«Amaya o los vascos en el siglo VIII» de Navarro Villoslada: fuentes históricas

Las mencionadas por el propio Francisco Navarro Villoslada[1] en su novela[2] son las siguientes: Rodríguez Ferrer, Los vascongados, con introducción de Cánovas del Castillo; Padre Fita, La ciudad de Dios; Juan Venancio de Araquistáin, Tradiciones vasco-cántabras; Joseph Augustin Chaho, Leyenda de Aitor; la colección de tradiciones titulada Ajbar Machmua (una crónica musulmana del siglo XII traducida y anotada, con un apéndice final, por Emilio Lafuente Alcántara); Al-Makkari; Ebn-Ado-I-Haquem; Aben Adzari, citado en su discurso de recepción en la Real Academia de la Historia por don Francisco Codera; el discurso de Aureliano Fernández Guerra en contestación al de Rada y Delgado, leídos ambos en la Academia de la Historia; la Historia General de España, de Modesto Lafuente; el continuador del Biclarense; Isidoro Pacense; el Cronicón Albedense; el Cronicón Moissaciense; Masdeu, Historia crítica de España y de la cultura española; Pedro Fontecha Salazar, Escudo de la más constante fe y lealtad[3]; Tomás Burgui, San Miguel de Excelsis representado como Príncipe Supremo del reino de Dios en el cielo y en la tierra; Martín José de Marcotegui, Compendio de la historia de la aparición de San Miguel de Excelsis; José Yanguas y Miranda, Diccionario de Antigüedades del Reino de Navarra; Moret y Aleson, Anales del reino de Navarra; y el Libro de los Fueros[4].

Moret

En cuanto a los documentos utilizados por Villoslada para Amaya conservados por sus descendientes, hay, en primer lugar, varias cartas interesantes: tres de ellas, de enero-febrero de 1877, son de Emilio Echániz y responden a algunas consultas del novelista acerca de la expresión vascuence «Amaia da asiera», repetida en la obra, sobre su pronunciación en los distintos dialectos, su significado preciso, etc. Otras cartas, de Luis Echevarría a Villoslada, le proporcionan datos sobre las Dos Hermanas y el monte Aralar[5]. Encuentro numerosas cuartillas que se refieren a diversos aspectos históricos o arqueológicos: «Tradiciones» (sobre la lucha de los vascos con los romanos, sin ser jamás vencidos); «Trajes vizcaínos»; «Costumbres» de los vascongados relativas a la casa, el traje, los saludos, los entierros, las armas, la mujer o las bebidas (recoge las famosas palabras de Estrabón sobre los vascones y cita a Mariana); «Cristianismo» (defiende Villoslada que si los vascos no se cristianizaron hasta el siglo X serían los de la vertiente francesa de los Pirineos); «Escrituras antiguas vascongadas» (la letra es distinta de la de Villoslada); datos sobre la invasión musulmana, desde julio de 710 (expedición exploratoria de Tarif) hasta la batalla de Covadonga, tomados del apéndice de Lafuente Alcántara; datos cronológicos de los últimos reyes godos (Ervigio, Égica, Witiza y Rodrigo); apuntes sobre los cántabros, extractados de la Historia de España de Lafuente; sobre el «Carácter» y la «Religión primitiva» de los vascongados. Y notas diversas sobre: la invasión musulmana y la conducta de los vascos; las razas e idiomas primitivos de la península (extracto de Lafuente); el origen de la raza vasca; la presencia de Tarik en España; el idioma vascongado; la idolatría; la precaria conquista del territorio vascongado por los reyes visigodos; las provincias de Guipúzcoa y Vizcaya; Teodosio de Goñi; la catedral de Pamplona; el imperio bizantino y la presencia de los griegos en España; San Miguel de Excelsis (extracto del libro San Miguel de Excelsis representado…); Teodomiro y don Julián (datos tomados de Aureliano Fernández Guerra[6]); el ducado de Cantabria (Masdeu, Anales); la ropa, el adorno y el peinado en el siglo V; Iruña; los celtas; Aitor y la ceremonia matrimonial vasca; la arquitectura en el siglo VIII; adivinos y magos; la leyenda de la dama de Amboto. Hay también noticias sacadas de Prudencio de Sandoval, Catálogo de los Obispos de Pamplona, y una lámina que representa a un guerrero del siglo VIII o IX acompañado de sus vasallos (probablemente la tuvo presente Navarro Villoslada a la hora de describir vestidos y armas). Son muy interesantes unas cuartillas en las que anota datos sobre varios personajes: Constanza, Ranimiro, Eudón, Amagoya, García, Rodrigo, Pelayo (en el caso de estos tres últimos, en una cara resume los datos conocidos por la historia y, a la vuelta, los describe tal como aparecen en su novela).

