriza a todas las mujeres descendientes del gran patriarca vasco Aitor: Lorea, Amaya, y también su tía Amagoya, como veremos después. De hecho, al final de la novela, Amagoya reconoce que su sobrina Amaya es verdaderamente la persona a quien corresponde conservar la tradición y los tesoros de Aitor precisamente por la voz, cuando canta de nuevo unas estrofas del canto de Aníbal:

Amagoya la escuchó con asombro, con embeleso, como quien percibe real y verdaderamente los ecos con que ha soñado.

—¡Amaya! —exclamó—. ¡Tú eres hija de Aitor! Eso no se aprende: eso se transmite, se hereda… ¡Amaya! ¡Tu madre cantaba así! ¡Tus antepasados cantaban así! ¡Yo canto así! ¡Amaya! ¡Tú no eres extraña en la familia de Aitor! ¡Su casa es tu casa!

—Y en ésta se han conservado fielmente —respondió la princesa— las tradiciones y cantares de la patria de mi madre (pp. 694-695).

En definitiva, esta voz especial es patrimonio exclusivo del linaje de Aitor, y se aprecia particularmente al recitar o cantar los textos transmitidos de generación en generación por vía oral.

Amaya_Comic

Me he detenido en estos tres personajes femeninos por ser su voz un rasgo caracterizador esencial en ellos, una marca de pertenencia a la ilustre familia del viejo patriarca. Sin embargo, el narrador nos ofrece informaciones relativas a la voz de otros personajes. Por ejemplo, Plácida, mujer del anciano Miguel de Goñi, recuerda que han muerto cuatro hijos suyos en la guerra secular que enfrenta a vascos y godos, pero afirma «con voz entera como la de una leona» (p. 62) que le quedan otros cuatro dispuestos al mismo sacrificio.

Ranimiro, padre de Amaya, es un guerrero godo que sabe alternar una severa rigidez con una dulzura amable, según con quién trate, y eso se refleja también en los cambios de su voz: «Parecía imposible […] que aquella voz que vibraba de placer y cariño, hiciese de pronto estremecer con severo y a veces terrible acento» (p. 31).

Olalla, una jovencita labradora de gran desparpajo, posee una voz «de argentinos ecos» (p. 132) y su madre Petronila, apodada por los demás «la loca», canta o, mejor, recita «en perdurable tono de salmodia» de forma tal que parece «que llora con la voz, a falta de lágrimas» (p. 135). Esta aparente loca —en realidad muy cuerda— tiene la misión de salvar a los personajes principales acudiendo en su ayuda en los momentos delicados o de peligro para ellos. Sus apariciones suelen ser entonces bruscas, inesperadas, lo que hace que su tono de voz se corresponda con la situación:

Momentos después resonó dentro una voz estentórea que decía rugiendo, como una leona sorprendida delante de sus cachorros:

—¡Atrás, Abraham Aben Hezra, atrás!

[…]

—¡Atrás tú también, viuda de Basurde! —dijo la misma tremenda voz (p. 344).

En el diálogo que mantienen Asier y Munio en la página 380 vemos —¿oímos?— al primero expresarse con «severo y terrible acento», «con voz sorda, pero profunda y aterradora». En otro momento, se disfraza de Basajaun, personaje mitológico vasco, señor de la selva, para salir al paso de Teodosio de Goñi y provocar en él unos celos asesinos. Entonces, como corresponde al personaje que imita, emplea «una voz terrible, que más parecía rugido de fiera que humano acento», una voz «que asemejaba al rugido del león» (pp. 618 y 621, respectivamente).

Uno de los pocos personajes caracterizados negativamente en la obra es el falso ermitaño Pacomio —en realidad, un rabino judío padre de Aser—. Al ver desbaratados sus planes de venganza por la súbita aparición de Petronila que antes mencionaba, su voz refleja su temor, al convertirse en el «cavernoso acento del moribundo» (p. 344). En cambio, al reclamar a su hijo el secreto del tesoro utiliza una voz «hueca, perentoria, que no admitía réplica», «pavorosa, […] sorda y seca» (pp. 442 y 447).

