Poesía de Adviento: «Espera la Virgen pura», de Francisco Vaquerizo

La Virgen sueña caminos,
está a la espera…

Mañana ya es Nochebuena, pero hoy todavía estamos en tiempo de Adviento, de espera para la llegada del Niños-Dios, el Emmanuel (ʽDios con nosotrosʼ), el Salvador del mundo. Vaya, pues, para cerrar este tiempo de preparación espiritual el poema «Espera la Virgen pura», de Francisco Vaquerizo. El poema (42 versos de romance con rima é e) tiene la musicalidad y la gracia de la mejor poesía tradicional navideña. La repetición del verso inicial, «Espera la Virgen pura…», además de incidir en esa gozosa espera (espera que es esperanza) de María, contribuye igualmente al ritmo de la composición. Se trata de una poesía sencilla y emotiva, que no requiere mayores notas explicatorias[1].

VirgenEmbarazada

Espera la Virgen pura,
el momento ya inminente,
en que dé a luz al Infante
que ha concebido en su vientre,
porque va a nacer el día
veinticuatro de diciembre.
En la grávida doncella[2]
un gozo especial se advierte
y hay un brillo en su mirada
que sobrepasa con creces
la belleza y el candor
que imaginarse uno puede.
Espera la Virgen pura,
el momento ya inminente,
en que la familia humana,
sumida en sombras de muerte[3],
con la venida del Niño,
la claridad recupere
y se sienta hija de Dios
y heredera de sus bienes.
Espera la Virgen pura,
el momento ya inminente,
en que aparezca en la tierra
el que será Rey de Reyes
y el que abra al hombre las puertas
de las moradas celestes[4].
Mientras llega ese momento,
la esperanza la mantiene
en una íntima vigilia
de ternuras y quereres,
siempre atenta a los anuncios
que a su Niño se refieren
porque sabe a ciencia cierta
que, ya en el mismo Pesebre,
será preciso que empiece
a cumplir con sus deberes.
Gozosa mira a José,
ensimismada y silente,
mientras piensa que su Niño
llenará el globo terrestre
de amor e instaurará un reino
que durará eternamente.


[1] Publicado en la revista Ecclesia el 7 de diciembre de 2014: «“Espera la Virgen pura”, poema de Adviento con María, por Francisco Vaquerizo», de donde lo tomo.

[2] grávida doncella: bella formulación; grávida vale ʽencinta, embarazadaʼ.

[3] sumida en sombras de muerte: alude al pecado y, por extensión, a todo el mal que se extiende por el mundo. La antítesis sombras / claridad es evidente.

[4] el que abra al hombre las puertas / de las moradas celestes: Cristo, con su muerte y resurrección, redimirá al género humano.

«Navidad y Epifanía», de Carlos López Narváez

Para celebrar este 6 de enero, fiesta de la Epifanía del Señor, copio aquí el poema «Navidad y Epifanía», del literato colombiano Carlos López Narváez (Popayán, 1897-Bogotá, 1971), quien además de abogado, profesor y diplomático, fue miembro de la Academia Colombiana de la Lengua y destacó como traductor de textos de Baudelaire, Heredia, Valery, Leconte de Lisle o Barbusse, entre otros. Su composición aúna, ya desde el título, la evocación de dos momentos clave de estas fiestas, el Nacimiento de Cristo (Navidad) y su manifestación ante los magos de Oriente (Epifanía).

adoracionmagos2

El texto del poema dice así:

Blanca de corderos,
rubia de luceros,
diáfana y tranquila noche de Belén.
Nevadas colinas,
auras peregrinas,
mecen los olivos en blando vaivén.

«Con el ala de ave
de mi barba suave
al recién nacido yo quiero abrigar.»

Y el negro monarca
de ardiente comarca
Baltasar —en ónix el bronco perfil—.

«Oh Rey sempiterno
—dirá triste y tierno—,
para ti soy trono de ébano y marfil.»

Blanca de corderos,
rubia de luceros,
sagrada y hermosa noche del Portal.

¡Hosanna en la altura!
Por la tierra oscura
difunde la Estrella su luz inmortal[1].


[1] Tomo el texto (introduciendo algún pequeño cambio en la puntuación) de Nos vino un Niño del cielo. Poesía navideña latinoamericana del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, EDIBESA, 2000, pp. 255-256.

«Los Reyes Magos», de Eduardo González Lanuza

Días atrás traía al blog el soneto «José» de Eduardo González Lanuza (Santander, España, 1900- Buenos Aires, Argentina, 1984). Y hoy, para esta mágica noche de esperanza e ilusión, he seleccionado su poema dedicado a «Los Reyes Magos»:

AdoracionMagos

Engualdrapados sus camellos
vienen siguiendo los destellos
del astro vivo del Amor;
el más zahorí de todos ellos
ya reconoce a su Señor,
y hunde en el polvo sus cabellos
Melchor.