Por último, aparte de otros materiales de tipo literario (el argumento de Don Teodosio de Goñi. Leyenda épica; el borrador de un capítulo de Amaya; la «Historia de Eudón»; unos apuntes en los que señala dónde se encuentran sus personajes en diversos días, para no perderse en la maraña de acontecimientos; el plan de la novela Amagoya; o un apunte titulado El Ermitaño), hay ejemplares de dos libros que indudablemente utilizó para documentarse sobre los vascos: la Histoire primitive des Euskariens-Basques. Langue, poésie, moeurs et caractère de ce peuple. Introduction a son histoire ancienne, par Augustin Chaho, Bayonne, Chez Mme. Bonzom, libraire, Rue Pont-Mayou, nº 18, 1847; y su continuación, en dos tomos: la Histoire des Basques. Depuis leur établissement dans les Pyrénées occidentales jusqu´a nos jours, par Le Vicomte de Belsunce, Bayonne, Imprimerie et Lithographie de P. Lespés, Rue Bourg-Neuf, nº 1, 1847.


[1] Para el autor y el conjunto de su obra, ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995. Y para su contexto literario, mi trabajo «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Cito por esta edición: Amaya o los vascos en el siglo VIII, San Sebastián, Ttarttalo Ediciones, 1991. Otra más reciente es: Amaya o los vascos en el siglo VIII, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 1 y 2), 2 vols.

[3] Jon Juaristi, El linaje de Aitor. La invención de la tradición vasca, Madrid, Taurus, 1987, p. 124, señala que son en su mayoría fuentes tradicionales y legendarias; apunta que la obra de Fontecha Salazar es una historia apologética foral del siglo XVIII; y añade: «Aunque no las menciona, es indudable que recurrió también al Voyage en Navarre y a la Histoire primitive de Chaho. En ningún caso recoge tradiciones folklóricas auténticas».

[4] Navarro Villoslada introduce otras indicaciones de tipo genérico: «los historiadores árabes», «las crónicas árabes», «nuestros modernos arabistas»; menciona a Estrabón, Flavio Josefo y Lucano (pp. 176 y 429), y se refiere al «decimotercio Concilio toledano» (p. 328). Hay una alusión humorística a las crónicas: «la puertecilla secreta que las antiguas crónicas mencionan» (p. 551), pero no se explota en esta novela el recurso a fuentes ficticias.

[5] Hay bastantes más materiales sobre los escenarios de la novela que menciono luego, en el capítulo dedicado al tiempo y el espacio.

[6] Después de extractar los datos añade: «Dudas mías. Si en el otoño de 709 pasa Julián a la península y roba, mata y cautiva a los cristianos, ¿cómo Witiza no le destituye del condado de Ceuta? ¿Quién era a la sazón Duque de la provincia Tingitana de la que Ceuta formaba parte? ¿Se perdió la Tingitana antes de estos sucesos? Y si estaba perdida, ¿cómo Rodrigo tiene calma en 711 para ir a debelar a los navarros con la Tingitana perdida, Tarif en Tarifa, Julián en Ceuta y los árabes y africanos en la costa de enfrente como una ola gigantesca que se levanta para caer e inundar toda España?».

La reconstrucción arqueológica en «Amaya o los vascos en el siglo VIII» de Navarro Villoslada (y 2)

Lo arqueológico cobra también importancia, en Amaya[1] de Francisco Navarro Villoslada[2], en la descripción del mobiliario y del vestido. Amaya maneja un «salterio con trípode de vaqueta» que pulsa con «dediles de oro con púas de marfil»; el rey don Rodrigo se sienta sobre «cojines festoneados de oro, perlas y piedras preciosas» y hace quemar ámbar gris en un pebetero (p. 302); hay otras referencias eruditas al lujo de los godos, que acostumbran a beber en «copas y garrafas de oro» (ver pp. 26-27, 64, 235, 246). El narrador matiza que unos candelabros son de plata y un vaso de asta de buey; los caballos llevan frenos de plata y oro; las gualdrapas están recamadas de perlas; un personaje calza botines adornados con oro, perlas y rubíes; las guecias de los vascos tienen el asta de fresno; la silla de manos de Amaya lleva unas «cortinas de labrado cuero»; un armario es «de ébano con embutidos de marfil y bronce»… y así sucesivamente[3]. En cuanto a los vestidos, se describen los de Rodrigo, Amaya, los bucelarios, García y sus hombres, Amagoya, Pelayo, los médicos judíos, los musulmanes y Teodosio (cfr. pp. 19, 114, 144, 210, 229, 284, 347, 354-355 y 629). El detallismo de Navarro Villoslada llega hasta el punto de indicar la forma en que se abrochaban el manto los nobles, distinta de como lo hacían los plebeyos (p. 365). Solo citaré como ejemplo de esta minuciosidad la descripción de los arreos militares y del peinado de Ranimiro:

Llevaba el prócer casco circular de hierro con fajas de oro que remataba en punta, y en vez de coselete romano de correcto dibujo, coraza de escamas con vuelos de tosca malla, género de armadura que estaba entonces como en ensayo. De la cintura al pie, las famosas bragas o pantalones germánicos, con fajas cruzadas que descendían hasta la planta. / Pendíale de los hombros capa de púrpura que, sujeta al pecho con broches de oro, más que el manto consular de la República, semejaba el caracala que empezó a usarse en tiempo del emperador a quien dio nombre. Brillaba también el oro en los brazaletes con que terminaban las mangas del sayo de lino, y en las groseras figuras y tachones del peto y escudo. Las armas ofensivas eran espada pendiente del cinturón de cuero, la cateya teutónica, lanza corta que servía también de dardo arrojadizo, y en contrapeso del redondo escudo, colgado de la silla, iba al opuesto lado el hacha terrible de dos filos llamada francisca, por haberla usado los francos. / […] Largo el cabello, le colgaba en doradas guedejas sobre los hombros, formando los granos, pequeños rizos, entonces a la moda; pero traía la barba esmeradamente afeitada a navaja, según estilo de los ricos, pues los siervos y gente pobre se la cortaba a tijera (pp. 26-27).

Hay dos pasajes concretos que destacan por lo que tienen de arqueológico. Uno es el relativo a la decalvación de Ranimiro: seguramente se inspiró Villoslada en el conocido episodio con el que terminó el reinado de Wamba el año 680: el monarca quedó privado de sentido y sus magnates, creyéndole gravemente enfermo, procedieron al rito de la penitencia pública (le tonsuraron y le colocaron el cilicio), tal como era costumbre entre los godos a la hora de la muerte; después de esta ceremonia, el decalvado quedaba velut mortuus huic mundo y se consideraba que no podía volver a la vida activa; en efecto, Wamba volvió en sí y recuperó todas las facultades, pero se encontró con que estaba incapacitado para ocuparse de los asuntos públicos; se sospecha que todo fue un manejo de su sucesor, Ervigio, quien proporcionó al rey alguna sustancia narcótica para que, creyéndole en peligro de muerte, se procediera a la decalvación.

Wamba_Decalvacion

En la novela ocurre algo similar, pues Amaya llega a sospechar que los médicos judíos mandados por Munio han agravado la enfermedad de su padre, hasta el punto de hacerse necesaria la decalvación. El otro es la ceremonia por la que el legendario García Jiménez se convierte en el primer rey de los navarros: es alzado sobre el pavés, a los gritos de «Real, real, real»; desde ese momento queda como costumbre y también que el rey se ciña él mismo la corona, jurando al mismo tiempo sobre los Evangelios (p. 673; es la misma ceremonia que describía en Doña Blanca de Navarra).

Quizá no todos los detalles que menciona Navarro Villoslada en su reconstrucción sean exactos, pero en cualquier caso, tras la lectura de la novela queda la impresión de que el autor ha hecho un impresionante esfuerzo de documentación para conseguir el denominado «color local» incluso en lo relativo a estos aspectos mínimos de la vida cotidiana de aquella lejana época. Es característica que ya destacó Arturo Campión:

En Amaya tenemos, pues, en primer lugar, una pintura de la sociedad gótica, hecha escrupulosamente en vista de cuantas publicaciones de la ciencia histórica contemporánea pueden ilustrar el asunto. Armas, trajes, viviendas, mobiliario, iglesias, fortificaciones, organización militar y política, usos, costumbres y preocupaciones, es decir, lo que caracteriza al hombre moral y físico, figura en las páginas de Amaya sin pedantería, sin digresiones molestas, sin tono docente que delate la presencia de la ciencia, de una manera natural, adecuada a las situaciones, íntimamente ligada a ellas con carácter perpetuo de accesoria, reemplazando y sustituyendo las descripciones vagas y meramente imaginativas de otras obras del mismo género[4].


[1] Cito por esta edición: Amaya o los vascos en el siglo VIII, San Sebastián, Ttarttalo Ediciones, 1991. Otra más reciente es: Amaya o los vascos en el siglo VIII, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 1 y 2), 2 vols.

[2] Para el autor y el conjunto de su obra, ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995. Y para su contexto literario, mi trabajo «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[3] Ocurre igual con los tipos de vivienda y las edificaciones; véanse, entre otras descripciones, la casa de Miguel de Goñi (p. 58) con su mobiliario (p. 245), Gasteluzar (p. 103), la cocina de Jaureguía (p. 109), la de Echeverría (p. 124), el burgo de Pamplona, con sus tres barrios, su dominio o castro, la judería y el Sanedrín (p. 368), la casa de Ranimiro (pp. 374-375 y 381), la basílica de Pamplona (pp. 437-438) y la habitación del Obispo Marciano (pp. 445-446).