Por supuesto, las indicaciones de este tipo (si un personaje habla murmurando, en voz baja o gritando, con voz amable o enérgica…) abundan a lo largo de la novela y no es posible consignarlas todas aquí. Me he limitado a señalar aquellas que me parecieron más importantes y significativas.


[1] Las citas serán por esta edición: Francisco Navarro Villoslada, Amaya o los vascos en el siglo VIII, Madrid, Giner, 1979 (col. «La Novela Histórica Española», 23). Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Aspectos de oralidad y literalidad en Amaya de Navarro Villoslada», TK. Boletín de la Asociación Navarra de Bibliotecarios, 16, diciembre de 2004, pp. 171-181. Sobre el autor y el conjunto de su obra, ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución «Príncipe de Viana»), 1995.

Aspectos de oralidad en «Amaya» de Navarro Villoslada: el valor de una vocal

Amaya[1], novela histórica de Francisco Navarro Villoslada, es un libro interesante para estudiar algunos aspectos de la oralidad —y la literalidad— porque nos traslada, como el subtítulo indica (Los vascos en el siglo VIII), a una época histórica en la que la comunicación era eminentemente oral. Como veremos, la mezcla de personajes de distintas razas, culturas y religiones, a saber, vascos, godos y judíos, hace necesarias muchas indicaciones del narrador, consciente del problema que supone el empleo de distintos idiomas por parte de ellos. Algunos de los personajes son hombres  orales, y alguno hasta se jacta de ello, al mostrar cierto desprecio por la letra escrita, como veremos. Sin embargo, existen muchos otros rasgos interesantes que trataré de analizar en sucesivas entradas.

En el subgénero narrativo a que pertenece esta novela, el histórico, uno de los recursos habituales para mantener la intriga es la ocultación de la personalidad de alguno de los personajes. En nuestro caso, uno de ellos es conocido hasta por tres nombres distintos: Eudón, Aser y Asier. Ahora nos interesan los dos últimos: cuando se presenta ante Amagoya, fiel guardadora de las tradiciones vascas, dice su verdadero nombre, que es el de Aser; pero ella no oye este nombre judío, sino que en sus oídos suena el de Asier, nombre que en vascuence significa ‘principio’ y que lo relacionaría con las proféticas palabras de Aitor, el patriarca de los vascos, «Amaya da asiera» (el fin es el principio).

Así pues, esta confusión relativa a este personaje  deriva de un fallo en la percepción oral. Veamos cómo lo explica el propio personaje; está hablando de la buena acogida que tuvo al llegar al caserío de Amagoya:

—¿Cómo te llamas?, me preguntó ésta. Aser, le contesté sencillamente; y ella se inmutó, me miró de hito en hito como embebecida en hondas imaginaciones, como arrobada de los sentidos, y tan extraña escena terminó con un abrazo, durante el cual me daba el nombre de Asier. No la contradije, pues tan bien me iba con la añadidura de una letra a las de mi nombre. Había comprendido Amagoya que yo le respondí Asier, palabra vascongada que significa Fin[2], y vos me explicasteis la importancia que tenía  (p. 450).

En efecto, no será lo mismo para el ambicioso Eudón ser un simple judío, personaje despreciable, situado en el último puesto del escalafón social de la época, que ser el profetizado y esperado Asier, vasco destinado a casarse con Amaya, para que el fin y el principio, el principio y el fin, se unan.

PersonajesAmaya


[1] Las citas serán por esta edición: Francisco Navarro Villoslada, Amaya o los vascos en el siglo VIII, Madrid, Giner, 1979 (col. «La Novela Histórica Española», 23). Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Aspectos de oralidad y literalidad en Amaya de Navarro Villoslada», TK. Boletín de la Asociación Navarra de Bibliotecarios, 16, diciembre de 2004, pp. 171-181. Sobre el autor y el conjunto de su obra, ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución «Príncipe de Viana»), 1995.