La magia alumbra su mirada,
llega a la humilde portalada
—súbito fue el descabalgar—;
la tiara en tierra derribada,
se va ante el Niño a prosternar
con la sonrisa alucinada
Gaspar.

Ébano el rostro reluciente,
púrpura viste del Oriente;
¡qué poderoso el rebrillar
de la corona de su frente!
Incienso y mirra va a quemar
ante aquel Niño sonriente
Baltasar.

Quiebran la espada y el venablo
arrodillándose a adorar
al que ha nacido en un establo
Melchor, Gaspar y Baltasar[1].


[1] Cito (con algún ligero retoque en la puntuación) por la antología Nos vino un Niño del cielo. Poesía navideña latinoamericana del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, EDIBESA, 2000, pp. 354-355.

«Romance del establo de Belén», de Gabriela Mistral

Unos días atrás copiaba el «Romance de Nochebuena» de la chilena Gabriela Mistral (1889- 1957), Premio Nobel de Literatura en 1945, y hoy para el Año Nuevo traigo al blog su «Romance del establo de Belén», perteneciente también a su poemario Ternura. El poema, bello y alegre en su infantil sencillez, describe la tierna algarabía de los animales que quieren mimar al Niño, transformando el Portal de Belén en un «establo conmovido».

Se-armo-el-belen2

 

Este es el texto del romance:

Al llegar la medianoche
y romper en llanto el Niño
las cien bestias despertaron
y el establo se hizo vivo…

y se fueron acercando,
y alargaron hasta el Niño
los cien cuellos, anhelantes
como un bosque sacudido.

Bajó un buey su aliento al rostro
y se lo exhaló sin ruido,
y sus ojos fueron tiernos
como llenos de rocío…

Una oveja lo frotaba,
contra su vellón suavísimo,
y las manos le lamían,
en cuclillas, dos cabritos…

Las paredes del establo
se cubrieron sin sentirlo
de faisanes y de ocas
y de gallos y de mirlos.

Los faisanes descendieron
y pasaban sobre el Niño
su ancha cola de colores;
y las ocas de anchos picos

arreglábanle las pajas;
y el enjambre de los mirlos
era un vuelo palpitante
sobre del recién nacido…

Y la Virgen entre el bosque
de los cuernos, sin sentido,
agitada iba y veía
sin poder tomar al Niño.

Y José sonriendo iba
acercándose en su auxilio…
¡Y era como un bosque todo
el establo conmovido![1]


[1] Tomo el texto de Nos vino un Niño del cielo. Poesía navideña latinoamericana del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, EDIBESA, 2000, pp. 216-217. Existe otra versión, con ligeras variantes, bajo el título «El establo»; ver, por ejemplo, Gabriela Mistral, Ternura, 6.ª ed., Santiago de Chile, Editorial Universitaria, 2004, pp. 53-54.

El soneto «José», de Eduardo González Lanuza

Eduardo González Lanuza fue un escritor argentino de origen español: nacido en Santander en 1900, emigró a la Argentina a la edad de nueve años, y fallecería en Buenos Aires en 1984. Químico industrial de profesión, cultivó la poesía (obtuvo el Premio Nacional de Poesía de Argentina), la narrativa, el teatro y la crítica literaria. Adscrito en sus inicios poéticos al movimiento ultraísta, fundó Prisma y la primera Proa, y fue colaborador también de Martín Fierro. Entre sus títulos poéticos se cuentan poemarios como Prismas (1924), Treinta y tantos poemas (1932), La degollación de los inocentes (1938), Puñado de cantares (1940), Transitable cristal (1943), Oda a la Alegría y otros poemas (1949), Retablo de Navidad y de la Pasión (1953), Suma y sigue (1960), Profesión de fe y otros poemas (1970), Aires para canciones (1977) o Hai-Kais (1977), entre otros.

En la poesía de tema navideño, no suele aparecer con mucha frecuencia la figura de San José, aunque sí tiene cierta tradición el motivo de las dudas sobre su paternidad (véase, por ejemplo, el delicioso «Villancico de los qué dirán» de Antonio Murciano). González Lanuza evoca al patriarcal carpintero —casto, austero, humilde, amoroso… y pleno de fe— en el siguiente soneto:

San-José-Carpintero

Alza su fuerte mano carpintera,
y al ademán torna el candor liviano
porque perdura en la callosa mano
la fragante honradez de la madera.