[4] Arturo Campión, «Amaya. Estudio crítico», La Avalancha, 1902, p. 101. Señala Antonio Regalado García, Benito Pérez Galdós y la novela histórica española (1868-1912), Madrid, Ínsula, 1966, p. 184, que «hace Villoslada enormes esfuerzos para la reconstrucción arqueológica de un pasado tan remoto, pero ante la falta de documentación fidedigna deja volar su fantasía». Y añade en nota: «Hay que reconocer, no obstante, que dentro de las limitaciones de la ciencia española de la época, el autor lleva a su novela un andamiaje documental que resalta por su erudición y por el sentido histórico con que sabe usarlo, cuando no se lanza por la vertiente de la fantasía».

La reconstrucción arqueológica en «Amaya o los vascos en el siglo VIII» de Navarro Villoslada (1)

Pese a la escasez de noticias sobre aquella época, de nuevo encontramos numerosos datos dispersos a lo largo de la novela[1] de Francisco Navarro Villoslada[2] relativas a las armas, el vestido, usos y costumbres, mobiliario, arquitectura, etc. Esto tiene, como ya he señalado en las otras novelas, una repercusión en el vocabulario manejado: pretorio, dominium, domus, impluvium, ínsula, senado romano, triclinio, curia, peristilo, annonarios, ostiario, portario, vacaciones mesivas, vílicos, condes, vicario, tiufado, tiufadía, milenario, quingentario, centenario, decano, prepósito general, conmilitones, espatharios, conde de los notarios, conde de las largiciones, conde del tesoro, cateya, francisca, peto, estringe civil, bucena, bucelarios, priores, pretores, próceres, seniores, gardingos, magnates, patronos, libertos, liberto atriense, ecónomo… son palabras y expresiones que responden a diversas realidades de la civilización goda; en menor medida aparecen otras relativas a los vascos[3], judíos y musulmanes: ezpata, guecia, rabanimes, alquiceles… Igualmente, se conserva una toponimia antigua: Varia, Lucronio (Logroño), Victoriaco (Vitoria), Ologitum (Olite), Erriberri, Iruña. El autor también busca el sabor de época en los nombres de los personajes de ficción: en la novela el obispo de Pamplona recibe el nombre de Marciano, y Marciano hubo un obispo de Pamplona en el año 688, durante el reinado de Égica. Lo mismo sucede con el de Ranimiro, nombre documentado entre los godos. En algunos casos se conserva la fechación y los horarios del calendario latino (los «idus de julio», la hora «cuarta feria»).

Hay noticias sueltas sobre varios aspectos de la vida goda: la descomposición de su imperio por el lujo y la corrupción (p. 384); la organización de su ejército (pp. 17-18); la división administrativa del territorio peninsular (p. 18); la pena de la ceguera (p. 25); las comidas y el uso de las servilletas (p. 91); la moneda (p. 112); la descripción de la tienda del rey Rodrigo (p. 235); las carreras de caballos como espectáculo favorito de los godos (p. 349); las puertas de Pamplona mandadas construir por Wamba (p. 267); o la extensión del uso de campanas en aquellos tiempos (p. 205).

Y otras relativas a los vascos: su hábito de pelear sin armadura, con la cabellera derramada sobre los hombros, sin otra protección para la cabeza (pp. 19 y 135); su costumbre de montar dos jinetes en un caballo (p. 116); sus tácticas guerrilleras (p. 132; se indica que los romanos tomaron de ellos la espada corta); sus míticas paces con Roma (paces que se vieron obligados a firmar por haberse separado de la primitiva confederación de siete las tres tribus del norte; de haber permanecido juntas, habrían derrotado a los romanos); el gobierno de las cuatro tribus del sur en una confederación cuyo emblema es el lauburu (‘cuatro cabezas’; pp. 57 y 131); la comida y la bebida en Goñi (p. 106); la fiesta del plenilunio (p. 199); el consejo de los doce ancianos reunido bajo el secular roble de Goñi, trasunto aquí del «árbol santo de Guernica» (p. 530; los doce ancianos, unidos luego al obispo de Pamplona y su cónclave, constituirán las primeras Cortes del nuevo reino); la gau-illa o noche de la muerte (p. 604); la ceremonia de alzamiento sobre el pavés de sus primeros reyes (pp. 530, 532 y 674), etc.

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[1] Cito por esta edición: Amaya o los vascos en el siglo VIII, San Sebastián, Ttarttalo Ediciones, 1991. Otra más reciente es: Amaya o los vascos en el siglo VIII, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 1 y 2), 2 vols.

[2] Para el autor y el conjunto de su obra, ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995. Y para su contexto literario, mi trabajo «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[3] Dejando aparte ahora las palabras y expresiones específicamente vascas también recogidas en la novela.