[2] En realidad, asier o hasier, en vascuence, significa ‘principio’.

Navarro Villoslada, poeta: «Miserere» y «¡Cuál yace desamparada…!»

El poema de Francisco Navarro Villoslada titulado «Miserere» (Obra poética, núm. 49), romance con rima en -í, es un lamento del yo lírico que se dirige compungido a Dios pidiendo compasión. Se trata, claro está, de una paráfrasis del salmo 51 (50): «Miserere mei, Deus, secundum misericordiam tuam…». Su estructura es circular: comienza con un «¡Compadécete, Dios mío, / compadécete de mí; / por tu gran misericordia / ten piedad de este infeliz!»; y termina —después de los yerros del pecador, que con sus actos ha negado en reiteradas ocasiones a Dios— con estas palabras: «¡Perdón, Dios mío, perdón; / ten piedad de este infeliz!».

Misericordia

Este es el texto del poema:

¡Compadécete, Dios mío,
compadécete de mí;
por tu gran misericordia
ten piedad de este infeliz!
La sombra de tu mirada
puede solo descubrir
del piélago de mis culpas
el negro abismo sin fin.
Yo seguía tus senderos,
yo, Señor, te conocí:
el único[1] bien que puede
hacer al hombre feliz;
y después de conocerte
yo te olvidé y te ofendí:
a tu luz cerré los ojos
y tu voz no quise oír.
Cuando me decías: «Vuelve»,
«No quiero», te respondí;
y mil veces me llamabas
y te negué más de mil.
Su faz cubrieron los ángeles
con sus alas de carmín
y debajo de sus alas
yo los sentía gemir.
Me mirabas compasivo
y en el rostro te escupí.
¡Perdón, Dios mío, perdón;
ten piedad de este infeliz![2]

Por su tema podría relacionarse con el núm. 53, el romance en -á que comienza «¡Cuál yace desamparada…!», que versa sobre la cautividad de la ciudad de Jerusalén como consecuencia de haberse apartado de Dios el pueblo elegido de Judá. El poema,fechado el 20 de julio de 1842, dice así.

¡Cuál yace desamparada
y en profunda soledad
la ciudad que antes solía
a cien pueblos cobijar!
Cual viuda desolada
la reina del mundo está;
la princesa de las gentes,
en dura cautividad.
De su infortunio en la noche
nunca cesó de llorar
a sus amigos llamando
que se burlan de su afán.
No hay una mano que intente
sus lágrimas enjugar
y sus contrarios la insultan
cuanto la temieron más.
La servidumbre esquivando
huyó de Salem Judá,
pero en extrañas naciones
no sosegaba jamás.
Y cuando lejos la vieron
de su muro maternal
acósanla sus rivales
y lógranla encadenar.
Desde entonces, ¡oh dolor!,
cubiertos de luto están
los caminos de Sión
en toda solemnidad.
Crece sin temor la yerba
en medio de su arenal:
como no hay quien venga al Templo,
ninguno la huella ya.
Sus puertas están por tierra,
sus ministros sin altar,
las doncellas sin aliño
y oprimida la ciudad.
La corona de su frente
ciñe otra frente rival
y su enemigo se adorna
con su pompa y majestad.
Cubierto de tus despojos
te abandona a la orfandad,
y del carro de su triunfo
tus hijos tirando van.
Vuelve, Salem, a tu Dios,
vuelve contrita la faz,
que es tamaña desventura
castigo de tu maldad[3].


[1] el único: el texto original trae en el único, que hace el verso largo; enmiendo suprimiendo en.

Obra poética, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1997, núm. 49, pp. 224-225.