Patriarcal castidad de gracia austera
ilumina infantil el rostro anciano,
al ver la transparencia del arcano
que en el nocturno establo floreciera.

Ofrece ya su báculo y su ayuda
para el cuidado y el amor prolijo,
y la humildad de su caricia ruda.

Más que el soñado arcángel se lo dijo
su fe con evidente voz desnuda:
el Hijo del Espíritu es su hijo[1].


[1] Tomo el texto de Nos vino un Niño del cielo. Poesía navideña latinoamericana del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, EDIBESA, 2000, p. 349.

«Villancico del marinero», de Emilio Breda

Emilio Breda es un poeta, cuentista, historiador y ensayista nacido en Buenos Aires en 1945. Graduado de maestro normal y abogado, cuenta en su haber con una amplia obra literaria. Además, desde 1975 desarrolla con gran éxito —en Argentina y en otros países— sus talleres «Estrategias para crear lectores y cuentos», los cuales están «destinados a despertar en los niños el amor por el libro y el placer por la lectura, dentro de un clima lúdico y creador». Es autor que se ha acercado con asiduidad al tema navideño, como ponen de manifiesto los títulos de algunos de sus poemarios: De los ángeles de Buenos Aires. Villancicos porteños (1974), Los villancicos del Ángel Gabriel (1976), Los villancicos de Francisco de Asís (1978), Los villancicos porteños (1977), Villancicos y cantos para Santiago (1979) o Los villancicos de fray Grillo (1981).

Copiaré hoy su «Villancico del marinero», un breve y sencillo romance con rima aguda en y estructura dialogada, en el que el marinero anuncia su deseo de llegar a Belén «para ver al Emmanuel» (v. 12).

BarcoNavidad

—¿Adónde vas, marinero
con tu barco de papel?
¿A qué países lejanos
te lleva el viento esta vez?

—Voy a cruzar el océano
para llegar a Israel.
Hacia allí me lleva el viento
que sopla el Ángel Gabriel.

Surcaré el Mediterráneo
para llegar a Belén.
Hacia allí me lleva el viento
para ver al Emmanuel.

Esta noche es Nochebuena.
Brillan el cielo y las aguas.
Arriba están los luceros.
Abajo, luces extrañas.

(Porque anunciará la Luna
que estamos en Navidad
prendieron sus lamparitas
las estrellitas del mar.)[1]


[1] Tomo el texto de Nos vino un Niño del cielo. Poesía navideña latinoamericana del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, EDIBESA, 2000, p. 246.

El soneto «Jesús», de Rafael Ortiz González

¡Gloria a Dios en las alturas
y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad!

Vaya para este día de Navidad el soneto «Jesús» del político y poeta colombiano Rafael Ortiz González (San Andrés, 1911-Bogotá, 1990). Ortiz González fue gobernador de Santander en dos ocasiones, diplomático, jurista y periodista, fundador de algunas publicaciones periódicas. Entre sus obras poéticas se cuentan los volúmenes Imágenes del mundo, Antes de la canción, Los cantos de la angustia, Ángeles de piedra, Los himnos de la sangre, Los gritos infinitos, Los hombres, los caminos y los ríos, Triángulo infinito, La zarza de Horeb, Los rostros de la rosa (nada menos que 116 sonetos dedicados a esa flor) o Las comarcas del canto, entre otros títulos.

Su soneto «Jesús» pone de relieve, por un lado, la sencillez y humildad del Mesías (vv. 1 y 8); destaca, además, la trascendencia de la «divina hora» (v. 4), subrayada por diversos elementos de la naturaleza; y alude, en fin, a la adopción de la naturaleza humana por parte del Hijo de Dios («nace humanamente en tierra dura», v. 12) como remedio frente a la dureza y cerrazón del corazón del ser humano («para ver si una noche de dulzura / nace en el ciego corazón del hombre», vv. 13-14).

NiñoJesus

Este es el texto completo del poema:

Nace Jesús en el portal sencillo
bajo la estrella de oro de la aurora.
El pastor con su claro caramillo
anuncia al mundo la divina hora.

La fuente canta un músico estribillo
junto al establo que la noche dora.
La Virgen sueña en un divino anillo
y Dios besa la atmósfera sonora.

Nace Jesús como una flor de fiebre,
como un lirio de luz en el pesebre,
para que al hombre su humildad asombre.

Y nace humanamente en tierra dura,
para ver si una noche de dulzura
nace en el ciego corazón del hombre[1].


[1] Tomo el texto de Nos vino un Niño del cielo. Poesía navideña latinoamericana del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, EDIBESA, 2000, pp. 183-184.