«Amaya o los vascos en el siglo VIII» de Navarro Villoslada: los personajes judíos

En cuanto a los judíos, aparecen en esta novela[1] de Francisco Navarro Villoslada[2] como avarientos, pérfidos, hipócritas, ruines y cobardes (pp. 69, 93, 93, 161); son «mercaderes sin conciencia y honor» que suplen su falta de fuerza con la astucia, la intriga y el dinero (pp. 417-418). Ya en el reinado de Égica hicieron pactos con los musulmanes, hecho histórico cierto (p. 369). En la novela, son los principales artífices de la conjuración encaminada a vender a España (son traidores entregados a los árabes; pp. 52, 88-89, 181, 233, 239, 268, 279, 301, 306-307, 358, 416, 422, 585, 605, etc.). No está tan desencaminado Navarro Villoslada al afirmar esto, pues parece probado que los judíos andaluces apoyaron a los invasores musulmanes, quedando como guarnición de las ciudades ocupadas a los godos en la Bética y aun en Toledo, lo que dio una amplia libertad de movimientos a Tarik y Muza y facilitó la rápida conquista de todo el territorio peninsular, en solo tres años. En la novela, es su oro el que provoca la sublevación de Pamplona, que distrae al rey Rodrigo y a sus tropas del sur; luego ellos niegan el dinero a los godos para que no puedan acudir con celeridad desde el norte a la Bética a detener la invasión (pp. 334-335); ellos dirigen, en fin, el motín de Pamplona y son los que piden la muerte de García y los demás vascos encerrados en la ciudad.

Es cierto, como menciona Navarro Villoslada, que los judíos fueron perseguidos por los godos en distintos reinados (planteaba un grave problema la cuestión de los falsos conversos; hay que tener en cuenta que los judíos constituían la única minoría religiosa consentida en territorio peninsular después de la unidad católica conseguida con Recaredo).

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También está comprobado que entre los judíos del siglo VII estaba muy extendida la creencia en la inmediata venida de un Mesías redentor de su pueblo, sojuzgado por las razas enemigas (tal es el papel que se atribuye en la novela el misterioso Eudón). Hay pequeños detalles relativos a los judíos que responden a la realidad: la mayoría de los médicos y abogados pertenecían a este pueblo (p. 345); y solían usar nombres cristianos (pp. 370-371).

Como ha señalado Jon Juaristi, hay en Amaya cierto antisemitismo que, por otra parte, es tópico en la novela histórica romántica española. Se refleja en varias reacciones de los personajes; García se niega a pactar con ellos, porque le produce repugnancia: «Nada con los enemigos de Cristo». Amaya ni siquiera quiere hablar con los conjurados si no se retiran antes los judíos (p. 481); Ranimiro siente asco de tener que tocar al judío para registrarlo y apoderarse de una carta (p. 275). También en las intervenciones del narrador (cfr. la negativa descripción de la judería de Pamplona en la p. 366); se les moteja de «perros rabiosos», de «inmundos reptiles»; es la suya una raza que inspira «universal desprecio». De hecho, los personajes más odiosos de la novela son Pacomio, el avariento rabino, y Respha, la hipócrita sacerdotisa, que finge interés por convertirse al cristianismo para poder espiar a Lorea. Como dice Eudón, parece pesar una maldición sobre el pueblo deicida: «Es una fatalidad que raza tan noble se deje arrastrar por pasiones tan ruines» (p. 365). Pacomio es también el jefe de los astrólogos; Menéndez Pelayo atribuye a invención del novelista la existencia de esta secta:

El Sr. Navarro Villoslada, en la linda novela que con el título de Amaya o los vascos en el siglo VIII publicó en La Ciencia Cristiana, habla de una sociedad secreta de astrólogos vascos, enemigos jurados del cristianismo, al paso que muy tolerantes con las demás religiones. Tengo este hecho por ficción del novelista; a lo menos en las fuentes por mí consultadas no hay memoria de tales asociaciones. Ni creo que la astrología llegara a organizarse entre nosotros como colegio sacerdotal o sociedad secreta, si prescindimos de los priscilianistas, que no penetraron en tierra éuskara[3].

En cuanto a los musulmanes, no los vemos intervenir directamente en la novela, pero aparecen caracterizados negativamente en los relatos de diversos personajes: vienen a esclavizar y a acabar con la Cruz. Munio, por ejemplo, habla de «la rapiña y brutales instintos del musulmán» (p. 360). Justamente famosa es la descripción de su arremetida y de su imparable avance en el relato de Eudón a Munio (pp. 354-355); otro párrafo significativo es el dedicado a atestiguar las crueldades de Muza (p. 671).