[3] Incluido en Navarro Villoslada, Obra poética, núm. 53, pp. 230-232.

Navarro Villoslada, poeta: «Oración para después de haber comulgado»

En mi edición de la Obra poética de Navarro Villoslada, publicada en 1997 por el Gobierno de Navarra, ofrecía un corpus total de 54 poemas, 31 que habían sido previamente publicados y otros 23 que permanecían inéditos hasta ese momento. Todos esos poemas que forman la producción poética del escritor de Viana los agrupaba por sus temas en varios apartados que, de mayor a menor importancia, eran: 1) poemas de tema religioso; 2) poemas de tema moral; 3) poemas de tema político; 4) poemas «de circunstancias»; 5) poemas amorosos; 6) poemas satíricos y burlescos; y 7) otros poemas varios. En sucesivas entradas iremos examinando esa producción, mucho menos conocida que sus novelas históricas, con la idea de dar a conocer y comentar sucintamente esos textos.

Ciertamente, es en la temática religiosa donde encuentra Navarro Villoslada su vena más inspirada. Conociendo su carácter y su pensamiento, no extraña que así sea. Incluía en mi edición de 1997, en el apartado de poemas religiosos, los números 5, 15, 17, 18, 19, 20, 23, 28, 31, 49, 50, 51, 52, 53 y 54. Algunos de sus títulos son ya bien significativos; así, escribió una «Oración para después de haber comulgado» (núm. 18), el poema que quiero comentar hoy. Se trata de una lira, dividida en 10 formas paraestróficas con la rima habitual 7a 11B 7a 7b 11B, la cual presenta los beneficios que el Cuerpo de Cristo, verdadero alimento espiritual del cristiano («dulce manjar»), reporta a su alma:

Dentro de mí no cabe
el gozo en que rebosan mis entrañas;
en bálsamo süave,
en aromas extrañas,
en olas de tu gloria el alma bañas.

Vestido de hermosura,
vienes, Señor, iluminando el viento,
para colmar de hartura
este labio sediento,
y tu esencia me das en alimento.

El yo lírico, en comunión con Dios, no desea romper ese estado de gracia y exclama: «Antes, ¡ay!, de pecar venga la muerte». E insiste en la misma idea en las palabras finales: «¡Ahora que estás conmigo / torna al Cielo, mi Dios, que yo te sigo!».

the-savior-juan-de-juanes

Este es el texto completo del poema, en el que se aprecian ciertos ecos de claro sabor sanjuanista:

¡Bendito Dios del Cielo,
que mi seno escogiste por morada!
¡Inefable consuelo
del alma enajenada,
que en tus brazos se duerme regalada!

Señor de los señores,
que en cien mundos y cien moras estrecho,
¿cómo, buscando amores,
desciendes a mi pecho,
y en él tu trono deslumbrante has hecho?

Ángeles y querubes
con santa emulación mi gloria miran
y en nacaradas nubes
se acercan, se retiran,
y tanta dicha atónitos admiran.

Sí, que en blando regazo
tu Madre te estrechó recién nacido,
con menos fuerte abrazo
que a mi seno querido
con vínculos de fuego te has unido.

Dentro de mí no cabe
el gozo en que rebosan mis entrañas;
en bálsamo süave,
en aromas extrañas,
en olas de tu gloria el alma bañas.

Vestido de hermosura[1],
vienes, Señor, iluminando el viento,
para colmar de hartura
este labio sediento,
y tu esencia me das en alimento.

¿Quién para dicha tanta,
para tanto favor, quién es el hombre?
Ánima mía, canta
de Dios el santo nombre,
y haz que al impío su bondad asombre.

¡Oh, cuál me saboreo
con tu dulce manjar! ¿Y he de perderte,
dulcísimo recreo,
después de poseerte?
Antes, ¡ay!, de pecar venga la muerte.

De tu pecho la llaga
es manantial perenne de dulzura;
y el que en ella se embriaga,
lejos de su onda pura,
¿dónde templa su sed sin amargura?

¡Oh, buen Jesús!, el mundo,
desde tus alas visto al blando abrigo,
inspira horror profundo.
¡Ahora que estás conmigo
torna al Cielo, mi Dios, que yo te sigo![2]


[1] «Vestido de hermosura» es verso de evidente reminiscencia sanjuanista; recuérdese la respuesta de las criaturas en el «Cántico espiritual»: «Mil gracias derramando / pasó por estos sotos con presura, / y, yéndolos mirando, / con sola su figura / vestidos los dejó de hermosura».

Obra poética, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1997, núm. 18, pp. 122-124.

Francisco Navarro Villoslada, poeta

ObraPoeticaAdemás de otros variados géneros literarios, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) cultivó también la poesía lírica. Sin embargo, esta actividad poética de este escritor nacido en Viana (Navarra) es, sin duda alguna, una faceta prácticamente desconocida, para el público en general y para la crítica especializada en particular. Hace unos años la intenté recuperar en un libro dedicado a editar su Obra poética[1], en el que ofrecía el corpus completo de sus poesías (todas las que publicó en vida y varias más que dejó inéditas). Además, dado que apenas se había comentado nada de la faceta de Navarro Villoslada como poeta, quise que el análisis que precedía a los textos de sus composiciones líricas fuese bastante detallado, dando un comentario temático, métrico y estilístico de sus poemas. Este año 2018 en que conmemoramos el Bicentenario del nacimiento de Navarro Villoslada es una buena ocasión para volver a ocuparnos de esta olvidada faceta suya  como poeta.

En el número de Pregón de 1968 José María Corella ofrecía un artículo titulado «Navarro Villoslada, autor dramático», queriendo resaltar con ese epígrafe que el de Viana también había escrito piezas dramáticas. Pues bien, podemos calcar ese título para destacar ahora la actividad poética de nuestro escritor: Navarro Villoslada también fue poeta, aunque en las historias de la literatura española casi nunca se suele mencionar esta faceta. Igualmente, en las antologías de poesía española, en general, o específicas del siglo xix[2], ni es mencionado ni se incluye ninguno de sus poemas. Es más, ni siquiera todos los críticos que han estudiado la historia literaria de Navarra y que, por tanto, han dedicado unas líneas al escritor vianés, dicen algo al respecto (así sucede, por ejemplo, en la antología realizada bajo la dirección de Ignacio Elizalde). Por supuesto, no es que Navarro Villoslada sea el primer poeta del momento en que vivió, eso es evidente; pero cuando menos debería conocerse que escribió poesía y que, si no todas, algunas de sus composiciones poseen cierta calidad y algunos aciertos notables.

Así pues, esta parte de su producción no había sido estudiada hasta ahora. Todo lo más, se pueden espigar algunas breves opiniones de quienes han hablado de él: Ferrer del Río, en 1849, ya señaló que había escrito «varios ensayos dramáticos y algunas poesías notables»[3]; Laurentino María Herrán[4] indica que fue «menos poeta que novelista», pero «sin embargo, también escribió versos aceptables»; Manuel Iribarren indica que «fue un correcto y entonado poeta» y añade: «Su “Oda a la Virgen del Perpetuo Socorro” es buena prueba de su inspiración y capacidad poética»[5]; Celia López Sainz señala: «Como poeta cultivó con fortuna la oda heroica y la sagrada; también la sátira, que lanzó contra sus enemigos»[6]; en fin, José Ramón de Andrés Soraluce afirma que «la poesía es consustancial al arte de Villoslada»[7]. Así es, si tenemos en cuenta las numerosas poesías que esbozó, especialmente en sus años de juventud, y que se conservan entre los papeles de su Archivo[8] (son, sobre todo, anacreónticas que siguen el modelo de Meléndez Valdés, o versos de entonación patriótica, cuyo modelo sería Quintana). El Padre Juan Nepomuceno Goy, que pudo manejar esa documentación, fue el primero en llamar la atención al respecto:

De Navarro Villoslada poco o casi nada se ha escrito hasta ahora. Pero aun entre los que le conocen por orales referencias serán contados los que se hayan formado de él una idea justa como poeta. […] Villoslada fue poeta, y poeta fecundísimo, y poeta verdaderamente inspirado. Hasta cierta época, muy cerca del 50, escribió versos, iba a decir a granel[9].