[1] Cito por esta edición: Amaya o los vascos en el siglo VIII, San Sebastián, Ttarttalo Ediciones, 1991. Otra más reciente es: Amaya o los vascos en el siglo VIII, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 1 y 2), 2 vols.

[2] Para el autor y el conjunto de su obra, ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995. Y para su contexto literario, mi trabajo «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[3] Marcelino Menéndez Pelayo, Historia de los heterodoxos españoles, I, Madrid, CSIC, 1963, p. 427.

«Amaya o los vascos en el siglo VIII» de Navarro Villoslada: los personajes godos

Vayamos ahora con la presentación de los personajes godos en Amaya[1]. Exceptuados los personajes principales (Ranimiro, Favila, Pelayo), nobles y generosos, Francisco Navarro Villoslada[2] pinta a los godos enervados por el lujo y la molicie; la rápida caída de su imperio se explica por la degradación a que había llegado aquella sociedad; a lo largo de toda la novela se va contrastando el lujo de los godos con la sencillez de los vascos (cfr. especialmente las pp. 291-292 y 294). Sin embargo, el autor se encarga de presentar a los godos como los unificadores de España, no tanto por la unidad territorial como por la religiosa, tal como explica Ranimiro a García:

¿Pero no veis que España no ha sido nación hasta que Recaredo la hizo toda católica? ¿Qué fue antes? Hormiguero de tribus, razas y pueblos; montón de piedras mal labradas, que no formaban muros ni edificios; pedazos sin zurcir, que no componían una vestimenta; y cuando eso no, vasta provincia del romano Imperio. Los godos mismos, ¿qué fuimos hasta Leovigildo, y sobre todo hasta Recaredo, sino súbditos del cetro de Occidente? España es España por los godos; España es pueblo independiente y libre por la fe católica. Perdidos los godos, perdida España, perdida en ella la religión, si vos no la salváis, García (p. 279).

ConversiondeRecaredo

La misma idea se expresa en el lamento por la pérdida de la España gótica entonado por Ranimiro, «el más godo de los godos»:

¡Adiós, reino visigodo, a quien tantos beneficios debe el mundo! ¡Bárbaros vinimos a la Iberia; pero menos bárbaros que los vándalos, suevos, hunos y alanos, a quienes dominamos, haciéndoles entrar en la civilización! Encontramos una España partida entre la verdad y la herejía, y dejamos un pueblo completamente iluminado con la luz de la fe. Tardamos en ser verdaderos reyes; pero hemos sido al fin los primeros monarcas españoles (p. 384).

Dejando aparte la discusión de si los godos eran españoles o no —pese a que Villoslada hable ya de España en su novela como de una entidad constituida, está claro que no nace como nación hasta siete siglos después—, uno de los principales defectos que se puede atribuir a Amaya es el hecho de que los personajes hagan gala de una conciencia histórica que, evidentemente, no podían tener; me refiero a que personajes como Ranimiro o García Jiménez son perfectamente conscientes de que están viviendo un momento de trascendental importancia histórica, no solo para el presente, sino para lo futuro (ver pp. 133, 234, 258), pues disponen de una visión casi profética —es, por supuesto, la del autor— de lo que sería la Reconquista.


[1] Cito por esta edición: Amaya o los vascos en el siglo VIII, San Sebastián, Ttarttalo Ediciones, 1991. Otra más reciente es: Amaya o los vascos en el siglo VIII, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 1 y 2), 2 vols.

[2] Para el autor y el conjunto de su obra, ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995. Y para su contexto literario, mi trabajo «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

«Amaya o los vascos en el siglo VIII» de Navarro Villoslada: los personajes vascos (y 2)

Francisco Navarro Villoslada[1] ofrece en Amaya[2] una visión idílica de la vida en la escualerría (emplea esta variante de la expresión euskal-erria o ‘pueblo vasco’): es un territorio donde no se conoce el crimen ni la mentira: «No hay entre los vascos un traidor ni un desleal», dice Munio (p. 344). Por eso el asesinato de los dos ancianos de Goñi supondrá un acontecimiento inaudito y más al saberse que el asesino ha sido su propio hijo. Pelayo reconoce la sencillez patriarcal[3] de sus enemigos (pp. 283-284) cuando los visita en el valle de Goñi; ha acudido como enemigo, pero cambia su forma de pensar respecto a ellos en cuanto entra mínimamente en contacto con su forma de ser y de comportarse y observa personalmente su nobleza. Favila, que les había llamado «bárbaros» (p. 38), cambia de opinión tras escuchar las explicaciones de Amaya, y se convence de que son «gente pacífica que ningún mal nos haría si la dejásemos en paz» (p. 42).