Mi trabajo del 2007 pretendía, por tanto: 1) dar el corpus completo de las poesías líricas publicadas de Navarro Villoslada[10] (que se encuentran dispersas en diversas revistas, algunas de carácter local como La Avalancha, la Revista Euskara o Euskal Erria, y otras cuya consulta solo es posible en hemerotecas: Boletín del Instituto Español, El Arpa del Creyente; al final, en la Bibliografía, doy las referencias completas de dónde se localizan); 2) añadir algunos textos inéditos especialmente interesantes por su calidad o por su valor documental; y 3) ofrecer un intento de ordenación temática del conjunto de su poesía, con una breve glosa o comentario de cada composición. Son contenidos que iré recuperando en sucesivas entradas.


Obra poética, estudio preliminar y edición de Carlos Mata Induráin, presentación por Kurt Spang, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1997.

[2] Así sucede con el libro Poesía española del siglo xix, ed. de Jorge Urrutia, Madrid, Cátedra, 1995, que incluye sin embargo poesías de otros autores mucho menos conocidos.

[3] Álbum biográfico, Madrid, Oficinas del Semanario Pintoresco Español, 1849, p. 87.

[4] Laurentino María Herrán, «La Inmaculada en la literatura de los siglos xviii-xix», Estudios Marianos, año XIV, vol. XVI, Madrid, 1955, p. 382. Reproduce algunos versos «Las ermitas», indicando que es una composición «curiosa por su tono polemista frente a la concepción inglesa de la vida, en que hace la apología de las ermitas marianas que siembran el suelo de España».

[5] Manuel Iribarren, Escritores navarros de ayer y de hoy, Pamplona, Gómez, 1970, pp. 157-158.

[6] Celia López Sainz, «Francisco Navarro Villoslada, autor de Amaya, la Ilíada de los vascos (1818-1895)», en Cien vascos de proyección universal, Bilbao, Editorial La Gran Enciclopedia Vasca, 1977, p. 383.

[7] Gran Enciclopedia Navarra, Pamplona, Caja de Ahorros de Navarra, 1990, vol. VII, p. 110.

[8] El Archivo de Navarro Villoslada, conservado hasta fecha reciente por sus bisnietos, los Sres. Sendín Pérez-Villamil, en Madrid y Burgos, fue cedido a la Biblioteca de Humanidades de la Universidad de Navarra —con motivo del Centenario de 1995—, donde actualmente me ocupo de su estudio y catalogación. Una vez más debo recordar la generosidad de los descendientes del escritor, que me han dado todo tipo de facilidades para cuantas investigaciones he emprendido sobre su ilustre antepasado.

[9] Padre Juan Nepomuceno Goy, «Flores del cielo. Don Francisco Navarro Villoslada», La Avalancha, 1914, pp. 113-114. Comenta además: «¿Quién dirá que no era poeta el autor del “Himno a Calderón”, de una contextura tan recia, tan viril, tan limpia de ripios banales, que recuerda las más lapidarias estrofas de Núñez de Arce?». Y añade más tarde (p. 246) que en los años 40 Navarro Villoslada escribió «un lujoso tren de poesías, algunas de ellas dignas de asomarse a la posteridad sin sonrojo, antes con mucha ufanía».

[10] Excluyo su ensayo épico Luchana, que es poesía narrativa: un largo poema en endecasílabos heroicos, distribuidos en tres cantos.