Una de las notas más destacadas con que aparecen caracterizados los vascos es la de su «santa independencia», su «amor salvaje a la independencia», «su nunca domada independencia» (mito difundido por el fuerismo vasco), amparados en su baluarte de los Pirineos[4]. Dice Eudón: «Dominadores del mundo he conocido; dominadores de los vascos, no» (p. 352). Navarro Villoslada señala como prueba de ello en la «Introducción» la propia frase «Domuit vascones» que los cronistas atribuyen a todos los monarcas godos: si todos tuvieron la necesidad de sujetar a los vascos es que ninguno los logró domeñar por completo; de ahí que casi todos los reyes tuviesen que comenzar su reinado con una campaña en el norte (cfr. p. 10).

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Es un pueblo aferrado a la tradición, tal como se ve de principio a fin de la novela; dice Ranimiro: «En el pueblo vasco no se extinguen nunca los recuerdos. Dejaría de existir esa raza si llegara a perder la tradición» (p. 39); y Amagoya: «En la casa de Aitor se conserva, como archivada, la ciencia y doctrina de nuestros mayores» (p. 638). Eso se refleja en el respeto a los mayores: «Ningún hijo de Aitor desobedece a sus padres» (p. 55); «Nosotros no somos nadie delante de la gente de más edad» (p. 207); «No hay nadie superior al padre entre los vascos» (p. 402). En cuanto a la religión, Navarro Villoslada se aleja un poco de la verdad histórica; en primer lugar, cuando afirma que los primitivos vascos fueron monoteístas (otro de los mitos de los fueristas); así se refleja en el mandato dado por Aitor a sus hijos y sucesores: «Creed en un solo Dios remunerador y obedeced a vuestros padres» (p. 217). O como dice García: «Hay un Dios en el cielo y un pueblo vasco en la tierra», a lo que responde Miguel: «Eso es. Dios para disponer y nuestro pueblo para ejecutar» (p. 254). Sin embargo, los modernos estudios de antropología como los de Caro Baroja señalan que los primitivos vascos fueron politeístas. Otro error o anacronismo consiste en imaginar cristianizados a todos los vascos en pleno siglo VIII (su cristianización fue varios siglos más tardía, y no se completó hasta el XIII o el XIV, especialmente en las zonas más inaccesibles del territorio). En algunos pasajes de la novela se habla de la antigua religión natural (pp. 47 y 209) y, particularmente, al describir las celebraciones de la noche del pleniliunio (pp. 212-213), con la sacerdotisa Amagoya, personaje que simboliza y encarna el pasado pagano de los vascos. Unamuno, quien dijo que Amaya fue una de las obras que le llenó de romanticismo el alma, cree que esta pintura de los vascos no es realista:

Y ahora pregunto yo: ¿qué idea se ha de formar del pueblo vascongado quien lo estudie, verbigracia, en las bellísimas pero poco reales creaciones del señor Navarro Villoslada, que en su Amaya presenta una sociedad de astrólogos vascongados, enemigos del cristianismo, y todo lo referente a aquella hermosa figura de Amagoya que, abigarradamente vestida, muere helada en una noche de plenilunio, en lo alto de una roca?[5]


[1] Para el autor y el conjunto de su obra, ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995. Y para su contexto literario, mi trabajo «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Cito por esta edición: Amaya o los vascos en el siglo VIII, San Sebastián, Ttarttalo Ediciones, 1991. Otra más reciente es: Amaya o los vascos en el siglo VIII, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 1 y 2), 2 vols.

[3] El patriarcalismo vasco está representado por las figuras de Miguel de Goñi (ver especialmente las pp. 105 y ss.) y Millán (en el episodio que protagoniza en las pp. 392 y ss.).

[4] Los vascos son «poco disimulados en los afectos, extremados en el odio y amor, generosísimos y confiados con quien respetaba sus tradiciones e independencia, y tan celosos de ellas al propio tiempo que, sin duda por el salvaje amor con que las guardaban, los autores árabes dicen que el pueblo vascón era como de bestias» (p. 293).

[5] Miguel de Unamuno, Obras completas, IV, Madrid, Escelicer, 1966, p. 169.

«Amaya o los vascos en el siglo VIII» de Navarro Villoslada: los personajes vascos (1)

Como decía en entradas anteriores, lo histórico hay que buscarlo en esta novela[1] en la descripción de la época, sobre todo en el enfrentamiento de cuatro pueblos distintos, vascos y godos, judíos y musulmanes. Si en las dos primeras novelas de Francisco Navarro Villoslada[2], Doña Blanca de Navarra (1847) y Doña Urraca de Castilla (1849), encontrábamos guerras civiles, enfrentamientos entre bandos, en Amaya tenemos enfrentamientos entre pueblos, siendo el más importante el que ha separado durante tres siglos, en una lucha encarnizada, a vascos y a godos (no lo inventa Navarro Villoslada: para los reyes godos fueron un problema endémico los continuos alzamientos de los vascones y otros pueblos de la cordillera cantábrica, nunca sujetados del todo). Uno de los personajes, Ranimiro, habla del «hormiguero de guerras intestinas» en que se encuentran (p. 34). Esta lucha también puede considerarse, en cierto modo — y siguiendo el pensamiento de Navarro Villoslada— como una guerra civil (cfr. la p. 612) porque tanto godos como vascos son cristianos y españoles. Las posibilidades de unión parecen escasas, al principio: «Hoy, la luz y las tinieblas podrán antes unirse y amalgamarse que godos y vascos», dice Ranimiro (p. 43); más adelante insiste en que antes que estos dos pueblos harán las paces los lobos y los corderos. Sin embargo, las circunstancias harán cambiar la situación; la presencia del enemigo común actuará como revulsivo y servirá para que ambos pueblos se den la mano en defensa de la Cruz. El matrimonio de García y Amaya será el símbolo que marque el camino de la reconciliación.

Veamos ahora cómo retrata Villoslada a cada uno de estos pueblos, empezando por los vascos (vascones), que cuentan con toda la simpatía del autor[3]. Su carácter se resume en las primeras líneas de la «Introducción» de la novela:

Los aborígenes del Pirineo occidental donde anidan todavía con su primitivo idioma y costumbres […] no han sido nunca ni conquistadores ni verdaderamente conquistados. Afables y sencillos, aunque celosos de su independencia, no podían carecer de esa virtud característica de las tribus patriarcales llamada hospitalidad. Tenían en grande estima lo castizo, en horror lo impuro, en menosprecio lo degenerado; pero se apropiaban lo bueno de los extraños, procuraban vivir en paz con los vecinos, y unirse a ellos, más que por vínculos de sangre, con alianzas y amistad (p. 9).

A lo largo de la novela se caracteriza al vasco como un pueblo sencillo, «escogido por Dios para muestra perdurable de pueblos primitivos»; los vascos tienen una misión providencial que cumplir —el providencialismo es un concepto que no se puede olvidar al hablar de las novelas de Villoslada—, una tarea que les ha sido especialmente encomendada por Dios: la de defender su independencia y la independencia de España; de ahí que sean agresivos cuando se les molesta, pero pacíficos cuando se les deja en paz (ver, por ejemplo, pp. 95 y 130; Pelayo, en la p. 302, reconoce expresivamente: «Como enemigos, leones; pero corderos como amigos»). Es un pueblo lleno de virtudes: valor, honor, lealtad, constancia, justicia («Antes que la escualerría están la justicia y la verdad», dice Teodosio, p. 187); reciamente aferrados a sus costumbres, rudos y bravos, los vascos aman la libertad (cfr. pp. 10-11, 15, 38…), pero tienen que vivir día y noche con las armas al alcance de la mano. Separados del resto de Europa por el idioma y las costumbres, les une a otros pueblos la religión cristiana (pp. 527-528). Siguiendo las enseñanzas de su antiguo patriarca Aitor, han permanecido junto a sus montañas pirenaicas, porque saben que la riqueza corrompe; prefieren vivir pobres, pero libres, en sus abruptos valles a vivir ricos, pero esclavos, en las fértiles llanuras que tienen cerca[4]. Como dice Ranimiro, «la patria de los vascos son los Pirineos» (p. 258), montes que han sido por siglos el baluarte de su independencia (pp. 204 y 357).

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Además de indómitos, los vascos son altivos, como lo demuestran estas frases pronunciadas por García: «Nosotros sabemos morir, pero no aceptar humillación ni infamia» (p. 249); «No han de faltarnos campos en Vasconia para enterrar a los godos» (p. 285). Tradicionalmente han venido funcionando siempre de forma colectiva, como pueblo unido, sin personalismos, hasta el punto de que apenas se recuerdan los nombres de sus principales caudillos primitivos. Pero ha llegado un momento en que ven la necesidad de contar con una cabeza única, con un rey (pp. 54, 190, 111-113, 133, 357, 389, 529-530, 541).


[1] Cito por esta edición: Amaya o los vascos en el siglo VIII, San Sebastián, Ttarttalo Ediciones, 1991. Otra más reciente es: Amaya o los vascos en el siglo VIII, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 1 y 2), 2 vols.

[2] Para el autor y el conjunto de su obra, ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995. Y para su contexto literario, mi trabajo «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[3] Ya desde la «Introducción», al referirse a la guerra que durante tres siglos mantuvieron godos y vascos: «¡Qué sublime espectáculo, sin par tal vez en los anales del mundo, ofrece esa tenaz y desesperada resistencia del débil contra el fuerte, coronada al fin con la victoria del poseedor pacífico y honrado contra el injusto agresor!» (p. 12).

[4] Recordemos que esta misma idea la exponía también Navarro Villoslada en su artículo «La mujer de Navarra».